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17.12.25

¿Cómo pudo el Chile del estallido social, del “no son 30 pesos, son 30 años”, de las juventudes amotinadas, la bronca atávica contra los “pacos” y la reivindicación orgullosa de la bandera mapuche, girar en redondo en un sexenio? La tragedia chilena es el resultado del fatal divorcio entre una izquierda estatal sumamente institucionalista, heredera ideológica de la nunca concluida transición postpinochetista encabezada por los partidos de la Concertación, y una izquierda social más dispersa, antiestatista, e incluso con fuertes tendencias autonomistas y anarquizantes... La izquierda social y los sujetos movilizados de forma espontánea fueron incapaces de alumbrar un proyecto estatal y plurinacional para las grandes mayorías, y la izquierda institucional (por lo general urbana, clasemediera y santiaguina), con sus atávicos reflejos de élite, vio el estallido con más temor que esperanza, incapaz de interpretarlo y traducirlo, y mucho menos de encauzarlo y capitalizarlo... El gran síntoma de ese hiato fue el rápido salvataje que Boric, contra la voluntad de su propio partido y sus bases, corrió a otorgar a Sebastián Piñera, evitando su caída, negociando una transición constituyente tutelada, y cerrando de esta manera la caja de Pandora abierta en octubre... Boric Font es el gran mariscal de la derrota chilena... estamos en presencia de un nuevo fracaso de una izquierda institucionalista y elitista, más liberal que progresista, que tras el revés constituyente y la derrota de la propuesta de reforma fiscal, decidió arrear todas las banderas reformistas y cogobernar con los mismos sectores del establishment que fueron repudiados en 2019... Otra vez, un progresismo liberal, descafeinado y timorato, vuelve a abrir las puertas a la reacción, en un déjà vu que nos retrotrae al gobierno de Alberto Fernández en Argentina, y que podría ser una constante en otros procesos político-electorales... hay un hecho siniestro y tanto más significativo: que quien llegó al poder reivindicando a Salvador Allende y su legado, le entregará la banda presidencial a sus mismos asesinos (Lautaro Rivara)

 "Algunas hipótesis sobre el ascenso ultraderechista en Chile y su reverso inevitable: el fracaso de un gobierno más liberal que progresista.

“Las masas no se repliegan hacia el vacío, sino al terreno malo, pero conocido”. La frase fue escrita hace más de 50 años, en un contexto muy diferente, por el periodista y militante revolucionario argentino Rodolfo Walsh.

Y sin embargo mantiene hoy una vigencia inusitada, y nos da una primera clave de acceso a la desconcertante paradoja chilena: ¿cómo pudo el Chile del estallido social, del “no son 30 pesos, son 30 años”, de las juventudes amotinadas, la bronca atávica contra los “pacos” y la reivindicación orgullosa de la bandera mapuche, girar en redondo en un sexenio y colocar en La Moneda al representante más conspicuo del pinochetismo, a una de las figuras más reaccionarias del bestiario derechista local, a todo aquello que, en suma, el estallido vino a impugnar?

Primera hipótesis: las masas que se insubordinaron en octubre de 2019 lo hicieron con un vago pero decidido afán refundacional, que no casualmente encontró en la propuesta constituyente su primera palabra articulada, el punto focal donde podían converger las demandas de todas las víctimas del modelo educativo, sanitario, securitario o pensional, en un país donde hasta los cursos de agua fueron privatizados por las radicalizadas reformas de ajuste estructural.

Las protestas, que se prolongaron a lo largo de varios meses, fueron la manifestación más visible y revulsiva del agotamiento del modelo neoliberal allí donde una dictadura lo impuso a sangre y fuego con Augusto Pinochet, el concurso de la CIA y los Estados Unidos y el célebre “mamotreto” (el recetario del ajuste ortodoxo) que escribieron los Chicago Boys.

Fue en Chile donde la santa trinidad del general autoritario, el economista neoliberal y el agente de inteligencia hicieron escuela. Quienes estuvimos por el Chile de aquellos estertores a comienzos del año 2020 podemos dar fe hoy, con la perspectiva que otorga la distancia, de que se trató de un movimiento radical, pero también sumamente contradictorio.

Como no podía ser de otra manera, las reivindicaciones antineoliberales se expresaron en manifestaciones políticas, societales y en subjetividades totalmente atravesadas por el neoliberalismo; la apatía, la rabia ciega, el espontaneísmo, la desconfianza, el individualismo, el rechazo a todas las formas de la política, el anti-poder, el ensimismamiento corporativo, etcétera.

¿Su gran emblema? Los personajes, disfrazados de Spiderman o de Pikachu, que solían entonces acaudillar las protestas en la “Plaza de la Dignidad”. Una especie de teatro bufo que decía y dice mucho de los niveles de desafección política al que 50 años de neoliberalismo llevaron a la sociedad chilena, que supo ser una de las más brillantes y organizadas de toda América Latina.

Fenómenos parecidos tuvimos en el ciclo de revueltas neoliberales de fines del siglo XX y comienzos del XXI, y también en toda la saga insurreccional del 2018-2019, que sacudió el mapa regional hasta ser frenada en seco por la pandemia y los regímenes de aislamiento.

Sin embargo, el estallido de 2019 no fue un rayo en cielo sereno.

Las frustraciones se venían acumulando desde hacía años y se expresaron en las demandas de las postergadas poblaciones indígenas, en las revueltas estudiantiles (de la que de hecho emergió la nueva generación progresista de la que proviene Boric), en el movimiento contra las aseguradoras privadas de fondos de pensión, o en algunos conflictos sindicales más focalizados.

Esto nos lleva a la segunda hipótesis: la tragedia chilena es el resultado del fatal divorcio entre una izquierda estatal sumamente institucionalista, heredera ideológica de la nunca concluida transición postpinochetista encabezada por los partidos de la Concertación (izquierda institucional de la que hizo parte el propio Partido Comunista, cogobernante con la antigua centroizquierda en los tiempos de Michel Bachelet y la “Nueva Mayoría”), y una izquierda social más dispersa, antiestatista, e incluso con fuertes tendencias autonomistas y anarquizantes.

Como el agua y el aceite, las dos fases del compuesto fueron revueltas por el estallido y sus postrimerías, pero nunca llegaron a sintetizarse.

La izquierda social y los sujetos movilizados de forma espontánea fueron incapaces de alumbrar un proyecto estatal y plurinacional para las grandes mayorías (y sobre todo hacerse eco de las reivindicaciones económicas más sentidas), lo que quedó en evidencia en los tropiezos de la Convención Constituyente y en el rápido ascenso, balcanización y caída de la heteróclita Lista del Pueblo, que en la elección de convencionales constituyentes de 2021 conquistó casi un millón de votos para después desintegrarse por completo.

Por el contrario, la izquierda institucional (por lo general urbana, clasemediera y santiaguina), con sus atávicos reflejos de élite, vio el estallido con más temor que esperanza, incapaz de interpretarlo y traducirlo, y mucho menos de encauzarlo y capitalizarlo.

El gran síntoma de ese hiato, y que podemos asegurar en retrospectiva que fue el acontecimiento que selló el destino del estallido, fue el rápido salvataje que Boric, contra la voluntad de su propio partido y sus bases, corrió a otorgar a Sebastián Piñera, evitando su caída, negociando una transición constituyente tutelada, y cerrando de esta manera la caja de Pandora abierta en octubre.

El resto es historia conocida: el inicio del proceso constituyente, aprobado por un 78 % de la población en 2020, derivó en un texto que fue rechazado en el “plebiscito de salida” de 2022 por el 61 por ciento de la ciudadanía.

Luego, la vendetta conservadora, encabezada por la propia tentativa constitucional de Kast y su Partido Republicano, también fue impugnada en 2023, volviendo todo a fojas cero, garantizando la continuidad de una de las cartas magnas más retrógradas de toda la región latinoamericana y caribeña.

Escribimos después de la primera vuelta electoral que Gabriel Boric Font es el gran mariscal de la derrota chilena, y lo reafirmamos. Pero debajo del mariscal siempre hay militares de menor rango, y sobre todo tendencias estructurales de larga duración que definen el teatro de operaciones.

Sin embargo, la estructura no impugna la agencia, ni mucho menos absuelve a los liderazgos. Esto nos lleva a una tercera hipótesis que surge de una pregunta nodal: ¿lo que vimos fue una derrota o más bien un fracaso? Ésta es la gran pregunta que todo analista debe hacerse frente a un retroceso de estas magnitudes.

En la derrota el enemigo impone su abrumadora superioridad económica, social, mediática, geopolítica o militar. En el fracaso, en cambio, priman los componentes internos, las contradicciones propias, las aporías, los errores no forzados, las inconsistencias ideológicas, la falta de conducción, estrategia y perspectiva. 

He aquí entonces la tercera hipótesis: lo que vimos no fue una derrota, sino que estamos en presencia de un nuevo fracaso de una izquierda institucionalista y elitista, más liberal que progresista, que tras el revés constituyente y la derrota de la propuesta de reforma fiscal, decidió arrear todas las banderas reformistas y cogobernar con los mismos sectores del establishment que fueron repudiados en 2019 (ese centro, ayer en extinción, hoy vuelve a respirar).

El liberal-progresismo chileno fracasó, y no es la primera vez que lo hace desde la nunca terminada transición postpinochetista; como “el conde” de la película de Pablo Larraín, el viejo general sigue sobrevolando el país con su capa prusiana, más vivo que muerto.

Por otro lado, es evidente que el principal pasivo de la candidata Jeanette Jara en estos comicios fue representar al gobierno en el que se desempeñó, de forma correcta, como Ministra de Trabajo.

De hecho, el exiguo historial de “conquistas” que el gobierno pudo exhibir se relacionan en buena medida a su gestión ministerial: la reducción de la semana laboral, la reforma al sistema de pensiones y el aumento del salario mínimo. Puede sonar a poco, pero en realidad fue mucho menos.

En primer lugar si tomamos el punto de partida inevitable, fincado en las expectativas sociales desatadas en octubre y en el propio programa de gobierno de la coalición entre el Frente Amplio y el PC, que proponía una reforma fiscal de avanzada, centralizar la negociación colectiva de los sindicatos pulverizada por el régimen neoliberal, un sistema de salud de carácter público y universal, condonar las millonarias deudas de los estudiantes y las familias sobre-endeudadas, promover el empleo registrado y de calidad, e incluso nacionalizar el sistema de pensiones y aumentar drásticamente el monto de las jubilaciones.

El gobierno de Boric arrió las demandas “particulares” (hoy quizás demasiado fustigadas por los desencantados de aquella gesta, como si las reivindicaciones del movimiento feminista y el pueblo mapuche fueran periféricas y subsidiarias), pero tampoco fue capaz de apuntalar las “generales” (que no eran ni son lógicamente contradictorias con las primeras).

La desigualdad apenas se redujo respecto a la presidencia de un neoliberal a ultranza como lo fue el antecesor Piñera. El empleo precario y no registrado se mantuvo en niveles altísimos. La negociación colectiva y centralizada nunca se implementó.

La reforma fiscal que debía gravar a las compañías mineras y a los sectores de ingresos altos y patrimonios holgados, durmió el sueño de los justos, por impericia legislativa y por falta de vocación a la hora de apuntalar la organización y movilización popular. La educación y la salud continuan siendo privativas y excluyentes.

Eso es lo que no se hizo. Pero para colmo de males, el exasperante gradualismo produjo conquistas en un plano legal que no se implementarán materialmente hasta los próximos años, como la reducción de la semana laboral, que sólo alcanza a la minoría de trabajadores formales, que entrará en vigor recién en 2028, o el nuevo sistema previsionial, que deja intocadas a las odiadas AFP y que comenzará a andar en 2027, con un sistema focalizado que redundará en que muchos de los pensionados tengan un aumento neto de apenas de 25 dólares.

Nadie, es evidente, vota a un gobierno por sus conquistas futuras. Pero ahora, con una coalición de gobierno ultraderechista bajo el arbitraje de Kast, lo más probable es que estos moderados avances sean barridos incluso antes de llegar a efectivizarse.

Por si quedan dudas, no se trata de demandar con el diario del lunes una radicalización abstracta y ahistórica, ni de comparar al gobierno de Boric con el de la Cuba de los años 60 o la Venezuela y la Bolivia de principios de este siglo, sino de hacerlo con sus homólogos de hoy, que como Claudia Sheinbaum o Gustavo Petro hacen parte de las mismas limitaciones de origen y de idénticas vicisitudes históricas.

En ese sentido, si lo comparamos las transferencias directas de ingresos con fines redistributivos o con las reformas estructurales impulsadas por cada gobierno, las de Boric palidecen por lo timoratas, inconsistentes y postergadas.

Ni que hablar si hacemos alusión a una política exterior que en asuntos clave como el genocidio de los palestinos en Gaza o la amenazante militarización del Gran Caribe, estuvo más cercana al extremo centro e incluso a las derechas de la región, que a la posición de las izquierdas y de otros progresismos.

Claro que a las tendencias socioeconómicas presentes en la sociedad chilena en tiempos del estallido y a los desaciertos de gobierno, debemos sumar la consideración de las grandes tendencias globales.

Como en otros países (particularmente sus vecinos), con viento de cola, una derecha “sin complejos” arriba a La Moneda, en un proceso de ramificación en donde conviven, no sin conflicto, pinochetistas de hueso colorado, paleolibertarios, tradicionalistas evangélicos y católicos, conservadores de toda ralea, derechas institucionalistas, punitivitas, xenófobos, cripto-optimistas y varios agentes del caos.

Chile tuvo lo que pocos países del mundo pudieron ostentar: un portentoso y radical proceso de movilización popular capaz de galvanizar al país y de dotar a la población de los anticuerpos necesarios para resistir el embate extremista.

Pero la oportunidad fue fatalmente desperdiciada y el país que hace seis años era una prometedora excepción, hoy expresa una de las cristalizaciones más reaccionarias de las tendencias globales en curso, con una primera vuelta electoral en donde los diferentes rostros de las derechas en ascenso cosecharon el 70 por ciento de las preferencias electorales.

La cuarta hipótesis busca explicar por qué fue la agenda de la derecha y la extrema derecha la que sin atenuantes dio la tónica del debate social y electoral: la economía y la seguridad.

Primero cabría preguntarse si una izquierda que es incapaz de hablar de economía pertenece todavía a la loable tradición iniciada por los socialistas utópicos, los anarquistas y los marxistas europeos.

En segundo lugar, decir que la frustración del estallido y la Constituyente dejó intocada la repulsa a los partidos tradicionales, y que los reflejos “anti-casta” terminaron premiando no casualmente a una figura que como Kast, pese a ser un político “tradicional”, supo romper a tiempo con la “derecha acomplejada” de la UDI y fundar su propio espacio.

Pero también a alguien que como Johannes Kaiser supo expresar lo más desbocado de la imaginería paleo-libertaria y tocar las fibras más expuestas de la frustración y el resentimiento, o a un sujeto que como Franco Parisi supo construir desde la nada un importante ecosistema mediático y territorial, en una derecha aparentemente “postideológica” que se reivindica con éxito como “ni facha ni comunacha” y seduce a sectores populares y medios emergentes.

Como decíamos al comienzo con Walsh, las masas no repliegan al vacío, sino a lo malo, pero conocido. Por eso las demandas mínimas (la economía y la seguridad) fueron las aglutinantes en esta coyuntura.

Por eso la vieja Constitución de Pinochet sobrevivió a los asedios que sufrió por derecha y por izquierda. En este escenario de desconcierto, de frustración del estallido, con una izquierda sin reflejos antagonistas, sin épica, grandes reformas ni adversarios, los chivos expiatorios resultaron sumamente convincentes: allí donde las izquierdas no tienen el valor de enfrentar (ni la capacidad pedagógica de explicar) a los enemigos verdaderos, los falsos enemigos son inmolados en su lugar: sean “comunistas”, mapuches, feministas o migrantes.

Otra vez, un progresismo liberal, descafeinado y timorato, vuelve a abrir las puertas a la reacción, en un déjà vu que nos retrotrae al gobierno de Alberto Fernández en Argentina, y que podría ser una constante en otros procesos político-electorales.

Todo esto nos lleva a la última hipótesis.

Una izquierda que ha perdido las conexiones orgánicas con las clases trabajadoras (Kast y Parisi tuvieron un mejor desempeño que el Frente Amplio y el PC en las comunas de bajos ingresos, en las periferias urbanas o en las regiones postergadas del norte minero), que dilapidó las oportunidades de ampliación democrática que ofrecía el voto obligatorio, que desconfía visceralmente de la movilización espontánea (y que corre con el resto de las élites a clausurar su ciclo), es una izquierda que eligió temer más a su pueblo que al legado del tirano y sus reencarnaciones contemporáneas.

Una izquierda que es “democrática”, “republicana” y “liberal” en lo que concierne a Venezuela y Cuba, pero profundamente autoritaria y antidemocrática en lo que hace a las comunidades mapuches militarizadas o a los jóvenes desclasados de las periferias reprimidos una y otra vez por los Carabineros.

Una izquierda que ha comprado una concepción vacía, formalista, leguleya y sin sustancia de la democracia que excluye sus fundamentos sociales y económicos, exactamente aquella concepción que establecieron los partidos de la Concertación.

Una izquierda que celebra y se regodea en el “gesto republicano” de la ritual llamada de felicitaciones entre el presidente en funciones y el presidente electo, pero que no repara en un hecho siniestro y tanto más significativo: que quien llegó al poder reivindicando a Salvador Allende y su legado, le entregará la banda presidencial a sus mismos asesinos.

“Chile, la alegría ya viene”, era el popular, pegadizo y banal estribillo que acompañó la campaña del “No” contra Pinochet en el año 1988. La alegría tardará todavía un poco más en llegar. Pero llegará."                        (Lautaro Rivara, Other News, 16/12/25)

25.9.24

Alessandro Visalli: Sobre Sahra Wagenknech... el populismo, basado en un espíritu inevitablemente anarco-libertario y conservador, no es más que el primer signo de que el ser social está cambiando... es sólo un fenómeno superficial, preliminar y en gran medida «mórbido»... Necesitamos más y más: necesitamos la creación de un orden social que no sea un frágil cáliz de cristal; articular la necesidad de protección y, al mismo tiempo, desafiar el inconsciente principio religioso que confía la salvación a un mercado... la resolución de la contradicción neoliberal entre protección pública y orden social... El retorno a la dureza material conducirá al renacimiento de las personalidades «materialistas» y con ellas a la lucha de clases, propiamente entendida... el éxito de la formación Wagenknecht muestra esta tendencia... la política alemana ilustra perfectamente una agenda política post-populista directamente centrada en cuestiones materiales que toma nota del agotamiento de la "política de la identidad"... Se trata de construir una posición sobre la inmigración que sea pragmática, de sentido común básico y equilibrada (que se fije en las condiciones de las clases trabajadoras y no en la necesidad de cuidadores de las clases medias altas, sin negar que cierta inmigración es necesaria y que hay que ayudar a todos... denuncia a los «moralistas sin empatía» de la «izquierda de moda», que, una vez obtenido lo esencial y asegurada su propia vida (a veces durante generaciones), se centra en el lenguaje y se siente tan alto que sólo es un ciudadano del mundo (es decir, de ninguna parte)... Una izquierda que vive en el vacío y lo cultiva... y una pertenencia, también, a una «nación», término que la política alemana nos recuerda, con razón, que es hijo de la revolución francesa, que no tiene una base étnica, ni religiosa, ni siquiera racial. Sin miedo a referirse también al valor de las tradiciones (entre ellas también las de las democracias populares, de masas, ahora tan distantes de nosotros bajo la influencia de la reacción neoliberal de los años ochenta y noventa)... ataca los «discursos privilegiados», a la «diversidad», que son alienantes para los votantes que en esencia quieren, más bien, «pensiones decentes, salarios decentes e igualdad de derechos». Todo ello, una vez más, señalando que «estamos a favor de que todo el mundo pueda vivir y amar como quiera. Pero hay un tipo exagerado de política identitaria en la que tienes que disculparte si hablas de un tema si no tienes antecedentes de inmigración, o tienes que disculparte porque eres heterosexual»... A la espera de mejores palabras, Sahra llama a esta postura la "izquierda conservadora"... Se trata más bien de un nuevo ser social que empieza a traducirse en forma política: sentido económico, justicia social, paz, libertad de expresión (que va más allá de lo políticamente correcto). Al fin y al cabo, todo es sencillo

"(...) el «riesgo» del que tanto Beck como Giddens (pero, en esencia, todos los sociólogos de mediados de la eufórica década de 1990) hablaron en tono positivo en su momento, ha terminado por extenuar el consenso sobre este asfixiante montaje social. La misma flexibilidad que entonces parecía liberadora para la mayoría, de la sociedad burocrática y organizada de la posguerra, aparece ahora como una pesadilla hecha de angustia existencial, incertidumbre y narcisismo (10). El primer síntoma, pero transitorio, fue la aparición del «Momento Populista» mencionado, por ejemplo, por Carlo Formenti en su «La Variante Populista» (11). 

En una larga fase, que tuvo una fase ascendente en la década de 1910, tras la ampliación de la dinámica en cascada de las múltiples crisis abiertas por el crack de 2007-8 (crisis financiera, luego fiscal, luego política y social), sobre la base de lo que, con una imagen eficaz Moreno Pasquinelli llamó en su día «la papilla social producida por el capitalismo tardío», tomó forma una temporada internacional de movilizaciones hegemonizadas por las clases medias «reflexivas», sobreempleadas y subempleadas por formas económicas «flexibles» (12). Siguiendo la tesis expuesta en mi libro, y que ciertamente no puedo reproducir aquí en toda su extensión, el populismo, basado en los materiales suscitados inspirados por un espíritu inevitablemente anarco-libertario y conservador, no es más que el primer signo de que el ser social está cambiando.

 Pero, al mismo tiempo, sostengo, es sólo un fenómeno superficial, preliminar y en gran medida «mórbido» (por utilizar el conocido término gramsciano) (13). Necesitamos más y más: necesitamos la creación de un orden social que no sea un frágil cáliz de cristal; articular la necesidad de protección y, al mismo tiempo, desafiar el inconsciente principio religioso que confía la salvación a un mercado visto como un conjunto de libertades originales de un hombre anterior al orden social; la resolución de la contradicción neoliberal entre protección pública y orden social 

Mi tesis es que a partir de la crisis del espionaje de finales de los años 90, progresivamente y sobre la base de los propios fracasos de las movilizaciones populistas, comienza a suceder algo nuevo: la conciencia se realinea con el ser social, ya que, como hemos dicho, el neoliberalismo se ha atrincherado bajo sus pies. En los términos que me propongo considerar, la maduración de la «revocación de la revocación» (15) también pone fin a la fase «populista» inicial en la que los movimientos hegemonizados por los trabajadores del conocimiento expresaban, en el vacío de los marcos de sentido del siglo XX, la peculiar y familiar mezcla de individualismo hedonista frustrado, resentimiento ciego e impulso de socialización desestructurada. El retorno a la dureza material conducirá al renacimiento de las personalidades «materialistas» y con ellas a la lucha de clases, propiamente entendida.

Superada esta larga premisa, la interpretación que propongo es que, en las particulares condiciones sociales y políticas de Alemania del Este, donde la destrucción de la forma de compromiso fordista en salsa socialista fue particularmente brutal y prolongada en el tiempo, el éxito de la formación Wagenknecht muestra esta tendencia. En una entrevista para New Left Review, de abril de 2024, publicada en L’Antidiplomatico ( 16), la política alemana ilustra perfectamente una agenda política post-populista directamente centrada en cuestiones materiales que toma nota del agotamiento de la «política de la identidad«. Es también una propuesta post-ideológica en el sentido de que no se fija en las familias políticas de izquierda o de derecha, ni en sus marcas simbólicas, sino obstinadamente en su base material de intereses. De ahí que no tenga reparos en apoyar a las corporaciones Mittelstand, por un lado, y oponerse a los efectos sociales sobre las clases bajas de las políticas medioambientales, por otro. O en oponerse sin vacilaciones a la guerra contra Rusia y a la lucha contra China basándose en argumentos pragmáticos, ignorando la agenda identitaria occidental basada en una peliaguda retórica supremacista democrática. Se trata de construir una posición sobre la inmigración que sea pragmática, de sentido común básico y equilibrada (que se fije en las condiciones de las clases trabajadoras y no en la necesidad de cuidadores de las clases medias altas, sin negar que cierta inmigración es necesaria y que hay que ayudar a todos (17)).

De nuevo, en el contexto concreto de una contienda electoral en la que el BsW se opone, suburbio a suburbio, al ascenso de la AfD, recuerda que «la migración siempre tendrá lugar en un mundo abierto» y que «a menudo puede ser un enriquecimiento para ambas partes», pero, también, que «es esencial que su escala no se descontrole» y que «las olas repentinas de migración se mantengan bajo control». Recordando que el imperioso ascenso del racismo, y la xenofobia, y por tanto de la AfD es hijo de Merkel.

Por último, no teme decir que el BsW está a favor de la transición energética y de las políticas medioambientales, que son necesarias, pero no del planteamiento de los Verdes alemanes (la expresión política de las clases altas e incluidas de la sociedad), que hace que los ciudadanos paguen por ellas basándose en un planteamiento arrogante y autocomplaciente. Ese por el que parecen decir: «Somos los más virtuosos, porque podemos permitirnos comprar alimentos ecológicos. Podemos permitirnos una bicicleta de carga. Podemos permitirnos instalar una bomba de calor. Podemos permitírnoslo todo’. Encarnan, es decir, «un sentimiento de autosatisfacción, aunque aumenten el coste de la vida de las personas que luchan por salir adelante». Necesitamos establecer políticas medioambientales que «la gran mayoría de la gente pueda aceptar, tanto económica como socialmente», con «una amplia cobertura pública».

En su «Contra la izquierda neoliberal» (18), la parte más fuerte es aquella en la que denuncia a los «moralistas sin empatía» de la «izquierda de moda», que, una vez obtenido lo esencial y asegurada su propia vida (a veces durante generaciones), se centra en el lenguaje y se siente tan alto que sólo es un ciudadano del mundo (es decir, de ninguna parte). Un izquierdista, todas las encuestas postelectorales en Occidente lo dicen desde hace décadas, que se congrega en los lugares «céntricos» y conectados, pasa el rato sólo consigo mismo y se espeja dichoso. Consigue profesiones bien remuneradas en el sector de los servicios avanzados, se siente liberal porque bien puede permitírselo. Una izquierda que vive en el vacío y lo cultiva.

Por eso necesitas a los demás. Buscar lo lleno, no lo vacío. Encontrar el sentido de la vida no en la «inmensa colección de bienes» (19), sino en sentirse parte de una comunidad, en términos de compartir una pertenencia y un proyecto de futuro (20). Una pertenencia, también, a una «nación», término que la política alemana nos recuerda, con razón, que es hijo de la revolución francesa, que no tiene una base étnica, ni religiosa, ni siquiera racial. Sin miedo a referirse también al valor de las tradiciones (entre ellas también las de las democracias populares, de masas, ahora tan distantes de nosotros bajo la influencia de la reacción neoliberal de los años ochenta y noventa).

Con esta agenda, que puede explicarse según el método de la deducción social de categorías, es perfectamente lógico que también se encuentre en su discurso un aprecio por el giro pre-neoliberal de la CDU, y un ‘capitalismo domesticado con un fuerte componente social’, y, al mismo tiempo, encuentre su lugar criticando el giro hacia la (tardía y defensiva) ‘política identitaria’ de Die Linke. Luego el ataque a los «discursos privilegiados», a la «diversidad», que son alienantes para los votantes que en esencia quieren, más bien, «pensiones decentes, salarios decentes e igualdad de derechos». Todo ello, una vez más, señalando que «estamos a favor de que todo el mundo pueda vivir y amar como quiera. Pero hay un tipo exagerado de política identitaria en la que tienes que disculparte si hablas de un tema si no tienes antecedentes de inmigración, o tienes que disculparte porque eres heterosexual».

En el post «Unos apuntes» (21), en este mismo blog argumentaba, en línea con esta propuesta, que es hora de actualizar el análisis concreto. De huir del juego específico occidental de la lucha cultural en torno al ombliguismo, al entretenimiento. A la eterna búsqueda de agregaciones de nubes de significado continuamente reagrupadas en torno a nuevos significantes vacíos de los que parece haber catálogos interminables. De los que hay continuas re-propuestas y provocaciones cada vez más creativas. Ahora es el momento de volver a la dureza de un análisis que se atenga a las cosas, a los hechos. Como escribí, esos hechos son hoy la postura neocolonial y la guerra entre neobloques, simultáneamente de poder y de civilización, que se impone en la escena mundial. Surge y exige una movilización total contra el Otro, cuya existencia como tal se niega de hecho. Movilización que olvida toda la historia de los intercambios, del enriquecimiento recíproco, de la presencia densa, para exigir únicamente la afirmación obsesiva de sí mismo como «elegido»; legitimada hasta la destrucción total, física y moral, de aquellos que no reconocen la altura moral en la que pretendemos estar (22).

A la espera de mejores palabras, Sahra llama a esta postura la «izquierda conservadora«, pero, señala, es «algo más que un revival de izquierdas», ya que incorpora otras tradiciones cuyo catálogo señala.

Se trata más bien de un nuevo ser social que empieza a traducirse en forma política:

– sentido económico,


– justicia social,


– paz,


– libertad de expresión (que va más allá de lo políticamente correcto).

Al fin y al cabo, todo es sencillo."


(Alessandro Visalli, blog, 17/09/24, traducción DEEPL. Notas en el original)

4.9.24

Sahra Wagenknecht recupera, incluso con la tan estigmatizada nostalgia, los principios de lucha, solidaridad y cohesión social que caracterizaba a los obreros industriales de los setenta... y denuncia el “liberalismo de izquierdas”, un relato de la clase media universitaria, que es individualista y partidaria de una economía globalizada. Para ellos, hablar de derechos es defender colectivos identitarios para lograr cuotas de representación por diversidad étnica, religiosa, de género o de orientación sexual... desprecia a los sectores obreros o rurales, a los que observa con arrogancia porque usan coches diesel en lugar de eléctricos, compran carne industrial en Aldi y prefieren tener una familia y quedarse en su pueblo... Es por ello que grandes sectores populares se están incorporando a las filas de la ultraderecha ante la orfandad que sienten en las organizaciones de izquierda... Por supuesto no le han faltado los ataques desde la izquierda. La han llamado ultraderechista disfrazada de izquierda, xenófoba y hasta negacionista del Covid y del cambio climático... Yo he buscado en las más de cuatrocientas páginas de su libro esa xenofobia y ese negacionismo y no lo he encontrado... se reivindican conservadores, es verdad, pero no se trata de un conservadurismo político, sino de conservadurismo de los valores frente a lo que consideran una agresión del capitalismo globalizado... Wagenknecht piensa que si seguimos despreciando a todas esas personas y, desde nuestra arrogancia y superioridad moral, llamandoles fascistas porque creen que esos valores solo se los ofrece la ultraderecha, solo lograremos más enfrentamiento con vecinos a los que no hemos sido capaces de presentarles unas propuestas sugerentes desde la izquierda... Quizá va siendo hora de mirar a esos barrios obreros y regiones rurales que antes votaban izquierda y ahora se están yendo a la ultraderecha (Pascual Serrano)

"El partido alemán que salió de la izquierda y le dobló los votos en cinco meses.

A estas alturas ya todos conocemos los resultados de las elecciones al Parlamento Europeo y hemos sacado las principales conclusiones: victoria de la derecha, salto de la ultraderecha, mantenimiento de la socialdemocracia y fracaso de la izquierda y los verdes. Con ligeras variaciones, este panorama es el más generalizado en los diferentes países europeos. Sin embargo, hay un fenómeno en estos comicios que se está analizando poco y que merece ser estudiado porque puede ser perfectamente viable para llevarse a cabo en muchos países. Se trata del partido alemán Alianza Sahra Wagenknecht Por la Razón y la Justicia (BSW), un partido que se fundó hace cinco meses como una escisión de la izquierda (Die Linke) y les ha superado en más del doble de votos.

Pero vayamos a su inicio. El partido BSW nació en el pasado enero a partir de una asociación creada en septiembre por la diputada Sahra Wagenknecht, tras abandonar la directiva de Die Linke (La Izquierda). Doctora en Ciencias Económicas, Wagenknecht fue miembro del Parlamento Europeo desde julio de 2004 hasta julio de 2009, y desde 2009 es miembro del Bundestag alemán.

Pues bien, este nuevo partido reniega y se desmarca de la evolución dominante en los partidos de izquierda europeos. Según ellos, la izquierda europea actual ha adoptado lo que llaman unas posiciones alejadas de los sectores populares y trabajadores, se ha pasado a reivindicar luchas identitarias que fragmentan a la población en lugar de cohesionarla hacia reivindicaciones sociales universales. Sus críticas también se dirigen contra los discursos medioambientales mayoritarios que castigan a los sectores más humildes con tasas e impuestos ecológicos, mientras no afectan a las personas de mayor poder adquisitivo que pueden asumir todos esos gastos o incluso disfrutar de ayudas públicas ecológicas.

Su discurso estaba calando cada vez más entre los sectores más humildes de Alemania y se han cumplido las previsiones de éxito, al menos comparada con la izquierda hasta ahora existente. Mientras Die Linke logró el 2,7 % de los votos y se conformaba con 3 escaños de los cinco que tenía, los de Wagenknecht llegaban al 6,2 % y seis escaños, incluso más de los que tenía la izquierda en la legislatura pasada. Y todo ello con un partido creado hace cinco meses.

Sahra Wagenknecht explicó en un libro, recién traducido en España, “Los engreídos. Mi contraprograma en favor del civismo y de la cohesión social” (Lolabooks), su ideario, en el que comprobamos que es toda una enmienda a la deriva por la que ha discurrido la actual izquierda europea y parte también de la latinoamericana.

A diferencia de las habituales revisiones de la izquierda, que casi siempre son para abandonar elementos históricos y tradicionales de sus doctrina en aras de una supuesta modernidad, lo que hace Wagenknecht es enfrentar la modernidad de la izquierda para recuperar, incluso con esa tan estigmatizada nostalgia, los principios de lucha, solidaridad y cohesión social que caracterizaba a los obreros industriales de los setenta.

La autora alemana denuncia lo que denomina el “liberalismo de izquierdas”, un relato de la clase media universitaria, que, aunque se considera de izquierda, es individualista y partidaria de una economía globalizada. Para ellos, hablar de derechos es defender colectivos identitarios para lograr cuotas de representación por diversidad étnica, religiosa, de género o de orientación sexual. Es decir, un tratamiento desigual de los diferentes grupos, lo que, desde la perspectiva de Wagenknecht y sus partidarios, supone una clara contradicción con la defensa de las mayorías que debería ser el ADN de la izquierda.

La línea dominante de la izquierda, llamada desde algunos sectores posmoderna o woke, desprecia a los sectores obreros o rurales, a los que observa con arrogancia porque usan coches diesel en lugar de eléctricos, compran carne industrial en Aldi y prefieren tener una familia y quedarse en su pueblo, en lugar de viajar por el mundo.

Es por ello que, según la tesis del partido BSW, grandes sectores populares se están incorporando a las filas de la ultraderecha ante la orfandad que sienten en las organizaciones de izquierda. La alianza BSW ha tenido una acogida especialmente positiva en el este de Alemania. Allí, el nuevo partido obtuvo más del 13 por ciento de los votos, lo que la sitúa en el tercer lugar en esa parte del país. Muchos encuentran la explicación en elementos que se echan de menos de la época soviética como la defensa del Estado Nación y la negativa a enfrentarse a Rusia mediante las sanciones y la entrega de armas a Ucrania que está haciendo la UE.

Aunque los expertos habían pronosticado que la BSW recibiría votos procedentes de la ultraderecha AfD, los análisis del instituto Infratest Dimap lo desmienten. De los antiguos votantes del AfD, sólo 160.000 votaron por el partido de Wagenknecht. En cambio, alrededor de 520.000 votos del socialdemócrata SPD fueron para el BSW. Y 410.000 votos también provinieron de La Izquierda, a la que anteriormente pertenecía Wagenknecht. Es decir, un amplio espectro de la sociedad alemana ha encontrado sintonías con el discurso de BSW.

Por supuesto no le han faltado los ataques desde la izquierda. La han llamado ultraderechista disfrazada de izquierda, xenófoba y hasta negacionista del Covid y del cambio climático. Es decir, el cóctel perfecto para poder presentarla como una especie de Trump, Bolsonaro o Le Pen, pero con piel de izquierda para seducir. Yo he buscado en las más de cuatrocientas páginas de su libro esa xenofobia y ese negacionismo y no lo he encontrado. Por el contrario, he descubierto importantes razonamientos y duras críticas a la izquierda posmoderna y urbana dominante, comprendo bien los ataques que recibe.

Wagenknecht y su BSW se reivindican conservadores, es verdad, pero no se trata de un conservadurismo político, sino de conservadurismo de los valores frente a lo que consideran una agresión del capitalismo globalizado. Son sencillamente gentes que no quieren ser profesionales móviles y flexibles, sino que prefieren quedarse en su tierra; que la familia (por supuesto, no necesariamente de un hombre y una mujer) es una situación deseable a la que no pueden llegar debido a su precariedad económica. Gente que desea vivir en un entorno social estable, cohesionado con una menor desigualdad, y con sus valores y tradiciones.

Wagenknecht piensa que si seguimos despreciando a todas esas personas y, desde nuestra arrogancia y superioridad moral, llamandoles fascistas porque creen que esos valores solo se los ofrece la ultraderecha, solo lograremos más enfrentamiento con vecinos a los que no hemos sido capaces de presentarles unas propuestas sugerentes desde la izquierda. Porque quizá ha sido el supremacismo con el que les está mirando la izquierda universitaria y cosmopolita el que les está arrojando en los brazos de la ultraderecha. Una ultraderecha que ya es mayoría en Francia, Italia y Bélgica.

La realidad es que en las anteriores elecciones europeas el voto español de la izquierda más allá del PSOE fue del 18% y ahora se ha quedado en el 8%. Quizá va siendo hora de mirar a esos barrios obreros y regiones rurales que antes votaban izquierda y ahora se están yendo a la ultraderecha.

Leyendo el análisis del libro “Los engreídos” uno percibe que no está viendo el debate político de Alemania, sino el dilema al que debe enfrentarse la izquierda de toda Europa, como hemos podido ver en estas elecciones. Una izquierda que debe pensar en algo más que en aplaudir las identidades sentidas y airear el espantajo de que viene la ultraderecha, como si fuese por arte de magia y no hubiera ninguna explicación."           (Pascual Serrano, Globalter, 01/09/24)

14.6.24

Hay un fenómeno en estos comicios europea que se está analizando poco y que merece ser estudiado... Se trata del partido alemán Alianza Sahra Wagenknecht Por la Razón y la Justicia (BSW)... este nuevo partido reniega y se desmarca de la evolución dominante en los partidos de izquierda europeos. Según ellos, la izquierda europea actual ha adoptado lo que llaman unas posiciones alejadas de los sectores populares y trabajadores, se ha pasado a reivindicar luchas identitarias que fragmentan a la población en lugar de cohesionarla hacia reivindicaciones sociales universales... Sus críticas también se dirigen contra los discursos medioambientales mayoritarios que castigan a los sectores más humildes con tasas e impuestos ecológicos, mientras no afectan a las personas de mayor poder adquisitivo que pueden asumir todos esos gastos o incluso disfrutar de ayudas públicas ecológicas. Su discurso estaba calando cada vez más entre los sectores más humildes de Alemania y se han cumplido las previsiones de éxito, al menos comparada con la izquierda hasta ahora existente... Es por ello que grandes sectores populares se están incorporando a las filas de la ultraderecha ante la orfandad que sienten en las organizaciones de izquierda... se reivindican conservadores, pero no se trata de un conservadurismo político, sino de conservadurismo de los valores frente a lo que consideran una agresión del capitalismo globalizado. Son sencillamente gentes que no quieren ser profesionales móviles y flexibles, sino que prefieren quedarse en su tierra. Gente que desea vivir en un entorno social estable, cohesionado con una menor desigualdad, y con sus valores y tradiciones. Wagenknecht piensa que si seguimos despreciando a todas esas personas y, desde nuestra arrogancia y superioridad moral, llamandoles fascistas porque creen que esos valores solo se los ofrece la ultraderecha, solo lograremos más enfrentamiento con vecinos a los que no hemos sido capaces de presentarles unas propuestas sugerentes desde la izquierda. Porque quizá ha sido el supremacismo con el que les está mirando la izquierda universitaria y cosmopolita el que les está arrojando en los brazos de la ultraderecha... La realidad es que en las anteriores elecciones europeas el voto español de la izquierda más allá del PSOE fue del 18% y ahora se ha quedado en el 8%. Quizá va siendo hora de mirar a esos barrios obreros y regiones rurales que antes votaban izquierda y ahora se están yendo a la ultraderecha (Pascual Serrano)

"A estas alturas ya todos conocemos los resultados de las elecciones al Parlamento Europeo y hemos sacado las principales conclusiones: victoria de la derecha, salto de la ultraderecha, mantenimiento de la socialdemocracia y fracaso de la izquierda y los verdes. Con ligeras variaciones, este panorama es el más generalizado en los diferentes países europeos. Sin embargo, hay un fenómeno en estos comicios que se está analizando poco y que merece ser estudiado porque puede ser perfectamente viable para llevarse a cabo en muchos países. Se trata del partido alemán Alianza Sahra Wagenknecht Por la Razón y la Justicia (BSW), un partido que se fundó hace cinco meses como una escisión de la izquierda (Die Linke) y les ha superado en más del doble de votos.

Pero vayamos a su inicio. El partido BSW nació en el pasado enero a partir de una asociación creada en septiembre por la diputada Sahra Wagenknecht, tras abandonar la directiva de Die Linke (La Izquierda). Doctora en Ciencias Económicas, Wagenknecht fue miembro del Parlamento Europeo desde julio de 2004 hasta julio de 2009, y desde 2009 es miembro del Bundestag alemán.

Pues bien, este nuevo partido reniega y se desmarca de la evolución dominante en los partidos de izquierda europeos. Según ellos, la izquierda europea actual ha adoptado lo que llaman unas posiciones alejadas de los sectores populares y trabajadores, se ha pasado a reivindicar luchas identitarias que fragmentan a la población en lugar de cohesionarla hacia reivindicaciones sociales universales. Sus críticas también se dirigen contra los discursos medioambientales mayoritarios que castigan a los sectores más humildes con tasas e impuestos ecológicos, mientras no afectan a las personas de mayor poder adquisitivo que pueden asumir todos esos gastos o incluso disfrutar de ayudas públicas ecológicas.

Su discurso estaba calando cada vez más entre los sectores más humildes de Alemania y se han cumplido las previsiones de éxito, al menos comparada con la izquierda hasta ahora existente. Mientras Die Linke logró el 2,7 % de los votos y se conformaba con 3 escaños de los cinco que tenía, los de Wagenknecht llegaban al 6,2 % y seis escaños, incluso más de los que tenía la izquierda en la legislatura pasada. Y todo ello con un partido creado hace cinco meses.

Sahra Wagenknecht explicó en un libro, recién traducido en España, “Los engreídos. Mi contraprograma en favor del civismo y de la cohesión social” (Lolabooks), su ideario, en el que comprobamos que es toda una enmienda a la deriva por la que ha discurrido la actual izquierda europea y parte también de la latinoamericana.

A diferencia de las habituales revisiones de la izquierda, que casi siempre son para abandonar elementos históricos y tradicionales de sus doctrina en aras de una supuesta modernidad, lo que hace Wagenknecht es enfrentar la modernidad de la izquierda para recuperar, incluso con esa tan estigmatizada nostalgia, los principios de lucha, solidaridad y cohesión social que caracterizaba a los obreros industriales de los setenta.

La autora alemana denuncia lo que denomina el “liberalismo de izquierdas”, un relato de la clase media universitaria, que, aunque se considera de izquierda, es individualista y partidaria de una economía globalizada. Para ellos, hablar de derechos es defender colectivos identitarios para lograr cuotas de representación por diversidad étnica, religiosa, de género o de orientación sexual. Es decir, un tratamiento desigual de los diferentes grupos, lo que, desde la perspectiva de Wagenknecht y sus partidarios, supone una clara contradicción con la defensa de las mayorías que debería ser el ADN de la izquierda.

La línea dominante de la izquierda, llamada desde algunos sectores posmoderna o woke, desprecia a los sectores obreros o rurales, a los que observa con arrogancia porque usan coches diesel en lugar de eléctricos, compran carne industrial en Aldi y prefieren tener una familia y quedarse en su pueblo, en lugar de viajar por el mundo.

Es por ello que, según la tesis del partido BSW, grandes sectores populares se están incorporando a las filas de la ultraderecha ante la orfandad que sienten en las organizaciones de izquierda. La alianza BSW ha tenido una acogida especialmente positiva en el este de Alemania. Allí, el nuevo partido obtuvo más del 13 por ciento de los votos, lo que la sitúa en el tercer lugar en esa parte del país. Muchos encuentran la explicación en elementos que se echan de menos de la época soviética como la defensa del Estado Nación y la negativa a enfrentarse a Rusia mediante las sanciones y la entrega de armas a Ucrania que está haciendo la UE.

Aunque los expertos habían pronosticado que la BSW recibiría votos procedentes de la ultraderecha AfD, los análisis del instituto Infratest Dimap lo desmienten. De los antiguos votantes del AfD, sólo 160.000 votaron por el partido de Wagenknecht. En cambio, alrededor de 520.000 votos del socialdemócrata SPD fueron para el BSW. Y 410.000 votos también provinieron de La Izquierda, a la que anteriormente pertenecía Wagenknecht. Es decir, un amplio espectro de la sociedad alemana ha encontrado sintonías con el discurso de BSW.

Por supuesto no le han faltado los ataques desde la izquierda. La han llamado ultraderechista disfrazada de izquierda, xenófoba y hasta negacionista del Covid y del cambio climático. Es decir, el cóctel perfecto para poder presentarla como una especie de Trump, Bolsonaro o Le Pen, pero con piel de izquierda para seducir. Yo he buscado en las más de cuatrocientas páginas de su libro esa xenofobia y ese negacionismo y no lo he encontrado. Por el contrario, he descubierto importantes razonamientos y duras críticas a la izquierda posmoderna y urbana dominante, comprendo bien los ataques que recibe.

Wagenknecht y su BSW se reivindican conservadores, es verdad, pero no se trata de un conservadurismo político, sino de conservadurismo de los valores frente a lo que consideran una agresión del capitalismo globalizado. Son sencillamente gentes que no quieren ser profesionales móviles y flexibles, sino que prefieren quedarse en su tierra; que la familia (por supuesto, no necesariamente de un hombre y una mujer) es una situación deseable a la que no pueden llegar debido a su precariedad económica. Gente que desea vivir en un entorno social estable, cohesionado con una menor desigualdad, y con sus valores y tradiciones.

Wagenknecht piensa que si seguimos despreciando a todas esas personas y, desde nuestra arrogancia y superioridad moral, llamandoles fascistas porque creen que esos valores solo se los ofrece la ultraderecha, solo lograremos más enfrentamiento con vecinos a los que no hemos sido capaces de presentarles unas propuestas sugerentes desde la izquierda. Porque quizá ha sido el supremacismo con el que les está mirando la izquierda universitaria y cosmopolita el que les está arrojando en los brazos de la ultraderecha. Una ultraderecha que ya es mayoría en Francia, Italia y Bélgica.

La realidad es que en las anteriores elecciones europeas el voto español de la izquierda más allá del PSOE fue del 18% y ahora se ha quedado en el 8%. Quizá va siendo hora de mirar a esos barrios obreros y regiones rurales que antes votaban izquierda y ahora se están yendo a la ultraderecha.

Leyendo el análisis del libro “Los engreídos” uno percibe que no está viendo el debate político de Alemania, sino el dilema al que debe enfrentarse la izquierda de toda Europa, como hemos podido ver en estas elecciones. Una izquierda que debe pensar en algo más que en aplaudir las identidades sentidas y airear el espantajo de que viene la ultraderecha, como si fuese por arte de magia y no hubiera ninguna explicación."                          (Pascual Serrano, Globalter, 12/06/24)

4.6.24

Manolo Monereo: propuestas concretas para reconstruir aquí y ahora la izquierda... Las diferencias ideológicas de las diversas izquierdas hoy son demasiado grandes... hay que pasar por un periodo intermedio, tal vez no demasiado largo, donde lo que nos una sea por un lado un programa alternativo a lo existente y por otro lado el intento de construir desde abajo organización, vínculos sociales, insertarse en el conflicto social en cada territorio. Y luego una cosa fundamental, que sin resolverla no hay nada que hacer, la clave de bóveda de la etapa que viene y que estamos viviendo, dramáticamente entre la guerra y la paz, entre el conflicto nuclear, y la crisis ecológica. En esta etapa habrá que partir de un dato esencial: el estado nación... y habrá que situar como tarea prioritaria, una agenda socialista, una agenda democrática socialista... A la extrema derecha le estamos dejando la clase trabajadora, Le estamos dejando España, su cultura y sus valores a las derechas unificadas y nos estamos quedando sin un proyecto alternativo de país... ¿quién podría y cómo convocar esos estados generales de la izquierda? Podría convocarlos una mesa de organizaciones político-sociales, y que esa mesa diseñara una especie de propuesta de mecanismo para la construcción de una democracia social avanzada... esto no es una tarea de la clase política, no es una tarea de cuatro partidos políticos que quedan de una historia más o menos espléndida o más o menos grande. Aquí ahora lo que cabe es la modestia, lo que cabe es el debate político honesto y limpio y lo que cabe es suscitar debate y organización desde abajo... La mesa de partidos debe iniciar el debate, propiciar ese debate y dejar que ese debate se vaya organizando colectivamente y desde abajo a partir de una propuesta alternativa de país

 "(...) Hemos dicho antes que la izquierda estaba aniquilada. ¿Puedes formular aquí y ahora algunas propuestas concretas para reconstruir aquí y ahora la izquierda?

—No es fácil, entre otras cosas porque en política las propuestas no surgen solo de un grupo de intelectuales que en una cafetería o con una conversación, en una revista, hacen propuestas. La política es fuerza, organización, programa, estrategia. La primera cuestión es constatar que estamos en un momento terminal de un tipo de izquierda, de un ciclo político de esa izquierda y que lo primero que hay que hacer es un análisis honesto, riguroso, sincero de cómo hemos llegado hasta esta situación, porque vivimos una paradoja, querido Miguel, la de que por un lado se nos dice que ahora que gobernamos tenemos más poder que nunca, pero a su vez vamos teniendo menos organización, menos estructuras, menos cuadros y menos vínculos sociales organizados, es decir, que teóricamente tenemos mucha influencia, pero cada vez tenemos menos votos y menos organización. 

Y lo que re­sulta dramático es que, como se está tan mal, como se está tan al límite y la situación política es tan dura, tan difícil, la idea es que no se puede dejar de gobernar, porque sin gobernar somos todavía más débiles y todavía tendremos menos futuro. Por lo tanto todo se confía a seguir gobernando, porque fuera del gobierno no solamente hace mucho frío, sino que seríamos casi inútiles. Pero el problema es que conforme más tiempo estemos en el gobierno más inútiles seremos, menos capacidad de respuesta tendremos y menos capacidad de hacer un análisis serio y honesto de la situación por la que pasa la izquierda en el conjunto de la izquierda europea y específicamente del sur de Europa. Eso es lo primero que hay que hacer, un debate serio y honesto.

En segundo lugar hay que plantearse lo que ya he dicho tantas veces que me da un poco de vergüenza repetirlo, pero no se me ocurre otra idea: ir hacia unos estados generales de la izquierda, es decir, ir hacia una asamblea lo más amplia posible, lo más autoorganizada posible, para discutir de una manera abierta y sincera los grandes problemas que tiene el país y ponerse de acuerdo en un programa alternativo. Para mí el problema no es el de una candidatura, no es problema electoral, es un problema de estrategia y de definición política sustancial y es ahí donde yo veo que la izquierda está perdida, no sabe exactamente qué hacer, los cuadros ven cómo progresivamente van perdiendo influencia y peso social y electoral y la tentación de seguir gobernando se convierte casi en la única posibilidad de contar algo en política. Hay que ir a una asamblea, a unos estados generales de la izquierda de los que surja un programa básico….

 —¿Y esperas que de ahí surja una nueva formación política? Ese gato está escaldado…

—Las diferencias ideológicas de las diversas izquierdas hoy son demasiado grandes para pensar en una formación política nueva sin más, hay que pasar por un periodo intermedio largo, tal vez no demasiado largo, donde lo que nos una sea por un lado un programa alternativo a lo existente y por otro lado el intento de construir desde abajo organización, vínculos sociales, insertarse en el conflicto social en cada territorio. Y luego una cosa fundamental, que sin resolverla no hay nada que hacer, la clave de bóveda de la etapa que viene y que estamos viviendo, dramáticamente entre la guerra y la paz, entre el conflicto nuclear, y la crisis ecológica. En esta etapa habrá que partir de un dato esencial: el estado nación. El estado nacional sigue siendo el centro de anudamiento de todas las contradicciones sociales, si no partimos de ese estado nacional, si no partimos de sus realidades, de reforzar y retomar ese estado, si no partimos de la soberanía popular, de la lucha por la independencia nacional, todo está perdido y no encontraremos respuesta a lo que está ocurriendo. Es decir, hace falta reivindicar el estado nacional, partir de que la clave de bóveda en este momento es la contradicción cada vez más fuerte entre la democracia popular, la democracia social y el capitalismo realmente existente y, en tercer lugar, habrá que situar de nuevo como tarea prioritaria en los próximos años una agenda socialista, una agenda democrática socialista.

 —Resumamos.

—Estas son las tres cuestiones que yo considero decisivas: la primera,  retorno, refuerzo del estado nación, lo cual no significa ni autarquía ni repliegue interno, todo lo contrario, sino que implica la lucha por un nuevo internacionalismo; en segundo lugar y muy en serio y de una manera definitiva, la clave hoy no es una contraposición abstracta entre democracia y fascismo, ese no es el problema de hoy, no porque no haya fascismo sino porque lo que está en cuestión es la propia democracia por el predominio de un capitalismo cada vez más depredador, más oligárquico y con mayor capacidad destructiva y hay que entender la necesidad que tienen las poblaciones de protegerse de él; y, en tercer lugar, situar de nuevo una agenda socialista en torno a las grandes reivindicaciones de una democracia social avanzada, de una democracia socialista. Si no partimos de ahí nunca saldremos de este hoyo. Hay un viejo dicho chino que decía que para salir del hoyo lo primero que hay que hacer es dejar de cavar. Y cavar para mí es continuar en este mecanismo que nos ha llevado a la derrota de gobernar con Pedro Sánchez, a caer en una estrategia meramente institucionalista y electoral, a perder vínculos sociales, a perder capacidad organizativa y desmovilizar a una parte cada vez más grande de la sociedad. A la extrema derecha le estamos dejando la clase trabajadora, Le estamos dejando España, su cultura y sus valores a las derechas unificadas y nos estamos quedando sin un proyecto alternativo de país.

 —Y para acabar esta conversación ¿quién podría y cómo convocar esos estados generales de la izquierda que propones?

—Pues existen muchos mecanismos. Podría convocarlos una mesa de organizaciones político-sociales, y que esa mesa diseñara una especie de propuesta de mecanismo para la construcción de una democracia social avanzada, de una democracia socialista y que en ese marco se pueda enhebrar un discurso y una estrategia alternativa. Eso se podría hacer, siempre se ha hecho. La clave no es que cinco o seis organizaciones que un día se dan cuenta que ya no son lo que eran y que están al borde de la desaparición acaben diciendo lo que hay que hacer, sino que hay que establecer una dialéctica entre lo organizado y lo no organizado y propiciar la autoorganización. Es decir, esto no es una tarea de la clase política, no es una tarea de cuatro partidos políticos que quedan de una historia más o menos espléndida o más o menos grande. Aquí ahora lo que cabe es la modestia, lo que cabe es el debate político honesto y limpio y lo que cabe es suscitar debate y organización desde abajo. No basta solo con crear una fórmula más de las muchas que se han creado, un nuevo mecanismo electoral de los muchos que se han creado y se van a crear. Hace falta ir más allá, hace falta organización, hacen falta vínculos sociales, hace falta insertarse en el conflicto territorial y hacen falta programas y estrategias.

Y eso no se resuelve en una mesa de partidos. La mesa de partidos debe iniciar el debate, propiciar ese debate y dejar que ese debate se vaya organizando colectivamente y desde abajo a partir de una propuesta alternativa de país.

 —Bien, dicho queda, veremos si alguien recoge algunas de esas ideas.

—Pues eso espero, y supongo que seguiremos hablando de ello. La izquierda que viene es una izquierda que va a tener que hacerse una autocrítica muy fuerte, y muy pocos de los dirigentes actuales van a continuar, porque van a ser muy duramente criticados. La experiencia del Gobierno con Pedro Sánchez va a ser muy criticada también y, por lo tanto, tenemos que abrirnos a un proceso de autocrítica general y en ese marco situar los elementos de una política alternativa. Trataremos de ayudar en lo que sea."

(Entrevista a  Manolo Monereo,  El Viejo Topo, 01/06/24)

25.4.24

La izquierda francesa se encuentra en una encrucijada... Las instituciones de la V República -el Estado, los medios de comunicación, los partidos dominantes, las grandes empresas, la policía- están decididas a aplastar la rebelión que representa La France insoumise (LFI). Invertir la deriva reaccionaria de Francia será una tarea hercúlea... para François Ruffin, el camino hacia el Elíseo pasa por las zonas rurales y las pequeñas ciudades desindustrializadas... La única forma de recuperar a esos votantes de la RN, afirma, es hablarles de sus preocupaciones materiales: el "discurso de la vida real"... esto significa promover políticas económicas proteccionistas y un Estado del bienestar fuerte. Arremete contra el Gobierno por desencadenar una "epidemia de mal trabajo" y pide formas limitadas de democracia en el lugar de trabajo, con un tercio de los puestos en los consejos de administración de las empresas para los empleados... El planteamiento de Ruffin puede compararse al de Sumar en España. Sostiene que una estrategia populista -mantener un pie de guerra permanente y provocar un conflicto perpetuo con el establishment- simplemente agotará la base de activistas del partido y alienará a grandes franjas del electorado. Afirma que LFI ya ha ganado la batalla por la hegemonía en la izquierda, y que ahora debe convencer a los votantes de fuera del redil... Hay muchos puntos en común entre Ruffin y Mélenchon, y ambos han indicado que sus posturas podrían conciliarse... han desplegado las llamadas "caravanas populares": cuadros enviados a circunscripciones estratégicas para dialogar con la población y transmitir sus opiniones al aparato central del partido. Para los Mélenchonistes, LFI aún podría convertirse en un partido de masas si intensificara este tipo de campañas y prestara servicios locales como la distribución de alimentos a las comunidades desfavorecidas... Los dos bandos discrepan sobre hasta qué punto los sondeos oficiales subestiman a Mélenchon y si hay suficientes votantes potenciales en las banlieues para impulsarle al poder (Olly Haynes)

 "La izquierda francesa se encuentra en una encrucijada. Tras fracasar en su intento de ganar la presidencia o reunir una mayoría parlamentaria en 2022, Jean-Luc Mélenchon intenta ahora trazar un camino para La France insoumise. El partido se enfrenta a unos medios de comunicación hostiles, a la apatía de los votantes y a un gobierno cada vez más autoritario. NUPES, la alianza electoral que preside, se ha fracturado. La única forma de que LFI prevalezca en esta coyuntura desfavorable y preserve su frágil hegemonía sobre los demás partidos progresistas es ampliar su base electoral de cara a las elecciones presidenciales de 2027. Pero existen teorías contrapuestas sobre cómo lograrlo, y profundas incertidumbres sobre la dirección estratégica más viable. 

 En la actualidad, los únicos bastiones de LFI son París, las banlieues circundantes, la periferia de grandes ciudades como Marsella, Toulouse y Lyon, y los territorios franceses de ultramar. El partido ha tenido dificultades para atraer apoyos en las zonas periurbanas que dieron origen a los gilets jaunes. Para muchos activistas, esto señala un problema con su cultura organizativa. Desde su creación en 2016, LFI ha estado dominado por un pequeño grupo de parlamentarios y personal cercano a Mélenchon. Stefano Palombarini lo ha descrito como un "barco pirata" en el que todas las decisiones importantes las toma el capitán. Esta estructura ágil y centralizada fue en parte lo que permitió su rápido ascenso. Sin embargo, hoy en día, algunos miembros están convencidos de que el partido no saldrá de su burbuja parisina a menos que se democratice a fondo. Clementine Autain, diputada por Seine-Saint-Denis, afirma que ha llegado el momento de "abrir las puertas de par en par" y "convertirse en un movimiento de masas". La dirección y sus partidarios, sin embargo, creen que esto no puede ocurrir hasta que se hayan desarrollado mecanismos internos sólidos para mediar en los desacuerdos políticos. Dado que el número de miembros se ha ampliado más allá del núcleo de Mélenchonistes leales, advierten, "abrir las puertas" podría significar abandonar la disciplina política y diluir su programa internacionalista de izquierdas.

 Esta disputa está relacionada con la controvertida cuestión de quién dirigirá LFI en las próximas elecciones. Un aspirante fuera del círculo de los Mélenchonistes es el cineasta convertido en parlamentario François Ruffin. Nacido en Calais en 1975 y criado en Amiens, la circunscripción que ahora representa, Ruffin es un autodenominado "intelectual pequeño burgués" -su padre era gerente de la empresa de verduras Bonduelle, su madre ama de casa- que asistió al mismo instituto que Macron. En 1999 fundó Fakir, una revista satírica de izquierdas, y en 2003 publicó una crítica mordaz del panorama mediático francés, Les petits soldats du journalisme. A lo largo de la década de 2010 dirigió documentales sobre la vida en la Francia periférica, la dinámica de la desindustrialización y los gilets jaunes. Su película de 2016 Merci patron! (¡Merci patron!), un feroz ataque al ciudadano más rico de Francia, el magnate del lujo Bernard Arnault, enfureció tanto a su protagonista que sobornó al aparato de seguridad francés para que espiara al director. Ruffin fue elegido en 2017 candidato del micropartido Picardie Debout, antes de unirse al grupo parlamentario LFI ese mismo año.

Ruffin es partidario de abrir de par en par las puertas de LFI. Para él, el camino hacia el Elíseo pasa por las zonas rurales y las pequeñas ciudades desindustrializadas antaño dominadas por los partidos socialista y comunista, donde gran parte de la población son trabajadores manuales, trabajadores de servicios con salarios bajos o jubilados. La única forma de recuperar a esos votantes de la RN, afirma, es hablarles de sus preocupaciones materiales: el "discurso de la vida real", como él lo llama. En la práctica, esto significa promover políticas económicas proteccionistas y un Estado del bienestar fuerte. Arremete contra el Gobierno por desencadenar una "epidemia de mal trabajo" y pide formas limitadas de democracia en el lugar de trabajo, con un tercio de los puestos en los consejos de administración de las empresas para los empleados. Este énfasis en las condiciones de empleo es un intento de conectar la base actual de la LFI con circunscripciones más periféricas. Como observa Ruffin, existen claros puntos en común en la vida laboral de las poblaciones urbanas racializadas y en la de los blancos de las ciudades pequeñas. Como parte de esta estrategia, el político suele evitar las cuestiones nacionales consideradas demasiado delicadas, como la migración, y modera su línea en las internacionales. Cuando habla en mítines sobre Palestina, exige un alto el fuego inmediato y denuncia los crímenes de guerra de Israel, pero también insiste, en contra de la postura oficial de LFI, en que Hamás es una organización terrorista.

Cuando estallaron los disturbios por la muerte de Nahel Merzouk, un adolescente tiroteado por la policía en los suburbios parisinos, los Mélenchonistes denunciaron a los asesinos como racistas sedientos de sangre, mientras Ruffin pedía reformas institucionales.

El planteamiento de Ruffin puede compararse al de Sumar en España. Sostiene que una estrategia populista -mantener un pie de guerra permanente y provocar un conflicto perpetuo con el establishment- simplemente agotará la base de activistas del partido y alienará a grandes franjas del electorado. Afirma que LFI ya ha ganado la batalla por la hegemonía en la izquierda, y que ahora debe convencer a los votantes de fuera del redil. Mientras que muchos de sus colegas de LFI se han separado de sus antiguos socios de NUPES, Ruffin sigue colaborando con figuras como Marine Tondelier, de los Ecologistas. En privado, la izquierda de los Ecologistas afirma que preferiría trabajar con Ruffin que con un Mélenchoniste, y que un renacimiento de NUPES en 2027 sería más probable bajo su candidatura.

Los Mélenchonistes tienen una visión diferente. Para ellos, los altos índices de abstención tanto en las banlieues como en la Francia periférica sugieren que decenas de votantes siguen desencantados con el sistema político actual. Por tanto, el partido debe abogar por una ruptura con ese sistema: su política exterior, sus ortodoxias económicas, sus servicios de seguridad y su ética social. El objetivo debe ser agudizar cada antagonismo político para alcanzar un estado de lo que Mélenchon llama "insubordinación permanente". En un reciente debate con Thomas Piketty y Julia Cagé, Mélenchon aceptó que la izquierda necesita recuperar la Francia rural - "¿quién podría argumentar lo contrario?"-, pero insistió en que es aún más esencial centrarse en los quartier populaires urbanos. Estas zonas suelen votar a LFI en un 80%, pero con una participación de sólo el 30%. Por tanto, la izquierda debería esforzarse por activar a estas poblaciones abstencionistas en lugar de apostar por la posibilidad de recuperar a los votantes de Le Pen.

Mathilde Panot, diputada de 34 años por Val-de-Marne, al sur de París, es hija de un matemático y un agrónomo. Estudió relaciones internacionales en Science Po y trabajó como organizadora comunitaria para una empresa social que opera en las banlieues antes de convertirse en miembro del personal de LFI. Elegida diputada en 2017, ahora es la líder parlamentaria del partido. La estrategia óptima, según ella, es construir antagonismos en los que la izquierda se polarice contra RN y los macronistas, revelando que estos últimos son dos caras de la misma moneda. Ha sido especialmente clara en su apoyo a Palestina, consciente de que este tema tiene mucho eco en las banlieues.

Sin embargo, Panot se ve constantemente eclipsada por el propio Mélenchon, que sigue siendo una presencia nacional importante a pesar de afirmar que está dispuesto a ceder el testigo a un nuevo líder. Desde octubre ha denunciado el asedio a Gaza con más contundencia que ningún otro político nacional. Ha asistido a la audiencia de la CIJ y ha organizado protestas contra los envíos de armas de Francia a Israel, al tiempo que ha atacado el ruido de sables de Macron sobre Ucrania. Mélenchon parece ser consciente de que Panot carece del perfil nacional para tener una oportunidad plausible de victoria; y está dispuesto a impedir el ascenso de Raphaël Glucksmann, el candidato ultra del PS que actualmente está en lo alto de las encuestas de las elecciones europeas. Esto, junto con su deseo de mantener a LFI alineada con su visión, podría motivarle a presentarse de nuevo en 2027. Los partidarios de Mélenchon señalan que cada una de sus campañas anteriores le ha acercado a la segunda vuelta (su viejo amigo Lula, elegido presidente de Brasil en su cuarto intento, es citado como prueba de que la persistencia puede dar sus frutos). Sus detractores, por su parte, afirman que es incapaz de unir a la amplia izquierda y señalan encuestas que muestran que habría sido derrotado si hubiera llegado a la segunda vuelta en 2022.

Hay muchos puntos en común entre Ruffin y Mélenchon, y ambos han indicado que sus posturas podrían conciliarse. La dirección de la LFI ha creado varios grupos de trabajo dedicados a conquistar las zonas rurales. También han desplegado las llamadas "caravanas populares": cuadros enviados a circunscripciones estratégicas para dialogar con la población y transmitir sus opiniones al aparato central del partido. Para los Mélenchonistes, LFI aún podría convertirse en un partido de masas si intensificara este tipo de campañas y prestara servicios locales como la distribución de alimentos a las comunidades desfavorecidas. Sin embargo, en lo que respecta a las prioridades generales del partido, la divergencia sigue siendo marcada. Ruffin insiste en la necesidad de modificar la distribución actual de los electores, mientras que Mélenchon aspira a ampliar el electorado total. El primer enfoque implica ir más allá del populismo, mientras que el segundo significa refinarlo e intensificarlo. Los dos bandos discrepan sobre hasta qué punto los sondeos oficiales subestiman a Mélenchon y si hay suficientes votantes potenciales en las banlieues para impulsarle al poder.  

Quienquiera que dirija la LFI en 2027 tendrá que apelar a las partes de la sociedad francesa que están desencantadas, pero que actualmente no están afiliadas a la izquierda. Este problema queda ejemplificado por las actuales protestas de los agricultores. Como en anteriores brotes de agitación, el gobierno intenta frenar las manifestaciones mientras los partidos a su izquierda y derecha compiten por sacar provecho político. En este caso, LFI debería estar en una posición ventajosa, ya que su manifiesto aboga por una reforma agrícola radical - repudiando los acuerdos de libre comercio aprobados en el Parlamento Europeo - y uno de sus aliados, la Confederation Paysanne, se encuentra entre los organizadores del movimiento. Sin embargo, el partido ha tenido dificultades para afianzarse, en parte por el énfasis que los medios de comunicación han puesto en los elementos reaccionarios de las protestas y su rechazo al ecologismo.  En un intento de cambiar las tornas, Ruffin se ha codeado con los agricultores en el Salón Internacional de la Agricultura, que Mélenchon ha boicoteado durante la última década, y ha organizado su propio contra-salón, promoviendo la agricultura campesina frente al agronegocio. Sin embargo, ninguno de los dos ha conseguido hacer de su partido un vehículo para los intereses de los agricultores.

En los próximos años, las dos facciones tendrán que responder a una serie de preguntas difíciles. ¿Es posible cambiar las lealtades de los votantes de Le Pen? ¿Puede lograrse sin alienar a la actual base electoral de LFI? ¿Y la alianza con el centro izquierda corre el riesgo de corromper el proyecto? A la inversa, ¿es capaz la estrategia del conflicto constante de llegar a un electorado más amplio? ¿Puede ganar la izquierda radical sin el centro izquierda? ¿Hay un número suficiente de abstencionistas que puedan ser activados? Sea cual sea el rumbo que tome el partido, tendrá que operar en un clima político turbulento y cada vez más hostil a la izquierda. Las instituciones de la V República -el Estado, los medios de comunicación, los partidos dominantes, las grandes empresas, la policía- están decididas a aplastar la rebelión que representa LFI. Invertir la deriva reaccionaria de Francia será una tarea hercúlea."                 (Olly Haynes

10.4.24

Sahra Wagenknecht, nueva estrella (roja) alemana: «La UE es demasiado centralista, Ucrania no puede ganar. Es cierto que muchos votantes de la vieja izquierda se han pasado a la derecha, no porque sean racistas o nacionalistas, sino porque están insatisfechos... somos conservadores de izquierdas. Como solíamos ser, antes de esta ola identitaria, antes de los «discursos woke»... me dirijo a las personas con ingresos medios o bajos. Olvidados por todos, incluso por la izquierda

"Sahra Wagenknecht: «La UE es demasiado centralista, Ucrania no puede ganar». Es cierto que muchos votantes de la vieja izquierda se han pasado a la derecha, no porque sean racistas o nacionalistas, sino porque están insatisfechos»

BERLÍN – Sahra Wagenknecht es de izquierdas, conservadora de izquierdas, dice. Fundó un partido que lleva su nombre porque, según ella, el principal problema de los progresistas europeos es que «su clientela hoy está formada por privilegiados». Sus detractores la acusan de populista, pero el partido crece y en algunas regiones del Este es la segunda o tercera fuerza. Suficiente para romper el equilibrio de la política alemana.

En resumen, se ha convertido en un fenómeno. Nos recibe en su despacho, con colegas de la Gazeta Wyborcza polaca y La Croix francesa, a las 18.00. En la puerta aún cuelga la placa de su antiguo partido, el Linke. Traje rojo, pendientes de plata que se balancean como pequeños péndulos cuando discrepa, acentuando la disidencia, rodilla desnuda como ante las cámaras. Confirma lo que parece en televisión: a medio camino entre una figura hierática de los años 50 y una actriz austera con encanto natural, dotada de una compostura, un control y una dialéctica superiores: no es casualidad que en los debates televisivos a menudo domine a todos.

Sahra Wagenknecht, ¿por qué un nuevo partido? ¿A quién se dirige?

A las personas con ingresos medios o bajos. Olvidados por todos, incluso por la izquierda. Thomas Piketty demostró en su libro Capital y Economía, estadísticas en mano, que históricamente la izquierda ha sido votada por los menos favorecidos. Hoy es al revés. Por ejemplo, los Verdes, ya sé que suena a tópico: quienes les votan tienen formación académica, viven en el centro, compran en tiendas ecológicas, conducen coches eléctricos. Quieren prohibir los aviones para todo el mundo, explicar por qué no deberías ir de vacaciones a Mallorca y luego volar por todo el mundo. Y es este doble rasero lo que enfada a la gente».

Suena como los discursos de Alternative fur Deutschland….

«Es cierto que muchos votantes de la vieja izquierda se han pasado a la derecha. Pero no porque sean racistas, nacionalistas, sino porque están insatisfechos. Nadie defiende sus intereses».

Ha fundado un partido «personal», la Unión por la Razón y el Progreso Sahra Wagenknecht.

¿No es una costumbre de derechas?

‘En Alemania la legislación sobre partidos es muy estricta, de ahí también la estabilidad del sistema, es difícil fundar uno nuevo. Un partido nuevo debe tener su propio perfil. Ahora soy relativamente conocida, mis ideas son conocidas. Pero el objetivo es que mi nombre acabe desapareciendo. Como digo en el libro «Die Selbstgerechten» (Los presuntuosos), somos conservadores de izquierdas. Como solíamos ser, antes de esta ola identitaria, antes de los «discursos woke».

De vuelta al siglo XIX…

«No, al SPD de Willy Brandt. No somos retrógrados, homófobos, gracias a Dios con estas tesis no tenemos nada que ver. Pero del cannabis a la prostitución, incluso sobre el aborto -por supuesto que estoy a favor del aborto, pero no en el octavo mes, ni siquiera en el sexto-, la izquierda ha adoptado una serie de posiciones equivocadas».

A menudo se burla de la ministra verde Annalena Baerbock y de su política exterior feminista. 

¿Acaso no es feminista?

«El feminismo no tiene nada que ver con esto. Es una política exterior militarista: glorificar la guerra y suministrar armas. Realmente aterrador adónde han ido a parar los Verdes».

¿Está hablando de Ucrania?

«Y Gaza. Lo que estamos haciendo con Israel, dada su forma de conducir la guerra, nos hace corresponsables. En cuanto a Ucrania: no pondremos fin al conflicto si seguimos entregando armas sin presionar. El Papa tiene razón. Hay que negociar ya».

¿Así que dejan las armas y luego vemos qué hace Putin?

«Mientras tanto eso congelaría el frente. Si hubiéramos hecho esto hace seis meses, habría sido mejor. Esto es lo que dice el Papa. No habló de capitulación, sino de la forma correcta de no llevar al país al suicidio. Creo que Zelensky no tiene ninguna posibilidad de ganar la guerra, alimentar esta ilusión es peligroso».

No cree que Putin pueda entonces atacar Polonia.

«No, porque no es capaz de hacerlo. El ejército ruso no logró tomar Kiev. Que puedan mantener un enfrentamiento con la OTAN lo excluyo».

Usted sugiere normalizar las relaciones con Rusia. Pero los estrechos lazos entre Alemania y Rusia nunca han ido especialmente bien…

«Desde el punto de vista polaco, entiendo las preocupaciones. Pero Alemania nunca ha sido atacada por Rusia, lo contrario ha ocurrido dos veces. Lo mismo ocurre con Europa Occidental».

¿Recibe su partido dinero de Moscú?

«Por supuesto que no. Es completamente absurdo, hubo estas dos transferencias de 35 euros desde Rusia. Recibimos tanto dinero del Kremlin como de Trump o de la mafia siciliana».

¿Qué piensa de la UE?

‘Que debe centrarse en lo que puede regular. Queremos desmantelar la centralización. Estamos por una Europa de democracias soberanas’. ¿Una Europa de patrias? «Patria es quizá un concepto algo anticuado, pero la idea que subyace me parece acertada. Queremos una Europa que coopere, sin rivalidades ni hostilidades, pero estamos en contra de una centralización de las decisiones en Bruselas que luego socava la democracia en cada uno de los países. Creo que De Gaulle era un hombre inteligente. En cualquier caso, no queremos preservar la Europa actual, sino cambiarla».

Su padre era iraní, su adjunto Fabio Masi tiene orígenes italianos. ¿Por qué -con estas conexiones- está tan en contra de la inmigración?

En principio, no estamos en contra de la inmigración. Los problemas surgen cuando llegan demasiados y faltan infraestructuras. En Alemania necesitamos urgentemente 700.000 viviendas, guarderías, profesores. Se crea una sobrecarga. El otro punto crítico es cuando la identidad de algunas comunidades de inmigrantes se basa en el rechazo de la cultura del país de acogida. Veamos lo que ocurre en Francia, donde hay realidades paralelas inaceptables en las que se practica el islam radical».

¿Gobernaría usted con la Afd? En el Este tendría los números tras las elecciones de septiembre.

«Eso lo excluyo. En Sajonia y Turingia son extremistas».

Presentó su partido en un antiguo cine de la RDA. A veces parece sentir nostalgia de aquel mundo.

Para mí la caída del Muro fue una liberación. Tuve dificultades en Alemania del Este, quería reformas, había criticado a los dirigentes, la planificación centralizada. No pude encontrar plaza en la universidad a pesar de tener buenas notas. Me ofrecieron un trabajo de secretaria: entonces dije que me quedaría en casa leyendo y viviría dando clases particulares. El ‘Turning Point’ para mí fue una bendición, pude estudiar. Al mismo tiempo, sé que para los que no tenían 20 años como yo, la RDA fue en parte su biografía. Y cuando, tras la reunificación, los alemanes occidentales afirmaron que sus vidas no valían nada, se rebelaron»." (altrenotizie, 28/03/24, traducción DEEPL)

12.3.24

La "izquierda de moda" ya no sitúa los problemas sociales y político-económicos en el centro de la política de izquierdas, sino las cuestiones relativas al estilo de vida, los hábitos de consumo y los juicios morales sobre el comportamiento... se ha convertido en una corriente dominante en los partidos socialdemócratas, socialistas y de izquierdas de casi todos los países... el izquierdista de moda apenas entra en contacto directo con las cuestiones sociales, éstas le interesan muy poco. Por supuesto, el objetivo sigue siendo una sociedad justa y sin discriminación, pero el camino para llegar a ella ya no pasa por las viejas cuestiones de economía social, es decir, salarios, pensiones, impuestos y subsidios de desempleo, sino principalmente por los símbolos y el lenguaje... ostenta una narrativa posmoderna, de mil lenguajes, de vago pacifismo, de odio hacia cualquier recuperación de una soberanía nacional y popular, etiquetada siempre y en todo caso como un remanente reaccionario y de derechas, y abanderados convencidos de un europeísmo abstracto que no significa otra cosa que un apoyo consciente e interesado a las políticas neoliberales de Bruselas (Sarah Wagenknecht)

 "Ir contracorriente es una de las virtudes de Sarah Wagenknecht. La ya ex dirigente del Die Linke alemán, tras una larga batalla interna, rompió hace unos meses y abandonó el partido junto a otros, culpables de un giro liberal y cosmopolita, ya no atento a las luchas sociales, patrimonio tradicional de la histórica izquierda obrerista y socialdemócrata alemana. Esta ruptura fue precedida por la publicación en Alemania en 2021 de un libro suyo («Contra la izquierda neoliberal») que suscitó muchas discusiones y que se publicará próximamente en España.

Hay que decir de una vez que ha pasado mucha agua bajo el puente desde que se escribió el libro.

Solo tres años después de su publicación, una alteración sistémica del equilibrio geopolítico ha redibujado los mapas de la confrontación internacional. El inicio de la operación militar especial de Rusia en Ucrania en defensa de las poblaciones rusoparlantes del Donbass, la extensión del conflicto a la OTAN, que dirige y supervisa el esfuerzo bélico ucraniano, la destrucción de las líneas estratégicas de suministro de gas entre Rusia y Europa, y la guerra de exterminio israelí en Gaza en los últimos meses con escenarios de una posible ampliación en Oriente Medio, marcan un cambio de época en la perspectiva política, incluso interna, de los movimientos «antisistema» que se mueven en el continente europeo. El libro se detiene sólo en parte en los efectos nefastos de la crisis pandémica que estalló en 2020 y se silenció en correspondencia con los conocidos sucesos de febrero de 2022. Los rasgos generales del análisis político y social que la autora hace de la situación alemana, y que podrían extenderse a Europa Occidental, se confirman, incluso se refuerzan, al observar las posiciones adoptadas por gran parte de las clases políticas que lideran la izquierda liberal «progresista» y «radical».

Podemos decir que la guerra mundial en curso entre el mundo occidental y el mundo oriental contempla a esta izquierda –baste pensar en los socialdemócratas y verdes alemanes, pero sin olvidar a nuestro PD local y arbustos varios– como activa partidaria de las opciones belicistas atlánticas, y animada por un espíritu de presunta superioridad moral y cultural hacia los otros mundos. Dicho esto, el libro tiene el mérito de analizar concretamente y en un lenguaje muy sencillo las contradicciones fundamentales del pensamiento de la izquierda «de moda», correspondiente a nuestra izquierda reflexiva de clase media que vive en la zona residencial de las grandes ciudades metropolitanas. Hay que apreciar la valentía con la que una figura histórica de la izquierda socialista alemana, animadora de batallas históricas, ha decidido coger el toro por los cuernos. Su tesis parte de la constatación de la mutación genética consumada de gran parte de los grupos dirigentes de la izquierda histórica, que ha conducido a la traición de su base social, constituida por los trabajadores de los servicios de bajos ingresos y la clase obrera, que en los últimos treinta años han sufrido todas las contrarreformas del liberalismo económico y el progresivo desplazamiento de las batallas políticas y culturales hacia los temas de los derechos individuales y las minorías sexuales, abandonando por completo el campo de la lucha por la defensa del trabajo público y privado, la sanidad y las condiciones sociales generales de las clases subalternas.

Wagenknecht no sólo enumera muchos datos y ejemplos para demostrar esta tesis, sino que dedica un capítulo a definir los nuevos sujetos sociales que representan la base de consenso electoral de esta izquierda liberal, cosmopolita y de moda. Este punto es muy importante porque no se queda en la vaguedad, en una crítica superficial, sino que analiza los grupos sociales que han ganado posiciones económicas y prestigio con el liberalismo y que muy a menudo tienen una actitud de presunta superioridad moral hacia los trabajadores con baja formación, hacia esa parte del proletariado del sector servicios que sufre la «modernidad» liberalista. Conviene citar este pasaje que introduce la tesis del libro:

«Dos personas que proceden de medios sociales diferentes tienen cada vez menos que decirse, precisamente porque viven en mundos diferentes. Si la burguesía acomodada y con estudios universitarios de las grandes ciudades aún consigue encontrarse en la vida real con los menos afortunados, sólo lo hace gracias a la valiosa labor de mediación del sector servicios, que puede ofrecerles quien les limpie la casa, quien les entregue los paquetes y quien les sirva sushi en un restaurante. Las burbujas no sólo existen en las redes sociales. Cuarenta años de liberalismo económico, desmantelamiento del Estado del bienestar y globalización han dividido las sociedades occidentales hasta tal punto que la vida real de muchos ya sólo se mueve en la burbuja en la que se encuentra su clase. Nuestra sociedad, aparentemente abierta, está en realidad llena de muros» (p.13)

Este pasaje subraya una pequeña verdad cotidiana que marca profundamente la vida social y psicológica de una gran parte del proletariado descompuesto y fragmentado que hoy prevalece en las grandes áreas urbanas. La incomunicabilidad social, la división casi atomística del tejido de las clases subalternas es una de las grandes cuestiones con las que tendrá que contar una izquierda que quiera hablar al abigarrado mundo de los trabajadores típicos y atípicos, por subalternos que sean, como su principal punto de referencia.

Pero veamos qué entiende precisamente Wagenknecht por la izquierda de moda:

«El imaginario público de la izquierda social está dominado por una tipología que en adelante denominaremos izquierda de moda, en la medida en que quienes la apoyan ya no sitúan los problemas sociales y político-económicos en el centro de la política de izquierdas, sino las cuestiones relativas al estilo de vida, los hábitos de consumo y los juicios morales sobre el comportamiento. Esta oferta política de una izquierda de moda muestra su forma más pura en los partidos verdes, pero también se ha convertido en una corriente dominante en los partidos socialdemócratas, socialistas y de izquierdas de casi todos los países.»

Aquí habría que decir algunas cosas a modo de aclaración. Si bien el razonamiento básico responde a la mutación real de la izquierda socialista, socialdemócrata o ex comunista, los contextos nacionales también marcan diferencias secundarias pero no irrelevantes. Por ejemplo, en Alemania, los Verdes tienen una historia política y unas raíces sociales que no son comparables a las de nuestro país, sino también a las de otros como Francia. Por el contrario, en Italia la izquierda ex comunista, ex socialdemócrata (depende del punto de vista) ha hecho algo más que abandonar a sus propias clases de referencia, han sido agentes activos de las peores contrarreformas sociales, del peor liberalismo privatizador, gobernando en contra de las clases populares. Al mismo tiempo que esta prolongada carnicería social, los grupos dirigentes de la «izquierda» han recuperado su virginidad defendiendo la imaginería europeísta, las batallas por las libertades sexuales y el estilo de vida moderno como señas de identidad de la izquierda «moderna» del siglo XXI. La naturaleza de esta mutación es profundamente social antes que política. Este aspecto queda bien esbozado en el libro de Wagenknecht, en el que se dedica un capítulo a la base social de esta izquierda cosmopolita, europeísta y «progresista». Hablamos de la izquierda, o más exactamente de la izquierda europea, que es neoliberal en economía, partidaria de la arquitectura política de la UE y de la narrativa de la supuesta superioridad democrática y civilizatoria del europeísmo, en política exterior proclive a los satélites del atlantismo angloamericano, en sociedad partidaria de las campañas de opinión sobre los derechos individuales, socia instrumental del mundo feminista y ecologista. Aquí, todo esto ya no tiene nada que ver con el viejo mundo de la izquierda del siglo XX, comunista o socialdemócrata, obrera y asalariada, aunque nos encontremos con que a menudo los grupos dirigentes, al menos en Italia, proceden de ese mundo. He aquí otro pasaje esclarecedor de Wagenknecht, que en sus líneas generales define un paradigma, un tipo social y un carácter político:

«El representante de la izquierda de moda vive en un mundo completamente distinto y se define por otros temas. Evidentemente, es proeuropeo y cosmopolita, aunque cada cual entienda estas palabras de moda de forma ligeramente diferente. Le preocupa el clima y está comprometido con la emancipación, la inmigración y las minorías sexuales. Está convencido de que el Estado nación es un modelo moribundo y se considera un ciudadano del mundo y sin demasiados lazos con su propio país…»

y otra vez:

«Como el izquierdista de moda apenas entra en contacto directo con las cuestiones sociales, éstas le interesan muy poco. Por supuesto, el objetivo sigue siendo una sociedad justa y sin discriminación, pero el camino para llegar a ella ya no pasa por las viejas cuestiones de economía social, es decir, salarios, pensiones, impuestos y subsidios de desempleo, sino principalmente por los símbolos y el lenguaje.

Pero volvamos a las clases sociales de referencia, quedándonos en la situación alemana de la que habla Wagenknecht.

El consenso activo y pasivo de esta izquierda está arraigado entre licenciados de clase media que trabajan en la administración pública, en puestos medios-altos, profesionales de la comunicación y el marketing, en servicios financieros que trabajan en obra social, en empresas de movilidad verde, piezas de la burocracia sindical y del abigarrado mundo del ecologismo y las culturas alternativas. En este medio crece y prospera una narrativa posmoderna, de mil lenguajes, de vago pacifismo, de odio hacia cualquier recuperación de una soberanía nacional y popular, etiquetada siempre y en todo caso como un remanente reaccionario y de derechas, y abanderados convencidos de un europeísmo abstracto que no significa otra cosa que un apoyo consciente e interesado a las políticas neoliberales de Bruselas.

En resumen, esta izquierda ha cambiado de forma y de contenido desde sus orígenes. Ha optado por representar los intereses, expectativas y sentimientos de aquellas clases que han salido victoriosas y/o aseguradas de las transformaciones sociales de las últimas décadas. Hechas estas breves incursiones en la deriva del mundo de la izquierda políticamente correcta y compatibilista, el valor añadido de la reflexión de la socialista alemana reside en las partes dedicadas a la cuestión del Estado-nación y su recuperación en la lucha política y en el imaginario colectivo por la emancipación social de las clases subalternas. Si no se aborda también hoy claramente esta contradicción, se permanece inevitablemente, voluntaria o involuntariamente, consciente o inconscientemente, de buena o mala fe, en la subordinación total a los intereses del gran capital. Si bien es cierto que la vulgata de la izquierda, incluso y sobre todo de la izquierda radical, según la cual la invocación de la soberanía nacional sería antihistórica, por no decir otra cosa, e ideológicamente decididamente de derechas, cuando no fascista, esta manera de ver las cosas es a menudo el producto de una ignorancia total de la historia del movimiento obrero y socialista internacional. Y eso sería lo de menos, dada la tendencia general en nuestras partes. La cuestión es que referirse a un internacionalismo vago y genérico de los pueblos es, en el mejor de los casos, un signo de extremismo senil incurable y, en el peor, significa trabajar para el enemigo.

El nudo es absolutamente contundente, sobre todo en nuestras latitudes, y la guerra de la OTAN contra Rusia confirma la necesidad de reabrir un debate serio en las filas de una izquierda popular, si es que existe. Sobre todo si tenemos en cuenta que nuestros países son naciones de soberanía limitada, no sólo porque hay decenas de bases militares estadounidenses en nuestros territorios, sino esencialmente porque toda decisión digna de relevancia es aprobada y ratificada primero por las oligarquías anglosajonas y el poderoso lobby israelí-sionista. ¿Podemos encogernos de hombros ante esta realidad o limitarnos a vagos eslóganes sobre un internacionalismo sin fronteras?

Dicho esto, no faltan debilidades en el marco propositivo de Wagenknecht. En primer lugar, se queda mucho en la superficie sobre la cuestión de la Unión Europea y su carácter estructuralmente antidemocrático y antipopular, una jaula que durante décadas ha aprisionado todo posible proyecto de emancipación popular y de recuperación de una soberanía basada en los intereses de la mayoría de las clases trabajadoras. El texto carece de una idea de fondo, de una vía programática radical que profundice y enfatice el potencial antisistémico.

Al tiempo que expresa una dura crítica al capitalismo financiero y de libre mercado, en Wagenknecht existe la idea, en mi opinión ingenua e infundada, de proponer o aspirar a una vuelta a un capitalismo «diferente», «verdaderamente meritocrático», no monopolista (que nunca lo fue), sino en los deseos de la ideología reformista de la socialdemocracia, hija de un mundo que ya no existe y al que no es posible, aunque se quisiera, volver. Cuando se afirma que «la propiedad privada y la búsqueda del beneficio sólo pueden fomentar el progreso tecnológico y aumentar así el potencial de bienestar de la economía allí donde existe una auténtica competencia y unas normas y leyes claras que velan por no gravar a los asalariados y al medio ambiente», el autor se desliza hacia la narración nostálgica de un capitalismo con rostro humano que, si existió, fue el producto histórico y determinado de dos corrientes históricas fundamentales, la existencia de un bloque socialista opuesto al mundo capitalista y una lucha de clases que tenía en la clase obrera y en el proletariado en general una fuerza relativamente homogénea capaz de ganar posiciones y mejoras progresivas. A pesar de algunas debilidades programáticas y, como dirían algunos, de una visión fragmentada de la tarea antisistémica, sigue siendo un libro que ofrece una visión crítica y hunde el cuchillo en el mundo de la izquierda. Lo necesitamos, pero aún queda mucho camino por recorrer."

( Danilo Ruggieri , El Viejo Topo, 12/03/24. Fuente: L’interferenza.)

5.2.24

La entrada de un nuevo partido de izquierda alemán sacude al país... existe en Alemania, una división entre un gobierno deseoso de continuar la guerra en Ucrania, y una población que quiere que esta guerra termine, y que su gobierno afronte la grave crisis de inflación... "Si defiendes la guerra económica autodestructiva contra Rusia, que está empujando a millones de personas en Alemania a la penuria y provocando una redistribución ascendente de la riqueza, entonces no puedes defender de forma creíble la justicia social y la seguridad social"... Wagenknecht sostiene que el problema de la pobreza mundial no puede resolverse con la inmigración, sino con políticas económicas sólidas y el fin de las sanciones a países como Siria... la frustración de las comunidades contra los inmigrantes es a menudo una frustración más amplia con los recortes en el bienestar social, los recortes en la financiación de la educación y la salud (Vijay Prashad)

 "En octubre de 2023, 10 diputados del Parlamento alemán (Bundestag) abandonaron Die Linke (La Izquierda) y declararon su intención de formar su propio partido. Con su marcha, el grupo parlamentario de Die Linke se redujo a 28 de los 736 diputados del Bundestag, frente a los 78 de la ultraderechista Alianza por Alemania (AfD). Una de las razones de la marcha de estos 10 diputados es que consideran que Die Linke ha perdido el contacto con su base obrera, cuya descomposición por los temas de la guerra y la inflación ha llevado a muchos de ellos a los brazos de la AfD. La nueva formación está liderada por Sahra Wagenknecht (nacida en 1969), una de las políticas más dinámicas de su generación en Alemania y antigua estrella de Die Linke, y Amira Mohamed Ali. Se llama Alianza Sahra Wagenknecht por la Razón y la Justicia (Bündnis Sahra Wagenknecht, BSW) y se lanzó a principios de enero de 2024.

Los antiguos compañeros de Wagenknecht en Die Linke la acusan de "conservadurismo" por sus opiniones sobre la inmigración en particular. Sin embargo, como veremos, Wagenknecht refuta esta descripción de su enfoque. La descripción de "conservadurismo de izquierdas" (articulada por el profesor holandés Cas Mudde) se utiliza con frecuencia, aunque sus críticos no la desarrollan. Hablé con Wagenknecht y su estrecho aliado, Sevim Dağdelen, sobre su nuevo partido y sus esperanzas de impulsar una agenda progresista en Alemania.

Contra la guerra

El núcleo de nuestra conversación giró en torno a la profunda división que existe en Alemania entre un gobierno -dirigido por el socialdemócrata Olaf Scholz- deseoso de continuar la guerra en Ucrania, y una población que quiere que esta guerra termine y que su gobierno afronte la grave crisis de inflación. El meollo de la cuestión, según Wagenknecht y Dağdelen, es la actitud ante la guerra. Die Linke, argumentan, simplemente no se pronunció con firmeza contra el respaldo occidental a la guerra en Ucrania y no articuló la desesperación de la población. "Si defiendes la guerra económica autodestructiva contra Rusia, que está empujando a millones de personas en Alemania a la penuria y provocando una redistribución ascendente de la riqueza, entonces no puedes defender de forma creíble la justicia social y la seguridad social", me dijo Wagenknecht. "Si defiendes políticas energéticas irracionales, como traer energía rusa más cara a través de India o Bélgica, mientras haces campaña para no reabrir los gasoductos con Rusia para obtener energía barata, entonces la gente simplemente no creerá que defiendes a los millones de empleados cuyos puestos de trabajo están en peligro como resultado del colapso de industrias enteras provocado por el aumento de los precios de la energía".

El índice de aprobación de Scholz está ahora en el 17%, y a menos que su gobierno sea capaz de resolver los acuciantes problemas engendrados por la guerra de Ucrania, es poco probable que pueda revertir esta imagen. En lugar de intentar impulsar un alto el fuego y las negociaciones en Ucrania, la coalición de Scholz formada por los socialdemócratas, los verdes y los demócratas libres, dice Dağdelen, "está intentando comprometer al pueblo de Alemania en una guerra global junto a Estados Unidos en al menos tres frentes: en Ucrania, en Asia Oriental con Taiwán y en Oriente Medio al lado de Israel". Es elocuente que la ministra de Asuntos Exteriores Annalena Baerbock incluso impidiera un alto el fuego humanitario en Gaza en la cumbre de El Cairo" en octubre de 2023.

De hecho, en 2022, el primer ministro de Turingia y líder de Die Linke, Bodo Ramelow, declaró a Süddeutsche Zeitung que el gobierno federal alemán debía enviar tanques a Ucrania. Cuando Wagenknecht calificó a Gaza de "prisión al aire libre" en octubre de 2023, el líder del grupo parlamentario Die Linke, Dietmar Bartsch, dijo que se "distanciaba fuertemente" de ella (la frase "prisión al aire libre" para describir Gaza es muy utilizada, incluso por Francesca Albanese, relatora especial de la ONU sobre la situación de los derechos humanos en los Territorios Palestinos ocupados desde 1967). "Tenemos que señalar lo que está ocurriendo aquí", me dice Dağdelen. "Es nuestro deber organizar la resistencia a este colapso de la postura antibelicista de Die Linke. Rechazamos la implicación de Alemania en las guerras por poderes de Estados Unidos y la OTAN en Ucrania, Asia Oriental y Oriente Medio."

Polémicas

El 25 de febrero de 2023, Wagenknecht y sus seguidores organizaron una protesta contra la guerra en la Puerta de Brandemburgo de Berlín que congregó a 30.000 personas. La protesta siguió a la publicación de un "manifiesto por la paz", redactado por Wagenknecht y la escritora feminista Alice Schwarzer, que ya ha conseguido más de un millón de firmas. The Washington Post informó sobre esta manifestación con un artículo titulado "El Kremlin intenta crear una coalición antibelicista en Alemania". Dağdelen me dice que el grueso de los asistentes a la concentración y de los que firmaron el manifiesto pertenecen a los "campos centrista, liberal y de izquierdas." Un conocido periodista de extrema derecha, Jürgen Elsässer, intentó participar en la manifestación, pero Dağdelen -como muestran las imágenes de vídeo- discutió con él y le dijo que se marchara. Todo el mundo menos la derecha, dice, era bienvenido a la manifestación. Sin embargo, tanto Dağdelen como Wagenknecht afirman que su antiguo partido -Die Linke- intentó obstaculizar el mitin y los demonizó por celebrarlo. "La difamación pretende crear un enemigo interno", me dijo Dağdelen. "Vilipendiar las protestas pacifistas pretende desanimar a la gente y, al mismo tiempo, movilizar el apoyo a políticas gubernamentales repugnantes, como el suministro de armas a Ucrania".

Parte de la polémica en torno a Wagenknecht gira en torno a sus opiniones sobre la inmigración. Wagenknecht se declara partidaria del derecho de asilo político y afirma que las personas que huyen de la guerra deben recibir protección. Pero sostiene que el problema de la pobreza mundial no puede resolverse con la inmigración, sino con políticas económicas sólidas y el fin de las sanciones a países como Siria. Una auténtica izquierda, dice, debe atender la llamada de alarma de las comunidades que piden el fin de la inmigración y se acercan a la ultraderechista AfD. "A diferencia de la dirección de Die Linke", me dijo Wagenknecht, "no pretendemos dar por perdidos a los votantes de AfD y limitarnos a observar cómo sigue creciendo la amenaza de la derecha en Alemania. Queremos recuperar a los votantes de la AfD que se han ido a ese partido por frustración y en protesta por la falta de una oposición real que hable en nombre de las comunidades."

El objetivo de su política, dijo Wagenknecht, no es tanto la anti-inmigración como atacar la postura anti-inmigración de la AfD al mismo tiempo que su partido trabajará con las comunidades para entender por qué están frustradas y cómo su frustración contra los inmigrantes es a menudo una frustración más amplia con los recortes en el bienestar social, los recortes en la financiación de la educación y la salud, y en una política arrogante hacia la migración económica. "Es revelador", dijo, "que los ataques más duros contra nosotros provengan de la extrema derecha". No quieren, señala, que el nuevo partido desvíe el argumento de un estrecho enfoque antiinmigración hacia una política a favor de la clase trabajadora.

Los sondeos muestran que el nuevo partido podría obtener el 14% de los votos, lo que triplicaría la cuota de Die Linke y convertiría a BSW en el tercer partido más grande del Bundestag." 

(Traducción realizada con la versión gratuita del traductor DeepL.com)