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26.1.25

El primer cardenal del Opus Dei, nombrado por Juan Pablo II y arzobispo de Lima, fue apartado por el Papa en 2019 tras acusaciones de pederastia... La Obra conoció la denuncia en 1983, pero la ignoró 35 años... la víctima sufrió acoso por parte de conocidos y familiares vinculados al Opus Dei para que se retractara. “Me sorprendió la cantidad de rechazo y ataques que recibí, no había hecho nada malo”, señala... Cipriani ha sido cuestionado en los últimos años por su actuación en el caso Sodalicio, el poderoso grupo católico ultraconservador con rasgos de secta disuelto por el Papa esta semana, tras numerosas acusaciones de pederastia y corrupción financiera

 "El primer cardenal del Opus Dei en toda su historia, el peruano Juan Luis Cipriani, nombrado por Juan Pablo II en 2001 y arzobispo de Lima durante dos décadas, fue obligado en 2019 por el papa Francisco al retiro y a irse de Perú tras haber sido acusado de abuso de un menor. También le prohibió llevar hábitos y símbolos cardenalicios y hacer declaraciones públicas y, de forma implícita, participar en un futuro cónclave. Ahora ya no es posible porque tiene más de 80 años, cumplió 81 en diciembre, y es el límite de edad para entrar en él. No hubo un proceso canónico, sino que fueron medidas aceptadas por el cardenal. No obstante, Cipriani no ha tenido problema en volver a Perú con gran protagonismo: el pasado 7 de enero recibió de manos del alcalde de Lima, Rafael López Aliaga, también miembro del Opus Dei, la medalla de la Orden al Mérito en el grado de Gran Cruz, máximo reconocimiento del ayuntamiento de la capital peruana. En las imágenes viste sotana, sin ningún símbolo cardenalicio.

En el momento de su cese en 2019 el Vaticano simplemente comunicó que el Pontífice había aceptado su renuncia, que los obispos deben presentar al cumplir 75 años, pero llamó la atención que la dimisión se acogiera de inmediato, pues lo normal es que se espere unos años, salvo que haya problemas de salud o de otro tipo. La verdadera razón fue la acusación de abusos de un menor, que ahora tiene 58 años, y que en 2018 escribió una carta al Papa denunciando los hechos, según ha relatado la víctima a EL PAÍS y confirman fuentes eclesiásticas en Lima. La oficina de prensa del Vaticano, consultada al respecto, no ha querido hacer ninguna declaración. El denunciante, que no desea identificarse, acusó a Cipriani de tocamientos, caricias y besos en 1983, cuando tenía entre 16 y 17 años.

También confirma lo ocurrido el mediador que llevó su carta al Pontífice, Juan Carlos Cruz, miembro de la Comisión Pontificia para la Protección de Menores del Vaticano y superviviente de abusos en Chile. Cruz corrobora que, efectivamente, hizo la gestión, entregó la carta al Papa y “Francisco actuó”. Pero no desea hacer más valoraciones y subraya que no puede revelar el contenido de sus conversaciones con Bergoglio.

 El Opus Dei admite que el denunciante quiso reunirse con el vicario general de la Obra en Perú en 2018, el español Ángel Gómez-Hortigüela, para informarle de sus acusaciones, pero que no quiso recibirle por considerar que el asunto no era de su competencia. Gómez-Hortigüela ha explicado que “no le parecía conveniente”, indican portavoces de la Obra en Roma. Sostienen que, por ser cardenal, Cipriani no depende del Opus Dei, sino que “está incardinado en la Santa Sede”. También detallan que en la Obra nunca vieron la carta y “no hay constancia de ninguna denuncia”, si bien la carta no es una denuncia canónica como tal. La Obra afirma igualmente no tener noticia de las medidas del Papa, aunque señalan que Cipriani no estaría obligado a comunicarlas al Opus Dei pues, repiten, depende del Pontífice. Admiten, en todo caso, que tras su renuncia, Cipriani dejó Perú y ha vivido entre Roma y Madrid.

Este diario solicitó hablar con Cipriani o al menos recabar su versión, pero la respuesta de la Obra fue, de nuevo, que el cardenal “no depende del Opus Dei” y no podía ponerse en contacto con él. Cipriani lleva 62 años en esta organización religiosa: pidió ingresar en la Obra con 19 años, el 10 de junio de 1962, según la información oficial del Vaticano. Luego estudió en Roma en un centro de la organización y en la universidad de Navarra. Fue ordenado en 1977 en la basílica de San Miguel de Madrid. Cipriani fue el clérigo más poderoso de la Iglesia peruana durante dos décadas y uno de los líderes de la ultraderecha católica latinoamericana, muy controvertido por ser amigo y aliado del dictador Alberto Fujimori, que presidió Perú entre 1990 y 2000.

El Papa intervino, además, porque no era la primera vez que había acusaciones de este tipo contra Cipriani, indican las mismas fuentes: ya había llegado al menos una en 2002, que no tuvo recorrido. El relato de la víctima que ahora sale a la luz revela algo más: asegura que contó los abusos al Opus Dei en 1983, cuando los sufrió. Es decir, según su relato, cuando en 2019 el Papa obligó a retirarse a Cipriani, la Obra ya conocía acusaciones de abusos contra él desde hacía al menos 35 años. El Opus Dei asegura que tampoco tiene constancia de esa denuncia, “no hay nada registrado”. Cipriani luego fue nombrado vicario del Opus Dei en Perú en 1986, máxima autoridad de la entidad en el país; en 1988 fue obispo auxiliar de Ayacucho, y arzobispo en 1995; hasta que en 1999 fue designado arzobispo de Lima.

El denunciante escribió a Bergoglio en el verano de 2018 y le hizo llegar su carta a través de Juan Carlos Cruz, que se había distinguido en la lucha de las víctimas chilenas para denunciar el escándalo y había establecido contacto con el Papa. En el texto, explicó que no buscaba venganza: “Lo único que quiero es que sepa la verdad y que la tenga usted en cuenta cuando vaya a tomar decisiones sobre el futuro del actual obispo de Lima y cardenal del Perú. (…) Solo quiero que aparte de la Iglesia a un pastor que me ha hecho daño y no merece todos los privilegios que ha recibido en estos años”.

 El Papa actuó enseguida y encargó el caso a un jesuita de confianza de una parroquia de Lima, que se puso en contacto con el denunciante para atenderle y recabar toda la información. Tras escucharle, le explicó que la acusación era aún más grave porque los abusos tenían lugar durante el sacramento de la confesión.

Presiones, insultos y amenazas de conocidos de la Obra

El envío de la carta fue conocido pronto en el Opus Dei, asegura la víctima, porque Cipriani y su entorno comenzaron a moverse para intentar parar el proceso. Afirma que sufrió acoso por parte de conocidos y familiares vinculados al Opus Dei para que se retractara. Un obispo peruano de la Obra, según los mensajes de WhatApp a los que ha tenido acceso este diario, le escribió para redactar una carta juntos en la que negaba la anterior. EL PAÍS ha tenido acceso a más de 60 páginas con los mensajes que recibió esta persona a partir de 2018 y hasta 2022 por teléfono y correo electrónico. Mensajes con insultos y amenazas, como denunciarle y divulgar en prensa su nombre. También le advertían que se convertiría en “un apestado” y que pensara en el daño que haría a su familia.

En algunos de los mensajes sus interlocutores le rebotaban mensajes de Cipriani y le decían que quería hablar con él, pero la víctima se negó. Un conocido, amigo del cardenal, llegó a escribirle 49 mensajes intimidatorios. Algunos amigos, miembros de la Obra, dejaron de hablarle. “Me sorprendió la cantidad de rechazo y ataques que recibí, no había hecho nada malo”, señala la víctima.

Cipriani, por su parte, fue a Roma en noviembre de 2018 y se reunió con Francisco en visita privada, según publicó entonces la prensa italiana. En esos días iba a recibir un premio en Roma, pero no acudió a la ceremonia y le sustituyó el obispo auxiliar de Lima. El cardenal alegó ante el Pontífice que el menor, en su momento, sufría problemas psiquiátricos y había confundido sus muestras de cariño, según indica el denunciante. Sin embargo, Bergoglio aprovechó que el cardenal debía presentar su renuncia el mes siguiente por razones de edad para forzar su marcha y le castigó con el exilio, una decisión que sacaba a Cipriani de su centro de poder.

 El relato de la víctima en la carta enviada al Papa sitúa los hechos en un centro para estudiantes del Opus Dei en Lima, en 1983, cuando tenía entre 16 y 17 años. Era huérfano de padre, con problemas escolares, y su madre pensó que era buena idea que frecuentara el centro de la Obra para que le ayudaran a estudiar. Cipriani se convirtió en su confesor, las confesiones eran cara a cara, en una habitación del centro, y cada vez eran más largas. Llegaron a durar hasta 45 minutos y se convirtieron en una pesadilla para el chico. Cipriani, asegura, le mandaba llamar: “Me confesé con él cada semana o dos semanas durante más de un año. Eran confesiones muy duras. Me recriminaba con crudeza sobre mis fallas en los estudios o en mi conducta. Llegaba un punto en que me sentía muy mal y algunas veces lloraba. Yo estaba arrodillado frente a él, entre sus piernas. Cuando me tenía totalmente demolido emocionalmente me abrazaba. Eran abrazos largos, incómodos. Luego pasó del abrazo a meter la mano debajo de mi polo, por la espalda y la sobaba por largo rato. Después metía la mano, levantando el buzo, acariciando mis glúteos. Machucaba mis nalgas y me decía ‘esos jamones’. Todo esto era ya muy incómodo. Yo ponía mis manos entre él y yo para que no avanzara más”. Esto, sostiene, se repitió en varias ocasiones.

Luego, asegura, comenzó a besarle en cada confesión: “Besos en la cara, seguidos. Me abrazaba fuerte, contra su cuerpo. Yo no sentía nada, pero supongo que por la posición del cuerpo hacía chocar sus genitales contra mi pecho. Cuando los besos se comenzaron a acercar a las comisuras de mis labios mi rechazo fue inmediato”. Fue la última vez que se confesó con él.

“Me pidieron que no lo contara a nadie”

Ese día un amigo le preguntó por qué tardaba tanto en confesarse si él solo estaba 10 minutos. Le contó lo que pasaba y le respondió que eso no era normal. Lo dijeron entonces a adultos de confianza del Opus Dei, que informaron a los superiores de la organización, según el relato del denunciante. Llamaron al menor dos días después y, afirma, se reunió con el vicario general del Opus Dei en Perú, ya fallecido, y otros tres sacerdotes “ya mayores y con autoridad dentro de la Obra”. “Me pidieron que no le contara a nadie lo sucedido. Me dijeron que hablaron con Juan Luis Cipriani y que en su defensa señaló que yo era un huérfano con problemas y que había malinterpretado todo el cariño de padre que me había dado”, señala. Esta es la primera denuncia de la víctima que la Obra afirma que no le consta.

Luego tuvo un encuentro con el propio Cipriani: “Recuerdo con terror creer ver aparecer su Volkswagen rojo. Era un hombre violento y yo pensé que podría hacerme daño físico. Pero una parte de mí esperaba una disculpa. El encuentro fue brutalmente desagradable. Hoy entiendo que manipuló toda la situación para hacerme sentir culpable a mí. Me recriminó, me insultó. Fue tal la agresividad que tuve que terminar diciéndole que quería que me volviera a confesar para que se calmara. Sin embargo, no regresé más”. Nunca le pidió perdón, asegura.

 El joven se alejó de la Iglesia y siguió con su vida. Un momento crítico para él fue la elección del sucesor de Juan Pablo II, en 2005, porque Cipriani estaba en el cónclave y podía ser elegido Papa. “Yo pensaba: ¿y si lo eligen a él? ¿me tengo que cambiar de religión?”. En 2018 decidió por fin escribir a Francisco tras ver una película sobre el escándalo de abusos en Chile, El bosque de Karadima, que despertó sus recuerdos. En ese país, el Papa había actuado con contundencia tras hablar con víctimas y obligó a renunciar en bloque a todos los obispos. Por eso buscó cómo contactar con Juan Carlos Cruz. Cuando fue a hablar con el vicario general de la Obra en Perú, como admite el Opus Dei, afirma que le dio largas “porque dijo que era nuevo y llevaba poco tiempo en el cargo”. “Nunca me dejaron hablar con ellos ni dar mi versión. Sé que un exprelado comentó: ‘Qué tanto escandalo hace por un pellizcón en el poto [nalgas]’”, señala. El Papa cumplió su palabra y la Santa Sede anunció la jubilación del cardenal el 25 de enero de 2019, justo ahora hace seis años.

 Cipriani ha sido cuestionado en los últimos años por su actuación en el caso Sodalicio, el poderoso grupo católico ultraconservador con rasgos de secta disuelto por el Papa esta semana, tras numerosas acusaciones de pederastia y corrupción financiera. Cipriani ignoró a las primeras víctimas que fueron a denunciar los abusos al arzobispado de Lima en 2011. Cuando estalló el escándalo en 2015, tras la publicación de un libro de los periodistas Paola Ugaz y Pedro Salinas, llevaban cuatro años sin recibir una sola llamada o noticia de sus denuncias. Cipriani llegó a ser investigado entonces en los tribunales por encubrimiento de los abusos del Sodalicio, una causa que fue archivada. En 2013 también atribuyó a una “campaña organizada” las acusaciones de pederastia con el obispo auxiliar de Ayacucho, Gabino Miranda, destituido por la Santa Sede y que pertenecía al clero del Opus Dei, la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

 El cardenal era también una figura controvertida por su amistad con el dictador Alberto Fujimori. Siendo obispo auxiliar y arzobispo de Ayacucho, centro del conflicto entre el Estado peruano y el grupo terrorista Sendero Luminoso, se convirtió en un aliado del régimen y fue acusado de callar ante violaciones de derechos humanos. El escritor Mario Vargas Llosa, entre otros, le criticó duramente en 2002 y más tarde, en 2011, en sendos artículos en EL PAÍS “por su complicidad con la dictadura de Montesinos y Fujimori, a la que apoyó de una manera que sonroja a buen número de católicos peruanos, que fueron sus víctimas y la combatieron”. “La frase que lo ha hecho famoso es haber proclamado, en aquellos tiempos siniestros en que la dictadura asesinaba, torturaba, hacía desaparecer a opositores y robaba como no se ha robado nunca en la historia del Perú, que ‘los derechos humanos son una cojudez’ (palabrota peruana equivalente a la española ‘gilipollez’)”, señaló el premio Nobel. Cipriani precisó luego que lo dijo de la Coordinadora de Derechos Humanos, institución dirigida por una ex religiosa española."                 ( Íñigo Domínguez , El País, 25/01/25)

12.11.24

"El Opus Dei es muy hábil a la hora de tapar sus abusos"... El Opus Dei es una organización abusiva que controla y manipula a las personas, que las aparta de sus familias y de sus amigos... utiliza la fe de sus miembros para infiltrarse en sus vidas y en sus familias... siempre ha tenido como objetivo las élites políticas y económicas. Por eso su influencia sigue siendo muy grande... Creo que lo novedoso en mi libro es que por primera vez se explica a un público amplio cómo es la organización y cómo funciona realmente. Pero lo más relevante para mí es haber dado voz a cientos de exmiembros de la organización para que cuenten al mundo su versión de la historia. Además, aporto datos nuevos sobre la relación del Banco Popular con el Opus: documentación que muestra lo que pasó y cuanto dinero salió realmente del banco hacia la Obra (Gareth Gore, periodista inglés)

 "El periodista británico Gareth Gore acaba de publicar Opus (Editorial Crítica) en castellano y en Pòrtic Edicions en catalán, un libro que apunta a que va a ser el ensayo del año. Tras cinco intensos años de investigación, Gore, reportero especializado en economía y finanzas, ha escrito la que para muchos es la aproximación más fidedigna al lado oscuro del Opus Dei, una organización religiosa que, a punto de cumplir su centenario, siempre ha estado rodeada de misterio. Escrito con ritmo de thriller, Opus narra la historia de la Obra desde su fundación en 1928 hasta nuestros días y abunda en jugosos detalles sobre la codicia, la ambición, la manipulación y la misoginia de las que siempre han hecho gala sus dirigentes, históricamente más preocupados en acumular poder y riqueza que en ayudar a los pobres. La entrevista la realizó Jorge Otero Maldonado.

Su libro se presenta el libro como la historia jamás contada del Opus Dei. ¿Qué novedades concretas aporta en este sentido?

Los abusos y la manipulación dentro del Opus Dei se conocen desde hace años. Sin embargo, se ha hablado poco de ello: la Obra ha sido hábil a la hora tapar esta fea realidad. Creo que lo novedoso en mi libro es que por primera vez se explica a un público amplio cómo es la organización y cómo funciona realmente. Pero lo más relevante para mí es haber dado voz  a cientos de exmiembros de la organización para que cuenten al mundo su versión de la historia. 

Además, aporto datos nuevos sobre la relación del Banco Popular con el Opus: documentación que muestra lo que pasó y cuanto dinero salió realmente del banco hacia la Obra.

El Opus Dei ha criticado con dureza el libro y le acusa de engaño. ¿Le preocupa tener en contra a esta organización? 

El Opus Dei se ha inventado esta locura de que yo les he engañado para que hablaran y me dejaran acceder a sus archivos. Presumen de ser una organización transparente pero al mismo tiempo me acusan de haberles engañado. Esas dos afirmaciones no pueden ser simultáneamente ciertas, se contradicen. Las acusaciones son básicamente una estrategia para tapar las revelaciones muy específicas que aparecen en mi libro. Esa acusación es una falta de respeto hacia sus víctimas, pero también hacia mí como autor.

¿Ser extranjero le ha facilitado el trabajo?  ¿Cree que un periodista español hubiera podido escribir este libro?

Muchísima gente me ha dicho que este libro nunca hubiera visto la luz si lo hubiera escrito un periodista español. Eso no quiere decir que los periodistas españoles no estén a la altura, ni muchísimo menos. Hay muchos que son brillantes, pero hay una cosa clara: los tentáculos del Opus Dei llegan muy lejos aquí en España. Creo que un autor español  hubiera sufrido más presiones y hubiera tenido muchos más problemas para sacar esta historia adelante.

¿Puede que al ser británico su mirada esté menos condicionada por el entorno?

Creo que es es muy difícil encontrar a gente en España que no tenga una opinión fuerte acerca del Opus Dei, ya sea positiva o negativa. Es bueno que alguien de fuera, por tanto, pueda prestarle una mirada desde un sitio más neutro. Yo entré en esta historia sin ningún prejuicio. Inicialmente, yo iba a investigar la caída del Banco Popular desde una perspectiva financiera. De hecho, no tenía ni siquiera una opinión formada sobre el Opus Dei. Simplemente, me he dejado llevar por la historia. 

¿Qué fue lo que le enganchó para abrir el foco y terminar investigando el lado oscuro del Opus Dei?

En un principio, yo sólo quería escribir sobre el auge y caída del Banco Popular. Me fascinaba el hecho de un banco aparentemente tan fuerte desapareciera así de repente. Empecé a investigar y descubrí que Luis Valls-Taberner, el histórico presidente del Banco Popular, había sido un miembro numerario del Opus Dei, una organización muy misteriosa de la que yo no sabía nada. Eso me  llamó mucho la atención. Ahí empecé a tirar del hilo.

¿Cuánta culpa tuvo el Opus en la caída en la caída del Banco Popular?

El Opus Dei no fue directamente responsable del colapso del Banco Popular, pero sí tuvo un impacto indirecto. La cúpula del banco y la Sindicatura, ese grupo de miembros del Opus que controlaba el 10% de las acciones, estaban obsesionados con mantener la independencia de la entidad y la estructura de poder al servicio del Opus. Sin embargo, el Banco Popular tenía que limpiar su balance y necesitaba un inversor externo para seguir adelante. Pero si recurres a alguien de fuera lo que ocurre es que los accionistas pierden poder. Esa estructura de poder al servicio del Opus impidió que los directivos del Banco Popular tomaran las decisiones adecuadas para su supervivencia.

Usted cuenta que los hombres del Opus "secuestraron el Banco Popular "y lo transformaron en un "cajero  automático" al servicio de la Obra. ¿Quién es ahora ese cajero automático?

En Estados Unidos el Opus Dei se ha aliado con católicos radicales adinerados y tiene vínculos con otros negocios de los que tampoco sabemos mucho. Estaría bien que se investigara eso.

¿El Opus Dei es una secta?

Para mí no hay ninguna duda. El Opus Dei es una organización abusiva que controla y manipula a las personas, que las aparta de sus familias y de sus amigos. He hablado con antiguos miembros numerarios que han vivido durante años en este sistema de abuso. Me gustaría matizar que en lo que se refiere a los supernumerarios, [los miembros, casados o solteros, que pueden realizar una vida familiar y vivir fuera de los centros del Opus, pero que aún así buscan la santificación con su vida ordinaria] la cosa es un poco diferente. Creo que muchos de estos supernumerarios no tienen ni idea de lo que está pasando realmente en el núcleo duro de la organización. 

¿Es el Opus una organización tan mafiosa como usted la describe, solo interesada por el poder, el dinero y la influencia?

El Opus Dei utiliza la fe de sus miembros para infiltrarse en sus vidas y en sus familias. En el libro abundan ejemplos en los que queda claro que el bienestar espiritual de sus miembros no es una prioridad para la organización, pese a que en los años 80 el Papa Juan Pablo II la elevó al estatus único de prelatura personal.

¿Dónde quedan entonces valores como la solidaridad o el voto de pobreza?

El Opus Dei siempre ha tenido como objetivo las élites políticas y económicas. Por eso su influencia sigue siendo muy grande. Nunca verás a ninguno de sus miembros a las puertas de las fábricas intentando reclutar para la Obra a simples trabajadores. El Opus Dei se fija en personas en posiciones de poder o en estudiantes que el día mañana podrían estar en posiciones de poder. Los intereses de la organización siempre están por encima de los intereses individuales y de cualquier sentimiento espiritual.

¿El Opus Dei odia a las mujeres?

El Opus Dei es una organización misógina. Eso no quiere decir que todos sus miembros lo sean. Estoy seguro de que muchas mujeres dentro del Opus creen sinceramente que ellas deben ser iguales a los hombres. También algunas personas dentro de la organización piensan de forma sincera que el trato a las mujeres debería cambiar, pero en el fondo son incapaces de llevar adelante ese cambio porque eso significaría poner en cuestión la visión sobre la cual se cimenta la estructura del Opus Dei.

Usted hace un retrato de José María Escrivá, fundador del Opus, como alguien ambicioso, vanidoso, megalómano, codicioso y autoritario. ¿La organización es un reflejo de su personalidad incluso 50 años después de su muerte?

El Opus Dei ha hecho una operación de propaganda gigantesca para borrar cualquier elemento negativo en la figura de José María Escrivá. He hablado con personas que le conocieron, incluso con miembros que aún siguen en la organización, y todos reconocen que el fundador del Opus Dei tenía una personalidad bastante complicada y que en ocasiones iba demasiado lejos, como por ejemplo poner cámaras para espiar a las personas que trabajan para él en Villa Tevere, la sede centra del Opus en Roma. Pero nadie cuestiona a Escrivá porque hacerlo implicaría cuestionar el carácter del Opus Dei, y nadie quiere que el barco se tambalee demasiado.

El Opus  Dei floreció durante la dictadura franquista. ¿La organización hubiera sido lo mismo sin Franco?

No, sin ninguna duda. Es los años anteriores a la Guerra Civil, entre 1928 y 1936, Escrivá  sólo atrajo a 20 personas. Después de  la guerra el número de miembros se multiplicó. El Opus Dei llegó a tener miles de seguidores gracias a las ayudas directas e indirectas de la dictadura franquista. En el libro hablo sobre el dinero que recibió el Opus de Franco. La Obra siempre mostró mucho interés en profundizar sus vínculos con la dictadura franquista porque era una relación que le reportaba muchos beneficios.

¿Cómo son ahora las relaciones del Opus con el Estado español?

Estos últimos días que he pasado en Madrid me han dejado claro que los tentáculos del Opus Dei son aún muy profundos...

¿Puede darme algún ejemplo concreto?

Un claro ejemplo es el ataque que ha sufrido el libro por parte de ciertos medios de comunicación. Ha sido criticado con dureza por personas que ni siquiera lo han leído. ¿Por qué ocurre esto? Para mí está claro: el libro describe realidades que ciertas personas en España no quieren que salgan a la luz. 

Así que podemos decir que el Opus sigue teniendo mucho poder e influencia en la España actual.

Uno de los aspectos más preocupantes para mí es la influencia que tiene el Opus Dei en el sistema educativo español. Me inquieta que una organización tan abusiva tenga tanta influencia en el futuro de tantos niños. Creo que es algo que el Ministerio de Educación debería controlar. Está claro que los tentáculos del Opus son muy profundos y que existen fuertes vínculos políticos con el poder en España. Ojalá mi libro anime a otros a investigar esos vínculos porque hasta ahora mucha gente ha tenido miedo a hacerlo.

¿Una victoria de Trump en Estados Unidos le daría un nuevo impulso al Opus Dei?

Bueno, en el mandato anterior de Donald Trump ya hubo personas en su círculo más cercano que pertenecían al Opus Dei o tenían estrechos vínculos con la organización. Si vuelve a ganar no me sorprendería ver a más figuras del Opus Dei en posiciones importantes dentro de su Gobierno. De hecho, muchos miembros del Opus han estado trabajando en el Proyecto 2025 de Trump.

¿Está en la actualidad el Opus en un momento decisivo para su futuro por sus difíciles relaciones con el Papa Francisco? 

El Opus Dei se encuentra en mitad de la crisis más profunda de toda su existencia por sus relaciones actuales con el Vaticano. Creo que en las próximas semanas vamos a asistir a importantes decisiones: hay rumores sobre una decisión inminente del Papa Francisco respecto al futuro del Opus Dei. Francisco es consciente desde hace años de los abusos y de la manipulación dentro de la Obra y ha dado algunos pasos para acotar esos abusos e introducir cambios significativos, aunque va con mucha cautela porque sabe que el Opus Dei es una organización muy poderosa. Ser demasiado agresivo podría ser contraproducente. 

Sin embargo, dice usted que el tiempo juega en contra de Francisco.

El Papa es muy mayor, no tiene una salud magnífica ahora mismo y es posible que no esté ahí durante mucho más tiempo, en cuyo caso el Opus Dei podría llegar a sobrevivir a esta crisis. Si el siguiente Papa es más amistoso con el Opus, entonces es posible que la organización siga prosperando sin tener que reformarse.

¿Tiene sentido la existencia del Opus Dei no ya solo en la sociedad actual, sino en la Iglesia actual?

Yo no soy católico ni soy religioso, pero puedo llegar a identificarme con la filosofía inicial de Escrivá de buscar la perfección y de querer entregar tu vida diaria a algo espiritualmente valioso. Puedo ver el atractivo que tiene. El problema es que el Opus Dei y el propio Escrivá traicionaron esa filosofía casi desde el principio. Escrivá estaba más preocupado por hacer proselitismo y por reclutar a hombres jóvenes sin que ellos supieran exactamente lo que estaba pasando de manera subrepticia en la Obra. Así que en apenas poco más de diez años de vida del Opus, a principios de los años 40 del pasado siglo, esta filosofía tan positiva ya se había transformado en algo mucho más oscuro y mucho más peligroso."  

(Entrevista a Gareth Gore, Jorge Otero, Público, 01/11/24)

13.10.24

En primera persona: el testimonio de las mujeres que han sentado al Opus Dei en el banquillo... Beatriz Delgado logró escaparse después de servir 16 años sin salario y en condiciones de encierro, pero la encontraron y la obligaron a regresar contra su voluntad por nueve años más... A Alicia Torancio la sobremedicaron con pastillas psiquiátricas y la dejaron en una habitación para que ninguna de sus compañeras pudiera verla... a Alicia, la depresión la llevó a pesar 45 kilos y terminó internada en un neuropsiquiátrico tras un intento de suicidio. No le dijeron nada a su hermana, que estaba también dentro del Opus Dei. Tampoco a otra hermana que estaba afuera y que iba a golpear la puerta para saber cómo estaba y no la recibían. Alicia explica por qué aun con esa depresión no logró irse hasta los 30 años. “No me iba porque me dijeron que ese sufrimiento era mi cruz, que tenía que ofrecerlo” (Paula Bistagnino)

 "Susana Lencina era la criada adolescente de una familia en Rosario cuando su patrona la subió a un coche para que la llevaran a la escuela de mucamas del Opus Dei en Buenos Aires.

A Tita Villamayor la fueron a buscar con su prima en un pueblo rural de Paraguay a los 15 años con la promesa de una escuela en la capital, Asunción, y pronto la llevaron a la Argentina y la pusieron a trabajar.

Beatriz Delgado logró escaparse después de servir 16 años sin salario y en condiciones de encierro, pero la encontraron y la obligaron a regresar contra su voluntad por nueve años más.

A Alicia Torancio la sobremedicaron con pastillas psiquiátricas y la dejaron en una habitación para que ninguna de sus compañeras pudiera verla.

Cuando falleció su padre, Norma Martínez no tenía dinero para el entierro y no la ayudaron; le dijeron lo mismo que cuando pedía ver a su familia: que practicara el desprendimiento y que su familia era la Obra. 

Las de Susana, Tita, Beatriz, Alicia y Norma son sólo cinco de las 44 historias que la justicia argentina escuchó en los últimos dos años antes de presentar una histórica acusación por trata de personas y explotación laboral contra las autoridades regionales de la Prelatura de la Santa Cruz y el Opus Dei, que pone a las máximas autoridades de la organización en la región Río de la Plata en el banquillo. 

Reclutamiento y captación

Algunos de los casos han prescrito, pero los testimonios dibujan un modus operandi de reclutamiento que comenzaba con la promesa de una escuela de formación en hotelería o tareas domésticas en la que las adolescentes, de entre 13 y 17 años, ingresaban como internadas y se las aislaba de su familia. Para algunas, en especial para las que enviaban desde países limítrofes, la promesa de la escuela desaparecía en el camino y directamente llegaban a “centros” –casas donde viven los miembros célibes, varones y mujeres por separado– a trabajar.

Eso le pasó a Tita, que dejó su casa y a sus nueve hermanos con la ilusión de estudiar y sin hablar castellano. “Todos los días yo esperaba que empezara la escuela, pero nunca empezó. Lo único era trabajar, trabajar y trabajar”. Estuvo así casi una década. Nunca recibió un salario. Apenas vio a su familia en años. 

Dentro del Instituto de Capacitación en Estudios Domésticos (ICIED), la justicia describe un sistema de captación basado en el control espiritual y el aislamiento. Alicia lo describe así: “Cuando llegás ahí te empiezan a lavar la cabeza. Te dicen que tenés vocación para ser santa, que podés aportar al mundo a través de tu trabajo. Yo era muy idealista”. A las que se resistían, las convencían con amenazas: “Cuando no veías tu vocación te decían que no podías ir en contra de la voluntad de Dios”, agrega Susana, que se resistía a aceptar convertirse en numeraria auxiliar del Opus Dei, la categoría creada por la organización específicamente para esas mujeres pobres que, dice la justicia ahora, “estaban destinadas a ser mucamas toda su vida”.

“¿En qué condiciones una mujer pobre, inmigrante y menor de edad consiente ‘dedicar su vida’ a servir a los demás fieles? ¿Cuál es el valor jurídico de esa supuesta ‘voluntariedad’?”, se preguntan los fiscales Eduardo Taiano, titular de la Fiscalía Nacional Nº3, y los fiscales de la Procuraduría contra la Trata y Explotación (PROTEX), Alejandra Mángano y Marcelo Colombo en el escrito de 116 páginas que desde hace un mes está en manos del juez Daniel Rafecas.

Trata y explotación

Delgado estuvo 24 años dentro del Opus Dei como numeraria auxiliar. “Te iban rotando de trabajos: una temporada en el planchero, después al lavadero, al comedor a servir la mesa, otro tiempo en la cocina y siempre en la limpieza, porque apenas te levantabas, sin desayunar ni nada, había que ir a limpiar. Fregué baños sucios de los numerarios hasta que me dañé las rodillas y también me arruiné la columna levantando cajones de verduras: salí de la Obra con una hernia de disco en la zona lumbar”.

El relato de la mujer, que nació en Paraguay pero desde muy chica vivió con su madre en Argentina, tiene una etapa aún peor: “Te decían que tenías que trabajar hasta terminar exprimida como un limón, o nos daban el ejemplo del burrito de Noria, que nunca se detiene. Tenía tan metido eso en la cabeza que una vez tuve tuberculosis y seguía trabajando, tosiendo todo el día y la noche, débil. Porque me obligaban y porque yo sentía que fallaba a Dios si dejaba mi puesto”.

Alicia tenía 16 años cuando la convencieron de irse de su casa en el campo, en la provincia argentina de Corrientes, a Buenos Aires. Pasó por la escuela y luego fue a trabajar. A los 22, ya estaba a cargo de una cocina que alimentaba a alrededor de 100 hombres del Opus Dei. La exigencia la enfermó, dice. La depresión la llevó a pesar 45 kilos y terminó internada en un neuropsiquiátrico tras un intento de suicidio.

No le dijeron nada a su hermana, que estaba también dentro del Opus Dei. Tampoco a otra hermana que estaba afuera y que iba a golpear la puerta para saber cómo estaba y no la recibían. Alicia explica por qué aun con esa depresión no logró irse hasta los 30 años. “No me iba porque me dijeron que ese sufrimiento era mi cruz, que tenía que ofrecerlo”. 

Norma también salió con una gran depresión y muy medicada. Cuando no pudo más logró, con mucha insistencia, que la dejaran ir a casa de su madre y desde allí avisó que no volvería. Entonces le dijeron que ya no le pagarían la medicación y que se las arreglara sola. Tenía 38 años, había entrado a los 17. Jamás le habían pagado un salario. Consiguió un médico que de a poco le fue sacando las drogas. “No podía creer lo que me hacían tomar”. Después consiguió una psicóloga que la ayudó a salir adelante.

Lencina se escapó en 1999, después de siete años, desde la sede central del Opus Dei en la Argentina, en el barrio de la Recoleta. Ahí funciona, detrás de la principal residencia de varones numerarios y sacerdotes, la residencia de mucamas más grande del país y por allí pasaron en algún momento de sus vidas todas las mujeres denunciantes. Según los relatos, era uno de los lugares donde más trabajaban, sin descanso, para sostener un servicio de 24 horas siete días a la semana.

El despertador sonaba antes de las 6 de la mañana y debían saltar de la cama para ponerse en actividad. Después de arrodillarse, besar el suelo y decir “Te serviré”, comenzaba una rutina de trabajo y oración que sólo les dejaba media hora de tertulia entre ellas como todo descanso, pero ni siquiera entonces podían hacer algo fuera del “Plan de Vida”. En la tertulia sólo se podía hablar de “cosas de la Obra y de nada personal”, cuenta otra de las 44. 

Lo que más recuerdan todas las mujeres de ese lugar era “el planchero”, un salón en el subsuelo con grandes rodillos para planchar decenas de sábanas que era una especie de sauna irrespirable y donde pasaban horas de pie, a veces hasta descomponerse. Otra cosa que no olvidan es la lámina color caramelo que cubría las ventanas de la torre de seis pisos y que no les dejaba ver siquiera el cementerio de la Recoleta, ubicado en diagonal al edificio. “No podíamos ver hacia afuera ni nadie nos podía ver a nosotras”, recuerdan.

“No te daban a elegir las tareas que hacías ni el lugar en el que vivías”, dice Villamayor, y coinciden las demás. Todas rotaron por distintas residencias del Opus Dei del país. Entre las 44 mujeres, hay algunas que fueron enviadas a otros países sin consulta: varias estuvieron en Paraguay, Bolivia, Italia y hasta Kazajistán. “La rotación” es justamente el aspecto central de la acusación de la justicia por trata de personas: “Las razones de los traslados eran variadas: cubrir funciones específicas, garantizar buena convivencia, motivos de salud, evitar vínculos afectivos y adaptarse a las necesidades institucionales”. El comunicado publicado por el Ministerio Público Fiscal agrega: “Una de las consecuencias más nocivas de esta lógica de traslados era que reforzaba la dependencia hacia el Opus Dei, al mantener a las numerarias auxiliares en constante movilidad y aislamiento”.

Para la fiscalía, es importante “abordar el caso desde un enfoque de género y de derechos humanos, ya que todas las víctimas son mujeres, pobres y en algunos casos inmigrantes, y según la investigación, fueron explotadas a través de actividades típicas del hogar como limpieza, mantenimiento y asistencia, entre otras”.

Taiano, Mángano y Colombo también señalan que “su identidad se constituía a partir de tareas serviles que realizaban para los estratos más altos de la estructura del Opus Dei, especialmente en beneficio del desarrollo espiritual, profesional y personal de los varones de la Prelatura”. Y, por último, agregan la perspectiva de los derechos de la niñez.

“Yo quiero justicia por la adolescencia y juventud que nos arrebataron, la relación familiar que dañaron y el engaño que mis padres y yo pasamos por querer estudiar”, dice Tita a elDiario.es. Y agrega un pedido al papa Francisco: “Le pido que nos dé una mano para poder avanzar y que así todas podamos gozar de una vida digna como merecemos, por todo lo que les hemos servido, como máquinas, y por cómo jugaron con nuestra conciencia. Eso dejó secuelas en cada una de nosotras”, dice la mujer, que se fue “antes de la locura”.

Susana, en cambio, dice que su deseo es que “el Opus Dei pague por lo que hizo y que deje de existir”. Alicia se suma con un pedido más: “Quisiera que se nos incluya a todas en esta causa, más allá de los tiempos legales, y que realmente se investigue, que los responsables respondan y que no se le permita al Opus que con el poder que tiene obstaculice la causa”.             (Paula Bistagnino , eldiario.es, 11/10/24)

10.10.24

El Opus Dei, una conspiración real... Cuando el Banco Popular se desmoronó repentinamente... Durante más de sesenta años, un tenebroso grupo de hombres que habían jurado una vida de celibato y autoflagelación controló en secreto el banco y se aprovechó de sus cargos para desviar miles de millones de euros. Esta es la historia jamás contada de cómo esos hombres secuestraron el Banco Popular y lo transformaron en un cajero automático para el Opus Dei, convirtiendo ese movimiento religioso minúsculo y secreto en una de las fuerzas más poderosas de la Iglesia Católica (Gareth Gore)

 "Cuando el Banco Popular se desmoronó repentinamente en las primeras horas del 7 de junio de 2017, la atención se centró, como es natural, en los afectados por la que sería una de las mayores quiebras bancarias jamás vistas en Europa. La televisión española retransmitió escenas de clientes enfurecidos frente a sucursales cerradas de todo el país, blandiendo pancartas y exigiendo respuestas y prisión para los responsables. Los reporteros entrevistaron a pensionistas llorosos que lo habían perdido todo en la quiebra: hombres y mujeres mayores que habían confiado los ahorros de toda su vida a un banco en su día considerado uno de los más sólidos y rentables del mundo. La prensa financiera buscó otro ángulo, centrándose en inversores supuestamente expertos como Pimco y Anchorage Capital, que habían perdido cientos de millones de euros de la noche a la mañana. Todo el mundo se hacía la misma pregunta: ¿Cómo pudo desaparecer de un día para otro un conocido prestamista español, una institución con noventa años de imponente historia, propietaria de otro banco en Estados Unidos y con oficinas en lugares tan lejanos como Shanghái, Dubái y Río de Janeiro?

Pero los medios de comunicación no hicieron mención de la mayor víctima de todas. Durante más de sesenta años, un tenebroso grupo de hombres que habían jurado una vida de celibato y autoflagelación controló en secreto el banco y se aprovechó de sus cargos para desviar miles de millones de euros. Esta es la historia jamás contada de cómo esos hombres secuestraron el Banco Popular y lo transformaron en un cajero automático para el Opus Dei, la controvertida institución religiosa a la que pertenecían, transformando ese movimiento religioso minúsculo y secreto en una de las fuerzas más poderosas de la Iglesia católica, financiando la creación de una amplia red de reclutamiento dirigida a niños y adolescentes vulnerables y creando una cabeza de puente en el mundo de la política estadounidense. El Opus Dei se convertiría así en una organización secreta pero fundamental que se ocultaba tras la erosión de los derechos reproductivos y otras libertades civiles. En un mundo obsesionado con las teorías de la conspiración –de QAnon y Bilderberg–, esta es una historia real de abuso, manipulación y codicia envuelta en el manto de la santidad.

En un mundo obsesionado con las teorías de la conspiración, esta es una historia real de abuso, manipulación y codicia

Yo fui uno de los periodistas que cubrieron la quiebra del Banco Popular y –como todo el mundo, según parece ahora– me perdí la parte más importante de la historia. Me había pasado casi toda la década anterior informando sobre las crisis bancarias que habían asolado Europa en los años posteriores a la debacle económica mundial de 2008. Mi trabajo me había llevado a Francia, Alemania, Grecia, Italia, Portugal, Rusia, España, Suecia y Turquía para escribir sobre las distintas crisis, entrevistando a las personas que dirigían los bancos e hilvanando la historia a través de conversaciones con reguladores, banqueros centrales, abogados, inversores y gente corriente. Al principio cubrí la noticia del Popular de manera muy parecida. De entrada, la quiebra me resultaba demasiado familiar: la típica historia de ambición desmedida, mala toma de decisiones, la arrogante creencia de que los riesgos estaban controlados y falta de voluntad para reconocer los errores hasta que era demasiado tarde. Pero, cuanto más profundizaba en el relato, menos sentido parecía tener. Muchos aspectos del ascenso y caída del Banco Popular simplemente desafiaban cualquier explicación lógica, incluso para un periodista financiero experimentado. Poco a poco, se hizo evidente que faltaban piezas enormes del rompecabezas.

Me mudé a Madrid para seguir investigando. Había vivido allí como corresponsal de Bloomberg una década antes, cuando informé sobre el espectacular auge y caída del país. Diez años después, la ciudad estaba tal y como la dejé, pero con una notable diferencia. El nombre del Banco Popular, antaño un elemento habitual en todos los barrios, había desaparecido. La entidad llegó a tener más de dos mil sucursales en todo el país, trescientas de ellas en Madrid, por lo que era casi imposible pasear por cualquier zona de la capital española sin ver su logotipo morado, reconocible al instante por millones de españoles. Pero, aunque el Popular había desaparecido de las calles, su nombre seguía vivo en los periódicos. La quiebra del banco se había convertido en un atolladero legal que dio lugar a más de un centenar de demandas judiciales, la mayoría relacionadas con sus trescientos mil accionistas, que habían visto cómo se esfumaban sus inversiones. Otras demandas fueron interpuestas por los acreedores del banco, a quienes se adeudaban miles de millones. Uno por uno, me reuní con los grupos descontentos. Deseosos de que la prensa internacional se hiciera eco de su lucha, todos parecían dispuestos a hablar.

O casi todos. En esas conversaciones estuvo ausente la parte más afectada de todas: el mayor accionista del banco. Enigmáticamente bautizado como la Sindicatura, el grupo se remontaba a un pacto entre caballeros de los años cuarenta, y controlaba casi el 10% del banco cuando este quebró, una participación valorada en más de dos mil millones de euros en su punto álgido. Sin embargo, pocas semanas después de la quiebra, la principal empresa de la Sindicatura notificó discretamente a las autoridades su disolución. Mientras los demás accionistas del banco libraban una batalla pública para recuperar su dinero, el oscuro grupo que había controlado la entidad parecía decidido a salir de escena. Aquello me despertó la curiosidad; empecé a investigar más a fondo y pronto descubrí que la Sindicatura era mucho más de lo que parecía a simple vista. En el epicentro del consorcio había una empresa llamada vagamente Unión Europea de Inversores, que resultó ser un nido de muñecas rusas apiladas de tal forma que ocultaban al verdadero beneficiario de ese gigantesco holding. Cada una de las muñecas tenía nombres que sonaban bastante inocentes: Fondo para la Acción Social, Instituto de Educación e Investigación, Fundación para el Desarrollo y la Cooperación Internacional o Fondo para la Cooperación Social. Pero, a medida que estas se iban desapilando y colocando unas junto a otras, empezaban a observarse similitudes curiosas. Muchas de ellas compartían los mismos accionistas y las dirigía el mismo grupo de hombres aparentemente intercambiables. Hasta casi cien millones de euros anuales se desviaban del banco a través de esa red. Empecé a darme cuenta de por qué la Sindicatura tenía tanto interés en guardar silencio y de por qué la empresa que estaba detrás había solicitado su disolución mientras otras luchaban de manera tan pública por la justicia: tenía un secreto que ocultar.

Empecé a darme cuenta de por qué la Sindicatura tenía tanto interés en guardar silencio

Mi labor me llevó al pequeño y lujoso municipio suizo de Crans-Montana, situado en los Alpes y famoso por sus pistas de esquí y sus residentes ultrarricos. Me encontraba allí para entrevistar a Javier Valls-Taberner, que llevaba más de cuarenta años en el banco, quince de ellos como presidente junto a su hermano mayor, Luis. Si alguien podía ayudarme a llegar al fondo del misterio del Banco Popular era él, pensé. Javier me recibió en la puerta de su refugio alpino con una sonrisa radiante y un cálido apretón de manos. Nos habíamos conocido meses antes en Madrid y parecía realmente agradecido de que hubiera ido hasta allí para verle. Había accedido a pasar los tres días siguientes concediéndome entrevistas sobre su etapa en el banco.

Desde el principio quedó claro que adoraba a Luis, fallecido años antes. Me contó historias de su juventud, de cómo se habían disfrazado de campesinos para escapar de la Barcelona desgarrada por la guerra, de su exilio en Italia y de la muerte de su padre, un político muy respetado. A sus ochenta y nueve años, tenía la voz débil y su salud estaba en claro declive tras el reciente diagnóstico de una enfermedad rara de la sangre. Pero le brillaban los ojos cuando recordaba que él y su hermano habían convertido el Popular –un banco regional aletargado con apenas un puñado de oficinas– en un actor global. Los dos hermanos eran muy diferentes: mientras que Luis era un miembro devoto del Opus Dei, una organización católica conservadora, y había jurado una vida de castidad, pobreza y obediencia, Javier era bien conocido en los círculos bancarios de Madrid como un bon vivant al que le gustaba viajar, la buena comida, el buen vino y las buenas fiestas. –Tenían apodos para los dos –me dijo entre risas–. Nos llamaban Opus Dei y Opus Night.

Volvimos a reunirnos la mañana siguiente a primera hora y nos pusimos manos a la obra. Lo primero en mi lista de tareas era entender qué era realmente la Sindicatura. Se lo pregunté sin rodeos. –Era una sindicatura falsa. Hubo en su época una sindicatura pero nosotros quitamos todo lo que era jurídico. La sindicatura consistía en… todos los que tenían acciones y querían, lo único que se comprometía… es que la sindicatura votara a favor del consejo. Y hubo mucha gente. Y jugaron también porque se duplicaron un poco la sindicatura. Pues la sindicatura eran las accionistas más importantes… pero a veces les contaron como accionistas individuales y como sindicatura.

Lo que me explicó Javier equivaldría a una falacia a gran escala. Se trataba de un grupo de inversores que se habían unido sistemáticamente para influir en votaciones importantes de la entidad a fin de evitar cualquier responsabilidad real sobre la gestión del Banco Popular. Pero, ¿por qué? Javier, ya anciano y con la salud muy mermada, no mostró ningún reparo en admitir ese abuso de poder manifiesto. Además, tenía una espina clavada. En 2006, pocos días después de la muerte de su hermano mayor, había sido destituido sin contemplaciones. Tras cuatro décadas al frente del Popular, Opus Night había dejado de ser útil para los verdaderos agentes de poder que manejaban el banco.

Su destitución coincidió con la repentina aparición de la Unión Europea de Inversores, la enigmática empresa que me había llamado la atención por primera vez en Madrid.

–La Sindicatura perdió el carácter cuando se portaron mal conmigo y con Luis, y muchos se salieron. Y estos crearon una sociedad que se llamaba Unión Europea de Inversiones.

–Pero, espera, ¿quiénes son estos? –pregunté.

–Fue totalmente controlado por el Opus. Esto era Opus cien por cien. Que es un poco lo que sustituyó a la sindicatura que ya no era sindicatura.

Javier me habló entonces de los últimos días de su hermano.

–Cuando Luis estaba un poco más enfermo y estaba ingresado en un hospital procuraba que yo no fuera a verlo. A mí procuraba apartarme, ya en vida de Luis, porque yo creo que ya tenían hecho una especie de complot en el Opus diciendo: el día que se muera Luis, el otro fuera.

–Pero ¿por qué no querían que lo visitaras?

–Porque estaba influenciado por el Opus. No querían que yo le pudiera decir algo de algunas cosas (o que él me pudiera decir algo de otras). Ya, en los dos años estos cuando Luis ya no estaba… yo notaba… ya estaba sentenciado… ya había un complot dentro del Opus. Tenían todo controlado más o menos. Yo creo que ya tenían trazada la idea de que el día que este se muera, todo para el Opus. Vamos.

–¿Crees que Luis era consciente de lo que pasaba?

–Yo no sé si él fue consciente o no, o si fue consciente y no podía decir nada.

Era obvio que Javier se sentía dolido al recordar los últimos días de su hermano y su despido del banco. Me contó que en aquel momento no podía evitar pensar en Roberto Calvi, el banquero italiano que había sido asesinado a principios de los años ochenta, según la leyenda, a manos de gente cercana al Opus Dei. Temiendo por la seguridad de su familia, decidió abandonar España, donde los tentáculos de la organización eran profundos, y trasladarse a Suiza. Desde su casa de los Alpes, había visto con una mezcla de tristeza y alegría por el mal ajeno cómo el banco que él y su hermano habían hecho crecer se derrumbaba, llevándose consigo la red de intereses del Opus Dei que lo había apuñalado por la espalda años antes.

Aunque mi padre se había criado como católico romano –sus abuelos eran irlandeses y pasó gran parte de su infancia al cuidado de monjas en un sanatorio para niños enfermos–, poco a poco se fue desilusionando con la implacable obsesión de la Iglesia con la culpa, y decidió criar a sus hijos libres para que se formaran sus propios juicios morales sobre el mundo. A consecuencia de ello, yo no sabía casi nada de la Iglesia ni del Opus Dei cuando empecé a investigar la quiebra del Banco Popular, pero pronto decidí ponerme al día. Leí con voracidad y hablé con miembros actuales y antiguos para tratar de entender la organización. Después de lo que me había contado Javier sobre ellos, los miembros del Opus Dei que habían trabajado y vivido con Luis Valls Taberner, a los que este había acusado de manipular la enfermedad y muerte de su hermano para hacerse con el control del banco, resultaron ser amables y comunicativos, y estaban encantados de que un periodista de Inglaterra se interesara por el difunto banquero, al que claramente veneraban.

Empecé a preguntarme si a aquellos hombres les habían indicado lo que tenían que decir

Sin embargo, había algo que me pareció extraño. Casi todas las conversaciones empezaban de la misma manera: con el miembro del Opus Dei explicando que todos los que formaban parte de la organización actuaban con total libertad y que cualquier cosa que hicieran –ya fuera en los negocios, en la política o en general– era por iniciativa propia y no tenía nada que ver con la Obra –el sobrenombre con que es conocido el Opus–. Después de la cuarta o quinta versión de esta perorata, empecé a preguntarme si a aquellos hombres –porque todos eran hombres– les habían indicado lo que tenían que decir. Lo raro era que todos y cada uno hicieran esa declaración sin que nadie se lo pidiese, antes incluso de que hubiéramos empezado a hablar de lo que había hecho realmente Luis Valls-Taberner. ¿Por qué sentían la necesidad de prologar nuestra conversación con ese descargo de responsabilidad, antes incluso de que yo hubiera preguntado nada? Poco podía imaginar que esa aclaración previa se convertiría en una tornada casi constante en mis conversaciones con miembros del Opus Dei durante los años siguientes.

Recién alertado por cualquier cosa que guardara relación con la Obra, me llamó la atención un artículo de Associated Press sobre un grupo de 42 mujeres de Argentina que alegaban haber sido reclutadas por el Opus Dei cuando eran niñas y obligadas a trabajar como esclavas, cocinando, limpiando y fregando los baños durante décadas sin percibir un salario. Presentaron una denuncia ante el Vaticano por supuesta explotación laboral, abuso de poder y abuso de conciencia. Exigían una compensación económica, el reconocimiento de su sufrimiento, medidas disciplinarias para los responsables y una disculpa formal del Opus Dei. Aunque obviamente sentí lástima por aquellas mujeres, la historia no parecía tener relación con mis investigaciones. Pero todo cambió en una visita posterior a los archivos del Banco Popular, que desde entonces habían caído en manos de una entidad rival, la cual había comprado sus activos tras la quiebra. Era mi tercera visita al archivo, situado en un parque empresarial junto a una autopista costera del norte de España, desde que conseguí acceder a él el año anterior. Mientras hurgaba entre montañas de cajas, me topé con un fichero «no oficial» separado de la colección principal del Popular. El archivo en cuestión había sido descubierto en una mansión en las montañas de las afueras de Madrid que en su día era propiedad del banco y en la cual había vivido Luis Valls-Taberner. Me enteré de que habían enviado a uno de los archivistas a la mansión para recuperar esa colección «extraviada» y organizar su traslado, pero este descubrió que alguien había estado allí antes que él para purgar el misterioso fichero. Sin embargo, lo había hecho apresuradamente, por lo que aún podían quedar documentos de interés para mí enterrados en pilas de papeles aparentemente desorganizados.

A lo largo de tres días rebusqué entre los montones. En mi último día en el archivo –aquella noche debía tomar un vuelo de regreso a Londres– descubrí un grueso documento con las palabras «Balance de cooperación internacional» en la portada. El informe vinculaba al banco con más de sesenta empresas aparentemente inocuas de todo el mundo, incluida una relacionada con la supuesta esclavitud de las 42 mujeres de Argentina. A finales de los años ochenta y principios de los noventa, se habían enviado millones de dólares a todo el mundo, con registros de las transacciones separados de los archivos oficiales del Banco Popular y aparentemente obviados por quienes fueron enviados a purgar el fichero oculto. Al comprobar la lista de receptores –en países como Australia, Camerún, Irlanda, Nigeria y Filipinas– descubrí que muchas de esas empresas dirigían «centros de formación profesional» similares a las implicadas en el escándalo de Argentina. Dichas escuelas reclutaban activamente a niñas que vivían en algunos de los países más pobres del mundo para someterlas a una vida de servidumbre. Me había topado con una gran operación para atraer a esas jóvenes para trabajar al servicio del Opus Dei en todo el mundo. En visitas posteriores encontré otras piezas del rompecabezas: registros de millones de dólares canalizados a través de una de las filiales del banco en Suiza a cuentas en Panamá, Liechtenstein y Curazao, paraísos fiscales para el secretismo y el blanqueo de dinero, que estaban directamente controladas por figuras destacadas del Opus Dei en Estados Unidos, México y otros lugares. Pronto empecé a darme cuenta de que la historia iba mucho más allá de un banco español. Se trataba de una red de regalos ocultos que se había utilizado para catapultar al Opus Dei a la escena mundial. Con el tiempo, los hilos se extenderían hasta el Vaticano, el mundo de la política estadounidense y la repentina desaparición de un hombre cincuenta años antes.

Me había topado con una gran operación para atraer a esas jóvenes para trabajar al servicio del Opus Dei en todo el mundo

La mañana del 20 de mayo de 2023, el padre Charles Trullols dirigió con orgullo a la congregación del Centro de Información Católica por las calles de Washington D. C., en la que, según preveía, sería una tradición anual de procesión eucarística en el corazón de la capital de Estados Unidos. Elegantemente ataviado con vestiduras que solían reservarse para los días festivos, el sacerdote español no quitaba ojo de la custodia dorada que llevaba ante sí mientras avanzaba por la calle K sobre pétalos esparcidos por la acera, flanqueado por curas y monaguillos que sostenían un dosel blanco sobre su cabeza. Trullols había concebido la procesión como una muestra de fe y un recordatorio de la presencia de Dios, incluso en aquella ciudad tan impía. «Tengo absoluta fe en las muchas gracias que Dios concederá a nuestro país cuando la presencia real de Cristo recorra las calles de Washington –dijo–. La procesión expresará nuestra creencia en que Jesús está pasando y otorgando su amor y ayuda a todos nosotros».

Muchos de los asiduos a la misa diaria de mediodía en el Centro de Información Católica –políticos, abogados y miembros de grupos de presión que iban a comulgar durante la pausa para comer– se habían tomado muy en serio las palabras del padre Charles. Casi quinientas personas habían dedicado parte de su fin de semana a aquel acontecimiento especial. A medida que avanzaban por la calle 17ª en su ruta de dos kilómetros rumbo a la avenida Connecticut y por delante de la Casa Blanca, la multitud iba detrás guardando un respetuoso silencio y deteniéndose para arrodillarse y rezar en dos paradas del trayecto. El padre Charles dirigió sus oraciones y pidió a Dios que acudiera en ayuda de Estados Unidos. Esa era la cara amable, pública y aceptable del Opus Dei que el padre Charles, como capellán del Centro de Información Católica, se había encargado de proyectar a los políticos, los abogados y los miembros de grupos de presión que cruzaban sus puertas cada día.

Situada en el corazón de la ciudad –una virtud celebrada por una placa azul que presumía de ser el tabernáculo más cercano a la Casa Blanca–, la modesta capilla y librería era un escaparate para el Opus Dei en la ciudad más poderosa de la tierra. Durante cuarenta años, el Centro de Información Católica había difundido el mismo mensaje incontrovertido que había atraído a innumerables washingtonianos a su seno. Ese mensaje –que los católicos sirven mejor a Dios esforzándose por alcanzar la santidad en todo lo que hacen, ofreciendo su trabajo cotidiano y aspirando a la excelencia en su vida profesional– había calado hondo entre los creyentes de la ciudad, muchos de los cuales habían luchado durante largo tiempo con la cuestión de cómo vivir su fe en aquella ciudad profundamente transaccional y amoral. Miembros del Congreso, jueces del Tribunal Supremo y figuras destacadas del mundo de las finanzas, el derecho y el periodismo se habían sentido atraídos por ese sencillo mensaje a lo largo de los años. Su éxito había transformado el área metropolitana de Washington en la mayor comunidad del Opus Dei en Estados Unidos, formada por ochocientos miembros e innumerables simpatizantes.

De Colombia a Japón y de Nigeria a Sri Lanka, ese es el rostro que el Opus Dei proyecta al mundo: una aglomeración de católicos corrientes, la inmensa mayoría casados y con hijos, que son médicos, abogados y profesores inspirados a vivir su fe en la vida cotidiana. Apoyándose en la legitimidad que le confiere la Iglesia –en los años ochenta, el Opus Dei fue elevado al estatus único de prelatura personal por el papa Juan Pablo II y su fundador, el sacerdote español Josemaría Escrivá, fue canonizado y proclamado «santo de la vida ordinaria» dos décadas después–, la organización se presenta a sí misma como nada más que una guía espiritual para los miembros de la fe que buscan un modo de servir a Dios en su vida diaria. A través de las páginas web que el Opus Dei mantiene en los 66 países en los que opera y la literatura que se distribuye en el Centro de Información Católica y en cientos de centros similares de todo el mundo, los testimonios de los miembros subrayan este mensaje: cómo la organización y las enseñanzas de Escrivá les han inspirado a vivir su fe. «La Obra, como la llaman los fieles del Opus Dei, es parte de la Iglesia y la Iglesia es familia y madre –relata un alto miembro brasileño–. San Josemaría hablaba de la gran familia de la Obra. A mí me gusta pensar en la Obra como una familia de familias». La organización asegura que casi noventa mil personas –de muy diversos orígenes, culturas e idiomas– se han sentido inspiradas a seguir los caminos del Opus Dei, caminos que supuestamente fueron comunicados al fundador directamente por Dios durante un retiro en Madrid en octubre de 1928. Algunos comparten sus testimonios de cómo, desde el cielo, san Josemaría ha intercedido en su vida cotidiana para resolver problemas, sanar enfermedades e inspirarlos a ser mejores católicos.

No obstante, tras esa fachada de fe e inspiración profundas hay un trasfondo en la organización que pocos conocen, incluidos los miembros más antiguos. Mientras que el 90% de sus miembros llevan una vida cristiana respetable, en casa con sus familias y esforzándose por vivir su fe más profundamente, en el corazón de la organización existe un cuerpo de élite que tiene una vida muy controlada. Tras hacer votos de castidad, pobreza y obediencia, ese grupo vive de acuerdo con un conjunto distópico de normas y reglamentos, un proyecto orwelliano de sociedad establecido por el fundador y oculto a las autoridades del Vaticano. Los miembros normales tienen prohibido leer esos documentos, que se guardan bajo llave en las residencias donde conviven los miembros célibes para que solo los consulten sus superiores, que abusan de su autoridad para controlar la vida de quienes están a su cargo. Nueve mil miembros llevan esa existencia de oración y adoctrinamiento controlada de cerca, donde casi todos los movimientos están meticulosamente prescritos y vigilados, donde el contacto con amigos y familiares está restringido y supervisado, y donde sus vidas personales y profesionales están sujetas a los caprichos y necesidades del movimiento.

Los miembros de la élite son animados a seguir un manual de estrategia común a muchas sectas religiosas para generar más seguidores

Viven en comunidades cerradas y segregadas, y actúan como células clandestinas en casi todas las grandes ciudades del mundo, siguiendo un detallado y subrepticio manual de reclutamiento elaborado por el fundador y orientado a un único objetivo: extender la influencia de la organización entre los ricos y los poderosos. Constantemente presionados por sus superiores para que generen más y más «vocaciones», esos miembros de la élite son animados a seguir un manual de estrategia común a muchas sectas religiosas para generar más seguidores y acrecentar el poder y alcance del Opus Dei. Los reclutas potenciales son seleccionados cuando aún son niños, y se los incita a entablar amistad con los miembros actuales a través del «bombardeo de amor» (se denominan así las demostraciones de atención y afecto para tratar de influir en alguien). Luego, los miembros recopilan e intercambian información sobre los objetivos con el fin de provocarles una «crisis vocacional» diseñada para empujarlos a unirse. Una vez dentro, se separa a los reclutas de sus familias y se controla minuciosamente su vida hasta que se vuelven dóciles y sumisos, momento en el cual se dedican a reclutar a más miembros.

En su tarea, ese cuerpo de élite cuenta con la ayuda de una red clandestina de fundaciones y empresas, en cuyo núcleo estuvo en su momento el Banco Popular, que canalizan millones de dólares por todo el mundo hacia iniciativas destinadas al reclutamiento y la expansión de la influencia de la Obra en la sociedad. El Opus Dei niega que controle parte alguna de esa red, pero se trata de una ficción legal diseñada para proteger a la organización de cualquier escándalo y eximirla de responsabilidad para con los miles de personas cuyas vidas controla y de las que abusa. Esa red clandestina de dinero, gran parte de la cual obedece a la estrecha relación de la organización con el dictador español Francisco Franco, ha permitido al Opus Dei comprar poder e influencia en seis continentes: de Santiago a Estocolmo, de Los Ángeles a Lagos y de Ciudad de México a Manila. Públicamente, está afiliado de manera oficial a diecinueve universidades, doce escuelas de negocios, 275 escuelas de primaria y secundaria, 160 escuelas técnicas y de hostelería, 228 residencias universitarias e innumerables clubes juveniles y campamentos de verano. De forma encubierta, sus tentáculos se extienden mucho más allá, hasta el tejido mismo de nuestra sociedad civil supuestamente laica.

El Opus Dei goza de privilegios especiales de los que ninguna otra organización dentro de la Iglesia católica ha disfrutado y que durante años le han permitido funcionar eficazmente al margen de la jerarquía habitual, brindándole una libertad sin precedentes para operar donde le plazca, sin tener que rendir cuentas ante nadie más que el papa. Esos poderes especiales se le concedieron a principios de la década de 1980, en un momento en que el Vaticano estaba sumido en graves problemas económicos y en medio de rumores sobre el papel del Opus Dei en un enorme rescate financiero a la Santa Sede. Dichos privilegios catapultaron al grupo a las altas esferas de la Iglesia católica, lo legitimaron entre los fieles, impulsaron sus esfuerzos de reclutamiento y facilitaron la canonización de su fundador.

Desde la década de 1990, el Opus Dei ha explotado esa legitimidad para aliarse con fuerzas conservadoras dentro de la Iglesia, especialmente en Estados Unidos. Esto ha abierto la puerta a los multimillonarios y al dinero negro, que en los últimos años –y especialmente tras la quiebra del Banco Popular en 2017– se han convertido en un medio fundamental para que el Opus Dei sostenga esa red oculta. A pesar de todo lo que dice sobre su lealtad al Vaticano, la Iglesia y las enseñanzas de Jesucristo, al Opus Dei no parece preocuparle que muchas de las fuerzas conservadoras que ahora abraza en Estados Unidos sean abiertamente hostiles al papa, llegando incluso a socavar su autoridad y conspirar contra él. La fachada que se vende a la gran mayoría de sus miembros, esto es, defender la doctrina de la Iglesia y ofrecer orientación espiritual para que los católicos vivan su fe, es falsa. Lo único que mueve al Opus Dei es el culto a su fundador y su propia expansión. Sus métodos y prácticas han lavado el cerebro incluso a sus propios dirigentes, que una y otra vez se han mostrado reacios e incapaces de reformarse, incluso cuando se les han presentado pruebas indiscutibles de abusos y coacciones en sus filas. La Obra es un peligro para sí misma, para sus miembros, para la Iglesia y para el mundo.

Durante décadas, la organización ha actuado con impunidad, pero hay indicios de que el cerco empieza a cerrarse. En julio de 2022, el papa Francisco intentó frenar por primera vez a la organización mediante un motu proprio, un decreto personal que degradaba a la institución dentro de la jerarquía eclesiástica, y le encargaba que «actualizara» sus estatutos. Pocos se dieron cuenta en aquel momento, pero era una forma delicada de decir al Opus Dei que pusiera orden en su casa. Al ver que la organización hacía caso omiso, Francisco emitió un segundo motu proprio, esta vez erradicando la autoridad de la Obra sobre sus miembros y sentando las bases para la intervención directa del Vaticano si no se reforma. Se avecina una lucha encarnizada entre el Opus Dei y las fuerzas progresistas de la Iglesia católica.

Se avecina una lucha encarnizada entre el Opus Dei y las fuerzas progresistas de la Iglesia católica

Opus ahonda en los orígenes de esta institución religiosa secreta, cuestionando su historia oficial y vinculando directamente su ascenso al secuestro del Banco Popular. En el centro de esta historia se encuentra Luis Valls-Taberner, un destacado financiero español a quien se sigue considerando uno de los más grandes banqueros de su generación. Como el hombre que dirigió el Popular durante casi cincuenta años antes de su muerte en 2006, se le atribuye la transformación del banco, que pasó de ser un pequeño actor con solo un puñado de sucursales a convertirse en una potencia mundial que inspiraba el respeto de sus homólogos. Pero también era un hombre con una doble vida. De día cultivaba con esmero su imagen de magnate, celebrando audiencias en su opulento ático, donde recibía a políticos y titanes de la industria. Por la noche se retiraba a su austera habitación en los alojamientos del Opus Dei a las afueras de Madrid, donde se cambiaba el traje por ropa informal y se ceñía al muslo un cilicio –una pequeña cadena con pinchos– para recordar el sufrimiento de Cristo. Allí planeaba cómo servirse de su propio banco y de sus accionistas, a los que supuestamente se debía, dirigiendo una red de empresas que aparentemente canalizaban miles de millones desde España a cuentas en paraísos fiscales y operaciones del Opus Dei en todo el mundo, tal y como quedará acreditado a lo largo del manuscrito y de sus numerosas citas.

Este libro ofrece una panorámica del movimiento, sus técnicas predatorias de reclutamiento, el maltrato psicológico infligido a sus miembros y el control que ejercen sobre su vida cotidiana. Asimismo, explora las prácticas medievales de mortificación corporal que se imponen a los miembros, así como los ritos y rituales diarios –desde duchas frías hasta dormir sobre tablones de madera– que siguen observando en la actualidad. También arroja luz sobre la apresurada canonización del fundador, a pesar de la enorme resistencia de muchos miembros de la Iglesia. Sin embargo, esta no es solo una historia sobre el pasado. El libro también explora el gran imperio que el Opus Dei controla en la actualidad. En Nueva York, Murray Hill Place se eleva diecisiete plantas desde la esquina de la avenida Lexington con la calle 34ª. El edificio carece de señalización, y solo tiene una entrada discreta a cada una de las dos calles adyacentes: una para hombres y otra para mujeres, que tienen prohibido mezclarse en el interior. Detrás de las paredes de ese edificio anónimo funciona una máquina de lavado de cerebro bien engrasada: aislados de sus familias y del mundo exterior, docenas de jóvenes reclutas son sometidos a un riguroso horario de oración, introspección y mortificación corporal. A los que tienen estudios universitarios se los anima a buscar trabajos bien remunerados en el mundo del derecho o las finanzas y a entregar todos sus ingresos a la orden. Los hombres sin titulación universitaria no suelen ser admitidos, aunque la organización recluta activamente a mujeres con menos estudios –algunas de ellas adolescentes–, a las que se empuja a una vida de servidumbre, con agotadoras jornadas de quince horas limpiando y cocinando, y durmiendo por la noche sobre tablones de madera. Es una escena que se repite en todo el mundo: Londres, Nairobi, Sídney, Tokio y numerosas ciudades más. Esos centros residenciales se nutren de una red de escuelas y universidades, donde los adolescentes son educados utilizando solo los libros aprobados por los sacerdotes del Opus Dei y donde se recortan los contenidos «inapropiados» de periódicos y revistas. La televisión e Internet están censurados. Mientras tanto, en Roma, los líderes del movimiento llevan una existencia opulenta en la palaciega Villa Tevere, donde cada mañana se conmemora la vida de san Josemaría en una solemne ceremonia a las doce.

Por último, el libro plantea preguntas importantes sobre las fuerzas que conforman nuestra sociedad y arroja luz sobre algunos de los actores ocultos que acechan bajo la superficie. Ahora que se aproxima el centenario de la organización, se presenta la oportunidad de reevaluar el Opus Dei y demostrar que la Obra es el epicentro de una conspiración real."

 (Gareth Gore, CTXT, 09/10/24)

28.9.24

La Justicia argentina acusa al Opus Dei de trata de mujeres y explotación laboral... Tras dos años de una investigación secreta y sin precedentes, la imputación alcanza a las máximas autoridades locales de la organización durante los últimos 40 años, y abre la puerta a procesos similares en otros países como España (Paula Bistagnino)

 "Una estructura que reclutó al menos a 44 mujeres pobres, la mayoría de ellas cuando eran niñas y adolescentes, para ser sometidas a “condiciones de vida equiparables a la servidumbre”. Así define la justicia federal argentina el accionar desplegado por la Prelatura de la Santa Cruz y el Opus Dei en ese país durante más de cuatro décadas, entre 1972 y 2015, en una acusación por trata de personas dirigida a seis religiosos de máxima jerarquía de la organización. Nunca antes han sido citados los responsables de una región del Opus Dei a indagatoria por delitos tan graves.

La investigación se inició en septiembre de 2022 en la Procuraduría contra la Trata de Personas de Argentina (PROTEX). En junio de 2023, ese organismo especializado elevó una denuncia a la justicia federal que recayó en la Fiscalía Nacional en lo Criminal y Correccional Federal N°3, a cargo de Eduardo Taiano, y que ahora conduce al pedido conjunto de citación a indagatoria de cinco imputados: los exvicarios regionales Carlos Nannei (1991-2000), Patricio Olmos (2000-2010), Víctor Urrestarazu (2014-2022), y el sacerdote numerario que dirigió durante casi todas estas décadas la rama femenina de la organización, Gabriel Dondo.

Hay un quinto ex vicario regional, Mariano Fazio, que no figura en la acusación, pero al que la querella solicitó que también se le incluya, ya que fue el máximo responsable de la institución entre 2010 y 2014. En la actualidad, Fazio forma parte del gobierno mundial del Opus Dei y vive en Roma. Algunos han aventurado que sería un posible candidato a suceder a la máxima autoridad de la organización, el Prelado. También está fuera del país Urrestarazu, el último de los exvicarios acusados, al que removieron de su cargo cuando estalló el escándalo por la denuncia de las exauxiliares ante el Vaticano, en 2021. Desde entonces está en Paraguay. 

La investigación entregada al juez Daniel Rafecas, que es quien cursa los pedidos de indagatorias, habla de 44 casos de explotación, pero evalúa que solo cuatro podrían enmarcarse bajo la Ley de Trata, que entró en vigor en mayo de 2008, porque la gran mayoría de las denunciantes salió de la organización antes de esa fecha. De los cuatro casos que toman la Fiscalía y PROTEX para acusar al Opus Dei, hay tres cuya prescripción podría estar en juego, porque están en el límite o superan los 12 años desde que ocurrieron los hechos denunciados, que es el tiempo que establece la ley. De esta manera, sólo quedaría una mujer. Se trata de M.I.E.

El caso de M.I.E., 31 años sometida al Opus Dei

M.I.E. “conoció” el Opus Dei en un ómnibus. Tenía 17 años, era 1984 y viajaba con una hermana mayor desde su Bolivia natal hacia Buenos Aires. En la capital argentina estaba una tía esperándolas y la oportunidad de estudiar. Ninguna de las dos había hecho más que la escuela primaria y su deseo era poder cursar allí la secundaria. Eso fue lo que le contaron a la mujer que se les acercó durante el viaje y enseguida les dijo que ella conocía un lugar al que podían ir a vivir y estudiar.  Lo mismo le dijeron a la tía de las adolescentes cuando las acompañó a conocer el lugar, una casona en el barrio de Belgrano llamada “Los Aleros”. Y con esa promesa ingresaron, pero nunca ocurrió. 

En cambio, las pusieron a trabajar en tareas domésticas mientras las obligaban a asistir a misa, confesarse y conversar con directoras. Ellas insistían en que querían “estudiar, estudiar y estudiar”, contó M.I.E. en su declaración. El primer intento de irse fue al año de estar allí. Lograron salir, pero volvieron a buscarlas y las llevaron a otra residencia, llamada “La Ciudadela”, en el barrio porteño de Recoleta. Otra vez pasó lo mismo, mientras se intensificó la persecución espiritual: les decían que tenían vocación de ser numerarias auxiliares –la categoría más baja de la organización, que es la del servicio doméstico–, que dios las quería para la Obra. Ellas decían que no, pero su voluntad no servía de argumento. Al tiempo, las dos terminaron asumiendo compromisos de castidad, pobreza y obediencia. De allí las mandaron a Laya, una residencia pegada a la sede central del Opus Dei en la Argentina, donde vive la jerarquía religiosa y de miembros laicos de la organización. 

Entre las medidas de prueba que la justicia tiene, es clave la información reunida por la Unidad Federal de Investigaciones sobre el delito de Trata de Personas de la Policía Federal Argentina que estuvieron observando durante un año distintas casas del Opus Dei

En los siguientes años, las hermanas siguieron caminos distintos. A cada una la fueron moviendo por distintas residencias del país. Las dos volvieron a intentar irse en varias ocasiones, pero las volvían a buscar una y otra vez. En una oportunidad, M.I.E. fue autorizada a visitar a su familia en Bolivia, y una vez allí decidió quedarse y no regresar. Pero fueron a buscarla hasta ese país. En 1993 la llevaron a Roma, donde sirvió a la jerarquía internacional de la Prelatura bajo las mismas condiciones de precariedad, sin pago ni seguro médico, sin comunicación con su familia. Volvió en 2000, ya intentando sobrellevar una gran crisis de salud mental. Para el año siguiente, su hermana logró irse definitivamente, pero ella no. No lo consiguió hasta 2015, cuando tenía ya 47 años y una década de depresión que el Opus Dei atendió con una psiquiatra propia y con una montaña de pastillas. 

El caso de M.I.E. podría ser el primero en el mundo que reúna las condiciones para que el Opus Dei tenga que enfrentar a la justicia de un país acusado por trata de personas para servidumbre. Con esa historia se podría avanzar en la investigación de lo que decenas de mujeres de Argentina, Paraguay, Uruguay y Bolivia denunciaron en 2021, primero en la prensa argentina y después en una presentación ante el Tribunal para la Doctrina de la Fe del Vaticano que aún no tuvo respuesta.

El 'modus operandi'

PROTEX y la Fiscalía describen la existencia de un sistema de captación engañoso, planificado y deliberado, dirigido a proveer a los miembros varones de un servicio doméstico equiparable al de una servidumbre, ya que no contemplaba ningún pago por la tarea ni derechos laborales básicos. El modus operandi del Opus Dei para someter a las mujeres, según la acusación, consistía en un plan de varias etapas: captación de niñas y adolescentes de entre 12 y 16 años mediante una selección engañosa, que “consistía en presentar una propuesta falsa relacionada con la posibilidad de continuar y completar sus estudios primarios y secundarios, así como recibir formación profesional para obtener oportunidades laborales, todo ello en un contexto de enseñanza religiosa”.

Además de la dinámica de ingreso al Opus Dei, la investigación enumera y describe la situación de las víctimas dentro de los “centros” de la organización, las prácticas de manipulación psicológica, el sistema de creencias, el “control disciplinario mediante elementos de castigo” y una serie de “normas de vida” que debían llevar las mujeres y que implicaban un sistema de charlas, confesiones y oraciones, además de la obligación de la castidad, el aislamiento de los vínculos familiares, la restricción de sus comunicaciones y cualquier contacto con el mundo exterior, el control psicológico y condicionamiento conductual, como también el control de la salud física y mental mediante visitas médicas supervisadas y suministro de pastillas psiquiátricas. Por todo eso pasaron las 44 mujeres incluidas en la denuncia. Todo eso se pudo probar en los cuatro casos analizados. Todo eso se pudo probar en el caso de M.I.E.

Entre las medidas de prueba que la justicia tiene, es clave la información reunida por la Unidad Federal de Investigaciones sobre el delito de Trata de Personas de la Policía Federal Argentina que estuvieron observando durante un año distintas casas del Opus Dei en Buenos Aires y otras provincias y pudieron certificar que hay mujeres allí que aún cumplen el rol de auxiliares. Además, la justicia trabajó con la intervención del Programa Nacional de Rescate y Acompañamiento a las Personas Damnificadas por el delito de Trata del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación. Además, se han tomado en cuenta los datos contenidos en una serie de artículos periodísticos publicados por la autora que firma esta información, que también brindó declaración testimonial en la causa, que se suman a documentos internos de la organización aportados por el abogado de las denunciantes y al relato de familiares de las víctimas y de varias exnumerarias del Opus Dei –mujeres miembro de mayor jerarquía– que conocieron y convivieron con la mayoría de ellas.

Escuelas de mucamas, en más de 50 países 

Desde que explotó en los medios de comunicación la denuncia de 43 mujeres en la Argentina, la organización negó una y otra vez las acusaciones e intentó reducir a “malas experiencias” lo vivido por las denunciantes. Incluso, el Opus Dei puso en línea un sitio web en el que cuenta la historia del Instituto de Capacitación Integral en Estudios Domésticos (ICIED), la llamada “escuela de mucamas” por la que –según la información oficial– pasaron más de 1.000 adolescentes entre 1972 y 2017 y de donde salió la mayor parte de ese ejército de mujeres sirvientas.

“El Opus Dei hizo esto en forma sistemática en los países en los que está presente. Esta es sólo la primera de las muchas denuncias que empiezan a gestarse en el mundo”, dijo a eldiario.es una fuente allegada a la investigación. A partir de la denuncia pionera de Argentina, ya se inició una demanda en Irlanda y se esperan denuncias en distintos países de Europa y América Latina.

En 2023 se conoció por primera vez la historia de una exauxiliar en España, en el podcast Un tema al día de elDiario.es. La realidad de las mujeres esclavizadas como servidumbre en el país puede ser refrendada por Agustina López de los Mozos, periodista, exnumeraria y creadora de OpusLibros.org, donde desde hace más de dos décadas reúne testimonios de exmiembros de la Obra de todo el mundo."                 ( Paula Bistagnino , eldiario.es, 27/09/24)