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7.4.24

El coste de la venganza: la crítica de un sacerdote judío a la respuesta de Israel a Hamás... No pretendo saber con certeza hasta qué punto el impulso subyacente de infligir un castigo colectivo ha dictado la política israelí estos últimos cinco meses. Como me ocurrió a mí y a otros partidarios de la pena de muerte, el impacto de esta emoción es naturalmente mayor de lo que se percibe a simple vista. La retórica genocida de varios ministros del gabinete israelí de derechas que plantean ideas como lanzar una bomba atómica sobre Gaza o esperar una "Nabka 2023" no proporcionan más que un oscuro atisbo de la peligrosa naturaleza de esta obstinada búsqueda de represalias. Es imperativo que el gobierno israelí y mis compañeros aliados del Estado judío reconozcan cuanto antes cómo estas dinámicas psicológicas han influido en su respuesta al 7 de octubre (Michael Zoosman)

 "Tras los mortíferos atentados terroristas de Hamás del 7 de octubre de 2023, muchos de los partidarios de Israel, entre los que me incluyo, han sucumbido al comprensible impulso de la venganza violenta. Israel es una tierra que amo, tanto culturalmente como judío -y superviviente del Holocausto de tercera generación- como espiritualmente como clérigo ordenado. De ello se deduce que he experimentado el impulso inicial de venganza que ha latido palpablemente en los corazones de muchos de mis correligionarios tras la matanza que Am Yisraeil (el Pueblo de Israel) soportó en aquel horrible día. Es el mismo sentimiento con el que yo y otros como yo hemos luchado durante décadas a la sombra del asesinato masivo de familiares durante la Shoah (Holocausto). Cualquier ser humano razonable puede empatizar con esta reacción inicial, así como con la abrumadora urgencia de una acción militar decisiva para acelerar el regreso de los rehenes israelíes, cuya difícil situación en Gaza y la de sus seres queridos es insondable. Como antiguo capellán de prisiones y cofundador de ¡L'chaim! Judíos contra la Pena de Muerte -un grupo con más de 3.300 miembros que hace campaña activamente contra todas las ejecuciones en el mundo- no puedo evitar ver cómo este anhelo es paralelo a los sentimientos tóxicos que han motivado a los defensores de la pena capital desde tiempos inmemoriales.

 Muchos defensores de la pena de muerte, como yo mismo solía ser, justifican su apoyo al asesinato estatal por represalia invocando la idea popular errónea de una lectura literal del versículo bíblico que exige el "ojo por ojo". Este sentimiento volvió a exhibirse ignominiosamente ayer mismo, cuando los partidarios del asesinato estatal celebraron la ejecución de Willie Pye por parte de Georgia. Según la interpretación rabínica, por supuesto, la noción de "ojo por ojo" se refería a la compensación económica por el valor de dichos ojos. La versión judía de la lex talionis pretendía, de hecho, restringir, más que alimentar, el anhelo colectivo de masacres expansivas que las sociedades practicaban en respuesta a los asesinatos. La acción excesiva de Israel en Gaza demuestra este peligro del castigo colectivo, ofreciendo otro escalofriante recordatorio de la astuta observación de Gandhi de que "el ojo por ojo sólo hará que el mundo entero se quede ciego".

 Que no quepa duda: las cuestiones de las ejecuciones judiciales y la guerra son marcadamente distintas. Sin embargo, el ansia de venganza es un germen común que infecta inevitablemente ambos ciclos de violencia. Este insidioso trasfondo ha cegado al gobierno israelí y a muchos de sus más acérrimos defensores ante las violaciones de derechos humanos que las IDF han cometido en Gaza. Como resultado, Israel ha intensificado sin piedad lo que había sido una respuesta inicial necesaria para asegurar sus fronteras tras el desenfreno de Hamás. Asimismo, su gobierno ha seguido empecinado en buscar una solución militar para traer de vuelta a casa a los rehenes israelíes restantes, a expensas de las perspectivas de una resolución diplomática.

Un breve repaso al recuento de cadáveres confirma esta realidad. El pasado 7 de octubre es ya el día más sangriento de la historia de Israel y el más mortífero para los judíos desde el Holocausto. En esa infame fecha, los terroristas de Hamás masacraron a casi 1.200 personas en el sur de Israel, hirieron a unas 1.600 y se llevaron a 253 israelíes a Gaza como rehenes, violando y ejerciendo una violencia sexual incalificable durante todo el proceso. En respuesta, el ejército israelí lanzó una masiva campaña aérea y terrestre para intentar aniquilar a Hamás. En el momento de escribir estas líneas, cuando han transcurrido aproximadamente cinco meses de guerra, esta operación ha causado más de 30.000 muertos gazatíes. La gran mayoría de los muertos han sido niños y mujeres civiles. Hamás ya se había ganado una reputación mundial como organización terrorista asesina, cuyos estatutos exigen la destrucción de Israel. Ahora, la historia y la posteridad también juzgarán merecidamente a Israel con extrema dureza por la exorbitante desproporción del número de muertos que ha infligido. El Tribunal Internacional de Justicia y un número cada vez mayor de naciones y dirigentes de todo el mundo consideran injustificable el alcance de la respuesta de Israel. En las mentes de innumerables personas, la escala y el alcance de la devastación resultante para los habitantes de Gaza se ha convertido incluso en "genocida" por naturaleza. ¿Cómo es posible entonces que muchos partidarios de Israel hayan tratado de racionalizar la muerte de tantos civiles, eludiendo el alto el fuego y despreciando el derecho internacional humanitario?

Para empezar a responder a esta pregunta, recurro a la lente a través de la cual he llegado a ver el comportamiento humano en respuesta a algunos de los crímenes más atroces imaginables: desde la matanza sin parangón de la Shoah, a "lo peor de lo peor" de los casos de pena capital, y ahora a las depravadas atrocidades del 7 de octubre. La inclinación natural a la represalia es evidente en todas estas situaciones. Para mis compatriotas judíos de hoy, este fenómeno se ve exacerbado por el reciente desencadenamiento, por parte de Hamás, de un trauma intergeneracional aún en carne viva tras el Holocausto. Creo que esto ha mermado la visión de muchos de mis bienintencionados compañeros, bloqueando su capacidad para contextualizar la amplitud de la respuesta de Israel. Ha llevado a algunos a redoblar sus intentos de desacreditar los datos empíricos del propio recuento de víctimas civiles para justificar su versión. Para otros, ha contribuido a la opinión de que todos los miembros de Hamás son infrahumanos. Esta caracterización recuerda a la forma en que la sociedad etiqueta a los condenados a muerte como "monstruos" incapaces de cambiar. En consecuencia, muchos defensores de Israel sostienen la creencia errónea de que sólo la acción militar israelí más agresiva en Gaza disuadirá la violencia futura, en lugar de incitarla aún más. Este sentimiento recuerda inquietantemente a la obstinada adhesión de los defensores de la pena de muerte a la noción patentemente falsa de que las ejecuciones sirven para disuadir de futuros crímenes, en lugar de perpetuar el ciclo de violencia.

Un trágico subproducto de este tipo de miopía colectiva es la tendencia a pasar por alto cómo el hecho de seguir matando invariablemente no aporta un cierre. En lo que respecta a la pena de muerte, los estudios revelan que el afán de retribución letal en realidad interfiere con la capacidad de seguir adelante. Los cientos de familiares de víctimas de asesinatos que componen el grupo abolicionista de la pena de muerte Journey of Hope: From Violence to Healingofrecen inspiradores testimonios de este hecho. Pensemos en la reverenda Sharon Risher, cuya madre y primos fueron tres de las nueve víctimas afroamericanas del tiroteo masivo del 17 de junio de 2015 en la iglesia Mother Emanuel AME de Charleston, Carolina del Sur. El gobierno federal estadounidense intentó ejecutar a Dylann Roof, de 21 años, por perpetrar ese ataque terrorista. Sin embargo, la reverenda Risher se opuso a la condena a muerte de Roof, al igual que se opone firmemente a la pena capital en todos los casos. Risher articuló elocuentemente su posición en un reciente artículo de opinión en USA Today en respuesta a la decisión del gobierno de Biden de solicitar la ejecución del tirador de la masacre del supermercado Tops de Buffalo, Nueva York, el 14 de mayo de 2022. "Al no retirar de la mesa una posible sentencia de muerte", escribió Risher, "creo que el fiscal general [Merrick] Garland ha negado un punto de inflexión para las familias que les habría permitido avanzar hacia la curación antes". 

Muchos familiares de los rehenes del 7 de octubre saben muy bien cómo se aplica esto también en Gaza, donde la decisión del gobierno israelí de mantener fuera de la mesa un acuerdo de alto el fuego ha negado un posible punto de inflexión que detendría el ciclo de violencia en curso y abriría la puerta al regreso de sus seres queridos.

Los críticos argumentarán -con razón- que las causas de los estragos actuales en Gaza son complejas y no deben reducirse a la noción de que el gobierno israelí está motivado únicamente por la necesidad de vengar el pogromo del 7 de octubre y la actual crisis de los rehenes. En el desordenado mundo real, ciertamente aprecio el lugar imposible en el que se encuentran los israelíes, muchos de los cuales sienten que si no logran ciertos objetivos militares, nunca estarán a salvo. Esa orientación se basa en el peligro claro y presente de la entidad terrorista Hamás, que se ha incrustado de forma maníaca e inextricable entre los no combatientes y las infraestructuras civiles.

Aunque todo esto es cierto, no niega que el peligroso deseo de venganza también desempeña un papel -por latente que sea- en el cálculo de la respuesta de Israel. Los seres humanos, incluidos los líderes mundiales y los gobiernos que dirigen, han luchado durante mucho tiempo con el ansia de justicia retributiva. Para una manifestación no filtrada de este patrón, basta con mirar el éxito continuo de Donald Trump entre la hoi polloi mientras hace campaña bajo la plataforma desinhibida de la "venganza" en busca de un segundo mandato como presidente de EE.UU., amenazando con un "baño de sangre" si pierde de nuevo en 2024. El maquiavélico primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ha tratado de explotar un trasfondo vengativo similar, ya que -al igual que Trump- busca protegerse y promocionarse con la búsqueda incesante de la gloria militar. No pretendo saber con certeza hasta qué punto el impulso subyacente de infligir un castigo colectivo ha dictado la política israelí estos últimos cinco meses. Como me ocurrió a mí y a otros partidarios de la pena de muerte, el impacto de esta emoción es naturalmente mayor de lo que se percibe a simple vista. La retórica genocida de varios ministros del gabinete israelí de derechas que plantean ideas como lanzar una bomba atómica sobre Gaza o esperar una "Nabka 2023" no proporcionan más que un oscuro atisbo de la peligrosa naturaleza de esta obstinada búsqueda de represalias.

Es imperativo que el gobierno israelí y mis compañeros aliados del Estado judío reconozcan cuanto antes cómo estas dinámicas psicológicas han influido en su respuesta al 7 de octubre. Al igual que mi propia epifanía y resipiscencia con respecto a las ejecuciones, esta autoconciencia es un requisito previo crucial para renunciar a las justificaciones cada vez más tensas que han permitido a la tierra que amo desencadenar una ola tan inmensa de asesinatos, hambre y destrucción sobre los civiles de Gaza. El mismo razonamiento, por supuesto, se aplica también a los propios gazatíes, que con toda probabilidad tratarán ahora de vengar su propia matanza con el derramamiento de más sangre israelí.

La brutalidad de la respuesta militar de Israel -al igual que el desmedido ataque de Hamás del 7 de octubre- justifica la aplicación de la frase que el ex juez asociado del Tribunal Supremo de Estados Unidos Harry Blackmun utilizó para describir la pena de muerte. Todos ellos son ejemplos de la "maquinaria de la muerte", alimentada en gran parte por el impulso vengativo de la lex talionis. Elie Wiesel, superviviente del Holocausto, premio Nobel y acérrimo abolicionista de la pena de muerte, lo sabía muy bien y afirmó célebremente que "la muerte nunca debe ser la respuesta en una sociedad civilizada".

¿Cuál es entonces "la respuesta"? Como mi difunto amigo Bill Pelke -familiar de una víctima de asesinato y cofundador de Journey of Hope- expresó tan bellamente: idealmente, "la respuesta es el amor y la compasión por toda la humanidad". En una línea similar, la autora de The New Jim Crow, Michelle Alexander, ha escrito elocuentemente que la solución debe centrarse en la bondad amorosa y la no violencia. A falta de la realización de estos loables y elevados cargos, cualquier "respuesta" al más horrendo de los actos violentos debe, como mínimo, construirse sobre una base de principios de justicia reparadora y, en el caso de la guerra entre Israel y Hamás, una solución diplomática. De lo contrario, la violencia que ha generado este conflicto está condenada a persistir. Como profetizó Gandhi en su sagaz observación del "ojo por ojo", se trata de un círculo vicioso que durará mientras las partes enfrentadas en Israel-Palestina conserven sus puntos ciegos. Hasta que no se recupere esa visión, no se vislumbrará el fin de las depredaciones ejecutadas en la cámara de la muerte de facto de la Franja de Gaza."                    

(fuente The Jurist.)

19.4.17

“Aún sigo viendo las caras de quienes ordené ejecutar”... “Ninguna ejecución sirve para nada. No evita otras muertes, no disuade a nadie"

"Allen Ault tiene cuatro hijos, diez nietos y tres biznietos. Vive con su esposa en Kentucky, cobra una buena pensión y se le ve un anciano tranquilo y educado. Pero cuando ese hombre de pelo blanco y manos anchas se mira al espejo, encuentra a un asesino.

 Alguien que mató con premeditación y que jamás fue perseguido por ello. Entre el 29 de junio de 1993 y el 17 de mayo de 1995 ordenó cinco ejecuciones en la prisión estatal de Jackson (Georgia). Él era el responsable del sistema penitenciario . Y como tal, el encargado de la pena máxima. “Otros delegaban en sus empleados, yo no, yo daba las órdenes y les veía morir en la silla eléctrica”, afirma.

Ault habla con firmeza. A veces se ríe de sí mismo y otras llora. Tiene 80 años y dice que se esfuerza todos los días por llegar a los 81. Ha pasado mucho tiempo, pero todo sigue ahí, en su cabeza, listo para apuñalarle. Es una puerta que no se cierra.

Dentro aguardan los presos que mandó matar. Entre ellos, Christopher Bulger y Thomas Dean Stevens. Ambos asesinaron en 1977 al taxista Roger Honeycutt. Le robaron 16 dólares, le violaron, le encerraron en el coche y lo arrojaron a un lago para que se ahogase en el interior de su vehículo.

 “No se puede justificar lo que hicieron, pero tenían 17 y 19 años cuando entraron en prisión y más de 34 cuando fueron electrocutados. Los conocí. Estudiaron, aprendieron, cambiaron. No eran los mismos al morir. Y fueron los primeros que ejecuté”, rememora Ault. Después mira al periodista y cuenta lo que sabe que tiene que contar.

En la cárcel de Jackson, la cámara de la muerte ocupaba 14 metros cuadrados. Era rectangular; luz blanca, paredes blancas. La silla estaba hecha a mano, de madera oscura. Los electrodos, cables y correajes la recorrían por fuera.

La preparación era minuciosa. El día anterior se sacaba al preso del corredor de la muerte y se le conducía a una celda contigua a la silla eléctrica. El capellán pasaba la mayor parte del tiempo haciéndole compañía. En las horas finales, al condenado se le rapaba y se le depilaban las piernas y los brazos. 

Luego, en los últimos minutos, se le pasaba con delicadeza una esponja húmeda.
En la sala permanecía un guardia. El preso, amarrado, quedaba ante un cristal de dos metros de largo por uno de alto desde el que le contemplaban los testigos. Antes de la ejecución era frecuente oírles reír. Una risa nerviosa, incontenible. “Nunca se cuenta, pero es lo normal”, recuerda Ault.

Las risas atravesaban las paredes, inundaban la cámara, se metían en la habitación donde aguardaban los familiares del condenado. “Tenía que ir a explicarles que aquello era una reacción nerviosa”.
Ault regresaba y se situaba en otra sala, de espaldas al recluso. Tras un cristal, veía la coronilla del condenado, sus hombros, los cables y los testigos.

 Cuando ya estaba todo listo y el preso había dicho sus últimas palabras, el guardia se lo indicaba con una seña. Ault revisaba los tres teléfonos instalados a su lado: el del Tribunal Supremo, el gobernador y la comisión penitenciaria. Si ninguno sonaba, daba la orden.

–“Ha llegado el momento, Brad”.

Brad era el electricista. Nunca asomaba la cabeza por el cristal. Tampoco dudaba. Simplemente apretaba el interruptor y desaparecía.

Ault sí que miraba. El latigazo restallaba en su pupila. Un abismo de 2.000 voltios. “La corriente recorre el cuerpo del preso, lo sacude. La electricidad se ve, se oye y hasta se huele”.
Los testigos enmudecían. “A algunos había que sacarlos a rastras y enviarlos en una furgoneta a casa. Nunca volvían a repetir”. 

Pero antes había que entrar en la sala. Entre el olor a carne quemada y deposición, el médico certificaba el óbito. Un forense practicaba la autopsia. Como causa del fallecimiento apuntaba homicidio.

Todo el proceso era supervisado por Ault. Hablaba con los parientes, recibía los documentos, controlaba la retirada del cadáver. Después, volvía a casa solo. No dormía; no podía.
Aún hay noches en que no puede.

Han pasado 22 años desde la última vez. Ault está sentado en una silla de metal en un bar anodino de Lexington, Kentucky. El hilo musical desgrana los grandes éxitos americanos de toda la vida. Grease, Sister Sledge, Madonna, Chuck Berry... La voz del verdugo se superpone. Es lenta, grave, a veces se vacía.

Confiesa que ha de tener cuidado y que debe dosificarse. No puede contarlo todo. Ni demasiadas veces. Durante décadas guardó silencio. Vivió en Colorado, Florida, Washington DC. Rehizo su carrera, llegó a decano de Derecho de la Universidad de Kentucky Oriental. Pero nunca se ha escapado del horror. “Yo quería ayudar a la gente, no matarla”, recuerda.

Ault estudió Psicología. Tras doctorarse en Georgia, fue contratado para diseñar el proceso de clasificación y diagnóstico de los presos. Poco a poco ascendió hasta dirigir el sistema penitenciario estatal.

 Cuando llegó el momento de ejecutar, no era la primera vez que se enfrentaba a la muerte. En los años cincuenta, había servido en la Guerra de Corea para la 101 División Aerotransportada. “Pero aquello era defensa propia. Yo tenía un arma y el enemigo también. En la cámara de la muerte no hay azar. Todo está ensayado, premeditado hasta sus últimas consecuencia. Digámoslo claro, es un asesinato”.

En su primera ejecución, Ault se sintió un criminal. Y aquello fue a más. “Mi departamento tenía a su cargo 1.000 millones de presupuesto, 15.000 empleados y 38.000 presos; la pena de muerte representaba una fracción mínima de mi tiempo, pero acabó consumiéndolo todo”.

En 1995 abandonó Georgia convencido de que era un monstruo. Sufría desorden postraumático. El pasado engullía su futuro. Se hundía. Un fenómeno habitual. El propio Ault cuenta historias de otros verdugos rotos, de exmarines que acabaron consumidos por el alcohol o pegándose un tiro. “Yo me salvé porque estaba entrenado para ayudar y me aferré a ello para sobrevivir”.

– ¿Sigue pensando en lo que hizo?
– Todavía veo sus caras en mis pesadillas. Aunque no recuerdo sus nombres, me sigue afectando, me golpea.
– ¿Y rememora las ejecuciones?
– Sí, aún las veo.
– ¿Se siente culpable?
– Sí, sí, sí… Intento racionalizar lo que hice, pero no funciona. Tenía familia, hipoteca, gastos, era la ley, pero todo eso no me vale de nada; podría haber hecho otras cosas. Lo sé, y por eso me siento culpable. No es tan inmediato como antes, pero a veces me viene y se desencadena”.

Durante décadas, Ault arrastró su pasado en silencio. Se protegía de sí mismo, hasta que hace unos años un profesor de su facultad le pidió que contase a los alumnos qué pensaba de la pena capital. Su relato estremeció a lo estudiantes: desde entonces, lucha contra las ejecuciones. 

Ahora ha decidido hablar con EL PAÍS ante la decisión de Arkansas de matar a siete presos en solo 10 días. Es la mayor ejecución en cadena en Estados Unidos desde la reinstauración de la pena de muerte en 1977. Una sangría ordenada por el gobernador Asa Hutchinson para evitar que caduque uno de los tres componentes de la inyección letal, cuya reposición rechaza la industria farmacéutica. 

“Ninguna ejecución sirve para nada. No evita otras muertes, no disuade a nadie. Pretender inculcar el respeto a la vida matando es un sinsentido. Lo único que te queda es la venganza y ni siquiera esta basta para calmar a las familias”, reflexiona.

El tiempo para las ejecuciones, con un aplazamiento de última hora, empieza a correr esta semana. La proximidad de la sangre hunde a Ault. Ha pasado mucho tiempo, pero ese hombre de pelo cano vuelve a verse a sí mismo de pie detrás del cristal, mirando los electrodos, a los testigos, comprobando los teléfonos, diciéndole a Brad que ha llegado el momento. Ese momento que nunca acaba."                    (Entrevista a Allen Ault, verdugo, El País, 15/04/17)