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16.7.25

Hasta dónde llega la mecha de Torre Pacheco... España ha cambiado... Hay partes del país en las que existe ya lumpenproletariado, y es una tendencia creciente, a veces, se trata de poblaciones únicamente nacionales, en otras, hay mezcla con inmigrantes. Ambas viven en una España detenida, en la que el declive es evidente, y donde las soluciones, también las individuales, son difíciles. Son zonas donde se impone la economía de supervivencia a través de trabajos ocasionales, de empleos parciales en negro, de ayudas públicas o de una combinación de todas. Esos lugares son abandonados por los hijos de clases medias, que emigran a las ciudades... hay parte de la población que se encuentra atrapada en territorios con salarios bajos y escaso horizonte, y de los que tienen muy difícil salir. Estas dinámicas funcionan igualmente para los inmigrantes y para sus hijos, también para los que son españoles... A menudo, los choques se producirán por los recursos, y es normal que así suceda en entornos muy proletarizados... los entornos con pocos recursos y pocas esperanzas poseen un clima en el que la delincuencia puede surgir con cierta facilidad... Todo eso contribuye a aumentar la sensación de inseguridad. A veces, esta simplemente tiene que ver con hechos violentos, como los que acontecen en las zonas de ocio nocturno. Otras, con pandillas juveniles. A nadie le gusta volver a casa mirando hacia atrás... Estos dos elementos, la lucha por los recursos y la inseguridad, son los que están de fondo en el mensaje de las derechas sobre la inmigración. Y son mensajes relevantes... Bastaría que políticamente se reconociesen los problemas estructurales, y que se comprendiera que, en ese escenario, los choques culturales son difíciles de evitar mientras no se desactiven las causas de fondo. Pero es mucho más fácil abordar la inmigración desde el moralismo, unos afirmando que es mala, los otros que es buena... En un entorno en el que buena parte de los españoles carece de confianza en el futuro, es lógico que sean valores de seguridad, estabilidad y continuidad los que merezcan mayor crédito... los progresistas atribuyen motivos oscuros a la gente que se queja y se muestran condescendientes con las personas cuya vida ha empeorado... pero como dijo Gordon Brown, “más pronto que tarde, habrá que contrarrestar el veneno de la extrema derecha con una agenda progresista centrada en lo que más le importa a la gente: empleo, nivel de vida, justicia y la reducción de la brecha moralmente indefendible entre ricos y pobres” (Esteban Hernández)

 "La inmigración es un asunto político central en muchos países occidentales. A menudo, se señala a la extrema derecha como la causante de que el tema esté presente habitualmente en la agenda pública. La instrumentalización y la amplificación de choques aislados que difunden por las redes logran que sea percibido como un problema algo que no lo es. Y menos en España, donde la integración es mucho más sencilla, ya que buena parte de los inmigrantes son latinoamericanos, y sus costumbres tienen mejor encaje con las nuestras.

Quizá sea así, pero una encuesta de Sigma Dos señala que el 70% de los votantes españoles respalda las deportaciones de inmigrantes sin papeles y de aquellos que, aun estando regularizados, cometan delitos. Un 91,7% de los simpatizantes conservadores y la mayoría de los progresistas (un 57,1% de los votantes del PSOE) están a favor de estas medidas.

Vox se ha posicionado en un tema en el que no tiene rival y que entiende que es muy importante para una mayoría de españoles

No es una encuesta aislada, sino que ratifica las que Vox lleva manejando desde hace tiempo. En ellas radica también la convicción de que su apuesta será la ganadora a medio plazo. Las experiencias exitosas de otras formaciones de su entorno ideológico así lo demuestran. La ruptura con los gobiernos de las comunidades del PP tuvo lugar a causa de la inmigración, y por muchas derivadas que acompañasen a esa separación, fue el factor más relevante. Vox se ha posicionado en un asunto que entiende esencial para una mayoría de españoles. Su convicción es que la configuración política y territorial de España dificulta que su discurso haya calado más hondo, pero todo es cuestión de tiempo.

En ese contexto cabe situar los acontecimientos de estos días de Torre Pacheco. Las reacciones comunicativas han sido las habituales. La izquierda ha hablado de nazis cazando inmigrantes, Marlaska de que había que luchar en origen contra las mafias que se lucran trayendo gente a España y los progresistas, de la necesidad de combatir con inteligencia las ansiedades sociales que producen estos choques. Si una parte del espectro político tiende a magnificar las disfunciones, la otra tiende a negarlas.

La España lumpenproletarizada

Es fácil que la derecha obtenga réditos porque es muy complicado que no existan tensiones. Es una cuestión fundamentalmente estructural: España ha cambiado, como lo ha hecho su geografía política y social. Hay partes del país en las que existe ya lumpenproletariado, y es una tendencia creciente: a veces, se trata de poblaciones únicamente nacionales, en otras, hay mezcla con inmigrantes. Ambas viven en una España detenida, en la que el declive es evidente, y donde las soluciones, también las individuales, son difíciles. Son zonas donde se impone la economía de supervivencia, a menudo a través de trabajos ocasionales, de empleos parciales en negro, de ayudas públicas o de una combinación de estas fuentes de ingresos. Esos lugares son abandonados por los hijos de clases medias, que emigran a las ciudades, especialmente las grandes, pero esa es una opción que no alcanza a todo el mundo: solo es posible para aquellos que cuentan con formación y con ayuda familiar. Los trabajos poco cualificados no ofrecen los salarios precisos para mantenerse en las grandes ciudades, donde los costes para la subsistencia, comenzando por la vivienda, no pueden ser afrontados, por lo que no se va a emigrar a un lugar en el que la vida será todavía peor. En consecuencia, hay parte de la población que se encuentra atrapada en territorios con salarios bajos y escaso horizonte, y de los que tienen muy difícil salir. La lumpenproletarización actual hará todavía más difícil que emigren sus hijos.

Estas dinámicas no son infrecuentes en España, y funcionan igualmente para los inmigrantes y para sus hijos, también para los que son españoles. Y sus condiciones se agravan porque ascender en la escala social es complicado, ya que hacen falta recursos de partida, y la integración en entornos deteriorados suele ser muy ardua. Las razones culturales pueden ser un factor, pero no el mayor. Lo explicaba bien Alberto Arricruz respecto de la emigración española en Francia. Los adolescentes que dejaban los estudios o que no sabían qué hacer con su vida, iban a trabajar a las fábricas. Allí obtenían un salario, pero también acababan formando parte de un entorno social compartido. La situación actual dificulta esa reunión en torno de algo común, ya que quienes no consiguen un expediente académico satisfactorio tienen un acceso improbable al empleo. Hoy no existe ese salto automático de la escuela al trabajo, más al contrario. Hay gente que se queda anclada entre un espacio y el otro, y ese es un muy mal lugar.

Cuarta noche en Torre Pacheco: la Guardia Civil carga contra un grupo de jóvenes marroquíes

Además, la sociedad española sufre de servicios públicos insuficientes. Los sucesivos recortes a los presupuestos estatales han generado una falta crónica de médicos, enfermeras, profesores, policías, guardias civiles y servicios de emergencias, entre otros. Una circunstancia imprevista, cuando es de una magnitud significativa, desnuda el elemento asistencial del Estado y muestra su debilidad. Además de evidentes factores políticos, la dana fue uno de esos fenómenos. En esa situación de precariedad estructural, es fácil entender que habrá conflictos.

A menudo, los choques se producirán por los recursos, y es normal que así suceda en entornos muy proletarizados. Si en esa economía del apaño en la que se desenvuelven zonas españolas aparecen foráneos a los que se destinan las ayudas, es sencillo que el malestar comience a arraigarse. Si hay costumbres culturales diferentes, ese malestar aparecerá a simple vista. Esa tensión está presente en diferentes niveles, y a menudo cada parte política pone el acento en un tipo de foráneo: en Madrid se responsabiliza de la subida de la vivienda a los ricos latinoamericanos del barrio de Salamanca o a los dueños de los fondos que compran edificios para especular, en Barcelona a la gran afluencia turística, en el norte de España a los madrileños que compran segundas residencias y así sucesivamente.

La España insegura

El otro elemento estructural que augura tensiones sociales es la inseguridad. En primera instancia, los entornos con pocos recursos y pocas esperanzas poseen un clima en el que la delincuencia puede surgir con cierta facilidad. El auge del cultivo de marihuana en España tuvo que ver con zonas acostumbradas a la economía del apaño. En muchos de esos lugares apenas había inmigrantes. En lugares deteriorados del Estrecho el tráfico de drogas es visto como una salida a la mala situación económica. En las grandes ciudades, y en especial en las turísticas, los robos tienden a ser más habituales. Todo eso contribuye, en algunas poblaciones, a aumentar la sensación de inseguridad. A veces, esta simplemente tiene que ver con hechos violentos, como los que acontecen en las zonas de ocio nocturno. Otras veces, con pandillas juveniles. A nadie le gusta volver a casa mirando continuamente hacia atrás. Se puede argumentar que los datos españoles en cuanto a la inseguridad son buenos en comparación con otros países, pero esto es poco relevante cuando la percepción de la inseguridad se ha extendido. Cuando en esas circunstancias, como ha ocurrido en Torre Pacheco, la amenaza tiene otro color de piel, la tensión aumenta. En este asunto, como en las posibilidades de ascenso social, las cosas también van por barrios: en algunos, la idea de la inseguridad física está presente; en otros, se vive como algo bastante lejano.

Cuando el Estado está presente y cuenta con recursos, la confianza se mantiene, ya que los delitos son combatidos de manera eficiente

En última instancia, el problema no reside tanto en la delincuencia como en la respuesta que se da a las vulneraciones del orden. Cuando el Estado está presente y cuenta con recursos, la confianza se mantiene, porque los delitos, pequeños o grandes, son combatidos de manera eficiente y relativamente rápida. Cuando no es así, y los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado carecen de personal y medios suficientes, es bastante más fácil que la sociedad sienta que algo esencial no funciona. Si, además, la normativa española, como en la reincidencia de pequeños delitos, favorece al infractor, la inseguridad se extiende muy rápidamente por la sociedad.

La España que se desconoce

Estos dos elementos, la lucha por los recursos y la inseguridad, son los que están de fondo en el mensaje de las derechas sobre la inmigración. Y son mensajes relevantes. Son también asuntos que pueden ser fácilmente minusvalorados, y que pueden ser negados sin rubor, porque hablan de una España que se desconoce, de una sociedad que convive con la oficial, pero que nunca se encuentra con ella. Bastaría que políticamente se reconociesen los problemas estructurales, y que se comprendiera que, en ese escenario, los choques culturales son difíciles de evitar mientras no se desactiven las causas de fondo. Pero es mucho más fácil abordar la inmigración desde el moralismo: unos afirman que la inmigración es mala, los otros que es buena, como si fueran categorías en bloque. Cada cual, además, pone el acento en un asunto. Las izquierdas tienden a afirmar que la integración de los inmigrantes, salvo casos aislados, es muy positiva, y que el problema real reside en aquellos que atizan los fuegos, los que tratan de incendiar los ánimos. Vox asegura que no está en contra de la inmigración, sino que quiere que se deporte a los delincuentes, a los que entran ilegalmente y a los menas. ERC, y Rufián lo señaló en el Congreso, está poniendo el acento en la reincidencia, porque es consciente de que su electorado, que cuenta con capas populares, le reclama que actúe en ese sentido. Rebajar el discurso es ganar en este escenario.

No es difícil entender que hay barrios y pueblos en los que la vida es difícil, en los que hay pocas opciones y viven en la inseguridad

Lo malo del moralismo es que tiende a ignorar la realidad. No es difícil entender que hay barrios y pueblos en los que la vida es difícil, en los que hay pocas opciones y en los que la inseguridad está presente. Quizá muchos de los que practican el moralismo no los conozcan, pero existen. Insistir en el maximalismo o en la negación no es buena idea, pero ha sido particularmente problemático para los progresistas, que no han aprendido aún la lección que supuso la era woke, esa en la que perdieron apoyo social de manera significativa.

El cambio de eje

Las cosas son, sin embargo, sencillas de comprender. El eje político ha cambiado. Han sido años de crisis, de desclasamiento, de diferencias en aumento entre lo que se percibe y lo que se paga por vivir, lo que conduce hacia la pérdida de horizonte. En un entorno en el que buena parte de los españoles carece de confianza en el futuro, es lógico que sean valores de seguridad, estabilidad y continuidad los que merezcan mayor crédito.

Las nuevas tendencias políticas ofrecen algo que es anhelado por la gente: tener un buen entorno, ingresos decentes y recorrido de futuro

En ese marco, la derecha sale favorecida, porque el ámbito progresista entiende mal estas ideas. No tendrían por qué ser así necesariamente: los años socialdemócratas europeos, los que se prolongaron desde la Segunda Guerra Mundial hasta la llegada de Reagan y Thatcher se construyeron en torno a estos valores y a una idea de progreso que auguraba una sociedad mejor. Hoy ha perdido esa referencia, y su plan es impedir la llegada de la extrema derecha y persistir en los valores de la época global, esa que se está desvaneciendo. Sin embargo, la política actual está moviéndose en una dirección que es la anhelada por la mayoría de la gente: tener un buen entorno, ingresos decentes y recorrido de futuro, y en esto no se diferencian la gran mayoría de los españoles de la gran mayoría de los inmigrantes.

J.D. Vance ofreció una versión política sobre este asunto durante la campaña presidencial estadounidense: la llegada de inmigrantes ha provocado el aumento de los precios de las viviendas, ha saturado los servicios médicos, los educativos y ha provocado una reducción de las ayudas públicas para los estadounidenses. Y en lugar de mejorar la situación, los progresistas atribuyen motivos oscuros a la gente que se queja y se muestran condescendientes con las personas cuya vida ha empeorado.

Como incluso un reloj estropeado da correctamente la hora dos veces al día, Gordon Brown señaló un camino para las izquierdas cuando afirmó que “más pronto que tarde, habrá que contrarrestar el veneno de la extrema derecha con una agenda progresista centrada en lo que más le importa a la gente: empleo, nivel de vida, justicia y la reducción de la brecha moralmente indefendible entre ricos y pobres”.

España va por detrás políticamente en muchas cosas, y además muestra una falta de ideas preocupante. Pero estos dos mensajes, más tarde o más temprano, llegarán aquí. Incluso puede que lleguen mezclados."              

(Esteban Hernández , El Confidencial, 15/07/25)

4.2.24

El deseo de ser clase media: por qué España es un lugar idóneo para la 'maría'... España dista mucho de sufrir los serios problemas que padecen Estados europeos como Países Bajos o Suecia, donde la penetración de las mafias es notable, ni tampoco cuenta con zonas socialmente desarticuladas, como las banlieues francesas, en algunas de las cuales son los traficantes los que dictan la vida cotidiana. Pero hay una serie de elementos preocupantes que ya están presentes... Esa parte de España poblada por polígonos semivacíos, por territorios que creyeron que iban a despegar y se quedaron detenidos, y cuya industria cerró, resulta especialmente atractiva para promover el cultivo de la marihuana... La economía de supervivencia se impone en zonas que ya están produciendo lumpenproletariado... este tipo de producción requiere de mano de obra barata y dispuesta, dueños de naves que no hacen preguntas y cobran en negro, electricistas que hagan los ajustes precisos y de personas que miran hacia otro lado. España tiene mucha gente en situación de necesidad y acostumbrada a los apaños... el cultivador se autopercibe como un empresario que ha ascendido socialmente y que no hace ningún mal, simplemente cultiva plantas... pero la ilegalidad supone ajustes de cuentas, intentos de robo o de quemar las cosechas ajenas, suponen armas de fuego y estar dispuesto a disparar (Esteban Hernández)

 "El papel de España como centro logístico de la droga, como lugar idóneo desde el que distribuir por Europa la mercancía, es bien conocido desde hace años. Además, el auge de la marihuana, en consumo y en precio, ha convertido a nuestro país en gran productor. La mancha se va extendiendo, con los peligros asociados a ella. El aumento de la criminalidad ligado a la marihuana es significativo, pero también lo son las señales, todavía incipientes, de que esas actividades ilícitas puedan acabar condicionando de forma definitiva la vida de las poblaciones en las que operan.

El cambio que se está produciendo en España queda reflejado en el libro Brots de narcosocietat (Ed. Columna), de la periodista especializada en información policial y judicial Fàtima Llambrich, en el que alerta del nuevo escenario en el que nos estamos adentrando. España dista mucho de sufrir los serios problemas que padecen Estados europeos como Países Bajos o Suecia, donde la penetración de las mafias es notable, ni tampoco cuenta con zonas socialmente desarticuladas, como las banlieues francesas, en algunas de las cuales son los traficantes los que dictan la vida cotidiana. Pero hay una serie de elementos preocupantes que ya están presentes.

Los factores esenciales

En esa escalada, es relevante el hecho de que España haya dejado de ser simplemente un lugar de tránsito y se haya convertido también en productor. Hay varios factores que hacen de nuestro país un lugar idóneo para el cultivo. Además de la situación geográfica, "los delincuentes valoran que la legislación española sea más laxa que otras europeas", asegura Llambrich, pero también que "contamos con un sistema industrial en desuso, con locales con instalaciones eléctricas ya realizadas y con polígonos semiabandonados", lo que proporciona una infraestructura que les resulta favorable. Como elemento final, también está el conocimiento del territorio, ya que "hay un historial amplio de organizaciones criminales que han operado aquí".

Sin embargo, de todos esos factores, hay uno que debe destacarse, porque es el que facilita que las organizaciones se extiendan aprovechando las facilidades que las zonas interiores ofrecen. Esa parte de España poblada por polígonos semivacíos, por territorios que creyeron que iban a despegar y se quedaron detenidos, y cuya industria cerró, resulta especialmente atractiva para promover el cultivo.

Esos lugares en declive tienen dificultades relevantes, que se dejan sentir en sus clases medias y en las populares, y que se aprecia especialmente en las dinámicas migratorias. Sus jóvenes suelen marcharse en busca de mejores opciones laborales, sobre todo a grandes ciudades, pero eso solo es posible para aquellos que cuentan con alguna formación y con ayuda familiar. Los trabajos poco cualificados no ofrecen los salarios precisos para mantenerse en una ciudad cara en la que hay que afrontar el coste de la vivienda. En consecuencia, parte de su población, sobre todo aquella con bajo nivel adquisitivo, se ve obligada a permanecer en zonas en las que los empleos son insuficientes. La economía de supervivencia se impone, a menudo a través de trabajos ocasionales, de empleos parciales en negro, de ayudas públicas o de una combinación de estas fuentes de ingresos. Y los hijos que tienen crecerán con esos problemas agravados. Son zonas que están produciendo lumpenproletariado.

La marihuana es otra cosa

La relación entre los ámbitos con menos recursos de la sociedad y el tráfico de drogas es directa. De esos sectores obtienen su mano de obra en la escala más baja. Algeciras o La Línea de la Concepción son un ejemplo de ello en España, pero es algo habitual en barrios de EEUU o de otros países de Europa, y un lugar común en ciertos estados latinoamericanos: personas pobres o muy pobres, que carecen de futuro, encuentran en la actividad delictiva un ascenso social directo que puede exhibirse en signos visibles: coches, fiestas, joyas, armas.

Lo de España con la marihuana es otra cosa, porque el productor autóctono tiene cada vez menos ese perfil. Su perspectiva vital es más la de la España del apaño, ese ir tirando al que se han acostumbrado, que el de los grandes sueños de riqueza. Describe Llambrich la experiencia de un productor que recibe entre 10.000 y 12.000 euros al trimestre, que no es una cantidad menor, pero que está muy alejada de un nivel de vida elevado. En la entrevista que realiza en el libro a un joven proveniente de un entorno desestructurado, cuya vida siempre había estado ligada a delincuencia menor, aparece esta mentalidad de un modo expreso: "Identifica su actividad actual como un modo de vida que le ha permitido un cambio social. Antes robaba un bolso y tenía que enfrentarse a la gente, y ahora es un empresario, que ya ha pasado por la época de dedicarse a cuidar la plantación. Tiene una vida fácil que le permite llegar a final de mes sin preocupaciones. Se autopercibe como un empresario que ha ascendido socialmente y que no hace ningún mal, simplemente cultiva plantas".

La tipología del cultivador no ofrece un perfil único: "Hay desde personas que tienen trabajo y que obtienen un extra con la producción de marihuana, hasta delincuentes con delitos menores que han cambiado de oficio. Les sale más a cuenta y las penas si les cogen son menores".

Un apaño más

El tipo de droga ayuda, porque la marihuana está más aceptada socialmente y se percibe como menos arriesgada: no parece lo mismo cultivar maría que vender heroína. Las vías de acceso a esta droga son más fáciles, y también, por esa informalidad, es más sencillo contactar con redes que compran la producción.

El problema último es que nunca es así. La ilegalidad implica violencia y desprotección, y eso no siempre se entiende de antemano, como le ocurrió a aquel pequeño camello que denunció a un policía que patrullaba a quienes le habían robado la mercancía. La ilegalidad supone ajustes de cuentas, intentos de robo o de quemar las cosechas ajenas, suponen armas de fuego y estar dispuesto a disparar. Y las consecuencias legales no son tan laxas: "Cuando los cultivadores son imputados por pertenencia a una organización suelen sorprenderse, porque ellos son simplemente agricultores. Pero pertenecen a una red que finalmente hace posible que su producción sea adquirida", afirma Llambrich.

En todo caso, este tipo de producción requiere de mano de obra barata y dispuesta, dueños de naves que no hacen preguntas y cobran en negro, electricistas que hagan los ajustes precisos y de personas que miran hacia otro lado. España tiene mucha gente en situación de necesidad y acostumbrada a los apaños, por lo que las tentaciones se multiplican cuando se considera la producción de marihuana como un extra o como una manera de llevar una vida más holgada. Es otro apaño más."                  (Esteban Hernández, El Confidencial, 04/02/24)

11.12.09

La guerra del pan... Madrid...

"Ahora parece una obra de Bertolt Brecht, pero hace poco más de treinta años tuvo lugar en Madrid la asombrosa Guerra del Pan. El Capitalista Malvado era en el reparto Constantino Pérez Pillado, presidente del Consorcio de Panadería y teniente de alcalde del Ayuntamiento de Madrid, bajo cuyos auspicios los fabricantes de pan tenían el monopolio de la venta de las barras, que gracias a la protección de las autoridades podían vender con un peso muy inferior al que marcaba la ley.

El bello Héroe Colectivo, sin duda, las asociaciones de vecinos, que aceptaron la oferta de Alonso Munárriz –el Empresario con Corazón- de proporcionarles barras con el peso legal para que ellas las vendieran en sus sedes fuera del régimen de monopolio. Hasta manifestaciones se hicieron, como la de 100.000 personas que desfilaron bajo el bonito lema de “¡Pan, trabajo y libertad!”. El Vencedor, al fin, fue el Pueblo: se eliminó el monopolio, se restituyó el peso legal. Treinta años después, felizmente, la dificultad estriba en escoger entre una barra con cereales o una con soja.

Lo pensaba ayer viendo Madrid. 40 años de acción vecinal, una exposición sobre los puntos de la vida pública en que las asociaciones de vecinos han presionado a los políticos. Es instructiva." (Diego Zalazar; Ramón Gonzálea Ferriz: Auge y declive del proletario. Factual, 10/12/2009)