Artículo 129 de la Constitución española: Los poderes públicos... establecerán los medios que faciliten el acceso de los trabajadores a la propiedad de los medios de producción - Implantar la democracia económica en España es constitucional
12.9.18
"¿La Globalización? Una mierda"; "Una multinacional que quiera cerrar la fábrica, cierra"; "Cerrarán por mucho que te llames Macron, Le Pen o Perico de los Palotes"... dice Chantrelle, del sindicato CFDT. Trump supo vincular los agravios de millones de votantes blancos de clase trabajadora por la deslocalización industrial, con el fantasma de llegada de millones de inmigrantes que amenazaban la identidad estadounidense
10.9.18
Hace 10 años de lo de Lehman Brothers. La imagen de este momento no es la de un banquero tirándose por la ventana, como en 1929, sino la del suicido de un pensionista griego abocado a la miseria, y el de los banqueros forrados con dinero público. Por lo demás, nada ha cambiado... "El sistema financiero actual es tan peligroso y frágil como el que llevó a la crisis", asegura Martin Hellwig, del Max Planck Institute...
17.9.09
La crisis financiera deviene tras ese día en la mayor recesión desde la Segunda Guerra Mundial. Se esfuman los ahorros de los miles de incautos que confiaron en las promesas de un mundo en el que la innovación financiera y la autorregulación de los mercados acabarían con las crisis, que son algo tan viejo como el capitalismo. A partir de esa sorprendente bancarrota, millones de personas empiezan a perder su empleo por todo el planeta en una película con un metraje interminable: un año después, apenas se vislumbra el final de la historia. (...)
Las innovaciones financieras que la banca vendía como la panacea han resultado ser armas de destrucción masiva. "Los ejecutivos hicieron apuestas enormemente arriesgadas, operaron en el límite y más allá del límite de las reglas, e incluso ahora siguen poco dispuestos a reconocerlo, pero consiguieron lo nunca visto: que ni los propios banqueros confiaran en la banca", asegura Charles Wyplosz, catedrático de Economía Internacional del Graduate Institute de Ginebra. En efecto, ya antes de caer Lehman nadie se fía de nadie: ni siquiera los bancos de sí mismos. (...)
"La operativa de banca de inversión pura y dura era impecable: Lehman era la crème de la crème. Pero a finales de 2007 Fuld comete un error de bulto: piensa que la crisis no va a ir a más y empieza a endeudarse con ayuda de los productos estructurados en el maltrecho sector inmobiliario americano, cuya burbuja no ha hecho más que empezar a deshincharse. Ése será el principio del fin". Aun así, ni Fuld ni nadie en Wall Street piensa que Washington vaya a permitir una quiebra de ese calibre. Segundo y definitivo error: el guión dará entonces un giro inesperado.
Durante el fin de semana del viernes 12 al domingo 14 de septiembre, cuenta el economista francés Jacques Attali en su último libro, los grandes banqueros de Wall Street discuten con el secretario del Tesoro, Hank Paulson, y el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, un plan para confinar los activos tóxicos de Lehman creando un banco malo, para ubicar el resto en un buen banco que comprarán Barclays y
Bank of America. Todos están convencidos de que Paulson y Bernanke se harán cargo de las pérdidas, como han hecho en casos parecidos hasta ese momento. Pero eso no ocurre y la Administración de Bush rechaza cualquier tipo de intervención. Decide dar una lección, castigar a los malos y lanzar un aviso: el Estado no va a salir siempre al rescate.
Para muchos expertos se trata del mayor error de política económica en más de medio siglo. (...)Los bancos, que no sabían exactamente lo que Lehman les debía y no les devolvería, dejan de prestar (y de prestarse) dinero. Dejan de aceptar incluso papel comercial de las empresas y el huracán financiero se convierte en una fenomenal recesión, con los empresarios ahogados por la falta de liquidez. (...)
Pero entonces Paulson y Bernanke consiguen meter el suficiente miedo en el cuerpo a los políticos como para que el Congreso apruebe contrarreloj un plan de medio billón de euros que permite salvar a Goldman Sachs y Morgan Stanley, la aristocracia de la banca de inversión. (...)
"Es increíble que sólo seis meses después de la quiebra de Bear Stearns la Administración no tuviera un plan de contingencia y no alcanzara a ver que dejar caer Lehman Brothers provocaría una debacle que dejó una factura multimillonaria y todo el sistema al borde del colapso", critica Luigi Zingales, de la Universidad de Chicago. "Esa falta de previsión es un desastre. Peor aún fueron los bandazos posteriores: con la nacionalización de AIG nadie entendía nada, a quién se salvaba y a quién no. Eso creó una incertidumbre fenomenal: lo peor que puede pasar en tiempos de zozobra es que las autoridades pierdan credibilidad", añade.
Pero Zingales cree que el error Lehman tiene otras aristas. El pánico que provocó permitió aprobar ambiciosos planes anticrisis en todo el mundo sin que los defensores del libre mercado apenas chistaran: la patronal española llegó a pedir un paréntesis en la economía de mercado. (...)De Grauwe reparte también estopa entre las autoridades económicas estadounidenses: "No tenían que haber dejado que eso sucediera, porque los costes han sido brutales. Si querían un castigo ejemplar, deberían saber que es perfectamente posible rescatar un banco y asegurarse de que esa actuación no genera riesgo moral [un efecto perverso sobre otros bancos, que empiezan a creer que pueden arriesgarse y cometer excesos porque en última instancia el Estado los salvará]. Basta con enviar a los ejecutivos a la cárcel, o con imponer sanciones muy duras, o con enviar a los accionistas a casa con las manos vacías por haber permitido eso para que el riesgo moral desaparezca". (...)
Paulson y Bernanke siguen negando la mayor: aseguran que dejar caer Lehman no fue un error y que las reglas del juego les ataban de pies y manos en la búsqueda de soluciones.
Pero los hechos desacreditan esa tesis. Seis meses antes del caso Lehman, las autoridades económicas estadounidenses cubrieron las posibles pérdidas de Bear Stearns para que JP Morgan tragara con ese sapo, y unos días después nacionalizaron AIG con un crédito extraordinario que se aprobó en un abrir y cerrar de ojos.
Charles Morris, autor de El gran crac del crédito -y uno de los que defienden que fue un acierto que Lehman quebrara-, asegura desde Nueva York que esa crisis deja grandes lecturas: "Lo más importante es que los banqueros no pueden seguir insistiendo en que ellos realmente sabían lo que estaban haciendo. Todo lo demás es consecuencia de eso: hay que limitar el poder de los bancos aunque los banqueros insistan en que no se puede poner coto a la innovación. Porque se ha llamado innovación a prácticas que eran verdaderas salvajadas, o auténticas idioteces".
La intrahistoria de la caída de Lehman es también una feroz lucha de egos, un tratado de bajas pasiones; un folletín peliculero, en suma. En las infinitas entrevistas, en los reportajes y en los libros que describen los últimos días del banco, su presidente, Richard Fuld, aparece retratado como un tipo arrogante, estúpido, codicioso, temerario y con algunas lindezas más." (El País, Negocios, 13/09/2009, p. 4-6)Cinco billones de dólares para que los bancos no se hundiesen
Nunca tantos gobiernos y bancos centrales de forma simultánea habían desplegado intervenciones tan agresivas con el fin de eludir algunas de las consecuencias del colapso del sistema bancario global. Además de la nacionalización de numerosos e importantes operadores financieros en EE UU y Reino Unido, las economías con mayor desarrollo financiero del mundo, los recursos de los contribuyentes también se han utilizado en esos y otros países para fortalecer la base de capital de bancos y compañías de seguros. La finalidad de esa inicial socialización de los destrozos no era ayudar a los accionistas de esas empresas, sino evitar males peores: que la paralización de los sistemas crediticios de las economías asfixiara a sus sectores reales, con nefastas consecuencias sobre el empleo.
En la dirección de las políticas macroeconómicas, la excepcionalidad no ha sido menor. Los bancos centrales han bajado sus tipos de interés de referencia hasta niveles próximos a cero y han aumentado el tamaño de sus balances tras la instrumentación de actuaciones poco convencionales, como las compras de activos financieros y mediante programas de financiación específicos destinados a la restauración de la circulación crediticia.
Los estímulos a través de los presupuestos públicos (mayoritariamente mediante programas de gasto adicionales a los generados por la entrada en funcionamiento de los estabilizadores automáticos) han sido igualmente generalizados y excepcionales. Los ministros de Finanzas del G-20 acaban de admitir que los planes de recuperación han alcanzado los cinco billones de dólares (cinco trillion) en todo el mundo. (...)
Donde las dudas deberían ser todavía menores es en España. A diferencia de esas economías de referencia, en la nuestra la recesión tardará más en superarse, al tiempo que la tasa de paro seguirá siendo de las más elevadas de la OCDE. La estrecha asociación entre paro y deterioro de los balances de las entidades bancarias va a demorar en mayor medida que en otros países la normalización de la inversión crediticia. El resultado de todo lo anterior es que el déficit público seguirá en ascenso, superando claramente el 10% del PIB." (EMILIO ONTIVEROS Laboratorio de ideas: Estrategias de salida: mejor sin prisas. El País, Negocios, 13/09/2009, p. 20)
Culpables... los economistas...
El terreno estaba dominado por la hipótesis del mercado eficiente, promulgada por Eugene Fama, de la Universidad de Chicago, la cual sostiene que los mercados financieros valoran los activos en su preciso valor intrínseco si se da toda la información públicamente disponible.
Y por los años ochenta, hubo economistas financieros, en particular Michael Jensen, de la Harvard Business School, que defendían que, dado que los mercados financieros siempre aciertan con los precios, lo mejor que pueden hacer los jefes de las empresas, no sólo en su provecho sino en beneficio de la economía, es maximizar los precios de sus acciones. En otras palabras, los economistas financieros creían que debemos poner el desarrollo del capital de la nación en manos de lo que Keynes había llamado un "casino".
El modelo teórico desplegado por los economistas financieros al asumir que cada inversor equilibra racionalmente riesgo y recompensa -el llamado Capital Asset Pricing Model, o CAPM (pronúnciese cap-em)- es maravillosamente elegante. Y si uno acepta sus premisas también es algo sumamente útil. Este CAPM no sólo te dice cómo debes elegir tu cartera de inversiones, sino, lo que es incluso más importante desde el punto de vista de la industria financiera, te dice cómo poner precio a los derivados financieros. La elegancia y aparente utilidad de la nueva teoría produjo una sucesión de premios Nobel para sus creadores, y muchos profesores de escuelas de negocios se convirtieron en ingenieros espaciales de Wall Street, ganando salarios de Wall Street.
Para ser justos, los teóricos de las finanzas produjeron gran cantidad de pruebas estadísticas, lo que en un principio pareció de gran ayuda. Pero esta documentación era de un formato extrañamente limitado. Los economistas financieros rara vez hacían la pregunta aparentemente obvia (aunque no de fácil contestación) de si los precios de los activos tenían sentido habida cuenta de fundamentos del mundo real, tales como los ingresos. En lugar de ello, sólo preguntaban si los precios de los activos tenían sentido habida cuenta de los precios de otros activos. (...)
Tomemos, por ejemplo, el precipitado auge y caída de los precios de la vivienda. Algunos economistas, en particular Robert Shiller, identificaron la burbuja y avisaron de sus dolorosas consecuencias si llegaba a reventar. Pero, aún en 2004, Alan Greenspan descartó hablar de burbuja inmobiliaria: "Una grave distorsión nacional de precios", declaró, era "muy improbable". El incremento en el precio de la vivienda, dijo Ben Bernanke en 2005, "en gran medida es el reflejo de unos fuertes fundamentos económicos". ¿Cómo no se dieron cuenta de la burbuja?(...)
Casey Mulligan, también de Chicago, sugiere que el desempleo es tan elevado porque muchos trabajadores están optando por no aceptar trabajos.
Ha sugerido, en particular, que los trabajadores están prefiriendo seguir desempleados porque ello mejora sus probabilidades de recibir ayudas a sus deudas hipotecarias. Y Cochrane declara que el alto desempleo en realidad es bueno: "Debiéramos tener una recesión. La gente que pasa su vida machacando clavos en Nevada necesita algo distinto que hacer".
Personalmente, pienso que eso es una locura. ¿Por qué debería el desempleo masivo en todo el país hacer que los carpinteros se fueran de Nevada? ¿Puede alguien alegar seriamente que hemos perdido 6,7 millones de puestos de trabajo porque hay pocos estadounidenses que quieran trabajar? Claro que si empiezas por asumir que la gente es perfectamente racional y los mercados perfectamente eficientes, tienes que llegar a la conclusión de que el desempleo es voluntario y la recesión es deseable." (PAUL KRUGMAN: ¿Cómo pudieron equivocarse tanto los economistas?. El País, Negocios, 13/09/2009, p. 8/9 )
Aniversario de la Gran Recesión
Ahora la tormenta ha amainado. Meses de medidas de emergencia tomadas por los principales bancos centrales del mundo evitaron que los mercados financieros se desplomaran. Cuando los bancos dejaron de proveer liquidez a corto plazo a otros bancos y empresas industriales, los bancos centrales llenaron el vacío. Como consecuencia, las principales economías evitaron un desplome del crédito y de la producción. La sensación de pánico se ha aplacado. Los bancos han vuelto a prestarse dinero unos a otros.
Aunque se ha evitado lo peor, la situación sigue siendo dolorosa. La crisis culminó en el hundimiento de los precios de los activos a finales de 2008. Las familias de clase media y acaudaladas de todo el mundo se sentían más pobres y por consiguiente redujeron drásticamente el gasto. Los precios del petróleo y los alimentos se pusieron por las nubes y contribuyeron a causar más dolor y, por tanto, a la recesión. Las empresas eran incapaces de vender su producción, lo cual provocó recortes y despidos. El aumento del desempleo agravó la pérdida de riqueza de los hogares, lo cual puso a las familias en grave peligro económico e indujo recortes adicionales en el gasto de los consumidores.
El gran problema ahora es que el paro sigue aumentando en EE UU y en Europa, porque el crecimiento es demasiado lento para crear suficientes puestos de trabajo. La deslocalización sigue sintiéndose en todo el mundo." (Jeffrey D. Sachs: Un año después. El País, Negocios, 13/09/2009, p. 4)