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13.11.25

El gobierno francés, de Lecornu, recorta 12.000 millones en el presupuesto de la seguridad social, con los votos del Partido Socialista y la abstención masiva de los grupos ecologista y comunista. Solo los Insoumisos se opusieron al desangre... "Ser una izquierda útil para los franceses y las francesas", una izquierda del "deber". Así es como Olivier Faure, primer secretario del Partido Socialista, denominaba la supresión de al menos 80 puestos de trabajo en cada Centro Hospitalario Universitario (CHU) de Francia, la muerte de varios miles de personas en los pasillos de los hospitales, la vacante de más de 15.000 puestos de enfermeras y enfermeros en el país, las horas extra no pagadas de varios miles de sanitarios, el aumento del copago de tratamientos y medicamentos para los enfermos. Porque eso es precisamente lo que significarán los 12.000 millones de euros de recortes en los ingresos del presupuesto de la seguridad social votados por los diputados del PS... Renunciando a recuperar el más mínimo céntimo de los 80.000 millones de euros de exenciones sociales que benefician casi en su totalidad al capital y a las rentas altas, la maniobra conjunta de la Macronía, del PS, tendrá consecuencias dramáticas sobre un sector de la salud despojado de presupuesto tras presupuesto, y en definitiva, sobre el trabajo, la vida y la muerte de cientos de miles de asegurados y sanitarios (Diario Red)

 "Los diputados socialistas, comunistas y ecologistas dieron luz verde al saqueo de 5.000 millones de euros al hospital público. El sábado 8 de noviembre al anochecer, la Asamblea Nacional aprobaba la parte de ingresos del presupuesto de la Seguridad Social presentado por Sébastien Lecornu. En el programa de esta carnicería presupuestaria, cerca de 12.000 millones de euros han sido recortados del presupuesto de la Seguridad Social, de los cuales 5.000 millones corresponden al hospital público. Unos ingresos menores que el gobierno compensará con una drástica reducción del gasto social, en un momento en que el hospital público y la salud ya están en la agonía.

Unos recortes salvajes firmados por Emmanuel Macron, por supuesto, pero también los votos del Partido Socialista y la abstención masiva de los grupos ecologista y comunista permitieron la aprobación por un margen de 15 votos de una anunciada masacre social y sanitaria. Un voto aún más escandaloso porque avala un conjunto de medidas en las antípodas del programa de ruptura con el que fueron elegidos los diputados del Partido Socialista, de EELV y del PCF. Un paso más del partido de la rosa para fortalecer su alianza con la oligarquía financiera. Solo los Insoumisos se opusieron al desangre.

"Ser una izquierda útil para los franceses y las francesas", una izquierda del "deber". Así es como Olivier Faure, primer secretario del Partido Socialista, denominaba la supresión de al menos 80 puestos de trabajo en cada Centro Hospitalario Universitario (CHU) de Francia, la muerte de varios miles de personas en los pasillos de los hospitales, la vacante de más de 15.000 puestos de enfermeras y enfermeros en el país, las horas extra no pagadas de varios miles de sanitarios, el aumento del copago de tratamientos y medicamentos para los enfermos.

Porque eso es precisamente lo que significarán los 12.000 millones de euros de recortes en los ingresos del presupuesto de la seguridad social votados por los diputados del PS este sábado 8 de noviembre, cómplices de la Macronía a los que ayudaron en su tarea del día las abstenciones masivas de los grupos comunista y ecologista.

Es en efecto seguro, dada la obsesión ideológica malsana de los macronistas por la reducción del gasto de protección social, que este desangre de los ingresos se traducirá en recortes con motosierra al menos igual de importantes en el gasto. Y serán, por supuesto, los asegurados y los sanitarios, ya al límite, quienes sufrirán recortes violentos que la Macronía justificará por la previa bajada de los ingresos.

Estos 12.000 millones de mella representarán otros tantos puestos de trabajo suprimidos, medicamentos más caros o no reembolsados, horas extra no pagadas, horas de espera en urgencias, precariedad para los enfermos, degradación de las capacidades de las residencias de ancianos (EHPAD), de la protección social y de la discapacidad. Mecánicamente, todo voto a favor de estos ingresos era un voto a favor de los recortes presupuestarios, y por tanto, de la política del gobierno que podrá ahora pasar por decreto los ahorros inicuos que está preparando hacer sobre las espaldas de los franceses y francesas más vulnerables.

Renunciando a recuperar el más mínimo céntimo de los 80.000 millones de euros de exenciones sociales que benefician casi en su totalidad al capital y a las rentas altas, la maniobra conjunta de la Macronía, del PS, y de los grupos comunista y ecologista tendrá consecuencias dramáticas sobre un sector de la salud despojado de presupuesto tras presupuesto, y en definitiva, sobre el trabajo, la vida y la muerte de cientos de miles de asegurados y sanitarios.

Una situación y un voto que solo fueron posibles por la negativa del Partido Socialista a censurar a Sébastien Lecornu el pasado octubre, estando Olivier Faure y los suyos demasiado preocupados por la idea de una nueva disolución que les obligaría a asumir ante los electores el peso de sus traiciones.

Más que nunca, los franceses desean que el gobierno se vaya, y Emmanuel Macron con él. Ante esta exasperación creciente; la Francia Insumisa propone una política alternativa basada en la reconstrucción de los servicios públicos mediante el reparto de la riqueza.

Como finalmente subrayó Manuel Bompard, diputado y coordinador nacional de Francia Insumisa, este episodio lo habrá recordado una vez más con claridad: "El pueblo de izquierdas sabe sobre quién puede contar"." 

(Editorial DiarioRed, 13/11/25) 

9.10.25

El futuro del partido socialista: por qué España es una excepción... la supeditación de los socialistas europeos al bloque popular es algo que conoce Manfred Weber, el líder del PPE, que está muy cómodo con los socialistas del norte... El problema en ese escenario es Pedro Sánchez y su poder de contaminación. Weber ha declarado que su deseo es que la realidad política española no se extienda por toda Europa... El contexto general tiene una excepción: España. Sánchez ha apostado por una fórmula para mantenerse en el poder que choca con la utilizada por los países europeos, en los que la sanidad, la educación, la legislación laboral y las pensiones están bajo revisión... Los socialistas de Francia o España son conscientes del coste que supondrá para sus países... Alemania está presionando para que el sur no ponga obstáculos... Es otro equilibrio más que tendrá que realizar Moncloa en ese permanente caminar en el alambre. Y no se trata solo de Sánchez: esos equilibrios tan complicados definen el momento de los socialdemócratas europeos (Esteban Hernández )

 "En el último ‘Viva’ de Vox, que se celebró el domingo pasado, una de las intervenciones estelares fue la de Giorgia Meloni. Resultó llamativa, porque si bien la presidenta italiana tiene relación de amistad con Abascal, el grupo europeo que lidera, ECR, ha adoptado posturas diferentes de las que mantiene Patriots, al que pertenecen Fidesz, Rassemblement National y Vox. Su discurso, por muy cariñoso que fuera con el partido español, estuvo en línea con las posturas que mantiene últimamente Meloni y que parecen alejarla de Abascal. Posición dura con Rusia, una distancia medida con Israel, moderación en algunas posiciones previas a su llegada al gobierno: el tipo de discurso que se considera razonable entre las derechas tradicionales europeas.

Sin embargo, Meloni aludió también a la existencia de tres grupos a la derecha del Partido Popular Europeo en el europarlamento y a los lazos ideológicos que los unen. Son una fuerza que puede cambiar el eje político que domina el continente. Hasta ahora, Von der Leyen, que pertenece a los populares, se ha apoyado en socialistas y liberales, e incluso en los verdes. La presidenta italiana es consciente de que la alianza del PPE con los tres grupos de la derecha crearía una mayoría con una visión muy diferente de la actual. Se trata de un objetivo no olvidado: el cambio de eje es una aspiración compartida.

El PPE ocupa el lugar central de la política europea, pero está cada vez más sujeto a presiones desde ambos lados. Se han anunciado dos mociones de censura contra Von der Leyen, una instigada desde la derecha y otra desde la izquierda. Se adivinan muy pocas opciones de que alguna de las dos triunfe, pero los mensajes que envían son evidentes. El establishment de la política europea, la alianza que ha gobernado desde hace mucho tiempo, es cuestionado. La animadversión contra Von der Leyen forma parte de ello.

No es únicamente un problema de la Unión Europea, sino una constante de sus espacios políticos centrales. En Francia, la alianza entre los liberales de Macron y la derecha republicana no logra aprobar un presupuesto, porque enfrente tiene a Mélenchon y a Le Pen. El nuevo primer ministro, Lecornu, está intentando sumar a la coalición a los socialistas como solución de urgencia. Merz tiene problemas menos serios, pero también cuenta con obstáculos. Gobierna en coalición con los socialdemócratas alemanes, y el poco tiempo que lleva al frente del ejecutivo ha servido para que la extrema derecha, AfD, crezca en intención de voto.

El PPE se mueve en una posición ambigua. Ha de hacer concesiones a sus socios, pero también se beneficia de la amenaza de las derechas

Los lugares determinantes de la política europea, Alemania, Francia y Bruselas, se ven atravesados por situaciones similares. La imposibilidad de que un partido gobierne en solitario y las dificultades para llegar a acuerdos con teóricos socios dificultan enormemente la gobernabilidad. Hay que trazar nuevas alianzas para conseguir mayorías más sólidas, y eso resulta muy complicado sin que alguna de las formaciones tradicionales defraude a su electorado.

La debilidad de los socialistas

En este escenario, el PPE se mueve en una posición ambigua. Sufre por la necesidad de hacer concesiones a los socios, pero también se beneficia de las nuevas posibilidades. Existía un compromiso por el que los populares no se apoyarían en las derechas populistas y extremas para aprobar medidas, pero esa posición es cada vez menos firme. Algunos eurodiputados socialistas se quejan de que el PPE aprovecha la situación para forzar la máquina negociadora, bajo la amenaza de que, si el resto de partidos no cede, tendría que llegar a acuerdo con los grupos a su derecha. El PPE también obtiene réditos del nuevo contexto.

Los partidos socialistas tienen que elegir entre apoyar al bloque sistémico u oponerse a él y liderar el descontento de izquierdas

Los partidos socialistas lo tienen complicado porque, en este cambio de los tiempos, poseen menos fuerza que sus rivales. El caso francés, una vez más, prefigura la situación general. En la negociación para los presupuestos, liberales y conservadores tradicionales intentan atraer a su terreno al partido socialista en un momento en el que el objetivo principal es reducir el déficit público. Es un objetivo que implicará recortes en las prestaciones y pérdida de poder adquisitivo, y los votantes progresistas verían mal que los socialdemócratas apoyaran ese programa. El expresidente Hollande señaló que hay varios puntos innegociables si se quiere el voto socialista, como el gravamen a las grandes fortunas, una mayor contribución de las grandes empresas o la protección de las pensiones de cuantía más baja. Más allá de lo que logren negociar, y de que finalmente los socialistas apoyen o no a Lecornu, lo cierto es que la huelga general del pasado miércoles revela la capacidad de movilización de la izquierda, mientras que las encuestas ratifican la fuerza de Le Pen. De manera que los socialistas tienen que decidir entre sumarse al bloque sistémico y arriesgarse a perder más espacio por su izquierda, u oponerse a él y tratar de encabezar a la izquierda en una rebelión que, probablemente, beneficiaría a Le Pen. La apuesta preferida de los socialistas pasaría por cobrar fuerza para atraer a muchos votantes de Macron y de esa manera convertirse en el centro del bloque sistémico, pero tampoco parece demasiado fácil.

Esa posición endeble de la izquierda se muestra con nitidez en el caso alemán. Merz ha trazado un programa muy definido, que facilita un déficit público bajo y su capacidad fiscal, mediante el cual se invertirá en defensa y en infraestructuras, pero que recortará las prestaciones públicas y las exigencias regulatorias. Los socialdemócratas son socios de gobierno de Merz. Tienen poco que ganar y mucho que perder si dejan hacer a Merz en el terreno de los recortes al estado del bienestar. Es un terreno en que el votante de derechas se siente cómodo, pero que el socialdemócrata acepta difícilmente. Sin embargo, el SPD tampoco tiene muchas más opciones, porque está en un nivel de aceptación popular bajo tras el gobierno de Scholz y con AfD creciendo: no puede cargar con el peso de romper un gobierno.

Weber ha declarado que su deseo es que la realidad política española, con Pedro Sánchez a la cabeza, no se extienda por toda Europa

Esa supeditación de los socialistas al bloque popular es algo que sabe Manfred Weber, el líder del PPE. Weber está muy cómodo con los socialistas del norte, y con dirigentes como la danesa Mette Frederiksen, que entienden la necesidad de acomodarse a los propósitos de futuro de la derecha alemana. El problema en ese escenario es Pedro Sánchez y su poder de contaminación. Weber ha declarado que su deseo es que la realidad política española no se extienda por toda Europa.

Derecha e izquierda, norte y sur

Weber está presionando para que el centroizquierda europeo escoja posición. Si deciden formar parte del bloque sistémico, habrán de supeditarse a las necesidades de ese espacio, que no les son muy favorables. Muchas de las principales propuestas progresistas, ligadas al cambio climático, a la descarbonización y a la ampliación de derechos, están en franco retroceso en Europa. El ambiente bélico fomenta nuevos objetivos. Y, en ese cambio de paso, el estado del bienestar es la siguiente pieza. La sanidad, la educación, la legislación laboral y las pensiones están bajo revisión. Habiendo cedido en los primeros objetivos, hacerlo también en el debilitamiento del estado del bienestar hará daño a los socialdemócratas. Queda otra opción, que es apostar por una postura más aguerrida, más progresista y más movilizadora, que sea capaz de encabezar el descontento. Pero eso resulta improbable: requiere ribetes populistas que están lejos de la naturaleza de los actuales partidos socialistas europeos.

Una España dirigida por el PP estaría mucho más alineada con los propósitos germanos que la del gobierno de Sánchez y sus socios

El contexto general tiene una excepción: España. No se trata solo del enfrentamiento abierto entre los dos grandes partidos nacionales, con posiciones que parecen irreconciliables, sino de que Sánchez ha apostado por una fórmula para mantenerse en el poder que choca con la utilizada por los países europeos. De ahí el temor de Weber de que la realidad española se extienda por Europa. Los populares estarían mucho más cómodos con un partido socialista que fuera capaz de ofrecer sus votos, en caso de perder las elecciones, al candidato del PP, de modo que se impidiera la llegada de Vox y, con ella, que se hiciera más difícil el cambio de eje en el continente. De fondo, asoma Weber, que se siente cómodo con Sánchez en la medida en que implica un as en la manga: es una carta que puede justificar, como en España, una unión de las derechas, esa a la que aspiran Meloni y Abascal.

Sin embargo, las posiciones ideológicas deben ser complementadas con la variable territorial. El pasado jueves, el canciller alemán y el presidente español se reunieron en Madrid. Más allá de los obvios puntos de desencuentro, como Israel, lo que está de fondo es el plan alemán de salida de la crisis. La inversión en rearme y el recorte de prestaciones sociales y de debilitamiento de la regulación lleva a Alemania a apoyarse en los países del norte y a ser menos comprensivo con los déficits presupuestarios del sur. El eje geográfico europeo ha cambiado y los nuevos términos son menos favorables para países como España. El PPE europeo, como los conservadores alemanes, tiene claro el camino. Los socialistas del norte entienden esto perfectamente. Los de Francia o España también pueden comprenderlo, pero son conscientes del coste que supondrá para sus países. Es otro de los interrogantes para el futuro próximo. Por más que los socialistas hayan encontrado margen de maniobra en Europa hasta la fecha, se hace difícil creer que vayan a seguir gozando de él. Del mismo modo que en el continente los partidos progresistas están subordinándose a las necesidades de los conservadores, Alemania está presionando para que el sur no ponga obstáculos. En ese contexto, una España dirigida por el PP estaría mucho más alineada con los propósitos germanos que la del gobierno de Sánchez con sus socios de la izquierda. Es otro equilibrio más que tendrá que realizar Moncloa en ese permanente caminar en el alambre. Y no se trata solo de Sánchez: esos equilibrios tan complicados definen el momento de los socialdemócratas europeos." 

(Esteban Hernández  , El Confidencial , 21/09/25) 

9.9.25

Elecciones en Noruega... Se supone que los países nórdicos, con su historia socialdemócrata, tienen la menor desigualdad y la menor pobreza en el mundo moderno. Pero esa realidad ha desaparecido en los últimos 30 años... como en cualquier otra economía capitalista, la desigualdad de ingresos y riqueza es alta en Noruega... el 1% de los noruegos posee el 22% de toda la riqueza personal del país, mientras que el 50% más pobre de los adultos posee tan solo el 3,6%. Según estas medidas, Noruega no es un paraíso socialdemócrata. Y esta creciente desigualdad preocupa a los votantes noruegos... El éxito económico de Noruega durante los últimos 50 años se ha basado casi por completo en la enorme producción de petróleo y gas en sus costas... las enormes ganancias de las compañías energéticas no se ven acompañadas de una mayor prosperidad para los noruegos, a pesar de su riqueza... Al mismo tiempo, el desempleo está aumentando. Así pues, están apareciendo indicios de una economía estanflacionaria (como en el resto de Europa), incluso en la rica Noruega... y los precios de las viviendas se han disparado junto con la deuda de los hogares (que ahora alcanza un récord del 200% de los ingresos). De hecho, la economía en general está entrando en recesión, a medida que los precios de la energía vuelven a caer... ¿Puede la economía noruega seguir creciendo basándose en el capital de los combustibles fósiles? ¿Deberían los multimillonarios noruegos seguir acaparando la mayor parte de las ganancias de los combustibles fósiles? ¿Cuál es la alternativa? Los votantes noruegos tienen dudas (Michael Roberts)

 "Noruega celebra hoy elecciones generales. En un país de 5,6 millones de habitantes, unos 4 millones tienen derecho a voto y la participación suele ser alta, según los estándares internacionales: superior al 75 %. De hecho, el voto anticipado se ha vuelto cada vez más popular, con hasta un 60 % votando antes del día oficial.

Los noruegos son probablemente la nación más rica del mundo, si se mide por el ingreso promedio per cápita. El ingreso per cápita es más alto que el de cualquier otra economía importante; solo los paraísos fiscales de Suiza, Luxemburgo, Mónaco, etc., son más altos. Pero el ingreso promedio disfraza los extremos de la desigualdad. Y como en cualquier otra economía capitalista, la desigualdad de ingresos y riqueza es alta en Noruega. Se supone que los países nórdicos y escandinavos, con su historia socialdemócrata, tienen la menor desigualdad y la menor pobreza en el mundo moderno. Pero esa realidad ha desaparecido en los últimos 30 años. El índice de Gini de desigualdad de ingresos (donde 0 = igualdad y 1 = una persona lo tiene todo) ha aumentado de una modesta proporción de 0,25 en 1990 a cerca de 0,40 en la década de 2020, una proporción ahora más alta que muchas economías avanzadas.

Y en cuanto a la riqueza personal, la desigualdad es aún más extrema (como ocurre en todos los países escandinavos). Tan solo el 1% de los noruegos posee el 22% de toda la riqueza personal del país, mientras que el 50% más pobre de los adultos posee tan solo el 3,6%. 

Según estas medidas, Noruega no es un paraíso socialdemócrata. Y esta creciente desigualdad preocupa a los votantes noruegos. La desigualdad encabeza la lista de preocupaciones de los votantes, según una encuesta realizada entre el 7 y el 13 de agosto por Respons Analyse para el diario Aftenposten. Noruega ha tenido un impuesto sobre el patrimonio ( formuesskatt ) desde 1892, algunos años antes de lograr la independencia total de Suecia. Junto con España y Suiza, es uno de los tres únicos países europeos que aún gravan el capital de esta manera. El tipo actual se sitúa en el 1 % para quienes tienen activos superiores a 1,7 millones de coronas (125 000 libras esterlinas) y en el 1,1 % para quienes tienen más de 20,7 millones de coronas.

El impuesto se recauda anualmente y se calcula sumando el valor de las propiedades, ahorros, inversiones y acciones, y deduciendo cualquier deuda. Las empresas privadas se contabilizan como parte del patrimonio de sus propietarios. Existen descuentos; por ejemplo, solo el 25 % del valor de la vivienda principal de los ciudadanos está sujeto a impuestos. El impuesto recauda unos 32 000 millones de coronas noruegas (3000 millones de dólares) y afecta a unos 725 000 noruegos, la mayoría de los cuales pagan poco. 

Los multimillonarios noruegos son los más afectados y están protestando. Y los multimillonarios noruegos se están enriqueciendo cada vez más. En 2024, los 400 más ricos tenían una fortuna de 2,139 billones de coronas, un 14% más en un año , según la revista de negocios Kapital, y la mitad de esta riqueza estaba en manos de familias reubicadas en el extranjero. Treinta de ellos abandonaron Noruega cuando el Partido Laborista subió el impuesto. Estas elecciones han desencadenado otra poderosa campaña por parte de los ricos y los políticos de derecha para eliminar el impuesto. El Partido Laborista, como era de esperar, se mantiene indeciso. Ha prometido crear una comisión multipartidista para revisar todos los impuestos.

Pero el impuesto sobre el patrimonio no es el tema que más preocupa a los políticos tradicionales de Noruega; están obsesionados con la aparente inminente invasión de la Rusia de Putin y la necesidad de reforzar la «seguridad nacional» y aumentar el gasto en defensa. El actual gobierno laborista se ha comprometido a aumentar el gasto en defensa al 5% del PIB, en línea con los objetivos de la OTAN. Y esa política no cambiará, independientemente del partido que lidere el próximo gobierno después de este fin de semana.

El éxito económico de Noruega durante los últimos 50 años se ha basado casi por completo en la enorme producción de petróleo y gas en sus costas. El fondo soberano de inversión de 2 billones de dólares de Noruega, basado en los vastos ingresos del petróleo y el gas, equivale a 340.000 dólares por ciudadano noruego. Este fondo permite a los gobiernos gastar con mucha mayor libertad en servicios públicos y prestaciones sociales que otros países europeos. La guerra en Ucrania ha supuesto un auge para los gigantes energéticos noruegos. Noruega es ahora el principal proveedor de gas de Europa, reemplazando a Gazprom tras la invasión rusa de Ucrania en 2022. Y su papel se prevé que aumente a medida que la Unión Europea planea eliminar gradualmente el uso del gas ruso para 2027.

La explotación de nuevas reservas de petróleo y gas es crucial para frenar la prevista caída de la producción. Sin embargo, a muchos noruegos les preocupa el impacto de la producción de combustibles fósiles en el calentamiento global y el clima. Han optado por comprar coches, barcos y camiones eléctricos y adoptar otras políticas «verdes», respaldadas por subvenciones gubernamentales. No obstante, el éxito económico de Noruega sigue ligado a los gigantes energéticos, y el capital noruego depende de la producción de combustibles fósiles. La rentabilidad del capital noruego se basa en los precios globales del petróleo y el gas.

No es de extrañar que el Partido del Progreso, de derecha, antiinmigrante y escéptico del cambio climático, que va bien en las encuestas, haga campaña por una mayor producción y exploración petrolera. «Noruega debería ser el último país del mundo en detener la producción… Queremos extraer petróleo durante otros 100 años», declaró Sylvi Listhaug, líder del Partido del Progreso. Esto es música para los oídos de los gigantes energéticos.

Equinor, Aker BP y Shell son algunas de las empresas más activas en la plataforma continental noruega y ambas siguen explorando e invirtiendo fuertemente en yacimientos existentes en los mares del Norte y de Noruega. Shell presentó recientemente una nueva tecnología para impulsar la recuperación al 75% del yacimiento de Ormen Lange, el segundo más grande de Noruega en gas. Los beneficios de ese yacimiento por sí solos cubrirán el coste adicional de la recuperación en un año. Las compañías de petróleo y gas tienen previsto invertir la cifra récord de 275.000 millones de coronas noruegas (27.000 millones de dólares) este año. Uno de los principales empresarios no petroleros de Noruega afirma: «Esta ha sido una industria de un éxito fenomenal para el país. No se va a detener por sí sola». A pesar de todas las buenas palabras sobre el medio ambiente, el actual gobierno laborista no se resiste. Espen Barth Eide, ministro de Asuntos Exteriores de Noruega, argumenta que la UE necesitará el gas noruego en particular durante mucho tiempo porque todavía queda «un largo camino hasta el nivel en que se necesiten los suministros noruegos, ya que primero se quiere eliminar el petróleo ruso y otras fuentes no occidentales».

Sin embargo, las enormes ganancias de las compañías energéticas no se ven acompañadas de una mayor prosperidad para los noruegos, a pesar de su riqueza. Desde el fin de la pandemia, el coste de la vida se ha disparado (como en todos los países); los precios de los alimentos han subido cerca de un 6 % en los últimos 12 meses. La inflación general se mantiene muy por encima del objetivo del banco central del 2 % anual y ahora está aumentando.

Al mismo tiempo, el desempleo está aumentando.

Así pues, están apareciendo indicios de una economía estanflacionaria (como en el resto de Europa), incluso en la rica Noruega. Excluyendo el sector energético, el crecimiento del PIB real de Noruega ha sido, en el mejor de los casos, lento, por lo que el gasto público depende casi exclusivamente de los ingresos energéticos.

Los precios de las viviendas se han disparado junto con la deuda de los hogares (que ahora alcanza un récord del 200% de los ingresos).

De hecho, la economía en general está entrando en recesión, a medida que los precios de la energía vuelven a caer.

Como en otros lugares, los noruegos están divididos sobre el deterioro de la economía. El Partido del Progreso, antiinmigrante, ha atribuido este hecho rotundamente a la inmigración. Con una quinta parte de los residentes de Noruega siendo inmigrantes o hijos de inmigrantes, y con una inmigración récord en los últimos años (especialmente influenciada por los refugiados ucranianos), los ayuntamientos han expresado su preocupación por la sobrecarga de capacidad debido a las altas tasas de inmigración. El PP está ganando apoyo en las encuestas de opinión, pero principalmente a expensas de los conservadores tradicionales.

Noruega cuenta con un sistema de representación proporcional, en el que 169 legisladores son elegidos en 19 distritos geográficos para un mandato fijo de cuatro años. Cualquier partido que obtenga más del 4% de apoyo a nivel nacional tiene representación garantizada, aunque un buen resultado en distritos individuales también puede generar uno o más escaños. No se espera que ningún partido obtenga los 85 escaños necesarios para una mayoría absoluta, pero las últimas encuestas muestran que el bloque rojo, liderado por los laboristas en el poder, obtendrá la mayor cantidad de votos, por lo que un gobierno minoritario bajo el Partido Laborista o la formación de otra coalición son los resultados más probables.

Pero la coalición de izquierdas está dividida. La coalición anterior del primer ministro laborista Jonas Gahr Stoere se disolvió cuando el Partido del Centro, con sede en zonas rurales, se opuso a la adopción de las regulaciones de la UE sobre control climático. Y la Izquierda Socialista afirmó que solo apoyaría un futuro gobierno laborista si este desinvirtiera en todas las empresas involucradas en lo que denominó «la guerra ilegal de Israel en Gaza» . Pero el Partido Laborista, liderado por Stoere y el recién reelegido secretario general de la OTAN, Jens Stoltenburg, está decidido a mantener su apoyo a Israel y a la «coalición de los dispuestos» en Europa para continuar la guerra en Ucrania. 

El capitalismo noruego ha tenido un gran éxito gracias a la producción de combustibles fósiles. Sin embargo, la creciente desigualdad y el calentamiento global están intensificando las contradicciones del capitalismo noruego. ¿Puede la economía noruega seguir creciendo basándose en el capital de los combustibles fósiles? ¿Deberían los multimillonarios noruegos seguir acaparando la mayor parte de las ganancias de los combustibles fósiles? ¿Cuál es la alternativa? Los votantes noruegos tienen dudas."

 (  , blog, 07/09/25, traducción Gaceta Crítica)

14.7.25

Cas Mudde: Desde hace 25 años, los medios insisten en que el voto potencial de ultraderecha representa al ciudadano de a pie. Esto es mentira... Es una construcción realizada por los medios... los socialdemócratas llevan varios decenios cometiendo los mismos errores. Siguen cortejando a los obreros blancos de derechas, que siempre han votado a la derecha y siempre la votarán, en lugar de apelar a otros votantes mucho más alcanzables, como el electorado joven, sobre todo mujeres, pero también hombres... sucede que han perdido su conexión con la base. Su militancia es blanca, relativamente mayor, con diploma universitario, que no caminan por los barrios afroamericanos... cuentan con poquísimos militantes –y muchos menos cargos electos– de clase obrera o sin diploma universitario. Esos sectores de la población carecen de voz en el aparato. No sorprende, por tanto, que esos partidos tengan imágenes tan tergiversadas o prejuiciadas de su electorado... Lo importante para los partidos socialdemócratas es volver a echar raíces en las comunidades a las que pretenden representar... todo en política es ideología. Es en ese campo, el de la hegemonía, donde se libran las batallas. Y esto, en Estados Unidos, lo comprende mucho mejor el Partido Republicano que el Demócrata

 "(...) Hay mucha preocupación por la derechización de los jóvenes, sobre todo de los hombres, seducidos por Andrew Tate, Jordan Peterson y otras figuras de la manosfera. En una conversación con Ezra Klein, del New York Times, el analista David Shor dijo que el Partido Demócrata tiene “un problema” con los hombres jóvenes, que “los números reales son mucho peores de lo que la gente piensa” y que se trata de un fenómeno global, ya que “las comunidades online están mucho más segregadas por género que las comunidades offline”.      

Soy escéptico. A pesar de todo, las generaciones más jóvenes siguen siendo más progresistas que nunca, en todas las áreas. Es verdad que hay hombres jóvenes que tienen una visión distinta con respecto a la discriminación de género. No es que estén en contra de la igualdad de género, pero creen que esta ya se consiguió hace 10 o 15 años, y que hoy las mujeres llevan la ventaja. Hace 20 o 25 años, en cambio, a los hombres jóvenes les parecía problemático que las mujeres recibieran lo mismo que ellos. La diferencia es importante.  

También se me ocurre que lo que piensa un chaval de 17 años muy probablemente no será lo que piense cuando tenga 30.

Exacto. Como muchas personas de mi generación, me alegro un montón de que no existieran las redes sociales cuando yo era adolescente. ¡Las chorradas sexistas, homófobas y racistas que yo habría lanzado! Es verdad que, hoy, personalidades como Andrew Tate influyen en cómo los hombres jóvenes formulan sus experiencias. Pero esas experiencias son las que son. La idea, por ejemplo, de que las mujeres llevan ventaja nace de un contexto escolar en que, en efecto, las chicas lo hacen mejor no solo en el instituto sino en la universidad. Y consiguen mejores empleos. Claro que después, en sus 30, chocan con un techo de discriminación de género que sigue en pie, pero eso no es algo que vean los chicos de 18. Ojo, no quiero decir que esos chicos tengan razón. Pero sí es importante adaptar el discurso político para que vean reflejada su experiencia.

Aquí toca un problema más general, me parece, que tiene que ver con la aparente impotencia de la socialdemocracia ante la ultraderecha. O hay poca adaptación del discurso, o las adaptaciones resultan forzadas y copian directamente el marco de la ultraderecha. Estoy pensando en los últimos giros antiinmigrantes de “progresistas” como Keir Starmer, en Reino Unido, y Gavin Newson, el gobernador demócrata de California. Son de un oportunismo que da vergüenza ajena.

Ambos van de pragmatistas, lo que no deja de ser una táctica neoliberal. No es casual que Starmer sea blairista, aunque obviamente carece de la energía o la capacidad inspiradora que tenía Tony Blair. Lo que es importante comprender es que tanto Newsom como Starmer son productos de un contexto muy concreto. Desde hace 25 años, los medios, incluidos diarios liberales como el New York Times, insisten en que el voto potencial de ultraderecha representa al ciudadano de a pie. Esto es una mentira como una casa, como hemos demostrado los investigadores una y otra vez. Es una construcción realizada por los medios y, además, falsa. Ahora bien, una cosa es lo que hagan o digan políticos como Starmer o Newsom. Más sorprendente es que las personas de su entorno, que seguramente leen análisis académicos, lleven varios decenios cometiendo los mismos errores. Siguen cortejando a los obreros blancos de derechas, que siempre han votado a la derecha y siempre la votarán, en lugar de apelar a otros votantes mucho más alcanzables, como el electorado joven –sobre todo mujeres, pero también hombres–.

Si le entiendo bien, señala dos errores en los partidos socialdemócratas. Es un error equiparar el potencial voto ultraderechista con la visión del ciudadano común, y es un error obsesionarse con intentar convencer a esa parte del electorado. Ambos parecen nacer de un déficit de comprensión sociológica.

Exacto. Hace bastantes décadas que los investigadores señalamos que los partidos socialdemócratas han perdido su conexión con la base. Su militancia es blanca, relativamente mayor, con diploma universitario. Vamos, son gente como yo. Y yo no me paso el día entero caminando por los barrios afroamericanos de Athens. Quiero decir que los partidos socialdemócratas cuentan con poquísimos militantes –y muchos menos cargos electos– de clase obrera o sin diploma universitario. Esos sectores de la población carecen de voz en el aparato. No sorprende, por tanto, que esos partidos tengan imágenes tan tergiversadas o prejuiciadas de su electorado. Todavía se asume que el obrero es hombre, blanco y reaccionario cuando muchos no lo son, e incluso hay bastantes hombres blancos que no son nada reaccionarios.

Pero ¿cómo se explica esta falta de comprensión del electorado a la luz de los tremendos avances que ha habido en la ciencia demoscópica, sobre todo desde las campañas de Obama? Cuando Ezra Klein le preguntó a David Shor: “¿Por qué debo fiarme de los datos que nos presentas?”, Shor contestó que, solo en 2024, su empresa, que trabaja como consultora para los demócratas, “realizó 26 millones de entrevistas”…

El problema de las encuestas es que se producen en un contexto que después desaparece de los resultados. Las preguntas y los conceptos que emplean nunca son neutrales; es más, muchas veces son increíblemente complejos, como “la democracia” o “la libertad de expresión”. Esos conceptos pueden significar tantas cosas que no significan nada. ¿Es imposible usar la demoscopia para comprender qué piensa la gente sobre fenómenos complejos como el racismo o la diversidad? Para nada. Pero hacerlo bien exige emplear preguntas abiertas, no de elección múltiple, lo que hace que las encuestas salgan muchísimo más caras.

Lo importante para los partidos socialdemócratas es volver a echar raíces en las comunidades a las que pretenden representar. Llevo mucho tiempo diciendo que la socialdemocracia no es una institución que represente los intereses de la clase obrera. En última instancia, la socialdemocracia es una ideología que plantea la necesidad de una sociedad más justa y equitativa. Y, como tal, es para todos. No quiero ponerme gramsciano, pero todo en política es ideología. Es en ese campo, el de la hegemonía, donde se libran las batallas. Y esto, en Estados Unidos, lo comprende mucho mejor el Partido Republicano que el Demócrata.

¿Ve complicado el futuro del Partido Demócrata?

Es indudable que está pasando por un momento muy malo. Probablemente sea el partido socialdemócrata menos popular de Occidente, lo que se dice pronto, ya que son muchos los partidos socialdemócratas que están en un punto bajo. Por otra parte, si miras lo que están haciendo Alexandria Ocasio-Cortez y Bernie Sanders, el Partido Demócrata de Estados Unidos contiene más ideología progresista que todos los socialdemócratas europeos juntos. El sector del partido que representan AOC y Sanders asume de forma entusiasta, sin titubeos, ideas como la multiculturalidad o los derechos trans. Eso yo no lo veo en Europa.

¿Quiere decir que, a pesar de todo, la izquierda en Estados Unidos tiene más potencial?

No lo sé. El gran desafío del Partido Demócrata es que es una coalición de muchas facciones diferentes, que siempre hay que unir de alguna forma. No me puedo imaginar que una figura como AOC sea capaz de hacer eso. Pero lo que sí logrará es empujar al partido hacia la izquierda."

( Entrevista a Cas Mudde, Sebastiaan Faber , CTXT, 02/06/25)

4.7.25

¡Socialdemócratas, despertad! “Ni la cajera del supermercado ni el obrero industrial votan SPD”, se lamentaba el secretario general socialdemócrata, Lars Klingbeil... Como no tienen ni idea de por dónde tirar, si volver a ser el partido de los trabajadores, de centro o según el día... se han dado un plazo de dos años (¡dos años!) para hacer una consulta ciudadana sobre qué ideario y programa escoger... En el 2027, Marine Le Pen puede estar ya sentada en el Elíseo... Algo muy grave está pasando cuando los gobiernos socialistas están en minoría en Europa y no se ve mejora en el horizonte. Algo grave cuando el concepto de “izquierda” recula y va unido, en muchos casos, a los sentimientos de decepción, desconfianza y lejanía de las clases más desfavorecidas, aquellas a las que más debería defender... La francesa Fundación Jean Jaurés ha realizado una encuesta sobre cómo se ve a la izquierda: la gente no se siente escuchada, ha perdido la esperanza de que los socialdemócratas vayan a arreglar en algo sus vidas. Constatan que no han hecho nada frente al poder de los bancos y el gran capital, que se han dedicado a hacerse la guerra en sus luchas y corruptelas internas y a compadrear con los conservadores... “La socialdemocracia nació con el objetivo de corregir los desmanes del capitalismo con métodos democráticos”. Esto no ha sido posible y sus seguidores se sienten defraudados. ¿Ya no quedan ideas? Es hora, como afirma Edgar Morin, de “repensar el mundo porque hay una crisis del pensamiento político (...) porque estamos en un mundo lleno de expertos y de especialistas que no ven más que una pequeña parte de los problemas, aislados los unos de los otros” (Aurora Mínguez)

 "Si todo va bien, el próximo 8 de julio el sociólogo y filósofo francés Edgar Morin cumplirá 104 años. Su último libro, aparecido en 2022, se titula ¡Despertemos! (Réveillons-nous!) y en él afirma: “seguimos los acontecimientos como si fuéramos sonámbulos”. Esa frase se puede aplicar bien a los socialdemócratas alemanes (SPD), quienes han celebrado hace unos días un Congreso del que no ha salido ninguna autocrítica por sus últimos desastres electorales ni tampoco una línea clara de actuación. Si no reaccionan, van camino de convertirse en una formación irrelevante, con apenas un 15% de intención de voto (casi 20 puntos menos de lo logrado en 2005).

“Ni la cajera del supermercado ni el obrero industrial votan SPD”, se lamentaba el secretario general socialdemócrata, Lars Klingbeil, vicecanciller y titular de Hacienda, quien fue refrendado solo por el 64,9% de los delegados. Como no tienen ni idea de por dónde tirar, si volver a ser el partido de los trabajadores, de centro o según el día (difícil tarea siendo socio junior del gobierno del conservador Friedrich Merz), se han dado un plazo de dos años (¡dos años!) para hacer una consulta ciudadana sobre qué ideario y programa escoger. En el 2027 se pueden encontrar con que el cordón sanitario esté a punto de quebrarse y Marine Le Pen puede estar ya sentada en el Elíseo... porque la izquierda francesa también inició su descenso a los infiernos hace más de diez años.

Algo muy grave está pasando cuando los gobiernos socialistas están en minoría en Europa y no se ve mejora en el horizonte. Algo grave cuando el concepto de “izquierda” recula y va unido, en muchos casos, a los sentimientos de decepción, desconfianza y lejanía de las clases más desfavorecidas, aquellas a las que más debería defender. Sorprende incluso que sea un musulmán norteamericano aspirante a alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, quien haya resucitado el concepto de líder “izquierdista” y quien haya hecho renacer una cierta esperanza de cambio positivo.

La francesa Fundación Jean Jaurés, próxima al Partido Socialista galo, ha realizado una encuesta sobre cómo se ve a la izquierda. Sus conclusiones son válidas más allá de las fronteras del Hexágono: la gente no se siente escuchada, ha perdido la esperanza de que los socialdemócratas vayan a arreglar en algo sus vidas. Constatan que no han hecho nada frente al poder de los bancos y el gran capital, que se han dedicado a hacerse la guerra en sus luchas y corruptelas internas y a compadrear con los conservadores disfrutando de los privilegios del escaño o el despacho oficial. Renaud Large colabora con la Fundación Jaurés. Recuerda que una generación, la de Felipe González o Mario Soares o, incluso, la anterior con líderes como François Mitterrand, inspiraron ese deseo y esa esperanza de cambio. Pero aquellos líderes, y sus seguidores, son ya abuelos a quienes les preocupa ahora la seguridad, la inmigración desordenada o sus pensiones.

En temas de seguridad, subraya Large en una entrevista en Le Nouvel Obs’, la derecha ha llevado siempre la voz cantante. Líderes progresistas como la primera ministra danesa Mette Frederiksen, o el británico Keir Starmer, han tomado nota. Mano dura pero, a la vez, apoyo al ciudadano intentando preservar un máximo de justicia social. Claro que, en este último capítulo, los socialdemócratas se han topado con el freno de la deuda. En el caso alemán, un país rico, imponer simplemente el salario mínimo costó sangre, sudor y lágrimas. Hoy día está fijado en 12,82 euros la hora (en España 9,47 euros). Llegará a los 15 euros, si todo va bien, en el 2028. En el caso francés, el conflicto mayor gira en torno al futuro de las pensiones, y en un izquierdista radical, Jean-Luc Mélenchon, 75 años, líder de la Francia Insumisa, exsenador y exministro socialista, quien aprovecha la debilidad y las tensiones de su antigua familia política para presentarse como la única fuerza capaz de parar el avance de la señora Le Pen. En su libro La Meute (La Manada) los periodistas Charlotte Belaïch y Olivier Pérou le presentan como un personaje dictatorial interesado exclusivamente en sí mismo.

¿Merece la izquierda el castigo en las urnas y el desapego de sus antiguos electores? Victoria Camps escribía recientemente en este periódico: “La socialdemocracia nació con el objetivo de corregir los desmanes del capitalismo con métodos democráticos”. Esto no ha sido posible y sus seguidores se sienten defraudados. ¿Ya no quedan ideas? ¿Han tirado la toalla frente al avance de la extrema derecha que dice defender los intereses de la clase trabajadora? Es responsabilidad de los líderes socialdemócratas presentar programas y alternativas atractivas, elaboradas no en las sedes oficiales de los partidos, sino entre esa sociedad civil que se siente huérfana de personajes inspiradores que no jueguen solo a llevar la contraria al mandatario de turno. Es hora, como afirma Edgar Morin, de “repensar el mundo porque hay una crisis del pensamiento político (...) porque estamos en un mundo lleno de expertos y de especialistas que no ven más que una pequeña parte de los problemas, aislados los unos de los otros”."

(Aurora Mínguez es periodista y analista de asuntos europeos. El País, 03/07/25)

20.12.24

A lo largo de décadas, la socialdemocracia abandonó a los trabajadores. Después, los trabajadores abandonaron a la socialdemocracia... la crisis del petróleo de 1973, sin la voluntad de buscar alternativas en la izquierda -como permitir que los trabajadores obtuvieran más poder sobre la inversión a través de los fondos de los asalariados- aceptaron una resolución neoliberal... Sin una visión económica del tamaño del New Deal, los demócratas se vieron obligados a hablar de progreso únicamente en el lenguaje de la representación y los derechos civiles. Tales llamamientos tenían poco que ofrecer a nadie... el ascenso de «el precariado» está en sí mismo relacionado con las derrotas sufridas por los socialdemócratas y los sindicatos... El Partido de los Trabajadores de Bélgica (PTB-PVDA) ha evolucionado hasta convertirse en una fuerza de masas que da forma a la política de su país, se centra mucho en la construcción de bases en las comunidades obreras, ofrece servicios sociales profesionales, como atención sanitaria primaria en los centros de acción del partido, y ha colocado a los trabajadores a la cabeza de sus listas electorales... la izquierda no puede ganar suficiente poder para cambiar la sociedad sin poner en primer plano las preocupaciones básicas y arraigarse en los grupos que más se beneficiarían de la redistribución de los recursos. Eso significa un compromiso con la solidaridad en muchas formas, pero también significa reconocer que la victoria no es posible sin el apoyo de personas que pueden tener todo tipo de puntos de vista contradictorios, incluso reaccionarios

 "¿Se puede construir la socialdemocracia sin los trabajadores? Esta pregunta habría sido impensable hace unas décadas. Hoy en día refleja un reto fundamental al que se enfrentan los partidos de centro-izquierda en todo el mundo.

En Estados Unidos, aunque el Partido Demócrata ha avanzado hacia la izquierda en política interior, cuenta con menos apoyo de la clase trabajadora que nunca. Tanto las encuestas del Center for Working-Class Politics que utilizan datos ocupacionales como las encuestas a pie de urna de la CNN que utilizan la educación como indicador de clase (un marcador impreciso pero útil) muestran una distancia cada vez mayor entre los demócratas y los trabajadores. En 2020, Joe Biden perdió a los votantes sin estudios universitarios por 4 puntos. En estas elecciones generales, Kamala Harris los perdió por 14 puntos.

El cambio en el atractivo del partido es evidente incluso entre los trabajadores sindicados. En 1992, favorecían a Bill Clinton por 30 puntos. Donald Trump se acercó a 19 puntos en 2020 y redujo la diferencia a sólo 8 puntos este mes.

Dinámicas similares están en juego en todo el mundo capitalista avanzado, como en Alemania, donde el partido de izquierdas Die Linke pasó de recibir casi un tercio de los votos en los estados industriales del este del país en 2019 a apenas registrarse como fuerza electoral allí este año. Del mismo modo, aunque sigue en el poder, el Partido Socialdemócrata ha tendido a tener malos resultados entre los trabajadores, que se sienten cada vez más atraídos por los llamamientos de extrema derecha de Alternativa para Alemania: la AfD se convirtió recientemente en el grupo más grande en el parlamento estatal de Turingia.

Durante décadas, los que seguían comprometidos con un programa socialdemócrata tradicional han respondido a esta crisis de apoyo con una combinación de minimización del problema, búsqueda de sustitutos para los votantes de clase trabajadora perdidos e intento de volver a captar a su antigua base moviéndose hacia la derecha en cuestiones sociales. Hasta ahora, ninguna de esas respuestas ha resultado satisfactoria.

Los orígenes

Para entender el acercamiento de los partidos socialdemócratas a los trabajadores, debemos remontarnos a los orígenes de estos partidos. Con la aparición de una clase obrera masiva en el siglo XIX, los trabajadores empezaron a buscar representación política y económica. Dado que los capitalistas detentaban el poder político y económico, los trabajadores necesitaban organizaciones que persiguieran sus intereses colectivos. Los partidos socialdemócratas se convirtieron en la expresión política de los intereses de la clase obrera en la sociedad en general, y los sindicatos persiguieron esos intereses en el punto de producción. No importa si esos órganos eran representantes efectivos o si también estaban poblados por campesinos, artesanos y otros que difícilmente podían considerarse parte de la clase obrera industrial; eran inseparables de su base social básica.

Una política de izquierdas arraigada en torno a estos partidos y sindicatos obreros y un conjunto de reivindicaciones igualitarias fueron la norma durante siglo y medio. Esta política no representaba en absoluto un movimiento unificado; las fracturas y escisiones -entre la socialdemocracia de preguerra y el anarquismo, entre la socialdemocracia de posguerra y el comunismo- eran frecuentes. Pero la competencia dentro de la izquierda siempre fue por la lealtad de las mismas personas.

En ciudades como Manchester o Turín, la gente vivía en barrios y trabajaba en fábricas densamente apiñada, obligada por el capitalismo a establecer, si no siempre lazos de solidaridad, al menos de comunalidad. Como era de esperar, votaban mayoritariamente a los partidos de izquierda. El trabajo del revolucionario consistía en convencer a los trabajadores comprometidos con una vía lenta hacia el socialismo para que adoptaran una vía urgente.

William Morris escribió en 1885 que aunque los trabajadores sabían que eran una clase, los socialistas tenían que convencerles de que «debían ser una sociedad», una fuerza capaz no sólo de existir dentro de una economía, sino también de controlar el futuro de esa economía. Ahora, los socialistas deben esforzarse por defender también la parte de clase.

La socialdemocracia entra en guerra contra sí misma

¿Cómo ha sucedido esto? Hace casi medio siglo, el historiador británico Eric Hobsbawm se preguntaba si «la marcha hacia adelante del trabajo y del movimiento obrero» se había detenido, y el teórico francés André Gorz declaraba que la clase obrera había muerto como agente social. Teniendo en cuenta la profundidad de la división de clases en la actualidad, esas declaraciones previas parecen tan clarividentes como prematuras.

Los cambios incipientes que Hobsbawm y Gorz detectaron tenían raíces económicas y sociológicas. Los logros de la socialdemocracia de posguerra (y los de su contrapartida estadounidense, el New Deal) se basaban en una expansión económica que beneficiaba tanto a los trabajadores como al capital. Cuando el crecimiento se ralentizó en la década de 1970, las demandas de los trabajadores que los capitalistas habían soportado anteriormente para mantener la paz les parecieron económicamente insostenibles. En este nuevo entorno, los sindicatos y los partidos políticos, en retirada, tenían menos que ofrecer a los trabajadores a cambio de su participación.

Al mismo tiempo, los propios trabajadores estaban cambiando rápidamente. La automatización y la competencia mundial provocaron un desplazamiento del empleo fordista en los sectores industriales al trabajo en las industrias productoras de servicios. Mientras tanto, la inmigración masiva diversificó aún más la clase trabajadora desde el punto de vista étnico.

La clase obrera nunca había sido una entidad estática; más bien, siempre fue un grupo de personas dependientes de los salarios de los empleos creados por un sistema capitalista en perpetuo estado de flujo y recomposición. Pero las décadas de 1970 y 1980 fueron un periodo de transformación especialmente rápida, y lo que realmente lo distinguió fue la sorprendente respuesta de los partidos apoyados por los trabajadores.

Las formaciones socialdemócratas se enfrentaron a las crisis económicas capitalistas de aquellos días buscando una solución en su propia base. Su curso final estaba condicionado por la realidad básica y universalmente comprendida de que el crecimiento económico bajo el capitalismo se basaba en la creencia de los capitalistas de que podían invertir de forma rentable. La clase obrera sólo existía gracias a las empresas privadas, y los trabajadores estaban atrapados tanto en un inexorable conflicto de clase con sus empleadores como en un estado de dependencia de ellos. Del mismo modo, los Estados redistributivos que habían votado dependían de los impuestos para mantenerse. ¿Qué se podía hacer cuando los capitalistas exigían cambios estructurales antes de reanudar la inversión?

Al principio, la crisis de estanflación pilló por sorpresa al centro-izquierda. Pensando que habían abolido el ciclo económico mediante la intervención estatal, los viejos partidos de la Segunda Internacional marxista olvidaron un principio marxista básico: que las contradicciones del capitalismo, y su tendencia a la crisis, no podían resolverse dentro del sistema. Cuando las dificultades económicas demostraron ser algo más que un efecto transitorio de la crisis del petróleo de 1973, los socialdemócratas quedaron desamparados. Sin la voluntad de buscar alternativas en la izquierda -como permitir que los trabajadores obtuvieran más poder sobre la inversión a través de los fondos de los asalariados- aceptaron una resolución neoliberal.

Los neoliberales habían argumentado que el capitalismo keynesiano funcionaba hasta cierto punto pero tenía límites fijos. El estímulo monetario más allá de esos límites produciría inflación sin crecimiento, como a mediados de los años setenta. Desencadenar de nuevo el crecimiento no significaba gastar más dinero para estimular la demanda, sino reducir el estado de bienestar regulador y restringir el poder de negociación de los sindicatos, que entonces buscaban subidas salariales inflacionistas para compensar la inflación existente. En resumen, para reactivar la economía, la clase trabajadora tendría que aceptar menos. Después de intentar salir de la crisis con préstamos y fracasar en el intento, la socialdemocracia respondió a la acusación de que la propia socialdemocracia estaba en el origen de la crisis económica aceptando sin reservas.

En Europa Occidental, este giro de 180 grados fue más dramático en Francia. El gobierno socialista de François Mitterrand en los años ochenta había llegado al poder con el respaldo comunista y planes radicales. «Se puede ser gestor de [una] sociedad capitalista o fundador de una sociedad socialista», dijo Mitterrand en una rueda de prensa en 1971. «En lo que a nosotros respecta, queremos ser los segundos». Sin embargo, cuando el primer gobierno de izquierdas de Francia en décadas entró en funciones en 1981, Francia ya se enfrentaba al desempleo, al estancamiento económico y a vientos en contra internacionales. Se intentó una solución sobre bases keynesianas: Las «110 Propuestas para Francia» de Mitterrand incluían un programa masivo de obras públicas, mayores derechos sindicales y medidas de codeterminación, aumento de los salarios mínimos y las pensiones, y una reducción de las horas semanales de trabajo. En 1982, el gobierno puso algunos grupos industriales clave y casi cuarenta bancos bajo control estatal para ayudar a mantener el empleo y acelerar la reestructuración económica.

El resultado fue una fuga masiva de capitales y el agravamiento de las dificultades económicas. En vano, Mitterrand pugnó ante la clase empresarial que él no era un «marxista-leninista revolucionario» y que su camino era el único para «acabar con la lucha de clases». En última instancia, se los ganó no sólo deteniendo su programa, sino también retrocediendo dramáticamente hacia la política de austeridad. La lección estaba clara para socialdemócratas como el alemán Gerhard Schröder y el Nuevo Laborismo de Tony Blair: cuando llegó su momento, como mucho intentaron casar las medidas redistributivas ex post con la nueva ortodoxia económica.

En Estados Unidos, donde el compromiso de los demócratas con los trabajadores siempre fue sospechoso, la transformación no había tenido menos consecuencias. Jimmy Carter llegó a la Casa Blanca en 1977 con un programa de apoyo a los trabajadores centrado en el gasto en infraestructuras, objetivos de pleno empleo y ampliaciones del estado del bienestar. Pero al cabo de un año, alarmado por el aumento de los precios al consumo, se lo pensó mejor y propuso un presupuesto «limpio y ajustado» para controlar el gasto.

La inflación siguió aumentando, alcanzando los dos dígitos en 1979, por lo que pronto se adoptó una medida aún más drástica. Bajo el mandato de Paul Volcker, la Reserva Federal contrajo la oferta monetaria global permitiendo que los tipos de interés se dispararan. El desempleo alcanzó niveles desconocidos desde la Gran Depresión. Carter combinó el tratamiento de choque de Volcker con reducciones de la infraestructura reguladora de la era del New Deal, especialmente en el sector financiero. Mientras el presidente hablaba por televisión de la salud moral de Estados Unidos, la salud económica de los trabajadores que le habían elegido estaba fallando. Una ola de desindustrialización afectó a la base manufacturera estadounidense, disparó el déficit comercial y alimentó la decadencia urbana. Cuando a mediados de los ochenta se produjo una incipiente recuperación, Ronald Reagan estaba en el poder para atribuirse el mérito.

Al igual que la socialdemocracia en Europa, el Partido Demócrata en Estados Unidos responsabilizó a sus propios partidarios de la recuperación del crecimiento. Pero lo que vino después fue igualmente perjudicial. A pesar del dolor causado a finales de los setenta y en los ochenta, Bill Clinton contó con gran parte de la antigua coalición del New Deal para ganar la presidencia en 1992. Una vez en el poder, sin embargo, persiguió un nuevo consenso bipartidista sobre el libre comercio y «acabar con el bienestar tal y como lo conocemos». Clinton hizo poco por evitar la pérdida de empleos industriales, y abrazó a los profesionales de los suburbios y a los «trabajadores del conocimiento» como sustitutos de los votantes perdidos de su partido. Encontró nuevas fuentes de apoyo capitalista en la Gran Tecnología -entre los «Demócratas de Atari«- y en las finanzas.

Los demócratas pasaron de ser el partido de la justicia y la estabilidad al partido de la meritocracia y el dinamismo. Esta transformación quedó clara en el infame comentario del senador Chuck Schumer en vísperas de las elecciones de 2016: «Por cada demócrata de cuello azul que perdamos en el oeste de Pensilvania, recogeremos a dos republicanos moderados en los suburbios de Filadelfia, y eso se puede repetir en Ohio e Illinois y Wisconsin». Sin una visión económica del tamaño del New Deal con una clase trabajadora unificada en el centro, los demócratas se vieron obligados a hablar de progreso únicamente en el lenguaje de la representación y los derechos civiles. Tales llamamientos tenían poco que ofrecer a nadie, especialmente a los hombres blancos que acudieron en masa a Trump en 2016.

Sustituciones

La socialdemocracia, y en diversos grados sus imitadores de centro-izquierda, surgió en un principio para representar los intereses de los trabajadores frente al capital, pero acabó respondiendo a las contradicciones del capitalismo eligiendo los intereses del capital frente a los de los trabajadores. Dada la dependencia asimétrica del trabajo respecto al capital, esta respuesta era racional en un sentido económico. Pero una de sus consecuencias políticas fue la salida masiva de trabajadores de los partidos de izquierda.

Según Political Cleavages and Social Inequalities, editado por los economistas Amory Gethin, Clara Martínez-Toledano y Thomas Piketty, entre 1950 y 1959 una media del 31 por ciento más de la clase trabajadora en las democracias occidentales votó a la izquierda que los votantes de otras clases. En 2020, ese margen era sólo del 8 por ciento. Es importante destacar que los ricos han mantenido su tradicional lealtad a los partidos de derecha, pero las clases profesionales han cambiado en respuesta al giro social-liberal de los partidos socialdemócratas. En resumen, los partidos del trabajo se están convirtiendo en partidos de los educados.

Algunas figuras del centro-izquierda y la izquierda actuales glorifican los cambios en curso. Las declaraciones de Schumer fueron quizá el ejemplo más extremo de esta tendencia, pero está presente incluso en la extrema izquierda contemporánea. La propia clase trabajadora está cambiando, señalan acertadamente activistas y políticos de izquierdas. A medida que aumenta el número de empleos que exigen mayores credenciales, la clase obrera se ha vuelto más culta. También se ha diversificado. En lugar de vincular la política de centro-izquierda a un tema universal, afirman, deberíamos ver a los trabajadores como un importante grupo de interés entre otros, como la «gente de color», los ecologistas, los pobres, etc. Esta amplia coalición puede parecer diferente del movimiento obrero que construyó la socialdemocracia clásica, pero demostrará ser igual de capaz de lograr la redistribución.

Aunque esta corriente tiene razón al evitar valorizar un momento particular de la vida de la clase obrera, ignora tanto la medida en que la estabilidad fordista fue el resultado de victorias políticas duramente ganadas, como que el ascenso de «el precariado» está en sí mismo relacionado con las derrotas sufridas por los socialdemócratas y los sindicatos. En lugar de intentar reconstruir la base social de la izquierda, estos organizadores intentan encontrar una nueva, pero esta vez a través de actores menos posicionados estratégicamente que los trabajadores en los puntos de producción e intercambio.

Sin embargo, una coalición basada principalmente en la ideología siempre es más débil que una basada tanto en la ideología como en intereses materiales compartidos. Este hecho creará nuevos dilemas a los partidos de centro-izquierda cuando lleguen al poder. ¿Cómo será posible, por ejemplo, ampliar los Estados del bienestar sin ingresos fiscales adicionales de los profesionales que ahora votan contra la derecha por razones sociales y culturales?

Respuestas equivocadas

Este reciente enfoque izquierdista de la política refleja el que en su día adoptó el Nuevo Laborismo en Gran Bretaña. Tras la derrota de los laboristas en las elecciones generales de 1992, la Sociedad Fabiana publicó Southern Discomfort, un panfleto en el que se pedía a los laboristas que se reorientaran hacia los profesionales del sur de Inglaterra. Sus conclusiones, que incluían un énfasis en la «oportunidad», el «individualismo» y la restricción fiscal, fueron adoptadas por Tony Blair en su exitosa campaña de 1997. El Nuevo Laborismo de Blair era, al menos en parte, un proyecto para convertir al laborismo de un partido socialdemócrata de la clase trabajadora en «el ala política del pueblo británico»: joven, cosmopolita y dinámico. Los enemigos contemporáneos del blairismo parecían competir en un terreno muy parecido.

También hay otras dos respuestas insatisfactorias al reparto de clases. Una es negar que se esté produciendo. Michael Podhorzer, ex director político de la AFL-CIO, por ejemplo, argumenta que los cambios en los patrones de voto son sobre todo el resultado de tendencias regionales divergentes: los trabajadores se han desplazado hacia la derecha en estados que ya eran rojos. Sin embargo, como señala Jared Abbott en una revisión exhaustiva de los datos en Estados Unidos, «los votantes de clase trabajadora son, de hecho, más propensos a votar demócrata en los estados azules que en los rojos o morados, pero están tendiendo a alejarse de los demócratas en todos los contextos partidistas.»

Otra respuesta de los socialdemócratas ha sido extirpar los valores liberales de la política de centro-izquierda para apelar a lo que consideran los valores tradicionalmente conservadores de la clase trabajadora. En este sentido, cuando los partidos de izquierda estaban más arraigados en las comunidades obreras, entendían instintivamente cómo apelar a sus electores. Cuando se burocratizaron y se distanciaron de esta base, y cuando su bloque de votantes se hizo más de clase media, buscaron apoyo yendo demasiado a la izquierda en cuestiones culturales y sociales.

El partido de Sahra Wagenknecht (Alianza Sahra Wagenknecht, BSW) en Alemania es un ejemplo destacado de este planteamiento: ofrece gran parte del programa económico tradicional de la izquierda, pero intenta flanquear a la derecha en cuestiones como la inmigración, ahora un tema político de primer orden en Alemania.

Esa conversación nacional ha coincidido con la pérdida de empleo en el sector manufacturero. Alemania había evitado durante mucho tiempo la destrucción de empleo industrial experimentada por otros países capitalistas avanzados, pero el empleo en el sector del automóvil cayó un 6,5 por ciento el año pasado, y el 60 por ciento de los proveedores de automóviles planeaban recortes adicionales en Alemania en los próximos cinco años. Lo mismo ocurre en otros sectores industriales. Conglomerados como ThyssenKrupp y BASF se embarcan en recortes. La rápida desindustrialización y el paso a una economía de servicios menos remunerada han coincidido con el aumento de la población extranjera con derecho a prestaciones. De los 750.000 refugiados ucranianos en edad de trabajar que residen en Alemania, por ejemplo, sólo una cuarta parte ha encontrado trabajo, algo más que la proporción de los que reciben ayudas al desempleo.

Este entorno ha permitido prosperar a la derechista AfD, especialmente en el desindustrializado este de Alemania. BSW ha evitado la peor retórica sobre inmigración, y la propia Wagenknecht declara regularmente su oposición al racismo. Pero en su intento de ganarse a los trabajadores de derechas, ha dicho que «Alemania está desbordada» y «no tiene más espacio» para los solicitantes de asilo, y ha lamentado la existencia de «sociedades paralelas» en barrios musulmanes no integrados. Estas narrativas hacen que la cuestión de la inmigración como problema cultural adquiera cada vez más relevancia en la política alemana -más que las respuestas económicas de la izquierda a las preocupaciones de la clase trabajadora sobre la inmigración- y ese cambio beneficiará en última instancia a la extrema derecha.

BSW está preocupado, y con razón, por lo arraigados que están hoy en día los partidos de izquierda de clase. Pero su enfoque de las divisiones basadas en el origen nacional dentro de la clase trabajadora refleja en cierto modo la retórica de la izquierda neoliberal que opone los intereses de, por ejemplo, las mujeres y las minorías a los de los viejos blancos. Ambas descripciones se alejan de la tradicional visión socialista de la división entre capital y trabajo.

La estrategia de la paciencia

¿Existe algún camino a seguir en respuesta al alineamiento de clases de la socialdemocracia? Otras partes de Europa ofrecen una alternativa más prometedora, más ortodoxa desde una perspectiva socialista y que también ha demostrado su eficacia electoral. El Partido de los Trabajadores de Bélgica (PTB-PVDA) fue en su día un partido sectario de la izquierda comunista, pero desde 2008 ha evolucionado hasta convertirse en una fuerza de masas que da forma a la política de su país. Aunque hace tiempo que abandonó su bagaje maoísta, su planteamiento organizativo sigue pareciendo sacado de un libro de jugadas de una época pasada. El partido se centra mucho en la construcción de bases en las comunidades obreras, ofrece servicios sociales profesionales, como atención sanitaria primaria en los centros de acción del partido, y ha colocado a los trabajadores a la cabeza de sus listas electorales.

Este enfoque ha tenido éxito, incluso más allá de las zonas de mayor apoyo del Partido de los Trabajadores, como Valonia: en unas elecciones celebradas en octubre en Amberes, obtuvo el 20% de los votos, sólo superado por la derechista Nueva Alianza Flamenca. Sin embargo, aunque la organización a largo plazo del PTB-PVDA ha reconstruido la izquierda como fuerza de oposición y ha ayudado a fusionar la ideología socialista con una base social real, hasta ahora no ha conseguido el poder para gobernar.

Esto es preocupante porque no se puede garantizar una influencia política duradera sin el poder del Estado. Pero también merece la pena identificar las deficiencias de perseguir el gobierno a toda costa.

Cuando las condiciones no son favorables a un programa de izquierdas, la socialdemocracia puede servir mejor a sus intereses ejerciendo presión externa sobre los gobiernos dirigidos por el capitalismo. De hecho, hace medio siglo, quizá hubiera sido mejor para la izquierda volver a la oposición que provocar ajustes estructurales que perjudicaran a su base, aunque la variante derechista de la austeridad corriera el riesgo de ser aún más dislocadora. Y hoy, tal vez sea mejor perder unas elecciones con votantes comprometidos con tu programa que ganarlas gracias a votantes que sólo quieren hacer retroceder una agenda social de derechas.  

En última instancia, la izquierda no puede ganar suficiente poder para cambiar la sociedad sin poner en primer plano las preocupaciones básicas y arraigarse en los grupos que más se beneficiarían de la redistribución de los recursos. Eso significa un compromiso con la solidaridad en muchas formas, pero también significa reconocer que la victoria no es posible sin el apoyo de personas que pueden tener todo tipo de puntos de vista contradictorios, incluso reaccionarios. Sin esta conciencia básica, los nuevos socialdemócratas sonarán como los viejos burócratas comunistas del poema de Bertolt Brecht de 1953 «Die Lösung» que, tras un levantamiento, proponen disolver al pueblo y elegir a otro."

(Bhaskar Sunkara , JACOBIN, 21/11/24, traducción DEEPL , publicado de nuevo en The Ideas Letter)

18.12.24

Auge y caída de Olaf Scholz... El destino del SPD debería servir de advertencia para los laboristas y otros partidos de centroizquierda en Europa... Una gran coalición no sería más fácil de gestionar que la que acaba de derrumbarse... Mientras tanto, el declive de la industria alemana prosigue inexorablemente... Esto es lo que ocurre cuando un país con una tecnología obsoleta llega a la economía del cero neto en medio de un conflicto geopolítico... El sociólogo germanobritánico Ralf Dahrendorf llamó en su día al siglo XX el siglo socialdemócrata. No terminó con la Guerra Fría. En Alemania hubo prórroga. Pero está terminando ahora (Wolfgang Münchau)

 "Desde la década de 1970, todos los cancilleres alemanes han sido reelegidos al menos una vez. Olaf Scholz va camino de convertirse en el primero en ser expulsado del cargo tras un único mandato truncado. Su coalición tripartita, formada por su partido, el SPD —socialdemócrata—, Los Verdes y los liberales (FDP), se deshizo a principios de mes por culpa de las desavenencias respecto a la política económica. En febrero se celebrarán elecciones anticipadas.

El destino del SPD debería servir de advertencia para los laboristas y otros partidos de centroizquierda en Europa. La victoria de Scholz en 2021 fue bastante parecida al triunfo electoral de Keir Starmer. Tras los 16 años del largo reinado de Angela Merkel, los alemanes querían un cambio. Al igual que los laboristas, también el SPD prometió un aumento de la inversión pública. En Alemania, la mayor parte se destinó a las energías renovables. Pero pronto se llegó al punto en que el reglamento para la industria de cero emisiones netas empezó a afectar a las empresas y a los consumidores. La primera gran reacción en contra se produjo a raíz de la ley de calefacción doméstica, que obligaba a los propietarios a sustituir las calderas de gas por costosas bombas de calor. Esto provocó una caída de los precios de la vivienda en algunas partes del país.

La coalición de Scholz fue también una de las que más apoyó el Pacto Verde de la UE, con sus objetivos obligatorios de CO₂ para las empresas de automóviles, el plazo tope de 2035 para acabar con los vehículos de combustión, una ley de restauración de la naturaleza que obliga a los agricultores a retirar tierras de cultivo y, ahora, una ley de deforestación igualmente controvertida. Todo esto, unido a la legislación sobre la responsabilidad social de las empresas, ha supuesto un gran aumento de los costes y el papeleo para las empresas. El varapalo electoral contra Scholz y Los Verdes representa la primera revuelta popular contra el cero emisiones en Europa. No será la última.

Los reiterados y continuados errores de juicio sobre la política energética han desempeñado un papel importante en la caída del Gobierno alemán. Durante las dos primeras décadas de este siglo, Alemania se volvió excesivamente dependiente del gas ruso. El SPD fue el partido que más invirtió en la relación política con Rusia. También fue la época en que Alemania empezó a abandonar progresivamente la energía nuclear, una tecnología en la que los científicos alemanes destacaban, pero que provocaba recelos en la opinión pública. La pérdida del gas ruso y de la energía nuclear ha dejado a la economía sin impulso en la era de la Inteligencia Artificial. Hace solo un año, Scholz pronosticaba que las inversiones en la transición ecológica llevarían a Alemania a las tasas de crecimiento del milagro económico de las décadas de 1950 y 1960. Realmente se creyeron el cuento de hadas de la energía verde barata e ilimitada. La realidad económica no podía ser más distinta.

Cuando Christian Lindner, ministro de Economía y presidente del FDP, exigió un giro de 180 grados en la política económica a principios de otoño, la coalición iba de cabeza al precipicio. Para evitar la dimisión de Lindner, Scholz decidió despedirle y acabar él mismo con la coalición. Pero no era el mejor momento. Lo hizo el día en que Donald Trump se proclamaba vencedor de las elecciones en Estados Unidos, un momento poco propicio para una crisis política en el país más grande de la UE.

Y luego las cosas empeoraron. La prensa alemana llevó a cabo una campaña implacable para empujar al SPD a sustituir a Scholz por Boris Pistorius, el popular ministro de Defensa, como candidato a canciller en las próximas elecciones. En el debate intervinieron exdirigentes del SPD, unos a favor de Scholz, otros del lado de Pistorius. Pero justo cuando un golpe contra Scholz parecía al menos posible, Pistorius decidió no presentarse. El episodio dejó a Scholz como candidato debilitado de un partido debilitado.

Y todavía no se ha acabado. Scholz ha sido un mal canciller, pero yo no lo subestimaría como candidato. Su prudencia respecto al suministro de armas a Ucrania tiene eco en muchos votantes. Rechaza de plano la entrega de misiles de crucero Taurus de fabricación alemana, el único sistema de misiles que podría haber dado a Ucrania la oportunidad de recuperar la ventaja en la guerra si se hubieran entregado mucho antes. Si Trump impusiera un acuerdo de paz entre Rusia y Ucrania, supongo que Scholz reclamará parte del mérito. La toma de posesión de Trump un mes antes de las elecciones alemanas añade un elemento de imprevisibilidad. Pero si Scholz consiguiera dar un vuelco a la situación, su remontada sería de una magnitud mayor que la que logró Gerhard Schröder en 2005. Así y todo, aquel año Schröder perdió las elecciones por un estrecho margen. De todos los resultados imaginables, un repunte de moderado a fuerte es lo mejor a lo que puede aspirar el SPD. Pero también podría ocurrir lo contrario.

Independientemente del resultado, el SPD podría acabar en el Gobierno como socio de coalición menor, como ocurrió con Merkel. Es la historia de la compleja aritmética de un sistema electoral de representación proporcional. Dado que todos los partidos de centro de Alemania han erigido cortafuegos políticos frente a la renacida y ultraderechista Alternativa para Alemania, se han colocado en una posición en la que solo pueden gobernar si forman coaliciones unos con otros. Según los sondeos actuales, Friedrich Merz, líder de la Unión Demócrata Cristiana (CDU), tiene más posibilidades de convertirse en el próximo canciller. Pero para gobernar, tendría que formar una coalición, probablemente con el SPD o con Los Verdes. Ni siquiera estoy seguro de que el SPD se esté jugando la victoria. Parece que se juegan el segundo puesto.

¿Y después qué?

Una gran coalición no sería más fácil de gestionar que la que acaba de derrumbarse. Merz se enfrentaría a problemas similares a los de Scholz.

Mientras tanto, el declive de la industria alemana prosigue inexorablemente. Semana tras semana nos llegan noticias de despidos y cierres de fábricas en el sector del automóvil y sus proveedores. Esto es lo que ocurre cuando un país con una tecnología obsoleta llega a la economía del cero neto en medio de un conflicto geopolítico.

El sociólogo germanobritánico Ralf Dahrendorf llamó en su día al siglo XX el siglo socialdemócrata. No terminó con la Guerra Fría. En Alemania hubo prórroga. Pero está terminando ahora."                         (Wolfgang Münchau , El País, 13/12/24) 

6.7.24

El sistema político francés ha saltado por los aires. Sí, otra vez. Y sí, como en tantos otros países europeos últimamente. Y, de nuevo, vemos cómo en sus ruinas crecen tanto fuerzas políticas autoritarias y xenófobas como novedosas o renovadas agrupaciones que ocupan los vacíos que deja el interregno entre lo viejo moribundo y lo nuevo en gestación... este domingo veremos si los electores de centroderecha y derecha votarán a candidatos de izquierdas... Macron ha venido a representar un tipo de figura política vacía... La emergencia de la figura bonapartista de Macron y la creación de En Marche (posteriormente Renaissance), un partido-empresa a su imagen y semejanza, sigue un modelo proveniente del mundo de la gestión empresarial y percibido, precisamente, como un garante del (des)orden neoliberal. En resumen: una suerte de outsider para mantener el statu quo... Macron se sumó a una tendencia global de emergencia de caudillos neoliberales autoritarios que, procedentes del mundo empresarial/finanzas, han dejado de confiar en los políticos profesionales para encabezar ellos mismos sus intereses como élite desde la primera línea de la política (Miguel Urbán)

 "(...) La emergencia de la figura bonapartista de Emmanuel Macron y la creación de En Marche (posteriormente Renaissance), un partido-empresa a su imagen y semejanza, fue un intento de reagrupar al extremo centro político para ahuyentar los fantasmas de una victoria ultraderechista  y combatir el agotamiento del régimen gaullista de la V República. En este sentido, Macron ha venido a representar un tipo de figura política vacía, estandarte de una salida del bloque de poder a su propia crisis de representación y a la corrupción de los grandes partidos. Un modelo de político proveniente del mundo de la gestión empresarial y percibido, precisamente, como un gestor de la difusa “sociedad civil” pero garante del (des)orden neoliberal. En resumen: una suerte de outsider para mantener el statu quo

De hecho, Macron se suma a una tendencia global de emergencia de caudillos neoliberales autoritarios que, procedentes del mundo empresarial/finanzas, han dejado de confiar en los políticos profesionales para encabezar ellos mismos sus intereses como élite desde la primera línea de la política.

Ha construido su figura y su acción política desde la premisa del combate contra la “decadencia” de Francia, una decadencia motivada por su rechazo a someterse a la “modernidad” de las reformas neoliberales. Una particular y refinada traducción del eslogan Trumpista “Make America Great Again”, pero en francés y utilizando la palabra “renacimiento”.

El auge del macronismo a partir de su victoria en las presidenciales del 2017 supuso el declive del todopoderoso Partido Socialista francés que, sumido en diversas crisis, ha encadenado los peores resultados de su historia hasta estas últimas elecciones europeas, en las que parece haber recuperado cierto espacio electoral; perdiendo, eso sí, la hegemonía del campo político de la izquierda francesa en favor de la Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon. Ambas organizaciones, conjuntamente con los Verdes, el Partido Comunista y el Nuevo Partido Anticapitalista han conformado el Nuevo Frente Popular, emulando la coalición de izquierdas antifascistas que gobernó Francia de 1936 a 1938. Y han conseguido convertirse en la segunda fuerza de las elecciones legislativas con el 28% de los votos, mejorando en algo más de dos puntos porcentuales los resultados obtenidos por la anterior coalición que presentaron en 2022, bajo el nombre de Nueva Unión Popular Ecológica y Social (NUPES). Han superado la candidatura del presidente Emmanuel Macron, Ensemble, que ha pasado de ser la fuerza con más representantes en la Asamblea Nacional a la tercera fuerza en esta primera vuelta con el 20% de los votos.

El sistema político francés ha saltado por los aires. Sí, otra vez. Y sí, como en tantos otros países europeos últimamente. Y, de nuevo, vemos cómo en sus ruinas crecen tanto fuerzas políticas autoritarias y xenófobas como novedosas o renovadas agrupaciones que ocupan los vacíos que deja el interregno entre lo viejo moribundo y lo nuevo en gestación. Estos resultados nos presentan un escenario inédito en la Quinta República: los dos principales partidos en la primera vuelta no han gobernado en Francia en las últimas ocho décadas. Además, por primera vez, un partido de ultraderecha puede conseguir ser la primera fuerza e incluso alcanzar la mayoría absoluta en la Asamblea Nacional. (...)

La irrupción de Francia Insumisa (FI) ha conseguido romper esta tendencia que se circunscribía a tener que elegir entre derecha neoliberal o extrema derecha, permitiendo a la izquierda disputar el marco de impugnación al RN al aparecer como un voto útil contra el extremo centro que representa Macron. De hecho, en las elecciones legislativas de 2022, la FI consiguió  aunar a casi todo el conjunto de la izquierda francesa en una única candidatura, la NUPES, para intentar disputar la victoria a Macron. NUPES alcanzó un buen número de segundas vueltas y se enfrentó a muchas candidaturas de la ultraderecha. Pero, en esa ocasión, el llamado “frente republicano” no funcionó: la derecha y el macronismo se negaron a cerrar filas contra el RN, lo cual posibilitó la elección de un buen número de diputados ultraderechistas. Hasta ahora, el frente republicano ha funcionado cuando ha consistido en retirar las candidaturas de izquierdas para apoyar a los candidatos de derechas para que no gobernara la extrema derecha.  

Este próximo domingo volveremos a tener la oportunidad de comprobar si esta fórmula funciona cuando los electores de centroderecha y derecha tienen que votar a candidatos de izquierdas. Los antecedentes de las pasadas legislativas del 2022 y las declaraciones de algunos representantes del macronismo en contra de apoyar a los candidatos de la FI no nos hacen ser muy optimistas en este sentido. Al menos servirá para quitar todas las caretas del establishment francés y su extremo centro, demostrando que siempre preferirán a una racista autoritaria que cuestione la democracia antes que a una candidatura que cuestione sus privilegios de clase. (...)

Que los mismos dirigentes de la derecha y del macronismo, así como su propio electorado, prefieran mayoritariamente una candidatura de RN antes que de FI, expresa muy bien no solo el giro hacia la derecha del conjunto del arco político francés – derecha, derecha radical y ultraderecha suman el 70% de los votos en la primera vuelta de las elecciones legislativas–, sino que también es una muestra de la crisis política de la pata conservadora del régimen de la V República, Les Républicains. Algo que se escenificó en la propuesta de su presidente, Éric Ciotti, de llevar a cabo un acuerdo de “unión de derechas” para presentar candidaturas conjuntas con el RN en estas legislativas. De hecho, las disputas internas, acrecentadas por la propuesta de Ciotti, han abocado al partido a una escisión, a la irrelevancia electoral o incluso a su desaparición. Unas disputas que llegaron a tomar un cariz grotesco y muestran la profunda crisis de Les Républicains. Cuando el buró político del partido destituyó a su presidente, este anunció un recurso ante la justicia y se encerró en su despacho para evitar abandonar la sede oficial. (...)

La posibilidad de la victoria de Le Pen y Jordan Bardella no responde a una fiebre pasajera, sino a la transformación de largo aliento que se lleva gestando en la sociedad y la política francesa: RN no es tanto una anomalía, como el producto de la crisis de régimen que vive el país. La ultraderecha ya no solo representa la herencia tradicional del colaboracionismo sino que también ha crecido bajo el autoritarismo del que el gaullismo impregnó la política de la V República, y que el mismo Mitterrand llegó a calificar como golpe de Estado permanente. Porque, más allá de si Bardella consigue o no los números para ser primer ministro, lo que está fuera de toda duda es que Rassemblement National es, en este momento, el principal partido de Francia. Y que la posibilidad de que Le Pen alcance la presidencia francesa en 2027 parece cada vez más clara. (...)"                    (Miguel Urbán, CTXT, 02/07/24)

22.6.24

La izquierda es la principal responsable del crecimiento de la extrema derecha que proclama el odio como vector fundamental de su programa, que traslada a una ciudadanía desmoralizada la necesidad de romper con un sistema injusto y corrupto. Este segundo punto es el que ha olvidado la izquierda... la cuestión se acrecentó tras la crisis de 2008, el epicentro de la actual situación social... La facción socialdemócrata/socialista se convirtió en cómplice de las políticas de recortes y austeridad... En España, Zapatero... En Francia, las políticas de François Hollande y Manuel Valls, fueron más duras contra la clase trabajadora que las implantadas por partidos de la derecha... la realidad es que la falta de respuestas de la izquierda está llevando a la gente, a las víctimas del sistema, a buscar soluciones donde, seguramente, no las hay... Si la izquierda pretende sobrevivir, sólo tiene que decir basta a las injusticias y promover políticas que terminen con la desigualdad que sufren las clases medias y trabajadoras desde 2008... Ha llegado la hora de pasar al ataque y eso sólo se consigue con la implementación de medidas realmente efectivas que muestren a la ciudadanía que el progresismo ha regresado del lado oscuro de la complicidad con los verdugos

 "Los partidos progresistas de Europa deberían estar en un momento de profunda reflexión sobre las causas reales del descalabro que sufrieron en las últimas elecciones europeas. Sin embargo, en los distintos países se ha escuchado poca autocrítica y mucho ataque a las formaciones de extrema derecha que han crecido exponencialmente y, en algunas democracias supuestamente avanzadas, han sido las ganadoras de los comicios.

La izquierda es, quizá, la principal responsable del crecimiento de estos partidos o asociaciones de electores que proclaman el odio como vector fundamental de sus programas, que trasladan a una ciudadanía desmoralizada la necesidad de romper con un sistema injusto y corrupto. Este segundo punto es el que ha olvidado la izquierda: se han convertido en cómplices de los verdugos y el pueblo los está castigando por ello.

Los resultados han sido tan absolutamente desastrosos que aún hay réplicas del seísmo. La ciudadanía está dando la espalda a la izquierda, porque el progresismo ha abandonado al pueblo. Esto genera un problema aún más grave que es la tentación, sobre todo de los partidos socialdemócratas, de luchar contra los ultras virando sus políticas aún más a la derecha, lo que les metería de lleno en el ámbito ideológico de las formaciones que conforman el Partido Popular Europeo.

La historia de la izquierda europea ha estado marcada por la división, el enfrentamiento y la lucha fratricida. Eso es algo tradicional, no es ninguna exclusiva. Sin embargo, la cuestión se acrecentó tras la crisis de 2008, el epicentro de la actual situación social. La facción socialdemócrata/socialista se convirtió en cómplice de las políticas de recortes y austeridad al no presentar un frente común frente al avance neoliberal. En España, el ejemplo está en las reformas constitucionales de José Luis Rodríguez Zapatero. En Francia, las políticas de François Hollande y Manuel Valls, más duras contra la clase trabajadora que las implantadas por partidos de la derecha.

Ante la complicidad de la socialdemocracia surgieron en distintos países movimientos de izquierda que, una vez alcanzaron el poder, fueron incapaces de aplicar un programa realmente efectivo y progresista. Esto se produjo por varias razones, entre las que destacan, en primer lugar, la pretensión de implementar medidas desde el activismo y la utopía sin entender cómo funcionan los resortes de poder. En segundo término, la falta de conocimiento de que los cambios en política no se pueden imponer sobre la base de la superioridad moral, sino desde el entendimiento y el acuerdo con quienes detentan el poder. Además, en algunos casos se utilizaron fórmulas que ya han fracasado en otros países del mundo, sobre todo en América Latina.

En el momento actual, esos desacuerdos tan habituales como legítimos no pueden terminar en una mayor división, porque la extrema derecha está bebiendo, precisamente, de los sectores de la población tradicionalmente progresistas. Por más que los partidos pretendan ignorarlo, la realidad es que la falta de respuestas de la izquierda está llevando a la gente, a las víctimas del sistema, a buscar soluciones donde, seguramente, no las hay.

Francia está dando un ejemplo al resto de países europeos. Tras la convocatoria de elecciones legislativas de Emmanuel Macron,  los socialistas, los verdes, los comunistas y el partido progresista Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon se han unido para formar el Nuevo Frente Popular, una coalición que, a pesar de las diferencias internas, tiene un programa común.

Los primeros resultados de esa candidatura conjunta ya son visibles en los primeros sondeos electorales, dado que ese Nuevo Frente Popular ya se ha situado a sólo unos pocos puntos de la formación de Marine Le Pen y ha dejado atrás al partido de Macron.

Sin embargo, para lograr frenar a la extrema derecha la izquierda debe dejar de renunciar a sus principios y posicionarse en el lugar que jamás debió abandonar. Tradicionalmente, la izquierda ha tenido éxito movilizando a aquellos que están frustrados con el sistema político. Los datos son crueles y demuestran que esa porción de la ciudadanía está yéndose hacia el terreno de la ultraderecha. El mejor ejemplo de ello se encuentra entre los jóvenes que copan más del 60% del voto captado por estas formaciones populistas.

Por esa razón, la izquierda se encuentra en una posición en la que no puede pasar más tiempo defendiéndose de la agenda reaccionaria, populista y manipuladora de las formaciones ultras. Ha llegado la hora de pasar al ataque y eso sólo se consigue con la implementación de medidas realmente efectivas que muestren a la ciudadanía que el progresismo ha regresado del lado oscuro de la complicidad con los verdugos.

Si la izquierda pretende sobrevivir, sólo tiene que decir basta a las injusticias y promover políticas que terminen con la desigualdad que sufren las clases medias y trabajadoras desde 2008. No es normal que en países donde están gobernando opciones progresistas esté aumentando la pobreza y la precariedad laboral mientras las grandes empresas y los altos ejecutivos están ganando más dinero que en toda la historia.  

Tampoco es una buena opción mimetizarse en los tótems del discurso de la extrema derecha presentando soluciones más dulcificadas que las propuestas por los ultras.

En un estudio de la Universidad de Cambridge publicado en 2022, los investigadores descubrieron que complacer a la extrema derecha en un tema como la inmigración no frena su ascenso e incluso puede ayudarlo a crecer. Eso es lo que han hecho, por ejemplo, en la Unión Europea con el nuevo pacto migratorio, que no es más que una versión light de las medidas promovidas por Giorgia Meloni o Viktor Orban.

Al fin y al cabo, se trata de una legitimación del discurso antiinmigración de la extrema derecha y el efecto logrado será el reforzar a estos partidos frente a una ciudadanía que cada vez ve con peores ojos la llegada de migrantes a sus respectivos países.

En Dinamarca, los socialdemócratas liderados por la primera ministra Mette Frederiksen han adoptado políticas de inmigración cada vez más restrictivas en desde la irrupción de la extrema derecha. En las elecciones europeas terminaron por detrás de esta formación.

Francia muestra nuevamente esta dinámica de partidos centristas que endurecen sus posturas sobre la inmigración pero no logran separar a los votantes de la extrema derecha. El resultado ya es conocido: Le Pen dobló el apoyo ciudadano respecto a Macron a pesar de que éste firmó un proyecto de ley de inmigración casi copiado de ella."

(José Antonio Gómez, Diario16, 22/06/24)