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4.5.26

La ceguera de Europa... Eurostat prevé que, incluso contando con migración, la UE perderá 53 millones de habitantes de aquí a 2100. Esto es: para conservar intacto el equilibrio actual entre trabajadores y jubilados, la inmigración por sí sola no basta. Pero sin ella será imposible mantenerse a flote... para mantener constante la población total de la UE bastarían unos 900.000 inmigrantes anuales; pero para mantener la actual ratio de dependencia de mayores harían falta 13,5 millones al año. Una cifra que a la mayoría de los demógrafos les parece impracticable... De estos datos se deduce el vuelco demográfico al que estamos llamados... La realidad es que los esfuerzos de integración son necesariamente bilaterales. O multilaterales, si nos atenemos a las diferentes procedencias de la inmigración que transformará el continente durante este siglo... La propia Europa oficial ya lo admite cuando define la integración como una acomodación mutua y cuando el Consejo de Europa la resume como aprender a “vivir juntos como iguales en dignidad”... Pero ahí tenemos a nuestros próceres políticos relacionando inmigración con delincuencia, un discurso basado en el miedo con el que obtienen suculentos réditos electorales para evitar hablar de realidades incómodas (Diego de la Serna)

"La regularización extraordinaria de 500.000 migrantes en España no ha sido criticada oficialmente por la Comisión Europea. La reacción ha sido muy escueta y medida. Una cautela que en el lenguaje institucional no expresa un apoyo implícito. La inmigración es un tema de gran sensibilidad electoral en Europa. Un compuesto químico altamente inestable en el debate político. Mezclado y aderezado con llamadas emocionales al “ser y estar” europeo, supone un descarnado abordaje político para hacerse con el voto del desencanto electoral, fenómeno que atraviesa horizontalmente todas las ideologías. En el debate del Parlamento Europeo dedicado a la regularización española, las soflamas más reaccionarias las protagonizó la extrema derecha europea y contamina ya el discurso de los principales partidos conservadores. Se quejan de las consecuencias que tendrá sobre Schengen, del efecto llamada y presentan la inmigración como un apocalíptico choque de civilizaciones, una invasión que acabará con nuestra forma de vida europea. 

El comisario de Asuntos de Interior y Migración, Magnus Brunner, aclaró que “un permiso de residencia no es un pase libre para desplazarse por la Unión”. El comisario trataba de incluir un poco de didáctica al solivianto de la derecha europea. Si una persona regularizada por un Estado miembro aparece en situación irregular en otro país de la UE o solicita allí asilo, debe regresar al Estado que expidió el permiso, advirtió Brunner. Lo dijo casi entre dientes, con ese lenguaje contenido que delata que estamos ante un tema resbaladizo, esa patata calentita que hay que manejar sin manifestar dolor. No me hagan hablar, por favor, parecía decir.

Oficiosamente, la aparente tolerancia institucional se torna en una incomodidad política, recibida sin entusiasmo por los efectos secundarios que pueda generar a nivel político. La decisión española, se recuerda, no está plenamente en sintonía con el catenaccio al que tiende la nueva política consensuada en el Pacto sobre Migración y Asilo, que entrará plenamente en vigor el próximo 12 de junio.

Sin embargo, el debate parece haber quedado encapsulado a nivel parlamentario. La Comisión y los gobiernos europeos, aparentemente, no quieren entrar en confrontación directa con Madrid. Pero no es solamente eso. La inmigración es una realidad incómoda.

Es cierto que la regularización de migrantes seguirá siendo una decisión de ámbito nacional, pero su manoseo, ejercido sin complejos, lo convierte en una poderosa arma de confrontación política. Este hecho explica, en parte, la ausencia de reacciones oficiales de los gobiernos europeos: hay costes políticos internos en forma de agrios debates que no se desean alimentar. Debates en los que se confunden, con alevosía, la regularización (permiso de residencia o estancia legal a personas que ya están en situación irregular dentro del país ) con materias concretas que sí comprometerán a partir de ahora a los 27: un sistema de cribado, procedimientos de asilo, solidaridad entre Estados, reubicación, retornos y algunas vías legales de protección, como el reasentamiento y la admisión humanitaria.

Parémonos un momento para ver qué dicen las cifras sobre demografía europea e inmigración. Abramos unas líneas sobre el plano general de las proyecciones a medio y largo plazo.

La UE suma una población total de 450,6 millones de habitantes en 2025. 46,7 millones de esa cifra corresponden a personas que nacieron fuera de Europa, la inmigración extracomunitaria. Esto es, son el 10,4% de esa avanzadilla de millones que según la extrema derecha va a acabar con nuestra civilización.

La ONU prevé que para 2050 la población mundial alcance los 9.700 millones, un crecimiento considerable si tenemos en cuenta que en 1950 éramos 2.500 millones de almas sobre la faz de la tierra.

El crecimiento se concentra cada vez más en los países de renta baja y media, especialmente en África subsahariana, que aportará más de la mitad del aumento de la población mundial hasta mediados de siglo. Y será África el continente que influya más en la inmigración europea.

Por su parte, Europa envejece. Eurostat prevé que, incluso contando con migración, la UE perderá 53 millones de habitantes de aquí a 2100. Esto es: para conservar intacto el equilibrio actual entre trabajadores y jubilados, la inmigración por sí sola no basta. Pero sin ella será imposible mantenerse a flote. Una realidad incómoda para el discurso ideológico que presenta a la inmigración como un problema para la subsistencia de la cultura europea en general y la local en particular. Los datos son conocidos por todos los europarlamentarios que hayan leído el informe que cuelga en la web de la Comisión Europea titulado “Migración, movilidad y mercado laboral de la UE” de noviembre de 2025.

El caso español es peculiar. España no solo recibe más inmigración latinoamericana que cualquier otro país europeo, sino que una parte creciente de esa inmigración se convierte en población estable, trabajadora y cotizante.

Aunque Marruecos seguirá siendo una pieza central por su peso laboral en España, el fenómeno latinoamericano es ya muy superior. No existe un número mágico que establezca la cantidad de inmigrantes que son necesarios para mantener la tan repetida “calidad de vida”. Dependerá de las políticas que ajusten la vida laboral de los trabajadores, la productividad, el diseño del sistema de pensiones y la activación de la población infrautilizada (mujeres y mayores). Basándose en estudios de la ONU y en estimaciones propias, el Consejo de Europa ya emitió un informe en 2002 que sigue estando vigente: para mantener constante la población total de la UE bastarían unos 900.000 inmigrantes anuales; pero para mantener la actual ratio de dependencia de mayores harían falta 13,5 millones al año. Una cifra, por otro lado, que a la mayoría de los demógrafos les parece impracticable.

En cualquier caso, sí sabemos el número aproximado de inmigrantes que han llegado a Europa en la última década. Son cifras de Eurostat: 2,4 millones anuales antes de la pandemia, cayó a 1,9 millones en 2020, repuntó a 2,3 millones en 2021 y se disparó hasta 5,3 millones en 2022, para moderarse después a 4,4 millones en 2023 y 4,2 millones en 2024.

Hasta aquí las cifras.

Reducir la inmigración a un mero cálculo económico supone un ejercicio poco edificante. Pero ayuda a aclarar el debate. Son muchos los temas que la UE debe abordar con urgencia. Ninguno de ellos podrá soslayar en su ecuación la presión demográfica a la que está sometido el continente.

Con los datos arriba expuestos se deduce el vuelco demográfico al que estamos llamados. Sobre esta base, resulta alarmante el aumento del discurso etnonacionalista al que se relega la inmigración. Destila racismo. El etnonacionalismo concibe la nación basada en la pertenencia étnica, cultural o ancestral, más que en la ciudadanía compartida. Un término empleado en el ámbito académico dedicado al estudio de la extrema derecha y los nacionalismos excluyentes, y que se incorpora ahora al discurso público, a los periódicos y al calor del debate tertuliano, en busca de una mayor precisión de las ideas.

La realidad es que los esfuerzos de integración son necesariamente bilaterales. O multilaterales, si nos atenemos a las diferentes procedencias de la inmigración que transformará el continente durante este siglo, y los que sigan. Con el debate situado en la esquina puramente identitaria y cultural, resulta casi un suicidio político subirse a una tribuna y afirmar que somos los propios europeos los que también debemos integrarnos con las personas que vienen de fuera. Es una realidad que quita votos. Es una realidad incómoda. Pero es una realidad que requiere una buena dosis de pedagogía.

La propia Europa oficial ya lo admite cuando define la integración como una acomodación mutua y cuando el Consejo de Europa la resume como aprender a “vivir juntos como iguales en dignidad”.

En su Plan de acción sobre integración e inclusión para 2021-2027, la UE defiende un “proceso dinámico y bidireccional de acomodación mutua”. Un plan que requiere de medios, presupuesto y un explícito apoyo común de gobiernos y partidos para no sonar a la inocente melodía del idealismo hueco.

Pero ahí tenemos a nuestros próceres políticos relacionando inmigración con delincuencia, con terrorismo o con la disparatada teoría del gran reemplazo. Un peligroso discurso basado en el miedo con el que obtienen suculentos réditos electorales para evitar hablar de realidades incómodas." 

(Diego de la Serna, CTXT, 30/04/2026 )

7.3.26

El gran éxodo estadounidense. ¿Por qué un número récord de ciudadanos estadounidenses está abandonando el país? En 2025, el país experimentó un cambio radical en sus tendencias demográficas: por primera vez desde la Gran Depresión, más personas abandonaron el país que llegaron... este movimiento histórico no solo se debió a la política de inmigración y su aplicación, sino también al creciente número de ciudadanos estadounidenses que decidieron vivir en el extranjero, lo que supuso un cambio radical con respecto al papel que había desempeñado el país durante siglos como principal destino de inmigrantes en el mundo... al menos 180 000 ciudadanos estadounidenses se trasladaron al extranjero el año pasado. Los analistas sugieren que esa cifra es probablemente inferior a la real... El número de estadounidenses que viven en Portugal se ha disparado más de un 500% desde la pandemia, con un aumento del 36 % solo en 2024. Las cifras de migración de Irlanda se han duplicado, y países como España, los Países Bajos y la República Checa registran máximos históricos de residentes estadounidenses... esta ola abarca una amplia muestra representativa de la sociedad estadounidense: jóvenes profesionales y trabajadores a distancia que buscan una vida asequible con un alto poder adquisitivo... Jubilados atraídos por los bajos costes y los sistemas sanitarios universales... Estudiantes que buscan una educación universitaria más barata... familias que buscan mejoras percibidas en materia de seguridad, escolarización y vida comunitaria... Uno de los principales factores de atracción es económico, incluso los ingresos relativamente modestos de Estados Unidos pueden traducirse en un nivel de vida más alto en muchos países extranjeros... La asistencia sanitaria es otra consideración importante... Las preocupaciones por la seguridad y las inquietudes culturales también influyen. El 40 % de las mujeres estadounidenses de entre 15 y 44 años expresaron su deseo de trasladarse al extranjero de forma permanente (Jorge Majfud, Un. Jacksonville)

"¿Por qué un número récord de ciudadanos estadounidenses está abandonando el país?

Cada día, la promesa de “Hacer Estados Unidos Grande de Nuevo” se revela como la estafa del siglo.  En 2025, el país experimentó un cambio radical en sus tendencias demográficas: por primera vez desde la Gran Depresión, más personas abandonaron el país que llegaron. Según un análisis exhaustivo realizado por The Wall Street Journal, este movimiento histórico no solo se debió a la política de inmigración y su aplicación, sino también al creciente número de ciudadanos estadounidenses que decidieron vivir en el extranjero, lo que supuso un cambio radical con respecto al papel que había desempeñado el país durante siglos como principal destino de inmigrantes en el mundo.

Un giro estadístico: migración neta negativa

Los demógrafos definen la migración internacional neta como la diferencia entre el número de personas que entran en un país y las que lo abandonan. En 2025, las estimaciones de la Brookings Institution indican que Estados Unidos experimentó una migración neta negativa, con aproximadamente 150 000 salidas más que llegadas. Se trata de la primera pérdida neta de población por migración en más de 80 años y se produce tras décadas de inmigración que impulsaron el crecimiento demográfico de Estados Unidos.

Mientras que el total de entradas en Estados Unidos—incluida la inmigración permanente, los visados de trabajo y el reasentamiento de refugiados—se redujo a aproximadamente 2,6-2,7 millones en 2025, lo que supuso un fuerte descenso con respecto a los casi 6 millones de 2023. Esta caída contribuyó de manera sustancial a la salida neta.

El cambio refleja un amplio conjunto de fuerzas demográficas, económicas y políticas que convergen a la vez, algunas de ellas de larga data y otras recientemente amplificadas.

Estadounidenses en el extranjero: cifras y destinos

Según el análisis del Wall Street Journal en 15 países con datos disponibles para 2025, al menos 180 000 ciudadanos estadounidenses se trasladaron al extranjero el año pasado. Los analistas sugieren que esa cifra es probablemente inferior a la real, dada la naturaleza fragmentada de los datos sobre residencia global y la ausencia de un registro central completo.

De hecho, ya hay millones de estadounidenses viviendo en el extranjero. Las estimaciones basadas en los registros de las embajadas, los recuentos del censo y los permisos de residencia sugieren que entre 4 y 9 millones de ciudadanos estadounidenses residen actualmente fuera de Estados Unidos. Existen grandes comunidades de expatriados en América del Norte, Europa y, cada vez más, en América Latina y Asia:

  • En 2022, solo en México vivían unos 1,6 millones de estadounidenses.
  • En Canadá eran más de 250 000.
  • En Europa, el total suma más de 1,5 millones de ciudadanos o residentes estadounidenses.

Entre los destinos europeos, los cambios han sido remarcables. El número de estadounidenses que viven en Portugal se ha disparado más de un 500 % desde la pandemia, con un aumento del 36 % solo en 2024. Las cifras de migración de Irlanda se han duplicado, y países como España, los Países Bajos y la República Checa registran máximos históricos de residentes estadounidenses.

¿Qué está impulsando a los estadounidenses a marcharse?

A diferencia de las tendencias migratorias históricas, que a menudo se centraban en un pequeño subconjunto de élites globales o expatriados aventureros, esta ola abarca una amplia muestra representativa de la sociedad estadounidense:

  1. Jóvenes profesionales y trabajadores a distancia que buscan una vida asequible con un alto poder adquisitivo.
  2. Jubilados atraídos por los bajos costes y los sistemas sanitarios universales.
  3. Estudiantes que buscan una educación universitaria más barata o más accesible en el extranjero.
  4. Familias que buscan mejoras percibidas en materia de seguridad, escolarización y vida comunitaria.

Uno de los principales factores de atracción es económico: incluso los ingresos relativamente modestos de Estados Unidos pueden traducirse en un nivel de vida más alto en muchos países extranjeros.

La asistencia sanitaria es otra consideración importante. En Estados Unidos, la complejidad de los seguros de salud y el costo adicional de cobertura sigun siendo problemas persistentes para muchos. En el extranjero, los sistemas de salud universales, especialmente en Europa, ofrecen una alternativa atractiva, sobre todo para los jubilados o las personas con necesidades sanitarias crónicas.

Las preocupaciones por la seguridad y las inquietudes culturales también influyen. En una encuesta de Gallup citada en el informe, el 40 % de las mujeres estadounidenses de entre 15 y 44 años expresaron su deseo de trasladarse al extranjero de forma permanente, un indicador sorprendente del cambio de aspiraciones entre las generaciones más jóvenes.

Política, políticas públicas y la Administración Trump

El contexto de este cambio migratorio incluye el entorno político más amplio de la segunda Administración del presidente Donald Trump. Aunque la Administración ha celebrado el endurecimiento de las medidas de control de la inmigración, incluido el aumento de las deportaciones y las restricciones a las admisiones legales, estas medidas han tenido el efecto colateral de reducir los flujos migratorios generales, lo que ha afectado tanto a los extranjeros que llegan al país como a los residentes estadounidenses que deciden marcharse.

Algunos comentaristas han bautizado este fenómeno como «Donald Dash», señalando que el aumento de las salidas coincide con el enfoque de línea dura de Trump en materia de política de inmigración. Los críticos argumentan que la polarización política, la preocupación por las libertades civiles y el descontento con el clima político nacional han influido en las decisiones individuales de marcharse.

Sin embargo, los analistas advierten que la política de inmigración por sí sola no explica esta tendencia. Factores estructurales a largo plazo, como el aumento del coste de la vida, la crisis de la asequibilidad de la vivienda en las principales ciudades de Estados Unidos y la globalización de las oportunidades laborales, han moldeado las preferencias a lo largo de muchos años. El movimiento migratorio refleja una reevaluación más amplia por parte de los estadounidenses de lo que constituye una oportunidad económica y calidad de vida.

Consecuencias económicas y sociales

El cambio de una migración neta positiva a una neta negativa tiene importantes implicaciones, tanto a nivel nacional como internacional.

Desde el punto de vista económico, la inmigración ha contribuido durante mucho tiempo al crecimiento de la población activa y a la demanda de consumo en Estados Unidos. Según los economistas que siguen estas tendencias, la migración negativa podría ralentizar el crecimiento demográfico, debilitar la oferta de mano de obra en sectores clave y frenar la expansión económica en general.

Desde el punto de vista social, la dispersión de los estadounidenses en el extranjero está remodelando las comunidades globales. Las poblaciones de expatriados estadounidenses estimulan las economías locales de los países de acogida y, a menudo, se convierten en puentes culturales. Pero la salida también plantea interrogantes sobre la dinámica futura de la fuerza laboral estadounidense, la participación cívica y el equilibrio demográfico, especialmente si los grupos más jóvenes y con estudios universitarios se encuentran entre los más propensos a marcharse.

A nivel individual, los estadounidenses que emigran deben lidiar con nuevos sistemas legales, barreras lingüísticas y ajustes culturales. Sin embargo, muchos afirman encontrar mayor tranquilidad, menores costes y servicios públicos más predecibles en el extranjero, factores que pesan mucho en la decisión de trasladarse de forma permanente.

Durante gran parte de su historia, Estados Unidos ha simbolizado la llegada, el destino de millones de personas que buscaban una vida mejor. Pero en el 250.º aniversario de Estados Unidos, esa narrativa parece estar cambiando. Cada vez son más los estadounidenses que buscan una vida mejor fuera de las fronteras de Estados Unidos, a menudo en lugares que combinan la viabilidad económica con un apoyo social que les parece más predecible o accesible que el que dejaron atrás.

Si esta tendencia representa una respuesta temporal a condiciones políticas y normativas específicas o una transformación más profunda y duradera en la forma en que los estadounidenses ven las oportunidades sigue siendo una cuestión central para los académicos, los responsables políticos y las familias por igual. Sin embargo, lo que está claro es que la era del dominio predecible y continuo de la inmigración estadounidense ha dado paso, al menos por ahora, a un patrón más complejo y dinámico de movimiento global.

(Jorge Majfud, Un. Jacksonville, Other News, 05/03/26)

15.2.26

Paul Krugman: Estados Unidos se estanca de nuevo... el mercado laboral está muy cerca del estancamiento total. Además, los únicos sectores que registraron un gran crecimiento del empleo fueron la sanidad y la asistencia social, pero se redujo el empleo en el sector manufacturero. Por lo tanto, la economía de Trump no está generando exactamente los «empleos masculinos» que prometió... la excusa de Peter Navarro, zar comercial de Trump es que el crecimiento del empleo se ha estancado debido a las deportaciones masivas... lo que es sorprendente, ya que supone admitir que la premisa económica fundamental que sustentaba las deportaciones masivas siempre fue falsa. Al fin y al cabo, se afirmaba que los inmigrantes estaban quitando puestos de trabajo a los nativos. Ahora, los funcionarios de MAGA dicen que deportar a los trabajadores extranjeros reduce el empleo, lo que implica que la inmigración anterior estaba creando nuevos puestos de trabajo, no quitándolos... ¿Reducir el número de trabajadores inmigrantes puede perjudicar a los nativos? Sí... la población en edad de trabajar ya habría disminuido, al estilo japonés, sin la inmigración, y aunque no disponemos de cifras fiables, parece probable que los trumpistas hayan cortado efectivamente la entrada de inmigrantes en edad de trabajar. Sin esos inmigrantes, ¿quién pagará los impuestos que financian Medicare y la Seguridad Social? Las pruebas disponibles sugieren que los inmigrantes son principalmente complementos, y no sustitutos, de los trabajadores nativos... desempeñan un papel crucial se incluyen el trabajo agrícola, el envasado de carne y otros procesos de transformación de alimentos, y la construcción. También desempeñan un papel crucial en la asistencia sanitaria... la llegada de 1000 inmigrantes adicionales da lugar a la contratación de 28 auxiliares, 49 enfermeras y 19 médicos más... el aumento de la inmigración conduce a una menor mortalidad entre las personas mayores y, a la inversa, bloquear la inmigración y deportar a los trabajadores nacidos en el extranjero aumentará las muertes entre los estadounidenses de edad avanzada... reducir la población inmigrante en un millón de inmigrantes, que es lo que Stephen Miller quiere hacer cada año, provocaría alrededor de 15 000 muertes adicionales al año entre las personas mayores de Estados Unidos... la realidad es que la guerra contra los inmigrantes, además de ser una pesadilla moral y para las libertades civiles, empobrecerá a los estadounidenses nativos y enviará a miles de nosotros a una muerte prematura

 "Se esperaba que el informe sobre el empleo publicado ayer fuera débil. Sin embargo, resultó ser inesperadamente sólido, con una estimación de 130 000 puestos de trabajo creados. Pero las cifras mensuales de empleo son extremadamente ruidosas. Si se leen los detalles del informe de la Oficina de Estadísticas Laborales, en realidad se dice que su estimación central era de 130 000 puestos de trabajo, con una cifra real que oscila entre 7700 y 152 000 (el intervalo de confianza del 90 % que acompaña a todas sus estimaciones). Y por razones técnicas que no vale la pena explicar aquí, el verdadero margen de incertidumbre es aún mayor. Básicamente, la BLS estima el nivel de empleo basándose en una muestra sujeta a error de muestreo, lo que hace que el cambio estimado en un mes determinado sea extremadamente variable.

Una mejor indicación de la situación de la economía es el aumento del empleo (...). Esto es mucho menos ruidoso que la cifra mensual y, además, cubre el primer año de Trump. Se estima que, desde enero de 2025, la economía ha creado 359 000 puestos de trabajo, casi 900 000 menos que el crecimiento del empleo del año anterior. Esto indica que el mercado laboral está muy cerca del estancamiento total. Además, los únicos sectores que registraron un gran crecimiento del empleo fueron la sanidad y la asistencia social (...). El empleo en otros sectores disminuyó. En particular, se redujo el empleo en el sector manufacturero. Por lo tanto, la economía de Trump no está generando exactamente los «empleos masculinos» que prometió.

 Ah, y aunque tanto Donald Trump como Scott Bessent han afirmado recientemente que los empleos en la construcción están en auge, el crecimiento del empleo en este sector, que era alto bajo el mandato de Biden, ha caído en picado: (...)

Ahora, los funcionarios de Trump han estado manipulando enérgicamente el débil crecimiento del empleo bajo la supervisión de su jefe. Lo interesante es la excusa para el casi estancamiento ofrecida tanto por Kevin Hassett, presidente del Consejo Económico Nacional, como por Peter Navarro, zar comercial de Trump: el crecimiento del empleo se ha estancado debido a las deportaciones masivas.

Dado que estamos hablando de personas nombradas por Trump, algunas de las declaraciones de estos funcionarios eran mentiras descaradas. Navarro, en particular, declaró que «estamos deportando a millones de ilegales de nuestro mercado laboral», cuando ICE «solo» ha detenido a unas 393 000 personas. También menospreció el fuerte crecimiento del empleo durante los años de Biden, diciendo

    "Todos los puestos de trabajo que creamos durante los años de Biden fueron a parar a manos de inmigrantes ilegales. Los estadounidenses acabaron en las colas del paro."

No hay datos fiables sobre cuántos puestos de trabajo van a parar a manos de inmigrantes ilegales, pero sí sabemos que el desempleo entre los estadounidenses nativos descendió durante la presidencia de Biden, pero aumentó el año pasado: (...)

 Sin embargo, dejando a un lado las mentiras compulsivas, el hecho de que los trumpistas atribuyan el estancamiento del crecimiento del empleo a la reducción de la inmigración es sorprendente, porque supone admitir que la premisa económica fundamental que sustentaba las deportaciones masivas siempre fue falsa. Al fin y al cabo, se afirmaba que los inmigrantes estaban quitando puestos de trabajo a los nativos. Ahora, los funcionarios de MAGA dicen que deportar a los trabajadores extranjeros reduce el empleo, lo que implica que la inmigración anterior estaba creando nuevos puestos de trabajo, no quitándolos.

Entonces, ¿de qué se tratan exactamente esas deportaciones masivas? Ah, sí, nos estamos deshaciendo de los delincuentes violentos, excepto que muy pocos de los que están siendo detenidos por el ICE tienen antecedentes penales violentos, y las tasas de delincuencia entre los inmigrantes indocumentados son en realidad bajas.

Pero si bien reducir el número de trabajadores nacidos en el extranjero puede no ayudar a los nativos, ¿les perjudica realmente? Sí.

Hay dos grandes razones por las que las deportaciones masivas y el cierre o el ahuyentamiento de la inmigración futura perjudicarán a los nativos.

 En primer lugar está la demografía. Al igual que todas las naciones avanzadas y muchos países en desarrollo, Estados Unidos ha experimentado un descenso de la fertilidad por debajo de la tasa necesaria para evitar que la población disminuya, y el crecimiento de la población en edad de trabajar y, por lo tanto, de la mano de obra potencial, ya se ha ralentizado hasta casi detenerse: (...)

Sin embargo, la población en edad de trabajar ya habría disminuido, al estilo japonés, sin la inmigración, y aunque no disponemos de cifras fiables, parece probable que los trumpistas hayan cortado efectivamente la entrada de inmigrantes en edad de trabajar.

Sin esos inmigrantes, ¿quién pagará los impuestos que financian Medicare y la Seguridad Social? Es cierto que los inmigrantes suponen una carga para los servicios públicos, pero esta se ve ampliamente compensada por su contribución a los ingresos del Estado, tanto a través de los impuestos que pagan directamente como por su papel en el impulso del crecimiento económico. La Oficina Presupuestaria del Congreso acaba de publicar sus últimas previsiones fiscales, que han empeorado considerablemente en comparación con las de hace un año, en parte porque la oficina presupuestaria está teniendo en cuenta los efectos negativos de la reducción de la inmigración.

De hecho, es probable que las cifras de la CBO subestimen lo extrema que se ha vuelto la política antiinmigrante. Además, la proyección solo se extiende a los próximos 10 años, y el efecto fiscal adverso de la reducción de la inmigración será aún mayor en el futuro.

 Además de empeorar nuestra ya insostenible situación fiscal, la interrupción de la inmigración plantea la pregunta de quién prestará los servicios esenciales a nuestra población de personas mayores, que sigue creciendo rápidamente:

Esta preocupación demográfica sobre la inmigración interactúa con la segunda gran razón por la que la reducción de la inmigración perjudica a los estadounidenses nativos: necesitamos trabajadores inmigrantes para realizar trabajos que los nativos no pueden o no quieren hacer.

Como he señalado repetidamente, las pruebas disponibles sugieren que los inmigrantes son principalmente complementos, y no sustitutos, de los trabajadores nativos. Los trabajadores nacidos en el extranjero no se distribuyen de manera uniforme en toda la economía. En cambio, se concentran en ocupaciones en las que constituyen una gran parte de la fuerza laboral, por lo que en realidad no compiten con los trabajadores no inmigrantes, sino que hacen que algunos bienes y servicios sean más baratos y más accesibles de lo que serían sin los inmigrantes.

Entre los ejemplos de ocupaciones en las que los inmigrantes desempeñan un papel crucial se incluyen el trabajo agrícola, el envasado de carne y otros procesos de transformación de alimentos, y la construcción. Los trabajadores nacidos en el extranjero también desempeñan un papel crucial en la prestación de asistencia sanitaria: (...)

 Dada la grave escasez de mano de obra que sufre el sector sanitario, cortar el suministro de trabajadores inmigrantes aumentará el coste y reducirá la disponibilidad de la atención médica, lo que afectará especialmente a las personas mayores, que representan el 19 % de la población, pero más del 40 % del gasto sanitario.

Un nuevo artículo de David Grabowski, Jonathan Gruber y Brian McGarry utiliza la variación de la inmigración a lo largo del tiempo y entre las áreas metropolitanas para estimar el impacto de la inmigración en la mano de obra del sector sanitario. Sus conclusiones indican que la llegada de 1000 inmigrantes adicionales da lugar a la contratación de 28 auxiliares, 49 enfermeras y 19 médicos más.

Este efecto sobre el número de trabajadores sanitarios significa, a su vez, que el aumento de la inmigración conduce a una menor mortalidad entre las personas mayores y, a la inversa, que bloquear la inmigración y deportar a los trabajadores nacidos en el extranjero aumentará las muertes entre los estadounidenses de edad avanzada. Un cálculo aproximado utilizando las cifras de Grabowski et al. sugiere que reducir la población inmigrante en un millón de inmigrantes, que es lo que Stephen Miller quiere hacer cada año, provocaría alrededor de 15 000 muertes adicionales al año entre las personas mayores de Estados Unidos.

 Lo que me lleva de vuelta al impresionante estancamiento del crecimiento del empleo que ya se ha producido bajo el mandato de Trump. Los secuaces de Trump quieren hacernos creer que un crecimiento del empleo cercano a cero está bien porque la inmigración se ha desplomado, a pesar de que nos aseguraron que esto no sucedería. Pero la realidad es que la guerra contra los inmigrantes, además de ser una pesadilla moral y para las libertades civiles, empobrecerá a los estadounidenses nativos y enviará a miles de nosotros a una muerte prematura."

(Paul Krugman , blog, 12/02/26, traducción DEEPL, enlaces y gráficos en el original) 

11.2.26

Elecciones en Japón: del estancamiento a la estanflación... Takaichi quiere reducir los impuestos para la mayoría de la población, y Y pretende aumentar el gasto público en seguridad social y «defensa», aunque ello suponga un mayor déficit presupuestario. Takaichi afirma que apuesta por el crecimiento, algo similar a los eslóganes de la desafortunada y efímera primera ministra conservadora británica, Liz Truss. ¿Significa esto que Takaichi fracasará estrepitosamente como Liz Truss? Probablemente no, pero sí significa que todo su discurso de «ser diferente» no llevará a ninguna parte... los recortes en el impuesto sobre los beneficios de las empresas no han dado lugar a un mayor crecimiento de la inversión empresarial. En cambio, las empresas han acumulado efectivo o han invertido en bonos del Estado y en el mercado de valores, con casi un billón de yenes en activos líquidos... La clave del fracaso de las medidas neoliberales para impulsar la inversión empresarial y poner fin al estancamiento de la economía japonesa desde la década de 1990 ha sido la disminución de la rentabilidad de la inversión de capital. La rentabilidad del capital en Japón ha caído más que en cualquier otra economía del G7... Es posible que las empresas japonesas hayan aumentado sus beneficios a costa de los salarios, pero no están invirtiendo ese capital adicional en nuevas tecnologías y equipos que mejoren la productividad... El crecimiento de la productividad es ahora inexistente... En lugar de estancamiento, la economía japonesa se ha transformado ahora en estanflación, con precios en alza, PIB y gasto de los consumidores estancados y salarios reales a la baja... El objetivo del Banco de Japón de reducir la inflación mediante tipos de interés más altos empeorará el estancamiento, pero el objetivo de Takaichi de impulsar el gasto fiscal y financiarlo con compras del Banco de Japón solo agravará la inflación... Los primeros ministros van y vienen, pero el gran problema a largo plazo es la población de Japón... Los inmigrantes han contribuido realmente a mantener la economía en marcha, a medida que los ciudadanos japoneses envejecen y la población disminuye. Pero no para Takaichi. Ella ha pedido controles de inmigración para detener cualquier cambio en la «cultura» y el «modo de vida» japoneses. Una vez más, sigue el mensaje trumpista (Michael Roberts)

 "En Japón se celebran mañana elecciones generales, solo unos meses después de que Sanae Takaichi se convirtiera en la primera mujer primera ministra del país. Takaichi es una ultraconservadora, ultranacionalista y devota de Margaret Thatcher. Llegó al cargo de primera ministra el pasado mes de octubre tras ganar las elecciones internas del Partido Liberal Democrático (PLD), que se encuentra en una situación delicada tras sufrir dos desastrosas derrotas electorales en otros tantos años y carecer actualmente de mayoría en ninguna de las dos cámaras del Parlamento japonés.

Sin embargo, parece que el PLD y su nuevo socio de coalición, el Partido de la Innovación de Japón (JIP), están en camino de obtener una victoria aplastante mañana, mientras que la principal oposición, la Alianza Reformista Centrista (CRA), un nuevo partido formado por el Partido Democrático Constitucional de Japón (CDP) y el antiguo aliado del PLD, Komeito, que se prevé que pierda más de la mitad de los 106 distritos uninominales que tenía anteriormente y solo conserve 32. El PLD podría obtener 243 escaños y, junto con el JIP, conseguir 261 escaños, una cómoda mayoría en la Cámara Baja del Parlamento.

Takaichi parece tener un gran atractivo, ya que obtiene buenos resultados en las encuestas entre mujeres, jóvenes y mayores. Afirma que será diferente a todos los líderes anteriores del PLD. Quiere reducir los impuestos para la mayoría de la población, en particular el impuesto sobre el consumo, que encarece los precios en las tiendas. Y pretende aumentar el gasto público en seguridad social y «defensa», aunque ello suponga un mayor déficit presupuestario. Takaichi afirma que apuesta por el crecimiento, algo similar a los eslóganes de la desafortunada y efímera primera ministra conservadora británica, Liz Truss. Los planes de Truss de aumentar considerablemente el déficit presupuestario del Reino Unido provocaron un fuerte aumento del rendimiento de los bonos del Estado británico y una carrera por la libra esterlina. Algo similar está ocurriendo en Japón, aunque a un ritmo más lento. El rendimiento de los bonos del Estado japonés ha aumentado significativamente y el yen se encuentra cerca de mínimos históricos.

¿Significa esto que Takaichi fracasará estrepitosamente como Liz Truss? Probablemente no, pero sí significa que todo su discurso de «ser diferente» no llevará a ninguna parte. Al igual que en todas las economías del G7, a lo largo de décadas, los gobiernos japoneses adoptaron políticas económicas neoliberales destinadas a reducir las pensiones y las prestaciones sociales. Richard Katz ha señalado que la coalición del PLD redujo las prestaciones de la seguridad social para las personas mayores de 2,9 millones de yenes (20 000 dólares al tipo de cambio actual) en 1995 a solo 2,1 millones de yenes (14 500 dólares) en la actualidad, lo que supone una disminución del 30 % en términos ajustados al precio. Además, el gasto público en asistencia sanitaria por persona mayor de 65 años se ha reducido en casi una quinta parte en los últimos 30 años. Al mismo tiempo, el impuesto sobre los beneficios de las empresas se ha reducido del 50 % a solo el 15 %. Los beneficios se han duplicado, pasando del 8 % del PIB al 16 %, mientras que los ingresos fiscales del Gobierno por el impuesto de sociedades han caído del 4 % del PIB al 2,5 %.

Pero esos recortes en el impuesto sobre los beneficios de las empresas no han dado lugar a un mayor crecimiento de la inversión empresarial. En cambio, las empresas han acumulado efectivo o han invertido en bonos del Estado y en el mercado de valores, con casi un billón de yenes en activos líquidos, de los cuales 270 billones eran efectivo y depósitos, 233 billones eran letras y cuentas por cobrar, y 460 billones eran valores de inversión. Una vez deducidas las deudas, la posición financiera global de las empresas no financieras en relación con sus ventas totales ha variado en más de 30 puntos porcentuales desde mediados de la década de 1990 (o unos 460 billones de yenes). Dicho de otro modo, el ahorro neto acumulado del sector empresarial no financiero japonés durante los últimos 30 años equivale ahora a aproximadamente el 80 % del PIB japonés.

La clave del fracaso de las medidas neoliberales para impulsar la inversión empresarial y poner fin al estancamiento de la economía japonesa desde la década de 1990 ha sido la disminución de la rentabilidad de la inversión de capital. La rentabilidad del capital en Japón ha caído más que en cualquier otra economía del G7.

El gran problema a largo plazo es la población de Japón. Ha ido disminuyendo y envejeciendo. Eso permite que el crecimiento de la renta per cápita sea superior al crecimiento total del PIB; el PIB real per cápita de Japón ha aumentado un 10,8 % desde 2010, mientras que el PIB real ha aumentado un 9,6 %. Pero incluso el crecimiento del PIB real per cápita se ha ralentizado. Los trabajadores están sobrecargados de trabajo. Japón acuñó el término karoshi —muerte por exceso de trabajo— hace 50 años, tras una serie de tragedias que afectaron a los empleados. Las grandes empresas están promoviendo la idea de la semana laboral de cuatro días para aliviar esta presión y aumentar la productividad. Pero hay pocos indicios de que esta u otras medidas estén funcionando para aumentar la productividad. El crecimiento de la productividad es ahora inexistente.

Es posible que las empresas japonesas hayan aumentado sus beneficios a costa de los salarios, pero no están invirtiendo ese capital adicional en nuevas tecnologías y equipos que mejoren la productividad. La inversión real no es superior a la de 2007. La inversión pública (aproximadamente una cuarta parte de la inversión empresarial) se mantiene estática. La imagen del capital japonés como innovador tecnológico parece haber desaparecido hace tiempo. La medida principal de la «innovación», la productividad total de los factores (PTF), ha pasado de crecer más del 1 % anual en la década de 1990 a situarse ahora cerca de cero, mientras que la enorme inversión de capital de las décadas de 1980 y 1990 ha desaparecido por completo. Por lo tanto, la tasa de crecimiento real «potencial» del PIB de Japón es cercana a cero.

Los primeros ministros van y vienen: de Abe a Kishida y a Ishiba, pero nada cambia. Japón ha acumulado déficits públicos permanentes, gastando en construcción y otros proyectos, y sin embargo la economía japonesa ha seguido estancada. Ante la falta de voluntad o la incapacidad del sector empresarial japonés para invertir, Takaichi está intentando ahora poner fin al estancamiento de Japón mediante el gasto fiscal, la reducción de los tipos de interés y la depreciación del yen para impulsar las exportaciones. Se trata de una política al estilo Truss-Trump que tiene muy preocupados al Banco de Japón y a las instituciones financieras, así como a los inversores extranjeros.

En lugar de estancamiento, la economía japonesa se ha transformado ahora en estanflación, con precios en alza, PIB y gasto de los consumidores estancados y salarios reales a la baja. Los precios al consumo han subido un 12 % desde 2021. Al mismo tiempo, el PIB apenas es superior al de 2018. El gasto, a su vez, está estancado porque los salarios reales han bajado un 7 % con respecto a su nivel de 2018.

Takaichi quiere impulsar el crecimiento con gasto fiscal y flexibilización monetaria, ignorando el consiguiente aumento de los rendimientos de los bonos y la caída del yen. Por el contrario, el Banco de Japón quiere limitar el aumento de los rendimientos de los bonos y mantener bajo el gasto fiscal para frenar la inflación y detener la caída del yen. Pero aquí está el dilema. El objetivo del Banco de Japón de reducir la inflación mediante tipos de interés más altos empeorará el estancamiento, pero el objetivo de Takaichi de impulsar el gasto fiscal y financiarlo con compras del Banco de Japón solo agravará la inflación.

Takaichi insiste acertadamente en que la inflación de Japón se debe principalmente a la oferta, pero cree que se trata de un problema transitorio y, por lo tanto, considera que restaurar el crecimiento es más importante que frenar la inflación. Hace un año, calificó al Banco de Japón de «estúpido» (similar al ataque de Trump a la Reserva Federal de EE. UU. por no recortar los tipos) por subir su tipo de interés del 0 % al 0,25 % (ahora está en el 0,75 %). Takaichi se opone a las subidas de los tipos de interés porque quiere ayudar a los fabricantes de automóviles y otros exportadores «a toda costa», especialmente a la luz de los aranceles comerciales de Trump sobre las exportaciones japonesas.

¿Acabarán las políticas de Takaichi hundiendo el mercado de bonos del Estado japonés, como hizo Liz Truss en el Reino Unido? Creo que no. La mayor parte de la deuda pública japonesa está en manos de japoneses (88 %), a diferencia de lo que ocurre en el Reino Unido. El riesgo de fuga de capitales solo reside en la parte que poseen los inversores privados, la deuda neta. Y esta última es menor de lo que ha sido en décadas, principalmente porque el Banco de Japón ha comprado gran parte de la deuda desde 2013. A principios de 2013, la deuda pública neta en manos de acreedores privados alcanzó un máximo del 144 % del PIB. Hoy en día, solo equivale al 96 % (véase el gráfico siguiente).

Sí, los rendimientos de los bonos han subido, pero la reducción de la deuda neta y los tipos de interés ultrabajos anteriores han reducido los pagos de intereses netos en todos los niveles de la administración pública a un insignificante 0,03 % del PIB en 2024, frente a casi el 1 % en 2012. Esto es fácilmente manejable.

Pero lo que sí muestran el aumento de los rendimientos y la caída del yen es, como ha dicho Richard Katz: «la lenta corrosión de la economía. Décadas de tipos de interés por debajo del mercado han mantenido a las empresas zombis con vida a expensas de las empresas más sanas. La asombrosa mitad del PIB de Japón se produce en sectores empresariales en los que la productividad (total de los factores) no solo se está desacelerando, sino que está disminuyendo. Los déficits crónicos son más un síntoma de la debilidad económica que su causa».
Dejar que el yen se deprecie no funcionará. La depreciación del 43 % del yen desde 2021 no ha impulsado las exportaciones de Japón. Las exportaciones en términos reales solo han aumentado un 5 % en los últimos tres años. Eso sugiere que las exportaciones japonesas son menos competitivas en los mercados mundiales. De hecho, el superávit comercial real de Japón en bienes y servicios está cayendo actualmente a una tasa anual del 15 %. Por lo tanto, la esperanza de Takaichi de que permitir la caída del yen impulse de alguna manera las exportaciones japonesas y reactivar el crecimiento económico es una ilusión.

No obstante, Takaichi parece estar en racha por ahora con su intención de «marcar la diferencia» como primera ministra «thatcherista». Y no ha desperdiciado la oportunidad de jugar la carta de la inmigración. El número de extranjeros que trabajan en Japón alcanzó un récord de 2,57 millones el año pasado. Los inmigrantes han contribuido realmente a mantener la economía en marcha, a medida que los ciudadanos japoneses envejecen y la población disminuye. Pero no para Takaichi. Ella ha pedido controles de inmigración para detener cualquier cambio en la «cultura» y el «modo de vida» japoneses. Una vez más, sigue el mensaje trumpista." 

3.2.26

Si se mira de cerca, y a pesar de estar muy politizado, el Informe Económico Anual de Berlín puede decir mucho sobre la Alemania actual, y por qué es un panorama bastante triste con pocas esperanzas de mejora rápida... El informe demuestra una vez más que la actual coalición hipercentrista del Gobierno no tiene ni idea de cómo cambiar las cosas... el rendimiento real de la economía alemana, ajustado a la inflación se ha estancado en el nivel de 2019, es decir, antes de la pandemia. Los salarios reales están aún peor, y el desempleo es el más alto desde 2014... La digitalización y las infraestructuras tradicionales llevan mucho tiempo sufriendo la falta de inversión pública... las infraestructuras, como las carreteras, las vías férreas, las redes eléctricas y los puentes, se han descuidado tanto que su estructura se está desmoronando. Si las cosas se están deteriorando, la población tampoco lo está llevando muy bien. Alemania cuenta con una población activa de 46 millones de personas; sin más inmigración y sin cambios en la proporción de alemanes que participan en la población activa, esta se reducirá a tan solo 31 millones en 2060, lo que ejercerá aún más presión sobre los sistemas de seguridad social, sanidad y prestaciones de jubilación, ya de por sí muy tensionados... Alemania casi no tendrá crecimiento, y el que tenga provendrá de una intervención estatal masiva impulsada por la deuda, es decir, el keynesianismo militar... las inversiones privadas están disminuyendo... En principio, una buena dosis de gasto público keynesiano puede ayudar a las economías. Pero las circunstancias tienen que ser las adecuadas. En Alemania no lo son, por razones que incluyen la crisis demográfica, la ausencia de una política de inmigración racional, la burocracia persistente y la falta de reformas estructurales serias... Sin embargo, el mayor obstáculo para resucitar la economía alemana de su coma, con o sin keynesianismo, es sencillo: la energía es demasiado cara en Alemania, lo que paraliza tanto a las empresas como productoras como a los hogares privados como consumidores... Este es el principal cuello de botella, sin solución, porque eso significaría afrontar dos grandes errores autodestructivos que Berlín debe primero admitir y luego corregir: renunciar a la energía nuclear en su territorio y aislarse innecesariamente del gas barato de Rusia... la economía alemana adolece de más de una patología. Pero sin resolver el problema del sobreprecio político de la energía, no hay forma de salvarla (Tarik Cyril Amar)

 "El Gobierno alemán ha presentado su «Informe anual sobre la economía» («Jahreswirtschaftsbericht») para 2026. Dado el tema, no es un documento largo —136 páginas— y, si espera ideas emocionantes, se llevará una decepción.

Esto se debe a que, por supuesto, se trata de un trabajo totalmente político, en el peor sentido de la palabra: está elaborado por una plétora de burócratas alemanes de diversas agencias, que colaboran y llegan a acuerdos bajo la dirección del Ministerio de Economía y Energía. Si «escrito por un comité» implica ser anodino, este está escrito por ministerios enteros.

Y, sin embargo, si se mira de cerca, y a pesar de estar muy politizado, el Informe Económico Anual de Berlín y la forma en que se ha presentado al público pueden decirle mucho sobre la Alemania actual y por qué es un panorama bastante triste con pocas esperanzas de mejora rápida.

El informe demuestra una vez más que la actual coalición hipercentrista del Gobierno, formada por pseudoconservadores (CDU/CSU) y pseudosocialdemócratas (SPD) convencionales, no tiene ni idea de cómo cambiar las cosas.

Pero hay que leer este informe y los comentarios oficiales al respecto con espíritu crítico, prestando mucha atención no solo a lo que se dice, sino también a lo que se evita cuidadosamente mencionar. En los malos tiempos de la Guerra Fría del siglo pasado, a los observadores occidentales les encantaba practicar la «Kremlinología», es decir, interpretar la política de la antigua Unión Soviética a partir de pequeños indicios y grandes silencios. Apliquemos un poco de «Berlínología» al informe anual.

Como era de esperar, en su rueda de prensa oficial, la ministra de Economía alemana, Katherina Reiche, del partido conservador del canciller Friedrich Merz, hizo todo lo posible por mostrarse optimista: Comenzó su intervención tratando de vender con audacia el crecimiento previsto para 2026 del uno (en cifras: 1,0) por ciento y una proyección aún más frágil del 1,3 por ciento en 2017 como una «recuperación» económica. Reiche también destacó algunas mejoras a (muy) corto plazo y ofreció unas palabras de ánimo sobre la inflación y los salarios reales, basándose en previsiones que bien podrían resultar falsas.

Obviamente, la triste realidad es evidente para muchos en Alemania, especialmente para la comunidad empresarial alemana. El presidente de la Asociación Federal de la Industria Alemana ha sido directo: «La recuperación económica prevista es pequeña y sigue siendo frágil». Esa es una opinión típica. Busque en Google y encontrará más.

Si lo que Reiche tiene que ofrecer es el argumento del Gobierno para el optimismo, debe de estar desesperado y no engaña a nadie. Incluso Reiche tuvo que admitir que la proyección de «crecimiento» para 2026, si es que se le puede llamar así, ya representa una corrección a la baja de las promesas que hizo Berlín el otoño pasado.

Como indica su título, el objetivo principal del informe es mirar hacia el futuro. Pero también ofrece un resumen de los acontecimientos recientes, principalmente durante la primera mitad de la década de 2020. Esa mirada retrospectiva no es un reconfortante paseo por el camino de los recuerdos. En cambio, es una revisión de datos y tendencias que oscilan entre lo desconcertante y lo alarmante: el rendimiento real de la economía alemana, ajustado a la inflación, por ejemplo, se ha estancado en el nivel de 2019, es decir, antes de la pandemia. Los salarios reales están aún peor: se sitúan ligeramente por debajo de los niveles de 2019. Mientras tanto, justo cuando se publica el informe anual del Gobierno, el desempleo oficial ha aumentado hasta superar los 3 millones, la peor cifra para un mes de enero desde 2014.

La digitalización y las infraestructuras tradicionales en general llevan mucho tiempo sufriendo la falta de inversión pública, como admite el informe anual. De hecho, las infraestructuras, como las carreteras, las vías férreas, las redes eléctricas y los puentes, no solo han carecido de inversión, sino que se han descuidado tanto que su estructura se está desmoronando.

Si las cosas se están deteriorando, la población tampoco lo está llevando muy bien, al menos en términos numéricos: la demografía de la población activa no es una historia feliz.

Como explica el informe, Alemania ha estado estancada; el todo el modesto aumento de la población activa desde 2023 se ha debido, en esencia, a la inmigración. Dado que los alemanes «nativos» siguen una sólida tendencia a la baja en lo que respecta a tener hijos, el futuro parece aún más sombrío. En las próximas décadas, según predice el Informe Anual, hay una alta probabilidad (léase «certeza») de que la población activa se reduzca aún más, incluso si se complementa con más inmigrantes.

De hecho, un artículo reciente del principal órgano central alemán, «Spiegel», admite que, si Alemania cuenta ahora con una población activa de unos 46 millones de personas (incluidos los empleos a tiempo parcial), esta cifra está destinada a disminuir sustancialmente, quizás incluso de forma drástica, en las próximas décadas. En un escenario sin más inmigración y sin cambios en la proporción de alemanes que participan en la población activa, esta se reducirá a tan solo 31 millones en 2060. Si una mayor proporción (de los alemanes restantes) se incorporara a la población activa (incluido el paso a la jornada completa) y se sumaran 100 000 inmigrantes al año, solo descendería a 38 millones.

Solo en el caso políticamente improbable de que aumentara la participación en la población activa y se sumaran 400 000 nuevos inmigrantes cada año, la población activa podría estabilizarse, en esencia, justo por encima del nivel actual. Dicho de otro modo, el futuro a medio plazo prácticamente seguro es una población activa sometida a presión demográfica, lo que a su vez ejercerá aún más presión sobre los sistemas de seguridad social, sanidad y prestaciones de jubilación, ya de por sí muy tensionados.

Pero volvamos al presente y al futuro próximo: como revela el informe anual, también hay mucho de qué preocuparse. Probablemente, el aspecto más preocupante es el hecho de que, de ese ya diminuto crecimiento del 1 % previsto para 2026, nada menos que dos tercios se deberán al gasto público. Dicho de otro modo, Alemania casi no tendrá crecimiento, y el que tenga provendrá de una intervención estatal masiva impulsada por la deuda, es decir, el keynesianismo militar —o quizás más bien militarista— introducido a principios del año pasado.

Mientras tanto, las inversiones privadas ni siquiera se están estancando, sino que están disminuyendo: desde 2019, se han reducido un 11 %, según la propia ministra Reiche. Todo ello no es una receta para impulsar un crecimiento auténtico y sostenible, sino para provocar el típico efecto efímero que arruina el presupuesto estatal y aumenta la inflación.

La ayuda tampoco vendrá del exterior. Por el contrario, como también reconoce el Informe Anual, las condiciones internacionales para la economía manufacturera y exportadora de Alemania se han vuelto mucho más difíciles, en gran medida debido a los llamados «aliados» de Berlín en Estados Unidos y su «política arancelaria». Es decir, en lenguaje llano, una guerra económica contra sus vasallos de la UE, entre los que se incluye Berlín.

No me malinterpreten. En principio, una buena dosis de gasto público keynesiano puede ayudar a las economías. Pero las circunstancias tienen que ser las adecuadas. En Alemania no lo son, por razones que incluyen la crisis demográfica, la ausencia de una política de inmigración racional, la burocracia persistente y la falta de reformas estructurales serias, de las que se habla mucho pero que avanzan a paso de tortuga, si es que avanzan.

Ahora, Markus Söder, líder de Baviera, grande conservador y posible némesis del canciller Friedrich Merz, ya advierte de que una serie de elecciones regionales este año paralizarán aún más cualquier impulso reformista. Söder puede tener sus propias razones egoístas para expresar tal pesimismo en público (véase más arriba, bajo «posible némesis»), pero sigue siendo un escenario demasiado plausible.

Sin embargo, el mayor obstáculo para resucitar la economía alemana de su coma, con o sin keynesianismo, es sencillo: la energía es demasiado cara en Alemania, lo que paraliza tanto a las empresas como productoras como a los hogares privados como consumidores. El informe anual lo admite, reconociendo «los elevados costes energéticos en comparación con otros países». Este es el principal cuello de botella y, significativamente, el informe no ofrece ninguna solución realista para superarlo. Porque eso significaría afrontar dos grandes errores autodestructivos que Berlín debe primero admitir y luego corregir: renunciar a la energía nuclear en su territorio y aislarse innecesariamente del gas barato de Rusia.

Como dijo un economista alemán en un medio de comunicación mainstream, «todos hemos vivido en un mundo de ensueño». Ahora, teme, la necesidad de reformas fundamentales supera lo que es políticamente aceptable. Sin embargo, hablar de reformas es barato en una Alemania en declive. Todo el mundo se dedica a ello, ya sea haciendo falsas promesas o quejándose. El «mundo de ensueño» que realmente necesita una dura dosis de realidad, aunque duela, es geopolítico: concretamente, la tonta ilusión de que Alemania puede prosperar sin una relación razonable y productiva con Rusia.

Hay algunos indicios débiles de que, aunque muy lentamente, las cosas pueden estar cambiando en este sentido: bajo el liderazgo de Alice Weidel y Tino Chrupalla, el partido de nueva derecha Alternativa para Alemania (AfD), la peor pesadilla del actual Gobierno, ha dejado clara desde hace tiempo la necesidad de reabrir Nord Stream y reparar la relación con Moscú en general. Incluso el ultrarusófobo Merz ha insinuado que una normalización con Rusia no sería algo malo. Muy bien dicho. El Informe Anual también admite, de pasada, que el fin de la guerra de Ucrania sería bueno para la economía alemana.

Pero modere sus expectativas. Los partidos tradicionales no dan señales de estar dispuestos a hacer nada al respecto de sus tímidas declaraciones sobre un futuro mejor con Rusia. Mientras tanto, la AfD sigue estando lejos de entrar en el Gobierno federal de Berlín. Incluso si lo hiciera, no hay garantía de que sus líderes sean lo suficientemente valientes como para reconstruir realmente los puentes con Rusia. Se enfrentarían a una presión enorme, por medios lícitos e ilícitos, para dar marcha atrás y convertirse en jugadores fiables y abnegados del equipo de la OTAN y la UE, es decir, para renunciar a una política exterior lo suficientemente independiente como para proteger los intereses nacionales alemanes facilitando una nueva Ostpolitik.

Lamentablemente, la economía alemana adolece de más de una patología. Pero sin resolver el problema del sobreprecio político de la energía, no hay forma de salvarla. Mientras la hostilidad extrema hacia Rusia y el apoyo masoquista a Ucrania sigan siendo axiomas en Berlín, este problema crucial seguirá sin tener solución." 

(Tarik Cyril Amar, en Salvador López Arnal, blog, 03/02/26) 

2.2.26

Hay cosas que no se solucionan con más dinero. No hay Gobierno en Europa que haya concedido tantas ayudas económicas a la natalidad como el de Hungría. El índice de fertilidad mejoró algo años atrás, pero después se impuso la misma realidad que en el resto del continente... La tasa de fertilidad cayó a 1,31 hijos por mujer en edad de tenerlos (era de 1,39 un año antes), la cifra más baja en catorce años. La cifra de España es 1,1... Giorgia Meloni anunció que concederá 500.000 visados de trabajo a personas de fuera de la UE entre 2026 y 2028; cifra similar a la que adoptaron para el periodo 2023-2025... En 2024, en Italia los fallecimientos superaron en 281.000 a los nacimientos y la población se redujo en 37.000 personas. Esa es una tendencia que todos los discursos reaccionarios y ultranacionalistas en España no pueden ocultar. Regularizar a los migrantes es una cuestión de defender la dignidad de las personas que han nacido en el extranjero para que puedan aportar a la sociedad y es también una decisión obligada por la realidad económica y demográfica de España... El incremento de la población en los últimos años no hubiera sido posible sin la llegada de inmigrantes y ese aumento es uno de los factores más relevantes del crecimiento económico del que se ha disfrutado desde entonces. Eso incluye los buenos datos de empleo conseguidos en 2025 y el hecho de que varias comunidades autónomas habrían perdido población si no hubieran tenido la aportación que da la inmigración ( Iñigo Sáenz de Ugarte)

 "En los años 60, el Congreso de EEUU no renovó un programa iniciado en 1942 que permitía la entrada de mexicanos en el país para trabajar en las explotaciones agrícolas. Así que en el verano de 1965 a alguien se le ocurrió una idea genial. Aparentemente. Convencerían a los estudiantes de instituto, chicos de 17 años en buena forma física porque formaban parte de las competiciones deportivas de los centros, para que trabajaran en la cosecha. Miles de ellos se apuntaron gracias a las razones esgrimidas por sus maestros. Les pagarían un sueldo y se lo pasarían bien. “El trabajo agrícola hace a los hombres”, decían los folletos enviados a los colegios. 

Fue un desastre. Sus condiciones de trabajo eran las mismas que las de los anteriores braceros mexicanos. Es decir, dormían en literas en dormitorios desvencijados, les daban muy mala comida y trabajaban soportando altas temperaturas. Muchos no duraron más que unas pocas semanas. Los agricultores estaban descontentos porque no hacían bien su trabajo. Los jóvenes se sentían explotados y tenían razón. 

El asunto llegó al Congreso, donde algunos políticos explicaron que el programa no tenía sentido. “Al denunciar las condiciones de trabajo como inaceptables para los trabajadores de EEUU, (el congresista) Roncaglio no admitió que eran las mismas que los braceros mexicanos habían soportado desde 1942”, escribió una historiadora en un libro posterior. 

La retórica xenófoba de que EEUU no necesitaba a tantos mexicanos en su economía chocó con la realidad. Sólo los inmigrantes, obligados a aceptar un trabajo duro que por otro lado no conseguían en su país, estaban dispuestos a aceptar ese tipo de vida. Los congresistas en Washington nunca habían sido conscientes de lo que supone trabajar en el campo. 

Es una historia no muy diferente a lo que vemos hoy en EEUU y Europa, quitando esa parte estúpida de pensar que los jóvenes podían hacer el trabajo de adultos mucho más sacrificados. Partidos de la derecha y la extrema derecha alegan que hay demasiados inmigrantes en España. Más allá de sus ideas xenófobas, ignoran por completo la realidad económica del país. No es que sea necesario estar muy atento. Es un proceso del que ya se hablaba hace décadas, mucho antes de que aumentara la población de origen extranjero. Sectores como la construcción y la agricultura, a los que ahora habría que sumar el de los cuidados y una buena parte del sector de servicios en las zonas turísticas, no pueden funcionar sin los inmigrantes. Y además esas personas aportarán mucho más a la economía y será más difícil que sean explotados por empresarios sin escrúpulos si cuentan con papeles que legalicen su estancia en España.

La falta de papeles genera abusos y también marginación y furia. El inmigrante despreciado por la sociedad termina pensando que no debe nada a nadie, porque nadie hace nada por él. Esa alienación, a falta de una palabra mejor, es un pésimo resultado que hace imposible la integración, que es el objetivo al que dicen aspirar la mayoría de los partidos.

La noticia de que el Gobierno pondrá en marcha un proceso de regularización de extranjeros que podría beneficiar a medio millón de personas ha causado el rechazo total del PP y de Vox. Lo de la extrema derecha era previsible. El racismo es el punto principal de su programa político. Sólo hay que ver su propaganda en Twitter, donde Sánchez aparece entregando pasaportes a jóvenes de aspecto magrebí cuando serán los latinoamericanos los que más se beneficien.

Lo del PP es menos entendible. Por la parte política, sí. El partido de Alberto Núñez Feijóo está aterrorizado ante el crecimiento de Vox en los sondeos en los últimos dos años y cree que debe endurecer su discurso contra la inmigración para impedir la huida de sus votantes. Pero no estaría de más exigirle un mínimo de coherencia. Esta regularización no es muy diferente a la que promovió el Gobierno de Aznar y después el de Zapatero. 

Inevitablemente, han recurrido a la alarma por el posible efecto llamada. Eso no fue lo que ocurrió tras la regularización de Zapatero. El número de llegadas de extranjeros se redujo en un contexto de crecimiento económico o al menos eso es lo que detectaron los estudios realizados sobre el tema. Feijóo se ha apresurado a anunciar que llevarán el tema a Europa. No se ha cansado de encajar derrotas en Bruselas. La Comisión Europea ya le ha recordado que el tema pertenece a las competencias de cada Estado. Sobre lo que dijo Santiago Abascal de que la medida perjudica “el correcto funcionamiento del espacio Schengen”, hay que saber que conseguir papeles y un permiso de trabajo en España no te da también ese permiso para trabajar en Alemania. 

El PP se sumó a otro bulo absurdo de la ultraderecha al acusar a Pedro Sánchez de intentar ganar votos entre los extranjeros. Tener la residencia legal no te da el derecho al voto en unas elecciones generales. Para eso, hay que tener la nacionalidad, y ese es un proceso que en la práctica dura muchos años, no sólo los dos años mínimos establecidos por ejemplo para los que llegaron de países latinoamericanos. Hubo que esperar al viernes para que reconocieran algo que en el fondo ya sabían. 

Para recibir los papeles, los inmigrantes tendrán que probar que no tienen antecedentes penales. A la búsqueda de algo que atraiga a los votantes de Vox, a Feijóo se le ha ocurrido reclamar que se incluyan también los llamados antecedentes policiales en otro intento de relacionar inmigración con delincuencia. Hay sentencias del Tribunal Supremo y del Tribunal Constitucional que impiden dar ese paso. Incluso aunque se cambiaran las leyes en el Parlamento, quedaría el hecho de que ser detenido por la Policía no acaba con la presunción de inocencia.

Tanto Feijóo como Díaz Ayuso establecieron diferencias entre inmigrantes con la intención de pedir que los de origen latinoamericano deberían tener un tratamiento especial al compartir con nosotros el idioma y algunos supuestos valores comunes. “Los hispanos”, dijo Ayuso en 2024, “no son inmigrantes”, porque en España “están en su casa”. Según una estimación de la fundación Funcas, el 91% de los inmigrantes en situación irregular es de origen latinoamericano, por lo que serán los más beneficiados por la nueva medida. De repente, al PP, que buscaba atraerse el apoyo de ese colectivo, se le ha apagado el entusiasmo. Ahora, Feijóo afirma que la regularización traerá “problemas de convivencia”. Resulta que los latinos que antes estaban “en su casa” ahora nos traerán problemas.

Soy consciente de que a mucha gente le molesta que se haga énfasis en motivos económicos para explicar las ventajas de regularizar a los sin papeles. Dependiendo de cómo se explique, puede parecer que sólo se les considera herramientas con las que conseguir beneficios económicos. Hacen los trabajos que nosotros no queremos, así que vamos a explotarlos. Aquí hay que recordar una frase de Ayuso en la Asamblea de Madrid dirigida a Vox por la que recibió críticas: “Alguien tendrá que limpiar en sus casas, alguien tendrá que recoger sus cosechas y alguien, señoritos de Vox, tendrá que poner los ladrillos de las casas”.

Explicado así sonaba un poco clasista al limitar todo a una cuestión de conseguir mano de obra, preferiblemente barata, para ciertos trabajos que nos hagan la vida más fácil, empezando por lo de limpiar nuestras casas. Los inmigrantes no vienen a España a quedarse con los empleos duros, sino a construir un futuro para ellos y sus hijos y con ello contribuyen a la prosperidad del país. Muchos lo pueden hacer con la formación universitaria que recibieron en sus países o con nuevas habilidades que obtienen en una economía más desarrollada. Otros tienen que conformarse con empleos más exigentes y peor remunerados. Como les pasa a los españoles que han nacido aquí.

Tampoco se puede obviar la cuestión demográfica. Desde los años 80, se viene hablando del descenso de nacimientos en España, un riesgo a largo plazo para toda la sociedad. Los países que pierden población de forma persistente durante décadas no suelen ser los más prósperos. La llegada de millones de extranjeros ha contribuido a atenuar el problema, cosa que no han hecho los gobiernos españoles con ayudas económicas tan escasas como irrelevantes para aumentar la natalidad.

Hay cosas que no se solucionan con más dinero. No hay Gobierno en Europa que haya concedido tantas ayudas económicas a la natalidad como el de Hungría. El índice de fertilidad mejoró algo años atrás, pero después se impuso la misma realidad que en el resto del continente. En 2025, nacieron 72.000 niños, un 7% menos que el año anterior. Los fallecimientos fueron 124.200. La tasa de fertilidad cayó a 1,31 hijos por mujer en edad de tenerlos (era de 1,39 un año antes), la cifra más baja en catorce años. La cifra de España es 1,1. 

El incremento de la población en los últimos años no hubiera sido posible sin la llegada de inmigrantes y ese aumento es uno de los factores más relevantes del crecimiento económico del que se ha disfrutado desde entonces. Eso incluye los buenos datos de empleo conseguidos en 2025 y el hecho de que varias comunidades autónomas habrían perdido población si no hubieran tenido la aportación que da la inmigración.

Ahora que el PP y Vox compiten para ver quién es el más xenófobo, sería divertido recordarles la decisión que tomó Giorgia Meloni el año pasado. El Gobierno italiano anunció en junio que concederá 500.000 visados de trabajo a personas de fuera de la UE entre 2026 y 2028. Es una cifra similar a la que adoptaron para el periodo 2023-2025. Como siempre en estos casos, establecer programas de migración legal no siempre afecta al número de personas que llegan por los aeropuertos y que deciden quedarse después de forma irregular. 

La Meloni idolatrada por Vox y a la que Feijóo ha elogiado sabe que su país necesita a esos trabajadores extranjeros. La única duda es cómo poner en práctica esos mecanismos para que sean efectivos. 

No hay que ser un genio para hacer las cuentas. En 2024, en Italia los fallecimientos superaron en 281.000 a los nacimientos y la población se redujo en 37.000 personas. Esa es una tendencia que todos los discursos reaccionarios y ultranacionalistas en España no pueden ocultar. Regularizar a los migrantes es una cuestión de defender la dignidad de las personas que han nacido en el extranjero para que puedan aportar a la sociedad y es también una decisión obligada por la realidad económica y demográfica de España."

Iñigo Sáenz de Ugarte, eldiario.es, 01/02/26)

17.10.25

La excepción española frente a la demografía europea... contrasta en un contexto en el que nueve países de la UE han reducido su población en el último quinquenio... En los últimos cinco años, hemos sumado 1,7 millones de habitantes, mientras Polonia perdía 1,5 millones e Italia 700.000... los principales organismos identifican un círculo virtuoso entre incremento del PIB y llegada de nuevos ciudadanos... La capacidad para atraer e integrar talento extranjero se está convirtiendo en una de las principales fortalezas de la economía española, reconocida y envidiada por analistas internacionales... ¿Cómo afrontar el envejecimiento de la población, la despoblación de los espacios rurales o los enormes retos de la transformación digital y de la descarbonización de la economía contando con una población envejecida y sin capacidad de reemplazo? Si la economía española continúa creciendo como está previsto por encima del 2% al menos hasta 2028-2029, continuaremos recibiendo importantes entradas de población migrante, fundamentalmente de origen latinoamericano. La llegada de Trump a la Casa Blanca y su poderoso mensaje de rechazo hacia lo latino incrementarán aún más el atractivo de España como destino migratorio al otro lado del Atlántico... nuestro avance demográfico que superará en casi un 4% al de Alemania, duplicará el de Francia y contrastará con las importantes pérdidas de población de Italia y Polonia... La clave para poder continuar manteniendo el círculo virtuoso entre demografía y crecimiento económico reside en anticiparse y fortalecer las políticas públicas que aseguren una mejor integración de quienes están por llegar, más allá de los estériles debates públicos sobre la inmigración que en estos últimos meses estamos padeciendo. Gobierne quien gobierne en los próximos años tendrá que afrontar el reto de acoger y continuar gestionando la excepción demográfica española (Santiago Fernández Muñoz)

 "España constituye hoy una excepción entre los grandes Estados europeos por el intenso crecimiento de su población. En los últimos cinco años, hemos sumado 1,7 millones de habitantes, mientras Polonia perdía 1,5 millones e Italia 700.000. Alemania, un país de 83 millones de habitantes, apenas ha incrementado su población en 410.000 y Francia ha crecido en algo más de 1,1 millones. El crecimiento demográfico español se sitúa muy por encima de la media europea y contrasta con un contexto en el que nueve países de la UE han reducido su población en el último quinquenio.

Este crecimiento no se explica por la dinámica natural de la población, sino exclusivamente por la inmigración. El saldo vegetativo fue negativo en 2024 en casi 115.000 personas y mantiene ese signo desde que en 2015 el número de defunciones fue mayor que los nacimientos por primera vez. Desde 2017 hasta comienzos de 2025, la población extranjera se ha incrementado en casi dos millones de personas y de acuerdo con los últimos datos del mes de julio, han superado los siete millones de personas: el 14,3% del total nacional. A ellos se añade un promedio de 190.000 personas que se nacionalizan anualmente desde 2020, una cifra que ha alcanzado su máximo de la serie el pasado año con más de 250.000 nacionalizaciones tramitadas. Actualmente, 8,8 millones de ciudadanos que viven en España han nacido en el extranjero, es decir, el 18,2% del total de la población.

Para los principales organismos y expertos internacionales, la inmigración se ha convertido en una de las claves del crecimiento económico español e identifican un círculo virtuoso entre incremento del PIB y llegada de nuevos ciudadanos. El FMI atribuye parte del vigor de la recuperación pospandemia al aumento de la fuerza laboral procedente del exterior, que ha sostenido el empleo y el PIB en un contexto de envejecimiento acelerado. La OCDE refuerza esta visión al señalar que, ante la futura caída de la población activa por la baja natalidad, la inmigración es esencial para mantener el potencial de crecimiento. Del mismo modo, el Banco Central Europeo subraya que los trabajadores extranjeros han sido un motor directo de expansión económica, al aliviar la escasez de mano de obra y ampliar la oferta de trabajo.

La capacidad para atraer e integrar talento extranjero se está convirtiendo en una de las principales fortalezas de la economía española, reconocida y envidiada por analistas internacionales. Los mismos analistas observan con preocupación cómo en muchos de los países de Europa y en Estados Unidos se aplican políticas restrictivas a la inmigración, pese a que todos los elementos objetivos recomiendan lo contrario. España está definiendo una vía alternativa para afrontar el futuro dentro de un marco occidental de limitación de la inmigración.

¿Cómo afrontar el envejecimiento de la población, la despoblación de los espacios rurales o los enormes retos de la transformación digital y de la descarbonización de la economía contando con una población envejecida y sin capacidad de reemplazo?

El origen de la inmigración es otro de los factores que definen la excepción demográfica española. En su mayoría, y crecientemente, los inmigrantes que llegan proceden de América Latina y comparten, por tanto, lengua y una profunda afinidad cultural. En el último año, cerca del 70% del incremento de los residentes extranjeros tenía origen latinoamericano, especialmente de Colombia, Venezuela y Perú.

Ninguno de los factores estructurales que determinan la inmigración va a cambiar a corto y medio plazo. Los modelos gravitacionales, los mejores predictores de los flujos migratorios, indican que su intensidad depende fundamentalmente de las diferencias entre la situación económica de los países de origen y los de destino, así como de la existencia o no de redes de compatriotas y afinidades culturales y lingüísticas. Las políticas migratorias de los países de acogida pueden contribuir a reducir los flujos migratorios, pero para que su efecto sea significativo son necesarios cambios profundos. Hasta ahora, las propuestas del Partido Popular (PP) se han orientado a introducir criterios de selección para los inmigrantes, vinculados a su inserción en sectores con escasez de mano de obra o a la demostración de afinidad lingüística o cultural para obtener la residencia o la nacionalidad. No se han propuesto medidas como introducir visados de entrada u otro tipo de actuaciones con efectos reales en el flujo de entrada de inmigrantes, medidas que, por otra parte, supondrían un cambio importante en la relación con la mayor parte de los países latinoamericanos que no parece estar en la agenda.

El profundo desequilibrio en niveles de renta, seguridad y expectativas entre los grandes países latinoamericanos y España no es previsible que se reduzca en los próximos años y las redes de compatriotas no harán sino consolidarse. Por tanto, si la economía española continúa creciendo como está previsto por encima del 2% al menos hasta 2028-2029, continuaremos recibiendo importantes entradas de población migrante, fundamentalmente de origen latinoamericano. La llegada de Trump a la Casa Blanca y su poderoso mensaje de rechazo hacia lo latino incrementarán aún más el atractivo de España como destino migratorio al otro lado del Atlántico. 

De hecho, tanto el INE como Eurostat proyectan la singularidad demográfica como una tendencia estructural para la próxima década. El instituto español prevé que en 2030 la población española habrá aumentado en más de tres millones de personas, mientras que la Comisión es más prudente y reduce el crecimiento en torno a los 2,1 millones. Sin embargo, prevé un avance demográfico que superará en casi un 4% al de Alemania, duplicará el de Francia y contrastará con las importantes pérdidas de población de Italia y Polonia.

El tercer y no menor elemento diferencial de la realidad demográfica española era hasta hace poco nuestra mayor tolerancia y capacidad de acogida hacia la inmigración en comparación con otros países europeos. Así lo venían demostrando de forma reiterada los estudios de opinión, aunque el notable crecimiento de la percepción de la inmigración como problema, reflejado en los más recientes barómetros del CIS, pone en cuestión este rasgo distintivo.

La clave para poder continuar manteniendo el círculo virtuoso entre demografía y crecimiento económico reside en anticiparse y fortalecer las políticas públicas que aseguren una mejor integración de quienes están por llegar, más allá de los estériles debates públicos sobre la inmigración que en estos últimos meses estamos padeciendo. Gobierne quien gobierne en los próximos años tendrá que afrontar el reto de acoger y continuar gestionando la excepción demográfica española." 

(Santiago Fernández Muñoz , Agenda Pública, 16/10/25) 

15.9.25

España está a punto de alcanzar —por primera vez en su historia— los 50 millones de habitantes... no por tener más hijos, sino por incorporar a más personas nacidas fuera de nuestras fronteras... un flujo migratorio que se ha convertido en los últimos 25 años en una necesidad estructural para sostener nuestra economía, nuestro Estado del bienestar y nuestra cohesión social... detrás del número hay un reto: cómo convertir esta nueva realidad demográfica en una oportunidad de progreso, inclusión y sostenibilidad... diez millones de personas nacidas en el extranjero —de los que 2,6 millones han adquirido la nacionalidad española— residen hoy en España... cuando desaparezca la actual generación de los baby boomers, la mía, cerca del 40% de los residentes habrán nacido fuera del país. Afortunadamente. Si no fuese así, el invierno demográfico, compartido con otros países europeos, nos devolvería a ese país de menos de 35 millones de habitantes, insostenible... Necesitamos incorporar, formar y retener talento diverso, adaptarnos a nuevas realidades culturales y sociales, y aumentar la productividad para compensar el envejecimiento de la fuerza de trabajo... la demografía deja de ser una variable pasiva para convertirse en un factor activo que condiciona el modelo de país... La planificación demográfica debe ser una política de Estado. No basta con reaccionar ante los datos; hay que anticiparse a las tendencias. Hay que diseñar ciudades que respondan a las nuevas formas de vida, sistemas educativos que preparen para una sociedad más diversa, modelos de atención que respondan al envejecimiento, y políticas migratorias que no solo regulen, sino que integren. Gobernar la demografía es gobernar el país. Alcanzar los 50 millones de habitantes no es un punto de llegada, sino un punto de partida. Es el umbral de una nueva etapa en la historia demográfica de España, marcada por la diversidad, la longevidad, la movilidad y la transformación de los vínculos sociales (Daniel Manzano)

 "Cincuenta millones. Un número redondo, simbólico, aparentemente triunfal. España está a punto de alcanzar —por primera vez en su historia— los 50 millones de habitantes. Pero este hito demográfico, antes que ser una señal de vigor poblacional es el reflejo de una transformación profunda, compleja y estructural. Estamos creciendo, también económicamente, más que los países de nuestro entorno en estos últimos años; pero, sobre todo, nos estamos transformando a mayor velocidad. 

La cifra encierra una aparente paradoja: llegamos a los 50 millones no por tener más hijos, sino por incorporar a más personas nacidas fuera de nuestras fronteras. Es el resultado de flujos migratorios que, más allá de una tendencia, se han convertido en los últimos 25 años en una necesidad estructural para sostener nuestra economía, nuestro Estado del bienestar y nuestra cohesión social. En un país con una de las tasas de fecundidad más bajas del mundo, y al tiempo con una de las poblaciones más longeva y cada vez más envejecida, tal crecimiento, siendo síntoma de vitalidad económica, plantea sobre todo un mundo diferente al del crecimiento orgánico tradicional de la población española de décadas anteriores.

Este nuevo país que emerge —más diverso, más urbano, más fragmentado en hogares pequeños— exige una mirada distinta. Porque detrás del número hay un reto: cómo convertir esta nueva realidad demográfica en una oportunidad de progreso, inclusión y sostenibilidad. Y cómo evitar, como señalaba en otro artículo en estas mismas páginas hace un año, que la demografía nos siga atropellando.

La natalidad en España continúa en niveles históricamente bajos. La tasa de fecundidad apenas supera 1,1 de hijos por mujer, muy lejos del umbral de reemplazo generacional. De hecho, nuestro crecimiento vegetativo es negativo desde hace ya casi una década, y la única razón por la que la población total aumenta y no disminuye es la inmigración. Cerca de diez millones de personas nacidas en el extranjero —de los que 2,6 millones han adquirido la nacionalidad española— residen hoy en España. Más del 80% han venido a nuestro país en los últimos 25 años, y su peso relativo no deja de crecer. Tanto que, según las últimas proyecciones del INE, cuando desaparezca la actual generación de los baby boomers, la mía, cerca del 40% de los residentes habrán nacido fuera del país. Afortunadamente. Si no fuese así, el invierno demográfico —compartido con otros países europeos, y no sólo— nos devolvería a ese país de menos de 35 millones de habitantes —insostenible en ese futuro por la estructura de edades— que vio nacer a dicha generación hace más de medio siglo. Este dato, por sí solo, revela la magnitud del cambio que estamos viviendo.

Efectivamente, no se trata solo de cuántos somos, sino de cómo somos. La estructura por edades se está “desequilibrando” rápidamente. La proporción de personas mayores aumenta, mientras que la base joven se estrecha. La ratio de dependencia —el número de personas inactivas por cada persona activa— se aproxima a niveles que ponen en tensión el sistema de pensiones, la sanidad y los cuidados. En este contexto, el mercado laboral se convierte en un espacio clave de integración y sostenibilidad. Necesitamos incorporar, formar y retener talento diverso, adaptarnos a nuevas realidades culturales y sociales, y aumentar la productividad para compensar el envejecimiento de la fuerza de trabajo. También para aumentar una renta per cápita que no acaba de despegar en este nuevo marco.

Los hogares también están cambiando. Como decía, cada vez son más pequeños, más urbanos, más solitarios. Más de la mitad de los hogares españoles están formados por una o dos personas, y en apenas una década serán dos de cada tres. Y al mismo tiempo, se intensifica la concentración territorial en grandes polos urbanos, mientras muchas zonas rurales y periféricas sufren una regresión poblacional que amenaza, si no condena, su viabilidad. Este fenómeno tiene implicaciones profundas en el modelo de vivienda, en la planificación urbana, en la prestación de servicios públicos. La demanda de vivienda accesible, bien localizada y adaptada a nuevas formas de convivencia se convierte en una prioridad estructural.

La diversidad cultural, lingüística y generacional que acompaña este crecimiento poblacional plantea nuevos desafíos de cohesión social. La integración no puede ser solo una cuestión administrativa; debe ser una política activa, transversal, que abarque la educación, el empleo, la sanidad, la participación ciudadana. La convivencia en una sociedad más plural exige diálogo, reconocimiento mutuo y políticas que fomenten el sentido de pertenencia. Porque el riesgo no está en ser diversos, sino en no saber gestionar esa diversidad.

En este contexto, la demografía deja de ser una variable pasiva para convertirse en un factor activo que condiciona el modelo de país. Alcanzar los 50 millones debe ser una oportunidad para repensar nuestras políticas públicas, nuestras prioridades estratégicas, nuestra visión de futuro. No podemos permitirnos que este crecimiento sea desordenado, desigual o insostenible. Necesitamos una estrategia demográfica que no solo gestione el presente, sino que diseñe el futuro y permita restañar la brecha de productividad frente a los países de nuestro entorno, nuestro histórico talón de Aquiles. Una estrategia que articule vivienda, educación, sanidad, integración y sostenibilidad territorial.

La planificación demográfica debe ser una política de Estado. No basta con reaccionar ante los datos; hay que anticiparse a las tendencias. Hay que diseñar ciudades que respondan a las nuevas formas de vida, sistemas educativos que preparen para una sociedad más diversa, modelos de atención que respondan al envejecimiento, y políticas migratorias que no solo regulen, sino que integren. Gobernar la demografía es gobernar el país.

Alcanzar los 50 millones de habitantes no es un punto de llegada, sino un punto de partida. Es el umbral de una nueva etapa en la historia demográfica de España, marcada por la diversidad, la longevidad, la movilidad y la transformación de los vínculos sociales. Pero también por la urgencia de adaptar nuestras estructuras, nuestras políticas y nuestras mentalidades a una realidad que ya está aquí.

La demografía, además de números, es una cuestión de equilibrios, de cohesión, de sostenibilidad. Realmente es el telón de fondo sobre el que se proyectan los grandes desafíos del país: el modelo productivo, el sistema de pensiones, la vivienda, la educación, la sanidad, la integración. Y es el espejo en el que se reflejan nuestras decisiones colectivas, nuestras prioridades, pero también nuestras omisiones.

Si no gobernamos la demografía, será la demografía quien nos gobierne. Y lo hará con la misma o más velocidad con la que ha cambiado en los últimos años. Por eso, alcanzar los 50 millones debe ser una llamada a la acción: para planificar, para integrar, para innovar. Y para ser un país más consciente de su diversidad." 

(Daniel Manzano , El País, 14/09/25)

18.2.25

Los españoles en edad de trabajar caen en casi un millón en seis años... La llegada de dos millones de extranjeros evita el impacto en la economía del envejecimiento de la población... El invierno demográfico ya está aquí, y está redibujando con una fuerza demoledora el funcionamiento de la economía... Al 'baby boom' le ha seguido un 'baby collapse', que, en gran medida explicaría, por un lado, el extraordinario avance de la población inmigrante en el mercado laboral y, por otro, los problemas de vacantes que señalan los empresarios... el fenómeno hace imprescindible la entrada de foráneos para paliar el declive demográfico. De hecho, los inmigrantes ya están aguantando el mercado laboral... En euros, la inmigración aportaría al PIB más de 60.000 millones... Esto explica parte del crecimiento diferencial de la economía española respecto a la atonía de la zona euro... España está tirando más a fuerza de traer gente de fuera que trabaje... la ventaja de atraer población: genera más recaudación que permite pagar las pensiones y la deuda, hace que las empresas ingresen más y capten una mayor inversión, y facilita los ajustes porque cuando el mercado de una empresa crece mucho basta con congelar gastos y salarios para recuperar la competitividad (Antonio Maqueda, El País)

 "El invierno demográfico ya está aquí. Llama a la puerta con aldabonazos inapelables: según el censo continuo del Instituto Nacional de Estadística (INE), desde enero de 2019 se han perdido unas 930.000 personas nacidas en España en edad de trabajar, entendido como el grupo con edades entre 20 y 64 años. No obstante, esa pérdida de capital humano se ha visto más que compensada en números por la llegada de foráneos: en esas mismas edades el colectivo de los nacidos en el extranjero creció durante el mismo periodo en unos 2,1 millones. Sin ellos no se podría haber mantenido el dinamismo del mercado laboral y la actividad económica se habría resentido.

 El envejecimiento de la población española avanza lento pero inexorable, como un gran transatlántico. Y está redibujando con una fuerza demoledora el funcionamiento de la economía. Ya nada será igual: en 2024, según la Encuesta de Población Activa (EPA), de los 468.000 puestos de trabajo que se crearon, solo 59.000 fueron ocupados por nacionales. El 88% del empleo generado el año pasado se debió a trabajadores extranjeros o de doble nacionalidad. Y bajo esta realidad subyace otra que explica este auge del empleo inmigrante: en 2024, con datos de la EPA, se perdieron 335.000 personas de nacionalidad exclusivamente española en la franja de población entre 25 y 54 años, supuestamente la edad óptima para la actividad laboral, mientras que aumentaba en 258.000 la que tiene más de 55 años.

 Conforme envejece la generación del baby boom español, aquella que nació entre finales de los cincuenta y finales de los setenta, el grueso de la población se desplaza hacia edades más cercanas a la jubilación y con menores tasas de actividad. La tradicional pirámide demográfica se está transformando de forma irremediable en una hucha con la parte ancha cada vez más arriba. Si nos remontamos a finales de 2019, según la EPA se han perdido 1,2 millones de población nacional en las cohortes entre 25 y 54 años. Al mismo tiempo, el segmento de 55 años en adelante sube en 1,17 millones.

Estos números muestran el acusado proceso de envejecimiento. Se trata de movimientos tectónicos que empezaron hace décadas y que son el resultado de las caídas que hubo en las tasas de natalidad hace 20 o 30 años respecto a las que había hace 50 o 60. Al baby boom le ha seguido un baby collapse. Y en gran medida explicaría, por un lado, el extraordinario avance de la población inmigrante en el mercado laboral y, por otro, los problemas de vacantes que señalan los empresarios.

 Consecuencias del envejecimiento

El envejecimiento ya está sucediendo y sus efectos son inevitables. Provoca más bajas laborales, más colas en la sanidad, menos movilidad laboral y una menor productividad, ya que cuanto más trabajadores mayores hay, menos se innova y menos tecnología se usa. Afecta a los tipos de trabajo que se pueden desarrollar y precisa formación para poder alargar las vidas laborales. Genera un consumo más reducido porque ya han adquirido muchos bienes duraderos, disminuyendo la demanda de productos que requieren más inversión como los coches. En la medida en que se acercan a la jubilación, engordan su ahorro. Impacta en la fiscalidad porque al consumir menos se ingresa menos por el IVA —en cambio, reúnen más patrimonio—. Y, sobre todo, plantea retos de primer orden para financiar las pensiones.

En cualquier caso, el fenómeno hace imprescindible la entrada de foráneos para paliar el declive demográfico. De hecho, los inmigrantes ya están aguantando el mercado laboral: de los 1,9 millones de empleos creados desde finales de 2019, 540.000 son nacionales, 850.000 extranjeros y 500.000 tienen doble nacionalidad —solo Ecuador, Colombia, Venezuela, Argentina y Uruguay copan el 75% de los de doble nacionalidad—. Es decir, los trabajadores de origen foráneo representan el 70% de la ocupación generada en el último lustro.

 Una aportación superior a los 60.000 millones

Valgan unos cálculos aproximados: si se toma el PIB, entre 2022 y 2024 la ocupación ha supuesto 8,8 puntos del crecimiento. Dado que alcanzan un 70% del empleo creado y que sus salarios son casi un 30% menores, esto significa que pueden haber supuesto más de 4 puntos del avance registrado en la economía durante el último trienio. En euros su aportación al PIB superaría los 60.000 millones.

Esto explica parte del crecimiento diferencial de la economía española respecto a la atonía de la zona euro. Una economía puede crecer básicamente por dos motivos: o pone a más gente a trabajar o hace más con lo que ya tiene, es decir, mejora su productividad. En este caso, España está tirando más a fuerza de traer gente de fuera que trabaje. Esto tiene efectos sobre el crecimiento per cápita, que en realidad no está avanzando tanto como lo hace el conjunto de la economía y, en parte, explica esa sensación de que tras la crisis inflacionaria todavía queda por recuperar algo de poder adquisitivo en algunos grupos.

Sin embargo, una economía que crece a golpe de incorporar efectivos tiene numerosas ventajas: comparen dos tribus que deben 50 sacos de grano cada una. Las dos cuentan con 50 miembros. Pero en la primera pasa el tiempo y duplican el grupo hasta las 100 personas. En cambio, en la segunda su población se estanca. Aunque ambos clanes siguen debiendo lo mismo, ahora el esfuerzo del primer colectivo para pagar su deuda se ha reducido a la mitad. Toca a medio saco por cabeza. Su capacidad para generar riqueza es mayor simplemente a fuerza de sumar efectivos. En el segundo tendrán que sufrir más para devolverla

 Es la ventaja de atraer población: genera más recaudación que permite pagar las pensiones y la deuda, hace que las empresas ingresen más y capten una mayor inversión, y facilita los ajustes porque cuando el mercado de una empresa crece mucho basta con congelar gastos y salarios para recuperar la competitividad. En cambio, con unos crecimientos bajos el margen es menor y obliga a recortar, lo cual es siempre más traumático y tiene graves consecuencias sobre la desigualdad al perderse empleo en lugar de salario. En definitiva, los tamaños importan.

 Las personas de origen extranjero han pasado de ser el 14,6% de la población al 20,9% en ocho años. Aunque hay países que todavía tienen una proporción algo mayor, desde 2016 solo Noruega entre los europeos ha elevado más su porcentaje de inmigrantes respecto al total de la población. Pero es en las regiones motores de la economía española donde la tendencia se agudiza. Sobre todo si se pone el foco en los menores de 44 años: en Madrid los no nacidos en España suponen el 42% de la población entre 25 y 34 años. Y el 37% entre los 35 y 44 años. En Cataluña las cifras son incluso mayores: llegan al 44% y al 40% de esos grupos, respectivamente.

 A pesar de la llegada de inmigrantes, el paro ha caído en casi 600.000 individuos frente a 2019. Y toda la reducción del desempleo son nacionales, dice Miguel Ángel García, investigador de Fedea y profesor de la Universidad Rey Juan Carlos. El grueso del empleo inmigrante va a trabajos que los españoles no demandan o lo hacen en menor medida. Por lo general, según la radiografía que hizo el Banco de España en un informe de hace unos meses, proceden de Latinoamérica, tienen una edad media de 32 años y menos formación que los nacionales, aunque sus cualificaciones hayan mejorado en los últimos años, y se emplean en sectores y trabajos menos cualificados, como en la hostelería, agricultura, servicios del hogar y cuidado de personas, construcción y transporte. “Su tasa de actividad es una de las más altas de la UE y, a diferencia de lo que ocurre en otros países, es superior a la de los nacionales”, dice el supervisor. En el último año, solo la hostelería y la logística han abarcado casi la mitad del empleo creado en las cifras de afiliación. La reciente bonanza del turismo y las actividades de transporte no se habría sostenido sin ellos: se habría producido una escasez de trabajadores en esos sectores y se habría notado tanto en el PIB como en precios más altos.

 Dicho esto, la naturaleza de los sectores en los que trabajan implica que no se mejora mucho la productividad, si bien es cierto que también liberan a trabajadores españoles más productivos que de no contar con ellos estarían cuidando de los hijos o los dependientes. Al elevarse el empleo en estos sectores menos intensivos en capital físico y tecnológico, hay proporcionalmente una menor inversión privada. Y también consumen menos por su menor renta: pese a que los exclusivamente extranjeros son el 40% del empleo generado, el aumento de la población foránea solo ha supuesto un 25% del incremento del consumo, según cálculos de Funcas.

La duda sobre este patrón de crecimiento es qué pasará si en algún momento hay un parón de la economía. En principio, parece una ventaja estructural el poder atraer tanta mano de obra que comparte lazos culturales e idioma. Pero también cabe el riesgo de que dejen de venir o se marchen, como sucedió en la pasada crisis financiera —que tuvo una dureza y duración inusitadas—, y entonces podrían acabar siendo procíclicos, agudizando la recesión. Aun así, la visión de los analistas en general es positiva: “En un shock negativo podrían brindar una mayor flexibilidad porque en lugar de producirse los ajustes mediante un mayor desempleo se podrían resolver con los movimientos de la población”, explica Manuel Hidalgo, profesor de la Universidad Pablo de Olavide y miembro de EsadeEcPol.

Otra cuestión es si conllevan un chute fiscal a corto plazo pero acaban generando a largo un coste fiscal porque tributan unas cantidades inferiores al ganar menos. Esa visión no tiene en cuenta los fortísimos impactos macro y el deterioro económico y fiscal que habría en el contrafactual, subraya Hidalgo. Algunos estudios sobre Dinamarca y Holanda sugieren que la diferencia entre lo que aportan y reciben fiscalmente los inmigrantes es un coste para Hacienda. Si bien en su mayoría son datos de países donde los extranjeros pueden acceder a ayudas con mayor facilidad, hay más refugiados políticos y tienen barreras por el idioma. A España vienen por motivos económicos, hablan el idioma y presentan una mayor tasa de actividad y empleo que los españoles. Además, el sistema de ayudas está diseñado para que los inmigrantes tarden en poder acceder a ellas, pues primero hay que cotizar y residir un tiempo. Y, en todo caso, la segunda generación de latinoamericanos suele estar mucho más integrada respecto a lo que sucede en otros países.

 España está recibiendo una inmigración que se integra con mayor facilidad, en unos números muy elevados sin que se hayan visto por ahora los problemas experimentados en otros países. Pero los expertos consultados también destacan los importantes retos que plantea, como atender las necesidades de vivienda, evitar guetos, mejorar la educación y la formación para dar oportunidades a las segundas generaciones y adecuar la formación de los que vienen a las necesidades del mercado laboral. De cómo se resuelvan dependerá la aceptación política de este modelo de crecimiento forzado por el envejecimiento."

(Antonio Maqueda , El País, 17/02/25, gráficos en el original)