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19.3.24

Hace ahora cuatro años… se declaraba en España el estado de alerta y se cerraba una gran parte de la actividad económica por la expansión de un coronavirus... desde el primer momento de la pandemia, el Partido Popular aventuró que Pedro Sánchez dejaría a España en la ruina cuando abandonara el gobierno, y el economista Daniel Lacalle decía que a este paso, el paro llegará al 35% y 900.000 empresas no llegarán a 2021... Cuatro años después, hay 2,4 millones más de empleos que cuando Rajoy dejó de gobernar, y nuestra economía es la que más crece de la Unión Europea... Cuatro años después, sabemos que esos augurios no tenían otro fundamento que el de tratar de acabar con el gobierno legítimo de España destruyendo de cualquier modo al adversario político (Juan Torres López)

 "Hace ahora cuatro años se declaraba en España, como en casi todo el mundo, el estado de alerta y se cerraba una gran parte de la actividad económica por la expansión de un coronavirus que comenzaba a provocar docenas de miles de muertos.

Hace ahora cuatro años, la oposición de derechas decía que en España gobernaba “el peor gobierno de la historia democrática”.

Hace ahora cuatro años, desde el primer momento de la pandemia, el Partido Popular calificó al gobierno progresista de “negligente”, lo acusó de “hundir a España” por su gestión y aventuró que Pedro Sánchez dejaría a España en la ruina cuando abandonara el gobierno.

Hace ahora cuatro años, el entonces secretario general del PP, Pablo Casado, acusaba al Gobierno de improvisar e ir detrás de los acontecimientos y, al final de 2020, de provocar una crisis económica marcada por sietes letras D: “depresión, déficit, deuda, desempleo, despilfarro, desigualdad, y disparando los impuestos a todos los españoles”.

Hace ahora cuatro años, los ideólogos al servicio de la derecha azuzaban esa ofensiva y el economista Daniel Lacalle decía:

– “Va a ser muy difícil que se recupere al menos un 40% del Producto Interior Bruto de España a los niveles previos de la crisis.”

– “El crecimiento será cero o de hasta el 2% en 2021”.

– “El déficit público puede alcanzar el 20%”

– “España va a aumentar el desempleo mucho más que en otros países”.

– “A este paso, el paro llegará al 35% y 900.000 empresas no llegarán a 2021″.

Ahora, cuatro años después de todo eso, sabemos lo que de verdad ocurrió y que esos augurios no tenían otro fundamento que el de tratar de acabar con el gobierno legítimo de España destruyendo de cualquier modo al adversario político:

– El PIB previo a la pandemia se recuperó en 2022.

– En 2021, el PIB español ya creció el 6,4%. Ahora, nuestra economía es la que más crece de la Unión Europea.

– Nuestro déficit público fue del 10,12% en 2021 y, cuando se publiquen los datos oficiales, sabremos que el de 2023 habrá sido de alrededor del 4%. La deuda pública que subió al 120% en 2020 para salvar la economía ya ha bajado casi 13 puntos desde entonces.

– En 2020 no se perdieron 900.000 empresas en España, sino unas 200.000 y la actividad de 323.000 autónomos, aunque sólo en la primera mitad de 2021 ya había aumentado un 51% la creación de otras nuevas. En junio de 2023 ya se había recuperado el número que había antes de la pandemia.

– La tasa de paro más alta por la pandemia fue del 16,2 y no ha dejado de bajar hasta el 11,7 de final del año pasado, 3,6 puntos más baja que la de Rajoy cuando dejó el gobierno o la de hace cuatro años.

– España crea más empleo que Alemania, Francia e Italia juntas. Ahora hay 1,6 millones más de empleos que hace cuatro años y 2,4 millones más que cuando Rajoy dejó de gobernar

– El Comisario europeo de Economía, Paolo Gentiloni, declaraba ayer mismo que «España está en mejor forma que el resto de la UE».

¿Todo lo que ha hecho el gobierno de Pedro Sánchez en materia económica en estos cuatro años tan difíciles está bien? ¿Todas las medidas que ha adoptado han mejorado la vida de las empresas y el bienestar de todas las personas? Por supuesto que no, y yo mismo he criticado muchas de ellas. Pero hay algo que es obvio e indiscutible: la derecha se ha equivocado en todas y cada una de las predicciones catastróficas que ha hecho sobre la evolución de la economía dirigida por el gobierno de Pedro Sánchez. En todas.

Es más, lo que habría que preguntarse es si los resultados económicos que hemos obtenido, mucho mejores que los que hasta la persona más optimista podía esperar hace ahora cuatro años, no habrían sido incluso mucho más favorables para todos los españoles si el Partido Popular y Vox hubieran actuado de otra forma. Si no hubieran generado tanta desconfianza y hubieran aceptado con lealtad y patriotismo los resultados electorales, entendiendo que los españoles nos necesitamos todos unos a otros para salir adelante y, sobre todo, que no es sólo la derecha quien tiene derecho a gobernar en nuestro país y a imponer sus preferencias o los intereses que defiende al resto de los españoles. Aunque, por lo que se puede ver día a día, eso es como pedir peras al olmo."                (Juan Torres López, blog, 19/03/24)

16.8.22

La posible recesión motivada por una inflación que deba ser ajustada por los tipos parece que aún no ha llegado... Exceptuando los factores geopolíticos (Ucrania, Taiwan, calor), los elementos que generaron la subida de precios a nivel global motivado por una sobrerreacción de las economías en la salida de la pandemia se estarían agotando. Por eso podemos estar hoy observando un retorno a la media de muchos de los precios cuyo crecimiento se inició hace justo un año. Esto aliviaría claramente la evolución de la inflación para los próximos trimestres

 "En estos últimos días hemos conocido nuevos datos sobre la evolución de la actividad económica tanto en Europa como en Estados Unidos. A su vez, hemos sabido de nuevos datos sobre la evolución de la inflación en ambos lados del Atlántico.

Sabemos que el PIB de España ha crecido un 1,1%, y sabemos que lo ha hecho más que el resto de Europa. Sabemos también que Estados Unidos registró, por segundo trimestre consecutivo, una tasa de crecimiento negativo mientras parece que la inflación muestra signos de debilitamiento. No obstante, desde este pais también llega información paradójica. Información que a su vez y del mismo modo hemos conocido para España durante estos últimos meses: el mercado de trabajo ha seguido expandiéndose en el país norteamericano, a pesar de la supuesta debilidad de la evolución de la actividad.

Tanto dato y tanta variedad en ellos exige, en mi opinión, de un relato coherente que haga encajar todos los hechos encontrados en estos últimos dos años. (...)

Vayámonos a hace poco más de dos años. Entonces, todas las economías del mundo sucumbieron a una crisis económica profundísima. La pandemia generó la mayor recesión económica conocida hasta la fecha en tiempos de paz. Las economías occidentales, en una reacción rápida, entendieron bien cuál era la tarea a llevar a cabo en este caso. Había que sostener las rentas privadas a cambio de un endeudamiento público para evitar un mal mayor. Había que estirar la política fiscal al máximo para minimizar la contracción económica. La regla fundamental que todos repitieron era evitar un daño mayor para lograr una recuperación pronta y rápida. 

Aquellas políticas fueron un éxito. Todos los países aplicaron en cierto modo la misma receta. La diferencia fue que algunos lo hicieron en mayor o menor intensidad. El caso paradigmático de una política fiscal intensa para evitar una mayor contracción económica se produjo en los Estados Unidos. Su política de sostenimiento de rentas fue muy agresiva. En nuestro continente, mientras los países aplicaban políticas individuales aunque similares, la Unión Europea entendía que era el momento de dar un paso al frente diseñando un nuevo fondo y una nueva política de acción solidaria para minimizar los efectos de la pandemia. La lección de 2010 estaba reciente. Pero la diferencia entre Europa y Estados Unidos es que nuestras decisiones deben ser acordadas. Esto limita tiempos y volumen en las respuestas. En todo caso, algunas medidas como el SURE tuvieron la cantidad y la rapidez exigidas.

¿Cuál fue la principal consecuencia de estas políticas?: un rebote económico de importante magnitud. Dicho rebote, nuevamente, fue diferente a ambos lados del Atlántico. Además, la estructura productiva de cada uno de los países condicionó dicha recuperación, del mismo modo que las medidas aplicadas para la contención de la pandemia fueron diferentes con consecuencias económicas diferentes.

Sin embargo, hay que reconocer que en el caso de Estados Unidos el rebote fue más rápido e intenso de lo previsto, en particular para un tejido productivo propio y ajeno que no estaba preparado para ello. La consecuencia inmediata de esta súbita recuperación fue la aparición de cuellos de botella en las cadenas de suministros. Este rebote de la demanda frente a una oferta desnortada como consecuencia de meses de paro, generó un proceso de inflación que se contagió a lo largo y ancho del mundo. Ayudó a esto la salida asimétrica de la pandemia, con mercados cuya demanda exigían bienes y mercados cuya oferta seguían confinados.

Empieza así la primera fase inflacionista en la que aún estamos inmersos. La prueba de ello, como diría Hercule, no es solo el aumento de los precios de ciertas materias primas a nivel global, o los fletes y alimentos, sino de ciertos productos muy específicos en los Estados Unidos, como la compraventa de coches usados y otros bienes similares. En España vivimos la “escasez de las bicicletas”.

 Estados Unidos sobrepasó rápidamente su nivel pre-pandemia. Su economía ha evolucionado por encima de su potencial desde prácticamente iniciado 2021. No es raro, por lo tanto, una fuerte recuperación en el mercado de trabajo acompañado, de este modo, por una mayor inflación. Mucho impulso como para no resucitar temporalmente a la Curva de Philips. A esto añadan la Gran Deserción, que estrechó el mercado de trabajo estadounidense e insufló presión sobre sus salarios.

En Europa, la dinámica fue muy diferente, consecuente con la intensidad de su reacción y el diseño diferencial de sus mercados de trabajo. La economía europea tarda más en recuperar su nivel pre-pandemia. De hecho, aún hay países que no lo han logrado, como es el caso de España. En consecuencia, la situación tanto en empleo como actividad y en inflación, comparado con los Estados Unidos es muy diferente. Mientras en este último el componente de demanda ha tenido un cierto protagonismo, en Europa el componente de oferta ha acaparado una mayor porción. A todo esto, finalmente, hay que añadir la evolución de los precios energéticos motivado tanto por la propia reacción económica asimétrica cómo por la aparición de factores geopolíticos que hoy todos conocemos.

 Sin embargo, no todos los sectores y actividades se recuperan del mismo modo. Los sectores asociados a la cercanía de las personas, al contacto físico, al ocio tardan más que el resto de los sectores. Esto implica que, a medida que las economías van acercándose ya no solo a su nivel potencial sino a la completa liberalización después de la mejora en la situación pandémica, no solo se recupere el empleo sino también se reduzca la productividad media. Esto podría explicar una evolución reciente de la actividad más modesta que la del empleo en muchos países. No obstante, es aquí donde aún hay factores no conocidos que merecen una explicación más desarrollada.

Esta diferenciación entre ambas zonas del Atlántico también condiciona la necesaria reacción de los diferentes grupos de países ante la evolución de la inflación. La subida de tipos en EEUU debe ser más rápida e intensa que en Europa por las razones antes argumentadas. Como así fue, Estados Unidos ya habló de subida de tipos a finales del año pasado y durante la primera mitad de este año ya lo ha puesto en práctica. Europa, que también debe lanzar un mensaje claro de que no va a permitir el desanclaje de las expectativas, reaccionó más tarde, pero por razones justificadas. Además, la subida de tipos en EEUU necesariamente implicará una subida de tipos en Europa para evitar, y así ha sido, una mayor devaluación del euro que se traduciría en una mayor inflación.

La evolución de la economía norteamericana por encima de su potencial durante buena parte de 2021 y 2022 explicaría la evolución de su producto interior bruto en los dos primeros trimestres de este año. Esta pequeña recesión la podríamos justificar entonces como un retorno al potencial y no tanto como una crisis en sí misma. La subida de tipos ha sido posterior. Es verdad que los mercados se ajustan en función a las expectativas. Sin embargo es muy extraño que la reacción de la economía norteamericana fuera tan adelantada a la de subida de tipos y en esa magnitud.

 Krugman señalaba hace poco que todo apunta a un retorno a la media. En consecuencia, los datos del PIB en Estados Unidos no estarían tan reñidos con un aumento del empleo mientras la actividad económica va por delante del mercado de trabajo y la brecha con el potencial siga elevada. Sobre todo si lo que se observa son aumentos en empleos de baja productividad y siga habiendo bolsa de empleo entre los no activos.

Así pues, es posible que lo que Estados Unidos ha experimentado durante los primeros trimestres de este año no tenga nada que ver con una posible recesión tal y como la imaginamos. En mi opinión, las pistas lo que nos dicen es que muy probablemente se ha ido ajustando el exceso de demanda que rebotó de forma más que proporcional a la salida de la pandemia ayudando por la subida de precios. La posible recesión motivada por una inflación que deba ser ajustada por los tipos parece que aún no ha llegado. Blanchard y compañía avisaban que la reacción de la economía norteamericana ante la subida de tipos llevaría aparejada una fuerte reducción de empleo. Si están en lo cierto, como creo que es así, todavía Estados Unidos no ha experimentado una recesión pura. Veremos.

 Además, todo encajaría también con la evolución de la inflación. Exceptuando los factores geopolíticos que entraron en escena a mitad del año pasado y se han exacerbado en febrero con la invasión de Ucrania por Rusia, los elementos que generaron la subida de precios a nivel global motivado por una sobrerreacción de las economías en la salida de la pandemia se estarían agotando. Por eso podemos estar hoy observando un retorno a la media de muchos de los precios cuyo crecimiento se inició hace justo un año. Esto aliviaría claramente la evolución de la inflación para los próximos trimestres. Habrá deflación en materias primas en términos anuales en breve si no hay un nuevo factor exógeno de impulso, más aún si efectivamente estamos a las puertas de una recesión algo más profunda que lo que creemos haber visto hasta ahora en los Estados Unidos.

En definitiva, esta explicación encajaría a la perfección con todo lo que hemos observado. Sin embargo, si no me equivoco, no descarten que lo haga, la evolución futura no será muy diferente a la que creo que será. La subida de tipos en EEUU como en Europa y en el resto de los países del globo necesariamente obligarán a las economías del mundo a un ajuste más o menos intenso, aunque mucho menos agresivo que la de 2008. Las razones, como he explicado, son muy diferentes. Será una recesión por ajuste. Ahora bien, todo depende de muchos otros factores no incluidos en ningún modelo económico. Sigo pensando en Ucrania, empiezo a pensar en Taiwán y empiezo a pensar en un verano excesivamente caluroso con consecuencias productivas y en un invierno energético. Ya veremos."              (Manuel Hidalgo  , Vox Populi, 15/08/22)

7.10.21

Asistiremos a una espiral inflacionista que afecta de manera directa a necesidades básicas de todos... su incidencia será también relevante sobre unas pymes y autónomas ya castigadas por la crisis... Se avecina un otoño económico caliente en base a una serie de dinámicas que inciden de manera directa en la carestía de productos estratégicos como la energía, las materias primas y la vivienda, dificultando aún más la ya de por sí precarizada reproducción de nuestras vidas... con posibles estallidos futuros, tanto ecológicos como financieros, dentro de la crisis global en la que estamos sumidos. Esta última va tomando forma de “tormenta perfecta” al conjugar cuatro fenómenos de relevancia estructural: una acumulación de capital gripada sin visos de superarse, un endeudamiento público y privado insostenible, un cambio climático desbocado, y el manifiesto agotamiento de materiales y energía fósil. Todo ello, además, en el marco de un modelo de gobernanza tendente al autoritarismo, liderado por las empresas transnacionales... en consecuencia, se convierte en estratégico desmantelar el poder corporativo y la arquitectura de impunidad en la que este opera

 "Se avecina un otoño económico caliente en base a una serie de dinámicas que inciden de manera directa en la carestía de productos estratégicos como la energía, las materias primas y la vivienda, dificultando aún más la ya de por sí precarizada reproducción de nuestras vidas. Si bien alguna de estas dinámicas podría tener un carácter coyuntural y contextualizado, otras parecen ser la semilla de posibles estallidos futuros, tanto ecológicos como financieros, dentro de la crisis global en la que estamos sumidos.

Esta última va tomando forma de “tormenta perfecta”, tanto por su complejidad como por su carácter inédito en la historia del capitalismo, al conjugar cuatro fenómenos de relevancia estructural: una acumulación de capital gripada sin visos de superarse, un endeudamiento público y privado insostenible, un cambio climático desbocado, y el manifiesto agotamiento de materiales y energía fósil. Todo ello, además, en el marco de un modelo de gobernanza tendente al autoritarismo, liderado por las empresas transnacionales.

Las políticas de recuperación impulsadas para enfrentar esta situación, pese al relato de crecimiento, transición e inclusión que prometen, no hacen mella significativa en la tormenta perfecta. Al contrario, incluso la aceleran, alimentando dinámicas de depredación y endeudamiento que bien pudieran agravar la situación, mientras ceban a un poder corporativo que nos dirige directamente al centro de dicha tormenta. En consecuencia, bien haríamos en movilizarnos en favor de un cambio radical de rumbo que atienda las señales de alerta que nos ofrece el presente cuatrimestre sobre el futuro que se nos viene encima.

Otoño caliente

Comencemos por el principio. Si la precariedad vital es ya una realidad palpable y crecientemente extendida, el horizonte económico a corto plazo hace presagiar su ahondamiento, en base a la conjunción de tres dinámicas que están teniendo y tendrán un impacto directo en nuestros bolsillos. Destacamos en primer lugar el encarecimiento exponencial de la energía, que tiene en el Estado español una primera manifestación en el precio de la electricidad. Su incremento es fruto tanto del mayor coste del gas natural y los derechos de emisión, como de las características propias del mercado oligopólico en el que se subasta esta forma de energía final. Este fenómeno, que viene coleando durante todo el verano, supera récords casi de manera diaria y parece no detenerse, hasta el punto de triplicar ya su precio respecto a 2020.

De manera complementaria, la subida del precio de la energía fósil en toda la Unión Europea (UE) redundará en este incremento eléctrico, como consecuencia de la política aprobada el pasado julio en favor de una drástica reducción de las emisiones contaminantes. Se aumentará así la carga fiscal sobre gasolina y diésel, a la vez que se incluye al transporte y a los edificios dentro de los mercados de emisiones. En conjunto, se producirá un aumento significativo del coste de la energía y el transporte —en un contexto previo de encarecimiento del barril de petróleo—, cuya escala dependerá precisamente de la dinámica incierta y especulativa de dichos mercados vinculados a los permisos de contaminación. En todo caso, la Comisión ve plausible un escenario en el que se genere una subida de hasta el 22% en la calefacción con fuel-oil, o del 12% en la gasolina.

En segundo término, se consolida también una dinámica global de encarecimiento de las materias primas y los alimentos, así como del transporte marítimo internacional de productos (medio a través del cual se distribuye el 80% de los bienes movilizados a escala global). En este sentido se constata una subida del 40% en el maíz, 17% en el trigo, 28% en la cebada y 26% en la soja.

A su vez, también se evidencia un aumento en el precio de los fertilizantes químicos, hoy imprescindibles para la agroindustria. La fotografía se completa con el fabuloso acelerón en el coste del transporte internacional por mar que, por poner solo un ejemplo, ha visto multiplicado por diez el precio de mover un contenedor entre China y Estados Unidos respecto a los tiempos pre-pandémicos. Se trata de costes que, tarde o temprano, serán trasladados al precio de la canasta básica, en un sistema basado fundamentalmente en la primacía de las cadenas económicas globales.

La tercera dinámica inflacionaria que caracterizará este próximo otoño es la de la vivienda. Su precio también se está incrementando en el Estado español, en el marco de una nueva burbuja inmobiliaria liderada por la banca, gracias a las multimillonarias inyecciones de liquidez del Banco Central Europeo (BCE). Se consolida así este sector como refugio de particulares y fondos de inversión, fundamentalmente en base a nuevas viviendas y segundas residencias costeras. La derivada de esta burbuja en los alquileres es evidente, tanto por la recuperación progresiva de la movilidad como por la consideración de la vivienda como la inversión más segura en un contexto de incertidumbre.

En definitiva, asistiremos en otoño a una espiral inflacionista que afecta de manera directa a necesidades básicas de todos y todas (energía, materias primas y vivienda), con un impacto notable en términos de precariedad, pobreza energética e insostenibilidad de la vida, especialmente de los sectores más vulnerables. Al mismo tiempo, aún de manera desigual, su incidencia será también relevante sobre unas pymes y autónomas ya castigadas por la crisis.

 En todo caso, este conjunto de dinámicas responden a causas diversas y de diferente escala. Si la subida exorbitada de la electricidad se circunscribe en estos momentos al marco estatal, el incremento del precio del transporte marítimo se vincula con el confinamiento de 2020 y las sacudidas de una pandemia que permanece aún muy activa en términos globales, tal y como refleja el reciente cierre temporal de fábricas y puertos en China. No obstante, ¿se trata estrictamente de fenómenos contextualizados y de carácter coyuntural, o bien pudieran estar vinculados e incluso anticipar nuevos estallidos de una crisis sistémica que ya se manifestó en 2008 y cuya dinámica sigue plenamente vigente?

Tormenta perfecta

Pese a la miopía habitual del análisis económico ortodoxo, seguimos inmersos en la crisis global más compleja que el capitalismo ha sufrido en su historia, agravada además por la pandemia. Hablábamos en este sentido de una “tormenta perfecta”, provocada por la interacción de cuatro fenómenos de carácter estructural que se desarrollan en marcos temporales diversos pero actualmente acompasados.

El primero de ellos está relacionado con el magro desempeño de la tasa de ganancia empresarial, que impide iniciar una nueva onda expansiva de acumulación de capital y crecimiento sostenido. Ni la economía digital —la gran esperanza hoy en día del capitalismo— ni la continuada ofensiva sobre el trabajo han sido capaces de provocar los incrementos de productividad y rentabilidad necesarios para dar forma a dichas ondas virtuosas y generalizadas de inversión, empleo y consumo.

El resultado es un capitalismo estancado, cuyo régimen de acumulación presente —la globalización neoliberal— muestra signos evidentes de agotamiento, como atestiguan la crisis de los semiconductores o el relativo cuestionamiento de la deslocalización y la subcontratación en las cadenas globales de valor, por poner solo dos ejemplos. No se vislumbra la fórmula para generar sendas estables de incremento de la tasa de ganancia, la productividad, la formación de capital y el empleo (indicadores verdaderamente relevantes para una supuesta recuperación, no así el simplista y cortoplacista análisis del crecimiento coyuntural en 2021 de diversos ítems respecto a la hecatombe del año anterior).

El segundo fenómeno que alimenta la crisis actual es la financiarización de la economía, ejemplificada en un ingente endeudamiento público y privado. El estancamiento sistémico de la economía productiva ha sido el marco propicio para el crecimiento de unas finanzas que hoy imponen su identidad al conjunto del capitalismo, tanto por su tamaño (muy superior al conjunto de la economía mundial de bienes y servicios) como por el poder político y económico acumulado por las “finanzas en la sombra”, esto es, enormes fondos de inversión (solo BlackRock acumula inversiones por valor del 10% del PIB mundial) que operan de manera absolutamente desregulada y en prácticamente todos los sectores y grandes empresas.

Se cronifica y consolida así una dinámica económica opaca, cortoplacista y especulativa, que alimenta la posibilidad de estallidos como el de 2008. La enorme deuda global —que en 2020 suponía ya el 365% del PIB planetario— es un caldo de cultivo perfecto para dichos estallidos, al mostrarse extraordinariamente sensible a la mínima alteración de cualquier parámetro económico, como los tipos de interés o la inflación.

El tercer y cuarto fenómenos de la tormenta perfecta están relacionados con el marco ecológico en el que opera el sistema económico. Por un lado, asistimos a un cambio climático desbocado, tal y como expone a las claras la filtración del Sexto Informe del panel de expertos de Naciones Unidas (IPCC), que tiene en la COP 26 de Glasgow en noviembre próximo su horizonte de debate. Este informe afirma que las emisiones contaminantes deberían tocar techo en cuatro años si no queremos vernos abocados al funesto escenario de un incremento posiblemente muy superior a los 2 grados en la temperatura planetaria. Al mismo tiempo, y en consecuencia, asegura que las posibilidades de crecimiento económico en este contexto son exiguas, en un claro mensaje a la línea de flotación de un capitalismo que solo se sostiene sobre la acumulación incesante.

Por otro lado, cerrando el círculo y convirtiendo definitivamente la tormenta en huracán, el agotamiento de materiales estratégicos y energía fósil reduce sin paliativos la base física que nutre el capitalismo. Por ejemplificar esta realidad de una manera sencilla y centrada en el ámbito energético: un estudio de British Petroleum (BP) publicado en 2018 afirmaba que el 90% de la energía primaria que se consumía en el mundo era de origen fósil: petróleo, que ya ha superado su pico en 2005; gas, que lo hará en esta década; carbón y uranio, ambos en fase de declive. Al mismo tiempo, afirmaba que la electricidad solo suponía el 20% de la forma final de energía consumida, frente a otras fórmulas derivadas del petróleo o en forma de calor industrial. De esta manera, si las energías renovables generan fundamentalmente electricidad, el vacío que dejarán los recursos fósiles no podrá ser sustituido sin una reducción drástica del consumo.

Ante esta tesitura, y en la medida que se vaya avanzando en el agotamiento de estos recursos, estamos abocados a un devenir errático de sus precios. Este bien pudiera adoptar un modelo de “dientes de sierra”, que combina importantes subidas y bajadas en función de la coyuntura concreta, dentro de un horizonte tendencial de encarecimiento.

Con todo ello, planea sobre nuestras vidas una tormenta perfecta, tanto por la multitud de fenómenos estructurales articulados que la alimentan como por su carácter paradójico, que impide su resolución dentro del marco del capitalismo. La hipotética solución a uno de ellos significaría el agravamiento inmediato de alguno o algunos de los restantes, haciendo inútil el esfuerzo.

Si se prioriza de verdad la lucha contra el cambio climático y la transición ecológica, se imposibilita el crecimiento, santo y seña del capitalismo. Si se enfatiza la acumulación de capital, ha de buscarse cómo incrementar de manera notable y generalizada la productividad (no hay expectativas al respecto), qué base energética y material la sostendrá (en base a mayores emisiones y a una especie de fascismo ecológico en el uso de energía y materiales) y cómo se legitimará políticamente (cuando se evidencia que la teoría del derrame entre ganancias empresariales y bienestar social hace aguas por todas partes). Si se mantiene la apuesta especulativa como fórmula para mantener las señas de identidad del capitalismo, nos enfrentaremos a nuevos estallidos financieros, para los cuales se dan actualmente todas las condiciones.

Así, parece no haber escapatoria para el principal reto que enfrenta el capitalismo: tratar de crecer con menos recursos físicos y materiales (cosa que no ha hecho en toda su historia), y hacerlo además en un marco ecológico extremadamente vulnerable, económicamente inestable y políticamente poco democrático, bajo la hegemonía del poder corporativo. Veamos a continuación si las dinámicas antes expuestas para el otoño caliente pudieran tener o no un correlato con una aceleración y anticipación de nuevas manifestaciones de esta tormenta perfecta.

Un otoño caliente que acelera y anticipa la tormenta perfecta

Volviendo al comienzo, creemos que más allá de fenómenos contextualizados y coyunturales vinculados a la espiral inflacionista en ciernes, el otoño que se avecina anticipa un agravamiento de la crisis actual en forma de nuevos estallidos, al menos por dos vías complementarias.

Por una parte, destacamos la relación directa entre la espiral inflacionaria y la inestabilidad financiera. La supuesta estabilidad macroeconómica de 2020 y 2021 se ha sostenido sobre una inflación prácticamente nula, que ha permitido mantener los tipos de interés muy bajos —incluso negativos—, garantizando la respiración asistida de grandes empresas, Estados y hogares ultra-endeudados. No obstante, la inflación prevista para otoño, que ya se está empezando a notar a escala global —especialmente en Europa y Estados Unidos—, podría hacer saltar por los aires ese precario equilibrio, incrementando los tipos de interés.

El resultado de este proceso, por pequeño que fuera, bien pudiera tornar en impagable el volumen de deuda actual, despertando en consecuencia a la bestia financiera en forma de movimientos especulativos masivos, ataques a monedas soberanas, burbujas inmobiliarias acrecentadas, etc., fuente por tanto de nuevos estallidos financieros. Si, como parece, en 2023 se reactiva el Pacto de Crecimiento y Estabilidad en la UE, la crisis de deuda pública y el regreso aumentado de las políticas de austeridad están aseguradas.

Por otra parte, también hay un vínculo estrecho entre el incremento de los precios de energía y materias primas en proceso de agotamiento, las expectativas de crecimiento y la inestabilidad financiera. La espiral inflacionaria de otoño podría ser ya el reflejo del errático comportamiento de los precios energéticos y de las materias primas en forma de dientes de sierra.

Como afirma Jason W. Moore, el capitalismo solo opera de manera estable si cuenta con un marco de “cuatro baratos”: fuerza de trabajo, energía, alimentos y materias primas. Si no es así, tal y como parece, la tasa de ganancia se retrae, haciendo flaquear aún más la acumulación de capital y el crecimiento, y aumentando en consecuencia la presión financiera. El aumento del precio de las materias primas generado a partir de 2003 anticipó el crash de 2008, por lo que hoy podríamos estar en un escenario similar, siendo el incremento del precio de la energía y las materias primas una especie de germen de un nuevo estallido.

Asumiendo la diversidad de causas y escalas que inciden en la espiral inflacionista en ciernes, creemos que la agenda económica del presente otoño tiene posos estructurales que hay que atender, como anticipo de una profunda agudización de la tormenta perfecta que se ciñe sobre nuestras cabezas.

En esta línea, ¿puede ser la miríada de políticas de recuperación impulsadas a todos los niveles la respuesta que necesitamos? Lamentablemente, creemos que no.

En primer lugar, la expansión cuantitativa vigente desde 2010 y acelerada con la pandemia ha inyectado de manera masiva liquidez para rescatar a empresas y Estados, engordando fundamentalmente burbujas y movimientos especulativos, base de posibles estallidos financieros.

En segundo término, el programa europeo de recuperación y resiliencia —y sus complementos estatales y subestatales—, además de plantearse políticamente como una versión actualizada de los Pactos de la Moncloa para evitar toda disidencia y contestación, es en términos económicos un programa de rescate de grandes empresas y fondos estructurado en torno al nuevo relato del capitalismo verde y digital, en base a inversiones desesperadas y muy arriesgadas (hidrógeno, automóvil eléctrico, etc.), que en ningún caso van a la raíz del necesario cuestionamiento del crecimiento, la hegemonía de los mercados globales y el protagonismo del poder corporativo como formas de evitar la tormenta perfecta.

Todo ello, además, incorpora una cara b en forma de crecimiento de la deuda (solo en junio, la deuda pública española se incrementó casi 30.000 millones, frente al anuncio de un primer desembolso europeo de 9.000 millones), así como de reforma laboral y de pensiones en el caso del Estado español.

Por último, las políticas complementarias de mitigación que se impulsan (fondo de 72.000 millones de la UE para mitigar los impactos de la subida de la energía fósil, el mantenimiento de los ERTE y la subida del SMI en el caso español) no son suficientes para la dimensión y escala del momento que enfrentamos.

Al contrario, parecen más bien construirse sobre escenarios irreales de recuperación y crecimiento (una “cuenta de la vieja” en la que se acumulan fuertes incrementos del PIB, ingresos fiscales, empleos, etc.), mientras aceleran los fenómenos que definen la crisis actual: ahondan los problemas de deuda de empresas, estados y hogares; mantienen la égida insostenible del crecimiento y engordan a un poder corporativo protagonista absoluto de sus políticas, fortaleciendo así las dinámicas de concentración y centralización del capital, haciendo todavía más asimétrica la disputa entre intereses de las grandes empresas y el interés de los pueblos y la clase trabajadora.

Por un giro profundo

Miremos para donde miremos, la tormenta perfecta sigue sobre nuestras cabezas. Incluso se está acelerando y engordando con las políticas que hoy se venden como un giro neokeynesiano, verde y digital, pero que en realidad no es sino una adaptación desesperada para mantener un capitalismo herido que nos conduce al abismo.

 Necesitamos, en sentido inverso, generar una amplia movilización popular en torno a una agenda radical y confrontativa respecto a las élites, no sostenida únicamente sobre la articulación de fuerzas progresistas como respuesta a la extrema derecha, que ponga en el centro la materialidad y las expectativas de la clase trabajadora y de los pueblos para evitar seguir avanzando hacia el centro de la tormenta perfecta.

De este modo, como base de una agenda completa, habría de comenzarse por la priorización de la lucha contra el cambio climático y la transición energética desde un cuestionamiento profundo de los parámetros capitalistas, así como desde una perspectiva internacionalista y de justicia social.

Para tamaña tarea, no solo podemos quedarnos en procesos de mitigación social o de redistribución de ciertos recursos, sino que necesitamos igualmente recuperar y actualizar la agenda del derecho a la propiedad colectiva de los medios de vida: energía, banca, digitalización y cuidados pueden ser la palanca inicial para restituir poder popular.

 Al mismo tiempo, en consecuencia, se convierte en estratégico desmantelar el poder corporativo y la arquitectura de impunidad en la que este opera. La nueva oleada de tratados comerciales, los tribunales de arbitraje, la OMC, el FMI y los proyectos nítidamente corporativos como la Unión Europea requieren ser respondidos con firmeza, a la vez que avanzamos en procesos de regulación y control de las grandes empresas a todos los niveles.

Estas podrían ser algunas de las bases para provocar ese cambio profundo de ritmo. Aún estamos a tiempo, pero cada vez tenemos un margen más estrecho. Movilicémonos, atendamos las señalas de alerta del otoño, nos jugamos todos"

(Gonzalo Fernández Ortiz de Zárate y Juan Hernández Zubizarreta, investigadores del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL), Observatorio de la crisis, 05/10/21)

2.7.21

Roubini: La inminente crisis de deuda estanflacionaria... La estanflación de los años 1970 pronto se topará con las crisis de deuda del período posterior a 2008. El interrogante no es si esto sucederá, sino cuándo... el desacople sino-norteamericano amenaza con fragmentar a la economía global, el cambio climático y la pandemia del COVID-19 empujan a los gobiernos nacionales hacia una autonomía más profunda, Si a esto le sumamos el impacto en la producción de los ciberataques, y la violenta reacción social contra la desigualdad, la receta para la disrupción macroeconómica está completa

 "En abril que las políticas monetarias y fiscales extremadamente laxas de hoy, combinadas con una cantidad de shocks de oferta negativos, podrían resultar en una estanflación al estilo de los años 1970 (alta inflación de la mano de una recesión). Por cierto, el riesgo hoy es aún mayor que entonces.

 Después de todo, los ratios de deuda en las economías avanzadas y en la mayoría de los mercados emergentes eran mucho más bajos en los años 1970, razón por la cual, históricamente, la estanflación no ha estado asociada con las crisis de deuda. En todo caso, una inflación inesperada en los años 1970 aniquiló el valor real de las deudas nominales a tasas fijas, reduciendo así las cargas de deuda pública de muchas economías avanzadas. 

Por el contrario, durante la crisis financiera de 2007-08, los altos ratios de deuda (pública y privada) provocaron una crisis de deuda severa –cuando estallaron las burbujas inmobiliarias- pero la recesión consiguiente condujo a una baja inflación, si no directamente a una deflación. 

Debido a la crisis crediticia, hubo un shock macro para la demanda agregada, mientras que los riesgos hoy están en el lado de la oferta. Quedamos, así, con lo peor tanto de los años 1970 estanflacionarios como del período 2007-10. Los ratios de deuda son mucho más altos que en los años 1970 y una combinación de políticas económicas laxas y de shocks de oferta negativos amenaza con alimentar la inflación más que la deflación, montando el escenario para la madre de las crisis de deuda estanflacionarias en los próximos años.

 Por ahora, las políticas monetarias y fiscales laxas seguirán alimentando burbujas de activos y de crédito, provocando un descarrilamiento en cámara lenta. Las señales de advertencia ya son evidentes en los altos ratios de precios-ganancias de hoy, en las bajas primas de riesgo de las acciones, en los activos inmobiliarios y tecnológicos inflados y en la exuberancia irracional en torno de las empresas de adquisición de propósito especial (SPAC por su sigla en inglés), del sector de las criptomonedas, de la deuda corporativa de alto rendimiento, de las obligaciones crediticias garantizadas, del capital privado, de las acciones meme y de negociaciones diarias minoristas descontroladas.

 En algún punto, este auge culminará en un momento Minsky (una pérdida repentina de confianza) y políticas monetarias más ajustadas provocarán una caída y un colapso. 

 Pero, mientras tanto, las mismas políticas laxas que están alimentando las burbujas de activos seguirán accionando la inflación de los precios al consumidor, creando las condiciones para una estanflación cuando lleguen los próximos shocks de oferta negativos.

 Esos shocks podrían surgir de un renovado proteccionismo, de una población que envejece en las economías avanzadas y emergentes, de restricciones inmigratorias en las economías avanzadas, de la relocalización de la manufactura en regiones de altos costos o de la balcanización de las cadenas de suministro globales.

 En términos más generales, el desacople sino-norteamericano amenaza con fragmentar a la economía global en un momento en que el cambio climático y la pandemia del COVID-19 están empujando a los gobiernos nacionales hacia una autonomía más profunda. Si a esto le sumamos el impacto en la producción de los ciberataques cada vez más frecuentes a infraestructura crítica y la violenta reacción social y política contra la desigualdad, la receta para la disrupción macroeconómica está completa.

 Para colmo de males, los bancos centrales efectivamente han perdido su independencia, porque no les han dado muchas opciones más que la de monetizar gigantescos déficits fiscales para evitar una crisis de deuda. Ahora que tanto la deuda pública como la privada se han disparado, están en una trampa de deuda. En tanto la inflación aumente en los próximos años, los bancos centrales enfrentarán un dilema. 

Si empiezan a eliminar gradualmente las políticas poco convencionales y a aumentar las tasas oficiales para combatir la inflación, correrán el riesgo de desatar una gigantesca crisis de deuda y una recesión severa. Pero si mantienen una política monetaria laxa, correrán el riesgo de una inflación de dos dígitos –y de una profunda estanflación cuando aparezca el próximo shock de oferta negativo.

 Pero aún en el segundo escenario, los responsables de las políticas no podrían prevenir una crisis de deuda. Si bien la deuda gubernamental nominal a tasa fija en las economías avanzadas puede ser eliminada parcialmente por una inflación inesperada (como sucedió en los años 1970), no sucederá lo mismo con las deudas de mercados emergentes denominadas en moneda extranjera. Muchos de estos gobiernos necesitarían caer en un impago y reestructurar sus deudas.

Al mismo tiempo, las deudas privadas en las economías avanzadas se tornarían insostenibles (como sucedió después de la crisis financiera global) y sus spreads en relación a bonos gubernamentales más seguros se dispararían, desatando una reacción en cadena de impagos. Las corporaciones sumamente apalancadas y sus acreedores imprudentes en la banca en la sombra serían los primeros en caer, seguidos luego por los hogares endeudados y los bancos que los financiaron. 

Sin duda, los costos reales de endeudamiento en el largo plazo pueden, en un principio, caer si la inflación aumenta inesperadamente y los bancos centrales siguen detrás de la curva. Pero, con el tiempo, estos costos subirán impulsados por tres factores. 

Primero, las mayores deudas públicas y privadas ampliarán los spreads de la tasa de interés soberana y privada. Segundo, la creciente inflación y la mayor incertidumbre harán subir las primas de riesgo por inflación. Y, tercero, un creciente índice de miseria –la suma de la inflación y la tasa de desempleo- finalmente exigirá un “Momento Volcker”.

 Cuando el ex presidente de la Fed Paul Volcker subió las tasas para enfrentar la inflación en 1980-82, el resultado fue una seria recesión doble en Estados Unidos y una crisis de deuda y una década perdida para América Latina. Pero ahora que los ratios de deuda globales son casi tres veces más altos que a comienzos de los años 1970, cualquier política antiinflacionaria conduciría a una depresión, más que a una recesión severa.  

En estas circunstancias, los bancos centrales se verán perjudicados si lo hacen y perjudicados si no lo hacen, y muchos gobiernos serán casi insolventes y por lo tanto incapaces de rescatar a los bancos, las corporaciones y los hogares. El ciclo de fatalidad de los soberanos y los bancos en la eurozona después de la crisis financiera global se repetirá a nivel mundial, succionando a los hogares, las corporaciones y la banca en la sombra también. Tal como están las cosas, este descarrilamiento en cámara lenta parece inevitable. 

El reciente giro de la Fed de una postura ultra-prudente a una postura básicamente prudente no cambia nada. La Fed ha estado en una trampa de deuda al menos desde diciembre de 2018, cuando una crisis del mercado bursátil y de crédito la obligó a revertir su endurecimiento de las políticas un año antes de que atacara el COVID-19. Ahora que la inflación está en aumento y que hay shocks estanflacionarios a la vista, hoy está más atrapada aún. También lo están el Banco Central Europeo, el Banco de Japón y el Banco de Inglaterra. 

La estanflación de los años 1970 pronto se topará con las crisis de deuda del período posterior a 2008. El interrogante no es si esto sucederá, sino cuándo."           (

11.1.21

Previsiones para 2021... Se está reanudando el calentamiento global, la desigualdad de riqueza e ingresos no ha cambiado y la pobreza en el sur global está empeorando, mientras que los mercados de valores se disparan. Esa es la perspectiva para 2021

 "(...) Sin embargo, cada año intento hacer previsiones sobre las principales economías. El año pasado, preví tentativamente que las principales economías capitalistas tendían a una nueva caída en la producción y la inversión por primera vez desde el final de la Gran Recesión.

 El período comprendido entre mediados de 2009 y finales de 2019 fue el período de expansión más largo de las economías capitalistas avanzadas desde 1945 (aunque varias de las llamadas 'economías emergentes' grandes como México, Argentina, Brasil y Rusia ya estaban en recesión y también lo estaba Japón). Pero también fue la expansión más débil de la posguerra, con un crecimiento promedio del PIB real no superior al 2% anual, la inversión estancada y las ganancias comenzando a caer. Ese fue mi argumento para prever una inminente recesión en 2020.

Por supuesto, podíamos predecir que se avecinaba una pandemia, pero no prever cuándo y dónde surgiría el COVID-19. La pandemia de COVID eliminó todas las previsiones anteriores. Ahora, cuando miramos hacia atrás en 2020, la economía capitalista mundial ha registrado la depresión más grande y más amplia de su historia, cerca del 95% de las economías sufre una contracción en la producción nacional, la inversión, el empleo y el comercio.

 Muy pocos países han evitado la recesión en 2020: China, Vietnam, Taiwán, y eso es todo.

De alguna manera, como resultado, es mas fácil haver una previsión económica para 2021. La mayoría de los países se recuperarán este año. El PIB real crecerá, las tasas de desempleo comenzarán a disminuir y el gasto de los consumidores se recuperará. Eso es en parte solo estadísticas. Si una economía cae un 10% de, digamos, 100 a 90 en un año, y luego se recupera a 95 el siguiente año, supone un aumento del 5,5%. Pero, por supuesto, la economía todavía está un 5% por debajo del nivel de 100 anterior a la recesión. Además, si la economía no hubiera entrado en recesión, podría haber aumentado, digamos, otro 2-3% en un año, por lo que incluso después de la recuperación, esa economía podría estar un 6-7% por debajo de la tendencia.

Y eso es lo que va a suceder en la mayoría de las economías en 2021. Con la distribución (gradual) de las vacunas, para el verano un gran número de personas estarán 'protegidas' del virus (¿en todas sus variantes?), aunque los países del 'sur global' no tiene los recursos financieros y logísticos para vacunar a sus poblaciones que tendrían que esperar ¡hasta 2024! Sin embargo, las economías del G7 deberían recuperarse sustancialmente a mediados de año, al menos según las estadísticas.

 Pero no será una recuperación en forma de V, con un retorno a los niveles anteriores de producción, empleo e inversión nacionales. Como acabo de argumentar, para fines de 2021 la mayoría de las principales economías (excepto China) todavía tendrán niveles de producción, etc., por debajo de los de principios de 2020.  (...)

¿Por qué? Hay tres razones importantes. Primera, han quedado "cicatrices permanentes" en la mayoría de las economías capitalistas. Tras los cierres de 2020, muchas empresas, especialmente las más pequeñas del sector de servicios, no volverán a abrir y sus puestos de trabajos desaparecerán. Además, es posible que muchos trabajadores que han pasado por un expediente de regulación de empleo (ERTE) o han sido despedidos no recuperen sus puestos de trabajo, ya que las empresas buscan reducir plantilla y no volver a emplear a trabajadores mayores y más caros.

En segundo lugar, está el aumento de la deuda de las empresas. Esto afectará la capacidad de muchas empresas (y no solo de las pequeñas) para reanudar la inversión.

 Las grandes empresas han acaparado el dinero respaldado por el gobierno o lo han invertido en recomprar sus propias acciones o activos financieros. Como resultado, los mercados de valores de muchos países se han disparado a máximos históricos. Sin embargo, muchas empresas más pequeñas han tenido que recurrir a préstamos adicionales para sobrevivir. Los costes del servicio de su deuda se han desplomado, pero el monto de la deuda se ha disparado. (...)

De hecho, existe un riesgo real de que se produzca una tercera ola en la crisis pandémica. La caída comenzó con lo que podríamos llamar un 'shock de oferta', ya que las empresas cerraron, los viajes se detuvieron, la gente se quedó en casa y las industrias del sector de servicios se paralizaron. Luego se convirtió en un "shock de demanda" al caer en picado el gasto en servicios, ocio, viajes y otros productos "innecesarios". Los ingresos de los trabajadores profesionales y de oficina mejor pagados que podían trabajar desde casa se mantuvieron altos, mientras que los trabajadores no cualificados y con salarios más bajos que tenían que salir a trabajar vieron desaparecer sus puestos de trabajo. Hasta el 40 por ciento de las personas en los estratos de ingresos más altos de las principales economías pudieron trabajar desde casa durante la pandemia, más del doble de la proporción que entre las personas con ingresos más bajos. Los primeros no gastaron, por lo que las tasas de ahorro se dispararon.

 Ahora bien, si hay un número significativo de empresas que quiebran (y las quiebras están aumentando), entonces podría haber una tercera etapa de la crisis en 2021: una crisis crediticia y una crisis financiera . Estos temores han sido expresados ​​por la economista jefe del Banco Mundial, Carmen Reinhart, sobre los incumplimientos de deuda en los mercados emergentes (ya hemos tenido algunos); Reinhart advirtió que el sur global se enfrenta a  "una ola sin precedentes de crisis de deuda y reestructuraciones" .  (...)

Y el llamado Grupo de los Treinta banqueros emitió recientemente un informe que advierte del peligro de esa crisis e insta a tomar medidas inmediatas para evitarla (...)

Y eso lleva a la tercera razón por la que no cabe esperar una recuperación en forma de V que vuelva a situar al capitalismo global en un crecimiento sostenido. La rentabilidad media del capital en las principales economías se encuentra en los mínimos de posguerra, agravada por la caída de la pandemia.

A menos que la recesión 'destruya' suficientemente 'madera muerta' en el sector capitalista y luego permita que los fuertes reemplacen a los débiles y aumente la rentabilidad de los supervivientes, las principales economías capitalistas pueden permanecer encerradas en lo que se ha llamado un 'estancamiento secular' por los economistas keynesianos o una "larga depresión" por mí y otros economistas marxistas.  (...)

Las grandes empresas farmacéuticas están dispuestas a obtener enormes beneficios de las ventas de vacunas; las compañías de combustibles fósiles continúan expandiendo sus exploraciones y producción. Las empresas de todo el mundo buscan reducir los puestos de trabajo y las condiciones de los trabajadores. Y los gobiernos están hablando de tener que apretarse el cinturón en el gasto y aumentar los impuestos una vez que la pandemia disminuya para pagar el enorme gasto fiscal y monetario del último año. Se está reanudando el calentamiento global, la desigualdad de riqueza e ingresos no ha cambiado y la pobreza en el sur global está empeorando, mientras que los mercados de valores se disparan. Esa es la perspectiva para 2021."                    (Michael Roberts, Sin Permiso, 07/01/21)

7.7.20

¿Por dónde vendrá el estallido? Todo parece indicar que se avecina un fuerte estallido en el sistema financiero mundial que meterá al mundo en una de las más severas depresiones, incluso superior a la Gran Depresión de 1929... por la deuda de los países en desarrollo, por la deuda corporativa de las empresas norteamericanas, por quiebras bancarias a causa, nuevamente, de los 'derivados'...

"Todo parece indicar que se avecina un fuerte estallido en el sistema financiero mundial que meterá al mundo en una de las más severas depresiones, incluso superior a la sufrida después de la Primera Guerra Mundial, conocida como la Gran Depresión de 1929.


Los países del norte parecen estar de acuerdo en emitir toda la deuda que sea necesaria para apoyar a sus ciudadanos con cantidades  mensuales en diversas modalidades, desde seguro de desempleo hasta rentas mínimas vitales; facilitar préstamos avalados por los gobiernos para ayudar a que sobrevivan las pymes; destinar grandes sumas de dinero para apoyar a sectores industriales (automotriz, aeronáutico, ventas al detalle y un gran etcétera); apoyar con grandes compras de acciones, bonos y papel comercial para evitar el desplome de los mercados. Incluso, se está dispuesto a que los gobiernos adquieran temporalmente las acciones de grandes empresas para salvarlas o para evitar que caigan bajo el control de inversionistas extranjeros. 


Esto implicará que en los próximos 5 años el mundo pasará de 255 billones de dólares de deuda a unos 325 (irá de algo más de 3 veces el PIB mundial a algo más de 4 veces), un monto de deuda nunca antes visto que sin duda hipoteca el futuro y, en el mejor de los casos, ayuda a resolver la emergencia en los países ricos pero no impide el riesgo de estallido del sistema financiero tal cual lo conocemos ahora.


¿Qué puede ocasionar el estallido? Claramente tres riesgos inminentes:

1.— La incapacidad de los países en vías de desarrollo de pagar sus deudas y de contratar más para apoyar a sus ciudadanos y su economía (como lo están haciendo los países ricos).(...)

2.— La enorme deuda corporativa de las grandes empresas americanas. Hoy deben alrededor de 18 billones de dólares que usaron básicamente para darse dividendos y recomprar sus propias acciones.  La caída en las ventas de sus negocios, la necesidad de reestructurar sus operaciones a la nueva lógica del mercado y los costos asociados a la crisis actual harán que el valor de las empresas caiga (menos ventas, menos utilidades, menos valor a los mismos múltiplos, ya de por sí elevados) y esto ocasionará que las garantías otorgadas se deban ampliar o los acreedores deberán liquidarlas. 

Los mercados de valores concentran hoy gran parte del ahorro mundial y una percepción de que las empresas sufrirán descalabros (que lo más probable es que así sea por la crisis) podría ocasionar una estampida hacia bonos del tesoro americano (casi el único refugio disponible para ese tamaño de liquidez buscando resguardo), generando grandes pérdidas a bancos e inversionistas y restringiendo la liquidez en el sistema económico mundial. 

3.— El descalabro en los bancos que hoy mantienen una posición bastante elevada de CLO (collateralized loan obligation) que siguen la misma estructura que los tristemente famosos CDO (collateralized debt obligation) que sirvieron para empaquetar hipotecas buenas y malas y terminaron por colapsar el mercado inmobiliario americano y arrastrar a grandes bancos (Lehman Brothers), obligándoles a fusionarse y causando lo que ahora se conoce como la Gran Recesión de 2010. (...)

 Estos CLOs no son otra cosa  que préstamos a empresas (buenos, regulares y malos) empaquetados por capas para engañar a las calificadoras de riesgo y hacerles creer que el riesgo de impago es muy bajo, y así hacer creer a su vez a los mercados que los bancos se han desecho de créditos  otorgados a empresas, vendiendo el riesgo y liberando capacidad para seguir prestando. La misma bicicleta de hace diez años pero en vez de ladrillos ahora la garantía es la capacidad de pago de una empresa. Es decir: nada.
 
Pensemos por un momento qué pasa en la economía familiar cuando el ingreso de todos los miembros que trabajan y contribuyen, de pronto y por la crisis, baja a, digamos, la mitad. 


Imaginemos además, que esta familia debe, entre hipotecas, bienes duraderos y tarjetas de crédito, un 50% del ingreso anual acumulado de los miembros de la familia que trabajan (por decir un monto conservador y bastante normal). ¿Qué pasará con las finanzas de esa familia? Seguramente no podrá pagar, tendrá que vender bienes, perderá el crédito y tendrá que ahorrar mucho, quitando todo aquello que no es esencial. 


Esto que es tan sencillo de comprender, traducido a la enorme complejidad de los mercados financieros, operados ya por algoritmos que ejecutan órdenes de compra y venta, apalancados con contratos estructurados que apuestan a que tasas, índices y precios se muevan en uno u otro sentido, se puede traducir en una venta masiva de bonos y acciones que puede acabar colapsando empresas y bancos y borrando el ahorro de personas que han invertido sus fondos de pensiones y retiro allí. 


¿Hay algo que podamos hacer? Como individuos, cuidar la liquidez y no apostar a las exuberancias de los mercados. Como país, asegurar que las deudas están bien refinanciadas, las líneas de crédito, vigentes, y que se cuenta con la liquidez necesaria para apoyar a ciudadanos y empresas en la medida que el juicio y criterio del gobierno de cada país lo considere pertinente. 


Y como comunidad mundial, nos queda darnos cuenta una vez más y por enésima vez que estos cabrones no aprenden y no les importa: sólo nos invitan a los velorios porque sus fiestas son exclusivas y privadas."                    (Bernardo Domínguez, Alternativas Económicas, 19/06/20)