"Las elecciones municipales han dejado al descubierto una realidad
difícil para la izquierda en Brasil. Aunque el PT avanzó en pequeños
municipios, los resultados en las grandes ciudades muestran una derrota
contundente. La extrema derecha continúa ganando terreno, y el
neofascismo se afianza en la conciencia popular.
La derrota sufrida por la izquierda brasileña en estas elecciones ha
hecho reflexionar a todo el mundo. ¿Qué ha pasado? El PT ganó 248
ayuntamientos. Más que los 182 de 2020, pero muy lejos de los 624 de
2012. En el otro extremo, el Partido Liberal (PL) de Bolsonaro ganó en
512 municipios. Además, hubo un avance significativo del PSD de Gilberto
Kassab y de otros partidos que, a pesar de clasificarse como
«centristas», presionan al gobierno y a la realidad a la derecha. El
PSOL perdió 8 concejales y la única capital que gobernaba, quedando
tercero en Belém. Boulos llegó a la 2ª vuelta en São Paulo, pero no sin
antes pasar por un angustioso triple empate en la 1ª vuelta, donde el
fascista Marçal fue el factor imponderable y se formó un enorme frente
antiizquierda en torno a Ricardo Nunes. Hay muchos otros datos y, desde
cualquier ángulo, la derrota fue grande. La primera vuelta, con algunas
excepciones importantes, reveló una situación peor que hace dos años.
Ante todo esto, se ha abierto un debate en la izquierda sobre el
balance de las elecciones. Dejemos de lado las valoraciones
autocomplacientes que afirman que hubo un avance de la izquierda
simplemente porque el PT aumentó el número de ayuntamientos. Se trata de
ciudades más pequeñas, generalmente fuera del eje que define la
dinámica general de la política brasileña. Dialoguemos con quienes
aceptan que hubo una derrota. La pregunta es: ¿por qué?
Las derrotas desorientan, son más difíciles de asimilar y, por lo
tanto, de explicar. Una parte importante de la izquierda se aferra
exclusivamente a elementos endógenos, se conecta a una ilusión infantil
de que podríamos haberlo evitado todo. Bastaba con seguir las ideas
correctas en un sector u otro, aplicar tal o cual táctica. ¿O quizá fue
culpa del candidato? En Twitter, el meme del cómico Daniel Duncan lo
resume bien: «calma gente, hablen despacio, no puedo escribir todo lo
que la izquierda tiene que hacer para ganar las elecciones».
En el polo opuesto están los que quieren prohibir cualquier debate,
como si cualquier crítica tuviera la consecuencia práctica de fortalecer
a la extrema derecha. Nos parece que hay que evitar ambos errores y
analizar tanto los factores exógenos, independientes de las opciones
tácticas de la izquierda, como los endógenos, recordando siempre que hay
varias izquierdas, con acciones diferentes y alcances muy distintos.
Veamos.
El escenario internacional
La derrota en Brasil no es un rayo caído en cielo sereno. Se produce
en un contexto. Vivimos una situación global en la que avanza la
extrema derecha. En Europa, las fuerzas del atraso prosiguen su marcha
hacia la conquista de varios gobiernos importantes. Ya tienen Italia,
Hungría y, más recientemente, Austria. Chega en Portugal y Vox en España
amenazan la Península Ibérica. La AfD avanza del este al oeste de
Alemania. En Francia, se evitó la victoria inmediata de Le Pen, pero la
situación sigue siendo tan mala que Macron dio un golpe de derechas,
arrebatando al Nuevo Frente Popular la prerrogativa de formar gobierno, y
no pasó nada. En Estados Unidos, Trump avanza peligrosamente sobre los
estados pendulares.
En América Latina, se pudo evitar un golpe en Bolivia, pero no una
división autofágica dentro de la izquierda. Milei continúa su ofensiva
en Argentina y no es seguro que la resistencia surgida allí hasta ahora
pueda frenar su ímpetu destructivo. En Colombia se ha intentado un nuevo
golpe de Estado contra Gustavo Petro, también con la participación del
poder judicial, como ocurrió en Brasil. En El Salvador, Nayib Bukele ha
convertido el país en una distopía política y social de referencia para
todo el fascismo latinoamericano.
La situación de mayor gravedad y urgencia internacional, sin embargo,
sigue siendo el genocidio del pueblo palestino, que avanza a una escala
sin precedentes porque esta vez se trata de una masacre televisada, con
cobertura en tiempo real por las cadenas de todo el mundo, sin que
esto, al menos hasta ahora, haya hecho parar al gobierno de Netanyahu.
Al contrario, Israel avanza hacia la conversión del Líbano en una nueva
Gaza.
En Brasil, además de la derrota electoral, los incendios provocados,
el avance del neopentecostalismo fundamentalista, las milicias, la
precarización de la vida, las privatizaciones, el clientelismo y la
violencia política, todo ello matizado con el asedio y boicot al
gobierno por parte del capital financiero y la gran prensa corporativa.
¿«Ocupar el espacio antisistema»?
¿Es un hecho que existe cansancio, hastío o incluso odio hacia el
actual régimen político y social? Sí. De hecho, el brasileño medio
siempre ha maldecido al sistema, ha maldecido a los políticos y ha
maldecido «contra todo lo que está ahí». Y hoy lo hacen más que nunca.
Pero hay un problema.
Históricamente, este rechazo del «sistema» solía ir de la mano de una
visión más o menos progresista de la salida de los problemas. La gente
maldecía a los políticos precisamente porque pensaban que la educación y
la sanidad debían considerarse derechos sociales, que había que
proteger a los trabajadores de la codicia de sus jefes, que había que
defender a las mujeres, los negros y las personas LGBT de la violencia y
la injusticia. La Constitución de 1988 es una especie de «instantánea»
de la conciencia de clase media que se estableció en Brasil tras el
final de la dictadura militar. Sobre esta conciencia media se construyó
el PT e incluso la izquierda más radical.
Por el contrario, las cosmovisiones que predicaban el fin de
cualquier derecho, el odio, el fanatismo religioso y la violencia
siempre fueron vistas como algo fuera de lo común. Bolsonaro fue una
broma durante las décadas de 1990 y 2000. Antes que él, Enéas Carneiro era famoso más por su característico eslogan y su colorido personal que por sus ideas, que nadie conocía ni entendía bien.
¿Qué tenemos hoy en términos de conciencia media en la base del
bolsonarismo, un movimiento que constituye alrededor de un tercio de la
población? Una masa política y económicamente reaccionaria, con
elementos de fanatismo religioso, extremadamente misógina y altamente
racista y LGTBfóbica. La defensa de la infancia, de los derechos
reproductivos, de la naturaleza, de los derechos laborales, de la
igualdad y la justicia social, y de la laicidad del Estado ya no son los
grandes consensos nacionales que eran hace apenas unos años. Las
soluciones imperantes son el emprendedurismo, la mezcla de la religión
con la política, el punitivismo, la dictadura militar, el cierre del
Tribunal Supremo, la quema y venta de la Amazonia y todo tipo de
barbaridades que antes no eran más que una broma de mal gusto.
En otras palabras, lo primero que hay que establecer firmemente es
que no existe un «espacio antisistema» abstracto, prácticamente «vacío»,
que pueda ser «llenado» con tal o cual contenido, de derecha o de
izquierda. Lo que existe en realidad es un fuerte desplazamiento de la
conciencia media hacia la derecha. Alrededor de un tercio de la
población, con mayor o menor mediación, ha adoptado la postura de la
guerra civil contra la izquierda, el «comunismo» y los derechos
sociales. Y la guerra civil contra el comunismo es exactamente la
esencia del fascismo.
En resumen, si queremos hablar de un «espacio antisistema», tenemos
que matizar estos términos. El «sistema» que se quiere combatir es la
propia civilización. Para casi la mitad de la población, el «sistema» no
es el policía, el político o el patrón, como siempre han subrayado
nuestros primos anarquistas, sino el inspector del instituto de medio
ambiente, el sindicalista, el profesor de historia, la mujer negra, la
persona LGBT, el asistente social, el científico, el cura que distribuye
comida a los sin techo.
Así que no es posible «ocupar el espacio antisistema» porque no es un
espacio vacío que se pueda ocupar y llenar con un contenido diferente.
Este «espacio» ya está lleno, ya tiene contenido, ya tiene una ubicación
en la lucha política entre civilización y barbarie. Es el propio
fascismo.
Es más, no es cierto que ninguna fuerza de izquierdas haya intentado
ocupar este «espacio» con un contenido propio. En estas elecciones había
candidatos de la izquierda radical antisistema que criticaban «todo lo
que hay», el «poder», que defendían una oposición de izquierdas al
gobierno. ¿Y cuál fue el resultado? Despreciable. ¿Injusticias del
sistema electoral que favorece a los grandes partidos? Este elemento
existe, pero no es absoluto. El profundo declive y la práctica
desaparición de la izquierda sectaria es un fenómeno que lleva varios
años produciéndose y que va mucho más allá de las barreras electorales.
Tiene que ver con su inadecuación y desvinculación de la realidad
política nacional y con su completa disonancia cognitiva.
Esto no significa que tengamos que comportarnos como una izquierda
institucional que defiende lo peor del sistema: la corrupción, los
privilegios, la prevaricación y el clientelismo. La crítica al sistema
debe estar presente en nuestro discurso, pero debemos dejar muy claro
que somos, al mismo tiempo, defensores de las conquistas civilizatorias
que este sistema ha incorporado con mucha lucha: derechos sociales,
mecanismos para reducir la desigualdad, protección de los más
vulnerables, defensa del medio ambiente, la ciencia y la cultura.
Tenemos que combatir el discurso de que estos mecanismos existen para «
mantener al trabajador abajo», como dijo Marçal en la campaña. Por el
contrario, somos la izquierda de la expansión de estos mecanismos y de
su incorporación como las conquistas civilizatorias que son.
Además, en términos de propaganda, tenemos que volver a poner en el
horizonte la lucha por el socialismo. Hoy, el hecho es que no sólo las
masas, sino también la vanguardia de las luchas y el activismo de
izquierdas no están convencidos de esta perspectiva. El socialismo no
puede ser un tema para recordar «en vacaciones», como hacía la
socialdemocracia histórica, sino parte permanente de nuestra lucha
ideológica, formación y propaganda.
Los límites del gobierno Lula y las alianzas con el centrismo
Muchos activistas y corrientes de izquierda se quejan de que algunas
de las acciones del gobierno de Lula acaban fortaleciendo a la derecha,
como el marco fiscal, las concesiones al centrão, el retroceso en las
agendas ideológicas, ciertos nombramientos y otros. Es verdad. El
gobierno de Lula ha flaqueado en la lucha contra la extrema derecha y en
el simple cumplimiento de las promesas de campaña hechas por el propio
Lula. Sería un error negar esta realidad.
El problema es que si es difícil con el gobierno de Lula, es
imposible sin él. Eso es lo que está en juego. Sin Lula, habría sido
imposible vencer a la maquinaria gubernamental en las elecciones de
2022. El voto por Lula no fue un voto programático, de izquierda. Fue un
voto estrictamente personal. Gracias a esto, el monstruo fue
temporalmente derrotado.
Otra verdad difícil de tragar: sin la amplia alianza con sectores de
la burguesía que rompieron con el law fare del Lava Jato y el
bolsonarismo, tampoco habría habido victoria en 2022 y Bolsonaro sería
hoy gobierno. ¿Hubiera sido mejor? Con certeza, no.
Así que, en la lucha contra el fascismo, el gobierno de Lula está
demostrando ser un aliado inestable y vacilante, pero al mismo tiempo
indispensable, absolutamente ineludible, dadas las actuales condiciones
de temperatura y presión (nivel de conciencia, organización y voluntad
de lucha de la clase trabajadora). El problema es que Lula apuesta por
una gran unidad para derrotar a la extrema derecha, pero sus
interlocutores de la derecha y del centro no están dispuestos a
comprometerse con los puntos mínimos del programa que hizo que el
presidente fuera elegido. Así que tenemos una paradoja: la alianza que
fue una condición para la victoria puede convertirse, en el transcurso
del mandato, en una preparación para la derrota.
Pero eso no significa que no haya nada que hacer. Al contrario, la
lucha política nunca ha sido más importante, nunca ha sido más
importante defender enfáticamente que el gobierno Lula implemente
medidas de combate a la pobreza; defienda las funciones sociales del
Estado; cuestione la agenda de privatizaciones de los gobiernos
estaduales, en su mayoría de derecha; implemente un giro en la política
ambiental, con más regulación, protección y una actualización
programática fundamental sobre el papel de Brasil en la transición
energética y el combate a la crisis climática.
También es urgente superar la separación entre la clase trabajadora y
las agendas mal llamadas «identitarias». El equilibrio de los
intelectuales que pretenden profundizar esta división proviene de una
incomprensión programática de uno de los elementos más progresistas de
la realidad política del siglo XXI. Hay miles de jóvenes que han
despertado a la vida política a través de la agenda antirracista,
feminista y antigbt, a través de batallas que sólo parecen
«identitarias», pero que están profundamente conectadas con la vida de
la clase trabajadora. Los que mueren a manos de la violencia policial en
las periferias son trabajadores; los que pagan con sus vidas los
prejuicios contra las personas trans y LGBT son trabajadores; la gran
mayoría de las mujeres víctimas de femicidio y violencia doméstica son
trabajadoras. Las reivindicaciones de clase no son sólo las de la agenda
económica o puramente sindical, y desde este punto de vista ni siquiera
es una lección nueva. Lenin ya señaló, hace más de cien años, la
importancia de las batallas políticas y los límites de una visión
puramente económica de los programas y reivindicaciones populares. La
lucha por el socialismo es una lucha total.
El problema ha sido, de hecho, que el gobierno ha retrocedido
invariablemente ante la ofensiva del centrão, del gran capital, de la
Rede Globo y de la propia derecha. Pero eso no significa que el gobierno
no sea un instrumento útil y absolutamente necesario en esta fase. Tal
es la dialéctica del proceso: un aliado vacilante e inestable, pero sin
el cual la victoria es imposible.
La derrota de 2024: faltaba algo, pero ¿qué exactamente?
Muchos activistas y corrientes, en su afán por equiparar
prácticamente lulismo y bolsonarismo, citan el hecho de que el PT se
alió con el PL en 85 ciudades del país. Esto fue, de hecho, un gran
error por parte del PT y lo criticamos desde el principio. Desde que
empezamos a discutir las elecciones de 2024, el PSOL ha defendido una
política de unidad de la izquierda en todo el país. En nuestra opinión,
el resultado demuestra que esa era la política correcta. Los lugares
donde mejor le fue a la izquierda fueron exactamente aquellos en los que
había una verdadera unidad democrática y de izquierdas: São Paulo,
Porto Alegre, Fortaleza, Natal. Donde el PT prefirió aliarse con los
partidos de la derecha tradicional, el resultado fue mucho peor, como en
Curitiba, donde la 2ª vuelta acabó disputándose entre dos candidatos de
Bolsonaro. Incluso donde el PT «ganó» (por ejemplo, en Río), no fue
exactamente una victoria para ellos, sino para aquellos que sólo están
aliados táctica y provisionalmente con el gobierno.
Así que no estamos de acuerdo con quienes dicen que el gran problema
de estas elecciones ha sido el tono moderado de uno u otro candidato.
Por supuesto que ha habido errores, pero no son el factor determinante
de nuestra actuación. Quien critica el resultado de Boulos en la primera
vuelta termina criticando los mejores resultados de la izquierda,
apresurándose antes de la disputa final, cuando en realidad ya se ha
evidenciado el error en los casos en que la izquierda ni siquiera logró
unirse o decidió no participar, dejando el espacio de la lucha política
completamente vacío en una elección donde eso fue determinante
Ese fue el gran error y el gran problema.
En São Paulo, el PSOL avanzó en regiones importantes, gracias
precisamente a que buscamos dialogar con las cuestiones reales
planteadas por la población: guarderías, centros de salud, escuelas,
urbanización, cultura negra, violencia doméstica, etc. Al mismo tiempo,
no se puede decir que la campaña no estuviera politizada. Nadie es
tonto. La gente entendía perfectamente lo que estaba en juego. Hasta
cierto punto, era un plebiscito entre la izquierda y la derecha. Y
salimos de la primera vuelta con una derrota nacional y un resultado
preocupante en São Paulo. Ese es el hecho que hay que afrontar.
Por eso, al criticar los intentos de Boulos de dialogar con los
sentimientos más fundamentales de la población, una parte de la
izquierda lo está criticando por las razones equivocadas. La campaña en
São Paulo se enfrenta a un poderoso frente único de la derecha, que
reúne a todos los medios de comunicación tradicionales, al gobernador
Tarcísio y a las alas más radicalizadas de la extrema derecha. En este
contexto, es acertado hacer una campaña que intente «romper la burbuja»
del electorado que siempre ha sido de izquierdas.
Lucha política e ideológica hasta 2026: el papel del gobierno Lula
La principal conclusión de estas elecciones no es, por tanto, que
«no ocupamos el espacio antisistema que era nuestro». La conclusión es
mucho más oscura: perdimos la lucha política e ideológica porque la
gente no está de acuerdo con nuestras ideas. Por lo tanto, además de las
medidas económicas y sociales relacionadas con el cumplimiento del
programa de 2022, necesitamos una fuerte lucha ideológica con el
gobierno al frente.
No debemos tener miedo. El peso de Lula es tan grande que puede
cambiar ideológicamente el juego. Cuando Lula lucha políticamente, la
realidad cambia. Así ocurrió en las elecciones de 2022, pero no sólo.
Lula mostró su capacidad de influir en el pensamiento de las grandes
masas en los diversos episodios de boicot del Banco Central a la
economía brasileña, en las innumerables veces que denunció el genocidio
en Gaza. Pero es necesario y posible mucho más.
Es necesario y posible luchar para recuperar nuestra capacidad de
movilización. Y esto es también una opción política. Cualquier
aprobación de planes progresistas en el Congreso dependerá mucho más de
la lucha fuera del Congreso que dentro. Si nuestro horizonte es
restablecer los derechos sociales perdidos, ampliar el papel social del
Estado, mejorar las condiciones de vida de la población y tener un
balance categórico para presentar en 2026, la apuesta estratégica del
gobierno tiene que cambiar porque nada de eso será posible en el marco
de los acuerdos con el centrão y los límites del gran capital. Pero para
que eso ocurra, Lula y el PT necesitan salir al terreno porque son los
que tienen mayor articulación con los movimientos sociales y constituyen
la gran mayoría de las fuerzas organizadas de la clase trabajadora.
La clase trabajadora y la izquierda necesitan volver a las calles, a
la escena política nacional, y presentarse como candidatos a la
conquista de la hegemonía política, ideológica y social, actualmente
monopolizada por la extrema derecha.
Para ello, el PSOL debe comprometerse a formar parte de este proceso
desde sus modestas posiciones en los movimientos sociales y en las
instituciones." (Henrique Canary y Gloria Trogo, JACOBINLAT, 22/10/24)