"Se avecina un otoño económico caliente en base a una serie de
dinámicas que inciden de manera directa en la carestía de productos
estratégicos como la energía, las materias primas y la vivienda,
dificultando aún más la ya de por sí precarizada reproducción de
nuestras vidas. Si bien alguna de estas dinámicas podría tener un
carácter coyuntural y contextualizado, otras parecen ser la semilla de
posibles estallidos futuros, tanto ecológicos como financieros, dentro
de la crisis global en la que estamos sumidos.
Esta última va tomando forma de “tormenta perfecta”, tanto por su
complejidad como por su carácter inédito en la historia del capitalismo,
al conjugar cuatro fenómenos de relevancia estructural: una acumulación
de capital gripada sin visos de superarse, un endeudamiento público y
privado insostenible, un cambio climático desbocado, y el manifiesto
agotamiento de materiales y energía fósil. Todo ello, además, en el
marco de un modelo de gobernanza tendente al autoritarismo, liderado por
las empresas transnacionales.
Las políticas de recuperación impulsadas para enfrentar esta
situación, pese al relato de crecimiento, transición e inclusión que
prometen, no hacen mella significativa en la tormenta perfecta. Al
contrario, incluso la aceleran, alimentando dinámicas de depredación y
endeudamiento que bien pudieran agravar la situación, mientras ceban a
un poder corporativo que nos dirige directamente al centro de dicha
tormenta. En consecuencia, bien haríamos en movilizarnos en favor de un
cambio radical de rumbo que atienda las señales de alerta que nos ofrece
el presente cuatrimestre sobre el futuro que se nos viene encima.
Otoño caliente
Comencemos por el principio. Si la precariedad vital es ya una
realidad palpable y crecientemente extendida, el horizonte económico a
corto plazo hace presagiar su ahondamiento, en base a la conjunción de
tres dinámicas que están teniendo y tendrán un impacto directo en
nuestros bolsillos. Destacamos en primer lugar el encarecimiento
exponencial de la energía, que tiene en el Estado español una primera
manifestación en el precio de la electricidad. Su incremento es fruto
tanto del mayor coste del gas natural y los derechos de emisión, como de
las características propias del mercado oligopólico en el que se
subasta esta forma de energía final. Este fenómeno, que viene coleando
durante todo el verano, supera récords casi de manera diaria y parece no
detenerse, hasta el punto de triplicar ya su precio respecto a 2020.
De manera complementaria, la subida del precio de la energía fósil en
toda la Unión Europea (UE) redundará en este incremento eléctrico, como
consecuencia de la política aprobada el pasado julio en favor de una
drástica reducción de las emisiones contaminantes. Se aumentará así la
carga fiscal sobre gasolina y diésel, a la vez que se incluye al
transporte y a los edificios dentro de los mercados de emisiones. En
conjunto, se producirá un aumento significativo del coste de la energía y
el transporte —en un contexto previo de encarecimiento del barril de
petróleo—, cuya escala dependerá precisamente de la dinámica incierta y
especulativa de dichos mercados vinculados a los permisos de
contaminación. En todo caso, la Comisión ve plausible un escenario en el
que se genere una subida de hasta el 22% en la calefacción con
fuel-oil, o del 12% en la gasolina.
En segundo término, se consolida también una dinámica global de
encarecimiento de las materias primas y los alimentos, así como del
transporte marítimo internacional de productos (medio a través del cual
se distribuye el 80% de los bienes movilizados a escala global). En este
sentido se constata una subida del 40% en el maíz, 17% en el trigo, 28%
en la cebada y 26% en la soja.
A su vez, también se evidencia un aumento en el precio de los
fertilizantes químicos, hoy imprescindibles para la agroindustria. La
fotografía se completa con el fabuloso acelerón en el coste del
transporte internacional por mar que, por poner solo un ejemplo, ha
visto multiplicado por diez el precio de mover un contenedor entre China
y Estados Unidos respecto a los tiempos pre-pandémicos. Se trata de
costes que, tarde o temprano, serán trasladados al precio de la canasta
básica, en un sistema basado fundamentalmente en la primacía de las
cadenas económicas globales.
La tercera dinámica inflacionaria que caracterizará este próximo
otoño es la de la vivienda. Su precio también se está incrementando en
el Estado español, en el marco de una nueva burbuja inmobiliaria
liderada por la banca, gracias a las multimillonarias inyecciones de
liquidez del Banco Central Europeo (BCE). Se consolida así este sector
como refugio de particulares y fondos de inversión, fundamentalmente en
base a nuevas viviendas y segundas residencias costeras. La derivada de
esta burbuja en los alquileres es evidente, tanto por la recuperación
progresiva de la movilidad como por la consideración de la vivienda como
la inversión más segura en un contexto de incertidumbre.
En definitiva, asistiremos en otoño a una espiral inflacionista que
afecta de manera directa a necesidades básicas de todos y todas
(energía, materias primas y vivienda), con un impacto notable en
términos de precariedad, pobreza energética e insostenibilidad de la
vida, especialmente de los sectores más vulnerables. Al mismo tiempo,
aún de manera desigual, su incidencia será también relevante sobre unas
pymes y autónomas ya castigadas por la crisis.
En todo caso, este conjunto de dinámicas responden a causas diversas y
de diferente escala. Si la subida exorbitada de la electricidad se
circunscribe en estos momentos al marco estatal, el incremento del
precio del transporte marítimo se vincula con el confinamiento de 2020 y
las sacudidas de una pandemia que permanece aún muy activa en términos
globales, tal y como refleja el reciente cierre temporal de fábricas y
puertos en China. No obstante, ¿se trata estrictamente de fenómenos
contextualizados y de carácter coyuntural, o bien pudieran estar
vinculados e incluso anticipar nuevos estallidos de una crisis sistémica
que ya se manifestó en 2008 y cuya dinámica sigue plenamente vigente?
Tormenta perfecta
Pese a la miopía habitual del análisis económico ortodoxo, seguimos
inmersos en la crisis global más compleja que el capitalismo ha sufrido
en su historia, agravada además por la pandemia. Hablábamos en este
sentido de una “tormenta perfecta”, provocada por la interacción de
cuatro fenómenos de carácter estructural que se desarrollan en marcos
temporales diversos pero actualmente acompasados.
El primero de ellos está relacionado con el magro desempeño de la
tasa de ganancia empresarial, que impide iniciar una nueva onda
expansiva de acumulación de capital y crecimiento sostenido. Ni la
economía digital —la gran esperanza hoy en día del capitalismo— ni la
continuada ofensiva sobre el trabajo han sido capaces de provocar los
incrementos de productividad y rentabilidad necesarios para dar forma a
dichas ondas virtuosas y generalizadas de inversión, empleo y consumo.
El resultado es un capitalismo estancado, cuyo régimen de acumulación
presente —la globalización neoliberal— muestra signos evidentes de
agotamiento, como atestiguan la crisis de los semiconductores o el
relativo cuestionamiento de la deslocalización y la subcontratación en
las cadenas globales de valor, por poner solo dos ejemplos. No se
vislumbra la fórmula para generar sendas estables de incremento de la
tasa de ganancia, la productividad, la formación de capital y el empleo
(indicadores verdaderamente relevantes para una supuesta recuperación,
no así el simplista y cortoplacista análisis del crecimiento coyuntural
en 2021 de diversos ítems respecto a la hecatombe del año anterior).
El segundo fenómeno que alimenta la crisis actual es la
financiarización de la economía, ejemplificada en un ingente
endeudamiento público y privado. El estancamiento sistémico de la
economía productiva ha sido el marco propicio para el crecimiento de
unas finanzas que hoy imponen su identidad al conjunto del capitalismo,
tanto por su tamaño (muy superior al conjunto de la economía mundial de
bienes y servicios) como por el poder político y económico acumulado por
las “finanzas en la sombra”, esto es, enormes fondos de inversión (solo
BlackRock acumula inversiones por valor del 10% del PIB mundial) que
operan de manera absolutamente desregulada y en prácticamente todos los
sectores y grandes empresas.
Se cronifica y consolida así una dinámica económica opaca,
cortoplacista y especulativa, que alimenta la posibilidad de estallidos
como el de 2008. La enorme deuda global —que en 2020 suponía ya el 365%
del PIB planetario— es un caldo de cultivo perfecto para dichos
estallidos, al mostrarse extraordinariamente sensible a la mínima
alteración de cualquier parámetro económico, como los tipos de interés o
la inflación.
El tercer y cuarto fenómenos de la tormenta perfecta están
relacionados con el marco ecológico en el que opera el sistema
económico. Por un lado, asistimos a un cambio climático desbocado, tal y
como expone a las claras la filtración del Sexto Informe del panel de
expertos de Naciones Unidas (IPCC), que tiene en la COP 26 de Glasgow en
noviembre próximo su horizonte de debate. Este informe afirma que las
emisiones contaminantes deberían tocar techo en cuatro años si no
queremos vernos abocados al funesto escenario de un incremento
posiblemente muy superior a los 2 grados en la temperatura planetaria.
Al mismo tiempo, y en consecuencia, asegura que las posibilidades de
crecimiento económico en este contexto son exiguas, en un claro mensaje a
la línea de flotación de un capitalismo que solo se sostiene sobre la
acumulación incesante.
Por otro lado, cerrando el círculo y convirtiendo definitivamente la
tormenta en huracán, el agotamiento de materiales estratégicos y energía
fósil reduce sin paliativos la base física que nutre el capitalismo.
Por ejemplificar esta realidad de una manera sencilla y centrada en el
ámbito energético: un estudio de British Petroleum (BP) publicado en
2018 afirmaba que el 90% de la energía primaria que se consumía en el
mundo era de origen fósil: petróleo, que ya ha superado su pico en 2005;
gas, que lo hará en esta década; carbón y uranio, ambos en fase de
declive. Al mismo tiempo, afirmaba que la electricidad solo suponía el
20% de la forma final de energía consumida, frente a otras fórmulas
derivadas del petróleo o en forma de calor industrial. De esta manera,
si las energías renovables generan fundamentalmente electricidad, el
vacío que dejarán los recursos fósiles no podrá ser sustituido sin una
reducción drástica del consumo.
Ante esta tesitura, y en la medida que se vaya avanzando en el
agotamiento de estos recursos, estamos abocados a un devenir errático de
sus precios. Este bien pudiera adoptar un modelo de “dientes de
sierra”, que combina importantes subidas y bajadas en función de la
coyuntura concreta, dentro de un horizonte tendencial de encarecimiento.
Con todo ello, planea sobre nuestras vidas una tormenta perfecta,
tanto por la multitud de fenómenos estructurales articulados que la
alimentan como por su carácter paradójico, que impide su resolución
dentro del marco del capitalismo. La hipotética solución a uno de ellos
significaría el agravamiento inmediato de alguno o algunos de los
restantes, haciendo inútil el esfuerzo.
Si se prioriza de verdad la lucha contra el cambio climático y la
transición ecológica, se imposibilita el crecimiento, santo y seña del
capitalismo. Si se enfatiza la acumulación de capital, ha de buscarse
cómo incrementar de manera notable y generalizada la productividad (no
hay expectativas al respecto), qué base energética y material la
sostendrá (en base a mayores emisiones y a una especie de fascismo
ecológico en el uso de energía y materiales) y cómo se legitimará
políticamente (cuando se evidencia que la teoría del derrame entre
ganancias empresariales y bienestar social hace aguas por todas partes).
Si se mantiene la apuesta especulativa como fórmula para mantener las
señas de identidad del capitalismo, nos enfrentaremos a nuevos
estallidos financieros, para los cuales se dan actualmente todas las
condiciones.
Así, parece no haber escapatoria para el principal reto que enfrenta
el capitalismo: tratar de crecer con menos recursos físicos y materiales
(cosa que no ha hecho en toda su historia), y hacerlo además en un
marco ecológico extremadamente vulnerable, económicamente inestable y
políticamente poco democrático, bajo la hegemonía del poder corporativo.
Veamos a continuación si las dinámicas antes expuestas para el otoño
caliente pudieran tener o no un correlato con una aceleración y
anticipación de nuevas manifestaciones de esta tormenta perfecta.
Un otoño caliente que acelera y anticipa la tormenta perfecta
Volviendo al comienzo, creemos que más allá de fenómenos
contextualizados y coyunturales vinculados a la espiral inflacionista en
ciernes, el otoño que se avecina anticipa un agravamiento de la crisis
actual en forma de nuevos estallidos, al menos por dos vías
complementarias.
Por una parte, destacamos la relación directa entre la espiral
inflacionaria y la inestabilidad financiera. La supuesta estabilidad
macroeconómica de 2020 y 2021 se ha sostenido sobre una inflación
prácticamente nula, que ha permitido mantener los tipos de interés muy
bajos —incluso negativos—, garantizando la respiración asistida de
grandes empresas, Estados y hogares ultra-endeudados. No obstante, la
inflación prevista para otoño, que ya se está empezando a notar a escala
global —especialmente en Europa y Estados Unidos—, podría hacer saltar
por los aires ese precario equilibrio, incrementando los tipos de
interés.
El resultado de este proceso, por pequeño que fuera, bien pudiera
tornar en impagable el volumen de deuda actual, despertando en
consecuencia a la bestia financiera en forma de movimientos
especulativos masivos, ataques a monedas soberanas, burbujas
inmobiliarias acrecentadas, etc., fuente por tanto de nuevos estallidos
financieros. Si, como parece, en 2023 se reactiva el Pacto de
Crecimiento y Estabilidad en la UE, la crisis de deuda pública y el
regreso aumentado de las políticas de austeridad están aseguradas.
Por otra parte, también hay un vínculo estrecho entre el incremento
de los precios de energía y materias primas en proceso de agotamiento,
las expectativas de crecimiento y la inestabilidad financiera. La
espiral inflacionaria de otoño podría ser ya el reflejo del errático
comportamiento de los precios energéticos y de las materias primas en
forma de dientes de sierra.
Como afirma Jason W. Moore, el capitalismo solo opera de manera
estable si cuenta con un marco de “cuatro baratos”: fuerza de trabajo,
energía, alimentos y materias primas. Si no es así, tal y como parece,
la tasa de ganancia se retrae, haciendo flaquear aún más la acumulación
de capital y el crecimiento, y aumentando en consecuencia la presión
financiera. El aumento del precio de las materias primas generado a
partir de 2003 anticipó el crash de 2008, por lo que hoy podríamos estar
en un escenario similar, siendo el incremento del precio de la energía y
las materias primas una especie de germen de un nuevo estallido.
Asumiendo la diversidad de causas y escalas que inciden en la espiral
inflacionista en ciernes, creemos que la agenda económica del presente
otoño tiene posos estructurales que hay que atender, como anticipo de
una profunda agudización de la tormenta perfecta que se ciñe sobre
nuestras cabezas.
En esta línea, ¿puede ser la miríada de políticas de recuperación
impulsadas a todos los niveles la respuesta que necesitamos?
Lamentablemente, creemos que no.
En primer lugar, la expansión cuantitativa vigente desde 2010 y
acelerada con la pandemia ha inyectado de manera masiva liquidez para
rescatar a empresas y Estados, engordando fundamentalmente burbujas y
movimientos especulativos, base de posibles estallidos financieros.
En segundo término, el programa europeo de recuperación y resiliencia
—y sus complementos estatales y subestatales—, además de plantearse
políticamente como una versión actualizada de los Pactos de la Moncloa
para evitar toda disidencia y contestación, es en términos económicos un
programa de rescate de grandes empresas y fondos estructurado en torno
al nuevo relato del capitalismo verde y digital, en base a inversiones
desesperadas y muy arriesgadas (hidrógeno, automóvil eléctrico, etc.),
que en ningún caso van a la raíz del necesario cuestionamiento del
crecimiento, la hegemonía de los mercados globales y el protagonismo del
poder corporativo como formas de evitar la tormenta perfecta.
Todo ello, además, incorpora una cara b en forma de crecimiento de la
deuda (solo en junio, la deuda pública española se incrementó casi
30.000 millones, frente al anuncio de un primer desembolso europeo de
9.000 millones), así como de reforma laboral y de pensiones en el caso
del Estado español.
Por último, las políticas complementarias de mitigación que se
impulsan (fondo de 72.000 millones de la UE para mitigar los impactos de
la subida de la energía fósil, el mantenimiento de los ERTE y la subida
del SMI en el caso español) no son suficientes para la dimensión y
escala del momento que enfrentamos.
Al contrario, parecen más bien construirse sobre escenarios irreales
de recuperación y crecimiento (una “cuenta de la vieja” en la que se
acumulan fuertes incrementos del PIB, ingresos fiscales, empleos, etc.),
mientras aceleran los fenómenos que definen la crisis actual: ahondan
los problemas de deuda de empresas, estados y hogares; mantienen la
égida insostenible del crecimiento y engordan a un poder corporativo
protagonista absoluto de sus políticas, fortaleciendo así las dinámicas
de concentración y centralización del capital, haciendo todavía más
asimétrica la disputa entre intereses de las grandes empresas y el
interés de los pueblos y la clase trabajadora.
Por un giro profundo
Miremos para donde miremos, la tormenta perfecta sigue sobre nuestras
cabezas. Incluso se está acelerando y engordando con las políticas que
hoy se venden como un giro neokeynesiano, verde y digital, pero que en
realidad no es sino una adaptación desesperada para mantener un
capitalismo herido que nos conduce al abismo.
Necesitamos, en sentido inverso, generar una amplia movilización
popular en torno a una agenda radical y confrontativa respecto a las
élites, no sostenida únicamente sobre la articulación de fuerzas
progresistas como respuesta a la extrema derecha, que ponga en el centro
la materialidad y las expectativas de la clase trabajadora y de los
pueblos para evitar seguir avanzando hacia el centro de la tormenta
perfecta.
De este modo, como base de una agenda completa, habría de comenzarse
por la priorización de la lucha contra el cambio climático y la
transición energética desde un cuestionamiento profundo de los
parámetros capitalistas, así como desde una perspectiva
internacionalista y de justicia social.
Para tamaña tarea, no solo podemos quedarnos en procesos de
mitigación social o de redistribución de ciertos recursos, sino que
necesitamos igualmente recuperar y actualizar la agenda del derecho a la
propiedad colectiva de los medios de vida: energía, banca,
digitalización y cuidados pueden ser la palanca inicial para restituir
poder popular.
Al mismo tiempo, en consecuencia, se convierte en estratégico
desmantelar el poder corporativo y la arquitectura de impunidad en la
que este opera. La nueva oleada de tratados comerciales, los tribunales
de arbitraje, la OMC, el FMI y los proyectos nítidamente corporativos
como la Unión Europea requieren ser respondidos con firmeza, a la vez
que avanzamos en procesos de regulación y control de las grandes
empresas a todos los niveles.
Estas podrían ser algunas de las bases para provocar ese cambio
profundo de ritmo. Aún estamos a tiempo, pero cada vez tenemos un margen
más estrecho. Movilicémonos, atendamos las señalas de alerta del otoño,
nos jugamos todos"
(Gonzalo Fernández Ortiz de Zárate y Juan Hernández Zubizarreta,
investigadores del Observatorio de Multinacionales en América Latina
(OMAL), O
bservatorio de la crisis, 05/10/21)