"(...) Trump se ha convertido, en pocas palabras, en el primer candidato a
la presidencia con posibilidades de ganar que flirtea abiertamente con
la idea de la “supremacía blanca” y la coloca en el centro del discurso
público (Philip Roth fabuló con un escenario similar en la elección
presidencial de 1940 en su extraordinaria La conjura contra América de
2004).
Una corriente del pensamiento político estadounidense tan antigua
como la propia república que, sin embargo, no se había utilizado con
fines electorales tan directos y en esferas tan altas como hasta ahora.
Nunca
un candidato a la presidencia de uno de los dos grandes partidos había
articulado una propuesta que girara en torno a unos ideales políticos y
prioridades de un grupo tan delimitado: blanco, anglosajón y protestante
(WASP, por sus siglas en inglés).
Y, además, desde esa manipulación
mediática tan particular y eficaz para los intereses de Trump: difama,
agrede verbalmente, incita a la violencia, divide y, dependiendo de las
reacciones, ajusta sus comentarios para hacer control de daños y no
responsabilizarse plenamente de nada de lo que dice.
Una dialéctica con
la prensa que ha degradado terriblemente la calidad del debate público
en Estados Unidos y ha llevado a que algunos observadores llamen a este
fenómeno “post truth democracies”. Es decir, democracias en las que la
discusión política deja de girar en torno a los hechos y en las que solo
dominan las narrativas ideológicas de las diversas facciones.
Trump
no solo ha roto estas reglas no escritas de las elecciones
presidenciales, ha situado esa precisa característica en el centro de su
estrategia electoral. Como ya han demostrado análisis rigurosos de
sitios como FiveThirtyEight o The Upshot, de The New York Times, Trump
tiene una sola vía para ganar la elección: que aumente
significativamente el número de votos blancos.
Y sobre todo, los votos
de hombres blancos sin estudios (un segmento con muy baja participación
electoral). Solo ampliando significativamente el “techo” de esos
votantes Trump podría conseguir desafiar la arquitectura institucional
del país —diseñada para encauzar el voto al centro— y ganar la elección
desde la polarización ideológica.
Una de las explicaciones más
certeras sobre el fondo del fenómeno —y de por qué trasciende al
personaje— la encontramos en un libro publicado durante el verano cuyo
título categórico resume bien la cuestión: The End of White Christian
America, de Robert P. Jones, director del Public Religion Research
Institute de Washington, DC.
El texto, que abre con un obituario y
cierra con un panegírico, asume el fin de la predominancia blanca como
un hecho consumado; y explica la pérdida de centralidad —política,
demográfica y cultural— de los blancos protestantes y la rápida
transformación en un país con más hispanos, asiáticos y personas que
declaran no pertenecer a ninguna fe religiosa.
Mientras en 1993 el 51%
de los estadounidensed se identificaban como blancos protestantes, en
2014, solo una generación después, solo lo hacía el 32%. Un cambio
estructural en la composición social del país de dimensiones mayúsculas.
El
perfil general del votante medio de Trump, por tanto, es ese WASP
conservador crispado (no necesariamente de bajos recursos) que ve en el
candidato la última oportunidad para frenar y revertir los cambios que
el país ha experimentado en las últimas décadas.
Uno de los más
importantes, sin duda, es la rabia que todavía provoca a muchos la
elección del primer presidente negro en 2008; la baza racista que
utilizó Trump para lanzar sus aspiraciones presidenciales.
Dicho
todo esto, sería un error pensar que el fenómeno Trump se engendró en el
vacío. Si alguna virtud ha tenido el candidato ha sido saber aprovechar
las casi tres décadas de paulatino vaciamiento intelectual de un
Partido Republicano petrificado, convertido, en esencia, en estandarte
de dos causas: la rebaja de impuestos a los ricos y hacer valer esa
famosa sentencia de Ronald Reagan que decía que el Gobierno no era la
solución a los problemas, era el problema.
En el contexto de ese erial
político, Trump tomó por asalto al partido y está en proceso de
convertirlo en un movimiento nacionalista étnico sin precedentes en la
vida política del país.
Una última cifra que completa el peligroso
cuadro de la elección del 8 de noviembre es la del número de votantes
republicanos que dicen confiar en los resultados en caso de que sean
adversos: solo el 11%, según Pew Research.
Gane o pierda Trump, la
realidad sociológica que ha impulsado al candidato hasta aquí ha sido
revelada; y ahora cuenta con identidad y fuerza política propia. Ese
será su verdadero legado. Trump ha normalizado la entrada en política y
dado voz a fuerzas reaccionarias que solían ser consideras inaceptables y
estaban relegadas a los márgenes del sistema.
Parafraseando
palabras recientes del exministro de Exteriores sueco Carl Bildt, un
candidato a la presidencia de Estados Unidos se ha convertido
súbitamente en la mayor amenaza a la seguridad de Occidente. A cuatro
semanas de los comicios, el país y el sistema internacional impulsado
por este después de la Segunda Guerra Mundial se asoman al precipicio." (Diego Beas, El País, 04/10/16)
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