Durante su primer mandato, Donald Trump prometió
centrarse principalmente en el pueblo estadounidense. ¿Estamos
presenciando ahora, por el contrario, una especie de neoimperialismo
estadounidense?
El programa de Trump para Make America Great Again siempre
tuvo dos vertientes: reparar la sociedad estadounidense, que se
encuentra profundamente atravesada por múltiples crisis, o restaurar el
dominio mundial de Estados Unidos. Cuál de los dos cursos de acción era
el dominante era una incógnita entonces y sigue siéndolo a día de hoy.
En ocasiones constatamos una orientación aislacionista, a veces
observamos un descarado intervencionismo; actualmente, ambos cursos de
acción se hallan vigentes alternativa o incluso simultáneamente. La
«Doctrina Donroe» de Trump es una versión particular de esta
combinación: intervencionismo, pero limitado a América Central y América
del Sur; nada nuevo en sí mismo. A escala mundial, ello equivaldría a
una división del mundo en «esferas de influencia» regionales mutuamente
respetadas en las que la correspondiente gran potencia gobierna más o
menos a su antojo. Lo que no encaja en este cuadro es el apoyo
incondicional prestado a Israel en su guerra de aniquilación perpetrada
en Gaza y Cisjordania, ni las amenazas de bombardear Irán.
¿Por qué hay tan poca resistencia a las políticas de Trump en la democracia más antigua del mundo?
A primera vista, esto resulta sorprendente, pero las apariencias
engañan. La Constitución estadounidense tiene casi dos siglos y medio de
antigüedad y nunca se ha adaptado a las realidades de un Estado
centralizado moderno (hasta 1945 Estados Unidos ni siquiera tenía un
ejército federal permanente). Durante un tiempo los antiguos controles y
contrapesos cumplieron su misión, pero solo lo hicieron mientras el
país funcionaba razonablemente bien. Dada la profunda crisis social en
la que se encuentra sumido Estados Unidos desde hace mucho tiempo, las
lagunas y las fracturas de la estructura constitucional se están
haciendo totalmente visibles como queda demostrado por la facilidad con
la que un personaje sin escrúpulos y ávido de poder como Trump, él mismo
producto de esa crisis, ha podido explotarlas de un modo tan brutal
(con cinco jueces del Tribunal Supremos nombrados de por vida
prácticamente todo es posible), mientras engaña a sus votantes
haciéndoles creer que la «miseria» de la que hablaba Carter en la década
de 1970 finalmente va a ser superada.
¿Representa Trump un nuevo tipo de fascismo?
Para decirlo sin rodeos: en su comportamiento no hay nada nuevo bajo
el sol, salvo que se ha dejado caer la hoja de parra. Y no toda la
violencia es «fascista», no malgastemos el concepto, porque la suya es
lo suficientemente intensa como para considerarla en sí misma. Estados
Unidos siempre ha sido, por otro lado, sorprendentemente propenso a la
violencia, tanto a escala nacional como internacional. Para los
estadounidenses el período de posguerra comenzó con Hiroshima y
Nagasaki, luego vinieron Corea, Vietnam (nadie sabe por qué se exterminó
a más de tres millones de vietnamitas, camboyanos y laosianos con
napalm en esta guerra) y desde 1990 no ha habido un solo día en el que
Estados Unidos no haya estado en guerra en algún lugar del planeta.
Actualmente mantienen aproximadamente setecientas cincuenta bases
militares repartidas por todo el mundo. Es cierto que Trump ha desatado
el potencial violento de la sociedad estadounidense a escala interna al
incitar a la mitad de la población contra la otra mitad. Pero su tipo de
guerra civil está muy lejos de la guerra contra esclavitud y de las
guerras indias del siglo XIX, y Trump tampoco es responsable del sistema
penitenciario estadounidense, extraordinariamente vasto y cruel, que es
obra de sus predecesores.
¿Quiénes, por ejemplo?
Bueno, en política exterior, principalmente Bush y Cheney, que han
causado estragos monumentales en Iraq, Afganistán y Siria, países que
jamás habían hecho nada a Estados Unidos y que nunca podrían haberle
hecho nada. Admito que la gran cantidad de muertes infligidas gracias a
la tecnología avanzada, sin apenas pérdidas por su parte, tiene, desde
el punto de vista fenomenológico, algo de fascista. En quince años de
guerra murieron, como he indicado, aproximadamente tres millones de
vietnamitas, camboyanos y laosianos frente a cincuenta mil soldados
estadounidenses, cifra que en la década de 1960 correspondía al número
de víctimas mortales por accidentes de tráfico registradas en Estados
Unidos anualmente.
¿Cómo deben comportarse los europeos con respecto a Estados Unidos y Trump? Algunos hablan de la relativa fortaleza de la UE como zona económica, mientras que otros destacan la desunión y la debilidad.
Ambas descripciones son correctas. Los estadounidenses seguirán
jugando duro con los europeos durante bastante tiempo: Musk y sus
colegas oligarcas se encargarán de ello. ¿Por qué pueden hacerlo?
Fundamentalmente porque los europeos no pueden librar una guerra contra
Rusia, ya sea caliente o fría, sin exponerse a las imposiciones de
Estados Unidos, si este es su aliado. Y en lo que respecta a la
«unidad», creo que Alemania no podrá seguir eternamente sosteniendo la
política de sanciones impuesta por Estados Unidos contra Rusia, y
especialmente contra China, por razones económicas. Igualmente, Alemania
tampoco puede comprometerse con una política báltica o polaca, que
conlleve el riesgo de tener que enviar tropas terrestres a combatir
contra Rusia sin disponer de sus propias armas nucleares.
El canciller Merz confía en su «buena relación» con Trump
y está aplicando una aproximación «amigable». ¿Es esta la estrategia
correcta?
Nadie lo sabe. Pero, ¿qué se supone que debe hacer Merz? ¿Enviar la
marina alemana a la bahía de Chesapeake y exigir la extradición de Trump
al Tribunal Penal Internacional? Por otro lado, no puede mostrarse tan
amable como María Corina Machado, ya que no ha ganado todavía el Premio
Nobel de la Paz para poder regalárselo a Trump. (No es que de todas
formas a ella le haya servido de mucho). ¿Recordáis la deferencia
pública mostrada por Scholz anteBiden, incluso cuando este último dijo a
la prensa que los estadounidenses sabían muy bien cómo cerrar el Nord
Stream 2, si los alemanes no lo hacían ellos mismos? Para
comportamientos de este tipo tampoco necesitamos a Trump.
¿Crees que Groenlandia debería dejarse en manos de los estadounidenses para evitar un conflicto importante?
Tú y yo no tenemos voz en este asunto y, por lo tanto, no es
necesario que tengamos una opinión al respecto. Los estadounidenses
llevan mucho tiempo involucrados profundamente en Groenlandia, sin duda
desde la Segunda Guerra Mundial y de forma permanente desde el inicio de
la Guerra Fría. Si hubieras sobrevolado el norte de Groenlandia en un
día soleado antes de 1990, como yo tuve la suerte de hacer, habrías
visto alineadas una base militar estadounidense tras otra. Si quieres
una predicción, hela aquí: dada la rusofobia imperante en Dinamarca,
supongo que, con el apoyo de una OTAN reconfortada, el gobierno danés
concederá a los estadounidenses algo así como la soberanía de facto sobre la isla, introduciendo pequeños ajustes cosméticos para salvar las apariencias.
¿Qué grado de peligrosidad alcanzará el conflicto entre Estados Unidos y China?
Se trata de un conflicto muy peligroso. Estados Unidos lleva mucho
tiempo debatiendo sobre China, al menos desde la presidencia de Obama, y
lo hace partiendo de la perspectiva de la llamada «trampa de
Tucídides». En resumen, el historiador griego, él mismo un general muy
admirado, explicó la derrota de los atenienses ante los espartanos en la
Guerra del Peloponeso por el hecho de que los primeros habían esperado
demasiado tiempo mientras Esparta crecía y se hacía más poderosa en
lugar de atacarla tempranamente en un momento en el que podrían haber
acabado con los espartanos rápidamente.
¿Qué significa eso?
Como sabemos, la estrategia militar oficial estadounidense tiene como
objetivo impedir el surgimiento de cualquier otra potencia en cualquier
parte del mundo capaz de rivalizar con Estados Unidos. El debate entre
los expertos gira actualmente en torno a la cuestión de si ya ha pasado
el momento adecuado para atacar a China o no. Hace unos días Trump
anunció que el presupuesto de defensa de Estados Unidos aumentará el 50
por 100 hasta alcanzar los 1,5 billones de dólares en 2027. ¿Cuál es la
función de ese presupuesto, cabe preguntarse?
No se aprecia ningún avance en las negociaciones entre Estados Unidos y Rusia. ¿No indica esto que Putin no quiere la paz?
¿Y si Estados Unidos, o la Unión Europea en su caso, tampoco la
quieren? A diferencia de Ursula von der Leyen y el resto de nuestros
estrategas, Estados Unidos no da por sentado que Rusia pueda ser
derrotada. Pero eso no les importa a los estadounidenses; les basta con
que los europeos mantengan a Rusia ocupada en una guerra de desgaste
«hasta el último ucraniano». Un efecto secundario positivo de la
continuación de la guerra es que su prolongación sine die
imposibilita cualquier acercamiento entre Alemania y Rusia, lo que
constituye la pesadilla tradicional, especialmente de la política
británica hacia Europa continental.
Bueno, la guerra en Ucrania la empezó Rusia, no Estados Unidos, ¿no?
Es una larga historia. No puedes planear el despliegue de misiles de
alcance intermedio a 800 kilómetros de la capital de una potencia
nuclear rival sin que esta reaccione. Pero estoy de acuerdo contigo en
que Rusia ha logrado modernizar su armamento y convertirse en una
economía de guerra durante los cuatro años de conflicto bélico, a pesar
de haber sufrido aparentemente grandes pérdidas en el campo de batalla.
Ahora parece estar ganando terreno cada día frente a una coalición
europea, que había jurado a los ucranianos a principios de 2022 que la
guerra habría terminado en Navidad con una derrota rotunda de Rusia (von
der Leyen incluso anunció que «nosotros» «desmantelaríamos capa a capa»
la sociedad industrial rusa mediante las milagrosas sanciones que ella
misma había ideado).
¿Qué se deduce de esto?
Rusia puede ver ahora una oportunidad para ir mucho más allá de lo
planteado en las negociaciones de Minsk y Estambul y optar por eliminar
efectivamente a Ucrania como un Estado-nación viable en el futuro
previsible, al tiempo que humilla por completo a la UE. Me imagino que
Putin encontraría un escenario de este tipo irresistible. Los «europeos»
se lo habrían buscado ellos mismos.
Macron planteó la idea de que Putin asistiera a la cumbre del G7. ¿Pura desesperación o una buena idea?
Una de las famosas autopromociones intrascendentes de Macron. Aparte
de eso, es sorprendente lo exótico que se antoja el simple sentido común
en estos días. ¿Cómo puede ponerse fin a una guerra, que no puede
ganarse en el campo de batalla, si una parte se niega a hablar con la
otra parte?
¿Estamos asistiendo al fin del mundo tal y como lo conocemos, caracterizado por su orden basado en reglas?
No sé hasta qué punto este mundo te resulta familiar; para mí, este
orden basado en reglas ha sido inquietante desde al menos el bombardeo
de Belgrado por la OTAN en 1999 con el bombardero estratégico Northrop
B-2 Spirit, si no antes. Y, de todos modos, en realidad no se basaba en
«reglas», salvo quizá en el caso del régimen comercial de la OMC, que,
sin embargo, desde la crisis financiera de 2008 existe cada vez más solo
sobre el papel. Este «orden basado en reglas», proclamado tras el
llamado fin de la historia a principios de la década de 1990, ha sido
administrado por Estados Unidos, erigido en policía, tribunal y verdugo
del mundo, todo ello al mismo tiempo, y solo por él mismo a su total
discreción. Estados Unidos nunca se atuvo a este orden: véase la
invención del «deber de proteger» esgrimido durante la década de 1990;
el estado de emergencia permanente decretado en el marco de la «guerra
contra el terrorismo», que se ha ampliado continuamente después de 2001;
la situación imperante en Israel y en los territorios palestinos
ocupados, considerados como una zona experimental situada al margen de
toda legalidad para provocar una despoblación total sin recurrir al uso
de armas nucleares; o la más reciente cruzada armada por la «democracia»
contra el «autoritarismo». Bajo el pretexto del «orden» encontramos
todo un arsenal de justificaciones para imponer «sanciones» de todo tipo
a voluntad por parte del único poder punitivo realmente existente, que
ni siquiera ha rendido cuentas por su mortífera invención de la
existencia de «armas de destrucción masiva» en Iraq, cuyo coste estimado
asciende a la muerte de al menos 500.000 civiles.
¿Y qué ha cambiado con Trump?
A diferencia de sus predecesores, Trump renuncia a los cultos
discursos pronunciados con una elocuencia legalista, pero el núcleo
violento de su idea de una Pax Americana no es en absoluto
nuevo. Por cierto, en comparación con Bush II y Obama, la pretensión de
Trump de obtener el Premio Nobel de la Paz no es del todo absurda, al
menos por ahora. Recordemos que Obama lo obtuvo gratis, un año después
de comenzar su primer mandato. Y al final incluso Kissinger lo obtuvo.
Recomendamos leer Wolfgang Streeck, «Progreso tecnológico y cambio histórico: Engels, la guerra y la hipertrofia del Estado en el siglo XX», NLR 123, «¿Cómo terminará el capitalismo?», NLR 87, ¿Cómo terminará el capitalismo?, (2017), Comprando tiempo: La crisis pospuesta del capitalismo democrático (2016), «La coyuntura leída por Wolfgang Streeck» y «La Unión Europea en guerra: dos años después», todos ellos publicados en Diario Red; «El retorno del rey», «El belicismo suicida de las democracias autoritarias occidentales», «Los peligros de la lealtad inquebrantable a Estados Unidos» y «La Unión Europea, la OTAN y el próximo orden mundial», todos ellos publicados en El Salto.
Este texto se ha publicado originalmente en Frankfurter Rundschau y se publica aquí con permiso expreso del entrevistado."
(Entrevista a Wolfgang Streeck, Michael Hesse , DiarioRed, 30/01/26)