Mostrando entradas con la etiqueta b. Unión Europea: pobres y ricos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta b. Unión Europea: pobres y ricos. Mostrar todas las entradas

1.9.26

Diego Fusaro: Islandia vota No en el referéndum sobre su permanencia en la UE... Más del 50 % de los votantes se ha pronunciado en contra de la posibilidad de formar parte de esa estructura tecnocrática, deprimente y represiva a la que se denomina, de forma pomposa y traicionera, Unión Europea, si se tiene en cuenta que la Unión Europea ha hecho que los pueblos y las naciones europeas estén más divididos y sean más conflictivos que nunca, en nombre de la competitividad, que puede entenderse legítimamente como el teorema fundacional del neoliberalismo... Se registraron resultados similares a los actuales en Islandia en Suiza en 1992, en Noruega en 1994, en Dinamarca en 2000 y en otros muchos casos. O incluso, como en el caso de Gran Bretaña en 2016, votan a favor de salir de la jaula de Bruselas... La moraleja es evidente y está a la vista de todos. Cuando se les pregunta, los pueblos europeos siempre dicen «no» al entramado tecnocrático de Bruselas, pues saben muy bien que va en contra de sus intereses y que, en esencia, supone una pérdida de derechos sociales y un empobrecimiento... no hay que olvidar las palabras del canciller alemán Helmut Kohl, quien admitió haber actuado «como un dictador» al imponer el euro y el Tratado de Maastricht, justificando esa decisión por el hecho de que un referéndum popular nunca habría dado un resultado positivo

"Ya es oficial: Islandia también ha dicho «no» a la adhesión a la Unión Europea mediante un referéndum. Más del 50 % de los votantes se ha pronunciado en contra de la posibilidad de formar parte de esa estructura tecnocrática, deprimente y represiva a la que se denomina, de forma pomposa y traicionera, Unión Europea: un nombre que promete lo contrario de lo que hace realidad, si se tiene en cuenta que la Unión Europea ha hecho que los pueblos y las naciones europeas estén más divididos y sean más conflictivos que nunca, en nombre de la competitividad y de ese «mors tua, vita mea» que puede entenderse legítimamente como el teorema fundacional del neoliberalismo. 

Como he repetido infinitas veces, la Unión Europea no es más que la reorganización verticalista del sistema capitalista tras la fecha trascendental de 1989. Una revolución pasiva, diría Gramsci, con la que los grupos dirigentes han reforzado el vínculo de poder en detrimento de los pueblos, los trabajadores y las clases medias. Casi siempre se evoca de forma inapropiada la idea de Europa para justificar la Unión Europea, que no es más que la perversión más flagrante de esa idea: la noble idea de Europa de Kant o de Husserl está tan lejos de la jaula de acero de los euromaníacos de Bruselas como lo está Marte de Plutón.

 Se registraron resultados similares a los actuales en Islandia en Suiza en 1992, en Noruega en 1994, en Dinamarca en 2000 y en otros muchos casos. La moraleja es evidente y está a la vista de todos. Cuando se les pregunta, los pueblos europeos siempre dicen «no» al entramado tecnocrático de Bruselas, pues saben muy bien que va en contra de sus intereses y que, en esencia, supone una pérdida de derechos sociales y un empobrecimiento. 

A este respecto, no hay que olvidar las palabras del canciller alemán Helmut Kohl, quien admitió haber actuado «como un dictador» al imponer el euro y el Tratado de Maastricht, justificando esa decisión por el hecho de que un referéndum popular nunca habría dado un resultado positivo. La afirmación del canciller alemán parece confirmarse a escala europea, si se tiene en cuenta, como ya se ha recordado, que los pueblos europeos expresan puntualmente su desacuerdo con la entrada en el templo vacío de la Unión Europea. O incluso, como en el caso de Gran Bretaña en 2016, votan a favor de salir de la jaula de Bruselas." 

 (Diego Fusaro, blog, 31/08/26, traducción Deepl) 

11.7.26

POLITICO: La ambiciosa propuesta de España de solicitar un préstamo adicional de 850.000 millones de euros anuales en nombre de los países de la UE genera un enfrentamiento con los países del norte de Europa... Madrid presenta su propuesta para incrementar el endeudamiento conjunto con la UE como una medida de ahorro... la propuesta —basada en la premisa de que un mayor endeudamiento de la UE abarataría los pagos de intereses— podría ahorrar a los países hasta 5.000 millones de euros anuales inicialmente, gracias a la reducción de los intereses, y 25.000 millones de euros a largo plazo... La idea es que los países de la UE con un alto nivel de endeudamiento se beneficien de los menores costes de endeudamiento de la Comisión Europea, liberando miles de millones para destinarlos a prioridades nacionales... La UE lanzó su primer programa conjunto de deuda en 2021 tras acordar la emisión de hasta 750.000 millones de euros en subvenciones y préstamos para hacer frente a la recesión económica provocada por la pandemia de la COVID-19... Con deudas relativamente bajas y sólidas calificaciones crediticias, Berlín y La Haya no tienen nada que ganar con la iniciativa española, ya que pueden endeudarse a un coste menor que la Comisión a su propio nombre

"La ambiciosa propuesta de España para aumentar la deuda con la UE genera un enfrentamiento con los países del norte de Europa. Madrid presenta su propuesta para incrementar el endeudamiento conjunto con la UE como una medida de ahorro.

 España presiona a la Comisión Europea para que rompa un tabú de larga data y solicite un préstamo adicional de 850.000 millones de euros anuales en nombre de los países de la UE.

La propuesta española, contenida en un documento de debate distribuido a los países y al que ha tenido acceso POLITICO, avivará las tensiones durante la reunión de ministros de Finanzas de la eurozona que se celebrará el jueves, donde se espera que el ministro de Economía, Carlos Cuerpo, presente su propuesta.

La idea de una deuda común de la UE es una de las más controvertidas para los gobiernos, enfrentando a los países del sur de Europa, partidarios del gasto público, como Francia y España, con el bloque del norte, liderado por Alemania y los Países Bajos.

En un intento por superar esta división, España afirmó que su propuesta —basada en la premisa de que un mayor endeudamiento de la UE abarataría los pagos de intereses— podría ahorrar a los países hasta 5.000 millones de euros anuales inicialmente, gracias a la reducción de los intereses, y 25.000 millones de euros a largo plazo.

La idea es que los países de la UE con un alto nivel de endeudamiento se beneficien de los menores costes de endeudamiento de la Comisión Europea, liberando miles de millones para destinarlos a prioridades nacionales. La peor pesadilla de Alemania

La UE lanzó su primer programa conjunto de deuda en 2021 tras acordar la emisión de hasta 750.000 millones de euros en subvenciones y préstamos para hacer frente a la recesión económica provocada por la pandemia de la COVID-19.

Desde la crisis de la eurozona en la década de 2010, Alemania y los Países Bajos se han opuesto sistemáticamente a los planes de la Comisión para emitir deuda de forma permanente en nombre de los países. Solo autorizaron el programa posterior a la COVID-19 porque se trataba de una medida excepcional.

Aunque la Comisión goza de la máxima calificación crediticia (A), sus costes de endeudamiento son relativamente altos porque su emisión de deuda se percibe como temporal y no está clasificada como emisor soberano en los mercados de deuda.

Con deudas relativamente bajas y sólidas calificaciones crediticias, Berlín y La Haya no tienen nada que ganar con la iniciativa española, ya que pueden endeudarse a un coste menor que la Comisión a su propio nombre.

Para convencerlos, España ha propuesto compensar los costes adicionales que les supondría la deuda conjunta de la UE mediante un nuevo mecanismo financiero, denominado Fondo Soberano Europeo (FSE), que permitiría a la Comisión emitir deuda en nombre de los países de la UE y canalizar los fondos a través de préstamos.

El documento argumenta que una emisión de deuda significativamente mayor reducirá la prima de riesgo que los inversores exigen a la Comisión.

«Con el tiempo, se espera que el consiguiente aumento de liquidez reduzca los costes de financiación de la UE a niveles cercanos —o incluso inferiores— a los de Alemania, generando ahorros para los países participantes», reza la propuesta.

España desea que el nuevo sistema entre en vigor una vez que el próximo presupuesto plurianual del bloque entre en vigor en 2028 y que se limite a los países que cumplan las normas fiscales de la UE. Si todos los países y el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEE), el fondo de rescate de la eurozona, participaran, el FSE podría captar hasta 850.000 millones de euros anuales, según el documento.

Sin embargo, la participación de Berlín y La Haya —que será difícil de conseguir— se considera crucial para dotar de credibilidad económica al plan.

«Todos sabemos que los eurobonos son inviables para varios Estados miembros. Esto no llegará a ninguna parte», declaró un diplomático de la UE, que solicitó el anonimato para hablar con libertad.

Si bien la adhesión sería voluntaria, la participación de los cinco mayores emisores de la eurozona —Alemania, Francia, Italia, España y los Países Bajos— es necesaria para que la iniciativa prospere, según la propuesta."

( Gregorio Sorgi  , POLITICO, 08/07/26, traducción google, enlaces en el original) 

16.6.26

Diego Fusaro: En 2016, Gran Bretaña decidió abandonar la Unión Europea, un templo vacío que santificaba el capitalismo financiero y un tren que se precipitaba hacia el abismo. Según las predicciones, el país debería haber caído en el abismo. La pobreza y el colapso se daban por inevitables. Pero no fue así: también hay vida fuera de la Unión Europea... Es cierto que Gran Bretaña nunca adoptó la nefasta moneda única, piedra angular del método neoliberal de gobierno en el viejo continente. En cualquier caso, aquel gesto representó simbólicamente una transición trascendental, ya que mostró a los europeos una posibilidad concreta, una que todos pueden llevar a cabo. En otras palabras, la Unión Europea no es ni inevitable ni irreversible... Es posible abandonarla, y de hecho es nuestro deber hacerlo antes de que sea demasiado tarde... Es cierto que abandonar la Unión Europea y la moneda única representa una condición necesaria, pero no suficiente, para la implementación de una auténtica democracia socialista. Lo que resulta evidente, sin lugar a dudas, es que esta última no puede alcanzarse dentro de los límites cerrados de la Unión Europea, que solo garantiza competitividad y dominación capitalista

"Han pasado diez años desde aquel fatídico día del Brexit: en 2016, Gran Bretaña decidió abandonar la Unión Europea, un templo vacío que santificaba el capitalismo financiero y un tren que se precipitaba hacia el abismo. Según las predicciones de los defensores del pensamiento políticamente correcto y éticamente corrupto, el país debería haber caído en el abismo. La pobreza y el colapso se daban por inevitables. Pero no fue así: también hay vida fuera de la Unión Europea. Es cierto que Gran Bretaña nunca adoptó la nefasta moneda única, piedra angular del método neoliberal de gobierno en el viejo continente. En cualquier caso, aquel gesto representó simbólicamente una transición trascendental, ya que mostró a los europeos una posibilidad concreta, una que todos pueden llevar a cabo. En otras palabras, la Unión Europea no es ni inevitable ni irreversible. Es posible abandonarla, y de hecho es nuestro deber hacerlo antes de que sea demasiado tarde. Diez años después, Farage, el protagonista indiscutible del Brexit, afirma estar orgulloso de aquella decisión. Y solo podemos estar de acuerdo con él. Es cierto que abandonar la Unión Europea y la moneda única representa una condición necesaria, pero no suficiente, para la implementación de una auténtica democracia socialista. Lo que resulta evidente, sin lugar a dudas, es que esta última no puede alcanzarse dentro de los límites cerrados de la Unión Europea, que solo garantiza competitividad y dominación capitalista."

 (Diego Fusaro, blog, 16/06/26, traducción google) 

15.1.26

¿Para qué sirve Europa? Europa nació como un bastión frente a la guerra. Europa nació como una ilusión. Como una promesa de paz. Como la idea de que era posible construir un espacio político nuevo; no basado en la fuerza, sino en el derecho... Pero poco a poco, Europa renunció a ese ideal y dejó de pertenecer a sus pueblos. Fue siendo capturada por las grandes corporaciones, por los bancos, por los lobbies empresariales, y por una clase política que adquirió privilegios extraordinarios hasta convertirse en una burocracia que se reproduce a sí misma... El Acta Única Europea de 1986 -que marcó el giro decisivo del proyecto- fue una copia casi totalmente literal de un documento previo elaborado por la European Round Table of Industrialists, un lobby de las mayores multinacionales europeas... Desde entonces, Europa dejó de ser un proyecto de ciudadanía para convertirse en un espacio para la mercancía. El Tratado de Maastricht y los que vinieron después no han sido otra cosa que las piezas jurídicas de un proyecto neoliberal que ha frenado la integración entre los pueblos, ha debilitado el Estado social y ha impedido que el bienestar se convierta en el eje real de la construcción europea... La unión monetaria y el euro fueron diseñados mal a conciencia, no para ser un instrumento de integración solidaria, sino un mecanismo que beneficiara estructuralmente a los grandes exportadores, a los países más fuertes y al capital financiero. Sin unión fiscal ni hacienda europea, sin presupuesto común relevante, sin mutualización de deuda, sin banco central al servicio del empleo y el bienestar, el euro no une, separa... Lo datos lo dejan claro: desde la creación del euro, las divergencias productivas entre el centro y la periferia no han disminuido, han aumentado. La brecha entre Alemania y el sur de Europa es hoy mayor que en los años noventa... El órgano con más poder -la Comisión Europea- no es elegido por la ciudadanía. El Banco Central Europeo, que decide sobre millones de vidas, no responde ante ningún parlamento. El Eurogrupo ni siquiera existe jurídicamente, pero impone políticas que afectan a todos. Y cuando los pueblos votan “mal”, se les corrige... En los últimos años todo esto se ha agravado. Las élites europeas han optado claramente por subordinarse a Estados Unidos justo cuando Estados Unidos ha mostrado menos lealtad, menos respeto y más desprecio hacia Europa. Desde Trump, además, con amenazas abiertas, imposiciones comerciales, chantajes militares y una lógica imperial sin disimulo. Con desprecios y hasta insultos... Europa está sirviendo para muy poco… O incluso peor, para lo contrario de aquello para lo que fue creada... Europa está sirviendo más para facilitar guerras, sostener un modelo destructivo, debilitar la democracia y violar derechos humanos que para proteger a sus pueblos (Juan Torres López)

 "Europa nació como un bastión frente a la guerra. Nació del horror. Nació para que las tragedias que se habían sucedido -dos guerras mundiales, decenas de millones de muertos, el exterminio industrializado, el hundimiento moral del continente- no pudieran repetirse jamás.

Nació como un proyecto de paz, de democracia, de derechos humanos, de cooperación entre pueblos que habían aprendido por las malas que la violencia y el nacionalismo agresivo no conducen más que a la destrucción.

Europa nació como una ilusión. Como una promesa de paz. Como la idea de que era posible construir un espacio político nuevo; no basado en la fuerza, sino en el derecho; no en la dominación, sino en el acuerdo; no en la lógica del imperio, sino en la lógica de la convivencia.

Pero poco a poco, Europa renunció a ese ideal y dejó de pertenecer a sus pueblos.

Fue siendo capturada por las grandes corporaciones, por los bancos, por los lobbies empresariales, y por una clase política que adquirió privilegios extraordinarios hasta convertirse en una burocracia que se reproduce a sí misma, que no responde ante la ciudadanía y que vive cada vez más lejos de los problemas reales de la gente.

Europa fue renunciando a ser un proyecto político y social para convertirse en un espacio de mercaderes.

No es una metáfora: es literal.

El Acta Única Europea de 1986 -que marcó el giro decisivo del proyecto- fue una copia casi totalmente literal de un documento previo elaborado por la European Round Table of Industrialists, un lobby de las mayores multinacionales europeas (Volvo, Nestlé, Siemens… encabezados por el entonces director ejecutivo de Phillips, Wisse Dekker). Así lo reconoció este ultimo años más tarde y ninguno de ellos ocultó que su objetivo era simplemente el de eliminar obstáculos políticos, sociales y laborales a la libre circulación de capitales.

Desde entonces, Europa dejó de ser un proyecto de ciudadanía para convertirse en un espacio para la mercancía.

El Tratado de Maastricht y los que vinieron después no han sido otra cosa que las piezas jurídicas de un proyecto neoliberal que ha frenado la integración entre los pueblos, ha debilitado el Estado social y ha impedido que el bienestar se convierta en el eje real de la construcción europea.

Se integraron los mercados. No se integraron los derechos. Se unificaron las finanzas. No se unificaron los sistemas fiscales, ni los salarios, ni la protección social.

Y así es imposible construir una ciudadanía europea real.

La unión monetaria y el euro fueron diseñados mal a conciencia. Sin respetar los criterios imprescindibles para que sea eficiente que se estudian en tercero de Económicas, para responder exactamente a esa misma lógica. No para ser un instrumento de integración solidaria, sino un mecanismo que beneficiara estructuralmente a los grandes exportadores, a los países más fuertes y al capital financiero. Sin unión fiscal ni hacienda europea, sin presupuesto común relevante, sin mutualización de deuda, sin banco central al servicio del empleo y el bienestar, el euro no une, separa. No converge, diverge.

Lo datos lo dejan claro: desde la creación del euro, las divergencias productivas entre el centro y la periferia no han disminuido, han aumentado. La brecha entre Alemania y el sur de Europa es hoy mayor que en los años noventa.

Para hacer eso posible, Europa, además, se ha convertido en un entramado institucional profundamente poco democrático.

Exige condiciones democráticas a los países que quieren entrar, pero ella misma no las cumple.

El órgano con más poder -la Comisión Europea- no es elegido por la ciudadanía.

El Banco Central Europeo, que decide sobre millones de vidas, no responde ante ningún parlamento.

El Eurogrupo ni siquiera existe jurídicamente, pero impone políticas que afectan a todos.

Y cuando los pueblos votan “mal”, se les corrige.

Pasó en Grecia en 2015: un referéndum rechazó la austeridad, y Europa respondió imponiéndola con más dureza.

Pasó en Francia y Países Bajos cuando rechazaron el tratado constitucional: se cambió de nombre y se aprobó igual.

La democracia en la Unión Europea es bienvenida… siempre que no moleste.

En los últimos años todo esto se ha agravado.

Las élites europeas han optado claramente por subordinarse a Estados Unidos justo cuando Estados Unidos ha mostrado menos lealtad, menos respeto y más desprecio hacia Europa. Desde Trump, además, con amenazas abiertas, imposiciones comerciales, chantajes militares y una lógica imperial sin disimulo. Con desprecios y hasta insultos.

Europa ha impuesto y aceptado sanciones que dañan más a su propia economía que a la estadounidense.

Ha aceptado depender energéticamente en condiciones peores.

Ha aceptado perder autonomía industrial y tecnológica.

Ha aceptado actuar como satélite cuando podría ser actor.

Y todo esto mientras crece dentro un malestar social profundo.

Ha provocado una crisis de vivienda que expulsa a millones de personas de sus ciudades al permitir que los grandes fondos de inversión se apropien de millones de ellas.

Ha generado una precarización laboral que se cronifica a causa de sus políticas de flexibilización.

Ha aumentado la desigualdad que rompe la cohesión social con sus políticas promercado.

Ha empeorado la situación climática al someterse a las grandes corporaciones que la producen

Ha hecho que brote un sentimiento de abandono, de soledad, de desprotección entre los pueblos que ven su verdadera cara.

Europa ayuda con enorme generosidad al gran capital -rescates bancarios, subvenciones industriales, ventajas fiscales- y es tacaña, lenta y humillante con la gente que sufre.

Europa calla ante el genocidio del pueblo palestino. Pero defiende sin matices a Ucrania y persigue, reprime y criminaliza a quienes protestan contra esa doble vara de medir.

Y luego se sorprende de que la gente huya hacia opciones antieuropeas.

Es normal que la gente se pregunte: ¿para qué sirve Europa?

Y la respuesta que hoy se impone es incómoda: Europa está sirviendo más para facilitar guerras, sostener un modelo destructivo, debilitar la democracia y violar derechos humanos que para proteger a sus pueblos.

Nada de esto es inexorable.

No ocurre porque “no haya alternativas”.

Ocurre porque las alternativas han sido sistemáticamente bloqueadas.

Sabemos perfectamente qué tendría que ser Europa para merecer la pena:

– Una auténtica unión política, con poder democrático real.

– Una unión fiscal y social, no solo monetaria.

– Una política industrial, energética y climática propia.

– Una política social al servicio del bienestar.

– Una política exterior y una estrategia de seguridad autónomas basadas en la paz y el derecho internacional.

– Un proyecto centrado en la vida, no en los balances de las grandes empresas.

Europa no nos traiciona porque sea imposible hacerla de otro modo.

Nos traiciona porque ha sido capturada por incompetentes, por dirigentes al servicio de grandes corporaciones y por una clase política cobarde y servil frente a Estados Unidos.

Es por eso que ahora, incluso quienes sabemos que Europa es necesaria, nos preguntamos con angustia para qué sirve.

Y solo podemos responder, con tristeza y con rabia, que está sirviendo para muy poco… O incluso peor, para lo contrario de aquello para lo que fue creada." 

(Juan Torres López, blog, 11/01/26) 

15.12.25

China es grande, Alemania es pequeña... el superávit comercial de China ha alcanzado un récord de 1 billón de dólares... Macron, durante una visita a China, les dijo a los chinos que su superávit comercial era insostenible y los amenazó con restricciones comerciales europeas... el superávit comercial es de alrededor del 5.2 por ciento del PIB de China... El superávit comercial de Alemania en 2024 fue de alrededor de 260 mil millones de dólares, lo que representó casi el 5.8 por ciento... Es una cifra que es al menos tan digna de crítica como la china... ¿Por qué Macron no dice nada sobre Alemania? Sobre el papel, la Unión Monetaria Europea tiene regulaciones estrictas diseñadas para evitar que los países individuales mantengan permanentemente altos superávits en la cuenta corriente. ¿Por qué Macron no está haciendo nada para asegurar que se implementen estas reglas? Nadie menciona el enorme lastre que el llamado mercado interior arrastra desde que Alemania explotó sin vergüenza la unión monetaria para obtener enormes ventajas absolutas mediante la reducción de salarios... Durante muchas décadas, también fue indiscutible que otros países tenían el derecho natural de defenderse contra tales ventajas artificiales y de proteger a sus empresas de las desventajas asociadas. Por lo tanto, es permisible (también de acuerdo con las normas de la Organización Mundial del Comercio) introducir aranceles, devaluar la propia moneda o iniciar procedimientos antidumping contra los países que apoyan a sus empresas nacionale... En tratados razonablemente construidos, los socios comerciales podrían introducir aranceles de importación a Alemania para compensar el dumping alemán. Sin embargo, los tratados europeos no están razonablemente construidos, porque si un país favorece a todas sus empresas mediante recortes fiscales o presión salarial, esto entra en la categoría de "competencia entre naciones" o "soberanía fiscal nacional" y la Comisión no hace nada... el estado no debe otorgar a sus empresas una ventaja general en el comercio internacional al reducir los costos. Si lo hace, los demás estados deben poder defenderse de ello con medios que estén completamente bajo su control (Heiner Flassbeck)

 "Cualquiera que trate con cifras absolutas debe tener siempre cuidado. En todo el país llegan informes de que el superávit comercial de China ha alcanzado un récord de 1 billón de dólares. Muchos medios consideran esto como una gran noticia (aquí), y el presidente francés Macron, durante una visita a China, les dijo a los chinos que su superávit comercial era insostenible y los amenazó con restricciones comerciales europeas.

1 billón de dólares estadounidenses realmente suena como mucho. Pero, ¿cuál es el tamaño del producto interno bruto de China? En 2025, se espera que sea alrededor de 19,200 millones de dólares (si extrapolamos la cifra de 2024 con un crecimiento del 5 por ciento y asumimos prácticamente ninguna inflación). En consecuencia, el superávit comercial (no estoy hablando aquí del saldo de la cuenta corriente, por una vez) es de alrededor del 5.2 por ciento del PIB de China. Eso no es insignificante.

¿Pero qué pasa con el vecino favorito de Francia? El año pasado, Alemania tenía un PIB de alrededor de 4,500 mil millones de dólares estadounidenses. Extrapolando con una inflación del 2 por ciento, eso equivale a alrededor de 4,600 este año, sin un crecimiento real. El superávit comercial de Alemania en 2024 fue de alrededor de 230 mil millones de euros, o alrededor de 260 mil millones de dólares, lo que representó casi el 5.8 por ciento.

Este año, el superávit alemán probablemente será ligeramente menor porque las exportaciones a Estados Unidos están cayendo debido a las políticas de Trump, pero estimo que aún será de 220 mil millones de dólares. 220 mil millones de dólares estadounidenses serían el 4.8 por ciento del PIB. Eso es ligeramente inferior a la cifra china, pero aún así muy alto. Es una cifra que es al menos tan digna de crítica como la china, porque dadas las incertidumbres en las cifras utilizadas aquí, los decimales son realmente irrelevantes.

¿Por qué Macron no dice nada sobre Alemania? ¿A quién o a qué se queja cuando en la Unión Monetaria Europea y en el mercado único europeo un país grande y varios pequeños del norte pueden obtener ventajas competitivas injustificadas y mantener durante décadas un alto superávit comercial y de cuenta corriente? Sobre el papel, la Unión Monetaria Europea tiene regulaciones estrictas diseñadas para evitar que los países individuales mantengan permanentemente altos superávits en la cuenta corriente. ¿Por qué Macron no está haciendo nada para asegurar que se implementen estas reglas?

En Alemania se habla mucho del mercado único porque, en la desesperación por la mala situación económica, se imagina que el crecimiento se puede estimular, por ejemplo, creando reglas europeas uniformes para los panaderos. Pero nadie menciona el enorme lastre que el llamado mercado interior arrastra desde que Alemania explotó sin vergüenza la unión monetaria para obtener enormes ventajas absolutas mediante la reducción de salarios.

En 2015 escribí un artículo en alemán (con Friederike Spiecker) que explica en detalle por qué el dumping salarial alemán practicado bajo la coalición Rojo-Verde a principios de siglo es una violación tan flagrante de la razón y la decencia en una unión monetaria que también se supone que debe tener un mercado común funcional. Estoy reimprimiendo el artículo aquí en inglés:

Tipos de cambio fijos y promesas firmes – o cómo lidiar con las promesas incumplidas (2015)

Debido a que la conexión entre los superávits de la cuenta corriente de Alemania y los problemas en la Unión Monetaria Europea aún se entiende tan poco, queremos intentar abordar este tema de una manera más fundamental de lo que podríamos hacer de otra manera. Hubo un tiempo en que tales conexiones simples se daban por sentadas y se respetaban en la economía, pero esto, como tantas otras cosas, aparentemente se ha perdido en el tumulto de la construcción de modelos y la manía metodológica en las universidades.

Lo que difícilmente se puede discutir es el hecho de que la idea de competencia normalmente se refiere a la competencia entre empresas. Ahí es donde pertenece. Las empresas deben demostrar su valía en la competencia, y se debe permitir que la mejor empresa prevalezca y tenga éxito en condiciones de igualdad (lo que incluye el pago igual por trabajo igual en primer lugar) mediante esfuerzos para mejorar la productividad en los procesos de producción o en los bienes y servicios producidos.

Si un país entero tiene ventajas competitivas sobre otro país por razones que no tienen nada que ver con empresas individuales pero benefician a todas las empresas de un país, esto es problemático en cualquier caso. Esto se debe a que la competencia entre las empresas de ambos países se ve distorsionada. La naturaleza de estas ventajas no es particularmente relevante. Ya sea que el país imponga aranceles a las importaciones, reduzca los impuestos para sus empresas de manera particularmente drástica o proporcione a sus empresas altos subsidios, ya sea que la moneda de un país esté subvaluada o que la política del país en un sistema de tipos de cambio fijos (o una unión monetaria) haya contribuido a que los salarios de todas las empresas (en relación con la productividad) aumenten menos que en los países con los que se ha acordado el tipo de cambio fijo, siempre hay una ventaja para todas las empresas de un país, que perjudica sistemáticamente a las empresas de los países socios (independientemente de si las empresas allí son fuertes o débiles en términos de competencia).

Durante muchas décadas, también fue indiscutible que otros países tenían el derecho natural de defenderse contra tales ventajas artificiales y de proteger a sus empresas de las desventajas asociadas. Por lo tanto, es permisible (también de acuerdo con las normas de la Organización Mundial del Comercio) introducir aranceles, devaluar la propia moneda o iniciar procedimientos antidumping contra los países que apoyan a sus empresas nacionales. La presión política sobre los salarios nacionales para compensar la ventaja salarial extranjera en los sistemas de tipo de cambio fijo también es una opción. En el pasado, la devaluación era a menudo el medio más sencillo para lograrlo. Si un país se encontraba en una crisis de balanza de pagos, es decir, en peligro de no poder financiar sus propias importaciones sin pagar altas primas de interés en el mercado de capitales, la solución generalmente se buscaba en la devaluación, tanto con tipos de cambio flexibles y adaptables (como en el sistema de Bretton Woods o el Sistema Monetario Europeo EMS). Esto reducía las importaciones, fortalecía las exportaciones y, por lo tanto, disminuía la dependencia del mercado de capitales.

Las tasas de cambio fijas son, por así decirlo, una promesa de los socios comerciales de no socavarse mutuamente de ninguna manera, de modo que la opción de cambiar las tasas de cambio no sea necesaria. Cuanto más fuerte sea el vínculo entre los tipos de cambio, más fuerte debe ser, por supuesto, la promesa de no socavarse por parte de los socios comerciales para que el sistema se mantenga. En la Unión Monetaria Europea, Alemania ha elegido la forma mercantilista de socavar, a saber, apretándose el cinturón. Esto rompe la promesa subyacente al acuerdo de entrar en una unión monetaria. En tratados razonablemente construidos, por lo tanto, los socios comerciales ya no tendrían que adherirse al requisito de libre comercio, sino que podrían introducir aranceles de importación a Alemania para compensar el dumping alemán.

Sin embargo, los tratados europeos no están razonablemente construidos, como se puede demostrar fácilmente. La Comisión actúa de forma masiva y seria, incluso llevando casos ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, contra los Estados que favorecen a determinadas empresas. Así que si Volkswagen, como en un caso famoso, recibe una subvención del estado, ya sea en forma de terrenos baratos o una garantía estatal de supervivencia debido a la participación directa del estado en la propiedad de la empresa, la Comisión sospecha una distorsión de la competencia en detrimento de otras empresas de la UE y exige compensación o la cesación de la subvención.

Sin embargo, si un país favorece a todas sus empresas mediante recortes fiscales o presión salarial, esto entra en la categoría de "competencia entre naciones" o "soberanía fiscal nacional" y la Comisión no hace nada. Pero tal subsidio general en Alemania puede distorsionar la situación de una empresa en Francia frente a su competidor alemán de la misma manera que una subvención individual. En general, sin embargo, el daño es mucho mayor que en el caso de una subvención individual, porque todas las empresas de Francia sufren ahora el dumping. Sin los tratados europeos, Francia podría haber denunciado a Alemania ante la OMC por dumping, con muchas posibilidades de éxito, o bien estaría en un sistema monetario con Alemania que le permitiría devaluar el franco sin grandes trastornos.

Este argumento muestra que no importa si una nación es eficiente o productiva. Cada nación tiene derecho a ser tan productiva como pueda. Sin embargo, ninguna nación tiene permitido vivir deliberadamente por debajo de sus posibilidades (es decir, por debajo de las posibilidades creadas por su productividad) durante un largo período de tiempo, porque de lo contrario priva a otras naciones de la oportunidad de adaptarse a sus propias circunstancias, es decir, de disfrutar de los frutos de su propia productividad. Dado que sería extremadamente tonto que todas las naciones intentaran vivir por debajo de sus posibilidades solo porque una nación lo haga, deben existir mecanismos compensatorios del tipo descrito anteriormente (es decir, aranceles, devaluaciones monetarias o procedimientos penales contra el desviado).

Pero algunos argumentarán que la competencia entre naciones no puede simplemente ser descartada. Sí, debe, porque no es competencia en el buen sentido de una economía de mercado. La idea de la "competencia entre naciones" es sin duda una de las ideas más absurdas de todos los tiempos, porque las naciones no hacen lo que se esperaría de empresas que compiten entre sí. Consideramos que la competencia entre empresas es sensata porque las empresas, o más bien las personas detrás de ellas, son más inventivas e innovadoras en una economía de mercado cuando no tienen la oportunidad de superar a sus competidores con trucos ilegales, evasión de impuestos, sobornos o chantajes primitivos a sus propios empleados. Aquellos que no hacen nada de esto y aún así tienen éxito porque hacen un nuevo descubrimiento o desarrollan un nuevo producto son lo que llamamos grandes emprendedores. Imitarles en casa y en el extranjero promueve la productividad y, por ende, la prosperidad tanto en casa como en el extranjero. Precisamente aquí radica la fuerza de la economía de mercado, con su mecanismo de descubrimiento y recompensa de "mercado y beneficio".

Sin embargo, no es innovador que un país baje los impuestos y obligue a todos los demás países a hacer lo mismo. Es solo uno de esos trucos baratos que condenamos con razón como abuso de la competencia en los negocios. La presión del Estado sobre los sindicatos para que firmen convenios de salarios bajos no es más innovadora a nivel estatal que a nivel empresarial. Las naciones no inventan nada. No tienen ideas, no son capaces de desarrollar nuevos productos ni de implementar nuevos procesos de producción.

Precisamente porque queremos dejar esto a las empresas en una economía de mercado, el estado no debe otorgar a sus empresas una ventaja general en el comercio internacional al reducir los costos. Si lo hace, los demás estados deben poder defenderse de ello con medios que estén completamente bajo su control. A diferencia de las empresas fracasadas, que desaparecen del mercado y cuyos empleados pueden trasladarse a empresas exitosas, los estados no pueden (y no deben) desaparecer del mapa con sus ciudadanos, al menos mientras prevalezcan la paz y la democracia.

La opción de emigrar a un país "más exitoso" es, sin duda, indeseable tanto para el país que pierde en la "competencia entre naciones" y cuyos ciudadanos empiezan a marcharse, como para el país que tiene que lidiar con la inmigración masiva y justificarlo ante sus propios ciudadanos. Por regla general, no están particularmente interesados en aumentar la competencia por los puestos de trabajo, especialmente porque ya han tenido que sufrir en la "competencia entre naciones" (por ejemplo, en forma de una provisión insuficiente de bienes públicos debido a recortes fiscales o en forma de salarios que se quedan atrás en relación con la productividad).

Por cierto, los empresarios y empleados en este "país exitoso" no están en absoluto de acuerdo en este punto. A los empresarios les resulta bastante atractivo cuando inmigrantes bien educados ingresan al mercado laboral nacional, compitiendo con los locales bien educados por los salarios y llenando los vacíos dejados por los recortes fiscales en el área de educación y niveles de formación entre la fuerza laboral. Los empresarios entonces se presentan como cosmopolitas y favorables a la inmigración. Las trabajadoras domésticas, por otro lado, que se sienten presionadas por los inmigrantes debido a la devaluación de sus inversiones educativas o que ya tienen dificultades en el mercado laboral nacional debido a la falta de una inversión pública razonable en educación, rápidamente se encuentran en terreno xenófobo.

La otra posibilidad, en la que un estado vende su capital público, incluyendo sus tierras, a países extranjeros "exitosos", también es claramente inaceptable. No se trata solo de "orgullo nacional", etc., sino sobre todo porque significa la reintroducción de estructuras medievales de señorío (aunque en manos extranjeras).

Estos principios simples, que garantizan una competencia que beneficia a todas las sociedades, han sido arrojados por la borda en la UE a raíz de la revolución neoliberal. Esto era más o menos aceptable mientras sólo los pequeños estados como los Países Bajos, Finlandia o Irlanda violaban estos principios, porque los efectos sobre el resto de la comunidad de estados no eran muy graves. Sin embargo, la ignorancia de las instituciones sobre este tema ahora está pasando factura, con el estado más grande de la comunidad haciendo lo que antes hacían los pequeños. Ahora ya no se puede ignorar, porque el impacto económico en los países vecinos del mercantilista es enorme.

Pero en lugar de al menos ahora llamar a las cosas por su nombre, la Comisión Europea se esconde detrás del mercantilismo y llama a todos los demás a seguir su ejemplo. Esto no puede acabar bien, y no está acabando bien. La deflación y la recesión son pruebas claras de esto. La promesa incumplida de abstenerse de socavar la competencia entre las naciones participantes en una unión monetaria ahora exige tipos de cambio flexibles o el fin del libre comercio. Mantener los tipos de cambio fijos, defender el libre comercio e ignorar la promesa rota no es más que mantener la mecha encendida bajo el barril de pólvora hasta que explote." 

(Heiner Flassbeck, Flassbeck Economics, 11/12/25, traducción Quillbot)

27.5.25

La Unión Europea, a pesar de ser uno de los bloques económicos más ricos del mundo, ha suprimido sistemáticamente la demanda interna mediante políticas de austeridad, contención fiscal y compresión salarial... la UE ha adoptado un modelo de crecimiento hipermercantilista e impulsado por las exportaciones, dando prioridad a los superávits comerciales sobre el desarrollo económico interno. Este enfoque se ha producido a expensas tanto de sus propios ciudadanos, que se enfrentan a salarios estancados y servicios públicos infrafinanciados, como de sus socios comerciales -sobre todo Estados Unidos-, que han absorbido los excedentes de exportación de la UE como parte de una relación económica mundial cada vez más desequilibrada. Por tanto, los aranceles de Trump deberían verse como una oportunidad para que los europeos se enfrenten por fin a los profundos defectos del modelo económico de la UE basado en las exportaciones, un ajuste de cuentas que debería haberse hecho hace tiempo (Thomas Fazi)

 "El viernes, Donald Trump anunció un asombroso arancel del 50% sobre los productos de la Unión Europea, que entrará en vigor el 1 de junio de 2025, a menos que la UE acepte concesiones comerciales significativas. Esta escalada desde un arancel previamente reducido del 20% (ahora del 10% hasta el 8 de julio) ha desatado una tormenta de reacciones, desde el rechazo diplomático hasta la agitación de los mercados. (...)

 Pero quizá lo más importante es que Trump tiene razón cuando afirma que la UE ha estado incurriendo en prácticas comerciales desleales. Durante las dos últimas décadas -y especialmente tras la crisis de la eurozona de 2010-2011- la Unión Europea, a pesar de ser uno de los bloques económicos más ricos del mundo, ha suprimido sistemáticamente la demanda interna mediante políticas de austeridad, contención fiscal y compresión salarial.

Esta trayectoria deflacionista autoimpuesta (que exacerbó aún más el sesgo deflacionista inherente al euro) no ha sido accidental, sino más bien una estrategia deliberada destinada a reforzar la competitividad de los precios en la escena mundial, reduciendo al mismo tiempo las importaciones.

En efecto, la UE ha adoptado un modelo de crecimiento hipermercantilista e impulsado por las exportaciones, dando prioridad a los superávits comerciales sobre el desarrollo económico interno. Este enfoque se ha producido a expensas tanto de sus propios ciudadanos, que se enfrentan a salarios estancados y servicios públicos infrafinanciados, como de sus socios comerciales -sobre todo Estados Unidos-, que han absorbido los excedentes de exportación de la UE como parte de una relación económica mundial cada vez más desequilibrada.

Por tanto, los aranceles de Trump deberían verse como una oportunidad para que los europeos se enfrenten por fin a los profundos defectos del modelo económico de la UE basado en las exportaciones, un ajuste de cuentas que debería haberse hecho hace tiempo. Mientras tanto, a corto plazo, la UE podría anunciar un acercamiento económico y geopolítico a China, debilitando aún más la influencia de EEUU.

Por desgracia, ninguno de los dos escenarios es probable. El resultado más probable es que la UE se alinee aún más con la postura de confrontación de Trump respecto a China, con la esperanza de obtener concesiones comerciales de EEUU, todo ello en un esfuerzo por sostener un modelo económico cada vez más obsoleto por el emergente orden mundial posliberal."

( Thomas Fazi, Jaque al neoliberalismo , 27/05/25, fuente Un Herd)  

19.5.25

Últimamente se cantan las maravillas de la UE... Corría 2011... Se hablaba entonces de una auditoría ciudadana de la deuda, de las políticas austericidas de la UE, del yugo alemán. Corrió un calificativo, Cuarto Reich, que hacía referencia a una Unión al servicio de los ricos, especialmente de la Alemania de Angela Merkel... la imposición de pánico financiero y austeridad fue “una truculenta estrategia del Gobierno y la banca alemana para desvalijar el sur de Europa”... la ilustración era un pastor alemán sentado sobre la bandera europea con una rojigualda destrozada en la boca... los PIGS tapamos el agujero financiero teutón... en las primeras semanas de la crisis de la covid, cuando España o Italia se enfrentaban a una grave escasez de equipos médicos, Alemania prohibió su exportación... y junto con otros países del norte, se opusieron a los coronabonos, con el argumento de que no querían asumir la carga de la deuda de los países del sur... mi padre me dijo que cómo no iban a querer ser europeos los de su edad, si cuando en los setenta su padre volvía de trabajar de Alemania le traía chicles con cromo... la realidad es que el europatriotismo de muchos en lo que realmente se basa es en el complejo español... todos somos europeos, sí. Pero unos más que otros (Ana Iris Simón)

 "Cuando España entró en la Unión Europea, mi padre tenía 20 años. Yo cumplí los 20 acampada en Sol junto a miles de jóvenes. Corría 2011 y afirmar que éramos la primera generación que vivía peor que sus padres no era reaccionario, criticar al Gobierno socialista no implicaba hacerle el caldo gordo a la derecha y nadie nos llamaba euroescépticos por criticar las fechorías de la Troika. Se hablaba entonces de una auditoría ciudadana de la deuda, de las políticas austericidas de la UE, del yugo alemán.

 Corrió un calificativo, Cuarto Reich, que hacía referencia a una Unión al servicio de los ricos, especialmente de la Alemania de Angela Merkel. En este diario se publicó entonces una pieza analizando la cuestión en la que se exponía que la imposición de pánico financiero y austeridad fue “una truculenta estrategia del Gobierno y la banca alemana para desvalijar el sur de Europa”. La ilustración con la que se acompañaba era un pastor alemán sentado sobre la bandera europea con una rojigualda destrozada en la boca.

La deuda no se auditó y los PIGS tapamos el agujero financiero teutón. Merkel ya no está, pero todo sigue igual, o parecido. Por eso, en las primeras semanas de la crisis de la covid, cuando España o Italia se enfrentaban a una grave escasez de equipos médicos, Alemania prohibió su exportación. Por eso, junto con otros países del norte, se opusieron a los coronabonos, con el argumento de que no querían asumir la carga de la deuda de los países del sur, fiscalmente indisciplinados y pobretones.

Hoy, a las puertas de un rearme en nombre de la paz aplaudido por el progresismo, aquella ilustración del pastor alemán devorando nuestra bandera y aquel texto tan crítico con la UE serían muy polémicos. Porque lo que sí ha cambiado ha sido el relato: en los últimos meses, hay un gran esfuerzo por parte del espacio liberal-progresista por cantar las maravillas de la Unión Europea de forma no solo acrítica, sino virulenta con los críticos.

Con ese espíritu fue convocada el pasado fin de semana una manifestación en Madrid. La crónica de Ángeles Caballero, en la que retrataba el ambiente como un encuentro de boomers clasemedieros, me recordaba dos cosas. Por un lado, al relato de que el Brexit fue una cosa de viejos fachas contra jóvenes europeístas; jóvenes que, en Madrid, el pasado sábado no estaban envolviéndose en la bandera de la UE sino de Palestina, denunciando la masacre de un Estado genocida al que esta noche aplaudiremos en el festival de la canción de los europeos. Por otro, a los debates que tengo con mi padre sobre el tema. En una ocasión me dijo que cómo no iban a querer ser europeos los de su edad, si cuando en los setenta su padre volvía de trabajar de Alemania le traía chicles con cromo. Podemos teorizar y hacer gráficas, consultar a expertos y escribir papers; pero la realidad es que el europatriotismo de muchos en lo que realmente se basa es en el complejo español. Yo también tengo, por cierto, un recuerdo infantil relacionado con Europa y las chuches: cuando, en los 2000, entró el euro, los chicles pasaron de costarme cinco pesetas a cinco céntimos. Eso sí, traían cromo.

Europa, como decía Julio Anguita, es el cuento de la buena pipa. Y es de esa conciencia y no de la extrema derecha (tan europeísta en el fondo) de la que, tarde o temprano, vendrá el euroescepticismo: de una juventud que puede irse de Erasmus pero no tener casa propia. Y que, cuando viaja a Alemania y ve cómo viven sus quintos allí, se da cuenta de que todos somos europeos, sí. Pero unos más que otros."     ( Ana Iris Simón , El País, 17/05/25)

25.1.25

Europa ha sido encadenada, no sólo por las políticas neoliberales de las últimas décadas, sino incluso por el diseño de su arquitectura fundacional... la Unión Europea tiene una incapacidad para percibir y reconocer la enfermedad que padece. Ni los fracasos evidentes que produjeron las políticas austericidas, generando los efectos justamente contrarios a los que se aseguraba que iban a tener, fueron capaces de producir autocrítica, no ya rectificación... otro doble fracaso de la Unión es el referido a la integración y la igualdad, junto con el derivado de su incapacidad para gestionar «el desafío del Sur»... A diferencia de lo ocurrido con las demás vecindades, la estrategia ha consistido en «contenerlo», manteniendo una situación «estructuralmente conflictiva» porque se quiere «una zona dividida, no competitiva, para dominarla mejor»... pero si la Unión Europa está atada por «cadenas neoliberales» (p. 260) ha sido por la acción deliberada de individuos y partidos que abrieron las puertas y se dejaron caer en los brazos de un credo magistral y exclusivamente concebido para concentrar al máximo la riqueza y el poder en una minoría social... y lobbies «que no deja de crecer» favoreciendo «un sistema de corrupción organizada»... «Mientras las actuales corrientes progresistas europeas no asuman la responsabilidad de proponer un proyecto posneoliberal que garantice la integración efectiva de los ciudadanos en el mismo, el futuro de la Unión Europea seguirá siendo un asunto farisaico que subyace en la resignación, en la parálisis, y no la voz de una Europa democrática y social», dice Sami Nair (Juan Torres López)

 "He leído prácticamente de un tirón el último libro de Sami Naïr (Europa encadenada. El neoliberalismo contra la Unión. Galaxia Gutenberg 2025) que está en librerías desde el pasado 22 de enero. Como digo en el título de esta reseña, me parece que es una obra fundamental para entender lo que viene ocurriendo en Europa, para aventurar con algunas certezas lo que puede ocurrir si no se cambia de rumbo y, sobre todo, para tener ideas sobre cómo afrontar los desafíos que tenemos por delante.

El libro tiene un valor extraordinario, pues extraordinaria es la condición de quien lo escribe. En primer lugar, porque su autor es, antes que nada, un pensador en el sentido más rico del término. Alguien con valentía para enfrentarse a la «culpable incapacidad» que Kant asociaba con el no atreverse a razonar sin tutela, con autonomía y libertad. Sami Naïr analiza a Europa en este libro respondiendo con determinación al reto de Horacio (sapere aude!), es decir, atreviéndose a pensar sin ataduras y, como él mismo dice, «a riesgo de incomodar la conciencia de los biempensantes» (p. 253). En segundo lugar, porque conoce a Europa no sólo como objeto abstracto de reflexión, sino como algo propio y vivido gracias a su experiencia como eurodiputado y hombre de acción de larga trayectoria. Y, finalmente, porque Sami Naïr es un habitual interlocutor de líderes políticos y de opinión de varios países, lo que le proporciona información puntual y muy valiosa que se deja ver en libro, unas veces entre líneas y otras explícitamente, y lo enriquece.

Si tuviera que resumir en una sola frase lo que esta obra aporta y por qué es fundamental leerla, diría que explica el cómo y el por qué Europa ha sido encadenada y de qué manera las cadenas se podrían convertir en lazos que proporcionen bienestar, estabilidad y paz.

El libro comienza con un asunto crucial, el de la carencia de una identidad europea que pudiera servir de motor para alcanzar «la unidad política de pertenencia común» que no puede lograrse, como bien dice Naïr, «sólo a través de la unión económica» (p. 28). La Europa social es, en su opinión, la premisa de una identidad común capaz de generar la «solidaridad de destino», pero ese es, justamente «el elemento que falta en la construcción europea» (p. 43), y de ahí es de donde nacen los problemas.

El segundo asunto del libro es, como he dicho, el análisis del cómo y el por qué Europa ha sido encadenada, no sólo por las políticas neoliberales de las últimas décadas, sino incluso por el diseño de su arquitectura fundacional.

Es cierto que todo ello ha sido ya ampliamente analizado por muchos autores, pero creo que el libro de Sami Naïr tiene, además del valor de hacerlo sintéticamente, algunas aportaciones novedosas e interesantes.

Una de ellas es demostrar que la Unión Europea tiene lo que yo creo que es una auténtica anosognosia, es decir, incapacidad para percibir y reconocer la enfermedad que padece. Ni los fracasos evidentes que produjeron las políticas austericidas, generando los efectos justamente contrarios a los que se aseguraba que iban a tener, fueron capaces de producir autocrítica, no ya rectificación. Con razón señala el autor que «una reflexión crítica del pasado para poder hacer balance de la integración europea» es un paso imprescindible para abordar con éxito el cambio de ciclo que pueda producirse.

Otra aportación a mi juicio muy interesante del libro es analizar el papel que en ese encadenamiento ha desempeñado otro doble fracaso de la Unión. Uno referido a la integración y la igualdad, y otro derivado de su incapacidad para gestionar «el desafío del Sur». A diferencia de lo ocurrido con las demás vecindades, la estrategia ha consistido en «contenerlo» (p. 170), manteniendo una situación «estructuralmente conflictiva» (p. 165) porque, dice Sami Naïr, se quiere «una zona dividida, no competitiva, para dominarla mejor» (p. 181).

Sin embargo, y sin perjuicio de lo que acabo de señalar, lo que me parece más interesante de este libro es que Sami Naïr analiza el proceso de construcción de la Unión Europea reconociendo a los sujetos responsables de lo ocurrido, pero no de manera abstracta, como se hace cuando se habla, por ejemplo, de los mercados, de la Europa del capital o de los monopolios. En su obra desvela el papel de los operadores políticos (institucionales, colectivos y también personales) que han puesto las cadenas a Europa.

Si esta «ya no tiene brújula, no sabe a dónde va» y «ni siquiera es consciente de que necesita reencontrar un sentido, una identidad centrada en el porvenir» (p. 253), si la Unión Europa está atada por «cadenas neoliberales» (p. 260) ha sido por la acción deliberada de individuos y partidos que abrieron las puertas y se dejaron caer en los brazos de un credo magistral y exclusivamente concebido para concentrar al máximo la riqueza y el poder en una minoría social. En particular, Sami Naïr señala con su análisis a las élites que la gobiernan, a la vista o en la tramoya, y a la cantidad de lobbies «que no deja de crecer» favoreciendo «un sistema de corrupción organizada» (p. 123). Y, sobre todo, responsabiliza a la socialdemocracia europea y, en especial, a los socialistas franceses que conoce perfectamente, ilustrando así las razones profundas que explican la crisis de las izquierdas europeas y el paralelo ascenso del neofascismo.

Ahora bien, este libro no se limita a ser un balance de daños, aunque hayan sido tantos los producidos por las políticas neoliberales que en la Unión se han asumido como un credo (desigualdad, desindustrialización, pérdida de peso de Europa en el mundo, crisis de los servicios públicos, precariedad, endeudamiento, inestabilidad, desafecto…). Sami Naïr proporciona claves para diseñar respuestas y abrir caminos alternativos. Y lo hace para terminar, poniendo el dedo en la llaga: «Mientras las actuales corrientes progresistas europeas no asuman la responsabilidad de proponer un proyecto posneoliberal que garantice la integración efectiva de los ciudadanos en el mismo, el futuro de la Unión Europea seguirá siendo un asunto farisaico que subyace en la resignación, en la parálisis, y no la voz de una Europa democrática y social» (p. 254).

Un libro fundamental, como he dicho, si se quiere saber dónde estamos y por qué, y qué necesita Europa para que sus gentes y sus pueblos se unan, porque asuman que les conviene, en torno al requisito esencial de «querer ser europeos».

P.S. Sami Naïr Sami Nair es catedrático de Ciencias Políticas, consejero de Estado honorario, exdiputado europeo (1997-2004), profesor en varias universidades en Francia y España, especialista de las migraciones, autor de ensayos sobre la geopolítica y las identidades y también articulista de la prensa internacional."                  (Juan Torres López, blog, 24/01/25)

24.7.24

Alejandro Inurrieta: La rebelión social puede venir por el euro... El problema de la desafeccion política radica no tanto en el globalismo o en la inmigración como en el diseño del área monetaria, es decir, el euro, y los efectos que ha tenido sobre empleo, salarios, y bienestar social... Las elites de Bruselas, las mismas que diseñaron todos los mecanismos de control de las finanzas, e impusieron criterios de convergencia tan absurdos como dañinos cuyos resultados se pueden palpar caminando por muchas regiones de la Europa del Sur y recientemente del Este, ahora se enfrentan a una rebelión social, aunque errando el tiro... el euro ha provocado una transferencia de renta de los países del Sur, como España, Grecia o Portugal, hacia el Norte vía endeudamiento, que sigue lastrando a las economías más pobres, dado el canibalismo del Norte a la hora de las quitas de deuda, como se comprobó en la crisis financiera de 2008... Los ajustes obligatorios de gasto, algo absurdo en un contexto de mutualización de deuda, han generado la pérdida de millones de empleos en la industria y abocando a que la mayoría de economías del Sur sean un mero receptor de turistas del Norte, con la consiguiente depredación del tejido productivo y la fuga de talentos... El gasto público suficiente, la cobertura de servicios públicos y el crecimiento salarial son los elementos que tienen que regir la estrategia de la UE en este nuevo mandato, junto con un verdadero Pacto Verde para hacer de la UE un espacio saludable y solidario. Para todo ello es necesario entender y aprobar planes ingentes de inversión pública, como el de vivienda ya planteado, y que el BCE deje de ser el garante de la ortodoxia neoclásica... Urge redefinir el diseño del euro, desterrando a la elite neo-libertaria a medias que anida en el BCE y ahora en el Parlamento Europeo

"El debate estos días en Europa, tras las elecciones al Parlamento Europeo, pero también en otros países como Francia, gira en torno a la desafección política hacia los supuestos europeístas, con el consiguiente aumento de los mensajes nacional-populistas.

El escaso rigor intelectual de dichos mensajes, siempre lanzados por una clase política marginal cada vez menos instruida, no ha sido óbice para que parte del mensaje anti globalismo, por un lado, y racismo puro, por otro, haya calado entre una población europea cada vez menos europeísta en el sentido clásico.

Las elites de Bruselas, las mismas que diseñaron todos los mecanismos de control de las finanzas, e impusieron criterios de convergencia tan absurdos como dañinos cuyos resultados se pueden palpar caminando por muchas regiones de la Europa del Sur y recientemente del Este, ahora se enfrentan a una rebelión social, aunque errando el tiro. En este punto, conviene recordar las enseñanzas de Mundell, el mayor experto en aéreas monetarias optimas, cuando decía que, “en lo posible las economías participantes debían presentar ciclos económicos sincronizados y niveles de inflación, déficit fiscal y endeudamiento similares”.

El núcleo del problema del desencanto radica no tanto en el globalismo o en la inmigración como en el diseño del área monetaria, es decir, el euro, y los efectos que ha tenido sobre empleo, salarios, y bienestar social. No hay que olvidar que quienes diseñaron el euro no tuvieron en cuenta los costes de ajuste de unir a economías tan dispares como la alemana, la holandesa o la austriaca con la griega o la española, por no hablar ahora de los países del este.

Los resultados de la implantación del euro arrojan luces y sombras tangibles, pero el gran problema es que quienes están canalizando el descontento de amplias capas de la población cada vez más pobre son los iluminados, como Vox o Alvise Pérez en España, que en ningún caso entienden cómo se combate una unión monetaria mal diseñada.

La llegada del euro es cierto que ha mejorado la renta de algunos sectores protegidos, como la agricultura, y ha favorecido el comercio internacional en economías antaño cerradas, o semi autárticas, junto a la mejora de infraestruturas en gran parte de la Europa más desfavorecida.

Sin embargo, y ahí está la clave, todo esto se ha hecho provocando una transferencia de renta de los países del Sur, como España, Grecia o Portugal, hacia el Norte vía endeudamiento, que sigue lastrando a las economías más pobres, dado el canibalismo del Norte a la hora de las quitas de deuda, como se comprobó en la crisis financiera de 2008.

Los ajustes obligatorios de gasto, algo absurdo en un contexto de mutualización de deuda, han generado la pérdida de millones de empleos en la industria y abocando a que la mayoría de economías del Sur sean un mero receptor de turistas del Norte, con la consiguiente depredación del tejido productivo y la fuga de talentos, como ya se viene observando desde hace tiempo.

El corsé financiero del déficit y la deuda está provocando una revolución silenciosa en los países más pobres. Los servicios públicos poco a poco se van desmantelando y se van haciendo con ellos las grandes multinacionales de la salud y la educación, justo cuando apenas llegábamos a tener un Estado del Bienestar más o menos homologable a las grandes potencias. Si a esto unimos el grave problema de la vivienda, que España lidera, nos encontramos ante un coctel explosivo que, sin duda, nada tiene que ver con la inmigración o la Agenda 2030.

En esencia, estamos ante un dilema económico de primer nivel, que hasta ahora nadie es capaz de liderar. ¿Se pueden modificar las reglas impuestas por Mastricht? La respuesta es que sí, pero, para ello, la clase política actual debería transformarse en un ejército pensante al servicio del conocimiento y abominar de las teorías neoclásicas del crecimiento y del dinero.

En primer lugar, hay que desterrar el mensaje que la deuda pública es un mal en sí mismo y que es insostenible cuando sobrepasa un determinado límite, completamente arbitrario. Los ejemplos de Japón, Italia y la misma Francia, e incluso EEUU, son el paradigma de que este criterio es perfectamente prescindible. No hay que olvidar que el análisis de la deuda se encara desde una óptica de saldos contables: la deuda de un agente es el ahorro de otro y, por tanto, en un mundo con exceso de ahorro, los riesgos son realmente mínimos entre los países que conforman la UE.

El déficit público es otra variable cuyo riesgo hay que minimizar y abandonar la idea del equilibrio permanente, máxime en economías tan dispares como las que conforman la UE. Como ya se ha dicho, si hubiera convergencia real entre los ciclos de los países miembros, estas medidas tendrían algo de sentido. En este mismo sentido, conviene liderar una corriente que pueda demostrar que el crecimiento salarial es el que lidera las mejoras en productividad, y no al revés, como han demostrado bastantes autores dentro del epígrafe de salarios de eficiencia (Storm y Naastepad, 2007).

El gasto público suficiente, la cobertura de servicios públicos y el crecimiento salarial son los elementos que tienen que regir la estrategia de la UE en este nuevo mandato, junto con un verdadero Pacto Verde para hacer de la UE un espacio saludable y solidario. Para todo ello es necesario entender y aprobar planes ingentes de inversión pública, como el de vivienda ya planteado, y que el BCE deje de ser el garante de la ortodoxia neoclásica. La figura del dinero fiat, beneficioso para los tenedores de moneda propia, tanto desde una óptica fiscal como monetaria, debería ilustrar a los gobernadores y a la presidenta, para poner en marcha algo similar a lo que hizo el Reino Unido durante la pandemia: inundar de fondos al Tesoro para poder gastar sin límite, aunque los gestores en el Reino Unido no hayan sido los mejores.

En suma, la posible rebelión social vendrá por el lado económico, ante la incapacidad de las estructuras de la UE de satisfacer las necesidades de amplias capas de la población, cada vez más empobrecidas por el falso rigor económico impuesto por las instituciones. El devenir de la industria, de la educación y la sanidad, junto al grave problema del envejecimiento de la población y la despoblación, no se pueden combatir con reglas fiscales absurdas y con recortes de gasto público. Urge, por tanto, redefinir el diseño del euro, introduciendo una nueva teoría económica compatible con el desarrollo en igualdad, desterrando a la elite neo libertaria a medias que anida en el BCE y ahora en el Parlamento Europeo."

(Alejandro Inurrieta, eldiario.es, 19/07/24)

17.4.24

La UE señala el fin del dinero gratis para los países más pobres... La Comisión Europea está presionando para que no se repita el fondo de recuperación pospandemia, así como para que se establezcan condiciones de financiación para las regiones más pobres (POLITICO)

 "La Comisión Europea se pone del lado de un grupo de gobiernos fiscalmente conservadores encabezados por Alemania al resistirse a las exigencias de financiar el gasto mediante un mayor endeudamiento, además de presionar para que se añadan condiciones a los cientos de miles de millones de euros que concede a las naciones más pobres de la Unión Europea.

De hecho, marca el final de una era de dinero gratis, cuando el enorme fondo de recuperación post-pandémica del bloque se componía de deuda compartida en lugar de contribuciones nacionales, y cuando los fondos de la UE para cosas como nuevas carreteras, hospitales y proyectos de energía renovable se prodigaban sobre todo en los países del este y el sur de Europa sin que tuvieran que hacer nada a cambio.

La Comisión, encargada de gestionar el presupuesto septenal de la UE, de 1,2 billones de euros, financiado en su mayor parte por sus miembros, está empezando a pensar en la versión que comenzará en 2028. Las cuestiones llegarán a su punto álgido cuando los países negocien cuánto dinero asignar a los distintos programas. La Comisión presentará una propuesta formal en el verano de 2025, que deberá ser aprobada por unanimidad por los gobiernos antes de finales de 2027.

La complicación añadida en esta ocasión es que, desde el inicio del último ciclo de siete años, la UE creó su fondo de emergencia para la recuperación tras la pandemia, dotado con 723.000 millones de euros, que, por primera vez en la historia del bloque, se basó en la puesta en común de préstamos en nombre de las 27 naciones y no en las contribuciones de los gobiernos.

 Mientras que varios países de la UE -principalmente los más endeudados- quieren que este Mecanismo de Recuperación y Resiliencia (FRR) se reproduzca tras su expiración en 2026 para crear un "fondo de inversión", la Comisión se opone, según dijeron a POLÍTICO dos altos funcionarios de la Comisión a los que se concedió el anonimato para hablar de deliberaciones privadas.

Para empeorar las cosas para algunos países más pobres, la Comisión quiere extender el modelo de "dinero por reformas" del fondo de recuperación a su actual "política de cohesión", cuyo objetivo es reducir la brecha entre las regiones más ricas y las más pobres y que representa aproximadamente una cuarta parte de todo el presupuesto.

Eso no va a gustar demasiado.

"Algunos países intentarán debilitar la condicionalidad de la reforma... probablemente será uno de los puntos difíciles de las negociaciones", dijo Eulalia Rubio, investigadora del think tank Instituto Jacques Delors.
Políticamente sensible

El ejecutivo de la UE rehúye la idea de crear un fondo de inversión de este tipo -para financiar la defensa y el gasto ecológico en los próximos años- por la oposición de países fiscalmente conservadores como Alemania y Holanda.

Pero las capitales más endeudadas temen que la supresión del FRR las deje con un enorme déficit de gasto en proyectos a largo plazo.

 Aunque la Comisión no tiene la última palabra sobre cómo será el próximo presupuesto de la UE, su propuesta servirá de base para las negociaciones entre las capitales. Las decisiones políticas más delicadas -como la creación de un nuevo fondo de inversión- dependerán en última instancia del resultado de las elecciones europeas de junio y de la composición del nuevo ejecutivo.

Instrumentos de emergencia

La Comisión cree que el Fondo de Cohesión puede utilizarse como instrumento para obligar a los gobiernos a llevar a cabo reformas en una serie de cuestiones - entre ellas las pensiones y las normas democráticas - que llevan años en un segundo plano.

Los fondos de la UE para nuevas carreteras, hospitales y proyectos de energías renovables se han destinado sobre todo a los países del este y el sur de Europa sin que éstos tuvieran que hacer nada a cambio.Esto supondría un cambio respecto al modelo actual, en el que la financiación se paga en función de criterios acordados y no como una zanahoria por cumplir objetivos concretos.

Esto permitiría a la Comisión seguir aplicando sus reformas en todo el bloque sin contraer nuevas deudas ni aumentar drásticamente el tamaño de su presupuesto.

Existe un importante solapamiento entre los proyectos financiados por el FRR y el Fondo de Cohesión. Ambas cajas asignan una parte importante del dinero a los países más pobres, como Portugal en el oeste o Bulgaria en el este.

Pero los funcionarios señalan que hay diferencias entre ambos.

 "[La financiación de la cohesión] tiene que ser un tipo de enfoque de desarrollo a largo plazo; tiene que implicar a los socios locales y regionales", dijo la Comisaria de Cohesión de la UE, Elisa Ferreira, en respuesta a una pregunta de POLITICO. "Todos estos elementos no se encuentran necesariamente en instrumentos de emergencia" como el FRR.

Venta difícil

Los funcionarios de la Comisión admiten que les costará vender el nuevo modelo de cohesión a los países miembros más pobres.

Según un funcionario, los países que actualmente tienen dificultades para utilizar los fondos de cohesión difícilmente acogerán con agrado unas normas más estrictas y un vínculo más estrecho con las reformas.

Los Estados miembros se quejan de que una montaña de trámites burocráticos les impide obtener su parte del dinero del FRR.

Margarida Marques, eurodiputada socialista portuguesa, declaró en un acto celebrado esta semana: "Cuando pregunto a los actores, cuando pregunto a los ayuntamientos, me dicen que es más difícil [conseguir dinero del FRR que del presupuesto de la UE]".

Pero Rubio, del Instituto Jacques Delors, sugiere que, en última instancia, las capitales más pobres podrían tener poca influencia para oponerse a las nuevas normas.

La necesidad de aportar dinero fresco para impulsar el crecimiento en países que esperan su adhesión -como Ucrania y los países de los Balcanes Occidentales- y pagar la deuda post-pandémica podría socavar los llamamientos en favor de un presupuesto mayor.

"Si [los países miembros] temen perder dinero, puede que se enfrenten a una situación en la que no tengan mucha capacidad para pedir el mismo dinero sin condiciones", afirmó."      

( Gregorio Sorgi  , POLITICO, 15/04/24, traducción DEEPL)

21.3.24

Cómo la crisis griega se convirtió en un cuento de moralidad... que ha proyectado una larga sombra sobre la integración europea... el "cuento moral" dividía tajantemente a las naciones "virtuosas y trabajadoras" del norte de Europa, por un lado, y a los deudores poco fiables y "despilfarradores y perezosos" del sur de Europa, por otro... el concepto de mediterráneo se yuxtapone al de "europeo", retratando al primero con rasgos como la indisciplina, la extravagancia, la pereza, la irresponsabilidad y las tendencias corruptas... En consecuencia, los países del sur de Europa, en particular Grecia, son vistos como una amenaza potencial para una unión que, por lo demás, está formada por individuos "buenos", "civilizados" y "formados" del norte de Europa. A diferencia de los acreedores disciplinados, los deudores han esquilmado el patrimonio acumulado de la nación en detrimento de las futuras generaciones europeas (Nicola Nones, Un. Toronto)

 "Cómo la crisis griega se convirtió en un cuento de moralidad

La crisis de la deuda griega que comenzó en 2009 ha proyectado una larga sombra sobre la integración europea. Basándose en un nuevo estudio, Nicola Nones explica cómo la crisis se convirtió en un "cuento moral" que dividió fuertemente a los Estados miembros de la UE.

La crisis de la deuda soberana europea supuso una profunda amenaza para el tejido del proyecto europeo, con consecuencias que van mucho más allá del ámbito económico convencional. Según varios comentaristas, la crisis puso de relieve las intrincadas construcciones sociales inherentes a las relaciones de crédito y deuda, entrelazadas con juicios morales sobre el carácter de los agentes implicados. Esto dio lugar a que los medios de comunicación amplificaran un "cuento moral" que dividía tajantemente a las naciones "virtuosas y trabajadoras" del norte de Europa, por un lado, y a los deudores poco fiables y "despilfarradores y perezosos" del sur de Europa, por otro.

En un nuevo estudio, examino si este encuadre discursivo moral fue sistemático durante la crisis griega y en qué medida. Analizo más de 14.000 artículos publicados en la prensa financiera angloamericana y alemana entre 2004 y 2019, mostrando hasta qué punto se describió a Grecia con un lenguaje moral negativo. También documento cómo, tras el "shock" inicial en otoño de 2009, se produjo un notable aumento del tono moral negativo. Además, según la mayoría de las mediciones, este tono moral negativo nunca volvió completamente a los niveles anteriores a la crisis, lo que subraya lo "pegajosas" que pueden llegar a ser las narrativas económicas.

 Las dimensiones morales de la crisis de la deuda soberana griega

¿Qué ha llevado a caracterizar a Grecia de forma moralista durante la crisis económica? Mi lectura de la literatura académica y del contenido de los artículos de los medios de comunicación sobre el tema sugiere tres vías principales.

La primera y más general se refiere a la conexión histórica entre deuda y moralidad. A lo largo de la historia, los debates sobre la deuda y las relaciones crediticias han estado constantemente entrelazados con evaluaciones morales de los actores implicados. Esta intrincada conexión ha tejido una narrativa moral maniquea marcada por dos aspectos contrapuestos: el vicio (para los deudores) y la virtud (para los acreedores). En particular, el término alemán "Schuld" sigue englobando hoy en día un doble significado: deuda y culpa. En este contexto, se responsabiliza a Grecia de vivir por encima de sus posibilidades a costa de los acreedores, alineándose con las nociones de culpa.

El segundo canal se refiere a la división Norte/Sur (y acreedores/deudores) específica de la eurozona. Cuando los acreedores insisten en el reembolso de las deudas, pueden afirmar que sus acciones no están motivadas por una coacción material egoísta, sino más bien por el cumplimiento de una "función pedagógica". Dentro de este discurso, el concepto de mediterráneo se yuxtapone al de "europeo", retratando al primero con rasgos como la indisciplina, la extravagancia, la pereza, la irresponsabilidad y las tendencias corruptas.

 En consecuencia, los países del sur de Europa, en particular Grecia, son vistos como una amenaza potencial para una unión que, por lo demás, está formada por individuos "buenos", "civilizados" y "formados" del norte de Europa. A diferencia de los acreedores disciplinados, los deudores han esquilmado el patrimonio acumulado de la nación en detrimento de las futuras generaciones europeas.

En tercer lugar, incluso entre los países mediterráneos, Grecia destaca por sí misma. Cuna de la civilización occidental, Grecia es considerada descendiente de los helenos clásicos y ocupa un lugar destacado en el imaginario cultural occidental. Los paralelismos entre griegos antiguos y modernos durante la crisis señalaron la veneración de Europa por la Grecia clásica y reafirmaron implícitamente la buena fe de Europa en el cumplimiento de su deuda moral con sus antepasados. Al mismo tiempo, sirvieron para recordarnos cómo los griegos (modernos) han fracasado a la hora de mantener las normas morales establecidas por sus antepasados.

Los medios de comunicación y el cuento moral

Para investigar empíricamente la evolución del contenido moral en los textos escritos sobre Grecia, reuní un conjunto de datos originales de artículos descargados de las bases de datos Factiva y LexisNexis para el período comprendido entre 2004 y 2019. Este marco temporal abarca los periodos anterior, durante y posterior a la crisis griega. El conjunto de datos se centra específicamente en artículos de tres destacados diarios financieros: el Wall Street Journal, el Financial Times y la publicación alemana Handelsblatt.

 Una vez reunidos los artículos en función de criterios de búsqueda predefinidos, utilicé dos diccionarios existentes -el General Harvard Inquirer y el Moral Foundation Dictionary- junto con una lista de palabras personalizada para evaluar el tono moral positivo y negativo. Tras la validación del diccionario, calculé una puntuación de sentimiento moral para cada artículo, en la que las puntuaciones más bajas indicaban un aumento del contenido moral negativo.

Chart showing how the "moral sentiment score" concerning Greece changed over time. There is a clear drop in the moral sentiment score at the start of the Greek debt crisis.

Figura 1: Puntuación media del sentimiento moral (Financial Times y Wall Street Journal)

Gráfico que muestra la evolución de la "puntuación del sentimiento moral" hacia Grecia. Se observa un claro descenso de la puntuación del sentimiento moral al comienzo de la crisis de la deuda griega.

Nota: La línea discontinua muestra la serie bruta, es decir, las puntuaciones morales medias de los dos medios a lo largo del tiempo. La línea continua más gruesa muestra la media móvil de cuatro meses. Los valores más bajos indican un aumento del tono moral negativo. Las dos líneas horizontales muestran la puntuación moral media antes y después de la crisis.

La figura 1 muestra los resultados tras agregar cada puntuación a nivel mensual. Claramente, en algún momento del otoño de 2009, la puntuación del sentimiento moral cayó. Como se preveía, esto coincidió con la revelación de la crisis en octubre de 2009, cuando el nuevo Gobierno griego reveló un déficit presupuestario del 12,7% del producto interior bruto, el doble de lo declarado anteriormente.

 Aunque una parte significativa del descenso se compensó rápidamente, la puntuación moral nunca recuperó totalmente el nivel anterior a 2009. Desagregando las puntuaciones de los dos periódicos financieros, calculé que el descenso medio del tono moral posterior a 2009 fue del 10,3% para el Wall Street Journal y del 27,8% para el Financial Times. La repetición del análisis en el periódico alemán Handelsblatt con el Diccionario de la Fundación Moral (el único diccionario disponible en alemán) reveló un patrón similar, pero más acentuado.

Aunque el tono moral negativo de los medios de comunicación perduró más allá de la propia crisis, mi análisis reveló un hallazgo sorprendente. En contra de lo esperado, no hay pruebas de que la prensa financiera enmarcara la última y más aguda fase de la crisis griega en 2015 en términos cada vez más morales. En general, los resultados empíricos corroboran las opiniones expresadas por varios comentaristas, expertos y académicos sobre el marco moral de la crisis griega, aunque no durante la fase final de la crisis griega."            

(Nicola Nones es investigadora postdoctoral en la Escuela Munk de Asuntos Globales y Políticas Públicas de la Universidad de Toronto. LSE, 20/03/24, traducción DEEPL, enlaces y gráficos en el original)

1.2.24

El arma secreta de los eurócratas... Veinticinco años después, el euro les ha dado la victoria... pero, la realidad es que desde 2008, la zona del euro se ha estancado y su tendencia general de crecimiento a largo plazo ha sido negativa... además, "los mecanismos de ajuste previstos en el marco de la unión monetaria han sido insuficientes para apoyar la convergencia, y en algunos casos han contribuido a la divergencia"... El resultado fue una unión monetaria extremadamente disfuncional... Parece claro, pues, que la introducción del euro fue un error... Y cuando estalló la crisis financiera, los miembros en recesión no podían devaluar. Como no podían imprimir su propio dinero, y como el banco central no estaba dispuesto a actuar como prestamista de última instancia, corrían el riesgo de impago soberano, o insolvencia nacional, al verse atacados por los mercados financieros. Esencialmente, el euro fue su perdición... sobre todo cuando el BCE chantajeó sobre todo a Irlanda, Grecia e Italia, para que cumplieran con la agenda político-económica general de la UE... así, la crisis del euro fue tanto un desastre económico como un éxito político para las élites político-financieras europeas... Desde entonces, no ha cambiado mucho el funcionamiento interno de la unión monetaria (Thoma Fazi)

 "El 1 de enero, cuando la Unión Europea iniciaba otro año de caos económico y guerras no tan lejanas, nadie estaba de humor para celebrar el 25 cumpleaños del euro. Sólo los eurócratas.

Como siempre, los altos cargos de la UE se deshicieron en elogios hacia la moneda única, pero este año sus elucubraciones sonaban más delirantes que nunca. En un artículo de opinión publicado en toda la eurozona, los presidentes del Banco Central Europeo, la Comisión, el Consejo, el Eurogrupo y el Parlamento elogiaron el euro por dar a la UE "estabilidad", "crecimiento", "empleo", "unidad" e incluso "mayor soberanía", y por ser un "éxito" general.

Esta autocomplacencia es habitual entre los eurócratas. En 2016, por ejemplo, cuando Europa aún se tambaleaba por las desastrosas consecuencias de la crisis del euro, Jean-Claude Juncker, entonces presidente de la Comisión, afirmó que el euro aportaba "enormes" aunque "a menudo invisibles beneficios económicos". La declaración de este año, sin embargo, tenía un aire particularmente orwelliano. El euro no ha aportado nada de eso a Europa: la UE es hoy más débil, más fracturada y menos "soberana" que hace 25 años.

 Desde 2008, la zona del euro se ha estancado y su tendencia general de crecimiento a largo plazo ha sido negativa. Esto ha llevado a una divergencia dramática entre sus fortunas económicas y las de los EE.UU.: ajustada a las diferencias en el coste de la vida, la economía de este último era sólo un 15% más grande que la economía de la zona del euro en 2008; ahora es un 31% más grande. En la actualidad, la participación del euro en las reservas monetarias mundiales es significativamente inferior a la de sus predecesores -el marco alemán, el franco francés y el ecu- en los años ochenta.

Pero éste no es ni mucho menos el único resultado del fracaso del euro. Cuando se introdujo, se esperaba que la "cultura de estabilidad" de la moneda única reduciría la diferencia en cuanto a los resultados económicos de sus miembros. En realidad, como ha señalado el FMI, ha ocurrido lo contrario: "los mecanismos de ajuste previstos en el marco de la unión monetaria han sido insuficientes para apoyar la convergencia, y en algunos casos han contribuido a la divergencia". Además, las exportaciones entre los países del euro en porcentaje del total de las exportaciones de la eurozona han seguido una tendencia a la baja desde mediados de la década de 2000.

Parece claro, pues, que la introducción del euro fue un error, pero sólo si tomamos al pie de la letra las intenciones declaradas por sus defensores. Porque es importante entender que el euro siempre fue tanto un proyecto político como económico. Y, desde ese punto de vista, ha sido un éxito extraordinario.

 Hay una razón por la que los cimientos de la unión monetaria no se sentaron hasta principios de los noventa, a pesar de que la idea existía desde 1970. Ese año se publicó el primer informe que examinaba la viabilidad de la unión monetaria. Conocido como Informe Werner, subrayaba que, además de la creación de un banco central europeo como emisor de la nueva moneda única, "las transferencias de responsabilidad del plano nacional al comunitario serán esenciales" para la dirección de la política económica.

Siete años más tarde, el Informe MacDougall reforzaba la necesidad de un presupuesto comunitario considerable - del 5% o más del PIB de la UE - para apuntalar cualquier unión monetaria europea, cuya responsabilidad recaería en un Parlamento Europeo. Dada la reticencia de los Estados miembros a avanzar hacia una unión monetaria y fiscal plena, que habría implicado importantes transferencias entre países, los planes de unión monetaria se estancaron durante otra década. Sin embargo, a finales de los ochenta y principios de los noventa el proyecto del euro cobró nueva vida, no porque los aspectos económicos del proyecto hubieran mejorado, sino porque la política en torno a la idea de la unión monetaria había cambiado, especialmente en el plano de las relaciones franco-alemanas.

La historia oficial es que los franceses, que siempre se habían mostrado particularmente reacios a aceptar cualquier autoridad supranacional, se inclinaron por la idea de una unión monetaria tras la reunificación alemana, como una forma de "encadenar" el poder alemán. Alemania, por su parte, renunció a su apreciada moneda nacional, símbolo de sus logros económicos de posguerra, para acallar las preocupaciones sobre su creciente hegemonía.

La realidad, de hecho, era más complicada. Es cierto que Francia esperaba que la integración monetaria limitara a Alemania. Pero Francia también se vio influida por los acontecimientos internos, en particular el giro neoliberal de los socialistas franceses a principios de los ochenta, bajo Mitterrand. Esto le llevó a abrazar la idea de que "la soberanía nacional ya no significa mucho" y que "un alto grado de supranacionalidad es esencial", como dijo el Ministro de Economía de Mitterrand, Jacques Delors, una idea que Delors exportaría al resto de Europa durante su mandato como Presidente de la Comisión Europea de 1985 a 1995.

En cuanto a Alemania, la idea de que el país aceptó a regañadientes que se le impusiera el euro, a cambio de que sus socios europeos aceptaran la reunificación, es en gran medida un mito. Las élites alemanas eran perfectamente conscientes de que la eurozona daría un inmenso impulso a la estrategia mercantilista de Alemania basada en la exportación, al garantizar un tipo de cambio significativamente más bajo con el euro que el que habría tenido con el marco alemán, incluso ante los persistentes superávits comerciales. En otras palabras, las élites alemanas veían en el euro una forma de reafirmar su hegemonía sobre Europa, justo lo contrario de lo que esperaban conseguir los franceses.

Al menos durante un tiempo, la historia dio la razón a los alemanes. Aprovecharon la oportunidad para garantizar que la futura unión monetaria fuera funcional a los intereses alemanes, en parte consiguiendo que los demás Estados miembros aceptaran la creación de un banco central totalmente independiente -es decir, totalmente aislado de una política elegida democráticamente- con el único mandato de garantizar la estabilidad de los precios. No es de extrañar que Helmut Kohl, Canciller alemán, admitiera haber impulsado el euro "como un dictador" ante una opinión pública reacia, mientras Theo Waigel, su Ministro de Finanzas, se jactaba de "traer el marco a Europa".

¿Por qué otros países aceptaron unirse a una unión monetaria destinada a impulsar la economía alemana a expensas de otras economías menos dependientes de las exportaciones, como Italia? Ciertamente, hubo elementos ideológicos en juego, como el auge del monetarismo, pero, como en el caso de Francia, las razones fueron sobre todo políticas más que económicas. A principios de los años noventa, las élites nacionales de la mayoría de los países europeos habían llegado a considerar el euro como un "caballo de Troya" con el que impulsar políticas neoliberales para las que había poco apoyo político, mediante lo que Kevin Featherstone ha denominado un "desplazamiento de la culpa" hacia la "UE".

Además, al prohibir explícitamente al BCE actuar como prestamista de última instancia y obligar a los Estados a depender únicamente de los préstamos de los mercados financieros para sus necesidades de financiación, la idea era que las instituciones democráticas representativas se someterían a la supuesta "disciplina" de los mercados. Angela Merkel acuñó un término bastante siniestro para un sistema así: "democracia conforme al mercado".

En resumen, el euro vio la luz porque las élites nacionales abrazaron la idea por razones diferentes pero convergentes: en algunos casos (como Alemania), se trataba de obtener una ventaja económica a costa de otros países; en otros (Italia, por ejemplo), se trataba de obtener una ventaja a costa de los actores nacionales, aunque eso costara el crecimiento económico.

El resultado fue una unión monetaria extremadamente disfuncional. Y cuando estalló la crisis financiera y una serie de auges económicos impulsados por el crédito, alimentados por flujos masivos de capital desde el centro de Europa hacia la periferia, las implicaciones de su estructura se hicieron sentir. Los miembros en recesión no podían devaluar. Como no podían imprimir su propio dinero, y como el banco central no estaba dispuesto a actuar como prestamista de última instancia, corrían el riesgo de impago soberano, o insolvencia nacional, al verse atacados por los mercados financieros. Esencialmente, el euro fue su perdición.

Sin embargo, a finales de 2010, las élites europeas -los alemanes, en particular- habían reescrito la historia. La crisis financiera no era culpa de un sistema fuera de control exacerbado por la naturaleza disfuncional de la unión monetaria; era, afirmaban, culpa de la excesiva deuda pública inflada por países que habían "vivido muy por encima de sus posibilidades". El hecho de que la mayoría de los países del euro hubieran registrado superávits fiscales primarios en los años previos a la crisis financiera, y que la deuda pública no se disparara hasta después de ésta como consecuencia de los masivos rescates bancarios, fue convenientemente ignorado. Los líderes europeos proclamaron que sólo había una "cura" posible: la austeridad. El principal defensor de esta teoría fue el ultraderechista ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, fallecido la semana pasada.

La imposición de medidas de austeridad fiscal tan duras en toda la eurozona no sólo aumentó el desempleo, erosionó el bienestar social, empujó a la población al borde de la pobreza y creó una auténtica emergencia humanitaria, sino que además fracasó por completo en la consecución de los objetivos declarados de reactivar el crecimiento y reducir los ratios deuda/PIB. Por el contrario, llevó a las economías a la recesión y aumentó los ratios deuda/PIB. Al mismo tiempo, las normas democráticas se alteraron drásticamente, ya que países enteros fueron sometidos a una "administración controlada". El resultado fue una "década perdida" de estancamiento y permacrisis que provocó una profunda división entre el norte y el sur de la eurozona y llevó a la unión monetaria al borde del abismo.

Esto no fue simplemente el resultado "automático" de la defectuosa arquitectura de la unión monetaria. Más bien, la "crisis de la deuda soberana" europea de 2009-2012 fue en gran medida "diseñada" por el BCE (y Alemania) para imponer un nuevo orden en el continente. De hecho, el ex presidente del BCE Jean-Claude Trichet no ocultó que su negativa a apoyar a los mercados de deuda pública en la primera fase de la crisis financiera tenía como objetivo presionar a los gobiernos de la eurozona para que consolidaran sus presupuestos y aplicaran "reformas estructurales". Pero el BCE fue más allá, recurriendo a diversas formas de chantaje financiero y monetario -sobre todo en Irlanda, Grecia e Italia- con el objetivo de coaccionar a los gobiernos para que cumplieran con la agenda político-económica general de la UE.

En este sentido, podríamos decir que la crisis del euro fue tanto un desastre económico como un éxito político para las élites político-financieras europeas. Al fin y al cabo, les permitió reestructurar y rediseñar radicalmente las sociedades y economías europeas de acuerdo con unas pautas más favorables al capital, al tiempo que creaba una de las mayores transferencias de riqueza al alza de la historia, todo ello en nombre de las realidades supuestamente ineludibles del euro.

Desde entonces, no ha cambiado mucho el funcionamiento interno de la unión monetaria. Incluso la suspensión temporal de las normas fiscales de la UE durante la pandemia está a punto de terminar; este año volverá a entrar en vigor una versión renovada, pero básicamente sin cambios, del marco fiscal de la UE, lo que supondrá el regreso de la austeridad al continente. Que Alemania haya caído en desgracia en el proceso, pasando de hegemón europeo indiscutible a vasallo en jefe estadounidense, es una de las grandes ironías de la última década.

No obstante, cuando las élites europeas afirman que el euro ha sido un éxito, están revelando involuntariamente una verdad. Desde su punto de vista, sin duda lo ha sido; y su mayor éxito ha sido posiblemente convencer a todo el mundo de que no hay alternativa. Parafraseando a Mark Fisher, es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del euro."

(Thomas Fazi, UnHerd, 03/01/24; traducción DEEPL)

9.1.24

La montaña de la UE y el ratoncito del nuevo pacto de estabilidad... En los cerca de 20 años que llevan en vigor, las restricciones de deuda y déficit han demostrado ser muy malas, contribuyendo al estancamiento de la economía de la UE... Quienes habían pensado que la reforma del pacto tendría en cuenta las demandas de mayor flexibilidad y transparencia y, sobre todo, la necesidad de más inversión pública expresadas por algunos países, y la propia Comisión Europea, se han llevado una decepción... El nuevo pacto de estabilidad estipula, para los países con una deuda superior al 90% del PIB, una reducción de al menos un punto porcentual al año por término medio. Esta norma se aplica a todos, contradiciendo lo que la Comisión había recomendado... En el antiguo pacto, la restricción consistía en no superar un déficit del 3% del PIB. Ahora, para los países con una deuda superior al 90%, el déficit no puede superar el 1,5% del PIB. Un drástico endurecimiento de la restricción... el gran perdedor del acuerdo franco-alemán es el gobierno italiano de Meloni... le supondrá reservar una enorme cantidad, unos 90.000 millones anuales, en el presupuesto público antes de pagar intereses... Ante la escasez de inversión productiva privada, que frena las alas de la economía europea, la única solución sería la intervención del Estado a través de la inversión pública. Pero, como hemos visto, las normas europeas lo impiden... La incapacidad de llevar a cabo una verdadera reforma del pacto de estabilidad es una confirmación más de la irreformabilidad estructural de la UE y, sobre todo, de su consiguiente incapacidad para hacer frente al declive económico de Europa frente a otras grandes realidades geopolíticas, como Estados Unidos y China... queda claro que los tratados europeos representan una jaula para las economías continentales, que los Estados individuales no pueden superar salvo abandonando la propia UE (Domenico Moro)

 "Con la pandemia de Covid-19 y la grave crisis económica asociada a ella, el Pacto de Estabilidad, basado en las restricciones del 3% de déficit y el 60% de deuda, se suspendió hasta finales de 2023. En los cerca de 20 años que llevan en vigor, las restricciones de deuda y déficit han demostrado ser muy malas, contribuyendo al estancamiento de la economía de la UE. El crecimiento europeo ha sido tan exiguo que ha provocado la pérdida de posiciones económicas mundiales en favor de los países emergentes, en particular China. Por ejemplo, la UE-27 pasó del 19,1% al 13,8% de las exportaciones mundiales entre 2003 y 2022, mientras que China pasó del 7,6% al 18,3%[i].

 Conscientes de esta situación de decadencia económica, debida no sólo pero sin duda al menos en parte a la forma en que se diseñó el Pacto de Estabilidad, la Comisión Europea y muchos países aprovecharon la oportunidad de la suspensión del Pacto de Estabilidad para pedir un cambio sustancial. El frente reformista está formado por los países con mayores dificultades de deuda pública, especialmente los que tienen deudas superiores al 100%: Grecia (160,9%), Italia (139,8%), Francia (109,6%), España (107,5%), Bélgica (106,3%) y Portugal (103,4%). Como puede verse, se trata de una parte muy grande de la población de la UE, que comprende la segunda, tercera y cuarta economías más grandes de Europa. No es precisamente una miseria. Al frente de la reforma se opone el frente habitual de la austeridad y el rigor presupuestario, representado por Alemania, la única de las grandes economías, y sus satélites, los llamados "frugales", es decir, los Países Bajos, Dinamarca, Austria y Finlandia.

 El primer paso en la reforma del Pacto de Estabilidad fue la reunión del Ecofin, los ministros de Finanzas de la UE, que, a instancias de la Comisión Europea, elaboraron un borrador del nuevo pacto, que deberá pasar por el Parlamento Europeo y la Comisión Europea, probablemente antes de enero de 2024. De momento, pues, veamos en qué consiste el borrador acordado por los distintos gobiernos a través de sus ministros de Economía.

Lo que es evidente es que la montaña de la UE (o la deuda pública europea, si se prefiere) ha parido un auténtico ratón. Quienes habían pensado que la reforma del pacto tendría en cuenta las demandas de mayor flexibilidad y transparencia y, sobre todo, la necesidad de más inversión pública expresadas por algunos países, muchos economistas y la propia Comisión Europea se han llevado una decepción. El nuevo plan es más complejo y menos transparente, fruto de la mediación entre Francia -líder de los reformistas- y Alemania -líder de los conservadores-.

 El planteamiento es siempre el mismo: los países con una deuda excesiva deben comprometerse, bajo la tutela de los organismos europeos, a seguir una senda de reducción drástica de la deuda, proponiendo un plan de ajuste de cuatro años que puede ampliarse a siete si el país se compromete a un programa de inversiones y reformas aprobado y supervisado por la Comisión. Pero, ¿cómo se llevará a cabo la reducción de la deuda? Recordemos que el antiguo pacto exigía que la deuda se redujera a lo largo de 20 años reduciendo el exceso de deuda desde el límite "virtuoso" del 60% en una vigésima parte por año. Era un objetivo tan inalcanzable y un mecanismo tan alejado de las particularidades de las economías de cada país que nadie llegó a ponerlo en práctica. Su modificación era, pues, inevitable. El nuevo pacto de estabilidad estipula, para los países con una deuda superior al 90% del PIB, una reducción de al menos un punto porcentual al año por término medio. Esta norma se aplica a todos, contradiciendo lo que la Comisión había recomendado en cuanto a la diferenciación que debía adoptarse para respetar las especificidades de cada país.

 El otro cambio se refiere a la limitación del déficit. En el antiguo pacto, la restricción consistía en no superar un déficit del 3% del PIB. Ahora, para los países con una deuda superior al 90%, el déficit no puede superar el 1,5% del PIB. Un drástico endurecimiento de la restricción. En concreto, se espera que el déficit primario (neto de gastos de intereses) mejore un 0,4% anual de media si hay un plan de ajuste cuatrienal y un 0,25% si hay un plan de ajuste septenal. Como puede verse, el plan depende de demasiadas limitaciones que deben cumplirse simultáneamente y de reglas matemáticas válidas para todos sin tener en cuenta las condiciones específicas de cada país.

En todo esto, está claro que el gran perdedor del acuerdo franco-alemán es el gobierno italiano de Meloni, que había empezado exigiendo la separación de los cálculos de déficit y deuda de tres importantes capítulos del gasto estatal: defensa, transición ecológica y transición digital. Ninguna de estas exigencias fue atendida, ni siquiera la relativa a los gastos militares, a pesar de las entusiastas declaraciones del ministro de Defensa, Crosetto, al respecto. De forma bastante ambigua, los gastos de defensa se considerarán "un factor relevante en la definición del ajuste". La única concesión de los países partidarios del rigor presupuestario a los reformistas, en particular Francia, es la del régimen transitorio entre 2025 y 2027, durante el cual el coste del servicio de la deuda -es decir, el pago de los intereses de los bonos del Estado- no se tendrá en cuenta, lo que permitirá limitar la carga del ajuste del déficit. Se trata de una estratagema útil para muchos gobiernos actualmente en funciones, que no se aplicará a los gobiernos posteriores. (...)

Así pues, el nuevo pacto, en su formulación provisional, empeora la propuesta original de la Comisión Europea hacia un marco más complejo y menos transparente. Sobre todo, no representa una mejora real con respecto al pacto anterior; en algunos aspectos, es incluso peor. Sin embargo, las sucesivas crisis de los últimos años -la crisis hipotecaria de 2008, la crisis de la deuda de 2011 y la crisis del covid-19 de 2020- han demostrado que las rigideces de las normas sobre déficit y deuda hacen que las crisis, que afectan de forma recurrente al modo de producción capitalista, sean aún más devastadoras. Las restricciones presupuestarias se vieron agravadas por el endurecimiento de los tipos de interés -el coste del dinero- practicado por el BCE para luchar contra la inflación, lo que dificultó aún más a las empresas la obtención de préstamos para realizar nuevas inversiones y contribuyó a sumir de nuevo a la UE en el estancamiento tras la recuperación del bloqueo posterior a 2020.

Ante la escasez de inversión productiva privada, que frena las alas de la economía europea, la única solución sería la intervención del Estado a través de la inversión pública. Pero, como hemos visto, las normas europeas lo impiden, por no hablar de que la necesidad de recortar la deuda una media del 1% anual lleva a restringir el gasto social, empezando por el gasto sanitario. Según los analistas de Bruegel, un think tank belga, las nuevas reglas obligan a Italia a un superávit primario (es decir, el excedente de los ingresos sobre los gastos, deducidos los intereses de la deuda) del 3,3% del PIB al 4,7%, para cumplir la cláusula de una disminución media de la deuda del 1%. Esto supondría reservar una enorme cantidad de unos 90.000 millones anuales en el presupuesto público antes de pagar intereses[iv].

La incapacidad de llevar a cabo una verdadera reforma del pacto de estabilidad es una confirmación más de la irreformabilidad estructural de la UE y, sobre todo, de su consiguiente incapacidad para hacer frente al declive económico de Europa frente a otras grandes realidades geopolíticas, como Estados Unidos y China. Al fin y al cabo, la UE no es un verdadero organismo supranacional, sino intergubernamental, que toma sus decisiones mediante arduas negociaciones entre Estados con economías diferentes e intereses irreconciliables. Así pues, queda claro que los tratados europeos representan una jaula para las economías continentales, que los Estados individuales no pueden superar salvo abandonando la propia UE."                  (Domenico Moro, Sinistrainrete, 08/01/24; traducción DEEPL)

14.12.23

El Pacto de Estabilidad encierra a todos en la jaula de la austeridad... no serán sólo los países “latinos” –Francia, España, Italia (cuyo gobierno es increíblemente tímido en este tema)– los que sufrirán como resultado, sino también Alemania, los Países Bajos y los demás países que han optado por sacrificarse en el altar de la austeridad... Idealmente, el Pacto de Estabilidad podría haberse utilizado para impulsar la integración estableciendo una política fiscal común, con ingresos y gastos comunes, y una política industrial común... podría haber servido al menos para dar a los Estados miembros un poco más de margen de respiro, incluso vinculando la emisión de nueva deuda a inversiones estratégicas (la llamada “deuda buena”) para desalentar el gasto improductivo. Pero en cambio, esta oportunidad ha sido desperdiciada, todo por culpa de los países llamados “austeros”, encabezados por Alemania

 "Idealmente, el Pacto de Estabilidad podría haberse utilizado para impulsar la integración estableciendo una política fiscal común, con ingresos y gastos comunes, y una política industrial común. Definitivamente, Europa necesitaría una agencia de inversión con un gran presupuesto para apoyar inversiones estratégicas en las transiciones energética y digital. Alternativamente, el pacto revisado podría haber servido al menos para dar a los Estados miembros un poco más de margen de respiro, incluso vinculando la emisión de nueva deuda a inversiones estratégicas (la llamada “deuda buena”) para desalentar el gasto improductivo. 

 Pero en cambio, esta oportunidad ha sido desperdiciada, todo por culpa de los países llamados “austeros”, encabezados por Alemania. Y no serán sólo los países “latinos” –Francia, España, Italia (cuyo gobierno es increíblemente tímido en este tema)– los que sufrirán como resultado, sino también Alemania, los Países Bajos y los demás países que han optado por sacrificarse en el altar de la austeridad.

 ¿Qué es el Pacto de Estabilidad? El Pacto de Estabilidad y Crecimiento es el sistema de normas que limita el gasto público de los estados de la Unión Europea. El pacto, que fue suspendido a causa de la pandemia, volverá a entrar en vigor el 1 de enero de 2024 si para entonces no se puede acordar ninguna modificación. Como muchas otras normas a nivel europeo, este pacto ha sido moldeado por los principios de austeridad y neoliberalismo: no es casualidad que todo el mundo lo llame "Pacto de Estabilidad", dejando de lado el "crecimiento" que también debería estar en el centro del acuerdo. políticas fiscales de la Unión y sus Estados miembros. Además, el Pacto tiene efectos procíclicos, lo que significa que añade la carga de la austeridad a un clima económico negativo, como ocurrió durante la crisis financiera de 2010, con consecuencias muy graves para los pueblos de Europa.

 Dado que muchos países aún no han reembolsado la deuda que contrajeron para contrarrestar los efectos económicos de la pandemia, y debido a la necesidad de realizar fuertes inversiones para financiar las transiciones energética y digital, en abril la Comisión Europea presentó una propuesta para reformar el pacto.

 También influyó la presión para aumentar el gasto militar por parte de los países miembros en el contexto de la guerra entre Rusia y Ucrania. Si bien mantiene el marco de normas consagradas en los Tratados, la propuesta de la Comisión tenía como objetivo abandonar el actual enfoque único para todos los Estados miembros en favor de uno que tenga en cuenta las circunstancias nacionales específicas.

 Bruselas propuso una “vía de ajuste fiscal” de cuatro años para cada Estado miembro que no cumpla uno de los criterios de Maastricht. La senda de ajuste podría ampliarse otros tres años si se planifican reformas estructurales o inversiones estratégicas para estimular el crecimiento.

 Sin embargo, Alemania se ha mostrado hostil a esta reforma desde el principio, ya que, según Berlín, personalizar las vías socavaría la “disciplina fiscal”, al ser el resultado de negociaciones bilaterales entre el Estado miembro y la Comisión. A finales de abril, el Ministro de Economía alemán, Lindner, ya pedía “normas más vinculantes”. Desde entonces, el texto legislativo ha sido revisado varias veces, cada vez hacia mayores restricciones. Los países “latinos”, encabezados por Francia, cedieron en muchos frentes, por ejemplo acordando reintroducir reglas automáticas de reducción de la deuda y el déficit. Pero Alemania ahora quiere que un país sometido al procedimiento de déficit excesivo no tenga flexibilidad, incluso si invierte en defensa o en la transición verde.

 En resumen: la austeridad como agenda política para Europa. Este fue el tema polémico en el enfrentamiento del viernes, y los franceses no estaban dispuestos a ceder en este último punto. Pero al final, Alemania sabe que tiene la ventaja: si no se llega a un acuerdo, en un mes el viejo pacto pro austeridad y antiinversión que tanto ama volverá a estar en vigor. 

  Si se llega a un acuerdo, el nuevo pacto podría presentarse al Parlamento antes de las elecciones previstas para junio y entrar en vigor en 2025. Mientras tanto, las normas existentes se ajustarían en previsión de las nuevas. Sin embargo, en este punto está claro que el compromiso final no afectará en absoluto el resultado final del pacto – es decir, la austeridad – y probablemente sólo terminará dando a los estados un mínimo de flexibilidad para el único punto en el que todos están centrados. ahora mismo, ya sea Alemania, Francia o Italia: gasto militar."                 ( Stefano Ungaro, Il Manifesto Global, 12/12/23; traducción google)