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5.9.26

Dos veces en 20 años, China, el país que Occidente ama presentar como una "amenaza" para la economía global, salvó efectivamente a éste de un desastre económico global creado por EE.UU... China salvó efectivamente la economía mundial durante la guerra de Irán al absorber por sí sola el grueso del shock global en el suministro de petróleo, sin daños económicos visibles... China "redujo sus importaciones promedio diarias de petróleo marítimo en la misma cantidad que el consumo combinado de petróleo de Alemania, Francia y el Reino Unido"... Si China no hubiera estado preparada para absorber ese golpe, se podría argumentar con solidez que el daño económico a Occidente, y al mundo en general, se habría disparado mucho más allá de lo que vimos... la estrategia energética de China en todos sus niveles (reservas de petróleo, vehículos eléctricos, etc.) y su capacidad para resistir enormes shocks de suministro rindieron frutos para todos, no solo para ellos... Suena terriblemente familiar: en 2008 también fue el paquete de estímulo de China y su compra continua de bonos del Tesoro de EE.UU. lo que evitó un colapso total del sistema financiero global (Arnaud Bertrand)

Arnaud Bertrand @RnaudBertrand

Fascinante argumento del principal analista energético de Bloomberg, Javier Blas: sostiene que China salvó efectivamente la economía mundial durante la guerra de Irán al absorber por sí sola el grueso del shock global en el suministro de petróleo, sin daños económicos visibles.

 Según sus cálculos, China "redujo sus importaciones promedio diarias de petróleo marítimo en la misma cantidad que el consumo combinado de petróleo de Alemania, Francia y el Reino Unido". 

Y, aún según Blas, lo hicieron "sin sufrir daños económicos" porque pudieron apoyarse en muchos mecanismos: su enorme reserva estratégica de petróleo, un aumento masivo en el uso de vehículos eléctricos, su capacidad restante de electricidad generada con carbón, y los procesos de carbón a químicos que reemplazaron las materias primas perdidas. 

Si China no hubiera estado preparada para absorber ese golpe, se podría argumentar con solidez que el daño económico a Occidente, y al mundo en general, se habría disparado mucho más allá de lo que vimos.

 En efecto, la estrategia energética de China en todos sus niveles (reservas de petróleo, vehículos eléctricos, etc.) y su capacidad para resistir enormes shocks de suministro rindieron frutos para todos, no solo para ellos. 

Suena terriblemente familiar: en 2008 también fue el paquete de estímulo de China y su compra continua de bonos del Tesoro de EE.UU. lo que evitó un colapso total del sistema financiero global. 

Así que dos veces en 20 años, el país que Occidente ama presentar como una "amenaza" para la economía global salvó efectivamente a ésta de un desastre económico global hecho en EE.UU. (Bloomberg)

9:54 a. m. · 17 jun. 2026 ·586,5 mil Visualizaciones

28.7.26

Tenemos este pánico absurdo de que agotar los inventarios de armas está socavando la disuasión en Asia... Lo que se ha demostrado es que los inventarios de armas que teníamos al entrar en la guerra eran ampliamente insuficientes para derrotar siquiera a Irán... El problema no es que hayamos agotado los inventarios. El problema es que librar una pelea con China requeriría niveles de inventarios de armas de órdenes de magnitud superiores a los que ni siquiera teníamos antes de febrero de 2026 o febrero de 2022... Por favor, entiendan las matemáticas elementales: simplemente no hay posibilidad de superar a China en la producción de armas. La base industrial de defensa de China es tan grande como toda la del Occidente combinado... La disuasión en en Asia está muerta. No se puede restaurar fabricando muchas armas. No importa cuántas hagamos, ellos pueden hacer diez veces más (Policy Tensor)

Policy Tensor @policytensor

Tenemos este pánico consensuado absurdo de que agotar los inventarios de armas está socavando el disuasorio en Asia. Toda la idea está matemáticamente desafiada. 

Lo que se ha demostrado en Asia Occidental es que los inventarios de armas que teníamos al entrar en la guerra eran ampliamente insuficientes para derrotar siquiera a Irán. El problema no es que hayamos agotado los inventarios. El problema es que librar una pelea con China requeriría niveles de inventarios de armas de órdenes de magnitud superiores a los que ni siquiera teníamos antes de febrero de 2026 o febrero de 2022. Por favor, entienda las matemáticas elementales aquí: simplemente no hay posibilidad de superar a China en la producción de armas. La base industrial de defensa de China es tan grande como la del Occidente combinado. 

La disuasión en en Asia está muerta. No se puede restaurar fabricando muchas armas. No importa cuántas hagamos, ellos pueden contrarrestar haciendo diez veces más. 

steve hsu @hsu_steve

Guerra estúpida con Irán utilizó el 30-80% de las reservas de EE.UU. de armas clave. La ventana de vulnerabilidad durará varios años. TW, tomen nota. El wargame del CSIS sobre el conflicto de TW tuvo a EE.UU. agotando sus reservas en las primeras 1-3 semanas de conflicto. La estupidez de Irán redujo significativamente nuestras reservas. (...)  La mayoría de los sistemas necesitan 2 – 5 años

3:23 p. m. · 27 jul. 2026 ·61,3 mil Visualizaciones

(traducción google)

2:53 a. m. · 28 jul. 2026 ·32,4 mil Visualizaciones

18.7.26

El sistema de navegación por satélite Beidou de China es un factor que cambia las reglas del juego en la guerra de Irán con Estados Unidos... Durante la guerra de 12 días en junio de 2025, los misiles y drones iraníes tuvieron dificultades contra la sofisticada guerra electrónica israelí y estadounidense. La interferencia (jamming) y suplantación (spoofing) del GPS alteraron repetidamente sus sistemas de guía, limitando su efectividad... en 2026, la dinámica del campo de batalla había cambiado drásticamente. Los ataques de precisión de Irán comenzaron a atravesar las avanzadas defensas aéreas, alcanzando objetivos de alto valor en todo el Golfo con una precisión sorprendente. Los analistas de inteligencia señalaron un factor clave: Irán había abandonado el GPS por el sistema de navegación por satélite Beidou de China... Las ventajas clave de Beidou para Irán son: resistencia a la interferencia y suplantación... mayor precisión, con probabilidad de error circular de menos de 5 metros... mando en tiempo real, que permite ajustes durante el vuelo a largas distancias... Esta mejora ha contribuido significativamente a la capacidad de Irán para penetrar las defensas estadounidenses en los países del Golfo... Hoy en día, Beidou supera al GPS en cobertura y precisión en aproximadamente 165 países, ofreciendo una alternativa resiliente que no puede ser interferida o suplantada unilateralmente por las potencias occidentales (Larry C. Johnson)

15.7.26

Sobre la “desaceleración” de China... El crecimiento del PIB de China en el segundo trimestre experimentó una desaceleración significativa... los «expertos» occidentales siguen argumentando que esta desaceleración confirma su visión de que China se encamina hacia el estancamiento... la brecha entre la tasa de crecimiento promedio de China desde entonces y la de las economías del G7 no ha desaparecido... la participación de China en el PIB mundial ha disminuido en términos nominales , pero no en términos reales... Esto no significa que se deba ignorar la actual desaceleración del crecimiento general de la inversión... ¿Qué hay detrás de esto? El problema radica en la continua caída del sector inmobiliario y las dificultades que enfrentan los gobiernos locales para gestionar la acumulación de deuda que se disparó durante el auge inmobiliario. Estos son los factores que impulsan la relativamente débil demanda interna... La expansión económica de China continúa, pero depende en gran medida del comercio de exportación. A pesar de los aranceles y otras sanciones de Trump (¡que se suman cada día!), las exportaciones chinas al resto del mundo han alcanzado niveles récord... Este auge se vio fuertemente acelerado por dos catalizadores principales: el rápido desarrollo de la infraestructura global de inteligencia artificial y el aumento masivo de los envíos de tecnología verde... parece probable que la crisis inmobiliaria esté tocando fondo y que los gobiernos locales comiencen a abordar su elevado endeudamiento. Además, la inversión en nuevos sectores tecnológicos se está disparando. Por lo tanto, hay motivos suficientes para esperar que China alcance su objetivo de crecimiento actual del 4,5% al ​​5% este año (Michael Roberts)

"El crecimiento del PIB de China en el segundo trimestre experimentó una desaceleración significativa, cayendo al 4,3% interanual desde el 5,0% del primer trimestre y por debajo de las previsiones. Este fue el crecimiento más lento registrado en cualquier trimestre desde el inicio del confinamiento por la pandemia en 2022. Sin embargo, incluso con esta desaceleración en el segundo trimestre, el crecimiento del PIB real de China para el primer semestre de 2026 se mantiene dentro del rango objetivo del gobierno, en el 4,7% interanual.

No obstante, los «expertos» occidentales siguen argumentando que esta desaceleración confirma su visión de que China se encamina hacia el estancamiento. Consideremos los puntos planteados por Richi Sharma en el FT , antes de la publicación de esta última cifra de crecimiento: « Aunque muchos analistas siguen esperando que China supere a Estados Unidos como la principal economía mundial, su crecimiento alcanzó su punto máximo en 2021. Desde entonces, la participación de China en el PIB mundial ha caído en términos nominales del 18 % al 16,5 %, mientras que la de Estados Unidos ha aumentado al 26 %. La tasa de crecimiento de China ha caído por debajo de la del resto del mundo, incluyendo Estados Unidos. En términos reales, las estimaciones independientes sitúan ahora el crecimiento de China más cerca de cero que del objetivo oficial del 4,5 % al 5 %».

Permítanme responder a estos puntos uno por uno. En primer lugar, si bien la tasa de crecimiento del PIB real de China pudo haber alcanzado su punto máximo en 2014, la brecha entre la tasa de crecimiento promedio de China desde entonces y la de las economías del G7 no ha desaparecido. En promedio, desde 2014, la tasa de crecimiento de China ha sido más de 4 puntos porcentuales superior a la tasa de crecimiento promedio del G7.

Sí, la participación de China en el PIB mundial ha disminuido en términos nominales , pero no en términos reales . Por lo tanto, Sharma está siendo poco sincero .   La contracción en términos nominales se debe principalmente al debilitamiento del yuan chino frente a un dólar estadounidense muy fuerte y a la deflación interna. Dado que el PIB nominal se calcula en dólares estadounidenses corrientes, las fluctuaciones del tipo de cambio y de los precios comprimen artificialmente el tamaño de la economía china en el escenario mundial. En términos reales, utilizando la paridad del poder adquisitivo (PPA), podemos eliminar el efecto de las fluctuaciones cambiarias. Entonces, en lugar de una caída de la participación de China en el PIB mundial de 1,5 a 2,0 puntos porcentuales, en términos reales se ha producido un aumento de 1,4 puntos porcentuales.

Datos de tendencias históricas (2021–2026)AñoParticipación nominal del PIB mundialParticipación real (PPA) del PIB mundial202118,74% (Pico)18,5%202218,09%18,7%202317,28%18,99%202417,00%19,31%202516,70%19,63%2026 (Actual)16,50%19,89%

Fuentes: Recopilado a partir del seguimiento realizado por IMF DataMapper , Statista y TheGlobalEconomy .

Además, la tasa de crecimiento de China no ha caído por debajo de la del resto del mundo,como afirma Sharma. En este punto, recurre a estimaciones independientes que sitúan el crecimiento real de China más cerca de cero que del objetivo oficial del 4,5 al 5 por ciento. ¿ Cuáles son estas estimaciones «independientes»?   Provienen de una fuente específica: el Grupo Rhodium, una unidad de investigación occidental que se autoproclama experta en China. El Grupo Rhodium descarta las estimaciones oficiales del PIB, argumentando que están sesgadas al alza y no tienen en cuenta la débil actividad económica interna.  

Rhodium afirma estimar el crecimiento de China desde la base, desagregando los gastos (no la producción) por sectores. Su método de «desagregación» se reduce básicamente a multiplicar significativamente las cifras oficiales de inversión en activos fijos hasta alcanzar el nivel de inversión en el sector inmobiliario. Y, como es bien sabido, el sector inmobiliario lleva tiempo en una grave crisis. En efecto, Rhodium reduce la tasa de crecimiento de la inversión en China (que en general está cayendo un 5,7% interanual) a la tasa de crecimiento de la inversión inmobiliaria, que está cayendo un 18% interanual, lo que perjudica la tasa general. Si se utiliza la inversión inmobiliaria como medida de la tasa de inversión en China, no es de extrañar que el crecimiento general sea cero.  

Rhodium estima la tasa de crecimiento de China basándose únicamente en datos de «demanda», como las ventas minoristas, el crecimiento del crédito y la «confianza del consumidor». Ignora los indicadores de «oferta», como la producción industrial, las exportaciones y la manufactura en general. Sin embargo, la mayoría de las estimaciones occidentales del PIB de China no siguen el enfoque de Rhodium. El Banco de Finlandia, por ejemplo, tampoco acepta las cifras oficiales y, en su lugar, realiza un seguimiento de indicadores de producción como la generación de electricidad, el transporte ferroviario de mercancías y las exportaciones netas. Según sus cálculos, el crecimiento del PIB real de China es aproximadamente un punto porcentual inferior a las cifras oficiales, lo que aún representa un crecimiento de alrededor del 4% anual.

De hecho, la producción industrial de China aumentó un 5,4% en el primer semestre de 2026, con un incremento del 6% en el sector manufacturero y del 14% en el sector tecnológico.

En el sector industrial chino, es evidente que la demanda externa es el factor clave del crecimiento: los sectores ferroviario, naval y aeroespacial registraron un aumento del 18,2%, el automotriz del 8,7% y el de computadoras, comunicaciones y equipos electrónicos del 15,7%. La producción de semiconductores alcanzó un máximo de 17 meses, con un crecimiento interanual del 25,4%, en medio del continuo auge tecnológico.

Esto no significa que se deba ignorar la actual desaceleración del crecimiento general de la inversión. La inversión en activos fijos cayó un 5,7% interanual durante el primer semestre del año, alcanzando su nivel más bajo desde mayo de 2020. La inversión del sector privado disminuyó un 8,5%, y la inversión estatal también se redujo aún más, hasta el 2,3%. Tanto las empresas privadas como las estatales parecen estar posponiendo sus planes de inversión, lo que agrava un entorno de inversión ya de por sí débil.

¿Qué hay detrás de esto? El problema radica en la continua caída del sector inmobiliario y las dificultades que enfrentan los gobiernos locales para gestionar la acumulación de deuda que se disparó durante el auge inmobiliario. Estos son los factores que impulsan la relativamente débil demanda interna.

Los precios de los inmuebles siguen bajando, aunque a un ritmo mucho más lento, e incluso algunas ciudades experimentan un ligero aumento. Sin embargo, incluso excluyendo el sector inmobiliario, la inversión en activos fijos disminuyó un 2,7% en los seis meses hasta junio, un descenso aún mayor que la caída del 1,2% registrada en los primeros cinco meses del año. 

Otro factor que frena la demanda interna es el elevado endeudamiento derivado del estallido de la burbuja inmobiliaria, que ahora se concentra principalmente en los gobiernos locales. Los préstamos concedidos por los gobiernos locales a promotores privados durante la burbuja inmobiliaria siguen vigentes, lo que paraliza a muchos a la hora de realizar nuevas inversiones. Mientras que el gobierno central y los bancos estatales están expandiendo la inversión y el crédito hacia las «nuevas fuerzas productivas», como los sectores tecnológico y solar, los gobiernos locales no pueden seguir su ejemplo.

Una de las principales razones de la caída de la inversión china radica en los efectos negativos de la especulación inmobiliaria y la financiación a nivel local. Los líderes comunistas chinos cometieron un grave error: permitieron que la urbanización del país, el crecimiento de las ciudades y la construcción de viviendas cayeran en manos del sector privado. En lugar de implementar un programa nacional de desarrollo de vivienda estatal, optaron por que los gobiernos locales financiaran a promotores inmobiliarios privados.

De este modo, el gobierno chino permitió una expansión masiva de inversiones improductivas y especulativas por parte del sector capitalista de la economía.  En su afán por construir suficientes viviendas e infraestructuras para la creciente población urbana, los gobiernos centrales y locales dejaron la tarea en manos de promotores privados. En lugar de construir viviendas para alquilar, optaron por la solución del «libre mercado» de que los promotores privados construyeran para la venta. Por supuesto, era necesario construir viviendas, pero como el presidente Xi Jinping afirmó tardíamente:  «Las casas son para vivir en ellas, no para especular». 

Como resultado, la mayoría de las empresas chinas en quiebra son promotoras inmobiliarias, que siguen lastrando el crecimiento y la inversión nacionales. Los gobiernos locales se han visto obligados a absorber gran parte de estas deudas incobrables de bancos y promotoras inmobiliarias locales, mientras que se enfrentan a restricciones en la emisión de deuda y Pekín sigue mostrando un apoyo limitado.

La expansión económica de China continúa, pero depende en gran medida del comercio de exportación. A pesar de los aranceles y otras sanciones de Trump (¡que se suman cada día!), las exportaciones chinas al resto del mundo han alcanzado niveles récord.Las exportaciones de China aumentaron un 27% interanual, alcanzando un máximo histórico de 412 mil millones de dólares en junio de 2026. Este crecimiento impulsó el valor total de las exportaciones chinas durante el primer semestre de 2026 a 2,12 billones de dólares (un aumento interanual del 17,6%). Este auge se vio fuertemente acelerado por dos catalizadores principales: el rápido desarrollo de la infraestructura global de inteligencia artificial y el aumento masivo de los envíos de tecnología verde.

No voy a entrar en los argumentos incesantes de los «expertos» occidentales que afirman que China está causando «desequilibrios globales » debido a su éxito exportador y al exceso de capacidad que genera al vender productos a precios muy bajos en los mercados mundiales.   Ya he abordado estos argumentos en publicaciones anteriores. Pero hay un nuevo ataque: la afirmación de que la creciente participación de China en las exportaciones mundiales está desplazando a otras economías exportadoras del Sur Global. Este argumento es particularmente absurdo. Los «expertos» occidentales nunca se preocuparon por el éxito exportador de China hace dos décadas, cuando creían que se basaba en empresas estadounidenses y europeas con sede en China. Pero ahora que China ha desarrollado sus propias empresas industriales y lidera sectores clave de exportación, estos expertos afirman que está perjudicando a los países «pobres». 

Vietnam desmiente esa afirmación. Su economía tiene un modelo similar al de China, es decir, un sector estatal y de propiedad estatal, junto con un sector capitalista. La participación de Vietnam en las exportaciones mundiales ha aumentado significativamente en los últimos diez años, pasando de aproximadamente el 1,2% hace una década a alrededor del 1,35% en la actualidad. 

China no está desplazando a Vietnam. El fracaso de otros países para aumentar su cuota de mercado de exportación se debe principalmente a que la mayoría de las economías del Sur Global están dominadas por multinacionales extranjeras y carecen de un sector estatal significativo o de un plan independiente. El imperialismo ha hecho imposible que el Sur Global se ponga al día, no China.

El crecimiento interno de China no es lo suficientemente rápido, a pesar de que el gasto real de los consumidores ha promediado más del 6% anual desde 2014, un ritmo mucho más lento que en el G7. Sin embargo, parece probable que la crisis inmobiliaria esté tocando fondo y que los gobiernos locales comiencen a abordar su elevado endeudamiento. Además, la inversión en nuevos sectores tecnológicos se está disparando. Por lo tanto, hay motivos suficientes para esperar que China alcance su objetivo de crecimiento actual del 4,5% al ​​5% este año."

( , blog, 15/07/26, traducción Gaceta Crítica, gráficos en el original) 

29.6.26

La competitividad comercial de Alemania durante mucho tiempo se basó en su capacidad tanto para suprimir el crecimiento de los ingresos de los hogares en relación con el crecimiento de la productividad (como lo hizo, por ejemplo, después de las reformas Hartz de 2003-5), como para mantener su moneda barata (como lo hizo, por ejemplo, a través de la adopción del euro)... En este sistema, todos los países están bajo presión para suprimir el crecimiento salarial con el fin de expandir la manufactura... Durante muchos años, cuando gran parte del alto ahorro de China se dirigía a la inversión doméstica, Alemania fue uno de los principales ganadores de este sistema... El punto es que el problema no es China. El verdadero problema es un sistema que recompensa a los países por implementar políticas que socavan el crecimiento global general... Mientras tanto, nuestro sistema comercial continúa recompensando políticas que deprimen el crecimiento global al ejercer presión a la baja sobre el crecimiento salarial, o que, alternativamente, obligan al mundo a fomentar rápidos aumentos en la deuda con el fin de contrarrestar el impacto de un menor crecimiento salarial... Ahora que Alemania está del lado perdedor, los responsables políticos alemanes están reconociendo cada vez más lo dañino que es este sistema. No hay nada nuevo en esto... Por eso la verdadera solución no es una alianza global contra China, porque no cambiará un sistema que continuará recompensando el mal comportamiento –es decir, políticas que suprimen los ingresos de los hogares– al permitir que los países externalicen los costos de este mal comportamiento a través de grandes y persistentes superávits comerciales. Y esto significa que continuará apoyando los aumentos en la desigualdad de ingresos dentro de los países (Michael Pettis)

Michael Pettis @michaelxpettis

WSJ: «La famosa economía abierta de Alemania fue su mayor activo económico, brindando casi 20 años de crecimiento ininterrumpido y convirtiéndola en uno de los mayores ganadores de la globalización». 

Creo que lo habría enmarcado de manera diferente. 

La competitividad comercial de Alemania durante mucho tiempo se basó en su capacidad tanto para suprimir el crecimiento de los ingresos de los hogares en relación con el crecimiento de la productividad (como lo hizo, por ejemplo, después de las reformas Hartz de 2003-5), como para mantener su moneda barata (como lo hizo, por ejemplo, a través de la adopción del euro). 

Bajo nuestra forma actual de globalización, en otras palabras, experimentamos un ejemplo del paradoja de Kalecki, en la que las políticas de supresión salarial que permiten a un país crecer más rápido que sus socios comerciales son en realidad malas para el crecimiento global general –en la medida, al menos, en que la demanda de los consumidores impulsa la inversión entre sus socios comerciales. 

En este sistema, todos los países están bajo presión para suprimir el crecimiento salarial con el fin de expandir la manufactura y retener el empleo en la manufactura, pero el «ganador» es aquel que es capaz de hacerlo de manera más efectiva. 

Durante muchos años, cuando gran parte del alto ahorro de China se dirigía a la inversión doméstica, Alemania fue uno de los principales ganadores de este sistema. Pero a medida que la inversión china se volvió cada vez más improductiva, Pekín comenzó a intentar controlar la deuda necesaria para financiar tanta inversión improductiva.

 Este proceso, por supuesto, despegó después del colapso inmobiliario de 2021-22, y una vez que eso sucedió, la capacidad de Alemania para beneficiarse de la paradoja de Kalecki se evaporó, ya que rápidamente se convirtió en uno de los principales perdedores del sistema. 

El punto es que el problema no es China. El verdadero problema es un sistema que recompensa a los países por implementar políticas que socavan el crecimiento global general. La buena noticia es que durante muchos años, cuando Alemania pudo explotar el régimen comercial global, también fue uno de los mayores defensores de este sistema. Ahora que está del lado perdedor, los responsables políticos alemanes están reconociendo cada vez más lo dañino que es este sistema. No hay nada nuevo en esto. 

Si lees los debates económicos entre el Reino Unido y Estados Unidos en la década de 1920, un período en el que la productividad estadounidense se disparó incluso cuando los salarios permanecieron estancados, fue el Reino Unido quien se quejó de los desequilibrios comerciales. Estados Unidos insistió en que su enorme superávit comercial era simplemente la consecuencia de técnicas de manufactura más eficientes y personas que trabajaban más duro. Estados Unidos, por supuesto, abandonó ese argumento en la década de 1970, cuando perdió su superávit comercial. 

En los debates económicos de la década de 1980, fue Estados Unidos quien se quejó de los desequilibrios comerciales, y Japón quien insistió (¿qué más?) en que su enorme superávit comercial era el resultado de técnicas de manufactura más eficientes y personas que trabajaban más duro. Nadie en Japón hace ya una afirmación tan tonta. 

En la década de 2000, por supuesto, Alemania explicó de manera algo condescendiente al resto de Europa que si solo pudieran volverse tan eficientes en la manufactura y tan trabajadores como los alemanes, ellos también estarían en tan buena forma. Tanto para esa afirmación. Mientras tanto, nuestro sistema comercial continúa recompensando políticas que deprimen el crecimiento global al ejercer presión a la baja sobre el crecimiento salarial, o que, alternativamente, obligan al mundo a fomentar rápidos aumentos en la deuda con el fin de contrarrestar el impacto de un menor crecimiento salarial.

 Por eso la verdadera solución no es una alianza global contra China. Aunque esto pueda ayudar a desactivar las tensiones actuales, no cambiará un sistema que continuará recompensando el mal comportamiento –es decir, políticas que suprimen los ingresos de los hogares– al permitir que los países externalicen los costos de este mal comportamiento a través de grandes y persistentes superávits comerciales. Y esto significa que continuará apoyando los aumentos en la desigualdad de ingresos dentro de los países.

De wsj.com

(traducción google) 

8:25 a. m. · 28 jun. 2026 ·141,9 mil Visualizaciones

9.6.26

Dice Tooze: imagina que Arabia Saudita ofreciera vender sus pozos de petróleo con un 80% de descuento, y de alguna manera pudieras transportarlos a casa. Llamarías completo idiota a cualquier líder que rechazara ese trato... eso es más o menos lo que China está haciendo con los paneles solares... hay una competencia tan intensa y tanta oferta en China —el llamado fenómeno de la "involución"— que eres TÚ, como cliente, quien recibe subsidios cuando compras paneles solares... Esto es literalmente China pagando tu factura de energía. Y es como pozos de petróleo porque, una vez instalado, no hay dependencia. Lo compras una vez, y durante tres décadas (la vida útil promedio de un panel solar) estás extrayendo energía de tu propio sol, igual que un pozo de petróleo extrae de tu propio suelo... La respuesta racional cuando ves esto es comprar tantos como puedas, lo más rápido que puedas. Más aún cuando eres Europa y tienes problemas masivos de suministro energético (y no tienes una industria solar propia que proteger)... Pero no, gritamos "sobreproducción" y ponemos aranceles. Estamos tan metidos en los delirios geopolíticos que no podemos reconocer el mejor trato en la historia de la energía (Arnaud Bertrand)

Arnaud Bertrand @RnaudBertrand

Buen análisis de @adam_tooze en el FT. 

Creo que una buena analogía para usar es esta: imagina que Arabia Saudita ofreciera vender sus pozos de petróleo con un 80% de descuento, y de alguna manera pudieras transportarlos a casa. 

Llamarías completo idiota a cualquier líder que rechazara ese trato. Bueno, eso es más o menos lo que China está haciendo con los paneles solares. 

Eso es lo que la gente no entiende: hay una competencia tan intensa y tanta oferta en China —el llamado fenómeno de la "involución"— que eres TÚ, como cliente, quien recibe subsidios cuando compras paneles solares. 

Esto es literalmente China pagando tu factura de energía. Y es como pozos de petróleo porque, una vez instalado, no hay dependencia. Lo compras una vez, y durante tres décadas (la vida útil promedio de un panel solar) estás extrayendo energía de tu propio sol, igual que un pozo de petróleo extrae de tu propio suelo. 

Es uno de los activos energéticos más soberanos que puedes comprar. 

La respuesta racional cuando ves esto es comprar tantos como puedas, lo más rápido que puedas. Más aún cuando eres Europa y tienes problemas masivos de suministro energético (y no tienes una industria solar propia que proteger). 

Pero no, gritamos "sobreproducción" y ponemos aranceles. Estamos tan metidos en los delirios geopolíticos que no podemos reconocer el mejor trato en la historia de la energía. 

(traducción google)

3:43 a. m. · 8 jun. 2026·119,1 mil Visualizaciones

30.5.26

Adam Tooze: El desarrollo económico de China es único en la historia de la humanidad... ¿Cuál es la mejor manera de expresar y cuantificar este hecho tan contundente? Medido en términos de puntos de crecimiento ponderados por la población, el crecimiento de China fue más de 290 veces mayor que el crecimiento de la «edad dorada» estadounidense... En el caso de EE. UU., durante el periodo comprendido entre 1865 y 1914, el PIB total aumentó en 738 000 millones de dólares a precios de 2011... En el caso de China, durante el periodo comprendido entre 1978 y 2022, el aumento del PIB fue de 25,3 billones de dólares... China ha crecido a una tasa media (compuesta) anual del 8,1 % per cápita... Nunca en la historia tantas personas han mejorado tanto sus ingresos durante un período ininterrumpido tan prolongado... En cuanto a escala y velocidad, no hay nada en la historia económica documentada que se pueda comparar con el impacto del reciente desarrollo de China

"A simple vista, resulta evidente que el espectacular crecimiento de China desde finales de la década de 1970 en adelante constituye la mayor transformación individual en la historia económica mundial. Pero, ¿cuál es la mejor manera de expresar y cuantificar este hecho tan contundente?

Últimamente he dedicado mucho tiempo a la cuestión de la energía y el clima (por cierto, mis disculpas por la ralentización del boletín. El servicio normal se reanudará en unas semanas). La historia del consumo mundial de carbón sin duda ofrece una imagen clara.

Si se mide en términos de carbón, la historia de nuestra especie se divide en tres fases. La primera fase se prolongó hasta 1750, cuando la gran mayoría de las sociedades humanas dependía en gran medida de un régimen energético somático y biológico: leña, fuerza humana y fuerza animal. El segundo periodo se extendió desde la década de 1750 hasta finales del siglo XX. Esto era lo que solíamos considerar el régimen clásico de la industrialización, que comenzó con la revolución industrial del siglo XVIII y terminó con el mundo tal y como era en la década de 1990. A lo largo de dos siglos, la industria pesada se extendió desde sus orígenes en la Europa noroccidental del siglo XVIII hacia América del Norte y Europa del Este, y se extendió, en el siglo XX, hasta Japón. Este fue el mundo que definió la primera fase de la política climática global y su política Norte-Sur, el mundo de la conferencia de Noordwijk en Río de 1992 y del Tratado de Kioto de 1997. Sigue definiendo el imaginario de gran parte de lo que se escribe sobre la cuestión climática hasta el día de hoy, especialmente en Estados Unidos. En este arco histórico, la transición hacia la energía limpia va de la mano de la desindustrialización, lo que inspira el discurso de una economía «ingrávida». Pero eso fue, desde una perspectiva global, una experiencia local. A escala mundial, ocurre lo contrario. En la década de 2000, de forma bastante repentina, el consumo de carbón de China se disparó verticalmente hasta alcanzar niveles nunca vistos en la historia de la humanidad: cuatro veces mayor que el de Estados Unidos en su momento álgido.
El carbón es una medida física, ¿qué hay del PIB?

Branko Milanović, en su obra The Great Global Transformation (ya a la venta y muy recomendable), ofrece esta comparación intuitiva:

"China ha «explotado»: de producir el 2 % de la producción mundial en 1974, su cuota ha aumentado hasta el 22 % en 2022. Esto se logró gracias a una proeza sin precedentes en la historia económica mundial. Entre 1978 y 2022, China ha crecido a una tasa media (compuesta) anual del 8,1 % per cápita. Nunca en la historia tantas personas han mejorado tanto sus ingresos durante un período ininterrumpido tan prolongado. Para ilustrarlo, podemos comparar el auge de China con el caso de Japón. En el caso chino, tenemos más de mil millones de personas (el número medio de ciudadanos chinos durante el período 1978-2022 fue de 1230 millones), con un crecimiento del 8,1 % anual a lo largo de cuarenta y cuatro años. Un simple cálculo (1,081) elevado a la potencia de 44 multiplicado por 1230 millones da una ganancia total de 38 000 millones de unidades (personas/ingresos). Japón, durante su período de mayor éxito, 1952-1991, generó un crecimiento de los ingresos equivalente a aproximadamente 105 millones de personas a lo largo de treinta y nueve años, a una tasa media del 7,1 % per cápita anual. El mismo cálculo arroja a su vez 1.900 millones de unidades de personas/ingresos, es decir, una vigésima parte de lo que obtenemos para China. Por último, un cálculo para Estados Unidos durante el periodo de su despegue económico entre 1865 y 1914 arroja una tasa de crecimiento anual media del 1,3 % per cápita para una población media de 63 millones, y por lo tanto una ganancia global de 130 millones de unidades. En otras palabras, las ganancias generadas durante el extraordinario auge de China fueron de un orden de magnitud totalmente diferente en comparación con las de Japón y Estados Unidos durante sus despegues económicos."

Medido en términos de puntos de crecimiento ponderados por la población, el crecimiento de China fue 20 veces mayor que el de Japón en su época de auge y más de 290 veces mayor que el crecimiento de la «edad dorada» estadounidense.

Se trata de una medida seductoramente simple que, sin embargo, es estrictamente relativa. Es decir, opera en términos de tasas de crecimiento, no de niveles de PIB. Es una medida de cuántas personas «se movieron», a qué velocidad y durante cuánto tiempo.

¿Y si, en cambio, utilizamos medidas absolutas del PIB? Para ello, podemos remitirnos al conjunto de datos de Angus Maddison sobre el PIB y la población. Si tomamos los mismos periodos que Milanović —de 1978 a 2022 para China, de 1953 a 1991 para Japón y de 1865 a 1914 para EE. UU.—, podemos preguntarnos: ¿en qué medida contribuyó su respectivo crecimiento al PIB nacional?

En el caso de EE. UU., durante el periodo comprendido entre 1865 y 1914, el PIB total aumentó en 738 000 millones de dólares a precios de 2011.

El auge del crecimiento de Japón entre 1953 y 1991 aportó 3,5 billones de dólares al PIB a precios de 2011.

En el caso de China, durante el periodo comprendido entre 1978 y 2022, el aumento del PIB fue de 25,3 billones de dólares.

Dado que el PIB de China en 1978 era tan bajo, en términos absolutos el incremento del PIB derivado de su crecimiento fue «solo» 7,2 veces mayor que el aportado por Japón y 34 veces mayor que el de Estados Unidos durante su fase de despegue.

La conclusión es clara: el mundo nunca ha visto nada parecido a la explosión de crecimiento de China.

Solo se llega a una conclusión algo diferente si se sitúan estas cifras de crecimiento absoluto ajustadas a la inflación en proporción al crecimiento global del PIB durante los periodos pertinentes.

Durante el medio siglo transcurrido entre la Guerra Civil estadounidense y la Primera Guerra Mundial, el PIB mundial aumentó, según una interpolación aproximada a partir del conjunto de datos de Maddison, en unos 2,3 billones de dólares. El crecimiento de EE. UU. representó alrededor del 30 % de esa cifra.

Entre principios de la década de 1950 y 1990, el PIB mundial aumentó en 34 billones de dólares a precios de 2011. La contribución de Japón a ese aumento fue de algo más del 10 %.

¿Y qué hay de China y el siglo XXI?

Durante los cuarenta años transcurridos entre 1980 y principios de la década de 2020, el aumento del PIB mundial fue de 100 billones de dólares. Si nos fiamos de los datos de Maddison, el PIB mundial se multiplicó por más de cuatro. De ese asombroso aumento, China representó aproximadamente una cuarta parte.

Lo cual nos lleva de vuelta al punto de partida. Aunque en términos relativos el crecimiento de la economía estadounidense a finales del siglo XIX supuso una contribución desmesurada al crecimiento mundial, algo mayor que la de China en los últimos cuarenta años, la tasa de crecimiento y las cifras absolutas fueron mucho menores. La economía mundial de finales del siglo XX y principios del XXI era mucho mayor y crecía más rápidamente que a finales del siglo XIX. En cuanto a escala y velocidad, no hay nada en la historia económica documentada que se pueda comparar con el impacto del reciente desarrollo de China." 

(Adam Tooze , blog, 28/05/26, traducción Salvador López)  

17.5.26

Probablemente la guerra empeore de manera considerable la situación respecto a cómo estaba cuando Estados Unidos e Israel la iniciaron. Lejos de ser sustituido por una entidad más favorable a Occidente, el régimen iraní se ha endurecido hasta convertirse en una dictadura militar. Independientemente de las concesiones que este régimen acabe haciendo sobre su programa nuclear, sus vínculos con China, Rusia y Corea del Norte permanecerán intactos, e Irán seguirá siendo una fuerza desestabilizadora en Oriente Medio... los vecinos de Irán en el Golfo han perdido ahora la fe en su protector estadounidense y se encuentran más débiles y más divididos que antes de la guerra... En este momento, ningún europeo sensato considera que las garantías de seguridad de Estados Unidos sean fiables... La incapacidad de Estados Unidos para obligar a sus propios aliados a ayudar a reabrir el estrecho de Ormuz, junto con el espectáculo de los países en desarrollo luchando por conseguir suministros de energía y fertilizantes, alimenta la narrativa de la decadencia de Estados Unidos... Mientras tanto, en medio del caos provocado por Estados Unidos, China se ha posicionado astutamente como una fuerza de estabilidad. De este modo, ha elevado su perfil global a un muy bajo costo... China no ha hecho ninguna concesión sobre Ucrania, los derechos humanos o la sobreproducción y el dumping (Shlomo Ben Ami, ex-ministro de Asuntos Exteriores israelí)

"Las grandes guerras dan paso a nuevos órdenes internacionales. La Guerra de los Treinta Años trajo consigo la Paz de Westfalia. Las Guerras Napoleónicas dieron lugar al Concierto Europeo. La Segunda Guerra Mundial impulsó la creación del sistema de Bretton Woods, la descolonización y la integración europea. Incluso la Guerra Fría dio paso a un orden mundial liberal, con Estados Unidos como potencia hegemónica.

Sin embargo, no todas las guerras conducen a mejores órdenes internacionales. Es probable que la guerra de Irán resulte especialmente perjudicial en este sentido.

Probablemente la guerra empeore de manera considerable la situación respecto a cómo estaba cuando Estados Unidos e Israel la iniciaron. Lejos de ser sustituido por una entidad más favorable a Occidente, el régimen iraní se ha endurecido hasta convertirse en una dictadura militar. Independientemente de las concesiones que este régimen acabe haciendo sobre su programa nuclear, sus vínculos con China, Rusia y Corea del Norte permanecerán intactos, e Irán seguirá siendo una fuerza desestabilizadora en Oriente Medio.

La diferencia es que los vecinos de Irán en el Golfo han perdido ahora la fe en su protector estadounidense y se encuentran más débiles y más divididos que antes de la guerra. Sin duda, la posición del Golfo siempre fue algo frágil. Existían profundas divisiones entre los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita, y entre Qatar y todos los demás emiratos. El Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) nunca estuvo a la altura de su potencial como unión política y económica, y mucho menos como alianza militar. Y la imagen cuidadosamente cultivada del Golfo como un remanso de estabilidad y un nodo comercial lucrativo tenía sus imperfecciones.

Pero la guerra con Irán ha destrozado esa imagen, limitando los fastuosos proyectos de inversión de sus gobernantes y socavando -quizá de forma fatal- sus esfuerzos por diversificar sus economías más allá del petróleo. Asimismo, la guerra ha puesto de manifiesto la disfunción del CCG y ha profundizado las divisiones entre sus miembros.

Arabia Saudita intentó evitar esta guerra por la vía diplomática, le prohibió a Estados Unidos utilizar sus bases y su espacio aéreo para escoltar a los buques petroleros a través del estrecho de Ormuz y sigue trabajando con Pakistán entre bastidores para mediar en el fin del conflicto. El resultado es una alineación emergente entre Arabia Saudita y Pakistán y una política saudita de apaciguamiento hacia Irán que continúa.

Es probable que Qatar (con sus vínculos con Turquía) y Omán también sigan apaciguando a Irán. Los Emiratos Árabes Unidos, por el contrario, han criticado duramente a sus vecinos por no haber dado una respuesta decisiva a los ataques de Irán contra su territorio, y se han retirado de la OPEP. El país ahora está cada vez más alineado con Israel, así como con Baréin e India.

Se observa una fragmentación similar en Occidente, ya que la guerra agrava la brecha en la alianza transatlántica. Contrariamente a la narrativa predominante de las últimas décadas, la alianza transatlántica nunca fue un hecho consumado. Estados Unidos tiene una larga historia de aislacionismo y proteccionismo, ejemplificada por la retirada del presidente Woodrow Wilson en 1919 de la Liga de las Naciones y su negativa a asumir ningún compromiso con la seguridad de Europa -una postura que allanó el camino para el ascenso de Adolf Hitler y otra guerra.

Más recientemente, el presidente Barack Obama sacrificó el despliegue previsto de defensas contra misiles balísticos en Europa del este en aras de su “reinicio” diplomático con Rusia. Su secretario de Defensa, Robert M. Gates, criticó posteriormente a los aliados europeos de Estados Unidos por su “aparente falta de voluntad para dedicar los recursos necesarios” para actuar como “socios serios y capaces en su propia defensa”. Tras la invasión de Ucrania por parte de Rusia en 2014 y la anexión ilegal de Crimea, Obama optó por no movilizar a los aliados estadounidenses de la OTAN para disuadir al Kremlin.

Pero Donald Trump ha llevado esto al siguiente nivel, adoptando una postura abiertamente antagónica hacia Europa, que ha incluido amenazas de anexionar Groenlandia y retirar a Estados Unidos de la OTAN. Europa ha respondido abrazando una nueva forma de gaullismo, caracterizada por una fuerte inversión en el fortalecimiento de sus capacidades de defensa y en la consecución de la autonomía estratégica.

Sin embargo, la transformación de la seguridad europea no ha hecho más que empezar. El continente -que no controla su propia infraestructura digital- tendrá que cerrar la brecha de innovación con Estados Unidos y alcanzar cierto nivel de autonomía tecnológica. Y el neogaullismo europeo, al igual que el original, tarde o temprano acabará adoptando la lógica de la disuasión nuclear.

La guerra de Irán ha inyectado una nueva urgencia en este proceso. A pesar de haber iniciado la guerra sin consultar a los aliados estadounidenses de la OTAN, Trump exigió que Europa se uniera a Estados Unidos en la lucha -en particular, para ayudar a reabrir el estrecho de Ormuz-. Cuando Europa se negó, Estados Unidos anunció que retiraría 5.000 soldados de Alemania y amenazó con nuevas medidas contra Italia y España. En este momento, ningún europeo sensato considera que las garantías de seguridad de Estados Unidos sean fiables.

Ahora bien, no es solo Europa la que ha perdido la fe en Estados Unidos. El Sur Global, al que Trump ya había alienado con sus aranceles y la suspensión de la ayuda para el desarrollo, está sufriendo las peores consecuencias de su guerra por elección en Irán. La incapacidad de Estados Unidos para obligar a sus propios aliados a ayudar a reabrir el estrecho de Ormuz, junto con el espectáculo de los países en desarrollo luchando por conseguir suministros de energía y fertilizantes, alimenta la narrativa de la extralimitación y la decadencia de Estados Unidos.

Mientras tanto, en medio del caos provocado por Estados Unidos, China se ha posicionado astutamente como una fuerza de estabilidad. De este modo, ha elevado su perfil global a un muy bajo costo. Muchos líderes europeos han visitado Beijing en busca de un socio comercial fiable, pero China no ha hecho ninguna concesión sobre Ucrania, los derechos humanos o la sobreproducción y el dumping.

En la cumbre de esta semana con el presidente chino, Xi Jinping, Trump tiene la oportunidad de negociar un acuerdo que aliviaría las tensiones comerciales y abriría el camino a la cooperación en cuestiones críticas, entre las que se destacan las guerras en Ucrania e Irán. Un acuerdo para mitigar los riesgos que plantea la IA no sería menos trascendental que lo fueron los Tratados de Limitación de Armas Estratégicas entre Estados Unidos y la Unión Soviética durante la Guerra Fría. Pero si Xi mantiene su diplomacia de suma cero, como parece probable, será el mundo quien salga perdiendo." 

exministro de Asuntos Exteriores israelí,  fuente Project Syndicate

13.5.26

Trump sin un “as en la manga” en el encuentro con China... todavía puede hacer daño, pero ya no puede dictar las reglas del juego... Washington descubrió que no puede vivir sin ciertos insumos chinos; Beijing sigue necesitando tecnología estadounidense, pero entiende que la dependencia es recíproca y que esa reciprocidad puede convertirse en arma... El caso de las refinerías chinas acusadas de comprar petróleo iraní lo muestra. Estados Unidos sancionó a una refinería independiente china para cortar ingresos a Teherán y presionar a quienes sostienen su comercio petrolero... Pero la respuesta china no fue una represalia clásica. No se limitó a sancionar a una empresa estadounidense equivalente, anunció una orden para bloquear el cumplimiento de las sanciones estadounidenses... Ese movimiento marca un cambio cualitativo. China dice a bancos y socios comerciales: si obedecen a Washington, pueden quedar expuestos en China... cumplir demasiado con Washington también pueda ser jurídicamente peligroso... Trump podría aumentar la presión sobre bancos chinos. Esa amenaza sí tiene densidad estratégica... Beijing puede responder con restricciones regulatorias contra empresas estadounidenses, controles de exportación, o nuevas medidas sobre cadenas de suministro... Estados Unidos controla nodos tecnológicos; China controla nodos físicos. Las tierras raras y los imanes permanentes son el ejemplo más evidente... si Trump llega a Beijing creyendo que todavía puede intimidar a China con el repertorio habitual, corre el riesgo de confundir ruido con poder. Su problema no es la falta absoluta de cartas. Su problema es que todas sus cartas tienen reverso. Cada arancel puede encarecer su propia economía. Cada control tecnológico puede acelerar la autonomía china (Alejandro Marcó del Pont)

"Donald Trump llegará a su encuentro con Xi Jinping en Beijing con una certeza incómoda, todavía puede hacer daño, pero ya no puede dictar las reglas del juego. Su repertorio es conocido, ruidoso y políticamente poco eficaz ante su electorado: aranceles, amenazas, controles tecnológicos, presión sobre bancos, sanciones secundarias, restricciones financieras, advertencias sobre chips, software y semiconductores. Es una caja de herramientas poderosa, pero no es un as en la manga. Casi todas esas herramientas tienen un defecto estructural, dañan también a quien las usa. En la relación entre Estados Unidos y China, la coerción económica dejó de ser una calle de una sola mano. Se convirtió en una avenida de doble circulación, cargada de obstáculos, desvíos y costos colaterales.

La reunión prevista para el 14 y 15 de mayo no llega en un vacío diplomático. Lo hace después de años de guerra comercial, de controles tecnológicos, de sanciones cruzadas y de una competencia cada vez menos disimulada por el control de los insumos estratégicos del siglo XXI. Reuters Breakingviews describió el próximo encuentro como una cumbre con más riesgos que promesas, donde el déficit comercial, Irán, los semiconductores y las tierras raras aparecen como parte de un mismo tablero. El dato central no es que Trump quiera mostrarse fuerte. Eso ya se sabe. El dato relevante es que, esta vez, la fortaleza estadounidense parece menos unilateral que antes. Washington descubrió que no puede vivir cómodamente sin ciertos insumos chinos; Beijing, a su vez, sabe que sigue necesitando tecnología estadounidense, pero también entiende que la dependencia es recíproca y que esa reciprocidad puede convertirse en arma.

Durante años, la sanción estadounidense funcionó como una forma de jurisdicción imperial informal. No hacía falta ocupar territorios ni desplegar tropas. Bastaba con controlar el acceso al dólar, al sistema financiero, a los bancos corresponsales, a las aseguradoras, a las navieras, a los mercados de capitales y a las tecnologías críticas. Una empresa podía estar en Europa, Asia o América Latina, pero si tocaba el sistema estadounidense, quedaba bajo la sombra de Washington. Esa fue una de las grandes ventajas estratégicas de Estados Unidos desde el fin de la Guerra Fría: convertir su centralidad financiera en poder político global. El problema para Trump es que China ya no se limita a quejarse de esa extraterritorialidad. Está construyendo instrumentos para volverla más costosa.

El caso de las refinerías chinas acusadas de comprar petróleo iraní lo muestra con claridad. En abril, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos sancionó a Hengli Petrochemical (Dalian) Chemical Co., una refinería independiente china, a la que acusó de haber comprado miles de millones de dólares en petróleo iraní. Para Washington, el objetivo era evidente: cortar ingresos a Teherán, presionar a quienes sostienen su comercio petrolero y advertir a terceros que el petróleo iraní no es una mercancía neutral sino una exposición jurídica y financiera. La medida formaba parte de una ofensiva más amplia contra la llamada flota fantasma iraní y contra las redes que permiten a Irán seguir exportando crudo pese a las sanciones.

Pero la respuesta china no fue una represalia clásica. No se limitó a sancionar a una empresa estadounidense equivalente, ni a imponer un arancel espejo, ni a emitir una condena diplomática rutinaria. El Ministerio de Comercio de China anunció una orden para bloquear el cumplimiento de las sanciones estadounidenses contra cinco refinerías: Hengli Petrochemical, Shandong Jincheng Petrochemical Group, Hebei Xinhai Chemical Group, Shouguang Luqing Petrochemical y Shandong Shengxing Chemical. Según Reuters, Beijing sostuvo que las sanciones estadounidenses violaban el derecho internacional y las normas básicas de las relaciones internacionales, y ordenó que esas medidas no fueran reconocidas, implementadas ni cumplidas dentro del marco jurídico chino.

Ese movimiento marca un cambio cualitativo. China no está respondiendo solo con daño económico; está respondiendo con arquitectura jurídica. Está diciendo a bancos, traders, aseguradoras, navieras y socios comerciales: si obedecen automáticamente a Washington, pueden quedar expuestos en China. La sanción estadounidense funciona mejor cuando el resto del mundo la acata preventivamente, incluso sin estar obligado directamente. China intenta quebrar esa obediencia anticipada. No necesita destruir el poder financiero estadounidense. Le alcanza con hacerlo más ambiguo, más caro y más riesgoso.

La base de esta estrategia no apareció de un día para el otro. En 2021, China aprobó las “Reglas para contrarrestar la aplicación extraterritorial injustificada de legislación extranjera y otras medidas”. Esa normativa permite al Ministerio de Comercio emitir órdenes de prohibición cuando una ley extranjera, aplicada extraterritorialmente, restringe de manera injustificada las actividades comerciales normales de ciudadanos o empresas chinas. Más importante aún, si una persona o empresa cumple con una medida extranjera incluida dentro de una orden de prohibición y con eso perjudica a una empresa china, esta puede iniciar acciones ante un tribunal chino y reclamar compensación.

En términos menos jurídicos y más políticos: China está creando una pinza. Si una empresa extranjera cumple con las sanciones de Estados Unidos, puede exponerse a demandas o sanciones en China. Si no cumple con las sanciones de Estados Unidos, puede quedar bajo el castigo financiero de Washington. La empresa deja de ser simplemente un actor económico y se convierte en rehén de dos soberanías enfrentadas. Esa es la novedad. La disputa ya no ocurre solo entre Estados. Se traslada al contrato privado, al pago pendiente, al seguro marítimo, al crédito bancario, al proveedor de componentes, al distribuidor europeo, al importador asiático, al socio latinoamericano.

Imaginemos un caso hipotético. Una empresa china, TechWorld, fabrica componentes electrónicos de alta precisión. Una distribuidora europea, EuroDist, firma con ella un contrato por diez millones de euros. TechWorld produce y entrega. Antes del pago final, Estados Unidos incluye a TechWorld en una lista de sanciones por supuestas ventas a un tercer país sancionado, como podría ser Irán. EuroDist, temiendo perder acceso al sistema financiero estadounidense, decide no pagar. Desde su punto de vista, está actuando con prudencia. Desde el punto de vista chino, está acatando una medida extranjera considerada ilegítima y extraterritorial.

Si el Ministerio de Comercio chino emite una orden de bloqueo sobre esa sanción, TechWorld podría demandar a EuroDist ante tribunales chinos. Podría reclamar el pago adeudado, intereses, daños derivados de la interrupción comercial y eventualmente solicitar medidas sobre activos de EuroDist en China. EuroDist quedaría atrapada. Si paga, teme a Beijing. Si no paga, teme a Washington. La sanción deja de ser una línea recta entre Estados Unidos y la empresa sancionada; se transforma en una red de riesgos extendida sobre toda la cadena comercial.

Ahí está el corazón de la nueva estrategia china. Beijing entendió que la extraterritorialidad estadounidense opera porque terceros actores privados sobreactúan el cumplimiento. Los bancos cancelan cuentas, los proveedores suspenden operaciones, las aseguradoras se retiran, las navieras modifican rutas, los compradores se cubren, los abogados recomiendan prudencia extrema. China ahora busca introducir un costo contrario: cumplir demasiado con Washington también pueda ser jurídicamente peligroso. Es una forma de lawfare económico, pero no en el sentido superficial del término. Es la juridificación de la rivalidad geopolítica.

Trump, frente a eso, conserva herramientas importantes, pero todas tienen límites. La primera son los aranceles. Puede volver a amenazar con tarifas elevadas sobre productos chinos y presentarlas como prueba de dureza. El problema es que China ya aprendió a convivir con la presión arancelaria, a redirigir flujos comerciales y a absorber parte del daño. El Consejo de Relaciones Exteriores (CFR, por sus siglas en inglés) señala que, después de la escalada de 2025, Estados Unidos y China redujeron parcialmente sus tarifas hacia fines de noviembre; aun así, el comercio bilateral cayó con fuerza y China alcanzó un superávit comercial muy elevado pese a los aranceles.

La segunda carta son los controles tecnológicos. Estados Unidos sigue controlando nodos decisivos: chips avanzados, software de diseño, equipos de fabricación, propiedad intelectual, sistemas operativos, herramientas de inteligencia artificial y maquinaria crítica para semiconductores. Esta es una ventaja real. Pero también aquí aparece una debilidad. Washington ha usado cada vez más los controles de exportación como fichas de negociación, no solo como instrumentos estrictos de seguridad nacional. El Center for Strategic and International Studies (CSIS) advierte que esa expansión erosiona la credibilidad del sistema, incentiva a China a acelerar su sustitución tecnológica y empuja a ambos países hacia una carrera de controles cada vez más amplia.

Cuando Washington dice que una tecnología no puede venderse por razones de seguridad nacional, pero luego negocia excepciones a cambio de compromisos comerciales, compras agrícolas o concesiones coyunturales, el mensaje se debilita. China interpreta que no se trata de una línea roja estratégica, sino de una moneda de cambio. Y cuando una herramienta de seguridad se convierte en moneda de cambio, pierde autoridad. También pierde capacidad para ordenar coaliciones, porque los aliados empiezan a preguntarse si están defendiendo una arquitectura común o acompañando una táctica transaccional de corto plazo.

La tercera carta es la más poderosa y la más peligrosa: el sistema financiero. Trump podría aumentar la presión sobre bancos chinos vinculados a pagos de petróleo iraní. Esa amenaza sí tiene densidad estratégica. Sancionar bancos, restringir acceso al dólar o castigar entidades que procesan pagos sensibles puede generar un impacto mucho mayor que sancionar refinerías independientes. El problema es que esa carta se parece menos a un as y más a una granada. Puede obligar a China a moverse, pero también puede llevar la disputa a un nivel sistémico. Si Washington toca bancos chinos relevantes, Beijing puede responder con restricciones regulatorias contra empresas estadounidenses, controles de exportación, investigaciones administrativas, presión sobre activos o nuevas medidas sobre cadenas de suministro.

La cuarta carta sería la coordinación con aliados. En términos estratégicos, esta es probablemente la más racional. Si Estados Unidos quiere reducir la dependencia de China en minerales críticos, semiconductores, baterías, insumos farmacéuticos y manufactura avanzada, no puede hacerlo solo. Necesita a Japón, Corea del Sur, la Unión Europea, Australia, Canadá, India, México y otras economías integradas en cadenas globales. Francia, por ejemplo, convocó a países del G7 para discutir cómo reducir la dependencia de China en materiales críticos, en un contexto donde las tierras raras y los imanes permanentes se volvieron una vulnerabilidad industrial y militar.

El problema es que la política exterior de Trump suele operar contra la lógica de esa coordinación. Su estilo es bilateral, personalista, transaccional y muchas veces hostil incluso con aliados. Para enfrentar a China de manera eficaz, Estados Unidos necesitaría paciencia institucional, previsibilidad, acuerdos de largo plazo y una narrativa compartida con sus socios. Trump, en cambio, privilegia el gesto inmediato: el arancel, la amenaza, la foto, el anuncio, la supuesta victoria. Esa teatralidad puede funcionar en campaña, pero no resuelve la dependencia estructural.

Y ahí aparece la mejor carta china: los cuellos de botella materiales. Estados Unidos controla nodos tecnológicos; China controla nodos físicos. Las tierras raras y los imanes permanentes son el ejemplo más evidente. El CFR sostiene que China domina la mayor parte del procesamiento global de tierras raras pesadas y de la fabricación de imanes permanentes, dejando a Estados Unidos en una dependencia casi total para ciertos elementos necesarios en tecnologías avanzadas. No se trata de un recurso exótico de laboratorio. Se trata de insumos para defensa, autos eléctricos, turbinas, electrónica avanzada, semiconductores, robótica y sistemas aeroespaciales.

La cuestión iraní agrega otra capa. China es un comprador central del petróleo iraní y ve el conflicto con Teherán no solo como un problema diplomático, sino como un asunto de seguridad energética. Reuters informó que el canciller iraní se reunió con Wang Yi en Beijing una semana antes del viaje de Trump, y que el estrecho de Ormuz y las negociaciones con Irán estarán en la agenda del encuentro Trump-Xi. Esto reduce aún más el margen estadounidense. Trump puede pedir a China que presione a Irán, pero China sabe que su relación con Teherán también le da una carta frente a Washington. Irán deja de ser solo un expediente de Medio Oriente y se convierte en una pieza dentro de la negociación sino-estadounidense.

Trump puede vender la cumbre como una pulseada de voluntades. Puede presentarse como el negociador duro que obliga a Xi a sentarse a la mesa. Puede prometer que los aranceles, las sanciones y la amenaza financiera devolverán a Estados Unidos una superioridad perdida. Pero la realidad es más desabrida. La negociación no se juega entre un acreedor y un deudor, ni entre un centro imperial y una periferia disciplinada. Se juega entre dos potencias interdependientes que conocen las vulnerabilidades de la otra y están dispuestas a explotarlas.

La alternativa más racional para Trump no sería buscar una victoria, sino negociar por capas: estabilizar el frente iraní, preservar flujos mínimos de tierras raras, limitar los controles tecnológicos a criterios de seguridad nacional verdaderamente defendibles, reducir el uso performativo de aranceles y reconstruir una coordinación seria con aliados. Pero eso exige disciplina estratégica. Exige aceptar que no todo anuncio ruidoso es una victoria. Exige entender que una economía interdependiente no se gobierna solo con amenazas. Y exige algo que Trump rara vez practica: distinguir entre presión y estrategia.

China, en cambio, parece estar jugando una partida más institucional. No responde únicamente con castigos puntuales, sino con marcos legales que condicionan el comportamiento de empresas, gobiernos y cadenas de suministro. No se limita a contestar golpe por golpe. Rediseña el terreno donde se produce el golpe. Ahí reside la diferencia fundamental. Washington usa la sanción como látigo. Beijing está construyendo un sistema para que obedecer ese látigo también tenga costo.

Por eso, si Trump llega a Beijing creyendo que todavía puede intimidar a China con el repertorio habitual, corre el riesgo de confundir ruido con poder. Su problema no es la falta absoluta de cartas. Su problema es que todas sus cartas tienen reverso. Cada arancel puede encarecer su propia economía. Cada control tecnológico puede acelerar la autonomía china. Cada sanción puede activar una orden de bloqueo. Cada amenaza financiera puede abrir un frente sistémico. Cada gesto unilateral puede empujar a los aliados a la cautela. China ya no espera pasivamente el próximo golpe. Lo anticipa, lo encuadra jurídicamente y lo convierte en un costo para terceros." 

( Alejandro Marcó del Pont, blog, 10/05/26)

Captando el ambiente en Pekín antes de la importante visita de Trump... Pekín no quiere tolerar las acciones de Trump en Irán, ni liderar la condena internacional ni un «Eje de la Conmoción»... China seguirá actuando con prudencia y cautela con respecto a Estados Unidos, al que consideran cada vez más impredecible y peligroso... China es una potencia reformista del statu quo... quiere ajustar el sistema internacional actual para darle a China más influencia, no para derrocar un sistema que le ha traído inmensos beneficios económicos... el gobierno chino sabe que una intervención a favor de Irán crearía una respuesta intensamente peligrosa por parte de la administración Trump... En el mejor de los casos, esto arriesgaría una guerra comercial mutuamente destructiva, algo para lo que China se está preparando, pero que desea evitar por el momento... ¿Confortante para el mundo? Sí. ¿Para Estados Unidos? No del todo... Esto va acompañado de esfuerzos igualmente decididos para dominar los mercados mundiales de los productos estratégicamente vitales del futuro... El establishment chino cree que Washington bajo Trump está haciendo un trabajo maravilloso al arruinar el dominio internacional de Estados Unidos, que los desarrollos económicos significan que el tiempo está del lado de China y que, por lo tanto, tiene sentido esperar, no con la intención de destruir algún día la primacía global de Estados Unidos, sino con la esperanza de verla destruirse gradualmente a sí misma (Anatol Lieven)

"La inminente reunión del presidente Trump con el presidente Xi en Beijing se dedicará naturalmente en gran medida a discutir la Guerra de Irán.

Esa guerra y esta reunión también son una buena oportunidad para discutir las actitudes del establishment estadounidense hacia China, y una ilusión perniciosa en particular. Gran parte del análisis occidental de los antecedentes de la cumbre ha enfatizado que la desastrosa decisión de Trump de atacar a Irán ha puesto a Xi en una posición mucho más fuerte. Sin embargo, durante una visita del personal del Quincy Institute a China el mes pasado, nuestros anfitriones chinos se esforzaron por indicar que China seguirá actuando con prudencia y cautela con respecto a Estados Unidos, al que consideran cada vez más impredecible y peligroso.

En mi opinión, esta representación de las políticas de China es correcta. La Guerra de Irán ha demostrado que el lenguaje en los medios occidentales belicistas y en los círculos de seguridad sobre una "Alianza de Autocracias" o un "Eje de Conmoción" liderado por China es un mito fabricado destinado a justificar las propias esperanzas de los escritores de una primacía global estadounidense sin restricciones. Si China fuera aliada de Irán, estaríamos en la Tercera Guerra Mundial o la administración Trump nunca habría atacado a Irán en primer lugar.

Estados Unidos es un aliado de Japón, Corea del Sur y de los demás miembros de la OTAN. Tiene tropas en su territorio y está obligado por tratado a acudir en su defensa si son atacados. En este sentido estricto, si bien China tiene numerosos "socios" en todo el mundo, no tiene aliados (ni bases significativas) en absoluto, lo cual es, de hecho, una de las mayores ventajas estratégicas de Estados Unidos sobre China.

Nuestros interlocutores chinos nos aseguraron que China no tiene absolutamente ninguna intención de involucrarse militarmente en este conflicto, ni de librar una guerra por delegación contra Estados Unidos en Irán (como Washington y Moscú se han hecho mutuamente en varios lugares). Por lo tanto, no ha habido suministro chino de armas a Irán. Cualquier ayuda de inteligencia ha sido muy limitada y encubierta.

Sorprendentemente, China también ha sido cautelosa con la ayuda económica a Irán (aunque continúa el suministro de tecnología de doble uso). Un factor clave en la persuasión de Netanyahu a Trump para atacar Irán fueron las protestas masivas en Irán en enero, que según él demostraban que el régimen estaba a punto de colapsar. Estas protestas fueron desencadenadas por un aumento de la inflación y una caída en el nivel de vida, como resultado de sanciones intensificadas y un colapso de la moneda iraní. Dado el tamaño relativamente pequeño de la economía iraní y las vastas reservas financieras de China, habría sido fácil para China mitigar esta crisis mediante un préstamo para apoyar al Rial. No lo hizo.

China ha condenado enérgicamente el ataque a Irán, ha pedido un "alto el fuego integral", ha rechazado categóricamente la presión estadounidense para unirse a las sanciones y ha elaborado medidas para castigar a las empresas occidentales en China que implementen las sanciones estadounidenses. China también está decidida a seguir comprando petróleo iraní y ruso. Uno de nuestros interlocutores chinos, Wu Xinbo, director del Centro de Estudios Americanos de la Universidad Fudan en Shanghái, dijo al New York Times que las sanciones y restricciones estadounidenses "representarán un grave peligro para la seguridad de la cadena de suministro de China, por lo que China necesita abordar este desafío de manera más sistémica, no solo para identificar y proporcionar una alerta temprana sobre la posible amenaza, sino también para hacer frente a esta amenaza cuando ya se ha producido".

Añadió: "China necesita establecer un marco legal para abordar este tipo de desafíos a largo plazo".

Al mismo tiempo, Pekín también ha sido relativamente cauteloso en su estrategia diplomática. Hasta ahora no ha habido ningún intento de formar una coalición global para presionar a Estados Unidos e Israel. De hecho, Pekín (a diferencia de Moscú) nunca ha intentado explotar las dificultades y errores de Estados Unidos en Oriente Medio, a pesar de las enormes oportunidades para hacerlo. Me recuerdan las palabras que un exfuncionario chino me dijo en respuesta a las acusaciones de Estados Unidos de que China está ayudando a Rusia en la guerra de Ucrania: "Espero que sus colegas se den cuenta de que si realmente quisiéramos ayudar a Rusia, Moscú ganaría esa guerra en tres meses". Añadió, sin embargo, que China no tiene intención de hacerlo.

¿Qué explica esta prudencia por parte de China?

 En primer lugar, argumentaron nuestros anfitriones chinos, China es una potencia reformista del statu quo, no una disruptiva. Quiere ajustar el sistema internacional actual para darle a China más influencia, no para derrocar un sistema que le ha traído inmensos beneficios económicos. Calificaron de absurda la idea de que Pekín quisiera interrumpir los flujos comerciales internacionales (incluido en el Mar de China Meridional). Por supuesto, podrías responder: "Bueno, eso dirían, ¿no?", pero la lógica y la evidencia sugieren que este es de hecho el caso.

En segundo lugar, la élite china es profundamente consciente de la naturaleza intratable y horriblemente compleja de los asuntos de Oriente Medio y de los desastres que las intervenciones estadounidenses se han causado a sí mismas. Las palabras de un exdiplomático chino para mí hace muchos años aún parecen ser ciertas: "¿Por qué querríamos meternos en ese lío?" Como lo demuestra su intento en 2023 de promover la reconciliación entre Irán y Arabia Saudita, Beijing quiere, si es posible, mantener buenas relaciones con todos los estados del Golfo productores de energía, no poner todos sus huevos en la cesta de energía en peligro de Irán.

Igualmente importante, el gobierno chino sabe que una intervención a favor de Irán crearía una respuesta intensamente peligrosa por parte de la administración Trump. Dada la naturaleza de Trump, esto podría incluso ser cierto para una intervención limitada como crear una coalición internacional para apoyar diplomáticamente a Irán.

En el mejor de los casos, esto arriesgaría el regreso de Estados Unidos a una guerra comercial mutuamente destructiva, algo para lo que China se está preparando pero que desea evitar por el momento al menos, dados los problemas económicos causados por la Guerra de Irán.

En el peor de los casos, esto podría provocar movimientos por parte de la administración Trump para fortalecer o incluso reconocer la independencia de Taiwán; y como dijeron varios de nuestros interlocutores chinos, para China este es el tema verdaderamente vital, al que todo lo demás está en última instancia relacionado; porque la independencia de Taiwán significaría automáticamente que China tendría que ir a la guerra, una perspectiva que aborrecen dados los peligros catastróficos que implica.

Incluso si China ganara una guerra convencional contra la Armada y la Fuerza Aérea de EE. UU., el riesgo de escalada a una guerra nuclear y el daño a la economía china significan que esto es algo que Beijing desea evitar a menos que un movimiento hacia la independencia formal de Taiwán no le deje otra opción.

Así que no existe una "Alianza de Autócratas" o un "Eje de Conmoción" que Estados Unidos necesite enfrentar con políticas agresivas, nuevas alianzas (si alguien quiere unirse a Washington, después de la debacle de Irán) o un gasto militar masivo.

¿Confortante para el mundo? Sí. ¿Para Estados Unidos? No del todo. Porque la prudencia de China en asuntos geopolíticos (fuera de su propia región inmediata) se corresponde con intentos asiduos y concentrados de crear independencia energética, y de desarrollar la industria tecnológica china para poner fin a la dependencia de Estados Unidos y Occidente en cuanto a suministros tecnológicos críticos (por ejemplo, de semiconductores), y eliminar cualquier amenaza de las sanciones estadounidenses. Esto va acompañado de esfuerzos igualmente decididos para dominar los mercados mundiales de los productos estratégicamente vitales del futuro.

El establishment chino cree que Washington bajo Trump está haciendo un trabajo maravilloso al arruinar el dominio internacional de Estados Unidos, que los desarrollos económicos significan que el tiempo está del lado de China y que, por lo tanto, tiene sentido esperar, no con la intención de destruir algún día la primacía global de Estados Unidos, sino con la esperanza de verla destruirse gradualmente a sí misma." 

( , Responsible Statecraft, 13/05/26, traducción Quillbot, enlaces en el original)  

La economía china y la estadounidense... en el siglo XXI, la geopolítica se reduce cada vez más a una batalla entre una potencia hegemónica en decadencia y debilitada, EE. UU., y un gigante económico en ascenso que es China... Por encima de todo, para las élites gobernantes de Estados Unidos, China es el enemigo y la amenaza definitiva para su hegemonía global. China debe ser debilitada económicamente y, finalmente, obligada a aceptar las políticas y el control occidentales. Este es el contexto de los continuos ataques económicos contra China... pero el consumo personal de China crece más rápido porque su inversión crece más rápido. Lo que impulsa una economía es la inversión en activos y sectores productivos. China tiene la ratio de inversión respecto al PIB más alta de las principales economías del G20... ese es el verdadero espantajo para el imperialismo estadounidense y sus aliados: el sistema de planificación dirigida por el Estado que ha adoptado China. Hay muchos capitalistas en China y el sector capitalista es grande. Pero no son ellos quienes establecen la estrategia de inversión; al contrario, deben seguirla... todos los intentos de restringir la expansión de China en productos tecnológicos, semiconductores, etc., han fracasado estrepitosamente. China está recuperando terreno en la «guerra de los chips», lidera con gran ventaja el sector de la robótica y ha lanzado sus propios modelos de IA de «código abierto», como DeepSeek, que están socavando seriamente a modelos como ChatGPT y Claude, los costosos modelos de IA estadounidenses. Y China lidera con diferencia el uso de robots... el modelo económico chino está funcionando mucho mejor que el modelo capitalista de Occidente, a pesar de los intentos de los economistas occidentales por negarlo. Como tal, ese es el principal problema para Trump en su visita a Pekín (Michael Roberts)

"El presidente de EE. UU., Donald Trump, viaja a China para reunirse mañana con el presidente chino, Xi Jinping. Será la primera vez que un presidente de EE. UU. visite China en casi una década, ya que la última visita fue la de Trump en 2017. Los asuntos más urgentes que deben abordar ambos líderes pueden resumirse en: 1) la guerra comercial iniciada por Trump; 2) la guerra con Irán iniciada por Trump y; 3) la tensión en torno a Taiwán, fomentada por Trump.

En cuanto a la guerra comercial, EE. UU. y China acordaron una tregua temporal el pasado mes de octubre. Trump había llegado a imponer un arancel del 145 % a las exportaciones chinas a EE. UU. Sin embargo, dos factores le obligaron a dar marcha atrás. En primer lugar, China amenazó con restringir la exportación de tierras raras, ya que posee casi el 90 % de estos minerales vitales utilizados en todos los sectores de alta tecnología, inteligencia artificial y semiconductores de los que depende cada vez más la economía estadounidense. Y, en segundo lugar, los fabricantes estadounidenses con sede en China se alarmaron y se quejaron de que los aranceles de Trump afectarían principalmente a sus exportaciones y beneficios. Así pues, la reunión entre Trump y Xi del pasado mes de octubre concluyó con la suspensión por parte de Pekín de sus controles a la exportación, mientras que Trump redujo los aranceles sobre los productos chinos hasta situarlos finalmente en solo un 32 % —una cifra aún elevada, pero muy por debajo de sus amenazas anteriores.

Y se produjeron nuevas reducciones.

Trump ha mantenido la prohibición de la entrada de vehículos eléctricos chinos en EE. UU. y de sus exportaciones de energía eólica y solar. Sin embargo, esto ha perjudicado muy poco a las exportaciones de China. Por el contrario, las exportaciones de China han alcanzado niveles récord, como resultado de haber conseguido nuevos socios comerciales en todo el mundo a medida que se debilitaban los lazos con EE. UU.

Y todos los intentos de restringir la expansión de China en productos tecnológicos, semiconductores, etc., han fracasado estrepitosamente. China está recuperando terreno en la «guerra de los chips», lidera con gran ventaja el sector de la robótica y ha lanzado sus propios modelos de IA de «código abierto», como DeepSeek, que están socavando seriamente a modelos como ChatGPT y Claude, los costosos modelos de IA estadounidenses.

China también domina todo el sector de la fabricación de energías renovables.

Y China lidera con diferencia el uso de robots, con un aumento de las instalaciones del 7 % anual, mientras que en EE. UU. están disminuyendo un 9 % al año. China cuenta ahora con más robots en la industria que el resto del mundo en su conjunto.

Luego está la cuestión de Irán. China es el mayor comprador de petróleo iraní. Sin embargo, China estaba preparada. Ha acumulado enormes reservas de petróleo que podrían satisfacer sus necesidades de energía de combustibles fósiles durante algún tiempo.

La semana pasada, EE. UU. impuso sanciones a varias empresas con sede en China, alegando que proporcionaban «imágenes de satélite para permitir los ataques militares de Irán contra las fuerzas estadounidenses en Oriente Medio» y facilitaban «los esfuerzos del ejército iraní por hacerse con armas, así como con materias primas con aplicaciones en los programas de misiles balísticos y vehículos aéreos no tripulados (UAV) de Irán». China contraatacó. «Siempre hemos exigido a las empresas chinas que desarrollen su actividad de conformidad con las leyes y normativas, y salvaguardaremos firmemente los derechos e intereses legítimos de las empresas chinas», declaró el portavoz Guo Jiakun en una rueda de prensa habitual. Y China sigue importando petróleo y productos energéticos de Rusia, a pesar de las sanciones de la Unión Europea.
La bomba de relojería en las relaciones entre Estados Unidos y China es Taiwán. China mantiene su postura de larga data de que Taiwán forma parte de China y solo se ha convertido en un pequeño Estado independiente debido a la ocupación de la isla de Formosa por parte de los nacionalistas chinos cuando huyeron del continente tras su derrota a manos de los comunistas en 1949. Desde entonces, aunque EE. UU. y la ONU reconocen de boquilla la reivindicación de China, en realidad EE. UU. ha apoyado y sostenido primero una dictadura militar en Taiwán y, tras la evolución democrática de Taiwán, a los partidos y políticos que buscan la independencia permanente de Taiwán respecto a China. Con la diminuta Taiwán tan cerca de la China continental como lo están Puerto Rico o Cuba del territorio continental de EE. UU., las tensiones van y vienen en torno a si China actuará para apoderarse de ella y si EE. UU. y sus aliados en la región (Japón, Filipinas) la defenderán militarmente.

Por encima de todo, en el siglo XXI, la geopolítica se reduce cada vez más a una batalla entre una potencia hegemónica en decadencia y debilitada, EE. UU., y un gigante económico en ascenso que es China. Estados Unidos hace tiempo que perdió su superioridad en la industria, la fabricación y el comercio. China es ahora la superpotencia manufacturera mundial. Su producción supera a la de los nueve siguientes fabricantes más grandes juntos. A Estados Unidos le llevó casi un siglo alcanzar la cima en la fabricación; a China le llevó unos 15 o 20 años. En 1995, China representaba apenas el 3 % de las exportaciones manufactureras mundiales; ahora su cuota ha aumentado hasta superar con creces el 30 %. Mientras que China registra un superávit en pagos y cobros con otros países de alrededor del 1-2 % del PIB al año, Estados Unidos registra un déficit por cuenta corriente del 3-4 % del PIB al año.

Estados Unidos mantiene su hegemonía en las finanzas mundiales, pero incluso esta se está debilitando. La industria y los bancos estadounidenses tienen un enorme pasivo neto con el resto del mundo, que asciende al 76 % del PIB. Por el contrario, China tiene una posición de activos netos del 18 % del PIB. Un pasivo neto de tal magnitud haría que todos los demás países fueran vulnerables a una retirada masiva de sus monedas, pero Estados Unidos se libra de ello porque el dólar estadounidense sigue siendo la «moneda de reserva» mundial. De hecho, dado que la mayoría de los países del mundo realizan la mayor parte de sus transacciones comerciales y financieras en dólares, esta moneda goza de un «privilegio exorbitante» frente a otras divisas. Un informe reciente reveló que Estados Unidos obtiene cerca del 1 % de su PIB anual por ser el único emisor del dólar, mientras que otras economías deben comprar o pedir prestados dólares.

Estados Unidos sigue dominando en poderío militar, gastando más en sus fuerzas armadas que el resto del mundo en su conjunto. Y cuenta con cerca de 800 bases en el extranjero repartidas por todo el mundo, mientras que China solo tiene una. Pero incluso en este ámbito, la guerra en Irán ha puesto de manifiesto la incapacidad del ejército estadounidense para imponer su voluntad sobre una economía y un Estado de tercer nivel que carece de armas nucleares (un eco de lo ocurrido en Vietnam hace más de 50 años).

Para las élites gobernantes de Estados Unidos, China es el enemigo y la amenaza definitiva para su hegemonía global. Esto se aplica tanto al ala «MAGA» que apoya a Trump en la Casa Blanca como a los «globalistas» del «Estado profundo» estadounidense y a los círculos «neoconservadores». La diferencia política radica en que los trumpistas quieren concentrar el poder estadounidense en el hemisferio occidental con vistas a enfrentarse a China al otro lado del Pacífico, tal y como hizo Estados Unidos con Japón en la década de 1930. Para los partidarios de MAGA, Europa puede ocuparse de Rusia y Ucrania por sí sola e Israel puede ocuparse de Oriente Medio por sí solo. Los globalistas, por su parte, siguen albergando serias ambiciones de dominar a escala mundial. Quieren que la guerra con Rusia continúe hasta que este país se vea doblegado y se produzca un «cambio de régimen»; y pretenden respaldar a Israel y participar militarmente hasta que caiga el régimen iraní. Trump vacila entre ambas políticas, inclinándose actualmente hacia los globalistas en lo que respecta a Irán. Pero ambas alas están de acuerdo: China debe ser «abordada» en última instancia; debe ser debilitada económicamente y, finalmente, obligada a aceptar las políticas y el control occidentales.

Este es el contexto de los continuos ataques económicos contra China. Los economistas dominantes en EE. UU., Europa y Japón (junto con «expertos» chinos exiliados) mantienen una crítica implacable hacia China, casi nunca sobre su maquinaria estatal autocrática y antidemocrática (al fin y al cabo, «democracia» es una descripción bastante imprecisa de las instituciones políticas y estatales de EE. UU. y Europa). No, no es eso; es que la economía china está arruinando al resto de las economías del mundo.

Sin embargo, la crítica es contradictoria. Por un lado, se nos dice que China se está apoderando del comercio mundial de manera desleal mediante el dumping de precios en las exportaciones de bienes, enormes subsidios injustos a sus industrias y la imposición de severas restricciones al nivel de vida de su población. Por otro lado, se nos dice que la economía china está al borde del colapso, con una acumulación de enormes deudas en sus sectores empresarial y de gobiernos locales; con un colapso de sus mercados inmobiliarios, con una población en edad de trabajar en descenso, con un déficit fiscal creciente y una productividad en declive, etcétera. Se está convirtiendo en Japón, que básicamente ha dejado de crecer (la renta per cápita solo aumenta allí porque la población está disminuyendo).

¿Cuál de estas críticas opuestas es cierta? En numerosas entradas a lo largo de los años, he defendido que ninguna de las dos es cierta. La economía china tiene muchos problemas que he esbozado en varias entradas, pero no está a punto de colapsar. De hecho, nunca ha sufrido una recesión como las que experimentaron las principales economías occidentales en 1980-1982, 1991, 2001, 2008-2009 o durante la pandemia de COVID de 2020. La economía de inversión planificada y dirigida por el Estado de China ha evitado eso y, en mi opinión, también superará los futuros obstáculos a su crecimiento, si el imperialismo estadounidense no se entromete.

El consumo de los hogares chinos no se está estancando, sino que crece un 4,4 % al año, más o menos en línea con el crecimiento del PIB. Las exportaciones no están impulsando el crecimiento. El comercio neto representó alrededor del 20 % del crecimiento de 2025; el resto fue impulsado por el consumo interno y la inversión. El rápido crecimiento de la productividad ha evitado la inflación, lo cual no se debe a una «falta de demanda interna». Entonces, ¿por qué debería China abandonar su economía impulsada por la inversión, que ha visto crecer el salario real medio en las zonas urbanas en un 2406 % desde 1978, multiplicando por 25 el poder adquisitivo? ¿Pueden las economías impulsadas por el consumo de EE. UU. y el Reino Unido igualar ese aumento del poder adquisitivo de sus hogares?

En cuanto a las subvenciones «desleales» aplicadas a la industria china, un informe reciente concluyó que «Si bien es cierto que China recurre activamente a las subvenciones industriales, el apoyo fiscal directo se ha estabilizado desde 2008. El enfoque estratégico ha cambiado de manera decisiva, pasando de atraer la inversión extranjera a promover la innovación nacional y las capacidades tecnológicas. Los subsidios a la fabricación, contrariamente a la percepción común, son relativamente modestos y descentralizados». Tomemos como ejemplo los vehículos de motor. Tanto la china BYD como la Tesla de Musk fabrican vehículos eléctricos en China. Sin embargo, BYD tiene unos costes significativamente más bajos. La integración vertical es muy alta en BYD y la investigación y el desarrollo son mucho más baratos. Los subsidios estatales son solo una pequeña parte de la reducción de costes.

Esto me lleva a la última crítica a la economía china, a saber, que registra un enorme superávit comercial en bienes con otros países, lo que provoca un importante «desequilibrio global» (déficits para EE. UU., etc.) en los mercados mundiales de comercio y flujos financieros. Al parecer, la desaceleración económica en las principales economías capitalistas de Occidente, el mayor riesgo de estanflación y la posibilidad de un colapso financiero en EE. UU. y Europa se deben principalmente a las políticas mercantilistas de «empobrecer al vecino» de China. Recientemente he abordado las causas de los desequilibrios globales en el comercio y las finanzas, que, en mi opinión, son una característica constante del desarrollo desigual de la acumulación y la producción capitalistas y no se deben a prácticas «desleales» ni a un «exceso de ahorro e inversión» por parte de China u otras economías con superávit comercial, sino a su superioridad en productividad y crecimiento de la inversión.
Pero las acusaciones contra China continúan, lideradas por un grupo de economistas mainstream y keynesianos como George Magnus, Michael Pettis, Martin Wolf, Brad Setser, etc. «Algunos de nosotros llevamos 10-15 años argumentando que los desequilibrios comerciales y de inversión de China y su deuda galopante son el resultado de una distribución de la renta altamente distorsionada, en la que los hogares retienen, directa e indirectamente, una parte sorprendentemente baja.» (Pettis). «En resumen, el superávit comercial de China de 1,2 billones de dólares del año pasado no es solo producto de la competitividad, sino también de sus desequilibrios macroeconómicos.» (Martin Wolf).

He abordado muchos de sus argumentos en entradas anteriores. Pero permítanme añadir solo algunos puntos nuevos. El consumo anual de China ha crecido, de hecho, en más de 5 billones de dólares solo en las últimas dos décadas. El problema no es que China consuma demasiado poco. Es que la inversión y el gasto público de China también han crecido enormemente. Por eso tiene una baja tasa de consumo privado como porcentaje del PIB. Además, las cifras de consumo personal de China excluyen las «transferencias sociales en especie» (servicios públicos, transporte, sanidad, etc.). Si las transferencias sociales en especie también se excluyeran de la renta disponible de otros países, sus cifras se parecerían más a las de China. La cifra para la zona del euro sería inferior al 64 % en 2020 y una docena de países europeos tendrían una proporción de la renta menor que la de China. Fuente: The Economist

Lo que realmente importa para los hogares chinos es el aumento del consumo por persona. Entre 1978 y 2024, el consumo per cápita de los hogares chinos creció a un asombroso ritmo del 7,6 % anual, de media, en comparación con el 5,2 % de Japón, el 5,7 % de Corea del Sur y el 6,2 % de Taiwán durante un periodo comparable de 46 años. De media, estos países registraron un crecimiento real del consumo de los hogares que fue menos de la mitad del ritmo que China está registrando actualmente.

El consumo personal de China crece más rápido porque su inversión crece más rápido. Lo que impulsa una economía es la inversión en activos y sectores productivos. China tiene la ratio de inversión respecto al PIB más alta de las principales economías del G20. Sí, parte de esta inversión ha sido «improductiva» (en particular en el mercado inmobiliario privado), pero la mayor parte ha dado lugar a una mejora masiva de las infraestructuras, los servicios públicos y la productividad laboral. China cuenta con una capa adicional de capital estatal que puede seguir invirtiendo en ámbitos en los que los rendimientos privados son insuficientes, dispersos, a demasiado largo plazo o con demasiadas externalidades. El tren de alta velocidad, las redes eléctricas, la transmisión de ultraalta tensión, los puertos, las autopistas, los puentes, el transporte ferroviario urbano, las infraestructuras hidráulicas, las redes 5G, los parques industriales, los programas espaciales y los sistemas energéticos básicos entran todos en esta categoría.

Y ese es el verdadero espantajo para el imperialismo estadounidense y sus aliados: el sistema de planificación dirigida por el Estado que ha adoptado China. Hay muchos capitalistas en China y el sector capitalista es grande. Pero no son ellos quienes establecen la estrategia de inversión; al contrario, deben seguirla. La burocracia comunista china comete muchos errores y da bandazos en sus estrategias porque no rinde cuentas ante su pueblo de ninguna manera organizada. Pero, aun así, el modelo económico chino está funcionando mucho mejor que el modelo capitalista de Occidente, a pesar de los intentos de los economistas occidentales por negarlo.

Como tal, ese es el principal problema para Trump en su visita a Pekín. Puede que China siga estando muy por detrás del poderío económico y militar de EE. UU., pero está ganando terreno, a diferencia de cualquier otra economía «emergente o en desarrollo» (incluida la India). Por lo tanto, hay que frenar a China en seco."

(michael roberts , blog, 12/05/26, traducción DEEPl, gráficos en el original )

10.5.26

El 5 % de crecimiento interanual registrado por el PIB chino en el primer trimestre indica que se ha revertido la desaceleración sostenida que se observó durante la segunda mitad de 2025... pero persiste el problema fundamental de una demanda efectiva insuficiente... El aspecto más sorprendente (y alentador) es la inversión en infraestructuras, cuyo crecimiento anual muestra un aumento explosivo... el gobierno puede no solo regular el crecimiento de la inversión en infraestructuras, sino también usarlo como herramienta de política para la estabilización macroeconómica, una estrategia anticíclica que ha demostrado ser eficaz... cuando en 2009 China puso en marcha su enorme paquete de estímulo por 586 000 millones de dólares, la estrategia fue promover el consumo a través de la inversión y usarlo como motor del crecimiento económico, sin un énfasis en el consumo de los hogares... La inversión en infraestructuras tiene un efecto multiplicador mucho mayor que el estímulo al consumo... genera en primer lugar nuevos ingresos para las empresas, y luego esas ganancias se amplifican al actuar el efecto multiplicador del consumo y sumarse la inversión privada. El resultado es un impulso mucho más fuerte a la economía en su conjunto... Además, no hay que preocuparse por un exceso de capacidad como resultado de una mayor inversión en infraestructuras, porque en cuanto cedan las presiones deflacionarias, el gobierno podrá moderar el ritmo de expansión de las infraestructuras para reducir la tasa de inversión y aumentar la tasa de consumo. A largo plazo, el crecimiento de la inversión y del consumo convergerán hacia el crecimiento potencial del PIB de modo tal que las tasas de inversión y consumo se mantengan en niveles socialmente aceptables y estables... la inversión total en infraestructuras en este plan quinquenal alcanzará la gigantesca cifra de 40 billones de yuanes, con una inversión media anual superior a los 7 billones de yuanes... la situación fiscal de China, su elevada propensión al ahorro, sus vastos activos sociales y sus tenencias netas positivas de activos extranjeros garantizan la financiación de estos proyectos. Es decir que el regreso estratégico de China a la estabilización del crecimiento basada en infraestructuras se justifica plenamente (Yu Yongding)

"El 5 % de crecimiento interanual registrado por el PIB chino en el primer trimestre indica que se ha revertido la desaceleración sostenida que se observó durante la segunda mitad de 2025. En marzo, el índice de precios al productor subió un 0,5 % interanual, tras 41 meses consecutivos en territorio negativo. Sin embargo, persiste el problema fundamental de una demanda efectiva insuficiente, de modo que es probable que las autoridades mantengan políticas fiscales y monetarias proactivas, sin perder de vista los efectos de las variaciones de precio del petróleo y otras perturbaciones externas.

El aspecto más sorprendente (y alentador) de la economía china en lo que va del año es la inversión en infraestructuras, cuyo crecimiento anual muestra un aumento explosivo, desde ‑2,2 % en el primer trimestre de 2025 a 8,9 % entre enero y marzo.

Esto diferencia a China de economías avanzadas como Estados Unidos y los países europeos, donde el énfasis de la política macroeconómica está puesto en el pleno empleo y la estabilidad de precios, sin atención a componentes de la demanda específicos. En este modelo, el consumo y la inversión son resultado de las decisiones de los hogares y de las empresas, que buscan maximizar utilidades y beneficios en un entorno macroeconómico dado, configurado por los tipos de interés, las condiciones de liquidez y el nivel general de ingresos y gastos fiscales.

La estructura institucional china, en cambio, permite al gobierno no solo regular el crecimiento de la inversión en infraestructuras, sino también usarlo como herramienta de política para la estabilización macroeconómica, una estrategia anticíclica que ha demostrado ser eficaz. Desde el inicio en 1978 de la era de «reforma y apertura», la respuesta de las autoridades chinas a una demanda efectiva insuficiente ha sido aumentar la inversión en infraestructuras (y reducirla durante períodos de sobrecalentamiento).

De modo que cuando en 2009 China puso en marcha su enorme paquete de estímulo por cuatro billones de yuanes (586 000 millones de dólares), la estrategia fue promover el consumo a través de la inversión y usarlo como motor del crecimiento económico, sin un énfasis directo en el consumo de los hogares. Así pues, la inversión en infraestructuras creció un 44 %, lo que permitió a China (a diferencia de las economías del G7) superar la crisis financiera global sin una caída del PIB. Entre 2007 y 2011, la participación de China en el PIB mundial aumentó del 6,2 % al 10,3 % a tipos de cambio actuales y del 11,5 % al 14,5 % en términos de paridad de poder adquisitivo.

Pero a pesar de haber superado a economías comparables tras la crisis de 2008, la estrategia de China produjo inevitables efectos secundarios, entre ellos construcciones innecesarias, elefantes blancos (proyectos de infraestructura costosos con escasa o nula utilidad), aumento del riesgo en el sistema bancario informal, endeudamiento desmesurado de los gobiernos locales y una burbuja inmobiliaria descontrolada.

Además, en opinión de muchos economistas el paquete de estímulo de 2009 fue un fracaso, lo que llevó a una reconsideración de la conveniencia de usar la inversión en infraestructuras como herramienta de estímulo económico. Con el tiempo se fue instalando la idea de que China está empantanada en un exceso de capacidad y que la construcción de infraestructuras llegó hace mucho al punto de saturación.

Pero entre fines de 2022 y principios de 2023 hubo un punto de inflexión importante, cuando el gobierno calificó como un problema grave la «demanda agregada insuficiente».

A partir de 2024, se puso en marcha una amplia variedad de políticas de estímulo al consumo, entre ellas subsidios y exenciones impositivas para renovación y compra de vehículos, vales para consumo, bonificaciones de intereses en préstamos para consumo personal, mejoras en la seguridad social y ayudas económicas para los sectores de bajos ingresos, además de subsidios para cultura, turismo y catering. Algunas de estas medidas ya existían desde antes en una escala mucho menor; pero en 2025, según cálculos de analistas de mercado, el presupuesto de estímulo al consumo alcanzó los 600 000‑700 000 millones de yuanes.

Pero a pesar de sus resultados positivos, estas políticas no lograron frenar la desaceleración de las ventas minoristas de 2025. El consumo de los hogares depende de los ingresos actuales, de las expectativas de ingresos futuros y del patrimonio familiar, de modo que en última instancia refleja el nivel de ingreso permanente. Sin un crecimiento constante de la renta disponible, una mejora de las expectativas de ingresos y el fin de la depreciación de la riqueza de los hogares, es difícil que estímulos transitorios puedan impulsar un crecimiento del consumo firme y duradero. Aunque una expansión mucho mayor de los subsidios al consumo y de las ayudas en efectivo podría elevar el gasto de los hogares a corto plazo, sería un crecimiento insostenible con probable efecto inflacionario más adelante.

La inversión en infraestructuras, en cambio, tiene un efecto multiplicador mucho mayor que el estímulo al consumo, como han demostrado numerosos estudios empíricos en China y el extranjero. La inversión estatal en infraestructuras genera en primer lugar nuevos ingresos para las empresas, y luego esas ganancias se amplifican al actuar el efecto multiplicador del consumo y sumarse la inversión privada. El resultado es un impulso mucho más fuerte a la economía en su conjunto.

Además, no hay que preocuparse por un exceso de capacidad como resultado de una mayor inversión en infraestructuras, porque en cuanto cedan las presiones deflacionarias, el gobierno podrá moderar el ritmo de expansión de las infraestructuras para reducir la tasa de inversión y aumentar la tasa de consumo. A largo plazo, el crecimiento de la inversión y del consumo convergerán hacia el crecimiento potencial del PIB de modo tal que las tasas de inversión y consumo se mantengan en niveles socialmente aceptables y estables.

Y sobre todo, modificar los niveles de inversión es solo una de las herramientas de China. Para tener participación plena en la Cuarta Revolución Industrial (digitalización e inteligencia artificial), unirse a los países moderadamente desarrollados en términos de ingreso per cápita en 2035 y proteger la seguridad nacional en un contexto geopolítico complejo, el 15.º Plan Quinquenal incluye un programa estratégico para la construcción de un sistema de infraestructuras moderno.

Este sistema estará compuesto por seis grandes redes nacionales: transporte integral, energía, conservación hídrica, tecnologías de la información y las comunicaciones de nueva generación, potencia de cómputo nacional integrada y canalizaciones urbanas subterráneas. Los pronósticos del mercado sugieren que la inversión total en infraestructuras en este plan quinquenal alcanzará la gigantesca cifra de 40 billones de yuanes, con una inversión media anual superior a los 7 billones de yuanes.

El impulso de crecimiento derivado de semejante gasto en infraestructuras es evidente, y la situación fiscal de China, su elevada propensión al ahorro, sus vastos activos sociales y sus tenencias netas positivas de activos extranjeros garantizan la financiación de estos proyectos. Es decir que el regreso estratégico de China a la estabilización del crecimiento basada en infraestructuras se justifica plenamente. A pesar de los desafíos institucionales y operativos presentes, nada impide a China alcanzar una tasa de crecimiento anual del PIB de entre el 4,5 % y el 5 % en 2026." 

(fuente Project Syndicate