"Desde hace unos años, no hay mesa de domingo en familia, ni café con
los amigos por las tardes en los que la conversación no termine girando
en torno a la falta de la accesibilidad de la vivienda en nuestro país.
Tras la gran crisis de 2008 dos generaciones –los millennial y
los Z– fueron expulsadas del mercado inmobiliario, y muchas de esas
personas se han resignado con amargura a la idea de que solo a través de
una herencia podrán llegar a tener algún día una casa. Los que ni
siquiera pueden aspirar a esa herencia quedarán para siempre a merced de
un mercado que devora la nómina entera y expulsa a los habitantes de
sus barrios.
Sin embargo, el futuro podría ser otro. Hablamos por teléfono con
José Manuel López Rodrigo (Madrid, 1966), ingeniero de formación,
experto en Planificación y Urbanismo, exdiputado de Podemos en la
Asamblea de Madrid y actualmente director del Gabinete de la ministra de
Sanidad, Mónica García (Más Madrid).
Durante toda la conversación, López insiste a menudo en
sacudirse la resignación y la melancolía paralizantes: asegura que
tenemos motivos para fabricar un relato mucho más esperanzador y empezar
a cambiar las cosas. Para demostrarlo, acaba de publicar el libro Casas. Hacer política con (la, nuestra, tu) vivienda (Akal, 2025), una obra en la que se proponen soluciones realistas y argumentadas ante un problema que nos atañe a todos.
El pasado 19 de noviembre nos desayunamos con el siguiente titular: “El precio de la vivienda se encarece un 12 % en el tercer trimestre de este año y marca su récord histórico desde 1995”, –aunque algunos medios han señalado que existen discrepancias muy grandes (un 43 % de media)
entre los precios que vemos en los portales inmobiliarios y los que
finalmente aparecen en las escrituras notariales–. Es imposible no
preguntarse qué está pasando y cómo hemos llegado a esto, más aún si
tenemos en cuenta que el PSOE ha estado gobernado en coalición con otras
formaciones progresistas desde 2018.
Para entender lo que sucede ahora hay que mirar lo que se ha hecho
con la vivienda durante los últimos sesenta años. Debemos tener en
cuenta que más o menos el 80 % de las casas que tenemos hoy fueron
construidas después de 1960. Podemos diferenciar cuatro ciclos
diferentes desde entonces hasta el momento actual.
El primer ciclo iría desde 1960 hasta que España entra en la Unión
Europea en 1985. Durante ese tiempo se construyeron ocho millones de
viviendas protegidas, es decir hubo un control por parte del Estado, la
gente no podía hacer lo que quisiera con su casa. Un segundo ciclo va
desde 1985 hasta 1995: ahí se produce un gran problema cuando se
modifica el sistema de protección. En lugar de hacer más VPO, lo que se
hace es dar dinero a la gente a través del IRPF, de manera que la
vivienda que te financiaban era libre, es decir, el Estado perdió el
control sobre ella y su papel se limitó a financiar la compra. Entre
1982 y 2022 se ha destinado el equivalente a 162.000 millones de euros a esto
–por ponerlo en perspectiva, el actual plan de recuperación es de
80.000 millones–. Además, durante ese tiempo se autorizó la
descalificación de las viviendas protegidas. Recuerdo que mis padres
estaban contentísimos: su vivienda protegida pasó de valer 300.000
pesetas a valer tres millones, de repente éramos una familia pudiente.
Lo que hizo el Estado en aquel momento fue repartir mochilas, pero el problema es que, si no estabas ese día, te quedabas sin tu mochila,
y a partir de ahí la administración ya no tuvo nada más para repartir.
Cuando pensamos ahora en el sistema de redistribución de nuestro país,
nos viene a la mente todo lo que tiene que ver con sanidad, educación,
pensiones y servicios sociales, pero nadie habla de vivienda. Sin
embargo, hasta 1984 todavía se consideraba la vivienda como una quinta
pata en ese sistema de redistribución.
El tercer ciclo se inició con Aznar. Se perdió el control estatal y
todo pasó al mercado. Toda la transferencia que habían recibido las
familias a través de las viviendas protegidas y del IRPF cambió de
sentido y pasó a invertirse en los bancos. Las familias perdieron 40.000
millones y, unos años más tarde, el Estado añadió 80.000 millones más
al rescate bancario.
El cuarto ciclo sería el actual, y aún no sabemos cómo se va a llamar
esto. En lugar de un sistema de redistribución lo que tenemos es un
sistema de extracción de rentas, la gente ya no puede pagar una
vivienda.
¿Y hacia dónde estamos yendo? ¿Esto es otra burbuja, aunque
no sea como la de 2008? ¿Qué va a suceder si se mantiene esta inercia,
si nadie interviene?
Hay varios condicionantes que se están dando a la vez. Una es que los
fondos de inversión han metido mucho dinero en España comprando casas.
De hecho, ahora están pensando en vender un 20 % de sus activos. El otro
gran problema que tenemos tiene que ver con las herencias. Si uno mira
la estructura del ahorro de las familias españolas, el 70 % de su dinero
está invertido en el ladrillo. En el extremo opuesto de la OCDE estaría
Austria, donde solo el 13 % del ahorro de las familias va al ladrillo.
Pero aquí, cuando alguien tiene algún dinero, lo invierte en comprar una
casa, o una segunda residencia, un terreno, un garaje, una vivienda
para alquilar, lo que sea.
Lo que nos vamos a encontrar ahora es que la generación que compró
los ocho millones de viviendas protegidas está empezando a fallecer. Así
que vamos a tener ocho millones de viviendas en herencia. Y la liquidez
que van a obtener los herederos la van a invertir otra vez en ladrillo,
ya sea en rehabilitar su propia vivienda, o en comprar otra para
ponerla en alquiler turístico, etc. Todo esto está alterando el sistema.
Hay otros factores en juego también, como los 3,8 millones de viviendas
vacías, o el hecho de que haya gente asustada creyendo que le van a
ocupar su casa. De hecho, una de las cuestiones clave sería cambiar la
manera de entender este asunto.
Claro, pero si la vivienda es el único patrimonio que tienen las familias, ¿cómo podemos cambiar la mentalidad de la gente?
Se puede cambiar el sentido común sobre las políticas de vivienda
como ha ocurrido, por ejemplo, con el empleo. Una cosa es hablar de
empleo y otra de trabajo. O hablar de transición ecológica en lugar de
medio ambiente. Cuando le cambias el nombre a las cosas de repente
empiezas a pensar de otra manera, y se te ocurren otras propuestas. Con
la vivienda pasa lo mismo, hay que empezar a hablar de casas en lugar de
hablar de vivienda. Y hay que diferenciar también entre ahorrar y
especular. La gente quiere ahorrar, pero no necesariamente especular.
Hay cuatro elementos en esta cuestión. En primer lugar, cuando
hablamos del acceso, ¿hablamos del acceso a la vivienda de las personas
jóvenes o vulnerables? ¿O hablamos de que cuando alguien se divorcia
ahora no tiene acceso a una vivienda? Hay un segundo punto que tiene que
ver con el uso. Nosotros tenemos un parque muy malo. Somos el segundo
país de la OCDE donde más gente vive en bloques de pisos. Tenemos
aproximadamente un millón de personas de más de 65 años que viven por
encima de un tercero sin ascensor. Son casas que no se pueden usar. Hay
un tercer elemento que tiene que ver con el cambio climático: las casas
generan el 40 % del consumo energético, contaminan. Y luego está el
último elemento que mencionas, el económico. La gente tiene sus ahorros
invertidos en vivienda, sí, pero también tienen hijos y quieren que sus
hijos puedan tener una casa, o que sus padres ancianos puedan tener un
ascensor en su bloque.
La dinámica cultural en este país es tener la casa en propiedad, así
que no podemos decirle a la gente que eso no puede ser, sino que
tendremos que trabajar en esa misma dirección, sabiendo que el alquiler
se va a ampliar. Cuando escribía el libro busqué los datos, y en España
el 75 % de los hogares viven en una casa en propiedad. Luego hay un 15 %
aproximadamente que tiene un alquiler a precio de mercado. Un 3,3 %
viven de alquiler a un precio inferior al del mercado, bien porque es de
renta antigua, bien porque se lo alquilan familiares o amigos. Y hay un
6 % de gente que vive gratis en casa de un familiar. La sociedad es
esto, gente que quiere sobrevivir y quiere ahorrar, pero no quieren
especular. Sin embargo, por algún motivo este no es el relato que se
maneja en los medios. Hay mucha gente que alquila a precios por debajo
del precio de mercado porque valoran otras cosas, como que su casa esté
cuidada, o que una familia tenga un hogar, pero creen que son los únicos
que lo hacen porque el relato que se maneja es que todo el mundo quiere
sacar tajada. Lo que quiero decir con esto es que hay una masa crítica
suficiente para empezar a regular el tema de la vivienda sin miedo,
porque la gente va a responder favorablemente. Estamos en un momento en
el que necesitamos proteger los ahorros de la gente, asegurar el acceso a
la vivienda, proteger el uso de las casas y no morirnos a causa del
cambio climático.
Hablemos entonces de regular y asegurar todo eso. ¿De quién son las competencias? ¿Por dónde empezamos?
Desde luego, la política que nos ha traído hasta aquí no nos va a
sacar de aquí. Hay que buscar otras soluciones. Una vía, de la que se
habla mucho, es construir más casas. La otra vía es la que yo llamo “la
melancolía austríaca”, esa idea de que si fuéramos como Austria el
problema ya estaría resuelto. Ni somos Austria ni lo vamos a ser, así
que hay que seguir buscando otras soluciones, porque de lo contrario
caemos en la parálisis. Se habla mucho también del problema con las
competencias entre gobierno central y comunidades autónomas. Por
supuesto que las competencias influyen, pero se pueden hacer muchísimas
cosas desde la administración central. Por ejemplo, todos los planes de
rehabilitación de vivienda pueden salir directamente del Gobierno de
España. Se pueden generar estrategias y dinámicas a las que luego se
sumarán las comunidades si quieren.
Nos encontramos en un momento decisivo. ¿Por qué todo eso no se está haciendo ya?
Necesitamos una propuesta diferente que genere un relato diferente.
Cuando por fin pasamos de hablar de empleo a hablar de trabajo nos
encontrábamos ya con el agua al cuello. Y en el tema de la vivienda, nos
encontramos también con el agua al cuello, y lo que necesitamos es
generar un relato sobre cómo regular esto y empezar a hablar de ideas
nuevas. Por ejemplo, se podría destinar dinero público a construir,
además de un ascensor, una planta extra en los edificios antiguos,
aumentando en varias viviendas cada bloque, y además condicionar esa
ayuda económica a que en el edificio no haya ninguna vivienda vacía, lo
que obligaría a sacarlas al mercado. Cuando yo he planteado esto en
reuniones de alto nivel me decían “si la idea funciona, ¿por qué el
mercado no hace eso?”. ¡Pues porque el mercado no lo hace todo! ¡Estas
cosas necesitan ser reguladas! La cuestión es empezar a hablar de nuevas
propuestas.
Desde algunos sectores se propone construir más como solución, aparentemente obvia, al problema de la vivienda. A priori suena convincente, pero muchas voces han alertado de que no funcionaría. ¿Por qué?
Cuando hablamos de vivienda no hablamos de personas, sino de hogares,
unidades conformadas por una o más personas viviendo bajo un mismo
techo. De acuerdo con los datos del INE, en el año 2039 este país va a
tener 23 millones de hogares. En este momento tenemos 19,3 millones de
hogares, es decir, en catorce años vamos a tener 3,7 millones de hogares
más en España. De esos 3,7 millones, un tercio van a ser unipersonales.
Otro tercio serán hogares de dos personas, no necesariamente dos
adultos, pueden ser una pareja o un adulto con un niño. Por último,
habrá otro tercio de hogares conformados por familias de dos adultos con
uno o varios niños. Eso significa que en 2039 en aproximadamente la
mitad de los hogares solo entrará un salario. Así que vamos a necesitar
3,7 millones de casas con un precio asequible, porque de lo contrario
esta situación es insostenible. Las empresas de construcción tradicional
tienen capacidad en este momento de hacer unas 110.000 casas al año. No
puedes pedir que dupliquen esa cifra, no hay empresas suficientes. Tras
la crisis las constructoras grandes se fueron de España a hacer obras
públicas en otros países. Además, se tarda mucho tiempo en urbanizar el
suelo. Así que no se puede solventar el problema a través de la
construcción tradicional. Hay que empezar a sacar al mercado las 3,8
millones de viviendas vacías que ya tenemos. Hay que terminar con una
parte de los alquileres turísticos, ese mercado no puede seguir
creciendo. Y podemos empezar a plantearnos la construcción industrial,
que es un sistema barato y rápido y permite hacer cosas como aumentar
una planta por edificio.
¿Qué papel juegan los bancos en todo este asunto? Los
rescatamos con casi 80.000 millones de euros tras la crisis y ahora no
dan hipotecas. ¿Es bueno que no lo hagan, nos están evitando otra
burbuja? ¿O hay que obligar a los bancos a prestar dinero a los
ciudadanos?
Por un lado, si empezáramos a regular los precios inundando el
mercado de vivienda protegida, probablemente los bancos empezarían a dar
más hipotecas. También se puede presionar directamente a las entidades
bancarias, pero hay otra posibilidad mucho más interesante, que es
montar un fondo público. En Francia existe un fondo público, Livret A,
que maneja actualmente 400.000 millones de euros. La gente puede meter
ahí sus ahorros y obtiene una rentabilidad similar a la de las Letras
del Tesoro. Ese fondo serviría después para dar créditos, ya sean
destinados a la compra de vivienda o a la rehabilitación de casas
antiguas. Lo bueno del fondo es que permite a la gente invertir en
ladrillo sin preocupaciones y con una rentabilidad garantizada. Y ahora
mismo hay mucha liquidez disponible porque, como hemos dicho, la gente
está empezando a recibir muchas herencias y las quieren reinvertir en
ladrillo.
Supongamos que nos ponemos ya mismo a la tarea y se empiezan a
hacer todas estas cosas. Se crea un fondo, se dedica dinero público a
la construcción industrial, se hacen aflorar al mercado las viviendas
vacías, etcétera. ¿Cuánto tardaríamos en revertir la situación que
tenemos actualmente?
Se ha generado un relato muy negativo en torno a la cuestión de la
vivienda, mucha gente cree que todo esto es imposible. Pero no es
cierto, se pueden provocar cambios muy rápidos con las medidas
adecuadas, por ejemplo sacando viviendas al mercado a través de una
agencia pública de alquiler. Es otro asunto que también hay que
proponer. Existe una narrativa falsa sobre las ocupaciones de vivienda
que hace que mucha gente tenga miedo de poner su casa en alquiler. Una
manera de romper con esos miedos es a través de la creación de una
agencia que gestione todo lo relativo al alquiler de la vivienda,
asegurando los pagos para el propietario y asegurando que la vivienda va
a encontrarse en buen estado. Eso sí, con un precio controlado. Montar
una agencia de alquiler público no tiene mucha complejidad, se podría
hacer en poco tiempo, por ejemplo a través de instituciones que ya
existen actualmente y han ido perdiendo algunas de sus funciones. Lo
mismo pasa con la construcción industrializada, puedes tener una casa en
cien días.
Si empiezas a mover la rueda vas generando una dinámica de cambios
donde una cosa lleva a otra. En dos o tres años podríamos tener el
problema de la vivienda encauzado. Y creo que se dan las condiciones
sociales en este momento para que la gente acepte tener este debate
sobre la regulación del mercado de la vivienda. Al fin y al cabo, este
asunto nos afecta a todos, y tenemos que vender un relato esperanzador,
porque cambiar las cosas no es imposible.
En su libro habla sobre cuestiones relativas al urbanismo y
la estética. Alguien podría pensar que esos temas son secundarios o
frívolos en un contexto de emergencia como es el actual.
La pregunta que a mí me gusta hacerle a la gente es: ¿cómo te
imaginas tu futuro? Porque si lo imaginas gris, tu relato se va a
orientar hacia un futuro gris. Durante la dictadura las familias
recibían casas que eran todas iguales, y el mensaje detrás de esa
uniformidad era “no saques los pies del tiesto”. Si no puedes ni cambiar
el toldo, mucho menos meterte en un sindicato. Ese es el mensaje que te
envían ese tipo de casas. Yo he trabajado en rehabilitación de
viviendas y la gente tiende a querer cambiar las casas, a ponerlas de
otro color, a hacerlas a su manera. Y eso de alguna manera te empodera
porque te hace imaginar otras posibilidades, otro futuro. "
(Entrevista a José Manuel López Rodrigo, Adriana T. , CTXT, 28/11/25)