"Susana Lencina era la criada adolescente de una familia en
Rosario cuando su patrona la subió a un coche para que la llevaran a la escuela de mucamas del Opus Dei en Buenos Aires.
A Tita Villamayor la fueron a buscar con su prima en un pueblo
rural de Paraguay a los 15 años con la promesa de una escuela en la
capital, Asunción, y pronto la llevaron a la Argentina y la pusieron a
trabajar.
Beatriz Delgado logró escaparse después de servir 16 años sin
salario y en condiciones de encierro, pero la encontraron y la obligaron
a regresar contra su voluntad por nueve años más.
A Alicia Torancio la sobremedicaron con pastillas psiquiátricas y
la dejaron en una habitación para que ninguna de sus compañeras pudiera
verla.
Cuando falleció su padre, Norma Martínez no tenía dinero para el
entierro y no la ayudaron; le dijeron lo mismo que cuando pedía ver a
su familia: que practicara el desprendimiento y que su familia era la
Obra.
Las de Susana, Tita, Beatriz, Alicia y Norma son sólo cinco de
las 44 historias que la justicia argentina escuchó en los últimos dos
años antes de presentar una histórica acusación por trata de personas y
explotación laboral contra las autoridades regionales de la Prelatura de
la Santa Cruz y el Opus Dei, que pone a las máximas autoridades de la
organización en la región Río de la Plata en el banquillo.
Reclutamiento y captación
Algunos de los casos han prescrito, pero los testimonios dibujan un modus operandi de
reclutamiento que comenzaba con la promesa de una escuela de formación
en hotelería o tareas domésticas en la que las adolescentes, de entre 13
y 17 años, ingresaban como internadas y se las aislaba de su familia.
Para algunas, en especial para las que enviaban desde países limítrofes,
la promesa de la escuela desaparecía en el camino y directamente
llegaban a “centros” –casas donde viven los miembros célibes, varones y
mujeres por separado– a trabajar.
Eso le pasó a Tita, que dejó su casa y a sus nueve hermanos con
la ilusión de estudiar y sin hablar castellano. “Todos los días yo
esperaba que empezara la escuela, pero nunca empezó. Lo único era
trabajar, trabajar y trabajar”. Estuvo así casi una década. Nunca
recibió un salario. Apenas vio a su familia en años.
Dentro del Instituto de Capacitación en Estudios Domésticos
(ICIED), la justicia describe un sistema de captación basado en el
control espiritual y el aislamiento. Alicia lo describe así: “Cuando
llegás ahí te empiezan a lavar la cabeza. Te dicen que tenés vocación
para ser santa, que podés aportar al mundo a través de tu trabajo. Yo
era muy idealista”. A las que se resistían, las convencían con amenazas:
“Cuando no veías tu vocación te decían que no podías ir en
contra de la voluntad de Dios”, agrega Susana, que se resistía a aceptar
convertirse en numeraria auxiliar del Opus Dei, la categoría creada por
la organización específicamente para esas mujeres pobres que, dice la
justicia ahora, “estaban destinadas a ser mucamas toda su vida”.
“¿En qué condiciones una mujer pobre, inmigrante y menor de edad
consiente ‘dedicar su vida’ a servir a los demás fieles? ¿Cuál es el
valor jurídico de esa supuesta ‘voluntariedad’?”, se preguntan los
fiscales Eduardo Taiano, titular de la Fiscalía Nacional Nº3, y los
fiscales de la Procuraduría contra la Trata y Explotación (PROTEX),
Alejandra Mángano y Marcelo Colombo en el escrito de 116 páginas que
desde hace un mes está en manos del juez Daniel Rafecas.
Trata y explotación
Delgado estuvo 24 años dentro del Opus Dei como numeraria
auxiliar. “Te iban rotando de trabajos: una temporada en el planchero,
después al lavadero, al comedor a servir la mesa, otro tiempo en la
cocina y siempre en la limpieza, porque apenas te levantabas, sin
desayunar ni nada, había que ir a limpiar. Fregué baños sucios de los
numerarios hasta que me dañé las rodillas y también me arruiné la
columna levantando cajones de verduras: salí de la Obra con una hernia
de disco en la zona lumbar”.
El relato de la mujer, que nació en Paraguay pero desde muy
chica vivió con su madre en Argentina, tiene una etapa aún peor: “Te
decían que tenías que trabajar hasta terminar exprimida como un limón, o
nos daban el ejemplo del burrito de Noria, que nunca se detiene. Tenía
tan metido eso en la cabeza que una vez tuve tuberculosis y seguía
trabajando, tosiendo todo el día y la noche, débil. Porque me obligaban y
porque yo sentía que fallaba a Dios si dejaba mi puesto”.
Alicia tenía 16 años cuando la convencieron de irse de su casa
en el campo, en la provincia argentina de Corrientes, a Buenos Aires.
Pasó por la escuela y luego fue a trabajar. A los 22, ya estaba a cargo
de una cocina que alimentaba a alrededor de 100 hombres del Opus Dei. La
exigencia la enfermó, dice. La depresión la llevó a pesar 45 kilos y
terminó internada en un neuropsiquiátrico tras un intento de suicidio.
No le dijeron nada a su hermana, que estaba también dentro del
Opus Dei. Tampoco a otra hermana que estaba afuera y que iba a golpear
la puerta para saber cómo estaba y no la recibían. Alicia explica por
qué aun con esa depresión no logró irse hasta los 30 años. “No me iba
porque me dijeron que ese sufrimiento era mi cruz, que tenía que
ofrecerlo”.
Norma también salió con una gran depresión y muy medicada.
Cuando no pudo más logró, con mucha insistencia, que la dejaran ir a
casa de su madre y desde allí avisó que no volvería. Entonces le dijeron
que ya no le pagarían la medicación y que se las arreglara sola. Tenía
38 años, había entrado a los 17. Jamás le habían pagado un salario.
Consiguió un médico que de a poco le fue sacando las drogas. “No podía
creer lo que me hacían tomar”. Después consiguió una psicóloga que la
ayudó a salir adelante.
Lencina se escapó en 1999, después de siete años, desde la sede
central del Opus Dei en la Argentina, en el barrio de la Recoleta. Ahí
funciona, detrás de la principal residencia de varones numerarios y
sacerdotes, la residencia de mucamas más grande del país y por allí
pasaron en algún momento de sus vidas todas las mujeres denunciantes.
Según los relatos, era uno de los lugares donde más trabajaban, sin
descanso, para sostener un servicio de 24 horas siete días a la semana.
El despertador sonaba antes de las 6 de la mañana y debían
saltar de la cama para ponerse en actividad. Después de arrodillarse,
besar el suelo y decir “Te serviré”, comenzaba una rutina de trabajo y
oración que sólo les dejaba media hora de tertulia entre ellas como todo
descanso, pero ni siquiera entonces podían hacer algo fuera del “Plan
de Vida”. En la tertulia sólo se podía hablar de “cosas de la Obra y de
nada personal”, cuenta otra de las 44.
Lo que más recuerdan todas las mujeres de ese lugar era “el
planchero”, un salón en el subsuelo con grandes rodillos para planchar
decenas de sábanas que era una especie de sauna irrespirable y donde
pasaban horas de pie, a veces hasta descomponerse. Otra cosa que no
olvidan es la lámina color caramelo que cubría las ventanas de la torre
de seis pisos y que no les dejaba ver siquiera el cementerio de la
Recoleta, ubicado en diagonal al edificio. “No podíamos ver hacia afuera
ni nadie nos podía ver a nosotras”, recuerdan.
“No te daban a elegir las tareas que hacías ni el lugar en el
que vivías”, dice Villamayor, y coinciden las demás. Todas rotaron por
distintas residencias del Opus Dei del país. Entre las 44 mujeres, hay
algunas que fueron enviadas a otros países sin consulta: varias
estuvieron en Paraguay, Bolivia, Italia y hasta Kazajistán. “La
rotación” es justamente el aspecto central de la acusación de la
justicia por trata de personas: “Las razones de los traslados eran
variadas: cubrir funciones específicas, garantizar buena convivencia,
motivos de salud, evitar vínculos afectivos y adaptarse a las
necesidades institucionales”. El comunicado publicado por el Ministerio Público Fiscal agrega:
“Una de las consecuencias más nocivas de esta lógica de traslados era
que reforzaba la dependencia hacia el Opus Dei, al mantener a las
numerarias auxiliares en constante movilidad y aislamiento”.
Para la fiscalía, es importante “abordar el caso desde un
enfoque de género y de derechos humanos, ya que todas las víctimas son
mujeres, pobres y en algunos casos inmigrantes, y según la
investigación, fueron explotadas a través de actividades típicas del
hogar como limpieza, mantenimiento y asistencia, entre otras”.
Taiano, Mángano y Colombo también señalan que “su identidad se
constituía a partir de tareas serviles que realizaban para los estratos
más altos de la estructura del Opus Dei, especialmente en beneficio del
desarrollo espiritual, profesional y personal de los varones de la
Prelatura”. Y, por último, agregan la perspectiva de los derechos de la
niñez.
“Yo quiero justicia por la adolescencia y juventud que nos
arrebataron, la relación familiar que dañaron y el engaño que mis padres
y yo pasamos por querer estudiar”, dice Tita a elDiario.es. Y agrega un
pedido al papa Francisco: “Le pido que nos dé una mano para poder
avanzar y que así todas podamos gozar de una vida digna como merecemos,
por todo lo que les hemos servido, como máquinas, y por cómo jugaron con
nuestra conciencia. Eso dejó secuelas en cada una de nosotras”, dice la
mujer, que se fue “antes de la locura”.
Susana, en cambio, dice que su deseo es que “el Opus Dei pague
por lo que hizo y que deje de existir”. Alicia se suma con un pedido
más: “Quisiera que se nos incluya a todas en esta causa, más allá de los
tiempos legales, y que realmente se investigue, que los responsables
respondan y que no se le permita al Opus que con el poder que tiene
obstaculice la causa”. (Paula Bistagnino , eldiario.es, 11/10/24)