"Una empresa del norte del país muestra cómo las cooperativas de
aceite de palma pueden empoderar a las comunidades mientras obtienen
beneficios
La cooperativa de aceite de palma Hondupalma es un faro de esperanza
en un contexto de violencia en Honduras, afirman personas relacionadas
con la empresa. Al reunir a más de 600 pequeños propietarios, todos
ellos socios de la compañía, Hondupalma desafía el modelo predominante
de las grandes empresas familiares de aceite de palma, explican, y
añaden que también empodera a las comunidades.
Sin embargo, en medio
del inquietante panorama del país, marcado por los ataques a los agricultores,
la cooperativa se enfrenta a sus propios retos: le ha costado diseñar una
estrategia global para afrontar los desafíos relacionados con el clima y no
tiene un plan de relevo para dirigir la empresa. A medida que sus miembros
envejecen, la posibilidad de que Hondupalma pierda los valores que la han
sustentado se hace cada vez más real. (...)
Aunque ha traído consigo
desarrollo económico y prosperidad, el cultivo de palma no ha estado exento de
controversias medioambientales y sociales. En particular, la industria ha
estado plagada de disputas por la propiedad de la tierra que enfrentan a campesinos
y pequeñas cooperativas con poderosos terratenientes, y a menudo terminan en
violencia.
Del total de la
producción nacional, el 61% proviene de solo tres
empresas ―Corporación Dinant, Grupo Jaremar y Aceydesa― y sus plantaciones
están ubicadas donde se han registrado los mayores niveles de violencia.
Hondupalma, por su parte, produjo alrededor del 8% de la producción nacional en
2021, según cálculos basados en su informe a la RSPO (Mesa Redonda sobre Aceite de Palma
Sostenible).
Para Elvin Hernández,
sociólogo e investigador del ERIC-SJ, un centro hondureño de investigación y
comunicación, la crisis sociopolítica que vive la industria del aceite de palma
repite el patrón de las élites bananeras del siglo pasado: “Acaparar tierras,
explotarlas con monocultivos y conspirar con el Estado”.
En una zona del norte de
Honduras ―el valle del Bajo Aguán, en el departamento de Colón―, 160 campesinos
han sido asesinados en la última década.
Los conflictos entre los terratenientes de la zona y los campesinos despojados
de sus tierras tienen una larga historia, y no parece que vayan a resolverse
pronto. Hace más de un año se hizo un nuevo intento de resolución. Los
trabajadores agrícolas y la administración de la presidenta Xiomara
Castro firmaron un acuerdo para
reducir la violencia en la zona. El ambicioso documento pretendía poner fin a
la crisis de forma integral, centrándose en los derechos humanos, la reparación
a las víctimas y el acceso a la justicia mediante la investigación de los
delitos cometidos contra ellas.
Sin embargo, desde esa
fecha han sido asesinados otros cinco trabajadores agrícolas. ¿Qué ha pasado
con la iniciativa del gobierno castrista? La situación es compleja, pero Jhony
Rivas, portavoz de la Plataforma Agraria del Valle del Aguán, tiene clara una
cosa: “Los terratenientes tienen mucho poder en el país”.
Un enfoque alternativo
Hondupalma, una de las
empresas de aceite de palma más reconocidas del país, se fundó en 1982 en
Guaymas, un pequeño pueblo del Valle de Sula, al norte de Honduras, conocido
por organizaciones y comunidades como la cuna de los movimientos campesinos que
lucharon por las reformas agrarias.
Ramón Cruz, o “Monchito”, uno de sus fundadores, nos cuenta que
Hondupalma es fruto de los ideales que han motivado las luchas
campesinas por la tierra y la dignidad desde los años cincuenta. (...)
Anualmente, estas
plantaciones producen alrededor de 222.000 toneladas de racimos de fruta de palma, que
ellos mismos procesan para fabricar aceite comestible, jabón, detergente y
otros productos bajo sus tres marcas: Clavel, Jansur y El Portal. “Exportamos a
El Salvador, Nicaragua y Guatemala e incluso a Europa; estamos en Holanda y
Alemania”, dice.
Para Monchito, lo que
distingue a Hondupalma es el hecho de haber logrado este éxito comercial sin
perder su identidad de cooperativa socialmente responsable fundada por grupos
campesinos.
Su organización es
ampliamente democrática. Los 603 socios, a los que el Estado concedió tierras
en el marco de la reforma agraria, están organizados en 30 empresas
asociativas. Cada una elige a tres representantes para que formen parte del
consejo de administración, órgano que selecciona al director general y a los
cargos clave y de confianza de la empresa, todos socios o hijos de socios,
explica Monchito. Los beneficios se distribuyen entre los socios, se
reinvierten en la empresa o se utilizan para apoyar proyectos que benefician a
los socios y sus comunidades, como formación técnica, un hospital comunitario y
financiación asequible. “Se trata de un círculo virtuoso: si las comunidades y
la tierra son buenas, la producción y los beneficios también lo son”.
Eduardo Hernández, presidente de la junta directiva, afirma que otro
elemento que diferencia a Hondupalma es que cuenta con una empresa
filial, Energéticos Renovables Hondupalma, que genera electricidad
renovable exclusivamente para la empresa matriz, utilizando biogás
producido a partir de las aguas residuales oleosas sobrantes del proceso
de extracción del aceite de palma. La central tiene una capacidad de
producción de 2000 kilovatios hora y suministra el 45% del consumo total
de electricidad de Hondupalma.
Elvin Hernández reconoce
la importancia del modelo cooperativo de Hondupalma, no sólo como alternativa
en cuanto a la tenencia de la tierra, sino también para mitigar los impactos
ambientales de la producción de aceite de palma, y la clave está en la visión
de la empresa. “Lo que está ocurriendo no es lo mismo que en el Valle del
Aguán, donde tres familias acumulan beneficios para sí mismas”, afirma. “En
cambio, Hondupalma es una empresa con sentido comunitario y respeto por la
tierra, creada para mejorar la calidad de vida de las comunidades”.
Por su origen campesino y cooperativo, demuestra que en Honduras es posible una
empresa de palma aceitera que supere los conflictos históricos de tenencia de
la tierra. Pero, ¿es posible mitigar el impacto ambiental atribuido a la
industria del aceite de palma?
Eduardo Hernández afirma
que la empresa reflexiona constantemente sobre el impacto medioambiental del
monocultivo y asume la responsabilidad de minimizar los efectos colaterales del
cultivo de la palma aceitera. Sin embargo, la palma aceitera es el único
cultivo que soporta las constantes inundaciones del Valle de Sula, afirma.
En los últimos años,
Honduras ha experimentado cada vez más periodos de sequía seguidos de fuertes
lluvias. La sequía es un problema para la palma aceitera porque necesita mucha
agua. Honduras se encuentra dentro del “corredor seco“, una gran extensión
de tierra en Centroamérica que también abarca Guatemala, El Salvador y
Nicaragua. La región y su agricultura son especialmente vulnerables a los
riesgos asociados al cambio climático, lo que a su vez ha tenido importantes
repercusiones económicas y amenazado la seguridad alimentaria.
Aunque Honduras cuenta
con abundantes fuentes de agua, el acceso a ellas, especialmente al agua
potable, es cada vez más escaso. La privatización de pozos y reservas de agua
potable, la contaminación por aguas
residuales o desechos animales, más el consumo de las industrias extractivas,
contribuyen a agotar, deteriorar y reducir las fuentes de agua.
El ecologista hondureño Juan Mejía advierte sobre la amenaza que
supone la expansión del cultivo de la palma aceitera. “Cada palma
africana, a partir de los 12 años, consume entre 40 y 50 litros de agua
al día en promedio. Esa cantidad de agua que se extrae de la palma no se
puede reponer”, afirmó.
La sequía y la falta de
infraestructuras de abastecimiento han provocado una verdadera crisis hídrica
que afecta a gran parte de la población hondureña.
Sin embargo, Hondupalma
afirma someterse a normas internacionales de certificación como las de la RSPO,
que exigen el cumplimiento de compromisos sociales y medioambientales, entre
ellos, la gestión ética y transparente, el respeto de los derechos humanos y
laborales y la conservación de los ecosistemas. Y éste es el compromiso
constitutivo de la cooperativa, afirma Eduardo Hernández, porque “la apuesta de
la empresa es la comunidad; aquí nadie trabaja para hacerse millonario o
acumular beneficios para un pequeño grupo. La misión es mejorar la vida de los
socios de la empresa y eso pasa por el cuidado de la tierra”.
Cuando se trata de áreas
protegidas, Hondupalma ratifica su compromiso de respetarlas y preservarlas
mediante visitas a sus plantaciones y la asignación de códigos que garantizan
que no se afectan reservas nacionales. “Hondupalma enseña que es posible una
relación armoniosa entre los agricultores, las empresas, la producción de palma
y el medioambiente”, concluye Elvin Hernández. “Pero para ello hay que
renunciar al acaparamiento de tierras, al dinero como fin y a la violencia como
medio”. (...)
En un panorama político
y empresarial difícil, Hondupalma ha cosechado grandes éxitos en sus primeras
décadas. De cara al futuro, es probable que estos retos ―en particular,
sobrevivir en un mercado competitivo con márgenes reducidos, dominado por
empresas respaldadas por familias poderosas― perduren. Encontrar un liderazgo
que preserve los principios colectivos de la empresa, que hasta ahora han
ofrecido un modelo alternativo convincente, podría ser vital para garantizar su
éxito en el futuro." (lany Mariela Pérez , Rebelión, 19/08/2023)