"El camino al caos
Podríamos llamarlo el Camino al Caos. Estados Unidos ha
vendido a Alemania destruyendo el Nord Stream, con el canciller alemán
Olaf Scholtz (el desventurado personaje de Bob Hope) . De acuerdo con
esta figura retórica sería la presidenta de la Comisión Europea Ursula
von der Leyen, que interpretaría a Dorothy Lamour (la chica de las
películas de Hollywood Road) que está exigiendo que toda Europa
aumente su gasto militar en la OTAN más allá de la demanda de Biden a
la escalada de Trump al 5%. Para colmo, Europa debe imponer sanciones al
comercio con Rusia y China, obligándoles a trasladar sus principales
industrias a Estados Unidos.
Así que, a diferencia de estas películas, esta historia no terminará
con Estados Unidos corriendo a salvar a la ingenua Alemania. En su
lugar, Alemania y Europa en su conjunto se convertirán en ofrendas de
sacrificio en el desesperado pero inútil esfuerzo por salvar el Imperio
estadounidense. Aunque Alemania no acabe inmediatamente con una
población migrante como Ucrania, su destrucción industrial está muy
avanzada.
El 23 de enero, Trump declaró en el Foro Económico de Davos: “Mi mensaje a todas las empresas del mundo es muy sencillo: vengan
y fabriquen su producto en Estados Unidos y les daremos uno de los
impuestos más bajos de cualquier nación del mundo” De lo contrario, si
siguen intentando producir en casa o en otros países, sus productos
recibirán aranceles del 20%.
Para Alemania, esto significa (parafraseo mío): “Siento que vuestros
precios de la energía se hayan cuadruplicado. Vengan a Estados Unidos y
consigan un precio casi tan bajo como el que pagaban a Rusia antes de
que sus líderes electos nos dejaran cortar el Nord Stream.”
La gran pregunta es cuántos otros países permanecerán tan callados
como Alemania mientras Trump cambia las reglas del juego del “orden
basado en reglas” estadounidense .
¿En qué momento se alcanzará una masa crítica que cambie este fallido
y injusto orden mundial ? ¿Puede haber un final hollywoodiense para el
caos que se avecina?
La respuesta es no, y la clave puede encontrarse en el efecto sobre
la balanza de pagos que explica las amenazas de aranceles y sanciones
comerciales de Trump. Ni Trump ni sus asesores económicos entienden el
daño que su política amenaza con causar un desequilibrio radical en la
balanza de pagos y los tipos de cambio en todo el mundo, haciendo
inevitable un nuevo crack financiero.
La balanza de pagos y el tipo de cambio ante la agresión arancelaria de Trump
Los dos primeros países a los que Trump amenazó fueron los socios
estadounidenses del TLCAN, México y Canadá. Contra ambos países, Trump
amenazó con aumentar los aranceles estadounidenses sobre sus
importaciones en un 20% si no accedían a sus exigencias políticas.
Ha amenazado a México de dos maneras. La primera es su programa de
inmigración, que exporta inmigrantes ilegales y permite permisos de
trabajo de corta duración a la mano de obra estacional mexicana para
trabajar en la agricultura y los servicios domésticos. Afirmó que
deportaría a México a la oleada de inmigración latinoamericana, alegando
que la mayoría llegaba a América a través de la frontera mexicana a lo
largo del Río Grande. Esto amenaza con imponer una enorme carga
asistencial a México, que no tiene muro en su propia frontera sur.
Pues buen, hay un fuerte coste de balanza de pagos para México y, de
hecho, para otros países cuyos ciudadanos han buscado trabajo en Estados
Unidos. Una importante fuente de dólares para estos países es el dinero
que envían estos trabajadores a sus países de origen. Esta es una
importante fuente de dólares para las familias de América Latina, Asia y
África. Deportar a los inmigrantes eliminará una importante fuente de
ingresos que ha sostenido los tipos de cambio de sus monedas frente al
dólar.
La imposición de un arancel del 20% o de otras barreras comerciales a
México, y a otros países, sería un golpe fatal para sus tipos de
cambio, ya que reduciría el comercio de exportación que la política
estadounidense ha promovido desde el Presidente Carter fomentando la
externalización del empleo estadounidense, utilizando mano de obra
mexicana para mantener bajos los salarios estadounidenses.
La creación del TLCAN bajo el mandato de Bill Clinton dio lugar a una
larga serie de plantas de montaje en México, que emplean mano de obra
mal pagada en cadenas de montaje creadas por empresas estadounidenses
para ahorrar costes laborales. Los aranceles de Trump privarían
bruscamente a México de los dólares que recibe para pagar en pesos a
esta mano de obra y también aumentarían los costes a las empresas
matrices en Estados Unidos.
El resultado de esta política de Trump sería una caída de la oferta
de dólares de México. Esto obligará a México a tomar una decisión: si
acepta pasivamente estos términos, el tipo de cambio del peso se
devaluará. Esto hará que las importaciones (cotizadas en dólares en todo
el mundo) sean más caras en pesos, lo que provocará un salto sustancial
en la inflación interna. Alternativamente, México puede poner
su economía en primer lugar y decir que la interrupción del comercio y
los pagos causada por la acción arancelaria de Trump le impide pagar sus
deudas en dólares a los tenedores de bonos.
En 1982, el impago por parte de México de sus bonos del Tesoro
denominados en dólares desencadenó la bomba del impago de la deuda de
América Latina. Las acciones de Trump sugieren que está forzando una
repetición. En ese caso, la respuesta compensatoria de México sería
suspender el pago de sus bonos en dólares.
Esto podría tener efectos de gran alcance, ya que muchos otros países
de América Latina y del Sur Global están sufriendo una presión similar
en sus balanzas comerciales y de pagos internacionales. El tipo de
cambio del dólar ya está subiendo frente a sus monedas como consecuencia
de la subida de los tipos de interés por parte de la Reserva Federal,
lo que atrae los fondos de inversión en Europa y en otros países. La
subida del dólar se traduce en un aumento de los precios de importación
del petróleo y de las materias primas denominadas en dólares.
Canadá se enfrenta a una situación similar en su balanza de pagos. Su
contrapartida a las fábricas maquiladoras de México son las plantas de
autopartes de Windsor, al otro lado del río, en Detroit. En la década de
1970, los dos países acordaron el Pacto Automotriz que asignaba las
plantas de ensamblaje en que trabajarían en la producción de automóviles
y camiones estadounidenses.
Yo estaba en Ottawa por aquel entonces, y los funcionarios del
Gobierno estadounidense estaban muy resentidos por haber salido
perjudicados con el acuerdo sobre el automóvil. Pero, este acuerdo sigue
en vigor, cincuenta años después, y sigue siendo uno de los principales
contribuyentes a la balanza comercial de Canadá y, en consecuencia, al
tipo de cambio de su dólar, ya está cayendo frente al de Estados Unidos.
Por supuesto, Canadá no es México. La idea de suspender el pago de
sus bonos en dólares es impensable en un país dirigido en gran medida
por sus bancos e intereses financieros. Pero las consecuencias políticas
se dejarán sentir en toda la política canadiense. Habrá un sentimiento
antiestadounidense (siempre burbujeando bajo la superficie en Canadá)
que debería poner fin a la fantasía de Trump de convertir a Canadá en el
Estado 51.
Los fundamentos implícitos del orden económico internacional
Hay un principio ilusorio básico en las amenazas arancelarias y
comerciales de Trump, y subyace en la narrativa a través de la cual
Estados Unidos ha tratado de racionalizar su dominio unipolar de la
economía mundial. Ese principio es la ilusión de reciprocidad que
sustenta una distribución mutua de los beneficios y del crecimiento, y
en el vocabulario estadounidense se asocia con los valores democráticos y
el discurso del libre mercado que promete estabilizadores automáticos
en un sistema internacional dirigido por Estados Unidos.
Los principios de reciprocidad y estabilidad fueron fundamentales en
los argumentos económicos de John Maynard Keynes durante el debate de
finales de los años veinte sobre la insistencia del gobierno
estadounidense para que sus aliados europeos pagaran las cuantiosas
deudas por las armas adquiridas a Estados Unidos antes de su entrada
formal en la guerra.
Los aliados aceptaron pagar imponiendo reparaciones a Alemania para
transferir el coste al perdedor de la guerra. Pero las exigencias de
Estados Unidos a sus aliados europeos y, a su vez, las de éstos a
Alemania, superaban con creces su capacidad de respuesta.
El problema fundamental, explicó Keynes, era que Estados Unidos
aumentaba sus aranceles contra Alemania en respuesta a la devaluación de
su moneda y luego imponía el arancel Smoot-Hawley contra el resto del
mundo. Esto impedía que Alemania obtuviera divisas fuertes para pagar a
los Aliados y que éstos pagaran a Estados Unidos.
Para que el sistema financiero internacional de servicio de la deuda
funcione, señaló Keynes, una nación acreedora tiene la obligación de
proporcionar a los países deudores la oportunidad de reunir el dinero
para pagar exportando sus productos a la nación acreedora. De lo
contrario, se producirá un colapso monetario y una austeridad
paralizante para los deudores. Este principio básico debe estar en el
centro de cualquier proyecto sobre cómo debe organizarse la economía
internacional con controles y equilibrios para evitar tal colapso.
Los oponentes de Keynes – el monetarista francés antialemán Jacques
Rueff y el defensor neoclásico del comercio Bertil Ohlin – repitieron el
mismo argumento que David Ricardo expuso en sus tesis de 1809-1810 ante
el Comité del Oro británico. Afirmaba que el pago de las deudas
externas creaba automáticamente un equilibrio en los pagos
internacionales. Esta teoría económica basura proporcionó una
justificación que sigue siendo el modelo básico de austeridad del FMI
hasta el día de hoy.
Según la fantasía de esta teoría, cuando los pagos del servicio de la
deuda reducen los precios y los salarios en el país que paga la deuda,
esto aumentará sus exportaciones, haciéndolas menos caras para los
extranjeros. Y supuestamente, la recepción del servicio de la deuda por
parte de las naciones acreedoras se monetizará para aumentar sus propios
precios (la Teoría Cuantitativa del Dinero), reduciendo sus
exportaciones. Se supone que este cambio de precios continuará hasta que
el país deudor (que experimenta la huida monetaria y la austeridad) sea
capaz de exportar lo suficiente para pagar a sus acreedores
extranjeros.
Finalmente Estados Unidos no permitió que las importaciones
extranjeras compitieran con sus propios productores. Y para los
deudores, el precio de la austeridad monetaria no trajo una exportación
más competitiva, sino la desorganización y el caos económicos.
El modelo de Ricardo y la teoría neoclásica estadounidense no eran
más que una excusa para la política de mano dura de los acreedores.Los
ajustes estructurales o la austeridad fueron devastadores para las
economías y los gobiernos a los que se la impusieron. Se demostró que
austeridad reduce la productividad y la producción.
En 1944, cuando Keynes intentaba resistirse a las exigencias
estadounidenses en el comercio exterior y el servilismo monetario en la
conferencia de Bretton Woods, propuso el bancor, un acuerdo
intergubernamental de balanza de pagos que exigía a las naciones
acreedoras (es decir, Estados Unidos) renunciar a la acumulación de
créditos financieros sobre los países deudores (como le estaba pasando a
Gran Bretaña). Este sería el precio a pagar para evitar que el orden
financiero internacional polarizara el mundo entre países acreedores y
deudores. Los acreedores tenían que permitir pagar a los deudores o
perderían sus derechos financieros al pago.
Keynes, como se ha señalado anteriormente, también hizo hincapié en
que si los acreedores querían cobrar, tendrían que importar de los
países deudores para proporcionarles capacidad de pago.
Se trataba de una política profundamente moral y tenía la ventaja
añadida de tener sentido desde el punto de vista económico. Permitía
prosperar a ambas partes, en lugar que una nación acreedora prosperase
mientras los países deudores sucumbían a la austeridad, lo que les
impedía invertir en la modernización y el desarrollo de sus economías
para aumentar el gasto social y su nivel de vida.
Bajo Donald Trump, Estados Unidos está violando este principio. No
hay un acuerdo keynesiano de “bancor” vigente, pero sí las duras
realidades de la diplomacia unipolar de America First. Si México
quiere evitar que su economía se hunda en la austeridad, la inflación,
el desempleo y el caos social, tendrá que suspender los pagos de su
deuda externa denominada en dólares.
El mismo principio se aplica a otros países del Sur Global. Y si
actúan juntos, estarán en condiciones de crear una narrativa realista e
incluso las condiciones previas para el funcionamiento de un orden
económico internacional estable.
Así pues, las circunstancias están obligando al mundo a romper con el
orden financiero centrado en Estados Unidos. El tipo de cambio del
dólar estadounidense subirá a corto plazo como consecuencia de que Trump
bloquee las importaciones con aranceles y sanciones comerciales. Este
cambio en el tipo de cambio presionará a los países extranjeros con
deudas en dólares de la misma manera que se verán presionados México y
Canadá. Para protegerse, deberán suspender el servicio de su deuda en
dólares.
La respuesta a la sobrecarga de la deuda actual no se basa en el
concepto de “Deudas Odiosas”. Va más allá de la crítica a muchas de
estas deudas y a sus condiciones de reembolso. Va más allá de la crítica
de que los acreedores deberían tener cierta responsabilidad a la hora
de juzgar la capacidad de pago de sus deudores, o sufrir pérdidas
financieras si no lo hacen.
El problema político del exceso de deudas en dólares en el mundo es
que Estados Unidos está actuando de tal manera que impide a los países
deudores ganar dinero para pagar las deudas denominadas en dólares
estadounidenses. Así, la política estadounidense supone una amenaza para
todos los acreedores que denominan sus deudas en dólares, haciendo que
estas deudas sean prácticamente impagables sin destruir sus propias
economías.
El supuesto político de que otros países no responderán a la agresión económica de EE.UU.
¿Sabe Trump realmente lo que está haciendo? ¿No sabe que su política causará tremendos daños a otros países?
Creo que lo que está ocurriendo es una contradicción interna profunda
y básica en la política de Estados Unidos, similar a la de la
diplomacia estadounidense en la década de 1920. Cuando Trump promete a
sus votantes que Estados Unidos debe ser el “ganador” en cualquier
acuerdo comercial o financiero internacional, está declarando la guerra
económica contra el resto del mundo.
Trump está diciendo al resto del mundo que deben ser perdedores -y
aceptar amablemente el pago por la protección militar que ofrece a
Europa en caso de que Rusia la invada o China envíe su ejército a
Taiwán. La fantasía es que Rusia tendría algo que ganar si decidiera
apuntalar una economía europea en colapso, o que China decidiría
competir militarmente en lugar de económicamente.
La arrogancia está presente en esta fantasía distópica. Como hegemón
mundial, la diplomacia estadounidense rara vez tiene en cuenta cómo
reaccionarán los países extranjeros. La esencia de su arrogancia es
suponer de forma simplista que los países se someterán pasivamente a las
acciones de Estados Unidos sin ningún contragolpe. Esta ha sido una
suposición realista para países como Alemania o para los políticos
vasallos de EEUU.
Pero lo que ocurre hoy es sistémico. En 1931 se declaró finalmente
una moratoria sobre las deudas y reparaciones alemanas. Pero eso fue dos
años después del crack bursátil de 1929 y de las hiperinflaciones
previas en Alemania y Francia. Del mismo modo, en la década de 1980 se
amortizaron las deudas latinoamericanas mediante los bonos Brady. En
ambos casos, las finanzas internacionales fueron la clave del colapso
político y militar general del sistema, porque la economía mundial se
había financiarizado de forma autodestructiva. Algo similar parece
inevitable hoy en día. Cualquier alternativa viable implica la creación
de un nuevo sistema económico mundial.
La política interna estadounidense es igualmente inestable. El teatro
político “America First” de Trump, que le hizo salir elegido, podría
ser desbancado por las contradicciones y consecuencias de su filosofía
operativa. Su política arancelaria acelerará la inflación en Estados
Unidos y, lo que es aún más fatal, provocará el caos en los mercados
financieros de Estados Unidos y del extranjero. Las cadenas de
suministro se verán dañadas, perturbando las exportaciones
estadounidenses , desde aviones hasta las tecnologías de la información.
Y muchos países se verán obligados a hacer que sus economías dejen de
depender de las exportaciones estadounidenses o del crédito en dólares.
Y quizá, a largo plazo, eso no sea malo. El problema es a corto
plazo, cuando las cadenas de suministro, los patrones comerciales y la
dependencia se sustituyen como parte del nuevo orden económico
geopolítico que la política estadounidense está obligando a desarrollar a
otros países.
Trump basa su intento de romper los vínculos existentes y la
reciprocidad del comercio y las finanzas internacionales en la
suposición de que, en un escenario caótico, Estados Unidos saldrá
victorioso. Esta confianza es la base de su voluntad de eliminar las
interconexiones geopolíticas actuales.
Cree que la economía estadounidense es como un agujero negro cósmico,
es decir, un centro de gravedad capaz de atraer hacia sí todo el dinero
y el excedente económico del mundo. Este es el objetivo explícito de
America First. Esto es lo que convierte el programa de Trump en una
declaración de guerra económica contra el resto del mundo. Ya no existe
la promesa de que el orden económico auspiciado por la diplomacia
estadounidense hará prosperar a otros países. Las ganancias del comercio
y la inversión extranjera deben enviarse a Estados Unidos y
concentrarse en él.
El problema va más allá de Trump. Simplemente está siguiendo lo que
ha estado implícito en la política estadounidense desde 1945. Estados
Unidos cree que tiene la única economía que puede ser totalmente
autosuficiente. Este idea se sostiene porque produce su propia energía y
sus propios alimentos, y supuestamente suministra estas necesidades
básicas a otros países y tendría la capacidad de cerrar el grifo.
Lo verdaderamente cierto es que Estados Unidos es la única economía
sin las restricciones financieras que limitan a otros países. La deuda
estadounidense está en su propia moneda, y no hay límites a su capacidad
de gastar por encima de sus posibilidades, inundando el mundo con un
exceso de dólares, que otros países aceptan como reservas monetarias
como si el dólar siguiera siendo tan bueno como el oro.
Y detrás de todo esto está la suposición de que, casi con un toque al
interruptor, Estados Unidos puede llegar a ser tan industrialmente
autosuficiente como lo era en 1945. Estados Unidos es la Blanche du Bois
del mundo de “Un tranvía llamado deseo” de Tennessee Williams, que vive en el pasado y no envejece bien.
La narrativa neoliberal del Imperio Americano
Para conseguir la aquiescencia extranjera que acepta un imperio y
vivir pacíficamente en él, se necesita una narrativa tranquilizadora que
describa el imperio como algo que impulsa a todos hacia adelante. El
objetivo es evitar que otros países se resistan a un sistema que en
realidad es explotador.
Primero Gran Bretaña y luego Estados Unidos promovieron la ideología
del imperialismo del libre comercio después que sus políticas
mercantilistas y proteccionistas les dieran una ventaja de costes sobre
otros países, convirtiendo a esos países en satélites comerciales y
financieros.
Trump ha descorrido esta cortina ideológica. En parte, esto se debe
simplemente al reconocimiento que ya no se puede mantener la actual
política exterior de Estados Unidos y la OTAN y su guerra militar y
económica contra Rusia y las sanciones contra China, Rusia, Irán y
otros miembros de los BRICS.
Ahora, que la narrativa de Trump de fortalecimiento es falsa a la
vista de todos la pregunta es: ¿cómo el sur global se debe situar en una
posición que le permita crear un orden mundial alternativo? ¿Cuál es la
trayectoria probable?
A países como México no les queda más remedio que ir por libre.
Canadá podría sucumbir dejando que baje su tipo de cambio y suban sus
precios internos, ya que sus importaciones están denominadas en
dólares.
Pero muchos países del Sur Global sufrirán las mismas dificultades de
balanza de pagos que México. Y, a menos que cuenten con élites
clientelares como Argentina -siendo la élite argentina la principal
tenedora de bonos argentinos en dólares-, sus dirigentes políticos
tendrán que suspender los pagos de la deuda o sufrir una fuerte
austeridad interna (deflación de la economía local) junto con una
inflación de las importaciones. Todo esto porque los tipos de cambio de
sus monedas subirán bajo las presiones impuestas por un dólar
estadounidense en alza. Al final se verán obligados a suspender el
servicio de la deuda o las élites gobernantes correrán el peligro de
perder el poder.
Pocos líderes políticos tienen el margen de maniobra que tiene la
alemana Annalena Baerbock para decir que su Partido Verde no tiene por
qué escuchar lo que los votantes alemanes dicen que quieren. Las
oligarquías del Sur Global pueden contar con el apoyo de Estados Unidos,
pero Alemania es sin duda una excepción cuando se trata de estar
dispuesta a cometer un suicidio económico por lealtad incondicional a la
política exterior estadounidense.
Suspender el servicio de la deuda es menos destructivo que sucumbir a
la consigna “America First” de Trump. Lo que bloquea este enfoque es la
política, junto con el miedo centrista a embarcarse en el gran cambio
político necesario para evitar la polarización económica y la
austeridad.
Europa parece tener miedo de utilizar la opción de llamar “un farol” a
las declaraciones de Trump, a pesar que en realidad es una amenaza
vacía que debería ser bloqueada por los propios intereses de Estados
Unidos.
Trump ha declarado que si Europa no acepta gastar el 5% de su PIB en
armamento militar (en gran parte procedente de Estados Unidos) y comprar
más energía de gas natural licuado (GNL) a Estados Unidos, impondrá
aranceles del 20% a los países que se resistan. Pero si los líderes
europeos no se resisten, el euro caerá, quizá un 10% o un 20%. Los
precios domésticos subirán y los presupuestos nacionales tendrán que
recortar los programas de gasto social, como las ayudas a las familias
para que compren gas o electricidad para calentar y alimentar sus
hogares.
Los dirigentes neoliberales de Estados Unidos dan la bienvenida a
esta fase de guerra de clases con exigencias a los gobiernos
extranjeros. La diplomacia estadounidense ha participado activamente en
el debilitamiento de los antiguos partidos laboristas y socialdemócratas
en Europa y en otros lugares, hasta el punto de que a estos partidos –
que se han sumado al credo neoliberal- ya no les parece importar lo que
quieran sus votantes.
Para eso está la US National Endowment for Democracy, junto con la
propiedad y la narrativa de los grandes medios de comunicación. Pero lo
que se está tambaleando no es sólo el dominio unipolar de Estados Unidos
en Occidente y su esfera de influencia, sino la estructura global del
comercio internacional y las relaciones financieras – e inevitablemente
también las relaciones y alianzas militares."
(Michael Hudson, Observatorio de la crisis, 25/01/25)