"El genocidio del pueblo palestino por parte de Israel no se ha limitado nunca únicamente a Gaza.
En ningún lugar es esto más evidente que en los destrozados
y fantasmales campos de refugiados, marcados por las bombas, de Yenin,
Nur Shams y Tulkarm, destruidos y vaciados por Israel como una severa
advertencia a los palestinos sobre las consecuencias de resistirse a la ocupación y al genocidio.
Este proyecto colonial de asentamientos
de décadas de duración en Palestina tiene múltiples planos de
exterminio. Mientras el mundo, aunque sea a través de una lente
distorsionada, se ha centrado en la catástrofe provocada en Gaza, Israel
se ha asegurado de que sus planes para la eliminación de los palestinos
sigan adelante en Cisjordania.
La expansión de los asentamientos, los ataques de los colonos a los agricultores
bajo la protección de las fuerzas israelíes, el robo habitual de
ganado, la destrucción de escuelas y hogares en las aldeas y el
desplazamiento forzoso de palestinos en los barrios de Sheij Yarrah y Silwan,
en Jerusalén Este, constituyen intentos sistemáticos de destruir, total
o parcialmente, al pueblo palestino y su relación con su antigua
patria.
Durante una reciente visita al norte de
Cisjordania, fui testigo de la destrucción física de los campos de
refugiados y me llamó la atención lo mucho que las vidas de los
palestinos allí reflejan la devastación que sufren los refugiados en
Gaza.
Fue un recordatorio evidente de que este genocidio tiene como objetivo a todos los palestinos de la Palestina histórica.
Entre el 21 de enero y el 9 de febrero de 2025, Israel lanzó la Operación Muro de Hierro, dirigida contra supuestos «elementos terroristas» en tres campos de refugiados del norte de Cisjordania.
El jefe del Comité Público Nur Shams,
Nihad Shawish, de 52 años, nos dijo: «Al igual que en Gaza, están
tratando de afirmar que el campo es un centro de terrorismo. Pero, en
realidad, la resistencia es sólo un puñado de personas que buscan la
libertad». Y, al igual que en Gaza, Israel considera a todos los
palestinos «terroristas» y objetivos a eliminar.
Durante los 19 días que duró la
operación, alrededor de 40.000 refugiados de los campos de Yenin,
Tulkarm y Nur Shams fueron expulsados por la fuerza de sus hogares por
fuerzas especiales israelíes fuertemente armadas que utilizaron
vehículos blindados, drones y excavadoras.
La UNRWA, la agencia de la ONU para los refugiados palestinos, ha descrito
la ofensiva israelí como «la crisis de desplazamiento más larga y
extensa desde 1967». Se estima que el 43% de Yenin, el 35% de Nur Shams y
el 14% de los campos de refugiados de Tulkarm han sido destruidos o han
sufrido graves daños.
Los edificios a ambos lados de las
calles del campo de Nur Shams, que se extendía desde la carretera
principal entre Nur Shams y Tulkarm hasta la parte superior del campo,
fueron bombardeados o arrasados con excavadoras para ampliar los
callejones de dos metros a vías de 12 metros accesibles para los
tanques. Todos los habitantes fueron expulsados.
Viajes de apartheid
El propio viaje a estos campos devastados pone de manifiesto, a cada paso, la brutal realidad del apartheid israelí.
Viajar por Cisjordania
es un reto diario de resistencia para los palestinos. El sistema de
carreteras del apartheid significa que, mientras que los asentamientos
ilegales israelíes están conectados por autopistas sin restricciones con
Jerusalén y Tel Aviv, los palestinos se ven obligados a viajar por
carreteras irregulares y tortuosas y a pasar por túneles bloqueados por
interminables puestos de control y barreras amarillas.
Un viaje que llevaría 20 minutos por las carreteras de los colonos, les lleva tres horas o más a los palestinos.
En el trayecto de Ramala a Tulkarm, nos
encontramos con un nuevo espectáculo de supremacismo israelí: enormes
banderas israelíes alineadas a ambos lados de la autopista cada 10
metros. Para los observadores externos, pueden reflejar la creciente
inseguridad israelí, pero para los palestinos son simplemente otra forma
de intimidación.
Pasamos por el hermoso pueblo de Sinyal,
ahora rodeado por capas de alambre de púas de 30 metros de altura.
Israel ha sellado permanentemente todas las entradas excepto dos, que
pueden cerrarse en cualquier momento a capricho de las fuerzas
israelíes. Los aldeanos no tienen ninguna explicación de por qué han
sido objeto de un ataque tan cruel, más allá de «otro acto de
ocupación».
El proyecto de asentamientos se ha expandido drásticamente desde mi última visita en 2022.
Envalentonado por la impunidad global y
un gobierno de extrema derecha en el que los colonos ocupan ministerios
clave, Israel ha aprobado la legalización o construcción de 69 nuevos asentamientos.
«Estamos avanzando en la soberanía de facto», declaró
el ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, al anunciar los planes para
construir más de 3.400 viviendas en el proyecto E1, que conectaría los
vastos bloques de asentamientos en la Jerusalén Oriental ocupada con
Maale Adumim, aislando así físicamente a los palestinos de Jerusalén Oriental de los de la Cisjordania ocupada.
Pasamos por delante del gran y creciente
asentamiento ilegal de Eli, encaramado en una colina, con sus
espantosas casas de tejados rojos, que son en sí mismas una declaración
de intenciones genocidas, una amenaza para el bienestar de los aldeanos
palestinos locales, que han visto cómo arrancaban sus olivos y tenían
que enfrentar violentos ataques.
Eli también es conocido por su academia premilitar Bnei David, que entrena a los colonos para ocupar puestos de oficiales en unidades de combate de élite.
Pasamos por gasolineras que los
palestinos tienen prohibido utilizar y nuevos asentamientos que
desfiguran antiguas terrazas y olivares. Estos feos asentamientos
ilegales se irán ampliando de forma inevitable.
Una carretera cercana que podíamos ver,
pero a la que no podíamos acceder, nos habría llevado a nuestro destino
en Tulkarm en menos de la mitad de tiempo. Pero Israel ha prohibido el
acceso a todos los palestinos.
En cambio, tuvimos que viajar por
carreteras en mal estado, deteniéndonos en impredecibles puestos de
control donde jóvenes soldados amenazantes decidían si nuestro viaje
continuaba o terminaba. En un momento dado, tomamos una ruta alternativa
para evitar otro cierre.
Estos actos acumulativos de apartheid
están diseñados para hacer la vida de los palestinos tan insoportable
que se vean obligados a abandonar sus tierras.
Gaza en Cisjordania
Conduciendo por un camino de grava en
mal estado, finalmente llegamos a Tulkarm. A nuestra izquierda se
encontraban las ruinas del campo de refugiados de Nur Shams, cuya
población fue expulsada por la fuerza en enero.
El campo es ahora una inquietante ciudad
fantasma, con aproximadamente un tercio de sus edificios completamente
destruidos o en gran parte derruidos. Las excavadoras israelíes han
abierto grandes franjas vacías en el corazón de Nur Shams. Cientos y cientos de viviendas fueron demolidas con el pretexto de crear un acceso para vehículos blindados y tanques.
Una estrella de David azul había sido
pintada con espray en lo que antes era la casa de un refugiado
palestino, ahora utilizada como base militar. No queda nadie más.
Mientras subía a un montículo para tomar una fotografía, dos transeúntes
me advirtieron con urgencia que bajara. «Los francotiradores disparan a
cualquiera y sin previo aviso», gritaron.
Los refugiados relataron que las fuerzas
israelíes, tan pronto como invadieron los campamentos, cortaron todas
las comunicaciones y los servicios públicos. Internet, la electricidad y
el agua desaparecieron al instante. Estos refugiados desplazados fueron
desalojados hacia un lugar literalmente desconocido. Algunos
encontraron familiares con quienes quedarse, mientras que muchos otros
buscaron refugio en mezquitas, escuelas abandonadas, salones de bodas y
otros espacios públicos. Ahora viven al límite de la supervivencia.
«Fue como en la Nakba, sobre todo porque no sabíamos adónde nos dirigíamos… nadie sabía hacia dónde nos estaban obligando a ir», dijo Nihad.
Los refugiados que se refugiaron en la
escuela inacabada de El Muwahad, en la aldea de Thenaba, entre Nur Shams
y Tulkarm, describieron el terror de las redadas fuertemente armadas,
los helicópteros de combate Apache sobrevolando la zona, los drones
suicidas explotando y la huida frenética de sus hogares con sólo la ropa
que llevaban puesta.
«Empezaron a volar nuestras casas el 26
de enero y, en siete días, el campamento quedó completamente vacío»,
recuerda Jaled, de 50 años, sentado exhausto en una silla de plástico en
el pasillo de la escuela que comparte con otras 21 familias del
campamento de Tulkarm.
«Nadie se lo esperaba», continúa. «Ni
siquiera pude coger una camiseta de mi casa. Ahora está demolida». Las
casas que quedaron en pie fueron incendiadas. Los desalojos fueron
brutales. «Incluso cuando la Media Luna Roja nos dio los medicamentos
que necesitábamos, los soldados nos los arrebataron, los tiraron al
suelo y los pisotearon», nos cuenta Hakem, añadiendo que más de 1.800
viviendas del campamento de Tulkarm fueron destruidas.
Durante casi 12 meses, 122 refugiados
desplazados han vivido en la escuela sin terminar, compartiendo
habitaciones abarrotadas con unas 10 ó 12 personas. «Las instalaciones
son mínimas o inexistentes», explicó Jaled.
«Cuando llegamos, no había electricidad,
así que la conectamos nosotros mismos». En la planta baja, cuatro aseos
son compartidos por todos los hombres, mujeres y niños. Sólo hay una
ducha. «Todos hacemos cola, como si estuviéramos presos», añadió.
Una lavadora da servicio a todas las
familias. La ropa cuelga de todas las barandillas, mientras la gente se
aferra a pequeños fragmentos de rutina mientras su campamento yace en
ruinas a pocos metros de distancia.
«La vida en el campamento era dura», me dijo Nadia, de 38 años, «pero no tan dura como esto».
Paisaje distópico
En Tulkarm y Nur Shams, las condiciones
ya de por sí precarias de los refugiados siguen deteriorándose. La UNRWA
proporcionaba inicialmente alimentos y servicios, pero esto ha cesado
debido a la prohibición de Israel de que opere en los territorios
palestinos ocupados.
«Mi nevera está vacía», nos dijo Hakem.
«Todos solíamos trabajar en las ciudades ocupadas, desde Yafa hasta
Haifa, desde Jerusalén hasta Tel Aviv. Ahora vivimos sitiados, sin
posibilidad de trabajar».
Además, una orden militar les prohíbe
reconstruir sus hogares destruidos. «Sólo quiero poder volver y vivir
entre los escombros de mi casa», dijo Hakem. «¿Qué otra cosa podemos
hacer?».
Nadia me mostró un vídeo grabado por un
vecino después de que el campamento quedara vacío. Los únicos sonidos en
este paisaje distópico eran los pasos crujiendo sobre los escombros y
el inquietante canto de los pájaros.
Hasan Jreisheh,
un político de Tulkarm que trabaja con las familias desplazadas,
describió lo que ha ocurrido en los campamentos del norte de Cisjordania
como una réplica del plan de Israel en Gaza, pero en forma de
«eliminación silenciosa».
Para Ayhem, de 17 años, cuya educación
terminó cuando su casa fue demolida y su familia fue expulsada: «Es muy
similar a lo que ha ocurrido en Gaza. Cuando veo Gaza en la televisión,
veo exactamente lo mismo que estamos viviendo». Duerme con nueve
miembros de su familia en una pequeña aula escolar. «No tengo vida
social. Todos mis amigos han sido desplazados a diferentes zonas y mi
mejor amigo fue asesinado. Lo he perdido todo».
Cerca de la escuela se encuentran los
restos de la oficina del Comité Público Nur Shams. A pesar del trauma
que han sufrido, diez voluntarios siguen trabajando para ayudar a los
expulsados del campamento. Desde la azotea, contemplamos la devastación
de lo que en su día fueron sus hogares.
«Mi casa está inhabitable», dijo Fatma,
de 70 años, «pero estoy dispuesta a irme a vivir sobre los escombros. La
dignidad del ser humano está en el hogar. Puedo ver mi casa desde aquí,
pero no puedo llegar hasta ella».
Nihad, el jefe del Comité, describió la
magnitud del ataque militar. La campaña de Israel en los seis barrios de
Nur Shams comenzó el 9 de enero. Cientos de soldados, tanques,
vehículos militares y drones irrumpieron en el campamento, obligando a
todos los residentes a salir.
«A cualquiera que se negara se le
disparaba fuera de su casa para forzar a la gente a marcharse», dijo.
«Las fuerzas controlaban las rutas que podíamos tomar. Nos obligaron a
formar una fila y nos grabaron con drones. Y disparaban sobre cualquiera
que se saliera de la fila».
«La ocupación israelí decidió acabar con
los campamentos», continuó. «En Nur Shams, con una población de 13.000
habitantes, teníamos 400 edificios. Cada edificio tenía varios niveles y
unidades de vivienda. Incluso si una casa no era demolida con
excavadoras y explosiones, las fuerzas le prendían fuego para dejarla
inhabitable. Alrededor de 2.300 familias se vieron obligadas a
marcharse, y el 70% de ellas viven en la pobreza».
«No hay agua ni electricidad dentro de
los campamentos. No hay alcantarillado ni calles. Toda la
infraestructura ha sido destruida».
Nihad lo expresó sin rodeos: «Han liquidado el campamento».
También atacaron y destruyeron el centro juvenil, la guardería, el salón de bodas y el centro para discapacitados.
«De vuelta a los escombros»
Fatma, una líder muy respetada de la comunidad Nur Shams, describió su experiencia la mañana del ataque: «Llegaron a las 7 de la mañana
del 9 de febrero. Ya estaban dentro del campamento. Demolieron la mitad
de mi casa, pero nos quedamos. Utilizaron a uno de nuestros vecinos
como escudo humano. Vinieron con perros para registrar. Luego se
apoderaron de nuestra casa y la utilizaron como cuartel militar. Al
final del día, quizás había hasta 100 soldados en mi casa».
Fatma tiene cáncer. Los soldados
rompieron sus notas médicas y destruyeron su depósito de agua.
«Dispararon sobre nuestro pequeño televisor. Destruyeron mi lavadora y
mi frigorífico, que aún no había terminado de pagar».
Además de destruir hogares, medios de
vida y espacios comunitarios, los soldados israelíes también cometieron
otros delitos, como saqueos a plena luz del día.
«Nos robaron todas nuestras cosas
delante de nuestros ojos», dijo Fatma. «Se llevaron mi bolso y robaron
los 2.650 shekels que me había dado una fundación de Hebrón para reparar
mi casa, así como dos anillos de oro, un collar, una pulsera y una
medalla».
A pesar de que muchos refugiados afirman
que «volverán a las ruinas», la realidad es sombría. La destrucción de
los campamentos, la expulsión de sus residentes y la campaña
generalizada de Israel para expulsar a los palestinos de sus tierras
hacen que sus posibilidades de regresar sean remotas.
«Volver a las ruinas» es tan sólo un
eslogan», afirma Jaled. «¿Cómo podemos volver? Las fuerzas israelíes
elegirán quién puede regresar, y a cualquiera que tenga vínculos con los
combatientes nunca se le permitirá hacerlo. Cada día se toma una nueva
decisión que afecta a las familias de los combatientes de la
resistencia. Y cada día son objeto de un castigo colectivo».
Jreisheh señaló que Israel ha anunciado
recientemente que se podría permitir el regreso de algunos refugiados,
excepto «las familias de los mártires, los heridos, los encarcelados o
los implicados en la política». En la práctica, esto excluiría a casi
todo el mundo.
Incluso alquilar en otros lugares de
Cisjordania se ha vuelto cada vez más difícil para los palestinos
desplazados. «No tenemos dinero ni ningún sitio adónde ir», dijo Jaled.
Pero la pobreza es sólo una parte del problema. Los propietarios temen
alquilar a los refugiados del campamento.
«Cada vez que intentamos alquilar una
casa», explicó, «primero nos cuentan y luego nos preguntan de dónde
somos. Cuando decimos que de ‘Nur Shams’ o del ‘campamento de Tulkarm’,
nos responden invariablemente: ‘No alquilo mi casa a nadie de los
campamentos’. En cierto modo, lo entiendo. Si algún familiar está en
prisión, es combatiente o ha sido asesinado, los propietarios temen las
redadas. Por eso no nos alquilan».
Todos son refugiados
Todos los habitantes de los campamentos son refugiados, cuyo estatus se deriva de las expulsiones masivas de la Nakba de 1948 y la guerra de Israel de 1967.
El estatus de refugiado, que
legítimamente se transmite de generación en generación, es inseparable
del derecho palestino al retorno. A través del derecho internacional y
al menos cinco resoluciones de la ONU, incluido el artículo 11 de la Resolución 194 de la Asamblea General de la ONU, se garantiza a los palestinos el derecho al retorno a las tierras de las que fueron desplazados.
Un elemento central del proyecto de
Israel ha sido siempre impedir que los refugiados de 1948 y sus
descendientes regresen a sus hogares.
Sin embargo, todos los refugiados con los que hablé consideraban que tal condición era la máxima garantía de su retorno.
Más de siete millones de refugiados
palestinos viven en el exilio en todo el mundo. Para Israel, la
posibilidad de su retorno es una pesadilla demográfica, y trata de impedirlo a toda costa.
Jreisheh dejó claro que la destrucción
de los campos de refugiados de Cisjordania forma parte de un proyecto
genocida más amplio para eliminar la idea misma de los campos de
refugiados y la condición política que estos confieren. Muchos otros se
han hecho eco de esta opinión.
«Los refugiados y sus descendientes son los únicos testigos de la Nakba de 1948», me dijeron varios, «y ahora Israel quiere eliminar los campos de testigos y liquidar la cuestión palestina».
«Encontrarás una historia triste y
dolorosa en todos los que huyeron», dijo un refugiado. «Les arrebataron
sus hogares y sus tierras. Han repetido lo que ocurrió en 1948. La
escena se repite».
«Pasamos de un dolor a otro», añadió
otro. «Esta ocupación quiere erradicar a la gente de su tierra. Quieren
deshacerse de todos los testigos de los crímenes cometidos desde 1948».
La destrucción de los campamentos de
Yenin, Nur Shams y Tulkarm es un acto calculado de genocidio. Al
destruir comunidades, desmantelar la UNRWA y expulsar a los refugiados,
Israel no sólo pretende despojar a los palestinos de sus hogares, sino
también borrar su historia, sus derechos y sus futuras reivindicaciones
de justicia, incluido el derecho al retorno.
Como dijo Nihad: «Quieren acabar con la
condición de refugiado eliminando el campamento, destruyendo la
posibilidad del derecho al retorno y, por extensión, cualquier
posibilidad de autodeterminación palestina».
«En Nur Shams, nuestro objetivo no es
sólo volver al campamento, sino regresar a las aldeas de nuestras
familias. Este es nuestro derecho histórico. Nunca renunciaremos a este
derecho. El campamento es sólo una estación de paso para nosotros. Todos
esperamos volver a nuestras tierras natales».
(Penny Green, Un. Londres, Voces del Mundo, 12/01/26)