"Rasputín y sus discípulos, apodados 'los Pocholos', manejaron la
Consejería de Educación y también una fundación pública que recibió seis
millones del Gobierno autonómico durante casi tres años, hasta que
resultaron vencidos en las luchas de poder del PP madrileño
El Gobierno de Ayuso dio siete contratos públicos a dedo a su amigo y gurú, el líder de los 'Pocholos'
Los elementos folclóricos de la trama pueden despistar. Un
dramaturgo amateur con tesis supremacistas y nostalgia del imperio
español convertido en gurú de la presidenta
de Madrid. Sus jóvenes pupilos, que gracias a su influencia, pasan de
tocar el sacabuche o bailar en sus espectáculos a ser directores
generales en la Comunidad de Madrid con sueldos de 100.000 euros. El
apodo de 'los Pocholos' con el que alguien en el PP bautizó al grupo de
Antonio Castillo Algarra, también conocido como Rasputín, uno de los
asesores más poderosos durante años en el Gobierno de Isabel Díaz Ayuso.
Pero la pregunta qué subyace a la mayor crisis del PP madrileño
desde la caída de Cristina Cifuentes por su máster falso es en manos de
quién han estado durante este mandato la Consejería de Educación, las
universidades madrileñas y un presupuesto de 7.000 millones de euros
cada año en Madrid. La respuesta corta es Emilio Viciana, un desconocido
en el PP regional y también para la comunidad educativa, al que Ayuso
hizo consejero en 2023 por recomendación de un asesor en la sombra y
cuya carrera ha acabado de manera abrupta este lunes, destituido de
forma fulminante sin ninguna explicación oficial.
Detalles pintorescos al margen, la principal consecuencia de su
gestión es que la ley de universidades, uno de los proyectos estrella de
la Comunidad de Madrid y que supuestamente se había estado elaborando
en los últimos dos años, está muerta. Lo certificó el propio portavoz
del Gobierno, Miguel Ángel García Martín, este miércoles: “Tal y como
está no va a salir”. Dos años perdidos en un contexto imposible para las
seis universidades públicas de Madrid, a las que Ayuso -de eso no puede
tener la culpa Viciana- ha asfixiado económicamente y en medio del
avance de los centros privados que la propia presidenta se ha encargado
de apadrinar.
El descontrol de la ley de universidades fue el último clavo en
el ataúd de Viciana, pero las guerras de poder en el equipo de Ayuso
habían empezado meses atrás. Enrique Ossorio,
antecesor de Viciana en la consejería y hoy presidente de la Asamblea
de Madrid, y la actual responsable de Hacienda, Rocío Albert, alto cargo
con Ossorio en el anterior gobierno, nunca perdonaron al consejero que
llevase a la fiscalía la denuncia que le hizo llegar un constructor
sobre corrupción en la construcción de centros de Formación Profesional.
Una nueva trama en el entorno de Ayuso que destapó elDiario.es.
Ossorio y Albert, temían entonces y también ahora que el sumario
-con varios imputados y evidencias del fraccionamiento de facturas y el
amaño de contratos- les acabe salpicando.
Ambos dirigentes están aforados y solo pueden ser investigados por el
Tribunal Superior de Justicia de Madrid, mientras la causa sigue
escalando en el juzgado y las pruebas recopiladas apuntan a que
semejante red de corrupción no pudieron urdirla a solas unos cuantos
directores de instituto ni cargos intermedios como los que de momento
están imputados.
Con una parte del núcleo duro de Ayuso enfrentado a Viciana por
razones poco confesables y la ley estrella del Gobierno a medio hacer
cuando ya ha transcurrido la mitad del mandato, la caída del consejero,
el primero que destituye Ayuso en siete años, se precipitó este lunes.
La cadena de dimisiones que sucedió a su cese evidenció el ingente poder
que el clan de 'los Pocholos' había acumulado en la administración
regional. Dos directores generales se fueron a las pocas horas:
precisamente el responsable de Universidades, Nicolas Javier Casas y la
de Educación Secundaria, Formación Profesional y Régimen Especial, María
Luz Rodríguez de Lera. El primero tocaba el trombón en la compañía de
teatro de Castillo Algarra, el Rasputín de Ayuso, la segunda era la
recepcionista de su academia de opositores, según adelantó El País.
El diputado que anunció el carrusel de dimisiones este martes en
la Comisión de Educación de la Asamblea, Pablo Posse, ingeniero
aeronáutico de formación, había hecho de regidor y microfonista en una
obra de teatro de Algarra. Su compañera de escaño y de renuncia, Mónica
Lavín, había sido actriz en la compañía y profesora en la academia. La
tercera diputada que entregó el acta, Carlota Pasarón, pertenece también
a ese mismo grupo.
Del clan de 'los Pocholos' también formaba parte la directora
general de Juventud de la Comunidad, Laura Castilla, y el responsable de
Enseñanzas Artísticas en la Consejería de Educación, Miguel Olive, que
también fue bailarín en la compañía de Algarra. Estos dos no han
dimitido de momento, pero en el Gobierno de Ayuso la mayoría los dan por
amortizados.
Tras la reunión semanal del gabinete este miércoles, el portavoz
Miguel Ángel García Martín, que intentó sin mucho éxito revestir la
crisis de normalidad, no descartó nuevos ceses y pidió esperar a que la
nueva responsable de Educación, Mercedes Zarzalejo, aterrizase en el
puesto y conociese el equipo.
Así que de momento, lo que se sabe es que Castillo Algarra,
alias Rasputín, había colocado en el Gobierno al consejero de Educación,
a cuatro directores generales, además de tres diputados en el grupo
parlamentario del PP y de garantizarse él mismo un asiento en el
patronato del Ballet Español de la Comunidad de Madrid, un organismo que
Ayuso había creado a su medida y que ha recibido seis millones de euros
de ayudas públicas en sus primeros tres años de vida.
Algarra renunció esta misma semana a su puesto y su despacho en
la sede de los Teatros del Canal de Isabel II, en el distrito de
Chamberí. Según su versión, dimitió el lunes, aunque el cese se conoció
este miércoles. Varias fuentes confirman a elDiario.es que desde que
supo de la destitución de Viciana, Algarra fue llamando uno a uno a
todos sus discípulos, en el Gobierno y en el grupo parlamentario. “Tú
verás lo que haces”, le dijo escuetamente a alguno de ellos, antes de
colgar el teléfono. Mensajes parecidos recibieron los demás. El
resultado es que cinco jóvenes sin apenas experiencia en política que
habían visto lanzadas sus carreras en el PP madrileño con sueldos de
entre 70.000 y 100.000 euros han dimitido obedeciendo las instrucciones
de su mentor. Otros dos de momento intentan salvarse. Y en el partido
cunde la sensación de que ese grupo bautizado con cierta inquina como
'los Pocholos' opera como una secta.
Una secta que acumuló mucho poder. Y un poder que le había dado
Ayuso. Cómo si no, iban a acaparar puestos en el Gobierno y en el grupo
parlamentario que la lideresa maneja con mano de hierro. La relación
entre Rasputín y la presidenta empezó a fraguarse en la etapa en que
todavía era candidata. En 2019 ya tienen alguna foto juntos. La
dirigente acababa de recibir el encargo de Pablo Casado de ser cabeza de
cartel en Madrid. Algarra empezó a asesorarla, le impartió lecciones de
historia remasterizada por él que luego constituirían el corpus
ideológico de su gobierno: la idea de la Hispanidad, que la Comunidad
celebra la semana del 12 de octubre con inversiones millonarias, las
diferencias entre la inmigración latinoamericana que es incluso
recomendable y la de África, que no debe ser bienvenida, la
preponderancia del castellano...
Algarra se ganó su confianza mientras echaba pestes contra
algunas de las políticas de su antecesora, Cristina Cifuentes,
especialmente por la ley trans y su programación cultural en los
teatros. Revoloteó durante los primeros años de gobierno y se hizo
imprescindible tras la mayoría absoluta de 2023. Cuentan algunas fuentes
que compitió en influencia con Miguel Ángel Rodríguez y acabó
perdiendo. Otros dirigentes aseguran que MAR siempre mandó más, pero que
Algarra se hizo fuerte en áreas que al jefe de gabinete no le
interesaban tanto: la educación y la cultura.
Rasputín, como se le conoce en el sector de la educación,
ejercía en la sombra, sin despacho en el Gobierno ni cargos públicos,
colocando a sus peones. Pese a ello logró armar una Consejería de
Educación a su medida, con discípulos de su academia y colaboradores del
teatro: jóvenes de familias bien, algunos muy formados académicamente,
de ideología ultraconservadora pero sin experiencia política. A cambio
de la lealtad, recibían puestos de privilegio, diputados con portavocía
de área en la Asamblea General o directores generales con salarios que
rondan los 100.000 euros.
Ese grupo de jóvenes, muy ideologizado, como demuestran algunas
de sus intervenciones en la Asamblea de Madrid, no se limitaron a cobrar
y a esperar su momento, querían mandar. Dirigentes que estuvieron
sentados en reuniones con el consejero de Educación se quedaron
estupefactos cuando vieron a uno de los diputados, Pablo Posse, el
portavoz de área en la Asamblea, hablando en nombre de la consejería e
interrumpiendo las explicaciones del propio Viciana.
El ascenso de 'los Pocholos' causó perplejidad en un sector del
PP madrileño y la ascendencia de Rasputín incomodó a parte del Gobierno.
Corrían anécdotas de cómo obligaba a algún viceconsejero de educación a
ir a despachar con él a los Teatros del Canal de Isabel II, donde se
había instalado, como codirector del Ballet Español, un capítulo al que
llegaremos luego. En la consejería no se movía un papel sin que él lo
tuviese controlado.
Se sabía, por ejemplo, que Rasputín estaba en contra del
proyecto de educación bilingüe instaurado en la época de Esperanza
Aguirre, pero no por las razones que invocaban los docentes, sino por su
defensa del español y de las glorias pasadas del imperio.
Toda esa influencia empezó a mermar a raíz de un viaje de la
presidenta a Florida con los rectores. Transmitieron a Ayuso que,
diferencias ideológicas y financiación al margen, la ley estaba manga
por hombro, que contenía errores graves y que parecía hecha por alguien
sin relación con el mundo universitario. A la vuelta de vacaciones, la
presidenta intervino de facto la consejería de Viciana. Colocó de
viceconsejera a Mercedes Zarzalejo, una persona de su máxima confianza,
que había sido alcaldesa de San Martín de Valdeiglesias, un pequeño
pueblo de la región, y se había hecho famosa ya en la Asamblea de Madrid
por un duro interrogatorio, repleto de bulos, a la esposa del
presidente, Pedro Sánchez.
El portavoz del Gobierno, García Martín, intentó vender los
cambios como un relevo normal en mitad de la legislatura. Para entonces,
él mismo empezó a participar en algunas reuniones con los rectores,
Zarzalejo y el propio Viciana. Fue cuando Ayuso constató que lo que
decían los rectores era cierto y la ley no iba a salir. El consejero
estuvo a punto de caer, según distintas fuentes, antes de navidad, pero la huelga masiva en las universidades madrileñas, le dio, paradójicamente, una bola extra: Ayuso no quería entregar su cabeza a los sindicatos.
Según fuentes que conocen cómo se fraguó el cese, la presidenta
trasladó hace dos semanas a Viciana que su ley no iba a salir, y le
pidió centrarse en un plan de financiación con el que salvar la cara
mientras se multiplicaban las noticias sobre la asfixia de la
universidad pública en Madrid. El contexto era adverso y el Gobierno
tenía que responder en cada rueda de prensa sobre ello: a la Complutense
le concedió la Comunidad de Madrid un crédito de 34 millones que deberá
devolver con intereses y que le obligará a redoblar los recortes. Otros
centros corren el riesgo de seguir el mismo camino.
Según las mismas fuentes, Viciana no se lo tomó bien. Y Algarra
en su despacho de los Teatros del Canal todavía se lo tomó peor. Para
pasmo de la presidenta Ayuso y de su jefe de gabinete, Miguel Ángel
Rodríguez, el pasado 6 de febrero, un viernes, a las cinco de la tarde,
el anteproyecto de ley de universidades de Viciana apareció colgado en
el portal de Transparencia de la Comunidad de Madrid. Duró menos de una
hora. Hasta que el gabinete de Ayuso exigió retirarlo sin avisar a
Viciana. El pulso total había estallado. Viciana tardó poco más de una
semana en caer. Este lunes 16 de febrero a media tarde fue destituido.
En su perfil de la red social X, Algarra, que no da entrevistas
ni hace declaraciones pero comenta todas las noticias que se publican
sobre él, intentó hacer ver que se trataba de una dimisión y que Viciana
se había ido con la cabeza alta, “por coherencia”. En la Puerta del Sol
el portavoz del Gobierno de Ayuso se limitó a citar el cese publicado
en el BOE cuando los periodistas le preguntaron por la versión de
Algarra. La presidenta lo más que ha dicho es que se ha ido “un
funcionario honrado” mientras la oposición clamaba contra su gestión en
la Asamblea de Madrid.
El martes se sucedieron las dimisiones en el Gobierno y el grupo
parlamentario. En los casi tres años de gestión de 'los Pocholos' las
polémicas se han multiplicado: desde las multas de hasta 100.000 euros
por protestas a los campus que pretendían introducir en la ley hasta el
mandato para que las universidades captasen un 30% del presupuesto de
las empresas privadas. No está claro que todas las ideas fuesen suyas,
hay quien ve la mano de Ayuso sobre ciertos artículos de la norma.
El encargo de la presidenta a la recién nombrada consejera,
Mercedes Zarzalejo, otra soldado de Ayuso, es lograr un plan de
financiación plurianual para presentar a las seis universidades públicas
que están al borde del colapso. Para la famosa ley no hay fecha. Nadie
se atreve a garantizar que vaya a estar lista antes de las autonómicas
de 2027. Y está por ver si el cambio de caras implica un cambio de
política en la educación madrileña en una región donde todo lo decide la
presidenta madrileña. Miembros del Gobierno que conocen el conflicto
aseguran que el error de Viciana fue desafiarla y ven la sombra de
Miguel Ángel Rodríguez en la destitución. Pero el presupuesto y las
líneas maestras las imponía Ayuso. Y está el caso de corrupción de la FP
en el que no se puede culpar a Viciana, porque ahí el ya exconsejero
ejerció de denunciante.
El fin de la era de 'los Pocholos' se notará también en la Consejería de Cultura y en la programación teatral. La Comunidad llegó a programar varias obras de la compañía de Rasputín,
de ahí salen las fotos en las que caracterizado como un dios en su
adaptación de la obra de Calderón El gran teatro del mundo. En total
fueron 106.000 euros. Algarra, que no responde a las preguntas de los
periodistas pero comenta todo en sus redes sociales, asegura que perdió
dinero representando obras para la Comunidad de Madrid.
Luego está el asunto de la fundación creada a su medida para
poner en marcha el Ballet Español de la Comunidad de Madrid. España ya
tenía un ballet nacional que depende del Instituto Nacional de Artes
Escénicas, pero Rasputín convenció a Ayuso de que su Gobierno debía
impulsar el suyo. Más guerra cultural. El primer espectáculo se estrenó,
cómo no, el 12 de octubre de 2024: un programa doble compuesto por La
Suite Española, de Albéniz y Epifanía de lo Flamenco. Su director
artístico, Jesús Carmona, dimitió al poco tiempo sin dar muchas
explicaciones.
Castillo Algarra se quedó al frente. Forma parte de la junta
directiva de la fundación y también del patronato, donde colocó a otros
miembros de 'los Pocholos', como el dimitido Viciana, el todavía
director general de Enseñanzas Artísticas, Miguel Olite, y el consejero
de Cultura, Mariano de Paco, que ha ido multiplicando las subvenciones
al organismo. En el primer año fueron 1,3 millones, el segundo, 2,3
millones y para este ejercicio se han presupuestado, 2,5 millones.
El Rasputín de Ayuso dimitió de todo esta semana y movió sus
piezas para provocar una crisis en el Gobierno y el grupo parlamentario
de la misma presidenta y amiga que lo convirtió en gurú. En la Comunidad
sobreviven aún dos discípulos suyos, los únicos que han decidido
desobedecerle. Dicen las malas lenguas, y esta semana hay muchas en el
PP de Madrid, que por poco tiempo."
(José Precedo, eldiario.es, 21/02/26)