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31.3.26

Walden Bello: La crisis existencial de la economía convencional... la economía es una profesión que está dividida casi por la mitad según creencias políticas, pero con un lado apuntalado por la estructura de poder, lo que hace que sus puntos de vista sean influyentes pero muy cuestionables. Una mitad de los economistas "se preocupan por la eficiencia y creen en el poder de los mercados para promoverla, La otra mitad también cree en el poder del mercado, pero también se preocupa por la desigualdad y "está dispuesta a usar la redistribución para corregir las fallas del mercado, incluso a expensas de cierta pérdida de eficiencia". Más allá de estas diferencias, toda la profesión debe ser culpada por el problema central de la economía dominante, que es que la disciplina se ha "desvinculado de su base apropiada, que es el estudio del bienestar humano"... Cuando la problemática económica debería ser como Keynes, la definió: "...cómo combinar tres cosas: eficiencia económica, justicia social y libertad individual"... pero tanto economistas conservadores como liberales están fundamentalmente apegados al valor del crecimiento económico, a pesar de que el crecimiento económico se convertido en la causa central de la crisis climática

"De no haber leído Economics in America: An Immigrant Economist Explores the Land of Inequality (Princeton University Press 2023) de Angus Deaton, no habría sabido que uno de los golpes más devastadores a la profesión económica fue propinado por la película Inside Job, que ganó el Oscar al Mejor Documental en 2011. La película, dirigida por Charles Ferguson, intentó explicar la crisis financiera global de 2008 en términos populares, y lo logró, recaudando 7 millones de dólares frente a un presupuesto de 2 millones.

No está mal para un documental, pero muy mal para la economía, ya que algunas de sus figuras más destacadas fueron captadas en cámara negando su papel en la formulación de políticas que desencadenaron la crisis, continuando defendiendo la desregulación que provocó la crisis, pensando que no había nada malo en aceptar honorarios de consultoría de seis cifras de Wall Street y promover políticas que este favorecía, practicando amnesia selectiva o mintiendo descaradamente.

En una escena, Glenn Hubbard, ex presidente del Consejo de Asesores Económicos de George W. Bush y entonces decano de la Escuela de Negocios de la Universidad de Columbia, se molesta y amenaza con terminar la entrevista cuando se le pregunta si como investigador o formulador de políticas ha revelado sus múltiples vínculos con la industria financiera. Esta exhibición de rabietas no fue, sin embargo, tan mala como la respuesta de John Campbell, jefe del Departamento de Economía de la Universidad de Harvard, cuando se le hizo la misma pregunta; simplemente quedó sin palabras.

A diferencia del meteorito que mató a los dinosaurios, Inside Job no destruyó la economía, aunque según el relato de Angus Deaton, "la película hizo un gran daño a la imagen pública de los economistas, quienes fueron vistos como beneficiándose enormemente de una economía que afirmaban investigar de manera neutral y científica."

Una disciplina capturada por intereses especiales

Probablemente no haya nadie mejor calificado para discutir la crisis de la economía dominante que Deaton, uno de los principales expertos en economía de la salud y la desigualdad, ex presidente de la American Economic Association y ganador del Premio Nobel. Es tan representativo de la corriente principal como se puede ser, aunque de la variedad de centro-izquierda, probablemente debido a su formación en Cambridge, que aparentemente no solo produjo espías para la Unión Soviética sino también iconoclastas económicos como Keynes.

Deaton no se anda con rodeos. La profesión se atrajo la calamidad porque una gran cantidad de sus miembros han sido comprados por intereses poderosos para producir investigaciones y propuestas de políticas que los beneficien. Aunque Deaton lo expresaría de manera más mesurada y cortés, ese es esencialmente el tema que recorre este libro. Puede que haya algunos que realmente crean que el mercado sin restricciones es la mejor manera de asignar recursos, pero para la mayoría esa creencia se endulza con el apoyo financiero, en forma de subvenciones y consultorías, de poderosos intereses especiales.

Tomemos el caso del salario mínimo. Experimentos rigurosos realizados por varios investigadores respetados han producido resultados que a estas alturas no deberían generar oposición al hecho de que aumentar el salario mínimo no crea desempleo. Pero la mitad de la profesión todavía cree que sí lo hace, y no hay forma de sacudir esa creencia, cuyo principal financiador es la industria de comida rápida que ve la doctrina falsa como útil para mantener bajos los salarios de sus empleados que preparan hamburguesas.

La atención médica probablemente ha sido el principal campo de batalla sobre política social durante las últimas dos décadas en Estados Unidos, y nadie sabe más sobre la industria de la salud que Deaton, cuyo Premio Nobel se ganó en gran parte por sus estudios sobre la relación entre salud, pobreza y desigualdad. La Ley de Cuidado de Salud Asequible, también conocida como Obamacare, fue, en general, positiva ya que brindó cobertura de seguro a alrededor de 20 millones de personas anteriormente sin seguro, pero fue una victoria pírrica ya que la mejor solución para los costos médicos crecientes, la opción de pagador único o pública, ni siquiera se permitió discutir, y se permitió a las compañías de seguros continuar vendiendo pólizas engañosas a un público desprevenido.

La investigación y la experiencia de los países europeos demuestran claramente que un sistema nacional de salud de pagador único reduciría radicalmente los costos y también mantendría baja la desigualdad porque todos comparten los riesgos de la mala salud y "previenen que las cargas desiguales de la enfermedad se conviertan en desigualdades de ingresos". Entonces, ¿qué impide que se adopte lo que parece ser una solución racional? Una alianza impía entre las compañías de seguros, el establishment médico, la gran industria farmacéutica, políticos en el bolsillo de las empresas y, por supuesto, las legiones de economistas empleados directamente por ellos o pagados como consultores académicos.

En Estados Unidos hoy, la esperanza de vida está cayendo mientras los suicidios, la adicción a las drogas, el alcoholismo y las enfermedades cardíacas aumentan inexorablemente, contrario a las tendencias en otros países del Primer Mundo. Una cosa está clara. El sistema de salud privado terriblemente caro y masivamente ineficiente protegido políticamente no está equipado para lidiar con las "muertes de desesperación" y otras manifestaciones de la crisis de salud en el país más rico del mundo.

La crisis del sistema de salud es solo una de las tendencias que han convertido a Estados Unidos ya no en la tierra de promesa sino de desigualdad. Las brechas en ingresos, salud y bienestar han llegado a ser causadas cada vez más por oportunidades desiguales disponibles para aquellos con educación universitaria y aquellos sin ella. Como Michael Sandel, Deaton argumenta que la meritocracia, que solía verse como un antídoto contra los ingresos, la riqueza y los privilegios heredados, se ha convertido en cambio en una causa importante del aumento de la desigualdad. Aquellos que se han beneficiado de "aprobar el examen" creen que merecen sus privilegios porque los ganaron, mientras ven a aquellos que "reprobaron el examen" como teniendo solo a sí mismos a quien culpar.

Este aumento abrupto de la desigualdad debido a la meritocracia ha tenido consecuencias políticas desestabilizadoras, con aquellos sin títulos universitarios, a quienes Hillary Clinton llamó famosamente los "deplorables", convirtiéndose en la base enojada del Movimiento "Make America Great Again" de Donald Trump.

A pesar de sus consecuencias antidemocráticas, no ha habido falta de economistas que, ya sea por creencia en el mercado, antipatía hacia cualquier tipo de intervención gubernamental o siendo financiados por capitalistas ricos, pueden encontrarse argumentando que la desigualdad no es un problema, como Martin Feldstein, presidente del Consejo de Asesores Económicos de Ronald Reagan, y Greg Mankiw de Harvard.

Del mismo modo, todavía hay muchos economistas de renombre que niegan o minimizan el impacto del cambio climático, como Bjorn Lomborg, Thomas Schelling, Robert Fogel, Douglass North, Jagdish Bhagwati o Vernon Smith.

Una profesión dividida contra sí misma

En resumen, la economía es una profesión que está dividida casi por la mitad según creencias políticas, pero con un lado apuntalado por la estructura de poder, lo que hace que sus puntos de vista sean influyentes pero muy cuestionables. Una mitad de los economistas "se preocupan por la eficiencia y creen en el poder de los mercados para promoverla, y les preocupa que los intentos de interferir con el mercado comprometan la prosperidad actual o futura". La otra mitad, a la que pertenece Deaton, también se preocupa por la eficiencia y cree en el poder del mercado para promoverla, pero también se preocupa por la desigualdad "y está dispuesta a usar la redistribución para corregir las fallas del mercado, incluso a expensas de cierta pérdida de eficiencia".

Más allá de estas diferencias, toda la profesión debe ser culpada por el problema central de la economía dominante, que es que la disciplina se ha "desvinculado de su base apropiada, que es el estudio del bienestar humano". Tanto economistas conservadores como liberales continúan, en otras palabras, enmarcando la economía de la manera en que Lionel Robbins la definió, como la asignación de recursos escasos entre fines competitivos, lo que justificadamente le ha ganado a la disciplina la descripción de ser la ciencia lúgubre. Para ambas escuelas, la eficiencia sigue siendo la consideración principal. Más bien, la problemática económica debería ser, según Deaton, la forma en que su colega economista de Cambridge, Keynes, la definió: "...cómo combinar tres cosas: eficiencia económica, justicia social y libertad individual".

Pero hay otro problema importante, uno que, sorprendentemente, Deaton no ve como un problema, y es que tanto economistas conservadores como liberales están fundamentalmente apegados al valor del crecimiento económico porque "hace posible que todos estén materialmente mejor". Con el crecimiento económico habiendo se convertido en una causa central de la crisis climática, es difícil creer que una mente sensible como la de Deaton pase por alto su relevancia para la crisis de la profesión que por lo demás trata tan brillantemente en este libro. Pero supongo que todos tienen su punto ciego.

Se necesita: Un meteorito más grande

Han pasado unos 16 años desde que Inside Job apareció durante las profundidades de la Gran Recesión y las cosas han empeorado para la profesión. Deaton concluye que la narrativa de la economía dominante está "rota y ha estado rota durante varias décadas", y "ni los economistas conservadores ni los progresistas tienen una solución".

Salvar la economía no va a ser simplemente una cuestión de ajustes teóricos o de políticas sino una revisión total, incluyendo aprender a pensar como sociólogos (algo que yo, como sociólogo, respaldo de todo corazón) y "recuperar el territorio filosófico que solía ser central para la economía".

Deaton tiene razón sobre la escala de la tarea necesaria para hacer que la economía sea relevante para la sociedad contemporánea, pero está siendo optimista o ingenuo ya que todavía está en una minoría de economistas que pueden admitir que su disciplina está en crisis. Mirando hacia atrás al siglo pasado, mi sensación es que la Crisis Financiera Global no fue lo suficientemente fuerte como para hacer que la disciplina entre en razón y que nada menos que un meteorito mucho más grande, como la Gran Depresión de la década de 1930, es necesario para cortar la economía de su servidumbre al capital. 

Un amigo me preguntó si, aunque se ocupa principalmente de la difícil situación de la economía estadounidense, este libro valdría la pena incluir en la lista de lecturas de cursos de pregrado y posgrado en la Escuela de Economía de la Universidad de Filipinas.

Mi respuesta: tiene tantas posibilidades de llegar allí como El Capital de Marx y Engels. – Rappler.com"

(Walden Bello  MEXC, 22/03/26)

20.12.24

A lo largo de décadas, la socialdemocracia abandonó a los trabajadores. Después, los trabajadores abandonaron a la socialdemocracia... la crisis del petróleo de 1973, sin la voluntad de buscar alternativas en la izquierda -como permitir que los trabajadores obtuvieran más poder sobre la inversión a través de los fondos de los asalariados- aceptaron una resolución neoliberal... Sin una visión económica del tamaño del New Deal, los demócratas se vieron obligados a hablar de progreso únicamente en el lenguaje de la representación y los derechos civiles. Tales llamamientos tenían poco que ofrecer a nadie... el ascenso de «el precariado» está en sí mismo relacionado con las derrotas sufridas por los socialdemócratas y los sindicatos... El Partido de los Trabajadores de Bélgica (PTB-PVDA) ha evolucionado hasta convertirse en una fuerza de masas que da forma a la política de su país, se centra mucho en la construcción de bases en las comunidades obreras, ofrece servicios sociales profesionales, como atención sanitaria primaria en los centros de acción del partido, y ha colocado a los trabajadores a la cabeza de sus listas electorales... la izquierda no puede ganar suficiente poder para cambiar la sociedad sin poner en primer plano las preocupaciones básicas y arraigarse en los grupos que más se beneficiarían de la redistribución de los recursos. Eso significa un compromiso con la solidaridad en muchas formas, pero también significa reconocer que la victoria no es posible sin el apoyo de personas que pueden tener todo tipo de puntos de vista contradictorios, incluso reaccionarios

 "¿Se puede construir la socialdemocracia sin los trabajadores? Esta pregunta habría sido impensable hace unas décadas. Hoy en día refleja un reto fundamental al que se enfrentan los partidos de centro-izquierda en todo el mundo.

En Estados Unidos, aunque el Partido Demócrata ha avanzado hacia la izquierda en política interior, cuenta con menos apoyo de la clase trabajadora que nunca. Tanto las encuestas del Center for Working-Class Politics que utilizan datos ocupacionales como las encuestas a pie de urna de la CNN que utilizan la educación como indicador de clase (un marcador impreciso pero útil) muestran una distancia cada vez mayor entre los demócratas y los trabajadores. En 2020, Joe Biden perdió a los votantes sin estudios universitarios por 4 puntos. En estas elecciones generales, Kamala Harris los perdió por 14 puntos.

El cambio en el atractivo del partido es evidente incluso entre los trabajadores sindicados. En 1992, favorecían a Bill Clinton por 30 puntos. Donald Trump se acercó a 19 puntos en 2020 y redujo la diferencia a sólo 8 puntos este mes.

Dinámicas similares están en juego en todo el mundo capitalista avanzado, como en Alemania, donde el partido de izquierdas Die Linke pasó de recibir casi un tercio de los votos en los estados industriales del este del país en 2019 a apenas registrarse como fuerza electoral allí este año. Del mismo modo, aunque sigue en el poder, el Partido Socialdemócrata ha tendido a tener malos resultados entre los trabajadores, que se sienten cada vez más atraídos por los llamamientos de extrema derecha de Alternativa para Alemania: la AfD se convirtió recientemente en el grupo más grande en el parlamento estatal de Turingia.

Durante décadas, los que seguían comprometidos con un programa socialdemócrata tradicional han respondido a esta crisis de apoyo con una combinación de minimización del problema, búsqueda de sustitutos para los votantes de clase trabajadora perdidos e intento de volver a captar a su antigua base moviéndose hacia la derecha en cuestiones sociales. Hasta ahora, ninguna de esas respuestas ha resultado satisfactoria.

Los orígenes

Para entender el acercamiento de los partidos socialdemócratas a los trabajadores, debemos remontarnos a los orígenes de estos partidos. Con la aparición de una clase obrera masiva en el siglo XIX, los trabajadores empezaron a buscar representación política y económica. Dado que los capitalistas detentaban el poder político y económico, los trabajadores necesitaban organizaciones que persiguieran sus intereses colectivos. Los partidos socialdemócratas se convirtieron en la expresión política de los intereses de la clase obrera en la sociedad en general, y los sindicatos persiguieron esos intereses en el punto de producción. No importa si esos órganos eran representantes efectivos o si también estaban poblados por campesinos, artesanos y otros que difícilmente podían considerarse parte de la clase obrera industrial; eran inseparables de su base social básica.

Una política de izquierdas arraigada en torno a estos partidos y sindicatos obreros y un conjunto de reivindicaciones igualitarias fueron la norma durante siglo y medio. Esta política no representaba en absoluto un movimiento unificado; las fracturas y escisiones -entre la socialdemocracia de preguerra y el anarquismo, entre la socialdemocracia de posguerra y el comunismo- eran frecuentes. Pero la competencia dentro de la izquierda siempre fue por la lealtad de las mismas personas.

En ciudades como Manchester o Turín, la gente vivía en barrios y trabajaba en fábricas densamente apiñada, obligada por el capitalismo a establecer, si no siempre lazos de solidaridad, al menos de comunalidad. Como era de esperar, votaban mayoritariamente a los partidos de izquierda. El trabajo del revolucionario consistía en convencer a los trabajadores comprometidos con una vía lenta hacia el socialismo para que adoptaran una vía urgente.

William Morris escribió en 1885 que aunque los trabajadores sabían que eran una clase, los socialistas tenían que convencerles de que «debían ser una sociedad», una fuerza capaz no sólo de existir dentro de una economía, sino también de controlar el futuro de esa economía. Ahora, los socialistas deben esforzarse por defender también la parte de clase.

La socialdemocracia entra en guerra contra sí misma

¿Cómo ha sucedido esto? Hace casi medio siglo, el historiador británico Eric Hobsbawm se preguntaba si «la marcha hacia adelante del trabajo y del movimiento obrero» se había detenido, y el teórico francés André Gorz declaraba que la clase obrera había muerto como agente social. Teniendo en cuenta la profundidad de la división de clases en la actualidad, esas declaraciones previas parecen tan clarividentes como prematuras.

Los cambios incipientes que Hobsbawm y Gorz detectaron tenían raíces económicas y sociológicas. Los logros de la socialdemocracia de posguerra (y los de su contrapartida estadounidense, el New Deal) se basaban en una expansión económica que beneficiaba tanto a los trabajadores como al capital. Cuando el crecimiento se ralentizó en la década de 1970, las demandas de los trabajadores que los capitalistas habían soportado anteriormente para mantener la paz les parecieron económicamente insostenibles. En este nuevo entorno, los sindicatos y los partidos políticos, en retirada, tenían menos que ofrecer a los trabajadores a cambio de su participación.

Al mismo tiempo, los propios trabajadores estaban cambiando rápidamente. La automatización y la competencia mundial provocaron un desplazamiento del empleo fordista en los sectores industriales al trabajo en las industrias productoras de servicios. Mientras tanto, la inmigración masiva diversificó aún más la clase trabajadora desde el punto de vista étnico.

La clase obrera nunca había sido una entidad estática; más bien, siempre fue un grupo de personas dependientes de los salarios de los empleos creados por un sistema capitalista en perpetuo estado de flujo y recomposición. Pero las décadas de 1970 y 1980 fueron un periodo de transformación especialmente rápida, y lo que realmente lo distinguió fue la sorprendente respuesta de los partidos apoyados por los trabajadores.

Las formaciones socialdemócratas se enfrentaron a las crisis económicas capitalistas de aquellos días buscando una solución en su propia base. Su curso final estaba condicionado por la realidad básica y universalmente comprendida de que el crecimiento económico bajo el capitalismo se basaba en la creencia de los capitalistas de que podían invertir de forma rentable. La clase obrera sólo existía gracias a las empresas privadas, y los trabajadores estaban atrapados tanto en un inexorable conflicto de clase con sus empleadores como en un estado de dependencia de ellos. Del mismo modo, los Estados redistributivos que habían votado dependían de los impuestos para mantenerse. ¿Qué se podía hacer cuando los capitalistas exigían cambios estructurales antes de reanudar la inversión?

Al principio, la crisis de estanflación pilló por sorpresa al centro-izquierda. Pensando que habían abolido el ciclo económico mediante la intervención estatal, los viejos partidos de la Segunda Internacional marxista olvidaron un principio marxista básico: que las contradicciones del capitalismo, y su tendencia a la crisis, no podían resolverse dentro del sistema. Cuando las dificultades económicas demostraron ser algo más que un efecto transitorio de la crisis del petróleo de 1973, los socialdemócratas quedaron desamparados. Sin la voluntad de buscar alternativas en la izquierda -como permitir que los trabajadores obtuvieran más poder sobre la inversión a través de los fondos de los asalariados- aceptaron una resolución neoliberal.

Los neoliberales habían argumentado que el capitalismo keynesiano funcionaba hasta cierto punto pero tenía límites fijos. El estímulo monetario más allá de esos límites produciría inflación sin crecimiento, como a mediados de los años setenta. Desencadenar de nuevo el crecimiento no significaba gastar más dinero para estimular la demanda, sino reducir el estado de bienestar regulador y restringir el poder de negociación de los sindicatos, que entonces buscaban subidas salariales inflacionistas para compensar la inflación existente. En resumen, para reactivar la economía, la clase trabajadora tendría que aceptar menos. Después de intentar salir de la crisis con préstamos y fracasar en el intento, la socialdemocracia respondió a la acusación de que la propia socialdemocracia estaba en el origen de la crisis económica aceptando sin reservas.

En Europa Occidental, este giro de 180 grados fue más dramático en Francia. El gobierno socialista de François Mitterrand en los años ochenta había llegado al poder con el respaldo comunista y planes radicales. «Se puede ser gestor de [una] sociedad capitalista o fundador de una sociedad socialista», dijo Mitterrand en una rueda de prensa en 1971. «En lo que a nosotros respecta, queremos ser los segundos». Sin embargo, cuando el primer gobierno de izquierdas de Francia en décadas entró en funciones en 1981, Francia ya se enfrentaba al desempleo, al estancamiento económico y a vientos en contra internacionales. Se intentó una solución sobre bases keynesianas: Las «110 Propuestas para Francia» de Mitterrand incluían un programa masivo de obras públicas, mayores derechos sindicales y medidas de codeterminación, aumento de los salarios mínimos y las pensiones, y una reducción de las horas semanales de trabajo. En 1982, el gobierno puso algunos grupos industriales clave y casi cuarenta bancos bajo control estatal para ayudar a mantener el empleo y acelerar la reestructuración económica.

El resultado fue una fuga masiva de capitales y el agravamiento de las dificultades económicas. En vano, Mitterrand pugnó ante la clase empresarial que él no era un «marxista-leninista revolucionario» y que su camino era el único para «acabar con la lucha de clases». En última instancia, se los ganó no sólo deteniendo su programa, sino también retrocediendo dramáticamente hacia la política de austeridad. La lección estaba clara para socialdemócratas como el alemán Gerhard Schröder y el Nuevo Laborismo de Tony Blair: cuando llegó su momento, como mucho intentaron casar las medidas redistributivas ex post con la nueva ortodoxia económica.

En Estados Unidos, donde el compromiso de los demócratas con los trabajadores siempre fue sospechoso, la transformación no había tenido menos consecuencias. Jimmy Carter llegó a la Casa Blanca en 1977 con un programa de apoyo a los trabajadores centrado en el gasto en infraestructuras, objetivos de pleno empleo y ampliaciones del estado del bienestar. Pero al cabo de un año, alarmado por el aumento de los precios al consumo, se lo pensó mejor y propuso un presupuesto «limpio y ajustado» para controlar el gasto.

La inflación siguió aumentando, alcanzando los dos dígitos en 1979, por lo que pronto se adoptó una medida aún más drástica. Bajo el mandato de Paul Volcker, la Reserva Federal contrajo la oferta monetaria global permitiendo que los tipos de interés se dispararan. El desempleo alcanzó niveles desconocidos desde la Gran Depresión. Carter combinó el tratamiento de choque de Volcker con reducciones de la infraestructura reguladora de la era del New Deal, especialmente en el sector financiero. Mientras el presidente hablaba por televisión de la salud moral de Estados Unidos, la salud económica de los trabajadores que le habían elegido estaba fallando. Una ola de desindustrialización afectó a la base manufacturera estadounidense, disparó el déficit comercial y alimentó la decadencia urbana. Cuando a mediados de los ochenta se produjo una incipiente recuperación, Ronald Reagan estaba en el poder para atribuirse el mérito.

Al igual que la socialdemocracia en Europa, el Partido Demócrata en Estados Unidos responsabilizó a sus propios partidarios de la recuperación del crecimiento. Pero lo que vino después fue igualmente perjudicial. A pesar del dolor causado a finales de los setenta y en los ochenta, Bill Clinton contó con gran parte de la antigua coalición del New Deal para ganar la presidencia en 1992. Una vez en el poder, sin embargo, persiguió un nuevo consenso bipartidista sobre el libre comercio y «acabar con el bienestar tal y como lo conocemos». Clinton hizo poco por evitar la pérdida de empleos industriales, y abrazó a los profesionales de los suburbios y a los «trabajadores del conocimiento» como sustitutos de los votantes perdidos de su partido. Encontró nuevas fuentes de apoyo capitalista en la Gran Tecnología -entre los «Demócratas de Atari«- y en las finanzas.

Los demócratas pasaron de ser el partido de la justicia y la estabilidad al partido de la meritocracia y el dinamismo. Esta transformación quedó clara en el infame comentario del senador Chuck Schumer en vísperas de las elecciones de 2016: «Por cada demócrata de cuello azul que perdamos en el oeste de Pensilvania, recogeremos a dos republicanos moderados en los suburbios de Filadelfia, y eso se puede repetir en Ohio e Illinois y Wisconsin». Sin una visión económica del tamaño del New Deal con una clase trabajadora unificada en el centro, los demócratas se vieron obligados a hablar de progreso únicamente en el lenguaje de la representación y los derechos civiles. Tales llamamientos tenían poco que ofrecer a nadie, especialmente a los hombres blancos que acudieron en masa a Trump en 2016.

Sustituciones

La socialdemocracia, y en diversos grados sus imitadores de centro-izquierda, surgió en un principio para representar los intereses de los trabajadores frente al capital, pero acabó respondiendo a las contradicciones del capitalismo eligiendo los intereses del capital frente a los de los trabajadores. Dada la dependencia asimétrica del trabajo respecto al capital, esta respuesta era racional en un sentido económico. Pero una de sus consecuencias políticas fue la salida masiva de trabajadores de los partidos de izquierda.

Según Political Cleavages and Social Inequalities, editado por los economistas Amory Gethin, Clara Martínez-Toledano y Thomas Piketty, entre 1950 y 1959 una media del 31 por ciento más de la clase trabajadora en las democracias occidentales votó a la izquierda que los votantes de otras clases. En 2020, ese margen era sólo del 8 por ciento. Es importante destacar que los ricos han mantenido su tradicional lealtad a los partidos de derecha, pero las clases profesionales han cambiado en respuesta al giro social-liberal de los partidos socialdemócratas. En resumen, los partidos del trabajo se están convirtiendo en partidos de los educados.

Algunas figuras del centro-izquierda y la izquierda actuales glorifican los cambios en curso. Las declaraciones de Schumer fueron quizá el ejemplo más extremo de esta tendencia, pero está presente incluso en la extrema izquierda contemporánea. La propia clase trabajadora está cambiando, señalan acertadamente activistas y políticos de izquierdas. A medida que aumenta el número de empleos que exigen mayores credenciales, la clase obrera se ha vuelto más culta. También se ha diversificado. En lugar de vincular la política de centro-izquierda a un tema universal, afirman, deberíamos ver a los trabajadores como un importante grupo de interés entre otros, como la «gente de color», los ecologistas, los pobres, etc. Esta amplia coalición puede parecer diferente del movimiento obrero que construyó la socialdemocracia clásica, pero demostrará ser igual de capaz de lograr la redistribución.

Aunque esta corriente tiene razón al evitar valorizar un momento particular de la vida de la clase obrera, ignora tanto la medida en que la estabilidad fordista fue el resultado de victorias políticas duramente ganadas, como que el ascenso de «el precariado» está en sí mismo relacionado con las derrotas sufridas por los socialdemócratas y los sindicatos. En lugar de intentar reconstruir la base social de la izquierda, estos organizadores intentan encontrar una nueva, pero esta vez a través de actores menos posicionados estratégicamente que los trabajadores en los puntos de producción e intercambio.

Sin embargo, una coalición basada principalmente en la ideología siempre es más débil que una basada tanto en la ideología como en intereses materiales compartidos. Este hecho creará nuevos dilemas a los partidos de centro-izquierda cuando lleguen al poder. ¿Cómo será posible, por ejemplo, ampliar los Estados del bienestar sin ingresos fiscales adicionales de los profesionales que ahora votan contra la derecha por razones sociales y culturales?

Respuestas equivocadas

Este reciente enfoque izquierdista de la política refleja el que en su día adoptó el Nuevo Laborismo en Gran Bretaña. Tras la derrota de los laboristas en las elecciones generales de 1992, la Sociedad Fabiana publicó Southern Discomfort, un panfleto en el que se pedía a los laboristas que se reorientaran hacia los profesionales del sur de Inglaterra. Sus conclusiones, que incluían un énfasis en la «oportunidad», el «individualismo» y la restricción fiscal, fueron adoptadas por Tony Blair en su exitosa campaña de 1997. El Nuevo Laborismo de Blair era, al menos en parte, un proyecto para convertir al laborismo de un partido socialdemócrata de la clase trabajadora en «el ala política del pueblo británico»: joven, cosmopolita y dinámico. Los enemigos contemporáneos del blairismo parecían competir en un terreno muy parecido.

También hay otras dos respuestas insatisfactorias al reparto de clases. Una es negar que se esté produciendo. Michael Podhorzer, ex director político de la AFL-CIO, por ejemplo, argumenta que los cambios en los patrones de voto son sobre todo el resultado de tendencias regionales divergentes: los trabajadores se han desplazado hacia la derecha en estados que ya eran rojos. Sin embargo, como señala Jared Abbott en una revisión exhaustiva de los datos en Estados Unidos, «los votantes de clase trabajadora son, de hecho, más propensos a votar demócrata en los estados azules que en los rojos o morados, pero están tendiendo a alejarse de los demócratas en todos los contextos partidistas.»

Otra respuesta de los socialdemócratas ha sido extirpar los valores liberales de la política de centro-izquierda para apelar a lo que consideran los valores tradicionalmente conservadores de la clase trabajadora. En este sentido, cuando los partidos de izquierda estaban más arraigados en las comunidades obreras, entendían instintivamente cómo apelar a sus electores. Cuando se burocratizaron y se distanciaron de esta base, y cuando su bloque de votantes se hizo más de clase media, buscaron apoyo yendo demasiado a la izquierda en cuestiones culturales y sociales.

El partido de Sahra Wagenknecht (Alianza Sahra Wagenknecht, BSW) en Alemania es un ejemplo destacado de este planteamiento: ofrece gran parte del programa económico tradicional de la izquierda, pero intenta flanquear a la derecha en cuestiones como la inmigración, ahora un tema político de primer orden en Alemania.

Esa conversación nacional ha coincidido con la pérdida de empleo en el sector manufacturero. Alemania había evitado durante mucho tiempo la destrucción de empleo industrial experimentada por otros países capitalistas avanzados, pero el empleo en el sector del automóvil cayó un 6,5 por ciento el año pasado, y el 60 por ciento de los proveedores de automóviles planeaban recortes adicionales en Alemania en los próximos cinco años. Lo mismo ocurre en otros sectores industriales. Conglomerados como ThyssenKrupp y BASF se embarcan en recortes. La rápida desindustrialización y el paso a una economía de servicios menos remunerada han coincidido con el aumento de la población extranjera con derecho a prestaciones. De los 750.000 refugiados ucranianos en edad de trabajar que residen en Alemania, por ejemplo, sólo una cuarta parte ha encontrado trabajo, algo más que la proporción de los que reciben ayudas al desempleo.

Este entorno ha permitido prosperar a la derechista AfD, especialmente en el desindustrializado este de Alemania. BSW ha evitado la peor retórica sobre inmigración, y la propia Wagenknecht declara regularmente su oposición al racismo. Pero en su intento de ganarse a los trabajadores de derechas, ha dicho que «Alemania está desbordada» y «no tiene más espacio» para los solicitantes de asilo, y ha lamentado la existencia de «sociedades paralelas» en barrios musulmanes no integrados. Estas narrativas hacen que la cuestión de la inmigración como problema cultural adquiera cada vez más relevancia en la política alemana -más que las respuestas económicas de la izquierda a las preocupaciones de la clase trabajadora sobre la inmigración- y ese cambio beneficiará en última instancia a la extrema derecha.

BSW está preocupado, y con razón, por lo arraigados que están hoy en día los partidos de izquierda de clase. Pero su enfoque de las divisiones basadas en el origen nacional dentro de la clase trabajadora refleja en cierto modo la retórica de la izquierda neoliberal que opone los intereses de, por ejemplo, las mujeres y las minorías a los de los viejos blancos. Ambas descripciones se alejan de la tradicional visión socialista de la división entre capital y trabajo.

La estrategia de la paciencia

¿Existe algún camino a seguir en respuesta al alineamiento de clases de la socialdemocracia? Otras partes de Europa ofrecen una alternativa más prometedora, más ortodoxa desde una perspectiva socialista y que también ha demostrado su eficacia electoral. El Partido de los Trabajadores de Bélgica (PTB-PVDA) fue en su día un partido sectario de la izquierda comunista, pero desde 2008 ha evolucionado hasta convertirse en una fuerza de masas que da forma a la política de su país. Aunque hace tiempo que abandonó su bagaje maoísta, su planteamiento organizativo sigue pareciendo sacado de un libro de jugadas de una época pasada. El partido se centra mucho en la construcción de bases en las comunidades obreras, ofrece servicios sociales profesionales, como atención sanitaria primaria en los centros de acción del partido, y ha colocado a los trabajadores a la cabeza de sus listas electorales.

Este enfoque ha tenido éxito, incluso más allá de las zonas de mayor apoyo del Partido de los Trabajadores, como Valonia: en unas elecciones celebradas en octubre en Amberes, obtuvo el 20% de los votos, sólo superado por la derechista Nueva Alianza Flamenca. Sin embargo, aunque la organización a largo plazo del PTB-PVDA ha reconstruido la izquierda como fuerza de oposición y ha ayudado a fusionar la ideología socialista con una base social real, hasta ahora no ha conseguido el poder para gobernar.

Esto es preocupante porque no se puede garantizar una influencia política duradera sin el poder del Estado. Pero también merece la pena identificar las deficiencias de perseguir el gobierno a toda costa.

Cuando las condiciones no son favorables a un programa de izquierdas, la socialdemocracia puede servir mejor a sus intereses ejerciendo presión externa sobre los gobiernos dirigidos por el capitalismo. De hecho, hace medio siglo, quizá hubiera sido mejor para la izquierda volver a la oposición que provocar ajustes estructurales que perjudicaran a su base, aunque la variante derechista de la austeridad corriera el riesgo de ser aún más dislocadora. Y hoy, tal vez sea mejor perder unas elecciones con votantes comprometidos con tu programa que ganarlas gracias a votantes que sólo quieren hacer retroceder una agenda social de derechas.  

En última instancia, la izquierda no puede ganar suficiente poder para cambiar la sociedad sin poner en primer plano las preocupaciones básicas y arraigarse en los grupos que más se beneficiarían de la redistribución de los recursos. Eso significa un compromiso con la solidaridad en muchas formas, pero también significa reconocer que la victoria no es posible sin el apoyo de personas que pueden tener todo tipo de puntos de vista contradictorios, incluso reaccionarios. Sin esta conciencia básica, los nuevos socialdemócratas sonarán como los viejos burócratas comunistas del poema de Bertolt Brecht de 1953 «Die Lösung» que, tras un levantamiento, proponen disolver al pueblo y elegir a otro."

(Bhaskar Sunkara , JACOBIN, 21/11/24, traducción DEEPL , publicado de nuevo en The Ideas Letter)

6.10.24

El mundo de fantasía de Anthony Blinken... El relato del Secretario de Estado de Estados Unidos sobre los últimos cuatro años parece una mala película de Hollywood... El argumento es más o menos el siguiente: años de mal liderazgo han dejado a Estados Unidos debilitado y dividido, lo que envalentona a los malos -Rusia, China, Irán y Corea del Norte (sic)- para unirse y lanzar una amenaza sin precedentes contra el «mundo libre, abierto, seguro y próspero que Estados Unidos y la mayoría de los países buscan», sembrando el caos y la violencia en todos los rincones del planeta con la esperanza de sumir al mundo en una Nueva Edad Oscura... Pero sus malvados planes se ven frustrados cuando los países del Mundo Libre, liderados por Estados Unidos y su valiente presidente recién elegido Joe Biden, consiguen dejar a un lado sus diferencias y unen sus fuerzas para contraatacar y restablecer la paz y la estabilidad en todo el mundo: en Ucrania, Oriente Próximo, Asia-Pacífico y otros lugares... Es una lectura entretenida, bromas aparte, ¿realmente ignora el hecho de que, a los ojos de la mayoría de la gente, la política exterior de la administración Biden es la más agresiva y temeraria desde la era de George W. Bush? Ha desempeñado un papel clave en la provocación de la guerra de Ucrania, y permitió en la voladura del gasoducto Nord Stream, el peor acto de terrorismo industrial de la historia europea... echó por la borda la renovación del acuerdo nuclear con Irán... contribuyó directamente a la dramática escalada regional en Gaza... y llevó a cabo una concentración militar sin precedentes en la región Asia-Pacífico en preparación de una guerra total con China... La administración Biden ha incendiado literalmente el mundo... y reafirmado su pleno control, militar y económico de sus protectorados occidentales en Europa y otros lugares (Thomas Fazi)

 "El reciente artículo de opinión de Anthony Blinken en Foreign Affairs es una de las piezas de ficción más excepcionales que he leído en mucho tiempo. Su relato de los últimos cuatro años está tan alejado de la realidad que parece sacado directamente de una mala película de Hollywood. El argumento es más o menos el siguiente: años de mal liderazgo han dejado a Estados Unidos debilitado y dividido, lo que envalentona a los malos -Rusia, China, Irán y Corea del Norte (sic)- para unirse y lanzar una amenaza sin precedentes contra el «mundo libre, abierto, seguro y próspero que Estados Unidos y la mayoría de los países buscan», sembrando el caos y la violencia en todos los rincones del planeta con la esperanza de sumir al mundo en una Nueva Edad Oscura.

Pero sus malvados planes se ven frustrados cuando los países del Mundo Libre, liderados por Estados Unidos y su valiente presidente recién elegido Joe Biden, consiguen dejar a un lado sus diferencias y unen sus fuerzas para contraatacar y restablecer la paz y la estabilidad en todo el mundo: en Ucrania, Oriente Próximo, Asia-Pacífico y otros lugares. La historia termina con un pequeño cliffhanger: el Mundo Libre liderado por Estados Unidos ha conseguido por ahora frustrar los planes de dominación mundial de los Malos - «La estrategia de la administración Biden ha colocado a Estados Unidos en una posición geopolítica mucho más fuerte hoy que hace cuatro años», nos dice nuestro narrador, el agente Blinken-, pero aún no han sido derrotados...

Es una lectura entretenida, sobre todo para los aficionados al género de la «historia alternativa». Pero, bromas aparte, cabe preguntarse en qué estaba pensando Blinken cuando escribió el artículo. ¿Realmente ignora el hecho de que, a los ojos de la mayoría de la gente, la política exterior de la administración Biden es la más agresiva y temeraria desde la era de George W. Bush?

Tal vez lo más trágico sea que ha desempeñado un papel clave en la provocación de la guerra de Ucrania: primero instó a Ucrania a adoptar una postura de gran confrontación con Rusia e ignoró las preocupaciones de esta última en materia de seguridad sobre la concentración militar en Ucrania y su integración de facto en las estructuras de la OTAN, creando así las condiciones que condujeron a la invasión rusa; y después echó por tierra todas las oportunidades de llegar a una solución negociada del conflicto, optando en su lugar por utilizar a Ucrania como apoderado para luchar contra Rusia, en lo que se está convirtiendo rápidamente en una guerra directa y potencialmente nuclear entre la OTAN y Rusia. También permitió, o posiblemente participó directamente, en la voladura del gasoducto Nord Stream, el peor acto de terrorismo industrial de la historia europea.

En Oriente Próximo, echó por la borda la prometida renovación del acuerdo nuclear con Irán al establecer rigurosas condiciones que Washington sabía que Irán nunca podría aceptar; y, durante el último año, ha ofrecido a Israel un apoyo político, económico y militar casi incondicional incluso ante el feroz asalto israelí a Gaza, contribuyendo así directamente a la dramática escalada regional de la que ahora somos testigos. Mientras tanto, en Asia-Pacífico, la administración Biden diluyó los compromisos históricos de Estados Unidos contraídos en el acuerdo «Una sola China» con Pekín en relación con Taiwán y llevó a cabo una concentración militar sin precedentes en la región en preparación de una guerra total con China, al tiempo que libraba «una guerra económica en toda regla» contra esta última.

La administración Biden ha incendiado literalmente el mundo, en lo que es claramente un intento desesperado de frenar el declive de la hegemonía estadounidense y ralentizar, o idealmente invertir, la transición en curso hacia un sistema multipolar: una historia bastante diferente del argumento de la película de Blinken. Eso no quiere decir que todo lo que escribe sea ficticio: en algunos aspectos es cierto que «Estados Unidos se encuentra hoy en una posición geopolítica mucho más fuerte que hace cuatro años»: aunque eso no es cierto en términos globales -se puede decir que Estados Unidos es más odiado internacionalmente y está más aislado que nunca-, sí lo es en relación con sus protectorados occidentales en Europa y otros lugares, sobre los que Estados Unidos ha reafirmado su pleno control, militar y económico. Incluso las superproducciones de Hollywood tienen algo de verdad."

(Thomas Fazi, blog, 05/10/24, traducción DEEPL, enlaces en el original)

7.3.23

El alcalde conservador de A Coruña apoyó públicamente la huelga declarada por socialistas y anarquistas. Como persona de orden, entendía que la injusticia era el primer desorden. Fue destituido de forma fulminante... Cada vez es más difícil ser conservador y de derechas... De hecho, hace tiempo que no escucho a nadie de derechas decir que es conservadora... Un conservador defiende la seguridad y la propiedad... la propiedad más valiosa es lo que llamamos estado de bienestar: la sanidad, la educación, el tiempo libre, el aire sano, el amparo de una vivienda digna. La privatización de servicios públicos en beneficio de una facción política, la 'gente de bien', que pretende okupar el Estado es la mayor amenaza para la libertad, la seguridad y la propiedad... El desahogo identitario de Feijóo, el erigirse en portavoz de la “gente de bien”, revela una mentalidad clasista, propia de una sociedad excluyente, ni conservadora ni liberal... señorita. Una cosa es ser reaccionario, y otra, conservador... el Papa Ratzinger era un reaccionario y el Papa Francisco es un conservador

 "Manuel María Puga y Parga, alias ‘Picadillo’ para la historia de la gastronomía, era un contundente conservador. Llegó a pesar 275 kilos. De joven, fue compañero de redacción de Wenceslao Fernández Flórez en El Noroeste. Y a él está dedicada una de sus famosas recetas de La cocina práctica: “Se coge una hoja de bacalao muy delgada, tan delgada como Wenceslao Fernández Flórez, y se toman unos tomates muy gordos, tan gordos como yo. Se sala a Flórez y se me parte a mí en pedazos…”. Hay otro asunto, además del culinario, por el que debería ser recordado Picadillo

En julio de 1917, Eduardo Dato, presidente del Gobierno, lo designó alcalde de A Coruña. A los pocos días, el 13 de agosto, se convocó en España una huelga general que tuvo bastante seguimiento en la ciudad. Se pedían unas “condiciones decorosas de vida” y se protestaba contra la insoportable “carestía en los artículos de primera necesidad”. Puga y Parga consideró muy razonables lo uno y lo otro. Así que el alcalde conservador de A Coruña apoyó públicamente aquella huelga declarada por socialistas y anarquistas. Como persona de orden, entendía que la injusticia era el primer desorden. Fue destituido de forma fulminante. En octubre de 1917, se celebró una manifestación libertaria con este insólito llamamiento: “Los sindicatos obreros de resistencia de La Coruña rinden testimonio de gratitud y simpatía a don Manuel María Puga y Parga por su noble actitud desde la alcaldía”. No hubo banquete, pero para ‘Picadillo’, según declaró, fue el día más importante de su vida.

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Cada vez es más difícil ser conservador y de derechas. La gente conservadora, si de verdad lo es, no podría ser otra cosa que conservacionista. Por naturaleza y etimología: étymos (verdadera) y lógos (palabra). De hecho, hace tiempo que no escucho a nadie de derechas decir que es conservadora. En un currículum político lo que se destaca no son las ideas y proyectos, ni siquiera recetas de cocina, sino los másteres como trofeos de caza. Y hay másteres de todo tipo, desde el Máster de Marketing Político y Reputación “Alégrame el Día” hasta el preciado Executive Máster de la Escuela de Negocios “Resiliencia & Tax Haven”, pasando por el Máster en Gestión Sostenible “Greenwashing”. Lo que no existe, lo que es imposible de cursar, es un Máster del Buen Conservador. Ni en la FAES aceptarían semejante propuesta de formación. Ya estoy viendo la expresión de Aznar a quien llevase semejante propósito: “Tiene usted un brillante futuro a sus espaldas”.                 

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La primera preocupación de una persona conservadora sería proteger la comunidad y el hogar en el que vive. Y eso significa poner freno a la depredación de los recursos, al envenenamiento del planeta, a la excitación destructiva de las guerras, ese negocio eternamente sostenible. Un conservador se rebelará ante los ecocidios. Como se sentirá abrumado ante las matanzas innecesarias de animales como trofeos, perpetradas con el eufemismo de “caza deportiva”. Fraga Iribarne mató en 1971 uno de los últimos ejemplares del urogallo (Tetrao Urogallus) de los Ancares, esa comarca mágica de Galicia y León. Hubo una persona que trató de impedirlo, alertando al urogallo con sus gritos, pero esta ave está indefensa y localizable, no percibe el peligro justo cuando canta de celo, y ese es el momento que aprovecha el depredador al acecho.

 El héroe que trató de impedir la fechoría fue identificado por la Guardia Civil. Días después, recibió la notificación de una multa por “interferir en la caza”. Fraga, jerarca franquista en aquel tiempo, intentó pasar a la historia como un modelo de patrón conservador. Definía la caza del urogallo como “el tiro más prestigioso, que justifica todos los desplazamientos”. Pero, lo que ocurrió aquel día en Azevedo de Donís, cerca de la cumbre de Tres Bispos, podemos verlo hoy como una impugnación histórica. El urogallo está hoy extinguido en Galicia. ¿Quién era el auténtico conservador en aquel escenario? ¿Quién representaba el orden y el desorden?

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Un conservador defiende la seguridad y la propiedad. Hoy en día, la primera causa de inseguridad planetaria es la emergencia climática. Los negacionistas, o quienes la relativizan, nada tienen de conservadores: compiten alegremente por el mejor camarote en el Titanic. Por otra parte, la propiedad más valiosa es lo que llamamos estado de bienestar: la sanidad, la educación, el tiempo libre, el aire sano, el amparo de una vivienda digna. La privatización de servicios públicos en beneficio de una facción política, o de una banda de privilegiados que pretende okupar el Estado es, en el fondo, la mayor amenaza para la libertad, la seguridad y la propiedad. 

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El desahogo identitario de Feijóo, el erigirse en portavoz de la “gente de bien”, revela una mentalidad clasista. Más que virtuosa, es una expresión propia de una sociedad de círculo vicioso. Excluyente. Ni conservadora, ni liberal: señorita. En su diatriba contra Sánchez, podría haber dicho con más solemnidad “Deje de molestar a la gente que es como Dios manda”. Pero Dios se ha dado a la fuga del lenguaje, despavorido, entre otras cosas, ante el estado de abusos a menores perpetrado en la Iglesia por una “tropa de sotanas”. 

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Una cosa es ser reaccionario, y otra, conservador. Tenemos una derecha con una historia de excitación reaccionaria, pero muy poco conservadora. Durante siglos se consideró que la base fundacional de España estaba en la religión católica. “Una idea de España como sujeto nacido en la mente de Dios”, escribió Francisco Tomás y Valiente en A orillas del Estado. En ese libro se rememora a Pedro Inguanzo, el que sería cardenal de Toledo, quien bramó en las Cortes de Cádiz cuando se acordó abolir el Tribunal del Santo Oficio: “Lo español desde el III concilio de Toledo es, y será perpetuamente, la defensa de la fe católica por el poder político. Y quien no esté de acuerdo con esto no es español: Inguanzo dixit”. 

Tomo estas citas de un libro reciente, A historia de España baseouse en falacias (Edicións Xerais, 2023), del historiador Calo Lourido, quien anota con retranca un proverbio popular: “Los españoles estamos condenados a andar siempre con los curas. O delante de ellos con un cirio, o detrás con un palo”. En 1936, la jerarquía de la Iglesia católica bendijo como una “cruzada” la guerra fascista contra la República. ¿Qué ocurrió en la Transición? Cuando el cardenal Tarancón apoyó el proceso democrático, el trato que se le dispensó en el círculo vicioso de la “gente de bien” fue el de “traidor”. La identificación histórica no se daría, pues, entre España y la fe católica, sino en el sometimiento colectivo a una especie de “perpetua Inquisición”. 

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Es muy chocante la actual actitud de la derecha española hacia el papa Francisco. Cuando no reina el silencio, lo que asoma es una especie de desdén. Incluso algunos chusqueros ilustrados, en su reenganche con la “gente de bien”, vindicaron al papa Ratzinger frente al “papa peronista”. ¿Sorprendente? No. Ratzinger era un reaccionario y Francisco es un conservador.  

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¿Dónde meterse si uno quiere ser conservador? La derecha española es hoy un simple campo de aterrizaje del neoliberalismo. Una posibilidad es hacer lo que hizo el escritor brasileño Graciliano Ramos, autor de la maravillosa y tremenda Vidas secas.  Él era un demócrata, un amante de la libertad, y más bien conservador. En la dictadura, trabajando de periodista, lo detuvieron varias veces y lo apalizaron por “comunista”. Así que un día, después de la enésima paliza, decidió que lo lógico era entrar en el Partido Comunista. Es decir, en el partido conservador."             (Manuel Rivas  , CTXT, 3/03/2023)

26.1.22

La manera de entender la nación española y de sentirse español es distinta a la de las dos primeras décadas de democracia. Los indicios de este cambio están por todas partes... Lo español se asocia a una autenticidad vital, frente a una izquierda que quiere cambiar nuestras costumbres (ya sea mediante el lenguaje inclusivo, la dieta sostenible o la defensa de los animales)... Se trata de un artefacto más complejo y adaptado a los tiempos. De hecho, este nacionalismo incorpora a su núcleo ideológico la España constitucional, que opone a los proyectos de los nacionalismos periféricos, concebidos como antidemocráticos, supremacistas o etnicistas... porque rompe el principio de que todos los españoles somos iguales. De ahí que Vox tenga la desfachatez de presentarse como un partido “constitucionalista”... Y de ahí también que los “constitucionalistas” que se forjaron en la lucha contra ETA hayan adoptado posiciones centralistas y la unicidad de la nación española... porque la capacidad succionadora de este nuevo nacionalismo es enorme... Las izquierdas no parecen haber comprendido la potencia política de este nuevo nacionalismo español... Uno de los factores principales que explica la creciente derechización de regiones como Andalucía, Castilla-La Mancha o Madrid es la mutación del españolismo... La competición política entre las derechas y las izquierdas es hoy también una batalla sobre lo que significa ser español y sobre las razones para sentirse orgulloso de serlo... Al cuestionamiento de la nación española por parte del independentismo catalán sigue una reacción de orgullo herido que culmina con el despegue electoral de Vox...

 "Parece claro que, desde hace años, España atraviesa un cambio cultural importante. La manera de entender la nación española y de sentirse español es distinta a la de las dos primeras décadas de democracia. Los indicios de este cambio están por todas partes. Es difícil ordenarlos o presentarlos sistemáticamente. Tampoco es sencillo reconstruir su génesis y evolución.

Baste observar la proliferación de enseñas nacionales en pulseras, prendas de ropa, mascarillas, collares de perro y balcones; el éxito de novelas históricas y libros de historia sobre el Imperio español y las grandes gestas protagonizadas por españoles a lo largo de los siglos; o la fijación con la Leyenda Negra y el empeño en derrotarla. Ha vuelto, con ropajes nuevos, la idea de que los extranjeros no nos entienden o incluso tienen un prejuicio contra nosotros.

 El referente originario de la nación española ya no es la Transición, la Guerra de Independencia o las Cortes de Cádiz; ha retrocedido a un pasado más lejano, al Imperio, a Hernán Cortés o a Blas de Lezo. Por eso Pablo Casado dijo aquello de que la Hispanidad “es probablemente la etapa más brillante, no de España, sino del hombre, junto con el Imperio romano” e Isabel Díaz Ayuso afirmó, en crítica abierta a las palabras de el Papa, que el legado de España consistió en “llevar precisamente el español, y a través de las misiones, el catolicismo y, por tanto, la civilización y la libertad al continente americano”.

 Hay también una reivindicación orgullosa del casticismo español, de nuestras tradiciones y nuestra manera de vivir, que se ven amenazadas por los nacionalismos periféricos y por unas izquierdas que se avergüenzan de ser españolas. Lo español se asocia a una autenticidad vital, frente a una izquierda que quiere cambiar nuestras costumbres (ya sea mediante el lenguaje inclusivo, la dieta sostenible o la defensa de los animales).

Sería una simpleza considerar que nos enfrentamos al españolismo rancio del nacionalcatolicismo. Se trata de un artefacto más complejo y adaptado a los tiempos. De hecho, este nacionalismo incorpora a su núcleo ideológico la España constitucional, que opone a los proyectos de los nacionalismos periféricos, concebidos como antidemocráticos, supremacistas o etnicistas. El supuesto que opera es que sólo España puede constituirse como democracia liberal; el proyecto nacional de catalanes y vascos no puede ser democrático porque se opone a la nación española, que es democrática desde 1978, y porque rompe el principio de que todos los españoles somos iguales.

 De ahí que Vox tenga la desfachatez de presentarse como un partido “constitucionalista” (pretendiendo prohibir los partidos nacionalistas que ponen en peligro la nación española). Y de ahí también la facilidad con la que los autodenominados “constitucionalistas” que se forjaron en la lucha contra el terrorismo de ETA hayan acabado en posiciones reaccionarias en su centralismo y afirmación de la unicidad de la nación española.

Aunque Vox es su manifestación más espectacular y preocupante, quien mejor ha sabido capitalizar y explotar políticamente este nacionalismo es Isabel Díaz Ayuso. Ha eliminado el componente clasista o elitista de la derecha “pija” y ha conseguido introducir en la defensa de España la libertad popular de salir de bares y la diversión, frente a los “progres”, caricaturizados como cenizos, intervencionistas y paternalistas. La presidenta de la comunidad presenta Madrid como el bastión de los valores liberales frente a las amenazas que se ciernen sobre el país. Madrid, que “es España dentro de España”, se convierte así en la resistencia última a los enemigos de la patria, a la anti-España.

La capacidad succionadora de este nuevo nacionalismo es enorme. No sólo absorbe la Constitución de 1978, sino que quien entra en su marco de valores acaba fijando posiciones en los temas más dispares, el medioambiente, los derechos civiles, la memoria histórica, el modelo educativo o las medidas sanitarias en la pandemia.

Las izquierdas no parecen haber comprendido del todo la potencia política de este nuevo nacionalismo español. No se trata solo de guerras culturales libradas en las redes sociales y en las tertulias televisivas. Este nacionalismo impregna la mentalidad de muchos ciudadanos y acaba teniendo consecuencias políticas de todo tipo. En este sentido, el análisis de los datos de opinión pública a lo largo del tiempo muestra que ha habido un cambio gradual y muy relevante en la cultura política de los españoles.

 En los años noventa del siglo pasado, la asociación entre la posición ideológica del ciudadano y su grado de españolismo era más bien débil. Se podía ser de izquierdas y sentirse plenamente español, o ser de derechas y tener una identidad regional o nacional fuerte. Eso ha cambiado notablemente.

El españolismo suele medirse a través de una pregunta de encuesta en la que se pide al entrevistado que declare si se siente solamente español, más español que de su comunidad autónoma, tan español como de su comunidad autónoma, más de la comunidad autónoma que español o sólo de la comunidad autónoma. Pues bien, el análisis de las respuestas ciudadanas a esta pregunta muestra que, con el paso del tiempo, las diferencias ideológicas entre la izquierda y la derecha se han ido acoplando a las diferencias en la identidad nacional. En la actualidad la gente de derechas muestra un españolismo más acusado y al revés. Con otras palabras, es posible adivinar la posición ideológica conociendo la identidad nacional.

Hasta tal punto es así que, si agregamos las opiniones ciudadanas por comunidad autónoma, aparece una fuerte relación entre ideología y españolismo. Cuanto más españolista es un territorio autonómico, mayor ventaja obtiene la derecha sobre la izquierda. Uno de los factores principales que explica la creciente derechización de regiones como Andalucía, Castilla-La Mancha o Madrid es la mutación del españolismo. 

 En la actualidad, la ideología en términos de izquierda/derecha y el nacionalismo español se refuerzan mutuamente, cosa que antes no sucedía, o al menos no sucedía de forma tan clara. La competición política entre las derechas y las izquierdas es hoy también una batalla sobre lo que significa ser español y sobre las razones para sentirse orgulloso de serlo.

Este mayor acoplamiento entre ideología y nacionalismo crece lentamente a lo largo del siglo y estalla con la crisis constitucional catalana en 2017. Al cuestionamiento de la nación española por parte del independentismo catalán sigue una reacción de orgullo herido que culmina con el despegue electoral de Vox, primero en las elecciones andaluzas de 2018 y luego en las dos generales de 2019. 

A partir de ese momento, se extiende una forma “desacomplejada” de ser español (analizada con maestría por Pablo Batalla en su libro Los nuevos odres del nacionalismo español) que alimenta todas las polémicas culturales que ha protagonizado el Gobierno de coalición. Se nutre del independentismo catalán y el radicalismo ideológico de Unidas Podemos para lanzar su discurso excluyente de defensa de una España en la que no hay sitio para separatistas y comunistas.

Las izquierdas, en mi opinión, no han encontrado un registro adecuado y eficaz para hacer frente a esta ofensiva cultural. Tienen la ventaja de estar en el Gobierno y manejar el presupuesto, pero es difícil saber si una hoja de servicios en condiciones será suficiente para resistir el nuevo nacionalismo de las derechas españolas."                  (Ignacio Sánchez-Cuenca , El País,  25/01/22)

18.11.21

¿Quién vota a la derecha radical populista en Portugal y España? Ciudadanos que rechazan la política dominante, están insatisfechos con el funcionamiento de la democracia y, en general, están desencantados con el sistema de partidos y el establishment político... se oponen fuertemente a la globalización, la migración y el feminismo, y sienten que la economía está funcionando mal... se sienten atraídos por la pretensión de oponerse a las "élites progresistas" y defender los valores tradicionales... los votantes de Vox tienen una renta más alta que los votantes de otros partidos... su apoyo a Vox no está impulsado por la clase trabajadora económicamente "rezagada"... además, los votantes de Vox pueden volver al PP si están convencidos de que el partido se toma en serio las cuestiones clave que les preocupan, como la limitación de la autonomía de Cataluña

 "En 2019, los partidos de derecha radical Chega y Vox fueron noticia al obtener representación en los parlamentos nacionales de Portugal y España. Basándose en una nueva investigación, Lea Heyne y Luca Manucci arrojan luz sobre los votantes que apoyaron a ambos partidos.

Hasta hace poco, los partidos populistas de derecha radical se consideraban actores marginales en la política portuguesa y española. Este "excepcionalismo ibérico" estaba arraigado en la idea de que tales partidos serían incapaces de romper con el estigma asociado a los regímenes autoritarios de António de Oliveira Salazar y Francisco Franco. Las experiencias de Portugal y España con el autoritarismo les otorgaban una forma de "inmunidad" contra la derecha radical que no existía en otros Estados europeos.

Este argumento se ha derrumbado desde entonces (...)

Pero, ¿quiénes son los ciudadanos que apoyan a estos dos partidos? ¿Corresponden al perfil clásico de los votantes de la derecha radical populista que conocemos de otros países europeos? Si no es así, ¿cuáles son las características distintivas de los votantes de la derecha radical en Portugal y España? En un nuevo estudio, intentamos responder a estas preguntas.

Los electorados de Chega y Vox

Se considera que la demanda de partidos populistas de derecha radical es una reacción a fenómenos como la modernización y la globalización: los ciudadanos que se sienten abandonados, o que creen que su estatus social está amenazado por estos procesos, suelen estar entre los más propensos a recurrir a la derecha radical.

Además, el voto a los partidos populistas de derecha radical también se considera una expresión de descontento democrático derivado de la desconfianza hacia la élite política, la insatisfacción con el funcionamiento de la democracia y el desencanto con los partidos tradicionales. Por último, sabemos que los ciudadanos que apoyan a los partidos populistas de derecha radical tienden a obtener su información política de los periódicos sensacionalistas y de las redes sociales. (...)

Investigaciones anteriores han descubierto que quienes votan a Vox suelen ser hombres de derechas descontentos con el funcionamiento de la democracia. Nuestro estudio confirma estos resultados, pero también señala una distinción interesante: que tanto Chega como Vox atraen a ciudadanos jóvenes, en lugar de mayores, (...)

Esto sugiere que los partidarios de la derecha radical populista ibérica no son personas mayores nostálgicas de los regímenes autoritarios del pasado, sino que son predominantemente una nueva generación de personas atraídas por la derecha radical. También encontramos que los votantes de Chega y Vox tienden a ser menos educados y más religiosos que la media, y que los votantes de Chega tienden a vivir en zonas rurales más que urbanas.

En consonancia con estudios anteriores, comprobamos que ambos partidos atraen a ciudadanos que rechazan la política dominante, están insatisfechos con el funcionamiento de la democracia y, en general, están desencantados con el sistema de partidos y el establishment político (...)

Sin embargo, resulta interesante que los votantes de Vox parecen estar ampliamente satisfechos con la labor del anterior gobierno del PP en España, lo que implica que muchos antiguos votantes del PP simpatizan ahora con Vox. Esto sugiere que los votantes de Vox pueden volver al PP si están convencidos de que el partido se toma en serio las cuestiones clave que les preocupan, como la limitación de la autonomía de Cataluña.

A continuación, examinamos una hipótesis común en la literatura sobre los partidos populistas de derecha radical, que afirma que los votantes de estos partidos son los llamados "perdedores de la globalización". Se supone que los trabajadores manufactureros y poco cualificados, cada vez más vulnerables económicamente, se sienten marginados y empobrecidos, y su resentimiento es supuestamente captado por los partidos populistas de derecha radical. 

Más allá de las motivaciones económicas, se dice que los "perdedores de la globalización" también se oponen a procesos de cambio social como el multiculturalismo, el cosmopolitismo y el feminismo, que perciben como una amenaza. Por tanto, estos ciudadanos votan a los partidos populistas de derecha radical porque se sienten atraídos por la pretensión de oponerse a las "élites progresistas" y defender los valores tradicionales.

Los resultados de nuestro análisis son ambivalentes,(...). Por un lado, encontramos amplias evidencias de que tanto los votantes de Chega como los de Vox se perciben a sí mismos como perdedores de la "globalización cultural": se oponen fuertemente a la globalización, la migración y el feminismo, y sienten que la economía está funcionando mal. 

Por otro lado, no podemos confirmar que sean económicamente vulnerables. Por el contrario, los votantes de Vox tienden incluso a tener una renta más alta y más activos que los votantes de otros partidos, mientras que los votantes de Chega tienen niveles medios de renta y activos. Por lo tanto, el apoyo a los dos partidos no está impulsado por la clase trabajadora económicamente "rezagada" o "desencantada".

Otro factor que investigamos es la "dieta mediática" de los votantes de Chega y Vox. En línea con nuestras expectativas, encontramos que los votantes de los dos partidos tienden a utilizar Facebook y (en el caso de Vox) los foros de Internet como fuente de información política. También son más propensos a leer periódicos sensacionalistas que otros periódicos, (...)

Por último, examinamos cuestiones específicas de cada país que eran especialmente destacadas en el momento de las elecciones de 2019 y descubrimos que ayudan a entender el avance electoral de la derecha radical populista, (...) . En España, como ya mostraron estudios anteriores, los ciudadanos que rechazan la autonomía catalana y apoyan un Estado centralizado son sustancialmente más propensos a votar a Vox. En Portugal, los ciudadanos que apoyan un sistema sanitario privatizado y una reducción de los servicios públicos son más propensos a votar a Chega, aunque en menor medida que con la cuestión catalana en España.

¿Qué nos dicen estos resultados sobre el futuro de la política portuguesa y española? ¿Los partidos populistas de derecha radical como Chega y Vox están aquí para quedarse? Por un lado, hay pruebas de que los electorados de ambos partidos siguen patrones que están en línea con la literatura existente sobre los partidos populistas de derecha radical. Esto sugiere que Portugal y España pueden seguir el camino de muchos otros países europeos, donde los partidos populistas de derecha radical se han convertido en una característica estable del paisaje político.

Por otro lado, nuestra investigación también subraya la importancia de los temas específicos de cada país para el rendimiento electoral de estos partidos. A diferencia de Vox, que ha explotado el tema de la unidad nacional en España, Chega aún no ha encontrado un tema destacado y polarizado en torno al cual pueda conseguir un apoyo sustancial. Esta es una de las principales razones por las que el partido sigue siendo electoralmente más débil que su homólogo español.

Estas observaciones ponen de manifiesto que, aunque el excepcionalismo ibérico ha llegado sin duda a su fin, no es ni mucho menos un hecho que los partidos populistas de derecha radical se establezcan como actores políticos importantes tras su irrupción inicial. Es probable que Chega sólo prospere si el debate público gira en torno a cuestiones culturales -más que socioeconómicas- muy destacadas. Para Vox, por su parte, sigue existiendo la posibilidad de que los votantes vuelvan al PP, sobre todo si éste adopta una posición decisiva sobre Cataluña.

Hay dos elementos clave que resultan cruciales a este respecto. En primer lugar, la visibilidad que los grandes medios de comunicación decidan conceder a la derecha radical tendrá un gran impacto en su perfil. En segundo lugar, las decisiones estratégicas de otros partidos de derechas determinarán las oportunidades de cada uno de los dos partidos para hacerse un hueco en los sistemas de partidos portugués y español. Ahora sabemos que hay un electorado potencial para los partidos de derecha radical en Portugal y España; lo que queda por ver es si esto se traducirá en un mayor éxito para Chega y Vox en los próximos años."           

 (Lea Heyne es investigadora del Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Lisboa.; Luca Manucci es investigador del Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Lisboa, LSE EUROPP, 17/11/21; Traducción realizada con la versión gratuita del traductor www.DeepL.com/Translator)

20.10.16

Tania Sánchez: “Sería un error que Podemos se arrinconara en la izquierda”

 Tania Sánchez, este martes, en el Congreso de los Diputados. Uly Martín

"Tania Sánchez (Madrid, 1979) ha hecho tándem con la portavoz del Ayuntamiento de Madrid, Rita Maestre, para lanzar una candidatura con la que aspiran a liderar Podemos Madrid. La diputada de Unidos Podemos y excandidata de Izquierda Unida en la comunidad de Madrid, que llegó al partido de la mano de Pablo Iglesias, se ha aliado con los afines a Íñigo Errejón, lo que defiende por “coherencia”, toda vez que considera que Podemos debe ser un proyecto transversal también en lo ideológico. 
Su movimiento irritó a Iglesias, que lo vio como una deslealtad y un desafío a su liderazgo. (...)

P. “No hay mejor noticia para el PSOE que un Podemos que se arrincone a su izquierda”, dice su propuesta para Madrid. Usted, que llega de IU, cree que la izquierda no es el camino para Podemos. ¿Cómo lo explica?

R. Yo me siento muy orgullosa de mi posición personal, de mi trayectoria, de mi ideología, de mi manera de entender el mundo y la política, pero en esa trayectoria lo que siempre ha guiado es una posición política que aspira a construir mayorías capaces de transformar este país, también cuando estaba en IU. 

Ese debate, de cómo uno no se estrecha en quienes ya estamos de acuerdo en todo, sino que ensancha la posición política y es capaz de articular a diferentes para sumar a una mayoría social que está siendo castigada por una minoría que nos está robando, ya estaba abierto y tiene que seguir.

P. ¿Sería un error que Podemos se arrinconara en la izquierda, entonces?

R. En esa reflexión yo creo que estamos todas de acuerdo. Cuando hablamos de ensanchar o de politizar el dolor, en el fondo estamos diciendo lo mismo.

P. Ha sorprendido su alianza con el sector errejonista en lugar de con el pablista, ¿cómo la argumenta?

R. Cuando uno defiende para un partido una cosa tiene que ser coherente en su actuar. Y cuando uno defiende para la sociedad una cosa, tiene que ser coherente con las herramientas. Si nosotros estamos diciendo que tiene que haber un Podemos que ensanche, que sea capaz de construir mayorías desde la diferencia y no desde la homogeneidad, tiene algún sentido que se formen candidaturas y procesos de debate en torno a personas que venimos de lugares diferentes.

P. ¿Qué diferencia esencialmente su propuesta de la de los pablistas, Podemos escucha?

R. Tengo cierta sensación, y a lo mejor estoy equivocada, de que hay una concepción en nuestra parte de esa idea de porosidad y de suma de mucha gente, y que eso pasa por empoderar no solo a los militantes, sino sobre todo a la ciudadanía. Aunque las etiquetas sean a veces farragosas, los modelos organizativos reflejan ese debate de fondo.

P. En su programa aseguran también que hay falta de condiciones para la deliberación en el interior de Podemos.

R. Porque hemos construido una maquinaria electoral para intentar, de una manera muy rápida e históricamente nunca ensayada, acumular un montón de poder institucional traducido del poder social y político que se ha generado en nuestra sociedad de manera deslavazada. 

Estamos construyendo esos espacios de debate, hay algunos pero no son todo lo eficaces ni responden a todas las demandas de la organización. Inventarnos los partidos útiles para el siglo XXI que es lo que creo que está haciendo Podemos va lento.

P. ¿Se ha pecado de un liderazgo demasiado vertical?

R. No creo que sea un pecado, creo que era una necesidad coherente con la estrategia de la maquinaria electoral. Teniendo la firme voluntad de que eso no supusiera una ausencia de espacios democráticos ni una desconexión del partido ni con sus bases ni con la realidad, se han construido contrapesos que han permitido que las cosas se ratifiquen.

 La gente se ha elegido por primarias, las decisiones se han ratificado…No creo que haya una absoluta ausencia de democracia. El otro día lo recordaba un compañero, que somos el partido más democrático de este país con mucha distancia. (...)"                  (Entrevista a Tania Sánchez, Eñ País, 19/10/16)

21.3.11

"La historia de la izquierda es no solo la de las conquistas democráticas y sociales, es también, la barbarie del socialismo real"

"Pero, se dirá, la historia de la izquierda es no solo la de las conquistas democráticas y sociales, es también, la barbarie del socialismo real. Y es verdad.

El reconocimiento de esa circunstancia nos devuelve a la -interesada, pero esa es otra historia-confusión que estaba en el origen de la "renovación": la confusión entre los principios y las instituciones en las que cuajan.

Sencillamente, el fracaso en las formas de institucionalización -y acaso haya que incluir aquí no pocas nacionalizaciones-- no equivale al fracaso de los idearios.

La brutalidad del socialismo real no debilita la aspiración al igual acceso a la libertad, que es, puestos a decirlo con todas las letras, lo que hay detrás de la palabra igualdad. La caducidad no es de los valores, sino de las propuestas institucionales en las que se tradujeron.

Para quienes puedan pensar que no es más que un deshonesto modo de consolarse, quizá no esté de mas algún recordatorio histórico. El siglo XIX es el siglo del liberalismo, sobre todo su primera mitad.

Bien. Ahora algunos datos: a mediados del siglo XVIII Gran Bretaña era el país que poseía mayor número de esclavos, cerca de 900.000.

En pleno siglo XIX había en América del Norte más de seis millones de esclavos, casi veinte veces más que ciento cincuenta años antes. Salvo cuatro de ellos, todos los presidentes de Estados Unidos, hasta 1848 fueron propietarios de esclavos.

En breve: no es que el liberalismo tardará en abolir la esclavitud, es que el número de esclavos aumentó con el liberalismo. Hasta hay razones para pensar que, doctrinalmente, el liberalismo resulta compatible con la esclavitud. Se podría citar no pocos clásicos. Por supuesto, el liberalismo ha evolucionado.

El más fecundo académicamente de los últimos años, el liberalismo igualitario, una de las fuentes intelectuales que cualquier izquierda informada tiene que atender, ha revisado muchos de sus clásicos puntos de vista.

La moraleja es sencilla. Para el socialismo la escribió una de las mejores cabezas del panorama filosófico contemporáneo, el filósofo de Oxford, Gerald Cohen: "Creíamos que algo era bueno, tratamos de lograrlo y produjimos un desastre.

¿Deberíamos concluir, por ello, que lo que creíamos que era bueno, la igualdad y la comunidad, en realidad no era bueno? Tal conclusión, aunque es una a la cual se llega frecuentemente, es una locura.

Las uvas pueden estar realmente verdes, pero el hecho de que la zorra no las alcance no nos demuestra que lo estén". (Las viejas ideas de las nuevas izquierdas, de Félix Ovejero Lucas; La Insignia*. España, febrero del 2008)

23.3.10

‘La dicotomía izquierda-derecha es tan sólo la forma que ha adoptado en los últimos cien años el tribalismo antropológicamente innato de los primates

"Sabino Méndez, escritor y ex componente del grupo musical Loquillo y Los Trogloditas, en su blog el 22 de marzo de 2010.

‘¿Cuánto público conoce que no va a ver películas de Bardem por el simple hecho de que es un actor de izquierdas? ¿Y cuánto público sabe que abomina de las películas de Garci sólo porque ese director encuentra bondades en valores conservadores? Aquí, la ideología se aborda de una manera tan insoluble como el fútbol. Nos gusta definirnos de izquierda o derecha, como si fuéramos los intermitentes de un coche. Dividimos el mundo en amigos y subhumanos y, al enemigo, ni agua. En los países que nos llevan ventaja en esto de la democracia, una amplísima parte de los votantes se define como independiente. Es decir, otorgan su voto a unos u otros en función de lo sensato de sus propuestas. Para mí, la dicotomía izquierda-derecha es tan sólo la forma que ha adoptado en los últimos cien años el tribalismo antropológicamente innato de los primates que llevamos dentro’." (Sabino Méndez, declaraciones a lavozdebarcelona.com, 23/03/2010)

19.12.08

¿Como le irá a Chinamérica?

"China ha sido desde entonces un alumno aventajado. Con la crisis financiera también. Está haciendo sus deberes, tanto o más que los estadounidenses y los europeos para estimular el consumo interno con un vasto plan de obra pública y una reducción de impuestos a las empresas.

El éxito chino ha sido hasta ahora la cara oculta de la economía estadounidense. El ahorro, esos tres billones de dólares de deuda en manos chinas, es el que ha venido financiando el déficit de Washington. La mano de obra barata, la que ha permitido el consumo y el crecimiento. Hasta tal punto se superponen las dos revoluciones, la de Reagan y la de Deng, que una sin otra no hubieran funcionado. La globalización es la reaganomics más el pensamiento-Deng Xiaoping.

El politólogo Niall Ferguson, que ha puesto en circulación el término Chimérica para expresar la intensidad de esta simbiosis, considera que se trata de la relación indispensable para el siglo XXI. Con un 13% del territorio mundial, una cuarta parte de la población, una tercera parte del PIB planetario y la mitad del crecimiento de todo el mundo, esta doble y colosal nación transpacífica es el ingenio central que mueve la economía global, asentada sobre dos patas, el ahorro de la mitad asiática y el consumo de la mitad estadounidense. ¿Seguirá funcionando la simbiosis en el momento en que la era de Reagan toca a su fin?" (LLUÍS BASSETS: Tres décadas de modernización china. La gatomaquia del siglo XXI. El País, ed. Galicia, Internacional, 18/12/2008, p. 2/3)

El grito de los jóvenes y anarquistas

"Atenas, toda Grecia, ha reventado. (...)

Tampoco nos resultan ajenas las reacciones ante la ausencia de futuro para nuestros jóvenes, ante la crisis económica generalizada, ante la creciente exclusión social o ante la falta de vitalidad de nuestras instituciones educativas. Todas estas cuestiones forman parte del signo común de los tiempos y de los países en que vivimos. (...)

¿Cuál es el telón de fondo que ha propiciado este estallido de violencia? En primer lugar, y antes que nada, la existencia de una clase política totalmente distanciada del ciudadano. El Gobierno -pasivo, hermético- ha generado un clientelismo que no ha hecho sino agrandar la fractura social entre élites y clase dirigente y el pueblo, en el que hay que incluir a una gran clase media y a la pequeña burguesía. (...)

¿Cuál es la gran lección de todo esto? La primera, y positiva, es la fuerza del grito de los más jóvenes, realizado como legítima protesta. La segunda es que se debió haber actuado a tiempo, y así evitar esa consternación colectiva en que se halla sumido un país que no quiere volver a jugar con su democracia y con su Estado de derecho. Actuando a tiempo, Alexandros no habría muerto. Y con el grito hubiera bastado para que la clase política se diera por aludida. (...)

o que ha habido en Grecia estos días ha sido -cuando escribo estas notas los helicópteros se oyen sobre el cielo de Atenas, los disturbios con la sigla "A" en un círculo continúan, las piedras son trozos de mármol de hasta cinco kilos, la Biblioteca de la Facultad de Derecho estuvo toda la noche en llamas- una revuelta antisistema irresponsable, violenta y desprovista de significado, a medio o largo plazo. Quien paga las consecuencias seguirá siendo el pueblo, en plena crisis económica global" (BLANCA VILÀ: La lección griega. (El País, ed. Galicia, Opinión, 16/12/2008, p. 27 )

10.6.08

A la izquierda le ha salido un "superyo" ¡Lo que le faltaba!

“"La extrema izquierda", explica después, con los ademanes distantes del filósofo que aplica el bisturí a una sociedad enferma, "se ha convertido en el superyo de la izquierda e impide que se modernice, que defina su mensaje a propósito de dos grandes cuestiones: la economía de mercado y la justicia social". Explica, en ese sentido, la emergencia de los populismos nacionalistas como un síntoma del debilitamiento del poder tradicional. "La masa ha perdido la confianza en los partidos y se vuelca con los líderes carismáticos". (PASCAL BRUCKNER: "La izquierda ha traicionado sus propios ideales". El País, ed. Galicia, Cultura, 04/06/2008, p. 49)

23.5.08

Tenemos una democracia de 6 ¿Y en el País Vasco?

“Los agentes políticos hacen bajar la nota de la democracia a un 6,2.

Por vez primera, la calidad de la democracia española ha sido evaluada por expertos en ciencia política, y el resultado ha sido una nota del 6,2 sobre 10. La iniciativa, ejecutada por la Fundación Alternativas, siguiendo la pauta de instituciones como la Universidad de Essex, en otros países democráticos, ha sido secundada por más de un centenar de expertos, muchos de ellos catedráticos universitarios. (…)

El informe, presentado por su director, Joaquín Estefanía, y el director del Laboratorio de Alternativas, Juan Manuel Eguiagaray, ofrece una valoración alta sobre la calidad del marco jurídico y constitucional de España, el sistema electoral y los derechos civiles, pero baja apreciablemente cuando analiza el comportamiento de los agentes políticos. En un terreno más preciso, reprocha la ausencia de cooperación entre los tres niveles de gobierno: central, autonómico y municipal. Llama la atención, también, por la falta de autonomía del poder político respecto del poder económico y los grupos de presión, así como la insuficiente independencia de los medios de comunicación con el poder político. También señala a la corrupción como un elemento de deterioro. (…)

El informe analiza los errores del Gobierno y señala tres: la política de aislamiento del PP, que tuvo como símbolo el Pacto del Tinell; la falta de pedagogía en el proceso de final dialogado del terrorismo y la incapacidad para realizar un discurso sobre el proceso de reformas estatutarias, que abocó a una carrera competencial al desconocer el objetivo del Gobierno.” (El País, ed. Galicia, España, 22/05/2008, p. 17)

13.5.08

Nos quieren puritanos, sin fumar, sin beber, sin...

“P. En el planteamiento de su obra el hombre occidental ha sustituido una religión por otras como la salvación del planeta, y eso pone en peligro la libertad individual. ¿Cree que esa amenaza es real?

R. Pienso que sí. A través de temas tan trascendentes como el calentamiento global o la necesidad de preservar el medio ambiente puede existir un intento ordenancista invocando razones superiores a la libertad individual. Lo venimos sufriendo en temas que atañen a fumadores, bebedores o taurófilos. Hay un intento de convertirnos en una sociedad puritana.” (ALBERT BOADELLA: "Hay un intento de convertirnos en una sociedad puritana". El País, ed. Galicia, Cultura, 08/05/2008, p. 51)

6.5.08

Desiguala, que algo queda… una mortalidad mayor en todas las clases sociales, en todo el país

“Una persona perteneciente al 5% del nivel de renta superior en EE UU vive 20 años más que una persona perteneciente al 5% de renta inferior (un trabajador no cualificado con más de cinco años en paro). En la Unión Europea de los Quince (UE-15) la diferencia es de siete años y en España de 10 años, uno de los diferenciales más altos de la UE-15.

(…) un trabajador no cualificado con más de cinco años en paro en Harlem, Nueva York, tiene una mortalidad mayor que una persona de clase media de Bangladesh, el país más pobre del mundo; y ello a pesar de que el primero, la persona de Harlem, tiene muchos más recursos (25 veces más renta per cápita) que la persona de clase media de Bangladesh. (…)

Otro ejemplo de que la diferencia en los niveles de renta no explican la mortalidad diferencial entre seres humanos es que el tercio superior de la población de EE UU tiene unos indicadores de salud peores que el tercio inferior de la población con menor renta del Reino Unido, a pesar de que el primer grupo es mucho más rico que el segundo. Nivel de renta 'per se', por lo tanto, no es garantía de buena salud. (…)

el tercio de la población de EE UU con nivel superior de renta tiene unos hábitos de vida semejantes a los existentes en los países europeos y tiene cobertura sanitaria a través del aseguramiento privado. ¿Cuál es entonces la razón de esta mortalidad diferencial? (…)

El profesor Michael Marmott ha estudiado, por ejemplo, los niveles de salud de los funcionarios públicos en el Reino Unido y ha visto que factores como la alimentación, el hábito de fumar, el nivel de grasas en la dieta y otros factores, explican sólo un 30% de las diferencias de mortalidad entre los más y los menos sanos. (…)

Otros factores juegan un papel incluso mayor. Entre ellos está la sensación de poder controlar el trabajo y la vida de uno mismo. Tal sensación determina que a mayor percepción de control de la vida, mayor nivel de salud. En realidad, la renta, la educación, el estatus social y otras variables son instrumentos para alcanzar tal sensación de control. Pero esta sensación que se presenta a nivel de cada persona, depende de cómo tal persona se relacione con otras. A mayor sociabilidad y solidaridad, mejor salud. Ahí está la raíz del problema y por lo tanto la vía para encontrar la solución. (…)

La prueba empírica de ello es que la mejora de las tasas de mortalidad para todos los grupos en el Reino Unido se ralentizó durante la época Thatcher, cuando el liberalismo alcanzó su mayor desarrollo en el Reino Unido. Las políticas públicas thatcherianas, con reducción de las políticas redistributivas, con énfasis en la competitividad y falta de protección social responsables del aumento de la inseguridad laboral y del desempleo, crearon un empeoramiento de la tasa de mortalidad en todas las edades y en la mayoría de la ciudadanía. No sólo se incrementó la mortalidad diferencial entre ricos y pobres, sino entre todas las clases sociales. Lo mismo está ocurriendo en EE UU y ello como consecuencia de las políticas liberales de la Administración de Bush. (…)

Lo que se requiere son programas altamente redistributivos que mejoren la calidad de vida de la mayoría de la ciudadanía, disminuyendo las distancias sociales y aumentando la solidaridad y la cohesión social.” (El País, ed. Galicia, Opinión, 01/05/2008, p. 27/8)

22.1.08

En Suecia se paga el 50% de la renta, luego el exceso de carga de los impuestos es a partir de ahí

“¿Por qué tienen que bajar los impuestos?

Los impuestos ocasionan a los individuos pérdidas de bienestar cuyo valor monetario es superior a los ingresos públicos que generan. Esto significa que aun cuando cada individuo recibiera del Estado la misma cantidad que le paga a través de sus impuestos, su bienestar se habría deteriorado en el proceso. Los economistas denominan a este fenómeno el peso muerto o el exceso de carga de los impuestos y su coste para la sociedad crece exponencialmente en proporción aproximada al cuadrado de los diversos tipos impositivos. La raíz de dichos costes reside en las distorsiones que los impuestos engendran sobre el sistema de precios. Los impuestos merman la remuneración que obtienen los individuos por la venta de sus servicios productivos o suben los precios que han de pagar por los bienes y servicios que consumen, induciendo así menores niveles de producción y empleo de los recursos productivos.

A pesar de estos costes, los impuestos son imprescindibles para financiar la provisión de bienes públicos. A partir de cierto nivel, sin embargo, la productividad marginal del gasto público es decreciente mientras que los costes de eficiencia de los impuestos son continua y exponencialmente crecientes.” (El País, ed. Galicia, Opinión, 17/01/2008, pp. 41)

Menos del 50% de tributación sobre la renta, es de países de mediano/mal desarrollo; el 50% es de países con desarrollo óptimo (los nórdicos, con los mayores niveles de bienestar del mundo, y con las economías mas internacionalizadas); bajar mucho o muchísimo del nivel del 50%, tercer mundo. Lógico.