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12.9.18

"¿La Globalización? Una mierda"; "Una multinacional que quiera cerrar la fábrica, cierra"; "Cerrarán por mucho que te llames Macron, Le Pen o Perico de los Palotes"... dice Chantrelle, del sindicato CFDT. Trump supo vincular los agravios de millones de votantes blancos de clase trabajadora por la deslocalización industrial, con el fantasma de llegada de millones de inmigrantes que amenazaban la identidad estadounidense

 "(...) En mismo aparcamiento y en el mismo lugar donde estas personas almuerzan, los dos bandos de la batalla ideológica que llevaba años gestándose —batalla que se aceleró con la caída de Lehman Brothers en septiembre de 2008 y la posterior crisis económica y financiera— acabaron colisionando en la mañana del 26 de abril de 2017. 

Francia estaba en campaña electoral. En un espacio de menos de dos horas, sin coincidir cara a cara en ningún momento, los dos candidatos a presidir Francia confrontaron sus visiones antagónicas sobre Francia, Europa y el mundo.  (...)

Que algunos sindicalistas aplaudiesen a Le Pen y muchos más abucheasen a Macron era un signo. Los moderados habían perdido desde hacía tiempo a la clase trabajadora: en Estados Unidos, en Reino Unido, en Italia o en Francia, los extremos —la ultraderecha aderezada con los hábitos de un nuevo populismo antielitista, antieuropeo, antinmigrantes y antiglobalización— avanzaban posiciones, ganaban elecciones. 

El Frente Nacional de Le Pen se proclamaban "el primer partido obrero de Francia". (...)

Mudde distingue entre los populismos de izquierdas, en los que el nacionalismo y el racismo no tiene ningún papel y entre los que cita al partido español Podemos y al griego Syriza, del nacionalismo de la derecha radical, "que combina nativismo, autoritarismo y populismo". 

 "Para estos, el factor cultural es más importante que la ansiedad económica", dice. Es decir, las victorias de Trump en 2016 o del Brexit —la salida de Reino Unido de la Unión Europea, decidida en un referéndum el mismo año— se explicarían más por el miedo identitario —el miedo al inmigrante, el miedo de la mayoría a dejar de serlo, a la decadencia de la propia cultura— que por la crisis económica.

En la campaña electoral, Trump supo vincular los agravios de millones de votantes blancos de clase trabajadora por la deslocalización industrial, con el fantasma de llegada de millones de inmigrantes que amenazaban la identidad estadounidense. 

La nostalgia de un pasado idealizado y puro es el refugio ante un presente de desigualdades crecientes y estancamiento del poder adquisitivo. En realidad, subraya Mudde, "muchas personas combinan los argumentos económicos e identitarios en sus sentimientos antinmigrantes".

El politólogo Dominique Reynié, director general del laboratorio de ideas Fondapol, en París, habla de "populismo patrimonial". Este populismo alimenta del temor de los votantes a perder el patrimonio material (los ahorros, la protección del estado del bienestar) y el patrimonio cultural (la identidad, la nación). 

Reynié se remonta a los años noventa, tras la caída del bloque soviético y la aceleración de la globalización, como primer momento de este populismo moderno, que se refuerza tras los atentados de 2001 y a lo largo de eta década.(...)"                  (Marc Bassets, El País, 09/09/18)


 "(...) François Heisbourg, presidente del laboratorio de ideas Instituto Internacional de Estudios Estratégicos de Londres, ve un impacto directo y otro indirecto de a crisis de 2008 en las relaciones internacionales. 

El impacto directo es la aceleración del acenso de China como potencia económica y geopolítica.

El impacto indirecto, añade Heisbourg, es "el enfrentamiento de la opinión pública, en los países afectados por la crisis, contra las élites económicas y políticas", y esto altera el orden internacional. "Las élites se identificaban con la mundialización occidental y con el multilateralismo estratégico que giraba en torno a Occidente. 

Y es contra todo esto contra lo que se vuelve el populismo, y se acerca a quienes pretenden, en Rusia o en China, presentar un contramodelo", explica. "La consecuencia es la deriva unilateralistas y, en cierta medida, aislacionista de Estados Unidos". El mundo post-crisis es menos occidental que el anterior y los modelos autoritarios —a fin de cuentas fueron las democracias las que fallaron con la crisis y sus partidos tradicionales, socialdemócratas y democristianos, hoy en declive en muchos países— han recobrado prestigio.

 "No se trata sólo la aparición de China como rival estratégico de Estados Unidos", concluye Heisbourg, "sino de la transformación de la manera como el mundo funciona estratégicamente"..(...)"         (Marc Bassets, El País, 09/09/18)


"(...) ¿La globalización? En la antigua fábrica de Whirlpool, los veteranos trabajadores Frédéric Chantrelle y François Gorlia, ofrecen una respuesta tenebrista. 

"Una mierda", dice Chantrelle, del sindicato CFDT, y ambos se ríen. "Cuando vemos las fábricas que han cerrado, esto es el desierto". "Antes, esto era una zona industrial", lamenta Gorlia, de la CGT. "Un día habrá una revolución...", continúa Chantrelle.

 ¿Y la UE? "Estamos asqueados de ver cómo grandes empresas se largan a otros países europeos para obtener beneficios, cuando podían hacerlos en Amiens", responde Chantrelle. El 31 de mayo Whirlpool cerró. Chantrelle y Gorlia cuentan que, durante el verano, los camiones se llevaron a Lodz la maquinaria para fabricar secadoras.

 De los 287 despedidos, la nueva propietaria, la empresa local WN, ha vuelto a contratar a 170. En los buenos tiempos, Whirlpool llegó a tener 1.200 trabajadores en Amiens.

Ambos sindicalistas estaban en la fábrica el día que Macron y Le Pen. Ni uno ni el otro votaron. Dicen que no creen en los políticos. Y esta es otra consecuencia de la Gran Recesión: la desconfianza en la capacidad de los poderes públicos para resolver los problemas de los ciudadanos. "Una multinacional que quiera cerrar la fábrica, cierra", dice Chantrelle. "Cerrarán por mucho que te llames Macron, Le Pen o Perico de los Palotes".                  (Marc Bassets, El País, 09/09/18)


"(...) El boom de la vivienda en EE UU comenzó a mediados de los años 1990. 

Los requisitos para obtener una hipoteca era muy bajos y emergieron productos financieros que permitían conceder créditos a personas que no tenían los ingresos suficientes para devolver los préstamos.Inicialmente se les cargaba un tipo de interés muy bajo. Esa demanda contribuyó a elevar el precio de los inmuebles.

Las firmas hipotecarias buscando liquidez para alimentar la compra de vivienda, vendieron esos préstamos a los bancos de inversión. Estas firmas mezclaron la deuda solvente e insolvente en paquetes que se ofrecieron a los inversores con la máxima nota crediticia, cuando no debían tenerla. Para protegerse de futuras pérdidas, se crearon seguros para esas inversiones. Nadie esperaba que la fiesta terminara.

Hasta que los primeros compradores empezaron a faltar en masa a sus obligaciones y las aseguradoras como AIG quedaron al descubierto. Solo dos días después de la quiebra de Lehman, se produjo su rescate para evitar que todo el sistema cayera por el precipicio, Merrill Lynch fue vendido a Bank of America y Goldman Sachs y Morgan Stanley pasaron a ser bancos comerciales para recibir la asistencia de la Fed.

La cascada que comenzó en EE UU metió a los bancos centrales y gobiernos de todo el mundo en una carrera a la desesperada por rescatar a los grandes titanes de la industria. Se improvisaron sobre la marcha nuevas herramientas a ambos lados del Atlántico para sostener a la industria y sanear sus balances.  (...)

 La industria financiera fue sancionada con 321.000 millones de dólares por los abusos que llevaron a la crisis. En paralelo se adoptaron nuevas normas para contener el poder de Wall Street. Pese a ello, el sistema sigue estando controlado por un pequeño grupo de bancos de inversión que lideran JPMorgan, Citigroup, Goldman Sachs y Morgan Stanley. (...)"             (Sandro Pozzi, El País, 09/09/18)

10.9.18

Hace 10 años de lo de Lehman Brothers. La imagen de este momento no es la de un banquero tirándose por la ventana, como en 1929, sino la del suicido de un pensionista griego abocado a la miseria, y el de los banqueros forrados con dinero público. Por lo demás, nada ha cambiado... "El sistema financiero actual es tan peligroso y frágil como el que llevó a la crisis", asegura Martin Hellwig, del Max Planck Institute...

"Se cumplen 10 años del peor momento de la Gran Recesión: en la única circunstancia en la que el sistema aplicó de veras su máxima, que cada palo aguante su vela, el Tesoro de Estados Unidos y la Reserva Federal dejaron caer a Lehman Brothers, el cuarto banco de inversión norteamericano. A partir de ese momento todo pareció posible. 

La destrucción tuvo muy poco de creativa cuando el miedo se convirtió en pánico y la capacidad autodestructiva de las finanzas sacudió el corazón del sistema, Wall Street, y amenazó con llevárselo todo, absolutamente todo, por delante. 

El 15-S de 2008 ha sido, poco más o menos, nuestra versión del crack de1929; sus consecuencias siguen con nosotros y, de muchas maneras, marcarán para siempre nuestras vidas. (...)

Cada calamidad económica deja una imagen impactante: en 1929 sí saltaron al vacío los ejecutivos desde sus despachos; en esta crisis, en cambio, los banqueros de las entidades quebradas se han llevado suculentas indemnizaciones y el suicidio más sonoro fue muy diferente: el de un pensionista griego abocado a la miseria.  (...)

La Gran Recesión puede leerse como un fracaso devastador del libre mercado, y aun así casi nada ha cambiado: Wall Street sigue siendo "densidad, inmensidad, complejidad", los mismos viejos vicios de la economía siguen vigentes y, en todo caso, la crisis ha sido un extraordinario catalizador para uno de las grandes preocupaciones de estos tiempos, el auge imparable del populismo. 

Quizá la quiebra, en fin, haya llegado en la aparentemente indestructible democracia liberal, que durante tantas décadas protagonizó un supuesto fin de la historia y pareció inseparable del capitalismo. (...)

No había en el mundo banqueros más arrogantes y despiadados que los de Lehman Brothers: de ahí la potencia visual de esas imágenes, esa cola de jóvenes financieros cabizbajos llevándose sus pertenencias en cajas de cartón.

 Ese 15-S se abrió la caja de Pandora: "Estuvimos extremadamente cerca de un colapso financiero global", ha escrito Ben Bernanke, expresidente de la Fed (el banco central estadounidense) y una de las personalidades fundamentales en la gestión de aquel caos. 

La respuesta fue, básicamente, no volver a dejar caer a nadie más: "Si no se afloja la pasta, todo podría irse al infierno", advirtió el 24 de septiembre, apenas nueve días después, un cariacontecido George W. Bush, supuesto apóstol del libre mercado y a la sazón presidente de los Estados Unidos.

(...)  el gigante asegurador American International Group (AIG) fue nacionalizado; Merrill Lynch, el corredor de Bolsa más famoso de EE UU, evitó el colapso vendiéndose a sí mismo a Bank of America (con montones de dinero público, cómo no, de por medio); Goldman Sachs y Morgan Stanley, los supuestos amos del universo, se convirtieron en bancos regulados por la Fed para poder acceder a las garantías públicas; el pánico alcanzó el mercado de fondos monetarios, con una fuga de capitales que precipitó la congelación del mercado interbancario internacional; la caja de ahorros más grande de Estados Unidos, Washington Mutual, y el cuarto banco más grande del país, Wachovia, se estrellaron envueltos en llamas y fueron adquiridos por una miseria por el Estado; el secretario del Tesoro, Hank Paulson se puso –literalmente— de rodillas ante el Congreso para activar un bazuka de 700.000 millones de dólares, al que le siguieron estímulos fiscales y fuertes inyecciones de dinero público en la banca en todo el mundo. Nadie había visto nada parecido. 

Aquel trimestre del diablo, el último de 2008, estuvo plagado de nacionalizaciones bancarias practicadas en EE UU por un Gobierno (el de Bush) plagado de políticos e ideólogos neocons, enemigos acérrimos de la regulación y de la presencia del sector público en la economía.

 Lo mismo hizo la Europa de Angela Merkel, que después de salvar a los bancos y tras un breve interludio de keynesianismo decretó recortes y austeridad a una Europa en la que estuvo a punto de reventar el euro tras una gestión de la crisis insuperablemente mediocre.

 A algunos rincones, como España, la crisis llegó con retraso: la burbuja inmobiliaria explotó a cámara lenta, pero se llevó por delante la mitad del sistema financiero, obligó a pedir un rescate y dejó a la economía española en medio de una crisis oceánica –no solo económica— de la que solo ahora saca la cabeza, y a duras penas. 

(...)  una superburbuja de casi 60 años hinchada a base de crédito, de deuda, en la que cada vez que el sistema financiero se metía en problemas aparecían los bancos centrales con nuevas fórmulas para estimular la economía. Esa superburbuja se le acabó escapando de las manos al sistema cuando las innovaciones financieras –subprime, derivados, CDO, CDS y demás jerga imposible— se complicaron tanto que las autoridades ya no parecían capaces de calcular los riesgos de los propios bancos.

"Que el señor bendiga este puto timo", decía un correo electrónico de un ejecutivo de Standard & Poor's destapado en una investigación del Congreso de EE UU para describir esas prácticas. Porque el timo fue colosal: como en una versión moderna de aquel cuento infantil, los grandes bancos se dedicaron a amasar enormes cantidades de paja (préstamos hipotecarios de alto riesgo suscritos por pobres, inmigrantes y desempleados), la tejían en una rueca algorítmica e industrial y acababan convirtiéndola en oro (títulos financieros con la máxima calificación de solvencia), según describe Matt Taibi en Cleptopía.

 Para ello empleaban una técnica supuestamente prodigiosa denominada titulización, que permitía –y permite: nada ha cambiado— hacerse con hipotecas basura y convertirlas por arte de magia en inversiones aparentemente tan seguras como la deuda de Microsoft o los bonos alemanes, pero más lucrativos que ambos.

Hasta que un día esa magia se esfumó. A partir de septiembre de 2008, todo lo que podía ir mal fue mal porque, al cabo, "el sistema financiero está plagado de dogmas falsos, malentendidos e ideas equivocadas: los mercados, dejados a su aire, no tienden al equilibrio sino a hinchar burbujas", ha dejado dicho George Soros, unos de los más grandes especuladores de los últimos siglos.

 "La relación incestuosa entre las autoridades y sus bancos acabó explotando", apunta Soros en La tormenta financiera. El resultado fue la crisis más grave desde la II Guerra Mundial. (...)

Y la música dejó de sonar de sopetón, por sorpresa, sin que prácticamente ningún economista viera venir el silencio (hasta el punto que se hizo célebre la pregunta de la Reina de Inglaterra a la flor y nata de la profesión: "¿Por qué nadie lo vio venir?").

 El despertador no sonó verdaderamente hasta el 9 de agosto de 2007, cuando BNP Paribas, un enorme banco francés, prohibió la retirada de capital de tres de sus fondos que habían invertido en subprime, las hoy día celebérrimas hipotecas basura estadounidenses.

 Una vez sembrada la duda, el mercado inmobiliario norteamericano inició un desplome a cámara lenta: empezó a bajar la marea, y con ella empezó a verse quién había estado nadando desnudo, según la feliz imagen del inversor Warren Buffett para describir ese lío.

Tras los fondos de BNP, ese rey desnudo resultó ser Bear Stearns, un banco de inversión de EE UU. Los mercados empezaron a oler sangre, a buscar al antílope más lento, y Bear Stearns, empezó a experimentar problemas de liquidez en marzo de aquel fatídico 2008. 

Lo siguiente fue pura profecía autocumplida: cuando los mercados creen que algo va a suceder, acaba sucediendo indefectiblemente. Bear hizo aguas en apenas unos días. La Reserva Federal buscó un comprador, J.P. Morgan, y accedió a hacerse cargo de casi 30.000 millones en activos tóxicos: un rescate en toda regla que despertó las iras de los ayatolás del riesgo moral. Ese rescate fue tildado de "socialismo" por los republicanos estadounidenses, que ni siquiera imaginaban lo que estaba a punto de llegar.

 Tras Bear Stearns, el Tesoro tuvo que gastar miles de millones en Fannie Mae y Freddie Mac: "Lo más importante era salvarles el culo", ha escrito Hank Paulson en sus poéticas memorias. Y, por fin, la siguiente víctima: Lehman. El apocalipsis casis siempre defrauda a sus profetas, pero la lluvia radiactiva provocada por la bancarrota de Lehman fue infinitamente peor de lo que se preveía: tras intentar vender la entidad a un banco coreano y a Bank of America, el Gobierno estadounidense y la cúpula de Lehman iniciaron un interminable romance con el grupo británico Barclays. 

Al final, esa boda se fue al traste porque el Tesoro estadounidense decidió no acudir al rescate con dinero público: en medio de una crisis, un banco solo suele comprar otro banco si el Gobierno de turno saca la chequera, como los españoles pudieron comprobar con el Popular. 

En el caso de Lehman, hubieran hecho falta apenas 50.000 o 60.000 millones para evitar la bancarrota, según los cálculos de por aquel entonces de un ejecutivo español de Lehman que después fue ministro y hasta banquero central europeo.

Pero no: no hubo rescate de Lehman. Por el dichoso riesgo moral. Porque se suponía que ese banco estaba menos interconectado al sistema financiero internacional que otras entidades. Y porque seis meses después de Bear también se suponía (el condicional es casi siempre una pulcra maniobra de distracción cuanto se trata de bancos) que los mercados "habían tenido tiempo suficiente para prepararse", según aseguró Bernanke ante el Congreso de EE UU.

El error de cálculo fue mayúsculo. El mercado se había hecho a la idea de que nadie iba a quebrar: los inversores creían que los Estados no iban a permitirlo. Ese relato se hizo añicos con Lehman Brothers. Pero el citado que cada palo aguante su vela duró apenas unas horas: los rescates volvieron prácticamente de inmediato. Dio igual; para entonces, la confianza ya se había deshecho como un azucarillo.

 El resto es historia: al margen de las consecuencias en EE UU, la crisis se hizo global con Lehman. El caos no se limitó a Estados Unidos. Al poco llegaron Fortis, Dexia, Hypo, los bancos irlandeses, Islandia entera: los Gobiernos, por necesidad, intervinieron de la única forma posible para minimizar los daños inmediatos garantizando de forma efectiva todo el riesgo. 

Los más débiles quebraron. En la eurozona, aún hoy mal equipada para las crisis, los socios del euro se vieron obligados a rescatar a media docena de Estados arrastrados por su sistema financiero (salvo en el caso griego, la única crisis fiscal de campeonato que no fue provocada por la banca sino por un déficit jupiterino maquillado durante lustros).

La tormenta perfecta duró hasta bien entrado octubre de 2008: hasta que los ministros de Finanzas del G7 y el G20 formularon un compromiso inequívoco para impedir la quiebra de las instituciones financieras sistémicas. No más Lehmans, fue la consigna: en última instancia, a pesar del triunfo de los apóstoles del libre mercado, solo la intervención decisiva y globalmente coordinada de los Gobiernos y los bancos centrales detuvo el pánico.

 A pesar de eso, los paradigmas han cambiado poco o nada en las procelosas aguas de la política económica: los sintagmas mágicas preferidos por las autoridades en Europa eran y son austeridad expansiva (sea lo que sea eso) y reformas estructurales. Los estadounidenses leyeron mejor a Keynes y política fiscal y fueron más audaces con la política monetaria. Europa sufrió mucho más: el BCE llegó tarde y Berlín impuso una camisa de fuerza fiscal que ha alargado mucho la crisis. (...)

Fue una crisis de mil caras: financiera, económica, social, de deuda, estadounidense, europea, de empleo, política, migratoria, de todo tipo. Para detenerla, los líderes mundiales prometieron poco menos que una refundación del capitalismo; la prioridad era embridar el sistema financiero. (...)

No hubo tal refundación: "El sistema financiero actual es tan peligroso y frágil como el que llevó a la crisis", asegura Martin Hellwig, del Max Planck Institute.

 Y nadie supo ponerle el cascabel al gato: el lobby financiero (con 2.000 expertos en Washington y casi 1.500 en Bruselas, nada menos) ha impedido reformar de veras las finanzas. Los rescates eran la estrategia correcta a corto plazo y la estrategia equivocada a largo plazo: Estados Unidos y Europa han intentado reforzar los colchones de liquidez y capital, y han tratado de que la banca pague por sus desmanes, pero el resultado final es limitado; desesperanzador. No ha habido auténtica reforma  (...)

"La banca internacional está insuficientemente capitalizada y excesivamente endeudada. Los banqueros siguen cobrando bonus enormes e injustificados. Los bancos centrales les siguen otorgando grandes sumas de dinero a bajos tipos de interés.

 El contribuyente sigue siendo el accionista de último recurso de los bancos", denuncia John Kay en El dinero de los demás, un libro imprescindible en el que justifica "la ira ciudadana contra los banqueros y los políticos que les han protegido" y vaticina "otra gran crisis financiera, porque nada ha cambiado".   (...)

El modelo de negocio de Lehman era exactamente igual que el de la gran banca actual: emplear tan pocos recursos propios como se pueda; invertir en activos de alto riesgo; prometer una alta rentabilidad sobre recursos propios no ajustada al riesgo; vincular los salarios a los beneficios a corto plazo; asegurarse de que el contribuyente pagará la cuenta en caso de catástrofe; enriquecerse rápidamente y todo lo que se pueda. Ese es el maravilloso negocio de los banqueros.

La solución parece clara: más capital y recursos propios, más liquidez, más control de riesgos, más supervisión, mejor regulación. Los economistas coinciden al respecto. Pero no hay forma de ponerle el dichoso cascabel al gato: "La capacidad del sistema financiero para generar complejidad y fragilidad sobrepasa cualquier extremo en cuanto a su alcance, escala y velocidad. 

Las explosiones y burbujas son formidables en los buenos tiempos (excesiva confianza, que termina en créditos y deudas abultadísimos junto a comportamientos turbios o abiertamente ilegales) e implosiones en los malos (pánicos, hundimientos del crédito, búsquedas de cabezas de turco). 

No creo que haya peligro inminente, pero me siento incómodo: la regulación financiera no se ha reforzado lo suficiente y la próxima crisis está esperando, inquietante, en algún lugar", advierte Paul De Grauwe, de la London School. (...)

Algunos de los grandes villanos de estas crisis fueron los máximos responsables de los bancos involucrados. James Cayne, de Bear Stearns, era "un ejecutivo indolente y fumador de marihuana que prestaba más atención al bridge que a su banco" (Y la música paró, genial libro de Alan Blinder, de Princeton). Y Dick Fuld, el máximo responsable de Lehman, era "un hombre intensamente competitivo y enjuto, con ojos hundidos y temperamento inestable" (El valor de actuar, de Bernanke).  (...)"                  (Claudi Pérez, El País, 09/09/18)

17.9.09

"Mediados de septiembre de 2008... en una lujosa oficina del piso 31 de la sede del poderoso banco de inversión Lehman Brothers, en el número 745 de la Séptima Avenida. Su presidente ejecutivo, Richard Fuld, está pensando lo impensable. Pide a un experto en quiebras que prepare los papeles necesarios por si el banco se hunde. "La Administración no te va a dejar caer", replica el incrédulo abogado. "Sería como si el Gobierno mismo quebrara. Como si Roma vendiera el Vaticano a los japoneses para convertirlo en un hotel y contratara al Papa como botones", bromea. Apenas unas horas después, sucede lo inimaginable: Lehman cae. Y cientos de empleados del banco empiezan a vaciar el edificio. (...)

La crisis financiera deviene tras ese día en la mayor recesión desde la Segunda Guerra Mundial. Se esfuman los ahorros de los miles de incautos que confiaron en las promesas de un mundo en el que la innovación financiera y la autorregulación de los mercados acabarían con las crisis, que son algo tan viejo como el capitalismo. A partir de esa sorprendente bancarrota, millones de personas empiezan a perder su empleo por todo el planeta en una película con un metraje interminable: un año después, apenas se vislumbra el final de la historia. (...)

Las innovaciones financieras que la banca vendía como la panacea han resultado ser armas de destrucción masiva. "Los ejecutivos hicieron apuestas enormemente arriesgadas, operaron en el límite y más allá del límite de las reglas, e incluso ahora siguen poco dispuestos a reconocerlo, pero consiguieron lo nunca visto: que ni los propios banqueros confiaran en la banca", asegura Charles Wyplosz, catedrático de Economía Internacional del Graduate Institute de Ginebra. En efecto, ya antes de caer Lehman nadie se fía de nadie: ni siquiera los bancos de sí mismos. (...)

"La operativa de banca de inversión pura y dura era impecable: Lehman era la crème de la crème. Pero a finales de 2007 Fuld comete un error de bulto: piensa que la crisis no va a ir a más y empieza a endeudarse con ayuda de los productos estructurados en el maltrecho sector inmobiliario americano, cuya burbuja no ha hecho más que empezar a deshincharse. Ése será el principio del fin". Aun así, ni Fuld ni nadie en Wall Street piensa que Washington vaya a permitir una quiebra de ese calibre. Segundo y definitivo error: el guión dará entonces un giro inesperado.

Durante el fin de semana del viernes 12 al domingo 14 de septiembre, cuenta el economista francés Jacques Attali en su último libro, los grandes banqueros de Wall Street discuten con el secretario del Tesoro, Hank Paulson, y el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, un plan para confinar los activos tóxicos de Lehman creando un banco malo, para ubicar el resto en un buen banco que comprarán Barclays y

Bank of America. Todos están convencidos de que Paulson y Bernanke se harán cargo de las pérdidas, como han hecho en casos parecidos hasta ese momento. Pero eso no ocurre y la Administración de Bush rechaza cualquier tipo de intervención. Decide dar una lección, castigar a los malos y lanzar un aviso: el Estado no va a salir siempre al rescate.

Para muchos expertos se trata del mayor error de política económica en más de medio siglo. (...)

Los bancos, que no sabían exactamente lo que Lehman les debía y no les devolvería, dejan de prestar (y de prestarse) dinero. Dejan de aceptar incluso papel comercial de las empresas y el huracán financiero se convierte en una fenomenal recesión, con los empresarios ahogados por la falta de liquidez. (...)

Pero entonces Paulson y Bernanke consiguen meter el suficiente miedo en el cuerpo a los políticos como para que el Congreso apruebe contrarreloj un plan de medio billón de euros que permite salvar a Goldman Sachs y Morgan Stanley, la aristocracia de la banca de inversión. (...)

"Es increíble que sólo seis meses después de la quiebra de Bear Stearns la Administración no tuviera un plan de contingencia y no alcanzara a ver que dejar caer Lehman Brothers provocaría una debacle que dejó una factura multimillonaria y todo el sistema al borde del colapso", critica Luigi Zingales, de la Universidad de Chicago. "Esa falta de previsión es un desastre. Peor aún fueron los bandazos posteriores: con la nacionalización de AIG nadie entendía nada, a quién se salvaba y a quién no. Eso creó una incertidumbre fenomenal: lo peor que puede pasar en tiempos de zozobra es que las autoridades pierdan credibilidad", añade.

Pero Zingales cree que el error Lehman tiene otras aristas. El pánico que provocó permitió aprobar ambiciosos planes anticrisis en todo el mundo sin que los defensores del libre mercado apenas chistaran: la patronal española llegó a pedir un paréntesis en la economía de mercado. (...)

De Grauwe reparte también estopa entre las autoridades económicas estadounidenses: "No tenían que haber dejado que eso sucediera, porque los costes han sido brutales. Si querían un castigo ejemplar, deberían saber que es perfectamente posible rescatar un banco y asegurarse de que esa actuación no genera riesgo moral [un efecto perverso sobre otros bancos, que empiezan a creer que pueden arriesgarse y cometer excesos porque en última instancia el Estado los salvará]. Basta con enviar a los ejecutivos a la cárcel, o con imponer sanciones muy duras, o con enviar a los accionistas a casa con las manos vacías por haber permitido eso para que el riesgo moral desaparezca". (...)

Paulson y Bernanke siguen negando la mayor: aseguran que dejar caer Lehman no fue un error y que las reglas del juego les ataban de pies y manos en la búsqueda de soluciones.

Pero los hechos desacreditan esa tesis. Seis meses antes del caso Lehman, las autoridades económicas estadounidenses cubrieron las posibles pérdidas de Bear Stearns para que JP Morgan tragara con ese sapo, y unos días después nacionalizaron AIG con un crédito extraordinario que se aprobó en un abrir y cerrar de ojos.

Charles Morris, autor de El gran crac del crédito -y uno de los que defienden que fue un acierto que Lehman quebrara-, asegura desde Nueva York que esa crisis deja grandes lecturas: "Lo más importante es que los banqueros no pueden seguir insistiendo en que ellos realmente sabían lo que estaban haciendo. Todo lo demás es consecuencia de eso: hay que limitar el poder de los bancos aunque los banqueros insistan en que no se puede poner coto a la innovación. Porque se ha llamado innovación a prácticas que eran verdaderas salvajadas, o auténticas idioteces".

La intrahistoria de la caída de Lehman es también una feroz lucha de egos, un tratado de bajas pasiones; un folletín peliculero, en suma. En las infinitas entrevistas, en los reportajes y en los libros que describen los últimos días del banco, su presidente, Richard Fuld, aparece retratado como un tipo arrogante, estúpido, codicioso, temerario y con algunas lindezas más." (El País, Negocios, 13/09/2009, p. 4-6)

Cinco billones de dólares para que los bancos no se hundiesen

"Lo que efectivamente evitó repetir un cuadro similar al de la Gran Depresión ha sido sortear el error de la inhibición que entonces cometieron la mayoría de los gobiernos.

Nunca tantos gobiernos y bancos centrales de forma simultánea habían desplegado intervenciones tan agresivas con el fin de eludir algunas de las consecuencias del colapso del sistema bancario global. Además de la nacionalización de numerosos e importantes operadores financieros en EE UU y Reino Unido, las economías con mayor desarrollo financiero del mundo, los recursos de los contribuyentes también se han utilizado en esos y otros países para fortalecer la base de capital de bancos y compañías de seguros. La finalidad de esa inicial socialización de los destrozos no era ayudar a los accionistas de esas empresas, sino evitar males peores: que la paralización de los sistemas crediticios de las economías asfixiara a sus sectores reales, con nefastas consecuencias sobre el empleo.

En la dirección de las políticas macroeconómicas, la excepcionalidad no ha sido menor. Los bancos centrales han bajado sus tipos de interés de referencia hasta niveles próximos a cero y han aumentado el tamaño de sus balances tras la instrumentación de actuaciones poco convencionales, como las compras de activos financieros y mediante programas de financiación específicos destinados a la restauración de la circulación crediticia.

Los estímulos a través de los presupuestos públicos (mayoritariamente mediante programas de gasto adicionales a los generados por la entrada en funcionamiento de los estabilizadores automáticos) han sido igualmente generalizados y excepcionales. Los ministros de Finanzas del G-20 acaban de admitir que los planes de recuperación han alcanzado los cinco billones de dólares (cinco trillion) en todo el mundo. (...)

La coexistencia de señales de recuperación de la actividad con aumentos en el paro hasta niveles sin muchos precedentes conforma esa "tercera fase" de la crisis, según caracterización del FMI. Las dos primeras fueron la crisis financiera y la consecuente crisis económica.

Donde las dudas deberían ser todavía menores es en España. A diferencia de esas economías de referencia, en la nuestra la recesión tardará más en superarse, al tiempo que la tasa de paro seguirá siendo de las más elevadas de la OCDE. La estrecha asociación entre paro y deterioro de los balances de las entidades bancarias va a demorar en mayor medida que en otros países la normalización de la inversión crediticia. El resultado de todo lo anterior es que el déficit público seguirá en ascenso, superando claramente el 10% del PIB." (EMILIO ONTIVEROS Laboratorio de ideas: Estrategias de salida: mejor sin prisas. El País, Negocios, 13/09/2009, p. 20)

Culpables... los economistas...

"Es difícil creerlo ahora, pero no hace tanto tiempo los economistas se felicitaban mutuamente por el éxito de su especialidad. Estos éxitos -o al menos así lo creían ellos- eran tanto teóricos como prácticos y conducían a la profesión a su edad dorada. (...)

El terreno estaba dominado por la hipótesis del mercado eficiente, promulgada por Eugene Fama, de la Universidad de Chicago, la cual sostiene que los mercados financieros valoran los activos en su preciso valor intrínseco si se da toda la información públicamente disponible.

Y por los años ochenta, hubo economistas financieros, en particular Michael Jensen, de la Harvard Business School, que defendían que, dado que los mercados financieros siempre aciertan con los precios, lo mejor que pueden hacer los jefes de las empresas, no sólo en su provecho sino en beneficio de la economía, es maximizar los precios de sus acciones. En otras palabras, los economistas financieros creían que debemos poner el desarrollo del capital de la nación en manos de lo que Keynes había llamado un "casino".

El modelo teórico desplegado por los economistas financieros al asumir que cada inversor equilibra racionalmente riesgo y recompensa -el llamado Capital Asset Pricing Model, o CAPM (pronúnciese cap-em)- es maravillosamente elegante. Y si uno acepta sus premisas también es algo sumamente útil. Este CAPM no sólo te dice cómo debes elegir tu cartera de inversiones, sino, lo que es incluso más importante desde el punto de vista de la industria financiera, te dice cómo poner precio a los derivados financieros. La elegancia y aparente utilidad de la nueva teoría produjo una sucesión de premios Nobel para sus creadores, y muchos profesores de escuelas de negocios se convirtieron en ingenieros espaciales de Wall Street, ganando salarios de Wall Street.

Para ser justos, los teóricos de las finanzas produjeron gran cantidad de pruebas estadísticas, lo que en un principio pareció de gran ayuda. Pero esta documentación era de un formato extrañamente limitado. Los economistas financieros rara vez hacían la pregunta aparentemente obvia (aunque no de fácil contestación) de si los precios de los activos tenían sentido habida cuenta de fundamentos del mundo real, tales como los ingresos. En lugar de ello, sólo preguntaban si los precios de los activos tenían sentido habida cuenta de los precios de otros activos. (...)

Tomemos, por ejemplo, el precipitado auge y caída de los precios de la vivienda. Algunos economistas, en particular Robert Shiller, identificaron la burbuja y avisaron de sus dolorosas consecuencias si llegaba a reventar. Pero, aún en 2004, Alan Greenspan descartó hablar de burbuja inmobiliaria: "Una grave distorsión nacional de precios", declaró, era "muy improbable". El incremento en el precio de la vivienda, dijo Ben Bernanke en 2005, "en gran medida es el reflejo de unos fuertes fundamentos económicos". ¿Cómo no se dieron cuenta de la burbuja?(...)

Casey Mulligan, también de Chicago, sugiere que el desempleo es tan elevado porque muchos trabajadores están optando por no aceptar trabajos.

Ha sugerido, en particular, que los trabajadores están prefiriendo seguir desempleados porque ello mejora sus probabilidades de recibir ayudas a sus deudas hipotecarias. Y Cochrane declara que el alto desempleo en realidad es bueno: "Debiéramos tener una recesión. La gente que pasa su vida machacando clavos en Nevada necesita algo distinto que hacer".

Personalmente, pienso que eso es una locura. ¿Por qué debería el desempleo masivo en todo el país hacer que los carpinteros se fueran de Nevada? ¿Puede alguien alegar seriamente que hemos perdido 6,7 millones de puestos de trabajo porque hay pocos estadounidenses que quieran trabajar? Claro que si empiezas por asumir que la gente es perfectamente racional y los mercados perfectamente eficientes, tienes que llegar a la conclusión de que el desempleo es voluntario y la recesión es deseable." (PAUL KRUGMAN: ¿Cómo pudieron equivocarse tanto los economistas?. El País, Negocios, 13/09/2009, p. 8/9 )

Aniversario de la Gran Recesión

"Ha transcurrido casi un año desde que la economía mundial se tambaleaba al borde de la calamidad. En el transcurso de tres días, desde el 15 hasta el 17 de septiembre de 2008, Lehman Brothers se declaró en bancarrota, la megaaseguradora AIG pasó a estar en manos del Gobierno de EE UU y el simbólico Merril Lynch de Wall Street fue absorbido después de quebrar por el Bank of America gracias a un acuerdo facilitado y financiado por el Gobierno estadounidense. A renglón seguido se desató el pánico y el crédito dejó de circular. Las empresas no financieras eran incapaces de obtener capital para funcionar, y todavía menos fondos para inversiones a largo plazo. Una depresión parecía posible.

Ahora la tormenta ha amainado. Meses de medidas de emergencia tomadas por los principales bancos centrales del mundo evitaron que los mercados financieros se desplomaran. Cuando los bancos dejaron de proveer liquidez a corto plazo a otros bancos y empresas industriales, los bancos centrales llenaron el vacío. Como consecuencia, las principales economías evitaron un desplome del crédito y de la producción. La sensación de pánico se ha aplacado. Los bancos han vuelto a prestarse dinero unos a otros.

Aunque se ha evitado lo peor, la situación sigue siendo dolorosa. La crisis culminó en el hundimiento de los precios de los activos a finales de 2008. Las familias de clase media y acaudaladas de todo el mundo se sentían más pobres y por consiguiente redujeron drásticamente el gasto. Los precios del petróleo y los alimentos se pusieron por las nubes y contribuyeron a causar más dolor y, por tanto, a la recesión. Las empresas eran incapaces de vender su producción, lo cual provocó recortes y despidos. El aumento del desempleo agravó la pérdida de riqueza de los hogares, lo cual puso a las familias en grave peligro económico e indujo recortes adicionales en el gasto de los consumidores.

El gran problema ahora es que el paro sigue aumentando en EE UU y en Europa, porque el crecimiento es demasiado lento para crear suficientes puestos de trabajo. La deslocalización sigue sintiéndose en todo el mundo." (Jeffrey D. Sachs: Un año después. El País, Negocios, 13/09/2009, p. 4)