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20.2.26

La ira está llevando a la gente hacia la extrema derecha. Lo que está ocurriendo actualmente en el Reino Unido está ocurriendo en la mayoría de los países occidentales... subinversión deliberada en vivienda social... esta es escasez fabricada... podríamos alojar a todos de forma segura en el Reino Unido. Elegimos no hacerlo... no se puede conseguir una cita en el médico... no se consigue atención para familiares mayores... el empleo seguro ha sido reemplazado por el trabajo precario... los salarios reales apenas han aumentado desde el 2008... la gente siente que ya no importa... hay un miedo recurrente al futuro... y hay un miedo fabricado... las redes sociales recompensan la indignación... los periódicos culpan a los migrantes... la gente ve riqueza por todas partes... y los políticos dicen: No hay dinero... Si la ira es real, la respuesta también debe ser real... si la política tradicional sigue negando las causas de esa ira, el extremismo crecerá... si abordamos los problemas reales –desigualdad, inseguridad, estancamiento y abandono– la ira puede convertirse en esperanza (Richard Murphy)

 "Hay una pregunta que atormenta la política británica, que es por qué tanta gente está lo suficientemente enfadada como para buscar soluciones en la extrema derecha.

Esta pregunta no implica que las personas sean irracionales.

Tampoco sugiere que todas las personas que lo hacen sean inherentemente odiosas.

En cambio, pregunta por qué tantos millones de personas sienten que el sistema político y económico en el que viven les está fallando, y por qué ningún partido político tradicional está dispuesto a abordar ese fracaso con algo que se parezca a una respuesta política adecuada.

Implícito en la pregunta que se está haciendo hay algo más. Ese es el entendimiento de que la ira, si se diagnostica o explica incorrectamente, se desvía y que la extrema derecha prospera con esa desviación.

Así que la necesidad es identificar las verdaderas causas de esa ira. Este es mi intento de resumir esas causas lo más brevemente posible.

1 – Estancamiento de los niveles de vida

Para la mayoría de los hogares, la vida no ha mejorado en más de una década. En algunos casos, puede ser mucho más largo. Las razones son obvias:

Los salarios reales para la mayoría de la gente apenas han aumentado desde la crisis financiera de 2008.

El costo de vida para muchas personas ha aumentado más que los salarios durante ese período.
Como resultado, el bienestar financiero general y la seguridad se han reducido.

El empleo seguro ha sido reemplazado cada vez más por el trabajo precario durante ese período.

El arrastre fiscal ha aumentado silenciosamente las cargas fiscales mientras que los servicios públicos han disminuido.

Los problemas fundamentales son fáciles de identificar:

La economía rentista está despojando a la gente de sus ingresos, y no ven ningún beneficio a cambio.
La riqueza fluye hacia los propietarios de activos mientras que los ingresos laborales se estancan.
La gente está trabajando más duro y sintiéndose más pobre.
La austeridad ha reducido las redes de seguridad social.
Los sucesivos gobiernos, obsesionados con sus propias finanzas y no con las de las personas a las que se supone que deben gobernar y cuidar, han empeorado mucho las cosas con políticas fiscales irresponsables que evidencian su falta de atención.

Cuando la gente siente que va hacia atrás, busca a alguien a quien culpar.

2 – Inseguridad de vivienda

La vivienda es ahora el mayor fracaso social de Gran Bretaña. Muchas personas mayores no sienten la magnitud de este problema, ni la plaga que está creando en la vida de tantas personas. Los jóvenes saben muy bien la exclusión que crea, ya que:

Los alquileres consumen grandes porciones de los ingresos.

La propiedad de vivienda se siente cada vez más fuera de alcance para las generaciones más jóvenes.

La vivienda social se ha vendido y no se ha repuesto, negando a la gente la opción de seguridad que proporcionaba este programa.

La gente es persuadida a culpar a los migrantes en reacción a esto. Pero las causas reales son:

especulación inmobiliaria,
riqueza inmobiliaria con privilegios fiscales, y
subinversión deliberada en vivienda social.

Esta es escasez fabricada. Podríamos alojar a todos de forma segura en el Reino Unido. Elegimos no hacerlo. La inseguridad de vivienda resultante genera ansiedad permanente, y esa ansiedad se convierte demasiado fácilmente en ira.

3 – El colapso de los servicios públicos

Cuando tú:

no puede conseguir una cita en el NHS,
encontrar un dentista del NHS,
obtener transporte fiable,
asegurar la atención para su hijo con necesidades educativas especiales,
conseguir atención para sus familiares mayores,
enfrentarse a un sistema de seguridad social penal, y
ver cómo la infraestructura de la nación se derrumba a su alrededor

Concluyes acertadamente que el sistema está roto.

Y luego los políticos dicen:

No hay dinero.

El país no puede permitirse la seguridad social.
Debemos vivir dentro de nuestras posibilidades.

Los impuestos deben subir antes que el gasto.

Estas afirmaciones son falsas. Un gobierno que emite moneda siempre puede financiar servicios esenciales. Los impuestos son para controlar la inflación y redistribuir los ingresos, no para financiar el gasto.

Cuando a la gente se le dice que el Estado no puede actuar utilizando argumentos falsos para justificar la austeridad y las dificultades que causa, pierde la fe en la propia democracia. Este es el vacío que llenan los extremistas.

4 – Declive regional y pérdida comunitaria

Grandes partes de Gran Bretaña se sienten abandonadas:

Las ciudades desindustrializadas han perdido empleos seguros.

Las calles principales están cerradas, o cerrando.

El transporte público ha desaparecido.
Y la esperanza se ha desvanecido para igualar la infraestructura en ruinas de la decadencia que ahora soportan demasiados lugares.

La gente interpreta esto como abandono por parte de élites distantes a las que no les importa.

No se equivocan sobre el abandono.

Se equivocan sobre la causa. El problema no son los migrantes. Es la negativa a invertir en las comunidades y reconstruir las economías locales.

Una política del cuidado comenzaría con el lugar. Reconstruiría pueblos, transporte, cultura y dignidad. Nunca puede haber esperanza a menos que la política importe donde está la gente.

5 – Desigualdad e injusticia visible

La gente ve riqueza por todas partes:

Los millonarios y multimillonarios parecen vivir en un mundo aparte.

Las empresas siguen evadiendo impuestos a través de jurisdicciones secretas.

Las torres de lujo se alzan mientras la vivienda social espera décadas.
En todas partes, la publicidad presenta imágenes de un mundo fuera del alcance de muchos.

No necesitas un título en economía para saber que algo está mal cuando esto sucede.

Mi trabajo sobre los paraísos fiscales demuestra que el sistema está amañado. La gente lo siente instintivamente. Pero la extrema derecha les dice que el problema son los extranjeros o los beneficiarios de la seguridad social, no la injusticia fiscal que podría abordarse, pero que siempre quieren exacerbar. Esa mentira funciona porque la política convencional se niega a abordar la desigualdad con honestidad.

6 – Pérdida de estatus e identidad

La inseguridad económica se ha convertido en inseguridad cultural porque:

Los empleos industriales que definían a las comunidades desaparecieron.

Las instituciones locales cerraron.

Especialmente, la gente siente que ya no importa.

Esto se relaciona con algo que es importante. La gente necesita sentir que pertenece y que importa. La necesidad es de ambos. Cuando no sienten ninguna de las dos, escucharán a cualquiera que prometa reconocimiento, incluso si ese reconocimiento viene a expensas de excluir a otros.

La extrema derecha ofrece una falsa sensación de orgullo. Reemplaza la solidaridad con el resentimiento, pero quienes se sienten marginados no se dan cuenta de eso.

7 – Fracaso político y desconfianza

La confianza en la política se ha derrumbado. Las razones son evidentes:

Las promesas del Brexit no se cumplieron porque nunca pudieron haberlo sido.

La austeridad se ha justificado con mitos sobre el "dinero de los contribuyentes" y la falta de capacidad para gastar, incluso cuando la impresión de riqueza mal dirigida está por todas partes.

El Partido Laborista ahora repite las reglas fiscales de los conservadores.
La percepción popular de que existe una desconexión entre lo que los políticos dicen que les importa y lo que hacen se ve reforzada por sus acciones.

Cuando todos los partidos principales comparten el mismo dogma económico, los votantes concluyen que la democracia no les ofrece ninguna opción real.

Por eso sostengo que gran parte de lo que la política tiene que decir es tan a menudo una MIERDA – una aproximación completamente basura a la verdad. Cuando el modelo que utilizan los políticos es incorrecto (como lo es), la política fracasa y la confianza se derrumba.

En ese vacío entran extremistas con respuestas sencillas.

8 – Los medios y el miedo fabricado

Vivimos en una economía donde hay múltiples demandas sobre nuestra atención, y donde quienes la quieren saben que el miedo es rentable. Como resultado:

Las redes sociales recompensan la indignación.

Los periódicos culpan a los migrantes.

La publicidad, como he argumentado a menudo, está deliberadamente diseñada para hacernos infelices con nuestras vidas.

Gran parte del deseo abrumador de nuestros medios es hacernos sentir insatisfechos, enojados y agentes cuyo papel es dirigir la culpa.

Las razones son obvias. Una población asustada es más fácil de manipular, y es más fácil temer lo que se puede ver que lo que no. Así que a la gente le dicen que el problema es su vecino. No se les habla del capitalismo rentista, la injusticia fiscal, la austeridad y la política deliberada de destrucción que persiguen la mayoría de los políticos.

La política de distracción reemplaza a la política de cuidado.

9 – Miedo al futuro

En el fondo, pero real no obstante, hay un miedo recurrente al futuro.

Ya sea el cambio climático, la IA, la guerra o la inestabilidad económica, la gente percibe incertidumbre. Tienen razón al hacerlo cuando la mayoría de los políticos parecen no tener la más mínima idea de qué hacer con ninguno de estos problemas ni el deseo de abordarlos.

Sin una visión creíble de esperanza, el miedo se convierte en ira. Y la ira busca objetivos.

10 – Lo que ofrece la extrema derecha

La extrema derecha prospera porque ofrece:

Explicaciones sencillas

Enemigos visibles

Certeza emocional

Migrantes, académicos, personas "despiertas" y beneficiarios de la seguridad social; todos ellos son convertidos en chivos expiatorios, pero ninguno de estos grupos causó salarios estancados, escasez de vivienda, servicios deficientes o injusticia fiscal.

La extrema derecha ofrece ira, no respuestas.

Lo que haría una política del cuidado

Si la ira es real, la respuesta también debe ser real. Una política del cuidado abordaría directamente las causas de la ira en este país. Lo haría:

Invertir en vivienda como bien público.

Restaurar los servicios públicos mediante una financiación adecuada.

Fortalecer la seguridad social para que nadie viva con miedo.

Gravar la riqueza, las rentas de la tierra y los ingresos no ganados de manera justa.

Poner fin a la evasión fiscal mediante la transparencia.

Reconstruir las economías regionales con una política industrial verde.

Reconocer el trabajo de cuidados, la educación y la salud como actividades económicas fundamentales.

Esto no es utópico. Es economía política práctica.

Una política del cuidado dice que cada persona importa, y la política debe demostrarlo.

Por qué esto es importante

La gente no se vuelve de extrema derecha porque sea malvada. Se vuelven así porque están enojados, asustados y no se sienten escuchados.

Si la política tradicional sigue negando las causas de esa ira, el extremismo crecerá.

Pero si abordamos los problemas reales –desigualdad, inseguridad, estancamiento y abandono– la ira puede convertirse en esperanza.

La elección no es entre ira y apatía.

Está entre la política del odio y la política del cuidado.

Solo uno de ellos puede construir una sociedad en la que todos importen.

Y el último punto es clave: necesitamos que todos hagan esto posible. Todos pertenecerían. Todos importarían. Y así es como superamos el odio, no con palabras bonitas, ni con leyes, sino entregando lo que la gente necesita:

Hogares seguros
Empleo estable
Una red de seguridad social sólida
Servicios públicos en los que puedan creer
Un sentido de justicia social, económica y política
Un sentido de pertenencia
La creencia de que importan

Esa es la política que quiero, y la política que este país necesita. Eso es lo que me motiva a escribir la economía que puedo, sé que puedo entregarla cuando la mayoría de la corriente principal económica no dice nada que tenga la más mínima posibilidad de hacerlo, precisamente porque es la base de todo el sentido de alienación que sufre este país. Por eso necesitamos una economía de la esperanza." 

(Richard Murphy, Un. Sheffield , blog, 18/02/26, traducción Quillbot, enlaces en el original) 

18.2.26

Uno de cada cinco europeos afirma que la dictadura podría ser preferible... Una fuerte minoría en todo el continente tiene opiniones antiparlamentarias y no considera a la extrema derecha una amenaza para la democracia... alrededor del 76 por ciento de los griegos expresaron su descontento con el funcionamiento de la democracia en su país, en comparación con el 68 por ciento en Francia, el 66 por ciento en Rumania, el 42 por ciento en el Reino Unido y el 32 por ciento en Suecia... "La encuesta no expresa una insatisfacción general ni un rechazo acrítico del sistema democrático... Expresa la insatisfacción de los ciudadanos con su funcionamiento, con claras características anti-élite y 'anti-establishment'." (POLITICO)

 "Uno de cada cinco europeos cree que en ciertos casos una dictadura es preferible a la democracia, según una encuesta compartida con POLITICO.

Una fuerte minoría en todo el continente tiene opiniones antiparlamentarias y no considera a la extrema derecha una amenaza para la democracia, revela la encuesta, realizada por la encuestadora AboutPeople y encargada por el grupo de reflexión Progressive Lab en cinco países: Grecia, Francia, Suecia, Reino Unido y Rumanía.

La investigación, realizada entre el 25 de noviembre y el 16 de diciembre y publicada por primera vez por POLITICO, encontró una insatisfacción generalizada con cómo funciona la democracia en la práctica, en lugar de con la democracia en sí misma. Por ejemplo, alrededor del 76 por ciento de los griegos expresaron su descontento con el funcionamiento de la democracia en su país, en comparación con el 68 por ciento en Francia, el 66 por ciento en Rumania, el 42 por ciento en el Reino Unido y el 32 por ciento en Suecia.

El estudio llega en un momento de creciente apoyo a las fuerzas populistas y nacionalistas en todo el continente, con partidos de extrema derecha liderando las encuestas en Alemania, Francia y el Reino Unido.

"Las divisiones tradicionales entre los países europeos están retrocediendo y el panorama se está volviendo más complejo", dijo Dimitris Papadimitriou, profesor de ciencias políticas en la Universidad de Mánchester, refiriéndose a categorizaciones como Europa Occidental, Oriental y Meridional.

"Países como Rumania, que han experimentado un rápido crecimiento económico en los últimos años, no parecen estar estableciendo una mayor confianza en la democracia liberal", dijo Papadimitriou. Países ricos como Suecia están viendo cómo sus instituciones democráticas se ven sometidas a presión y la confianza de los ciudadanos en ellas disminuye. Francia, y en menor medida Gran Bretaña, se encuentran en una profunda crisis. Grecia parece estar equilibrándose incómodamente entre una crisis general de confianza en sus instituciones y una creencia algo nebulosa en los ideales de la democracia.

Además de que uno de cada cinco —el 22 por ciento— dice que en ciertos casos una dictadura podría ser su opción preferida, uno de cada cuatro —el 26 por ciento— también estuvo de acuerdo con la afirmación: "Si hubiera un líder capaz y eficaz en mi país, no me importaría que limitara los derechos democráticos y no rindiera cuentas a los ciudadanos por sus acciones".

Sin embargo, la oposición a la idea del gobierno autoritario sigue siendo fuerte, con el 69 por ciento de los encuestados rechazando esa propuesta.

"La encuesta no expresa una insatisfacción general ni un rechazo acrítico del sistema democrático", dijo George Siakas, profesor asistente en la Universidad Demócrito de Tracia en Grecia. "Expresa la insatisfacción de los ciudadanos con su funcionamiento, con claras características anti-élite y 'anti-establishment'."

En cuanto a la confianza en las instituciones, la Unión Europea obtuvo el mejor resultado con un 43 por ciento, superando a los medios de comunicación con un 27 por ciento y a los partidos políticos con un 24 por ciento. Un tercio de los encuestados no estuvo de acuerdo con la opinión de que el auge de la extrema derecha supone un peligro para la democracia.

Los encuestados griegos fueron los que sintieron mayor extrañamiento de sus partidos políticos, con un 55 por ciento diciendo que no se sienten cercanos al partido por el que votaron en las elecciones más recientes, frente al 53 por ciento en Rumania, el 47 por ciento en el Reino Unido, el 43 por ciento en Francia y el 32 por ciento en Suecia."

(Nektaria Stamouli  , POLITICO , 17/02/26, traducción Quillbot, enlaces en el original)  

30.1.26

Lo que se está desarrollando bajo el gobierno de Trump es un fascismo mutado, adaptado a las condiciones del siglo XXI, la era de la financiarización, la guerra híbrida, la crisis climática y el declive relativo de la hegemonía estadounidense. No reproduce las formas clásicas del fascismo histórico, sino que reactiva sus funciones esenciales: el aplastamiento de la oposición social, la reorganización autoritaria del Estado y la movilización reaccionaria de las masas... En esta configuración, el Estado no suspende formalmente la democracia; la vacía de su sustancia, preservando su apariencia. Las instituciones subsisten, pero su uso se transforma. El poder ejecutivo se hipertrofia, el poder judicial se instrumentaliza, los pesos y contrapesos se deslegitiman, mientras que la violencia estatal se convierte en una forma común de gobierno para ciertos segmentos de la población... la normalización del racismo y la tolerancia hacia los grupos supremacistas no son desviaciones culturales, sino operaciones políticas precisas: producen un orden social jerárquico y naturalizado donde la desigualdad se presenta como un hecho moral o civilizatorio... Este fascismo del siglo XXI no requiere un partido único ni la movilización total de la sociedad. Se apoya en tecnologías de vigilancia, la fragmentación social, la ideología de seguridad y la constante espectacularización de la política. Gobierna mediante el miedo, el agotamiento y la división... Este modelo no se limita a Estados Unidos. Tiende a extenderse por todo el mundo occidental, y en particular por Europa... En Francia, el fascismo está adoptando una forma particularmente sofisticada, centrada en la islamofobia y un sentimiento antiargelino cada vez más descarado, que se han convertido en instrumentos centrales de la propaganda mediática y política... Al presentar a las poblaciones musulmanas y de origen argelino como una amenaza interna, estas corrientes desvían el conflicto social de las relaciones de clase y las responsabilidades del capital (Abdelatif Rebah

 "Llamar fascista a los Estados Unidos de Donald Trump no es un error analítico sino un punto de partida teórico que requiere una actualización histórica y material.

El fascismo no es un artefacto fijo de la década de 1930: es una forma política que el capitalismo adopta cuando sus contradicciones se vuelven inmanejables por los mecanismos ordinarios de la democracia burguesa liberal.  

Lo que se está desarrollando bajo el gobierno de Trump es, pues, un fascismo mutado , adaptado a las condiciones del siglo XXI, la era de la financiarización, la guerra híbrida, la crisis climática y el declive relativo de la hegemonía estadounidense. No reproduce las formas clásicas del fascismo histórico, sino que reactiva  sus funciones esenciales: el aplastamiento de la oposición social, la reorganización autoritaria del Estado y la movilización reaccionaria de las masas al servicio del capital.

En esta configuración, el Estado no suspende formalmente la democracia; la vacía de su sustancia, preservando su apariencia. Las instituciones subsisten, pero su uso se transforma. El  poder ejecutivo se hipertrofia, el poder judicial se instrumentaliza, los pesos y contrapesos se deslegitiman, mientras que la violencia estatal se convierte en una forma común de gobierno para ciertos segmentos de la población.  Los ataques contra las personas LGBTQ+, los desafíos a los derechos reproductivos, la estigmatización de los musulmanes, la normalización del racismo y la tolerancia hacia los grupos supremacistas no son desviaciones culturales, sino operaciones políticas precisas: producen un orden social jerárquico y naturalizado donde  la desigualdad se presenta como un hecho moral  o civilizatorio.

El fascismo también opera a través de la destrucción de los mecanismos de negociación colectiva en el mundo del trabajo. Los sindicatos son debilitados, criminalizados o eludidos; la legislación laboral es despojada de su poder protector; y  el empleo precario se convierte en una herramienta disciplinaria . Dentro de este marco, los trabajadores inmigrantes juegan un papel central. Su sobreexplotación es posibilitada por un aparato represivo específico, ICE, que funciona  de facto  como una milicia estatal. En Minneapolis, esta milicia federal continuó sus operaciones letales a pesar de la movilización popular masiva, ejemplificando la normalización de la violencia estatal contra los ciudadanos comunes. Esta violencia, llevada a cabo con la bendición política explícita de Trump, apunta no solo a los migrantes sino a toda la clase trabajadora. Sirve como un recordatorio de que  los derechos son revocables y condicionales a la obediencia.

Esta militarización de la represión interna va acompañada de una  creciente hostilidad hacia la investigación científica, el pensamiento crítico y cualquier producción de conocimiento  que contradiga los intereses del capital dominante. La negación del cambio climático, la marginación de los científicos y la brutal politización de la verdad no son resultado de la ignorancia, sino de una decisión estratégica: cuando la ciencia se convierte en un obstáculo para la acumulación o la legitimación ideológica del poder, debe ser neutralizada.

En el escenario internacional, el fascismo mutado de Trump se despliega en forma de imperialismo descarado.  Se pisotea el derecho internacional, se abandonan los acuerdos multilaterales y las sanciones económicas y la agresión militar contra Estados soberanos se utilizan como instrumentos habituales de dominación. Esta brutalidad externa es inseparable de la brutalidad interna: un solo Estado, ante la erosión de su poder económico y estratégico, endurece simultáneamente sus políticas internas y externas. La guerra se convierte en una extensión de la gestión de crisis del capital.

Este modelo no se limita a Estados Unidos.  Tiende a extenderse por todo el mundo occidental, y en particular por Europa,  donde observamos dinámicas convergentes de endurecimiento autoritario, represión social y fragmentación ideológica del mundo laboral.

En Francia, el fascismo está adoptando una forma particularmente sofisticada, centrada en la islamofobia y un sentimiento antiargelino cada vez más descarado, que se han convertido en instrumentos centrales de la propaganda mediática y política. Estos discursos no son un simple racismo cultural ni excesos retóricos aislados: constituyen un aparato ideológico al servicio de facciones de la burguesía vinculadas a grandes grupos industriales, financieros y mediáticos. Al presentar a las poblaciones musulmanas y de origen argelino como una amenaza interna, estas corrientes desvían el conflicto social de las relaciones de clase y las responsabilidades del capital.

Esta estrategia legitima simultáneamente el aumento de las medidas de seguridad, las restricciones a las libertades civiles y el ataque a lo que queda de las conquistas sociales y los derechos colectivos  alcanzados tras la guerra. Bajo el pretexto del laicismo, el orden republicano o la lucha contra el "separatismo",  el Estado refuerza su aparato represivo, normaliza la vigilancia masiva, criminaliza las movilizaciones populares y prepara a la opinión pública para una mayor regresión social.  La islamofobia estatal funciona aquí como una herramienta de gobernanza: debilita y divide a la clase trabajadora, enfrenta a los trabajadores nacionales y racializados entre sí e impide la formación de un frente social unificado capaz de resistir el desmantelamiento sistemático de las protecciones sociales.

Los grandes medios de comunicación, controlados en gran medida por oligarcas burgueses, desempeñan un papel decisivo en este proceso.  Al saturar la esfera pública con debates identitarios e históricos,  normalizan la violencia social, invisibilizan la lucha de clases y convierten a las víctimas del neoliberalismo en chivos expiatorios.  Esta ofensiva ideológica acompaña  una realidad material evidente: el desmantelamiento de las pensiones, la erosión de los servicios públicos, la precariedad laboral y la creciente represión  de los movimientos obreros y de base.

En Inglaterra , la represión autoritaria se ha manifestado en leyes que restringen severamente el derecho de huelga y manifestación, una política migratoria abiertamente punitiva y una mayor centralización del poder ejecutivo bajo el pretexto de la recuperación de la soberanía tras el Brexit.  La retórica nacionalista allí sirve como sustituto ideológico del colapso del compromiso social, enmascarando la precariedad laboral generalizada y la profundización de las desigualdades.

En Alemania , la situación es particularmente grave. El resurgimiento de organizaciones y discursos abiertamente neonazis, sus logros electorales y la creciente tolerancia del aparato estatal hacia ellas señalan una ruptura histórica significativa.  La criminalización de la izquierda radical, la represión de las movilizaciones propalestinas y el alineamiento geopolítico y militar con los intereses imperialistas occidentales  contribuyen a un clima en el que el autoritarismo se está normalizando, mientras que la memoria del fascismo histórico se relativiza o se explota.

Este fascismo del siglo XXI no requiere un partido único ni la movilización total de la sociedad.  Se apoya en  tecnologías de vigilancia, la fragmentación social, la ideología de seguridad y la constante espectacularización  de la política. Gobierna mediante  el miedo, el agotamiento y la división , mientras mantiene intacta la dominación de la burguesía.

En este sentido,  Trump no es una anomalía ni un mero paréntesis: encarna una forma avanzada de gestión autoritaria de un capitalismo en crisis , cuyas manifestaciones europeas confirman su carácter generalizado y profundidad histórica. Las condiciones para su derrocamiento dependen sobre todo de la capacidad del pueblo estadounidense para organizarse colectivamente y actuar con decisión.

Así,  ante el colapso agresivo del imperialismo, la convergencia internacional de las fuerzas populares revolucionarias, progresistas y ambientalistas es una  necesidad histórica. Esta unidad de acción debe forjar, contra la propaganda divisiva de la burguesía,  un frente clasista, antiimperialista, consciente y disciplinado.  Rechazar el compromiso y el oportunismo significa afirmar que solo la lucha organizada de las masas puede lograr la ruptura necesaria con el orden decadente. Transformar la crisis en revolución requiere reemplazar el caos imperialista por la construcción de un poder popular, donde la satisfacción de las necesidades humanas sustituya la lógica del lucro. La unidad en la acción es la condición para la victoria."

( ,  Investig'Action, 29/01/26. Fuente: El Blog del Libre Pensamiento )

21.12.25

Adam Tooze: la Estrategia de Seguridad Nacional de Trump divide el mundo en tres zonas geográficas... Sobre el hemisferio occidental, Estados Unidos declara un interés de propiedad... En lo que respecta a los principales antagonistas de la NSS de 2017 —China y Rusia—, el documento de 2025 describe con indiferencia un mundo de negociaciones entre grandes potencias... ahora parece que la prioridad de la Administración es algún tipo de acuerdo sobre esferas de influencia con China... Mientras tanto, el calor ideológico de la NSS de 2025 se reserva para… Europa. ¿Por qué? ¿No son los europeos amigos de Estados Unidos? Las relaciones con Europa no son en absoluto relaciones exteriores. MAGA considera que las «luchas» de sus homólogos en Europa son sus propias luchas. Los enemigos de la extrema derecha europea son sus enemigos... En la antigua Guerra Fría, la que se libró entre 1945 y 1989, era completamente habitual que Estados Unidos opinara con firmeza sobre la política interna europea e interviniera de forma poco sutil si consideraba que el equilibrio se estaba inclinando hacia el lado equivocado... ¿La Administración Trump quiere retroceder en el tiempo hasta la década de 1950 y que las corrientes fuertes, autoritarias y posfascistas de esa época se impongan? Entonces, ¿la nueva Guerra Fría es la antigua Guerra Fría?

 "Como se ha señalado ampliamente, la Estrategia de Seguridad Nacional publicada recientemente por la administración Trump es un documento radical y sin precedentes históricos. Ha hecho que muchos observadores inteligentes se devanen los sesos preguntándose cuál es su lógica interna y si tiene sentido desde el punto de vista de los intereses nacionales de Estados Unidos.

En Foreign Affairs, Ivan Krastev, en un artículo típicamente incisivo, se pregunta por la política de Trump hacia Europa:

Sin embargo, si bien el agresivo cortejo de la administración Trump a la extrema derecha europea ha dado frutos significativos, también es una apuesta arriesgada. Por un lado, avivar la polarización política puede dar lugar a una Europa fragmentada en lugar de alineada con Trump. No está nada claro que incluso los líderes antiliberales, empezando por el propio Orbán, se alineen geopolíticamente con Trump, ya sea en lo que respecta a Rusia o China o a cuestiones económicas. Al mismo tiempo, al prodigarse en apoyo exclusivamente a partidos y líderes ideológicamente alineados, la administración puede estar perdiendo el proamericanismo fundamental que tradicionalmente ha respaldado el apoyo a Washington en partes críticas de Europa.

Cam me repitió esas preguntas en el podcast de esta semana.

Soy un lector entusiasta de las estrategias de seguridad nacional, debido a mi sesgo de historiador empollón. Nunca olvidaré la conmoción que me causó la NSS publicada por la primera Administración Trump en 2017. Recuerdo con cierta culpa que su lectura interrumpió lo que se suponía que iba a ser una relajada velada en South Beach, Miami.

En 2017, la administración Trump estaba declarando efectivamente una nueva Guerra Fría. Fue impactante en comparación con lo que había sucedido anteriormente. Pero acabaría formando una nueva continuidad histórica. La NSS de Trump de 2017 fue el preludio de la postura aún más convencionalmente neoconservadora de la administración Biden.

En 2025, la administración Trump adopta un tono mucho menos convencional.

Una forma de entender el documento es considerarlo como una división del mundo en tres zonas geográficas.

Sobre el hemisferio occidental, Estados Unidos declara un interés de propiedad. Sin dudarlo, invoca la doctrina Monroe y declara un «corolario Trump». Dado que América Latina incluye x Estados soberanos, se trata de una declaración de poder asombrosamente presuntuosa, respaldada por muy poca sustancia real.

En lo que respecta a los principales antagonistas de la NSS de 2017 —China y Rusia—, el documento de 2025 describe con indiferencia un mundo de negociaciones entre grandes potencias. El calor ideológico se mantiene al mínimo. Aunque, como sabemos, en Washington se está librando una lucha de poder, en lo que respecta a la NSS de 2025, lo que antes se denominaba la «nueva Guerra Fría» parece haber desaparecido. En lugar de la antigua «nueva Guerra Fría», ahora parece que la prioridad de la Administración es algún tipo de acuerdo sobre esferas de influencia con China. La NSS de 2025 se centra directamente en la competencia económica con China y en la estabilización de las relaciones con Rusia. La visión más grandiosa de la competencia histórica que animaba el documento de 2017 ha desaparecido.

Mientras tanto, el calor ideológico de la NSS de 2025 se reserva para… Europa.

¿Por qué? ¿No son los europeos amigos de Estados Unidos? ¿Por qué adoptar un tono tan polémico?

La respuesta es, sin duda, que, en lo que respecta a los guerreros culturales de la Administración Trump, las relaciones con Europa no son en absoluto relaciones exteriores. Como dejó claro Vance en su famoso discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich a principios de año, MAGA considera que las «luchas» de sus homólogos en Europa son sus propias luchas. Los enemigos de la extrema derecha europea son sus enemigos. En lo que respecta a Europa, a diferencia de China, no politizar no es una opción, porque el campo de batalla político de Europa es realmente el mismo que el de Estados Unidos.

Esto puede parecer radical y resultar impactante. Pero tiene la sociología de su parte.

Existe una élite liberal y atlantista. La influencia y el poder social y cultural funcionan en ambos sentidos. Y en la mayor parte de Europa occidental, los grupos políticos, culturales y sociales abiertamente afines a MAGA están, en general, más marginados (con éxito) que en Estados Unidos.

Desde un punto de vista histórico, resulta curioso escuchar a la gente preocuparse por el nuevo tono político en las relaciones transatlánticas. En la antigua Guerra Fría, la que se libró entre 1945 y 1989, era completamente habitual que Estados Unidos opinara con firmeza sobre la política interna europea e interviniera de forma poco sutil si consideraba que el equilibrio se estaba inclinando hacia el lado equivocado.

Entonces, ¿la nueva Guerra Fría es la antigua Guerra Fría? ¿La Administración Trump quiere retroceder en el tiempo hasta la década de 1950 y que las corrientes fuertes, autoritarias y posfascistas de esa época se impongan?

Yo lo tomaría como una primera aproximación.

Pero la verdadera diferencia es que MAGA no preside una hegemonía consolidada ni en su país ni en el extranjero. Cuando Krastev señala que «al prodigarse en apoyo exclusivamente a partidos y líderes ideológicamente alineados, la administración puede estar perdiendo el proamericanismo fundamental que tradicionalmente ha sustentado el apoyo a Washington en partes críticas de Europa», la réplica obvia es sin duda: ¿no es lo distintivo del momento actual que la propia administración Trump no es proamericana en ningún sentido tradicional? No quiero decir que Trump sea un activo ruso. Me refiero a que los fanáticos de su Administración se consideran a sí mismos rompedores de la tradición y luchadores por el alma de su país. Y ven la imagen tradicional de Estados Unidos que tienen los europeos atlantistas centristas como parte del problema, como un refuerzo externo de la visión liberal de la costa este de Estados Unidos que MAGA está decidida a destruir."

Adam Tooze , blog, 19/12/25, traducción DEEPL)

11.12.25

Krugman: Hubo un tiempo, no hace mucho, en que América era el líder del mundo libre... MAGA no quiere ser parte de ese mundo. De hecho, no quiere que exista un mundo de democracia, libertades civiles y estado de derecho... Trump publicó su Estrategia de Seguridad Nacional... El lenguaje es asombroso... dice Henry Farrell que "es un programa para el cambio de régimen en Europa, con el objetivo de convertirla en una política iliberal. Lograr esta transformación implicaría socavar a los gobiernos liberales existentes en connivencia con la extrema derecha europea, y convertir a Europa del Este en una cuña ideológica contra sus vecinos occidentales"... MAGA odia a Europa por su libertad. Las personas que intentan convertir a América en un estado autoritario y supremacista blanco, que quieren que abandonemos los ideales democráticos en favor del Volk, del nacionalismo de sangre y suelo, quieren ver a Europa seguir el mismo camino... y los tech bros odian a Europa porque los europeos están tratando de imponer límites sensatos para proteger a sus sociedades de los daños psicológicos y económicos bien documentados que inflige una agenda desenfrenada de Silicon Valley... la tecnoburguesía está tratando de usar el poder del gobierno de EE. UU. para subyugar a la UE de la misma manera en que la United Fruit Company una vez usó el poder del gobierno de EE. UU. para subyugar a Centroamérica... pero traicionar a nuestros antiguos aliados garantiza que China superará a Estados Unidos en la competencia por la influencia y la hegemonía económica... Por el momento, el poder está en manos de personas que odian esos valores fundamentales — y odian a Europa porque todavía se aferra a esos valores. Pero aún podemos revertir esto y recuperar lo que deberíamos ser

 "Hubo un tiempo, no hace mucho, en que América era el líder del mundo libre. Era el primero entre iguales dentro de una alianza de naciones unidas por valores compartidos — sobre todo un compromiso con la democracia y las libertades civiles. Desde Londres hasta Berlín y Tokio, en el período posterior al genocidio y la devastación total de la Segunda Guerra Mundial, América – como lo expresó Ronald Reagan – era la ciudad brillante en la colina. Nunca debemos olvidar que los estadounidenses desempeñaron papeles fundamentales en los juicios de Núremberg, defendiendo el estado de derecho de manera imparcial y transparente en los juicios de aquellos que habían cometido atrocidades indescriptibles y actos de guerra. "Ich bin ein Berliner," declaró John F. Kennedy en Berlín, mientras Alemania Oriental intentaba atrapar a su propia gente detrás del Muro de Berlín.

Sin embargo, MAGA no quiere ser parte de ese mundo. De hecho, no quiere que exista un mundo de democracia, libertades civiles y estado de derecho. La administración Trump se ha vuelto especialmente hostil hacia Europa, precisamente porque los europeos están tratando de aferrarse a los valores que MAGA está tratando de destruir en casa.

La semana pasada, la administración Trump publicó su Estrategia de Seguridad Nacional actualizada para los Estados Unidos. Gran parte del documento es vago, divagante y autocontradictorio. Pero se vuelve claro y enfocado cuando se refiere a Europa. Simplemente, Trump y los que lo rodean odian a Europa. Y lo odian porque todavía honra los ideales que están abandonando en América.

El lenguaje es asombroso. Europa, advierte el documento, enfrenta "la sombría perspectiva de la desaparición civilizacional." ¿Por qué? Porque "es más que plausible que dentro de unas pocas décadas como máximo, ciertos miembros de la OTAN se conviertan en mayoría no europea." No sé por qué se molestaron con el eufemismo: "no europeo" claramente significa "no blanco".

Pero hay esperanza, declara el documento, gracias a "la creciente influencia de los partidos patrióticos europeos", por los cuales claramente se refiere a partidos como el neo-nazi AfD de Alemania.

El politólogo Henry Farrell lo resume de esta manera:

"Esto es, de manera bastante directa, un programa para el cambio de régimen en Europa, con el objetivo de convertirla en una política iliberal. Lograr esta transformación implicaría socavar a los gobiernos liberales existentes en connivencia con la extrema derecha europea, y convertir a Europa del Este en una cuña ideológica contra sus vecinos occidentales."

¿De dónde proviene este ataque a Europa? Algunos lectores pueden recordar el viejo eslogan de los días de la Guerra contra el Terror, "Nos odian por nuestra libertad." Claramente, MAGA odia a Europa por su libertad. Las personas que intentan convertir a América en un estado autoritario y supremacista blanco, que quieren que abandonemos los ideales democráticos en favor del Volk, del nacionalismo de sangre y suelo, quieren ver a Europa seguir el mismo camino.

También está el papel de los tech bros — multimillonarios que aún se describen como libertarios pero que en la práctica se han convertido en autoritarios intransigentes con una enorme influencia sobre la administración de Trump. Después de que la Comisión Europea impusiera una multa modesta a X por no cumplir con sus reglas de transparencia, Elon Musk declaró que la UE debería ser abolida y amenazó con represalias personales contra los "comisarios de la Stasi woke de la UE" responsables de la decisión. Y la Administración Trump está actuando como el ejecutor de los chicos tecnológicos contra Europa, amenazando con mantener altos los aranceles al acero a menos que la UE reduzca sus regulaciones tecnológicas.

Además, esto es parte de un patrón general: los broligarchs odian a Europa porque los europeos están tratando de imponer límites sensatos para proteger a sus sociedades de los daños psicológicos y económicos bien documentados que inflige una agenda desenfrenada de Silicon Valley. Por ejemplo, la UE está tratando de limitar la proliferación del discurso de odio digital, así como los efectos perniciosos de las redes sociales en los jóvenes. Y más que los Estados Unidos, ha buscado restringir el poder monopólico de los titanes tecnológicos como Google y Facebook. Debemos recordar que las moderadas regulaciones antimonopolio y de IA adoptadas por la Administración Biden llevaron a la oligarquía tecnológica a apoyar con fuerza a Trump en las elecciones de 2024.

Hay dos consecuencias sorprendentes del asalto de Trump a Europa: debilita a Estados Unidos frente a lo que claramente es su único rival geopolítico serio, China, mientras debilita a Europa frente al asesino en su puerta, Rusia. Como señala el New York Times, esta nueva estrategia rompe con la retórica pasada de Trump, que enfatizaba los peligros que representan China y Rusia.

Primero, traicionar a nuestros antiguos aliados garantiza que China superará a Estados Unidos en la competencia por la influencia y la hegemonía económica. El gráfico a continuación (ajustado por las diferencias en los niveles de precios) ilustra esta realidad:
Un gráfico de un gráfico con texto generado por IA puede ser incorrecto.

A partir de ahora, China es claramente la economía individual más grande del mundo. Pero el grupo de naciones que constituía el "mundo libre" (como lo conocíamos) es una potencia económica mucho mayor que China. Entonces, al tratar a Europa y Canadá como enemigos en lugar de aliados, Trump ha destruido cualquier capacidad plausible para hacer frente a China. En efecto, Trump ha elegido la supremacía blanca sobre la verdadera grandeza nacional.

En segundo lugar, eso también se aplica a Rusia. Aunque Rusia es mucho más débil que China, los EE. UU. o la UE, la guerra en Ucrania ha demostrado que una Rusia envalentonada puede causar una devastación duradera. Al atacar a la UE, notablemente en los mismos términos de sangre y suelo con los que Putin atacó a Ucrania — así como al insultar a Zelensky y lanzar un "plan de paz" que claramente era una lista de deseos rusa — Trump ha dejado claro que nuestros antiguos aliados no pueden contar con nosotros para enfrentar la agresión rusa. ¿Deberíamos sorprendernos de que algunos aliados hayan comenzado recientemente a rechazar el intercambio de inteligencia?

Ahora, es importante admitir que América a menudo no cumplió con sus propios ideales en el pasado. Durante décadas defendimos la libertad y la igualdad en el extranjero mientras practicábamos el Jim Crow en casa. Éramos una fuerza para la democracia y la libertad en Europa, pero a menudo apoyábamos a dictadores y, a veces, orquestábamos el derrocamiento de gobiernos democráticamente elegidos —a menudo a instancias de los intereses comerciales estadounidenses— en América Latina, Asia y el Medio Oriente. Así que, de una manera muy real, la tecnoburguesía está tratando de usar el poder del gobierno de EE. UU. para subyugar a la UE de la misma manera en que la United Fruit Company una vez usó el poder del gobierno de EE. UU. para subyugar a Centroamérica.

En verdad, Europa está mucho más cerca de ser la ciudad brillante en la colina de Reagan que la América de Trump. Sin embargo, es importante reconocer que, frente a los desafíos económicos y migratorios, también le está costando preservar sus valores democráticos liberales. Esos partidos europeos "patrióticos" —es decir, neofascistas— están efectivamente en auge. Sin embargo, en general, Europa está lidiando con sus tensiones económicas y sociales sin renunciar a sus valores fundamentales. Por ejemplo, las recientes elecciones en los Países Bajos, aunque no fueron una victoria decisiva para el centro, al menos lograron sacar a la extrema derecha del gobierno.

Y América misma aún no está perdida. Muchos, y creo que la mayoría, de los estadounidenses todavía creen en nuestros valores fundamentales de libertad y democracia. Por el momento, el poder está en manos de personas que odian esos valores fundamentales — y odian a Europa porque todavía se aferra a esos valores. Pero aún podemos revertir esto y recuperar lo que deberíamos ser."

(Paul Krugman, blog, 08/12/25, traducción Quillbot)

10.12.25

Se suponía que los centristas salvarían Europa. Pero la están condenando al horror... En las principales economías europeas, los gobiernos centristas están fracasando de manera estrepitosa... El escenario está preparado para que arrase la extrema derecha... eso no es así ni en España ni en Dinamarca... Pedro Sánchez es el político de centro-izquierda con más éxito de Europa ¿Cómo? Tomando partido. Durante la pandemia, el gobierno limitó los precios de la energía, reconoció a los repartidores por aplicación como trabajadores con derechos y restableció ciertas protecciones laborales. A continuación, aumentó drásticamente el salario mínimo y gravó las grandes fortunas. Y lo hizo al tiempo que aplicaba una política migratoria ampliamente acogedora... dió a sus bases razones para seguir con él... su Partido Socialista Obrero Español obtiene alrededor del 30 por ciento de los votos. No ha sido un camino de rosas... la danesa Mette Frederiksen planificó enormes inversiones en energías renovables, insistió en que la reconversión a los empleos verdes no era el fin de la prosperidad danesa, sino el medio necesario para alcanzarla, y respaldó esta afirmación con financiación... Hoy, las mayores preocupaciones de los daneses son el cambio climático y la salud pública, no la migración... Aunque estos líderes estén más asediados que antes, su historial demuestra el valor de la audacia política... A menos que los gobiernos centristas del continente cambien de rumbo, la extrema derecha puede hacer suya Europa. Después de eso, se acabaron las apuestas (David Broder , The New York Times)

 "Hace aproximadamente una década, una ola de populismo llegó a Europa. Conmocionados por la crisis financiera, los votantes coquetearon con arriesgadas alternativas a los partidos dominantes, lo que amenazó con agitar la política del continente que se caracterizaba por su estabilidad. Fue un momento inquietante para los líderes europeos. Pero los expertos les aseguraron que el riesgo de una toma del poder por la extrema derecha era exagerado. Creían que la solidez de los sistemas electorales, los recuerdos no tan lejanos de las dictaduras y el escaso apoyo de los votantes más ricos limitaban mucho el respaldo hacia los insurgentes.

Hoy está claro que su confianza era errónea. Los partidos de extrema derecha han seguido acumulando votos, se han establecido en las instituciones europeas, han invertido principios clave de la transición verde y han impuesto políticas fronterizas más duras. Gobiernan en Hungría e Italia y pronto lo harán en la República Checa; incluso en Finlandia y Suecia, históricamente socialdemócratas, los líderes conservadores cuentan con su apoyo. Tienen un animador en el Despacho Oval y otro en lo alto de la red social X.

Es posible que suceda algo peor. En las principales economías europeas, los gobiernos centristas están fracasando de manera estrepitosa. En Francia, el gobierno del presidente Emmanuel Macron está en caída libre, mientras que Agrupación Nacional de Marine Le Pen domina las encuestas. En Alemania, el canciller Friedrich Merz parece incapaz de alejar a los votantes del partido nativista Alternativa para Alemania, a pesar de que el servicio de inteligencia del país lo ha calificado como una amenaza extremista. En el Reino Unido, el primer ministro Keir Starmer se hunde casi tan rápido como crece el partido antinmigración Reform UK. El escenario está preparado para que arrase la extrema derecha.

Pero no tiene por qué ser así. En otros lugares de Europa, los gobiernos pluralistas de la corriente dominante han demostrado que es posible hacer retroceder a la extrema derecha, no solo denunciando el peligro populista, sino también convenciendo a los votantes de un proyecto claro de futuro. La extrema derecha apela a los alienados; prospera cuando sus oponentes naturales pierden la esperanza y dejan de acudir a las urnas. Para derrotarla, los gobiernos deben crear consenso en torno a una democracia más fuerte, más verde y más segura, capaz de inspirar a sus propios simpatizantes y de recuperar a los desilusionados.

Afortunadamente, esto sigue siendo posible. Los líderes centristas de París, Berlín y Londres insisten en que el ascenso de la extrema derecha no es inevitable. De hecho, a menudo afirman que detenerlo es una de sus principales misiones. El problema es que están fracasando.

“Haré todo lo posible para que nunca más tengan motivos para votar por los extremos”.

Era mayo de 2017 y Francia acababa de elegir presidente a Macron por primera vez. Hablando ante el Louvre, les hizo una promesa a los votantes de Le Pen, insistiendo en que podía responder a sus inseguridades. En los meses siguientes, a menudo alardeó de su plan para restar apoyo a Agrupación Nacional. Estaba enfocado en un reinicio económico, que convertiría a Francia en lo que él llamaba una dinámica “nación de empresas emergentes”.

Desde el principio, se trataba de una misión desde arriba. Como un presidente “jupiteriano”, por encima de la política ordinaria, Macron les prometió a los franceses dolor ahora para obtener beneficios mañana. Muchos podrían poner reparos a sus políticas, desde los recortes fiscales para los más ricos hasta el aumento de la edad de jubilación. Puede que incluso se escandalicen por la mano dura con la que actúa la policía en las protestas. Pero con el tiempo, parecía creer Macron, recogerían los frutos económicos y se lo agradecerían.

No lo hicieron. En 2022, los votantes le quitaron la mayoría. Macron respondió eludiendo al Parlamento para impulsar su cambio en las pensiones y, en 2024, convocó elecciones parlamentarias anticipadas. En lugar de darle un mandato, los franceses le reprendieron produciendo una legislatura paralizada incapaz de un gobierno estable. Francia ha pasado ya por cinco primeros ministros en dos años. Puede que Macron llegue cojeando hasta el final de su mandato en 2027, pero Le Pen y Agrupación Nacional están esperando entre bastidores.

Si Macron es demasiado enérgico desde una posición de debilidad, Starmer es demasiado cauto desde una posición de fuerza. A pesar de que su Partido Laborista obtuvo una aplastante mayoría parlamentaria el año pasado, ha gobernado con una sorprendente timidez. Su mantra para una astuta administración económica —controlar el gasto hoy y esperar el crecimiento mañana— no ha inspirado a los votantes y su aura inicial de prudencia en la gestión se ha evaporado. Los recortes en el gasto para los pensionistas y los discapacitados resultaron tan impopulares que tuvieron que abandonarse, lo que dejó al gobierno en el caos.

No ayuda que Starmer haya combinado esta falta de propósito con una vena represiva. Tras disciplinar duramente a los legisladores laboristas por sus votos a favor de la asistencia social, reprimió las manifestaciones propalestinas, y designó extravagantemente a la organización activista Palestine Action como grupo terrorista. Las repetidas y multitudinarias protestas contra la prohibición, con imágenes de abuelas de modales suaves a las que la policía sacaba cargando, han hecho de la libertad de expresión una herida abierta para él.

Esto contrasta notablemente con la incapacidad del gobierno para enfrentarse al desafío planteado por Reform UK y su fervoroso líder, Nigel Farage. Starmer ha oscilado erráticamente entre rumiar los peligros que la migración representa para la cohesión nacional —usando un lenguaje del que luego dijo que se arrepentía— y calificar de racistas las políticas del partido. En todo momento, ha fracasado a la hora de combatir la narrativa reformista o de tomar la iniciativa política en otros ámbitos. No es de extrañar que el apoyo a los laboristas se haya desplomado a solo el 18 por ciento, frente al 30 por ciento de los reformistas.

En Alemania, Merz —el líder más reciente de los tres— ha sido más directo. Puede presumir de una gran innovación desde que ganó las elecciones en febrero: flexibilizar los límites del endeudamiento público para invertir en el ejército. Es demasiado pronto para juzgar los resultados, pero hay mucho en juego. Los democristianos de Merz y sus socios de coalición, los socialdemócratas, han apostado el futuro de Alemania a la remilitarización, no solo para defenderse de Rusia, sino también como una estrategia muy necesaria para la reactivación industrial.

Hasta ahora, la estrategia no muestra signos de desestabilizar a la ascendente Alternativa para Alemania. Aunque el partido se ha resistido a la flexibilización de los límites de endeudamiento, también aboga por una enorme expansión de la industria militar y el ejército, aunque bajo dirección alemana y no europea. Lamenta los planes de la UE para la reindustrialización ecológica, pero está más abierto a la creación de empleo en la industria armamentística.

Merz insiste en que un gobierno exitoso contrarrestará el atractivo de Alternativa para Alemania. Pero el partido va viento en popa: actúa como la principal oposición y encabeza regularmente las encuestas nacionales. Parte de su apoyo se debe a su llamamiento a cortar el apoyo militar alemán a Ucrania. Sin embargo, la capacidad del partido para captar el programa estrella del canciller, en el que la militarización es el medio para hacer grande a Alemania de nuevo, debería hacerlo reflexionar.

Estos gobiernos son diferentes, por supuesto. Pero todos han adoptado la antipatía de sus oponentes hacia la migración. En Francia, Macron —que denuncia el “proceso de descivilización” provocado por los recién llegados— se ha apoyado en los legisladores de Agrupación Nacional para limitar los derechos sociales de los inmigrantes. En el Reino Unido, Starmer se ha disculpado por el “daño incalculable” causado por la migración masiva y ha introducido cambios draconianos en las normas de asilo. En Alemania, Merz ha aumentado las deportaciones, se ha comprometido a “llevarlas a cabo a gran escala” y ha presentado a los migrantes como un peligro para las mujeres.

Si esto pretende ganarse a los votantes descontentos con la migración, no ha funcionado. En lugar de premiar a los descoloridos imitadores de centro, los votantes están volteando a ver, cada vez más, a la fuente original.

Al parecer, eso no es así en Dinamarca.

En las elecciones europeas de 2014, el nacionalista Partido Popular Danés obtuvo casi el 27 por ciento de los votos, un avance que auguraba un gran futuro. Sin embargo, en las elecciones equivalentes de 2024, solo obtuvo el 6 por ciento. En una década en la que la extrema derecha creció en toda Europa, retrocedió en Dinamarca. ¿Qué ocurrió?

Para algunos, la respuesta parece clara: el gobierno de centro-izquierda, dirigido por la primera ministra Mette Frederiksen, tomó medidas enérgicas contra la migración. Es cierto que ella, en el cargo desde 2019, ha adoptado un enfoque severo hacia la cuestión. Tratando a los recién llegados como residentes temporales y no permanentes que deben integrarse, ha presionado a los sirios para que abandonen Dinamarca, ha recortado las viviendas sociales en zonas con grandes poblaciones minoritarias y ha firmado un acuerdo con Ruanda para procesar a los migrantes en suelo africano. Este enfoque, dicen sus admiradores, rindió frutos con su reelección en 2022.

Esta narrativa es unidimensional en el mejor de los casos y, en el peor, un mito. El primer mandato de Frederiksen, que contó con el apoyo de los izquierdistas y de un partido liberal, destacó no solo por su estricta actitud hacia la migración, sino también por su ambicioso programa de reindustrialización verde. Planificó enormes inversiones en energías renovables, fijó objetivos internacionalmente avanzados de reducción de emisiones y —de manera singular entre los grandes productores de petróleo— estableció una fecha legalmente vinculante para detener las perforaciones.

El gobierno insistió en que la reconversión a los empleos verdes no era el fin de la prosperidad danesa, sino el medio necesario para alcanzarla, y respaldó esta afirmación con financiación. El intervencionismo económico, unido a una historia convincente sobre cómo enfrentarse a un reto que definía una época, trajo consigo el éxito electoral. Hoy, las mayores preocupaciones de los daneses son el cambio climático y la salud pública, no la migración.

España es mucho más grande, está más dividida internamente y es mucho menos rica que Dinamarca. Pero, en todo caso, sus lecciones para mantener a raya a la extrema derecha son más generalizables. Como presidente del gobierno desde 2018, Pedro Sánchez es el político de centro-izquierda con más éxito de Europa y uno de los jefes de gobierno de la Unión Europea que más tiempo lleva en el cargo. Tras casi seis años en coalición con partidos situados a su izquierda, su Partido Socialista Obrero Español obtiene alrededor del 30 por ciento de los votos.

¿Cómo? Tomando partido. Durante la pandemia, el gobierno limitó los precios de la energía, reconoció a los repartidores por aplicación como trabajadores con derechos y restableció ciertas protecciones laborales. A continuación, aumentó drásticamente el salario mínimo y gravó las grandes fortunas. Al dar a sus bases razones para seguir con él, el partido de Sánchez contrarrestó la tendencia a alejarse de los votantes con menos ingresos y formación. Y lo hizo al tiempo que aplicaba una política migratoria ampliamente acogedora.

No ha sido un camino de rosas. Sánchez se ha enfrentado a tensiones dentro de su coalición, a un poder judicial muy politizado y a conflictos sobre el separatismo catalán. Muchos esperaban que perdiera las elecciones de 2023 frente a una coalición de derechas que incluía al partido ultranacionalista Vox. Sin embargo, Sánchez frustró el ascenso de la coalición aumentando la participación, no solo advirtiendo sobre la amenaza de la extrema derecha, sino también reuniendo a los votantes en torno a los logros de su gobierno. Les contó a los españoles una historia sobre su prosperidad futura y los peligros a los que esta se enfrenta. Y funcionó.

Tanto la primera ministra como el presidente tienen problemas. Tras la reelección de Frederiksen, ella se volvió hacia aliados más centristas y empezó a perder apoyos. Los principales beneficiarios han sido los partidos de izquierda con los que antes se aliaba, pero también están surgiendo pequeños grupos antiinmigración. Frederiksen, cuyos socialdemócratas obtuvieron malos resultados en las elecciones locales del mes pasado, ya no es la fuerza electoral que fue. Sin embargo, el entusiasmo de los votantes por otras opciones progresistas demuestra que el resentimiento nacionalista no es la única alternativa.

Sánchez también ha tenido problemas. Sin mayoría desde 2023, no ha podido aprobar un presupuesto. A falta de nuevas medidas redistributivas, el apoyo popular a sus aliados de izquierda se ha desmoronado, y los escándalos en su partido han generado furiosas peticiones de dimisión. Vox ha subido en las encuestas y se ha formado una extrema derecha más extraña, más joven y más conspiracionista. Lleva el ominoso nombre de Se Acabó la Fiesta.

Aunque estos líderes estén más asediados que antes, su historial demuestra el valor de la audacia política. Cambiaron las agendas nacionales politizando cuestiones de justicia económica y fiscal y mostrando a los votantes obreros que los partidos mayoritarios están de su parte. Otros líderes europeos deberían aprender la lección y aún pueden hacerlo.

En Francia, eso podría implicar un impuesto sobre el patrimonio, lo que estabilizaría al gobierno y recaudaría unos ingresos muy necesarios. En el Reino Unido, el gobierno podría elevar el nivel de vida frenando el aumento de las facturas del gas, gravando a los gigantes de la energía y reactivando los planes de inversión ecológica. En Alemania, el gobierno podría relajar los límites a la inversión para renovar las infraestructuras, desde el ferrocarril a la vivienda, y proporcionar un tipo diferente de estímulo económico.

Todo esto es políticamente factible: los números están ahí en el Parlamento, y todos tienen tiempo antes de las próximas elecciones. Aunque los partidos de extrema derecha se presenten como la voz de la gente común y corriente, la mayoría de los votantes no han sido ganados para su causa y anhelan razones para volver a tener esperanza. No les costaría mucho a estos gobiernos darles alguna.

¿Y si no lo logran? Algunos se conforman con el consuelo de que, cuando los partidos de extrema derecha alcanzan el poder, pronto se les acaba el fuelle.

Podrían señalar las recientes elecciones neerlandesas, en las que el nacionalista Partido por la Libertad de Geert Wilders —la mayor fuerza del gobierno saliente— perdió terreno frente a los liberales Demócratas 66. La breve e infructuosa etapa del Partido por la Libertad en el gobierno es una historia tranquilizadora de la incompetencia inveterada de los populistas. Sin embargo, esta feliz conclusión no refleja del todo el resultado de las elecciones. Aunque Wilders se hundió, sus exsimpatizantes se decantaron principalmente por partidos similares y el voto general de extrema derecha se mantuvo firme. Puede que su marcha se haya detenido, pero la extrema derecha sigue ganando fuerza.

Para 2030, es muy probable que no estemos hablando de votantes que coquetean con el populismo, sino de partidos de extrema derecha al frente de los principales países europeos. Figuras como Farage, Le Pen y Wilders podrían tener influencia en toda Europa. Si lo hacen, heredarán Estados con poderes nuevos y peligrosos. El aumento de las fuerzas armadas continentales, a medida que los países aumentan el gasto militar y vuelven a movilizar a jóvenes uniformados, es un ejemplo de ello. También lo son las medidas represivas que han adoptado los gobiernos para sofocar la disidencia y la protesta, especialmente en cuestiones de guerra y paz.

Aunque los efímeros gobiernos franceses tienen cierto aire a la República de Weimar, no se trata de un retorno al fascismo histórico. Es más probable que los partidos de extrema derecha de hoy convoquen airados ataques en internet que protestas callejeras masivas. Sus intereses nacionales suelen diferir, al igual que sus ideas: algunos son más asistencialistas, otros tecnoliberales o conspiracionistas. Pero a pesar de sus diferencias, es evidente que pueden llegar a acuerdos con los conservadores proempresariales de la corriente dominante. Están preparados para promover un nuevo credo de europeísmo asediado, no abandonando la Unión Europea, sino transformándola desde dentro.

¿Cómo sería una Unión Europea de extrema derecha? Para empezar, la agenda del Pacto Verde Europeo desaparecería. En su lugar, la inversión europea se destinaría probablemente a reconstruir los ejércitos nacionales, ampliar el aparato de deportaciones masivas y endurecer las fronteras exteriores de Europa. La privatización progresiva, especialmente de la atención a la salud, podría combinarse con la vigilancia policial basada en la inteligencia artificial para disciplinar a los pobres y a los precarios.

Los refugiados ucranianos, como parte de un giro más amplio contra Ucrania, serían tratados con recelo, y los musulmanes y otras minorías serían objeto de repatriaciones forzosas en un cruel programa de la llamada “remigración”. Si el continente se sumiera en una guerra total —una amenaza real a medida que se derrumba el orden internacional—, la detención de “indeseables” y el reclutamiento masivo del resto no tardarían en llegar.

Incluso un 2030 tan sombrío diferiría en aspectos importantes de la década de 1930. Todavía no la medianoche del siglo. Pero una Europa entregada a los ideólogos de extrema derecha y en deuda con el nativismo de Estados Unidos podría tener sus propios horrores. A menos que los gobiernos centristas del continente cambien de rumbo, la extrema derecha puede hacer suya Europa. Después de eso, se acabaron las apuestas."

( 

6.10.25

Varoufakis: El fascismo está ahora en el aire. ¿Cómo podría ser de otro modo? Cuando se abandonó a la clase trabajadora en todo Occidente, fue fácil devolverle la esperanza con la promesa de un renacimiento nacional basado en una Edad de Oro ficticia. Una vez mordido el anzuelo, el siguiente paso fue desviar su ira de las fuerzas socioeconómicas que los habían llevado a la pobreza hacia una conspiración nebulosa: los “globalistas”, el “estado profundo” o algún complot dirigido por George Soros para “reemplazarlos” en su propia tierra. Aprovechando el impulso de la pasión así inspirada, los políticos de ultraderecha comienzan a apuntar contra las élites liberales, los banqueros, los extranjeros ricos en el extranjero y los extranjeros miserables en casa, personas que pueden ser retratadas como usurpadores de la Edad de Oro y obstáculos para el renacimiento nacional... Entonces (y solo entonces) llega la desestimación de la lucha de clases... La furia contra el banco que ejecutó la hipoteca de la casa familiar se convierte en odio hacia los abogados judíos, los médicos musulmanes y los jornaleros mexicanos. Cualquiera que les recuerde que el capital se acumula devorando, desplazando y finalmente deshaciéndose del trabajo de personas como ellos es tratado como un traidor a la patria. En la década de 2020, al igual que en la década de 1920, la ultraderecha surgió a raíz de este proceso... ¿Pero qué fue lo que desencadenó esto? En primer lugar, la crisis financiera global de 2008, el momento 1929 de nuestra generación, llevó a los centristas en el poder a imponer una dura austeridad a la clase trabajadora... En segundo lugar, al igual que en las décadas de 1920 y 1930, los centristas y los conservadores no fascistas temían y detestaban más a la izquierda democrática que a la derecha autoritaria... Debemos recuperar el vocabulario de la solidaridad y la explotación, demostrando que el verdadero enemigo del trabajador no es el inmigrante, sino el rentista, el señor tecnofeudal, el empleador monopolista y el financiero que trata su futuro como un derivado especulativo

 "Hay un espectro que acecha a Occidente: el espectro de una clase trabajadora cuya casa política ha sido embargada. Durante décadas, seducidas por los cantos de sirena de la “tercera vía” de Bill Clinton, Tony Blair y Gerhard Schröder, las fuerzas de centroizquierda abandonaron el lenguaje de la lucha de clases.

Pero en su prisa por volverse respetables y demostrar que eran gestores más eficientes y justos del capitalismo, dejaron de hablar de explotación y optaron por ignorar el antagonismo inherente -incluso la violencia- de la relación entre el capital y el trabajo. Eliminaron por completo del discurso político las palabras, los gestos, la forma de ser y las aspiraciones de los trabajadores. Y luego denigraron a sus antiguos electores calificándolos de “deplorables”.

Cuando la movilidad descendente y la indigencia se apoderan de grandes zonas rurales donde una clase trabajadora que antes se sentía orgullosa ahora se siente abandonada, y de las que los partidos establecidos apartan la mirada, cobra forma el anhelo de un nuevo proyecto de restauración de la dignidad, de una narrativa que enfrente a un “nosotros” colectivo contra un “ellos” poderoso. Hace una década, un narrador venenoso con un siglo de experiencia en llenar esos vacíos entró en escena: la extrema derecha xenófoba.

Los movimientos y líderes que los centristas tildaron torpemente de “populistas” no crearon este anhelo -simplemente lo explotaron con el cinismo de un monopolista experimentado que detecta un mercado sin explotar-. Desde los barrios obreros del sur del Pireo, a tiro de piedra de donde escribo estas líneas, hasta los antiguos suburbios “rojos” de París o Marsella, podemos ver cómo los bloques de votantes pasan de los partidos comunistas y socialdemócratas a los creados por los herederos políticos de Mussolini y Hitler. Al igual que sus antepasados, estos camaleones políticos se hacen pasar por abanderados de una clase obrera marginada. Mientras tanto, en Estados Unidos, los supremacistas blancos, los fundamentalistas cristianos, los señores tecnofeudales y los antiguos votantes demócratas ya hartos vibran juntos apasionadamente en una coalición que ha ganado dos veces la Casa Blanca.

La comparación que muchos están haciendo con el período de entreguerras puede llevarnos por mal camino si no tenemos cuidado, pero es pertinente. Y si bien la tendencia de la izquierda a tildar de fascistas a todos los oponentes conservadores o centristas es inexcusable, lo cierto es que el fascismo está ahora en el aire. ¿Cómo podría ser de otro modo? Cuando se abandonó a la clase trabajadora en todo Occidente, fue fácil devolverle la esperanza con la promesa de un renacimiento nacional basado en una Edad de Oro ficticia.

Una vez mordido el anzuelo, el siguiente paso fue desviar su ira de las fuerzas socioeconómicas que los habían llevado a la pobreza hacia una conspiración nebulosa: los “globalistas”, el “estado profundo” o algún complot dirigido por George Soros para “reemplazarlos” en su propia tierra. Aprovechando el impulso de la pasión así inspirada, los políticos de ultraderecha comienzan a apuntar contra las élites liberales, los banqueros, los extranjeros ricos en el extranjero y los extranjeros miserables en casa, personas que pueden ser retratadas como usurpadores de la Edad de Oro y obstáculos para el renacimiento nacional.

Entonces (y solo entonces) llega la desestimación de la lucha de clases, descartando la representación política de los intereses económicos de la clase obrera. La ira contra los propietarios estadounidenses que cierran su fábrica local y la trasladan por completo a Vietnam se redirige contra los trabajadores chinos. La furia contra el banco que ejecutó la hipoteca de la casa familiar se convierte en odio hacia los abogados judíos, los médicos musulmanes y los jornaleros mexicanos. Cualquiera que les recuerde que el capital se acumula devorando, desplazando y finalmente deshaciéndose del trabajo de personas como ellos es tratado como un traidor a la patria.

En la década de 2020, al igual que en la década de 1920, la ultraderecha surgió a raíz de este proceso. No ocurrió de la noche a la mañana. El proceso de pérdida de las clases trabajadoras, inicialmente hacia la desesperanza y finalmente hacia la mentalidad fascista, comenzó con el fin de Bretton Woods en 1971. ¿Pero qué fue lo que desencadenó la transformación de la extrema derecha de un movimiento de protesta dentro de la política conservadora a una fuerza autónoma que toma el poder, derriba descaradamente las instituciones liberales burguesas y se embarca en un proyecto de aniquilación del “bolchevismo cultural” -un término muy querido por Joseph Goebbels?

Se destacan dos acontecimientos. En primer lugar, la crisis financiera global de 2008, el momento 1929 de nuestra generación, llevó a los centristas en el poder a imponer una dura austeridad a la clase trabajadora, al tiempo que extendían la solidaridad “socialista”, patrocinada por el estado, a las grandes empresas. En segundo lugar, al igual que en las décadas de 1920 y 1930, los centristas y los conservadores no fascistas temían y detestaban más a la izquierda democrática que a la derecha autoritaria.

La lección para la izquierda es dolorosamente clara. Centrarse exclusivamente en la identidad -en la raza y el género- mientras se ignora la realidad material de la clase social es un error estratégico catastrófico. Es desarmarse frente a un enemigo que ha convertido en arma la misma historia a la que renunciaron los partidos de centroizquierda.

La tarea consiste en integrar las luchas vitales contra el racismo y el patriarcado en una crítica renovada y contundente del poder de clase. Debemos recuperar el vocabulario de la solidaridad y la explotación, demostrando que el verdadero enemigo del trabajador no es el inmigrante, sino el rentista, el señor tecnofeudal, el empleador monopsonista y el financiero que trata su futuro como un derivado especulativo. Los nuevos líderes, como el candidato a la alcaldía de Nueva York Zohran Mamdani, deben ayudar a encontrar una síntesis que aborde a la persona en su totalidad.

La alternativa es seguir siendo espectadores de nuestra propia tragedia política, viendo cómo los olvidados de la izquierda son llevados a luchar en una fantasía derechista de pureza nacional. La clase trabajadora importa. Es hora de empezar a actuar en consecuencia."

(fuente Project Syndicate ) 

1.9.25

El auge de la extrema derecha en Francia ha ido acompañado del crecimiento de tendencias racistas y autoritarias entre los autodenominados centristas como Emmanuel Macron... En las últimas décadas, hemos asistido a un empeoramiento constante de las condiciones de trabajo y de vida de millones de trabajadores; a un estado de emergencia utilizado para impedir la movilización social; al uso de procedimientos autoritarios para socavar los derechos laborales y las pensiones; a políticas migratorias y de seguridad cada vez más indistinguibles de las defendidas por la extrema derecha; y a una islamofobia que hoy en día es endémica en la sociedad francesa... Estos cambios fueron impulsados por el partido gaullista bajo Chirac y luego Nicolas Sarkozy, por el Partido Socialista bajo Hollande y Manuel Valls (entre otros) y, desde 2017, también por el macronismo. Todo ello ha debilitado la sensibilidad del público ante la amenaza real que supone el FN/RN... ¿No ha tomado prestado ya la clase dirigente francesa, liderada por Macron y sus ministros, gran parte del lenguaje neofascista cuando habla de «creciente salvajismo», «incivilización», «gran sustitución» o de una Francia «ahogada por la migración»? Para oponerse al FN/RN necesitamos algo más que los «valores republicanos» —que la experiencia cotidiana de la mayoría de la gente demuestra que están lejos de ser una realidad— o un «frente republicano» formado por organizaciones directamente responsables de la destrucción de los derechos sociales y democráticos, de la trivialización del racismo y, en consecuencia, del auge de la extrema derecha... El antifascismo solo tiene posibilidades de éxito si abandona una postura estrictamente defensiva. Su acción debe formar parte de la construcción paciente pero decidida, unida pero radical, de un amplio movimiento capaz de poner fin a las políticas neoliberales, autoritarias y racistas (Ugo Palheta)

 "El texto que sigue es un fragmento adaptado de Why Fascism Is on the Rise in France: From Macron to Le Pendisponible en Verso Books.

" El voto de extrema derecha ha aumentado de forma constante en todas las elecciones francesas desde 2012, alcanzando el 41,5% en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de 2022. No se trata de un fenómeno aislado.

La derecha tradicional se ha vuelto extremista; las libertades civiles se han restringido en nombre de la lucha contra el terrorismo; en los últimos diez años se han prohibido cada vez más manifestaciones y se ha criminalizado cada vez más toda disidencia; las leyes y decretos islamófobos han ido acompañados de campañas mediáticas dirigidas contra los musulmanes; y se ha desarrollado un movimiento reaccionario masivo contra la igualdad de derechos y los programas educativos que promueven la igualdad de género.

En la Francia actual, los migrantes son sistemáticamente perseguidos y golpeados por la policía (por orden de los sucesivos gobiernos), cuando no son secuestrados, apaleados y abandonados a su suerte por turbas violentas. Los observadores cuentan un número cada vez mayor de agresiones físicas por parte de grupos de extrema derecha contra miembros de minorías étnicas y activistas involucrados en movimientos sociales.

Una gama cada vez más amplia de publicaciones en todas las plataformas —desde artículos en línea hasta vídeos, podcasts, libros, etc.— promueven un racismo conspirativo (la teoría del «gran reemplazo») y piden el establecimiento de un gobierno autoritario capaz de contraatacar a las minorías y a la izquierda («el partido de los extranjeros»). Hay un acoso público constante a los musulmanes y a los activistas antirracistas, feministas y LGBTQ.

Todo ello se completa con la intensificación de la represión policial en los barrios obreros y la impunidad estructural de la violencia policial. El fascismo está anunciando su llegada, no como una hipótesis abstracta, sino como una posibilidad concreta. Aquí hemos mencionado algunas de sus formas dispares, aún embrionarias, y el mero hecho de enumerarlas pone de manifiesto la esclerosis de la política francesa en la era neoliberal.

«Nunca más»

Los comentaristas suelen descartar de plano este posible retorno del fascismo: ¿cómo podría la República Francesa, autoproclamada patria de los derechos humanos, dar lugar a la barbarie fascista? ¿No fue Francia «alérgica» al fascismo a lo largo del siglo XX, como han sostenido durante mucho tiempo muchos historiadores franceses convencionales?

¿No afirma el Frente Nacional (FN), devenido en Rassemblement National (RN) en 2018, haber abandonado el proyecto político que defendía desde su fundación en 1972? ¿No ha alcanzado este partido un techo de cristal electoral, como se ha afirmado habitualmente durante las últimas tres décadas? ¿No estamos asistiendo en realidad a un renacimiento del capitalismo francés, liderado por un joven presidente que por fin está llevando a cabo las «reformas» que supuestamente necesita Francia?

El fascismo en Francia se encarna actualmente en organizaciones como el FN/RN (un partido que ya tiene más de cincuenta años), Reconquête (fundado en 2021 por el comentarista islamófobo Éric Zemmour) y otros movimientos y sectas (Action française, los Identitaires, los «nacionalistas revolucionarios», etc.). Esto no significa que alguna de estas organizaciones sea un movimiento fascista de masas en toda regla. Sin embargo, cada una de ellas es un vehículo —o, más precisamente, un productor, organizador y amplificador colectivo— de los deseos, ideas, estrategias y prácticas fascistas.

La idea es difícil de aceptar, porque probablemente hemos dado demasiado crédito a la idea de «nunca más». O más bien, porque mucha gente la malinterpretó: debería haberse visto como una llamada a la acción, destinada a oponerse a todo resurgimiento del fascismo que acecha en el corazón del capitalismo. En cambio, se ha confundido con una promesa o una garantía de que las «democracias» que derrotaron al fascismo nazi en 1945 no podían, por su propia naturaleza, dar lugar al fascismo. No hemos tomado lo suficientemente en serio la advertencia del dramaturgo Bertolt Brecht: «El útero sigue siendo fértil, de ahí surgió la bestia inmunda».

Después de 1945 y de décadas en las que los herederos de Adolf Hitler y Benito Mussolini fueron marginales, el fascismo ha sobrevivido y ha renacido. Lo ha hecho deshaciéndose de los rasgos externos del fascismo particular que se desarrolló en el contexto de entreguerras: el estilo con el que el fascismo se asocia tan obstinadamente en vuestras mentes, porque era tan evocador, pudo ser abandonado o considerablemente reformulado.

Desde este punto de vista, hay que reconocer que ni Marine Le Pen, ni Zemmour, ni sus respectivos lugartenientes, ni los youtubers e influencers de extrema derecha que han surgido en los últimos años son aficionados a las camisas marrones y las esvásticas.

Pero se presentan como los diversos avatares de un neofascismo para el momento actual y, más exactamente, en el caso del FN/RN, como una rama más institucional del fascismo, tal y como siempre ha existido dentro de esta corriente política. De hecho, ya está presente en el corazón de la sociedad francesa (y, más ampliamente, del capitalismo neoliberal), esperando el momento oportuno y preparando el terreno para convertirse en una práctica de poder.

Fascistización

Pero el fascismo no se limita a estas organizaciones. También se manifiesta a través de una serie de cambios y transformaciones moleculares, tanto a nivel ideológico como institucional, que allanan el camino tanto para una victoria electoral de la extrema derecha como para una transformación cualitativa del Estado en una dirección autoritaria y racista. Estos cambios y transformaciones pueden resumirse en el concepto de fascistización.

Desde 2007-2008, con la gran crisis financiera y sus secuelas, el capitalismo se ha sumido en una crisis de la que solo los expertos más ciegos de la prensa económica creen ver la salida. De hecho, este régimen de crisis parece haberse convertido en la forma normal de gestionar la economía y la sociedad. Sin duda, una expresión de esta crisis es el debilitamiento de lo que llamamos instituciones democráticas.

En Francia, las libertades civiles y los derechos sociales conquistados por la clase obrera y sus organizaciones durante los dos últimos siglos han sido erosionados por una serie de gobiernos. Los mecanismos tradicionales de la democracia parlamentaria son sistemáticamente socavados, marginados o vaciados de contenido por la propia clase dominante, en favor de órganos o procedimientos no elegidos que eluden sus procesos (por ejemplo, el artículo 49.3 de la Constitución, utilizado para aprobar leyes sin votación, o el gobierno por decreto).

En otras palabras, las formas políticas actuales de dominación capitalista, que garantizaban ciertos derechos a la protesta social o a la oposición parlamentaria, y cuya función principal era construir amplios compromisos sociales que pudieran tener un efecto estabilizador, se están desmoronando. Además, el racismo es cada vez más visible en la esfera pública, especialmente en forma de xenofobia contra los inmigrantes y de islamofobia.

Los ideólogos reaccionarios, omnipresentes en la actualidad, justifican la discriminación sistémica contra los inmigrantes no europeos y sus descendientes al tiempo que introducen la idea de la posible deportación de millones de musulmanes (ahora rebautizada como «remigración»). Por último, las fuerzas de extrema derecha han obtenido importantes avances electorales en Francia y otros países.

Chantaje

Sin embargo, durante los últimos diez años, la posibilidad de una amenaza fascista se ha descartado con demasiada facilidad, simplemente por la forma en que se ha utilizado este espectro durante varias décadas. De hecho, ha sido utilizado cínicamente por un Parti Socialiste (PS) que se volvió social-liberal en la década de 1980 y luego liberal-autoritario bajo François Hollande en la década de 2010, pero también por la derecha, particularmente en la época de Jacques Chirac.

«Si no votas por nosotros en la primera o en la segunda vuelta, el retorno del fascismo pesará sobre tu conciencia», nos han dicho constantemente sus líderes. Este chantaje, combinado con las políticas aplicadas por estos partidos (que en muchos aspectos se inspiran en el programa de la extrema derecha), ha tenido el efecto de trivializar el peligro específico que representa el FN/RN: ¿de qué sirve dar la voz de alarma, si quienes hablan de una amenaza y pretenden evitarla también están trabajando claramente para que se haga realidad?

Basta con comparar la reacción popular masiva cuando Jean-Marie Le Pen llegó a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en 2002 y la menor respuesta cuando su hija hizo lo mismo en 2017 y 2022, a pesar de que la puntuación de esta  última acabó siendo mucho más alta (41,5% en 2022 frente al 18% en 2002), para ver que este pseudo-antifascismo electoral está perdiendo cada vez más fuerza.

En las últimas décadas, hemos asistido a un empeoramiento constante de las condiciones de trabajo y de vida de millones de trabajadores; a un estado de emergencia utilizado para impedir la movilización social y luego para gestionar la pandemia; al uso de procedimientos autoritarios para socavar los derechos laborales y las pensiones; a políticas migratorias y de seguridad cada vez más indistinguibles de las defendidas por la extrema derecha; y a una islamofobia que hoy en día es endémica en la sociedad francesa.

Estos cambios fueron impulsados por el partido gaullista bajo Chirac y luego Nicolas Sarkozy, por el Partido Socialista bajo Hollande y Manuel Valls (entre otros) y, desde 2017, también por el macronismo. Todo ello ha debilitado la sensibilidad del público ante la amenaza real que supone el FN/RN, incluso entre aquellos que sin duda son los que más tienen que temer de la dinámica neofascista actual en Francia.

¿Por qué debería alguien temer a un partido que es conocido por su violenta hostilidad hacia los movimientos de liberación, los extranjeros y los musulmanes, y en general hacia las minorías, cuando los sucesivos gobiernos ya han sentado las bases para una legislación de emergencia dirigida contra los llamados «enemigos internos»? Estas políticas han afectado a los musulmanes, los romaníes, los migrantes, los residentes de barrios obreros e inmigrantes, pero también a aquellos a quienes la derecha macronista ha descrito en los últimos años como «ecoterroristas» o «islamoizquierdistas».

Una estrategia perdedora

Complacer al electorado del FN/RN durante todo el año para luego denunciar la amenaza de la extrema derecha en los días previos a una segunda vuelta electoral decisiva ha sido una estrategia perdedora. Esto lo demuestra de forma bastante inequívoca el avance electoral de Marine Le Pen y su partido. ¿No fue el propio Hollande quien legitimó al FN/RN al invitarlo al Palacio del Elíseo tras los atentados terroristas de noviembre de 2015? ¿No respaldó Emmanuel Macron a la extrema derecha al conceder una larga entrevista a Valeurs actuelles, una revista semanal reaccionaria recientemente condenada por insultos racistas a la diputada de La France Insoumise, Danièle Obono?

¿No ha tomado prestado ya la clase dirigente francesa, liderada por Macron y sus ministros, gran parte del lenguaje neofascista cuando habla de «creciente salvajismo», «incivilización», «gran sustitución» o de una Francia «ahogada por la migración»? ¿Es de extrañar que queden muy pocas personas que piensen que vale la pena enfrentarse de frente a la extrema derecha y que la proporción de votantes dispuestos a votar en su contra en la segunda vuelta se esté reduciendo de forma lenta pero segura?

Votar al partido de Macron, Renaissance, y más aún al partido tradicional de derecha Les Républicains (LR), que se ha hundido cada vez más en una fusión de neoliberalismo y política identitaria nacionalista, solo puede alejar temporalmente el peligro. Es una ilusión esperar algo de ellos.

A largo plazo, la lógica del «mal menor» es desarmadora porque pospone sistemáticamente cualquier intento de desarrollar y aplicar una política emancipadora. Esa alternativa debe tener su centro de gravedad entre las clases trabajadoras, ya sometidas a unas condiciones de vida cada vez peores, pero también entre quienes se enfrentan a todas las formas de opresión.

Inevitablemente, a medida que las ilusiones se desvanecen, el llamamiento al «voto pragmático» o al «voto para bloquear a la extrema derecha» tiene cada vez menos influencia sobre las poblaciones a las que se supone que debe movilizar. El PS supuso durante mucho tiempo que esta era la forma de hacer retroceder a la extrema derecha y mantener unida su propia base electoral, a pesar de su historial de utilizar al FN para dividir al campo de la derecha.

Pero ha fracasado claramente en dos aspectos. En primer lugar, porque su electorado y su base activista (reducida más o menos a sus representantes locales y su séquito) se han agotado hasta un punto que habría sido difícil de imaginar hace solo unos años. En segundo lugar, porque el FN/RN ha seguido creciendo, aunque todavía esté lejos de ser un movimiento de masas.

Renovar el antifascismo

La instrumentalización electoral de la lucha contra la extrema derecha se ha vuelto en contra de sus promotores (tanto del PS como de la derecha): las clases trabajadoras y los sectores de las clases medias que se encuentran en una situación cada vez más precaria ahora pueden ver fácilmente a través de su artimaña. Porque es demasiado obvio que su función es hacer que la gente se olvide de una política que hace todo lo posible por servir a los dictados del capital y a los intereses de las clases propietarias.

La lucha antifascista necesita, por tanto, una renovación urgente. Sin embargo, esto significa en primer lugar abandonar ciertas ideas cómodas pero impotentes sobre cómo combatir la extrema derecha. Para oponerse al FN/RN necesitamos algo más que los «valores republicanos» —que la experiencia cotidiana de la mayoría de la gente demuestra que están lejos de ser una realidad— o un «frente republicano» formado por organizaciones directamente responsables de la destrucción de los derechos sociales y democráticos, de la trivialización del racismo y, en consecuencia, del auge de la extrema derecha.

El antifascismo solo tiene posibilidades de éxito si abandona una postura estrictamente defensiva. Su acción debe formar parte de la construcción paciente pero decidida, unida pero radical, de un amplio movimiento capaz de poner fin a las políticas neoliberales, autoritarias y racistas; detener el empobrecimiento de las clases trabajadoras; y, más profundamente, romper con la organización capitalista de nuestras vidas."

( , JACOBINLAT, 28/08/25) 

27.6.25

Žižek: El 16 de junio de 2025, Europa, como idea emancipadora, murió; su desaparición se produjo en Canadá, donde los países del Grupo de los Siete (G7) celebraron su 51ª Cumbre... el G7 instó a la «desescalada» en relación con Irán... lo que parece implicar la «rendición incondicional» de una de las partes (Irán)... Sin embargo, ¿qué abrió el camino para que Irán actuara de esta manera? ¿No fue el terrorismo israelí contra los palestinos? El colmo de la obscenidad lo alcanzó el canciller alemán, Friedrich Merz, al declarar: "Este es el trabajo sucio que Israel está haciendo por todos nosotros. Nosotros también somos víctimas de este régimen [iraní]"... En Gaza y Cisjordania, Israel está haciendo posiblemente lo mismo, así que, ¿qué clase de civilización somos si exigimos que se haga por nosotros ese "trabajo sucio", genocidio incluido? Merz sigue aquí simplemente la línea de los simpatizantes occidentales de Hitler, que también afirmaban que, al destruir a los judíos y atacar a la Unión Soviética, sólo estaba haciendo el trabajo sucio por Occidente... Europa no fue asesinada por algún despotismo oriental, sino por el nuevo populismo derechista, cuya personificación es Donald Trump

 "En el caótico tumulto de los últimos días, casi nadie se ha dado cuenta de que el 16 de junio de 2025, Europa, como idea emancipadora, murió; su desaparición se produjo en Canadá, donde los países del Grupo de los Siete (G7) celebraron su 51ª Cumbre. En una declaración conjunta, el G7 instó a la «desescalada» en relación con Irán, mientras las tensiones en Oriente Medio seguían aumentando. Los países afirmaron que Israel tiene «derecho a defenderse», y añadieron que «Irán nunca puede tener un arma nuclear».1

Pero, ¿qué significa realmente «desescalada» en este contexto? Parece implicar la «rendición incondicional» de una de las partes (Irán), aunque es cierto que Irán ha instigado ataques contra Israel a través de Hamás, Hezbolá y los houthis. Sin embargo, ¿qué abrió el camino para que Irán actuara de esta manera? ¿No fue el terrorismo israelí contra los palestinos? La declaración del G7 no contiene ninguna mención de lo que algunos observadores ingenuos esperaban: el reconocimiento colectivo de Palestina, la condena del genocidio en curso en Gaza o la limpieza étnica que tiene lugar en Cisjordania.

El colmo de la obscenidad lo alcanzó el canciller alemán, Friedrich Merz, al declarar en una entrevista para la televisión alemana al margen de la cumbre del G7 en Canadá: "Este es el trabajo sucio que Israel está haciendo por todos nosotros. Nosotros también somos víctimas de este régimen [iraní]«2. En Gaza y Cisjordania, Israel está haciendo posiblemente lo mismo, así que ¿qué clase de civilización somos si exigimos que se haga por nosotros tanto »trabajo sucio", genocidio incluido? Merz sigue aquí simplemente la línea de los simpatizantes occidentales de Hitler, que también afirmaban que, al destruir a los judíos y atacar a la Unión Soviética, sólo estaba haciendo el trabajo sucio por Occidente, por lo que deberíamos condenarle públicamente pero contar en silencio con él para terminar el trabajo.

Europa no fue asesinada por algún despotismo oriental, sino por el nuevo populismo derechista, cuya personificación es Donald Trump. Un pintor esloveno dijo en una entrevista reciente: «El poder del artista reside en la obsesión un poco loca de hacer aquello en lo que cree». Sí, por eso Goebbels dijo que Hitler era un artista cuya obra de arte era Alemania, y ¿no caracteriza también a Trump la misma obsesión? Sin embargo, Trump está encontrando cada vez más problemas en su empeño artístico."

(Slavoj Žižek, blog, 21/06/25. Traducción realizada con la versión gratuita del traductor DeepL.com)