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28.5.26

Laudatio a Pedro Sánchez de un empresario del calzado, ni más ni menos: “Afortunadamente el gobierno acaba de aprobar la regularización de medio millón del migrantes... Cuando vas a nuestra fábrica solo ves gente de fuera, lo mismo que en los restaurantes. Todos queremos ser abogados, ingenieros, bomberos, mossos de esquadra, nadie quiere estar en una fábrica o en una tienda. Los extranjeros son los que nos están sacando las castañas del fuego a los empresarios... Que o subimos el salario mínimo o la gente no va a poder comprar nuestras zapatillas. No te digo que nos desmadremos, pero no hay otra vuelta de hoja... No tengo ningún problema en reconocer que igual tenemos al mejor presidente de la historia. Que se haya enfrentado al presidente americano y que diga que él decide el presupuesto del país y no otros, teniendo en cuenta que (Trump) organizó un golpe de Estado con la entrada en el Capitolio… nos guste o no nos guste, lo hayamos votado o no, me parece de lo más sensato. Aparte de que hay una cosa que me fascina del presidente del Gobierno español, implementa un discurso y la oposición solo lo puede rebatir. No tienen nada que aportar, solo dicen que les parece mal. Ha sobrevivido a Susana Díaz, se ha reunido con los catalanes, ha sido apoyado por Bildu… Es que es como los de The Walking Dead, se levanta de las cenizas y consigue hacerlo mejor" (Xavi Berneda)

 "Xavi Berneda (Sant Boi de Llobregat, 55 años) es consejero delegado pero se presenta en redes sociales como “il piu grande Capo” de la marca de zapatillas Munich. Perteneciente a la tercera generación de zapateros, es un polvorín como conversador. Salvo del Barça, en la charla sale un poco de todo mientras bebe un café solo y agua con gas. Oficio, política, familia se mezclan sin solución de continuidad. Antes, mientras posa para las fotos, bromea: “Sácame guapo que tengo que ligar”.

Pregunta. Duerme en un hostal cada vez que viene a Madrid.

Respuesta. Y he venido en metro. ¿Por qué tengo que coger un hotel de cinco estrellas si hay un hostal fabuloso de un amigo mío arquitecto, cuando voy solo a dormir porque mañana tengo el vuelo a las 7.05 a Barcelona? No es postureo, es que hay que ser sostenible y solo puedo exigir ahorro y decoro a los demás si yo lo aplico. Mi abuelo decía que ninguna empresa se arruina por comer y dormir bien. Otra cosa es quemar dinero.

P. “Las empresas tienen que estar al lado del pueblo”, dijo en otra entrevista.

R. Al lado del trabajador, del pueblo, del territorio… Es que nuestro primer cliente es nuestro empleado. Mejor no darle tantas vueltas a cuánto facturamos, sino a cuánta gente damos trabajo. Cuando dije esa frase la situación no era como la de ahora. Tenemos un absentismo laboral muy alto, por ejemplo. Afortunadamente el gobierno acaba de aprobar la regularización de medio millón del migrantes. Pero hay otra conversación en torno a todo esto. Se me ocurre, por ejemplo, si quieres que tu hijo trabaje en una fábrica de calzado.

P. Respóndame a su propia pregunta.

R. Cuando vas a nuestra fábrica solo ves gente de fuera, lo mismo que en los restaurantes. Todos queremos ser abogados, ingenieros, bomberos, mossos de esquadra, nadie quiere estar en una fábrica o en una tienda. Los extranjeros son los que nos están sacando las castañas del fuego a los empresarios. He sido presidente de la patronal de deportes durante ocho años.

P. ¿Qué puede contarme esa experiencia?

R. Que o subimos el salario mínimo o la gente no va a poder comprar nuestras zapatillas. No te digo que nos desmadremos, pero no hay otra vuelta de hoja. Para mí no es bandera lo que pueda decir el presidente de la CEOE, no lo he votado.

P. Pertenece a la tercera generación de zapateros. ¿Cuántas veces le han dicho eso de que la primera monta la empresa, la segunda la lleva al éxito y la suya se la carga?

R. Desde que nací. Recuerdo que antes de un vuelo a China me compré un libro sobre la sucesión en la empresa familiar. Hablaba de ocho errores y yo determiné que nosotros teníamos dos más de los que estaban en ese libro (risas). Matemáticamente es imposible que yo sea el mejor gestor porque sea el hijo de, como si fuera un Borbón. Nuestro trabajo es un oficio, hacemos zapatos.

P. ¿Usted sabe hacerlos?

R. Claro. Me castigaron yendo a hacer caucho a Alicante porque era mal estudiante. Circulé por ocho o nueve colegios, algunos por cambio de residencia. La gente dice que tengo hiperactividad, pero yo creo que hablo rápido, poco más.

P. ¿Sus hijos saben hacerlos?

R. No sé si después de esto iré a la cárcel, pero tienen la obligación desde los diez años de ir como mínimo una semana a la fábrica a poner cordones, hacer selección de producto, suelas…

P. ¿Tiene buena relación con ellos?

R. En aquel momento no, porque la fábrica funciona de seis de la mañana a dos de la tarde, y el conductor que los llevaba salía a las 4:45 de la mañana. Muy contentos no iban, vamos. Un hijo está en la empresa, una hija hace la carrera y trabaja en una tienda, pero no quiere decir quién es, a la otra también la tengo entrando y saliendo y con la universidad. Como mínimo que aprendan el oficio que les ha proporcionado el agua caliente en casa.

P. Cuando nos hemos saludado le he preguntado cómo estaba y me ha dicho: “Yo bien, la empresa no tanto”.

R. La situación coyuntural es una crisis de civilización, no he visto una cosa igual en mi vida. Si tenemos unos precios de alquiler del metro cuadrado imposibles, la gente tiene que destinar ese presupuesto para poder vivir. Hemos echado de las ciudades a la gente, y en el caso de Barcelona se nos caen los trenes, con lo que ir a trabajar nunca te lleva menos de una hora. Comprar, que es algo del precortex frontal, puro placer, deja de serlo. Por eso se refugian en el oro y la plata. No hace falta que te de más datos de la foto. Vamos a fogonazos, no hay estabilidad. Y tenemos un presidente estadounidense que ha invadido ya unos cuantos países.

P. En redes sociales habla mucho del Barça y de política.

R. No tengo ningún problema en reconocer que igual tenemos al mejor presidente de la historia. Que se haya enfrentado al presidente americano y que diga que él decide el presupuesto del país y no otros, teniendo en cuenta que (Trump) organizó un golpe de Estado con la entrada en el Capitolio… nos guste o no nos guste, lo hayamos votado o no, me parece de lo más sensato. Aparte de que hay una cosa que me fascina del presidente del Gobierno español, implementa un discurso y la oposición solo lo puede rebatir. No tienen nada que aportar, solo dicen que les parece mal. Ha sobrevivido a Susana Díaz, se ha reunido con los catalanes, ha sido apoyado por Bildu… Es que es como los de The Walking Dead, se levanta de las cenizas y consigue hacerlo mejor." 

(Entrevista a Xavi Berneda, Ángeles Caballero , El País, 27/05/26)  

14.4.25

"Muchos responsables políticos chinos estudiaron aeronáutica y astronáutica, y tienen experiencia en informática, tecnología nuclear y aeroespacial, construcción naval, 5G, robótica, ciencia de los materiales, ciencias de la vida, ciencias ambientales e inteligencia artificial. La élite estadounidense está más financiarizada... Las élites financiarizadas eligieron prioridades que no eran las mejores ni para sus países ni para las clases medias y trabajadoras de estos. Su conocimiento no estaba centrado en crear productos y servicios, sino en hacer malabares con cifras; no generaban valor, lo extraían. Eligieron las fusiones y adquisiciones como forma de crecimiento, gestionaron las empresas para que ofrecieran rentabilidad a los accionistas, incluso a costa del futuro de sus firmas... Los dirigentes políticos no solo no impidieron que esa mala dirección se desarrollase, sino que tomaron nota de los métodos y los fueron aplicando en la gestión de sus Estados. El caso alemán es evidente en este sentido, lo que ha provocado gran parte de las debilidades europeas en esta época... quizá no sean las clases trabajadoras las que tengan que formarse para la nueva época, sino las élites: los directivos chinos han demostrado ser más eficientes y han llevado a su país desde un lugar muy secundario en la escena económica internacional a convertirse en la segunda potencia del mundo. Su ascenso es tal que EEUU se ha visto obligado a reaccionar para no perder su lugar dominante. Desde luego, no cabe olvidar que las sacudidas políticas en Occidente han venido causadas por un modo de gestión de la economía que ha llevado a que sus poblaciones, a través de sucesivas crisis, perdieran poder adquisitivo, estén económicamente presionadas y hayan perdido la confianza en el futuro... la llegada de Trump ha aliviado a las élites occidentales... luchar contra Trump permite que no tengan que afrontar sus propias contradicciones. Por eso están contentas con el nuevo presidente estadounidense: les autoriza a tapar sus enormes errores... Las mayores críticas que se han proferido respecto de la actuación trumpista han provenido de millonarios con activos en las bolsas y de expertos de prestigio de administraciones estadounidenses precedentes. Justo esas personas cuyas ideas nos trajeron hasta aquí (Esteban Hernández)

 "Los memes y los vídeos creados por los chinos (y la IA) para burlarse de la relocalización de las fábricas en EEUU muestran a trabajadores con un evidente sobrepeso, habilidades casi nulas y una actitud patentemente pasiva. Es una manera de subrayar la imposibilidad del propósito trumpista. EEUU carece de la ética del trabajo y de la fortaleza cultural con la que cuentan los chinos y el declive en ese sentido es tan notorio que, incluso teniendo opciones comprobables para repatriar la producción, la incapacidad de sus poblaciones la haría imposible.

Lo curioso es hasta qué punto, más que difundir una creencia china, estos vídeos reflejan una mentalidad occidental, en concreto la de sus élites. Trump quiere relocalizar las fábricas, pero no es posible: nadie quiere trabajar en empleos industriales. Quieren llevar zapatillas Nike, no hacerlas. Pero, si se vieran obligados, tampoco estarían preparados porque carecen de la cualificación y de la actitud necesarias. Esa mirada de las élites occidentales sobre su población es la que construye la propaganda de Pekín, que juega las cartas que le proporcionan.

Los chinos no se pegan

Un artículo de Molson Hart, empresario que fundó la compañía tecnológica Edison y actual CEO de Viahart, una firma de juguetes, retrata esa mentalidad en términos muy expresos:

“En China, nadie tiene sobrepeso para trabajar. Los trabajadores no se marchan furiosos a mitad del turno para no volver jamás a su trabajo. No hay gente que insista en que le paguen en efectivo para conservar sus prestaciones por discapacidad, mientras hacen acrobacias en la fábrica que los trabajadores sin discapacidad no pueden hacer.

"Los chinos no se quedan dormidos en una caja a mitad del turno porque su paga de ayer se convirtió en pastillas"

Los trabajadores chinos son mucho menos propensos a pegarse o a agredir a sus jefes. No se toman descansos de 30 minutos para ir al baño durante el horario de trabajo. No suelen renunciar porque la madre de sus hijos, que vive fuera del Estado, descubrió que su ex tiene un nuevo trabajo y exige el 60 % de su salario como manutención infantil. No desaparecen por haberse drogado con metanfetamina. Y no se quedan dormidos en una caja a mitad del turno porque su paga de ayer se convirtió en pastillas.

Y conoce las tablas de multiplicar. Para fabricar, es necesario leer en inglés y poder multiplicar 7 por 9 de forma precisa, y una proporción alarmantemente grande de la fuerza laboral estadounidense no puede hacerlo”.

China posee unos valores que dan forma a una sociedad más cohesiva, más ordenada y más centrada en el esfuerzo y el sacrificio, lo que le brinda una ventaja significativa en esta época. Pero si eso fuera cierto, ¿por qué reducir los efectos de tal conclusión a los trabajadores? De hecho, esa superioridad también podría formularse de otra manera.

La otra versión

Los directivos y los expertos que tienen influencia en la dirección de empresas chinas son personas que piensan en el medio plazo de sus firmas en lugar de centrarse únicamente el bonus anual. No son personas que se reúnan en burbujas alejadas de la realidad, cuyo único objetivo es aparentar, sentirse superiores a los demás y despellejar al ausente. No privilegian el peloteo y la traición para ascender en lugar de tratar de mejorar su aptitud profesional. No son gente a la que su origen y sus apellidos les proporcionan las oportunidades para triunfar en su carrera. No son personas incapaces de ver una buena idea ni aunque se la peguen en la nariz.

No privilegian sus intereses personales por encima del de la compañía ni tratan de culpar a otros de sus errores

No aprendieron en un MBA recetas de gestión que aplican a toda clase de situaciones: los chinos saben que los problemas tienen diferentes vías de solución y tratan de aplicar la más provechosa para su firma y para su país. No privilegian sus intereses personales por encima del de la compañía. No tratan de evitar sistemáticamente la responsabilidad de los errores. No desaparecen del trabajo para irse a jugar al golf o a visitar a su amante. No descuidan su tarea porque su mente está ocupada con lo que su exmujer les puede sacar con el divorcio. No bajan su rendimiento porque la noche anterior estuvieron de fiesta y se les fue de las manos. No contratan a proveedores por la comisión que se van a llevar, sino que privilegian las necesidades de su compañía.

Todas estas cosas ocurren en algún momento de la vida de las firmas occidentales, al igual que todas las que describía el empresario respecto de los trabajadores también suceden en algún instante. Pero inferir de esta pluralidad de situaciones las cualidades esenciales de las clases dirigentes occidentales sería utilizar la brocha gorda; la misma que emplean estas cuando hablan de su población.

La decadencia de los gestores occidentales

El desdén que las élites muestran respecto de sus conciudadanos con menos recursos no es solo clasismo; también resulta interesado. Los mismos argumentos que sirvieron para justificar la deslocalización de los trabajos industriales, relativos a una clase trabajadora poco cualificada, vaga y demasiado exigente en cuanto a sus derechos, son los que reaparecen con la negativa a reindustrializar. No se trata tanto de defender el orden internacional basado en reglas como el orden basado en el beneficio propio. Lo que ocurre es que tratar de mantener este a partir de una descripción tan poco favorecedora de su gente, esa que después introduce papeletas en las urnas, no parece buena idea. Y tampoco tiene demasiada coherencia: si se retrata de una manera tan decadente a las poblaciones occidentales, es difícil establecer un cortafuegos respecto de las clases dirigentes; la decadencia no suele tener lugar por partes.

Algo de esto puede entreverse en el análisis de Simon Kuper en Financial Times: “La élite china presenta otras características inusuales. Sus miembros tienen más probabilidades que cualquier otra élite nacional de ser de origen rural, mientras que el 34 % estudió ingeniería, la proporción más alta después de Chile. Cheng Li, de la Brookings Institution, señala que muchos responsables políticos chinos estudiaron aeronáutica y astronáutica, y tienen experiencia en informática, tecnología nuclear y aeroespacial, construcción naval, 5G, robótica, ciencia de los materiales, ciencias de la vida, ciencias ambientales e inteligencia artificial. La élite estadounidense está más financiarizada”.

Su conocimiento no estaba centrado en crear productos y servicios, sino en hacer malabares con cifras; no generaban valor, lo extraían

Esta es una clave que no debe dejarse de lado, porque en ella residen algunas de las explicaciones más consistentes sobre los problemas occidentales. Las élites financiarizadas eligieron prioridades que no eran las mejores ni para sus países ni para las clases medias y trabajadoras de estos. Su conocimiento no estaba centrado en crear productos y servicios, sino en hacer malabares con cifras; no generaban valor, lo extraían. Eligieron las fusiones y adquisiciones como forma de crecimiento, gestionaron las empresas para que ofrecieran rentabilidad a los accionistas, incluso a costa del futuro de sus firmas, destinaron el capital a recompras de acciones antes que a la inversión, se olvidaron de inventar cosas y prefirieron asentar poderes monopolísticos u oligopolísticos para extraer rentabilidad. La forma abrumadoramente dominante para generar valor era rebajar costes, siguiendo las enseñanzas que habían adquirido en los MBA. El capital que se generaba iba a parar a las apuestas financieras o a los inmuebles. Inventaron algoritmos para extraer beneficios, no para crearlos. Los dirigentes políticos no solo no impidieron que esa mala dirección se desarrollase, sino que tomaron nota de los métodos y los fueron aplicando en la gestión de sus Estados. El caso alemán es evidente en este sentido, lo que ha provocado gran parte de las debilidades europeas en esta época.

¿Quién hizo a Trump?

Es curioso que, en momentos como el presente, se insista en que la reindustrialización no es el camino para que las clases trabajadoras mejoren su posición, sino la educación y la formación. Son afirmaciones que electoralmente no tienen mucho sentido, porque tanto Biden como Trump ganaron sus elecciones, prometiendo a sus ciudadanos, por caminos distintos, un impulso industrial y una mejora de sus condiciones de vida en lugar de repetir lo de “aprended a programar”.

Ese Trump al que tanto critican es un producto de las élites. No viene de la nada

En segunda instancia, quizá no sean las clases trabajadoras las que tengan que formarse para la nueva época, sino las élites: los directivos chinos han demostrado ser más eficientes y han llevado a su país desde un lugar muy secundario en la escena económica internacional a convertirse en la segunda potencia del mundo. Su ascenso es tal que EEUU se ha visto obligado a reaccionar para no perder su lugar dominante. Desde luego, no cabe olvidar que las sacudidas políticas en Occidente han venido causadas por un modo de gestión de la economía que ha llevado a que sus poblaciones, a través de sucesivas crisis, perdieran poder adquisitivo, estén económicamente presionadas y hayan perdido la confianza en el futuro.

Además, ese Trump al que tanto critican es un producto de las élites. Forma parte de ellas, no proviene de la nada. De manera que, si no les gusta lo que han generado, no pueden culpar a los demás de ello.

La inmovilidad es resistencia democrática

Lo curioso es que la llegada de Trump ha perturbado tanto como ha aliviado a las élites occidentales. La incomodidad proviene de que el presidente estadounidense está intentando acabar con las clases gestoras profesionales, que conforman buena parte de las élites actuales, y amenaza con alterar profundamente las posiciones de poder contemporáneas. Pero, al mismo tiempo, la nueva administración estadounidense genera una posición discursiva muy cómoda: luchar contra Trump permite que no tengan que afrontar sus propias contradicciones. Por eso están contentas con el nuevo presidente estadounidense: les autoriza a tapar sus enormes errores.

Esta es otra época, y lo es porque la anterior no funcionaba. Trump es una respuesta, buena o mala (como la considere cada cual), a un problema estadounidense de pérdida de hegemonía, pero también una contestación a un sistema en el que cada vez confían menos personas. Entender esto es crucial para abordar los desafíos que vienen, que son profundos. En lugar de prepararse para el nuevo contexto, de entender cuáles son los problemas internos y externos que Occidente afronta (en especial Europa) y qué vías de salida se pueden construir, las élites liberales “confunden el eco de una cafetería londinense con la voz del reino” y se limitan a menospreciar e insultar a Trump. Se quedan parados y llaman resistencia a la inmovilidad.

Las mayores críticas que se han proferido respecto de la actuación trumpista han provenido de millonarios con activos en las bolsas y de expertos de prestigio de administraciones estadounidenses precedentes. Justo esas personas cuyas ideas nos trajeron hasta aquí.

Es bastante cómodo apuntar con el dedo en lugar de reconocer que las ideas occidentales necesitan una revitalización y que nuestras élites ni están preparadas ni están preparándose para ello. Su desorientación y su ausencia de proyecto son proporcionales al volumen de sus gritos contra Trump. Todo lo que repiten, envuelto en grandes palabras, es que se debe volver al pasado, y eso ya no es posible. Los progresistas abrazan el capitalismo financiero como si fuera la máxima expresión de la democracia y los conservadores se apuntan al neoliberalismo tecnologizado. Este combate dialéctico feroz entre las élites de antaño y las trumpistas va a ayudar a las poblaciones europeas en muy poco. Y a las españolas, para qué contar."                 (Esteban Hernández , El Confidencial, 14/04/25)

24.6.21

Japón propone semana laboral de cuatro días para evitar estrés e impulsar la economía

 "Los políticos esperan ahora convencer a los directivos de que la flexibilidad de horarios, el  trabajo a distancia,  la creciente interconexión y otros muchos avances pueden ser beneficiosos si se mantienen incluso después de la salida de la crisis sanitaria.

En el esbozo de su campaña, el Gobierno de Japón afirma que con una semana laboral de cuatro días las empresas podrán retener a personal capaz y con experiencia que, de otro modo, tendría que irse si quiere formar una familia o cuidar de parientes mayores. También alentará a más personas a obtener cualificaciones educativas adicionales, e incluso a realizar trabajos secundarios además de su  empleo habitual, añadió. También importante: las autoridades esperan que un día libre más a la semana anime a la gente a salir y gastar, impulsando así la economía.

Tiempo para casarse y tener hijos

También se prevé que los jóvenes tengan más tiempo para conocerse, casarse y tener hijos, lo que contribuirá a resolver el problema de la baja la natalidad y el envejecimiento de la población.

"El gobierno tiene mucho interés en que este cambio de actitud se arraigue en las empresas japonesas", dijo a DW Martin Schulz, economista jefe de políticas de la Unidad de Inteligencia de Mercado Global de Fujitsu Ltd.

Las últimas administraciones japonesas han buscado acelerar la economía nacional, pero la política fiscal y el banco central tienen limitadas herramientas. Eso hace que las reformas de los estilos de vida y de trabajo de millones de japoneses sean su próximo enfoque, dijo.

 "Durante la pandemia, las empresas han cambiado su forma de trabajar, y están viendo un aumento gradual de la productividad", dijo Schulz. "Las empresas están haciendo que sus empleados trabajen desde casa o a distancia, en oficinas satélite o en las instalaciones de sus clientes, lo que puede resultar mucho más cómodo y productivo".

Escasez de mano de obra

Fujitsu ha aprovechado la oportunidad, señaló Schulz, ya que la empresa ha reducido el espacio de las oficinas de su sede en Tokio en un 50%, a medida que se desplaza hacia el trabajo a distancia. Sin embargo, los planes del gobierno tienen sus inconvenientes, ya que Japón está sufriendo una escasez de mano de obra provocada por la disminución de jóvenes que se incorporan al mercado laboral.

Asimismo, existe la preocupación de que los directivos se muestren reacios a eliminar algunas de las actitudes empresariales. Los empleados, por su parte, encuentran atractiva la idea de una semana laboral más corta, pero les preocupa la reducción de los salarios y las acusaciones de que no están totalmente comprometidos con su empresa.

Uno de los mayores problemas de los jóvenes hoy en día son las horas extras no pagadas, conocidas como "horas extras de servicio". La empresa a la que se incorporará Shigeno, un joven consultado por DW, le ha prometido que nunca tendrá que hacer más de 15 horas extra al mes. Algunas empresas exigen unas 60 horas extras al mes. (...)"                (DW, 22/06/21)

18.5.21

Un CEO de una empresa de publicidad que se jubila, dice: “Si podemos pagar más a la gente, dar más estabilidad, más consumo, hace crecer al país, nos viene bien, la gente consume más”. Los otros CEOs dicen que tiene razón pero si hacen eso los echan...

 "También hemos visto una preocupación en las grandes empresas, en Davos, por la sostenibilidad, por cierta desigualdad. Directivos de grandes empresas que dicen que el capitalismo no funciona.

Hace poco recordaba un artículo que publiqué hace tres años donde había declaraciones de varios directores de empresas británicas diciendo lo mismo. La cuestión es que creo que son sinceros. El que dirige una gran empresa no es el que tiene poder de decisión real. Hace unos meses el fondo Blackrock convocó a la gente del Ibex. Larry Fink dijo “mañana a las cinco os ponéis todos a escucharme”. Y el Ibex va. 

El CEO es un tipo que cumple unas órdenes, unos objetivos. Si es eficiente persistirá en el cargo; si no, no. Es otra lógica a la que había antes. Tú eres el gestor. Lo ven en términos profesionales: “Yo sé que para que a esta empresa le vaya bien a medio plazo tengo que hacer esto”. Pero si lo hago me despiden, así que me centro en lo que me permite seguir en el poder. No es retórica, lo dicen de verdad.

En el libro Capitalistas, ¡levantaos! (Capitalists, arise!), un CEO de una empresa de publicidad que se jubila va a ver amigos suyos, que trabajaban en grandes empresas. Dice: “Si podemos pagar más a la gente, dar más estabilidad, más consumo, hace crecer al país, nos viene bien, la gente consume más”. Los otros CEOs dicen que tiene razón pero si hacen eso los echan. En privado te doy la razón pero en público no lo hago.  (...)"                     (Entrevista a Esteban Hernández, Daniel Gascón, letras libres, 06/04/21)

3.2.21

Después de GameStop. La semana pasada, ciudadanos comunes respondieron a las desigualdades sistémicas con una campaña populista basada en el mercado para alterar los mecanismos de acumulación de las elites –y enviaron un mensaje contundente sobre la necesidad de un nuevo modelo de gobernanza corporativa que dependa de un criterio humano

 "La semana pasada, una rebelión populista alimentada por las redes sociales se apoderó de los mercados de capital. Los inversores minoristas compraron cantidades inmensas de acciones de compañías en problemas como GameStop, AMC y BlackBerry (entre otras). Querían ganar dinero. Pero, más que eso, querían castigar a las elites financieras, como los fondos de cobertura, que habían venido apostando al derrumbe de las compañías. 

 El castigo funcionó: el 27 de enero, los inversores que habían tomado posiciones cortas sobre GameStop perdieron 14.300 millones de dólares. Pero la verdadera historia no es quién perdió (o ganó) dinero en una serie de operaciones bursátiles. Lo importante es que el modelo prevaleciente de gobernanza corporativa moderna está al borde de un cambio sísmico. 

(...) parece más evidente que nunca que el experimento de varias décadas de Estados Unidos con la gobernanza corporativa basada en las acciones ha fracasado. Esto es bueno: viendo las cosas con perspectiva, es claro que esta estrategia equivalió a una abnegación del liderazgo del sector privado. 

Con su mirada entrenada para ver los precios en alza de las acciones, las juntas corporativas, en su inmensa mayoría, no han sabido anticipar –o quizás inclusive reconocer- el surgimiento de amenazas para el éxito de sus empresas y para la prosperidad en general. Estas amenazas incluyen el cambio climático, el flagelo de la discriminación racial y de género y la altísima desigualdad de ingresos y riqueza (un posible motor de la rebelión de GameStop). 

La crisis del COVID-19 ejemplifica el problema. Durante décadas, las empresas habían adoptado con entusiasmo cadenas de suministro remotas e inseguras. No se prepararon en absoluto para una pandemia, a pesar de las advertencias de los expertos de que una pandemia era inevitable. Los precios de sus acciones no reflejaban los riesgos; por el contrario, se beneficiaban de márgenes de ganancias más altos. Así que, cuando estalló la pandemia, las empresas esencialmente no sabían qué hacer.

 (...) Es hora de que los directores corporativos abandonen su miopía del mercado bursátil y renuncien a un liderazgo pasivo. Esto implica reconocer los cambios disruptivos en marcha, involucrarse más con los ejecutivos y los trabajadores, desarrollar estrategias más holísticas y con miras a futuro y organizar los recursos humanos y de capital de sus empresas para fomentarlos. 

En resumen, las juntas deben ejercer su propio poder legal para aprender, trazar estrategias y liderar. Las nuevas estrategias corporativas, por sobre todas las cosas, deben mejorarse tecnológicamente y en base a información. Afortunadamente, gracias a una analítica de software radicalmente mejorada, las juntas ahora pueden adentrarse en los datos corporativos para obtener información valiosa e identificar nuevos interrogantes. Las juntas fracasan si les permiten a los CEO capturar información corporativa y sesgar su presentación a los directores. 

De esta manera, algunas juntas ya están avanzando más allá del modelo limitado del consejo de supervisión y establecen procesos mejorados de información y comunicación para evaluar riesgos y oportunidades de manera más tridimensional. El énfasis en el criterio humano y a nivel directivo también es un rechazo de interpretaciones futuristas de una gobernanza corporativa pasiva, impulsada por la tecnología basada en algoritmos. Los datos no son una panacea, como resulta evidente a partir de las alteraciones sociales y políticas generadas por Facebook y Google.

 La clave consiste en fusionar mejores datos desde el interior de la firma con una deliberación sincera y minuciosa sobre cómo un mundo cambiante afecta el futuro de la empresa. Eso no sucede si las juntas utilizan los precios de las acciones como atajos.Con suerte, la caída del consejo de supervisión conducirá a una nueva conversación nacional sobre qué hace falta realmente para liderar las grandes compañías, especialmente en medio de graves fallas políticas. 

En tanto la pertenencia a una junta se torne cada vez más exigente, los directores individuales tendrán que desempeñarse en menos juntas. Esto abrirá el campo de la gerencia directiva a nuevas voces –idealmente, más jóvenes y más diversas. (...)

La semana pasada, ciudadanos comunes y corrientes respondieron a las desigualdades sistémicas con una campaña populista basada en el mercado para alterar los mecanismos de acumulación de las elites –y enviaron un mensaje contundente sobre la necesidad de un nuevo modelo de gobernanza corporativa que dependa de un criterio humano y a nivel directivo, no sólo de los precios de las acciones-. Después de décadas de pasividad, ha llegado la hora de que los directores lideren."               (

28.4.17

“Hay que liberar las energías, dejar de proteger a los que no pueden y no tendrán éxito”... ¿Trump, Macron? Macron

"No existe candidato que represente de forma más apropiada el intento por redefinir el ideal del capitalismo en el siglo XXI como Emmanuel Macron. (...) 

La nación francesa parece volver a marchar a la vanguardia de su tiempo bajo la curiosa dicotomía presentada por las élites mediáticas e intelectuales: el nuevo fascismo del Frente Nacional o ese joven heraldo de un capitalismo renovado. Léase, digitalizado. “Emmanuel Macron o Marine Le Pen, elijan”.

En un tiempo en el que el temor a la robotización planea sobre nuestras cabezas, los algoritmos y la inteligencia artificial comienzan a reemplazar la decisión individual, Emmanuel Macron idealiza la automatización en la gestión política. Es un “autómata, un robot construido en un laboratorio para que parezca un ser humano agradable”, ha apuntado Suzi Weissman.

Pero algo no pinta bien. Y ese algo es el inconformismo con la dialéctica del “sentido común” con el que trata de venderlo el establishment europeo. No es de extrañar entonces que Weissman también expresara que el candidato francés le recuerde a Tony Blair. 

Recientemente, el exprimer ministro británico resumió en el New York Times la nueva agenda que el centro político tendría a bien implementar: “Debe haber una alianza entre los que impulsan la revolución tecnológica, tanto en Silicon Valley como en otros lugares, y los responsables de las políticas gubernamentales”. (...)

Después, ya convertido en ministro de Economía, Industria y Digital, propuso la Ley de Nuevas Oportunidades Económicas (NOÈ), una suerte de flexibilización digital del mercado laboral para ensalzar aún más la figura del emprendedor. “El emprendimiento encarnado por la tecnología francesa es parte de la solución a la crisis de nuestra sociedad”, declaró.

Se trataba de incorporar en el marco jurídico lo que Pierre Dardot y Christian Laval definieron en términos foucaltinos como la “gubernamentalidad emprendedora”. Así, el discurso neoliberal de Macron no se articula con un llamamiento al mercado sino que, con la excusa del mundo digital, trata de convertir la actividad estatal en la continuación de un autogobierno en el que los ciudadanos se comportan cual empresarios.

Como lo expresaron ambos autores, el modo de gobierno específico en esta forma de entender el neoliberalismo “promueve la empresa al rango de modelo de subjetivación: todo el mundo es manejado como una compañía y es diseñado como capital para dar un fruto”.

Según señala una información de L’Expansion, para promocionar aquella legislación, el entonces cargo público realizó un maratón por Palo Alto en la que mantuvo encuentros, entre otros, con Astro Teller, director de Google X (rama semisecreta de la multinacional que se ocupa de los proyectos más futuristas), o el CEO de Apple, Tim Cook -con quien no trató el delicado tema de su ingeniería fiscal-. 

Tampoco es casualidad que se reuniera con Paul Duan, un emprendedor que utiliza los datos para resolver los problemas de la sociedad y que afirmó poder reducir el desempleo en Francia en un 10% gracias a un algoritmo de “matching profesional”.

Si el intelectual bielorruso Evgeny Morozov denunció en La locura del solucionismo tecnológico (Clave Intelectual, 2015) ese pensamiento mágico que trata de resolver todos los problemas del mundo con el uso de la tecnología o la mediación algorítmica, Morozov ofrece en un libro que se publicara en otoño la teoría de un “capitalismo del click” fundamentado por el “extractivismo de datos”: el intento de Silicon Valley por recoger toda nuestra información para ofrecer después a las instituciones respuestas a funciones que corresponden a las políticas públicas. Ambas ideas parecer encajar con el pensamiento del candidato de En Marche!

Libertad, igualdad, fraternidad… e innovación

Pese a que aquella ley fuera denegada finalmente por el Elíseo, como aspirante no ha dejado pasar algunas oportunidades para reiterar sus intenciones. Cuando Donald Trump firmó su polémica orden ejecutiva sobre migración, el candidato francés se solidarizó con los emprendedores asentados en California. “Quiero que todos aquellos que representan la innovación y la excelencia en Estados Unidos escuchen lo que les decimos: desde el próximo mayo, tendréis la puerta abierta de Francia”, dijo.

En este sentido, el filósofo francés Éric Sadin ha sido quien mejor ha sabido entrever lo que trasciende a las ideas del más que posible futuro presidente de la República. En un ensayo reciente publicado y editado en francés expone lo que define como “la siliconización del mundo”, la inevitable convicción de que el modelo de Silicon Valley representa el horizonte insuperable de nuestro tiempo.

“Se trata de adornar un nuevo tipo de capitalismo con virtudes igualitarias en el que todo emprendedor tiene la capacidad de conectarse y florecer,” explica Sadin. “Pero, en realidad, es un modelo de civilización basado en la mercantilización completa de la vida y la organización de la sociedad automatizada mediante la fibra de alta velocidad”.  (...)

Como si fuera la viva imagen de las teorías denunciadas por Morozov y Sadin, el programa de Macron presenta soluciones semejantes para afrontar los cambios del nuevo siglo. “Lo digital no es una industria: es una transformación profunda de la forma de producir, consumir, aprender, trabajar; de vivir con sencillez,” reza su propuesta para digitalizar la organización social francesa, incluidos los servicios públicos.

Sus planteamientos ofrecen pocos visos para creer que revertirá la estructura de privatización de los últimos años, pero sí para pensar que la retorcerá cediendo los datos de los ciudadanos para lo que espera sean “los nuevos titanes tecnológicos franceses”, como ya ha sucedido con el partenariado firmado entre el Servicio Nacional de Salud británico y Google DeepMind.

En suma, los planes de Macron están lejos de establecer un sistema social que afronte los riesgos derivados de la modernidad, sino de otorgarles un espacio digital privatizado dentro del cual los ciudadanos puedan asumir y afrontar dichos riesgos. Y una vez “liberada la innovación” de sus grilletes, quien no triunfe no merecerá ser sostenido por el Estado.

Así lo captó el corresponsal Rafael Poch durante un mitin reciente: “Hay que liberar las energías, dejar de proteger a los que no pueden y no tendrán éxito”, dijo Macron. Que este “manifiesto producto del marketing del establishment para hacer pasar continuidad por ruptura triunfe, sería algo sin precedentes en la historia de este país”, observaba Poch.

También que, por primera vez, la teología de Silicon Valley para la transición hacia un neoliberalismo digital pueda calar con tanta fuerza en una jefatura de Estado europea."                 (Ekaitz Cancela, Socialismo21, 23/04/17)

20.3.13

La organización empresarial debe concebirse como un entramado de contratos explícitos e implícitos y una red de confianza que se desarrolla en tanto que procesadora de conocimientos

"La competitividad de nuestra economía y la productividad del trabajo no sólo depende de los costes laborales y de los trabajadores, sino también, y de manera determinante, de la organización del trabajo, de la capacidad de innovación, del stock de capital de las empresas, de las capacidades de los directivos y de los aciertos de su gestión empresarial en un mercado globalizado.

La mayor parte de responsabilidad sobre la velocidad de crecimiento de la productividad corresponde a los que pueden tomar las decisiones sobre el cambio tecnológico, la inversión en la empresa y la apuesta por la formación y motivación del capital humano. Las reformas laborales no pueden ignorar esta cuestión crucial, casi siempre ignorada. (...)

Los directivos de las organizaciones están demostrando demasiadas veces comportamientos cortoplacistas ineficientes que dan lugar a resultados insostenibles para las empresas y para la economía del país. (...)

El abuso del poder de los directivos conduce a infravalorar sistemáticamente los rendimientos esperados de las inversiones a largo plazo en capital fijo, I+D+i, formación, etc. (...)

Casos como el de Bankia o el del Grupo Marsans nos muestran que más urgente que la manida reforma laboral destinada a mermar derechos a los trabajadores, es necesaria la reforma en el gobierno corporativo de las empresas. (...)

UNA NUEVA VISIÓN DE LAS EMPRESAS

Los activos físicos ya no son el recurso crítico. El trabajo ha aumentado su importancia, lo mismo que contar con una buena red de proveedores o socios comerciales y compartir tecnología, conocimiento, ideas y estrategias. Esos activos tienen capacidad de aumentar valor con independencia de los titulos legales de propiedad que muestren los accionistas de la firma. 

La creación de valor depende sobre todo de los recursos, competencias y evolución de la empresa, concebida como un conjunto coherente concretamente orientado a generar conocimientos y alcanzar una ventaja competitiva sostenible en el tiempo. Si esas relaciones se vuelcan a la apropiación del valor aportado por los otros componnetes de la sociedad, se entra en una espiral insostenible.  

En dicho contexto, se hace necesario el control de los recursos por parte de todos aquellos que están inmersos en el proceso de innovación, referido éste no sólo a aspectos tecnológicos sino también comerciales y de gestión. En consecuencia, un sistema de gobierno de la empresa que promueva la innovación exige más un control desde la organización que un control desde el mercado.

 Es decir, requiere situar el control estratégico dentro de la firma en manos de quienes tienen los incentivos y las capacidades para efectuar las inversiones exigidas por la innovación y participan en el aprendizaje organizacional, lo que obliga a ir mucho más allá del simple marco de los accionistas u otros proveedores de recursos financieros. 

 Esto demanda una redefinición del gobierno corporativo, para ajustarlo a un modelo de “producción en equipo” que tenga presentes las complejas aportaciones de múltiples partícipes, las diversas inversiones específicas, la función esencial del conocimiento y la noción de las capacidades organizacionales, dado el nuevo entorno económico en que se mueven las compañías. 

 La organización empresarial debe concebirse como un entramado de contratos explícitos e implícitos y una red de confianza que se desarrolla en tanto que procesadora de conocimientos.

 Entonces la compañía ha de velar por los intereses de cuantos contribuyen a la creación general de valor, potencian el aprendizaje de la organización y asumen riesgos no diversificables (específicos) a través de la realización de inversiones específicas en la empresa.  (...)

El desarrollo de relaciones de confianza basadas en consensos internos significa caminar en el sentido opuesto de la unilateralidad que representa la actual reforma laboral. (...)

El gobierno de la empresa es ahora tan importante en la economía mundial como la gobernanza de los países. Esperemos se aproveche la crisis como oportunidad y se produzcan estas reformas empresariales, encaminadas a conseguir más transparencia, más control de conductas oportunistas de los directivos y sobre todo más ética empresarial."           (Economistas frente a la crisis, 14/03/2013)

26.2.13

La desdichada rémora que nos paraliza es que hayamos confiado durante demasiado tiempo el poder económico a aquellos pocos que, llamándose a sí mismos empresarios, no saben hacer absolutamente nada

"De entre las mayores estafas de la transición española que siguió a la muerte de Franco, parece que nadie quisiera abordar la que probablemente reviste más gravedad: 
la pervivencia sin alteración alguna al frente de nuestra economía del mismo empresariado franquista, arcaico, burocratizado, esclerótico y esclavista que dominó el país por regalía del Estado durante décadas y que solamente había visto amenazados sus privilegios en los turbulentos pero esperanzadores años de la Segunda República.

 Un empresariado parasitario, rentista en el peor sentido de la palabra, compuesto por familias de ineptos y débiles mentales, al que nadie, y menos que nadie los grandes sindicatos, ha pedido cuentas nunca.(...)

 Por el contrario, los grandes empresarios españoles se limitan a contrataciones masivas de trabajadores sin derechos y con bajos salarios en los días de prosperidad, para luego despedirlos también masivamente cuando se precipita la crisis. 

De modo que jamás invierten en mejoras tecnológicas ni en empleo cualificado; pueden competir con los talleres multitudinarios de esclavos del Tercer Mundo, pero jamás podrán hacerlo con la moderna industria europea.

 Su participación en sectores tecnológicos más avanzados ha de basarse, significativamente, en la subcontratación, sobre todo para cazar las correspondientes subvenciones y desgravaciones fiscales. 

Las empresas alemanas representan a la moderna burguesía industrial centroeuropea en un mundo capitalista en crisis, por supuesto. Pero es que nuestra tragedia estriba en no haber alcanzado ni tal punto del desarrollo histórico; nosotros llamamos empresarios a un estamento que concibe su función de liderazgo social como la de señores feudales, o aún peor, porque ni siquiera asumen la obligación de proteger a sus vasallos de enemigos exteriores. 

Poco puedo decir yo de los empresarios alemanes; imagino que el profesor Höhler sabrá de lo que habla. Pero sí podría ofrecer, quizá, testimonio de cierto valor acerca de los empresarios españoles, con los que he tenido que tratar a lo largo de más de veinte años de ejercicio como funcionario de Hacienda (soy, efectivamente, un gastador de folios y bolígrafos, según la representación del universo de Joan Rosell). 

Mi experiencia, si es que posee algún valor, desmiente por completo la imagen habitual de los gestores de las grandes empresas privadas como águilas de las finanzas, incluso en la versión de ejecutivos despiadados y manipuladores geniales. La ética, desde luego, no es una virtud que uno vea florecer en demasía, pero tampoco el talento abunda. 

Gordon Gekko, el personaje de Michael Douglas en la película Wall Street , es una figura diabólica y épica que despierta en nosotros en idéntica proporción temor y reverencia, pero en nuestro país no se corresponde con ningún tipo real. En nuestra realidad, su lugar lo ocupan vulgares mamarrachos que basan su enriquecimiento en el tráfico de influencias facilitado por políticos y funcionarios convenientemente sobornados. 

Por supuesto, en este alto nivel, lo que llamo mi experiencia se limita a los efectos de las decisiones empresariales. Los ejecutivos no acostumbran a tratar personalmente con simples funcionarios gastadores de folios y bolígrafos. Pero la cosa no mejora mucho si se desciende al escalón de los abogados, los contables y los departamentos financieros, salvo honrosas excepciones.

 Desde el principio me pareció insólito el escaso esmero que nuestras empresas privadas ponen en la organización de sus cuentas. No es raro que, si uno desea conocer cómo se ha elaborado el balance de una sociedad mercantil, tenga que acabar hablando por teléfono con un administrativo o un auxiliar de la empresa porque el director financiero o el jefe de contabilidad no saben responder a preguntas concretas y elementales.

 No es raro tampoco que las empresas rehagan sus cuentas anuales varias veces, y tengan que depositar media docena de modificaciones en el Registro Mercantil en apenas unos meses e instar otras tantas rectificaciones completas de la declaración de Impuesto sobre Sociedades.

 Porque se ajustaron mal los desfases del Plan General Contable de 2007, porque no se saben calcular las provisiones, porque se ignora lo más básico del funcionamiento del IVA, porque se les colaron dos milloncitos en una amortización, o contabilizan invariablemente mal las primas que cobran los directivos, o porque, simplemente, alguien de la empresa olvidó formalizar la solicitud de devolución de medio millón de euros. 

En la medida en que, salvo los jóvenes becarios, uno va viendo desfilar por la oficina a los mismos abogados y contables, es de esperar que, cuando la empresa pierda dinero por las pifias de contabilidad, a quien se despida sea al auxiliar o al administrativo. 

Por semejantes meteduras de pata podría abrirse expediente de responsabilidad patrimonial a cualquier funcionario público y exigirle que pagara de su bolsillo el quebranto económico que fuese consecuencia directa de sus errores. Claro que, en la Administración Pública, igual que en la empresa privada, los directivos suelen quedar a salvo de responsabilidad.

 Y no es de extrañar, por ello, el fenómeno de la llamada «puerta giratoria» entre el sector público y el privado: para moverse con soltura a un lado y otro de la puerta, si se dispone de la adecuada agenda de relaciones con el poder, el grado de incompetencia es perfectamente homologable. 

Ahora bien, en la Administración Pública aún pervive un nivel mínimo de solvencia técnica que desaparecerá tan pronto como, según los anhelos de Joan Rosell, se consiga que los funcionarios no afectos al régimen sean enviados a su casa, con o sin subsidio. 

La ineptitud en la contabilidad y la gestión fiscal de las empresas no es más que un caso particular de la ineptitud generalizada. Los grandes empresarios españoles constituyen una casta carente de responsabilidad; las catastróficas consecuencias de su inutilidad las pagan con pérdidas de derechos millones de trabajadores y trabajadoras que sí cumplen en su abrumadora mayoría y de manera diligente la tarea que les compete, así como casi todos los contribuyentes con su ruina. (...)

Son los empresarios los que no entienden la importancia del talento y los culpables del subdesarrollo industrial español. Acerca de este extremo, ha escrito con mayor conocimiento de causa que yo mi buen amigo Manuel Martínez Llaneza («¿Empresarios o diazferranes? », Rebelión, 24 de febrero de 2011). 

Como él, creo que Díaz-Ferrán, a quien los patronos tuvieron al frente de su organización más representativa hasta el final, es ni más ni menos que la expresión más fiel de lo que es, o lo que se entiende que es, un empresario español. Cabe temer que lo que le diferencie con muchos de sus colegas sea solamente que a él ya lo han desenmascarado. 

¿Recuerdan ustedes alguna propuesta de la CEOE, una sola, de mejora en la organización de la producción industrial, alguna idea para aprovechar mejor la capacidad de los equipos técnicos, alguna reforma que no vaya de incrementar directamente su beneficio por empobrecimiento de los trabajadores? De manera más general, ¿en qué consiste en España la actividad empresarial exactamente?, ¿en conseguir del Estado la posibilidad de pagar salarios más bajos, despedir más barato, pagos de subvenciones y rebajas de impuestos y cotizaciones sociales, amén del regalo de trozos del sector público a medida que arruinan los sectores económicos que se les habían regalado antes? 

 Finalizado el franquismo, y aún en los últimos lustros de la dictadura, las Administraciones públicas les cedieron miles de millones de plusvalías en el sector inmobiliario, a costa del derecho a la vivienda de millones de ciudadanos, a costa de la quema del territorio y la destrucción del entorno natural y a despecho del artículo 47 de la Constitución.

 Hicieron reventar el sector inmobiliario y, con él, dinamitaron la totalidad de la economía. Ahora exigen cobrarse la suculenta pieza de la educación y la sanidad, sobre la que harán barbecho si se les consiente.(...)

 Entonces, ¿cuál es, en suma, la aportación del empresario: sólo engordar su cuenta corriente y disfrutar de la compañía del rey en las cacerías y de los ministros en los banquetes? Y si no hay ninguna aportación del empresario, ¿por qué no prescindir de él?
Nosotros, la gente de a pie, sabemos que, aunque nuestros gobernantes no lo crean cuando lo dicen en sus actos de propaganda, éste es un gran país. 

La inmensa mayoría de nuestros carpinteros hacen muy bien su trabajo, igual que los fontaneros, los transportistas y los conductores de autobús; tenemos a magníficos profesores y a los mejores médicos del mundo, a investigadores de enorme prestigio y a entregados policías municipales y bomberos. Somos millones de ciudadanos y ciudadanas honrados y laboriosos dispuestos a poner nuestro saber y nuestro esfuerzo al servicio de la prosperidad común. 

La desdichada rémora que nos paraliza es que hayamos confiado durante demasiado tiempo el poder económico a aquellos pocos que, llamándose a sí mismos empresarios, no saben hacer absolutamente nada. La esperanza estriba en que cada día más gente se está percatando de la trampa."             (Ricardo Rodríguez, Rebelión,  22/02/2013)

1.8.12

En España, que haya tan poco nivel en casi todos los sectores es una gran ventaja para montar una empresa

"¿Qué le gusta de España?

 Austria es un país precioso, pero me gusta la cultura latina, el clima y el nivel profesional del país, que es realmente bajo... Aquí, tener éxito es más fácil para mediocres como yo.


¿Y cómo lleva lo de vivir en un país tan desastroso, en su opinión?
 
El que aquí haya tan poco nivel en casi todos los sectores es una gran ventaja para montar una empresa. En otros países tienes que esforzarte muchísimo más. 

¿Y a qué se debe, según usted, esa incompetencia?

No es que los españoles sean más tontos. Desde que acabó la dictadura ha pasado poco tiempo y el nivel de formación es muy bajo. 

Entonces, si usted fuese Rajoy, arreglaría el problema...

...invirtiendo dinero en formación. Un programa muy sólido de formación para niños. Que aprendiesen menos cosas, pero más concretas. (El austríaco Alexander Ruckensteiner... conoció el concepto de self storage, que no es otra cosa que el alquiler de trasteros. En 2002 importó el modelo a España, lo llamó Bluespace)"       (El Economista.es, 13/07/2012)