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24.1.26

La mitad de la población española confiesa odiar a alguna persona o colectivo... El odio que se expresa en España es, fundamentalmente, identitario. No se dirige tanto hacia la vulnerabilidad —que suele generar rechazo o desprecio— como hacia aquello que moviliza identidades, concentra poder o genera polarización. En este sentido, se identifican dos grandes macroodios: el odio a la derecha y el odio a la izquierda, que reflejan de forma clara el alto grado de polarización política y social que atraviesa el país... el odio no es un fenómeno marginal ni residual, sino un elemento con un peso significativo en el clima social actual... Líderes y movimientos políticos que basan su estrategia en la confrontación, la polarización y la creación de enemigos –así como quienes buscan conservar o reforzar su poder– se benefician directamente de la expansión del odio (Belén Barreiro)

 "Los resultados de la encuesta muestran que el odio es un fenómeno profundamente arraigado en la sociedad española. La mitad de la población reconoce sentir odio hacia alguno de los 70 colectivos analizados, una cifra muy elevada si se tiene en cuenta que se trata de una emoción intensa y extrema. Este dato confirma que el odio no es un fenómeno marginal ni residual, sino un elemento con un peso significativo en el clima social actual.

El odio que se expresa en España es, fundamentalmente, identitario. No se dirige tanto hacia la vulnerabilidad —que suele generar rechazo o desprecio— como hacia aquello que moviliza identidades, concentra poder o genera polarización. En este sentido, se identifican dos grandes macroodios: el odio a la derecha y el odio a la izquierda, que reflejan de forma clara el alto grado de polarización política y social que atraviesa el país. Junto a ellos aparecen varios microodios que, aunque afectan a colectivos concretos, pueden tener consecuencias muy graves en forma de discriminación y exclusión social. Entre estos destacan el odio hacia el colectivo LGTBIQ+, el vinculado al origen racial o étnico y el dirigido a los poderes e instituciones consideradas influyentes.

La encuesta también analiza los entornos en los que se manifiesta el odio. Las redes sociales destacan, con mucha diferencia, como el principal espacio de expresión de los discursos de odio. Aunque este resultado no resulta sorprendente, sí es relevante que esta percepción sea compartida tanto por adultos como por menores. Tras las redes sociales, los siguientes entornos señalados son los grupos de mensajería privada y los medios de comunicación. Además, el estudio pone de relieve que los discursos de odio no se limitan al ámbito digital: también están presentes en espacios laborales, algo que afecta especialmente a la población adulta.

El estudio pone de relieve que los discursos de odio no se limitan al ámbito digital

La preocupación aumenta al analizar no solo la percepción general, sino la exposición directa al odio. Los datos muestran cifras especialmente alarmantes entre los menores: siete de cada diez afirman haber presenciado discursos de odio en redes sociales, frente al 60 % de los adultos. No obstante, incluso en los entornos donde el odio aparece con menor frecuencia, los porcentajes siguen siendo elevados. Que el 30 % de los menores observe discursos de odio en los centros educativos resulta especialmente grave, al tratarse de espacios que deberían garantizar protección, convivencia y aprendizaje en valores. De igual modo, que el 30 % de las personas adultas detecte odio en el ámbito familiar evidencia hasta qué punto este fenómeno ha penetrado en la vida cotidiana.

El estudio también permite identificar a los principales beneficiarios de los discursos de odio. Estos no son los colectivos que los sufren, sino aquellos actores que los utilizan como herramienta de movilización y control social. Líderes y movimientos políticos que basan su estrategia en la confrontación, la polarización y la creación de enemigos –así como quienes buscan conservar o reforzar su poder– se benefician directamente de la expansión del odio, tanto en el ámbito nacional como internacional.

En conjunto, las conclusiones de este primer acercamiento confirman que el odio constituye un problema estructural de gran alcance, con profundas implicaciones sociales y democráticas. Su concentración en las redes sociales, especialmente entre los menores, y su capacidad para generar discriminación y fractura social subrayan la urgencia de intervenir. Este estudio sienta una base sólida para seguir investigando el fenómeno y para que la fundación pueda desarrollar estrategias de prevención del odio y de construcción de una sociedad más cohesionada, inclusiva y libre de polarización extrema."

(Belén Barreiro, CTXT, 22/01/26)

5.5.25

En medio de la oscuridad del apagón... las alarmas antirrobo no funcionaban, las cámaras de seguridad se habían quedado ciegas. Nadie podía llamar a la policía. Esta, pues, era la noche soñada por los ladrones... pero el gran apagón no fue una pesadilla. De hecho, fue más bien lo contrario. Algo parecido a un sueño: un mundo poblado por gente amable y bondadosa con las malas intenciones anuladas. Ciudadanos comunes y corrientes dirigían el tráfico en los cruces sin semáforos en funcionamiento. Otros llevaban agua y comida a los pasajeros varados en trenes que se habían detenido en mitad de la nada. Los taxistas, incapaces de procesar tarjetas de crédito, daban sus números de teléfono móvil para que los clientes pudieran pagar sus tarifas cuando volviera la electricidad... Por todas partes, todo cuanto vi resaltaba cómo el mundo seguía adelante en paz. Casi todo el mundo se tomaba el día con una buena dosis de humor y —me atrevería a decir— incluso de alegría. De alguna manera sabíamos que todo iría bien. Que no habría asaltos, ni desórdenes amenazantes... Todo lo contrario: prevalecieron la calma, la generosidad y la dedicación de los funcionarios y los trabajadores. Tal vez esa sea la gran diferencia entre las fuerzas de la extrema derecha —en Estados Unidos y en cada vez más partes de Europa, que ahora insisten en que el único camino factible es el del individualismo, cada uno por su cuenta— y la confianza que el Estado del bienestar europeo con el que me crie forja en las mentes de una comunidad. Aquí, a oscuras, descubrimos que teníamos confianza en los demás y en nuestro país, en el sentido de comunidad. ¿Existe un arma más poderosa que esa? Lo que he visto esta semana es lo mucho que nos fortalecemos como sociedad y como individuos cuando elegimos la alegría, la calma y el apoyo mutuo en lugar del miedo ante la adversidad. Esa vía nos dio, a oscuras, un privilegio que en otras partes del mundo no tienen con luz: sentirnos seguros en casa y en la calle. La derrota de los traficantes del miedo ( Paco Cerdà, The New York Times)

 "Sacamos una vela, la encendimos y terminamos de cenar. En la oscuridad. En completo silencio.

El 28 de abril, el llamado “gran apagón”, uno de los días más extraños de nuestras vidas, dejó a oscuras toda la península ibérica. Durante más de 10 horas estuvimos completamente incomunicados, sin poder llamar por teléfono ni conectarnos a internet. Los más afortunados habían rescatado alguna vieja radio de transistores con pilas para escuchar las noticias. Nosotros tres —mi pareja, mi hija de 6 meses y yo— no tuvimos esa suerte. Ahora ya era de noche. El miedo y todos sus fantasmas podían salir al acecho.

Por la ventana, de vez en cuando, circulaban coches y algunos caminantes con linterna. Uno podría imaginarse las otras cosas que estaban en silencio. Cómo las alarmas antirrobo —el gran negocio para mantener a raya el miedo— no funcionaban. Cómo las cámaras de seguridad se habían quedado ciegas. Nadie podía llamar a la policía. Esta, pues, era la noche soñada por los ladrones. Una noche en la que los desalmados podían aprovechar el amparo de la oscuridad y su silencio para irrumpir en fábricas, negocios, tiendas, pueblos aislados, casas de campo o viviendas urbanas. Pero no lo hicieron.

El gran apagón no fue una pesadilla. De hecho, fue más bien lo contrario. Algo parecido a un sueño: un mundo poblado por gente amable y bondadosa con las malas intenciones anuladas. Ciudadanos comunes y corrientes dirigían el tráfico en los cruces sin semáforos en funcionamiento. Otros llevaban agua y comida a los pasajeros varados en trenes que se habían detenido en mitad de la nada. Los taxistas, incapaces de procesar tarjetas de crédito, daban sus números de teléfono móvil para que los clientes pudieran pagar sus tarifas cuando volviera la electricidad.

En el caos del transporte —los trenes retrasados, los autobuses que no llegaban, el metro detenido— algunos colegios permanecieron abiertos más tiempo esa tarde para que ningún niño se quedara solo esperando a que alguien lo recogiera. Los hospitales, siempre gratuitos en España, funcionaron con generadores y siguieron atendiendo a los enfermos. Sin teléfonos móviles operativos, niños y adolescentes se reunieron en la calle de formas más típicas de décadas pasadas que de hoy. Muchos desconocidos se juntaban y hablaban en la calle o hasta bebían cerveza juntos en la terraza de los bares. Antes bebérsela a que se caliente, bromeaban algunos carteles improvisados.

Por todas partes, todo cuanto vi resaltaba cómo el mundo seguía adelante en paz. Casi todo el mundo se tomaba el día con una buena dosis de humor y —me atrevería a decir— incluso de alegría. De alguna manera sabíamos que todo iría bien. Que no habría asaltos, ni desórdenes amenazantes. De algún modo sabíamos que nadie sacaría una pistola. No iba a ser una de esas películas apocalípticas de Hollywood. Todo lo contrario: prevalecieron la calma, la generosidad y la dedicación de los funcionarios y los trabajadores.

Tal vez esa sea la gran diferencia entre las fuerzas de la extrema derecha —en Estados Unidos y en cada vez más partes de Europa, que ahora insisten en que el único camino factible es el del individualismo, cada uno por su cuenta— y la confianza que el Estado del bienestar europeo con el que me crie forja en las mentes de una comunidad. Aquí, a oscuras, descubrimos que teníamos confianza en los demás y en nuestro país, en el sentido de comunidad. ¿Existe un arma más poderosa que esa? ¿Existe un escudo mayor que ese? Saber que los demás están ahí para ayudarte, no para hacerte daño. Que cada uno de nosotros nos necesitamos mutuamente. Tan sencillo. Tan antiguo.

Eso no quiere decir que seamos invencibles. En España hemos vivido una y otra vez momentos que nos muestran nuestra propia vulnerabilidad. Durante las inundaciones que arrasaron Valencia el pasado otoño o durante la pandemia de covid hace cinco años. Esta semana fue el apagón de España y Portugal e incluso, brevemente, de Andorra y partes de Francia, horas en las que nada avanzó.

Pero aceptar que somos vulnerables, cada uno de nosotros, debería significar que confiamos más los unos en los otros, no menos; y defender que el individualismo y el aislacionismo no son el camino a seguir. De hecho, lo que he visto esta semana es lo mucho que nos fortalecemos como sociedad y como individuos cuando elegimos la alegría, la calma y el apoyo mutuo en lugar del miedo ante la adversidad. Esa vía nos dio, a oscuras, un privilegio que en otras partes del mundo no tienen con luz: sentirnos seguros en casa y en la calle. La derrota de los traficantes del miedo.

De madrugada, ya en la cama los tres, vimos que algunas luces de casa volvían a encenderse. Mi pareja y yo sonreímos. Qué alivio. Todo estaba bien. La niña dormía tranquila entre nosotros. Pusimos a cargar los teléfonos y los ordenadores. Y nos volvimos a dormir."

The New York Times, 03/05/25)

11.3.11

El capital social español... de los mejores del mundo

"Jesús Caldera, exministro de Trabajo y Asuntos Sociales de 2004 a 2008, presentó ayer su libro Un tiempo para la igualdad (Turpial) (...)

El autor aseguró que ha dedicado su vida a la igualdad: "Es un elemento que nos hace mejor a todos". "España es el décimo país en cuanto al reparto de los recursos, pero a su vez es el séptimo con menos problemas de salud, el tercero en esperanza de vida, y el segundo con menos tasa de violencia por habitante. Es lo que yo llamo un buen capital social, que ha hecho un buen reparto", destacó." (El País, 10/03/2011, p. 34)