Mostrando entradas con la etiqueta b. Populismo de izquierda. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta b. Populismo de izquierda. Mostrar todas las entradas

17.12.25

¿Cómo pudo el Chile del estallido social, del “no son 30 pesos, son 30 años”, de las juventudes amotinadas, la bronca atávica contra los “pacos” y la reivindicación orgullosa de la bandera mapuche, girar en redondo en un sexenio? La tragedia chilena es el resultado del fatal divorcio entre una izquierda estatal sumamente institucionalista, heredera ideológica de la nunca concluida transición postpinochetista encabezada por los partidos de la Concertación, y una izquierda social más dispersa, antiestatista, e incluso con fuertes tendencias autonomistas y anarquizantes... La izquierda social y los sujetos movilizados de forma espontánea fueron incapaces de alumbrar un proyecto estatal y plurinacional para las grandes mayorías, y la izquierda institucional (por lo general urbana, clasemediera y santiaguina), con sus atávicos reflejos de élite, vio el estallido con más temor que esperanza, incapaz de interpretarlo y traducirlo, y mucho menos de encauzarlo y capitalizarlo... El gran síntoma de ese hiato fue el rápido salvataje que Boric, contra la voluntad de su propio partido y sus bases, corrió a otorgar a Sebastián Piñera, evitando su caída, negociando una transición constituyente tutelada, y cerrando de esta manera la caja de Pandora abierta en octubre... Boric Font es el gran mariscal de la derrota chilena... estamos en presencia de un nuevo fracaso de una izquierda institucionalista y elitista, más liberal que progresista, que tras el revés constituyente y la derrota de la propuesta de reforma fiscal, decidió arrear todas las banderas reformistas y cogobernar con los mismos sectores del establishment que fueron repudiados en 2019... Otra vez, un progresismo liberal, descafeinado y timorato, vuelve a abrir las puertas a la reacción, en un déjà vu que nos retrotrae al gobierno de Alberto Fernández en Argentina, y que podría ser una constante en otros procesos político-electorales... hay un hecho siniestro y tanto más significativo: que quien llegó al poder reivindicando a Salvador Allende y su legado, le entregará la banda presidencial a sus mismos asesinos (Lautaro Rivara)

 "Algunas hipótesis sobre el ascenso ultraderechista en Chile y su reverso inevitable: el fracaso de un gobierno más liberal que progresista.

“Las masas no se repliegan hacia el vacío, sino al terreno malo, pero conocido”. La frase fue escrita hace más de 50 años, en un contexto muy diferente, por el periodista y militante revolucionario argentino Rodolfo Walsh.

Y sin embargo mantiene hoy una vigencia inusitada, y nos da una primera clave de acceso a la desconcertante paradoja chilena: ¿cómo pudo el Chile del estallido social, del “no son 30 pesos, son 30 años”, de las juventudes amotinadas, la bronca atávica contra los “pacos” y la reivindicación orgullosa de la bandera mapuche, girar en redondo en un sexenio y colocar en La Moneda al representante más conspicuo del pinochetismo, a una de las figuras más reaccionarias del bestiario derechista local, a todo aquello que, en suma, el estallido vino a impugnar?

Primera hipótesis: las masas que se insubordinaron en octubre de 2019 lo hicieron con un vago pero decidido afán refundacional, que no casualmente encontró en la propuesta constituyente su primera palabra articulada, el punto focal donde podían converger las demandas de todas las víctimas del modelo educativo, sanitario, securitario o pensional, en un país donde hasta los cursos de agua fueron privatizados por las radicalizadas reformas de ajuste estructural.

Las protestas, que se prolongaron a lo largo de varios meses, fueron la manifestación más visible y revulsiva del agotamiento del modelo neoliberal allí donde una dictadura lo impuso a sangre y fuego con Augusto Pinochet, el concurso de la CIA y los Estados Unidos y el célebre “mamotreto” (el recetario del ajuste ortodoxo) que escribieron los Chicago Boys.

Fue en Chile donde la santa trinidad del general autoritario, el economista neoliberal y el agente de inteligencia hicieron escuela. Quienes estuvimos por el Chile de aquellos estertores a comienzos del año 2020 podemos dar fe hoy, con la perspectiva que otorga la distancia, de que se trató de un movimiento radical, pero también sumamente contradictorio.

Como no podía ser de otra manera, las reivindicaciones antineoliberales se expresaron en manifestaciones políticas, societales y en subjetividades totalmente atravesadas por el neoliberalismo; la apatía, la rabia ciega, el espontaneísmo, la desconfianza, el individualismo, el rechazo a todas las formas de la política, el anti-poder, el ensimismamiento corporativo, etcétera.

¿Su gran emblema? Los personajes, disfrazados de Spiderman o de Pikachu, que solían entonces acaudillar las protestas en la “Plaza de la Dignidad”. Una especie de teatro bufo que decía y dice mucho de los niveles de desafección política al que 50 años de neoliberalismo llevaron a la sociedad chilena, que supo ser una de las más brillantes y organizadas de toda América Latina.

Fenómenos parecidos tuvimos en el ciclo de revueltas neoliberales de fines del siglo XX y comienzos del XXI, y también en toda la saga insurreccional del 2018-2019, que sacudió el mapa regional hasta ser frenada en seco por la pandemia y los regímenes de aislamiento.

Sin embargo, el estallido de 2019 no fue un rayo en cielo sereno.

Las frustraciones se venían acumulando desde hacía años y se expresaron en las demandas de las postergadas poblaciones indígenas, en las revueltas estudiantiles (de la que de hecho emergió la nueva generación progresista de la que proviene Boric), en el movimiento contra las aseguradoras privadas de fondos de pensión, o en algunos conflictos sindicales más focalizados.

Esto nos lleva a la segunda hipótesis: la tragedia chilena es el resultado del fatal divorcio entre una izquierda estatal sumamente institucionalista, heredera ideológica de la nunca concluida transición postpinochetista encabezada por los partidos de la Concertación (izquierda institucional de la que hizo parte el propio Partido Comunista, cogobernante con la antigua centroizquierda en los tiempos de Michel Bachelet y la “Nueva Mayoría”), y una izquierda social más dispersa, antiestatista, e incluso con fuertes tendencias autonomistas y anarquizantes.

Como el agua y el aceite, las dos fases del compuesto fueron revueltas por el estallido y sus postrimerías, pero nunca llegaron a sintetizarse.

La izquierda social y los sujetos movilizados de forma espontánea fueron incapaces de alumbrar un proyecto estatal y plurinacional para las grandes mayorías (y sobre todo hacerse eco de las reivindicaciones económicas más sentidas), lo que quedó en evidencia en los tropiezos de la Convención Constituyente y en el rápido ascenso, balcanización y caída de la heteróclita Lista del Pueblo, que en la elección de convencionales constituyentes de 2021 conquistó casi un millón de votos para después desintegrarse por completo.

Por el contrario, la izquierda institucional (por lo general urbana, clasemediera y santiaguina), con sus atávicos reflejos de élite, vio el estallido con más temor que esperanza, incapaz de interpretarlo y traducirlo, y mucho menos de encauzarlo y capitalizarlo.

El gran síntoma de ese hiato, y que podemos asegurar en retrospectiva que fue el acontecimiento que selló el destino del estallido, fue el rápido salvataje que Boric, contra la voluntad de su propio partido y sus bases, corrió a otorgar a Sebastián Piñera, evitando su caída, negociando una transición constituyente tutelada, y cerrando de esta manera la caja de Pandora abierta en octubre.

El resto es historia conocida: el inicio del proceso constituyente, aprobado por un 78 % de la población en 2020, derivó en un texto que fue rechazado en el “plebiscito de salida” de 2022 por el 61 por ciento de la ciudadanía.

Luego, la vendetta conservadora, encabezada por la propia tentativa constitucional de Kast y su Partido Republicano, también fue impugnada en 2023, volviendo todo a fojas cero, garantizando la continuidad de una de las cartas magnas más retrógradas de toda la región latinoamericana y caribeña.

Escribimos después de la primera vuelta electoral que Gabriel Boric Font es el gran mariscal de la derrota chilena, y lo reafirmamos. Pero debajo del mariscal siempre hay militares de menor rango, y sobre todo tendencias estructurales de larga duración que definen el teatro de operaciones.

Sin embargo, la estructura no impugna la agencia, ni mucho menos absuelve a los liderazgos. Esto nos lleva a una tercera hipótesis que surge de una pregunta nodal: ¿lo que vimos fue una derrota o más bien un fracaso? Ésta es la gran pregunta que todo analista debe hacerse frente a un retroceso de estas magnitudes.

En la derrota el enemigo impone su abrumadora superioridad económica, social, mediática, geopolítica o militar. En el fracaso, en cambio, priman los componentes internos, las contradicciones propias, las aporías, los errores no forzados, las inconsistencias ideológicas, la falta de conducción, estrategia y perspectiva. 

He aquí entonces la tercera hipótesis: lo que vimos no fue una derrota, sino que estamos en presencia de un nuevo fracaso de una izquierda institucionalista y elitista, más liberal que progresista, que tras el revés constituyente y la derrota de la propuesta de reforma fiscal, decidió arrear todas las banderas reformistas y cogobernar con los mismos sectores del establishment que fueron repudiados en 2019 (ese centro, ayer en extinción, hoy vuelve a respirar).

El liberal-progresismo chileno fracasó, y no es la primera vez que lo hace desde la nunca terminada transición postpinochetista; como “el conde” de la película de Pablo Larraín, el viejo general sigue sobrevolando el país con su capa prusiana, más vivo que muerto.

Por otro lado, es evidente que el principal pasivo de la candidata Jeanette Jara en estos comicios fue representar al gobierno en el que se desempeñó, de forma correcta, como Ministra de Trabajo.

De hecho, el exiguo historial de “conquistas” que el gobierno pudo exhibir se relacionan en buena medida a su gestión ministerial: la reducción de la semana laboral, la reforma al sistema de pensiones y el aumento del salario mínimo. Puede sonar a poco, pero en realidad fue mucho menos.

En primer lugar si tomamos el punto de partida inevitable, fincado en las expectativas sociales desatadas en octubre y en el propio programa de gobierno de la coalición entre el Frente Amplio y el PC, que proponía una reforma fiscal de avanzada, centralizar la negociación colectiva de los sindicatos pulverizada por el régimen neoliberal, un sistema de salud de carácter público y universal, condonar las millonarias deudas de los estudiantes y las familias sobre-endeudadas, promover el empleo registrado y de calidad, e incluso nacionalizar el sistema de pensiones y aumentar drásticamente el monto de las jubilaciones.

El gobierno de Boric arrió las demandas “particulares” (hoy quizás demasiado fustigadas por los desencantados de aquella gesta, como si las reivindicaciones del movimiento feminista y el pueblo mapuche fueran periféricas y subsidiarias), pero tampoco fue capaz de apuntalar las “generales” (que no eran ni son lógicamente contradictorias con las primeras).

La desigualdad apenas se redujo respecto a la presidencia de un neoliberal a ultranza como lo fue el antecesor Piñera. El empleo precario y no registrado se mantuvo en niveles altísimos. La negociación colectiva y centralizada nunca se implementó.

La reforma fiscal que debía gravar a las compañías mineras y a los sectores de ingresos altos y patrimonios holgados, durmió el sueño de los justos, por impericia legislativa y por falta de vocación a la hora de apuntalar la organización y movilización popular. La educación y la salud continuan siendo privativas y excluyentes.

Eso es lo que no se hizo. Pero para colmo de males, el exasperante gradualismo produjo conquistas en un plano legal que no se implementarán materialmente hasta los próximos años, como la reducción de la semana laboral, que sólo alcanza a la minoría de trabajadores formales, que entrará en vigor recién en 2028, o el nuevo sistema previsionial, que deja intocadas a las odiadas AFP y que comenzará a andar en 2027, con un sistema focalizado que redundará en que muchos de los pensionados tengan un aumento neto de apenas de 25 dólares.

Nadie, es evidente, vota a un gobierno por sus conquistas futuras. Pero ahora, con una coalición de gobierno ultraderechista bajo el arbitraje de Kast, lo más probable es que estos moderados avances sean barridos incluso antes de llegar a efectivizarse.

Por si quedan dudas, no se trata de demandar con el diario del lunes una radicalización abstracta y ahistórica, ni de comparar al gobierno de Boric con el de la Cuba de los años 60 o la Venezuela y la Bolivia de principios de este siglo, sino de hacerlo con sus homólogos de hoy, que como Claudia Sheinbaum o Gustavo Petro hacen parte de las mismas limitaciones de origen y de idénticas vicisitudes históricas.

En ese sentido, si lo comparamos las transferencias directas de ingresos con fines redistributivos o con las reformas estructurales impulsadas por cada gobierno, las de Boric palidecen por lo timoratas, inconsistentes y postergadas.

Ni que hablar si hacemos alusión a una política exterior que en asuntos clave como el genocidio de los palestinos en Gaza o la amenazante militarización del Gran Caribe, estuvo más cercana al extremo centro e incluso a las derechas de la región, que a la posición de las izquierdas y de otros progresismos.

Claro que a las tendencias socioeconómicas presentes en la sociedad chilena en tiempos del estallido y a los desaciertos de gobierno, debemos sumar la consideración de las grandes tendencias globales.

Como en otros países (particularmente sus vecinos), con viento de cola, una derecha “sin complejos” arriba a La Moneda, en un proceso de ramificación en donde conviven, no sin conflicto, pinochetistas de hueso colorado, paleolibertarios, tradicionalistas evangélicos y católicos, conservadores de toda ralea, derechas institucionalistas, punitivitas, xenófobos, cripto-optimistas y varios agentes del caos.

Chile tuvo lo que pocos países del mundo pudieron ostentar: un portentoso y radical proceso de movilización popular capaz de galvanizar al país y de dotar a la población de los anticuerpos necesarios para resistir el embate extremista.

Pero la oportunidad fue fatalmente desperdiciada y el país que hace seis años era una prometedora excepción, hoy expresa una de las cristalizaciones más reaccionarias de las tendencias globales en curso, con una primera vuelta electoral en donde los diferentes rostros de las derechas en ascenso cosecharon el 70 por ciento de las preferencias electorales.

La cuarta hipótesis busca explicar por qué fue la agenda de la derecha y la extrema derecha la que sin atenuantes dio la tónica del debate social y electoral: la economía y la seguridad.

Primero cabría preguntarse si una izquierda que es incapaz de hablar de economía pertenece todavía a la loable tradición iniciada por los socialistas utópicos, los anarquistas y los marxistas europeos.

En segundo lugar, decir que la frustración del estallido y la Constituyente dejó intocada la repulsa a los partidos tradicionales, y que los reflejos “anti-casta” terminaron premiando no casualmente a una figura que como Kast, pese a ser un político “tradicional”, supo romper a tiempo con la “derecha acomplejada” de la UDI y fundar su propio espacio.

Pero también a alguien que como Johannes Kaiser supo expresar lo más desbocado de la imaginería paleo-libertaria y tocar las fibras más expuestas de la frustración y el resentimiento, o a un sujeto que como Franco Parisi supo construir desde la nada un importante ecosistema mediático y territorial, en una derecha aparentemente “postideológica” que se reivindica con éxito como “ni facha ni comunacha” y seduce a sectores populares y medios emergentes.

Como decíamos al comienzo con Walsh, las masas no repliegan al vacío, sino a lo malo, pero conocido. Por eso las demandas mínimas (la economía y la seguridad) fueron las aglutinantes en esta coyuntura.

Por eso la vieja Constitución de Pinochet sobrevivió a los asedios que sufrió por derecha y por izquierda. En este escenario de desconcierto, de frustración del estallido, con una izquierda sin reflejos antagonistas, sin épica, grandes reformas ni adversarios, los chivos expiatorios resultaron sumamente convincentes: allí donde las izquierdas no tienen el valor de enfrentar (ni la capacidad pedagógica de explicar) a los enemigos verdaderos, los falsos enemigos son inmolados en su lugar: sean “comunistas”, mapuches, feministas o migrantes.

Otra vez, un progresismo liberal, descafeinado y timorato, vuelve a abrir las puertas a la reacción, en un déjà vu que nos retrotrae al gobierno de Alberto Fernández en Argentina, y que podría ser una constante en otros procesos político-electorales.

Todo esto nos lleva a la última hipótesis.

Una izquierda que ha perdido las conexiones orgánicas con las clases trabajadoras (Kast y Parisi tuvieron un mejor desempeño que el Frente Amplio y el PC en las comunas de bajos ingresos, en las periferias urbanas o en las regiones postergadas del norte minero), que dilapidó las oportunidades de ampliación democrática que ofrecía el voto obligatorio, que desconfía visceralmente de la movilización espontánea (y que corre con el resto de las élites a clausurar su ciclo), es una izquierda que eligió temer más a su pueblo que al legado del tirano y sus reencarnaciones contemporáneas.

Una izquierda que es “democrática”, “republicana” y “liberal” en lo que concierne a Venezuela y Cuba, pero profundamente autoritaria y antidemocrática en lo que hace a las comunidades mapuches militarizadas o a los jóvenes desclasados de las periferias reprimidos una y otra vez por los Carabineros.

Una izquierda que ha comprado una concepción vacía, formalista, leguleya y sin sustancia de la democracia que excluye sus fundamentos sociales y económicos, exactamente aquella concepción que establecieron los partidos de la Concertación.

Una izquierda que celebra y se regodea en el “gesto republicano” de la ritual llamada de felicitaciones entre el presidente en funciones y el presidente electo, pero que no repara en un hecho siniestro y tanto más significativo: que quien llegó al poder reivindicando a Salvador Allende y su legado, le entregará la banda presidencial a sus mismos asesinos.

“Chile, la alegría ya viene”, era el popular, pegadizo y banal estribillo que acompañó la campaña del “No” contra Pinochet en el año 1988. La alegría tardará todavía un poco más en llegar. Pero llegará."                        (Lautaro Rivara, Other News, 16/12/25)

3.12.25

Están pasando cosas políticamente llamativas en EEUU, y la Moncloa lo está empezando a constatar sobre el futuro político... "la era de las políticas a medias ha terminado"... James Carville, un factotum del Partido Demócrata, lo clarifica: “Tengo 81 años y sé que, para muchos, llevo la antorcha de una supuesta era política centrista. Sin embargo, incluso para mí está clarísimo que el Partido Demócrata debe ahora presentar la plataforma económica más populista desde la Gran Depresión. Es hora de que los demócratas adopten una plataforma radical, agresiva, sin tapujos, sin complejos y totalmente inconfundible de pura furia económica. Esta es nuestra única salida del abismo”... es una tendencia global. En España, esa visión sobre la necesidad de políticas más atrevidas está dando a la derecha la mayoría absoluta en las encuestas... Este es el principal problema del bloque de las izquierdas... así que es la hora de las políticas económicas radicales para la izquierda... Linera concluye: “El dinero es hoy el elemental, el básico, el clásico, el tradicional problema económico y político del presente. En tiempos de crisis, la economía manda, punto. Resuelve ese primer problema y luego el resto”. La izquierda de los derechos está comenzando a percibir el aire de la época... Las piezas ideológicas se mueven en el plano internacional porque hay una demanda de cambio en las sociedades occidentales... La paradoja es que donde mejor se está intuyendo el signo de los tiempos es en la Moncloa, no en los partidos a su izquierda. Veremos novedades en ese sentido, y serán instigadas por el gobierno (Esteban Hernández)

 "Están pasando cosas políticamente llamativas en EEUU. Esta misma semana, Clement Attlee, el líder laborista británico que dirigió a su país tras la II Guerra Mundial y que construyó el estado de bienestar, era reivindicado por un jesuita estadounidense que trabajó para la administración Biden. Sohrab Ahmari, director de Unherd, reivindicaba la vieja democracia cristiana, la que funcionó antes de que la derecha se hiciera neoliberal o libertaria. Los conservadores y los progresistas católicos buscan un nuevo pacto entre capital y trabajo.

Sin embargo, el movimiento más sorprendente ha sido el de un viejo spin doctor del establishment demócrata. James Carville diseñó la estrategia económica en la campaña que llevó a Bill Clinton a la presidencia, y que básicamente consistía en prolongar el aliento neoliberal instalado por los gobiernos de Reagan y Bush padre. En 2008, en las primarias entre Hillary Clinton y Barack Obama, aseguró que “si Hillary le diera un testículo a Obama, ambos tendrían dos”. En 2020, alertó a su partido de que nombrar candidato a Bernie Sanders llevaría al fin de los tiempos. En el inicio del mandato de Trump, Carville recomendó una táctica a su partido para hacer frente al nuevo gobierno: hacerse los muertos. Hace pocos días, Carville publicó una opinión en ‘The New York Times’, Out with woke, in with rage, en la que afirmaba: “Tengo 81 años y sé que, para muchos, llevo la antorcha de una supuesta era política centrista. Sin embargo, incluso para mí está clarísimo que el Partido Demócrata debe ahora presentar la plataforma económica más populista desde la Gran Depresión. Es hora de que los demócratas adopten una plataforma radical, agresiva, sin tapujos, sin complejos y totalmente inconfundible de pura furia económica. Esta es nuestra única salida del abismo”.

La victoria de Mamdani, el mismo al que Trump recibió con amabilidad en la Casa Blanca, abrió las puertas de la esperanza demócrata. Su fórmula ganadora, la promesa de que los ciudadanos de una gran ciudad pudieran afrontar el coste de la gran ciudad, significaba que debían ser más atrevidos en sus apuestas políticas. Pero lo que Carville afirma va mucho más allá. “La plataforma económica más populista desde la Gran Depresión” son palabras mayores.

Late a izquierda y derecha una convicción de fondo que Carville expresa de manera nítida: "La era de las políticas a medias ha terminado"

Es probable que un conservador como Ahmari reivindique una visión económica mucho más cohesiva desde la convicción ética, mientras que Carville vea claro un camino para lograr una futura victoria de los demócratas, ya que en su texto razona en esos términos. Pero en ambos casos, como empieza a instalarse en la derecha y en la izquierda estadounidenses, late una convicción de fondo que Carville expresa de manera nítida: “La era de las políticas a medias ha terminado”.

Por qué va ganando la derecha

No son piezas que estén moviéndose únicamente en EEUU, sino que forman parte de una tendencia global. En España, esa visión sobre la necesidad de políticas más atrevidas está dando a la derecha la mayoría absoluta en las encuestas. El bloque conservador une al partido de oposición mayoritario con otra formación, más a la derecha, que maneja un ideario y unas propuestas diferentes de la de los populares. Hay coincidencias en algunos puntos, pero con divergencias significativas en otros. La inmigración es uno de ellos, las políticas verdes otras. Esa diferencia no perjudica a la derecha, sino que amplía su campo de acción, al aunar dos tipos de descontento: el que existe con el partido de gobierno, el PSOE, y el que se dirige contra el sistema.

García Linera estuvo en España para traer una advertencia: es la hora de las políticas económicas radicales para la izquierda

La izquierda carece de esa alianza. Las fuerzas de la izquierda no son complementarias, sino semejantes. Sumar, IU y demás reproducen los mismos marcos que los socialistas y apuestan por ideas similares, solo que tratan de llevarlas más allá: más derechos, acciones más atrevidas en vivienda, más combate antifascista. Las izquierdas nacionalistas transitan por el mismo camino, pero compaginándolo con el aliento territorial y con sus propias ambiciones respecto de los gobiernos de sus comunidades. Podemos es la pieza discordante porque ha adoptado una posición diferenciada, pero no logra ampliar el espectro de la izquierda, probablemente por el desgaste reputacional sufrido.

Este es el principal problema del bloque de las izquierdas y la ventaja esencial del bloque de derechas. En un entorno más o menos igualado, la capacidad de movilización es decisiva. Mamdani, como Bannon resalta, lo vio bien: “La política moderna va de involucrar a los votantes con baja propensión a votar y Mandani logró movilizarlos. Ese es también el modelo de Trump”.

Resuelve ese problema

Álvaro García Linera estuvo recientemente en España. El expresidente de Bolivia no tiene demasiada influencia, entre la izquierda española, pero sí cierta ascendencia. Entre otras cosas, Linera publicó un libro, Qué horizonte, con el hoy caído en desgracia Íñigo Errejón. Acaba de ser fichado como columnista por Canal Red. Linera estuvo en España para traer una advertencia desde Latinoamérica: es la hora de las políticas económicas radicales para la izquierda. Carville y García Linera coinciden: “El dinero es hoy el elemental, el básico, el clásico, el tradicional problema económico y político del presente. En tiempos de crisis, la economía manda, punto. Resuelve ese primer problema y luego el resto”. La izquierda de los derechos está comenzando a percibir el aire de la época.

En España hay un problema para las izquierdas a la hora de trazar ese camino, ya que tienen difícil representar a la vez la continuidad y el cambio. El PSOE gobierna y su apuesta es defender la sociedad de la llegada de la extrema derecha al poder: contrapone las buenas cifras macro y la garantía de los derechos adquiridos frente a una opción involucionista. Sería extraño proponer un programa bastante más avanzado en lo económico cuando lleva años en el poder, es decir, cuando podría haberlo llevado a cabo. A los partidos de izquierda que forman parte de la mayoría de investidura les ocurre igual: si ponen sobre la mesa un programa más radical en lo económico, estarían impugnando en buena medida a un gobierno del que forman parte. Una posición político-electoral que resalta la gestión realizada y los avances sociales logrados y que prometa avanzar por esa misma senda es la opción que encuentran más razonable. Pero, al actuar así, se quedan en el marco de la continuidad y no pueden representar el cambio, por lo que no amplían el número de votantes del bloque. Justo lo que Vox sí puede hacer por el lado de la derecha.

"En tiempos de crisis, la economía manda. Punto". La pérdida de nivel de vida y las ansiedades ligadas a ella marcan la política

Podemos fue tácticamente más inteligente, porque rompió con Sumar y no ha dejado de impugnar al gobierno desde entonces, lo que le otorga una posición propia, pero no es una fuerza que esté ensanchando el campo. Sigue por debajo de Sumar en las encuestas, que ya es decir. Ni siquiera cuando el PSOE afirma del poder judicial lo que Podemos llevaba tiempo manteniendo, los de Iglesias han sido capaces de ganar aprecio popular. Quizá sea por pérdida de credibilidad entre los votantes, o quizá porque sus apuestas se circunscriben a unas constantes (la monarquía, los jueces, los medios de comunicación) que difícilmente pueden ganar nuevas simpatías. De hecho, el giro de época en distintos niveles al que estamos asistiendo no han conseguido que los partidos de izquierda cambien su rumbo, sino que los han ratificado en aquello que ya pensaban: el PSOE en las libertades, las cifras macro y la lucha contra la ultraderecha, Sumar en la necesidad de “feminizar, rejuvenecer y racializar los cargos de la izquierda plurinacional” y Podemos en el combate contra el régimen del 78. Ninguno de ellos parece haber escuchado los mensajes que se escuchan de fondo: “En tiempos de crisis, la economía manda. Punto. Arregla eso y luego todo lo demás”. La pérdida de nivel de vida y las ansiedades y estrecheces ligadas a ella están marcando la política.

La principal estrategia de las izquierdas de cara a las elecciones es la de evitar que el reparto de voto entre varias opciones les haga daño. Hay que jugar las cartas en la mesa de la ley D’hondt. En ese contexto, más que ampliar el campo, tratan de repartir mejor el existente. Los partidos a la izquierda del PSOE, además de su fragmentación, sufren una dificultad añadida. El candidato que goza de mayor popularidad, Gabriel Rufián, pertenece al partido equivocado. ERC, como Bildu, no ven útil en ningún sentido una alianza de las izquierdas. Rufián ha emergido, más bien, como el líder del espacio nacional a la izquierda del PSOE, pero allí tampoco cuenta con apoyos, y más cuando su relación con Díaz es manifiestamente mejorable. Es un líder sin partido frente a unos partidos sin un líder común.

La reacción

En ese instante de detención histórico de las izquierdas nacionales, hay un contexto político que avanza rápidamente. Las opciones electorales que han tenido más éxito en los últimos años son aquellas que impugnaron no solo al rival, sino a su propio espacio. Macron llegó al poder contra el partido socialista del que formaba parte, Meloni impugnó a la derecha tradicional italiana, Trump combatió contra el partido republicano, Mamdani ganó las elecciones en Nueva York porque refutó al establishment demócrata. Incluso Sánchez tuvo que enfrentarse al partido socialista para llegar al poder. Son tiempos diferentes porque hay descontento y los electores buscan nuevos caminos de salida. La diferencia entre bloques electorales en España es que una parte significativa de ese malestar, ligado a la derecha, se ha visto atraído por Vox, que también ha captado a votantes desapegados de la política. La izquierda lo consiguió hace una década, ya no. 

Las piezas ideológicas se mueven en el plano internacional porque hay una demanda de cambio en las sociedades occidentales. Las izquierdas españolas no están dispuestas a aceptar la profundidad de esa transformación, en parte porque conllevaría impugnar la línea ideológica que ha seguido los últimos años, en parte porque carecen de imaginación para trazar nuevos caminos. No son capaces de entender por qué Carville publica ese artículo, ni el sentido de la promesa que las derechas trumpistas han puesto sobre la mesa, ni siquiera lo que está pasando en Latinoamérica. Pero todo esto es eventual. La paradoja es que donde mejor se está intuyendo el signo de los tiempos es en la Moncloa, no en los partidos a su izquierda. Veremos novedades en ese sentido, y serán instigadas por el gobierno."

(Esteban Hernández , El Confidencial, 30/11/25) 

26.2.25

Los días de miedo e ira y la fórmula del siglo XXI para ganar unas elecciones... Las cosas que están pasando dan miedo... Las consecuencias políticas de este clima son muy notables... Cuando los problemas aparecen y no se solucionan, la gente tiende a no confiar ni en las instituciones ni en los líderes... Ese suele ser un periodo transitorio: el malestar deja paso a una posición más activa, la que dicta la ira; la depresión se transforma en indignación... la indignación requiere ser canalizada; precisa de un objetivo hacia el que dirigirse, a menudo un chivo expiatorio. En buena medida, la indignación sistémica ha formado parte de las elecciones de la última década... el temor y la ira han acabado conformando el eje alrededor del cual circula la política... las elecciones alemanas, como antes las estadounidenses, las francesas, las argentinas o las españolas, se han basado en este enfrentamiento entre el temor y la ira. Lo que decide las elecciones es si el temor al futuro es mayor o menor que la indignación; el resultado depende de qué sentimiento domine... unos prometen defender al país del apocalipsis, los otros prometen un resurgimiento a través de la venganza... Cuando las incertidumbres son numerosas, cuando hay sensación de desprotección, cuando el futuro aparece incierto, es lógico que los temores se disparen. En ese ambiente está atrapada la vida del ciudadano común, y a eso hay que dar una respuesta política. Un camino lógico sería el de transcender el miedo y la ira y optar por invertir en el futuro; en un porvenir que disolviera las incertidumbres. La última vez que Occidente actuó de esta manera fue mediante la inversión en infraestructuras productivas, en la elevación del nivel de vida... Quizá ahora ese programa tenga que ser matizado, pero como mecanismo para disolver las inseguridades y domeñar los miedos fue bastante efectivo, y eso que había una Guerra Fría de por medio. En todo caso, es hora de salir de las posturas anímicas, que poseen un elevado componente moralista, y afrontar de cara estos tiempos. Es el momento de construir el futuro... algo que nuestras élites (políticas, económicas, intelectuales, de un lado y de otro) se niegan a hacer: prefieren luchar contra las dictaduras, ya sean las de los amigos de Putin o la del totalitarismo woke, en lugar de ponerse manos a la obra para sentar las bases del porvenir. Bien puede afirmarse que están dando soluciones anímicas y simples a problemas complejos, justo eso de lo que acusan a los populismos (Esteban Hernández)

 "El Foro de la Cultura de Valladolid ha dedicado su edición de este año, celebrada el fin de semana pasado, al miedo. Dada la turbulencia de estos años, es un asunto especialmente oportuno. Las noticias cotidianas subrayan que Europa se enfrenta a riesgos serios de toda clase: las guerras en curso, el cambio climático, los cambios a gran velocidad en el terreno geopolítico o las complicaciones económicas que asoman por el horizonte. El humor social tampoco es demasiado positivo, ya que reina la inestabilidad en la política, y socialmente la inseguridad es un hecho, porque los gastos necesarios para la subsistencia cada vez son mayores y las trayectorias laborales suelen estar sometidas a demasiadas oscilaciones. Hay muchos temores circulando, lo que hace que la percepción negativa del futuro se instale: es complicado pensar que el porvenir traerá algo mejor que el presente.

El futuro siempre está rodeado de incertidumbres, porque en su esencia está ser azaroso e imprevisible, pero esta época no solo ha aumentado el número de asuntos que generan preocupación, sino su intensidad. Las cosas que están pasando dan miedo.

Las consecuencias políticas de este clima son muy notables. Los resultados electorales de los últimos años, así como las ideas que los han dado forma, están plenamente relacionados con los temores crecientes que circulan por la sociedad. Pero también son consecuencia de una evolución en el humor de los ciudadanos. Cuando los problemas aparecen y no se solucionan, lo usual es que tome cuerpo cierta desvitalización: la gente tiende a no confiar ni en las instituciones ni en los líderes y toma distancia de la política. Ese suele ser un periodo transitorio: el malestar deja paso a una posición más activa, la que dicta la ira; la depresión se transforma en indignación.

En cierto sentido, la ira es una señal positiva, ya que implica que la gente se ha sacudido el fatalismo y ha comenzado a actuar. Pero también contiene un límite, porque la indignación requiere ser canalizada; precisa de un objetivo hacia el que dirigirse, a menudo un chivo expiatorio. En buena medida, la indignación sistémica ha formado parte de las elecciones de la última década, ya que una parte significativa de los ciudadanos no votaban a favor de una opción política que les convenciese, sino en contra de otra que les molestaba profundamente. Muchos expertos electorales dictaminaron que las campañas negativas eran decisivas, ya que si se resaltaban los rasgos más preocupantes de los rivales políticos, se movilizaría el malestar, y se ganarían las elecciones.

Los dos principales partidos

Sin embargo, hoy se vive un momento diferente, y no solo porque todo se haya vuelto mucho más intenso, sino porque en este instante ambiguo, el temor y la ira han acabado conformando el eje alrededor del cual circula la política.

Los dos principales partidos actuales (o los dos principales bloques ideológicos) defienden dos propuestas distintas basadas en lo anímico. Las formaciones sistémicas señalan los terribles perjuicios que causaría la llegada al poder de la extrema derecha, y, por tanto, se constituye como un dique contra ella, como una protección contra el miedo. El otro bloque se apoya en una indignación creciente frente a los gobiernos actuales, a los que se señala como responsables de una decadencia palpable y aboga por despedir a los responsables. Y esto es así de manera constante: las elecciones alemanas, como antes las estadounidenses, las francesas, las argentinas o las españolas, se han basado en este enfrentamiento entre el temor y la ira.

Lo que decide las elecciones es si el temor al futuro es mayor o menor que la indignación; el resultado depende de qué sentimiento domine

Hoy, estos sentimientos están representados por fuerzas políticas concretas. En el futuro, pueden ser defendidos por partidos de signo ideológico diferente, pero la regla es la misma: si el temor al futuro es mayor que la indignación, ganarán unas opciones; si ocurre al revés, ganarán las contrarias.

Son sentimientos que tienen su utilidad para los movimientos políticos, porque es natural que aparezcan en momentos complicados como el presente, y porque sirven para movilizar, pero no pueden constituir el centro de una oferta política. Pueden ser elementos necesarios o convenientes, pero no un fin en sí mismos. Sin embargo, la propuesta de las formaciones políticas contemporáneas se fundamenta básicamente en ellos; unos señalan los males espantosos que ocurrirán si llegan al poder los rivales, los otros insisten en la catástrofe que provocará que gobiernen sus rivales. En el punto límite, unos prometen defender al país del apocalipsis, los otros prometen un resurgimiento a través de la venganza.

La baldía lucha contra las dictaduras

Esa posición provoca que los programas de los partidos sean reactivos, lo que se ha notado especialmente los últimos años. En la medida en que hay que defenderse de los gobiernos autoritarios de la extrema derecha, lo que se debe hacer es negar el ideario de los rivales y persistir en el existente; poco de nuevo sale de ahí. En el lado opuesto, lo que se propone es afrontar problemas existentes que los gobernantes se niegan a reconocer, ya sea por cobardía o ideología, como los países gorrones, el gasto excesivo del Estado o la inmigración.

Un camino lógico sería el de transcender el miedo y la ira y optar por invertir en el futuro, en un programa que disolviera las incertidumbres

En esto se mueve la política actual, y supone un problema. Por regresar al inicio, la mayor dificultad de los tiempos precedentes es el miedo. Cuando las incertidumbres son numerosas, cuando hay sensación de desprotección, cuando el futuro aparece incierto, es lógico que los temores se disparen. En ese ambiente está atrapada la vida del ciudadano común, y a eso hay que dar una respuesta política.

Un camino lógico sería el de transcender el miedo y la ira y optar por invertir en el futuro; en un porvenir que disolviera las incertidumbres. La última vez que Occidente actuó de esta manera fue mediante la inversión en infraestructuras productivas, en la elevación del nivel de vida, en los equilibrios territoriales, en la supeditación del capital financiero a las necesidades productivas y territoriales, en la potenciación de los mercados interiores y en la creación de una clase media poderosa, de manera que los ciudadanos dispusieran de un extra para gastar. Quizá ahora ese programa tenga que ser matizado, pero como mecanismo para disolver las inseguridades y domeñar los miedos fue bastante efectivo, y eso que había una Guerra Fría de por medio.

En todo caso, es hora de salir de las posturas anímicas, que poseen un elevado componente moralista, y afrontar de cara estos tiempos. Es el momento de construir el futuro, algo que nuestras élites (políticas, económicas, intelectuales, de un lado y de otro) se niegan a hacer: prefieren luchar contra las dictaduras, ya sean las de los amigos de Putin o la del totalitarismo woke, en lugar de ponerse manos a la obra para sentar las bases del porvenir. Bien puede afirmarse que están dando soluciones anímicas y simples a problemas complejos, justo eso de lo que acusan a los populismos."                (Esteban Hernández , El Confidencial, 24/02/25)

6.11.24

Harris perdió por esta razón... Es el pueblo contra las élites, ¡estúpido!... la campaña iba provisionalmente en la dirección correcta hasta hace poco... una encuesta de JACOBIN reveló un fuerte apoyo a este tipo de mensajes económicos populistas y una antipatía generalizada por los multimillonarios y las élites empresariales, especialmente entre los grupos a los que Harris ha tenido dificultades para llegar: los sindicalistas, los votantes sin título universitario y los obreros, con los que Harris iba perdiendo por 4, 7 y 19 puntos respectivamente... A pesar de estos resultados claros, Harris se ha alejado del mensaje económico antiélite en el último mes de la campaña y ha dado marcha atrás... Una vez más, los demócratas han decidido hacer la arriesgada apuesta de que si se dirigen a los votantes moderados con estudios universitarios obtendrán más apoyo del que pierdan en deserciones de la clase trabajadora... Aunque algunos desconfían del populismo económico, temerosos de que disuada a los votantes «moderados» electoralmente cruciales, descubrimos lo contrario: el único otro grupo que demostró un apoyo igualmente significativo fueron los independientes, que respondieron más positivamente a los mensajes económicos populistas y progresistas que a los mensajes democráticos, en torno a 11 puntos... Trump se ha presentado como un defensor de los estadounidenses de a pie, luchando contra un establishment antipatriótico... mientras los demócratas sigan atados a la política de estas poderosas instituciones y a las clases profesionales que las pueblan, Trump podrá reflejar el sentimiento antiélite a través de una lente partidista y cultural. Al ceder este territorio a MAGA y no articular una política propia contra las élites, los demócratas han permitido a Trump arrogarse el papel de populista, a pesar de que sus políticas representan una enorme bendición para el poder corporativo (Milan Loewer, JACOBINLAT)

 "Si Harris pierde hoy, esta es la razón.

La Convención Nacional Demócrata de agosto fue aclamada rotundamente como un gran éxito, presentando un frente único que abarcaba desde Shawn Fain y Bernie Sanders hasta Adam Kinzinger y Leon Panetta. Ezra Klein vio un partido que por fin «quiere ganar». Las vibraciones eran buenas, casi eufóricas. En las últimas semanas, sin embargo, Harris ha caído en las encuestas y, de cara al día de las elecciones, muchos demócratas se sienten poco confiados.

¿Por qué? Una encuesta realizada entre 1 000 votantes de Pensilvania por el Center for Working-Class Politics (CWCP), Jacobin y YouGov muestra que la campaña iba provisionalmente en la dirección correcta hasta hace poco. También sugiere por qué, a pesar de todos los esfuerzos de Donald Trump por alienar a los votantes, la carrera sigue empatada.

A finales de agosto, el historiador Eric Foner escribió que los demócratas estaban intentando que las elecciones giraran en torno a definiciones opuestas de la libertad: como dijo Tim Walz en su discurso de aceptación, «la libertad de mejorar tu vida y la de las personas que amas», frente a la libertad de las empresas «de contaminar tu aire» y de los bancos de «aprovecharse de los clientes». El presidente del sindicato United Auto Workers, Shawn Fain , fue aún más lejos en la convención nacional al nombrar y culpar a los villanos que se interponen en el camino hacia una vida mejor para los trabajadores:

«La codicia de las empresas convierte la sangre, el sudor y las lágrimas de los obreros en recompras de acciones de Wall Street y premios para los directores ejecutivos», argumentó, añadiendo que Trump era un «rompehuelgas» que protegería los intereses de las empresas y los multimillonarios. Ese mismo mes, la campaña anunció una serie de compromisos para hacer frente a la escasez de vivienda, tomar medidas enérgicas contra los precios abusivos y aumentar el salario mínimo.

Nuestra encuesta reveló un fuerte apoyo a este tipo de mensajes económicos populistas y una antipatía generalizada por los multimillonarios y las élites empresariales, especialmente entre los grupos a los que Harris ha tenido dificultades para llegar: los sindicalistas, los votantes sin título universitario y los obreros, con los que Harris iba perdiendo por 4, 7 y 19 puntos respectivamente en nuestra encuesta. A pesar de estos resultados claros, Harris se ha alejado del mensaje económico antiélite en el último mes de la campaña y ha dado marcha atrás o ha restado énfasis a algunas de sus políticasmás populares en respuesta a la presión de la comunidad empresarial.

Una vez más, los demócratas han decidido hacer la arriesgada apuesta de que si se dirigen a los votantes moderados con estudios universitarios obtendrán más apoyo del que pierdan en deserciones de la clase trabajadora. De cara al día de las elecciones, han puesto la mayor parte de sus fichas en un mensaje que advierte a los votantes de la amenaza que supone una segunda presidencia de Trump. Si los resultados de nuestro estudio sirven de indicio, es una apuesta que podría salir mal de forma masiva.

Resultados inequívocos

Pusimos a prueba cinco frases extraídas directamente del lenguaje de la propia campaña de Harris sobre 1) la protección del derecho al aborto, 2) asegurar la frontera y proporcionar una vía hacia la ciudadanía, 3) la amenaza que Trump representa para la democracia y sus promesas de poner el sistema judicial en contra de sus enemigos, 4) la «economía de oportunidades», haciendo hincapié en el apoyo a las pequeñas empresas y los recortes de impuestos para la clase media, y 5) un discurso «populista suave» de lucha por la gente común contra las corporaciones que se niegan a cumplir las reglas. El mensaje «populista fuerte» incluía la promesa de enfrentarse a los «estafadores multimillonarios y a los políticos de Washington a su servicio», mientras que el mensaje económico progresista hacía hincapié en el fortalecimiento de los sindicatos, los impuestos a las empresas y a los ricos, y la ampliación de los servicios sociales. Pedimos a los encuestados que valoraran estos mensajes en una escala de 1 (totalmente en contra) a 7 (totalmente a favor).

Los resultados fueron inequívocos: los mensajes económicos populistas y progresistas superaron a las demás estrategias de comunicación por un amplio margen, seguidos de los mensajes de Harris sobre «economía de oportunidades», populismo suave, aborto, inmigración y, por último, democracia. Contando a todos los encuestados que dieron a estos mensajes una puntuación de cinco o más como «partidarios», los mensajes económicos populistas y progresistas recibieron un 9 y un 8 por ciento más de apoyo que los mensajes democráticos. Los mensajes populistas fueron especialmente eficaces entre los encuestados con rentas bajas, obreros y personas sin estudios universitarios, recibiendo un 10, 12 y 13% más de apoyo neto que los mensajes democráticos.

Aunque algunos desconfían del populismo económico, temerosos de que disuada a los votantes «moderados» electoralmente cruciales, descubrimos lo contrario: el único otro grupo que demostró un apoyo igualmente significativo fueron los independientes, que respondieron más positivamente a los mensajes económicos populistas y progresistas que a los mensajes democráticos, en torno a 11 puntos.

Con el fin de examinar las ventajas y desventajas de las diferentes estrategias de comunicación entre los ciudadanos, también analizamos el apoyo relativo (en lugar del neto). Este enfoque más preciso muestra que el mensaje populista fuerte obtuvo una puntuación más alta que el mensaje democrático entre el 27% de los votantes de Pensilvania, mientras que sólo el 8% dio una puntuación más alta al mensaje democrático. El mensaje económico progresista es igualmente persuasivo, y sólo el populismo fuerte obtiene mejores resultados a nivel individual.

Los datos son aún más crudos entre los obreros y los independientes, entre los que el 37 y el 31 por ciento prefirieron el populismo fuerte al mensaje democrático, respectivamente, mientras que sólo el 4 y el 10 por ciento prefirieron el mensaje democrático al populismo fuerte.

Crucialmente, el populismo también funcionó muy bien contra el mensaje sobre inmigración, cuestionando la suposición de que el movimiento de Harris hacia la derecha en inmigración ha atraído con éxito a los «moderados». En cualquier caso, si la elección del populismo económico frente a otras estrategias de comunicación implica un sacrificio, pierde muchos menos apoyos de los que gana.

Es el pueblo contra las élites, ¡estúpido!

La fuerza de los mensajes populistas económicos debe entenderse en el contexto más amplio de la creciente desconfianza en las instituciones políticas y económicas, especialmente entre quienes se sienten rezagados por el cambio social posindustrial. Para los que han llegado a la cima, la nueva economía en la que el ganador se lo lleva todo ha generado enormes fortunas y concentraciones de poder, mientras que los que no han salido tan bien parados -especialmente los obreros- están cada vez más desilusionados con el statu quo y son más pesimistas sobre el futuro.

Pero no son sólo los votantes de la clase trabajadora los que creen que el país va en la dirección equivocada. Ante el aumento de la desigualdad, la confianza en la clase política nunca ha sido tan baja; menos gente que nunca se identifica con ninguno de los dos partidos; el 70% de los estadounidenses cree que poderosos intereses están amañando el sistema económico; sólo el 40% de los estadounidenses con ingresos más bajos cree que aún es posible alcanzar el «sueño americano»; y casi nadie cree que el país «vaya en la dirección correcta». En este contexto, no sorprende que el fuerte mensaje populista que probamos -que denuncia a «los estafadores multimillonarios, las grandes corporaciones y los políticos de Washington que les sirven»- funcionara tan bien entre los habitantes de Pensilvania, y especialmente entre los de clase trabajadora.

Para examinar con más detalle las actitudes contra las élites, hicimos una serie de preguntas que miden las actitudes hacia una serie de instituciones e industrias con mucha influencia. En concreto, preguntamos a los encuestados si estos grupos «contribuyen al bienestar común» o si «sirven a sus propios intereses a expensas de los estadounidenses de a pie».

Descubrimos que los «enemigos» típicamente identificados en el populismo de derechas -como los medios de comunicación, las organizaciones sin ánimo de lucro, las universidades y los sindicatos- no son objetos particularmente eficaces de la ira populista. En cambio, los grupos menos populares en nuestra encuesta fueron los lobbies y los grandes donantes políticos, con un 78% y un 74% de los encuestados diciendo que servían a sus propios intereses a expensas de los estadounidenses de a pie, respectivamente. En todo el espectro político, los estadounidenses están de acuerdo en que la «corrupción legalizada» es corrupción.

Los encuestados también sitúan a otras élites en los primeros puestos de su lista negra: el «1%», las grandes farmacéuticas, Wall Street y las grandes tecnológicas son consideradas por muchos como influencias perniciosas en la vida estadounidense, seguidas de instituciones políticas y gubernamentales como los partidos y los funcionarios, cuya impopularidad es mayor entre los republicanos y los independientes que entre los demócratas. Es importante destacar que nuestra encuesta muestra que los encuestados independientes y de clase trabajadora desconfiaban mucho más de las élites en general. Al parecer, para ganarse a estos grupos no es necesario adoptar una postura más «moderada» frente a la avaricia empresarial o la corrupción legalizada.

La encuesta también sugiere que un argumento contra las élites culturales y el establishment « woke» sonaría vacío al lado de una política que señala los principales objetivos de la ira anti-élite: los grupos de presión, los donantes y las empresas que realmente amañan el sistema. Entonces, ¿por qué Trump ha captado el voto antiestablishment?

Desde que entró en la escena nacional en 2016, Trump se ha presentado como un defensor de los estadounidenses de a pie, luchando contra un establishment antipatriótico. La narrativa trumpiana sitúa a los liberales en el control de muchas de las instituciones poderosas de la vida estadounidense: en el Gobierno, el Derecho, la filantropía, los medios de comunicación, las universidades, las industrias de alta tecnología, la sanidad e incluso las finanzas. Hay algo de verdad en esta narrativa, y mientras los demócratas sigan atados a la política de estas poderosas instituciones y a las clases profesionales que las pueblan, Trump podrá reflejar el sentimiento antiélite a través de una lente partidista y cultural. Al ceder este territorio a MAGA y no articular una política propia contra las élites, los demócratas han permitido a Trump arrogarse el papel de populista, a pesar de que sus políticas representan una enorme bendición para el poder corporativo.

Los demócratas tienen una ardua batalla: una política populista de izquierdas creíble implicaría realmente cortar lazos con algunas de las élites, grupos de interés y electorados que han estado cultivando desde la década de 1980. Esto no está exento de costos, pero a los demócratas les costaría aún más no hacerlo.

Una campaña a la deriva

Por supuesto, el Partido Demócrata nunca iba a experimentar una transformación radical en el transcurso de una única y muy truncada carrera presidencial. Pero la avaricia de las empresas y la subida de los precios fueron un tema importante de la campaña en septiembre, y muchos colaboradores de Harris arremetieron contra las grandes farmacéuticas, la especulación de Wall Street y el 1%. Sin embargo, en las semanas previas a las elecciones, la campaña ha intentado distanciarse de todo lo que oliera remotamente a un programa económico contra las élites, dando marcha atrás en compromisos anteriores relativos a los controles de precios y los impuestos los impuestos sobre las ganancias de capital. En su lugar, el New York Timesinforma que la campaña de Harris ha recurrido a amigos de Wall Street en busca de estrategia y asesoramiento político, lo que ha llevado al multimillonario Mark Cuban a declarar alegremente que los «principios progresistas . . . del Partido Demócrata . . . han desaparecido. Ahora es el partido de Kamala Harris».

El «partido de Kamala Harris» tiene muchas propuestas políticas. Desde finales de agosto, la campaña ha dado a conocer un plan para no regular las criptomonedas, estimulando una afluencia de donaciones de campaña de la industria. Lanzaron una Agenda de Oportunidades para Hombres Negros, proporcionando una serie de exenciones fiscales y programas de préstamos que empoderarían a los hombres negros para convertirse en, entre otras cosas: inversores de blockchain, propietarios de dispensarios de marihuana, propietarios de pequeñas empresas, maestros de escuelas públicas y participantes en «programas de mentores» financiados por el gobierno. Sus políticas económicas centrales subvencionarían nuevas pequeñas empresas, ampliarían el crédito fiscal por hijos y por ingresos del trabajo, y proporcionarían exenciones fiscales para los compradores de vivienda de primera generación que hayan pagado su alquiler a tiempo durante dos años.

Algunas de estas políticas podrían ser buenas, pero es difícil saber qué las mantiene unidas. En lugar de decir a los ciudadanos lo que piensa hacer por ellos aquí y ahora, Harris está resucitando un lenguaje neoliberal desgastado de procesos y movimiento, de empujones, incentivos y evaluación de necesidades, de «desarrollo de soluciones» y «ampliación de oportunidades», una serie de mejoras incrementales para problemas que nadie ha causado. Este enfoque microdirigido encaja bien con una campaña que no tiene una posición clara frente al statu quo, una campaña que se contenta con subcontratar su política a consultores de Wall Street y al complejo industrial de grupos de reflexión. Al ser preguntada sobre cómo se diferenciaría su administración de la de Biden, Harris respondió: «No se me ocurre nada», para luego dar marcha atrás y anunciar que planea incluir a un republicano en su gabinete.

En la medida en que la campaña de Harris ha tenido una narrativa global, no ha sido la «libertad» o enfrentarse a las élites corporativas; ha sido Donald Trump y la amenaza que representa.

La campaña pasó la semana previa al día de las elecciones en una gira por el «muro azul» con Liz Cheney para cortejar a los independientes y a los republicanos moderados. Como dice la CNN, estos «actos no pretenden centrarse en propuestas políticas progresistas, sino en advertencias sobre lo que podría significar un segundo mandato de Trump». Nuestro sondeo sugiere que esta estrategia ha sido un grave error, dado que el mensaje sobre la amenaza de Trump a la democracia obtiene unos resultados especialmente lamentables entre los independientes y los republicanos moderados.

Tiene el apoyo neto más bajo entre estos grupos, y una comparación del apoyo relativo a las diferentes estrategias de comunicación muestra que el mensaje sobre la democracia obtuvo una puntuación más baja que la mayoría de los otros mensajes entre el 30% de los independientes y los republicanos moderados. Recibió más apoyo que las alternativas populares sólo entre el 10 y el 15 por ciento de los independientes y los republicanos moderados. En otras palabras, el mensaje de la democracia es un gran perdedor precisamente entre los grupos que la gira de Cheney-Harris intentaba ganar.

Con su gira por el muro azul, Harris casi parecía decidida a hacer el trabajo de Trump por él. Decía a los votantes: «Los expertos de Washington y los multimillonarios razonables están de acuerdo en que Trump es demasiado peligroso para ser presidente», posicionándolo efectivamente como el enemigo de un establishment y un statu quo profundamente impopulares.

No todo está perdido

En el último mes, la sensación de posibilidad y optimismo tras la Convencion Nacional Demócrata se ha visto eclipsada por la realidad de la política del establishment demócrata y una caída en las encuestas. La dirección de la campaña en las últimas semanas ha perjudicado a Harris entre los votantes en general, pero especialmente entre los votantes de la clase trabajadora en estados como Pensilvania. De hecho, dada la peculiar forma en que se han ponderado las encuestas en este ciclo, la clase trabajadora puede ser incluso más decisiva de lo que sugieren los sondeos.

Aunque los mensajes demócratas de Harris no parecen haber sido eficaces entre los votantes, sí lo han sido a la hora de suprimir la disidencia del ala progresista de su propio partido, que está legítimamente aterrorizada ante una segunda presidencia de Trump. Han permanecido en silencio mientras Harris seguía las indicaciones de los dirigentes del partido, los donantes y los asesores de Wall Street en todo, desde los impuestos sobre las ganancias de capital hasta Palestina. Pero su silencio no le ha hecho ningún favor a su campaña.

No obstante, los demócratas siguen teniendo una sólida oportunidad en las elecciones de hoy. El discurso de Harris sobre el aborto parece haber sido bastante eficaz con los moderados y la base demócrata. Por otra parte, el principal super PAC de la campaña de Harris, Future Forward, ha intentado cambiar el énfasis hacia cuestiones económicas, registrando un sorprendente disenso público con los mensajes de Harris centrados en la democracia. Uno de sus anuncios más difundidosde cara al día de las elecciones contrasta los planes de Harris de reducir los impuestos a la clase media (posiblemente su postura más directa y popular) con los planes de Trump de conceder exenciones fiscales a los multimillonarios.

Mucho pende de un hilo hoy, y una segunda presidencia de Trump plantea inmensos peligros para la democracia estadounidense. Pero la viabilidad de esa democracia también depende de cómo resuelvan los demócratas la tensión en el núcleo del partido: ¿Serán el partido de las clases profesionales y las élites corporativas, o abandonarán a sus antiguos aliados para defender a los trabajadores contra un sistema corrupto?"             (, JACOBINLAT, 05/11/24, gráficos en el original)

11.9.24

Por qué el mundo político se ha movido hacia la derecha... Alemania del Este ha sido tratada como si fuera la Europa del sur interior. Ha ocurrido igual con otras muchas regiones occidentales, y sin esa brecha geográfica no sería posible comprender las derivas políticas de los últimos años en EEUU, Francia, Países Bajos, Reino Unido o España... Es normal que los ciudadanos de estas regiones noten en su vida cotidiana el declive, deseen cambios y reaccionen políticamente. En ese malestar se ancla AfD: es su punto de partida, su condición de posibilidad... las cuestiones culturales en las que se centran tienen un obvio anclaje en el agravio... Ese es el mensaje de las nuevas derechas: las clases progresistas se olvidan de su país, de sus ciudadanos y favorecen al inmigrante; nos ignoran, nos desprecian, les benefician a los otros y les dan las ayudas que nosotros no recibimos, y así sucesivamente... esas poblaciones deterioradas, que no han reaccionado políticamente a sus malas condiciones materiales, sí lo hacen contra el desprecio. En ese anclaje, que es muy importante comunicativamente, está el fuego que aviva el crecimiento de nuevas fuerzas políticas... La opción alemana que ha crecido, BSW, es muy diferente de la izquierda de los pasados tiempos... y por eso su líder, Wagenknecht, cuya inteligencia política es notable, tituló su libro como "Los engreídos", al hablar de la izquierda tradicional (Esteban Hernández)

 "En la política los ejes importan mucho, y lo que Alemania subraya, en primer lugar, es que el eje político occidental se está desplazando hacia la derecha. En la antigua RFA, la CDU, el partido conservador sistémico, domina las encuestas, y en la RDA el auge del partido antisistémico de derechas, Alianza por Alemania, es muy notable. En los territorios con más recursos, ganan los conservadores y en los que sienten el declive con mayor preocupación, también. Las formaciones que están en el Gobierno, los socialdemócratas, los verdes y los liberales, caen en todas partes. Alemania está en crisis y el resultado es que los partidos en el poder caen en aprecio público, el principal partido de la oposición se dispara y el principal partido antisistema sube. Nada inesperado, por otra parte, salvo por el hecho de que los puntos de conexión ideológicos entre ambos partidos existen.

Esta realidad queda distorsionada en la lectura pública por el cortafuegos que se ha hecho a la AfD. Comunicativamente tiene fuerza, en el sentido de que se transmite a la sociedad que no se pactará con una formación rupturista, y por lo tanto esta no gobernará ni entrará en coaliciones de Gobierno. Sin embargo, es una posición que obvia el hecho de que ese partido tiene presencia en los parlamentos, vota leyes y promueve acciones. Lo explica con carga de profundidad Sahra Wagenknecht, líder de BSW, la otra formación en auge en Alemania, en su libro Los engreídos (Lola Books): "De la triada compuesta por el liberalismo económico, los recortes sociales y la globalización (que ha caracterizado la política de los últimos años) muchos partidos de extrema derecha sólo cuestionan la globalización y sobre todo lo hacen por el aspecto migratorio". Sin embargo, "es habitual que en el Bundestag, la AfD vote en contra de aumentar el Hartz IV, en contra de aumentar el salario mínimo o en contra de poner un tope efectivo a los alquileres, bajo el argumento de que sería un ataque contra la libertad de empresa". En ese sentido, ninguna diferencia con los partidos conservadores tradicionales.

Mientras se negaba legitimidad a las extremas derechas, se acogían por parte de los gobiernos conservadores algunas de sus propuestas

Incluso en el asunto inmigratorio, las divergencias son menores de las que parecen. El control de la inmigración, y por tanto la adopción de medidas más duras contra la misma, son ya comunes en toda Europa, desde Bruselas hasta Alemania pasando por Italia o España. Hay obvias diferencias en cuanto al tipo de medidas que promueven la extrema derecha y el resto de partidos, pero también debe reconocerse que la influencia de la primera se está asentando. El cambio en la UE respecto de la inmigración empieza a ser claramente perceptible en sus políticas.

En última instancia, los partidos de la derecha populista y extrema son competidores de los de la derecha tradicional en el plano electoral. De modo que no es extraño que, para captar votantes o evitar su fuga, las formaciones conservadoras más cercanas al establishment promuevan medidas y argumentos que eviten su caída en voto. Es una tendencia que ha estado presente en la política europea de los últimos años, de modo que mientras se negaba legitimidad a las extremas derechas, se acogían por parte de los gobiernos conservadores algunas de sus propuestas. No sería extraño, pues, que en 2025 ganase la CDU/CSU las elecciones germanas, y la AfD, incluso sin gobernar, apoyase en el parlamento algunas de sus políticas económicas, de inmigración o de energía.

La suma de todos estos factores señala algunas de las causas por las que eje político se ha desplazado hacia la derecha, pero dice menos de la situación en las izquierdas, donde los movimientos son significativos.

El giro en la izquierda

El problema último de los partidos de izquierda no es tanto el crecimiento de fuerzas extrasistémicas como su propio declive. El desplazamiento de eje no solo implica que la suma de los partidos conservadores tradicionales y las nuevos derechas sea superior en muchos lugares al resto de fuerzas políticas, sino la desaparición del discurso público, salvo en espacios porcentualmente marginales, de las fuerzas políticas que estaban más allá de la socialdemocracia tradicional. La excepción es Francia con LFI, el partido de Mélenchon, y se le ha hecho un cortafuegos para impedir que nombre a un primer ministro. Pero, fuera de París, donde se está intentando que el partido socialista encabece la izquierda y relegue a La Francia Insumisa, en el resto de territorios occidentales la izquierda pierde peso de manera notable.

La gran opción ideológica de la izquierda es impedir que la extrema derecha llegue al poder: ese es el núcleo de la campaña de Kamala Harris

EEUU es un ejemplo: las fuerzas de Occupy Wall Street y Bernie Sanders, que tan potentes fueron durante la década pasada, están sorprendentemente desaparecidas en estas elecciones, mientras que Harris concurre a las elecciones con un programa con muchas incógnitas, pero más conservador que el de Biden. En España, el ámbito de Podemos y Sumar está en evidente declive, mientras se consolida el PSOE. Syriza ya no es influyente y Die Linke está claramente a la baja, como lo están los verdes. La opción alemana que ha crecido, BSW, es muy diferente de la izquierda de los pasados tiempos, pero también es, hasta ahora, una opción únicamente germana. Los partidos socialdemócratas, como el SPD germano, los laboristas de Keir Starmer, o los socialistas franceses, traten de adoptar posturas más centristas. Es decir, el desplazamiento del eje alcanza a todo el espectro político: la derecha gira más hacia la derecha y la izquierda más hacia el centro.

Este último movimiento es lógico en la medida en que la gran opción discursiva de la izquierda es impedir que la extrema derecha llegue al poder. En consecuencia, precisa de caracteres sistémicos que aglutinen a quienes defienden la democracia frente a las posturas autoritarias. La campaña de Kamala Harris se basa exactamente en esto, como lo fue la de Sánchez en las últimas elecciones generales: su propuesta central consistía en evitar que la extrema derecha llegase al poder. La campaña antiautoritaria es dirigida y liderada por la izquierda sistémica prácticamente en todas partes. Y eso cuando no es aprovechada por un liberal como Macron.

Una pelea cultural y moral

En este escenario, las noticias que han llegado de Turingia y Sajonia han sido interpretadas desde la lectura estándar. La AfD y BSW están creciendo gracias a tres tipos de mensajes: los xenófobos, que engañan a los alemanes diciéndoles que los inmigrantes les roban los trabajos y las ayudas; los conspiranoicos, ya que se trata de gente que rechazó los encierros por la Covid y son a menudo antivacunas; y los prorrusos, que coquetean sin ambages con Putin. Esos mensajes, además, están anclados en falsedades de partida, tergiversan la realidad para impulsar el odio, y se aprovechan de situaciones difíciles para canalizar el malestar contra los inmigrantes. Y, a pesar de que en el día a día los habitantes de esas regiones no se ven perjudicados por la inmigración, porque allí es mucho menor que en otras zonas de Alemania, se dejan engañar por estos mensajes.

Una versión de esta dinámica guerracivilista en el discurso está claramente presente en nuestro día a día comunicativo

Hay una versión más atrevida, ya que hay quienes, dentro de la izquierda, señalan que estos votantes no son manipulados, simplemente han visto legitimadas sus tendencias fascistas latentes y las han dejado salir. Es una versión todavía más dudosa que la anterior; y si fuera cierta, dejaría a las democracias sin otra opción que ir a la guerra civil. Una versión de esto, en el terreno discursivo, está claramente presente en nuestro día a día comunicativo. La campaña estadounidense, sin ir más lejos, está recorrida por esta clase de tensión.

Sin embargo, se acoja la versión que se acoja, siempre la primera la dominante, ofrece una lectura sorprendentemente moralista de los resultados electorales y del auge de la extrema derecha: sus votantes son gente poco ilustrada (por eso las derechas tienen mejores resultados entre los sectores sin estudios universitarios), fácil de manipular, que se recuesta en los hombros del rencor y la nostalgia y que ha encontrado en los varones jóvenes y machistas una posibilidad de crecimiento.

Esta lectura puede ser consoladora para quien la emite, pero trasluce una mirada de superioridad evidente, en especial cuando es difundida por expertos, clases con recursos, periodistas con visibilidad mediática o sectores pertenecientes a clases formadas urbanas. Tiende a producir un efecto en sentido contrario, porque se desarrolla justo en el plano en el que las derechas están llevando a cabo su pelea ideológica, en el cultural y moral.

El agravio

Alemania del Este ha sido una zona que ha crecido mucho menos que el resto del país. Llegó a la reunificación con grandes esperanzas que han sido defraudadas de manera sistemática, ya que ha sido tratada como si fuera la Europa del sur interior. Ha ocurrido igual con otras muchas regiones occidentales, y sin esa brecha geográfica no sería posible comprender las derivas políticas de los últimos años en EEUU, Francia, Países Bajos, Reino Unido o España. Uno de los efectos de la globalización ha sido la distancia enorme que ha provocado entre las grandes urbes y las ciudades pequeñas e intermedias, lo que ha generado brechas ideológicas profundas. Es normal que los ciudadanos de estas regiones noten en su vida cotidiana el declive, deseen cambios y reaccionen políticamente. En ese malestar se ancla AfD: es su punto de partida, su condición de posibilidad. Las temáticas que eligen pueden ofrecer una explicación o canalizar un descontento, pero con eso no bastaría, porque tampoco resolverían sus problemas. Lo que ofrecen es algo más: las cuestiones culturales en las que se centran tienen un obvio anclaje en el agravio.

Los grandes temas de fondo progresistas, como la simpatía por la inmigración, la reconversión verde, el desarrollo digital y el incremento de derechos ligados a cuestiones identitarias, que son los asuntos a los que se ha vinculado el desarrollo europeo, y con ellos a una mejora en las condiciones de vida, pueden resultar más atractivos o menos para las poblaciones occidentales, pero la partida política no se juega en el plano de las ideas, sino en el de sus difusores.

Ese fuego es avivado por los nuevos partidos. Por algo Wagenknecht, cuya inteligencia política es notable, tituló su libro 'Los engreídos'

Lo que está de fondo no es tanto la creencia, que es evidente para parte de la población, de que ese programa no logrará revertir su mala situación, sino el revestimiento de esas políticas desde el sentimiento de agravio. Ese es el mensaje de las nuevas derechas: las clases progresistas se olvidan de su país, de sus ciudadanos y favorecen al inmigrante; nos ignoran, nos desprecian, les benefician a los otros y les dan las ayudas que nosotros no recibimos; llevan a cabo políticas para proteger el clima que nos perjudican, mientras ellos viajan en aviones a menudo; en la pandemia se iban a vivir a casas muy espaciosas en lugares poco poblados, y nosotros no podíamos salir de una vivienda pequeña; nos insultan llamándonos violadores en potencia, mientras que permiten que hombres compitan contra mujeres en las Olimpiadas y les roben las medallas; y así sucesivamente.

Son discursos que están permanentemente presentes en el suelo público, a veces funcionan y otras funcionan muy bien, no por su mayor o menor correspondencia con la realidad, sino por la sensación de suficiencia, cuando no superioridad moral, con la que los progresistas transmiten sus ideas. Y más aún cuando la respuesta progresista al crecimiento de la extrema derecha ha consistido en actuar, en el discurso (la práctica es otra cosa), doblando la apuesta. El remedio contra la xenofobia es traer más inmigración; contra la conspiranoia, insistir en la ciencia; contra el fascismo, más derechos; contra las mentiras, difundir la verdad; contra el machismo, más feminismo.

El problema de todo esto es que facilita que la lucha política se lleve a cabo en términos todavía más moralistas, que se revista como un choque entre clases ilustradas y clases ignorantes que se dejan engañar y que se describa como la lucha entre gente que mira por encima del hombro a los demás: antes los consideraban deplorables y ahora los señalan como raros (weird). De modo que esas poblaciones deterioradas, que no han reaccionado políticamente a sus malas condiciones materiales, sí lo hacen contra el desprecio. En ese anclaje, que es muy importante comunicativamente, está el fuego que aviva el crecimiento de nuevas fuerzas políticas. Wagenknecht, cuya inteligencia política es notable, no tituló su libro Los engreídos en vano."                         (Esteban Hernández, El Confidencial,  07/09/24)

4.9.24

Sahra Wagenknecht recupera, incluso con la tan estigmatizada nostalgia, los principios de lucha, solidaridad y cohesión social que caracterizaba a los obreros industriales de los setenta... y denuncia el “liberalismo de izquierdas”, un relato de la clase media universitaria, que es individualista y partidaria de una economía globalizada. Para ellos, hablar de derechos es defender colectivos identitarios para lograr cuotas de representación por diversidad étnica, religiosa, de género o de orientación sexual... desprecia a los sectores obreros o rurales, a los que observa con arrogancia porque usan coches diesel en lugar de eléctricos, compran carne industrial en Aldi y prefieren tener una familia y quedarse en su pueblo... Es por ello que grandes sectores populares se están incorporando a las filas de la ultraderecha ante la orfandad que sienten en las organizaciones de izquierda... Por supuesto no le han faltado los ataques desde la izquierda. La han llamado ultraderechista disfrazada de izquierda, xenófoba y hasta negacionista del Covid y del cambio climático... Yo he buscado en las más de cuatrocientas páginas de su libro esa xenofobia y ese negacionismo y no lo he encontrado... se reivindican conservadores, es verdad, pero no se trata de un conservadurismo político, sino de conservadurismo de los valores frente a lo que consideran una agresión del capitalismo globalizado... Wagenknecht piensa que si seguimos despreciando a todas esas personas y, desde nuestra arrogancia y superioridad moral, llamandoles fascistas porque creen que esos valores solo se los ofrece la ultraderecha, solo lograremos más enfrentamiento con vecinos a los que no hemos sido capaces de presentarles unas propuestas sugerentes desde la izquierda... Quizá va siendo hora de mirar a esos barrios obreros y regiones rurales que antes votaban izquierda y ahora se están yendo a la ultraderecha (Pascual Serrano)

"El partido alemán que salió de la izquierda y le dobló los votos en cinco meses.

A estas alturas ya todos conocemos los resultados de las elecciones al Parlamento Europeo y hemos sacado las principales conclusiones: victoria de la derecha, salto de la ultraderecha, mantenimiento de la socialdemocracia y fracaso de la izquierda y los verdes. Con ligeras variaciones, este panorama es el más generalizado en los diferentes países europeos. Sin embargo, hay un fenómeno en estos comicios que se está analizando poco y que merece ser estudiado porque puede ser perfectamente viable para llevarse a cabo en muchos países. Se trata del partido alemán Alianza Sahra Wagenknecht Por la Razón y la Justicia (BSW), un partido que se fundó hace cinco meses como una escisión de la izquierda (Die Linke) y les ha superado en más del doble de votos.

Pero vayamos a su inicio. El partido BSW nació en el pasado enero a partir de una asociación creada en septiembre por la diputada Sahra Wagenknecht, tras abandonar la directiva de Die Linke (La Izquierda). Doctora en Ciencias Económicas, Wagenknecht fue miembro del Parlamento Europeo desde julio de 2004 hasta julio de 2009, y desde 2009 es miembro del Bundestag alemán.

Pues bien, este nuevo partido reniega y se desmarca de la evolución dominante en los partidos de izquierda europeos. Según ellos, la izquierda europea actual ha adoptado lo que llaman unas posiciones alejadas de los sectores populares y trabajadores, se ha pasado a reivindicar luchas identitarias que fragmentan a la población en lugar de cohesionarla hacia reivindicaciones sociales universales. Sus críticas también se dirigen contra los discursos medioambientales mayoritarios que castigan a los sectores más humildes con tasas e impuestos ecológicos, mientras no afectan a las personas de mayor poder adquisitivo que pueden asumir todos esos gastos o incluso disfrutar de ayudas públicas ecológicas.

Su discurso estaba calando cada vez más entre los sectores más humildes de Alemania y se han cumplido las previsiones de éxito, al menos comparada con la izquierda hasta ahora existente. Mientras Die Linke logró el 2,7 % de los votos y se conformaba con 3 escaños de los cinco que tenía, los de Wagenknecht llegaban al 6,2 % y seis escaños, incluso más de los que tenía la izquierda en la legislatura pasada. Y todo ello con un partido creado hace cinco meses.

Sahra Wagenknecht explicó en un libro, recién traducido en España, “Los engreídos. Mi contraprograma en favor del civismo y de la cohesión social” (Lolabooks), su ideario, en el que comprobamos que es toda una enmienda a la deriva por la que ha discurrido la actual izquierda europea y parte también de la latinoamericana.

A diferencia de las habituales revisiones de la izquierda, que casi siempre son para abandonar elementos históricos y tradicionales de sus doctrina en aras de una supuesta modernidad, lo que hace Wagenknecht es enfrentar la modernidad de la izquierda para recuperar, incluso con esa tan estigmatizada nostalgia, los principios de lucha, solidaridad y cohesión social que caracterizaba a los obreros industriales de los setenta.

La autora alemana denuncia lo que denomina el “liberalismo de izquierdas”, un relato de la clase media universitaria, que, aunque se considera de izquierda, es individualista y partidaria de una economía globalizada. Para ellos, hablar de derechos es defender colectivos identitarios para lograr cuotas de representación por diversidad étnica, religiosa, de género o de orientación sexual. Es decir, un tratamiento desigual de los diferentes grupos, lo que, desde la perspectiva de Wagenknecht y sus partidarios, supone una clara contradicción con la defensa de las mayorías que debería ser el ADN de la izquierda.

La línea dominante de la izquierda, llamada desde algunos sectores posmoderna o woke, desprecia a los sectores obreros o rurales, a los que observa con arrogancia porque usan coches diesel en lugar de eléctricos, compran carne industrial en Aldi y prefieren tener una familia y quedarse en su pueblo, en lugar de viajar por el mundo.

Es por ello que, según la tesis del partido BSW, grandes sectores populares se están incorporando a las filas de la ultraderecha ante la orfandad que sienten en las organizaciones de izquierda. La alianza BSW ha tenido una acogida especialmente positiva en el este de Alemania. Allí, el nuevo partido obtuvo más del 13 por ciento de los votos, lo que la sitúa en el tercer lugar en esa parte del país. Muchos encuentran la explicación en elementos que se echan de menos de la época soviética como la defensa del Estado Nación y la negativa a enfrentarse a Rusia mediante las sanciones y la entrega de armas a Ucrania que está haciendo la UE.

Aunque los expertos habían pronosticado que la BSW recibiría votos procedentes de la ultraderecha AfD, los análisis del instituto Infratest Dimap lo desmienten. De los antiguos votantes del AfD, sólo 160.000 votaron por el partido de Wagenknecht. En cambio, alrededor de 520.000 votos del socialdemócrata SPD fueron para el BSW. Y 410.000 votos también provinieron de La Izquierda, a la que anteriormente pertenecía Wagenknecht. Es decir, un amplio espectro de la sociedad alemana ha encontrado sintonías con el discurso de BSW.

Por supuesto no le han faltado los ataques desde la izquierda. La han llamado ultraderechista disfrazada de izquierda, xenófoba y hasta negacionista del Covid y del cambio climático. Es decir, el cóctel perfecto para poder presentarla como una especie de Trump, Bolsonaro o Le Pen, pero con piel de izquierda para seducir. Yo he buscado en las más de cuatrocientas páginas de su libro esa xenofobia y ese negacionismo y no lo he encontrado. Por el contrario, he descubierto importantes razonamientos y duras críticas a la izquierda posmoderna y urbana dominante, comprendo bien los ataques que recibe.

Wagenknecht y su BSW se reivindican conservadores, es verdad, pero no se trata de un conservadurismo político, sino de conservadurismo de los valores frente a lo que consideran una agresión del capitalismo globalizado. Son sencillamente gentes que no quieren ser profesionales móviles y flexibles, sino que prefieren quedarse en su tierra; que la familia (por supuesto, no necesariamente de un hombre y una mujer) es una situación deseable a la que no pueden llegar debido a su precariedad económica. Gente que desea vivir en un entorno social estable, cohesionado con una menor desigualdad, y con sus valores y tradiciones.

Wagenknecht piensa que si seguimos despreciando a todas esas personas y, desde nuestra arrogancia y superioridad moral, llamandoles fascistas porque creen que esos valores solo se los ofrece la ultraderecha, solo lograremos más enfrentamiento con vecinos a los que no hemos sido capaces de presentarles unas propuestas sugerentes desde la izquierda. Porque quizá ha sido el supremacismo con el que les está mirando la izquierda universitaria y cosmopolita el que les está arrojando en los brazos de la ultraderecha. Una ultraderecha que ya es mayoría en Francia, Italia y Bélgica.

La realidad es que en las anteriores elecciones europeas el voto español de la izquierda más allá del PSOE fue del 18% y ahora se ha quedado en el 8%. Quizá va siendo hora de mirar a esos barrios obreros y regiones rurales que antes votaban izquierda y ahora se están yendo a la ultraderecha.

Leyendo el análisis del libro “Los engreídos” uno percibe que no está viendo el debate político de Alemania, sino el dilema al que debe enfrentarse la izquierda de toda Europa, como hemos podido ver en estas elecciones. Una izquierda que debe pensar en algo más que en aplaudir las identidades sentidas y airear el espantajo de que viene la ultraderecha, como si fuese por arte de magia y no hubiera ninguna explicación."           (Pascual Serrano, Globalter, 01/09/24)

1.9.24

Thoma Fazi: Pocos habrían predicho que Alemania se convertiría en el epicentro de la nueva revuelta populista de Europa, y mucho menos que ésta procedería tanto de la derecha como de la izquierda... El fenómeno Wagenknecht es fascinante... su plataforma puede describirse mejor como izquierda-conservadora... mezcla reivindicaciones que antaño se habrían asociado con la izquierda socialista-laboral, políticas gubernamentales intervencionistas y redistributivas para regular las fuerzas del mercado capitalista, pensiones y salarios mínimos más altos, generosas políticas de bienestar y seguridad social, impuestos sobre la riqueza, con posiciones que hoy se caracterizarían como culturalmente conservadoras: ante todo, un reconocimiento de la importancia de preservar y fomentar las tradiciones, la estabilidad, la seguridad y el sentido de comunidad... Esto implica políticas de inmigración más restrictivas y el rechazo del dogma multiculturalista... así la promoción de la cohesión social es una condición previa para la aplicación de políticas económicamente redistributivas... insiste en la importancia de la soberanía nacional y se muestra muy crítica con la Unión Europea, no sólo porque la UE es fundamentalmente antidemocrática y propensa a la captura oligárquica, sino porque no puede ser de otra manera, dado que hoy en día el Estado-nación sigue siendo la principal fuente de identidad colectiva y sentido de pertenencia de las personas... «El llamamiento a 'acabar con el Estado-nación' es, en última instancia, un llamamiento a 'acabar con la democracia y el Estado del bienestar'»... Wagenknecht también se ha convertido en la más firme crítica del apoyo militar alemán a Ucrania y del régimen de sanciones... considera la oposición a la guerra por poderes contra Rusia como parte de un replanteamiento mucho más profundo de la estrategia geopolítica de Alemania. Su objetivo es «liberarse de las garras geoestratégicas de Estados Unidos, guiándose por los intereses nacionales alemanes de supervivencia, en lugar de por la lealtad a la pretensión estadounidense de dominación política mundial»... su programa económico de izquierdas choca con la política económica neoliberal de la AfD... por lo que recibe apoyo principalmente de grupos socialmente marginados y de bajos ingresos, tradicionalmente el grupo objetivo clásico de los partidos socialdemócratas

 "Pocos habrían predicho que Alemania, conocida desde hace tiempo por tener la política más aburrida del continente, se convertiría en el epicentro de la nueva revuelta populista de Europa, y mucho menos que ésta procedería tanto de la derecha como de la izquierda. Y, sin embargo, eso es exactamente lo que está ocurriendo.

En las recientes elecciones europeas, como era de esperar, el partido populista de derechas Alternativa para Alemania (AfD) superó por primera vez al SPD de centro-izquierda, convirtiéndose en el segundo partido más grande del país después de la alianza de centro-derecha CDU/CSU. Mientras tanto, los dos grandes partidos obtuvieron entre los dos menos del 45% de los votos, frente al 70% de hace solo 20 años. Fue el mayor hundimiento de la corriente política alemana desde la reunificación.

La verdadera sorpresa, sin embargo, fue el impresionante rendimiento de un nuevo partido populista de izquierdas lanzado unos meses antes por el icono de la izquierda radical alemana: la Alianza Sahra Wagenknecht (BSW). En total, el partido obtuvo el 6,2% de los votos; pero, al igual que la AfD en elecciones anteriores, obtuvo mejores resultados en el este del país, con dos dígitos en todos esos estados, pero sólo el 5% en el oeste. Más que nada, las elecciones revelaron que la Alemania posterior a la reunificación sigue estando claramente dividida a lo largo de su antigua frontera: mientras que los alemanes occidentales también están mostrando un creciente descontento con la actual coalición SPD-Verdes-FDP, pero permaneciendo dentro de los límites de la política dominante, los alemanes orientales se están rebelando contra el propio establishment político.

 Así, con las elecciones estatales que tendrán lugar en tres estados del este durante el próximo mes -en Sajonia y Turingia este fin de semana, y en Brandeburgo el 22 de septiembre- no es de extrañar que el centro alemán se esté preparando para el colapso. Pero aunque se da por descontado que la AfD logrará avances masivos, ya que el partido lidera las encuestas en dos de los tres estados, la verdadera sorpresa puede ser, una vez más, el nuevo partido de Sahra Wagenknecht, que actualmente obtiene entre un 11% y un 19% en las encuestas.

Por ahora, Wagenknecht ha descartado formar gobiernos regionales de coalición con la AfD, así como con cualquier partido que apoye el suministro de armas a Ucrania (lo que significa la mayoría de los partidos mayoritarios). Pero su mera presencia en las urnas erosionará aún más el apoyo a la coalición gobernante, y hará muy difícil, si no imposible, que ésta pueda formar gobiernos de coalición centristas a nivel estatal.

El fenómeno Wagenknecht es fascinante y único por varias razones. No sólo ha conseguido establecer al BSW como una de las principales fuerzas políticas del país en cuestión de meses, sino que además se presenta con una plataforma única en el panorama político occidental, al menos entre los partidos electoralmente relevantes. Aunque Wagenknecht tiende a evitar enmarcar su partido en los manidos términos izquierda-derecha, su plataforma puede describirse mejor como izquierda-conservadora.

En resumen, esto significa que mezcla reivindicaciones que antaño se habrían asociado con la izquierda socialista-laboral -políticas gubernamentales intervencionistas y redistributivas para regular las fuerzas del mercado capitalista, pensiones y salarios mínimos más altos, generosas políticas de bienestar y seguridad social, impuestos sobre la riqueza- con posiciones que hoy se caracterizarían como culturalmente conservadoras: ante todo, un reconocimiento de la importancia de preservar y fomentar las tradiciones, la estabilidad, la seguridad y el sentido de comunidad.

Esto implica inevitablemente políticas de inmigración más restrictivas y el rechazo del dogma multiculturalista, en el que las minorías se niegan a reconocer la superioridad de las normas comunes, lo que amenaza la cohesión social. Como reza el texto fundacional del partido «La inmigración y la coexistencia de culturas diferentes pueden ser enriquecedoras. Sin embargo, esto sólo es válido mientras la afluencia se limite a un nivel que no sobrecargue nuestro país y su infraestructura, y mientras la integración se promueva activamente y tenga éxito». Lo que esto parece en la práctica quedó claro en 2015, cuando Wagenknecht criticó duramente la decisión de la entonces canciller Angela Merkel de permitir la entrada de cientos de miles de solicitantes de asilo, invocando el mantra «Wir schaffen das!» («¡Podemos hacerlo!»). Un año después, tras una serie de atentados terroristas perpetrados por inmigrantes, Wagenknecht hizo pública una declaración en la que se leía: «La acogida e integración de un gran número de refugiados e inmigrantes conlleva problemas considerables y es más difícil que el frívolo «¡Podemos hacerlo!» de Merkel».

Más recientemente, tras un ataque mortal con cuchillo en Mannheim, Wagenknecht volvió a arremeter contra las políticas de inmigración del gobierno: «Básicamente, nosotros también financiamos la radicalización [del atacante inmigrante]. Vivía de nosotros, del dinero de los ciudadanos». Su énfasis en los beneficios es aquí crucial. Para Wagenknecht, la promoción de la cohesión social, incluso mediante la restricción de los flujos de inmigración, no debe considerarse sólo como un fin positivo en sí mismo, por ejemplo por razones de seguridad pública, sino también como una condición previa para la aplicación de políticas económicamente redistributivas, e incluso de la propia democracia. Sólo una comunidad política definida por una identidad colectiva -un demos- es capaz de comprometerse con un discurso democrático y con el correspondiente proceso de toma de decisiones, y de generar los lazos afectivos y de solidaridad necesarios para legitimar y sostener políticas redistributivas entre clases y/o regiones. En pocas palabras, si no hay demos, no puede haber democracia efectiva, y mucho menos una democracia social.

Por supuesto, lo contrario también es cierto: la cohesión social necesaria para sostener el demos sólo puede florecer en un contexto en el que el Estado intervenga para frenar los efectos socialmente destructivos del capitalismo sin restricciones (incluido el empuje hacia la libre circulación de la mano de obra). En otras palabras, según Wagenknecht, no hay contradicción entre ser económicamente de izquierdas y culturalmente conservador, sino que ambas cosas van de la mano. Tampoco es un concepto especialmente nuevo, añade: ésta era básicamente la plataforma (ganadora) de la mayoría de los partidos socialistas y socialdemócratas europeos de la vieja escuela.

Esta es también la razón por la que Wagenknecht insiste tanto en la importancia de la soberanía nacional y se muestra tan crítica con la Unión Europea: no sólo porque la UE es fundamentalmente antidemocrática y propensa a la captura oligárquica, sino porque no puede ser de otra manera, dado que hoy en día el Estado-nación sigue siendo la principal fuente de identidad colectiva y sentido de pertenencia de las personas y, por tanto, la única institución territorial (o al menos la mayor) a través de la cual es posible organizar la democracia y lograr el equilibrio social. Como ella misma ha dicho «El llamamiento a 'acabar con el Estado-nación' es, en última instancia, un llamamiento a 'acabar con la democracia y el Estado del bienestar'».

En resumen, Sahra Wagenknecht es cualquier cosa menos la típica izquierdista occidental. Esto se debe en parte a que nació al otro lado del Telón de Acero, en la antigua Alemania del Este, en 1969. En su adolescencia se interesó por la filosofía y la economía marxista, pero el final de la RDA socialista, en 1989, fue, según su biógrafo Christian Schneider, «el momento en que nació la Wagenknecht política». Ella lo vivió como un «horror único»: como muchos alemanes del Este, creía en un socialismo reformado, no en abrazar la vía capitalista de Alemania Occidental.

Ese mismo año se afilió al partido comunista de Alemania Oriental, poco antes de la caída del Muro de Berlín, y luego, tras la reunificación, se convirtió en una de las figuras más destacadas del sucesor del partido, el Partido del Socialismo Democrático (PDS). Ya entonces destacaba por ser a la vez más radical y más conservadora que sus compañeros comunistas. «Esta joven quería desesperadamente volver a los viejos tiempos» de la RDA, dijo un antiguo dirigente del PDS.

Cuando, en 2007, el PDS se fusionó con una escisión del SPD para dar lugar a Die Linke (La Izquierda), Wagenknecht se convirtió rápidamente en una de las principales voces del partido y en el rostro de la izquierda radical alemana. El apoyo a Die Linke se disparó hasta el 12% de los votos en las elecciones al Bundestag de 2009, y se mantuvo cerca de ese porcentaje durante casi una década. Wagenknecht también se convirtió en una figura clave en el Parlamento alemán, como copresidenta parlamentaria de su partido de 2015 a 2019 y como líder de la oposición (contra la gran coalición de la canciller Angela Merkel) hasta 2017. Fue allí donde se ganó una reputación por su poderosa retórica y su capacidad para desafiar las narrativas políticas dominantes.

Su relación con Die Linke, sin embargo, se volvió cada vez más tensa con los años: mientras que el partido fue capturado por el tipo de «neoliberalismo progresista» que ha infectado, en un grado u otro, a todos los partidos de izquierda occidentales, Wagenknecht se mantuvo fiel a sus raíces socialistas de la vieja escuela. Sus puntos de vista sobre la inmigración y otros temas -que una vez habrían sido completamente no controvertidos en los círculos socialistas- se estaban convirtiendo rápidamente en anatema en la izquierda. Finalmente, en noviembre de 2019, Wagenknecht anunció su dimisión como líder parlamentaria, alegando agotamiento. Dos años después, en las elecciones federales, Die Linke obtuvo menos del 5% de las papeletas y perdió casi la mitad de sus escaños, su peor resultado histórico. Para Wagenknecht, no fue una sorpresa.

En un libro muy comentado publicado ese mismo año, Die Selbstgerechten («Los santurrones»), Wagenknecht explicaba las razones de su creciente distanciamiento de la izquierda dominante. «Sin embargo, el movimiento progresista actual está dominado por lo que Wagenknecht denomina la «izquierda del estilo de vida», cuyos miembros «ya no sitúan los problemas sociales y político-económicos en el centro de la política de izquierdas. En lugar de tales preocupaciones, promueven cuestiones relativas al estilo de vida, los hábitos de consumo y las actitudes morales». Señala además que, lejos de ser liberales, los izquierdistas de hoy tienden a ser viciosamente autoritarios.

Para Wagenknecht, el matiz autoritario de este nuevo movimiento quedó claro durante la pandemia. A diferencia de prácticamente todos sus colegas -y de la mayor parte de la izquierda alemana-, Wagenknecht se convirtió en una aguda crítica de los «interminables cierres» del gobierno y del programa coercitivo de vacunación masiva (ella misma se negó a vacunarse). Desde la invasión rusa de Ucrania, Wagenknecht también se ha convertido en la más firme crítica del apoyo militar alemán a Ucrania y del régimen de sanciones. Esto agravó su ruptura con Die Linke, que votó a favor de las sanciones económicas contra Rusia.

En ese momento, su ruptura se hizo inevitable y, finalmente, a finales del año pasado, Wagenknecht anunció el lanzamiento de su nuevo partido. La elección provocó la desintegración de Die Linke, que se vio obligado a disolver su facción parlamentaria, y ahora prácticamente ha desaparecido del mapa político, al recibir sólo el 2,7% de los votos en las elecciones europeas de junio.

Desde el lanzamiento del BSW, Wagenknecht ha situado la cuestión de la distensión con Rusia en el centro de la plataforma de su partido. En varias ocasiones ha subrayado que la subordinación de Alemania a la estrategia de guerra por delegación de Estados Unidos y la OTAN en Ucrania, y su negativa a entablar conversaciones diplomáticas con Rusia, es contraproducente tanto desde el punto de vista económico como geopolítico. No sólo el embargo de petróleo y gas a Rusia es la principal razón del colapso de la economía alemana, sino que el Gobierno está, según declaró ante el Bundestag, «jugando negligentemente con la seguridad y, en el peor de los casos, con la vida de millones de personas en Alemania». Más recientemente, ha condenado enérgicamente el plan del gobierno de desplegar misiles estadounidenses de largo alcance en territorio alemán y, quizá lo más dramático, ha desafiado la omertá que rodea el ataque al Nord Stream. De hecho, tras las recientes revelaciones sobre el posible encubrimiento por parte del gobierno alemán de la implicación ucraniana, pidió una investigación pública, afirmando que «si las autoridades alemanas hubieran conocido de antemano el plan de ataque a Nord Stream 1 y 2, entonces tendríamos el escándalo del siglo en la política alemana».

Es importante señalar que Wagenknecht considera la oposición a la guerra por poderes contra Rusia como parte de un replanteamiento mucho más profundo de la estrategia geopolítica de Alemania. Su objetivo, como ha escrito Wolfgang Streeck, es «liberarse de las garras geoestratégicas de Estados Unidos, guiándose por los intereses nacionales alemanes de supervivencia en lugar de por la Nibelungentreue, o lealtad, a la pretensión estadounidense de dominación política mundial». Esto implica necesariamente el restablecimiento de relaciones políticas y económicas a largo plazo con Rusia, que podrían sentar las bases de una nueva arquitectura de seguridad euroasiática, e incluso de una comunidad euroasiática de Estados y economías.

Por otra parte, Wagenknecht ha criticado las políticas «verdes» y de afirmación de género del gobierno, argumentando que «el suministro energético de Alemania no puede garantizarse actualmente sólo con energías renovables», y votando en contra de un proyecto de ley aprobado por el Parlamento alemán a principios de este año para facilitar el cambio de género legal. «Su ley convierte a padres e hijos en cobayas de una ideología que sólo beneficia al lobby farmacéutico», afirmó.

Si esto parece contundente, es porque lo es. Pero en conjunto, la economía de izquierdas de la vieja escuela de Wagenknecht, su política exterior a favor de la paz y contra la OTAN y su visión cultural conservadora están calando entre los votantes. Y como resultado, se encuentra ahora en el punto de mira tanto del establishment como de sus competidores populistas. De hecho, en la derecha en particular, la crítica común que se le hace es que, al alejar a los votantes de la AfD, está debilitando y dividiendo el frente populista de Alemania.

Sin embargo, las pruebas son poco sólidas. Más bien, las encuestas de opinión muestran que la aparición del BSW no parece haber afectado demasiado a la AfD, que sigue manteniendo una cuota de voto del 30% en varios estados del este de Alemania y del 20% a nivel nacional. De hecho, según un estudio reciente de la Fundación Hans Böckler, el BSW está atrayendo a votantes del centro y de la izquierda (Die Linke y el SPD) más que a la AfD. La clave parece estar en el programa económico de izquierdas del BSW, que choca con la política económica neoliberal de la AfD: el estudio muestra que el BSW recibe apoyo principalmente de grupos socialmente marginados y de bajos ingresos, tradicionalmente el grupo objetivo clásico de los partidos socialdemócratas. También explica por qué goza de un apoyo mucho mayor en el este de Alemania, que tiene un PIB per cápita y unos salarios significativamente más bajos, y unas tasas de desempleo y pobreza más altas que Alemania occidental.

Esto sugiere que el programa conservador de izquierdas de Wagenknecht está ocupando un espacio político que antes estaba vacante, atrayendo a votantes alemanes desilusionados con la política dominante, e incluso muy críticos con la inmigración, pero que sin embargo se sienten incómodos votando a un partido que tiene innegables rasgos xenófobos o racistas. El BSW, por el contrario, representa una opción «no extremista» mucho más aceptable para estos posibles votantes populistas. Esto se ve confirmado por el hecho de que, a pesar de su dura postura frente a la inmigración, el BSW parece estar ganándose a un número superior a la media de votantes de origen inmigrante, un grupo demográfico que tradicionalmente ha votado a partidos de centro-izquierda. En resumen, los datos sugieren que Wagenknecht está ampliando el frente populista en lugar de simplemente desplazar al grupo populista existente.

Esto, junto con el hecho de que Wagenknecht se encuentra entre los tres políticos más populares de Alemania, explica por qué la clase dirigente ha decidido pasar al ataque. En las últimas semanas, los medios de comunicación han lanzado una campaña implacable contra Wagenknecht y el BSW, centrada, como era de esperar, en las afirmaciones de que es una «propagandista rusa», o «Vladimir Putinova», como la llamó un artículo. De forma aún más desesperada, algunos han intentado pintar a Wagenknecht, una comunista literal, como una «extremista de extrema derecha». Esta misma semana, Político, propiedad del titán alemán de los medios de comunicación Axel Springer, se preguntaba sin ironía: «¿Es la nueva superestrella alemana tan de extrema izquierda que es de extrema derecha?».

La respuesta, por supuesto, es un aburrido nein. Y, sin duda, los resultados de este fin de semana plantearán una cuestión mucho más interesante: con unas elecciones generales previstas para el año que viene, ¿ha encontrado Alemania por fin un político capaz de romper su muro ideológico?"

( , UnHerd, 31/08/24, traducción DEEPL, enlaces en el original)