Mostrando entradas con la etiqueta b. Ideologías políticas: Socialdemocracia: decadencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta b. Ideologías políticas: Socialdemocracia: decadencia. Mostrar todas las entradas

21.8.26

Otra caída en picado de la economía... la de los 'mileis' finlandeses: de abroncar al sur de Europa a tener más paro que España y casi más deuda que Portugal... La economía de Finlandia fue durante muchos años ese alumno aventajado al que toda Europa envidiaba y quería parecerse. Un fuerte crecimiento económico, empresas altamente competitivas, un mercado laboral que gozaba de pleno empleo, cuentas públicas equilibradas y una deuda muy baja en términos de PIB. Su posición de privilegio le permitió abroncar a los países del sur de Europa durante la crisis de deuda soberana del euro (2011-2013) exigiéndoles un mayor esfuerzo fiscal, más recortes y austeridad para equilibrar sus cuentas. Unos 15 años después, alguno de esos países del sur podría hoy dar lecciones o abroncar a la propia Finlandia... el 25% de los finlandeses de entre 15 y 24 años que actualmente están desempleados... La cadena de tiendas de descuento Puuilo recibió 21.000 candidaturas para apenas 400 puestos, incluidas solicitudes de personas con doctorados... Suecia también presenta algunos problemas que se le parecen y que están generando un intenso debate en el país... para reducir la deuda nacional, las autoridades han recortado las prestaciones sociales, pero estas medidas podrían enfriar todavía más la economía... A comienzos de este año, Finlandia quedó sometida al procedimiento de déficit excesivo de la Unión Europea y ahora necesita reducir sus niveles de deuda antes de 2028 o se arriesga a recibir multas, sufrir la suspensión de fondos europeos y afrontar exigencias de Bruselas para aplicar una política fiscal todavía más restrictiva. La deuda pública de Finlandia roza ya el 90% del PIB, rozando los niveles de Portugal (El Economista)

"La economía de Finlandia fue durante muchos años ese alumno aventajado al que toda Europa envidiaba y quería parecerse. Un fuerte crecimiento económico, empresas altamente competitivas, un mercado laboral que gozaba de pleno empleo, cuentas públicas equilibradas y una deuda muy baja en términos de PIB. Su posición de privilegio le permitió abroncar a los países del sur de Europa durante la crisis de deuda soberana del euro (2011-2013) exigiéndoles un mayor esfuerzo fiscal, más recortes y austeridad para equilibrar sus cuentas. Unos 15 años después, alguno de esos países del sur podría hoy dar lecciones o abroncar a la propia Finlandia.

Algunos dirán que la venganza se sirve en plato frío y esto es lo que podría hacer hoy el sur de Europa. Durante la crisis de deuda soberana de la eurozona de 2012, Finlandia, liderada por la ministra de Finanzas Jutta Urpilainen y el primer ministro Jyrki Katainen, mostraron una postura un tanto intransigente demandando a los países del sur una estricta disciplina fiscal, oponiéndose a los rescates incondicionales y obligando a las naciones deudoras del sur de Europa, como Grecia y España, a proporcionar garantías sólidas (como activos estatales o avales) a cambio de fondos de rescate. Además, Finlandia quiso impedir que el Banco Central Europeo comprase deuda de estos países.

Más paro que España

Hoy, Finlandia tiene más paro que España y va en camino de superar los niveles de deuda pública. Si la comparación se hace con Portugal los datos aún son más 'espectaculares'. La tasa de paro de Portugal está por debajo del 6%, mientras que en Finlandia supera el 10%. Por el lado de la deuda pública, Portugal y Finlandia ya presentan ratios parejos del 89% sobre el PIB. España, con un 100% de deuda sobre PIB sigue presentando un ratio peor, pero poco, los malos datos de Finlandia están acercando al país nórdico a España términos de deuda sobre PIB.

Pero más allá de los fríos datos y de la narrativa cuantitativa merece la pena analizar algunas historias que pueden resultar familiares para los ciudadanos y trabajadores del sur de Europa. Tal y como narra la agencia financiera Bloomberg, hace cuatro años, los profesores de Venla Malinen aseguraron a esta estudiante que había tomado la decisión correcta al estudiar Arquitectura de la Construcción en la ciudad finlandesa de Kuopio. Cuando se incorporara al mercado laboral, le dijeron, habría más oportunidades de las que ella y sus compañeros podrían abarcar. Pero ahora que ya tiene el título, esta joven de 24 años pasa los días actualizando su currículum, haciendo crucigramas y limpiando.

"Lo más difícil es la incertidumbre", explica Malinen, que terminó sus estudios en mayo y pasó directamente al desempleo. "No sabes cuándo terminará esto ni qué se supone que debes hacer después". Con la economía y las finanzas públicas de este país nórdico en una situación muy delicada, sus perspectivas no son precisamente buenas. Aunque esta esta una historia y una situación particular de Finlandia, Suecia también presenta algunos problemas que se le parecen y que están generando un intenso debate en el país.

En los últimos años, los elevados tipos de interés y la debilidad de la confianza de los consumidores han paralizado el mercado inmobiliario finlandés, lo que a su vez ha frenado la construcción y las contrataciones en estudios de arquitectura, consultoras de ingeniería y empresas constructoras. Arquitectos experimentados y recién graduados compiten ahora por los mismos puestos de trabajo. Cuando Malinen recibe alguna respuesta de posibles empleadores, todos le transmiten el mismo mensaje, es decir, que no hay trabajo disponible, ni siquiera en la región de Helsinki, donde vive actualmente.

Y la competencia no se limita a los empleos para titulados universitarios. La cadena de comida rápida Hesburger recibió casi 27.000 solicitudes para cubrir 1.200 puestos de temporada, prácticamente el doble que un año antes. La cadena de tiendas de descuento Puuilo recibió 21.000 candidaturas para apenas 400 puestos, incluidas solicitudes de personas con doctorados, aseguran desde Bloomberg.

El paro juvenil en Finlandia

Malinen forma parte del 25% de los finlandeses de entre 15 y 24 años que actualmente están desempleados, según Eurostat. Para este grupo, el paro no solo es frecuente, sino que además resulta cada vez más duradero: el número de menores de 25 años que llevan más de un año sin trabajar se ha más que duplicado entre 2008 y finales del año pasado. Si se tienen en cuenta todas las edades, Finlandia presenta la tasa de desempleo más elevada de la Unión Europea, superior al 10%.

La economía finlandesa, que apenas ha crecido desde la crisis financiera, se encuentra en una posición que desde Bloomberg tildan de "precaria". Mientras la deuda pública ha aumentado de forma constante desde 2009 (destinándose en gran medida a pensiones, sanidad, educación y prestaciones sociales), el sector privado ha tenido dificultades, lo que se ha traducido en un empleo débil y una baja recaudación fiscal. Esto ha atrapado al Gobierno en una especie de espiral o bucle casi infinito en el que se busca reducir la deuda recortando gasto, pero los pagos por desempleo y otras ayudas sociales no paran de crecer ante el constante deterioro de la economía. Aun así, para reducir la deuda nacional, las autoridades han recortado las prestaciones sociales, pero los economistas consultados por Bloomberg advierten de que estas medidas podrían enfriar todavía más la economía.

El problema no es nuevo, pero el tiempo para solucionarlo se está agotando. A comienzos de este año, Finlandia quedó sometida al procedimiento de déficit excesivo de la Unión Europea y ahora necesita reducir sus niveles de deuda antes de 2028 o se arriesga a recibir multas, sufrir la suspensión de fondos europeos y afrontar exigencias de Bruselas para aplicar una política fiscal todavía más restrictiva. La deuda pública de Finlandia roza ya el 90% del PIB, rozando los niveles de Portugal.

La presión política también está aumentando. Aunque los finlandeses apoyan en términos generales los esfuerzos para sanear las finanzas públicas, las encuestas muestran un creciente descontento con la forma en que se han aplicado los recortes. Según un sondeo de abril encargado por el Finnish Business and Policy Forum, el 52% de los encuestados considera que las personas dependientes de prestaciones sociales se han visto afectadas de manera desproporcionada. A medida que la red de protección social pierde fortaleza, aumenta la preocupación por que el país se divida cada vez más entre quienes tienen recursos y quienes carecen de ellos.

La caída de Nokia

Para Roope Uusitalo, profesor de Economía de la Universidad de Helsinki y expresidente del Consejo de Política Económica de Finlandia, las raíces de los problemas del país se remontan aproximadamente a 2010. Fue entonces cuando dos de los grandes motores de crecimiento de Finlandia comenzaron a derrumbarse prácticamente al mismo tiempo. Nokia, que alrededor del cambio de milenio representaba aproximadamente el 4% del PIB finlandés y casi una cuarta parte de la recaudación del impuesto de sociedades, perdió su posición dominante después de que Apple revolucionara el mercado de los teléfonos inteligentes. Al mismo tiempo, la industria papelera finlandesa, durante décadas uno de los pilares de la economía exportadora del país, entró en un prolongado declive a medida que la digitalización reducía drásticamente la demanda de papel de periódico.

Mientras tanto, la población en edad de trabajar comenzó a reducirse a medida que la generación de la posguerra se jubilaba. El país no ha conseguido atraer suficientes inmigrantes para compensar esas pérdidas. "Cuando el PIB lo producen los trabajadores, tener menos trabajadores es un problema importante", afirma Uusitalo.

Finlandia se encontró de repente recaudando menos impuestos al tiempo que aumentaba su gasto en pensiones y sanidad, cuyos costes crecen año tras año. Las finanzas públicas entraron así en números rojos, situación en la que han permanecido durante 17 años consecutivos. La productividad, que durante los años dorados de Nokia llegó a crecer a ritmos de dos dígitos, se estancó durante más de una década.

La pandemia no hizo más que agravar estos problemas. Finlandia se endeudó fuertemente para proteger a empresas y puestos de trabajo y continuó haciéndolo incluso después de que hubiera pasado la peor fase de la crisis sanitaria. Posteriormente, la invasión rusa de Ucrania acabó con buena parte del comercio y el turismo con la vecina Rusia y obligó a incrementar drásticamente el gasto en defensa. El coste anual de pagar los intereses de la deuda pública superó los 3.000 millones de euros. Y Finlandia nunca consiguió sustituir las industrias que había perdido.

En 2023, el Gobierno de coalición del primer ministro Petteri Orpo respondió con uno de los mayores paquetes de recortes del Estado del bienestar y reformas del mercado laboral de las últimas décadas. El Ejecutivo argumentó que Finlandia necesitaba reforzar los incentivos para trabajar y generar ahorros permanentes que frenaran el crecimiento de la deuda. También redujo el impuesto sobre la renta para estimular la economía.

Los resultados inmediatos quedaron por debajo de los objetivos. A finales del año pasado, el ahorro acumulado de los hogares finlandeses superaba los 115.000 millones de euros, un máximo histórico, señal de que los ciudadanos seguían siendo reacios a gastar. Desde entonces, el desempleo ha aumentado ligeramente.

Para Uusitalo, no fue ninguna sorpresa. "Las expectativas de una mayor austeridad incrementan la incertidumbre", explica sobre la relación entre los recortes del gasto y las contrataciones. "Los hogares se vuelven más prudentes, el consumo se debilita y las empresas se enfrentan a una menor demanda".

El gasto público tendrá que reducirse tarde o temprano, sostiene, pero dado que este ajuste puede generar efectos contraproducentes, existe un límite a la eficacia que puede alcanzar el endurecimiento fiscal. "No hay una solución fácil", sentencia. En la iglesia de Hakunila, situada en un suburbio multicultural al este de Helsinki, las diáconas Liisa Juusela y Heli Leskinen organizan semanalmente un encuentro para personas mayores y otros residentes en riesgo de aislamiento social.

Más de uno de cada diez habitantes del barrio recibe la prestación social de último recurso de Finlandia, que proporciona a los adultos que viven solos 578 euros mensuales para gastos no relacionados con la vivienda, según datos a los que ha tenido acceso la agencia Bloomberg. Cuando ese dinero se acaba o aparece una factura inesperada, las personas recurren a la iglesia y a organizaciones benéficas para solicitar ayudas económicas de emergencia, vales para alimentos y asistencia práctica.

Algunos de los beneficiarios son pensionistas con dificultades para pagar facturas hospitalarias. Otros son adultos desempleados, familias trabajadoras endeudadas o estudiantes que intentan desenvolverse dentro del sistema de bienestar social. Algunos hogares intentan sobrevivir con poco más de 200 euros mensuales para alimentación y gastos cotidianos.

"Nadie decide que quiere vivir de las prestaciones sociales o convertirse en un pensionista con bajos ingresos", afirma Juusela. "La gente acaba en esas situaciones por una enfermedad, una discapacidad, una ruptura familiar o simplemente porque la vida da un giro inesperado".

Los recortes de las ayudas a la vivienda durante los dos últimos años también han dificultado que muchas personas puedan pagar el alquiler. Se trata de un cambio radical para un país al que, hace menos de dos décadas, se atribuía haber prácticamente erradicado el sinhogarismo de larga duración. Partiendo de la idea de que disponer de un hogar estable resulta fundamental para solucionar otros problemas, Finlandia simplemente proporcionaba viviendas de alquiler propias a las personas sin hogar, sin exigirles ninguna contraprestación. En los 15 años posteriores a la implantación del programa, la tasa de sinhogarismo se redujo aproximadamente a la mitad.

Pero esa cifra comenzó a aumentar de nuevo en 2025, después de los recortes de las ayudas a la vivienda. El número de personas sin hogar se disparó casi un tercio respecto al año anterior, mientras que el número de personas que solicitaron ayuda a las iglesias aumentó un 40%, según la principal organización religiosa del país, la Iglesia Evangélica Luterana de Finlandia. El número de personas cuyos pagos de deuda están siendo ejecutados por el Estado también superó por primera vez las 600.000 el año pasado.

Finlandia todavía tiene trabajo por delante para cumplir el objetivo de déficit de la UE antes de finales de 2028, y se prevé que su deuda continúe aumentando hasta acercarse al 100% del PIB en 2030. Sin embargo, el año pasado prácticamente todos los partidos parlamentarios respaldaron un "freno a la deuda", que obligará a los futuros gobiernos a limitar el gasto público independientemente de quién esté en el poder.

"Es la primera vez que existe un amplio consenso político sobre que la trayectoria de la deuda finlandesa no puede continuar indefinidamente", sostiene Uusitalo. La iniciativa ha sido bien recibida por el Banco de Finlandia, las agencias internacionales de calificación crediticia y los inversores.

A corto plazo, la ministra de Finanzas, Riikka Purra, asegura que su partido, socio minoritario de la coalición, quiere reducir el déficit continuando con los recortes del gasto público. Dada la magnitud de la deuda del país, sostiene que prácticamente ningún ámbito puede quedar excluido. Purra se opone a elevar los impuestos sobre el trabajo o las empresas, argumentando que los niveles impositivos ya son elevados.

Recortar de donde no se puede

Purra sostiene que al Gobierno apenas le quedan alternativas. "Es difícil recortar las prestaciones de las personas con rentas altas porque no las reciben", afirma en una entrevista. Después de años de débil crecimiento, también comienzan a aparecer tímidas señales de estabilización en la economía finlandesa. Los datos revisados mostraron que el PIB creció un 0,8% en 2025, mientras que el banco central del país espera que la recuperación continúe con un crecimiento del 0,7% este año, respaldado por unas exportaciones y una inversión más fuertes y por una recuperación gradual del consumo. Los hogares también comienzan a mostrarse más optimistas: la confianza de los consumidores subió en junio hasta su nivel más elevado en más de cuatro años.

Sin embargo, el cambio de tendencia avanza lentamente y los finlandeses siguen siendo profundamente pesimistas sobre la trayectoria general del país. Casi siete de cada diez creen que Finlandia avanza en la dirección equivocada, según la encuesta del Finnish Business and Policy Forum, mientras que el 64% considera que la consolidación fiscal debe continuar durante la actual legislatura. El descontento es especialmente intenso respecto al desempleo, y la mayoría de los encuestados considera que los dirigentes políticos no están haciendo lo suficiente para crear puestos de trabajo."

(El Economista, 17/08/26) 

3.6.26

Sahra Wagenknecht: El canciller de BlackRock y multimillonario Merz quiere que los alemanes curren más tiempo y jueguen a la ruleta su previsión para la vejez en los mercados bursátiles. ¡No se puede estar más en las nubes! ¿Acaso Merz tiene siquiera idea de lo que es levantarse cada mañana para sacar adelante a uno mismo y a la familia como sea? ¿O de lo que significa trabajar durante décadas y pagar cotizaciones, para al final no poder vivir de todos modos de la mísera pensión? ¡Necesitamos urgentemente una política que mejore la vida de la gente, en lugar de cubrirla con cada vez más recortes!

Sahra Wagenknecht @SWagenknecht

El canciller de BlackRock y multimillonario Merz quiere que los alemanes curren más tiempo y jueguen a la ruleta su previsión para la vejez en los mercados bursátiles. ¡No se puede estar más en las nubes! ¿Acaso Merz tiene siquiera idea de lo que es levantarse cada mañana para sacar adelante a uno mismo y a la familia como sea? ¿O de lo que significa trabajar durante décadas y pagar cotizaciones, para al final no poder vivir de todos modos de la mísera pensión? ¡Necesitamos urgentemente una política que mejore la vida de la gente, en lugar de cubrirla con cada vez más recortes! 

Mi discurso en la manifestación del BSW en Berlín.

Vídeo: https://x.com/i/status/2062067213905879231

(traducción google)

9:01 a. m. · 3 jun. 2026 ·27,4 mil Visualizaciones

20.5.26

Thomas Piketty: En la época dorada del conflicto electoral entre la izquierda y la derecha, aproximadamente entre 1910 y 1990, el enfrentamiento político enfrentaba a las clases favorecidas en su conjunto con las clases populares... Este sistema clasista se desmorona entre los periodos 1980-1990 y 2010-2020. En todas las democracias occidentales se observa que los ingresos y el nivel de estudios comienzan a tener efectos divergentes sobre el voto... la explicación principal radica en las decisiones políticas de los partidos socialdemócratas y afines, que han ido abandonando progresivamente toda ambición redistributiva, empujando así a una parte cada vez mayor de los votantes más desfavorecidos (especialmente entre las personas con menor nivel educativo de las pequeñas ciudades) hacia los nacionalistas y la abstención. Para salir de la crisis actual y del enfrentamiento ficticio entre élites, la izquierda debe retomar la ambición igualitaria del pasado y aglutinar a las clases populares de todos los territorios, asumiendo al mismo tiempo que las élites se unen en su contra. Es la única forma de recuperar la posibilidad de alternancias verdaderas y hacer frente a la desintegración democrática

 "En las sociedades trifuncionales tradicionales, el ímpetu de los guerreros se ve atenuado por los sabios consejos de los brahmanes. Se supone que esta alianza entre las dos clases dirigentes, los guerreros y los intelectuales, aporta equilibrio a la fuerza y garantiza un desarrollo armonioso de la sociedad, bajo la dirección de sus élites naturales, que pueden así encauzar eficazmente a la clase trabajadora, dotándola a la vez de orden y sentido, y repartiéndose prestigio y ventajas.

Guerreros, sacerdotes, trabajadores: el antropólogo George Dumézil creyó detectar ahí el punto común decisivo de las civilizaciones indoeuropeas. En realidad, esta estructura es mucho más general y, sobre todo, se asemeja cada vez más a un discurso normativo que a una realidad inmutable. Suele ser formulada por los sacerdotes, ya sean brahmanes hindúes en el Manusmriti (redactado hacia el siglo II a. C.) o obispos cristianos en la Europa del año mil. Su objetivo principal es disciplinar a los guerreros e imponerles un mínimo de respeto por el vasto saber y la cultura escrita de los intelectuales, lo que, evidentemente, no resulta nada evidente en la realidad histórica, donde nuevas clases guerreras toman el poder y se derrocan unas a otras constantemente. Pero a veces también es retomado por los guerreros, que ven en él una herramienta útil para ayudarles a mantener el orden y obtener el consentimiento de los dominados.

 Hoy en día, la historia parece repetir esa mala partitura de la rivalidad entre élites. Por un lado, una derecha mercantilista, belicista, nacionalista y a la que le gusta presentarse como antiintelectual, encarnada en Estados Unidos por Trump y los republicanos. Por otro, una izquierda brahmánica, titulada, liberal e internacionalista, encarnada al otro lado del Atlántico por los demócratas.

Al igual que en la era trifuncional, esta oposición entre la derecha mercantilista y la izquierda brahmánica es en gran parte ficticia. Permite a las élites nacionalistas y liberales repartirse el poder y afianzar su dominio sobre las clases trabajadoras, al tiempo que impide cualquier alternancia popular verdadera.

Digan lo que digan unos y otros, los trumpistas también se apoyan en cientos de expertos y académicos, reunidos en poderosos think tanks como la Heritage Foundation. El programa hipercapitalista que defienden —defensa visceral de las jerarquías sociales, glorificación de la concentración extrema del poder y la fortuna y de la fiscalidad favorable a los ricos que la sustenta— no difiere mucho del de los economistas liberales. En la época dorada del orden «liberal», cuando Bush invadió Irak, la brutalidad militar no tenía nada que envidiar a la actual. 

 Más allá de los enfrentamientos retóricos, siempre existirá una diversidad de aspiraciones, estilos e identidades dentro de las élites, al igual que ocurría con los conservadores y los liberales bajo las monarquías censitarias. Pero lo cierto es que a estas múltiples élites les conviene exagerar esas diferencias para alternarse en el poder, aunque sus opciones fundamentales apenas difieran.

¿Cómo hemos llegado a esta situación y cómo salir de ella? El mundo no siempre ha estado gobernado por las élites. A raíz de las revoluciones sociales del siglo XIX y del triunfo del sufragio universal en el siglo XX, las clases populares y sus organizaciones sindicales y políticas lograron imponer una profunda transformación social, a veces accediendo directamente al poder (socialdemócratas suecos de 1932 a 1976, los laboristas británicos en 1945, los socialistas y comunistas franceses en 1936 y 1945, los demócratas rooseveltianos en 1932), y, de manera más general, invirtiendo las relaciones de fuerza entre el trabajo y el capital. 

 En la época dorada del conflicto electoral entre la izquierda y la derecha, aproximadamente entre 1910 y 1990, el enfrentamiento político enfrentaba a las clases favorecidas en su conjunto con las clases populares. En todos los países y en todas las elecciones, las primeras votaban mucho más a los partidos de derecha que la media, independientemente del criterio que se tomara (patrimonio, ingresos, titulación), y lo contrario ocurría con las segundas. Las élites están políticamente unificadas, al igual que las clases desfavorecidas, y las clases populares rurales votan casi tan mayoritariamente a la izquierda como las urbanas. Esta dialéctica motriz permite situar la reducción de las desigualdades sociales en el centro del conflicto político.

 Este sistema clasista se desmorona entre los periodos 1980-1990 y 2010-2020. En todas las democracias occidentales se observa que los ingresos y el nivel de estudios comienzan a tener efectos divergentes sobre el voto. Para un mismo nivel de estudios, unos ingresos más elevados siguen conduciendo a un mayor voto a la derecha. Pero, para un mismo nivel de ingresos, un título académico más alto conduce ahora a un voto más a la izquierda. Esto puede explicarse por varios factores estructurales, empezando por la creciente complejidad de la estructura social (con la democratización de la educación, un mismo nivel de titulación da ahora acceso a ingresos muy diferentes, por razones tanto elegidas como impuestas) y el espectacular aumento de la brecha territorial (las ciudades pequeñas tienen menos acceso que las grandes aglomeraciones a las universidades y los hospitales y están más expuestas a la competencia internacional). 

 Pero la explicación principal radica en las decisiones políticas de los partidos socialdemócratas y afines, que han ido abandonando progresivamente toda ambición redistributiva, empujando así a una parte cada vez mayor de los votantes más desfavorecidos (especialmente entre las personas con menor nivel educativo de las pequeñas ciudades) hacia los nacionalistas y la abstención. Para salir de la crisis actual y del enfrentamiento ficticio entre élites, la izquierda debe retomar la ambición igualitaria del pasado y aglutinar a las clases populares de todos los territorios, asumiendo al mismo tiempo que las élites se unen en su contra. Es la única forma de recuperar la posibilidad de alternancias verdaderas y hacer frente a la desintegración democrática."

(Thomas Piketty, blog, 19/05/26, traducción DEEPL, enlaces en el original)

11.5.26

El plan de rearme alemán no tiene parangón en la historia reciente, con un presupuesto proyectado de 377.000 millones de euros destinados a la modernización de todos los dominios: terrestre, aéreo, marítimo, espacial y cibernético... será Boris Pistorius, ministro de Defensa del Partido Socialdemócrata (SPD), quien lidere este giro militarista. Históricamente defensores del estado de bienestar, los socialdemócratas están gestionando una «economía de guerra» que se financia mediante el desmantelamiento de los servicios públicos... Pristorius entierra así lo que fue una seña de identidad de la socialdemocracia alemana... Para sostener este gasto, que busca alcanzar el 3,5% del PIB en 2035, se han pactado recortes sociales drásticos... 38.000 millones de euros para 2030 en Sanidad... congelación de las pensiones, y recortado el apoyo a familias vulnerables... Alemania se encuentra en una encrucijada: mientras el gobierno de Merz y el ministro Pistorius (SPD) justifican el rearme como una respuesta necesaria a la amenaza rusa, la sociedad civil se ve obligada a aceptar una austeridad extrema y una militarización de su vida cotidiana. Esta carrera armamentística está allanando el camino para que un futuro liderazgo ultranacionalista reviva las tendencias imperialistas que el continente juró enterrar tras 1945 (Willy Meyer)

"Los socialdemócratas están construyendo una maquinaria bélica sin precedentes que puede caer en manos de una extrema derecha que ensalza el pasado nazi.

El actual proceso de rearme en Alemania, el más ambicioso desde la era de Hitler, representa una ruptura total con su identidad de «potencia civil» de posguerra. Este giro histórico, como respuesta pretendida por la guerra de Ucrania y la desconfianza hacia el paraguas defensivo estadounidense, busca convertir a la Bundeswehr en el «ejército convencional más fuerte de Europa”. Sin embargo, esta transformación encierra una paradoja política inquietante: es un liderazgo socialdemócrata el que está construyendo una maquinaria bélica sin precedentes, mientras la extrema derecha de la AfD —que ensalza el pasado nazi— tiene cada vez más representación electoral.

El plan de rearme alemán no tiene parangón en la historia reciente, con un presupuesto proyectado de 377.000 millones de euros destinados a la modernización de todos los dominios: terrestre, aéreo, marítimo, espacial y cibernético:

—Capacidad ofensiva: Se planea la adquisición de 400 misiles de crucero Tomahawk con un alcance superior a los 2.000 kilómetros, capaces de llegar a Moscú, lo que evidencia una preparación para operaciones ofensivas de gran alcance.

—Aumento de tropas: El objetivo es pasar de los 185.000 soldados actuales a una fuerza de 460.000 efectivos (incluyendo reservistas) para el año 2035.

—Inversión masiva: El gobierno ha eximido permanentemente el gasto militar del tope de endeudamiento constitucional, liberando un total de un billón de euros en créditos de guerra.

Resulta contradictorio que sea Boris Pistorius, ministro de Defensa del Partido Socialdemócrata (SPD), quien lidere este giro militarista. Históricamente defensores del estado de bienestar, los socialdemócratas están gestionando una «economía de guerra» que se financia mediante el desmantelamiento de los servicios públicos.

Pristorius entierra así lo que fue una seña de identidad de la socialdemocracia alemana en su máxima representación, la de Willy Brandt durante el periodo de la “guerra fría”: el «Wandel durch Annäherung» (Cambio mediante acercamiento), que venía a defender la idea de reconocer la realidad política existente, en este caso sería la Federación Rusa, establecer contactos diplomáticos y humanos y fomentar intercambios económicos, culturales y sociales.

El 28 de octubre de 1969, en su primer discurso como canciller, Willy Brandt manifestó: «Queremos ser un pueblo de buenos vecinos, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras» […] [1] en este contexto, afirmo con rotundidad que el pueblo alemán necesita la paz —la paz en el sentido más amplio de la palabra— también con los pueblos de la Unión Soviética y con todos los pueblos del Este de Europa». Brandt defendía así una Alemania democrática que colaborara activamente en la paz y la estabilidad europea, y no una nación aislada o agresiva. En 1971, recibió el Premio Nobel de la Paz, en reconocimiento a su «Ostpolitik», orientada a la distensión y cooperación con los países del este de Europa.

Pistorius se convierte en el ejecutor de la política diametralmente opuesta, la de la confrontación este-oeste que impide avanzar hacia una seguridad compartida europea incrementando el gasto militar a costa del estado social y de bienestar.

Para sostener este gasto, que busca alcanzar el 3,5% del PIB en 2035, se han pactado recortes sociales drásticos,

—Sanidad: Se prevé un recorte de 38.000 millones de euros para 2030, afectando a clínicas, consultas y medicamentos.

—Pensiones y Ayudas: Se han congelado las pensiones, eliminado el sistema de ayuda básica (Bürgergeld) y recortado el apoyo a familias vulnerables.

—Militarización educativa: El gobierno impulsa la integración de la «preparación ante crisis» en las escuelas mediante módulos especiales para jóvenes.

El mayor peligro de la militarización alemana es que esta formidable potencia militar pueda caer en manos de la extrema derecha de Alternativa para Alemania (AfD), que actualmente lidera sondeos con un 26% de intención de voto. Existe el temor de que un gobierno de la AfD, que mantiene una retórica nacionalista y relativiza el periodo nazi, utilice este nuevo poder para reivindicaciones territoriales contra vecinos como Francia o Polonia y aumente, aún más, la política agresiva contra la Federación Rusa.

Este rearme ya está despertando «viejos fantasmas» en Europa. Francia, que hasta ahora era la principal potencia militar de la UE, observa con recelo cómo la hegemonía económica alemana se traduce ahora en una primacía militar que podría alterar los equilibrios del continente.

Alemania se encuentra en una encrucijada: mientras el gobierno de Merz y el ministro Pistorius (SPD) justifican el rearme como una respuesta necesaria a la amenaza rusa, la sociedad civil se ve obligada a aceptar una austeridad extrema y una militarización de su vida cotidiana. Esta carrera armamentística está allanando el camino para que un futuro liderazgo ultranacionalista reviva las tendencias imperialistas que el continente juró enterrar tras 1945.

  1. https://www.willy-brandt-biografie.de/wp-content/uploads/2017/08/Regierungserklaerung_Willy_Brandt_1969.pdf "

 (Willy Meyer, Gaceta Crítica, 11/05/26)

13.11.25

El gobierno francés, de Lecornu, recorta 12.000 millones en el presupuesto de la seguridad social, con los votos del Partido Socialista y la abstención masiva de los grupos ecologista y comunista. Solo los Insoumisos se opusieron al desangre... "Ser una izquierda útil para los franceses y las francesas", una izquierda del "deber". Así es como Olivier Faure, primer secretario del Partido Socialista, denominaba la supresión de al menos 80 puestos de trabajo en cada Centro Hospitalario Universitario (CHU) de Francia, la muerte de varios miles de personas en los pasillos de los hospitales, la vacante de más de 15.000 puestos de enfermeras y enfermeros en el país, las horas extra no pagadas de varios miles de sanitarios, el aumento del copago de tratamientos y medicamentos para los enfermos. Porque eso es precisamente lo que significarán los 12.000 millones de euros de recortes en los ingresos del presupuesto de la seguridad social votados por los diputados del PS... Renunciando a recuperar el más mínimo céntimo de los 80.000 millones de euros de exenciones sociales que benefician casi en su totalidad al capital y a las rentas altas, la maniobra conjunta de la Macronía, del PS, tendrá consecuencias dramáticas sobre un sector de la salud despojado de presupuesto tras presupuesto, y en definitiva, sobre el trabajo, la vida y la muerte de cientos de miles de asegurados y sanitarios (Diario Red)

 "Los diputados socialistas, comunistas y ecologistas dieron luz verde al saqueo de 5.000 millones de euros al hospital público. El sábado 8 de noviembre al anochecer, la Asamblea Nacional aprobaba la parte de ingresos del presupuesto de la Seguridad Social presentado por Sébastien Lecornu. En el programa de esta carnicería presupuestaria, cerca de 12.000 millones de euros han sido recortados del presupuesto de la Seguridad Social, de los cuales 5.000 millones corresponden al hospital público. Unos ingresos menores que el gobierno compensará con una drástica reducción del gasto social, en un momento en que el hospital público y la salud ya están en la agonía.

Unos recortes salvajes firmados por Emmanuel Macron, por supuesto, pero también los votos del Partido Socialista y la abstención masiva de los grupos ecologista y comunista permitieron la aprobación por un margen de 15 votos de una anunciada masacre social y sanitaria. Un voto aún más escandaloso porque avala un conjunto de medidas en las antípodas del programa de ruptura con el que fueron elegidos los diputados del Partido Socialista, de EELV y del PCF. Un paso más del partido de la rosa para fortalecer su alianza con la oligarquía financiera. Solo los Insoumisos se opusieron al desangre.

"Ser una izquierda útil para los franceses y las francesas", una izquierda del "deber". Así es como Olivier Faure, primer secretario del Partido Socialista, denominaba la supresión de al menos 80 puestos de trabajo en cada Centro Hospitalario Universitario (CHU) de Francia, la muerte de varios miles de personas en los pasillos de los hospitales, la vacante de más de 15.000 puestos de enfermeras y enfermeros en el país, las horas extra no pagadas de varios miles de sanitarios, el aumento del copago de tratamientos y medicamentos para los enfermos.

Porque eso es precisamente lo que significarán los 12.000 millones de euros de recortes en los ingresos del presupuesto de la seguridad social votados por los diputados del PS este sábado 8 de noviembre, cómplices de la Macronía a los que ayudaron en su tarea del día las abstenciones masivas de los grupos comunista y ecologista.

Es en efecto seguro, dada la obsesión ideológica malsana de los macronistas por la reducción del gasto de protección social, que este desangre de los ingresos se traducirá en recortes con motosierra al menos igual de importantes en el gasto. Y serán, por supuesto, los asegurados y los sanitarios, ya al límite, quienes sufrirán recortes violentos que la Macronía justificará por la previa bajada de los ingresos.

Estos 12.000 millones de mella representarán otros tantos puestos de trabajo suprimidos, medicamentos más caros o no reembolsados, horas extra no pagadas, horas de espera en urgencias, precariedad para los enfermos, degradación de las capacidades de las residencias de ancianos (EHPAD), de la protección social y de la discapacidad. Mecánicamente, todo voto a favor de estos ingresos era un voto a favor de los recortes presupuestarios, y por tanto, de la política del gobierno que podrá ahora pasar por decreto los ahorros inicuos que está preparando hacer sobre las espaldas de los franceses y francesas más vulnerables.

Renunciando a recuperar el más mínimo céntimo de los 80.000 millones de euros de exenciones sociales que benefician casi en su totalidad al capital y a las rentas altas, la maniobra conjunta de la Macronía, del PS, y de los grupos comunista y ecologista tendrá consecuencias dramáticas sobre un sector de la salud despojado de presupuesto tras presupuesto, y en definitiva, sobre el trabajo, la vida y la muerte de cientos de miles de asegurados y sanitarios.

Una situación y un voto que solo fueron posibles por la negativa del Partido Socialista a censurar a Sébastien Lecornu el pasado octubre, estando Olivier Faure y los suyos demasiado preocupados por la idea de una nueva disolución que les obligaría a asumir ante los electores el peso de sus traiciones.

Más que nunca, los franceses desean que el gobierno se vaya, y Emmanuel Macron con él. Ante esta exasperación creciente; la Francia Insumisa propone una política alternativa basada en la reconstrucción de los servicios públicos mediante el reparto de la riqueza.

Como finalmente subrayó Manuel Bompard, diputado y coordinador nacional de Francia Insumisa, este episodio lo habrá recordado una vez más con claridad: "El pueblo de izquierdas sabe sobre quién puede contar"." 

(Editorial DiarioRed, 13/11/25) 

9.10.25

El futuro del partido socialista: por qué España es una excepción... la supeditación de los socialistas europeos al bloque popular es algo que conoce Manfred Weber, el líder del PPE, que está muy cómodo con los socialistas del norte... El problema en ese escenario es Pedro Sánchez y su poder de contaminación. Weber ha declarado que su deseo es que la realidad política española no se extienda por toda Europa... El contexto general tiene una excepción: España. Sánchez ha apostado por una fórmula para mantenerse en el poder que choca con la utilizada por los países europeos, en los que la sanidad, la educación, la legislación laboral y las pensiones están bajo revisión... Los socialistas de Francia o España son conscientes del coste que supondrá para sus países... Alemania está presionando para que el sur no ponga obstáculos... Es otro equilibrio más que tendrá que realizar Moncloa en ese permanente caminar en el alambre. Y no se trata solo de Sánchez: esos equilibrios tan complicados definen el momento de los socialdemócratas europeos (Esteban Hernández )

 "En el último ‘Viva’ de Vox, que se celebró el domingo pasado, una de las intervenciones estelares fue la de Giorgia Meloni. Resultó llamativa, porque si bien la presidenta italiana tiene relación de amistad con Abascal, el grupo europeo que lidera, ECR, ha adoptado posturas diferentes de las que mantiene Patriots, al que pertenecen Fidesz, Rassemblement National y Vox. Su discurso, por muy cariñoso que fuera con el partido español, estuvo en línea con las posturas que mantiene últimamente Meloni y que parecen alejarla de Abascal. Posición dura con Rusia, una distancia medida con Israel, moderación en algunas posiciones previas a su llegada al gobierno: el tipo de discurso que se considera razonable entre las derechas tradicionales europeas.

Sin embargo, Meloni aludió también a la existencia de tres grupos a la derecha del Partido Popular Europeo en el europarlamento y a los lazos ideológicos que los unen. Son una fuerza que puede cambiar el eje político que domina el continente. Hasta ahora, Von der Leyen, que pertenece a los populares, se ha apoyado en socialistas y liberales, e incluso en los verdes. La presidenta italiana es consciente de que la alianza del PPE con los tres grupos de la derecha crearía una mayoría con una visión muy diferente de la actual. Se trata de un objetivo no olvidado: el cambio de eje es una aspiración compartida.

El PPE ocupa el lugar central de la política europea, pero está cada vez más sujeto a presiones desde ambos lados. Se han anunciado dos mociones de censura contra Von der Leyen, una instigada desde la derecha y otra desde la izquierda. Se adivinan muy pocas opciones de que alguna de las dos triunfe, pero los mensajes que envían son evidentes. El establishment de la política europea, la alianza que ha gobernado desde hace mucho tiempo, es cuestionado. La animadversión contra Von der Leyen forma parte de ello.

No es únicamente un problema de la Unión Europea, sino una constante de sus espacios políticos centrales. En Francia, la alianza entre los liberales de Macron y la derecha republicana no logra aprobar un presupuesto, porque enfrente tiene a Mélenchon y a Le Pen. El nuevo primer ministro, Lecornu, está intentando sumar a la coalición a los socialistas como solución de urgencia. Merz tiene problemas menos serios, pero también cuenta con obstáculos. Gobierna en coalición con los socialdemócratas alemanes, y el poco tiempo que lleva al frente del ejecutivo ha servido para que la extrema derecha, AfD, crezca en intención de voto.

El PPE se mueve en una posición ambigua. Ha de hacer concesiones a sus socios, pero también se beneficia de la amenaza de las derechas

Los lugares determinantes de la política europea, Alemania, Francia y Bruselas, se ven atravesados por situaciones similares. La imposibilidad de que un partido gobierne en solitario y las dificultades para llegar a acuerdos con teóricos socios dificultan enormemente la gobernabilidad. Hay que trazar nuevas alianzas para conseguir mayorías más sólidas, y eso resulta muy complicado sin que alguna de las formaciones tradicionales defraude a su electorado.

La debilidad de los socialistas

En este escenario, el PPE se mueve en una posición ambigua. Sufre por la necesidad de hacer concesiones a los socios, pero también se beneficia de las nuevas posibilidades. Existía un compromiso por el que los populares no se apoyarían en las derechas populistas y extremas para aprobar medidas, pero esa posición es cada vez menos firme. Algunos eurodiputados socialistas se quejan de que el PPE aprovecha la situación para forzar la máquina negociadora, bajo la amenaza de que, si el resto de partidos no cede, tendría que llegar a acuerdo con los grupos a su derecha. El PPE también obtiene réditos del nuevo contexto.

Los partidos socialistas tienen que elegir entre apoyar al bloque sistémico u oponerse a él y liderar el descontento de izquierdas

Los partidos socialistas lo tienen complicado porque, en este cambio de los tiempos, poseen menos fuerza que sus rivales. El caso francés, una vez más, prefigura la situación general. En la negociación para los presupuestos, liberales y conservadores tradicionales intentan atraer a su terreno al partido socialista en un momento en el que el objetivo principal es reducir el déficit público. Es un objetivo que implicará recortes en las prestaciones y pérdida de poder adquisitivo, y los votantes progresistas verían mal que los socialdemócratas apoyaran ese programa. El expresidente Hollande señaló que hay varios puntos innegociables si se quiere el voto socialista, como el gravamen a las grandes fortunas, una mayor contribución de las grandes empresas o la protección de las pensiones de cuantía más baja. Más allá de lo que logren negociar, y de que finalmente los socialistas apoyen o no a Lecornu, lo cierto es que la huelga general del pasado miércoles revela la capacidad de movilización de la izquierda, mientras que las encuestas ratifican la fuerza de Le Pen. De manera que los socialistas tienen que decidir entre sumarse al bloque sistémico y arriesgarse a perder más espacio por su izquierda, u oponerse a él y tratar de encabezar a la izquierda en una rebelión que, probablemente, beneficiaría a Le Pen. La apuesta preferida de los socialistas pasaría por cobrar fuerza para atraer a muchos votantes de Macron y de esa manera convertirse en el centro del bloque sistémico, pero tampoco parece demasiado fácil.

Esa posición endeble de la izquierda se muestra con nitidez en el caso alemán. Merz ha trazado un programa muy definido, que facilita un déficit público bajo y su capacidad fiscal, mediante el cual se invertirá en defensa y en infraestructuras, pero que recortará las prestaciones públicas y las exigencias regulatorias. Los socialdemócratas son socios de gobierno de Merz. Tienen poco que ganar y mucho que perder si dejan hacer a Merz en el terreno de los recortes al estado del bienestar. Es un terreno en que el votante de derechas se siente cómodo, pero que el socialdemócrata acepta difícilmente. Sin embargo, el SPD tampoco tiene muchas más opciones, porque está en un nivel de aceptación popular bajo tras el gobierno de Scholz y con AfD creciendo: no puede cargar con el peso de romper un gobierno.

Weber ha declarado que su deseo es que la realidad política española, con Pedro Sánchez a la cabeza, no se extienda por toda Europa

Esa supeditación de los socialistas al bloque popular es algo que sabe Manfred Weber, el líder del PPE. Weber está muy cómodo con los socialistas del norte, y con dirigentes como la danesa Mette Frederiksen, que entienden la necesidad de acomodarse a los propósitos de futuro de la derecha alemana. El problema en ese escenario es Pedro Sánchez y su poder de contaminación. Weber ha declarado que su deseo es que la realidad política española no se extienda por toda Europa.

Derecha e izquierda, norte y sur

Weber está presionando para que el centroizquierda europeo escoja posición. Si deciden formar parte del bloque sistémico, habrán de supeditarse a las necesidades de ese espacio, que no les son muy favorables. Muchas de las principales propuestas progresistas, ligadas al cambio climático, a la descarbonización y a la ampliación de derechos, están en franco retroceso en Europa. El ambiente bélico fomenta nuevos objetivos. Y, en ese cambio de paso, el estado del bienestar es la siguiente pieza. La sanidad, la educación, la legislación laboral y las pensiones están bajo revisión. Habiendo cedido en los primeros objetivos, hacerlo también en el debilitamiento del estado del bienestar hará daño a los socialdemócratas. Queda otra opción, que es apostar por una postura más aguerrida, más progresista y más movilizadora, que sea capaz de encabezar el descontento. Pero eso resulta improbable: requiere ribetes populistas que están lejos de la naturaleza de los actuales partidos socialistas europeos.

Una España dirigida por el PP estaría mucho más alineada con los propósitos germanos que la del gobierno de Sánchez y sus socios

El contexto general tiene una excepción: España. No se trata solo del enfrentamiento abierto entre los dos grandes partidos nacionales, con posiciones que parecen irreconciliables, sino de que Sánchez ha apostado por una fórmula para mantenerse en el poder que choca con la utilizada por los países europeos. De ahí el temor de Weber de que la realidad española se extienda por Europa. Los populares estarían mucho más cómodos con un partido socialista que fuera capaz de ofrecer sus votos, en caso de perder las elecciones, al candidato del PP, de modo que se impidiera la llegada de Vox y, con ella, que se hiciera más difícil el cambio de eje en el continente. De fondo, asoma Weber, que se siente cómodo con Sánchez en la medida en que implica un as en la manga: es una carta que puede justificar, como en España, una unión de las derechas, esa a la que aspiran Meloni y Abascal.

Sin embargo, las posiciones ideológicas deben ser complementadas con la variable territorial. El pasado jueves, el canciller alemán y el presidente español se reunieron en Madrid. Más allá de los obvios puntos de desencuentro, como Israel, lo que está de fondo es el plan alemán de salida de la crisis. La inversión en rearme y el recorte de prestaciones sociales y de debilitamiento de la regulación lleva a Alemania a apoyarse en los países del norte y a ser menos comprensivo con los déficits presupuestarios del sur. El eje geográfico europeo ha cambiado y los nuevos términos son menos favorables para países como España. El PPE europeo, como los conservadores alemanes, tiene claro el camino. Los socialistas del norte entienden esto perfectamente. Los de Francia o España también pueden comprenderlo, pero son conscientes del coste que supondrá para sus países. Es otro de los interrogantes para el futuro próximo. Por más que los socialistas hayan encontrado margen de maniobra en Europa hasta la fecha, se hace difícil creer que vayan a seguir gozando de él. Del mismo modo que en el continente los partidos progresistas están subordinándose a las necesidades de los conservadores, Alemania está presionando para que el sur no ponga obstáculos. En ese contexto, una España dirigida por el PP estaría mucho más alineada con los propósitos germanos que la del gobierno de Sánchez con sus socios de la izquierda. Es otro equilibrio más que tendrá que realizar Moncloa en ese permanente caminar en el alambre. Y no se trata solo de Sánchez: esos equilibrios tan complicados definen el momento de los socialdemócratas europeos." 

(Esteban Hernández  , El Confidencial , 21/09/25) 

9.9.25

Elecciones en Noruega... Se supone que los países nórdicos, con su historia socialdemócrata, tienen la menor desigualdad y la menor pobreza en el mundo moderno. Pero esa realidad ha desaparecido en los últimos 30 años... como en cualquier otra economía capitalista, la desigualdad de ingresos y riqueza es alta en Noruega... el 1% de los noruegos posee el 22% de toda la riqueza personal del país, mientras que el 50% más pobre de los adultos posee tan solo el 3,6%. Según estas medidas, Noruega no es un paraíso socialdemócrata. Y esta creciente desigualdad preocupa a los votantes noruegos... El éxito económico de Noruega durante los últimos 50 años se ha basado casi por completo en la enorme producción de petróleo y gas en sus costas... las enormes ganancias de las compañías energéticas no se ven acompañadas de una mayor prosperidad para los noruegos, a pesar de su riqueza... Al mismo tiempo, el desempleo está aumentando. Así pues, están apareciendo indicios de una economía estanflacionaria (como en el resto de Europa), incluso en la rica Noruega... y los precios de las viviendas se han disparado junto con la deuda de los hogares (que ahora alcanza un récord del 200% de los ingresos). De hecho, la economía en general está entrando en recesión, a medida que los precios de la energía vuelven a caer... ¿Puede la economía noruega seguir creciendo basándose en el capital de los combustibles fósiles? ¿Deberían los multimillonarios noruegos seguir acaparando la mayor parte de las ganancias de los combustibles fósiles? ¿Cuál es la alternativa? Los votantes noruegos tienen dudas (Michael Roberts)

 "Noruega celebra hoy elecciones generales. En un país de 5,6 millones de habitantes, unos 4 millones tienen derecho a voto y la participación suele ser alta, según los estándares internacionales: superior al 75 %. De hecho, el voto anticipado se ha vuelto cada vez más popular, con hasta un 60 % votando antes del día oficial.

Los noruegos son probablemente la nación más rica del mundo, si se mide por el ingreso promedio per cápita. El ingreso per cápita es más alto que el de cualquier otra economía importante; solo los paraísos fiscales de Suiza, Luxemburgo, Mónaco, etc., son más altos. Pero el ingreso promedio disfraza los extremos de la desigualdad. Y como en cualquier otra economía capitalista, la desigualdad de ingresos y riqueza es alta en Noruega. Se supone que los países nórdicos y escandinavos, con su historia socialdemócrata, tienen la menor desigualdad y la menor pobreza en el mundo moderno. Pero esa realidad ha desaparecido en los últimos 30 años. El índice de Gini de desigualdad de ingresos (donde 0 = igualdad y 1 = una persona lo tiene todo) ha aumentado de una modesta proporción de 0,25 en 1990 a cerca de 0,40 en la década de 2020, una proporción ahora más alta que muchas economías avanzadas.

Y en cuanto a la riqueza personal, la desigualdad es aún más extrema (como ocurre en todos los países escandinavos). Tan solo el 1% de los noruegos posee el 22% de toda la riqueza personal del país, mientras que el 50% más pobre de los adultos posee tan solo el 3,6%. 

Según estas medidas, Noruega no es un paraíso socialdemócrata. Y esta creciente desigualdad preocupa a los votantes noruegos. La desigualdad encabeza la lista de preocupaciones de los votantes, según una encuesta realizada entre el 7 y el 13 de agosto por Respons Analyse para el diario Aftenposten. Noruega ha tenido un impuesto sobre el patrimonio ( formuesskatt ) desde 1892, algunos años antes de lograr la independencia total de Suecia. Junto con España y Suiza, es uno de los tres únicos países europeos que aún gravan el capital de esta manera. El tipo actual se sitúa en el 1 % para quienes tienen activos superiores a 1,7 millones de coronas (125 000 libras esterlinas) y en el 1,1 % para quienes tienen más de 20,7 millones de coronas.

El impuesto se recauda anualmente y se calcula sumando el valor de las propiedades, ahorros, inversiones y acciones, y deduciendo cualquier deuda. Las empresas privadas se contabilizan como parte del patrimonio de sus propietarios. Existen descuentos; por ejemplo, solo el 25 % del valor de la vivienda principal de los ciudadanos está sujeto a impuestos. El impuesto recauda unos 32 000 millones de coronas noruegas (3000 millones de dólares) y afecta a unos 725 000 noruegos, la mayoría de los cuales pagan poco. 

Los multimillonarios noruegos son los más afectados y están protestando. Y los multimillonarios noruegos se están enriqueciendo cada vez más. En 2024, los 400 más ricos tenían una fortuna de 2,139 billones de coronas, un 14% más en un año , según la revista de negocios Kapital, y la mitad de esta riqueza estaba en manos de familias reubicadas en el extranjero. Treinta de ellos abandonaron Noruega cuando el Partido Laborista subió el impuesto. Estas elecciones han desencadenado otra poderosa campaña por parte de los ricos y los políticos de derecha para eliminar el impuesto. El Partido Laborista, como era de esperar, se mantiene indeciso. Ha prometido crear una comisión multipartidista para revisar todos los impuestos.

Pero el impuesto sobre el patrimonio no es el tema que más preocupa a los políticos tradicionales de Noruega; están obsesionados con la aparente inminente invasión de la Rusia de Putin y la necesidad de reforzar la «seguridad nacional» y aumentar el gasto en defensa. El actual gobierno laborista se ha comprometido a aumentar el gasto en defensa al 5% del PIB, en línea con los objetivos de la OTAN. Y esa política no cambiará, independientemente del partido que lidere el próximo gobierno después de este fin de semana.

El éxito económico de Noruega durante los últimos 50 años se ha basado casi por completo en la enorme producción de petróleo y gas en sus costas. El fondo soberano de inversión de 2 billones de dólares de Noruega, basado en los vastos ingresos del petróleo y el gas, equivale a 340.000 dólares por ciudadano noruego. Este fondo permite a los gobiernos gastar con mucha mayor libertad en servicios públicos y prestaciones sociales que otros países europeos. La guerra en Ucrania ha supuesto un auge para los gigantes energéticos noruegos. Noruega es ahora el principal proveedor de gas de Europa, reemplazando a Gazprom tras la invasión rusa de Ucrania en 2022. Y su papel se prevé que aumente a medida que la Unión Europea planea eliminar gradualmente el uso del gas ruso para 2027.

La explotación de nuevas reservas de petróleo y gas es crucial para frenar la prevista caída de la producción. Sin embargo, a muchos noruegos les preocupa el impacto de la producción de combustibles fósiles en el calentamiento global y el clima. Han optado por comprar coches, barcos y camiones eléctricos y adoptar otras políticas «verdes», respaldadas por subvenciones gubernamentales. No obstante, el éxito económico de Noruega sigue ligado a los gigantes energéticos, y el capital noruego depende de la producción de combustibles fósiles. La rentabilidad del capital noruego se basa en los precios globales del petróleo y el gas.

No es de extrañar que el Partido del Progreso, de derecha, antiinmigrante y escéptico del cambio climático, que va bien en las encuestas, haga campaña por una mayor producción y exploración petrolera. «Noruega debería ser el último país del mundo en detener la producción… Queremos extraer petróleo durante otros 100 años», declaró Sylvi Listhaug, líder del Partido del Progreso. Esto es música para los oídos de los gigantes energéticos.

Equinor, Aker BP y Shell son algunas de las empresas más activas en la plataforma continental noruega y ambas siguen explorando e invirtiendo fuertemente en yacimientos existentes en los mares del Norte y de Noruega. Shell presentó recientemente una nueva tecnología para impulsar la recuperación al 75% del yacimiento de Ormen Lange, el segundo más grande de Noruega en gas. Los beneficios de ese yacimiento por sí solos cubrirán el coste adicional de la recuperación en un año. Las compañías de petróleo y gas tienen previsto invertir la cifra récord de 275.000 millones de coronas noruegas (27.000 millones de dólares) este año. Uno de los principales empresarios no petroleros de Noruega afirma: «Esta ha sido una industria de un éxito fenomenal para el país. No se va a detener por sí sola». A pesar de todas las buenas palabras sobre el medio ambiente, el actual gobierno laborista no se resiste. Espen Barth Eide, ministro de Asuntos Exteriores de Noruega, argumenta que la UE necesitará el gas noruego en particular durante mucho tiempo porque todavía queda «un largo camino hasta el nivel en que se necesiten los suministros noruegos, ya que primero se quiere eliminar el petróleo ruso y otras fuentes no occidentales».

Sin embargo, las enormes ganancias de las compañías energéticas no se ven acompañadas de una mayor prosperidad para los noruegos, a pesar de su riqueza. Desde el fin de la pandemia, el coste de la vida se ha disparado (como en todos los países); los precios de los alimentos han subido cerca de un 6 % en los últimos 12 meses. La inflación general se mantiene muy por encima del objetivo del banco central del 2 % anual y ahora está aumentando.

Al mismo tiempo, el desempleo está aumentando.

Así pues, están apareciendo indicios de una economía estanflacionaria (como en el resto de Europa), incluso en la rica Noruega. Excluyendo el sector energético, el crecimiento del PIB real de Noruega ha sido, en el mejor de los casos, lento, por lo que el gasto público depende casi exclusivamente de los ingresos energéticos.

Los precios de las viviendas se han disparado junto con la deuda de los hogares (que ahora alcanza un récord del 200% de los ingresos).

De hecho, la economía en general está entrando en recesión, a medida que los precios de la energía vuelven a caer.

Como en otros lugares, los noruegos están divididos sobre el deterioro de la economía. El Partido del Progreso, antiinmigrante, ha atribuido este hecho rotundamente a la inmigración. Con una quinta parte de los residentes de Noruega siendo inmigrantes o hijos de inmigrantes, y con una inmigración récord en los últimos años (especialmente influenciada por los refugiados ucranianos), los ayuntamientos han expresado su preocupación por la sobrecarga de capacidad debido a las altas tasas de inmigración. El PP está ganando apoyo en las encuestas de opinión, pero principalmente a expensas de los conservadores tradicionales.

Noruega cuenta con un sistema de representación proporcional, en el que 169 legisladores son elegidos en 19 distritos geográficos para un mandato fijo de cuatro años. Cualquier partido que obtenga más del 4% de apoyo a nivel nacional tiene representación garantizada, aunque un buen resultado en distritos individuales también puede generar uno o más escaños. No se espera que ningún partido obtenga los 85 escaños necesarios para una mayoría absoluta, pero las últimas encuestas muestran que el bloque rojo, liderado por los laboristas en el poder, obtendrá la mayor cantidad de votos, por lo que un gobierno minoritario bajo el Partido Laborista o la formación de otra coalición son los resultados más probables.

Pero la coalición de izquierdas está dividida. La coalición anterior del primer ministro laborista Jonas Gahr Stoere se disolvió cuando el Partido del Centro, con sede en zonas rurales, se opuso a la adopción de las regulaciones de la UE sobre control climático. Y la Izquierda Socialista afirmó que solo apoyaría un futuro gobierno laborista si este desinvirtiera en todas las empresas involucradas en lo que denominó «la guerra ilegal de Israel en Gaza» . Pero el Partido Laborista, liderado por Stoere y el recién reelegido secretario general de la OTAN, Jens Stoltenburg, está decidido a mantener su apoyo a Israel y a la «coalición de los dispuestos» en Europa para continuar la guerra en Ucrania. 

El capitalismo noruego ha tenido un gran éxito gracias a la producción de combustibles fósiles. Sin embargo, la creciente desigualdad y el calentamiento global están intensificando las contradicciones del capitalismo noruego. ¿Puede la economía noruega seguir creciendo basándose en el capital de los combustibles fósiles? ¿Deberían los multimillonarios noruegos seguir acaparando la mayor parte de las ganancias de los combustibles fósiles? ¿Cuál es la alternativa? Los votantes noruegos tienen dudas."

 (  , blog, 07/09/25, traducción Gaceta Crítica)

14.7.25

Cas Mudde: Desde hace 25 años, los medios insisten en que el voto potencial de ultraderecha representa al ciudadano de a pie. Esto es mentira... Es una construcción realizada por los medios... los socialdemócratas llevan varios decenios cometiendo los mismos errores. Siguen cortejando a los obreros blancos de derechas, que siempre han votado a la derecha y siempre la votarán, en lugar de apelar a otros votantes mucho más alcanzables, como el electorado joven, sobre todo mujeres, pero también hombres... sucede que han perdido su conexión con la base. Su militancia es blanca, relativamente mayor, con diploma universitario, que no caminan por los barrios afroamericanos... cuentan con poquísimos militantes –y muchos menos cargos electos– de clase obrera o sin diploma universitario. Esos sectores de la población carecen de voz en el aparato. No sorprende, por tanto, que esos partidos tengan imágenes tan tergiversadas o prejuiciadas de su electorado... Lo importante para los partidos socialdemócratas es volver a echar raíces en las comunidades a las que pretenden representar... todo en política es ideología. Es en ese campo, el de la hegemonía, donde se libran las batallas. Y esto, en Estados Unidos, lo comprende mucho mejor el Partido Republicano que el Demócrata

 "(...) Hay mucha preocupación por la derechización de los jóvenes, sobre todo de los hombres, seducidos por Andrew Tate, Jordan Peterson y otras figuras de la manosfera. En una conversación con Ezra Klein, del New York Times, el analista David Shor dijo que el Partido Demócrata tiene “un problema” con los hombres jóvenes, que “los números reales son mucho peores de lo que la gente piensa” y que se trata de un fenómeno global, ya que “las comunidades online están mucho más segregadas por género que las comunidades offline”.      

Soy escéptico. A pesar de todo, las generaciones más jóvenes siguen siendo más progresistas que nunca, en todas las áreas. Es verdad que hay hombres jóvenes que tienen una visión distinta con respecto a la discriminación de género. No es que estén en contra de la igualdad de género, pero creen que esta ya se consiguió hace 10 o 15 años, y que hoy las mujeres llevan la ventaja. Hace 20 o 25 años, en cambio, a los hombres jóvenes les parecía problemático que las mujeres recibieran lo mismo que ellos. La diferencia es importante.  

También se me ocurre que lo que piensa un chaval de 17 años muy probablemente no será lo que piense cuando tenga 30.

Exacto. Como muchas personas de mi generación, me alegro un montón de que no existieran las redes sociales cuando yo era adolescente. ¡Las chorradas sexistas, homófobas y racistas que yo habría lanzado! Es verdad que, hoy, personalidades como Andrew Tate influyen en cómo los hombres jóvenes formulan sus experiencias. Pero esas experiencias son las que son. La idea, por ejemplo, de que las mujeres llevan ventaja nace de un contexto escolar en que, en efecto, las chicas lo hacen mejor no solo en el instituto sino en la universidad. Y consiguen mejores empleos. Claro que después, en sus 30, chocan con un techo de discriminación de género que sigue en pie, pero eso no es algo que vean los chicos de 18. Ojo, no quiero decir que esos chicos tengan razón. Pero sí es importante adaptar el discurso político para que vean reflejada su experiencia.

Aquí toca un problema más general, me parece, que tiene que ver con la aparente impotencia de la socialdemocracia ante la ultraderecha. O hay poca adaptación del discurso, o las adaptaciones resultan forzadas y copian directamente el marco de la ultraderecha. Estoy pensando en los últimos giros antiinmigrantes de “progresistas” como Keir Starmer, en Reino Unido, y Gavin Newson, el gobernador demócrata de California. Son de un oportunismo que da vergüenza ajena.

Ambos van de pragmatistas, lo que no deja de ser una táctica neoliberal. No es casual que Starmer sea blairista, aunque obviamente carece de la energía o la capacidad inspiradora que tenía Tony Blair. Lo que es importante comprender es que tanto Newsom como Starmer son productos de un contexto muy concreto. Desde hace 25 años, los medios, incluidos diarios liberales como el New York Times, insisten en que el voto potencial de ultraderecha representa al ciudadano de a pie. Esto es una mentira como una casa, como hemos demostrado los investigadores una y otra vez. Es una construcción realizada por los medios y, además, falsa. Ahora bien, una cosa es lo que hagan o digan políticos como Starmer o Newsom. Más sorprendente es que las personas de su entorno, que seguramente leen análisis académicos, lleven varios decenios cometiendo los mismos errores. Siguen cortejando a los obreros blancos de derechas, que siempre han votado a la derecha y siempre la votarán, en lugar de apelar a otros votantes mucho más alcanzables, como el electorado joven –sobre todo mujeres, pero también hombres–.

Si le entiendo bien, señala dos errores en los partidos socialdemócratas. Es un error equiparar el potencial voto ultraderechista con la visión del ciudadano común, y es un error obsesionarse con intentar convencer a esa parte del electorado. Ambos parecen nacer de un déficit de comprensión sociológica.

Exacto. Hace bastantes décadas que los investigadores señalamos que los partidos socialdemócratas han perdido su conexión con la base. Su militancia es blanca, relativamente mayor, con diploma universitario. Vamos, son gente como yo. Y yo no me paso el día entero caminando por los barrios afroamericanos de Athens. Quiero decir que los partidos socialdemócratas cuentan con poquísimos militantes –y muchos menos cargos electos– de clase obrera o sin diploma universitario. Esos sectores de la población carecen de voz en el aparato. No sorprende, por tanto, que esos partidos tengan imágenes tan tergiversadas o prejuiciadas de su electorado. Todavía se asume que el obrero es hombre, blanco y reaccionario cuando muchos no lo son, e incluso hay bastantes hombres blancos que no son nada reaccionarios.

Pero ¿cómo se explica esta falta de comprensión del electorado a la luz de los tremendos avances que ha habido en la ciencia demoscópica, sobre todo desde las campañas de Obama? Cuando Ezra Klein le preguntó a David Shor: “¿Por qué debo fiarme de los datos que nos presentas?”, Shor contestó que, solo en 2024, su empresa, que trabaja como consultora para los demócratas, “realizó 26 millones de entrevistas”…

El problema de las encuestas es que se producen en un contexto que después desaparece de los resultados. Las preguntas y los conceptos que emplean nunca son neutrales; es más, muchas veces son increíblemente complejos, como “la democracia” o “la libertad de expresión”. Esos conceptos pueden significar tantas cosas que no significan nada. ¿Es imposible usar la demoscopia para comprender qué piensa la gente sobre fenómenos complejos como el racismo o la diversidad? Para nada. Pero hacerlo bien exige emplear preguntas abiertas, no de elección múltiple, lo que hace que las encuestas salgan muchísimo más caras.

Lo importante para los partidos socialdemócratas es volver a echar raíces en las comunidades a las que pretenden representar. Llevo mucho tiempo diciendo que la socialdemocracia no es una institución que represente los intereses de la clase obrera. En última instancia, la socialdemocracia es una ideología que plantea la necesidad de una sociedad más justa y equitativa. Y, como tal, es para todos. No quiero ponerme gramsciano, pero todo en política es ideología. Es en ese campo, el de la hegemonía, donde se libran las batallas. Y esto, en Estados Unidos, lo comprende mucho mejor el Partido Republicano que el Demócrata.

¿Ve complicado el futuro del Partido Demócrata?

Es indudable que está pasando por un momento muy malo. Probablemente sea el partido socialdemócrata menos popular de Occidente, lo que se dice pronto, ya que son muchos los partidos socialdemócratas que están en un punto bajo. Por otra parte, si miras lo que están haciendo Alexandria Ocasio-Cortez y Bernie Sanders, el Partido Demócrata de Estados Unidos contiene más ideología progresista que todos los socialdemócratas europeos juntos. El sector del partido que representan AOC y Sanders asume de forma entusiasta, sin titubeos, ideas como la multiculturalidad o los derechos trans. Eso yo no lo veo en Europa.

¿Quiere decir que, a pesar de todo, la izquierda en Estados Unidos tiene más potencial?

No lo sé. El gran desafío del Partido Demócrata es que es una coalición de muchas facciones diferentes, que siempre hay que unir de alguna forma. No me puedo imaginar que una figura como AOC sea capaz de hacer eso. Pero lo que sí logrará es empujar al partido hacia la izquierda."

( Entrevista a Cas Mudde, Sebastiaan Faber , CTXT, 02/06/25)

4.7.25

¡Socialdemócratas, despertad! “Ni la cajera del supermercado ni el obrero industrial votan SPD”, se lamentaba el secretario general socialdemócrata, Lars Klingbeil... Como no tienen ni idea de por dónde tirar, si volver a ser el partido de los trabajadores, de centro o según el día... se han dado un plazo de dos años (¡dos años!) para hacer una consulta ciudadana sobre qué ideario y programa escoger... En el 2027, Marine Le Pen puede estar ya sentada en el Elíseo... Algo muy grave está pasando cuando los gobiernos socialistas están en minoría en Europa y no se ve mejora en el horizonte. Algo grave cuando el concepto de “izquierda” recula y va unido, en muchos casos, a los sentimientos de decepción, desconfianza y lejanía de las clases más desfavorecidas, aquellas a las que más debería defender... La francesa Fundación Jean Jaurés ha realizado una encuesta sobre cómo se ve a la izquierda: la gente no se siente escuchada, ha perdido la esperanza de que los socialdemócratas vayan a arreglar en algo sus vidas. Constatan que no han hecho nada frente al poder de los bancos y el gran capital, que se han dedicado a hacerse la guerra en sus luchas y corruptelas internas y a compadrear con los conservadores... “La socialdemocracia nació con el objetivo de corregir los desmanes del capitalismo con métodos democráticos”. Esto no ha sido posible y sus seguidores se sienten defraudados. ¿Ya no quedan ideas? Es hora, como afirma Edgar Morin, de “repensar el mundo porque hay una crisis del pensamiento político (...) porque estamos en un mundo lleno de expertos y de especialistas que no ven más que una pequeña parte de los problemas, aislados los unos de los otros” (Aurora Mínguez)

 "Si todo va bien, el próximo 8 de julio el sociólogo y filósofo francés Edgar Morin cumplirá 104 años. Su último libro, aparecido en 2022, se titula ¡Despertemos! (Réveillons-nous!) y en él afirma: “seguimos los acontecimientos como si fuéramos sonámbulos”. Esa frase se puede aplicar bien a los socialdemócratas alemanes (SPD), quienes han celebrado hace unos días un Congreso del que no ha salido ninguna autocrítica por sus últimos desastres electorales ni tampoco una línea clara de actuación. Si no reaccionan, van camino de convertirse en una formación irrelevante, con apenas un 15% de intención de voto (casi 20 puntos menos de lo logrado en 2005).

“Ni la cajera del supermercado ni el obrero industrial votan SPD”, se lamentaba el secretario general socialdemócrata, Lars Klingbeil, vicecanciller y titular de Hacienda, quien fue refrendado solo por el 64,9% de los delegados. Como no tienen ni idea de por dónde tirar, si volver a ser el partido de los trabajadores, de centro o según el día (difícil tarea siendo socio junior del gobierno del conservador Friedrich Merz), se han dado un plazo de dos años (¡dos años!) para hacer una consulta ciudadana sobre qué ideario y programa escoger. En el 2027 se pueden encontrar con que el cordón sanitario esté a punto de quebrarse y Marine Le Pen puede estar ya sentada en el Elíseo... porque la izquierda francesa también inició su descenso a los infiernos hace más de diez años.

Algo muy grave está pasando cuando los gobiernos socialistas están en minoría en Europa y no se ve mejora en el horizonte. Algo grave cuando el concepto de “izquierda” recula y va unido, en muchos casos, a los sentimientos de decepción, desconfianza y lejanía de las clases más desfavorecidas, aquellas a las que más debería defender. Sorprende incluso que sea un musulmán norteamericano aspirante a alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, quien haya resucitado el concepto de líder “izquierdista” y quien haya hecho renacer una cierta esperanza de cambio positivo.

La francesa Fundación Jean Jaurés, próxima al Partido Socialista galo, ha realizado una encuesta sobre cómo se ve a la izquierda. Sus conclusiones son válidas más allá de las fronteras del Hexágono: la gente no se siente escuchada, ha perdido la esperanza de que los socialdemócratas vayan a arreglar en algo sus vidas. Constatan que no han hecho nada frente al poder de los bancos y el gran capital, que se han dedicado a hacerse la guerra en sus luchas y corruptelas internas y a compadrear con los conservadores disfrutando de los privilegios del escaño o el despacho oficial. Renaud Large colabora con la Fundación Jaurés. Recuerda que una generación, la de Felipe González o Mario Soares o, incluso, la anterior con líderes como François Mitterrand, inspiraron ese deseo y esa esperanza de cambio. Pero aquellos líderes, y sus seguidores, son ya abuelos a quienes les preocupa ahora la seguridad, la inmigración desordenada o sus pensiones.

En temas de seguridad, subraya Large en una entrevista en Le Nouvel Obs’, la derecha ha llevado siempre la voz cantante. Líderes progresistas como la primera ministra danesa Mette Frederiksen, o el británico Keir Starmer, han tomado nota. Mano dura pero, a la vez, apoyo al ciudadano intentando preservar un máximo de justicia social. Claro que, en este último capítulo, los socialdemócratas se han topado con el freno de la deuda. En el caso alemán, un país rico, imponer simplemente el salario mínimo costó sangre, sudor y lágrimas. Hoy día está fijado en 12,82 euros la hora (en España 9,47 euros). Llegará a los 15 euros, si todo va bien, en el 2028. En el caso francés, el conflicto mayor gira en torno al futuro de las pensiones, y en un izquierdista radical, Jean-Luc Mélenchon, 75 años, líder de la Francia Insumisa, exsenador y exministro socialista, quien aprovecha la debilidad y las tensiones de su antigua familia política para presentarse como la única fuerza capaz de parar el avance de la señora Le Pen. En su libro La Meute (La Manada) los periodistas Charlotte Belaïch y Olivier Pérou le presentan como un personaje dictatorial interesado exclusivamente en sí mismo.

¿Merece la izquierda el castigo en las urnas y el desapego de sus antiguos electores? Victoria Camps escribía recientemente en este periódico: “La socialdemocracia nació con el objetivo de corregir los desmanes del capitalismo con métodos democráticos”. Esto no ha sido posible y sus seguidores se sienten defraudados. ¿Ya no quedan ideas? ¿Han tirado la toalla frente al avance de la extrema derecha que dice defender los intereses de la clase trabajadora? Es responsabilidad de los líderes socialdemócratas presentar programas y alternativas atractivas, elaboradas no en las sedes oficiales de los partidos, sino entre esa sociedad civil que se siente huérfana de personajes inspiradores que no jueguen solo a llevar la contraria al mandatario de turno. Es hora, como afirma Edgar Morin, de “repensar el mundo porque hay una crisis del pensamiento político (...) porque estamos en un mundo lleno de expertos y de especialistas que no ven más que una pequeña parte de los problemas, aislados los unos de los otros”."

(Aurora Mínguez es periodista y analista de asuntos europeos. El País, 03/07/25)

20.12.24

A lo largo de décadas, la socialdemocracia abandonó a los trabajadores. Después, los trabajadores abandonaron a la socialdemocracia... la crisis del petróleo de 1973, sin la voluntad de buscar alternativas en la izquierda -como permitir que los trabajadores obtuvieran más poder sobre la inversión a través de los fondos de los asalariados- aceptaron una resolución neoliberal... Sin una visión económica del tamaño del New Deal, los demócratas se vieron obligados a hablar de progreso únicamente en el lenguaje de la representación y los derechos civiles. Tales llamamientos tenían poco que ofrecer a nadie... el ascenso de «el precariado» está en sí mismo relacionado con las derrotas sufridas por los socialdemócratas y los sindicatos... El Partido de los Trabajadores de Bélgica (PTB-PVDA) ha evolucionado hasta convertirse en una fuerza de masas que da forma a la política de su país, se centra mucho en la construcción de bases en las comunidades obreras, ofrece servicios sociales profesionales, como atención sanitaria primaria en los centros de acción del partido, y ha colocado a los trabajadores a la cabeza de sus listas electorales... la izquierda no puede ganar suficiente poder para cambiar la sociedad sin poner en primer plano las preocupaciones básicas y arraigarse en los grupos que más se beneficiarían de la redistribución de los recursos. Eso significa un compromiso con la solidaridad en muchas formas, pero también significa reconocer que la victoria no es posible sin el apoyo de personas que pueden tener todo tipo de puntos de vista contradictorios, incluso reaccionarios

 "¿Se puede construir la socialdemocracia sin los trabajadores? Esta pregunta habría sido impensable hace unas décadas. Hoy en día refleja un reto fundamental al que se enfrentan los partidos de centro-izquierda en todo el mundo.

En Estados Unidos, aunque el Partido Demócrata ha avanzado hacia la izquierda en política interior, cuenta con menos apoyo de la clase trabajadora que nunca. Tanto las encuestas del Center for Working-Class Politics que utilizan datos ocupacionales como las encuestas a pie de urna de la CNN que utilizan la educación como indicador de clase (un marcador impreciso pero útil) muestran una distancia cada vez mayor entre los demócratas y los trabajadores. En 2020, Joe Biden perdió a los votantes sin estudios universitarios por 4 puntos. En estas elecciones generales, Kamala Harris los perdió por 14 puntos.

El cambio en el atractivo del partido es evidente incluso entre los trabajadores sindicados. En 1992, favorecían a Bill Clinton por 30 puntos. Donald Trump se acercó a 19 puntos en 2020 y redujo la diferencia a sólo 8 puntos este mes.

Dinámicas similares están en juego en todo el mundo capitalista avanzado, como en Alemania, donde el partido de izquierdas Die Linke pasó de recibir casi un tercio de los votos en los estados industriales del este del país en 2019 a apenas registrarse como fuerza electoral allí este año. Del mismo modo, aunque sigue en el poder, el Partido Socialdemócrata ha tendido a tener malos resultados entre los trabajadores, que se sienten cada vez más atraídos por los llamamientos de extrema derecha de Alternativa para Alemania: la AfD se convirtió recientemente en el grupo más grande en el parlamento estatal de Turingia.

Durante décadas, los que seguían comprometidos con un programa socialdemócrata tradicional han respondido a esta crisis de apoyo con una combinación de minimización del problema, búsqueda de sustitutos para los votantes de clase trabajadora perdidos e intento de volver a captar a su antigua base moviéndose hacia la derecha en cuestiones sociales. Hasta ahora, ninguna de esas respuestas ha resultado satisfactoria.

Los orígenes

Para entender el acercamiento de los partidos socialdemócratas a los trabajadores, debemos remontarnos a los orígenes de estos partidos. Con la aparición de una clase obrera masiva en el siglo XIX, los trabajadores empezaron a buscar representación política y económica. Dado que los capitalistas detentaban el poder político y económico, los trabajadores necesitaban organizaciones que persiguieran sus intereses colectivos. Los partidos socialdemócratas se convirtieron en la expresión política de los intereses de la clase obrera en la sociedad en general, y los sindicatos persiguieron esos intereses en el punto de producción. No importa si esos órganos eran representantes efectivos o si también estaban poblados por campesinos, artesanos y otros que difícilmente podían considerarse parte de la clase obrera industrial; eran inseparables de su base social básica.

Una política de izquierdas arraigada en torno a estos partidos y sindicatos obreros y un conjunto de reivindicaciones igualitarias fueron la norma durante siglo y medio. Esta política no representaba en absoluto un movimiento unificado; las fracturas y escisiones -entre la socialdemocracia de preguerra y el anarquismo, entre la socialdemocracia de posguerra y el comunismo- eran frecuentes. Pero la competencia dentro de la izquierda siempre fue por la lealtad de las mismas personas.

En ciudades como Manchester o Turín, la gente vivía en barrios y trabajaba en fábricas densamente apiñada, obligada por el capitalismo a establecer, si no siempre lazos de solidaridad, al menos de comunalidad. Como era de esperar, votaban mayoritariamente a los partidos de izquierda. El trabajo del revolucionario consistía en convencer a los trabajadores comprometidos con una vía lenta hacia el socialismo para que adoptaran una vía urgente.

William Morris escribió en 1885 que aunque los trabajadores sabían que eran una clase, los socialistas tenían que convencerles de que «debían ser una sociedad», una fuerza capaz no sólo de existir dentro de una economía, sino también de controlar el futuro de esa economía. Ahora, los socialistas deben esforzarse por defender también la parte de clase.

La socialdemocracia entra en guerra contra sí misma

¿Cómo ha sucedido esto? Hace casi medio siglo, el historiador británico Eric Hobsbawm se preguntaba si «la marcha hacia adelante del trabajo y del movimiento obrero» se había detenido, y el teórico francés André Gorz declaraba que la clase obrera había muerto como agente social. Teniendo en cuenta la profundidad de la división de clases en la actualidad, esas declaraciones previas parecen tan clarividentes como prematuras.

Los cambios incipientes que Hobsbawm y Gorz detectaron tenían raíces económicas y sociológicas. Los logros de la socialdemocracia de posguerra (y los de su contrapartida estadounidense, el New Deal) se basaban en una expansión económica que beneficiaba tanto a los trabajadores como al capital. Cuando el crecimiento se ralentizó en la década de 1970, las demandas de los trabajadores que los capitalistas habían soportado anteriormente para mantener la paz les parecieron económicamente insostenibles. En este nuevo entorno, los sindicatos y los partidos políticos, en retirada, tenían menos que ofrecer a los trabajadores a cambio de su participación.

Al mismo tiempo, los propios trabajadores estaban cambiando rápidamente. La automatización y la competencia mundial provocaron un desplazamiento del empleo fordista en los sectores industriales al trabajo en las industrias productoras de servicios. Mientras tanto, la inmigración masiva diversificó aún más la clase trabajadora desde el punto de vista étnico.

La clase obrera nunca había sido una entidad estática; más bien, siempre fue un grupo de personas dependientes de los salarios de los empleos creados por un sistema capitalista en perpetuo estado de flujo y recomposición. Pero las décadas de 1970 y 1980 fueron un periodo de transformación especialmente rápida, y lo que realmente lo distinguió fue la sorprendente respuesta de los partidos apoyados por los trabajadores.

Las formaciones socialdemócratas se enfrentaron a las crisis económicas capitalistas de aquellos días buscando una solución en su propia base. Su curso final estaba condicionado por la realidad básica y universalmente comprendida de que el crecimiento económico bajo el capitalismo se basaba en la creencia de los capitalistas de que podían invertir de forma rentable. La clase obrera sólo existía gracias a las empresas privadas, y los trabajadores estaban atrapados tanto en un inexorable conflicto de clase con sus empleadores como en un estado de dependencia de ellos. Del mismo modo, los Estados redistributivos que habían votado dependían de los impuestos para mantenerse. ¿Qué se podía hacer cuando los capitalistas exigían cambios estructurales antes de reanudar la inversión?

Al principio, la crisis de estanflación pilló por sorpresa al centro-izquierda. Pensando que habían abolido el ciclo económico mediante la intervención estatal, los viejos partidos de la Segunda Internacional marxista olvidaron un principio marxista básico: que las contradicciones del capitalismo, y su tendencia a la crisis, no podían resolverse dentro del sistema. Cuando las dificultades económicas demostraron ser algo más que un efecto transitorio de la crisis del petróleo de 1973, los socialdemócratas quedaron desamparados. Sin la voluntad de buscar alternativas en la izquierda -como permitir que los trabajadores obtuvieran más poder sobre la inversión a través de los fondos de los asalariados- aceptaron una resolución neoliberal.

Los neoliberales habían argumentado que el capitalismo keynesiano funcionaba hasta cierto punto pero tenía límites fijos. El estímulo monetario más allá de esos límites produciría inflación sin crecimiento, como a mediados de los años setenta. Desencadenar de nuevo el crecimiento no significaba gastar más dinero para estimular la demanda, sino reducir el estado de bienestar regulador y restringir el poder de negociación de los sindicatos, que entonces buscaban subidas salariales inflacionistas para compensar la inflación existente. En resumen, para reactivar la economía, la clase trabajadora tendría que aceptar menos. Después de intentar salir de la crisis con préstamos y fracasar en el intento, la socialdemocracia respondió a la acusación de que la propia socialdemocracia estaba en el origen de la crisis económica aceptando sin reservas.

En Europa Occidental, este giro de 180 grados fue más dramático en Francia. El gobierno socialista de François Mitterrand en los años ochenta había llegado al poder con el respaldo comunista y planes radicales. «Se puede ser gestor de [una] sociedad capitalista o fundador de una sociedad socialista», dijo Mitterrand en una rueda de prensa en 1971. «En lo que a nosotros respecta, queremos ser los segundos». Sin embargo, cuando el primer gobierno de izquierdas de Francia en décadas entró en funciones en 1981, Francia ya se enfrentaba al desempleo, al estancamiento económico y a vientos en contra internacionales. Se intentó una solución sobre bases keynesianas: Las «110 Propuestas para Francia» de Mitterrand incluían un programa masivo de obras públicas, mayores derechos sindicales y medidas de codeterminación, aumento de los salarios mínimos y las pensiones, y una reducción de las horas semanales de trabajo. En 1982, el gobierno puso algunos grupos industriales clave y casi cuarenta bancos bajo control estatal para ayudar a mantener el empleo y acelerar la reestructuración económica.

El resultado fue una fuga masiva de capitales y el agravamiento de las dificultades económicas. En vano, Mitterrand pugnó ante la clase empresarial que él no era un «marxista-leninista revolucionario» y que su camino era el único para «acabar con la lucha de clases». En última instancia, se los ganó no sólo deteniendo su programa, sino también retrocediendo dramáticamente hacia la política de austeridad. La lección estaba clara para socialdemócratas como el alemán Gerhard Schröder y el Nuevo Laborismo de Tony Blair: cuando llegó su momento, como mucho intentaron casar las medidas redistributivas ex post con la nueva ortodoxia económica.

En Estados Unidos, donde el compromiso de los demócratas con los trabajadores siempre fue sospechoso, la transformación no había tenido menos consecuencias. Jimmy Carter llegó a la Casa Blanca en 1977 con un programa de apoyo a los trabajadores centrado en el gasto en infraestructuras, objetivos de pleno empleo y ampliaciones del estado del bienestar. Pero al cabo de un año, alarmado por el aumento de los precios al consumo, se lo pensó mejor y propuso un presupuesto «limpio y ajustado» para controlar el gasto.

La inflación siguió aumentando, alcanzando los dos dígitos en 1979, por lo que pronto se adoptó una medida aún más drástica. Bajo el mandato de Paul Volcker, la Reserva Federal contrajo la oferta monetaria global permitiendo que los tipos de interés se dispararan. El desempleo alcanzó niveles desconocidos desde la Gran Depresión. Carter combinó el tratamiento de choque de Volcker con reducciones de la infraestructura reguladora de la era del New Deal, especialmente en el sector financiero. Mientras el presidente hablaba por televisión de la salud moral de Estados Unidos, la salud económica de los trabajadores que le habían elegido estaba fallando. Una ola de desindustrialización afectó a la base manufacturera estadounidense, disparó el déficit comercial y alimentó la decadencia urbana. Cuando a mediados de los ochenta se produjo una incipiente recuperación, Ronald Reagan estaba en el poder para atribuirse el mérito.

Al igual que la socialdemocracia en Europa, el Partido Demócrata en Estados Unidos responsabilizó a sus propios partidarios de la recuperación del crecimiento. Pero lo que vino después fue igualmente perjudicial. A pesar del dolor causado a finales de los setenta y en los ochenta, Bill Clinton contó con gran parte de la antigua coalición del New Deal para ganar la presidencia en 1992. Una vez en el poder, sin embargo, persiguió un nuevo consenso bipartidista sobre el libre comercio y «acabar con el bienestar tal y como lo conocemos». Clinton hizo poco por evitar la pérdida de empleos industriales, y abrazó a los profesionales de los suburbios y a los «trabajadores del conocimiento» como sustitutos de los votantes perdidos de su partido. Encontró nuevas fuentes de apoyo capitalista en la Gran Tecnología -entre los «Demócratas de Atari«- y en las finanzas.

Los demócratas pasaron de ser el partido de la justicia y la estabilidad al partido de la meritocracia y el dinamismo. Esta transformación quedó clara en el infame comentario del senador Chuck Schumer en vísperas de las elecciones de 2016: «Por cada demócrata de cuello azul que perdamos en el oeste de Pensilvania, recogeremos a dos republicanos moderados en los suburbios de Filadelfia, y eso se puede repetir en Ohio e Illinois y Wisconsin». Sin una visión económica del tamaño del New Deal con una clase trabajadora unificada en el centro, los demócratas se vieron obligados a hablar de progreso únicamente en el lenguaje de la representación y los derechos civiles. Tales llamamientos tenían poco que ofrecer a nadie, especialmente a los hombres blancos que acudieron en masa a Trump en 2016.

Sustituciones

La socialdemocracia, y en diversos grados sus imitadores de centro-izquierda, surgió en un principio para representar los intereses de los trabajadores frente al capital, pero acabó respondiendo a las contradicciones del capitalismo eligiendo los intereses del capital frente a los de los trabajadores. Dada la dependencia asimétrica del trabajo respecto al capital, esta respuesta era racional en un sentido económico. Pero una de sus consecuencias políticas fue la salida masiva de trabajadores de los partidos de izquierda.

Según Political Cleavages and Social Inequalities, editado por los economistas Amory Gethin, Clara Martínez-Toledano y Thomas Piketty, entre 1950 y 1959 una media del 31 por ciento más de la clase trabajadora en las democracias occidentales votó a la izquierda que los votantes de otras clases. En 2020, ese margen era sólo del 8 por ciento. Es importante destacar que los ricos han mantenido su tradicional lealtad a los partidos de derecha, pero las clases profesionales han cambiado en respuesta al giro social-liberal de los partidos socialdemócratas. En resumen, los partidos del trabajo se están convirtiendo en partidos de los educados.

Algunas figuras del centro-izquierda y la izquierda actuales glorifican los cambios en curso. Las declaraciones de Schumer fueron quizá el ejemplo más extremo de esta tendencia, pero está presente incluso en la extrema izquierda contemporánea. La propia clase trabajadora está cambiando, señalan acertadamente activistas y políticos de izquierdas. A medida que aumenta el número de empleos que exigen mayores credenciales, la clase obrera se ha vuelto más culta. También se ha diversificado. En lugar de vincular la política de centro-izquierda a un tema universal, afirman, deberíamos ver a los trabajadores como un importante grupo de interés entre otros, como la «gente de color», los ecologistas, los pobres, etc. Esta amplia coalición puede parecer diferente del movimiento obrero que construyó la socialdemocracia clásica, pero demostrará ser igual de capaz de lograr la redistribución.

Aunque esta corriente tiene razón al evitar valorizar un momento particular de la vida de la clase obrera, ignora tanto la medida en que la estabilidad fordista fue el resultado de victorias políticas duramente ganadas, como que el ascenso de «el precariado» está en sí mismo relacionado con las derrotas sufridas por los socialdemócratas y los sindicatos. En lugar de intentar reconstruir la base social de la izquierda, estos organizadores intentan encontrar una nueva, pero esta vez a través de actores menos posicionados estratégicamente que los trabajadores en los puntos de producción e intercambio.

Sin embargo, una coalición basada principalmente en la ideología siempre es más débil que una basada tanto en la ideología como en intereses materiales compartidos. Este hecho creará nuevos dilemas a los partidos de centro-izquierda cuando lleguen al poder. ¿Cómo será posible, por ejemplo, ampliar los Estados del bienestar sin ingresos fiscales adicionales de los profesionales que ahora votan contra la derecha por razones sociales y culturales?

Respuestas equivocadas

Este reciente enfoque izquierdista de la política refleja el que en su día adoptó el Nuevo Laborismo en Gran Bretaña. Tras la derrota de los laboristas en las elecciones generales de 1992, la Sociedad Fabiana publicó Southern Discomfort, un panfleto en el que se pedía a los laboristas que se reorientaran hacia los profesionales del sur de Inglaterra. Sus conclusiones, que incluían un énfasis en la «oportunidad», el «individualismo» y la restricción fiscal, fueron adoptadas por Tony Blair en su exitosa campaña de 1997. El Nuevo Laborismo de Blair era, al menos en parte, un proyecto para convertir al laborismo de un partido socialdemócrata de la clase trabajadora en «el ala política del pueblo británico»: joven, cosmopolita y dinámico. Los enemigos contemporáneos del blairismo parecían competir en un terreno muy parecido.

También hay otras dos respuestas insatisfactorias al reparto de clases. Una es negar que se esté produciendo. Michael Podhorzer, ex director político de la AFL-CIO, por ejemplo, argumenta que los cambios en los patrones de voto son sobre todo el resultado de tendencias regionales divergentes: los trabajadores se han desplazado hacia la derecha en estados que ya eran rojos. Sin embargo, como señala Jared Abbott en una revisión exhaustiva de los datos en Estados Unidos, «los votantes de clase trabajadora son, de hecho, más propensos a votar demócrata en los estados azules que en los rojos o morados, pero están tendiendo a alejarse de los demócratas en todos los contextos partidistas.»

Otra respuesta de los socialdemócratas ha sido extirpar los valores liberales de la política de centro-izquierda para apelar a lo que consideran los valores tradicionalmente conservadores de la clase trabajadora. En este sentido, cuando los partidos de izquierda estaban más arraigados en las comunidades obreras, entendían instintivamente cómo apelar a sus electores. Cuando se burocratizaron y se distanciaron de esta base, y cuando su bloque de votantes se hizo más de clase media, buscaron apoyo yendo demasiado a la izquierda en cuestiones culturales y sociales.

El partido de Sahra Wagenknecht (Alianza Sahra Wagenknecht, BSW) en Alemania es un ejemplo destacado de este planteamiento: ofrece gran parte del programa económico tradicional de la izquierda, pero intenta flanquear a la derecha en cuestiones como la inmigración, ahora un tema político de primer orden en Alemania.

Esa conversación nacional ha coincidido con la pérdida de empleo en el sector manufacturero. Alemania había evitado durante mucho tiempo la destrucción de empleo industrial experimentada por otros países capitalistas avanzados, pero el empleo en el sector del automóvil cayó un 6,5 por ciento el año pasado, y el 60 por ciento de los proveedores de automóviles planeaban recortes adicionales en Alemania en los próximos cinco años. Lo mismo ocurre en otros sectores industriales. Conglomerados como ThyssenKrupp y BASF se embarcan en recortes. La rápida desindustrialización y el paso a una economía de servicios menos remunerada han coincidido con el aumento de la población extranjera con derecho a prestaciones. De los 750.000 refugiados ucranianos en edad de trabajar que residen en Alemania, por ejemplo, sólo una cuarta parte ha encontrado trabajo, algo más que la proporción de los que reciben ayudas al desempleo.

Este entorno ha permitido prosperar a la derechista AfD, especialmente en el desindustrializado este de Alemania. BSW ha evitado la peor retórica sobre inmigración, y la propia Wagenknecht declara regularmente su oposición al racismo. Pero en su intento de ganarse a los trabajadores de derechas, ha dicho que «Alemania está desbordada» y «no tiene más espacio» para los solicitantes de asilo, y ha lamentado la existencia de «sociedades paralelas» en barrios musulmanes no integrados. Estas narrativas hacen que la cuestión de la inmigración como problema cultural adquiera cada vez más relevancia en la política alemana -más que las respuestas económicas de la izquierda a las preocupaciones de la clase trabajadora sobre la inmigración- y ese cambio beneficiará en última instancia a la extrema derecha.

BSW está preocupado, y con razón, por lo arraigados que están hoy en día los partidos de izquierda de clase. Pero su enfoque de las divisiones basadas en el origen nacional dentro de la clase trabajadora refleja en cierto modo la retórica de la izquierda neoliberal que opone los intereses de, por ejemplo, las mujeres y las minorías a los de los viejos blancos. Ambas descripciones se alejan de la tradicional visión socialista de la división entre capital y trabajo.

La estrategia de la paciencia

¿Existe algún camino a seguir en respuesta al alineamiento de clases de la socialdemocracia? Otras partes de Europa ofrecen una alternativa más prometedora, más ortodoxa desde una perspectiva socialista y que también ha demostrado su eficacia electoral. El Partido de los Trabajadores de Bélgica (PTB-PVDA) fue en su día un partido sectario de la izquierda comunista, pero desde 2008 ha evolucionado hasta convertirse en una fuerza de masas que da forma a la política de su país. Aunque hace tiempo que abandonó su bagaje maoísta, su planteamiento organizativo sigue pareciendo sacado de un libro de jugadas de una época pasada. El partido se centra mucho en la construcción de bases en las comunidades obreras, ofrece servicios sociales profesionales, como atención sanitaria primaria en los centros de acción del partido, y ha colocado a los trabajadores a la cabeza de sus listas electorales.

Este enfoque ha tenido éxito, incluso más allá de las zonas de mayor apoyo del Partido de los Trabajadores, como Valonia: en unas elecciones celebradas en octubre en Amberes, obtuvo el 20% de los votos, sólo superado por la derechista Nueva Alianza Flamenca. Sin embargo, aunque la organización a largo plazo del PTB-PVDA ha reconstruido la izquierda como fuerza de oposición y ha ayudado a fusionar la ideología socialista con una base social real, hasta ahora no ha conseguido el poder para gobernar.

Esto es preocupante porque no se puede garantizar una influencia política duradera sin el poder del Estado. Pero también merece la pena identificar las deficiencias de perseguir el gobierno a toda costa.

Cuando las condiciones no son favorables a un programa de izquierdas, la socialdemocracia puede servir mejor a sus intereses ejerciendo presión externa sobre los gobiernos dirigidos por el capitalismo. De hecho, hace medio siglo, quizá hubiera sido mejor para la izquierda volver a la oposición que provocar ajustes estructurales que perjudicaran a su base, aunque la variante derechista de la austeridad corriera el riesgo de ser aún más dislocadora. Y hoy, tal vez sea mejor perder unas elecciones con votantes comprometidos con tu programa que ganarlas gracias a votantes que sólo quieren hacer retroceder una agenda social de derechas.  

En última instancia, la izquierda no puede ganar suficiente poder para cambiar la sociedad sin poner en primer plano las preocupaciones básicas y arraigarse en los grupos que más se beneficiarían de la redistribución de los recursos. Eso significa un compromiso con la solidaridad en muchas formas, pero también significa reconocer que la victoria no es posible sin el apoyo de personas que pueden tener todo tipo de puntos de vista contradictorios, incluso reaccionarios. Sin esta conciencia básica, los nuevos socialdemócratas sonarán como los viejos burócratas comunistas del poema de Bertolt Brecht de 1953 «Die Lösung» que, tras un levantamiento, proponen disolver al pueblo y elegir a otro."

(Bhaskar Sunkara , JACOBIN, 21/11/24, traducción DEEPL , publicado de nuevo en The Ideas Letter)