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4.9.25

El tratamiento obligatorio para la adicción a las drogas puede salvar vidas... Que el gobierno puede dar asistencia a personas con enfermedades mentales graves, aunque se nieguen, es un hecho bien establecido... la alternativa al tratamiento obligatorio en lugares como la ciudad de Nueva York no suele ser el tratamiento voluntario, sino ningún tratamiento: la vida en la calle con la oferta de drogas ilícitas más letal de la historia de Estados Unidos... La adicción reduce la capacidad de las personas para ejercer el autocontrol, sopesar con precisión las consecuencias a largo plazo frente a las de corto plazo y tomar decisiones que les beneficien. Los críticos del tratamiento obligatorio que afirman que la intervención socava la autonomía del individuo olvidan que la propia adicción mina esa autonomía... el tratamiento obligatorio que devuelve a alguien su buen juicio es una restauración de su autonomía, no una violación de la misma... La aplicación reflexiva y cuidadosa de un programa de tratamiento obligatorio puede parecer mucho pedir a una burocracia ya desbordada. Pero la realidad, degradante y peligrosa, de las calles hace inaceptable el statu quo. Si Nueva York puede diseñar una iniciativa de tratamiento obligatorio con recursos y bien diseñada, las personas con adicciones, sus seres queridos y la comunidad en general se beneficiarán enormemente (Keith Humphreys, Un. Stanford)

 "La reciente propuesta de Eric Adams, el alcalde de Nueva York, de obligar a los neoyorquinos con adicciones a someterse a un tratamiento si son un riesgo para sí mismos o para los demás es “terrible”, dijo una activista. Otra persona dijo que el plan le “produce escalofríos”.

Pero el tratamiento obligatorio, si se aplica correctamente, puede ayudar tanto a las personas con adicciones como a las comunidades en las que viven.

Que el gobierno puede dar asistencia a personas con enfermedades mentales graves, aunque se nieguen, es un hecho bien establecido. Las normas que se exigen para ello —usualmente, demostrar que el individuo está gravemente incapacitado o supone una amenaza para la comunidad— pueden variar, pero el principio subyacente es el mismo.

Este tipo de internamiento civil existe desde hace un siglo en Estados Unidos, y los 50 estados tienen leyes que regulan esta práctica. Pero Nueva York se está entre la minoría que no considera la adicción por sí sola un fundamento jurídico suficiente para ordenar la atención.

Debería hacerlo. Porque la alternativa al tratamiento obligatorio en lugares como la ciudad de Nueva York no suele ser el tratamiento voluntario, sino ningún tratamiento: la vida en la calle con la oferta de drogas ilícitas más letal de la historia de Estados Unidos.

Además, uno de los estudios más amplios y a más largo plazo sobre este tema realizó un seguimiento de 2095 pacientes con adicción y descubrió que, un año después del tratamiento, aquellos cuya atención era obligatoria tenían algo más de probabilidades de evitar el consumo de drogas que los que habían iniciado el tratamiento voluntariamente. Además, en comparación con sus homólogos que habían buscado voluntariamente tratamiento en el sistema judicial, los pacientes cuya atención era obligatoria tenían menos probabilidades de volver a ser detenidos. Otros estudios hallaron que los pacientes con atención obligatoria obtienen resultados algo peores o iguales que los pacientes voluntarios. Una nueva revisión de 22 estudios encontró “falta de evidencia de alta calidad” a favor o en contra del tratamiento involuntario de la adicción.

Pero ninguno de esos estudios comparó los resultados del tratamiento involuntario con los resultados de no recibir tratamiento, la comparación más pertinente.

Que los pacientes puedan beneficiarse del tratamiento obligatorio de la adicción solo es sorprendente si se supone que la persona típica que busca tratamiento es alguien que de manera espontánea y con una fuerte motivación interna se despierta un día y decide cambiar de vida. En realidad, esos pacientes son poco frecuentes.

En una muestra nacional de 476 personas que habían buscado tratamiento por un problema con el alcohol, más de nueve de cada 10 declararon haber sido presionadas para dejar de beber o cambiar su forma de beber por su familia, cónyuge o pareja, amigos u otras personas. Así pues, las personas sometidas a presiones legales para buscar asistencia pueden encontrarse en una situación similar a la de otras personas en el mismo programa de tratamiento.

¿Por qué la gente necesita tan a menudo que la presionen para buscar tratamiento cuando las sustancias adictivas están destruyendo su vida? Sencillamente, el consumo de drogas se siente bien, al menos a corto plazo, lo que hace que muchas personas se muestren ambivalentes a la hora de dejarlo. Y el tratamiento requiere un trabajo arduo a corto plazo para superar la atracción visceral de la adicción, antes de aportar alivio a largo plazo.

De hecho, seguir dando prioridad al consumo de sustancias frente al daño es la condición sine qua non de la adicción. La adicción reduce la capacidad de las personas para ejercer el autocontrol, sopesar con precisión las consecuencias a largo plazo frente a las de corto plazo y tomar decisiones que les beneficien. Los críticos del tratamiento obligatorio que afirman que la intervención socava la autonomía del individuo olvidan que la propia adicción mina esa autonomía. De hecho, el tratamiento obligatorio que devuelve a alguien su buen juicio es una restauración de su autonomía, no una violación de la misma.

La otra razón principal para imponer el tratamiento es que las personas con adicción no son las únicas afectadas por su comportamiento. Muchas de las cargas de la adicción recaen sobre otros: seres queridos que esperan despiertos por la noche junto al teléfono con miedo de que suene y miedo de que no suene, personas expuestas a la agresividad que provocan algunas drogas (sobre todo el alcohol y los estimulantes como la metanfetamina), o las comunidades y las empresas invadidas por el consumo público de drogas. Quienes soportan estas cargas tienen todo el derecho a presionar al individuo adicto para que cambie, incluso recurriendo al sistema de justicia penal cuando sea necesario.

Durante décadas, los funcionarios de salud pública se preocuparon por el impacto de la adicción en los hijos, compañeros de trabajo, vecinos y comunidades de los consumidores, así como en los propios consumidores. Una de las razones por las que el campo de la salud pública apoyaba las campañas publicitarias contra el tabaco y las leyes que restringían su consumo, incluso cuando los fumadores se oponían, era porque reducían el daño del humo de segunda mano y ayudaban a persuadir a los no fumadores para que no empezaran a fumar.

Pero muchos activistas de la política de drogas han adoptado en los últimos años una postura parecida a la que se asocia a los activistas del derecho a poseer armas de fuego o a quienes se resisten a las vacunas, concretamente que los deseos individuales de consumir drogas deberían pesar más que las consecuencias para la comunidad.

En San Francisco, los activistas de la reducción de daños y los funcionarios de salud pública colaboraron para colocar carteles publicitarios en los que se presentaba a los consumidores de opiáceos como personas jóvenes, atractivas y con éxito, con la teoría de que esto sería desestigmatizador y los animaría a “hacerlo con amigos” que podrían rescatarlos si sufrían una sobredosis. Esto fue una bofetada a los padres que no querían que sus hijos fueran persuadidos de que el consumo de fentanilo era una actividad deseable, así como a las muchas personas que estaban teniendo interacciones difíciles con consumidores callejeros de fentanilo que no eran de la variedad amistosa, sana e inofensiva retratada en los carteles.

Como dijo recientemente el jefe de policía convertido en investigador de salud pública Brandon Del Pozo: “Si ha habido un punto ciego entre los reformadores de la política de drogas, los activistas de la reducción de daños y sus aliados en los pasillos del gobierno, es la necesidad de abordar compasiva —pero eficazmente— las consecuencias altamente perturbadoras del consumo público de drogas y de prestar atención a lo resentida que se vuelve una comunidad cuando se deja que los problemas se enconen”.

Si los defensores no consideran el valor del tratamiento obligatorio para la comunidad por sus méritos, podrían hacerlo como un ejercicio de realpolitik. La ola de despenalización y reducción de daños que barrió el noroeste del Pacífico a partir de 2020 pasó de ser popular a impopular no solo porque no consiguió reducir las sobredosis, sino también porque aumentaron los delitos violentos y contra la propiedad, incluso cuando disminuyeron a nivel nacional. Ignorar cómo el consumo de drogas y los trastornos asociados pueden perjudicar a quien no las consume es una buena forma de socavar el apoyo popular a todo tu programa de reformas.

Dicho esto, los programas de tratamiento obligatorio solo pueden funcionar si cuentan con los recursos adecuados y se aplican cuidadosamente. En décadas de trabajo con legisladores, he oído muchas propuestas entusiastas para obligar a legiones de personas a participar en programas que ni siquiera satisfacían la demanda actual. Y las iniciativas obligatorias no solo dependen de una cantidad adecuada de tratamiento, sino también de la calidad correcta. Los programas de tratamiento deben guiarse por las mejores evidencias, además de ser limpios, seguros y respetuosos. Los jueces, tanto si evalúan las solicitudes de internamiento involuntario de los profesionales de la salud como si supervisan ellos mismos a pacientes adictos en un tribunal de drogas, deben conocer bien la mejor evidencia científica sobre la naturaleza de la adicción y su tratamiento.

La aplicación reflexiva y cuidadosa de un programa de tratamiento obligatorio puede parecer mucho pedir a una burocracia ya desbordada. Pero la realidad, degradante y peligrosa, de las calles hace inaceptable el statu quo. Si Nueva York puede diseñar una iniciativa de tratamiento obligatorio con recursos y bien diseñada, las personas con adicciones, sus seres queridos y la comunidad en general se beneficiarán enormemente." 

(profesor de psiquiatría en la Universidad de Stanford , The  New York Times, 02/09/25)

17.5.25

¿Quieres cannabis más seguro? ¡Retíralo de las calles y ponlo en el mostrador! A diferencia del alcohol y muchas otras sustancias psicoactivas, la marihuana es incapaz de provocar una sobredosis letal. Sin embargo, siguen proliferando los relatos sensacionalistas de sobredosis por productos de marihuana supuestamente adulterados... Eso no quiere decir que algunos productos de cannabis no regulados no tengan sus propios problemas de control de calidad... Además, estos productos no regulados contienen a menudo porcentajes muy superiores o inferiores de los ingredientes activos identificados en sus etiquetas. Como resultado, los consumidores pueden estar recibiendo mucho más -o en otros casos, mucho menos- de lo que esperaban... La solución a estos problemas de control de calidad es eliminar la exposición de los consumidores a productos potencialmente adulterados o mal etiquetados legalizando y regulando la fabricación y venta de cannabis... Según una encuesta de 2023, el 52% de los consumidores que residen en estados legales afirmaron que adquirían sus productos de cannabis principalmente en establecimientos físicos. Por el contrario, sólo el 6 por ciento de los encuestados dijeron que compraban principalmente cannabis a un «distribuidor». En Canadá, que legalizó la venta de cannabis en todo el país hace cinco años, alrededor del 70% de los consumidores afirman adquirir productos de marihuana exclusivamente en el mercado legal... al retirar los productos de cannabis de las esquinas y colocarlos detrás del mostrador, los legisladores están proporcionando a los consumidores de cannabis experiencias más seguras y reduciendo en gran medida el riesgo de verse expuestos inadvertidamente a productos contaminados (Paul Armentano)

 "A diferencia del alcohol y muchas otras sustancias psicoactivas, la marihuana es incapaz de provocar una sobredosis letal. Sin embargo, siguen proliferando los relatos sensacionalistas de sobredosis por productos de marihuana supuestamente adulterados.

Una y otra vez se desmienten estas afirmaciones. Pero muy poca gente se entera de las inevitables retractaciones.

Un ejemplo de ello: La policía de Warwick, Rhode Island, se retractó recientemente de sus afirmaciones de que la exposición a «cannabis con fentanilo» fue la causa de la trágica muerte por sobredosis de una mujer de la localidad. Aunque el fentanilo callejero puede sin duda ser mortal, la sustancia rara vez o nunca está presente en el cannabis.

Sin embargo, siguen abundando los titulares alarmistas y los testimonios policiales dudosos que afirman lo contrario.

Por ejemplo, la policía de Brattleboro, Vermont, generó titulares en 2021 cuando detuvo a varias personas acusadas de distribuir cannabis contaminado con fentanilo. Días después, sin embargo, las pruebas de laboratorio confirmaron que no había fentanilo en ninguna de las muestras de marihuana incautadas por las fuerzas del orden.

En Connecticut se produjo un caso similar, muy publicitado, en el que las autoridades alegaron que la marihuana mezclada con fentanilo era responsable de más de tres docenas de casos de sobredosis. Los análisis forenses determinaron posteriormente que sólo en uno de esos casos se había ingerido fentanilo. (Ese caso, según las autoridades sanitarias, fue probablemente el resultado de una contaminación accidental).

Estas declaraciones sensacionalistas, seguidas de refutaciones mucho menos publicitadas, no son nada nuevo.

 Según un informe de 2023 publicado por la Oficina de Gestión del Cannabis del Estado de Nueva York: «La desinformación relacionada con el peligro de sobredosis accidental debido al cannabis “contaminado” con fentanilo sigue estando muy extendida». Estas afirmaciones «siguen siendo falsas, a fecha de esta publicación».

De hecho, un estudio reciente de la Facultad de Medicina de Harvard reveló que los laboratorios forenses casi nunca encuentran fentanilo en las incautaciones de cannabis ilícito. «Nuestros resultados no muestran pruebas de que el fentanilo esté muy extendido junto con el cannabis», concluyeron los autores del estudio.

Eso no quiere decir que algunos productos de cannabis no regulados no tengan sus propios problemas de control de calidad.

Por ejemplo, un reciente análisis científico de flores de cannabis no reguladas incautadas por la policía determinó que el 16% de las muestras «tenían niveles detectables de micotoxinas y metabolitos fúngicos».

Se ha descubierto que algunos productos cannabinoides derivados del cáñamo, que suelen venderse en gasolineras y «fumaderos» y no suelen estar sujetos a ninguna normativa estatal o federal, contienen agentes de corte sin etiquetar y metales pesados potencialmente peligrosos, como magnesio, cromo, níquel y mercurio.

También se ha descubierto que algunos productos de CBD disponibles en el mercado, que tampoco están regulados en su mayor parte, contienen aditivos psicoactivos, como el dextrometorfano, un antitusígeno común.

 Además, estos productos no regulados contienen a menudo porcentajes muy superiores o inferiores de los ingredientes activos identificados en sus etiquetas. Como resultado, los consumidores pueden estar recibiendo mucho más -o en otros casos, mucho menos- de lo que esperaban.

La solución a estos problemas de control de calidad no es amplificar las afirmaciones sensacionalistas (y a menudo ficticias) sobre hierba contaminada. Es eliminar la exposición de los consumidores a productos potencialmente adulterados o mal etiquetados legalizando y regulando la fabricación y venta de cannabis.

En virtud de la normativa estatal que regula los mercados del cannabis medicinal y para adultos, los productos se ponen a la venta en tiendas minoristas autorizadas por el Estado a través de fabricantes con licencia. Este cannabis se cultiva, y estos productos se fabrican, de acuerdo con las buenas prácticas de fabricación. Los productos se someten a pruebas de laboratorio y se etiquetan en consecuencia, lo que garantiza que los consumidores tengan acceso a productos de pureza y potencia verificadas.

A medida que estos mercados legales estatales maduran, alteran el mercado no regulado del cannabis. Según una encuesta de 2023, el 52% de los consumidores que residen en estados legales afirmaron que adquirían sus productos de cannabis principalmente en establecimientos físicos. Por el contrario, sólo el 6 por ciento de los encuestados dijeron que compraban principalmente cannabis a un «distribuidor».

 En Canadá, que legalizó la venta de cannabis en todo el país hace cinco años, alrededor del 70% de los consumidores afirman adquirir productos de marihuana exclusivamente en el mercado legal. Además, en las jurisdicciones que han legalizado los mercados de marihuana se observa un descenso del consumo de productos de cannabis derivados del cáñamo, tanto sintéticos como no regulados.

¿Acabará la crisis del fentanilo con la legalización de la marihuana? Pero al retirar los productos de cannabis de las esquinas y colocarlos detrás del mostrador, los legisladores están proporcionando a los consumidores de cannabis experiencias más seguras y reduciendo en gran medida el riesgo de verse expuestos inadvertidamente a productos contaminados."

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16.5.25

La disminución del 27% en las muertes por sobredosis se debe al aumento de la financiación y el apoyo a los grupos de primera línea de reducción de daños y a las clínicas de atención sanitaria que prestan servicios vitales allí donde vive la gente... distribuyen primeros auxilios y otros suministros que ayudan a los consumidores de drogas a tomar el control de su propia salud, incluida la naloxona, el medicamento que puede salvar vidas y revertir una sobredosis de opiáceos potencialmente mortal... vigilan las redes sociales y las alertas de salud pública para detectar picos de sobredosis y suministrar naloxona directamente a las personas... o instalan dispensadores gratuitos de naloxona en las cabinas de los periódicos... dispensadores gratuitos de naloxona en las cabinas de los periódicos... el reciente descenso de las muertes por sobredosis se debe al aumento de la disponibilidad de naloxona y otras ayudas (Mike Ludwig)

 "Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) anunciaron el 14 de mayo que el número de muertes por sobredosis de drogas en Estados Unidos se redujo casi un 27% en 2024. La cifra representa un descenso significativo después de más de una década de fuerte aumento de las tasas de mortalidad relacionadas con las drogas que miles de millones de dólares en gasto federal en vigilancia policial y control de fronteras no lograron contener.

A principios de 2015, los CDC informaron de menos de 50.000 muertes anuales por sobredosis. Para 2021, esa cifra había superado las 100.000 antes de alcanzar un máximo de 111.451 durante el verano de 2023. Los CDC encontraron enormes disparidades raciales en los datos, ya que el número de muertes registradas entre 2019 y 2020 disminuyó entre las poblaciones blancas con mejor acceso a las intervenciones de salud pública, mientras que se disparó en las comunidades negras e indígenas donde la fuerte vigilancia policial triunfó sobre la atención médica, por ejemplo.

Cada una de las 80.391 muertes por sobredosis registradas en 2024 es una tragedia y un fracaso político, y las sobredosis siguen siendo la principal causa de muerte entre los estadounidenses de 18 a 44 años. Sin embargo, los datos locales agregados por los CDC muestran disminuciones en las tasas de mortalidad por drogas en los 50 estados en comparación con los niveles máximos, y de 2023 a 2024, las muertes vinculadas al fentanilo y otros opioides sintéticos disminuyeron de un estimado de 76,282 a 48,422 a nivel nacional. El número de muertes relacionadas con estimulantes también disminuyó.

 «Si nos fijamos en el gráfico de los CDC, el mes pico en los datos de muertes por sobredosis fue junio de 2023 o julio, por lo que si utilizamos el pico como punto de partida, entonces estamos un 30% por debajo del pico», dijo Nabarun Dasgupta, un científico senior en el Centro de Investigación de Prevención de Lesiones de la Universidad de Carolina del Norte y el laboratorio de datos de opioides, en una entrevista.

Dasgupta, al igual que otros defensores de la salud pública, alberga la esperanza de que por fin se esté superando una grave crisis de salud pública. Pero los profundos recortes a las agencias federales de salud y el gasto en programas como Medicaid bajo el presidente Donald Trump y un Congreso controlado por los republicanos amenazan con frenar el progreso visto en 2024.

Dasgupta y otros expertos no aplauden a los legisladores estadounidenses por gastar miles de millones de dólares cada año luchando contra una «guerra contra las drogas» global y profundamente impopular que dejó a las comunidades de bajos ingresos devastadas por la criminalización masiva, o por arrastrar los pies durante años antes de votar para eliminar las barreras a los medicamentos contra la adicción que salvan vidas, aunque las barreras a los medicamentos todavía existen, incluso dentro de las cárceles y prisiones.

Tampoco atribuyen el mérito a una amplia ofensiva policial contra la prescripción de analgésicos opiáceos que alimentó la crisis de sobredosis al empujar a pacientes desesperados hacia una oferta ilícita de opiáceos cada vez más peligrosa.

 En cambio, los datos federales sugieren que la disminución de las sobredosis mortales está relacionada con los cambios en el suministro de drogas y en la forma en que la gente consume potentes sustancias sintéticas como el fentanilo, junto con el aumento de la financiación y el apoyo a los grupos de primera línea de reducción de daños y a las clínicas de atención sanitaria que prestan servicios vitales allí donde vive la gente.

«En todas y cada una de las comunidades del país hay personas que han respondido a esta enorme tragedia que todos estamos viviendo», afirmó Dasgupta. «Y el trabajo y el esfuerzo que se realiza día tras día, donde las personas de las comunidades se cuidan unas a otras, es lo que está impulsando este declive».

Uno de esos esfuerzos es el Proyecto Mayday, un colectivo de reducción de daños formado exclusivamente por voluntarios y con sede en Charleston (Virginia Occidental), el estado con la tasa de mortalidad por sobredosis más alta del país. A pesar de las restricciones no científicas impuestas a los servicios de reducción de daños por los legisladores conservadores del estado, el grupo distribuye primeros auxilios y otros suministros que ayudan a los consumidores de drogas a tomar el control de su propia salud, incluida la naloxona, el medicamento que puede salvar vidas y revertir una sobredosis de opiáceos potencialmente mortal.

Tasha Withrow, cofundadora de Project Mayday, explicó que el grupo vigila las redes sociales y las alertas de salud pública para detectar picos de sobredosis y suministrar naloxona directamente a las personas. El grupo también ha instalado dispensadores gratuitos de naloxona en las cabinas de los periódicos de dos comunidades de Virginia Occidental, una de las diversas iniciativas de base para la reducción de daños en el estado. Withrow atribuye el reciente descenso de las muertes por sobredosis al aumento de la disponibilidad de naloxona y otras ayudas.

«Hemos puesto más naloxona en manos de los consumidores de drogas. Hay más organizaciones comunitarias que la distribuyen y la llevan a las personas que más la necesitan», dijo Withrow en una entrevista. «Es lo que tenemos que hacer porque no hay nada más. La infraestructura no existe».

La caída del 27 por ciento es notable después de aproximadamente tres décadas de aumento de las muertes por sobredosis, pero Dasgupta dijo que la policía de drogas y los responsables políticos federales no pueden atribuirse el mérito de la disminución señalando las acciones específicas adoptadas en 2024. La nación ha visto una disminución gradual en las muertes desde 2021, cuando las tasas de mortalidad por sobredosis se dispararon a medida que la pandemia de COVID-19 causó grandes trastornos que aislaron a los usuarios de drogas de la atención médica y los apoyos comunitarios.

«No se trata de un descenso repentino. Es algo que ocurrió gradualmente durante tres años estado por estado», dijo Dasgupta.

Tanto el gobierno de Trump como el de Biden gastaron miles de millones de dólares e instalaron equipos de alta tecnología en un intento por incautar drogas fabricadas en México y pasadas de contrabando por la frontera sur, pero los datos federales sugieren que la aplicación de la ley fronteriza tiene poco impacto en el número de muertes por sobredosis. La Patrulla de Aduanas y Fronteras incautó un número similar de «dosis» de fentanilo en la frontera en 2023 y 2024 -aproximadamente 1.000 millones cada año, probablemente un recuento excesivo-, pero la disminución de las muertes por sobredosis fue mucho más drástica en 2024 que en 2023.

De hecho, la investigación muestra que las incautaciones de drogas por parte de las fuerzas del orden pueden en realidad hacer que las drogas sean más peligrosas, al menos en un área local, un fenómeno conocido como la «paradoja de la redada antidroga.» Estudios llevados a cabo recientemente en Indianápolis y San Francisco han detectado un aumento de las sobredosis tras las redadas policiales, que interrumpen el suministro local y obligan a los consumidores a buscar nuevas fuentes o a enfrentarse a un síndrome de abstinencia debilitante. Esto aumenta el riesgo de sobredosis al exponer a las personas a drogas de potencia muy variable.

«Se trata de dos ciudades muy diferentes con respuestas muy distintas en el ámbito de la salud pública, pero el efecto de la interdicción policial es exactamente el mismo en ambas», afirma Dasgupta.

La disminución de las muertes no refleja una política específica. Trump emitió una orden en 2017 declarando la crisis de las sobredosis una emergencia de salud pública que sigue en vigor, pero su primera administración centró los recursos federales en la aplicación de la ley y la represión de los analgésicos, mientras que desestimó las innovaciones que salvan vidas en la reducción de daños, incluidos los sitios de consumo seguro donde las personas pueden acceder a la atención médica básica y usar drogas bajo supervisión médica.

La administración Biden fue aplaudida por dirigir los fondos federales de salud hacia los esfuerzos de reducción de daños de primera línea después de años de presión por parte de los activistas, aunque el presidente Joe Biden se enfrentó a la reacción en forma de una campaña de desinformación de la derecha sin fundamento como resultado.

La comisión creada por la primera administración Trump para abordar la adicción a los opioides no logró frenar la crisis de las sobredosis. El Partido Republicano se dio la vuelta y utilizó esa crisis como forraje para la propaganda antiinmigración. Ahora, Trump 2.0 está utilizando el tema como ariete político. Desde que asumió el cargo por segunda vez, Trump ha declarado múltiples «emergencias nacionales» para justificar una toma de poder federal autoritaria. También ha señalado el contrabando de fentanilo como excusa para intimidar a sus socios comerciales en Canadá y México.

En lugar de la política federal, Dasgupta y sus colegas identificaron tres razones principales del descenso de las muertes tras escarbar en los datos. En primer lugar, los estudios de campo sugieren un descontento general con el suministro de opiáceos sintéticos. «Fentanilo» es una droga específica que se utiliza en las salas de urgencias, pero se ha convertido en un término comodín para designar a los potentes sintéticos que han sustituido a la heroína en muchas comunidades en los últimos 15 años. En algunas zonas, el fentanilo está adulterado con aditivos como el tranquilizante xilacina, que puede causar efectos secundarios desagradables, alejando a la gente de un suministro de drogas vinculado a la mayoría de las muertes por sobredosis.

«La gente tiene miedo. Tienen un suministro de drogas inestable, y no tienen los recursos, y los recursos que están disponibles son muy mínimos porque eso es todo lo que somos legalmente capaces de proporcionar», dijo Withrow, añadiendo que la gente sigue muriendo de sobredosis en Virginia Occidental a pesar de la disminución. «Hay mucho riesgo ahí fuera, pero muchos realmente quieren tomar el control de su propia salud y seguridad».

El consumo de drogas también está disminuyendo entre los jóvenes. El grueso de las muertes por sobredosis se está produciendo entre personas de mediana edad, especialmente hombres, mientras que menos jóvenes se inician en el consumo de opiáceos que en el pasado, según el análisis de Dasgupta.

El tercer factor, y tal vez el más importante, son los cambios en el comportamiento de los consumidores de drogas, con más personas que acceden a los servicios de reducción de daños y adoptan estrategias para mantenerse sanos y vivos. Junto con la ampliación de Medicaid en el marco de la Ley de Asistencia Sanitaria Asequible, el aumento de la financiación de la administración Biden y los acuerdos legales con los fabricantes de opioides han apoyado una oleada de intervenciones de salud pública a nivel comunitario, como la distribución de naloxona y kits de análisis de drogas.

«Si hacemos que esto se limite a la política gubernamental y la financiación federal, lo que hacemos en realidad es eliminar las voces de todas las demás personas del medio que han estado haciendo el trabajo sobre el terreno», afirmó Dasgupta.

Aun así, el trabajo en primera línea conlleva su propio conjunto de retos que el Congreso podría eliminar fácilmente con una legislación integral de reducción de daños. De vuelta en Virginia Occidental, Withrow y otros voluntarios del Proyecto Mayday prosiguen su labor a pesar de las restricciones legales que ya no existen en otros estados. Las restricciones incluyen una ley estatal draconiana que regula los servicios de intercambio de jeringuillas y que hace ilegal que los voluntarios lleven y distribuyan agujas limpias, necesarias para mantener a la gente sana y evitar la propagación de enfermedades.

«Es duro ver cómo la gente se siente desgraciada por no poder acceder a recursos que sí están disponibles en otros lugares», afirma Withrow. «Si estuvieran en otro estado, simplemente podría entregarles lo que necesito entregarles, y no me meterían en la cárcel»."

(Mike Ludwig , Scheer Post, 16/05/25, traducción DEEPL, enlaces en el original, fuente: Truthout )

5.5.25

La ONU asume el fracaso de la política de prohibición de las drogas... en 2022 había 292 millones de personas consumiendo drogas en el mundo, 107 millones más que hace dos décadas, pese a que los gobiernos gastan en total unos 100.000 millones de dólares al año en políticas punitivas para impedir su uso y venta... “La penalización y la prohibición no han conseguido reducir el consumo de drogas ni disuadir la delincuencia relacionada con ellas. Estas políticas sencillamente no funcionan y estamos fallando a algunos de los grupos más vulnerables de nuestra sociedad”, advirtió Turk. El alto comisionado considera como elemento clave de la reforma la despenalización

 "Una nueva vía puede estar abriéndose en el mundo respecto al control de las drogas. El Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos ha constatado que su prohibición ha sido un “absoluto fracaso” que “ha destruido innumerables vidas y dañado comunidades enteras”. Similar tesis mantiene la Comisión Global de Política de Drogas, integrada por exmandatarios de países como Brasil, Colombia, Nueva Zelanda, Grecia o Polonia. Y la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga aprobó en marzo, con un inédito consenso, explorar un nuevo sistema de fiscalización internacional de las sustancias, propuesta que tan solo rechazaron los EEUU de Trump, la Rusia de Putin y la Argentina de Milei.

“Uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo”

El “caso sangrante” de Rodrigo Duterte en Filipinas

La prohibición, “un accidente histórico”

(Santiago F. Reviejo , Público, 03/05/25)

2.2.25

Los avances científicos con las sustancias psicodélicas están revolucionando la investigación farmacológica y la terapia psicológica... La pandemia global de la salud mental ha llevado al gobierno australiano a regularizar el uso de MDMA y psilocibina como tratamientos de salud mental... han considerado que existen suficientes pruebas para abrir la puerta a su uso por parte de médicos y psiquiatras... En Estados Unidos, varios fármacos están cerca de ser aprobados y las clínicas que usan algunas de estas drogas se extienden cada vez más. Pero como suele ocurrir, en Europa las cosas van más despacio y el uso de este tipo de sustancias sigue encontrándose en un limbo regulatorio... Es por ello que un grupo de 32 asociaciones lideradas por un colectivo multidisciplinar de científicos, médicos, terapeutas y defensores de los derechos humanos de 18 países ha lanzado una campaña ciudadana de recogida de firmas bajo el nombre PsychedeliCare con el objetivo promover el acceso seguro y legal a terapias asistidas por sustancias psicodélicas, integrándolas de forma regulada en los sistemas de salud pública de Europa (Yago Álvarez Barba)

 "Los avances científicos con las sustancias psicodélicas están revolucionando la investigación farmacológica y la terapia psicológica. Pero la pandemia de problemas de salud mental va más rápido que las aprobaciones por parte de las autoridades farmacológicas y que los ensayos clínicos. En Australia, por ejemplo, han decidido no esperar más. La pandemia global de la salud mental ha llevado al gobierno australiano a regularizar el uso de MDMA y psilocibina como tratamientos de salud mental. Muchos de los ensayos con esas sustancias todavía no han pasado todas las fases hasta su aprobación, pero han considerado que existen suficientes pruebas para abrir la puerta a su uso por parte de médicos y psiquiatras.

En Estados Unidos, varios fármacos están cerca de ser aprobados y las clínicas que usan algunas de estas drogas se extienden cada vez más. Pero como suele ocurrir, en Europa las cosas van más despacio y el uso de este tipo de sustancias sigue encontrándose en un limbo regulatorio. Lo que va igual de rápido o más en el viejo continente son los graves problemas de salud mental como la depresión, estrés postraumático o los desórdenes por consumo de sustancias.

Según datos del último barómetro de salud de la Unión Europea (UE), una de cada seis personas en el continente sufre algún tipo de problema de salud mental. La ansiedad y la depresión eran los más frecuentes en la UE antes de la pandemia, seguidos de los trastornos relacionados con el consumo de alcohol y drogas, el trastorno bipolar y la esquizofrenia.

Es por ello que un grupo de 32 asociaciones lideradas por un colectivo multidisciplinar de científicos, médicos, terapeutas y defensores de los derechos humanos de 18 países ha lanzado una campaña ciudadana de recogida de firmas bajo el nombre PsychedeliCare con el objetivo promover el acceso seguro y legal a terapias asistidas por sustancias psicodélicas, integrándolas de forma regulada en los sistemas de salud pública de Europa. 

La campaña arrancó el pasado 14 de enero y tiene un año para recoger un millón de firmas en un año. De conseguirlo, la Comisión Europea tiene tres meses para pronunciarse y plantearse su implementación, lo que podría dar forma a una iniciativa legislativa que se debería votar y debatir en el Parlamento Europeo.

El primero objetivo de la campaña es “apoyar el establecimiento de un consenso de expertos con psicodélicos y promover una postura unificada que facilite su regulación”, explica a El Salto Elizabet Domínguez, psicóloga y doctora en farmacología, coordinadora del equipo español de PsychedeliCare y vocal de la Sociedad Española de Medicina Psicodélica (Sempsi).

Por el momento, son solo algunas empresas farmacéuticas las que firman acuerdos con hospitales para avanzar en la investigación y en los ensayos clínicos. Es por ello que la campaña también exige que  se fomente la inversión pública europea de las terapias asistidas con psicodélicos. “Se necesita que, tanto los profesionales como los pacientes, tengan más seguridad regulatoria y que este tipo de terapias lleguen a más gente”, dice Domínguez, que señala que actualmente este tipo de tratamientos en Europa se hacen en clínicas privadas que no todo el mundo se pueden permitir: “La inversión pública y su fomento en la sanidad pública favorecerá que estas terapias lleguen a más gente”.

Ese mismo enfoque lo comparte la fundación International Center for Ethnobotanical Education, Research and Service (ICEERS), que apuntan en un comunicado en apoyo a la campaña que “este tipo de regulaciones no sólo beneficiarán a los pacientes, sino que también contribuirán al desarrollo de un modelo de salud pública más inclusivo e innovador”. Desde esta organización que también forma parte de la campaña, defienden que “estas prácticas, respaldadas por investigaciones científicas, ofrecen soluciones prometedoras para trastornos mentales que los tratamientos convencionales no han logrado resolver de manera efectiva”, en palabras de su director científico José Carlos Bouso, el cual trabaja actualmente en un prometedor ensayo clínico para tratar las adicciones a drogas usando la ibogaina, una sustancia extraída de un arbusto original de África llamado iboga.

El arranque de la recogida de firmas también tendrá su presentación en las instituciones europeas el próximo 6 de febrero en el que expertos en la materia y componentes de la campaña la presentarán en el Parlamento Europeo. El evento unirá a legisladores, sociedad civil, médicos, investigadores y representantes de pacientes y manifestará “una llamada a la acción hacia la innovación en Europa, para la inclusión de estas terapias tan prometedoras en respuesta a las limitadas opciones de tratamiento existentes y las muchas necesidades por cubrir”.                   (Yago Álvarez Barba , El Salto, 02/02/25)

17.11.24

¿Legalizar las drogas? Qué risa, dicen los dueños de la droga... El tráfico más productivo del mundo, junto al de las armas, solo puede funcionar con el pringue de los elementos más dignos del Estado: jueces, policías, banqueros, abogados, partidos políticos... Y jamás legalizarán las drogas... leo escasas noticias y por supuesto ninguna fotografía sobre un fulano, jefe de la ejemplar lucha del Estado contra las infectas drogas, al que han pillado con 21 millones de euros en su casa... ¿Pero qué piensa el personal, que el narco es Tony Montana chorreando coca y pegando tiros? Los asesinos son una escala inferior (Carlos Boyero)

 "Reconociendo mi ardoroso maniqueísmo, pero también mi ancestral olfato para detectar la impostura y la gilipollez, reduzco mi concepto sobre los seres humanos (nunca he tenido animales de compañía) a algo tan elemental como a que las personas me las creo o no me las creo. Son de verdad o de mentira. Los primeros pueden estar llenos de defectos, pero son reales. Los segundos siempre son impostores, aunque lógicamente existan entre ellos los listos y los tontos. En la barbaridad de Valencia, vi a un fulano embarrado al que me creí. Es rey, hijo de un manguis espectacular, arropado y consentido por el Estado, por el poder que él representaba, por el ignominioso mirar hacia otro lado.

Pero me creo las lágrimas de esa reina tan estilosa, incluso sexy, su desborde emocional ante los que habían perdido todo o casi todo. Y me creo a su marido, digno y valiente, con inequívoca pinta de ser un tío legal, un buen tío. De alguien creíble a pesar de sus históricos antecedentes familiares.

Y leo escasas noticias y por supuesto ninguna fotografía sobre un fulano, jefe de la ejemplar lucha del Estado contra las infectas drogas, al que han pillado con 21 millones de euros en su casa y otros aposentos, con la pasta encerrada en las paredes. Es tanto dinero que me pregunto: ¿Qué coño pensaba hacer con él?

Decía Esperanza Aguirre, esa dama indescriptible, que a veces aparecen manzanas podridas a tu lado. Pobrecita la ignorante poseedora de esas manzanas. Lo del jefe de la policía incomparablemente corrupto, tan discreto él como también esa esposa que pertenecía al sagrado gremio. ¿Pero qué piensa el personal, que el narco es Tony Montana chorreando coca y pegando tiros? ¿Eso es algo anormal? El tráfico más productivo del mundo, junto al de las armas, solo puede funcionar con el pringue de los elementos más dignos del Estado: jueces, policías, banqueros, abogados, partidos políticos. Los asesinos son una escala inferior. Y jamás legalizarán las drogas. Pueden apelar al sentido común, al humanismo, al fácil enganche de infinita gente. Como en la ley seca. Y gran parte del personal se cree aquello que negarían hasta los habitantes del extinguido limbo."              (Carlos Boyero , El País, 16/11/24)

8.4.24

Gustavo Petro quiere terminar con la guerra contra las drogas... "La guerra contra las drogas fracasó"... declaró sin rodeos... la guerra contra las drogas constituye un fracaso sangriento... La estrategia militar produjo un «genocidio» que le costó la vida a «un millón de latinoamericanos»... "no va a combatir los pequeños cultivos; va a combatir los cultivos industriales. Y los pequeños cultivos o se sustituyen voluntariamente o se quedan ahí"... la legalización «es la forma de disminuir los impactos del mercado de la cocaína y el cannabis en términos de violación de los derechos humanos. No va a haber un atisbo de paz mientras no haya una regulación legal bajo principios de justicia social»

 "«La guerra contra las drogas fracasó». El presidente colombiano Gustavo Petro hizo esta afirmación en su discurso de investidura el 7 de agosto de 2022, marcando una de las prioridades del primer gobierno de izquierdas de la historia de Colombia. Petro pretende darle un giro a la política antidroga de su país, que lidera la producción de cocaína a nivel mundial y fue el aliado más cercano de Estados Unidos en la implacable y violenta lucha contra el narcotráfico. La estrategia militar, según el ex guerrillero reconvertido en presidente, produjo un «genocidio» que le costó la vida a «un millón de latinoamericanos».

Bajo el título «Sembrando vida, desterramos el narcotráfico», el gobierno presentó una hoja de ruta para guiar la política antidroga de Colombia hasta 2033. El nuevo plan comparte algunos objetivos con los anteriores, como erradicar noventa mil hectáreas de cultivos ilegales de hoja de coca y reducir la producción de cocaína en un 43 por ciento. Sin embargo, su enfoque es muy diferente, ya que el objetivo es que sesenta y nueve mil hectáreas sean erradicadas voluntariamente, promoviendo alternativas para los campesinos que cultivan la hoja.

Durante décadas, la lucha de Colombia contra el narcotráfico fue principalmente un asalto a los campesinos que producen coca, una hoja que también se utiliza para fines lícitos como infusiones o incluso fertilizantes. En Bolivia, la coca tiene protección constitucional como patrimonio cultural por su uso tradicional por los pueblos indígenas; mientras que en Colombia fue estigmatizada, como en una famosa campaña que la llamó «la mata que mata». La nueva política distingue entre la hoja y la cocaína elaborada a partir de ella.

«Petro dijo que no va a combatir los pequeños cultivos; va a combatir los cultivos industriales. Y los pequeños cultivos o se sustituyen voluntariamente o se quedan ahí», explica Sandra Borda, politóloga de la Universidad de Los Andes. «Antes se combatían todos los cultivos ilícitos, incluidos los de los pequeños agricultores, y eso creaba graves problemas, enfrentamientos entre las comunidades y el ejército… y nunca tuvo resultados».

En la actualidad, se calcula que 115.000 familias colombianas viven del cultivo de la hoja de coca, y el gobierno quiere que cincuenta mil se dediquen a actividades lícitas, como utilizar la hoja para fines legales o actuar como guardabosques para evitar la deforestación, ya que el cultivo de coca es una de las causas de la destrucción de la Amazonia colombiana.

La estrategia de sustitución de cultivos no es nueva; se incluyó en 2016 en los Acuerdos de Paz entre el Estado y la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Pero las áreas de cultivo para la producción de coca no dejaron de crecer, según estimaciones de la ONU, lo que sugiere el fracaso tanto de la sustitución voluntaria como de las erradicaciones forzadas. Siete años después del acuerdo de paz, uno de los líderes de un municipio donde se intentó por primera vez la sustitución de cultivos afirmaba que «los compromisos acordados con el gobierno no se cumplieron: los proyectos productivos nunca llegaron». Ante la falta de alternativas económicas, algunas familias volvieron a cultivar coca y los grupos armados ilegales reaparecieron en el pueblo, explicó el líder comunitario, que pidió permanecer en el anonimato por temor a represalias.

El fracaso del anterior programa de sustitución de cultivos se debe a la falta de «un enfoque territorial, que tuviera en cuenta las dinámicas de los territorios donde se cultiva coca», dijo Carolina Cepeda, politóloga de la Universidad Javeriana. El plan de Petro, por el contrario, «intenta tejer mecanismos de participación para incorporar el conocimiento de los cocaleros».

Un reto añadido es que «las comunidades campesinas seguirán a merced del orden social impuesto por los grupos armados» que controlan las zonas cocaleras, como explica Ana María Rueda, de la Fundación Ideas para la Paz, en El Espectador. De hecho, algunos participantes en el programa de sustitución de cultivos fueron asesinados por paramilitares o grupos disidentes de las FARC.

Una política integral

La nueva política antidrogas del gobierno Petro no se centra en la represión policial y militar, sino en los cultivos industriales, con el objetivo de infligir pérdidas de entre 55.000 y 86.000 millones de dólares a las finanzas del narcotráfico. Al mismo tiempo, el gobierno mostró su predisposición a negociar con los narcotraficantes, una estrategia que Cepeda considera acertada: «Se demostró que la política de mano dura no funciona; negociar es sin duda una forma más eficaz de abordar el problema».

Buscar acuerdos de desarme con las organizaciones criminales forma parte de la política de «paz total» con la que Petro quiere poner fin a décadas de conflicto armado en Colombia. «Se trata de ofrecer una rebaja de penas y quedarse con parte de sus recursos económicos, siempre y cuando desmantelen la estructura criminal, devuelvan bienes, reparen a las víctimas y asuman su responsabilidad penal», explicó en Ctxt el ministro de Justicia Néstor Osuna.

La represión contra los cocaleros causó numerosas víctimas y también graves daños al medio ambiente y a la salud, especialmente por la fumigación de los cultivos con glifosato, una sustancia clasificada como «probablemente cancerígena» por la Organización Mundial de la Salud. El presidente conservador Iván Duque (2018-2022) compró 263.000 litros del herbicida menos de dos semanas antes de que asumiera Petro, quien se negó a usarlo. «Las políticas anteriores veían estos temas [ambientales] como daños colaterales», señala la politóloga Sandra Borda, mientras que la nueva política es «integral».

El plan de la administración Petro también cambia el enfoque del gobierno hacia los consumidores de drogas. «El consumo problemático debe ser enfrentado con centros de abastecimiento controlados, con apoyo terapéutico y sanitario», dice el ministro Osuna. La socióloga Estefanía Ciro, quien dirigió el área de drogas de la comisión de la verdad sobre el conflicto armado colombiano, dijo en conversación telefónica que la nueva política «promueve la desestigmatización, la protección de los usuarios y la reducción del riesgo», aunque precisa que «es la misma estrategia que se siguió desde [el ex presidente] Juan Manuel Santos, y hasta ahora no hay una inversión [económica] real».

La diplomacia de las drogas y el debate sobre la legalización

Durante décadas, Colombia fue un fiel aliado de Estados Unidos en su guerra contra las drogas. «Con el Plan Colombia, [los ex presidentes Andrés] Pastrana y [Álvaro] Uribe [lograron] recibir dinero para la lucha antidroga y utilizarlo en la lucha antiinsurgente» contra la guerrilla, explica Cepeda.

La administración de Joe Biden no se pronunció públicamente sobre el nuevo enfoque de Colombia en materia de drogas, pero Ciro cree que «la nueva política antidroga cuenta con el pleno apoyo de Estados Unidos. Se basa en el documento de la Comisión del Congreso sobre Política de Drogas en el Hemisferio Occidental, que acuñó el término “política holística” que Gustavo Petro utilizó desde el principio».

El gobierno colombiano también buscó apoyo en toda América Latina y el Caribe. El pasado mes de septiembre reunió a más de treinta países de la región en una conferencia en Cali. El invitado principal fue Andrés Manuel López Obrador, presidente de México, que comparte con Colombia el trágico récord de decenas de miles de muertos en la guerra contra el narcotráfico. Pero la reunión se vio ensombrecida por las diferencias entre los dos gobiernos: durante su presidencia, López Obrador pasó de prometer negociaciones con los cárteles bajo el lema «Abrazos, no balazos» a una postura mucho más prohibicionista, similar a la de anteriores presidentes mexicanos.

Las alianzas internacionales serán una de las claves del éxito o el fracaso de la nueva política antidrogas colombiana. La otra es la implementación. En palabras de Cepeda, «hay que “darle dientes” a la política de drogas; hay que traducirla en políticas concretas, para que no sea fácil cambiarla para cualquiera que venga dentro de tres años».

Una ausencia notable en la nueva política de drogas colombiana es la legalización. En diciembre pasado, una propuesta para regular el comercio de marihuana, promovida por la senadora María José Pizarro, del Pacto Histórico, fue rechazada por quinta vez en el Parlamento, donde el Gobierno no tiene mayoría. Más polémico es el tema de la cocaína: Petro afirmó que si se legalizara, «se acabaría automáticamente la violencia en Colombia», aunque recalcó que esto «no depende de [su] voluntad».

Estefanía Ciro cree que la legalización «es la forma de disminuir los impactos del mercado de la cocaína y el cannabis en términos de violación de los derechos humanos. No va a haber un atisbo de paz mientras no haya una regulación legal bajo principios de justicia social»."          ( , JACOBINLAT, 05/04/24)

13.2.23

100 años de un experimento fracasado: ¿Ha llegado el momento de despenalizar las drogas? Los resultados de la prohibición de las drogas están a la vista de todos y sus efectos se extienden por todo el mundo. El resumen es que ha sido un auténtico desastre: adulteración de sustancias que desembocan en accidentes mortales, vidas truncadas por la cárcel o el estigma y un consolidado poder paralelo, el narcotráfico, que no existiría si las drogas fuesen legales. No hablamos solo de Sudamérica: la policía holandesa alertó en 2018 del peligro de que Holanda se convirtiera en un narcoestado... investigaciones prueban que el consumo sensato de drogas puede mejorar la vida y por eso hay un gran número de personas sobrias y honradas en nuestra sociedad que las consumen... Despenalizar las drogas no debería ser ningún experimento, básicamente porque así ha vivido la humanidad durante toda su historia. El experimento fue prohibirlas. Más de 100 años después y constatado su fracaso, ¿tal vez tocaría regresar al punto de partida?

 "Cuando un joven empieza a salir de noche, todavía siendo menor de edad, le puede resultar más sencillo llamar a un camello y comprar una pastilla de éxtasis que entrar a un supermercado e intentar que le vendan una botella de ron. Imaginen qué acabarán eligiendo muchos. 

El ejemplo demuestra que cuando algo es ilegal no significa que esté más o mejor controlado. Tal vez al contrario: hay una serie de requisitos sobre su calidad, su pureza y su acceso que quedan en manos de criminales en lugar de las autoridades. ¿Ha sido efectivo prohibir las drogas?

Hasta finales del siglo XIX (en algunos lugares incluso hasta principios del siglo XX), los ciudadanos eran libres de alterar su conciencia con las sustancias que quisieran. No debería hacer falta usar el manido recurso de que la cocaína y varios opiáceos podían comprarse en la farmacia. Tampoco recordar que la humanidad ha consumido estupefacientes desde tiempos inmemoriales sin rasgarnos las vestiduras. 

En Las Drogas, de los orígenes a la prohibición (Espasa), el pensador Antonio Escohotado documentó cómo las primeras referencias a la adormidera aparecen en tablillas sumerias del tercer milenio antes de Cristo. El opio figura también en jeroglíficos egipcios y en La Odisea de Homero. Se dice que Aristóteles, Platón, Sófocles, Sócrates, Plutarco y muchos más tuvieron experiencias visionarias tomando un concentrado con propiedades similares al LSD en los ritos de los misterios eleusinos. Se presume que Nietzsche era adicto al opio cuando escribió Genealogía de la Moral

¿Cuándo y por qué decidimos perseguir penalmente a las drogas? ¿Ha servido de algo prohibirlas durante más de un siglo? ¿Quién ha sido el principal perjudicado? ¿Es legítimo que el Estado imponga lo que podemos tomar y lo que no? 

 La semana pasada se inició una prueba piloto de tres años en Vancouver (Canadá), donde se permitirá la posesión de cantidades inferiores a 2,5 gramos de cocaína, heroína, éxtasis, morfina… En lugar de multas o arrestos, los usuarios recibirán información o serán derivados a servicios de atención social si así lo desean. En Oregón (EEUU) se tomó una decisión similar hace dos años. 

“El consumo de sustancias es un problema de salud, no un problema penal”, señaló al respecto la ministra de salud mental y adicciones de la región. “Necesitamos dar este paso adelante para abordar la vergüenza y el estigma”.

Los resultados de la prohibición de las drogas están a la vista de todos y sus efectos se extienden por todo el mundo. El resumen es que ha sido un auténtico desastre: adulteración de sustancias que desembocan en accidentes mortales, vidas truncadas por la cárcel o el estigma y un consolidado poder paralelo, el narcotráfico, que no existiría si las drogas fuesen legales.

No hablamos solo de Sudamérica: la policía holandesa alertó en 2018 del peligro de que Holanda se convirtiera en un narco estado ante el poder que las mafias de la droga estaban ganando en el país. La situación en México es todavía más funesta: más de la mitad de la población cree que el crimen organizado es una institución más poderosa que el propio Gobierno. 

Defender la despenalización de las drogas es cada vez una postura menos radical porque la evidencia habla por sí sola. La lista de ex gobernantes y mandatarios que se manifiestan en este sentido no para de crecer: el presidente de Colombia Gustavo Petro, los expresidentes Felipe González y Pepe Mujica, el exsecretario general de la OTAN Javier Solana, el exsecretario de Estado de EEUU George Schultz, también expresidentes de Brasil, Perú, Colombia, Chile… 

Existe, además, consenso entre los historiadores en que las primeras políticas prohibicionistas no estaban basadas en la ciencia ni la salud, sino que tenían un sesgo claramente racista: se buscó criminalizar o aislar a los migrantes chinos fumadores de opio, a los esclavos que consumían cocaína o a los nativos y curanderos sudamericanos que fumaban marihuana.

La prohibición fue también un asunto moral y de clase y lo sigue siendo a día de hoy: la legislación castiga más a los pobres y a los jóvenes que a los ricos y a los mayores, porque tienen donde refugiarse para consumir drogas sin que nadie les juzgue. Hasta hace poco, las penas por poseer crack en EEUU eran 100 veces superiores que las que se imponían por poseer cocaína, a pesar de que farmacológicamente son muy similares. La primera la toman los pobres y la segunda los ricos. 

 Más allá de los efectos negativos que ha tenido la prohibición en tantas capas de la sociedad, del peligro para la salud que supone dejar las drogas en manos del mercado negro, del clasismo que impera en el origen y en la actual legislación sobre drogas, al final hay un motivo que debería ser igual de relevante: tomar o no tomar drogas es una cuestión de libertad individual en la que nadie debería inmiscuirse. 

El filósofo Stuart Mill lo resumió a la perfección hace más de un siglo en su obra Sobre la libertad: los ciudadanos adultos de un país libre tienen todo el derecho a hacer consigo mismo lo que ellos quieran, siempre y cuando no produzca un daño a terceros.

Aunque a algunos les cueste admitirlo, tomar drogas es una expresión de nuestra libertad personal en la búsqueda del placer. ¿Debería el derecho penal imponer la moral por la vía de la fuerza? La respuesta, vistos los resultados, es que no. Una moral impuesta de manera coercitiva es -o debería ser- una contradicción, como ya señaló hace 40 años el prestigioso catedrático Emilio Lamo de Espinosa en su defensa de la despenalización.

Después está otra cuestión. ¿Y si las drogas no fueran tan malas como nos las han pintado? ¿Y si la mayoría de información al respecto, ampliada por los medios de comunicación, partiera de un consolidado sesgo moral impuesto durante décadas? ¿Por qué cuando hablamos de drogas nos centramos solo en el pequeño porcentaje que sufre una adicción, y no en la mayoría que las consume sin que eso suponga ningún problema?

Anne Katrin Schlag, psicóloga, investigadora y durante años profesora del King's College de Londres, analizó la mayoría de estudios y datos oficiales disponibles y concluyó que los consumidores que desarrollan un “consumo problemático” oscilan entre el 25% en el caso de la heroína y un 10% en drogas psicodélicas. La mayoría de datos públicos ofrecen porcentajes similares.

También es malo abusar del azúcar, de la comida basura, de las pantallas, del tabaco o del alcohol. También generan adicción y nadie lo prohíbe, aunque últimamente proliferan regulaciones sobre la publicidad y campañas para concienciar sobre todo a los menores.

Carl Hart es doctor en neurociencia, investigador y profesor de psiquiatría en la Universidad de Columbia (Nueva York). Llegó a ser el jefe del departamento de psicología de esa prestigiosa universidad. Durante casi tres décadas ha investigado los efectos que tienen las drogas en humanos y ratones. Nacido en uno de los barrios más desfavorecidos de Miami, sufrió en primera persona la delincuencia y los estragos sociales vinculados a las drogas en la comunidad negra. Sus conclusiones, sin embargo, escapan de la norma.  

 “Los resultados de una impresionante base de datos de nuestro laboratorio muestran que las drogas producen efectos predominantemente positivos”, explica por correo electrónico. “En pocas palabras, el consumo sensato de drogas puede mejorar la vida y por eso hay un gran número de personas sobrias y honradas en nuestra sociedad que las consumen”.

En su último libro, Drug use for grown-ups (Penguin, por ahora sin traducción al español), Hart lanza una bomba en el prólogo: confiesa que desde hace un lustro consume heroína de vez en cuando. Aún así es un profesional respetadísimo, un adulto funcional y un responsable padre de familia. 

¿Cuántos hay cómo Hart? Los datos disponibles muestran que buena parte de los consumidores de drogas están en esa situación y nadie parece tenerlos en cuenta porque la mayoría permanece en el anonimato. ¿Cuántos prefieren ocultar a la sociedad que de vez en cuando consumen alguna droga por miedo a lo que pensará el resto? ¿Por qué no sucede lo mismo con el alcohol, con tasas de adicción altas y una de las sustancias más difíciles de abandonar?

“Hay mucha más gente que tiene experiencias con drogas de lo que el público sabe, pero la mayoría tiene miedo de reconocer públicamente que las consume”, prosigue Hart en su correo electrónico. “Saben que las comunidades están asediadas de información que solo hace hincapié en sus efectos nocivos, e incluso mortales. También saben que los consumidores de drogas son habitualmente menospreciados”.

Hart cree que los medios de comunicación y los productos culturales hemos ampliado esta visión sesgada del consumo de drogas. “¿Has visto alguna película sobre la heroína que no se centrara en la adicción?”, pregunta. “¿Quién va a querer ver una película o leer un artículo sobre una persona que consume heroína un par de veces al mes, va a trabajar según lo previsto y cumple con sus responsabilidades sin incidentes? Nadie. Sería demasiado aburrido”.

La postura de Hart tiene, evidentemente, muchos detractores y entre ellos se encuentran prestigiosos profesionales. No se trata de banalizar las adicciones ni esconder que un porcentaje de los usuarios de drogas acaba desarrollándolas con graves consecuencias para él y su entorno. Lo que pide este investigador es que se abra la mirada y se tenga una visión que vaya más allá del simplista “droga mala” y admitir que la mayoría de los consumidores obtienen placer de los estupefacientes y pocas contrapartidas negativas. Y, lo más importante: por mucho que estén prohibidos no dejarán de consumirlos.

El verano pasado Josep Rovira, fundador del reputado proyecto de reducción de riesgos Energy Control, me dijo una frase que se me quedó grabada. “Nadie dejará de conducir porque muera gente en la carretera ni dejará de tener sexo por riesgo a contraer una enfermedad”, me explicó. “Pasa lo mismo con las drogas. De lo que se trata es de que todo el mundo tenga información para que lo haga de la manera más segura posible”.

Despenalizar las drogas no debería ser ningún experimento, básicamente porque así ha vivido la humanidad durante toda su historia. El experimento fue prohibirlas. Más de 100 años después y constatado su fracaso, ¿tal vez tocaría regresar al punto de partida?"                       (Pol Pareja , eldiario.es, 11/02/23)