"Donald Trump
llegará a su encuentro con Xi Jinping en Beijing con una certeza
incómoda, todavía puede hacer daño, pero ya no puede dictar las reglas
del juego. Su repertorio es conocido, ruidoso y políticamente poco
eficaz ante su electorado: aranceles, amenazas, controles tecnológicos,
presión sobre bancos, sanciones secundarias, restricciones financieras,
advertencias sobre chips, software y semiconductores. Es una caja de
herramientas poderosa, pero no es un as en la manga. Casi todas esas
herramientas tienen un defecto estructural, dañan también a quien las
usa. En la relación entre Estados Unidos y China, la coerción económica
dejó de ser una calle de una sola mano. Se convirtió en una avenida de
doble circulación, cargada de obstáculos, desvíos y costos colaterales.
La reunión prevista
para el 14 y 15 de mayo no llega en un vacío diplomático. Lo hace
después de años de guerra comercial, de controles tecnológicos, de
sanciones cruzadas y de una competencia cada vez menos disimulada por el
control de los insumos estratégicos del siglo XXI. Reuters
Breakingviews describió el próximo encuentro como una cumbre con más
riesgos que promesas, donde el déficit comercial, Irán, los
semiconductores y las tierras raras aparecen como parte de un mismo
tablero. El dato central no es que Trump quiera mostrarse fuerte. Eso ya
se sabe. El dato relevante es que, esta vez, la fortaleza
estadounidense parece menos unilateral que antes. Washington descubrió
que no puede vivir cómodamente sin ciertos insumos chinos; Beijing, a su
vez, sabe que sigue necesitando tecnología estadounidense, pero también
entiende que la dependencia es recíproca y que esa reciprocidad puede
convertirse en arma.
Durante años, la
sanción estadounidense funcionó como una forma de jurisdicción imperial
informal. No hacía falta ocupar territorios ni desplegar tropas. Bastaba
con controlar el acceso al dólar, al sistema financiero, a los bancos
corresponsales, a las aseguradoras, a las navieras, a los mercados de
capitales y a las tecnologías críticas. Una empresa podía estar en
Europa, Asia o América Latina, pero si tocaba el sistema estadounidense,
quedaba bajo la sombra de Washington. Esa fue una de las grandes
ventajas estratégicas de Estados Unidos desde el fin de la Guerra Fría:
convertir su centralidad financiera en poder político global. El
problema para Trump es que China ya no se limita a quejarse de esa
extraterritorialidad. Está construyendo instrumentos para volverla más
costosa.
El caso de las
refinerías chinas acusadas de comprar petróleo iraní lo muestra con
claridad. En abril, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos
sancionó a Hengli Petrochemical (Dalian) Chemical Co.,
una refinería independiente china, a la que acusó de haber comprado
miles de millones de dólares en petróleo iraní. Para Washington, el
objetivo era evidente: cortar ingresos a Teherán, presionar a quienes
sostienen su comercio petrolero y advertir a terceros que el petróleo
iraní no es una mercancía neutral sino una exposición jurídica y
financiera. La medida formaba parte de una ofensiva más amplia contra la
llamada flota fantasma iraní y contra las redes que permiten a Irán
seguir exportando crudo pese a las sanciones.
Pero la respuesta
china no fue una represalia clásica. No se limitó a sancionar a una
empresa estadounidense equivalente, ni a imponer un arancel espejo, ni a
emitir una condena diplomática rutinaria. El Ministerio de Comercio de
China anunció una orden para bloquear el cumplimiento de las sanciones
estadounidenses contra cinco refinerías: Hengli Petrochemical, Shandong
Jincheng Petrochemical Group, Hebei Xinhai Chemical Group, Shouguang
Luqing Petrochemical y Shandong Shengxing Chemical. Según Reuters,
Beijing sostuvo que las sanciones estadounidenses violaban el derecho
internacional y las normas básicas de las relaciones internacionales, y
ordenó que esas medidas no fueran reconocidas, implementadas ni
cumplidas dentro del marco jurídico chino.
Ese movimiento
marca un cambio cualitativo. China no está respondiendo solo con daño
económico; está respondiendo con arquitectura jurídica. Está diciendo a
bancos, traders, aseguradoras, navieras y socios comerciales: si
obedecen automáticamente a Washington, pueden quedar expuestos en China.
La sanción estadounidense funciona mejor cuando el resto del mundo la
acata preventivamente, incluso sin estar obligado directamente. China
intenta quebrar esa obediencia anticipada. No necesita destruir el poder
financiero estadounidense. Le alcanza con hacerlo más ambiguo, más caro
y más riesgoso.
La base de esta estrategia no apareció de un día para el otro. En 2021, China aprobó las “Reglas para contrarrestar la aplicación extraterritorial injustificada de legislación extranjera y otras medidas”.
Esa normativa permite al Ministerio de Comercio emitir órdenes de
prohibición cuando una ley extranjera, aplicada extraterritorialmente,
restringe de manera injustificada las actividades comerciales normales
de ciudadanos o empresas chinas. Más importante aún, si una persona o
empresa cumple con una medida extranjera incluida dentro de una orden de
prohibición y con eso perjudica a una empresa china, esta puede iniciar
acciones ante un tribunal chino y reclamar compensación.
En términos menos
jurídicos y más políticos: China está creando una pinza. Si una empresa
extranjera cumple con las sanciones de Estados Unidos, puede exponerse a
demandas o sanciones en China. Si no cumple con las sanciones de
Estados Unidos, puede quedar bajo el castigo financiero de Washington.
La empresa deja de ser simplemente un actor económico y se convierte en
rehén de dos soberanías enfrentadas. Esa es la novedad. La disputa ya no
ocurre solo entre Estados. Se traslada al contrato privado, al pago
pendiente, al seguro marítimo, al crédito bancario, al proveedor de
componentes, al distribuidor europeo, al importador asiático, al socio
latinoamericano.
Imaginemos un caso
hipotético. Una empresa china, TechWorld, fabrica componentes
electrónicos de alta precisión. Una distribuidora europea, EuroDist,
firma con ella un contrato por diez millones de euros. TechWorld produce
y entrega. Antes del pago final, Estados Unidos incluye a TechWorld en
una lista de sanciones por supuestas ventas a un tercer país sancionado,
como podría ser Irán. EuroDist, temiendo perder acceso al sistema
financiero estadounidense, decide no pagar. Desde su punto de vista,
está actuando con prudencia. Desde el punto de vista chino, está
acatando una medida extranjera considerada ilegítima y extraterritorial.
Si el Ministerio de Comercio chino emite una orden de bloqueo
sobre esa sanción, TechWorld podría demandar a EuroDist ante tribunales
chinos. Podría reclamar el pago adeudado, intereses, daños derivados de
la interrupción comercial y eventualmente solicitar medidas sobre
activos de EuroDist en China. EuroDist quedaría atrapada. Si paga, teme a
Beijing. Si no paga, teme a Washington. La sanción deja de ser una
línea recta entre Estados Unidos y la empresa sancionada; se transforma
en una red de riesgos extendida sobre toda la cadena comercial.
Ahí está el corazón
de la nueva estrategia china. Beijing entendió que la
extraterritorialidad estadounidense opera porque terceros actores
privados sobreactúan el cumplimiento. Los bancos cancelan cuentas, los
proveedores suspenden operaciones, las aseguradoras se retiran, las
navieras modifican rutas, los compradores se cubren, los abogados
recomiendan prudencia extrema. China ahora busca introducir un costo
contrario: cumplir demasiado con Washington también pueda ser
jurídicamente peligroso. Es una forma de lawfare económico, pero no en
el sentido superficial del término. Es la juridificación de la rivalidad
geopolítica.
Trump, frente a
eso, conserva herramientas importantes, pero todas tienen límites. La
primera son los aranceles. Puede volver a amenazar con tarifas elevadas
sobre productos chinos y presentarlas como prueba de dureza. El problema
es que China ya aprendió a convivir con la presión arancelaria, a
redirigir flujos comerciales y a absorber parte del daño. El Consejo de Relaciones Exteriores (CFR,
por sus siglas en inglés) señala que, después de la escalada de 2025,
Estados Unidos y China redujeron parcialmente sus tarifas hacia fines de
noviembre; aun así, el comercio bilateral cayó con fuerza y China
alcanzó un superávit comercial muy elevado pese a los aranceles.
La segunda carta
son los controles tecnológicos. Estados Unidos sigue controlando nodos
decisivos: chips avanzados, software de diseño, equipos de fabricación,
propiedad intelectual, sistemas operativos, herramientas de inteligencia
artificial y maquinaria crítica para semiconductores. Esta es una
ventaja real. Pero también aquí aparece una debilidad. Washington ha
usado cada vez más los controles de exportación como fichas de
negociación, no solo como instrumentos estrictos de seguridad nacional.
El Center for Strategic and International Studies (CSIS)
advierte que esa expansión erosiona la credibilidad del sistema,
incentiva a China a acelerar su sustitución tecnológica y empuja a ambos
países hacia una carrera de controles cada vez más amplia.
Cuando Washington
dice que una tecnología no puede venderse por razones de seguridad
nacional, pero luego negocia excepciones a cambio de compromisos
comerciales, compras agrícolas o concesiones coyunturales, el mensaje se
debilita. China interpreta que no se trata de una línea roja
estratégica, sino de una moneda de cambio. Y cuando una herramienta de
seguridad se convierte en moneda de cambio, pierde autoridad. También
pierde capacidad para ordenar coaliciones, porque los aliados empiezan a
preguntarse si están defendiendo una arquitectura común o acompañando
una táctica transaccional de corto plazo.
La tercera carta es
la más poderosa y la más peligrosa: el sistema financiero. Trump podría
aumentar la presión sobre bancos chinos vinculados a pagos de petróleo
iraní. Esa amenaza sí tiene densidad estratégica. Sancionar bancos,
restringir acceso al dólar o castigar entidades que procesan pagos
sensibles puede generar un impacto mucho mayor que sancionar refinerías
independientes. El problema es que esa carta se parece menos a un as y
más a una granada. Puede obligar a China a moverse, pero también puede
llevar la disputa a un nivel sistémico. Si Washington toca bancos chinos
relevantes, Beijing puede responder con restricciones regulatorias
contra empresas estadounidenses, controles de exportación,
investigaciones administrativas, presión sobre activos o nuevas medidas
sobre cadenas de suministro.
La cuarta carta
sería la coordinación con aliados. En términos estratégicos, esta es
probablemente la más racional. Si Estados Unidos quiere reducir la
dependencia de China en minerales críticos, semiconductores, baterías,
insumos farmacéuticos y manufactura avanzada, no puede hacerlo solo.
Necesita a Japón, Corea del Sur, la Unión Europea, Australia, Canadá,
India, México y otras economías integradas en cadenas globales. Francia,
por ejemplo, convocó a países del G7 para discutir cómo reducir la
dependencia de China en materiales críticos, en un contexto donde las
tierras raras y los imanes permanentes se volvieron una vulnerabilidad
industrial y militar.
El problema es que
la política exterior de Trump suele operar contra la lógica de esa
coordinación. Su estilo es bilateral, personalista, transaccional y
muchas veces hostil incluso con aliados. Para enfrentar a China de
manera eficaz, Estados Unidos necesitaría paciencia institucional,
previsibilidad, acuerdos de largo plazo y una narrativa compartida con
sus socios. Trump, en cambio, privilegia el gesto inmediato: el arancel,
la amenaza, la foto, el anuncio, la supuesta victoria. Esa teatralidad
puede funcionar en campaña, pero no resuelve la dependencia estructural.
Y ahí aparece la
mejor carta china: los cuellos de botella materiales. Estados Unidos
controla nodos tecnológicos; China controla nodos físicos. Las tierras
raras y los imanes permanentes son el ejemplo más evidente. El CFR
sostiene que China domina la mayor parte del procesamiento global de
tierras raras pesadas y de la fabricación de imanes permanentes, dejando
a Estados Unidos en una dependencia casi total para ciertos elementos
necesarios en tecnologías avanzadas. No se trata de un recurso exótico
de laboratorio. Se trata de insumos para defensa, autos eléctricos,
turbinas, electrónica avanzada, semiconductores, robótica y sistemas
aeroespaciales.
La cuestión iraní
agrega otra capa. China es un comprador central del petróleo iraní y ve
el conflicto con Teherán no solo como un problema diplomático, sino como
un asunto de seguridad energética. Reuters informó que el canciller
iraní se reunió con Wang Yi en Beijing una semana antes del viaje de
Trump, y que el estrecho de Ormuz y las negociaciones con Irán estarán
en la agenda del encuentro Trump-Xi. Esto reduce aún más el margen
estadounidense. Trump puede pedir a China que presione a Irán, pero
China sabe que su relación con Teherán también le da una carta frente a
Washington. Irán deja de ser solo un expediente de Medio Oriente y se
convierte en una pieza dentro de la negociación sino-estadounidense.
Trump puede vender
la cumbre como una pulseada de voluntades. Puede presentarse como el
negociador duro que obliga a Xi a sentarse a la mesa. Puede prometer que
los aranceles, las sanciones y la amenaza financiera devolverán a
Estados Unidos una superioridad perdida. Pero la realidad es más
desabrida. La negociación no se juega entre un acreedor y un deudor, ni
entre un centro imperial y una periferia disciplinada. Se juega entre
dos potencias interdependientes que conocen las vulnerabilidades de la
otra y están dispuestas a explotarlas.
La alternativa más
racional para Trump no sería buscar una victoria, sino negociar por
capas: estabilizar el frente iraní, preservar flujos mínimos de tierras
raras, limitar los controles tecnológicos a criterios de seguridad
nacional verdaderamente defendibles, reducir el uso performativo de
aranceles y reconstruir una coordinación seria con aliados. Pero eso
exige disciplina estratégica. Exige aceptar que no todo anuncio ruidoso
es una victoria. Exige entender que una economía interdependiente no se
gobierna solo con amenazas. Y exige algo que Trump rara vez practica:
distinguir entre presión y estrategia.
China, en cambio,
parece estar jugando una partida más institucional. No responde
únicamente con castigos puntuales, sino con marcos legales que
condicionan el comportamiento de empresas, gobiernos y cadenas de
suministro. No se limita a contestar golpe por golpe. Rediseña el
terreno donde se produce el golpe. Ahí reside la diferencia fundamental.
Washington usa la sanción como látigo. Beijing está construyendo un
sistema para que obedecer ese látigo también tenga costo.
Por eso, si Trump
llega a Beijing creyendo que todavía puede intimidar a China con el
repertorio habitual, corre el riesgo de confundir ruido con poder. Su
problema no es la falta absoluta de cartas. Su problema es que todas sus
cartas tienen reverso. Cada arancel puede encarecer su propia economía.
Cada control tecnológico puede acelerar la autonomía china. Cada
sanción puede activar una orden de bloqueo. Cada amenaza financiera
puede abrir un frente sistémico. Cada gesto unilateral puede empujar a
los aliados a la cautela. China ya no espera pasivamente el próximo
golpe. Lo anticipa, lo encuadra jurídicamente y lo convierte en un costo
para terceros."
( Alejandro Marcó del Pont, blog, 10/05/26)