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30.5.26

Adam Tooze: El desarrollo económico de China es único en la historia de la humanidad... ¿Cuál es la mejor manera de expresar y cuantificar este hecho tan contundente? Medido en términos de puntos de crecimiento ponderados por la población, el crecimiento de China fue más de 290 veces mayor que el crecimiento de la «edad dorada» estadounidense... En el caso de EE. UU., durante el periodo comprendido entre 1865 y 1914, el PIB total aumentó en 738 000 millones de dólares a precios de 2011... En el caso de China, durante el periodo comprendido entre 1978 y 2022, el aumento del PIB fue de 25,3 billones de dólares... China ha crecido a una tasa media (compuesta) anual del 8,1 % per cápita... Nunca en la historia tantas personas han mejorado tanto sus ingresos durante un período ininterrumpido tan prolongado... En cuanto a escala y velocidad, no hay nada en la historia económica documentada que se pueda comparar con el impacto del reciente desarrollo de China

"A simple vista, resulta evidente que el espectacular crecimiento de China desde finales de la década de 1970 en adelante constituye la mayor transformación individual en la historia económica mundial. Pero, ¿cuál es la mejor manera de expresar y cuantificar este hecho tan contundente?

Últimamente he dedicado mucho tiempo a la cuestión de la energía y el clima (por cierto, mis disculpas por la ralentización del boletín. El servicio normal se reanudará en unas semanas). La historia del consumo mundial de carbón sin duda ofrece una imagen clara.

Si se mide en términos de carbón, la historia de nuestra especie se divide en tres fases. La primera fase se prolongó hasta 1750, cuando la gran mayoría de las sociedades humanas dependía en gran medida de un régimen energético somático y biológico: leña, fuerza humana y fuerza animal. El segundo periodo se extendió desde la década de 1750 hasta finales del siglo XX. Esto era lo que solíamos considerar el régimen clásico de la industrialización, que comenzó con la revolución industrial del siglo XVIII y terminó con el mundo tal y como era en la década de 1990. A lo largo de dos siglos, la industria pesada se extendió desde sus orígenes en la Europa noroccidental del siglo XVIII hacia América del Norte y Europa del Este, y se extendió, en el siglo XX, hasta Japón. Este fue el mundo que definió la primera fase de la política climática global y su política Norte-Sur, el mundo de la conferencia de Noordwijk en Río de 1992 y del Tratado de Kioto de 1997. Sigue definiendo el imaginario de gran parte de lo que se escribe sobre la cuestión climática hasta el día de hoy, especialmente en Estados Unidos. En este arco histórico, la transición hacia la energía limpia va de la mano de la desindustrialización, lo que inspira el discurso de una economía «ingrávida». Pero eso fue, desde una perspectiva global, una experiencia local. A escala mundial, ocurre lo contrario. En la década de 2000, de forma bastante repentina, el consumo de carbón de China se disparó verticalmente hasta alcanzar niveles nunca vistos en la historia de la humanidad: cuatro veces mayor que el de Estados Unidos en su momento álgido.
El carbón es una medida física, ¿qué hay del PIB?

Branko Milanović, en su obra The Great Global Transformation (ya a la venta y muy recomendable), ofrece esta comparación intuitiva:

"China ha «explotado»: de producir el 2 % de la producción mundial en 1974, su cuota ha aumentado hasta el 22 % en 2022. Esto se logró gracias a una proeza sin precedentes en la historia económica mundial. Entre 1978 y 2022, China ha crecido a una tasa media (compuesta) anual del 8,1 % per cápita. Nunca en la historia tantas personas han mejorado tanto sus ingresos durante un período ininterrumpido tan prolongado. Para ilustrarlo, podemos comparar el auge de China con el caso de Japón. En el caso chino, tenemos más de mil millones de personas (el número medio de ciudadanos chinos durante el período 1978-2022 fue de 1230 millones), con un crecimiento del 8,1 % anual a lo largo de cuarenta y cuatro años. Un simple cálculo (1,081) elevado a la potencia de 44 multiplicado por 1230 millones da una ganancia total de 38 000 millones de unidades (personas/ingresos). Japón, durante su período de mayor éxito, 1952-1991, generó un crecimiento de los ingresos equivalente a aproximadamente 105 millones de personas a lo largo de treinta y nueve años, a una tasa media del 7,1 % per cápita anual. El mismo cálculo arroja a su vez 1.900 millones de unidades de personas/ingresos, es decir, una vigésima parte de lo que obtenemos para China. Por último, un cálculo para Estados Unidos durante el periodo de su despegue económico entre 1865 y 1914 arroja una tasa de crecimiento anual media del 1,3 % per cápita para una población media de 63 millones, y por lo tanto una ganancia global de 130 millones de unidades. En otras palabras, las ganancias generadas durante el extraordinario auge de China fueron de un orden de magnitud totalmente diferente en comparación con las de Japón y Estados Unidos durante sus despegues económicos."

Medido en términos de puntos de crecimiento ponderados por la población, el crecimiento de China fue 20 veces mayor que el de Japón en su época de auge y más de 290 veces mayor que el crecimiento de la «edad dorada» estadounidense.

Se trata de una medida seductoramente simple que, sin embargo, es estrictamente relativa. Es decir, opera en términos de tasas de crecimiento, no de niveles de PIB. Es una medida de cuántas personas «se movieron», a qué velocidad y durante cuánto tiempo.

¿Y si, en cambio, utilizamos medidas absolutas del PIB? Para ello, podemos remitirnos al conjunto de datos de Angus Maddison sobre el PIB y la población. Si tomamos los mismos periodos que Milanović —de 1978 a 2022 para China, de 1953 a 1991 para Japón y de 1865 a 1914 para EE. UU.—, podemos preguntarnos: ¿en qué medida contribuyó su respectivo crecimiento al PIB nacional?

En el caso de EE. UU., durante el periodo comprendido entre 1865 y 1914, el PIB total aumentó en 738 000 millones de dólares a precios de 2011.

El auge del crecimiento de Japón entre 1953 y 1991 aportó 3,5 billones de dólares al PIB a precios de 2011.

En el caso de China, durante el periodo comprendido entre 1978 y 2022, el aumento del PIB fue de 25,3 billones de dólares.

Dado que el PIB de China en 1978 era tan bajo, en términos absolutos el incremento del PIB derivado de su crecimiento fue «solo» 7,2 veces mayor que el aportado por Japón y 34 veces mayor que el de Estados Unidos durante su fase de despegue.

La conclusión es clara: el mundo nunca ha visto nada parecido a la explosión de crecimiento de China.

Solo se llega a una conclusión algo diferente si se sitúan estas cifras de crecimiento absoluto ajustadas a la inflación en proporción al crecimiento global del PIB durante los periodos pertinentes.

Durante el medio siglo transcurrido entre la Guerra Civil estadounidense y la Primera Guerra Mundial, el PIB mundial aumentó, según una interpolación aproximada a partir del conjunto de datos de Maddison, en unos 2,3 billones de dólares. El crecimiento de EE. UU. representó alrededor del 30 % de esa cifra.

Entre principios de la década de 1950 y 1990, el PIB mundial aumentó en 34 billones de dólares a precios de 2011. La contribución de Japón a ese aumento fue de algo más del 10 %.

¿Y qué hay de China y el siglo XXI?

Durante los cuarenta años transcurridos entre 1980 y principios de la década de 2020, el aumento del PIB mundial fue de 100 billones de dólares. Si nos fiamos de los datos de Maddison, el PIB mundial se multiplicó por más de cuatro. De ese asombroso aumento, China representó aproximadamente una cuarta parte.

Lo cual nos lleva de vuelta al punto de partida. Aunque en términos relativos el crecimiento de la economía estadounidense a finales del siglo XIX supuso una contribución desmesurada al crecimiento mundial, algo mayor que la de China en los últimos cuarenta años, la tasa de crecimiento y las cifras absolutas fueron mucho menores. La economía mundial de finales del siglo XX y principios del XXI era mucho mayor y crecía más rápidamente que a finales del siglo XIX. En cuanto a escala y velocidad, no hay nada en la historia económica documentada que se pueda comparar con el impacto del reciente desarrollo de China." 

(Adam Tooze , blog, 28/05/26, traducción Salvador López)  

10.5.26

El 5 % de crecimiento interanual registrado por el PIB chino en el primer trimestre indica que se ha revertido la desaceleración sostenida que se observó durante la segunda mitad de 2025... pero persiste el problema fundamental de una demanda efectiva insuficiente... El aspecto más sorprendente (y alentador) es la inversión en infraestructuras, cuyo crecimiento anual muestra un aumento explosivo... el gobierno puede no solo regular el crecimiento de la inversión en infraestructuras, sino también usarlo como herramienta de política para la estabilización macroeconómica, una estrategia anticíclica que ha demostrado ser eficaz... cuando en 2009 China puso en marcha su enorme paquete de estímulo por 586 000 millones de dólares, la estrategia fue promover el consumo a través de la inversión y usarlo como motor del crecimiento económico, sin un énfasis en el consumo de los hogares... La inversión en infraestructuras tiene un efecto multiplicador mucho mayor que el estímulo al consumo... genera en primer lugar nuevos ingresos para las empresas, y luego esas ganancias se amplifican al actuar el efecto multiplicador del consumo y sumarse la inversión privada. El resultado es un impulso mucho más fuerte a la economía en su conjunto... Además, no hay que preocuparse por un exceso de capacidad como resultado de una mayor inversión en infraestructuras, porque en cuanto cedan las presiones deflacionarias, el gobierno podrá moderar el ritmo de expansión de las infraestructuras para reducir la tasa de inversión y aumentar la tasa de consumo. A largo plazo, el crecimiento de la inversión y del consumo convergerán hacia el crecimiento potencial del PIB de modo tal que las tasas de inversión y consumo se mantengan en niveles socialmente aceptables y estables... la inversión total en infraestructuras en este plan quinquenal alcanzará la gigantesca cifra de 40 billones de yuanes, con una inversión media anual superior a los 7 billones de yuanes... la situación fiscal de China, su elevada propensión al ahorro, sus vastos activos sociales y sus tenencias netas positivas de activos extranjeros garantizan la financiación de estos proyectos. Es decir que el regreso estratégico de China a la estabilización del crecimiento basada en infraestructuras se justifica plenamente (Yu Yongding)

"El 5 % de crecimiento interanual registrado por el PIB chino en el primer trimestre indica que se ha revertido la desaceleración sostenida que se observó durante la segunda mitad de 2025. En marzo, el índice de precios al productor subió un 0,5 % interanual, tras 41 meses consecutivos en territorio negativo. Sin embargo, persiste el problema fundamental de una demanda efectiva insuficiente, de modo que es probable que las autoridades mantengan políticas fiscales y monetarias proactivas, sin perder de vista los efectos de las variaciones de precio del petróleo y otras perturbaciones externas.

El aspecto más sorprendente (y alentador) de la economía china en lo que va del año es la inversión en infraestructuras, cuyo crecimiento anual muestra un aumento explosivo, desde ‑2,2 % en el primer trimestre de 2025 a 8,9 % entre enero y marzo.

Esto diferencia a China de economías avanzadas como Estados Unidos y los países europeos, donde el énfasis de la política macroeconómica está puesto en el pleno empleo y la estabilidad de precios, sin atención a componentes de la demanda específicos. En este modelo, el consumo y la inversión son resultado de las decisiones de los hogares y de las empresas, que buscan maximizar utilidades y beneficios en un entorno macroeconómico dado, configurado por los tipos de interés, las condiciones de liquidez y el nivel general de ingresos y gastos fiscales.

La estructura institucional china, en cambio, permite al gobierno no solo regular el crecimiento de la inversión en infraestructuras, sino también usarlo como herramienta de política para la estabilización macroeconómica, una estrategia anticíclica que ha demostrado ser eficaz. Desde el inicio en 1978 de la era de «reforma y apertura», la respuesta de las autoridades chinas a una demanda efectiva insuficiente ha sido aumentar la inversión en infraestructuras (y reducirla durante períodos de sobrecalentamiento).

De modo que cuando en 2009 China puso en marcha su enorme paquete de estímulo por cuatro billones de yuanes (586 000 millones de dólares), la estrategia fue promover el consumo a través de la inversión y usarlo como motor del crecimiento económico, sin un énfasis directo en el consumo de los hogares. Así pues, la inversión en infraestructuras creció un 44 %, lo que permitió a China (a diferencia de las economías del G7) superar la crisis financiera global sin una caída del PIB. Entre 2007 y 2011, la participación de China en el PIB mundial aumentó del 6,2 % al 10,3 % a tipos de cambio actuales y del 11,5 % al 14,5 % en términos de paridad de poder adquisitivo.

Pero a pesar de haber superado a economías comparables tras la crisis de 2008, la estrategia de China produjo inevitables efectos secundarios, entre ellos construcciones innecesarias, elefantes blancos (proyectos de infraestructura costosos con escasa o nula utilidad), aumento del riesgo en el sistema bancario informal, endeudamiento desmesurado de los gobiernos locales y una burbuja inmobiliaria descontrolada.

Además, en opinión de muchos economistas el paquete de estímulo de 2009 fue un fracaso, lo que llevó a una reconsideración de la conveniencia de usar la inversión en infraestructuras como herramienta de estímulo económico. Con el tiempo se fue instalando la idea de que China está empantanada en un exceso de capacidad y que la construcción de infraestructuras llegó hace mucho al punto de saturación.

Pero entre fines de 2022 y principios de 2023 hubo un punto de inflexión importante, cuando el gobierno calificó como un problema grave la «demanda agregada insuficiente».

A partir de 2024, se puso en marcha una amplia variedad de políticas de estímulo al consumo, entre ellas subsidios y exenciones impositivas para renovación y compra de vehículos, vales para consumo, bonificaciones de intereses en préstamos para consumo personal, mejoras en la seguridad social y ayudas económicas para los sectores de bajos ingresos, además de subsidios para cultura, turismo y catering. Algunas de estas medidas ya existían desde antes en una escala mucho menor; pero en 2025, según cálculos de analistas de mercado, el presupuesto de estímulo al consumo alcanzó los 600 000‑700 000 millones de yuanes.

Pero a pesar de sus resultados positivos, estas políticas no lograron frenar la desaceleración de las ventas minoristas de 2025. El consumo de los hogares depende de los ingresos actuales, de las expectativas de ingresos futuros y del patrimonio familiar, de modo que en última instancia refleja el nivel de ingreso permanente. Sin un crecimiento constante de la renta disponible, una mejora de las expectativas de ingresos y el fin de la depreciación de la riqueza de los hogares, es difícil que estímulos transitorios puedan impulsar un crecimiento del consumo firme y duradero. Aunque una expansión mucho mayor de los subsidios al consumo y de las ayudas en efectivo podría elevar el gasto de los hogares a corto plazo, sería un crecimiento insostenible con probable efecto inflacionario más adelante.

La inversión en infraestructuras, en cambio, tiene un efecto multiplicador mucho mayor que el estímulo al consumo, como han demostrado numerosos estudios empíricos en China y el extranjero. La inversión estatal en infraestructuras genera en primer lugar nuevos ingresos para las empresas, y luego esas ganancias se amplifican al actuar el efecto multiplicador del consumo y sumarse la inversión privada. El resultado es un impulso mucho más fuerte a la economía en su conjunto.

Además, no hay que preocuparse por un exceso de capacidad como resultado de una mayor inversión en infraestructuras, porque en cuanto cedan las presiones deflacionarias, el gobierno podrá moderar el ritmo de expansión de las infraestructuras para reducir la tasa de inversión y aumentar la tasa de consumo. A largo plazo, el crecimiento de la inversión y del consumo convergerán hacia el crecimiento potencial del PIB de modo tal que las tasas de inversión y consumo se mantengan en niveles socialmente aceptables y estables.

Y sobre todo, modificar los niveles de inversión es solo una de las herramientas de China. Para tener participación plena en la Cuarta Revolución Industrial (digitalización e inteligencia artificial), unirse a los países moderadamente desarrollados en términos de ingreso per cápita en 2035 y proteger la seguridad nacional en un contexto geopolítico complejo, el 15.º Plan Quinquenal incluye un programa estratégico para la construcción de un sistema de infraestructuras moderno.

Este sistema estará compuesto por seis grandes redes nacionales: transporte integral, energía, conservación hídrica, tecnologías de la información y las comunicaciones de nueva generación, potencia de cómputo nacional integrada y canalizaciones urbanas subterráneas. Los pronósticos del mercado sugieren que la inversión total en infraestructuras en este plan quinquenal alcanzará la gigantesca cifra de 40 billones de yuanes, con una inversión media anual superior a los 7 billones de yuanes.

El impulso de crecimiento derivado de semejante gasto en infraestructuras es evidente, y la situación fiscal de China, su elevada propensión al ahorro, sus vastos activos sociales y sus tenencias netas positivas de activos extranjeros garantizan la financiación de estos proyectos. Es decir que el regreso estratégico de China a la estabilización del crecimiento basada en infraestructuras se justifica plenamente. A pesar de los desafíos institucionales y operativos presentes, nada impide a China alcanzar una tasa de crecimiento anual del PIB de entre el 4,5 % y el 5 % en 2026." 

(fuente Project Syndicate 

12.3.26

China: el 15.º Plan Nacional... El Gobierno ha fijado el objetivo de que China se convierta en una economía de «nivel medio»... Eso significa duplicar su PIB per cápita en esos 15 años... está en camino de lograrlo, ya que la renta per cápita de China solo tendría que crecer a una tasa media anual del 4,17 % a partir de ahora... de los aproximadamente 20 indicadores, el énfasis se ha desplazado hacia la mejora del nivel de vida y menos hacia el desarrollo económico. El desarrollo ecológico sigue siendo importante. La industria solar china ha sido un ejemplo paradigmático del auge económico del país durante las últimas cuatro décadas... La economía china está impulsada ahora por las inversiones tecnológicas, y ya no por los productos manufacturados de bajo valor o las inversiones improductivas en el sector inmobiliario. Ahora es lo que los estrategas económicos chinos denominan las «nuevas fuerzas productivas de calidad»... El sistema de navegación por satélite BeiDou está a la altura del GPS en cuanto a cobertura y precisión. China también supera a Estados Unidos en densidad de robots industriales. China también está a punto de igualar a Estados Unidos en patentes... China todavía tiene un largo camino por recorrer. Al final del nuevo Plan Nacional, el nivel de vida de los hogares chinos medios habrá mejorado significativamente, pero los niveles de renta per cápita y productividad de China seguirán estando muy por debajo de los de las economías del G7... En mi opinión, la clave del éxito económico de China es su gran sector estatal, que puede impulsar la inversión y, por lo tanto, implementar los objetivos del plan nacional. Esto demuestra el valor de la propiedad pública y la inversión dominante dirigida por el gobierno dentro de un plan nacional. Como resultado, China ha evitado cualquier recesión o caída en los últimos 50 años, incluso durante la COVID. ¿Por qué debería China cambiar su economía impulsada por la inversión, que ha visto crecer el salario real medio en las zonas urbanas un 2406 % desde 1978, multiplicando por 25 el poder adquisitivo? ¿Pueden las economías impulsadas por el consumo de Estados Unidos y el Reino Unido igualar ese aumento del poder adquisitivo de sus hogares? (Michael Roberts)

"El Gobierno chino acaba de concluir sus «dos sesiones» anuales o lianghui. Las «dos sesiones» hacen referencia a dos importantes reuniones políticas: la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino (CPPCC), un comité consultivo político, y la Asamblea Popular Nacional (APN), el máximo órgano legislativo de China. Aparentemente, no se trata de reuniones del Partido Comunista, sino del Estado chino. La reunión consultiva es en gran medida simbólica, y en ella participan destacados líderes empresariales y locales para mantener debates previamente acordados. El verdadero centro de atención es la APN, que decide oficialmente la política económica. En realidad, se limita a aprobar lo que la élite dirigente del PC ya ha decidido de antemano. Con alrededor de dos tercios de sus miembros pertenecientes al Partido Comunista, la APN nunca ha rechazado un proyecto de ley propuesto por el partido.

Las Dos Sesiones de este año fueron diferentes, ya que, además de aprobar las políticas económicas para este año, también se acordó el 15.º Plan Nacional para impulsar la economía china hasta el final de esta década.

En primer lugar, decidió fijar un objetivo de crecimiento del PIB real de entre el 4,5 % y el 5,0 % para 2026. Era la primera vez desde 1991 que la cifra objetivo bajaba del 5 %. El primer ministro Li, al presentar los objetivos económicos, explicó que el objetivo era más bajo debido a las incertidumbres en el comercio mundial y la geopolítica. Aun así, el objetivo de crecimiento era modesto y los dirigentes se mostraban confiados en que se cumpliría.

Hay buenas razones para ello. En 2025, el crecimiento real del PIB de China fue del 5 %, una tasa que, entre las principales economías del mundo, solo superó la India (que exagera sus datos de PIB) y que duplicó con creces la tasa de crecimiento de Estados Unidos y triplicó la del resto de las principales economías capitalistas del G7.

Desde 2020, el Gobierno ha fijado el objetivo de que China se convierta en una economía de «nivel medio» (según la definición del Banco Mundial, 20 000 dólares por persona a precios de 2020) para 2035. Eso significaba, en la práctica, duplicar su PIB per cápita en esos 15 años. Es evidente que está en camino de lograrlo, ya que la renta per cápita de China solo tendría que crecer a una tasa media anual de alrededor del 4,17 % a partir de ahora. Suponiendo que China tenga una tasa media de crecimiento anual del PIB real per cápita de alrededor del 4,5 % a partir de ahora, superará la definición del Banco Mundial en 2034.
El PIB per cápita de China seguiría siendo solo el 27 % del de Estados Unidos (suponiendo que el PIB per cápita de Estados Unidos crezca a una tasa media del 1,5 % a partir de ahora). Por el contrario, el PIB per cápita de la India sería solo el 5 % del de Estados Unidos en 2035. Para más información sobre la convergencia, véase mi artículo aquí. En lo que respecta al crecimiento del PIB, el tamaño de una economía es muy importante. En 2025, el PIB de China aumentó un 5 % o 970 000 millones de dólares. Para igualar esa cifra este año, China solo necesita alcanzar un crecimiento del PIB del 4,75 %. Por el contrario, oficialmente la India creció un 7,6 % en 2025, es decir, solo 326 000 millones de dólares. Así pues, el PIB de la India aumentó tres veces menos que el de China. Para que la India creciera tanto como China en miles de millones de dólares, tendría que crecer aproximadamente un 25 % en un solo año. La masa cuenta.

Muchos economistas occidentales convencionales, así como algunos de la izquierda heterodoxa, siguen rechazando el PIB y las tasas de crecimiento de China. Argumentan dos cosas. En primer lugar, que los datos estadísticos de China son falsos o incorrectos; y, en segundo lugar, que la economía china se va a ralentizar hasta estancarse debido a la abrumadora deuda, el colapso del mercado inmobiliario y el descenso del crecimiento de la productividad, de forma similar a lo que le ha ocurrido a Japón desde la década de 1980. He abordado ambos argumentos en muchas entradas anteriores aquí y aquí. Pero ahora puedo añadir que recientemente las prestigiosas Penn World Tables han confirmado que consideran que los datos de crecimiento de China son en general precisos y ya no intentan «ajustarlos» a la baja.

En cuanto a la deuda y el mercado inmobiliario, sí, la deuda corporativa es elevada y el mercado inmobiliario sigue cayendo. Pero casi toda esta deuda se financia íntegramente con ahorros nacionales, a diferencia de muchos ejemplos de rápida expansión crediticia en otros lugares.

 Por lo tanto, esta deuda es perfectamente gestionable. En cuanto al colapso inmobiliario posterior a la COVID, este último está reduciendo gradualmente su lastre sobre la economía.

El crecimiento de la productividad es clave en una economía en la que la población en edad de trabajar está disminuyendo. Ha caído desde las alturas vertiginosas anteriores, pero sigue siendo significativamente más alto que en las economías capitalistas avanzadas.

Los economistas occidentales exigen continuamente a China que: 1) deje de considerar las exportaciones manufactureras como el principal motor del crecimiento; 2) deje de subvencionar «de forma desleal» aquellas exportaciones que superan a la competencia; y 3) en su lugar, aumente el consumo personal interno y reduzca el ahorro y la inversión. El ejemplo más reciente de estas exigencias políticas proviene del FMI: «China no puede contar con unas exportaciones cada vez mayores para impulsar un crecimiento duradero en los próximos años. Eso hace que el giro hacia un crecimiento impulsado por el consumo sea la prioridad política general».

 He abordado estas exigencias en varias entradas anteriores. Pero reiterémoslo brevemente. El consumo de los hogares chinos no se está estancando, sino que está creciendo un 4,4 %, más o menos en línea con el crecimiento del PIB. Las exportaciones no están impulsando el crecimiento. El comercio neto representó alrededor del 20 % del crecimiento en 2025, el resto fue impulsado por el consumo interno y la inversión. El rápido crecimiento de la productividad ha evitado la inflación y no se debe a una «falta de demanda interna». ¿Por qué debería China cambiar su economía impulsada por la inversión, que ha visto crecer el salario real medio en las zonas urbanas un 2406 % desde 1978, multiplicando por 25 el poder adquisitivo? ¿Pueden las economías impulsadas por el consumo de Estados Unidos y el Reino Unido igualar ese aumento del poder adquisitivo de sus hogares?

En cuanto a las subvenciones «injustas» aplicadas a la industria china, un informe reciente concluyó que «si bien China es efectivamente un usuario activo de subvenciones industriales, el apoyo fiscal directo se ha estabilizado desde 2008. El enfoque estratégico ha pasado de atraer la inversión extranjera a promover la innovación y las capacidades tecnológicas nacionales. Las subvenciones a la industria manufacturera, contrariamente a la percepción común, son relativamente modestas y descentralizadas».

Tomemos como ejemplo los vehículos de motor. Tanto la china BYD como la estadounidense Tesla fabrican vehículos eléctricos en China. Sin embargo, BYD tiene unos costes significativamente más bajos. La integración vertical es muy alta para BYD y la investigación y el desarrollo son mucho más baratos. Las subvenciones estatales solo representan una pequeña parte de la reducción de costes.

En sus objetivos, el 15.º Plan Nacional sigue de cerca al 14.º, que acaba de finalizar. Y es un plan real, más que una simple guía o aspiración. Muchos de los objetivos se consideran obligatorios o vinculantes, por lo que deben aplicarse.

En el último plan, de los aproximadamente 20 indicadores, el énfasis se ha desplazado hacia la mejora del nivel de vida y menos hacia el desarrollo económico.

El desarrollo ecológico sigue siendo importante. Las emisiones de dióxido de carbono (CO2) de China se redujeron un 1 % en el último trimestre de 2025, lo que probablemente garantice una disminución del 0,3 % para el conjunto del año. Esto prolonga la tendencia «plana o descendente» de las emisiones de CO2 de China que comenzó en marzo de 2024 y que ya dura casi dos años.

Las cifras de CO2 implican que la intensidad de carbono de China —sus emisiones de combustibles fósiles por unidad de PIB— se redujo un 4,7 % en 2025 y un 12 % durante el periodo 2020-2025. Sin embargo, esto sigue estando por debajo del objetivo de reducción del 18 % fijado en el último plan quinquenal. China necesita ahora reducir su intensidad de carbono en torno a un 23 % durante los próximos cinco años, pero el 15.º plan solo tiene como objetivo reducir la intensidad de carbono de China en un 17 % para finales de esta década. Por lo tanto, China no va a cumplir su ambicioso objetivo de reducir la intensidad de carbono en un 65 % para 2030.

La industria solar china ha sido un ejemplo paradigmático del auge económico del país durante las últimas cuatro décadas. La producción solar china creció un 76 % anual entre 2004 y 2013. Al mismo tiempo, el coste de la energía solar se ha reducido en más de un 90 %, lo que la hace competitiva con los combustibles fósiles. Las subvenciones para producir, instalar y llevar a cabo I+D en materia de energía solar fueron una de las principales causas del crecimiento explosivo de la industria china. El año pasado fue el primero en el que la capacidad de almacenamiento de energía, principalmente baterías, creció más rápido que la demanda máxima de electricidad de China en 2025 y más rápido que el crecimiento medio de la última década.

La economía china está impulsada ahora por las inversiones tecnológicas, y ya no por los productos manufacturados de bajo valor o las inversiones improductivas en el sector inmobiliario. Ahora es lo que los estrategas económicos chinos denominan las «nuevas fuerzas productivas de calidad». Hay más vehículos eléctricos en las carreteras de China que en las de Estados Unidos, y el despliegue de las redes de telecomunicaciones 5G por parte de Pekín ha sido mucho más rápido. El avión de pasajeros de fabricación china, el C919, está a punto de entrar en producción en serie y parece listo para entrar en un mercado actualmente dominado por Boeing y Airbus. El sistema de navegación por satélite BeiDou está a la altura del GPS en cuanto a cobertura y precisión.

China también supera a Estados Unidos en densidad de robots industriales, con 470 robots instalados por cada 10 000 empleados en 2023, frente a los 295 de Estados Unidos. China también está a punto de igualar a Estados Unidos en patentes, con una cuota mundial que pasará del 4 % en 2000 al 26 % en 2023, mientras que la cuota de Estados Unidos se reducirá en más de 8 puntos porcentuales. Y la producción de semiconductores de China representa ahora una cuarta parte de la producción mundial, frente al 16 % de Estados Unidos y el 7 % de Europa.

China todavía tiene un largo camino por recorrer. Al final del nuevo Plan Nacional, el nivel de vida de los hogares chinos medios habrá mejorado significativamente, pero los niveles de renta per cápita y productividad de China seguirán estando muy por debajo de los de las economías del G7. Además, lo que será un problema será encontrar empleo para los jóvenes con cualificaciones, ya que la automatización sustituye a la mano de obra en una economía industrial cada vez más tecnificada. El desempleo juvenil ya es elevado.

Y China tiene un alto nivel de desigualdad de ingresos según los estándares internacionales, aunque sigue siendo inferior al de muchas otras economías «emergentes» como Brasil, México o Sudáfrica, y el índice de desigualdad de Gini alcanzó su máximo justo antes de la Gran Recesión y ha ido disminuyendo desde entonces. La principal razón del elevado índice de desigualdad es la disparidad de ingresos entre los trabajadores urbanos y rurales y entre los salarios de las ciudades costeras y las del interior, así como las cualificaciones educativas.

En lo que respecta a la desigualdad de la riqueza personal, China no es tan desigual como muchos de sus homólogos económicos. El índice de desigualdad de Gini es mucho más alto en Brasil, Rusia y la India, y más alto en Estados Unidos y Alemania. Según las últimas estimaciones, el 1 % de los más ricos de China posee el 31 % de toda la riqueza personal, frente al 58 % en Rusia, el 50 % en Brasil, el 41 % en la India y el 35 % en Estados Unidos. Esta es una buena medida del poder económico de la élite y los oligarcas de estos países.
Se habla mucho del número de millonarios y multimillonarios que hay en China. Pero, dada la magnitud de la población, los millonarios en China siguen siendo relativamente escasos: aproximadamente uno por cada 200 adultos, es decir, el 0,5 %. Los millonarios representan el 3 % de los adultos en Italia y España; en Francia, Austria o Alemania, alrededor del 4 %; en la socialdemócrata Escandinavia, alrededor del 6 %; en Estados Unidos y Australia, más del 8 %; y en Suiza, el porcentaje más alto de todos (15 %). China ha experimentado un rápido crecimiento en este nivel superior de riqueza. Pero, aunque tiene más de cuatro veces más habitantes que Estados Unidos, el número de estadounidenses con un elevado patrimonio neto es 4,8 veces mayor que el de China. Y la desigualdad de riqueza en China se centra en los bienes inmuebles, no en los activos financieros (hasta ahora), a diferencia de las principales economías capitalistas del G7. Y eso se debe a que las finanzas no se han abierto completamente al sector capitalista.

En mi opinión, la clave del éxito económico de China es su gran sector estatal, que puede impulsar la inversión y, por lo tanto, implementar los objetivos del plan nacional. Esto demuestra el valor de la propiedad pública y la inversión dominante dirigida por el gobierno dentro de un plan nacional. Como resultado, China ha evitado cualquier recesión o caída en los últimos 50 años, incluso durante la COVID, a pesar de que ha habido muchos errores y zigzags en la política económica por parte del liderazgo comunista autocrático. China no es un país socialista, pero tampoco es capitalista. Explico ese enigma aquí."

(michael roberts ,blog, 08/03/26, traducción DEEPL, gráficos en el original)

14.2.26

¿Qué es el plan quinquenal de China? Tiene tres objetivos clave: acelerar la demanda y el consumo internos; evitar la inflación descontrolada de los activos y el consumo impulsado por la deuda; y garantizar que las finanzas no se alejen de la utilidad social... a partir de ahora, el capital en China debe rediseñarse para circular en lugar de acumularse; la financiación al consumo debe expandirse, pero sin convertir a los hogares en balances apalancados; y las instituciones deben centrarse en el flujo en lugar de en el acaparamiento. Ese es el plan de un sistema orientado al crecimiento de alta calidad y a una inflación controlable... se centra en impulsar su nueva máquina industrial, basada en una inteligencia artificial eficiente y en empresas muy competitivas, y así migrar en un tiempo récord a todas las esferas clave de la alta tecnología: activos reales que acabarán prevaleciendo sobre el dólar estadounidense convertido en arma (Pepe Escobar)

 "(...) El 15.º Plan Quinquenal (2026-2030) es extremadamente ambicioso. Tiene tres objetivos clave: acelerar la demanda y el consumo internos; evitar la inflación descontrolada de los activos y el consumo impulsado por la deuda; y garantizar que las finanzas no se alejen de la utilidad social.

Los puntos principales se acordaron en una Conferencia Central de Trabajo Económico celebrada en diciembre. Se trata de aplicar el dinero al capitalismo productivo, un concepto que elude el Imperio del Caos. El mes pasado, en una conferencia de trabajo del Banco Popular de China, se acordó que el camino a seguir es una política monetaria más flexible hacia un «desarrollo económico de alta calidad».

Esto significa que, a partir de ahora, el capital en China debe rediseñarse para circular en lugar de acumularse; la financiación al consumo debe expandirse, pero sin convertir a los hogares en balances apalancados; y las instituciones deben centrarse en el flujo en lugar de en el acaparamiento.

Ese es el plan de un sistema orientado al crecimiento de alta calidad y a una inflación controlable.

Ahora comparemos todo lo anterior con la característica disonancia cognitiva estadounidense. Pasemos al Wall Street Journal, reducido al papel de un insignificante periodicucho de la familia Murdoch, que inflige a sus lectores una autopsia de la economía china titulada «Un círculo vicioso de deflación».

Por mucho que el «círculo vicioso» sea una ficción infantil, el WSJ aún no ha entendido que Pekín dio luz verde a sus grandes empresas tecnológicas —Alibaba, Tencent, ByteDance— para importar semiconductores estadounidenses siempre que compren cantidades similares de chips nacionales, en su mayoría de la serie Ascend de Huawei.

Esto no tiene nada que ver con un «círculo vicioso»; se trata de Pekín orientando a sus empresas —que, según critica el WSJ, están «en crisis»— sobre cómo financiar su independencia tecnológica.

Y eso conecta directamente con el uso pragmático de la IA en China: mejorar la red eléctrica; gestionar puertos y terminales automatizados, como vi la semana pasada en Chongqing; coordinar la logística a gran escala; y, sí, equipar sus buques de investigación científica de última generación.

Y eso nos lleva una vez más —en un bucle no tan fatal— a Irán. El neocalígulo sigue apostando por lo que podría definirse como la estrategia del deudor armado.

Lo que tenemos esencialmente en Irán es una economía casi estrangulada por las sanciones de «máxima presión», que por cierto nunca violó ningún compromiso nuclear, y una víctima reciente de un grosero intento de cambio de régimen, que sigue siendo considerado un objetivo clave.

Porque desestabilizar Teherán significa desestabilizar seriamente la política energética y comercial de China, y hacer estallar el BRICS desde dentro.

Las mejores mentes de Pekín y Shanghái ven claramente lo que está en juego. China es, en efecto, uno de los principales acreedores amenazados por el deudor armado, ahora propenso, en su desesperación, a secuestrar cualquier activo real al que pueda echar el guante, desde la energía hasta los metales de tierras raras.

Sin embargo, Pekín no se siente intimidado, ni mucho menos. Uno de los pilares fundamentales del nuevo Plan Quinquenal es que China se centra en impulsar su nueva máquina industrial, basada en una inteligencia artificial eficiente y en empresas muy competitivas, y así migrar en un tiempo récord a todas las esferas clave de la alta tecnología: activos reales que acabarán prevaleciendo sobre el dólar estadounidense convertido en arma."

(Pepe Escobar , Strategic Culture, 12/02/26, traducción DEEPL) 

 "A medida que se acerca la cuarta sesión plenaria del Comité Central del Partido Comunista del próximo mes, la atención mundial se centra en el próximo plan quinquenal de China, que se discutirá en la reunión y ofrecerá información sobre cómo Beijing planea navegar por las incertidumbres en medio de las crecientes tensiones con Estados Unidos.

China ha utilizado planes quinquenales – una estrategia y un marco temporal similares a los de la antigua Unión Soviética – en las más de siete décadas transcurridas desde el establecimiento de la República Popular. En ese tiempo, se ha levantado de la pobreza extrema, ha surgido como una potencia tecnológica y se ha convertido en la segunda economía más grande del mundo.

¿Qué es el plan quinquenal de China?

El plan quinquenal es la hoja de ruta de más alto nivel de China que guía el desarrollo social y económico durante un período de cinco años.

Establece tanto objetivos de desarrollo cuantitativos en diferentes sectores como prioridades estratégicas, como áreas o industrias importantes para desarrollar.

China adoptó el modelo de la Unión Soviética, cuyos dos primeros planes desataron una ola de industrialización que los líderes chinos buscaron emular al reconstruir la nación después de décadas de guerra.

Beijing ha publicado este plan cada cinco años desde 1953, con la excepción de un paréntesis de 1963 a 1965 tras el fracaso del Gran Salto Adelante.

El siguiente, que abarcará los años de 2026 a 2030, será el 15º.

¿Cuáles son los puntos de referencia?

El plan suele esbozar objetivos para indicadores económicos clave, como el crecimiento del producto interior bruto, los niveles de ingresos y la tasa de urbanización, junto con direcciones de desarrollo estratégico que se ajustan en respuesta a las condiciones socioeconómicas.

Cuando China tenía una economía planificada en la que el Estado asignaba todos los recursos, los planes quinquenales establecían objetivos cuantitativos muy detallados para casi todos los sectores, como la producción de carbón, la generación de electricidad y el número de coches que debían fabricarse.

Pero desde principios de la década de 2000, en lugar de establecer objetivos de producción detallados en todos los sectores, Pekín ha ido cambiando gradualmente el enfoque de sus planes quinquenales hacia la definición de objetivos de desarrollo más amplios.

En el 14º plan quinquenal, que finaliza este año, Pekín fijó objetivos que abarcan el crecimiento económico, el bienestar social, la protección ambiental y la seguridad nacional, con un claro énfasis en fortalecer las capacidades de innovación y lograr la autosuficiencia en medio de la feroz rivalidad tecnológica con Estados Unidos.

También fijó un objetivo a largo plazo de "lograr básicamente la modernización socialista" para 2035, incluyendo ganancias significativas en el PIB, la innovación tecnológica, los ingresos per cápita, el tamaño del grupo de ingresos medios y la mejora de las condiciones de vida rurales.

¿Es el plan quinquenal único de China?

China no es el único país que implementa planes provisionales para el desarrollo macroeconómico. Numerosas naciones, incluida la antigua Unión Soviética – que lanzó su primer plan quinquenal en 1928 – han empleado estrategias similares.

La Unión Soviética finalmente publicó 13 planes, manteniendo el marco hasta su disolución en 1991.

Varios otros países comunistas, incluidos Cuba y Vietnam, también han adoptado la práctica. En Corea del Norte, han variado en duración, durando cinco, siete o diez años.

Algunos países no comunistas –como Corea del Sur, India y Francia– también han implementado planes similares por periodos.

¿Por qué China ha mantenido el plan quinquenal después de la era de la economía planificada?

Aunque China ha pasado de una economía de mando altamente centralizada a un modelo que integra tanto las fuerzas gubernamentales como las del mercado, el gobierno central sigue considerando el plan quinquenal como crucial, enfatizando su papel en asegurar la coherencia de las políticas.

"Utilizar la planificación a medio y largo plazo para guiar el desarrollo económico y social es un enfoque clave para nuestro partido en el gobierno del país", dijo el presidente Xi Jinping en un simposio sobre la redacción del 15º plan quinquenal en abril, calificándolo como una "ventaja política única" para China, el único país que ha publicado tales planes durante más de 70 años.
En la economía de mercado socialista de China, el plan quinquenal permite al gobierno guiar el desarrollo del país, según Yang Weimin, exjefe adjunto de la Oficina del Grupo Central de Dirección para Asuntos Financieros y Económicos.

"Si bien el gobierno no puede controlar directamente la asignación de recursos, puede fortalecer la infraestructura, promover el desarrollo industrial, construir aeropuertos y carreteras rurales a través de la planificación", dijo a un periódico afiliado a la Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma en marzo.

¿Qué sabemos hasta ahora sobre el 15º plan quinquenal?

Programado para ser presentado oficialmente el próximo marzo, Pekín ha entrado en el ciclo de planificación del 15º plan quinquenal, con altos funcionarios convocando simposios para recabar opiniones y economistas ofreciendo sugerencias.

A medida que el objetivo de modernización socialista de 2035 se acerca cada vez más, el gobierno central ha enfatizado que se espera que los próximos cinco años lo acerquen a su realización.
En el simposio de abril, Xi dijo que el próximo plan quinquenal debería estabilizar el empleo, el entorno empresarial y las expectativas del mercado. También enfatizó la priorización del desarrollo de nuevas fuerzas productivas y el fortalecimiento de las capacidades de innovación original." 

(Alice Li , MyNews, 22/09/25, traducción Quillbot, enlaces en el original)  

19.11.25

Adam Tooze: Cómo será el nuevo orden económico mundial... quizá sea demasiado tarde para que Estados Unidos cree un nuevo orden mundial. Me parece una idea bastante plausible, aunque aterradora. Lo que me preocupa es que también pueda ser demasiado tarde para Europa y, en ese caso, ¿hacia dónde nos dirigimos? La respuesta es claramente China... Aunque China no se dedique a crear un nuevo orden mundial al estilo estadounidense, es innegable que se dedica a ordenar el mundo... Es muy probable que este futuro que se está configurando esté formado por actores, en particular China, pero también India, Brasil, Indonesia, Etiopía y Nigeria, para quienes la cuestión del desarrollo nacional a gran escala domina realmente la agenda... a menos que comprendamos que el desarrollo es el centro de atención, no podemos entender realmente en qué consiste este programa de construcción del mundo, de energía renovable... se trata en realidad de la realización de un programa de desarrollo nacional a escala mundial... nos enfrentamos a un nuevo mundo de geopolítica en un planeta finito con 8000 millones de habitantes y docenas de Estados-nación capaces. No es de extrañar que Pekín haga tanto hincapié en los retos sin precedentes a los que se enfrenta

 "Tengo pensado escribir el próximo libro de gráficos sobre la iniciativa china «Un cinturón, una ruta» (BRI) 2.0. Pero, al empezar a esbozarla, me encontré volviendo a una diferencia conceptual entre pensar en términos de « económico» y pensar en términos de « económico». Y esto me llevó de vuelta a una ponencia que di en el Foro para una Nueva Economía de Berlín, a principios de este verano.

experimentando un nuevo auge

La charla es breve. Tras la introducción del estimado Thomas Fricke, mi intervención comienza alrededor del minuto 5.

ha elaborado la transcripción depurada que se incluye a continuación, en la que se pierden algunas bromas y comentarios pintorescos, pero que se lee con fluidez y rapidez. La he ilustrado con diapositivas de PowerPoint y he modificado el texto aquí y allá para mayor claridad:

 Intereconomics

Cómo será un nuevo orden mundial y quién será responsable de darle forma son preguntas sin respuestas sencillas. Sin embargo, es posible sugerir algunas direcciones en las que podrían encontrarse las respuestas.

Resumen: ¿Cómo podría ser un nuevo orden mundial y quién lo configurará? Si observamos el precedente histórico del sistema de Bretton Woods, vemos cómo las nociones de orden, seguridad y equidad estaban entrelazadas con el poder, la jerarquía y la agencia. Los retos globales contemporáneos, desde las tensiones geopolíticas hasta el auge de China, exigen un cambio de perspectiva. En lugar de buscar estructuras fijas, debemos centrar nuestra atención en los procesos continuos de ordenación mundial, colaboración práctica y compromiso estratégico en un mundo cada vez más interconectado y disputado.

 Cualquier intento de conjurar algo parecido a un nuevo orden mundial invita a reflexionar sobre uno anterior, y el establecido al final de la Segunda Guerra Mundial ofrece un precedente. Se trata del orden que se ha denominado sistema de Bretton Woods, que en 1944 configuró el mapa de la economía mundial y el sistema monetario internacional gracias a los esfuerzos de figuras clave y carismáticas, en particular Harry Dexter White por parte de Estados Unidos y John Maynard Keynes por parte del Reino Unido.

Bretton Woods: precedente histórico y mito contemporáneo

Incluso hay cierta obsesión al respecto. En 2024, con motivo del 80.º aniversario de la conferencia de Bretton Woods, se produjo una oleada de reuniones sobre un nuevo Bretton Woods.

Al mismo tiempo, se vislumbraba la perspectiva de una presidencia republicana disruptiva. Pero incluso bajo la Administración Biden, ya estaba claro que, a pesar del grupo de demócratas más cooperativo, atlantista y con mentalidad global, existían profundas tensiones en la economía mundial. Había presión por parte del sur global para pensar en un nuevo sistema que funcionara mejor. Además, el auge de China y la agresividad de Rusia estaban ejerciendo una enorme presión sobre lo que Occidente había dado por sentado. Y ahora las cosas han resultado ser mucho más dramáticas de lo que se preveía el año pasado.

Incluso los más pesimistas sobre la presidencia de Trump difícilmente podrían haber predicho el ataque simultáneo al sistema comercial de la manera más caprichosa y arbitraria, y un ataque bastante sistemático a la inversión extranjera y al valor del dólar. A la luz de esto, podría parecer casi perverso preguntarse por qué podríamos estar buscando un nuevo orden mundial.

Pero, ¿qué entendemos por «nuevo orden mundial»? ¿Y por qué este concepto se asocia tan a menudo con el momento de Bretton Woods? Pensar así es en sí mismo histórico, y se agrupa repetidamente en torno al término «Bretton Woods». En cierto modo, esta agrupación refleja un conjunto de cosas que uno valora: el orden frente al desorden, la inteligibilidad frente al caos. Hay casi un atractivo estético en ello. El sistema de Bretton Woods daba la impresión de que la economía estaba bajo control, cumpliendo el sueño de hacer transparente de alguna manera algo opaco. Hay una promesa de seguridad y, quizás, para la población en general, de protección, un tema que hoy en día surge a menudo en los debates sobre el populismo.

Hay una promesa, si no de justicia real, al menos de un orden basado en normas. Existe la afirmación funcional de que un sistema más predecible impulsa la inversión, establece la seguridad y reduce la incertidumbre, lo que se ve respaldado por trabajos econométricos. También es un argumento que se remonta a Max Weber en la tradición de la teoría social alemana. Pero hay algo más que resulta atractivo del momento de Bretton Woods: la sensación de que fue un momento de agencia, en el que actores inteligentes se unieron para diseñar un sistema frente al caos histórico. También es la sensación de un momento de sabiduría: que no se trataba solo de agencia, sino de una agencia que fundaba el orden, una forma de agencia autocontrolada. No fue una afirmación musculosa de intereses impuesta al mundo, sino una agencia dispuesta a controlarse a sí misma. Esta percepción es lo que hace que el momento de Bretton Woods sea tan inspirador.

 En el apogeo de su poder al final de la Segunda Guerra Mundial, el Reino Unido y los Estados Unidos decidieron construir un sistema en lugar de simplemente imponer su voluntad. Estas son virtudes notables, pero la forma en que se agrupan en torno a Bretton Woods, y la forma en que Bretton Woods sigue sirviendo como una especie de tótem o manta de consuelo para pensar en la economía internacional 80 años después, me recuerda lo que he descrito como «ficción financiera». También se podría llamar un cuento de hadas.

Desmontando el mito de Bretton Woods

Los cuentos de hadas tienen muchas funciones, pero no se buscan para obtener consejos prácticos, a menos que el problema sea un lobo disfrazado de anciana. De manera similar, el modelo de Bretton Woods requiere un examen no como un plan, sino como una referencia para comprender el orden económico internacional. Este análisis se puede estructurar a través de múltiples perspectivas: psicológica, histórica, político-económica y… nietzscheana.

Desde una perspectiva psicológica, el atractivo de Bretton Woods sugiere que sirve como un ancla colectiva. ¿Por qué el discurso vuelve repetidamente a este momento fundacional y qué es lo que encubre? Un indicio es la : a menudo se la denomina acuerdo de posguerra, cuando en realidad el acuerdo se firmó cuando la violencia de la guerra se encaminaba hacia su crescendo final en el verano de 1944, entre el desembarco del Día D y el avance soviético contra el Grupo de Ejércitos Centro en la Operación Bagration.

Este (mal)encuadre habitual contribuye a la noción de un poder estadounidense benevolente. Bretton Woods ofrece así una narrativa simplificada que presenta a Estados Unidos como una potencia hegemónica benigna, al tiempo que oculta el origen de la autoridad estadounidense.

fecha errónea de la conferencia

Desde una perspectiva histórica, la aplicación de Bretton Woods estuvo plagada de desastres.

 A la conferencia de 1944 le siguió la crisis monetaria del Reino Unido de 1947, que pospuso la aplicación del sistema, y el Plan Marshall, que en realidad era un plan B para evitar tener que aplicar Bretton Woods. A esto le siguió la devaluación de la libra esterlina y de todas las demás monedas europeas para hacerlas más competitivas, lo que supuso un enorme shock para sus sistemas, y el establecimiento de la Unión Europea de Pagos entre 1950 y 1958. Bretton Woods, tal y como se concibió originalmente, no se introdujo hasta 1958, y requirió una intervención militar y la instauración de la Quinta República en Francia. Fue el plan de Jacques Rueff para garantizar la convertibilidad del franco, coordinado con Charles de Gaulle, lo que permitió a Francia adherirse a Bretton Woods. A principios de la década de 1960, las tensiones en el sistema hicieron necesaria la invención de las líneas de swap como parche que le permitió sobrevivir. En 1967, Bretton Woods tuvo su primer gran problema cíclico, y en 1971, el presidente estadounidense Richard Nixon suspendió la convertibilidad del dólar en oro. Bretton Woods difícilmente puede describirse como un motor del crecimiento de la posguerra que funcionara sin problemas.

Si realmente nos embarcáramos ahora en un «nuevo Bretton Woods», siguiendo el guion histórico, esta sería la cronología: (...)

 Desde la perspectiva de la economía política, esta fragilidad no es nada sorprendente. Las organizaciones a gran escala de este tipo se ven afectadas por dos problemas fundamentales. En primer lugar, el pecado original de estos sistemas es que los actores poderosos se comprometen a cumplir unas normas comunes que socavan su propia soberanía. Como era de esperar, Estados Unidos, el actor dominante en 1944, solo estaba ligeramente vinculado al sistema. Estados Unidos conservó una autonomía extraordinaria. El dólar estaba vinculado al oro y las monedas de todos los demás países estaban vinculadas al dólar. Los estadounidenses disfrutaban de privilegios exorbitantes. El sistema fue puesto en marcha por los estadounidenses y terminó cuando los estadounidenses dijeron que terminaba. Esa es la política fundamental del orden de Bretton Woods.

¿Por qué los Estados más débiles aceptarían formar parte de un sistema tan desigual? Porque son débiles, impotentes y resentidos. Desde una perspectiva filosófica, en términos nietzscheanos, es la posición de subordinación, la posición de los cristianos nietzscheanos, que decidieron que querían el cristianismo porque les protegería. Los Estados subordinados, como los impotentes ante la ira del poder real, se adhieren a las órdenes con la esperanza de que las órdenes y las reglas les proporcionen cierta protección. Pero la verdadera dificultad con los subordinados resentidos en tales sistemas es que su resentimiento es real. Ahí radica el segundo problema fundamental: los actores subordinados resentidos dentro de un orden que aceptan debido a su impotencia siempre se verán tentados a «jugar» con las reglas. Cuanto más claras sean las reglas, más fijo será el sistema y mayor será la tentación de participar en el free riding.

Alemania es un ejemplo de ello. Si en los últimos 80 años ha habido un actor menor persistente y exitoso en el free riding dentro de un sistema global hegemónico de Estados Unidos, ese es Alemania. Alemania Occidental, en particular, acumuló enormes superávits bajo el sistema de Bretton Woods en la década de 1960, lo que supuso una carga para el sistema y contribuyó a su desintegración, y ha sido acusada de aprovecharse de la OTAN desde la década de 1990. Los alemanes pueden argumentar que una política de defensa sensata era posible porque estaban rodeados de amigos. Pero desde el punto de vista estadounidense, esto parece aprovecharse. Y esa es la acusación que ha estado haciendo la Administración estadounidense.

El comportamiento de Alemania cuando es poderosa refuerza esta percepción. En la década de 1970, cuando otros presionaron al país para que convirtiera el marco alemán en moneda de reserva, Bonn y Fráncfort hicieron todo lo posible para evitarlo. Una estrategia para evitarlo fue la creación de la Unión Monetaria Europea, que dispersó la responsabilidad entre toda la zona del euro. Decir que el comportamiento de Alemania durante la crisis de la zona del euro fue poco útil sería un eufemismo.

Durante los últimos 80 años, Alemania ha aparecido a menudo como un actor poco cooperativo, muy moralista, bastante exitoso y muy malo en macroeconomía. Una de las ironías de plantear la cuestión del orden mundial en Berlín en 2025 es que, si hubiera alguien dedicado a elaborar un plan de este tipo, ¡quizá no empezaría por incluir a los alemanes!

Y entonces te diriges a tu amigo periodista, que está preocupado por la realidad contemporánea y se enfrenta a la cuestión del orden económico, y su respuesta será seca y tal vez incluso despectiva: ¿Ahora? ¿Has «leído el ambiente»?

¿Parece que hoy es un momento en el que la gente quiere construir un orden económico mundial? ¿Lees los mismos titulares que yo? Este es un momento de violencia discrecional. Es un momento de elecciones discrecionales para la disrupción.

La invasión de Ucrania por parte de Putin, la guerra comercial de Trump y el Brexit están impulsados por sus fuentes de resentimiento, pero estos resentimientos no determinan las decisiones tomadas. Tampoco los dilemas estratégicos de Israel dictan su alboroto en Oriente Medio. Nos encontramos en un momento en el que los actores poderosos han derrocado las reglas y están eligiendo, de forma violenta, rehacer el mundo.

Así pues, esta pregunta aparentemente inocente sobre quién elaborará un nuevo orden mundial apunta en realidad a un vacío vertiginoso y sangriento. No es momento para cuentos relajantes antes de dormir, sino para reunir nuestro ingenio para sobrevivir. Si queremos pensar en términos de cuentos de hadas, es como si fuéramos Caperucita Roja. Nos ha devorado el lobo feroz. Estamos atrapados en su estómago, sin saber si el cazador vendrá a liberarnos. Y en ese momento de pánico claustrofóbico, ¿qué hacemos? Soñamos con nuevos órdenes. Pero eso es lo que son estos pensamientos, ¡fantasías tranquilizadoras!

¿Significa eso que tenemos que abandonar las virtudes del orden: la agencia moderada, la transparencia, la equidad, la funcionalidad? No, pero tenemos que cambiar la forma en que pensamos sobre cómo funciona el mundo.

 En lugar de buscar nuevos momentos fundacionales, ya sea Bretton Woods, el momento hamiltoniano u otros momentos cruciales que se inscriben como puntos y aparte en la historia, debemos centrarnos en secuencias continuas, redes de acción, momentos recurrentes de elección. Tenemos que centrarnos en las coyunturas más que en los momentos fundacionales. Más que en las constituciones y los órdenes. Quizá tengamos que considerar los acuerdos. Aunque el término se haya contaminado bajo la presidencia de Trump, un buen acuerdo en el que ambas partes puedan ver sus intereses podría no ser el peor resultado.

En lugar de centrarnos en los órdenes mundiales, debemos centrarnos en el ordenamiento mundial. En lugar de partir de la premisa de que hay un mundo que es igual para todos, debemos pensar en él desde diferentes puntos de vista. Y en lugar de confiar en las normas y las constituciones para crear certeza y la posibilidad de una planificación a largo plazo mediante la restricción de nuestra discreción, ¿por qué no pensar en planes comunes, programas, compromisos políticos, escala de acción y claridad de visión? Deberíamos dedicarnos más a producir resultados tangibles y preocuparnos menos por las normas.

En el contexto europeo, todo esto nos resulta familiar. Al fin y al cabo, llevamos tiempo hablando de soberanía. La soberanía significa la capacidad de establecer tus propias normas. Existe en una relación dialéctica con el orden. El soberano es quien declara la excepción, pero la soberanía también requiere el reconocimiento de otros soberanos.

En ese contexto, también hemos hablado de la elección estratégica, las alianzas y los acuerdos como cosas en las que Europa debe involucrarse. La dolorosa verdad es que esta es, obviamente, la respuesta correcta y el camino a seguir, y sin embargo parece que se repite continuamente sin resolución. Aunque el presidente Macron anticipó en 2017 los retos a los que nos enfrentamos ahora con sorprendente relevancia, estos cayeron en el vacío por parte de Alemania.

Debemos afrontar la cruda realidad: ya hemos pasado por esto antes; de hecho, llevamos así bastante tiempo. Si en 2025 seguimos planteándonos las mismas preguntas, ya sabemos cuáles son las respuestas. Vemos lo que hay que hacer, pero o bien no actuaremos en absoluto o bien lo haremos demasiado tarde. Este tren ya ha salido de la estación.

El futuro del orden mundial

A algunos les preocupa que quizá sea demasiado tarde para que Estados Unidos cree un nuevo orden mundial. Me parece una idea bastante plausible, aunque aterradora. Lo que me preocupa es que también pueda ser demasiado tarde para Europa y, en ese caso, ¿hacia dónde nos dirigimos?

La respuesta es claramente China. Pero decir esto en voz alta suscita inmediatamente objeciones. Afirmar que China va a crear el nuevo orden mundial es arriesgarse a ser tachado de belicista, porque tales afirmaciones justifican el aumento del gasto militar estadounidense.

Al mismo tiempo, la idea parece ciegamente irrealista. Después de todo, ¿quién sabe realmente lo que está pasando en Pekín? Hay pocas pruebas de que la ambición de China sea crear un orden mundial al estilo estadounidense. Esto simplemente no está en la agenda de Pekín.

Por eso es revelador el cambio de lenguaje. Aunque China no se dedique a crear un nuevo orden mundial al estilo estadounidense, es innegable que se dedica a ordenar el mundo. China no solo está heredando el mundo que Occidente creó, incluso a través del imperialismo, sino que está participando activamente en su remodelación, o en la creación de un nuevo mundo.

Esta diferencia es más que metodológica, ya que puede ayudarnos, tal vez, a ver el mundo con mayor claridad y a aceptarlo de una manera menos antagónica.

A finales de la década de 1990, China creó efectivamente un nuevo Bretton Woods —algunos lo llaman Bretton Woods 2.0— al fijar de forma autónoma su moneda a un tipo de cambio infravalorado frente al dólar, una paridad difícil de romper. Esto ha tenido muchos efectos secundarios difíciles en la propia China, pero el país puede gestionarlos. Es una forma de afirmar su soberanía dentro de este sistema.

En los últimos diez años, precisamente en el momento en que Estados Unidos ha perdido el rumbo y los europeos se han enredado en sus propios nudos, el esfuerzo chino se ha ampliado. El resultado es un sistema comercial mundial tripolar. Uno de los polos es el estadounidense. Es mucho más modesto de lo que el ruido que hace la política comercial de Estados Unidos podría hacer creer. Las exportaciones chinas a Estados Unidos representan aproximadamente el 2,5 % del comercio mundial. Y ni siquiera es una parte de este pastel que esté creciendo rápidamente.

 Los otros dos polos principales del comercio mundial se encuentran alrededor y dentro de la UE y la serie de redes que rodean a China, cada una de las cuales constituye un conjunto de conexiones, un acto de creación del mundo y un acto de ordenación del mundo que debemos tener en cuenta y que dará forma al futuro. Si sumamos la inversión extranjera de China, su poder blando, sus vínculos tecnológicos y su creciente presencia militar, ¿se obtiene un nuevo orden mundial al estilo estadounidense? No, claramente no, pero eso también es una distracción. Tenemos que dejar de pensar en esos términos.

Lo que sí constituye es una política de conexión. Puede que no sea del todo coherente, pero es bastante deliberada. Y en Pekín se están desarrollando múltiples razones diferentes que organizan y coordinan estos diferentes elementos.

Si hay un aspecto de todo esto que es realmente fascinante y nuevo, es el reto que supone el desarrollo de las grandes naciones a escala mundial. Es muy probable que este futuro que se está configurando esté formado por actores, en particular China, pero también India, Brasil, Indonesia, Etiopía y Nigeria, para quienes la cuestión del desarrollo nacional a gran escala domina realmente la agenda. La UE, por su parte, se centra más bien en cuestiones posnacionales, de tamaño medio y relacionadas con la sostenibilidad.

La agenda de desarrollo nacional a gran escala es aquella en la que van a participar los actores clave, que actualmente están construyendo activamente sistemas. En este momento, todos estamos impacientes con China, que reivindica su condición de economía en desarrollo. Pero, a menos que comprendamos que el desarrollo es el centro de atención, no podemos entender realmente en qué consiste este programa de construcción del mundo, de energía renovable. Lo que lo hace novedoso no es que constituya un orden que sustituya al construido en torno a los Estados Unidos entre 1944 y 2015, sino que se trata en realidad de la realización de un programa de desarrollo nacional a escala mundial. En este sentido, se parece menos a lo que John Darwin denomina acertadamente el , y mucho más al auge de Estados Unidos como economía nacional continental de alcance global, a finales del siglo XIX y principios del XX. Excepto que Estados Unidos, en 1914, con una población de apenas 99 millones de habitantes, representaba el 5 % de la población mundial. La cuota actual de China, con 1400 millones de habitantes, es tres veces mayor. La escala y el alcance de las tecnologías disponibles hoy en día son mucho más gigantescos en sus implicaciones que los movilizados por Estados Unidos a principios del siglo XX. Y Estados Unidos se alzó al globalismo en un planeta cuya frontera acababa de cerrarse, mientras que ahora nos enfrentamos a un nuevo mundo de geopolítica en un planeta finito con 8000 millones de habitantes y docenas de Estados-nación capaces. No es de extrañar que Pekín haga tanto hincapié en los retos sin precedentes a los que se enfrenta .

 Proyecto del Imperio Británico (global)«el desarrollo de las grandes naciones a escala global»"

(Adam Tooze, blog, 12/11/25, traducción DEEPL , gráficos en el original)

4.11.25

Wolfgang Munchau: La podredumbre en el corazón de Europa. Ha olvidado cómo crear... nos reíamos todos de los planes quinquenales de la Unión Soviética. Nadie se reía la semana pasada cuando la Cuarta Sesión Plenaria del XX Comité Central del Partido Comunista Chino acordó el XV Plan Quinquenal. Ha sido gracias a estos planes quinquenales que China ha logrado destronar a la industria automovilística alemana y monopolizar las tecnologías que convierten los minerales de tierras raras en imanes indispensables... Algunos algoritmos de IA son de código abierto. En teoría, Europa aún debería tener una oportunidad. En la práctica, no es así. Su regulación tecnológica frustra no solo a las empresas emergentes de IA, sino también a un uso más amplio de la IA... Es en los museos donde Europa sigue destacando

 "Todo es cuestión de actitud y aptitud. Joel Mokyr, historiador económico y uno de los galardonados con el Premio Nobel de este año, escribe en su libro de 2016, A Culture of Growth: «Los motores del progreso tecnológico y, en última instancia, del rendimiento económico fueron la actitud y la aptitud».

La actitud y la aptitud explican por qué Estados Unidos y China son las únicas superpotencias del siglo XXI. También explican por qué Europa se equivocó. Teníamos aptitud y, en su mayor parte, todavía la tenemos. Pero perdimos la actitud. Somos los virtuosos globales que hace mucho tiempo perdimos el interés por la investigación de vanguardia.

La China de los años noventa tenía la actitud, pero carecía de la aptitud, y envió a sus mejores estudiantes a universidades occidentales para compensarlo. Estados Unidos tiene ambas cosas, aptitud y actitud, y seguirá siendo una potencia mundial dominante durante mucho tiempo.

Mokyr escribe: «A menos que vaya acompañado de innovaciones y crecimiento de la productividad, el crecimiento basado exclusivamente en una ética cooperativa acabará agotándose». Es un crítico de los autodenominados intelectuales de nuestras sociedades, motivados por la reputación y el reconocimiento de sus pares. Se trata de un golpe a su propia profesión y a otras pseudociencias como la epidemiología, que nos impuso el confinamiento por la COVID, basándose en modelos dudosos y estadísticas que no cumplen con los estándares profesionales. El matemático y autor Nassim Nicolas Taleb descartó la profesión de economista como un «círculo de citas», muy en la línea de Mokyr.

 Hubo un tiempo en que los europeos tenían ambas cosas: aptitud y actitud. Pero eso fue hace mucho tiempo. Gottlieb Daimler inventó el automóvil, probablemente el producto más exitoso de la era industrial, en 1885. Pasarían varias décadas hasta que el automóvil revolucionara nuestra forma de vida. Los suburbios modernos habrían sido impensables sin él. Para la economía alemana en particular, el automóvil fue un invento que siguió dando frutos hasta esta década. Hemos llegado al final de este largo ciclo de innovación. Alemania sigue teniendo una gran industria automovilística, pero ya no genera grandes beneficios. El futuro de los automóviles es eléctrico, digital y, en particular, chino.

El ordenador es el único otro producto que ha logrado rivalizar con el automóvil, y superarlo, en términos de impacto económico. Pero eso también llevó mucho tiempo. El ordenador no tuvo un impacto apreciable en el crecimiento de la productividad hasta hace muy poco. Ya estamos viendo el impacto de la IA en algunos sectores del mercado laboral. La IA es una mala noticia si eres fotógrafo de bodas, escritor autónomo o asistente legal. Acabará destruyendo millones de puestos de trabajo de tecnología media, al tiempo que creará nuevos puestos de trabajo en otras áreas.

Cuando China se embarcó en la modernización bajo el mandato de Deng Xiaoping en los años ochenta, siguió una estrategia de crecimiento económico impulsado por las exportaciones e invirtió los ingresos obtenidos en innovación y modernización. Occidente malinterpretó la estrategia de China como un avance hacia la democracia o el capitalismo al estilo occidental. En realidad, siempre se trató de fortalecer el sistema comunista, incluso bajo el mandato de Deng, y hacerlo más exitoso y resistente.

China también desafió otro consenso de la política económica occidental: que los gobiernos nunca deben elegir a los ganadores. Los que tienen cierta edad recordarán cómo nos reíamos todos de los planes quinquenales de la Unión Soviética. Nadie se reía la semana pasada cuando la Cuarta Sesión Plenaria del XX Comité Central del Partido Comunista Chino acordó el XV Plan Quinquenal. Ha sido gracias a estos planes quinquenales que China ha logrado destronar a la industria automovilística alemana y monopolizar las tecnologías que convierten los minerales de tierras raras en imanes indispensables para los motores de alta potencia. Cuando los europeos intentaron elegir ganadores, la mayoría de las veces acabaron eligiendo perdedores.

Recuerdo una reunión que tuve a principios de la década de 2000 con el famoso economista Edmund Phelps, que ganó el Premio Nobel de Economía en 2006. Me hizo una predicción audaz: Alemania entraría en declive en relación con el resto del mundo y con el resto de Europa. Dijo que la razón era la obsesión de Alemania por las tecnologías antiguas, como el automóvil. Su pronóstico iba en contra de la opinión generalizada, como la de los medios financieros, que defendían a Alemania como un modelo virtuoso. Phelps acabó teniendo razón, pero tuvieron que pasar otras dos décadas hasta que el declive de Alemania se hizo visible para mucha más gente. Y el comité del Premio Nobel tardó dos décadas en reconocer la importancia de la innovación y la disrupción.

Desde hace cuatro décadas, Europa va a la zaga de Estados Unidos, y ahora también de China, en todo lo relacionado con lo digital. La UE ha empeorado la situación con una serie de leyes que lastran la tecnología digital. Este lastre comenzó con la normativa de protección de datos de la década de 2010 y se extendió a las normativas más recientes sobre inteligencia artificial y criptomonedas, junto con leyes para restringir el negocio de los gigantes tecnológicos estadounidenses y obligar a las plataformas de redes sociales a moderar sus contenidos. Europa sigue contando con buenos ingenieros, pero somos un desierto digital.

Lo que China comprendió desde el principio —y lo que los europeos en particular se niegan a aceptar— es que existe una relación entre la innovación y el poder geopolítico. Es interesante que tanto los Estados Unidos capitalistas como la China comunista estén de acuerdo con la visión del mundo de Mokyr, mientras que el consenso liberal de izquierda en Europa y Canadá se sitúa en el lado opuesto de ese argumento, el lado perdedor. Es una tragedia para el centro político que los extremos radicales del espectro político sean más favorables a la innovación.

¿Dónde podemos observar ese vínculo? Estados Unidos y sus aliados dominan los semiconductores avanzados; China domina las tierras raras y sus productos derivados. Por lo tanto, ambas superpotencias se controlan geopolíticamente entre sí. El acuerdo de la semana pasada entre Xi y Donald Trump fue un alto el fuego en una guerra fría que continúa.

Pero, sin duda, el vínculo más importante entre la innovación y el poder geopolítico es el ejército. El dominio geopolítico actual de Estados Unidos tiene su origen en la colaboración entre el ejército y la ciencia tras la Segunda Guerra Mundial. En la posguerra, el ejército se convirtió en el mayor patrocinador y cliente de los rápidos avances tecnológicos de la era electrónica. Internet se basó en un protocolo de comunicación desarrollado para el ejército estadounidense, una tecnología que permitía transmitir datos cuando la comunicación se interrumpía físicamente en un canal y se redirigía a través de otro. El algoritmo más importante del siglo XX, la transformada discreta de Fourier, sin la cual los dispositivos digitales modernos serían impensables, tuvo su origen en una reunión en la Casa Blanca, cuando un científico decidió que necesitaba una forma más rápida de identificar las señales de los ensayos nucleares subterráneos soviéticos.

Es evidente que Europa no recuperará su dominio geopolítico, pero existen estrategias alternativas. En el caso de la IA, por ejemplo, la mayor parte de los beneficios provendrán de su uso, no de su creación. Algunos algoritmos de IA son de código abierto. En teoría, Europa aún debería tener una oportunidad. En la práctica, no es así. Su regulación tecnológica frustra no solo a las empresas emergentes de IA, sino también a un uso más amplio de la IA. Esto es lo que Mokyr quería decir con «actitud y aptitud». Se necesitan ambas cosas para tener éxito. Y la actitud de Europa es contraria a la innovación. No se dejen engañar por el tan publicitado programa Horizonte Europa de la UE, que es un programa de gasto clientelista para universidades de segunda categoría. A los europeos les gusta considerarse innovadores y «prociencia», pero siguen quedando cada vez más rezagados con respecto a Estados Unidos y China. Las prioridades de Europa son proteger a los trabajadores y a las industrias existentes.

Fuera de la UE, las cosas parecen un poco más prometedoras. El país europeo con más posibilidades de triunfar en esta categoría es el Reino Unido. El Reino Unido está muy por delante de la UE en inversiones en IA. Sin embargo, tras el Brexit, el Reino Unido no siguió a la UE en su cruzada generalizada contra la tecnología. El Reino Unido tiene una mayor concentración de universidades de investigación especializadas en áreas relevantes para la ciencia del siglo XXI. Una de las perspectivas más interesantes es el desarrollo de un corredor científico entre Oxford y Cambridge. Llevará mucho tiempo, pero es la forma correcta de proceder.

La historia de la innovación desde el siglo XIX nos enseña dos lecciones importantes. La primera es que los beneficios económicos de la innovación son enormes y pueden durar más de 100 años. Los grandes inventos europeos del siglo XIX y principios del XX no fueron fruto de la suerte, sino de la actitud y la aptitud. La segunda lección, que Alemania está aprendiendo ahora por las malas, es que todo llega a su fin si no se sigue innovando.

Aquí es donde entra en juego la otra mitad del Premio Nobel de Economía de este año. Ha sido otorgado a Philippe Aghion y Peter Howitt, que han creado un modelo económico para la «destrucción creativa». Este es un término acuñado por el economista austriaco Joseph Schumpeter en 1942. La destrucción creativa es el mecanismo mediante el cual las nuevas innovaciones pueden sustituir a las antiguas. Como todo jardinero sabe, hay que dejar que las cosas mueran para que crezcan otras nuevas. En el mundo de la economía convencional, esta es una afirmación controvertida. En el mundo de la política europea, es un anatema total.

Todavía se puede ver el artilugio de Daimler expuesto en un museo de Stuttgart. Es allí donde hay que ir para percibir las actitudes y aptitudes perdidas hace mucho tiempo. Es en los museos y en los edificios catalogados como de grado A donde Europa sigue destacando." 

( , UnHerd, 03/11/25, traducción DEEPL)

31.10.25

Trump y Xi alcanzaron un acuerdo comercial provisional por un año... y es que China tiene varias bazas que le faltan a EE.UU... Trump está acostumbrado a amenazar a otros países, pero frente a China claramente baja el tono... es sobre todo EE.UU. el que ahora insiste en un acuerdo y que esto tiene que ver con una toma de conciencia cada vez mayor en Washington de que, si realmente se llega a una dura guerra comercial de ida y vuelta, China tiene más bazas... Las tierras raras son el arma más visible, porque China controla casi toda la cadena, desde la extracción y el refinado hasta la transformación en imanes... Si Pekín limita las exportaciones, los sectores estadounidenses (y europeos) de alta tecnología, defensa e industrias verdes lo sentirán de inmediato... China tiene otra baza poderosa, es el único que suministra ingredientes químicos cruciales para unas 700 medicinas usadas en EE.UU. Si Pekín estrangula ese flujo, enseguida aparece un problema para la sanidad estadounidense... EE.UU. tiene más que perder en un conflicto prolongado que China, porque su industria y su sistema de salud dependen en varios puntos de un único proveedor de insumos indispensables. Por eso Washington quiere un acuerdo, y por eso Pekín puede jugar más duro (Marc Vandepitte)

 "(...) Trump y Xi hablaron unos 90 minutos en Busan (cumbre en Corea del Sur). Según Trump, alcanzaron un acuerdo comercial provisional por un año. Xi habría prometido aplazar los recién anunciados controles de exportación chinos sobre las tierras raras, lo que era una gran fuente de tensión porque China domina esa cadena.

Trump calificó la conversación de “un 12 sobre 10” y dijo que quedaban pocos escollos, aunque el acuerdo será revisado cada año. A cambio de la promesa de Xi de frenar los precursores de fentanilo,i EE.UU. reduce a la mitad el arancel de importación del 20 al 10 por ciento. También hablaron de chips: Nvidiaii puede negociar con China sobre exportación, pero no de los más avanzados.

(...) China tiene varias bazas que le faltan a EE.UU.: una planificación económica, un aparato industrial totalmente integrado, un nuevo tipo de fuerza productiva en torno a megaproyectos (construcción y gestión de infraestructuras gigantescas) y un enorme mercado interno en rápido crecimiento.

Según Dan Wang, Estados Unidos es brillante a la hora de inventar y de “construir la escalera” (patentes, start-ups, IA), pero le falta la capacidad industrial para producir todo eso a gran escala. China sí sube esa escalera y la convierte de inmediato en industria.

Como argumentó Paul Kennedy en The Rise and Fall of the Great Powers, la capacidad de los Estados para ejercer y mantener una hegemonía mundial depende en última instancia de su capacidad productiva.

(...) El deseo de EE.UU. de frenar a China choca, dicho de otro modo, con la realidad. Algo parecido vemos en las negociaciones sobre el comercio recíproco.

El presidente actual presume en este dosier y está acostumbrado a amenazar a otros países, pero frente a China claramente baja el tono. Así, al comienzo de su segundo mandato amenazó con una auténtica guerra comercial contra su “rival” asiático e impuso inicialmente aranceles altísimos a las importaciones chinas, pero tuvo que retirarlos muy rápido.

Esta vez no es diferente. Financial Times señala que es sobre todo EE.UU. el que ahora insiste en un acuerdo y que esto tiene que ver con una toma de conciencia cada vez mayor en Washington de que, si realmente se llega a una dura guerra comercial de ida y vuelta, China tiene más bazas.

Las tierras raras son el arma más visible, porque China controla casi toda la cadena, desde la extracción y el refinado hasta la transformación en imanes. Si Pekín limita las exportaciones, los sectores estadounidenses (y europeos) de alta tecnología, defensa e industrias verdes lo sienten de inmediato.

El diario económico señala que, además de las tierras raras, China tiene otra baza poderosa: es el único que suministra ingredientes químicos cruciales para unas 700 medicinas usadas en EE.UU. Si Pekín estrangula ese flujo, enseguida aparece un problema para la sanidad estadounidense.

Dicho de otra forma: EE.UU. tiene más que perder en un conflicto prolongado que China, porque su industria y su sistema de salud dependen en varios puntos de un único proveedor de insumos indispensables. Por eso Washington quiere un acuerdo, y por eso Pekín puede jugar más duro.

Los dos líderes quieren visitarse pronto: Trump viaja en abril a China, pero Pekín todavía no ha confirmado el acuerdo ni los detalles. Varios snalistas advierten que,si la ejecución se atasca, ambos países pueden volver fácilmente a los aranceles altos y a las prohibiciones de exportación de los últimos meses. (...)"  

 ( Marc Vandepitte , Rebelión, 31/10/25)

30.7.25

POLITICO: En la competencia entre China y Estados Unidos, China está ganando.. A menos que Washington rectifique la situación rápidamente, Pekín lo dejarán atrás... China ahora lidera en 57 de las 64 tecnologías clave... Estados Unidos tiene muchas ventajas en esta carrera, pero el gobierno de Trump ha comenzado sistemáticamente a desmantelar muchos de ellos... los aliados de Washington en Norteamérica, Europa y Asia temen cada vez más —y con razón— que la actual política de "América Primero" los esté relegando a un segundo plano... Trump ha recortado en un tercio la financiación federal para la investigación básica, ha bloqueado subvenciones de investigación a universidades de prestigio por razones puramente ideológicas y ha endurecido la inmigración para estudiantes e investigadores internacionales. Una encuesta sugiere que el 75 por ciento de los científicos en Estados Unidos hoy en día están buscando irse del país y trabajar en otro lugar. Es difícil subestimar el daño que estas políticas están causando a la competitividad de Estados Unidos... Esto no es solo pegarse un tiro en el pie, es pegarse un tiro en la cabeza. Y a menos que Washington rectifique la situación rápidamente, se dará cuenta de que no solo Pekín, sino otras partes del mundo, lo están dejando atrás (Ivo Daalder, exembajador de Estados Unidos ante la OTAN)

 "En la competencia entre China y Estados Unidos, China está ganando.

Esa no es una conclusión a la que muchos hubieran llegado hace seis meses, pero ahora es ineludible.

Lo que ha cambiado hoy es que, desde que asumió el cargo, la administración del presidente estadounidense Donald Trump ha tomado muchas medidas que benefician directamente a sus adversarios, debilitando su propia capacidad para superarlos. Y pronto llegaremos al punto en que esta tendencia sea irreversible.

Durante décadas, China siguió el dictado de Deng Xiaoping de "ocultar tu fuerza y esperar tu momento". Desafortunadamente, la mayoría de los países occidentales, liderados por Estados Unidos, ignoraron la última parte de esta advertencia —que Pekín estaba esperando el momento oportuno— y, en cambio, se centraron en China como un nuevo mercado enorme para los bienes, servicios y capital occidentales.

Todos podían enriquecerse con el enriquecimiento de China, o al menos eso parecía; un sentimiento con el que Deng y sus sucesores estaban completamente de acuerdo. Sin embargo, su propósito no era enriquecerse por el simple hecho de hacerlo, sino obtener el poder necesario para competir y ganar contra la única superpotencia mundial que quedaba.

Así, cuando Xi Jinping ascendió al poder en 2013, China ya no necesitaba esperar y comenzó a mostrar su fuerza.

En la última década, China aumentó su gasto militar en un 800 por ciento, el mayor incremento militar en tiempos de paz de la historia. Actualmente despliega más buques navales que Estados Unidos; está modernizando su arsenal nuclear, con el objetivo de alcanzar una paridad cercana con Rusia y Estados Unidos a finales de la década; y exhibe su poderío militar en lugares que durante mucho tiempo han estado bajo la única competencia de Estados Unidos.

Sin embargo, si bien su expansión y alcance militar son impresionantes, los avances económicos, científicos y tecnológicos de China son los que más preocupan.

El setenta por ciento de los países del mundo ahora comercian más con China que con Estados Unidos, y más de la mitad de ellos comercian el doble con China. En palabras del propio Trump, Estados Unidos puede ser unos grandes almacenes, pero los productos que se pueden comprar en sus tiendas —y en las de todo el mundo— están hechos en China.

El comercio no es el único mercado que Pekín ha acaparado. Siguiendo una estrategia clara y consistente que Xi Jinping describió por primera vez en 2015, hoy China lidera el mundo en vehículos eléctricos y baterías, robótica, comunicaciones cuánticas, tecnologías renovables y más. De hecho, según un estudio, mientras que hace 20 años Estados Unidos aventajaba a China en 60 de las 64 tecnologías de vanguardia clave para la defensa, la energía, la informática, la biotecnología y otros sectores, China ahora lidera en 57 de estas tecnologías.

 Esta determinación por ganar es particularmente evidente en un área que ha figurado de manera prominente en las noticias recientemente: los elementos de tierras raras y los imanes que son críticos para la defensa, la electrónica y la fabricación de tecnología verde.

Actualmente, China posee casi el 50 por ciento de las reservas mundiales de tierras raras, controla el 70 por ciento de las minas de tierras raras y representa el 90 por ciento de la capacidad mundial de refinado de tierras raras. También controla más del 90 por ciento de la producción de imanes críticos, y utilizó con éxito ese casi monopolio para obligar a la administración Trump a dar marcha atrás en su creciente guerra arancelaria y en los controles de exportación de chips.

Pero incluso en las áreas donde Estados Unidos mantiene una ventaja —como la IA y la computación cuántica— China está alcanzando terreno. El lanzamiento de DeepSeek, por ejemplo, sorprendió a la comunidad de la IA por su velocidad y sofisticación, ya que casi igualó a los modelos mucho más costosos desarrollados por empresas tecnológicas estadounidenses. Y la próxima generación de DeepSeek, según me ha comentado un alto cargo de IA de Microsoft, podría incluso superar los modelos más avanzados de OpenAI y otras empresas.

Todo esto indica que China no solo se está poniendo al día, sino que, en muchos sentidos, está superando a los Estados Unidos.

Estados Unidos tiene muchas ventajas en esta carrera, y así es como ha logrado mantenerse a la cabeza, incluso cuando Pekín emprendió su estrategia a largo plazo para superarlo. Pero en los últimos seis meses, el gobierno de Trump ha comenzado sistemáticamente a desmantelar muchos de ellos.

Tomemos las alianzas como ejemplo: La mayor ventaja para Estados Unidos es que tiene aliados, mientras que China tiene clientes. En conjunto, Estados Unidos y sus aliados pueden superar a otros en competitividad, gasto, innovación, comercio, financiación y capacidad de atraer a otros a su bando. Pero los aliados de Washington en Norteamérica, Europa y Asia temen cada vez más —y con razón— que la actual política de "América Primero" los esté relegando a un segundo plano. Se les ha dicho que se defiendan, que paguen aranceles del 15 por ciento o más y, en el caso de Canadá y Dinamarca, que cedan territorio. Como resultado, están estrechando lazos entre ellos y reduciendo sus vínculos militares, económicos y políticos con Washington.

Y eso no es todo. La administración Trump también está aplicando políticas de financiación en universidades e inmigración que socavan directamente la capacidad de Estados Unidos para competir con China. Durante 80 años, los fondos federales para investigación financiaron avances científicos y tecnológicos como internet, la secuenciación genética, la exploración espacial, las vacunas, las curas contra el cáncer y mucho más. Las modernas universidades de investigación del país lideraron el camino para impulsar estas innovaciones, atrayendo talento de todo el mundo para beneficiarse y contribuir a su ecosistema de innovación.

Pero Trump ahora ha recortado en un tercio la financiación federal para la investigación básica, ha bloqueado subvenciones de investigación a universidades de prestigio por razones puramente ideológicas y ha endurecido la inmigración para estudiantes e investigadores internacionales. Una encuesta sugiere que el 75 por ciento de los científicos en Estados Unidos hoy en día están buscando irse del país y trabajar en otro lugar.

Es difícil subestimar el daño que estas políticas están causando a la competitividad de Estados Unidos. Por poner solo un ejemplo, muchos de los aliados más cercanos del país están ofreciendo ahora subvenciones lucrativas y oportunidades de investigación para atraer al grupo de talento que es fundamental para el éxito de Estados Unidos como motor de innovación global.

Esto no es solo pegarse un tiro en el pie, es pegarse un tiro en la cabeza. Y a menos que Washington rectifique la situación rápidamente, se dará cuenta de que no solo Pekín, sino otras partes del mundo, lo están dejando atrás." 

( Ivo Daalder  ,exembajador de Estados Unidos ante la OTAN,  POLITICO, 30/07/25, traducción Quillbot, enlaces en el original) 

21.4.25

Trump es una bendición para China... lo que mejor puede resumir la inmensa transformación que ha experimentado China, es el de “autoestima”... esa recuperación de la autoestima como valor primero de la revitalización nacional otorga a las autoridades un margen de maniobra y capacidad de resiliencia al alcance hoy día de muy pocos países... Esa autoestima es, probablemente, la principal baza con la que China cuenta para resistir el envite de la nueva Administración Trump... No es solo confianza en las capacidades económicas para enfrentar los cambios de humor arancelario del señor Trump sino “cualquier otro tipo” de escenario especialmente pensando en presión estratégica o militar... China sabe que puede perder pero que esa pérdida es soportable. “El cielo no caerá”. Y no parece dispuesta a dar el brazo a torcer en ninguna cuestión fundamental. Habrá que verlo... Por lo pronto, China está claramente preparada y dispuesta a participar en una confrontación directa con Estados Unidos en el ámbito económico y comercial, incluso arriesgándose a una disociación y a interrumpir la cadena de suministro, en lugar de seguir cediendo a las demandas estadounidenses... los aranceles de Trump a China podrían afectar las exportaciones totales de China entre un 7 % y un 11 %, mientras que el impacto en su PIB real podría oscilar entre el -0,25 % y el -0,9 %... Pero aquella autoestima recuperada le provee de una doble confianza. Primero, la manifiesta capacidad para mantener la estabilidad política y social. Segundo, su crecimiento, aunque se vea afectado, no le catapultará hacia atrás... De continuar Trump por la misma senda, le será difícil evitar que la UE, Japón o Corea del Sur gestionen su “corazón partido” allegándose a China en lo económico y comercial. Y las proyecciones de China a partir de los BRICS y el Sur Global por más que haya incidentes de recorrido se antojan perceptibles... China, que mira más allá de un mandato, tiene claro que nos hallamos ante un punto de inflexión capaz de engullir las pérdidas generadas por la guerra comercial holgadamente compensadas por los beneficios estratégicos derivados de la petulancia trumpiana

 "A menudo se recurre a la calificación como “milagro” para explicar la inmensa transformación que ha experimentado China en las últimas décadas. Sin embargo, el sustantivo que mejor puede resumir ese singular cambio es el de “autoestima”, la recuperación de aquel orgullo nacional que durante dos siglos permaneció constreñido por el sentido de la más profunda humillación. Prescribir que la estabilidad china responde a un pacto no escrito cuyo fundamento es la promisión de progreso a cambio de docilidad social y que si el primero falla también surgirá de forma automática la rebelión, pasa por alto que esa recuperación de la autoestima como valor primero de la revitalización nacional otorga a las autoridades un margen de maniobra y capacidad de resiliencia al alcance hoy día de muy pocos países.

Esa autoestima es, probablemente, la principal baza con la que China cuenta para resistir el envite de la nueva Administración Trump. A principios de marzo, tanto el Ministerio de Asuntos Exteriores chino como la embajada china en Estados Unidos afirmaron que si lo que Estados Unidos desea es una guerra —ya sea arancelaria, comercial o de cualquier otro tipo—, China está dispuesta a luchar hasta el final. No es solo confianza en las capacidades económicas para enfrentar los cambios de humor arancelario del señor Trump sino “cualquier otro tipo” de escenario especialmente pensando en que a lo económico, comercial, o tecnológico se le pueda sumar, como bien pudiera gestarse ya, presión estratégica o militar con el aval de una OTAN que el secretario Rutte se apura a instalar en Japón para que Tokio se sume a la estrategia Indo-Pacífica de la organización atlántica.

China sabe que puede perder pero que esa pérdida es soportable. “El cielo no caerá”. Y no parece dispuesta a dar el brazo a torcer en ninguna cuestión fundamental. Habrá que verlo. Por lo pronto, China está claramente preparada y dispuesta a participar en una confrontación directa con Estados Unidos en el ámbito económico y comercial, incluso arriesgándose a una disociación y a interrumpir la cadena de suministro, en lugar de seguir cediendo a las demandas estadounidenses. Según un informe de Huachuang Securities, los aranceles de Trump a China podrían afectar las exportaciones totales de China entre un 7 % y un 11 %, mientras que el impacto en su PIB real podría oscilar entre el -0,25 % y el -0,9 %. Al mismo tiempo, los aranceles también podrían interrumpir el ritmo de la recuperación económica que sigue afrontando una cuesta bien empinada.

Pero aquella autoestima recuperada le provee de una doble confianza. Primero, la manifiesta capacidad para mantener la estabilidad política y social. Segundo, su crecimiento, aunque se vea afectado, no le catapultará hacia atrás. Por el contrario, como aconteció con la guerra tecnológica, con un aumento de las capacidades en este orden, podría tener el efecto añadido de un ajuste estructural que potencie tanto su autosuficiencia como la sustitución de mercados. Aunque las fuentes nacionales sean perfectamente reconocibles no es previsible que renuncie a potenciar la inserción internacional. Es la estrategia de “doble circulación”, adoptada años atrás para reducir su dependencia de EEUU. Por el contrario, hoy, EEUU muestra un alto nivel de dependencia de China en muchos bienes de consumo sin que cuente con alternativas fáciles de sustitución en los mercados internacionales. La dependencia comercial de China se ha reducido del 67 % en 2006 al 33 % en 2023, y las exportaciones a Estados Unidos representan ahora solo alrededor del 15 % de sus exportaciones totales. ¿Invulnerable? En absoluto, pero sin pánico.

A esa resistencia se suma la oportunidad que el conflicto representa en términos estratégicos. La hegemonía estadounidense está en muy serio entredicho. Primero en lo conceptual. Tanto tiempo defendiendo el orden internacional basado en reglas para ahora sepultar el sistema comercial multilateral basado en normas. Resulta que es ahora China la principal valedora y no porque se haya beneficiado fraudulentamente de ese proceso en el que proveyó de importantes beneficios a las multinacionales occidentales durante muchos años y asumiendo costes brutales en materia ambiental o de justicia social sino porque en la voluntad de cooperación reside la mayor fuerza de su poder blando.

De continuar Trump por la misma senda, le será difícil evitar que la UE, Japón o Corea del Sur gestionen su “corazón partido” allegándose a China en lo económico y comercial. Y las proyecciones de China a partir de los BRICS y el Sur Global por más que haya incidentes de recorrido se antojan perceptibles porque no solo defiende sus propios intereses sino que, paradojas de la historia, está defendiendo un sistema comercial mundial en el que Estados Unidos parece ser el único descreído.

Las medidas de Trump en lo económico como también en lo político, especialmente ese enconamiento con multitud de países y la retirada de los asuntos y organizaciones internacionales, resuenan como antipáticas bravatas. China, que mira más allá de un mandato,  tiene claro que nos hallamos ante un punto de inflexión capaz de engullir las pérdidas generadas por la guerra comercial holgadamente compensadas por los beneficios estratégicos derivados de la petulancia trumpiana. Trump es una bendición para China."

 (Xulio Ríos, Observatorio de la Política China, 20/04/25)

19.12.24

Cómo China se cargó la industria alemana... En la raíz de los males industriales de Alemania está la electricidad, que ahora es casi dos veces más cara que para sus homólogos estadounidenses, y tres veces más cara que en China... el shock de la invasión rusa de Ucrania en 2022 fue casi letal para la industria alemana. Hoy en día, los precios de la electricidad están en su punto más alto desde el año 2000, y la producción total ha alcanzado su punto más bajo desde entonces... Pero la historia del declive alemán va más allá de la electricidad barata... en el cambio de milenio, China producía chatarra barata y no mucho más. Ahora, sin embargo, se perfila como un rival formidable y sofisticado. La industria automovilística es un buen ejemplo. Hoy en día, los vehículos eléctricos chinos están entre los mejores y más baratos del mundo... China cuenta ahora con su propio ecosistema de innovación de alta tecnología... Con el hundimiento de la industria alemana, el nacionalismo vuelve a estar en auge... Wagenknecht, que advirtió ominosamente en 2022 que Alemania corre el riesgo de experimentar una «increíble desindustrialización» sin una reforma importante. Su solución es la paz con Rusia y la reanudación de las importaciones de gas... estos mensajes están calando hondo (Sam Dunning)

 "«La Alemania de hoy es la mejor Alemania que ha visto el mundo». Así se expresaba el columnista del Washington Post George F. Will hace cinco largos años. Es difícil imaginar a alguien -incluso a un alemán- escribiendo esas palabras hoy. El país está en crisis. El lunes, el Canciller Olaf Scholz perdió una humillante moción de censura, y ahora Alemania se precipita hacia unas elecciones anticipadas en febrero. La economía de la nación apenas ha crecido desde 2018, y se está desindustrializando a un ritmo alarmante. La calamidad en desarrollo representa una apertura estratégica para China y Rusia que Occidente no puede permitirse ignorar.

En la raíz de los males industriales de Alemania está la electricidad, que ahora es casi dos veces más cara que para sus homólogos estadounidenses, y tres veces más cara que en China. Los precios llevan subiendo desde principios de la década de 2000, pero una política adoptada por el Gobierno alemán en 2011, tras la fusión nuclear de Fukushima, selló el destino de la nación. Los defensores de la Energiewende («revolución energética») esgrimieron el sorprendente argumento de que Alemania podría abandonar rápidamente tanto los combustibles fósiles como la energía nuclear sin perder su ventaja industrial. En palabras de un estudio de Oxford, se trataba de una «apuesta». O un juego de ruleta rusa, podría haber añadido un cínico.

 La apuesta no ha merecido la pena. Ni siquiera los tratos de Alemania con Rusia relacionados con el gas -una fuente de tensión ruso-estadounidense desde los años sesenta- pudieron evitar que los precios subieran a lo largo de la década de 2010. Sin embargo, fueron lo suficientemente significativos como para que el shock de la invasión rusa de Ucrania en 2022 fuera casi letal para la industria alemana. Hoy en día, los precios de la electricidad están en su punto más alto desde el año 2000, y la producción total ha alcanzado su punto más bajo desde entonces.

Esto hace que sea increíblemente difícil para Alemania competir con China. No sólo el gas ruso sigue fluyendo hacia China en cantidades cada vez mayores, sino que los chinos también están recibiendo petróleo iraní sancionado; instalando más del 90% de la nueva capacidad mundial de energía de carbón; dando los últimos retoques a una infraestructura hidroeléctrica que ya genera más energía que Japón; y construyendo cada vez más centrales nucleares. Todo ello ha garantizado una ventaja manufacturera fundamental sobre Alemania.

«La apuesta de Alemania no ha merecido la pena».

Pero la historia del declive alemán va más allá de la electricidad barata. Las dos últimas décadas también han sido testigo de una especie de revolución industrial: en el cambio de milenio, China producía chatarra barata y no mucho más. Ahora, sin embargo, se perfila como un rival formidable y sofisticado.

 La industria automovilística es un buen ejemplo. Hoy en día, los vehículos eléctricos chinos están entre los mejores y más baratos del mundo, lo que supone una amenaza para la producción nacional en Alemania y el resto de Europa. Pero no siempre ha sido así. Como dice un post en r/CarTalkUK, un grupo de Reddit con medio millón de usuarios: «Recuerdo hace sólo unos años cuando Top Gear fue a China y nos mostró todas esas horribles imitaciones de trampas mortales que parecían Minis mutilados... ahora esas cosas parecen cosa del pasado». La UE es muy consciente de esta evolución, ya que acaba de imponer aranceles a los coches chinos que harían sonrojar a Trump. Y no se trata solo de coches: China domina muchos mercados clave, como los drones, la construcción naval, los paneles solares y los componentes de turbinas eólicas, por nombrar solo algunos, y también está avanzando a pasos agigantados en otras áreas.

 Pensemos en su aceleración. La nación empezó vendiendo chatarra, aprovechando la mano de obra barata para acumular saludables excedentes de exportación. Esto proporcionó a las empresas chinas el dinero necesario para invertir en la cadena de suministro y, sobre todo, para comprar en el extranjero. En 2004 y 2005, las empresas estatales chinas compraron F Zimmerman y Kelch, dos de las principales empresas de máquinas herramienta del mundo, cuyos equipos altamente especializados son vitales para miles de procesos de fabricación. Por supuesto, la compra de empresas no implica necesariamente que sus nuevos propietarios tengan las llaves del reino: la transferencia a China de procesos de I+D y fabricación de alta gama y la formación de ingenieros y científicos chinos leales que no emigren pueden verse frustradas por las leyes de control de las exportaciones, la acción sindical, la intervención política, etc. Pero es una estrategia bastante útil. Pero es una estrategia bastante útil que tarde o temprano crea oportunidades.

Otra herramienta a disposición de China ha sido el sistema de empresas conjuntas, por el que se espera que los fabricantes alemanes que deseen establecerse en China compartan sus conocimientos y tecnología críticos con sus competidores chinos. Este tipo de pacto puede parecer totalmente fáustico, pero docenas y docenas de empresas de alto perfil lo han firmado. Entre ellas, Volkswagen, que ahora se encuentra cerrando sus fábricas alemanas por primera vez en la historia, ante la competencia cada vez más desalentadora de sus rivales chinos.

 Las dos estrategias de China -las empresas conjuntas y las compras- se vieron aceleradas por la crisis financiera. Y aun así Alemania no hizo nada. En 2013 se aprobaron una serie de nuevas leyes que podrían haber permitido un mejor control e intervención gubernamental, pero no se utilizaron durante años.

En 2016, la amenaza ya no podía ignorarse. Ese año, intereses chinos se hicieron con el control de una empresa alemana de enorme importancia, el gigante de la robótica KUKA. Sus productos se utilizan en toda una serie de industrias: desde fabricantes de automóviles y baterías hasta empresas de dispositivos médicos y compañías aeroespaciales como Airbus. Junto con otra gran operación de ese año, la compra de la empresa de maquinaria para la transformación de plásticos KraussMaffei, sonó la alarma.

Sin embargo, Alemania siguió dándole al «snooze». No fue hasta 2018 que el gobierno citó por primera vez preocupaciones de seguridad para bloquear una gran adquisición, esta vez del especialista en formación de metal Leifeld Metal Spinning. Ese mismo año, el entonces ministro de Economía, Peter Altmaier, propuso un fondo especial del Gobierno para comprar empresas alemanas que se enfrentaran a una adquisición extranjera. La idea quedó en nada.

Sin embargo, poco a poco los alemanes han ido tomando conciencia de la competencia. Una serie de cambios legislativos han actualizado las herramientas de detección de adquisiciones extranjeras de 2013, permitiendo una mayor intervención en los últimos años. Desde 2019, cada año se han tomado alrededor de una docena de medidas contra las adquisiciones, y cientos más han sido examinadas pero no han prosperado.

 Podría decirse que todo esto es demasiado poco y demasiado tarde. Gracias a décadas de inversión en la adquisición de tecnología mediante adquisiciones, espionaje industrial y empresas conjuntas, así como a inversiones complementarias en capital humano, China cuenta ahora con su propio ecosistema de innovación de alta tecnología. La época de las copias chinas no ha terminado, sino que ahora las copias van acompañadas de invenciones propias.

El año pasado, China contaba con más de la mitad de las instalaciones de robots industriales del mundo y superaba a Alemania y Japón en densidad de robots industriales, una medida clave de la automatización. Esto permitirá potencialmente a China evitar las viejas disyuntivas asociadas a la transición de la industria de gama baja a la de gama alta. En contraste con la experiencia histórica de algunas naciones desarrolladas, China podría no necesitar deslocalizar la industria de gama baja allí donde la mano de obra sea más barata, apoyándose en la automatización y la energía barata para mantener las cadenas de suministro nacionales, una ventaja estratégica en una época de crecientes tensiones.

Estados Unidos se dio cuenta del golpe industrial de China en 2016 y empezó a responder. La política china de Donald Trump, su «guerra comercial», fue adoptada y desarrollada por Joe Biden después de 2020. El enfoque en la tecnología, la industria y China es ahora un pilar central de la política exterior estadounidense, y los historiadores seguramente verán 2016 como un punto de inflexión histórico en las relaciones entre China y Estados Unidos.

 En cambio, la UE ha tardado ocho años de perjuicios en iniciar una conversación seria sobre China, a pesar de ser una de las principales víctimas de la industrialización de alta tecnología. Y no empezó hasta septiembre, cuando el ex primer ministro italiano Mario Draghi publicó un informe sobre la competitividad europea para la Comisión Europea. Desde entonces ha sido promovido por la Presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, en el contexto de la creciente polémica sobre el proteccionismo europeo contra los vehículos eléctricos chinos.

Y aun así parece que la respuesta de la UE al auge de la innovación china volverá a ser tardía e ineficaz. Basta con mirar al sector de las baterías para ver por qué. En un intento de dar la vuelta a la tortilla, la UE ha insinuado que bloqueará el acceso de las empresas chinas a sus subvenciones para baterías eléctricas cuando inviertan en Europa: a menos que entreguen su superior tecnología de baterías. Es el mismo truco que China ha jugado a Europa durante años, pero la mano de la UE se ve minada por la debilidad de las iniciativas europeas en materia de baterías. El mes pasado, el «Tesla europeo», el «campeón de las baterías» Northvolt, se declaró en quiebra.

 A esto hay que añadir las luchas internas en la UE. El principal alborotador es la Hungría de Viktor Orbán, que se opone a una «guerra fría económica» con China, tras haber recibido casi la mitad de toda la inversión china en Europa en 2023, incluida la financiación de una importante planta automovilística que ahora es objeto de sondeos de represalia por parte de la Comisión Europea. Alemania debe equilibrar sus propios intereses con los de un bloque comercial cada vez más fragmentado.

Con el hundimiento de la industria alemana, el nacionalismo vuelve a estar en auge. Desde julio de 2023, la AfD, contraria a la UE y a la inmigración, es el segundo partido más popular en las encuestas nacionales. Y en las elecciones al Parlamento Europeo de junio, la AfD quedó segunda, obteniendo el mayor apoyo en el antiguo Este. En septiembre, obtuvo la mayoría en el estado oriental de Turingia, pero aún no ha formado una coalición de gobierno.

La región también alberga otra fuerza política radical: Sahra Wagenknecht, cuyo incipiente partido populista de izquierdas lleva su nombre. Medio iraní, ex estalinista y autodenominada «conservadora de izquierdas», Wagenknecht ha intentado aunar políticas antiinmigración, antiOTAN y prorrusas, argumentando que «la OTAN debe disolverse y sustituirse por un sistema de seguridad colectiva que incluya a Rusia».

 Tanto Wagenknecht como la AfD han sido investigados por la Oficina Federal para la Protección de la Constitución (BfV), el equivalente alemán del MI5. En concreto, la BfV se ha enzarzado en disputas legales con la AfD, a la que ha argumentado con éxito ante los tribunales que debería estar sujeta a vigilancia por ser sospechosa de ser una organización anticonstitucional. Esto se debe a su supuesta retórica antimusulmana, antirrefugiados y antidemocrática. La AfD también ha sido objeto de investigaciones de espionaje relacionadas con infiltraciones financieras y de personal rusas y chinas.

 Que un partido tan popular sea tratado como si fuera una organización terrorista plantea interrogantes sobre la fortaleza del régimen alemán posterior a la Guerra Fría. ¿Corre el riesgo de perder legitimidad estigmatizando preocupaciones muy extendidas? ¿O puede acomodar y moderar las fuerzas políticas emergentes que se han nutrido de años de inmigración masiva y que ahora están mejor preparadas para capitalizar la inminente desindustrialización? Ya hay indicios de que los votantes de las zonas industriales occidentales pueden ser la vanguardia de las posibles ganancias de la AfD fuera del viejo Este: los políticos de la AfD atacan continuamente el Net Zero, respondiendo a los temores sobre los puestos de trabajo industriales. Luego está Wagenknecht, que advirtió ominosamente en 2022 que Alemania corre el riesgo de experimentar una «increíble desindustrialización» sin una reforma importante. Su solución es la paz con Rusia y la reanudación de las importaciones de gas. Las elecciones estatales de este otoño en Turingia, Brandemburgo y Sajonia sugieren que estos mensajes están calando hondo.

 A pesar de la oleada de descontento popular, hay pocos indicios de que las elecciones alemanas de febrero vayan a cambiar lo suficiente como para revertir la crisis energética. A este ritmo, los problemas industriales de Alemania continuarán, multiplicando las oportunidades para que China tome la delantera en áreas clave. Mientras tanto, Rusia mantendrá la promesa de gas ilimitado ante los ojos de los crecientes movimientos AfD y Wagenknecht. Estos insurgentes aún pueden experimentar avances fuera del antiguo Este soviético, provocando una crisis constitucional en el peor de los casos u obligando a los partidos establecidos a realizar importantes ajustes políticos. Scholz ya ha anunciado medidas unilaterales para suspender Schengen, el sistema europeo de libre circulación, tras verse presionado por la inmigración.

Se trata, sin duda, de la crisis más grave a la que se ha enfrentado Alemania desde su renacimiento hace 34 años, cuando el ex presidente Richard von Weizsäcker prometió que la naciente república «serviría a la paz en el mundo en una Europa unida». Sin embargo, ¿cómo puede Alemania hacerlo cuando tanto la paz como una Europa unida se han mostrado tan esquivas? Por incómodo que resulte admitirlo, la historia está lejos de haber terminado para Alemania. La nación puede decidir que es mejor servirse a sí misma."

( , UnHerd, 18/12/24, traducción DEEPL, enlaces en el original)