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24.1.24

La munificencia de Alemania occidental hacia Israel tiene motivaciones más allá de la vergüenza o el deber nacional... el camino de Alemania hacia Occidente pasaba por Israel. Alemania occidental se convirtió en el proveedor de armamento a Israel, además de el habilitador de su modernización económica... Esta “argucia política sin principios”, como la llamó Primo Levi, aceleró la rehabilitación de Alemania en muy pocos año... En la posguerra floreció un filosemitismo estratégico, parasitario de los viejos estereotipos antisemitas... El novelista Manès Sperber repulsó este fenómeno. “Vuestro filosemitismo me deprime”... la estructura de intercambio de las relaciones germano-israelíes” consistía en absolución moral de una Alemania insuficientemente desnazificada y todavía profundamente antisemita a cambio de dinero y armas... los políticos, funcionarios y periodistas alemanes, ahora que la extrema derecha está en auge, han puesto el día el viejo mecanismo de higienizar Alemania demonizando a los musulmanes... La convicción de que han dejado atrás el racismo virulento de sus antepasados, puede haber permitido, paradójicamente, la expresión desvergonzada de diferentes formas de racismo.”... Esto sirve hasta cierto punto para explicar la extendida indiferencia en Alemania hacia el destino de los palestinos, y la convicción de que cualquier crítica a Israel es una forma de intolerancia... “el nacionalismo alemán ha comenzado a ser rehabilitado y revivificado bajo los auspicios del apoyo alemán al nacionalismo israelí”... A medida que un racismo völkisch y autoritario crece en su propio país, las autoridades alemanas se arriesgan al fracaso en su responsabilidad ante el resto del mundo: la de no ser nunca más cómplices de un etnonacionalismo asesino (Pankaj Mishra )

"En marzo de 1960, Konrad Adenauer, el canciller de Alemania occidental, se reunió con su homólogo israelí, David Ben-Gurion, en Nueva York. Ocho años antes, Alemania había accedido a pagar millones de marcos en reparaciones a Israel, pero los dos países aún debían establecer relaciones diplomáticas. El vocabulario de Adenauer en esa reunión fue inequívoco: Israel, dijo, es una “fortaleza de Occidente” y “puedo decirle ya que les ayudaremos, que no les dejaremos solos”.

Seis décadas después, la seguridad de Israel es Staatsräson [razón de estado], como dijo Angela Merkel en 2008. Esta expresión la han invocado repetidamente, con más vehemencia que claridad, los dirigentes alemanes en las semanas posteriores al 7 de octubre. La solidaridad con el Estado judío ha servido para sacar brillo a la orgullosa imagen que Alemania tiene de sí misma como el único país que hace del recuerdo público de su pasado criminal los fundamentos de su identidad colectiva. Pero en 1960, cuando Adenauer se reunió con Ben-Gurion, aquel presidía una reversión sistemática del proceso de desnazificación decretado por los ocupantes occidentales del país en 1945, ayudando a suprimir el horror sin precedentes del genocidio judío. El pueblo alemán, según Adenauer, también fue una víctima de Hitler. Es más, de acuerdo con él, la mayoría de alemanes bajo el nazismo había “ayudado gratamente a sus conciudadanos judíos en cuanto pudo”.

La munificencia de Alemania occidental hacia Israel tenía motivaciones más allá de la vergüenza o el deber nacional, o los prejuicios de un canciller descrito por su biógrafo como un “colonialista de finales del siglo XIX” que detestaba el nacionalismo árabe de Gamal Abdel Nasser y se entusiasmó con la agresión anglo-franco-israelí contra Egipto en 1956. A medida que se intensificó la guerra fría, Adenauer llegó a la conclusión de que su país necesitaba una mayor soberanía y un papel más destacado en las alianzas económicas y de seguridad occidentales: el largo camino de Alemania hacia Occidente pasaba por Israel. Alemania occidental se movió rápido después de 1960, convirtiéndose en el proveedor de armamento a Israel más importante, además de ser el principal habilitador de su modernización económica. El propio Adenauer explicó después de jubilarse que dar dinero y armas a Israel era esencial para restaurar la “posición internacional” de Alemania, añadiendo que “el poder de los judíos, incluso hoy, especialmente en América, no debería ser subestimado.”
En la Alemania de posguerra floreció un filosemitismo estratégico, parasitario de los viejos estereotipos antisemitas

Esta “argucia política sin principios”, como la llamó Primo Levi, era tal, que aceleró la rehabilitación de Alemania muy pocos años después de que se conociese la dimensión plena de su antisemitismo. En la Alemania de posguerra floreció un filosemitismo estratégico, parasitario de los viejos estereotipos antisemitas, pero ahora combinado con imágenes sentimentales de los judíos. El novelista Manès Sperber fue uno de a quienes repulsó este fenómeno. “Vuestro filosemitismo me deprime”, escribió a un colega, “me degrada como un cumplido que está basado en un absurdo malentendido… Nos sobreestimáis a los judíos de una manera peligrosa e insistís en amar a todo nuestro pueblo. No he pedido esto, ni lo deseo para nosotros ni para cualquier otro pueblo, el ser amado de este modo.” En Germany and Israel: Whitewashing and Statebuilding (2020), Daniel Marwecki describe cómo las visiones de Israel como una nueva encarnación del poder judío despertaron fantasías alemanas latentes. Un informe de la delegación germano-occidental al juicio a Eichmann en 1961 se maravillaba por “el tipo de juventud israelí, nuevo y muy ventajoso”, personas “de gran altura, con frecuencia rubios y de ojos azules, libres y conscientes de sus movimientos, con caras de contornos bien definidos”, que no exhiben “prácticamente ninguna de las características que acostumbrábamos a ver como judías”. A la hora de comentar los éxitos de Israel en la guerra de 1967, Die Welt lamentaba las “infamias” alemanas sobre el pueblo judío: la creencia de que “carecían de sentimiento nacional, no estaban dispuestos a dar batalla, pero sí inclinados siempre a aprovecharse de los esfuerzos de guerra de otros”. Los judíos eran, en realidad, “un pequeño pueblo, valiente, heroico, genial”. Axel Springer, que publicaba Die Welt, fue uno de los mayores empresarios en dar trabajo a nazis jubilados durante la posguerra.

Imaginarse a los israelíes como guerreros arios —Moshe Dayan era como Erwin Rommel, de acuerdo con el diario Bild— no era una contradicción, sino un imperativo para algunos de los beneficiarios del milagro económico alemán. Marwecki escribe que Adenauer hizo “depender de la gestión israelí del juicio” a Adolf Eichmann un importante préstamo y el suministro de equipos de defensa: el canciller había quedado conmocionado al saber que el Mossad había descubierto a Eichmann pocas semanas después de su reunión con Ben-Gurion (no sabía que un fiscal alemán judío había informado secretamente a los israelíes sobre el paradero de Eichmann) y temía lo que Eichmann pudiese revelar. Adenauer hizo considerables esfuerzos para asegurarse que su confidente más cercano, Hans Globke, no fuese señalado como un exponente de las leyes raciales de Nuremberg en el juicio. Muchos detalles sórdidos permanecen bajo secreto en los archivos clasificados de la cancillería y los servicios de inteligencia alemanes. Bettina Strangneth encontró suficiente en los archivos como para mostrar en Eichmann before Jerusalem (2014) que Adenauer había recurrido a la CIA para eliminar de un artículo de la revista Life una referencia a Globke. También sabemos ahora que un periodista y fixer llamado Rolf Vogel robó, siguiendo instrucciones de Adenauer, archivos potencialmente incriminatorios de un abogado germano-oriental en el Hotel Rey David de Jerusalén.

Para el alivio de Adenauer, sus nuevos aliados israelíes protegieron a Globke, manteniendo su meta de lo que Marwecki describe como “la estructura de intercambio específica de las relaciones germano-israelíes”: absolución moral de una Alemania insuficientemente desnazificada y todavía profundamente antisemita a cambio de dinero y armas. También convenía a ambos países retratar a los adversarios árabes de Israel, incluyendo a Nasser (“Hitler en el Nilo”), como las auténticas encarnaciones del nazismo. El juicio a Eichmann subestimó la persistencia del apoyo nazi en Alemania mientras exageró la presencia nazi en los países árabes, para la exasperación de al menos un observador: Hanna Arendt. Ésta escribió que Globke “tenía más derecho que el ex-muftí de Jerusalén a figurar en la historia de lo que los judíos han sufrido realmente por parte de los nazis”. También señaló que Ben-Gurion, aunque exoneró a los alemanes como “decentes”, no hizo ninguna mención de árabes decentes.

En Subcontractors of Guilt: Holocaust Memory and Muslim Belonging in Postwar Germany, Esra Özyürek describe cómo los políticos, funcionarios y periodistas alemanes, ahora que la extrema derecha está en auge, han puesto el día el viejo mecanismo de higienizar Alemania demonizando a los musulmanes. En diciembre de 2022 la policía alemana desarticuló un intento de golpe de estado de los Reichsbürger, un grupo extremista con más de veinte mil miembros que planeaba un asalto al Bundestag. Alternativa para Alemania (AfD), que tiene vínculos neonazis, se ha convertido en la segunda fuerza del país, en parte debido a la mala gestión económica de la coalición liderada por Olaf Scholz. Y, a pesar del indisimulado antisemitismo de incluso políticos destacados como Hubert Aiwanger, el vice primer ministro de Baviera, “los alemanes blancos de origen cristiano” se ven a sí mismos “habiendo alcanzado su destino de redención y redemocratización”, según Özyürek. El “problema social alemán general del ansemitismo” se proyecta a una minoría de inmigrantes árabes, que son aún más estigmatizados como “los antisemitas más impenitentes”, necesitados de “educación y disciplina adicionales”.
Tanto el antisemitismo como la islamofobia han aumentado en Alemania tras el ataque de Hamás, el asalto y la táctica de tierra quemada de Israel en Gaza y la represión del gobierno alemán hacia las muestras públicas de apoyo a Palestina

Tanto el antisemitismo como la islamofobia han aumentado en Alemania tras el ataque de Hamás, el asalto y la táctica de tierra quemada de Israel en Gaza y la represión del gobierno alemán hacia las muestras públicas de apoyo a Palestina. El presidente de Alemania, Frank-Walter Steinmeier, ha apremiado a todos aquellos en Alemania con “raíces árabes” a desautorizar el odio hacia los judíos y condenar a Hamás. El vicecanciller, Robert Habeck, le siguió con una advertencia aún más explícita a los musulmanes: solamente se los tolerará en Alemania si rechazan el antisemitismo. Aiwanger, un político con debilidad por los saludos nazis, se ha unido al coro achacando el antisemitismo en Alemania a la “inmigración incontrolada”. Denunciar a la minoría musulmana de Alemania como “los mayores portadores de antisemitismo”, como apunta Özyürek, supone obviar el hecho de que cerca del “90% de los crímenes antisemitas están cometidos por alemanes blancos de extrema derecha”.

Netanyahu también ha aprendido de los esfuerzos posbélicos de Alemania para blanquear su historia. En 2015 afirmó que el Gran Muftí de Jerusalén había convencido a Hitler para asesinar a los judíos en vez de simplemente expulsarlos. Tres años después, tras criticar inicialmente una decisión del partido Ley y Justicia en Polonia de criminalizar las referencias al colaboracionismo polaco, apoyó la propuesta legislativa que sancionaba con multas estas referencias. Desde entonces ha legitimado el revisionismo de la Shoah en Lituania y Hungría, elogiando a ambos países por su heroica lucha contra el antisemitismo. (Efraim Zuroff, un historiador que ha ayudado a llevar a juicio a muchos antiguos nazis, lo comparó con “elogiar al Ku Klux Klan por mejorar las relaciones raciales en el Sur”.) Más recientemente, Netanyahu acompañó a Elon Musk a uno de los kibbutz atacados por Hamás pocos días después de que Musk tuitease a favor de una teoría de la conspiración antisemita. Parece como si desde el 7 de octubre hubiese estado leyendo atentamente el protocolo del juicio a Eichmann. Con regularidad, anuncia que está luchando contra los “nuevos nazis” en Gaza para salvar a la “civilización occidental”, mientras miembros de su cohorte de supremacistas judíos le hacen el coro: la gente de Gaza son “subhumanos”, “animales”, “nazis”.
Esta retórica de venganza de una fortaleza de Occidente asediada encuentra eco en Europa y Estados Unidos

Esta retórica de venganza de una fortaleza de Occidente asediada encuentra eco en Europa y Estados Unidos. Los nacionalistas blancos se identifican desde hace tiempo con Israel: un estado etnonacional que viola la legalidad internacional, la diplomacia y los protocolos éticos con su lenguaje de homogeneidad étnica, política inquebrantable de expansión territorial, asesinatos extrajudiciales y demoliciones de hogares. Hoy, una manifestación extrema de lo que Alfred Kazin llamó en una anotación de su diario personal en 1988 un “Israel militante, temerario, que-os-jodan-a-todos” también sirve como paliativo a las muchas ansiedades existenciales de las clases dirigentes angloamericanas. En Our American Israel (2018), Amy Kaplan describió cómo una élite estadounidense proyecta sus miedos y fantasías en Israel. Pero el filosemitismo de estado que conforma la relación de Alemania con Israel pertenece a otro tipo de convolución y ferocidad.

Poco antes de la ofensiva de Hamás, Israel se aseguró, con la bendición estadounidense, su mayor acuerdo de armas con Alemania. El Financial Times informó a principios de noviembre que la venta de armas alemanas a Israel había estado creciendo desde el 7 de octubre: la cifra para 2023 es más de diez veces superior a la del año pasado. A medida que Israel comenzó a bombardear hogares, campos de refugiados, escuelas, hospitales, mezquitas e iglesias en Gaza, y los ministros del gabinete israelí promovían sus planes de limpieza étnica, Scholz reiteraba la ortodoxia nacional: “Israel es un país comprometido con los derechos humanos y la legislación internacional y actúa de manera acorde”. Cuando la campaña de asesinatos indiscriminados y destrucción de Netanyahu se intensificó, Ingo Gerhartz, comandante de la Luftwaffe, viajó hasta Tel Aviv para elogiar la “precisión” de los pilotos israelíes; también se hizo fotografiar, en uniforme, donando sangre para los soldados israelíes.

En una ilustración más desconcertante de la simbiosis germano-israelí de posguerra, el ministro de Sanidad alemán, Karl Lauterbach, retuiteó, dando su aprobación, un vídeo en el que Douglas Murray, un portavoz de la extrema derecha inglesa, afirma que los nazis eran más decentes que Hamás. “Miradlo y escuchad”, retuiteó Karin Prien, vicepresidenta de la Unión Cristiano-Demócrata y ministra de Educación en Schleswig-Holstein. “Esto es muy bueno”, escribió Jan Fleischhauer, un antiguo colaborador del semanario Der Spiegel. “Muy bueno”, dijo a su turno Veronika Grimm, miembro del Consejo Alemán de Expertos en Economía. El Süddeutsche Zeitung, que en 2021 “destapó” a cinco periodistas libaneses y palestinos que trabajaban para la Deutsche Welle como antisemitas, expuso con pruebas igualmente endebles al poeta e historiador del arte indio Ranjit Hoskote como un calumniador de los judíos por comparar al sionismo con el nacionalismo hindú. Die Zeit alertó a los lectores alemanes de otro escándalo moral: “Greta Thunberg simpatiza abiertamente con los palestinos”. Una carta abierta de Adam Tooze, Samuel Moyn y otros académicos que criticaban la declaración de Jürgen Habermas en apoyo a las acciones de Israel provocó que un editor del Frankfurter Allgemeine Zeitung afirmase que los judíos tienen un “enemigo” en las universidades en los estudios poscoloniales. Der Spiegel publicó una portada con el retrato de Scholz junto con su afirmación de que “necesitamos deportar a gran escala de nuevo”.

“Funcionarios alemanes”, informaba The New York Times —con retraso— a comienzos de diciembre, “han estado peinando publicaciones en redes sociales y cartas abiertas, algunas de las cuales se remontan a más de una década”. Instituciones culturales que reciben financiación del estado han penalizado a artistas e intelectuales con orígenes en el Sur Global que muestran el más mínimo atisbo de simpatía hacia los palestinos, retirando premios e invitaciones; las autoridades alemanas incluso buscan ahora disciplinar a escritores, artistas y activistas judíos. Candice Breitz, Deborah Feldman y Masha Gessen son solamente los últimos en ser “aleccionados”, como escribe Eyal Weizman, “por los hijos y nietos de los perpetradores que asesinaron a nuestras familias y ahora se atreven a decirnos que somos antisemitas.”

¿Qué ha quedado de la tan laureada memoria histórica y cultura de la memoria de Alemania? Susan Neiman, que escribió con admiración de la Vergangenheitsbewältigung [gestión del pasado] en Learning from the Germans (2020), ahora afirma haber cambiado de opinión. “El balance histórico de los alemanes se ha desequilibrado”, escribió en octubre. “Esta furia filosemítica… se ha usado para atacar a judíos en Alemania.” En Never Again: Germans and Genocide after the Holocaust, que examina la respuesta alemana a los asesinatos en masa en Camboya, Ruanda y los Balcanes, Andrew Port sugiere que “el otrora admirable balance con el Holocausto puede haber encallecido involuntariamente a los alemanes. La convicción de que han dejado atrás el racismo virulento de sus antepasados puede haber permitido, paradójicamente, la expresión desvergonzada de diferentes formas de racismo.”

Esto sirve hasta cierto punto para explicar la extendida indiferencia en Alemania hacia el destino de los palestinos, y la convicción de que cualquier crítica a Israel es una forma de intolerancia (una posición que niega el propio apoyo histórico de Alemania a muchas de las resoluciones de la ONU contra las infracciones israelíes). Port podría haber reforzado este argumento debatiendo el fracaso de Alemania a la hora de reconocer plenamente, y aún más pagar reparaciones, por el primer genocidio del siglo XX: los asesinatos en masa cometidos por los colonos alemanes en África Sur-occidental entre 1904 y 1908. Port encomia demasiado la cultura de la memoria alemana, que ha mantenido una apariencia de éxito únicamente debido a que la clase dirigente alemana ha tenido, hasta hace poco, muy pocas ocasiones para exponer sus espejismos históricos, en comparación, pongamos por caso, con los partidarios del Brexit que sueñan con una fuerza y autosuficiencia imperiales.

En realidad, los intentos oficiales por promover la imagen de una Alemania presente denunciando su pasado se han enfrentado a considerables resistencias internas. Rudolf Augstein, fundador y editor de Der Spiegel y otro de los primeros patrones de antiguos nazis, comentó en 1998 que el Memorial del Holocausto en Berlín había sido diseñado para satisfacer a las élites de la “costa Este” estadounidense. La memoria histórica es demasiado volátil como para ser fijada por instituciones políticas y culturales, siempre ha resultado muy poco probable que una educación moral colectiva pueda producir una actitud estable y homogénea a lo largo de generaciones: hay muchos otros factores que determinan lo que se recuerda y lo que se olvida, y sobre el subconsciente nacional alemán pesa un siglo de secretos, crímenes y encubrimientos. En un discurso en Weimar en 1994, Jurek Becker, un raro novelista judío que vivió tanto Alemania oriental como occidental, culpó del resurgimiento del neonazismo violento en la Alemania unificada a los nazis que, tolerados e incluso aupados por los halcones de la guerra fría, continuaron prosperando en Alemania occidental:

Vieron que el recuerdo del pasado nazi se había vuelto tan moderado como era posible, que no era brutal, y, allí donde era posible, intentaron prevenirlo… Se apoyaron los unos a los otros y se proporcionaron influencia los unos a los otros. Impidieron el progreso de aquellos que habían descubierto sus pasados. Dijeron que no todo lo que había ocurrido en aquella época había sido malo, que no se podía arrojar al niño con el agua sucia de la bañera. En algún momento llegaron a la idea de afirmar que el fascismo había sido simplemente la respuesta al verdadero crimen de nuestra época, el bolchevismo.

Muchos hombres bien situados trabajaron para comprometer la comprensión de los alemanes occidentales de su complicidad con el Tercer Reich. Franz Josef Strauss, un veterano de la Wehrmacht en las “tierras sangrientas” de Europa oriental que llegó a ser el ministro de Defensa de Adenauer y más tarde primer ministro de Baviera, pensaba que la mejor manera de cumplir con “la tarea de dejar el pasado atrás” eran los acuerdos de defensa con Israel. Ralf Vogel, que afirmó que “la Uzi en manos del soldado alemán es más efectiva que cualquier panfleto contra el antisemitismo”, ahora se nos presenta como un primer exponente de este modo de dejar el pasado atrás, lo que Eleonore Sterling, una superviviente de la Shoah y la primera catedrática de Ciencias Políticas de Alemania, llamó en 1965 “una actitud filosemítica funcional” que reemplaza “un verdadero acto de aceptación, arrepentimiento y futura vigilancia”. El diagnóstico implacable de Frank Stern en The Whitewashing of the Yellow Badge (1992) sigue hoy en pie: el filosemitismo alemán, escribió, es ante todo un “instrumento político”, usado no solamente para “justificar opciones en política exterior”, sino también “para evocar y proyectar una posición moral en los momentos en los que la calma doméstica está amenazada por fenómenos antisemitas, antidemocráticos y de extrema derecha.”

Ésta no es la primera vez en la que se han empleado invocaciones a la Staatsräson para ocultar deformaciones democráticas. En 2021, por ejemplo, mientras perseguía acuerdos de defensa con Israel, Alemania desafió el derecho de la Corte Penal Internacional a investigar crímenes de guerra en los territorios ocupados. A mediados de diciembre, con veinte mil palestinos masacrados y epidemias amenazando a los millones de desplazados, Die Welt todavía afirmaba que “’Palestina libre’ es el nuevo ‘Heil Hitler’.” Los dirigentes alemanes continúan bloqueando las llamadas unitarias a un alto el fuego. Puede parecer que Weizman exagera cuando sostiene que “el nacionalismo alemán ha comenzado a ser rehabilitado y revivificado bajo los auspicios del apoyo alemán al nacionalismo israelí”, pero la única sociedad europea que ha intentado aprender de su pasado de agresión tiene claras dificultades para recordar su principal lección. Los políticos y formadores de opinión alemanes no solamente no están a la altura de su responsabilidad nacional hacia Israel extendiendo su solidaridad incondicional hacia Netanyahu, Smotrich, Gallant y Ben Gvir. A medida que un racismo völkisch y autoritario crece en su propio país, las autoridades alemanas se arriesgan al fracaso en su responsabilidad ante el resto del mundo: la de no ser nunca más cómplices de un etnonacionalismo asesino."                (Pankaj Mishra  , El Salto, 21/01/24)

1.7.23

Francia está en llamas... ante esto, el principal bloque sindical de la policía francesa ha publicado hoy un comunicado que impresiona... uno cree encontrarse ante un panfleto redactado por un grupo de extrema derecha cuya violencia iría unida a su marginalidad. Pero no es así: "Frente a estas hordas salvajes, ya no basta con pedir calma, ¡hay que imponerla!... No es el momento de la acción sindical, sino de la lucha contra esos «parásitos»... Por estas razones, la Alliance Police Nationale y UNSA Police asumirán sus responsabilidades y advierten ahora mismo al gobierno que, al final, estaremos en acción y sin medidas concretas para la protección jurídica del Policía, una respuesta penal adecuada, recursos sustanciales, serán los Policías los que juzgarán el alcance de la consideración. Hoy, los policías están en combate porque estamos en guerra... Mañana estaremos en resistencia, y el gobierno tendrá que darse cuenta de ello"... El término «resistencia» sugiere que los sindicatos policiales podrían optar por desobedecer al gobierno si no se satisfacen sus demandas... este comunicado lleva la retórica un paso más allá y, en nombre de la presión sobre el gobierno, roza la amenaza

 "Desde hace tres noches, tras el asesinato de un joven francés de 17 años durante un control policial, Francia está en llamas. De los suburbios de París a Vaulx-en-Velin, miles de fuegos y coches han sido incendiados, casi mil personas han sido detenidas y unos quinientos policías han resultado heridos. 

Esta fase de violencia extrema ha provocado una respuesta en la confluencia de problemas casi sin precedentes, tanto en lo que se refiere al mantenimiento del orden público como a los procedimientos judiciales –en un momento en que el Gobierno anuncia la movilización de vehículos blindados, toques de queda sectoriales y el Presidente de la República hace un llamamiento a la responsabilidad de los padres. En efecto, una parte muy importante de las detenciones afecta a menores («adolescentes muy, muy jóvenes: entre 13 y 18 años»): el Ministro de Justicia ha anunciado que espera que plataformas como Snapchat ayuden a la fiscalía a identificar a los menores implicados, y que los padres podrían ser considerados penalmente responsables por no ejercer la patria potestad cuando están en condiciones de hacerlo. Esta estrategia es representativa de la singularidad del momento.

Al leer este comunicado, ampliamente comentado por la tarde, uno tiene la impresión de encontrarse ante un panfleto redactado por un grupo de extrema derecha cuya violencia iría unida a su marginalidad. Pero no es así. El bloque sindical Alliance-UNSA Police, firmante de este texto, ganó las elecciones de la policía nacional con casi el 50% de los votos el pasado mes de diciembre. La policía tiene la mayor densidad sindical de la función pública francesa, casi el 90%. Se trata, por tanto, de un poderoso bloque sindical capaz de entablar una lucha de poder con el Ministerio del Interior, expresando una posición política que debe ser leída y comprendida más allá de las fronteras de Francia. Lo traducimos y comentamos por primera vez en español:

 "Ahora ya basta…

Frente a estas hordas salvajes, ya no basta con pedir calma, ¡hay que imponerla!

 Las únicas señales políticas que hay que enviar deben ser restablecer el orden republicano y neutralizar a los detenidos.

Ante tales abusos, la familia policía debe debe ser solidaria.

 Nuestros colegas, como la mayoría de los ciudadanos, están hartos de sufrir los dictados de esas violentas minorías.

 No es el momento de la acción sindical, sino de la lucha contra esos «parásitos».

 Someterse, capitular y complacerles deponiendo las armas no son las soluciones dada la gravedad de la situación.

Hay que poner todos los medios para restablecer el Estado de derecho lo antes posible. 

Una vez restablecido, ya sabemos que tendremos que revivir el desmadre (“chienlit”) que sufrimos desde hace décadas.

 Por estas razones, la Alliance Police Nationale y UNSA Police asumirán sus responsabilidades y advierten ahora mismo al gobierno que, al final, estaremos en acción y sin medidas concretas para la protección jurídica del Policía, una respuesta penal adecuada, recursos sustanciales, serán los Policías los que juzgarán el alcance de la consideración. 

Hoy, los policías están en combate porque estamos en guerra.

 Mañana estaremos en resistencia, y el gobierno tendrá que darse cuenta de ello.

 Las oficinas nacionales Alliance Police Nationale y UNSA Police.

París, 30 de junio de 2023"

- «Hordas salvajes» reaviva el imaginario sedentario característico del neo-nacionalismo contemporáneo, que juega en particular con la proyección en las antiguas metrópolis de un imaginario colonial que enfrenta a los representantes de una sociedad civilizada con «salvajes» violentos e inquietantes. De entrada, este texto introduce un argumento que llevará hasta el final: la policía es la única institución capaz de defender la civilización amenazada.

- Al calificar a la policía de «familia», los dos sindicatos policiales llevan al extremo la lógica corporativista cada vez más extendida en el seno de la policía francesa. Por un lado, existe un cuerpo organizado que refleja una unidad familiar estructurada; por otro, una sociedad amenazante al borde de la guerra civil. Obsérvese cómo el horizonte performativo del paratexto («Ahora ya basta») propone una visión de la autoridad vacilante. Como escribió Alexandre Kojève: «un Poder fundado en la Autoridad puede, por supuesto, hacer uso de la fuerza; pero si la autoridad engendra la fuerza, la fuerza nunca podrá, por definición, engendrar ningún tipo de Autoridad».

 - ("violentas minorías") Aquí, los autores del comunicado juegan claramente con la ambigüedad del término «minoría». ¿Se trata simplemente de señalar que los alborotadores sólo representan una pequeña proporción de la población francesa? ¿O es una forma de promover la idea de que la mayoría de ellos son inmigrantes?

- ("parásitos")  Este término, sin duda entrecomillado para matizar su fuerza, es una referencia deliberada a la retórica de la extrema derecha violenta. Fue durante el periodo de entreguerras cuando se generalizó en toda Europa la comparación sistemática de extranjeros y judíos con parásitos, alimañas o nocivos. Como han señalado historiadores como Pierre-André Taguieff y Johann Chapoutot, al aplicar un discurso biológico al cuerpo social, esta retórica deshumaniza y allana el camino para la eliminación de los grupos objetivo. Después de la Segunda Guerra Mundial, esta retórica nunca desapareció de las franjas más violentas de la extrema derecha –resurge en este comunicado–.

- (“chienlit”) Originalmente, chienlit se refería a un personaje del carnaval de París –por extensión, el término se utilizaba para describir el desorden–. Entró en el léxico político en 1968, cuando se citó a Charles de Gaulle diciendo: «Reforma, sí; chienlit, no». Charles de Gaulle no era ajeno a este término de argot anticuado, ya que lo había utilizado en 1944 en relación con el desfile de la Liberación de París en los Campos Elíseos. 

Para los redactores de este texto, esta referencia es evidentemente una manera de situarse del lado del orden y, como ocurre a menudo en la política francesa, de reivindicar una parte de la herencia gaullista en una connotación particular de «la herencia gaullista».

 - ("estamos en guerra.") Esta última frase parece una referencia al discurso de Emmanuel Macron anunciando el primer confinamiento en marzo de 2020. Pero también es una forma de difundir un tropo habitual en los círculos de extrema derecha sobre la guerra civil que amenaza –o que ya está en marcha– en territorio francés: enfrentaría a jóvenes de barrios populares, en su mayoría de origen inmigrante, con una población «autóctona» que se vería físicamente amenazada. Eric Zemmour ha declarado que Francia está en «una guerra civil, étnica, racial».

 - ("estaremos en resistencia") Aunque los policías franceses no tienen derecho a la huelga, pueden manifestar en determinadas condiciones. Los sindicatos Alianza y UNSA fueron algunas de las organizaciones policiales que manifestaron en masa frente a la Asamblea Nacional en el verano de 2021 –marchas a las que se unieron entonces parte de la clase política y el Ministro del Interior, Gérald Darmanin–. Los movimientos de indignación de policías y gendarmes no son nada nuevo. En 2001, por primera vez en la historia reciente de Francia, un movimiento de descontento vio marchas de gendarmes portando armas y uniformes en varias ciudades francesas –mientras que las manifestaciones policiales de 2021 estuvieron marcadas por silbidos–. Al utilizar recursos militares para apoyar una manifestación –desde uniformes hasta vehículos y equipos de comunicaciones–, estos gendarmes se habían situado al margen de la ley, que les impone un deber absoluto de reserva como personal militar.

Si bien es cierto que los policías no son militares, este comunicado de prensa de los dos principales sindicatos nacionales de policía lleva la retórica un paso más allá y, en nombre de la presión sobre el gobierno, roza la amenaza. El término «resistencia» sugiere que los sindicatos policiales podrían optar por desobedecer al gobierno si no se satisfacen sus demandas.

Tal vez como reacción a este texto, el Ministro del Interior emitió un comunicado de prensa una hora más tarde, reafirmando su apoyo a los policías, pero también refiriéndose al respeto de las normas deontológicas y de la ley: «Estas próximas horas serán decisivas y sé que puedo contar con vuestro compromiso inquebrantable con el respeto de la ley y de las normas deontológicas. Los refuerzos humanos y materiales que estamos enviando en estos momentos os darán, junto con los alcaldes, y bajo la autoridad de los prefectos que he reunido una vez más, los medios para defender la República y sus valores.»"         (El Grand Continent, 30/06/23)

26.4.22

Patricia Simón: solo hay algo que dé más miedo, aceptar que toda esta pena ha provocado una ola de solidaridad internacional porque sus protagonistas son blancos, europeos y de cultura cristiana. Y ante ese espejo, lo que resulta casi tan insoportable es el racismo y la crueldad de nuestra sociedad

 "(...) En las primeras semanas de la invasión rusa, Kiev era el epicentro del terror psicológico. Tras el vaciado de quienes huyeron para poner a salvo a sus criaturas, aquellos que permanecieron portaban un rictus de turbación: allí permanecían mientras sabían que, en cualquier momento, el presente se podría convertir en pasado sin memoria. Adiós hogar, adiós proyectos, adiós familia, adiós amigos.

 Tuvieron que aprender en un instante a vivir al día. Y eso solo se aprende en generaciones. Así que el resultado era un viscoso y estruendoso pavor a lo que, semanas después, se confirmaría en Bucha –como antesala a los testimonios que nos llegan de Járkov, del Donbás o de Mariúpol–. 

Un terror que, envuelto en las sirenas antiaéreas, amortiguaba los silencios: los silencios de quienes no tenían qué decir porque su cabeza era una olla a presión; los silencios de quienes temían que sus palabras sirvieran de excusa en algún momento para finiquitarlos; los silencios de quienes, una vez ocurrido lo imposible, no encontraban sentido a verbalizar lo, posiblemente, irremediable.   (...)

Y solo hay algo que dé más miedo que esta antelación del dolor que no hay diluvio universal que logre apagar: aceptar que toda esta pena ha provocado una ola de solidaridad internacional porque sus protagonistas son blancos, europeos y de cultura cristiana. Y ante ese espejo, ante ese matrix, lo que resulta casi tan insoportable es el racismo y la crueldad de nuestra sociedad."          (Patricia Simón, La Marea, 21 abril 2022)

21.9.18

Trump puso el racismo en el centro de la escena política. Cuando la persona más poderosa del mundo incita la violencia colectiva, es evidente que Occidente está en serios problemas...

"Por razones obvias, la vista de una turba de alemanes persiguiendo a extranjeros por las calles y alzando los brazos en saludos hitlerianos es particularmente inquietante. Sucedió hace poco en Chemnitz, una descolorida ciudad industrial en Sajonia, a la que en la ex República Democrática de Alemania se proclamaba como ciudad socialista modelo (se llamó Karl‑Marx‑Stadt entre 1953 y 1990).   

(...) las turbas de Chemnitz tenían mucho en común con los neonazis, seguidores del Ku Klux Klan y otros extremistas que hace un año provocaron un caos en Charlottesville (Estados Unidos). Las dos ciudades están manchadas por la historia: las dictaduras nazi y comunista en Chemnitz, la esclavitud en Charlottesville. Y si bien las causas del extremismo violento en ambos lugares fueron múltiples, es indudable que el racismo fue una de ellas.

Muchos estadounidenses blancos, especialmente en el sur rural, viven en condiciones duras, con escuelas deficientes, malos trabajos y pobreza relativa. Pero el sentido de superioridad racial sobre los negros les daba algo a lo que aferrarse. Por eso la presidencia de Barack Obama fue un golpe a su autoestima: sintieron que el estatus se les escapaba. Donald Trump explotó sus sentimientos de ansiedad y resentimiento.

Muchos alemanes del este, habituados desde pequeños al autoritarismo y sin capacidad o voluntad para aprovechar las oportunidades educativas y ocupacionales de una Alemania unificada, ahora se vuelven hacia demagogos de ultraderecha que culpan de todos sus problemas a inmigrantes y refugiados, especialmente a los procedentes de países musulmanes.

El temor a la pérdida de estatus que aflige a blancos de todo Occidente se agrava tal vez por el ascenso del poder chino y la sensación de que Europa y Estados Unidos están perdiendo su preeminencia global. Es posible que sea esto lo que Trump quiso decir cuando declaró en Varsovia el año pasado: “La pregunta fundamental de nuestro tiempo es si Occidente tiene voluntad de sobrevivir”.

Esa pregunta plantea otra: qué entiende Trump por “Occidente” y si una defensa de Occidente ha de ser necesariamente racista.  (...)

Pero así como ahora los populistas holandeses y escandinavos usan los derechos de los homosexuales y el feminismo como armas simbólicas para atacar al Islam, los líderes de derecha han adoptado a “Occidente” como algo que es preciso proteger de las hordas musulmanas. 

Esos líderes suelen hablar del “Occidente judeocristiano”, lo que unido a su entusiasmo por los gobiernos de derecha en Israel los protege contra acusaciones de antisemitismo, tradicionalmente vinculado con la ultraderecha.

Separar en la xenofobia los argumentos racistas de los culturales o religiosos puede ser difícil. No es común que los políticos den muestras de racismo tan francas como la de un joven y prometedor político holandés llamado Thierry Baudet, que antes de la elección del año pasado advirtió contra la “dilución homeopática del pueblo holandés” por los extranjeros. 

O como la funcionaria republicana de Pensilvania que hace poco llamó “babuinos” a los jugadores negros de fútbol americano.

Hasta fines del siglo XIX, el antisemitismo se presentaba en términos religiosos: los judíos habían matado al Salvador Jesucristo, usaban la sangre de niños cristianos para hacer matzá para sus festines de Pésaj, etcétera. Pero esto cambió con el surgimiento de teorías raciales pseudocientíficas: en cuanto se trazaron distinciones biológicas entre los judíos y los “arios”, ya no hubo forma de escapar de la trampa racista.

Un tema recurrente entre las personas que creen que los musulmanes son una amenaza a la civilización occidental es la negativa a reconocer al Islam como una fe religiosa; lo consideran en cambio una cultura, a la que declaran incompatible con los “valores occidentales”. Precisamente lo mismo que se dijo muchas veces acerca de la “cultura” judía en el pasado.  (...)

Y este tipo de intolerancia no se detiene en los musulmanes. Dudo de que las multitudes que en Chemnitz salieron a cazar a cualquiera de apariencia vagamente no europea pensaran mucho en cuestiones de fe o cultura. La consigna de la multitud vociferante fue “¡Alemania para los alemanes, fuera extranjeros!”.

Los neonazis en Charlottesville celebraron la cultura sureña exhibiendo símbolos de la vieja Confederación y atacando a negros (la razón de ser de la Confederación era proteger la supremacía blanca). De eso se trataban las manifestaciones. Pero los participantes también gritaban “¡los judíos no nos reemplazarán!”.

Esos sentimientos siempre han estado al acecho en los márgenes de las sociedades occidentales, especialmente en Estados Unidos, donde la supremacía blanca tiene una larga y tortuosa historia. Ocurre muchas veces que políticos de derecha insinúen compartir esos prejuicios, para obtener más votos.

 Pero cuando Trump declaró que las turbas en Charlottesville incluían “algunas personas muy buenas” y llamó “violadores” a los inmigrantes mexicanos, puso el racismo en el centro de la escena política. Cuando la persona más poderosa del mundo occidental incita la violencia colectiva, es evidente que Occidente, comoquiera que uno lo defina, está en serios problemas."           (

7.12.17

Sí, Alemania sigue siendo racista. Lo dice la ONU, padece 'racismo estructural'

"Es un día tranquilo y nublado. Llegamos a Mohrenstraße, en pleno centro de Berlín, donde activistas de Black Lives Matter han convocado una manifestación.  

(...) la marcha por Berlín no pretende ser únicamente en solidaridad con el movimiento en Estados Unidos; la voz tras el megáfono nos explica que su objetivo es arrojar luz sobre el racismo de la sociedad alemana.

 “El racismo es una parte dolorosa y continua del día a día de la población negra en Alemania”, explican los convocantes de la marcha,  “y sigue presente: en la discriminación, en los nombres de las calles; en las leyes de inmigración, la educación, los medios de comunicación; en el debate sobre los refugiados, así como en el acceso a la vivienda y a los puestos de trabajo”, y afirman, “el racismo (la violación de nuestra dignidad y nuestros derechos humanos) no será tolerado".  (...)


Más allá de la historia del imperialismo, a través de un megáfono nos llegan palabras que hablan del presente. De las deportaciones, de la violencia de la ultraderecha (y la complicidad de la justiciade las fuerzas de seguridad del estado), de la discriminación en controles de aeropuerto y especialmente de la desigualdad estructural que sufren algunas comunidades migrantes. 

No debería sorprendernos, entonces, que el paraíso postracial y "multikulti" de la Alemania reunificada haya sido recientemente acusado por las Naciones Unidas de "racismo estructural"

El discurso que corta el viento de esta tarde apacible habla de la necesidad de organizarse en Europa frente al auge de la ultraderecha. Las palabras que acompañan nuestro lento camino por las calles son de abierto rechazo al racismo y de crítica a la mirada colonial que aún persiste en la sociedad alemana. Presente y pasado

También dicen, sin embargo, que no se nos debe olvidar conjugar otro tiempo verbal, aquél que pertenece a los niños y niñas que también corretean entre adultos en la manifestación, aquél donde tiene lugar el juego político de sus vidas: el futuro. Ahí es donde el pasado y el presente deben convertirse en algo nuevo: el futuro es el único tiempo verbal que sigue estando en nuestras manos."     (Desbandada, 05/12/17)

22.9.17

¿Son los valores europeos que justificaron hundir a Grecia para pagar a sus deudores alemanes superiores a los del resto del mundo? Excluido Trump...

"(...) Pero ya no somos racistas. En nombre de la raza se aniquiló a millones de personas en la Segunda Guerra Mundial. Muchas de ellas europeas. El racismo mató a millones de blancos en manos de otros blancos. Fue así como se volvió inadmisible. 

(...) desde los setenta va tomando forma en algunos países la idea de que la presencia de ciudadanos venidos de las antiguas colonias amenaza a la identidad nacional. La alteridad, que ya no puede ser conceptualizada como raza, necesita de otro envoltorio. Emerge la cultura. (...)

Ya en los noventa la antropóloga Verena Stolcke hablaría del “fundamentalismo cultural” como la nueva retórica de la exclusión de la derecha. Una retórica que “entiende la cultura como algo compacto, estático, inalterable y homogéneo.”  (...)

Aquí hay dos opuestos, los nacionales y los extranjeros. Nosotros y los otros. Aquí, la cultura, sirve para dos cosas: potenciar el conflicto hacia afuera e invisibilizar las disidencias internas.  (...)

Este concepto esencialista de cultura se reprodujo también, hasta cierto punto, en el discurso pro diversidad cultural de la izquierda. Aludiendo a los derechos culturales, a los particularismos, se avalan relaciones de opresión históricas, se legitima como interlocutores a quienes, sin la excusa cultural, serían antagonistas.

 Hablamos con un imam antes que con un referente de la sociedad civil. En algunos discursos progresistas, al asumir el pack multicultural construido sobre esa idea de culturas compactas, ahistóricas, plácidas, se contribuyó a invisibilizar las tensiones internas dentro de las comunidades, las distintas interpretaciones de las culturas.(...)

 La retórica de la exclusión de la derecha nos dice que el desafío reside en conservar nuestra identidad. Que si preservamos a Occidente de la barbarie, abrazaremos de nuevo el progreso. Otro antropólogo, Talal Asad, se propuso deconstruir qué significa ser europeos para aquellos que se reivindican como tales frente a las personas de origen inmigrante. 

A grandes rasgos, concluyó que la identidad europea se define en oposición a otros, principalmente el islam, que es una amenaza externa e interna al mismo tiempo. Europa como civilización y el islam como barbarie, ese es el diagnóstico simple que nos venden las derechas europeas. 

Pero para que esa visión sea coherente hay que elegir bien adónde se mira: se requiere mirar a la Ilustración, el iluminismo, los derechos humanos, la democracia. Sin embargo, la esclavitud, el colonialismo, la caza de brujas y la inquisición, el holocausto, todo esto, ¿no formaría parte de la identidad europea?

 No hace falta irse tan lejos ni tan a la derecha. También en la retórica de la izquierda, en inteligentes y bien documentados artículos y análisis sobre el terrorismo, se apela a la necesidad de aferrarnos a “nuestros valores.” ¿Cuáles son nuestros valores? Son los de Trump, los de los supremacistas blancos, los del Frente Nacional, los de Intereconomía. 

¿Son los valores que permiten que se ahoguen miles de personas en el Mediterráneo? ¿Son los mismos valores europeos que justificaron hundir a Grecia para pagar a sus deudores? ¿Son los valores que respiran bajo los comentarios machistas y racistas en los diarios? (...)"              (Sarah Babiker, CTXT, 20/09/17)

6.10.16

Trump es en el primer candidato a la presidencia con posibilidades de ganar que flirtea abiertamente con la idea de la “supremacía blanca”, la del WASP conservador, protestante y crispado

"(...) Trump se ha convertido, en pocas palabras, en el primer candidato a la presidencia con posibilidades de ganar que flirtea abiertamente con la idea de la “supremacía blanca” y la coloca en el centro del discurso público (Philip Roth fabuló con un escenario similar en la elección presidencial de 1940 en su extraordinaria La conjura contra América de 2004).

 Una corriente del pensamiento político estadounidense tan antigua como la propia república que, sin embargo, no se había utilizado con fines electorales tan directos y en esferas tan altas como hasta ahora.

Nunca un candidato a la presidencia de uno de los dos grandes partidos había articulado una propuesta que girara en torno a unos ideales políticos y prioridades de un grupo tan delimitado: blanco, anglosajón y protestante (WASP, por sus siglas en inglés). 

Y, además, desde esa manipulación mediática tan particular y eficaz para los intereses de Trump: difama, agrede verbalmente, incita a la violencia, divide y, dependiendo de las reacciones, ajusta sus comentarios para hacer control de daños y no responsabilizarse plenamente de nada de lo que dice. 

Una dialéctica con la prensa que ha degradado terriblemente la calidad del debate público en Estados Unidos y ha llevado a que algunos observadores llamen a este fenómeno “post truth democracies”. Es decir, democracias en las que la discusión política deja de girar en torno a los hechos y en las que solo dominan las narrativas ideológicas de las diversas facciones.

Trump no solo ha roto estas reglas no escritas de las elecciones presidenciales, ha situado esa precisa característica en el centro de su estrategia electoral. Como ya han demostrado análisis rigurosos de sitios como FiveThirtyEight o The Upshot, de The New York Times, Trump tiene una sola vía para ganar la elección: que aumente significativamente el número de votos blancos. 

Y sobre todo, los votos de hombres blancos sin estudios (un segmento con muy baja participación electoral). Solo ampliando significativamente el “techo” de esos votantes Trump podría conseguir desafiar la arquitectura institucional del país —diseñada para encauzar el voto al centro— y ganar la elección desde la polarización ideológica.

Una de las explicaciones más certeras sobre el fondo del fenómeno —y de por qué trasciende al personaje— la encontramos en un libro publicado durante el verano cuyo título categórico resume bien la cuestión: The End of White Christian America, de Robert P. Jones, director del Public Religion Research Institute de Washington, DC. 

El texto, que abre con un obituario y cierra con un panegírico, asume el fin de la predominancia blanca como un hecho consumado; y explica la pérdida de centralidad —política, demográfica y cultural— de los blancos protestantes y la rápida transformación en un país con más hispanos, asiáticos y personas que declaran no pertenecer a ninguna fe religiosa.

 Mientras en 1993 el 51% de los estadounidensed se identificaban como blancos protestantes, en 2014, solo una generación después, solo lo hacía el 32%. Un cambio estructural en la composición social del país de dimensiones mayúsculas.

El perfil general del votante medio de Trump, por tanto, es ese WASP conservador crispado (no necesariamente de bajos recursos) que ve en el candidato la última oportunidad para frenar y revertir los cambios que el país ha experimentado en las últimas décadas.

 Uno de los más importantes, sin duda, es la rabia que todavía provoca a muchos la elección del primer presidente negro en 2008; la baza racista que utilizó Trump para lanzar sus aspiraciones presidenciales.

Dicho todo esto, sería un error pensar que el fenómeno Trump se engendró en el vacío. Si alguna virtud ha tenido el candidato ha sido saber aprovechar las casi tres décadas de paulatino vaciamiento intelectual de un Partido Republicano petrificado, convertido, en esencia, en estandarte de dos causas: la rebaja de impuestos a los ricos y hacer valer esa famosa sentencia de Ronald Reagan que decía que el Gobierno no era la solución a los problemas, era el problema.

 En el contexto de ese erial político, Trump tomó por asalto al partido y está en proceso de convertirlo en un movimiento nacionalista étnico sin precedentes en la vida política del país.

Una última cifra que completa el peligroso cuadro de la elección del 8 de noviembre es la del número de votantes republicanos que dicen confiar en los resultados en caso de que sean adversos: solo el 11%, según Pew Research. 

Gane o pierda Trump, la realidad sociológica que ha impulsado al candidato hasta aquí ha sido revelada; y ahora cuenta con identidad y fuerza política propia. Ese será su verdadero legado. Trump ha normalizado la entrada en política y dado voz a fuerzas reaccionarias que solían ser consideras inaceptables y estaban relegadas a los márgenes del sistema.

Parafraseando palabras recientes del exministro de Exteriores sueco Carl Bildt, un candidato a la presidencia de Estados Unidos se ha convertido súbitamente en la mayor amenaza a la seguridad de Occidente. A cuatro semanas de los comicios, el país y el sistema internacional impulsado por este después de la Segunda Guerra Mundial se asoman al precipicio."                 (Diego Beas, El País, 04/10/16)

3.6.10

Racismo al estilo Arizona

"Hasta ahora, la policía no podía pedir la documentación a ninguna persona que no fuese sospechosa de haber cometido algún delito. A partir de ahora, sí. Cualquier latino es sospechoso. Aunque, como en el caso de José Rascón, lleve aquí 40 años y tenga ya todos los papeles en regla: "Nos sentimos vigilados. Todos. El miedo está a flor de piel.

Los inmigrantes, tengan documentación o no, intentan ahora no salir de sus casas para evitar ser parados por la policía, humillados delante de sus hijos. Tenga usted en cuenta que rara es la familia en la que todos tienen documentación. Hay hijos nacionalizados con padres ilegales. Y al revés. Hay miedo, mucho miedo, créame. La gobernadora Brewer ha sembrado la semilla del odio y esa semilla crece rápido, necesita poca agua". (...)

Aunque muchos, con el escritor Carlos Fuentes a la cabeza, van más allá. No se trata tanto de cazar al ilegal, sino de criminalizar al mestizo: "La nueva ley racista del Estado de Arizona", escribe Fuentes, "daña a individuos inocentes. Tal es el pecado de todo racismo.

Entrevistados en la televisión norteamericana, varios oficiales de la policía de Arizona se quedaron sin argumentos. ¿Por qué detener a una persona de aspecto latino? Para asegurarse de que sus papeles estén en orden, creando la obligación de que todo moreno (bigotudo o no) lleve siempre consigo documentos de identidad. Como todos los grupos perseguidos. Como los judíos de la Alemania nazi". (El País, Domingo, 09/05/2010, p. 5)

6.5.10

La xenofobia de Arizona

"Si es usted moreno. Si luce un gran bigote zapatista. Si es mujer y usa rebozo. Entonces ni se le ocurra vivir en o visitar siquiera el Estado norteamericano de Arizona, que oficialmente se ha declarado racista. Un racismo dirigido claramente a la población mexicana y latinoamericana en general y a partir de "perfiles" puramente raciales.

Porque díganme ustedes, ¿creen que la policía de Arizona va a detener a una persona blanca, rubia y de ojos azules? Claro que no: se expondrían a un juicio legal dado que la ley prohíbe detener a nadie a causa de su apariencia física, a menos que sea moreno, o moreno y bigotón, o moreno, bigotón y hable mal el inglés. O use rebozo.

La nueva ley racista del Estado de Arizona daña a individuos inocentes. Tal es el pecado de todo racismo. Entrevistados en la televisión norteamericana, varios oficiales de la policía de Arizona se quedan sin argumentos. ¿Por qué detener a una persona de aspecto "latino"? Para asegurarse de que sus papeles estén en orden, creando la obligación de que todo moreno (bigotudo o no) lleve siempre consigo documentos de identidad como todos los grupos perseguidos. Como los judíos en la Alemania nazi.

Es decir: la nueva ley discrimina, aparta a grupos de personas en virtud de su apariencia física, elimina arbitrariamente los requisitos del debido proceso (Due process) y crea castas dentro de la sociedad interrumpiendo procesos de integración y convirtiendo la intimidación en base de una mala convivencia social."(Carlos Fuentes: La frontera de cristal. El País, ed. Galicia, opinión, 05/05/2010, p. 29 )

15.1.10

Racismo en el 2009... en Europa... en Italia...

"El mejor ejemplo de ese proceso de degeneración nos llega de Italia. El racismo se encontrará allí como un pez en el agua. Con el soporte de su monopolio de la televisión, la deriva autoritaria impulsada por su primer ministro erosiona uno tras otro los valores democráticos, haciendo evocar más de una vez un pasado no lejano. (...)

Pero el verdadero núcleo fascista del Gobierno italiano es la Liga Norte, un partido xenófobo de fuerza creciente, que anuncia y practica la caza y captura de los inmigrantes por las menores causas. (...)

Lo malo es que la legislación persecutoria de los inmigrantes -uno legal recibe multa de 2.000 euros si olvidó el documento en casa, la ilegalidad es delito grave- se ve acompañada por unos usos sociales donde impera la discriminación más radical, asumida por gentes que hasta hace poco votaban a la izquierda. Fuera negros, rumanos, musulmanes. No a las mezquitas. No a Turquía en Europa.

El racismo institucional y el cotidiano se alimentan recíprocamente. "En Italia el racismo es 'un pensamiento común' y de modo maldito habitual -concluyen las autoras de un reciente Informe sobre el racismo en Italia-. La Italia racista presenta una geografía del odio que especialmente entre fines de 2008 y comienzos de 2009 alcanzó cotas de violencia nunca antes observadas".

Con intensidad por fortuna menor, el panorama de otros países europeos ofrece rasgos similares de rechazo profundo del otro, acumulación de tópicos peyorativos, infravaloración del racismo en encuestas y elecciones, pudiendo servir la tendencia a regular de modo cada vez más estricto la inmigración como coartada para legitimar indirectamente la actitud discriminatoria. Sobran los indicios entre nosotros." (ANTONIO ELORZA: El año del racismo. El País, ed. Galicia, opinión, 31/12/2009, p. 29 )

2.12.09

¿Somos racistas? Pues no... pero hay racistas...

"Hace unos meses un juzgado de Barcelona condenó a un local por vetar la entrada a dos cubanas por el color de su piel y otro juez está investigando ahora el caso de dos mujeres que no pudieron alojarse en un hotel, probablemente porque a alguien les pareció que eran lesbianas.

"No somos una sociedad racista, pero sí tenemos células racistas. Lo que hay que evitar es que hagan metástasis", advierte muy gráficamente. Y en el combate contra ese cáncer social es fundamental, dice, la formación de jueces, fiscales y policías. "A las víctimas de delitos por discriminación hay que darles un trato especial, no privilegiado. Hay que investigar el móvil de la acción, porque muchas veces no es otro que el hecho diferencial de la víctima". (MIGUEL Á. AGUILAR: "No somos racistas, pero sí hay células racistas". El País, ed. Galicia, última, 16/11/2009 )

30.3.09

La explosión de las ciudades-dormitorio

""Cada vez más, en las ciudades dormitorio, la gente toma las armas". Así se expresó el 17 de marzo un responsable de la Información General (el servicio de información de la policía). Y añadió: "Es preocupante; quiere decir que se ha superado una barrera psicológica". La situación es delicada y todo hace pensar que sólo puede empeorar. (...)

El aumento de la violencia tiene causas complejas. Primero se debe al odio difuso que albergan estos jóvenes contra las fuerzas de seguridad, con frecuencia acusadas de practicar detenciones por el color de piel y de cometer errores mortales sin verdaderas sanciones por parte de las autoridades. También es el resultado, más pernicioso, de guerras de intereses organizadas por bandas de delincuentes, traficantes de droga, que quieren controlar con las armas sus territorios y aterrorizar a la policía. (...)

Pero la razón de fondo es todavía más grave: es el rechazo por parte del Estado de afrontar la cuestión de la integración social.

En 2005, los jóvenes pedían reconocimiento social, trabajo e integrarse. Hoy, el resultado es inquietante. Reina el mismo desamparo en estos barrios, la misma desesperación, la misma ira contra un sistema que se percibe como profundamente injusto, contra un poder político acusado de demagogo y manipulador. " (SAMI NAÏR: Barrios sin ciudadanía. El País, ed. Galicia, , 21/03/2009, p. )

24.1.09

Es que están los políticos a los que se les cree, y están a los que no... los de Banca Catalana

"No acabó ahí la cosa, pues Pujol arremetió también contra los intelectuales catalanes que, durante sus 23 años de mandato, ridiculizaron sus apelaciones patrióticas y su defensa de los valores tradicionales y que ahora están entusiasmados con Barack Obama.

En un coloquio organizado por la fundación que preside, al que acudió como invitado el escritor Quim Monzó, Pujol defendió su legado echando mano del sarcasmo. Trabajo duro, honestidad, justicia, patriotismo... «Esto lo ha dicho san Obama. Y aquí, ¿quién lo dice esto? ¿Quién lo ha dicho un montón de años? ¡Con la coña que se ha hecho con todos estos valores!», exclamó." (ABC.es, 24/01/2009)

Es que Obama no es un racista, nunca escribiría lo siguiente: "El hombre andaluz no es un hombre coherente, es un hombre anárquico. Es un hombre destruido. (...) es, generalmente, un hombre poco hecho, un hombre que hace cientos de años que pasa hambre y que vive en un estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual. Es un hombre desarraigado, incapaz de tener un sentido un poco amplio de comunidad. A menudo da pruebas de una excelente madera humana, pero de entrada constituye la muestra de menos valor social y espiritual de España. Ya lo he dicho antes: es un hombre destruido y anárquico. Si por la fuerza del número llegase a dominar, sin haber superado su propia perplejidad, destruiría Cataluña. E introduciría su mentalidad anárquica y pobrísima, es decir, su falta de mentalidad." (Jordi Pujol: "La inmigració, problema i esperança de Catalunya", (Editorial Nova Terra, Barcelona, 1976, págs. 65, 67 y 68). En la línea del nacionalismo, el vasco también, com se puede ver en "Chanchidrian: nacionalismo y xenofobia".

Ni Obama "desapareció" 50.000 millones de las antiguas pesetas en el escándalo de Banca Catalana. Así que parece bastante lógico que los intelectuales se rieran de Pujol cuando hablaba de, precisamente, valores (ver El País, 26/08/1986)