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10.9.26

En 1970, Suiza votó en referéndum si expulsaba a miles de españoles e italianos bajo el lema de frenar la "extranjerización". Nos trataban de invasores que destruían su identidad. De "depredadores" que venían a por las mujeres. En Suiza se desató una auténtica paranoia social contra los jóvenes españoles. Se les acusaba de ser "hipersexuales", de acosar a las mujeres locales y de poner en peligro la "pureza" y la seguridad de las familias nativas... En la prensa centroeuropea se extendió el estereotipo de que el emigrante español era impulsivo, celoso y que resolvía cualquier discusión sacando una navaja del bolsillo... y de que "roban el trabajo y bajan los sueldos"... La rechazaron: 54% contra 46%... Muchos somos los hijos o los nietos de esas personas. Vivimos aquí. Trabajamos aquí. Pagamos impuestos aquí. Hemos construido algo en este país. Y lo hemos podido hacer porque en 1970 una mayoría de suizos decidió que los extranjeros que trabajaban aquí tenían derecho a quedarse... ¿No os suena todo esto un poco? Schwarzenback impulsó la consulta... fue un admirador del franquismo... Pensaba que el estado suizo debía garantizar la protección del grupo étnico mayoritario y la preservación de la identidad suiza, en lo moral y en lo demográfico.... era el eslabón entre los intelectuales parafascistas de los años 30 y las nuevas derechas europeas de los 70. Pensaba como el francés Renaud Camus, autor de “El Gran Reemplazo”. En los 2000, las ideas de Schwarzenbach regresaron con el Partido del Pueblo Suizo. (Luis Endera, EspañolesenSuiza, Ramon Aymerich)

Luis Endera @Luis_Endera

¿Sabías que en los años 60 y 70 nos decían exactamente lo mismo que algunos dicen hoy de los #inmigrantes? Más de 2 millones de españoles emigraron a Europa y se encontraron con una xenofobia brutal. Abro hilo con las cosas más fuertes que nos decían fuera. 

 "No se alquila a españoles" En las ventanas de París, Ginebra o Zúrich era habitual ver carteles que prohibían explícitamente la entrada a los nuestros: "Chambre à louer (pas de clients espagnols)". Nos consideraban sucios, ruidosos y decían que "olíamos demasiado a ajo".

 El mito de la navaja y la violencia. Nos acusaban de tener un "temperamento primitivo y peligroso". En la prensa centroeuropea se extendió el estereotipo de que el emigrante español era impulsivo, celoso y que resolvía cualquier discusión sacando una navaja del bolsillo.

 "Depredadores" que venían a por sus mujeres. En Suiza se desató una auténtica paranoia social contra los jóvenes españoles. Se les acusaba de ser "hipersexuales", de acosar a las mujeres locales y de poner en peligro la "pureza" y la seguridad de las familias nativas.

  "Roban el trabajo y bajan los sueldos" Aunque los españoles aceptaban los puestos más duros, insalubres y peligrosos (minería, construcción, limpieza), los partidos locales y sindicatos nos acusaban de aceptar condiciones de "semiesclavitud" y revientaprecios.

 La campaña para echarnos: la "Iniciativa Schwarzenbach" En 1970, Suiza votó en referéndum si expulsaba a miles de españoles e italianos bajo el lema de frenar la "extranjerización". Nos trataban de invasores que destruían su identidad. ¿No os suena todo esto un poco?

2:28 p. m. · 9 sept. 2026 ·46,1 mil Visualizaciones

 

 "En 1970, los suizos votaron si expulsar a los españoles e italianos que habían venido a trabajar. Lo rechazaron por 54% contra 46%. El domingo vuelven a votar sobre la inmigración.

 El 7 de junio de 1970, hace exactamente 56 años, los suizos fueron a las urnas con una participación del 74%, un récord para la época. La propuesta era limitar el número de extranjeros al 10% de la población cantonal. En ese momento había en Suiza cientos de miles de trabajadores del sur de Europa, en particular italianos y españoles, llegados con el permiso de temporada: trabajaban aquí pero no podían traer a sus familias, tenían que volver cada invierno, vivían en barracones y pensiones. La iniciativa habría obligado a expulsar a cientos de miles de ellos. La rechazaron: 54% contra 46%.

Muchos de los que estamos en este grupo somos los hijos o los nietos de esas personas. O llegamos unas décadas más tarde. Vivimos aquí. Trabajamos aquí. Pagamos impuestos aquí. Hemos construido algo en este país. Y lo hemos podido hacer, entre otras cosas, porque en 1970 una mayoría de suizos decidió que los extranjeros que trabajaban aquí tenían derecho a quedarse.

El domingo 14 de junio, Suiza vota de nuevo sobre la inmigración. Esta vez la iniciativa del UDC "Pas de Suisse à 10 millions" propone que la población residente no supere los 10 millones de habitantes. Entre las medidas previstas: restringir la reagrupación familiar y revisar los acuerdos de libre circulación con la UE. Las encuestas de abril la daban ganando con un 52%. La mayoría de nosotros no podemos votar, no tenemos el pasaporte suizo o no cumplimos los requisitos. Pero podemos saber lo que está en juego. Y podemos recordar cómo llegamos hasta aquí, y quién votó para que pudiéramos quedarnos.

Fuentes oficiales

 (Españoles en Suiza, 10/06/26)

 

Una historia de miedo en la Suiza de los 70

El político y periodista James Schwarzenbach forzó en 1970 una consulta en Suiza para limitar el número de extranjeros al 10% y deportar 300.000 personas. Un paseo por la vida de este adelantado de la xenofobia y la obsesión por la identidad.

En el vestíbulo de los almacenes Printemps hay unas cabinas en las que escuchar las últimas novedades en discos. Por los altavoces suena el Hot Love de T Rex, con esa melodía pegajosa y esos falsetes andróginos tan de la época. Las cabinas están llenas de adolescentes sobreexcitados. Calzan plataformas, visten pantalones acampanados y se ve algún que otro abrigo de borrego. Uno de los jóvenes lleva sombra de ojos y otro un corte de pelo como el de David Bowie.

A unos metros de distancia, un hombre de mediana edad, traje gris a rayas, gafas de concha y cabello engominado observa la escena. Estamos en 1971 y James Schwarzenbach se dice para sí que esos adolescentes son una prueba de la decadencia de Suiza. Está convencido que son víctimas de la degradación moral que llega del exterior y que algunos de ellos son hijos de inmigrantes.

El Printemps está en el centro de la Chaux de Fonds. La industria relojera está en plena expansión en esta ciudad suiza cercana a la frontera francesa. También el textil, que se ha ido de Francia por el temor a una victoria de la izquierda. La mano de obra escasea y la ciudad está llena de italianos, españoles y yugoslavos, algunos de ellos con familia.

Schwarzenbach no los quiere y habla de ello abiertamente. Piensa que son una amenaza para la identidad suiza. Periodista, político y escritor, este hijo de la burguesía acomodada de Zurich entró en contacto en los años 30 con los intelectuales antiliberales de la Universidad de Friburgo que simpatizaban con el fascismo. En 1961 se afilió a Acción Nacional, partido anti-inmigración y xenófobo creado como reacción a la llegada de trabajadores extranjeros (en su programa se cita específicamente a los italianos). Es también propietario de la editorial Thomas-Verlag, donde edita publicaciones antisemitas, fascistas o völkish.

Schwarzenback es conocido por haber impulsado en 1970 una consulta sobre el Überfremdung (literalmente, el exceso de extranjeros). El referéndum tuvo una participación récord del 75% del electorado. La propuesta de poner freno a la entrada de extranjeros recibió un 45% de votos. De haber ganado, habría obligado al gobierno a limitar la población extranjera al 10% y a deportar 300.000 personas. El referéndum, con banderolas en las que se leía “Antes una Suiza limpia y pobre que una Suiza sucia y rica” creó un clima enrarecido que duró hasta finales de los 70.

Los ‘treinta gloriosos’ son indisociables de los millones de europeos del Sur en las fábricas del Norte

Los treinta gloriosos europeos, el período de mayor crecimiento económico del continente, son incomprensibles sin la participación de millones de trabajadores del Sur de Europa enrolados en las fábricas de Francia, Holanda, Alemania o el Reino Unido. Eran griegos, portugueses, italianos, españoles, yugoslavos o turcos. Entre 1945 y 1970 solo de Italia partieron hacia el norte siete millones de italianos. “Los alemanes, al igual que suizos, franceses, belgas o británicos no recibieron con especial agrado esta súbita irrupción de extranjeros en su país –cuenta Tony Judt en su monumental Postguerra–. La experiencia de vivir entre tantas personas procedentes de tierras desconocidas resultaba extraña a la mayoría de europeos”.

Si las cosas acabaron razonablemente bien, añade el historiador, fue porque los recién llegados vivían a menudo segregados en las periferias, no eran vistos como una amenaza en época de pleno empleo y eran culturalmente “asimilables”. Además, se daba por hecho que un día se marcharían. Volverían a sus países de origen.

En Suiza, sin embargo, las cosas fueron algo distintas. Schwarzenbach fue un adelantado a su tiempo. Pensaba que el estado suizo debía garantizar la protección del grupo étnico mayoritario. Y estaba preocupado por la preservación de la identidad suiza, en lo moral y en lo demográfico. Schwarzenbach era el eslabón perdido entre los intelectuales parafascistas de los años 30 y las nuevas derechas europeas de los 70. Pensaba, y escribía como el francés Renaud Camus, autor de “El Gran Reemplazo” , biblia de todas las teorías conspirativas sobre la inmigración. Solo que cincuenta años antes.

Suiza era, en este aspecto, un país peculiar. Sus autoridades civiles y bancarias fueron sospechosas de haber sido cómplices del esfuerzo de guerra alemán. Tampoco fue un país muy activo en aceptar refugiados judíos procedentes de Alemania. La II Guerra Mundial le sentó bien a Suiza. Su banca se consolidó como referencia internacional. Sus empresas de maquinaria y alimentarias aprovecharon el boom de una Europa que necesitaba de todo.

Schwarzenbach es la prueba de que el rechazo a la inmigración y la angustia por la identidad tiene raíces profundas en algunos países. Gana en intensidad en momentos de crisis económicas. Pero siempre está ahí latente. En los 2000, las ideas de Schwarzenbach regresaron con el Partido del Pueblo Suizo de Christopher Blocher, que obtuvo un 20% de votos en las elecciones del 2003.

Admirador de Franco, con amigos en la dictadura, quería a los españoles, pero los quería lejos

Schwarzenbach fue un admirador del franquismo y defendió la dictadura española en momentos clave (como durante el Proceso de Burgos, cuando pidió a las autoridades helvéticas controlar las actividades de la oposición española en Suiza). Fue en 1930 en Sevilla donde se convirtió al catolicismo (nació protestante). Y cultivó relaciones con intelectuales como Ramón Serrano Súñer, Alberto Martín Artajo, Joaquín Ruiz-Giménez o Gonzalo Fernández de la Mora, entre otros. Pero esas amistades no cambiaron sus ideas.

Schwarzenbach quería a los españoles. Pero los quería lejos."

(Ramon Aymerich , La Vanguardia, 16/06/24) 

14.4.26

De emigrantes a inmigrantes, cambio de nombres, la misma historia... “Mi hija me dijo un día: Mamá, te quiero mucho, pero no te perdonaré nunca que nos dejaras"... los 3,5 millones que salieron a Alemania, Francia y Suiza, los principales destinos, no quieren recordar aquellos barracones desangelados, las habitaciones atestadas de literas, la suciedad acumulada por falta de saneamiento, las nueve duchas para 900 personas, el hambre de algunos o el aliento de la policía cuando no tenían papeles. Porque la mitad de los que marcharon a esos tres países en ese periodo fueron de forma ilegal... ¿Con papeles? Y una mierda. Un año estuve trabajando ilegal. Eso que dicen ahora de que los españoles íbamos con papeles no es verdad. ¿Que cómo hacía? Pues calladito y en casa, con miedo por si me agarraban”... “Y ahora, cuando veo que critican a los que están aquí, que vienen en esos barquitos, me da asco que se hable así de ellos. Yo por lo menos no tuve que llegar en patera”... “Una colombiana hoy en España podría contar prácticamente lo mismo”, afirma Riera Ginestar... limpié aulas, en un supermercado de lunes a sábado. ¿Y el domingo? A limpiar apartamentos de turistas, eso ya en dinero B, era un riesgo, pero bueno... tampoco aquellos ruidosos españoles gozaban de la mejor fama en el extranjero, ni se libraron del sambenito de la delincuencia que la derecha cuelga ahora a miles de africanos en España... y los acusaban “de sucios y de portar enfermedades, manipulaban los datos obviando la realidad y les culpaban de las pésimas condiciones en las que vivían... De los siete hermanos de Adelina, solo uno quedó en Destriana, otro marchó a Bilbao en la emigración interior, y cinco cruzaron los Pirineos, uno de ellos para siempre... “Las francesas eran libres, nosotras estábamos atadas, ellas no dependían de nadie y a mí tampoco me gusta que me manden mucho, a ellas no les importaba lo que dijeran los demás, aprendí mucho”, se ríe. “Soy feminista desde entonces” (Carmen Morán Breña)

"En 1971, marchó la gallega Casilda Hervés Gómez de emigrante a Francia. Aunque tenía 25 aventureros años, el viaje lo hizo sin parar de llorar. Sola, sin teléfonos como hoy, sin saber ni palabra de francés. Tenía una niña de tres años y otra que no cumplía los dos. “Fue muy negro, muy negro dejar a mis hijas. Cuando llegó el taxista de Vigo a recogerme vi el demonio delante de mí, me las tuvieron que arrancar de los brazos, pero yo sabía que tenía que marchar. Fui llorando todo el camino”. Hasta que otros españoles en el mismo tren le preguntaron: ¿a quién dejas? “A mis hijas y a mis padres”, contestó. “Pues yo dejo tres hijas, mi mujer y mis padres y me voy solo, tú por lo menos vas a ver a tu marido”, le espetó el otro para que calmara el llanto. “Cogí vergüenza y sequé las lágrimas”. A lo largo de su relato para este reportaje, la voz le temblará de nuevo por teléfono desde su pueblo de A Estrada (Pontevedra), cuando rememore la herida de aquel tiempo: “Mi hija me dijo un día: ‘Mamá, te quiero mucho, pero no te perdonaré nunca que nos dejaras’. Eso duele, duele mucho”.

No todo fueron penurias para los españoles que partieron a la emigración europea huyendo de la miseria propia y, de paso, lavando la cara de la España franquista, que envió con gusto al extranjero a quienes le estorbaban en sus estadísticas de desempleo y de los que recibió hasta 9.000 millones de dólares mediante remesas en 15 años. Pero sí fue “la historia de un fracaso y la búsqueda de un éxito que, si se consiguió, dejó heridas en el camino”, dice Joaquín Riera Ginestar, que ha escrito Emigrantes. La historia olvidada de la emigración a Europa (1960-1975), editado por Arzalia, de donde se han extraído los datos de este reportaje.

Catedrático de Geografía e Historia, el autor valenciano apenas encuentra un par de diferencias entre aquella migración y la que hoy vive España, por más que el tiempo se haya empeñado en borrar los peores capítulos de aquel éxodo y muchos de los 3,5 millones que salieron a Alemania, Francia y Suiza, los principales destinos, no quieran recordar ya aquellos barracones desangelados, las habitaciones atestadas de literas, la suciedad acumulada por falta de saneamiento, las nueve duchas para 900 personas, el hambre de algunos o el aliento de la policía cuando no tenían papeles. Porque la mitad de los que marcharon a esos tres países en ese periodo fueron de forma ilegal, eludiendo el Instituto Español de Emigración (IEE) que tantos retrasos acumulaba en las peticiones y que les sometía a tortuosos exámenes médicos, por no hablar de las discriminaciones políticas, laborales y de género que se oponían a sus traslados. Franco no quería dejar escapar la mano de obra cualificada, ni que salieran las mujeres, porque tenerlas en casa garantizaba el envío de dinero cada mes, detalla el autor del ensayo.

Sin papeles y “calladito”

A principios de los sesenta estaba Pepe Vidales cuidando sus vacas en Destriana (León) cuando un paisano le dijo que se iba a Francia. Ahí mismo agarró el muchacho la bicicleta y se fue con él. Y ahí se quedaron las vacas y se quedó el campo y los dineros que no alcanzaban. Por esa vía, la de paisanos, parientes y amigos que hacían de enlace con los empresarios que necesitaban mano de obra en aquella Europa que despegaba sin obstáculos salieron la mitad de los emigrantes. Alemania reclamaba nominalmente a muchos de ellos y aunque a Franco no le gustaba ese método, que consideraba ilegal, tragó con él. Otros pasaron algunos meses en la clandestinidad mientras conseguían los papeles, buscando empleo o trabajando en negro. A Emilio Prieto lo llamó su primo desde Suiza, “que allí se ganaba bien”. “¿Con papeles? Y una mierda. Un año estuve trabajando ilegal. Eso que dicen ahora de que los españoles íbamos con papeles no es verdad. ¿Que cómo hacía? Pues calladito y en casa, con miedo por si me agarraban”.

Suiza, explica Riera Ginestar, era “uno de los países con las normas más racistas, con condiciones casi de libertad condicional, no podían cambiar de sector laboral ni de cantón”, y con fuertes amenazas de expulsión que rara vez se concretaban “porque los necesitaban y se aprovechaban de su vulnerabilidad”. "La reagrupación familiar allí era una odisea”, añade. Así que Emilio, también gallego, recibió en Davos a su mujer, Mari Carmen Fariñas, pero tuvieron que dejar a los chicos al cuidado de los abuelos. “Un día se montó una pelea en un bar y mi primo me dijo que me largara de allí corriendo, por si venía la policía”. Tampoco el empresario podía legalizarlo aunque quisiera, pero Emilio lo recuerda muy honrado: “Me pagó el año entero y hasta el dinero de los impuestos que se había ahorrado por no tener yo papeles”. Cuando su situación se regularizó cobraba menos porque entonces fue él quien tuvo que pagar los impuestos: “Pero no me importaba, no estoy en contra de pagar impuestos”, afirma convencido.

Emilio también estuvo en “una habitación ilegal”, dice. “Y ahora, cuando veo que critican a los que están aquí, que vienen en esos barquitos, me da asco que se hable así de ellos. Yo por lo menos no tuve que llegar en patera”. Tampoco sabía el idioma. “Pues claro que no, es que yo no fui a Suiza a aprender alemán”, dice con sorna. Le releva al teléfono su esposa: “Yo empecé de camarera de habitaciones en un hotel y al inicio estaba aturdida, era todo muy difícil. Muy bonito, eso sí, limpio, ordenado, me gustaba. Después limpié aulas, en un supermercado”. De lunes a sábado. ¿Y el domingo? “A limpiar apartamentos de turistas, eso ya en dinero B, era un riesgo, pero bueno”, se ríe, ya jubilada y disfrutando del futuro que se fueron labrando: una casa, un huertico y unas gallinas. Cuando regresó a España aún estuvo diez años limpiando y cuidando niños, ella, que apenas pudo dedicar el tiempo de vacaciones a los suyos. “Una colombiana hoy en España podría contar prácticamente lo mismo”, afirma Riera Ginestar.

El mismo sambenito

El arquitecto y escritor suizo Max Frisch describió con una frase lapidaria el drama humano inherente a la migración, antes y ahora: “Pedimos trabajadores y vinieron personas”. Con ella arranca otro de los capítulos del libro de Riera Ginestar en el que describe que tampoco aquellos ruidosos españoles gozaban de la mejor fama en el extranjero, ni se libraron del sambenito de la delincuencia que la derecha cuelga ahora a miles de africanos en España.

El ambiente era como mucho “de tensa multiculturalidad”, se lee en el libro. La integración, explica el autor, falló por ambas partes. Los españoles partían de una formación pobre y de ambientes rurales, limitaciones que hacían más cómoda una relación entre paisanos, mientras que los nacionales y los medios de comunicación, en un mundo donde lo políticamente correcto aún no había hecho acto de presencia, los acusaban “de sucios y de portar enfermedades, manipulaban los datos obviando la realidad y les culpaban de las pésimas condiciones en las que vivían”, escribe Riera Ginestar.

Los migrantes salían con la idea de hacer mucho dinero en poco tiempo, dos condiciones que resultaron erróneas. En no pocos casos los sueldos de un matrimonio se dividían, uno iba para España y el otro se quedaba pagando impuestos en Alemania, o en Francia. Pronto descubrieron que necesitaban más tiempo para conseguir el propósito que les aupó al tren con sus fardos. Pero los años iban pasando y un día las lágrimas cambiaron de bando: ahora se vertían por el regreso, cuando ya la adaptación les procuraba momentos felices. Las copas al aire, tras el último brindis con anís, tiraba Adelina López en Bellegarde (Francia), después de beberlas con sus amigas en la Nochebuena. No era para menos, tenía un buen trabajo en una empresa de botes de aluminio y dos niñas que habían nacido en Francia entre el festejo de decenas de paisanos; una casita con jardín, tortuga y lavadero. Si a algunos les arrebataban los embutidos en las aduanas, Adelina y su marido, Toribio Vidales, acabaron incluso haciendo la matanza del cerdo en Francia, donde pasaron 14 años, en barrios donde todos se conocían por el gentilicio: la portuguesa, el yugoslavo, los italianos o aquellos marroquíes que compartieron buhardilla con Adelina un tiempo. “Eran majísimos”, dice, mientras guisa un conejo en casa de su hija en Madrid.

Mujeres libres

Si un día Europa celebra los éxitos de su famoso acelerador de partículas, el LHC de Ginebra, tendrá que empezar por agradecer el trabajo de miles de emigrantes griegos, portugueses, italianos, turcos, y de muchos españoles, como Toribio, que se desempeñó abriendo aquellos túneles destinados a la ciencia puntera que hoy enorgullece al continente. En la frontera con Suiza, Toribio salía de mañana y volvía a Francia a dormir. Los fines de semana daba peonadas en el campo si le llamaban para sacar patatas. “Poco, pero ibas ahorrando”, dice. De los siete hermanos de Adelina, solo uno quedó en Destriana, otro marchó a Bilbao en la emigración interior, y cinco cruzaron los Pirineos, uno de ellos para siempre.

Normalmente eran los maridos los que querían volver, explica Riera Ginestar. Para las españolas, el mundo que se abrió al otro lado de la frontera no fue solo el del trabajo y más trabajo. Si alguien aprendió lo que era la libertad lejos de la dictadura, fueron ellas. “En la madrugada del 19 de marzo de 1960, 43 mujeres de la provincia de Salamanca, la mayoría bejaranas, emprendían un viaje en autocar de 2.000 kilómetros y casi tres días de duración hasta Remscheid-Lennep”. Así arranca el libro que escribió la profesora de Literatura Mercedes Riba Hernández. Cuenta en él la historia de aquellas pioneras que partieron antes incluso de que Alemania y España hubieran firmado los acuerdos de migración. En Alemania se necesitaban con urgencia trabajadoras del textil, una industria antaño floreciente en Béjar que había ido cayendo en picado.

En aquel país aprendieron a ser más libres y no fueron pocos los matrimonios mixtos que se formaron. Algunas, explica Riba Hernández, huían de maridos maltratadores de los que no podían divorciarse en España, “de presiones familiares y sociales, de la mediocridad provinciana y de las estrictas normas de la moralidad nacionalcatólica”. Por fin solas en los bares, fumando si querían y vistiendo lo que les daba la gana. Una exposición, que se inaugurará simultáneamente el 3 de junio en el Museo de la Industria Textil de Béjar y en la biblioteca de la Bergische Universität Wuppertal alemana, recuperará aquella memoria.

Cuando Casilda Hervés, hoy de 80 años, dejó de llorar en aquel tren y arribó a la estación de Lyon pasó las de Caín porque no daba con su marido. Pensó: “Yo aquí no me quedo”. Pero Francia le abrió un mundo nuevo. “Me acordaba de mis hijas día y noche, pero puedo decir que tuve buenas amigas francesas. Nos íbamos a las tiendas a probarnos ropa, no comprábamos ninguna, pero eso ya era mucho”. “Las francesas eran libres, nosotras estábamos atadas, ellas no dependían de nadie y a mí tampoco me gusta que me manden mucho, a ellas no les importaba lo que dijeran los demás, aprendí mucho”, se ríe. “Soy feminista desde entonces”, asegura.

Casilda miraba los niños de su amiga Nicole, de la misma edad que las suyas. “Me gustaba mirarlas”. Pero también sacó tiempo para revolucionar su empresa y fue “la culpable de que se montara un sindicato allí”. “A mi marido se le metió en la cabeza que había que regresar, decía que había ganado más dinero en España a la vuelta que en Francia, pero, si te digo la verdad, más me habría valido llevarme a mis hijas a Francia”, cuenta por teléfono. Empoderada, politizada y con conciencia de clase, Casilda siguió manifestándose en Galicia cuando tuvo la oportunidad. Se acordaba de cuando cuidaba vacas con su madre y una pareja de la Guardia Civil dio una paliza a un hombre en el campo. “Y no podías hablar”. Era muy niña entonces y Francia la cambiaría por completo.

Las Casas de España y los curas

La política nunca estuvo ausente del todo entre los emigrantes, a pesar de que ellos sabían bien a qué habían ido: trabajo y ahorro. Pero el franquismo no quería que esas influencias libertarias volvieran a casa con ellos y trató de amarrar la moral mediante el folklore en las Casas de España y el envío de decenas de capellanes que conservaban las tradiciones religiosas, pero que, a la postre, le salieron rana al régimen y colaboraron para paliar las carencias de los españoles en el extranjero, como los curas rojos de las periferias urbanas en el fin de la dictadura.

El dibujante Kim, autor de las famosas viñetas de Martínez el Facha y de varios libros, también se fue a Alemania en los sesenta. Él era distinto, tenía 19 años y estudios. Pensó en sacar algún dinerillo. Vio aquellos albergues donde se hacinaban los españoles y cómo un día llegaron unos falangistas a inocular moralina y fueron expulsados a tomatazos. “¡Vosotros me matasteis a un hermano!”, les gritó alguno. Recuerda las mafias que falsificaban los documentos de los emigrantes para borrar la palabra “turismo” y poner “trabajo”; recuerda también a los españoles frente a los pollos que daban vueltas en el asador mirando con cara de hambre; la megafonía que les pedía no orinar en el parque y hacer uso de los servicios públicos; los rememora tumbados sin nada qué hacer en sus pocos ratos libres escuchando emisoras españolas de canciones con dedicatorias para los emigrantes. Y cómo él les escribía y leía las cartas. De todo aquello salió un libro ilustrado, Nieve en los bolsillos. Alemania, 1963 (Norma Editorial). Las historias de los emigrantes podrían llenar una biblioteca entera.

“Lo que tenemos ahora en España no es una invasión, es un drama, una oportunidad y una necesidad”, concluye Riera Ginestar, a quien le gustaría que su libro, riguroso y lleno de curiosos detalles desconocidos para el común, sirviera para “tomar conciencia de que aquello fue, se está repitiendo y puede volver a repetirse, como la propia historia”. Si algo diferencia aquella migración de la que se vive hoy, reflexiona, son los niños que llegan solos a España ahora, dice el autor, “y quizá la solidaridad, que no se da como entonces, cuando vemos a algunos explotando a sus compatriotas”. Salvo eso, España fue un país de emigrantes, aunque ahora no quiera ya mirarse en aquel espejo." 

(Carmen Morán Breña , El País, 12/04/26) 

5.10.21

El Valle de Aridane, la zona afectada por la erupción volcánica de La Palma, es la tierra que floreció con los bolívares que enviaban los palmeros emigrados a Venezuela

 "La zona afectada por la erupción volcánica de La Palma y que comprende los municipios de El Paso, Los Llanos de Aridane y Tazacorte no se concibe sin el esfuerzo de generaciones que trabajaron una tierra que ya había sufrido los estragos de otros volcanes

“Ahora no tenemos Venezuela”. Es una frase que se repite en los últimos días en La Palma, cuya población compara la erupción actual con la vivida hace cinco décadas durante el volcán de Teneguía o con la de hace 72 años en el de San Juan, con el que aprecian aún más similitudes. Entonces, La Palma no tenía la misma población que alberga actualmente, ni era la segunda isla productora de plátano de Canarias. 

“Yo espero que a los bolívares los sustituyan los euros”, señala María Victoria Hernández, cronista oficial de Los Llanos de Aridane. Conoce de primera mano lo que significó para los isleños la oportunidad que brindó América Latina ya que su familia también ha sido migrante. A partir del año 1950 se ofrecieron los conocidos como “créditos blandos” por parte de la dictadura franquista para los afectados por el volcán. A ello, la cronista resalta que se le suman las remesas que enviaban los emigrados canarios. Así, los bolívares “que eran como el oro”  permitieron la compra de tierras. La zona afectada ahora por la erupción del pasado 19 de septiembre floreció gracias al esfuerzo de generaciones y el trabajo al otro lado del océano. 

El historiador y catedrático Manuel Hernández, autor de La emigración canaria a Venezuela, explica que la migración a ese país de forma clandestina es un fenómeno que había comenzado un año antes del volcán de San Juan, pero añade que sí que es cierto que en esa catástrofe natural hubo personas que perdieron sus tierras. La erupción no fue como tal el detonante de la migración, ya que se venía produciendo también por los habitantes de otras islas desde 1948, pero fue un factor añadido.

 La población de la isla era entonces bastante inferior y mucho más diseminada, pero la cronista de Los Llanos remarca que la lava sí que arrasó fundamentalmente con viviendas y viñas que había en la zona. El historiador remarca que esas migraciones en barcos clandestinos a Venezuela se prolongaron desde 1948 a 1952, en plena posguerra y dictadura franquista. Fueron más de 12.000 personas las que se embarcaron en busca de oportunidades sólo en esos años en múltiples barcos que viajaron hasta allí desde Canarias como el Telémaco, La Elvira o Saturnino.

 Por lo general, se trataba de barcos que se encontraban en muy malas condiciones y donde la tripulación “viajaba hacinada”, destaca el catedrático. Néstor Rodríguez Martín, en su artículo de investigación La emigración clandestina de Canarias a Venezuela en los años cuarenta y cincuenta del siglo XX donde apunta algunos casos excepcionales entre esos barcos, como el Juanita, que partió de Las Palmas de Gran Canaria el 2 de febrero de 1950 con 65 tripulantes y pasajeros y que era “el único que poseía casco de hierro, por lo que era conocido en los puertos insulares como Juanita de hierro”, pero también resalta el caso de una goleta que salió de La Palma. Se trata del “elegante” yate Benahoare (nombre aborigen de La Palma) “fabricado en una carpintería de ribera en Santa Cruz de La Palma y heredero de la tradición constructora naval palmera”, detalla en este artículo. El barco era propiedad de Armando Yanes Carrillo, también autor del libro Cosas viejas de la mar (1953). 

 El catedrático Manuel Hernández subraya el contexto histórico en el que se enmarca esa emigración clandestina. En 1948 gobernaba en Venezuela el escritor Rómulo Gallegos, que “de hecho, no tenía relaciones diplomáticas con Franco”. A los pocos meses de gobernar, se produjo un golpe de estado y después vino la dictadura de Pérez Jiménez. Entonces, “un montón de gente que era bien recibida, de pronto, eran ahora consideradas como comunistas”. A estos canarios los llevaban a lugares que hacían de campos de concentración, como la isla de Orchilla o la de Guasina, donde se les privaba de su libertad y pasaban miseria. El catedrático afirma que esta situación “presionó a Franco” para que en 1952 “se liberalizara la migración y no se pusieran obstáculos”, ya que hasta Venezuela no solo emigraban canarios, también personas procedentes de otros territorios del país como Galicia. Hubo algunos barcos con canarios que ya estaban viajando de forma clandestina y a quienes no les llegó la información de que se había liberado la migración hacia el continente. Fue el caso del Doramas, que salió de Las Palmas de Gran Canaria. 

Los palmeros, históricos defensores de la agricultura

María Victoria Hernández se emociona pensando en el amor que siente el pueblo palmero por su tierra. Los volcanes, las sequías, el trabajo duro o la emigración primero a Cuba y después a Venezuela han marcado el carácter de su gente. La cronista remarca que con esas remesas de los emigrados hubo que trabajar muy duro la tierra. “A pico y pala”, explica, se construyeron esos cultivos en forma de terrazas tan característicos de la isla. “Se traían camiones de tierra de la cumbre” para que esa tierra que fue arrasada por la lava fuera fértil. “A la piedra ya seca de los volcanes se le tiraba agua y se construían murallas. Yo creo que si pusiéramos todas las paredes que tenemos de piedra seca en línea recta, La Palma tendría una muralla más grande que la de China”, exclama la cronista. Manuel Hernández apunta que la emigración de los canarios a Venezuela se prolongó hasta los 80 y que en la compra de parcelas también tuvo que ver la estructura de la propiedad, que los grandes terratenientes vendieran sus tierras a los que regresaban con dinero de América y que decidieron invertir en la zona de Tazacorte, Los Llanos o El Paso. Pero los palmeros, explica, también realizaron grandes inversiones en El Hierro, tanto con el plátano como posteriormente con la piña tropical, así como en el sur de Tenerife.

 Fue especialmente a partir de los años 60 cuando se empezó a percibir ese despegue en el valle de Aridane. “Vino mucha gente de Gran Canaria y de Lanzarote a trabajar y que después se quedaron aquí”, remarca María Victoria Hernández. Después vino el Teneguía, que ella misma recuerda, pero se trató de una erupción en la que el miedo inicial dio paso a una gran expectación. “El 26 de octubre de este año se cumplen 50 años del Teneguía y mira todo lo que ha cambiado la vida”, resalta. El catedrático apunta que las causas del retorno de los canarios emigrados son múltiples y fue progresiva. Primero se vivió una crisis mundial en el año 1973 que originó el aumento del precio del petróleo. Posteriormente, se produjo la nacionalización de la industria petrolera en el país.  Antes del caracazo (una serie de protestas populares que tuvieron lugar en 1989 y que dejaron cientos de muertos en Venezuela), se había producido la primera devaluación de la moneda venezolana (1982), “que no tiene nada que ver con la actual”, recuerda el profesor de historia. La degradación de la economía venezolana hizo que canarios, así como descendientes de italianos, se instalaran en el Archipiélago como consecuencia del desarrollo del turismo, sobre todo en los territorios que “donde había posibilidad de trabajo” como el sur de las islas o Lanzarote y Fuerteventura. 

En La Palma, sin embargo, fue el sector agrícola el que despuntó hasta la actualidad y la población no experimentó un crecimiento tan elevado como el de otras islas como Lanzarote o Fuerteventura. Manuel Hernández recalca que los palmeros ya se habían reivindicado en Venezuela como defensores de la agricultura y narra el ejemplo de la que hoy día es una de las principales empresas ganaderas del país, El Tunal, fundada en la ciudad de Quíbor hace 51 años por Alejo Herández, palmero procedente de El Paso y conocido por el nombre de “tornillo”. Los lazos con venezuela son palpables en Canarias, especialmente en las islas occidentales donde “no hay más que ver la cantidad de areperías”, remarca el historiador, que pone el énfasis en el léxico, en la cultura, la música… 

La cronista de Los Llanos resalta la fortaleza de los palmeros para salir adelante, pero añade que es “muy duro” pensar en esas señas de identidad que han perdido como pueblo. Resalta el caso de la iglesia de Todoque, un lugar emblemático tanto para creyentes como para los que no. Un barrio que lleva en el corazón y del que comparte imágenes en su cuenta de Facebook. “Fotografías de lugares que ya no están” y que son fruto del trabajo de tantas generaciones. Pero “no solo es Todoque, es Paraíso, es la escuela de Los Campitos…” y otros tantos lugares que conforman la historia de La Palma y que la cronista rememora mientras aguarda a que la lava no se lleve el cementerio municipal, donde se encuentra enterrado su padre y los familiares de tantos vecinos. 

María Victoria Hernández espera que ahora el euro, la Unión Europea. las ayudas y los avances que su pueblo no tenía hace 50 años permitan salir adelante a los palmeros. Remarca que los volcanes de su isla dieron las primeras muestras de la literatura hecha en Canarias por los colonizadores en el siglo XV; las endechas de Guillén Peraza. (...)"                    (Jenifer Jiménez, eldiario.es, 03/10/21

23.6.21

Fernando Aramburu: Escucho con tristeza las palabras de Monasterio sobre un político rival venido de África. ¿Cómo vino? Como pudo. ¿De qué vivió? De lo que pudo. Conozco docenas de historias apenas distintas de emigrantes españoles en Alemania

Fernando Aramburu @FernandoArambur

 Escucho con tristeza las palabras de una representante pública que cita expresamente a un político rival venido de África. ¿Cómo vino? Como pudo. ¿De qué vivió? De lo que pudo. Conozco docenas de historias apenas distintas de emigrantes españoles en Alemania. Respetémonos.

2:58 p. m. · 18 jun. 2021
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Paula @PaulaMinana
En respuesta a @rtejedor y @FernandoArambur

 O sea, que a Monasterio no la perjudica, pues ella vendría legalmente, pero ha vivido de hacer chanchullos, falsificar licencias de obras y ejercer como arquitecta sin tener permiso para ello.

3:25 p. m. · 18 jun. 2021
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Jorge Corrales Gómez @Yosoycorra

En respuesta a @FernandoArambur 

Gracias por estas palabras @FernandoArambur, somos muchos inmigrantes en Alemania que compartimos historia con africanos, asiáticos y americanos. Hay que intentar eliminar esa idea de "ciudadanos de segunda categoría" en Europa, aunque haya gente que se empeñe en ello.

3:02 p. m. · 18 jun. 2021
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Javier Barrado @JavierBarrado1

En respuesta a @FernandoArambur

 A principios de los 70, mis padres, unos extremeños que buscaban una vida mejor para sus HIJOS. Sí, HIJOS lo pongo en mayúsculas, porque mi hermano y yo somos la razón por la que nos metimos en casa de mi tía, en Getafe, 8 personas. Nuestro patrimonio era una maleta de cartón.

3:40 p. m. · 18 jun. 2021
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22.12.16

Todos los españoles no son más que bestias feroces ejercitadas en la masacre, la violación y el pillaje que llegan con las manos llenas de sangre y el alma llena de rabia


 Escapando de otra guerra. Un barco cargado con niños españoles llegando al puerto francés de La Rochelle en 1937 (Imagno / Getty)

"Mercantes destartalados repletos de gente desesperada arribaban a los puertos bretones: era 1937 y eran refugiados españoles.

Durante el verano y parte del otoño no cesaron de llegar barcos. Pequeños mercantes destartalados, pesqueros que eran como cáscaras de nuez repletas de desgraciados que huían de la guerra. No eran sudaneses, ni sirios, ni era el Mediterráneo en Lampedusa o las Canarias. Era el Atlántico, en 1937, en los puertos bretones, y a bordo de aquellos barcos iban nuestros abuelos: hombres, mujeres y niños, mareados y exhaustos, que huían de la guerra.

Con apenas capacidad para diez personas, el pesquero Manolito llegaba al puerto bretón de Lorient el 20 de octubre, procedente de Avilés con 55 ocupantes, entre ellos 29 carabineros. Seis días antes, el carguero Bromo, repleto de refugiados, entre ellos 50 autoridades locales: jueces, diputados, alcaldes, policías… 

Santander había caído en agosto, Gijón en octubre, antes el País Vasco. Sólo en la jornada del 26 de agosto, 51 pesqueros, algunos apenas en condiciones de navegar, llegaban a La Rochelle. Entre junio y septiembre de 1937 llegaron a Francia unos 125.000 españoles. En 1939 el éxodo adquirió dimensiones de varios centenares de miles.

En ese éxodo 21.000 personas llegaron a Bretaña entre 1937 y 1939, una ola sin precedentes en los siglos XIX y XX en esa región bastante cerrada en sí misma, hostil a toda guerra y aún traumatizada por las carnicerías de 1914-1918.

 La historiadora Isabelle Le Boulanger, del Centre de Recherche Bretonne et Celtique de Brest, ha investigado a lo largo de más de tres años todo lo que aquel movimiento poblacional dejó en papel: 104 legajos conservados en los archivos de los cinco departamentos bretones, la prensa de la época y documentos como los diarios del escritor bretón Louis Guillot, responsable del Socorro Rojo en aquella zona. El resultado ha sido el libro L’exil espagnol en Bre tagne, 1937-1940 (el exilio español en Bretaña).

La analogía con los dramas y vergüenzas de la Europa actual se hace irresistible. “Hoy se nos anuncia la llegada de 600 migrantes a Bretaña: no son nada comparados con los 15.000 refugiados españoles llegados en febrero durante la retirada, y no debería suscitar debate –dice–. Cuando un pueblo huye de la guerra, nuestro deber es acogerlo, Francia debe estar a la altura de su reputación de tierra de asilo”.

La prensa de derechas sonaba entonces terrible: “Todos los españoles son más anarquistas que republicanos y sobre todo ahora, cuando la Guerra Civil desencadena terribles instintos a ambos bandos, ya no son más que bestias feroces ejercitadas en la masacre, la violación y el pillaje que llegan con las manos llenas de sangre y el alma llena de rabia”, anunciaba La Dépêche de Brest, el 3 de octubre de 1936. Pero la República francesa, que a diferencia de la Alemania y la Italia fascistas abandonó militarmente a sus parientes políticos españoles, cumplió con su deber de acogida.

“En 1937, el gobierno del Frente Popular fue muy favorable a los refugiados españoles, hizo el máximo para acogerlos de la mejor manera posible”, explica Le Boulanger. “La situación se deterioró tras la caída del Frente Popular en abril de 1938, el nuevo gobierno radical era muy anticomunista y no mostró gran empatía hacia los republicanos españoles”. 

Después del 10 de mayo de 1940, los propios franceses del nordeste fueron refugiados ante el avance alemán, “se les dio prioridad y los españoles pagaron el precio”. Respecto a las organizaciones de izquierda –más las comunistas que las socialistas–, “aportaron a los refugiados todos los productos que no podían ser asumidos por las subvenciones del Estado (200 millones de francos al mes en 1939); vestimenta, calzado, productos de higiene, material de puericultura, etcétera.

 También organizaron colonias de vacaciones para los niños. En esa asistencia también participaron sectores católicos”, explica la historiadora, que resume así en su libro la actitud general: “Frente a una minoría activa y solidaria por convicciones políticas o religiosas, una mayoría silenciosa y pasiva manifiesta, pese a todo, poca hostilidad a su presencia”.

En 1939, la guerra de España ha acabado. Mientras la máquina de fusilar trabaja a pleno rendimiento en España, la propaganda franquista también: “Nuestro país está abierto a todos los españoles que no tienen ningún crimen que reprocharse (…) nadie cree en la leyenda de la represión española”, señala una proclama del gobierno fascista publicada en L’Ouest-Éclair el 13 de septiembre. 

Ante las presiones para que regresen a su país, los refugiados aducen tres razones para no hacerlo: miedo a las represalias, búsqueda de parientes en Francia o en su país y espera de noticias de aquellos para decidirse, y en tercer lugar deseo de quedarse por considerar que no tienen futuro en España y por ser en Francia las condiciones de vida más favorables.

En general los prefectos tienen en cuenta la pertenencia de un refugiado a un partido político republicano para excluirlo de la lista de repatriados. Le Boulanger ha encontrado lo que califica de “desgraciadas excepciones”. Por ejemplo, el caso de un abogado de Izquierda Republicana que alega que sus bienes han sido confiscados por los franquistas.

 En una demostración de ignorancia o mala fe, el prefecto anota en su dossier que “su profesión de abogado le protege y debe por tanto regresar a su país”, como si la España de los sumarísimos y de los fusilamientos fuera un Estado de derecho.

Un interno en el campo de Gurs (Pirineos Atlánticos) lo explica así: “No hace falta haber cometido crimen alguno para ser condenado a muerte por los pistoleros fascistas, basta con haber defendido una causa que no es la suya; mi propia mujer sufriría represalias por mí en caso de ser trasladada a España, pues la justicia de los fascistas alcanza también a los familiares”.

Conforme se acerca la guerra contra Alemania, aumenta la presión y la arbitrariedad contra los refugiados españoles. En noviembre se suspenden los subsidios a hombres, aunque se mantienen para niños, ancianos y mujeres.

 Ya cerca de la Segunda Guerra Mundial y ante los agujeros laborales que crea la movilización, la repatriación se suaviza. Al final, los que quedan son los más marcados políticamente, que serán los primeros en comprometerse en la resistencia contra los alemanes, que en Francia no adquirirá verdadera significancia hasta 1943. (...)"           (Rafael Poch  , La Vanguardia, en Rebelión, 25/11/16)

8.7.16

Artículo del alcalde Cádiz: “Señores del PP: sí, soy un perdedor”

"Por su interés y porque comparto lo que para el alcalde de Cádiz, José María González Santos de Podemos, significa ser ganador o perdedor en la vida, reproduzco su artículo publicado en Diario de Cádiz el pasado día 3.

“Señores del PP: sí, soy un perdedor”. Por José María González Santos

EL pasado miércoles eran portada de Diario de Cádiz unas declaraciones de Antonio Sanz, delegado del Gobierno en Andalucía y presidente del PP en Cádiz, en las que eufórico por los resultados electorales decía “Kichi, eres un perdedor”. Ni siquiera me incomodó. Recordé reflexiones cercanas de un compañero que me contaba que en los Estados Unidos el dogma del individualismo había conseguido que a los pobres se les llamara losers (perdedores). 

Que te echan del trabajo, eres un loser; que te echan de tu casa, eres un loser; que tienes que cerrar tu negocio, eres un loser. De esta forma si no se ha cumplido tu ‘sueño americano’, al alcance de cualquiera, no es por tu contexto familiar o social, por el devenir de la economía o de tu economía, por la falta de políticas redistributivas y de apoyo a los pequeños o por la dictadura de los mercados, que tiende a ser hereditaria, sino por una especie de incapacidad personal, por ser por naturaleza o por torpeza un “perdedor”.

 Yo me reconozco en esa palabra. No soy pobre pero me tocó nacer en Rotterdam porque mi padre tuvo que irse allí a trabajar de soldador, porque aquí no había faena, y luego a Cantabria, Sudáfrica y hasta al Golfo Pérsico. A donde fuera para buscar el pan que yo comía. Nosotros fuimos de los “perdedores” de la reconversión industrial. 

Me reconozco en esa palabra porque mi madre trabajaba como tantas mujeres en esta ciudad como empleada doméstica sin contrato, sin horario, sin convenio, sin desempleo, sin derechos. Nosotras fuimos “perdedoras” de la precariedad impuesta al servicio doméstico hasta nuestros días, y digo “perdedoras” porque la feminización de la precariedad es una norma, especialmente la que tiene que ver con el servicio doméstico siempre interesadamente desregulado y carente de los derechos propios de otras profesiones.

Fuimos también “perdedores” cuando mi hermana tuvo que volver a coger las maletas para irse a Castellón a trabajar de lo que fuera con mi cuñado. Me perdí años de disfrutar a mi padre y me perdí años de disfrutar de mi hermana porque una broma macabra había decidido que Cádiz tenía que parir manos para la riqueza, el talento, el trabajo y los abrazos en tierras extrañas. Esas fueron dos grandes pérdidas. He sido un gran “perdedor” de cosas importantes toda mi vida.

Me reconozco en esa palabra, porque mientras usted, señor Sanz, lleva 22 años bajando de coches oficiales, porque usted es sin duda un “ganador”, yo empecé a trabajar con 18 años de hamaquero en la playa, luego descargando cajas de pescado congelado por tres euros la hora, de camarero sin contrato en bares, de profesor interino cinco años dando vueltas por Andalucía (desde Albox a Algeciras pasando por Luque o Motril) y luego con plaza en propiedad desde hace ocho años cogiendo de nuevo la maleta para ir a trabajar entre otros lugares a Tabernas (Almería).

 Por cierto, y pese a lo que interesadamente se cuchichea, nunca me he tenido que pedir ninguna baja por depresión, afortunadamente. Sí he sido delegado sindical de Ustea elegido por mis compañeros y compañeras docentes, dos años, y muy orgulloso por haberlo hecho en un sindicato como Ustea en el que se limitan temporalmente las liberaciones como hacemos en Podemos con los cargos públicos. Orgulloso también por lo que conseguimos en aquellos dos años de trabajo en defensa de la Educación y del empleo público.

Mi padre perdió su salud por culpa de la precariedad. He perdido a mi familia a tiempo parcial por culpa del paro y también pude haber perdido mis sueños. Un día que no se me olvidará, el día que me hice adulto, mi padre me pidió que eligiera entre el mono de Astilleros y la capacha o seguir estudiando. Pero decidí perseguir mi sueño de ser historiador, de ser profesor. 

Y no lo conseguí solamente por méritos propios, porque lo del sueño americano es un camelo. Lo conseguí porque tenemos un sistema de Educación pública que su partido, señor Sanz, no ha parado de recortar. Lo conseguí gracias a las becas para las personas que nacieron como yo en un entorno “perdedor” y que su partido no ha parado de limitar.

 Lo conseguí gracias a la existencia de una Universidad pública que sigue en pie de milagro asfixiada económicamente, encarecida para el estudiantado y mercantilizada a pasos agigantados como resultado de sus políticas, señores del Partido Popular.

No me duele que ustedes brinden con champán por recuperarse mínimamente de la caída más dura de la historia de su partido. Sigo siendo el alcalde de esta ciudad y eso no es una victoria personal sino el resultado de un proceso irremediablemente de cambio, pese a que no lo vean en su borrachera de poder. 

Un proceso que hizo que un “perdedor” como yo tuviera el honor y la enorme responsabilidad de representar a sus vecinos y vecinas no 22 años como usted, señor Sanz, sino ocho como máximo por decisión propia, sin mudarme de barrio, con mi sueldo de profesor, sin un coche oficial aparcado en la puerta de mi casa y habiendo pedido a los tres escoltas que me acompañaron el día de la investidura que volvieran a su puesto.

 Lo que “gane” en estos ocho años no será para mí. A diferencia de usted, esto para mí es un periodo excepcional en mi vida, un periodo de sacrificio, de “perder” en lo personal. Lo que “gane” no será para mí sino para tratar de contribuir a que la siguiente generación de gaditanas y gaditanos no tengan que ser siempre “perdedores”. Señor Sanz, que le sea leve la resaca."                 (Juan Torres López, 04-07-16)

1.2.11

¡Vente p'a Alemania, Pepe!

"Medio siglo después, los españoles vuelven a emigrar a Alemania, aunque sus historias son radicalmente distintas.

La realidad de España ha dado un vuelco desde aquellos años de hambre que empujaron a más de dos millones de personas a buscarse la vida en Europa sin más aval que las ganas de trabajar y sus manos.

Los nuevos emigrantes españoles han estudiado. Y mucho. Saben idiomas, han viajado, han vivido la experiencia de una beca Erasmus. Pero en España tienen dificultades para encontrar un empleo acorde a su formación.

El 19% de los licenciados de entre 25 y 29 años está en el paro. Un 44% desempeña un trabajo por debajo de su cualificación (según la OCDE). Y sus sueldos están a la cola de Europa. Emigran para buscar un empleo que cumpla sus expectativas, para mejorar su situación laboral y sus perspectivas. Y la locomotora de Europa -Alemania- sigue siendo uno de sus destinos preferidos.

La crisis ha alejado de España a 110.000 personas entre abril de 2008 y abril de 2010, según un estudio de Adecco, lo que supone un aumento de un 9,2% en el número de españoles que residen en el extranjero (1.333.693 personas).

El perfil del demandante de empleo en el extranjero es un hombre de entre 25 y 35 años, altamente cualificado: ingeniero, arquitecto, informático. A ellos se dirige precisamente ahora la canciller alemana Angela Merkel.

Según adelantaba el semanario Der Spiegel, Merkel tiene intención de contratar a jóvenes cualificados del sur y este de Europa para dar respuesta a las necesidades del mercado alemán." (El País, 30/01/2011, p. 34)

5.5.10

La acogida española a la inmigración

"A pesar de todo, nadie discute que España haya sido, como país y hasta ahora, un ejemplo de tolerancia ante la llegada masiva de inmigrantes que ha ocurrido en los últimos 12 años. La política de inmigración en España se ha construido sostenida en el consenso. No ha sido un espacio, como ha ocurrido con otros temas sociales como la educación o la sanidad, pasto de la confrontación política en las cámaras parlamentarias o en los pasillos e incluso en las calles.

Los partidos mayoritarios se han portado en esta cuestión de una forma coherente. Es verdad que lo dicen ellos mismos, sus responsables, pero la inmensa mayoría de los expertos lo certifica.

"La sociedad española ha sido muy receptiva al fenómeno migratorio y la mayoría de los ayuntamientos están haciendo un importante trabajo para favorecer la integración, pero es un proceso largo y complejo y la obligación de los responsables políticos es acompañarlo, invertir en él y poner las condiciones para que transcurra con normalidad", opina la directora general de Integración de los Inmigrantes del Ministerio de Trabajo e Inmigración, Estrella Rodríguez Pardo.

"Los discursos que alimentan el odio a lo diferente y enfrentan a unos con otros son peligrosos a largo plazo porque en estas cuestiones en muy difícil construir y facilísimo destruir. Es fácil despertar en la gente el miedo al futuro, al paro, y culpar al que viene de fuera y alimentar los odios. Es difícil explicar bien las cosas, prevenir y resolver.

La responsabilidad es compartida, entre los programas del Gobierno y los recursos del Gobierno y los que han puesto por su parte las comunidades y ayuntamientos para la integración de inmigrantes. Y después de todo ese trabajo, el destrozo que hacen a la sociedad esos mensajes destructivos, ¿cómo se arregla y quién lo paga?", advierte la directora general. (...)

Aparte de los dos momentos más delicados para la política de inmigración en España (en 2000, con los dos cambios normativos sucesivos, y en 2005, con la regularización extraordinaria de extranjeros), España, a pesar de las encuestas, no ha vivido grandes confrontaciones por este tema. Pero hay cuestiones que flotan de forma permanente sobre esta calma, una de las cuales suscitó la polémica de Vic: el derecho al empadronamiento reconocido por la legislación española, se esté en una situación legal o no en el país.

Esto es para no pocos especialistas, nacionales e internacionales, una situación anómala que debería revisarse y es un derecho que resulta difícil tanto de entender como de explicar bien a los ciudadanos. Y se trata de una de las cuestiones más usadas para lanzar mensajes xenófobos.

"Hay un aumento del rechazo del otro y se produce en los territorios más vulnerables y no en los que tienen más nivel de renta", advierte la portavoz de Inmigración del PSOE en el Congreso de los Diputados, Esperanza Esteve. "Es normal que en un momento de crisis haya cierto temor a que el otro te acabe desplazando a ti, pero lo grave es que una institución, un partido, use esta situación para crear confrontación entre vecinos, agudice las diferencias y ponga la culpabilidad en el que acaba de llegar, eso es muy sucio", señala Esteve.

"Estos mensajes juegan con un proceso de cambio social delicado en un momento en el que la percepción de la diversidad es muy alta y, aunque hay déficits, se está trabajando duro en los sitios en los que hay más problemas y son lugares en los que hay que cuidar mucho la convivencia, huir de los agravios comparativos y desmontar mensajes negativos. Así que el daño que hacen esas políticas xenófobas es enorme y es muy irresponsable por parte de esos partidos permitir que se quiebre así la convivencia para arañar apenas unos votos", concluye la portavoz socialista." (El País, ed. Galicia, 04/05/2010, p. 33)

4.2.10

Nuestra emigración... Europa adelante...

"Diciembre de 1962. Un hombre joven lucha por reprimir sus lágrimas ante el cónsul de Alemania en Barcelona. La policía de aquel país lo ha expulsado por no tener los papeles en regla. El cónsul le grita que debe ir hasta Málaga, de donde es, a arreglar sus documentos.

Pero el joven no tiene dinero, sólo un billete de vuelta a Frankfurt. La secretaria del cónsul rellena nerviosamente un impreso y lo pone delante de su jefe para que lo firme. El cónsul lo firma, se lo da al joven, y le dice: ya puedes volver a Alemania. Aquel hombre joven era mi padre. (...)

No lo podemos saber a ciencia cierta, pero se calcula que en torno a un tercio de los españoles que emigraron a Alemania lo hicieron de manera irregular. No sé muy bien qué quieren decir quienes afirman que los españoles emigrábamos con papeles. (...)

A su regreso a España aquellos emigrantes trajeron algo más que las divisas ahorradas. La convivencia con los trabajadores de países democráticos y más desarrollados que el nuestro fue una escuela de modernidad para nuestra clase obrera. La combinación entre emigración y dictadura produjo por unos años la paradoja social de una clase trabajadora más viajada y cosmopolita que el grueso de la clase media.

Cuando en nuestro país algunos intelectuales aún se debatían entre el maoísmo y el trotskismo, una buena parte de nuestros emigrantes tenían clara su apuesta por la socialdemocracia. Ellos fueron un pilar fundamental para el proyecto de cambio que lideró Felipe González. Se ha dicho que tal proyecto era claro: ser como Europa. Pero no hubiera sido tan claro sin la experiencia de Europa de tantos españoles, sin su peculiar Erasmus.

Europa era la solución, pero nuestra integración efectiva en Europa no fue fruto del liderazgo histórico de unas élites esclarecidas sino del coraje biográfico de los trabajadores. (...)

Quienes tienen la experiencia de la emigración saben bien que la famosa llamada no es ni un efecto, ni una metáfora, sino literalmente una llamada. En los años cincuenta y sesenta era la carta de un familiar, de un amigo o de un paisano, avisando de un trabajo en Suiza, Francia o Alemania. Hoy es la llamada telefónica realizada desde un locutorio.

Han sido las ofertas de trabajo de los pequeños, medianos y grandes empresarios agrarios, de la construcción, de la hostelería, del comercio y del transporte, las que han atraído a los trabajadores inmigrantes para mejorar la cuenta de resultados de sus negocios.

Y no les ha ido mal, los inmigrantes son responsables de un 30% del crecimiento de nuestro PIB en la última década. Han sido las familias de clase media quienes han llamado a varios centenares de miles de mujeres de Bolivia, Perú o Ecuador, para que vengan a cuidar a nuestros hijos o a nuestros mayores, al duro precio de tener que dejar de cuidar a los suyos. (...)

Que la derecha política, cuando gobernaba, dejara que se formase en España una enorme bolsa de inmigrantes en situación irregular, vulnerables al no estar protegidos por las leyes, sometidos al capricho de cuantos desalmados quisieran aprovecharse de ellos, fue una mala acción. Culpar de la existencia de esa bolsa de inmigrantes a quienes los pusieron bajo el amparo de las leyes es sólo una bajeza. (...)

La memoria de nuestra emigración ha contribuido a nuestra forma, por lo general decente y sensata, de entender la inmigración. Incluso en mitad de una profunda crisis hemos sabido preservar la convivencia a pesar de las predicciones de algunos agoreros. Porque no son las dificultades materiales, sino los valores con que las afrontamos, los que determinan las consecuencias sociales de las mismas, y los españoles podemos sentirnos bastante orgullosos de nuestros valores. (...)

Los economistas hablan de activos intangibles. La reputación de un país es uno de esos intangibles. Seis millones de personas de otros países, de otras culturas, dan testimonio de quiénes somos los españoles. Los inmigrantes son también embajadores de países en los que España tiene intereses estratégicos, ya sean de carácter económico o político, y pueden contribuir decisivamente a la actitud que las generaciones presentes y futuras de esos países tengan con nosotros. (...)

Como parte de la España que emigró, tengo bien presente que quienes hoy tratan de ganar votos alimentando la xenofobia son de la misma estirpe que aquellas élites que forzaron a mis padres y a muchos como ellos a emigrar. Tampoco olvido la gratitud de mis padres al canciller alemán Willy Brand por su buen trato a los inmigrantes. Por eso a veces pienso que quizá dentro de treinta años el hijo diputado de una inmigrante ecuatoriana hablará bien de Zapatero y de la España que, conservando la memoria de su propia emigración, supo respetar el derecho de su madre a hacerse una mamografía.

Es posible que a algunos ese tiempo les parezca lejano, y por no aguantar con entereza este momento de dificultad pretendan malbaratar nuestro futuro arruinando el patrimonio moral, y no sólo moral, que entre todos hemos ganado para nuestro país. Como dice Daniel Innerarity, los conservadores de hoy no se caracterizan por querer preservar el pasado, sino por destruir el futuro." (JOSÉ ANDRÉS TORRES MORA. A quien corresponda. El País, ed. Galicia, opinión, 23/01/2010, p. 35)

11.12.08

Los nietos se ríen del esfuerzo de los abuelos, de los cuentos de la emigración

"El título del espléndido documental de Juan Vicente Córdoba, una de las películas más emocionantes, y la más triste que he visto últimamente, evoca las chabolas que florecían bajo la luna en el Pozo del Tío Raimundo, en las décadas de 1950 y 1960. Los inmigrantes andaluces y manchegos que llegaban a Madrid buscando un futuro con las manos vacías tenían que levantar cuatro paredes y un techo antes del amanecer. Lo lograban con la ayuda de los vecinos, que, si hacía falta, les prestaban sus muebles, y hasta a sus hijos, para que al día siguiente la policía encontrara una casa habitada y no la echara abajo.

Así, a base de voluntad, de constancia y de solidaridad, aquel lodazal de infraviviendas se convirtió en un barrio confortable y algo más, un símbolo de la superación personal y colectiva, célebre por sus exitosos experimentos sociales. Ahora, el Pozo destaca por su índice de fracaso escolar, el segundo de España. Siete de cada diez nietos de aquellos luchadores que se apuntaban a la escuela con 40 años, para aprender a leer y a escribir después del trabajo, la abandonan hoy antes de tiempo.

Ignorantes, arrogantes, pródigos en tintes y escarificaciones, miran a la cámara y dicen que el trabajo español es para los españoles, que los inmigrantes ecuatorianos huelen mal y que estudiar es de pringados. Ajenos a la cultura del esfuerzo y la recompensa, que identifican con la pobreza, se sienten cómodos en una sociedad desmemoriada, insolidaria y autocomplaciente, que desconfía de la enseñanza pública y fomenta la admiración por la riqueza privada. Han despreciado oportunidades que nadie de su familia ha tenido antes que ellos, pero no dan sólo rabia. También dan pena." (ALMUDENA GRANDES: 'Flores de luna'. El País, ed. Galicia, Última, 08/12/2008)

4.9.08

Miedo a la inmigración, de los ricos que fueron felices y pecadores cuando eran pobres... y les da vergüenza recordarlo

“Nieto de un judío ruso de Kaunas (Lituania), Fuksas está muy preocupado por la inmigración. "Hemos olvidado que hace 40 años todos éramos pobres y felices", dice. "Todavía no habíamos terminado de construir el Estado cuando llegó Europa. Ahora ha llegado la globalización, la gente se ha hecho cada vez más individualista y tiene miedo. Miedo a perderlo todo, miedo a este mundo irracional y sin reglas, miedo a que no haya futuro, a tener hijos, a que en Italia no haya italianos".

Fuksas añora la Roma "lúdica, rural, multiclasista, creativa e imaginativa" de los sesenta y setenta. Pero añora más todavía la Roma precatólica. "Era una ciudad completa, cosmopolita, con calidad de vida, hedonismo, deporte, conversación, cultura. Las personas cagaban juntas y comentaban la actualidad. Era una existencia sin pecado, mucho más rica. El pecado es uno de los peores vicios de hoy". (M. FUKSAS: "Si un proyecto no me sale en 20 minutos, va mal". El País, ed. Galicia, Última, 02/09/2008)

20.5.08

Nuestra memoria histórica de la emigración ¿Será el olvido de esa emigración?

“El endurecimiento de las medidas contra los inmigrantes que aparece cíclicamente en la agenda de la Unión Europea tiene mucho de amnesia y un buen porcentaje de ingenuidad, porque si algo demuestra la historia de los flujos y reflujos migratorios de todos los tiempos es que no hay ley, ni muro, ni forma de impedir la entrada de una persona que, con el irreprochable objetivo de alimentar a su familia, pretende introducirse en un país que le ofrezca mejores oportunidades que el suyo. (…)

¿Qué hubiera sido de la hoy pujante y boyante Irlanda si en el siglo XIX, durante la gran hambruna, Estados Unidos hubiera "endurecido" las medidas contra los inmigrantes? Éste es un asunto de conciencia nacional con el que tendrán que lidiar en su momento los irlandeses. En España también tenemos nuestra propia cuota de amnesia, que nos lleva a hacer cosas que, si nos ajustásemos a cualquier manual de urbanidad básica, serían calificados como esos actos impropios que hace la gente maleducada y malagradecida. (…)

Lázaro Cárdenas sostenía que las personas que, por cualquier razón, tenían que abandonar su país debían ser recibidas por otro. Esto le parecía un principio de elemental humanidad, y guiado por este principio ofreció asilo a miles de inmigrantes,entre ellos, a decenas de miles de españoles que no sólo habían perdido la guerra sino también su país. (…)

Estados Unidos, que nos lleva décadas de ventaja en este tema, se ha cansado de construir muros y leyes y de inventar cuerpos de policía especiales, y aun así no ha podido encontrar la solución para que los emigrantes latinoamericanos dejen de colarse por sus fronteras. La inmigración es el peaje inevitable que tienen que pagar los países ricos, y todo lo que puede hacerse al respecto es, más o menos, acotarla. Porque sin este margen se caería en la persecución, en la criminalización del inmigrante, en la instauración de un Estado policiaco que iría en contra de lo que es Europa, un territorio donde ante todo se practican los valores de respeto de la dignidad humana, sin los cuales este continente se convertiría en un holding de empresarios dedicados a la multiplicación de sus riquezas.” (JORDI SOLER: La mala educación. El País, ed. Galicia, Opinión, 18/05/2008, p. 33)