Mostrando entradas con la etiqueta n. Kamala Harris. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta n. Kamala Harris. Mostrar todas las entradas

24.11.24

James K. Galbraith: Trump ha recibido unos pocos más de votos, pero Kamala Harris sufrió una caída desastrosa de casi 10 millones de votos... De nada sirvieron las millonadas que los demócratas gastaron en la campaña. Hace cuatro años, Biden obtuvo mejores resultados hablando a los votantes desde su casa... La verdadera explicación es esta: uno de los bandos votó con toda su fuerza, el otro no... El liderazgo demócrata diseñó esta situación; de modo que fué lo que deseó... El liderazgo demócrata prefiere perder una o dos elecciones, antes que abrir el partido a gente que no puede controlar... De modo que la elección de 2024 fue un suicidio. El liderazgo demócrata fue, en el mejor de los casos, indiferente a la pérdida del acceso al voto, negligente en la retención de los votantes nuevos de 2020 y proactivo en lograr la abstención de lo poco que queda de su ala «izquierda». Intentó encubrirlo, como de costumbre, con apoyos de los famosos y políticas identitarias. Como de costumbre, no funcionó. Pero la próxima vez, los mandarines del partido y sus apparatchiks seguirán en sus puestos, listos para volver a intentarlo

 "Al momento de escribir esto, Donald Trump ha recibido unos 75,1 millones de votos en la elección presidencial de Estados Unidos, y Kamala Harris unos 71,8 millones. Las cifras seguirán subiendo a medida que se cuenten los votos en ausencia y por correo, pero el recuento final para Trump será apenas un poco más que los 74,2 millones de votos que obtuvo en 2020. En el caso de Harris, en cambio, veremos una caída desastrosa desde los 81,2 millones de votos que recibió Joe Biden, y esto a pesar de que en esta elección, la cantidad de personas con derecho a votar creció en cuatro millones.

Es decir que Trump casi no obtuvo nuevos apoyos en los cuatro años de su campaña por la redención. Si el padrón de votantes fuera el mismo, hasta podríamos decir que lo único que logró fue que quienes lo apoyaron en 2020 volvieran a votar por él. En realidad, en ese lapso murieron unos 13 millones de personas (en su mayoría habilitadas para votar) y adquirieron derecho al voto unos 17 millones; es decir que a grandes rasgos, Trump reemplazó cada votante perdido con otro, mientras que a los demócratas, la menor participación electoral de este año les costó casi diez millones de votos.

Estos números plantean serias dudas sobre las explicaciones del resultado centradas en la situación económica, y aún más sobre la efectividad de la publicidad y de las campañas para alentar el voto. Aunque la publicidad, los mitines y el activismo se concentraron en los «estados pendulares», los resultados allí fueron similares a los del resto del país, incluidos los de estados como Massachusetts y Texas cuyo resultado nunca estuvo en duda. Los mayores aumentos proporcionales para Trump fueron en Nueva York, Nueva Jersey, Florida y California. De nada sirvieron las millonadas que los demócratas gastaron en la campaña. Hace cuatro años, Biden obtuvo mejores resultados hablando a los votantes desde su casa.

Lo sucedido también resta valor a los análisis basados en el «votante estadounidense». El racismo, el sexismo, el malestar económico, la inmigración o los derechos reproductivos (el tema en el que los demócratas habían puesto sus esperanzas este año) existen. Pero no parece que hayan afectado los resultados más (o menos) que en años pasados. Los que fueron a votar al parecer votaron igual que la última vez. Siempre hay algunos «votantes pendulares», pero los periodistas los buscan por la misma razón por la que antes los antropólogos buscaban a los caníbales: porque son escasos.

La verdadera explicación es esta: uno de los bandos votó con toda su fuerza, el otro no.

Sobre los motivos ideológicos de los que no votaron, no hay datos confiables. Pero las encuestas en boca de urna indican que el cambio en la distribución de los votantes fue mayor en los niveles de ingresos más bajos; en la franja de los que ganan menos de 50 000 dólares al año, a Biden le fue mejor que a Harris. Entre los hispanos, sobre todo los votantes de ingresos relativamente bajos residentes a lo largo de la frontera de Texas (en condados muy pequeños, por cierto), el vuelco hacia Trump fue tremendo.

Una vez descartado lo improbable, quedan al menos tres conjeturas razonables. La primera tiene que ver con las condiciones de votación. En 2020 la pandemia llevó a que votar fuera más accesible que nunca. Millones de personas se pronunciaron a través de la votación anticipada, el voto por correo, centros de votación al paso para automovilistas, sistemas de votación las 24 horas y otros métodos fáciles de usar, y la participación (como proporción de los votantes habilitados) fue la más alta desde 1900 (mucho antes de la era de los derechos civiles y dos décadas antes del sufragio femenino). En 2024, algunos de estos métodos (aunque no todos) ya no existían (tras haberse reducido en 2022). En Estados Unidos el mecanismo de votación se suele usar para influir en el resultado: filas largas en las urnas desalientan la participación, sobre todo entre los trabajadores que no disponen de mucho tiempo.

Una segunda explicación razonable tiene que ver con el registro de los votantes. Los estudiantes y los ciudadanos de bajos ingresos pertenecientes a minorías se mudan más a menudo, y por lo general se tienen que volver a registrar cada vez que cambian de domicilio, una carga que probablemente recae más sobre los demócratas.

La tercera hipótesis se basa en las viejas divisiones dentro del Partido Demócrata, que es entre un 70% y un 80% centrista y entre un 20% y un 30% de «izquierda», pero donde la mayoría centrista tiene control total. Ha sido así desde la derrota de George McGovern en 1972, pero ahora el control incluye la selección de candidatos al Congreso y la financiación del partido nacional para las campañas federales.

Los Clinton y los Obama son los líderes de facto actuales de la facción centrista, y Biden y Harris fueron sus designados. Bernie Sanders representó a la izquierda en 2016 y 2020, pero apoyó a Biden a cambio de concesiones programáticas. En 2024 no hubo una izquierda demócrata, porque no hubo una primaria real ni una contienda de ningún tipo, sólo un cambio de candidato a última hora y a puertas cerradas. Algunos remanentes de la izquierda (Robert F. Kennedy, Jr., que no pudo competir en las primarias demócratas, y Tulsi Gabbard) se pasaron al bando de Trump. La única izquierda de 2024 fue un movimiento llamado «Palestina», sin lugar en ninguno de los dos partidos.

El liderazgo demócrata diseñó esta situación; de modo que será lo que desea. Gane o pierda, sigue controlando un vasto aparato subterráneo de consultores, encuestadores, grupos de presión, recaudadores, puestos clave en el Congreso. Cualquier concesión a nuevas fuerzas dentro del partido debilitaría ese control (a diferencia de perder frente a los republicanos). El liderazgo demócrata prefiere perder una o dos elecciones (incluso convertirse en minoría permanente) antes que abrir el partido a gente que no puede controlar.

De modo que la elección de 2024 fue un suicidio. El liderazgo demócrata fue, en el mejor de los casos, indiferente a la pérdida del acceso al voto, negligente en la retención de los votantes nuevos de 2020 y proactivo en lograr la abstención de lo poco que queda de su ala «izquierda». Intentó encubrirlo, como de costumbre, con apoyos de los famosos y políticas identitarias. Como de costumbre, no funcionó. Pero la próxima vez, los mandarines del partido y sus apparatchiks seguirán en sus puestos, listos para volver a intentarlo."

(James K. Galbraith , Revista de prensa, 15/11/24, fuente Project Syndicate )

22.11.24

En el territorio donde vence Trump, estableciendo un paralelismo con la descripción de Guilluy de la Francia periférica, se sitúan los territorios rurales y las ciudades pequeñas y medianas que han sido las grandes perjudicadas por la desindustrialización del modelo de globalización neoliberal. En este territorio se situarían, además, como indica Christophe Guilluy “desde hace décadas las capas (obreros, empleados, pequeños autónomos, funcionarios) que antes formaban la base de la clase media”, capas que según él “han sido sacrificadas por un modelo económico globalizado en el que no encuentran su sitio”... Por el contrario, Kamala Harris y el Partido Demócrata se imponen netamente en las grandes Metrópolis... para dotar de servicios en los “Hubs” a la élite urbana se concentraría una amplia población dependiente, de inmigrantes, sobre todo, cuyos empleos son precarios y mal pagados. Esta población dependiente es la que ha abandonado a Harris, y es la sorpresa morrocotuda que se han llevado... Sin duda, el Partido Demócrata hace tiempo que abandonó a esas capas de obreros, empleados, pequeños autónomos, ejecutivos intermedios, campesinos, funcionarios, del centro de Estados Unidos, unas capas que se ven empujadas a la inseguridad, la precariedad y una creciente pobreza fruto del neoliberalismo globalizador... Y enfrente han tenido a un Trump que ha construido el mito del Enemigo Conspirador, el mito del Líder Valiente, y el mito de Unidos Resistiremos. Estos tres mitos los ha aunado a la perfección Trump en uno solo: Make America Great Again o la vuelta a una edad dorada (Miguel Ángel Cerdán)

 "Mucho se ha hablado sobre la victoria de Trump en las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Se han dado numerosas y variadas razones. Sin embargo, a la hora de analizar la derrota del Partido Demócrata –nosotros preferimos verlo así, como una derrota de este partido, más que una victoria de Trump–, tal vez convenga fijarse en perspectivas que iluminen zonas que no están demasiado claras.

Empezaremos centrándonos en las llamadas ciudades globales –según la terminología de Sassen, también llamadas ciudades-estado–, que mucho expresan al respecto de los resultados electorales de Estados Unidos. Según el índice Kearney (2024), en Estados Unidos hay quince de estas ciudades globales. Excepto en Phoenix (Arizona) donde ha habido un empate técnico entre Kamala Harris y Donald Trump, en el resto de estas ciudades ha ganado con enorme amplitud la candidata del Partido Demócrata. Así, Harris ha ganado en Charlotte, Houston, Dallas, Atlanta, Boston, Chicago, Los Ángeles, Miami, Minneapolis, Philadelphia, New York, San Francisco, Seattle y Washington D.C. En esta última ciudad, en Washington D.C, se encuentran las instituciones centrales federales de los Estados Unidos, en su vertiente ejecutiva, legislativa y judicial, así como numerosos lobbies, y en ella Kamala Harris ha obtenido el 92,5% de los votos.

Este aplastante respaldo que el Partido Demócrata ha tenido en la capital está muy lejos de ser equiparable a los resultados obtenidos en el resto del territorio estadounidense. De hecho, aparte del norte de la Costa Este, desde Virginia hasta Maine, y de la Costa Oeste, en el resto de Estados Unidos ha ganado Donald Trump. Es más, incluso en los condados y territorios que rodean estas ciudades-estado o ciudades globales ha ganado también Trump. Así, en Texas, excepto en Dallas, Houston y Austin, ha perdido en todos los condados el Partido Demócrata, obteniendo de esta manera el candidato del Partido Republicano los 40 electores de este Estado. El color rojo de los Republicanos rodea las ciudades globales teñidas del color azul de los Demócratas.

Si descendemos con la lupa, y nos fijamos por ejemplo en la propia ciudad de Nueva York, podemos ver cosas interesantes. En la Gran Manzana, Kamala Harris ha obtenido, un 67,7% de votos, frente a un 30,45% Donald Trump. Ahora bien, además de señalar el continuo retroceso de los Demócratas desde hace 8 años, hay datos en los que conviene fijarse. Así, nos encontramos con que ha sido en Manhattan que Harris ha obtenido mejores resultados, un 80,8% de los votos. Es cierto que allí está Harlem, donde obtiene más de 9 de cada 10 votos. Pero también nos encontramos que en el elitista East Side, entre la Quinta Avenida y Madison Avenue, Harris obtiene un 72% de votos y Trump un 28%. También en Greenwich Village, territorio histórico de la élite intelectual y cultural de la ciudad (los llamados bohemian bourgeois), Kamala Harris obtiene cerca del 90% de los votos. Esto por lo que se refiere a Manhattan. Pero el rendimiento electoral de la candidata del Partido Demócrata desciende significativamente fuera de Manhattan. Así, obtiene 10 puntos menos en el Bronx y en Brooklyn. También descienden los apoyos a Harris en Queens. Y si nos situamos en Staten Island, el más pobre de los distritos neoyorquinos, nos encontramos con que Trump se impone con holgura, llegando a alcanzar el 68% de los votos en algunas circunscripciones electorales.

Para interpretar estos resultados, en primer lugar, por lo que respecta al conjunto de Estados Unidos, y seguimos en este punto a Lind y Guilluy, parece ser que en el equivalente de la Francia periférica o la España en la que nunca pasa nada, es decir en  los Estados Unidos al margen de la Globalización, es donde cimenta su victoria Donald Trump. Y su derrota Kamala Harris y el Partido Demócrata.

Es decir, el Partido Demócrata se impone en los “Hubs” de los que habla Lind, que pueden traducirse como “centros” donde “se concentran los servicios empresariales y profesionales de alto nivel”, y donde estarían las grandes corporaciones globales. Mientras que Trump y el Partido Republicano lo hace en los “Heartland” que menciona el mismo autor, mucho menor densidad de población, y donde se encontrarían las industrias tradicionales que o han sido deslocalizadas por la Globalización o temen serlo.

En el territorio donde vence Trump, estableciendo un paralelismo con la descripción de Guilluy de la Francia periférica, se sitúan los territorios rurales y las ciudades pequeñas y medianas que han sido las grandes perjudicadas por la desindustrialización del modelo de globalización neoliberal. En este territorio se situarían, además, como indica Christophe Guilluy “desde hace décadas las capas (obreros, empleados, pequeños autónomos, funcionarios) que antes formaban la base de la clase media”, capas que según él “han sido sacrificadas por un modelo económico globalizado en el que no encuentran su sitio”. Por el contrario, Kamala Harris y el Partido Demócrata se imponen netamente en las grandes Metrópolis, donde encontraríamos a unas élites económicas, políticas e intelectuales, además de a unas clases aspiracionales sostenedoras de las mismas, en su doble versión, la llamada ‘conservadora y liberal” a la derecha por una parte y en la supuesta izquierda los llamados ‘bobos’ (de Bohemian Bourgeois) en Francia o en Estados Unidos.

Pero ojo, que como dice Lind, para dotar de servicios en los “Hubs” a la élite urbana se concentraría una amplia población dependiente, de inmigrantes, sobre todo, cuyos empleos son precarios y mal pagados. Esta población dependiente es la que ha abandonado a Harris, y es la sorpresa morrocotuda que se han llevado. En esa población pensaban arrasar los Demócratas y decantar con ello la votación presidencial y no lo han hecho. Es la población de la periferia de las grandes ciudades globales, de las ciudades estado; es la población trabajadora de las mismas, que no es ni managerial ni Metropolitan elite ni tampoco clase aspiracional.

Sin duda, el Partido Demócrata hace tiempo que abandonó a esas capas de obreros, empleados, pequeños autónomos, ejecutivos intermedios, campesinos, funcionarios, del centro de Estados Unidos,  unas capas que se  ven empujadas a la inseguridad, la precariedad y una creciente pobreza fruto del neoliberalismo globalizador. Y si no lo ha hecho, a todas luces lo parece. Así han dejado de ser referentes culturales para sus círculos políticos, mediáticos y académicos e incluso han sido vilipendiados como “una panda de deplorables”. De ahí que prefiriesen centrarse en amarrar unos votos en la periferia de las ciudades-estado, unos votos que les han fallado. Las élites de las que hablaba Lasch han despertado pues y han descubierto que aislarse en sus redes y en sus enclaves de bienestar y abandonar al resto de clases sociales a su suerte, no ha tenido buenos resultados.

El segundo gran foco que conviene encender es el que contrapone la ideología al mito. Los Demócratas han contrapuesto su “Ideología woke” o si se quiere su ideología cosmopolita de derechos al Mito utilizado por Trump de una vuelta a la edad dorada y de hacer de nuevo grande a América (Make America Great Again o MAGA).

Una ideología en su definición es un conjunto coherente de ideas y creencias al que se adhiere un grupo de personas y que proporciona una representación organizada y sistemática del mundo sobre el que pueden estar de acuerdo. Un mito sin embargo es un tipo de relato que proporciona una explicación de todas las cosas y que expresa una representación narrativa de experiencias intangibles. Un mito político es una narración ideológica que pretende dar cuenta veraz de un conjunto de acontecimientos políticos pasados, presentes o previstos, y que es aceptada como válida por un grupo social”

En este sentido, en el comunicativo y más allá, podemos ver cómo ha naufragado estrepitosamente el Partido Demócrata. En primer lugar, por su debilidad ideológica. Abandonada la vía socialdemócrata clásica a partir de Clinton, los Demócratas han tenido serios problemas para construir una ideología a partir del Globalismo. Y es que esa Globalización neoliberal casaba muy mal con la defensa de los trabajadores que propugnaba la socialdemocracia clásica o el keynesianismo o la Great Society de Lyndon B. Johnson. De ahí que se centrasen en Derechos humanos en general y en ideas etéreas, o tecnócratas, y que a partir de un momento determinado se entrase en profundidad en lo que se ha venido en llamar “ideología woke” o “Síntesis identitaria”, como una vía de controlar el discurso y de acallar voces que pudiesen discrepar. Es la política de la identidad llevada al extremo. Y extremo ha sido su fracaso.

Sobre todo porque enfrente han tenido a un Trump que ha llevado al pie de la letra, él o sus asesores, la construcción de un potente mito. Así ha identificado en primer lugar el mito del Enemigo Conspirador como un enemigo externo hostil que conspira para cometer actos perjudiciales contra un grupo interno, es decir, los inmigrantes ilegales o la élite cosmopolita de la globalización. El segundo mito es el Líder Valiente, que sería el propio Trump alzándose tras los disparos que recibió en el atentado que por poco le cuesta la vida. Y el tercer mito es el de Unidos Resistiremos. Estos tres mitos los ha aunado a la perfección Trump en uno solo: Make America Great Again o la vuelta a una edad dorada.

Frente a ello, ¿qué han ofrecido los Demócratas? ¿Una etérea superioridad moral que encima se mezclaba con el desprecio a los “deplorables”? ¿Una asfixiante ideología woke de rasgos inquisitoriales? Lo que es seguro que no han ofrecido es una ideología que fuese mínimamente de izquierdas, o de una izquierda reconocible para esos ciudadanos que un día siguieron la Great Society de Johnson o el New Deal de Roosevelt, para esos ciudadanos de ese Estados Unidos ajeno a la élite globalista de unas ciudades-estados cada vez más ajenas al territorio, a los propios Estados Unidos y más imbricadas en esa red de metrópolis donde se hace palpable la traición de las élites a su propio pueblo.

Enlazándose entre sí, y enlazando para iluminar el tercer foco tenemos que mencionar Gran Torino, la obra maestra de Clint Eastwood. Como es sabido, en esta película, un blanco con toda la pinta de ser un racista de manual acaba sacrificando su vida por sus vecinos orientales cuando se da cuenta de que son parte de su Comunidad, que son más importantes para él que su propia familia. Esta obra es un perfecto reflejo del Comunitarismo que impera en buena parte de Estados Unidos, sobre todo y precisamente en el territorio alejado de las ciudades-estado o ciudades globales.

El eje vertebrador, la idea motriz del pensamiento Republicano, del pensamiento Comunitarista es el “Bien Común”. Su esencia, como bien dice Sandel, es el “sacrificio de los intereses individuales en aras de un bien superior”. Para el Comunitarismo, como indica Schaal y Heidenreich, la Comunidad ocupa el lugar preferente. Es por ello por lo que se sitúa en las antípodas del liberalismo, pues éste se centra en el individuo, no en la Comunidad, y además señala como irrelevante la mayor o menor calidad moral de una persona, entendida como homo economicus y a la que sólo interesa maximizar su beneficio.

Pues bien, en Estados Unidos se ha dado la paradoja de que han convivido en las mismas comunidades el individualismo extremo y un Comunitarismo muy potente. Pero ese individualismo extremo tiene el techo de ese “Bien Común”, esa sujeción. Es algo que estamos hartos de ver en las películas norteamericanas a poco que nos fijemos y que pasa desapercibido muchas veces en Europa. En este sentido, el Partido Libertario, de un individualismo feroz pero sólo individualismo obtiene unos resultados ridículos en todas las elecciones, incluida ésta, donde no ha obtenido ni el 0,4%.

En este sentido, el individualismo neoliberal de las grandes urbes, de las ciudades-estado de la red globalizada ha tenido la respuesta de un Estados Unidos interior donde todavía existe el Comunitarismo. Y ahí, los Demócratas, con su segmentación de la síntesis indentitaria, con su ruptura de la Comunidad en base a identidades, han naufragado estrepitosamente.

Sin duda podríamos hablar de la inflación, y de mil cosas más para analizar la derrota del Partido Demócrata. Sin embargo, he preferido centrarme en estos tres focos, que creo que arrojan luz sobre las causas profundas de la misma. Es por ello, por lo que deberían empezar a revertir esta situación si quieren tener un mínimo de futuro y de esperanza. Pero para ello deben ser honrados consigo mismos. ¿Lo serán?

 Bibliografía

Charteris-Black, J (2006) “Politician and Rhetoric. The persuasive power of Metaphor Palgrave MacMillan Basingstoke

Geis, M (1987) “The language of politics” Springer-Verlag

Guilluy, Christophe (2014) “La France périphérique” Flammarion París

Guilluy, Christophe (2019) “No society. El fin de la clase media occidental” Taurus Barcelona

Kearney (2024) “The Global cities report”

Lasch, Christopher (1996) “La rebelión de las élites y la traición a la democracia” Paidos Barcelona

Lind, Michael (2020) “The new class war. Saving Democracy from the Metropolitan elite” Ed Penguin New York

Sandel, Michael J (1996/2023) El descontento democrático. En busca de una filosofía pública. Barcelona Penguin.

Schaal, Gary y Heindenreich, Felix (2016) Introducción a las teorías políticas de la modernidad. Valencia. Ed Tirant lo Blanch

Toddwschneider.com “NYC Presidential Election Results by Neighborhood”"

(Miguel Ángel Cerdán, El Viejo Topo, 20/11/24)

20.11.24

El gran cambio es que Harris, hasta ahora, ha perdido 9 millones de votantes desde 2020, mientras que Trump sólo ha ganado 1,2 millones... más de un millón se quedaron en casa porque no podían soportar el alegre apoyo del Partido Demócrata al genocidio. La victoria de Trump en Michigan se debió sin duda a esta cuestión... Los trabajadores estaban peor, los salarios no se mantuvieron, y la inflación dejó un largo y persistente impacto. Parte del voto joven se fue por razones económicas... La apatía está creciendo y sigue siendo un problema real... Al menos 88 millones no votaron, y otros 19 millones fueron privados del derecho de voto... No hay un gran giro a la derecha en las actitudes estadounidenses, pero existe una base real para la derecha. La élite del Partido Demócrata está completamente divorciada de las masas.Trump se aprovechó del descontento de la clase trabajadora. Aun así, solo obtuvo menos de 2 millones de votos nuevos en total. No hay pruebas de un desplazamiento a gran escala de los votos de la clase trabajadora hacia los republicanos en estas elecciones Cincuenta multimillonarios invirtieron 2.500 millones de dólares, el 45% del total de 5.500 millones, en las elecciones presidenciales... Hay una nueva estratificación de la burguesía, con los multimillonarios como nuevo factor... Existe un esfuerzo concertado por parte de un sector de multimillonarios libertarios para tener sus manos las palancas del Estado para controlar la carrera por la dominación global de la IA... es probable que se produzcan cambios legales radicales y extremos. Se invertirán 70 años de derechos civiles... Los asaltos económicos y políticos contra la clase trabajadora estadounidense se intensificarán, especialmente contra los progresistas. El Estado seguirá estrechando el cerco a las llamadas libertades democráticas burguesas restringiendo aún más el derecho al voto, los derechos civiles y la libertad de expresión (Deborah Veneziale)

"¿Cuál fue la participación electoral?

El gran cambio es que Harris, hasta ahora, ha perdido 9 millones de votantes desde 2020, mientras que Trump sólo ha ganado 1,2 millones. El recuento de votos perdidos de Harris disminuirá a medida que lleguen los votos finales, pero la historia más grande sigue siendo que Harris perdió más votos de los que ganó Trump.

La participación electoral NO es definitiva, pero es probable que esté entre 153 y 156 millones, por debajo de 2020, pero sigue siendo el segundo porcentaje de participación más alto en 100 años. Como mínimo, 107 millones de adultos no votaron (88 millones de los cuales son «elegibles» para votar). Por lo tanto, el 41% o más de la población adulta y el 36% de los votantes elegibles no votaron.

Utilizar el porcentaje de grupos de votantes que votaron por Trump es engañoso. La noticia sigue siendo que el cambio significativo es la pérdida de votantes de Harris.
¿Cuáles fueron los problemas económicos?

La supervivencia diaria se ha convertido en un grave problema para el 65% más pobre debido, en concreto, a la inflación de los artículos de alimentación y al aumento de los pagos de hipotecas y alquileres. Las cifras agregadas no reflejan esta realidad.

El nivel de vida real de los trabajadores era peor con Biden que con Trump.

Los salarios reales en EEUU siguen siendo más bajos que hace medio siglo.
¿Hay diferencias entre demócratas y republicanos?

Los partidos electorales estadounidenses NO son como los europeos, siempre han sido una versión diferente de los sistemas electorales burgueses. Los dos principales partidos estadounidenses son corporaciones, no partidos con afiliados, ideologías y programas. Están diseñados como un mercado de individuos que se acicalan para la Presidencia, muy parecido a la Exposición Canina del Westminster Kennel Club, pero que sólo se celebra cada cuatro años.

Los demócratas entregaron su política exterior al grupo CNAS de belicistas neocon que ahora serán desplazados.

Los republicanos tampoco son un partido real; Trump lo demostró, y lo que sigue para los republicanos después de Trump también es incierto.
¿Cuáles son los cambios de clase en Estados Unidos?

Hay una nueva estratificación de la burguesía, con los multimillonarios como nuevo factor. El discurso cada vez más dominante entre la clase capitalista tiene los medios para ejercer su influencia.

Cincuenta multimillonarios invirtieron 2.500 millones de dólares, el 45% del total de 5.500 millones, en las elecciones presidenciales. De ellos, 1.600 millones fueron para los republicanos, 750 millones para los demócratas y el resto para ambos. El total gastado en las elecciones, en todas las contiendas, fue de 16.000 millones, señal de una cleptocracia, no de una democracia próspera.


washingtonpost.com/elections/

Existe un esfuerzo concertado por parte de un sector de multimillonarios libertarios de la tecnología, incluidos Thiel y Musk, para tener sus manos directamente en las palancas del Estado para controlar la carrera por la dominación global de la IA. Creen que sólo ellos deberían controlar los avances en el espacio de la IA para el mundo y que el siguiente paso inicial es lo que se denomina Inteligencia General Artificial (AGI). Estos megalómanos creen que esto iniciará el control de los humanos por la inteligencia de las máquinas y, quizás, en sus sueños perversos, el fin de la humanidad.

Un número creciente de capitalistas menores, como los multimillonarios, se agrupan ahora en la clase media alta y en el tercio más rico de los votantes. Una tendencia muy importante a tener en cuenta es que, en los últimos quince años, el tercio más rico ha cambiado su lealtad de los republicanos a los demócratas.
¿Por qué perdió Harris entre 6 y 9 millones de votos?

Los trabajadores estaban peor, los salarios no se mantuvieron, y la inflación dejó un largo y persistente impacto. Parte del voto joven se fue por razones económicas. Otros estaban desilusionados y desmoralizados por el apoyo a ultranza del Partido Demócrata a la guerra genocida en Gaza. Los musulmanes, aunque son un grupo pequeño, votaron por un tercer partido o por Trump.

A pesar de las invenciones de los manipuladores corporativos del Partido Demócrata, Harris era, de hecho, inauténtica, antipática, superficial, y no podía enmascarar su historia como fiscal que pasó su vida atacando los derechos de los pobres.

El descontento con muchos partidos electos occidentales es cada vez mayor: conservadores en el Reino Unido, centroderecha en Francia, derecha en Alemania, todos expulsados. Biden abandonó un Partido Demócrata desmoralizado y lo hizo demasiado tarde.

El alarmismo sobre el fascismo era el núcleo de la retórica de los demócratas, a pesar de que nadie sabe lo que significa el término. Algunos votantes se molestaron por el acoso de los liberales para que les votaran, ya que eran el último raíl de defensa contra el fascismo. Mucha gente no creía que Trump fuera, de hecho, un fascista, ni que todos los miembros de su familia que escuchaban a Trump lo fueran.

La apatía está creciendo y sigue siendo un problema real.

Probablemente más de un millón se quedaron en casa porque no podían soportar el alegre apoyo del Partido Demócrata al genocidio. La victoria de Trump en Michigan se debió sin duda a esta cuestión.

Harris hizo el juego y aduló al criminal de guerra Dick Cheney, el arquitecto de la invasión de Irak y un histórico enemigo derechista de los demócratas. No sabemos cuántos votantes se fueron indignados.
¿Por qué ganó votos Trump?

Trump se aprovechó del descontento de la clase trabajadora. Aun así, solo obtuvo menos de 2 millones de votos nuevos en total. No hay pruebas de un desplazamiento a gran escala de los votos de la clase trabajadora hacia los republicanos en estas elecciones.

Las mujeres de clase trabajadora votaron a candidatos locales que apoyaban el aborto, pero votaron a Trump por razones económicas y de otro tipo. Otras votaron por cuestiones locales importantes para ellas y luego votaron a Trump por considerar que, a pesar de sus comportamientos desagradables, estaba más comprometido con «sacudir las cosas».

La clase multimillonaria se aseguró de que Trump dispusiera de abundantes fondos. America Pac, de Elon Musk, gastó 118 millones de dólares en operaciones de campo para la campaña de Trump, un papel inusual para un superpacto.

De 2008 a 2020, se produjo un descenso en el porcentaje de votantes que apoyaban a los demócratas entre el 1/3 de las rentas más bajas de EEUU.

Ahora se dispone de muy pocos datos para dar una respuesta detallada sobre el número relativamente insignificante de votantes que votaron demócrata en 2020 y republicano en 2024.
¿Qué valoración hace de los nuevos cargos del gabinete anunciados?

Los dieciséis nombramientos de Trump hasta la fecha son todos partidarios declarados del genocidio en Palestina. En Estados Unidos hay sionistas judíos y cristianos. Trump ha nombrado a varios sionistas cristianos. La mayoría son halcones de China.

Si se analizan desde el punto de vista de la diplomacia estadounidense, muchos de ellos son candidatos muy decepcionantes. Estos incluyen: Secretario de Estado: Senador Marco Rubio: Es un anticomunista rígido y feroz.
Secretario de Defensa: Pete Hegseth, veterano de la Guardia Nacional del Ejército y presentador de Fox News: es divisivo y no tiene experiencia militar de alto nivel.
Fiscal General: El representante Matt Gaetz, de Florida: No tiene experiencia en el Departamento de Justicia y ha tenido polémicas legales en el pasado.
Directora de Inteligencia Nacional: La ex representante Tulsi Gabbard, de Hawái. No tiene formación en inteligencia, pero es quizá menos rígida en cuestiones internacionales, no intervencionista y mantiene una amistad con el primer ministro indio Modi.
Embajadora ante las Naciones Unidas: Representante Elise Stefanik de Nueva York. Es una sionista extrema, tiene casi nula experiencia diplomática y se ha centrado sólo en temas domésticos, pero es leal a Trump.
Secretaria de Seguridad Nacional: La gobernadora de Dakota del Sur, Kristi Noem. Carece de experiencia en el gobierno nacional y sus acciones han virado hacia un antifederalismo radical.

Debido a algunos de estos nombramientos, la estatura de EE.UU. en los asuntos internacionales probablemente disminuirá.

Trump ha despedido brillantemente al extremadamente peligroso Pompeo. Ha dejado claro que pocos del primer grupo interno de su gabinete y asesores volverán. El mundo no los echará de menos. Sin embargo, hay pocos indicios que sugieran que Trump tiene la capacidad de liderar con éxito a cualquier grupo incluso durante un periodo intermedio. Es conocido por enfrentarse a las personas y ponerlas unas contra otras.
¿Cómo interpretar el voto?

Una parte importante de la clase trabajadora ha abandonado comprensiblemente a los demócratas en estas elecciones.

No hay un gran giro a la derecha en las actitudes estadounidenses, pero existe una base real para la derecha.

La élite del Partido Demócrata está completamente divorciada de las masas. El desfile de la leal élite cultural real como Taylor Swift, Beyonce y Bruce Springsteen apestaba a riqueza, opulencia y sordera.

No hay que subestimar la apatía. Al menos 88 millones no votaron, y otros 19 millones fueron privados del derecho de voto.

Los terceros partidos no pueden ganar ni un solo estado en las elecciones presidenciales. Están estructuralmente bloqueados en el Congreso. Estados Unidos se ha encerrado en un sistema bipartidista. La mayoría de los votantes han sido capturados por esta creencia.

Pequeñas excepciones son los candidatos ricos como Ross Perot en 1992 y Robert Kennedy Junior.

Al final hubo una enorme intimidación contra los partidarios de los candidatos de terceros partidos, lo que deprimió su voto aún más de lo habitual. En estas elecciones que acaban de celebrarse, la candidata del Partido por la Liberación y el Socialismo, Claudia Cruz, ha recibido hasta ahora 134.348 votos. Los 134 mil votos de Claudia Cruz es el mayor número de votos para un comunista explícito en la historia de Estados Unidos. Supera el récord anterior de William Z. Foster del CPUSA de 120 mil votos en 1932. El voto de 1932 fue un porcentaje mayor de la población, ya que EEUU era más pequeño en 1932. Estos hechos son un recordatorio de la larga campaña de anticomunismo dentro de EEUU.

El capital está claramente contento con la victoria de Trump, como demuestra el mitin de celebración del 6 de noviembre en Wall Street. No están de acuerdo con el bombo liberal de que él traerá el fin de la sociedad estadounidense.

A pesar de las mentiras de los liberales, los hechos son que Trump inició formalmente la Nueva Guerra Fría contra China. Su equipo interno es más ferozmente antichino que los demócratas, más ligados a la Guerra de Ucrania.

Trump tiene menos restricciones, ya que controla el Senado, la Cámara de Representantes, el Tribunal Supremo y la Presidencia.

Sería un error subestimar este peligro.
Otras cosas que la gente de fuera de EE.UU. debería saber

En algunas partes del Sur Global existe la tendencia a un análisis simplista y falso según el cual cualquier enemigo de los liberales es amigo del Sur Global. Se trata de un argumento gravemente erróneo. La ultraderecha imperialista no es un buen tipo, es un conservador cultural que quiere proteger a las familias y la vida cultural. Dentro de EEUU, la cultura conservadora está estrechamente ligada a la esclavitud y al genocidio. Es misógina, racista, militarista y reaccionaria. No debemos confundir las historias de Irán, Turquía, India, Ghana y China con las de Estados Unidos.

Celebrar las divisiones en el campo enemigo es a menudo totalmente correcto. Pero los comunistas, los socialistas y los verdaderos demócratas no apoyan los puntos de vista reaccionarios y siempre están del lado del pueblo, no de los ideólogos de extrema derecha.

También hay una gran confusión sobre MAGA y MAGA-Comunismo. En primer lugar, Make America Great Again (MAGA) significa volver (la segunda «A» en MAGA) a la plena gloria del pasado industrial de EEUU. Pero, ¿qué era ese pasado? Fue, de hecho, la total subordinación económica, política, militar y racial de los pueblos de los Estados del Sur Global a Estados Unidos. Fue el siglo de la humillación de China. Este no es un retorno que deba ser bienvenido por la historia. MAGA es un resultado y un concepto profundamente reaccionario e inaceptable.

Uno de los más grandes poetas de Estados Unidos es Langston Hughes. Uno de sus poemas se titulaba «Let America Be America Again«. Pero se trataba de una parodia, ya que la afirmación real se hacía en el estribillo: «América nunca fue América para mí». El significado de este poema era la falsa representación de Estados Unidos como si siempre hubiera tenido un pasado glorioso, que nunca fue cierto para los esclavos ni para la clase trabajadora.

En segundo lugar, hay un puñado de personalidades en Estados Unidos que han tomado la gran palabra comunismo y la han mancillado con la idea de volver a esa América falsamente idealizada. La antigua industria estadounidense «fuerte» se construyó sobre las espaldas de los trabajadores mal pagados de las minas de África y otros lugares.

Desear un verdadero camino comunista es algo bueno. Pero atarlo a un pasado imperialista, a un pasado de violencia, con puntos de vista reaccionarios, es el camino opuesto que tomaron Lenin, Mao y Fidel.

También existe una peligrosa tendencia a rechazar sin más los conceptos liberales de la política de identidad y abrazar los valores del conservadurismo de extrema derecha, al tiempo que se carece de un pensamiento científico sobre la difícil situación de las mujeres y otros grupos vulnerables.

El PCCh dirigió al país en los primeros Soviets nacionales de Ruijin en la lucha por abolir los prejuicios del feudalismo y emancipar a las mujeres y a las minorías nacionales de China. Sin embargo, estos derechos aún no se han conseguido en muchos países, ya que no ha habido una revolución comunista.

El verdadero comunismo es el camino para promover los intereses generales de la clase trabajadora en todos los países, incluidas las mujeres, las minorías nacionales y otros grupos vulnerables.

La base de votantes republicanos en términos de clase es la clase media-baja, que es abrumadoramente blanca, suburbana y rural. La amplifican los cristianos fundamentalistas y los bastiones regionales republicanos.

Hay seis tendencias «ideológicas», todas de extrema derecha, en el campo republicano: 
Demagogos populistas
Libertarios extremos
Cristianos-sionistas fanáticos
Anticomunistas virulentos
Peligrosos multimillonarios tecnológicos obsesionados con la inteligencia artificial
Conservadores complejos

La economía estadounidense seguirá funcionando mal, pero mejor que la del resto de Occidente. Seguirá utilizando su hegemonía del dólar, reforzada con sanciones, para sacar cientos de miles de millones del Sur Global y obligar a Europa, Australia y Japón a subordinar sus intereses económicos a los de EEUU.

El presupuesto real de EE.UU. para el ejército fue de 1,8 billones de dólares el año pasado. Parece improbable que se produzcan recortes significativos.

En la actualidad existe una clase media alta negra permanente que produce un falso liderazgo negro. Este grupo de mal liderazgo ha creado dos décadas de criminales de guerra negros y apologistas del imperio. Sin embargo, el ascenso de esta banda de mal liderazgo no debe eclipsar el hecho de que la mayoría de los negros siguen estando oprimidos y explotados.

La política antiinmigración en Estados Unidos se dirige principalmente a los inmigrantes indocumentados de México, Centroamérica y el Caribe.

Pero existe la falsa creencia de que todos los inmigrantes de EE.UU. son de clase trabajadora y progresistas, lo cual no es cierto. Un importante estrato de inmigrantes de EE.UU. que no pertenecen a la clase trabajadora se encuentran entre los defensores más virulentos de las atrocidades de EE.UU. en el mundo.

Existe la creencia de que hay una conspiración de algún grupo secreto de miembros del ejército y del gobierno que deciden la mayoría de las cosas, al que llaman el Estado Profundo. Este es un concepto perezoso. Niega que todos los Estados tengan un carácter de clase y un ejército permanente. En EE.UU., se calcula que más de 5 millones de personas tienen autorización de seguridad, y muchos tienen empleos casi vitalicios. No hay necesidad de teorías conspirativas. Estados Unidos tiene un Estado avanzado que funciona en nombre del capital. Este Estado gestiona los asuntos de los grandes capitalistas, que a menudo compiten entre sí, y ahora favorece cada vez más a los multimillonarios de la clase capitalista. Por lo tanto, una mejor manera de ver el Estado de EE.UU. es a través de la lente de Mao, Lenin y Marx y no como una conspiración inexplicable.

Existe una relación especial entre Estados Unidos e Israel, ambos Estados de extrema colonización blanca. Sólo en Estados Unidos, más de 30 miembros de la Cámara de Representantes, del Senado y del gabinete tienen doble nacionalidad estadounidense e israelí. Israel no controla los EE.UU., PERO son socialmente un duopolio.

Son el NÚCLEO del Anillo 1 del Norte Global, el núcleo del bloque imperialista, junto con el Reino Unido, Canadá y Australia.

La tendencia a largo plazo es clara: la democracia liberal burguesa está fracasando en todo el mundo.
¿Cuál es la consecuencia interna de la votación?

Desde 2016, la cúpula de la clase capitalista ha dirigido y movilizado un movimiento neofascista. Ahora se utilizarán niveles crecientes de fuerza y guerra legal internamente dentro de EEUU.

El propio Trump no es un fascista per se. Es superegoísta y cree que puede actuar con una impunidad casi absoluta.

Pero está montado sobre, y es beneficiario de, fenómenos cambiantes de clase.

El fascismo no es tanto una ideología como una relación de clase estructural en la que la clase media-baja, de ideología revanchista, es movilizada por el gran capital durante un periodo de desequilibrio interno y externo.

El New York Times y el Financial Times utilizan la palabra fascismo como táctica de miedo para mantener su papel e influencia en el Estado. Neo-fascismo es una palabra más precisa que fascismo en este momento para describir los cambios en EEUU.

Históricamente, hay algunas cosas que son necesarias para definir un estado plenamente fascista en los países imperialistas. Una es que el Estado utilice métodos de control que normalmente sólo emplearía para sus colonias y neocolonias, es decir, violencia y fuerza generalizadas extremas. La otra es que recurran al derrocamiento de la constitución.

Es poco probable que la Constitución se modifique directamente. Sin embargo, la Constitución original, un documento del siglo XVIII, tiene muchas lagunas que pueden aprovecharse.

Por tanto, es probable que se produzcan cambios legales radicales y extremos. Se invertirán 70 años de derechos civiles.

En general, queda por ver hasta dónde está dispuesta a llegar la clase capitalista.

La capacidad del Estado en muchas áreas distintas de la defensa y la policía de fronteras se verá disminuida. Trump 1 vio grandes recortes en el Departamento de Estado. Incluso con la presencia de Rubio, es poco probable que se restituya a su antiguo nivel.

Los multimillonarios desempeñarán un papel directo en tareas clave, desde reunirse con Zelensky hasta aserrar en cadena los departamentos gubernamentales. Algunos departamentos, como Agricultura, Educación y Sanidad y Servicios Humanos, son, de hecho, decrépitos, corruptos y disfuncionales. Pero una renovación dirigida por multimillonarios dará lugar a una privatizada burocracia estatal capitalista igualmente disfuncional.

Trump está comprometido con una estrategia aislacionista a largo plazo. Pero EE.UU. tiene más de 900 bases militares en el extranjero. Ha apoyado plenamente la expansión de la guerra de Israel en Oriente Próximo, aumentando su ejército en el proceso.

Trump no bloqueará los proyectos de infraestructuras que se votaron durante Biden. EE.UU. reconoce que su pérdida de capacidad manufacturera es un déficit estratégico de abastecimiento militar.

El grueso de los recortes seguirá aumentando el sufrimiento de los 150 millones de trabajadores pobres de Estados Unidos.

La izquierda se verá aún más sometida a una severa represión. Rubio está salivando.
¿Cuáles son las posibles consecuencias internacionales?

A pesar de la reciente reunión de Zelensky, es probable que Estados Unidos impulse un alto el fuego y reduzca la guerra de Ucrania. Crimea está fuera de la mesa. Las líneas militares actuales serán el punto de partida. Hacer esto podría reducir el peligro inmediato de una guerra nuclear. En abril de este año, tanto Vance como Rubio votaron en contra del proyecto de ley de ayuda militar estadounidense a Ucrania por valor de 95.000 millones de dólares.

Con Israel, hay tres posibilidades principales: Trump frena a Netanyahu y pide el fin del Líbano, ningún cambio de régimen en Irán y un acuerdo de paz injusto.
Cae presa de los sionistas cristianos y continúa el genocidio contra Palestina.
Va en contra de sus declaraciones de no guerra y aprueba una escalada con Irán.

No lo sabemos, pero la primera opción no es imposible. Trump quiere un acuerdo con Arabia Saudí.

Hace unos días, MBS se vio obligado a calificarlo de Genocidio, una declaración poco habitual en un aliado de larga data de Estados Unidos.

Con China, también hay tres posibilidades: Trump dice que los aranceles son su palabra favorita en lengua inglesa y quiere aumentarlos y eliminar los impuestos internos.
Rubio y otros miembros del gabinete que odian a China le empujan a escalar.
Elementos de la seguridad nacional estadounidense y magnates de la tecnología como Peter Thiel presionan para que Estados Unidos se prepare militarmente.

Sobre la cuestión de Taiwán, algunos en el Sur Global caen en la trampa de los mensajes liberales en Occidente de que Trump, el negociador, venderá Taiwán a cambio de una comisión. Esto provocaría una fuerte resistencia por parte de los militares estadounidenses y de amplios sectores de los miembros anticomunistas de su grupo central. Se trata de un caso muy improbable.

El mundo no debería confundirse si Trump inicia un alto el fuego en Ucrania y presiona a Netanyahu para que reduzca el Genocidio. Ninguna de estas acciones invierte la tendencia a largo plazo de EE.UU. hacia la militarización contra China. Nada de lo que haga Trump cambiará el anémico crecimiento económico estadounidense a largo plazo.

China sigue en camino de superar a Estados Unidos en PIB al tipo de cambio actual en un plazo de 10 años.

El Estado estadounidense sigue con su objetivo a largo plazo de utilizar su supremacía militar autopercibida para destruir lo que percibe como la amenaza euroasiática. Sigue empeñado en desmembrar la Federación Rusa y derrocar al PCC. Los imperialistas creen que éste es el camino hacia un reinado milenario de poder unilateral.

EE.UU. continuará, sin tregua, su estrategia de búsqueda de la primacía nuclear y lo que se denomina estrategia de «contrafuerza», que prevé el uso de un primer ataque o lanzamiento de armas nucleares. Prueba de estos peligrosos cambios en la estrategia militar estadounidense es su retirada unilateral de los siguientes tratados: 
 
2002 (Bush): el tratado de Misiles Antibalísticos (ABM).
2019 (Trump): el tratado sobre Fuerzas Nucleares Intermedias (INF).
2020 (Trump): el tratado de Cielos Abiertos

Tucker Carlson tiene por ahora el oído de Trump y no es partidario de conflictos militares.

En 2023, un general de cuatro estrellas, Minihan, afirmó que EEUU estaría en una guerra caliente con China en 2025. No se trata de declaraciones accidentales.

Se desconoce si Rubio, algunos de los libertarios de extrema derecha y las fuerzas militares influenciadas por el CNAS pueden superar la aversión de Trump a los conflictos militares.

Es probable que EE.UU. aumente su atención en América Latina y aumente el apoyo a la extrema derecha como Bolsonaro y Milei.

No es probable que se conceda ayuda a gran escala a África. El proyecto ferroviario de Angola es ahora improbable.
Comentarios finales

El Estado estadounidense sigue en su línea a largo plazo de utilizar su autopercibida supremacía militar para destruir la amenaza euroasiática.

Estados Unidos ha adoptado la contrafuerza y la supremacía nuclear como su principal estrategia militar.

La amenaza de guerra no ha cambiado debido a una nueva administración. Sólo, quizás, la velocidad a la que se llevará a cabo.

Los asaltos económicos y políticos contra la clase trabajadora estadounidense se intensificarán, especialmente contra los progresistas.

El Estado seguirá estrechando el cerco a las llamadas libertades democráticas burguesas restringiendo aún más el derecho al voto, los derechos civiles y la libertad de expresión."

( Deborah Veneziale , investigadora con Tricontinental: Instituto de Investigación Social. , MROnline, 18/11/24, traducción DEEPL, gráficos y enlaces en el original)

17.11.24

Saben por qué ha ganado Trump, pero no lo quieren reconocer... hay un viraje sustancial, en la medida en que el eje tradicional, izquierda/derecha, convive y se complementa con otro de nuevo cuño, el territorial... La derecha trumpista eligió el eje territorial, el que opone lo nacional a lo global... El hecho es simple: frente a una situación que se percibe como perjudicial (y que a menudo lo es más de lo que se percibe), buena parte de la población, y las clases trabajadoras en primer lugar, entienden que un reforzamiento de su país, una recuperación de las capacidades nacionales y un proyecto común alrededor de su territorio es el camino de salida para su nación y para ellos mismos. Dado que el eje ideológico les ha fallado, porque los grupos políticos que antes estaban de su parte les han abandonado, y ahora se dirigen a las clases medias urbanas, ya sean las medias altas o las formadas, buscan una nueva vía de mejora. Este es el factor esencial del triunfo de Trump (Estebah Hernández)

 "La política está en recomposición en muy diferentes niveles. En lo que se refiere al ideológico, hay un viraje sustancial, en la medida en que el eje tradicional, izquierda/derecha, convive y se complementa con otro de nuevo cuño, el territorial. La mezcla de uno y otro, así como las especificidades de cada país, hacen que sea difícil aplicar una suerte de plantilla general, pero las constantes se reproducen en todo Occidente.

Las elecciones estadounidenses han quedado atravesadas por esos dos ejes y sobre ese nuevo escenario es explicable el triunfo rotundo del trumpismo.

La coalición sistémica

En muchos países, el bloque del viejo sistema, que está encarnado por los progresistas y lo que queda de las derechas liberales del orden basado en reglas, se mueve fundamentalmente en el eje izquierda-derecha. Su ideario es la defensa de la democracia. En lucha contra el autoritarismo encarnado en las extremas derechas, la necesidad de la reconversión verde y tecnológica, la formación como propuesta de salida para el futuro laboral, el aumento de libertades individuales referidas a la elección sexual y de género y la conservación de los servicios públicos. La izquierda y derecha sistémicas difieren en los instrumentos para lograr esos objetivos, sobre todo económicos: más o menos impuestos, más o menos déficit, más o menos margen en las libertades. En los últimos tiempos, esas dos opciones, como en Francia, han tenido que unirse en un bloque común para evitar el ascenso de las derechas soberanistas.

Diseñaron un frente amplio que asumía postulados de la derecha y en apoyo del cual movilizaron a figuras de la izquierda

En EEUU ocurrió igual. El bloque demócrata creyó que con la amenaza de la dictadura trumpista tendría ganados los votos de la izquierda (por el mal menor) y que, por lo tanto, le correspondía activar a las minorías (para evitar el racismo) y las mujeres (para evitar el machismo y el aborto). Además, esperaban conseguir votantes republicanos moderados, asustados por la posibilidad de la victoria de Trump, y el apoyo de Liz Cheney o de Schwarzenegger debía servir para ese objetivo. Pensaron que, con esa estrategia, por cada votante de clase trabajadora que perdieran, lograrían dos de los suburbios. Al fin y al cabo, estaban defendiendo la democracia. Dibujaron un frente amplio, sin llamarlo así, en el que asumieron algunos de los postulados de la derecha, y movilizaron a figuras de la izquierda, como Sanders u Ocasio-Cortez. Y contaban con muchas figuras populares, desde Taylor Swift y Bad Bunny hasta Bruce Springsteen.

La importancia del territorio

La derecha trumpista eligió el otro eje, el territorial, el que opone lo nacional a lo global. Apostó por un mensaje de repliegue sobre el territorio para fortalecer el país, por repatriar industria y favorecer la creación de empleos mejor retribuidos en ese sector, al mismo tiempo que señalaba que ya no era el momento de gastar en la defensa de terceros países, como los europeos, que se aprovechaban comercialmente de EEUU, o que insistían en el conservadurismo cultural y en la rebaja de impuestos. Con China en el horizonte y el proteccionismo como arma, el mensaje era que a EEUU le tenía que volver a ir bien, y también a sus ciudadanos.

Ese programa estaba sustentado en una mezcla de grupos diferentes, con distintos intereses, como quedó relatado, y cuya dirección real está aún por definirse. Es un programa que no está exento de contradicciones, como lo está la misma internacional derechista. Aunque compartan perspectivas, Milei no es lo mismo que Le Pen, Bukele no es lo mismo que Abascal, Orbán no es lo mismo que Meloni. Y tampoco Musk es lo mismo que J.D. Vance.

Sin embargo, en EEUU, como en todos los lugares en que este tipo de derecha ha crecido, hay factores que se repiten: una mala percepción de la situación del país, unos votantes que desean un cambio significativo en las políticas y una parte importante de las clases medias bajas y trabajadoras que le brindan su apoyo.

Las clases con menos recursos tendían hacia la izquierda y las medias y medias altas hacia la derecha. Ya no es así

Este hecho implica un cambio sustantivo respecto de la ortodoxia del eje izquierda/derecha, ya que las clases con menos recursos tendían hacia la izquierda y las medias y medias altas hacia la derecha. Ya no es así. En EEUU, los progresistas no han querido reconocerlo y han preferido analizar las tendencias entre las minorías para no tener que afrontarlo. El hecho es simple: frente a una situación que se percibe como perjudicial (y que a menudo lo es más de lo que se percibe), buena parte de la población, y las clases trabajadoras en primer lugar, entienden que un reforzamiento de su país, una recuperación de las capacidades nacionales y un proyecto común alrededor de su territorio es el camino de salida para su nación y para ellos mismos. Dado que el eje ideológico les ha fallado, porque los grupos políticos que antes estaban de su parte les han abandonado, y ahora se dirigen a las clases medias urbanas, ya sean las medias altas o las formadas, buscan una nueva vía de mejora. Este es el factor esencial del triunfo de Trump, y las derechas cercanas al MAGA que han logrado éxitos, los han conseguido por este camino.

Este doble eje, que es el vigente, tiene muchas salvedades en España, pero nuestro caso merece una reflexión aparte."                  (Esteban Hernández , El Confidencial, 07/11/24)

12.11.24

Walden Bello: Casi un mes antes de las elecciones del 5 de noviembre, anticipé que Donald Trump ganaría... La inflación era galopante, con más de un 20% de inflación acumulada en cuatro años... la alegría había desaparecido del gran pasatiempo americano de ir de compras, y la gente recorría los pasillos con una mueca en la cara mientras miraban los precios de los alimentos que parecían aumentar semanalmente... La gente de clase media del noreste se despertaba sobresaltada al encontrarse de repente con inmigrantes entre ellos, depositados allí por cortesía de los gobernadores de los estados fronterizos, que salían en arengas televisadas justificando sus actos diciendo que querían dar a «la gente de los estados azules» una muestra de la «migración descontrolada» provocada por las políticas del Partido Demócrata... desde octubre de 2023, hubo temores muy reales de que Estados Unidos fuera absorbido por la guerra en expansión en Oriente Medio, que la administración Biden había perdido el control de su política en Oriente Medio en favor de Israel, y que esto estaba desencadenando disturbios internos que llegaban a las salas de estar cada noche con imágenes de enfrentamientos en los campus y detenciones masivas... La sensación general que se tenía al hablar con la gente corriente en primavera era de pérdida de control: que la administración Biden había perdido el control de la economía, de la frontera y de la política exterior y de defensa. Esta sensación de falta de una mano fiable al timón de la nave del Estado sólo pudo profundizarse en verano y otoño, con la horrible actuación de Biden en el debate... el resultado electoral estuvo determinado principalmente por una reacción popular a factores coyunturales, no fue un voto a favor del fascismo o el autoritarismo... Esa es la buena noticia. La mala noticia es que los ultraderechistas de MAGA intentarán traducir este voto de protesta en un programa de gobierno ultraderechista que, si lo consiguen, hará que la democracia liberal al estilo estadounidense sea cosa del pasado

 "Casi un mes antes de las elecciones del 5 de noviembre, anticipé que Donald Trump ganaría y escribí sobre ello en un par de artículos. Mi «predicción» creó cierta controversia, sobre todo porque las encuestas mostraban un empate entre Harris y Trump.  Como era de esperar, la gente me ha estado preguntando los últimos días cómo llegué a una afirmación que, para algunos, no tenía en ese momento ninguna base empírica y, para otros, era un ataque a sus sensibilidades políticas.

En realidad, no es ciencia espacial. La inflación era galopante, con más de un 20% de inflación acumulada en cuatro años. Yo iba casi todas las primaveras a dar clases a Nueva York durante seis semanas, y me chocaba ver lo mucho que habían subido los precios desde el año anterior. Uno podía calibrar el estado de ánimo popular en las incursiones al supermercado, donde la alegría había desaparecido del gran pasatiempo americano de ir de compras, y la gente recorría los pasillos con una mueca en la cara mientras miraban los precios de los alimentos que parecían aumentar semanalmente.

Cuando uno encendía la televisión, se veía asaltado por imágenes de emigrantes que llegaban en tropel por la frontera con México, con agentes de la patrulla fronteriza negando con la cabeza. La gente de clase media del noreste se despertaba sobresaltada al encontrarse de repente con inmigrantes entre ellos, depositados allí por cortesía de los gobernadores de los estados fronterizos, que salían en arengas televisadas justificando sus actos diciendo que querían dar a «la gente de los estados azules» una muestra de la «migración descontrolada» provocada por las políticas del Partido Demócrata.

Luego, especialmente desde octubre de 2023, hubo temores muy reales de que Estados Unidos fuera absorbido por la guerra en expansión en Oriente Medio, que la administración Biden había perdido el control de su política en Oriente Medio en favor de Israel, y que esto estaba desencadenando disturbios internos que llegaban a las salas de estar cada noche con imágenes de enfrentamientos en los campus y detenciones masivas. Luego, en las últimas semanas antes de la votación, con Israel bombardeando Líbano y llevando a cabo asesinatos estratégicos en Irán y en otros lugares, y luego bombardeando el propio Irán, hubo una alarma generalizada de que Tel Aviv tenía la intención de arrastrar a Estados Unidos a un combate activo y que la administración Biden miraba impotente.

La sensación general que se tenía al hablar con la gente corriente en primavera era de pérdida de control: que la administración Biden había perdido el control de la economía, de la frontera y de la política exterior y de defensa. Esta sensación de falta de una mano fiable al timón de la nave del Estado sólo pudo profundizarse en verano y otoño, con la horrible actuación de Biden en el debate y su sustitución como candidato presidencial por Harris. A principios de octubre, para mí estaba claro que Trump ganaría no tanto porque tuviera una visión más atractiva del futuro, sino porque fue capaz de capitalizar los temores de la gente sobre la economía, la frontera y la guerra y convertir ese malestar en una fuerza negativa activa contra los demócratas. Las elecciones de 2024 fueron en gran medida un voto contra la ineptitud demócrata, del mismo modo que las elecciones de 2020 fueron un voto contra el caos de la primera presidencia de Trump.

Si uno está de acuerdo con este análisis indudablemente impresionista, entonces se siguen dos cosas. En primer lugar, el resultado electoral estuvo determinado principalmente por una reacción popular a factores coyunturales -inflación, caos fronterizo y amenaza de guerra-. En segundo lugar, no fue un voto a favor del fascismo o el autoritarismo, en contra de las reacciones de pánico de algunos expertos liberales, aunque, por supuesto, hubo un componente de extrema derecha en el voto a Trump.

Esa es la buena noticia.  La mala noticia es que los ultraderechistas de MAGA intentarán traducir este voto de protesta en un programa de gobierno ultraderechista que, si lo consiguen, hará que la democracia liberal al estilo estadounidense sea cosa del pasado. Afortunadamente, el pueblo de Estados Unidos, por defectuosa que sea su democracia, tiene un sentido común democrático. Pero ese sentido común necesita un buen liderazgo progresista para salir a la palestra y convertirse en una vigorosa fuerza política. Y, en este sentido, hay otra buena noticia: la desacreditada generación de líderes del Partido Demócrata -los Clinton, Obama, Pelosi, Biden, Harris-, con su defensa de las políticas neoliberales unida a la promoción del imperio liberal, será finalmente desechada y se despejarán las cubiertas para la aparición de una nueva generación de jóvenes líderes progresistas no sujetos a los paradigmas ideológicos y políticos del pasado.

El gran marxista italiano Antonio Gramsci tenía una caracterización de principios del siglo XX que también es apta para nuestros tiempos: «El viejo mundo agoniza y el nuevo lucha por nacer. Ahora es el tiempo de los monstruos». Oportunidad y crisis son gemelas. No se puede llegar al nuevo mundo sin superar monstruos... y no hay garantía de victoria.

Pero perfecto no soy, y aunque anticipé una victoria de Trump, no preví lo sangrienta que sería."

(, columnista de Foreign Policy in Focus, Counter Punch, 12/11/24. Traducción realizada con la versión gratuita del traductor DeepL.com)

JACOBIN: Ante el abismo trumpiano... los próximos años serán brutales para muchos: para la amplia gama de grupos que Donald Trump ha convertido en objeto de desprecio y odio, para la clase trabajadora en su conjunto y para el planeta... el Despacho Oval está a punto de convertirse en un salón para multimillonarios, el resultado será austeridad para muchos y una orgía de especulación desenfrenada para unos pocos... tenemos mucho en común con los votantes de Trump; la mayoría de nosotros conocemos y queremos a algunas personas que no comparten nuestra política, muchos han votado de forma diferente en elecciones pasadas -incluso por Bernie Sanders en 2016 o 2020- y abrazan algunas ideas y sentimientos de izquierdas, cuando estamos divididos, ellos son los únicos ganadores... Estas fueron unas elecciones materialistas sobre la inflación. Sin una red de seguridad social adecuada, el poder adquisitivo individual es la única garantía de estabilidad económica de los estadounidenses, y cualquiera (aunque sea erróneamente) sospechoso de sobrecalentar la economía será debidamente castigado por ello... Las malas hierbas de la política trumpiana crecen en el suelo de una cultura cada vez más cínica y atomizada, una cultura en la que los hombres y mujeres de clase trabajadora de todas las razas miran, con razón, con disgusto la yuxtaposición de una terrible crisis del coste de la vida, una desigualdad obscena de la riqueza y los elogios autocomplacientes de las élites a la «diversidad» y la «equidad»... Se creará un entorno más fértil para la política de izquierdas reconstruyendo instituciones de base como los sindicatos que generan los vínculos de confianza y solidaridadnecesarios para sostener la democracia, algo del orden de un New Deal

"Mirando fijamente al abismo trumpiano Por Redacción

Nos espera un largo periodo de sufrimiento en la política estadounidense y mundial a manos de un presidente desquiciado y reaccionario que apenas tendrá oposición.


El país y el mundo se despertaron el miércoles a una realidad aterradora pero en muchos sentidos predecible, una realidad a la que pocos en la izquierda y en el Partido Demócrata están preparados para enfrentarse. Según todos los indicios, los próximos años serán brutales para muchos: para la amplia gama de grupos que Donald Trump ha convertido en objeto de desprecio y odio durante los últimos ocho años, para la clase trabajadora en su conjunto y para el planeta. Nuestros colaboradores y editores reflexionan sobre cómo hemos llegado hasta aquí y qué se puede hacer para invertir el rumbo.

Meagan Day: Los demócratas no pueden ignorar la tiranía de los ricos

Entre el propio Donald Trump, Elon Musk, principal sustituto de la campaña, y Peter Thiel, el creador de J. D. Vance, el Despacho Oval está a punto de convertirse en un salón para multimillonarios. Los estadounidenses más ricos siempre han ejercido una enorme presión sobre los políticos, que se someten fácilmente a sus dictados o se enfrentan a las consecuencias. Pero la dinámica de clases habitual se verá agravada por la intervención directa de cuadros capitalistas individuales e hiperideológicos, que se han aburrido de la mera dominación del mercado y ahora persiguen la transformación social total.

El camino está abierto ante ellos. Con el control de las tres ramas del gobierno, es probable que la próxima administración no pierda el tiempo y reduzca al mínimo regulaciones, programas y departamentos enteros. El resultado será austeridad para muchos y una orgía de especulación desenfrenada para unos pocos. Las condiciones materiales de la gente común se deteriorarán aún más, dejando al electorado cada vez más alienado y agitado. La gente seguirá inclinándose por quien hable de forma más convincente de un cambio radical, que no serán los demócratas tal y como los conocemos.

La campaña de Kamala Harris fue un batiburrillo de ideas contradictorias: algunas palabras de alto el fuego junto con la aceptación del apoyo de Dick Cheney, algunos mensajes económicos progresistas sorprendentemente decentes junto con las habituales garantías a Wall Street. Su ambigüedad fue deliberada, enmascarando una falta de compromiso con una visión, un bloque o un programa concretos. Esta sofisticada postura no es un enfoque útil para la política. Cuando la gente busca pelea, la encuentra. Si no hay opción solidaria, a menudo basta con la opción machista.

La única manera de detener la construcción distópica del mundo por parte de la derecha es hacer de nuevo de constructores del mundo. Una oposición eficaz identificaría claramente la causa de las dificultades económicas como la tiranía de los ricos. Propondría solucionar el problema transformando la riqueza acaparada privadamente en recursos públicos, que se invertirían para hacer las cosas más fáciles y agradables para todos los demás. Estas ideas no pueden presentarse junto a su polo opuesto; deben ser el núcleo del proyecto, y eso tiene que ser obvio. Cuanto más se descarte este enfoque, más estadounidenses serán presa de multimillonarios reaccionarios pseudopopulistas, que confundirán el veneno con la medicina.

Liza Featherstone: Los trabajadores no pueden quedarse al margen

Qué horror y qué tristeza. Al evaluar la victoria de Donald Trump el martes, importan las razones inmediatas de la derrota de Kamala Harris: un genocidio en Gaza, mensajes pobres e insuficientes sobre los logros reales de la administración Biden, una campaña dirigida por y para los plutócratas de Silicon Valley y, sobre todo, la inflación. A largo plazo, el declive durante décadas de la densidad sindical, que ha privado a la clase trabajadora de poder político, pero también de un hogar y una identidad políticos, es crucial para la difícil situación en la que nos encontramos.

Para construir el poder de la clase obrera de izquierda, debemos seguir construyendo nuestros sindicatos – incluyendo la organización para hacer que el presidente de United Auto Workers, Shawn Fain, llame a una huelga general en mayo de 2028 sea un éxito. También debemos seguir construyendo organizaciones socialistas, un proyecto que se siente esperanzador no sólo en Brooklyn y Queens sino en lugares como los suburbios de Atlanta, donde Gabriel Sánchez fue elegido para la legislatura estatal el martes. También tenemos que seguir construyendo organizaciones que puedan luchar contra la extrema derecha en los estados y condados indecisos que se decantaron abrumadoramente por Trump, un trabajo que incluso mostró éxitos tangibles: mientras Trump y los republicanos se alzaban con la victoria, se aprobaron siete referendos sobre el derecho al aborto, incluso en estados rojos y morados como Montana, Colorado, Nevada y Arizona.

Nuestro trabajo político no puede construir poder y cambiar la política sin empezar también a curar la alienación en nuestra sociedad que llevó a tantos a votar por Trump. El aislamiento y la soledad, problemas que ya estaban empeorando antes de la pandemia del COVID-19, han golpeado duramente a muchos estadounidenses. Demasiados han muerto por suicidio o adicción, mientras que muchos más han entrado en Internet, perdidos en bucles interminables de información insanamente falsa y que alimenta la rabia, solos y enfadados con todas las personas equivocadas.

En este desierto social, los mítines de Trump daban a muchos un sentido de comunidad en el que todos los que acudían eran acogidos calurosamente. Su segunda victoria es un recordatorio brutal de lo mucho que todos necesitamos ese sentimiento de pertenencia.

Sabemos que tenemos mucho en común con los votantes de Trump; la mayoría de nosotros conocemos y queremos a algunas personas que no comparten nuestra política. Incluso compartimos preocupaciones políticas con algunos que votaron de formas que nos parecen inexplicables; muchos han votado de forma diferente en elecciones pasadas -incluso por Bernie Sanders en 2016 o 2020- y abrazan algunas ideas y sentimientos de izquierdas. Compartimos con muchos de ellos el deseo de un mejor nivel de vida para la clase trabajadora y el deseo de vivir en un mundo sin guerras. Dejemos el odio a nuestros compatriotas en manos de los multimillonarios; cuando estamos divididos, ellos son los únicos ganadores.

Los socialistas podemos hacerlo mejor que Trump. Aportamos al mundo ese sentimiento de amor colectivo que llamamos solidaridad, lo que Sanders llama esa disposición a «luchar por alguien que no conoces». Sin eso, no podemos construir nada, y debemos hacerlo.

Eric Blanc: No hay respuestas fáciles, sólo hay que organizarse

Es cierto que la inflación provocada por el COVID ha perjudicado gravemente a las administraciones en el poder en todo el mundo. Pero esto no es una ley de hierro. A pesar de tener una inflación más alta que la de Estados Unidos, México reeligió a su gobierno de izquierdas porque entregó mucho (y se comunicó bien) a los trabajadores. Si Joe Biden hubiera sido capaz de hilvanar frases coherentes, y si los senadores Joe Manchin y Kyrsten Sinema no hubieran bloqueado una ambiciosa agenda de Reconstruir Mejor, no es inconcebible que esto también hubiera ocurrido aquí.

Los demócratas dirán que las políticas nacionales y los nombramientos de Biden, relativamente favorables a los trabajadores, no dieron resultado electoral. Pero tras décadas de abandono de los trabajadores por parte de los demócratas, estas medidas han sido demasiado escasas y han llegado demasiado tarde.

Sin embargo, sería un error culpar únicamente al establishment del Partido Demócrata. La verdad es que los dirigentes sindicales -con algunas notables excepciones- no supieron aprovechar una oportunidad excepcionalmente favorable para sindicalizar a millones de personas en un mercado laboral tenso, un Consejo Nacional de Relaciones Laborales favorable a los trabajadores y la radicalización de los jóvenes. En lugar de ello, continuaron como si nada hubiera pasado, aprovechando miles de millones de dólares de financiación que podrían haberse utilizado para poner en marcha y apoyar iniciativas de sindicalización a gran escala. Para dar la vuelta a décadas de atomización y alineación de clases hará falta mucha organización ambiciosa y de abajo arriba, y persuasión digital durante todo el año.

Chris Maisano: La izquierda aún puede ganarse a los votantes de Trump

Muchos estadounidenses sienten que, en general, las cosas están «fuera de control», ya sea por el coste de la vida, la migración o la inestabilidad mundial, y buscan una mano fuerte que les proteja, por lo que están dispuestos a pasar por alto todo lo demás que conlleva una presidencia de Donald Trump. Trump aprovechó con éxito estas ansiedades para presentar primero a Joe Biden, y luego a Kamala Harris, como el candidato del caos en 2024. Trump convenció a suficientes votantes de que votarle a él, entre todos, es votar por la estabilidad en un mundo peligroso.

Fue una estrategia descarada, y con todo derecho no debería haber tenido éxito. Pero nuestro sistema político sólo ofrece una opción binaria para presidente; mucha gente está profundamente insatisfecha con el actual estado de cosas; y Biden y Harris eran los que estaban en la Casa Blanca. Así que aquí estamos.

Por supuesto, nada de lo que ofrezcan Trump o el Partido Republicano servirá para abordar el descontento que reina en este país. Trump prometió a los votantes que «la inflación desaparecerá por completo» si le elegían, pero subir los aranceles y deportar a los trabajadores inmigrantes no hará sino avivarla. La marea electoral puede cambiar. Pero la izquierda, en términos generales, tiene que averiguar -rápidamente- cómo echar raíces organizativas duraderas en las comunidades en las que actualmente estamos ausentes, hablar con credibilidad y eficacia de las luchas diarias de la gente y renovar la fe en el poder de la acción colectiva. Incluso los llamamientos más afinados de la campaña al «populismo» o a la «política de clases» pueden no funcionar si la gente no está en organizaciones que generen y refuercen continuamente la solidaridad.

No hay una respuesta fácil, ni un mensaje rompedor que nos salve. Sólo un trabajo de organización tenaz frente a fuertes vientos en contra.

Anton Jäger: Sin red

Como persona sin ciudadanía estadounidense ni derecho de voto, inevitablemente me parece tonto y vicario opinar sobre un ciclo presidencial que se ha globalizado principalmente a través del poder blando de Estados Unidos. Al parecer, no era diferente en la época del imperio británico: los extranjeros seguían con avidez los giros del ciclo parlamentario británico por los efectos que tendría en la política imperial. Hoy en día, las externalidades de la política estadounidense siguen siendo letales en el extranjero, y la correspondiente debilidad de la izquierda estadounidense es cada vez más un problema europeo: la americanización de la política europea implica derivas hacia la derecha y una creciente incapacidad para articular posiciones independientes en política exterior.

Los resultados al menos reivindican algunas lecturas de izquierdas. Estas fueron unas elecciones materialistas sobre la inflación. Sin una red de seguridad social adecuada, el poder adquisitivo individual es la única garantía de estabilidad económica de los estadounidenses, y cualquiera (aunque sea erróneamente) sospechoso de sobrecalentar la economía será debidamente castigado por ello.

La magnitud de la derrota demócrata exige una introspección más profunda. Para la élite del DNC, después de todo, la derrota siempre es relativa: se aseguró la financiación, se cortejó a las estrellas y se puede asustar a la base para que se someta durante los próximos cuatro años. Para quienes esperaban que una victoria de Harris pudiera al menos dejar oxígeno a la incipiente izquierda estadounidense, las perspectivas son mucho más ominosas. Puede parecer tedioso resucitar discusiones sobre «partidos sustitutos«, «rupturas sucias» o caucus de izquierdas hoy en día, pero después de ocho años de MAGA-cum-«MAGA para gente pensante» (como Adam Tooze se refirió a Bidenomics), hay más beneficio de la retrospectiva.

Nick French: El Partido Demócrata se niega a cambiar

A raíz de la decisiva victoria de Donald Trump el martes, muchos en la izquierda están criticando con razón la campaña de Harris por no hacer una campaña más populista y por no dar detalles sobre cómo mejoraría la vida de los votantes en cuestiones básicas. Es justo. Pero no está claro si ese tipo de campaña habría bastado para situar a Harris en lo más alto. Dada su asociación con un presidente extremadamente impopular, con una economía inflacionista ampliamente odiada y con el genocidio en curso respaldado por Estados Unidos, presentarse como una candidata populista del «cambio» habría sido una tarea difícil.

Parte de la culpa de la derrota de Harris la tiene la propia administración Biden, que, por razones en parte ajenas a su voluntad y en parte de su propia cosecha, supervisó un progresismo milquetodo en el frente nacional y una política exterior de halcones contra China y en Oriente Medio. Destacados líderes sindicales y de izquierdas, temerosos con razón de las consecuencias de una presidencia de Trump, se unieron a la campaña de Harris, a veces incluso presentándola como una defensora de los trabajadores. Ese mensaje sonó hueco.

Las malas hierbas de la política trumpiana crecen en el suelo de una cultura cada vez más cínica y atomizada, una cultura en la que los hombres y mujeres de clase trabajadora de todas las razas miran, con razón, con disgusto la yuxtaposición de una terrible crisis del coste de la vida, una desigualdad obscena de la riqueza y los elogios autocomplacientes de las élites a la «diversidad» y la «equidad». Se creará un entorno más fértil para la política de izquierdas reconstruyendo instituciones de base como los sindicatos que generan los vínculos de confianza y solidaridadnecesarios para sostener la democracia. Será creado por un proyecto político colectivo que la clase trabajadora pueda ver como una mejora significativa de sus vidas y un ataque a las indignidades de la actual América de desigualdad flagrante, algo del orden de un New Deal o una movilización nacional en tiempos de guerra.

Los demócratas no han conseguido hacer estas cosas y, a pesar de esta aplastante derrota y de toda la miseria que vendrá tras ella, no hay indicios de que el partido vaya a intentar hacerlas a corto plazo..


– Nick French, editor asociado"                  ( JACOBIN, 07/11/24, traducción DEEPL)

Shlomo Ben Ami, ex ministro de Asuntos Exteriores israelí: Las causas y consecuencias del regreso de Trump... En cuanto vi que algunas de las caras más famosas de la cultura pop norteamericana -desde Taylor Swift y Beyoncé hasta Oprah Winfrey y Bruce Springsteen- hacían campaña a favor de la vicepresidenta Kamala Harris, supe que iba a perder... en una elección enmarcada por un bando como una batalla en la que se enfrenta “el pueblo” contra “las élites”, asociarse con celebridades ultra ricas es una estrategia perdedora... Este sentimiento no es exclusivo de Estados Unidos. La izquierda liberal de Israel siempre ha contado con el apoyo abrumador de músicos, artistas y cineastas; sus representantes siempre reciben el respaldo del periódico liberal Haaretz. Y no ha tenido una victoria electoral en una generación... la victoria de Trump tendrá un efecto galvanizador en proyectos autoritarios similares a nivel mundial... Para que prevalezca el bando democrático, el liderazgo estadounidense es esencial. Bajo el mando de Trump, ese liderazgo es incierto... Por ejemplo, Trump parece dispuesto a abandonar a Ucrania... Netanyahu y sus aliados esperan tener rienda suelta para continuar con su colonización de la Cisjordania palestina... Más allá de su retórica incendiaria, Trump no ha manifestado ninguna inclinación hacia la guerra. En consecuencia, es probable que presione a Israel para que ponga fin a los combates en Gaza y el Líbano, aunque esto implique que Netanyahu tenga que disolver su preciada coalición de extremistas que fantasean con la creación de un nuevo orden para Oriente Medio librando una guerra con Irán. Trump no se sacrificará políticamente en nombre del sionismo radical

 "Durante la campaña electoral de Estados Unidos que acaba de concluir, no seguí las encuestas de opinión, ni estudié minuciosamente las predicciones “basadas en evidencia”, ni leí los análisis de “expertos” sobre la carrera presidencial. En cuanto vi que algunas de las caras más famosas de la cultura pop norteamericana -desde Taylor Swift y Beyoncé hasta Oprah Winfrey y Bruce Springsteen- hacían campaña a favor de la vicepresidenta Kamala Harris, supe que iba a perder.

Esto puede parecer contraintuitivo: estas celebridades tienen millones de seguidores, por lo que es lógico que puedan influir en millones de votantes. Pero, en una elección enmarcada por un bando como una batalla en la que se enfrenta “el pueblo” contra “las élites”, asociarse con celebridades ultra ricas -gente que vive en mansiones en barrios cerrados, que vuela en aviones privados y que camina por las calles flanqueada por guardias de seguridad- es una estrategia perdedora. Lo último que quiere el pueblo, mientras lidia con precios elevados y teme por su futuro, es que las élites le digan cómo votar.

Este sentimiento no es exclusivo de Estados Unidos. La izquierda liberal de Israel siempre ha contado con el apoyo abrumador de músicos, artistas y cineastas; sus representantes siempre reciben el respaldo del periódico liberal Haaretz. Y no ha tenido una victoria electoral en una generación. Como alguna vez dijo un amigo: si quieres ganar una elección, asegúrate de que Haaretz esté en tu contra. ¿Acaso Donald Trump no podría decir lo mismo de The New York Times?

Muchos de los 73 millones de norteamericanos que votaron por Trump en estas elecciones estaban motivados por quejas legítimas sobre cuestiones como la inseguridad económica y la inmigración. Se puede criticar su aparente disposición a aceptar la retórica misógina y ofensiva de Trump, su costumbre de abandonar a sus aliados y pisotear las reglas democráticas, y sus evidentes ambiciones autoritarias. Se podría considerar objetable votar por un candidato que, después de perder la última elección, incitó a una turba de sus seguidores a marchar al Capitolio de Estados Unidos para alterar la certificación de los resultados. Pero independientemente de que a los líderes demócratas les gusten o no las prioridades de estos votantes, quizá no deberían menospreciar a grandes segmentos del electorado, por ejemplo, llamándolos “deplorables”, como hizo Hillary Clinton durante la campaña de 2016, o insinuando que son “basura”, como hizo Joe Biden el mes pasado.

Una vez más, Estados Unidos no es un caso único en este sentido. En Israel -donde, como en Estados Unidos, las elecciones tienden a ser parte de una guerra cultural permanente-, se cree que los comentarios peyorativos del difunto comediante Dudu Topaz en 1981 sobre los seguidores del partido populista de derecha Likud impulsaron a los votantes indecisos a respaldar al líder del Likud, Menachem Begin, y no al líder del Partido Laborista, Shimon Peres. En 2015, fue el escritor Yair Garbuz quien ayudó a galvanizar a los votantes de Benjamín Netanyahu al llamarlos “besadores de talismanes y adoradores de tumbas de santos”.

En todo caso, si una insurrección fallida no basta para poner a la gente en contra de Trump, ¿funcionará, realmente, el apoyo de los famosos? Esto nos lleva a otro defecto de la izquierda: la tendencia a subestimar la fortaleza y durabilidad del atractivo de sus oponentes. Cuando nació el Likud en 1977, la izquierda lo veía como una incidencia pasajera, incapaz de durar. Hoy, Netanyahu, del Likud, es el primer ministro que más tiempo ejerció el cargo en la historia de Israel. En Estados Unidos, el fenómeno Trump, ampliamente descartado en 2016 como una casualidad, hoy parece una tendencia persistente.

A pesar de su retórica incendiaria y su absoluta falta de respeto por la verdad, Netanyahu ha contado con el respaldo inquebrantable de un gran porcentaje de los trabajadores, los conservadores religiosos y otros grupos para quienes los valores “progresistas”, desde la cooperación y el compromiso hasta la igualdad de género, son un anatema. Lo mismo es válido para Trump -el primer republicano en ganar el voto popular en dos décadas.

A pesar de ser ricos y privilegiados, tanto Trump como Netanyahu se presentan a sí mismos como los más calificados para desafiar a las élites liberales desactualizadas y a sus aliados, sobre todo los medios tradicionales. Puede que la izquierda se dé cuenta de que Trump y Netanyahu pretenden actuar en interés del pueblo, pero eso no significa que los votantes también lo hagan.

La incapacidad de los demócratas de presentar un reto eficaz a Trump tendrá consecuencias de amplio alcance. Por empezar, la victoria de Trump tendrá un efecto galvanizador en proyectos autoritarios similares a nivel mundial. El mundo está inmerso en una batalla ideológica entre regímenes autocráticos -pensemos en China, Irán, Corea del Norte y Rusia- y democracias. Para que prevalezca el bando democrático, el liderazgo estadounidense es esencial. Bajo el mando de Trump, ese liderazgo es incierto.

Por ejemplo, Trump parece dispuesto a abandonar a Ucrania. Hay motivos para pensar que podría empezar por exigir que se congelen las líneas del frente. Pero, si bien esto podría abrir el camino para las negociaciones de paz con Rusia, también evoca el espectro del Acuerdo de Múnich, en virtud del cual Gran Bretaña y Francia sacrificaron parte de Checoslovaquia a manos de Adolf Hitler en 1938. Obligar a Ucrania a ceder grandes extensiones de territorio a Rusia no dará lugar a la “paz para nuestro tiempo”, como tampoco la entrega de los Sudetes a la Alemania nazi impidió que Hitler ocupara el resto de Checoslovaquia seis meses después y que comenzara la Segunda Guerra Mundial seis meses más tarde.

Un escenario de estas características sería particularmente catastrófico para Europa, que no está preparada para soportar por sí sola la carga del esfuerzo bélico de Ucrania. Lo que empeora aún más el panorama para Europa es que las frecuentes críticas de Trump a la OTAN -incluido (no sin razón) el incumplimiento por parte de los miembros europeos de sus metas de gasto militar- han generado dudas sobre su compromiso con la Alianza. Hasta podría llegar a imponer aranceles a las importaciones de la Unión Europea, como lo hizo durante su primera presidencia, en un intento de proteger la industria norteamericana.

La estrategia aislacionista de “Estados Unidos primero” de Trump también tiene implicancias para Taiwán, al que es poco probable que ofrezca el tipo de compromisos de defensa que ha proporcionado Biden. Eso sería una buena noticia para China, aunque Trump mantendrá su postura de confrontación con el país.

Entre quienes celebran la victoria de Trump están Netanyahu y sus aliados, que esperan tener rienda suelta para continuar con su proyecto de colonización en la Cisjordania palestina. Pero pronto podrían descubrir que la intención de Trump de reducir la participación de Estados Unidos en los asuntos exteriores también se aplica a Oriente Medio.

Más allá de su retórica incendiaria, Trump no ha manifestado ninguna inclinación hacia la guerra. En consecuencia, es probable que presione a Israel para que ponga fin a los combates en Gaza y el Líbano, aunque esto implique que Netanyahu tenga que disolver su preciada coalición de extremistas que fantasean con la creación de un nuevo orden para Oriente Medio librando una guerra con Irán. Atraer a Estados Unidos a este escenario ha sido, desde hace mucho tiempo, el sueño de Netanyahu. Pero, a diferencia de Biden, Trump no se sacrificará políticamente en nombre del sionismo radical."

(, ex ministro de Asuntos Exteriores israelí, Revista de prensa, 12/11/24, fuente Project Syndicate)

11.11.24

Parece que los Demócratas han preferido perder antes que hacer la menor concesión a cualquier política que no sea neoliberal... no es que los votantes se hayan movido más a favor de la agenda ultraderechista de Trump, sino que cada vez hay más sectores de la población que sienten desilusión e insatisfacción con la actual administración y partido demócratas... muchos acudieron a las urnas para votar tanto a Trump como también a medidas políticas progresistas. Esto indica que, aunque la gente está descontenta con la administración actual, no apoya necesariamente el programa de extrema derecha de Trump para el país. ¿Por qué la gente votaría tanto al candidato ultraderechista Trump como a políticas progresistas en la misma papeleta? Podría ser porque millones de personas de clase trabajadora han visto empeorar sus condiciones materiales bajo la administración de Biden... El coste de la vivienda alcanzó su máximo histórico en abril de este año. Los precios de los alquileres siguen subiendo, con un aumento del 3,3% en septiembre. La alimentación en general cuesta alrededor de un 25% más en septiembre de este año que en 2020... «los demócratas han demostrado una y otra vez que no pueden aceptar ni siquiera medidas básicas como la sanidad pública, la vivienda asequible y una garantía de empleo público, cosas que mejorarían drásticamente las condiciones materiales, sociales y políticas de las clases trabajadoras.» (Peoples Dispatch)

"¿Qué llevó a la victoria de Trump?

Algunos resultados indican que el rechazo a Harris no equivale al rechazo a la política progresista .
El expresidente, personalidad televisiva y empresario Donald Trump fue elegido el 5 de noviembre para un segundo mandato como presidente de Estados Unidos.

Aunque las encuestas de justo antes de las elecciones mostraban una de las carreras más reñidas de la historia de EEUU, los resultados indican que Trump no sólo ganó todos y cada uno de los estados indecisos, sino que también recibió más votos en total que Harris (es decir, el voto popular), algo que un candidato presidencial republicano no conseguía desde George W. Bush en 2004. Según los resultados preliminares, Kamala Harris incluso lo hizo peor que Hillary Clinton en 2016, que también perdió ante Trump.

Los expertos y periodistas liberales ya han comenzado el cíclico «juego de culpas», tratando de identificar qué sector de la población se ha movido ideológicamente hacia la derecha y es responsable de la victoria del líder de extrema derecha. Sin embargo, este enfoque pasa por alto cuál era la cuestión central de las elecciones. Un análisis más profundo indica que no es que los votantes se hayan movido más a favor de la agenda ultraderechista de Trump, sino que cada vez hay más sectores de la población que sienten desilusión e insatisfacción con la actual administración y partido demócratas.

Las cifras indican incluso que Trump no recibió una nueva oleada de apoyo de los votantes. En 2020, Trump recibió 74.223.975 votos. En 2024, recibió 71.914.298 votos (en el momento del informe). La diferencia notable es el drástico descenso del apoyo al candidato demócrata, ya que Biden recibió 81.283.501 votos en 2020 y Harris 67.070.003 votos hasta ahora en 2024. No obstante, es importante señalar que el recuento de votos aún no ha finalizado y que siguen llegando votos de estados muy poblados como California.

Algunos de los resultados de los distintos referendos progresistas en las urnas también indican que en los estados que se decantaron por el Partido Republicano, muchos acudieron a las urnas para votar tanto a Trump como también a medidas políticas progresistas. Esto indica que, aunque la gente está descontenta con la administración actual, no apoya necesariamente el programa de extrema derecha de Trump para el país.

En Misuri, que se decantó por Trump con el 61% de los votos, los residentes también votaron a favor de elevar el salario mínimo a 15 dólares la hora y dar a los trabajadores días de baja por enfermedad garantizados. Alaska, otro estado marcadamente rojo, está a punto de aprobar una medida similar. En Arizona, que también podría decantarse por Trump (aún se están contando los votos por correo), parece que los votantes tumbaron una medida que permitiría que los trabajadores con propinas cobraran menos del salario mínimo.

Otros estados que se decantaron por Trump también aprobaron medidas a favor del derecho al aborto, como Arizona, Misuri, Montana y Nevada.

Florida, un estado que se ha ido decantando cada vez más hacia el conservadurismo y donde Trump tenía su cuartel general de campaña, fue uno de los primeros estados en decantarse por Trump. Sin embargo, la mayoría de los votantes de Florida votaron a favor de la Enmienda 4, que habría establecido el derecho al aborto. Sin embargo, la enmienda no se aprobó porque recibió el 57,2% de los votos, quedándose por debajo del 60% requerido.

La pregunta clave es: ¿Por qué la gente votaría tanto al candidato ultraderechista Trump como a políticas progresistas en la misma papeleta?

Podría ser porque millones de personas de clase trabajadora han visto empeorar sus condiciones materiales bajo la administración de Biden. Los precios disparados a partir de 2022 nunca se enfriaron del todo, y de hecho han seguido aumentando de forma constante. El coste de la vivienda alcanzó su máximo histórico en abril de este año. Los precios de los alquileres siguen subiendo, con un aumento del 3,3% en septiembre, lo que agrava la inasequibilidad de la vivienda que afecta a los trabajadores. Casi la mitad de los inquilinos de Estados Unidos gastan más del 30% de sus ingresos en vivienda. La alimentación en general cuesta alrededor de un 25% más en septiembre de este año que en 2020.

El senador Bernie Sanders, que anoche fue reelegido en su cargo en Vermont, echó toda la culpa de la derrota de Harris al Partido Demócrata en un comunicado publicado hoy. «No debería sorprender mucho que un Partido Demócrata que ha abandonado a la clase trabajadora descubra que la clase trabajadora les ha abandonado a ellos», dijo, citando el empeoramiento de las condiciones de los trabajadores, así como la financiación incondicional de Israel por parte de Estados Unidos.

«¿Aprenderán los grandes intereses económicos y los asesores bien pagados que controlan el Partido Demócrata alguna lección real de esta desastrosa campaña? ¿Comprenderán el dolor y la alienación política que están experimentando decenas de millones de estadounidenses? ¿Tendrán alguna idea de cómo podemos enfrentarnos a la cada vez más poderosa Oligarquía que tiene tanto poder económico y político? Probablemente no.»

Según el antropólogo y profesor Jason Hickel, «los demócratas han demostrado una y otra vez que no pueden aceptar ni siquiera medidas básicas como la sanidad pública, la vivienda asequible y una garantía de empleo público, cosas que mejorarían drásticamente las condiciones materiales, sociales y políticas de las clases trabajadoras.» Para Hickel, esto se debe al profundo compromiso liberal con el capital. «Harán lo que haga falta para garantizar la acumulación de las élites, es su único compromiso coherente.»

Algunos resultados de zonas clave indican que la negativa de la administración Biden-Harris a poner fin al suministro incondicional del genocidio israelí alejó a los votantes de determinados grupos demográficos.

El fin del flujo constante de armamento estadounidense a Israel se convirtió en una línea firme en la arena para los votantes musulmanes y árabes en estados indecisos, incluido Michigan, comunidades que acudieron en masa para llevar a Biden a la Casa Blanca en 2020. En Dearborn, Michigan, donde vive la mayor población árabe-estadounidense, Biden ganó con el 74,2% de los votos en 2020. Hasta anoche, Harris solo había logrado el 27,8% de los votos, con un 46,8% para Trump y un 22% para la candidata de un tercer partido, Jill Stein, que se ha posicionado firmemente a favor de un embargo de armas contra Israel.

Más allá de estos objetivos demográficos, los sondeos de junio mostraban que el 61% de la población estadounidense quería poner fin a la ayuda a Israel, incluido el 77% de los votantes del Partido Demócrata. Según el Movimiento Juvenil Palestino, «cuando más del 75% de tu base de votantes apoya un embargo de armas, aislarlos es una estrategia perdedora.»"

( Peoples Dispatch , 06/11/24, traducción DEEPL)

10.11.24

Lo que los votantes de Estados Unidos le están diciendo a las élites... Quienes ascendían en la escala académica eran aclamados, mientras que quienes no lo hacían se volvían invisibles... La sociedad funcionó como un vasto sistema de segregación, elevando a quienes estaban mejor dotados académicamente por encima de todos los demás. En poco tiempo, la brecha de los diplomas se convirtió en el abismo más importante de la vida estadounidense... Los graduados de secundaria mueren nueve años antes que las personas con estudios universitarios... Los abismos provocaron una pérdida de fe, una pérdida de confianza, una sensación de traición... visité una iglesia nacionalista cristiana en Tennessee. El servicio estaba iluminado por una fe genuina, es cierto, pero también por una atmósfera corrosiva de amargura, agresión, traición. Mientras el pastor hablaba de los Judas que buscan destruirnos, me vino a la cabeza la frase “mundo sombrío”, una imagen de un pueblo que se percibe a sí mismo viviendo bajo una amenaza constante y en una cultura de extrema desconfianza. A estas personas, y a muchos otros estadounidenses, no les interesaba la política de la alegría que ofrecían Kamala Harris y los demás licenciados en derecho. El Partido Demócrata tiene un trabajo: combatir la desigualdad... Aquí había un gran abismo de desigualdad delante de sus narices y, de alguna manera, muchos demócratas no lo vieron. Muchos en la izquierda se centraron en la desigualdad racial, la desigualdad de género y la desigualdad de la comunidad LGBTQ. Supongo que es difícil centrarse en la desigualdad de clase cuando has ido a una universidad con una dotación multimillonaria... Donald Trump se metió de lleno en la guerra de clases. Su resentimiento contra las élites de Manhattan, nacido en Queens, encajó de manera mágica con la animosidad de clase que sienten los habitantes de las zonas rurales de todo el país. Su mensaje era sencillo: esta gente los ha traicionado y, además, son cretinos... creó lo mismo que el Partido Demócrata intentó construir una vez: una mayoría multirracial de clase trabajadora... no hay solución económica a lo que es principalmente una crisis de respeto (David Brooks, The New York Times)

 "Hemos entrado en una nueva era política. Durante los últimos 40 años, más o menos, hemos vivido en la era de la información. Quienes pertenecemos a la clase educada decidimos, con cierta justificación, que la economía posindustrial sería construida por gente como nosotros, así que adaptamos las políticas sociales para satisfacer nuestras necesidades.

Nuestra política educativa impulsó a muchos hacia el camino que nosotros seguíamos: universidades de cuatro años para que estuvieran calificados para los “trabajos del futuro”. Mientras tanto, la formación profesional languidecía. Adoptamos una política de libre comercio que llevó empleos industriales a países de bajo costo para que pudiéramos concentrar nuestras energías en empresas de la economía del conocimiento dirigidas por personas con títulos universitarios avanzados. El sector financiero y de consultoría creció como la espuma, mientras que el empleo manufacturero se marchitaba.

Se consideró que la geografía no era importante: si el capital y la mano de obra altamente calificada querían concentrarse en Austin, San Francisco y Washington, en realidad no importaba lo que ocurriera con todas las demás comunidades que quedaron olvidadas. Las políticas migratorias facilitaron que personas con un alto nivel educativo tuviesen acceso a mano de obra con salarios bajos, mientras que los trabajadores menos calificados se enfrentaban a una nueva competencia. Viramos hacia tecnologías verdes favorecidas por quienes trabajan en píxeles, y desfavorecimos a quienes trabajan en la industria manufacturera y el transporte, cuyo sustento depende de los combustibles fósiles.

Ese gran sonido de piezas en movimiento que has oído era la redistribución del respeto. Quienes ascendían en la escala académica eran aclamados, mientras que quienes no lo hacían se volvían invisibles. La situación era especialmente difícil para los hombres jóvenes. En la secundaria, dos tercios de los alumnos del 10 por ciento superior en las clases son chicas, mientras que aproximadamente dos tercios de los alumnos del decil inferior son chicos. Las escuelas no están preparadas para el éxito masculino; eso tiene consecuencias personales de por vida, y ahora también a nivel nacional.

La sociedad funcionó como un vasto sistema de segregación, elevando a quienes estaban mejor dotados académicamente por encima de todos los demás. En poco tiempo, la brecha de los diplomas se convirtió en el abismo más importante de la vida estadounidense. Los graduados de secundaria mueren nueve años antes que las personas con estudios universitarios. Mueren seis veces más por sobredosis de opiáceos. Se casan menos, se divorcian más y tienen más probabilidades de tener un hijo fuera del matrimonio. Tienen más probabilidades de tener obesidad. Según un estudio reciente del American Enterprise Institute, el 24 por ciento de quienes han terminado como mucho la preparatoria no tienen amigos cercanos. Tienen menos probabilidades que los graduados universitarios de visitar espacios públicos o unirse a grupos comunitarios y ligas deportivas. No hablan en la jerga adecuada de justicia social ni mantienen el tipo de creencias sofisticadasi que son marcadores de virtud pública.

Los abismos provocaron una pérdida de fe, una pérdida de confianza, una sensación de traición. Nueve días antes de las elecciones, visité una iglesia nacionalista cristiana en Tennessee. El servicio estaba iluminado por una fe genuina, es cierto, pero también por una atmósfera corrosiva de amargura, agresión, traición. Mientras el pastor hablaba de los Judas que buscan destruirnos, me vino a la cabeza la frase “mundo sombrío”, una imagen de un pueblo que se percibe a sí mismo viviendo bajo una amenaza constante y en una cultura de extrema desconfianza. A estas personas, y a muchos otros estadounidenses, no les interesaba la política de la alegría que ofrecían Kamala Harris y los demás licenciados en derecho.

El Partido Demócrata tiene un trabajo: combatir la desigualdad. Aquí había un gran abismo de desigualdad delante de sus narices y, de alguna manera, muchos demócratas no lo vieron. Muchos en la izquierda se centraron en la desigualdad racial, la desigualdad de género y la desigualdad de la comunidad LGBTQ. Supongo que es difícil centrarse en la desigualdad de clase cuando has ido a una universidad con una dotación multimillonaria y haces seminarios de imagen medioambiental y de diversidad para una gran corporación. Donald Trump es un narcisista monstruoso, pero hay algo singular en una clase educada que se mira en el espejo de la sociedad y solo se ve a sí misma.

Mientras la izquierda viró hacia el arte de la performance identitaria, Donald Trump se metió de lleno en la guerra de clases. Su resentimiento contra las élites de Manhattan, nacido en Queens, encajó de manera mágica con la animosidad de clase que sienten los habitantes de las zonas rurales de todo el país. Su mensaje era sencillo: esta gente los ha traicionado y, además, son cretinos.

En 2024, creó lo mismo que el Partido Demócrata intentó construir una vez: una mayoría multirracial de clase trabajadora. Su apoyo aumentó entre los trabajadores negros e hispanos. Registró ganancias asombrosas en lugares como Nueva Jersey, el Bronx, Chicago, Dallas y Houston. Según los sondeos de salida de NBC, ganó a un tercio de los votantes de color. Es el primer republicano que consigue la mayoría del voto popular en 20 años.

Obviamente, los demócratas tienen que hacer un replanteamiento importante. El gobierno de Joe Biden intentó cortejar a la clase trabajadora con subvenciones y estímulos, pero no hay solución económica a lo que es principalmente una crisis de respeto.

Es seguro que habrá gente de izquierda que diga que Trump ganó por el racismo, el sexismo y el autoritarismo inherentes al pueblo estadounidense. Por lo visto, a esa gente le encanta perder y quiere hacerlo una y otra y otra vez.

El resto de nosotros tenemos que mirar este resultado con humildad. Los votantes estadounidenses no siempre son sabios, pero en general son sensatos, y tienen algo que enseñarnos. Mi primer pensamiento es que tengo que reexaminar mis propios prejuicios. Soy moderado. Me gusta cuando los candidatos demócratas van al centro. Pero tengo que confesar que Harris lo hizo con bastante eficacia y no funcionó. Quizá los demócratas tengan que adoptar una disrupción al estilo de Bernie Sanders, algo que haga que la gente como yo se sienta incómoda.

¿Puede hacerlo el Partido Demócrata? ¿Puede hacerlo el partido de las universidades, los suburbios acomodados y los centros urbanos hipsters? Bueno, Donald Trump secuestró un partido corporativo, que difícilmente parecía un vehículo para la revuelta proletaria, e hizo exactamente eso. Quienes tratamos con condescendencia a Trump deberíamos sentirnos humildes: hizo algo que ninguno de nosotros podría hacer.

Pero estamos entrando en un periodo de aguas salvajes. Trump es un sembrador del caos, no del fascismo. En los próximos años, una plaga de desorden descenderá sobre Estados Unidos, y quizá sobre el mundo, sacudiéndolo todo. Si odias la polarización, espera a que experimentemos el desorden global. Pero en el caos hay oportunidad para una nueva sociedad y una nueva respuesta al asalto político, económico y psicológico trumpiano. Estos son los tiempos que ponen a prueba el alma de las personas, y veremos de qué estamos hechos."                          ( , The New York Times, 07/11/24)