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29.10.24

Carolina Bescansa: A muchas, el estallido del escándalo Errejón nos ha abierto en canal. Hemos hecho demasiados duelos por la muerte del proceso de cambio político que construimos en 2014. Espero de verdad que este sea el último... Creo en la veracidad de las declaraciones de todas las mujeres que han denunciado y cuentan con todo mi apoyo... Creo que las denuncias formuladas contra Iñigo Errejón relatan hechos asquerosos e incompatibles con la representación política... Nunca oí ninguna denuncia de violencia sexual contra quien durante años fue mi compañero de militancia y de partido, ni siquiera rumores... A pesar de que sabemos que el único responsable del comportamiento sexual de un hombre es ese mismo hombre, desde el mismo momento en el que Errejón presentó su renuncia, algunos compañeros creyeron que podían sacar ventaja y, de paso, ajustar cuentas pendientes... Algunas de la profesión también se subieron al carro. A lo largo del jueves, algunos competían en los pasillos del Congreso y en los platós de TV para convencer a las periodistas de que habían sido ellos y no los del Frente Popular de Judea quienes habían lanzado la primera piedra contra Errejón: la primera y la más fuerte... tengo algunos calificativos: miserable, zafio, rastrero...

 "Durante años creí que si hubiera estado en octubre del 31, habría apoyado a Victoria Kent frente a Clara Campoamor. Hoy, ayer, uno de estos días, me he dado cuenta de que no habría sido capaz. Si lo piensas hasta el final, la posición de Victoria Kent es imposible: no se avanza en democracia retrasando ensanchar la democracia. 

A muchas, el estallido del escándalo Errejón nos ha abierto en canal. Hemos hecho demasiados duelos por la muerte del proceso de cambio político que construimos en 2014. Espero de verdad que este sea el último.

Un proyecto político no es un estilo de vida ni una marca de ropa ni un corte de pelo. Un proyecto político es un acuerdo de mucha gente sobre cómo organizar la sociedad en base a criterios económicos, culturales y éticos. Siempre que existan esos acuerdos, existirá quien los represente, y en el ejercicio de la representación habrá algún nivel de contradicción. Si alguien que ejerce la representación afirma que no está atravesada por ninguna contradicción es que miente o está ciega de narcisismo. No creo en la política que se concibe a sí misma como una identidad (de clase, religión, género, etnia o cultura). Es más, detesto esa forma de entender la política. Creo en el pueblo y siempre he hecho política para cambiar mi país y el mundo en el que vivo en una dirección clara y concreta. Dicho esto: todo tiene un límite y lo que estamos viendo lo traspasa ampliamente. 

En estos días no he dejado de darle vueltas a cuatro ideas: la primera es vieja, la segunda es pequeña, la tercera es difícil y la cuarta molesta. 

La primera: la vieja. 

El único responsable del comportamiento sexual de Íñigo Errejón es Iñigo Errejón. El único responsable del comportamiento sexual de un hombre es ese hombre. Esto nos lo enseñó el feminismo hace mucho tiempo.  

La segunda idea: la pequeña. 

A pesar de que sabemos que el único responsable del comportamiento sexual de un hombre es ese mismo hombre, desde el mismo momento en el que Errejón presentó su renuncia, algunos compañeros creyeron que podían sacar ventaja y, de paso, ajustar cuentas pendientes. En un ejercicio público de clamorosa miseria comenzaron las insinuaciones en los platós y los susurros en los oídos de las periodistas. Algunas de la profesión también se subieron al carro. A lo largo del jueves, algunos competían en los pasillos del Congreso y en los platós de TV para convencer a las periodistas de que habían sido ellos y no los del Frente Popular de Judea quienes habían lanzado la primera piedra contra Errejón: la primera y la más fuerte. Y lo hicieron con tanto ímpetu que no se dieron cuenta de que las razones que portaba la piedra, dimitido Errejón, les ponía a ellos mismos en una posición resbaladiza. No sé ponerle nombre a esto, pero tengo algunos calificativos: miserable, zafio, rastrero.

Cuando algo me desborda reviso a las que nos precedieron para ver si encuentro luz. He encontrado a Concepción Arenal: “Odia el delito, compadece al delincuente”. Después me acordé de Manuela Carmena. No he escuchado a ninguna portavoz tomar este camino. Sólo pedradas y navajazos. 

Tercera idea: la difícil. 

Creo todos los relatos que he leído en el muro de Cristina Fallarás. Me veo reflejada. La mayoría de las mujeres sabemos que son verdad porque al leerlos percibimos inmediatamente el olor de la intimidación, el desconcierto y el silencio autoimpuesto que viene después. 

Dicho esto: que miles de mujeres humilladas y agredidas por machistas babosos o violadores identifiquemos un muro de IG como el lugar más seguro para presentar nuestras denuncias, no me parece un éxito del feminismo sino un fracaso de la democracia y del Estado de derecho. Bien por el desbordamiento: lo necesitamos. Pero no deja de ser una desgracia que acarrea en sus entrañas acciones potencialmente tan repugnantes como los hechos que la han propiciado. 

Necesitamos abrir un espacio en la conversación pública para poder hablar de violencia sexual y otras formas de violencia machista igualmente insoportables, aunque menos escandalosas a ojos de los platós. Y ese espacio no pueden ser las redes. Las redes no son nuestras. No están diseñadas para reflexionar sino para odiar (en política, en deportes, en cultura, en todo). Ahora mismo, con tanta mentira de por medio, no se puede ni plantear esto. 

Cuarta idea: la molesta. 

Los partidos que están gestionando esta crisis han dejado claras dos cosas. La primera es que en su interior no existe ningún órgano encargado de investigar y resolver los conflictos internos. En el curso de un escándalo, la dirección puede expulsar en cuestión de minutos a cualquier dirigente o militante sin recabar pruebas o tomar declaración a las personas implicadas. La segunda es que en la gestión de una crisis que desde el primer momento confronta una tensión entre la consideración mediática del escándalo y la tipificación jurídica de las conductas escandalosas, las decisiones se han tomado atendiendo exclusivamente a lo mediático. Y a partir de ahí, se ha administrado el linchamiento público como sanción complementaria a la exigencia de responsabilidades políticas. No veo cómo esta forma de proceder puede ayudar a las víctimas, al feminismo o a la democracia.  

Por si no ha quedado claro: 1º Creo en la veracidad de las declaraciones de todas las mujeres que han denunciado y cuentan con todo mi apoyo. 2º Creo que las denuncias formuladas contra Iñigo Errejón relatan hechos asquerosos e incompatibles con la representación política. 3º Nunca oí ninguna denuncia de violencia sexual contra quien durante años fue mi compañero de militancia y de partido: ni siquiera rumores."

(Carolina Bescansa, CTXT, 29/10/24)

28.10.24

Antón Losada: No son muchos quienes preguntan en voz alta por qué la responsabilidad individual de Errejón por su tenebrosa conducta debe difuminarse en una suerte de responsabilidad colectiva que, por lo visto, corrompe y desacredita el trabajo, la lucha, el compromiso y el sacrificio de miles de personas durante décadas en este país... pues al parecer, como todo el mundo sabe, fueron los gobiernos de derechas quienes situaron en la agenda pública y los presupuestos generales el Estado el drama de la violencia de género o el horror del acoso sexual, quienes legalizaron el derecho al aborto, quienes aprobaron el matrimonio igualitario, o quienes han situado el consentimiento en el centro de los delitos sexuales... la izquierda en España tiene hechos y leyes para acreditar décadas de aprobar e impulsar políticas de igualdad que se encontraron siempre con otra constante igualmente histórica: la feroz oposición de los mismos que ahora quieren convertirnos a todos en hipócritas cómplices o encubridores de Errejón. No se trata de reclamar superioridad moral alguna. Es Historia. No doy lecciones, pero tampoco las recibo. Ni mi conducta ni mis creencias se reflejan en una especie de test Errejón impuesto por los mismos que niegan la violencia de género, y consideran la política de igualdad un un despilfarro en chiringuitos y cursos para que los niños aprendan a masturbarse... Resulta un lugar común sostener que ya no es tiempo de izquierdas y derechas. Disiento. Nunca pareció tan necesario

 "Dos días después de las revelaciones y denuncias sobre la agresiva voracidad sexual –y de la otra– de Íñigo Errejón, la izquierda española continúa en shock, mientras otros muchos van pasando de la simpatía hacia las víctimas al escrutinio implacable de su catadura moral pues, como es costumbre en España, los delitos sexuales de un hombre siempre tienen que acabar, de alguna manera, siendo responsabilidad de una mujer.

Una parte de esa izquierda parece concentrar sus esfuerzos en dejar muy claro que ellos lo hicieron todo bien y ahora –mejor habría sido antes– lo importante son las víctimas. Otra parte concentra sin complejos sus desvelos en darle la razón a la derecha política y confirmar que Errejón es la pistola humeante que andaban buscando; la demostración incontestable de que todo el resto de la izquierda solo son sepulcros blanqueados que “por fuera lucen hermosos, pero por dentro están llenos de podredumbre”. Ambas partes coinciden, en cambio, en dos cosas: dar ruedas de prensa para decir lo que ya sabemos y confirmar lo que nos temíamos, y anunciar cursos, cursillos y protocolos antiacoso por docenas.

No son muchos quienes preguntan en voz alta por qué la responsabilidad individual de Errejón por su tenebrosa conducta debe difuminarse en una suerte de responsabilidad colectiva que, por lo visto, corrompe y desacredita el trabajo, la lucha, el compromiso y el sacrificio de miles de personas durante décadas en este país. 

Según denuncia el dedo acusador de la derecha política, Errejón es la prueba viviente de que todo era mentira, de que se cae otra pancarta hipócritamente levantada, pues al parecer, como todo el mundo sabe, fueron los gobiernos de derechas quienes situaron en la agenda pública y los presupuestos generales el Estado el drama de la violencia de género o el horror del acoso sexual, quienes legalizaron el derecho al aborto, quienes aprobaron el matrimonio igualitario, quienes reconocieron los derechos de las personas trans o quienes han situado el consentimiento en el centro de los delitos sexuales. 

La izquierda no puede dar lecciones, es cierto. Hubo y hay mucha gente de derechas luchando por esas libertades y esos derechos, también es cierto. Pero también resulta igualmente cierto que la izquierda en España tiene hechos y leyes para acreditar décadas de aprobar e impulsar políticas de igualdad que se encontraron siempre con otra constante igualmente histórica: la feroz oposición de los mismos que ahora quieren convertirnos a todos en hipócritas cómplices o encubridores de Errejón. 

No se trata de reclamar superioridad moral alguna. Es Historia. No doy lecciones, pero tampoco las recibo. Ni mi conducta ni mis creencias se reflejan en una especie de test Errejón impuesto por los mismos que niegan la violencia de género y la llaman doméstica, que consideran los presupuestos para políticas de igualdad un despilfarro en chiringuitos y cursos para que los niños aprendan a masturbarse, que mienten al hablar de mujeres con denuncias falsas o frivolizan con las discriminaciones que padecen a diario en este país las personas LGTBIQ+. 

Resulta un lugar común sostener que ya no es tiempo de izquierdas y derechas. Disiento. Nunca pareció tan necesario, aunque solo sea por el bien del rigor histórico."

( Antón Losada ,eldiario.es, 27/10/24)

Esteban Hernández: Parece claro que Íñigo Errejón iba a salir forzadamente de la política, lo que faltaba por definir era cuándo y en qué condiciones... tarde o temprano se iban a hacer públicas sus acciones... La explosión tendrá consecuencias más allá de Errejón, porque es muy difícil separar al personaje Errejón de su espacio político: que uno de los principales líderes de la izquierda haya mostrado una contradicción tan profunda entre sus palabras y sus prácticas afecta a todo su espectro ideológico... provocará cambios en Sumar, pero también en el conjunto de la izquierda... El fin de Errejón puede ser el del liderazgo de Díaz... pero la marcha de Errejón podría servir como un detonante que activase la recomposición de la izquierda

 "Si se repasan los hechos que se van conociendo, parece claro que Íñigo Errejón iba a salir forzadamente de la política, lo que faltaba por definir era cuándo y en qué condiciones. En su carta autoinculpatoria, Errejón reconoce conductas claramente impropias que le incapacitaban para continuar en su espacio político. Era así desde el punto de vista ético, pero también desde una posición pragmática: tarde o temprano se iban a hacer públicas sus acciones.

Parece evidente que sus diferentes círculos políticos estaban sobre aviso de sus conductas, y sería raro de otra manera, dada la espiral en la que Errejón se hallaba inmerso. Las acusaciones de hace un año, cuando Errejón fue señalado en redes como autor de una agresión sexista, se pararon gracias a la intervención de una diputada de Más Madrid, que logró frenar la denuncia. Su partido tuvo que intervenir para detener un posible escándalo. Con esos precedentes, nombrarle portavoz parlamentario era arriesgado, porque en aquella ocasión se logró que las acusaciones desaparecieran, pero era esperable que reapareciesen. Desde la gestión meramente política, lo lógico sería haberle forzado a marcharse sin hacer ruido y de manera discreta después de las elecciones. No fue así. Se conservó una bomba de relojería que iba a estallar en algún momento, por la acumulación de hechos o interesadamente, y ha ocurrido ahora.

La explosión tendrá consecuencias más allá de Errejón. En primera instancia, por el runrún constante que apunta a que se harán públicos los nombres de otros políticos que mantienen o han mantenido conductas semejantes a las del portavoz parlamentario, especialmente animados por el anuncio de un próximo libro de Cristina Fallarás, 'No publiques mi nombre'. Fallarás es la persona que dio visibilidad a los mensajes anónimos sobre los supuestos abusos de Errejón, y afirmaba que había recibido testimonios respecto de otros políticos: una gran publicidad para el libro que probablemente será perjudicial para lo que en él denuncia.

En segundo lugar, es muy difícil separar al personaje Errejón de su espacio político: que uno de los principales líderes de la izquierda haya mostrado una contradicción tan profunda entre sus palabras y sus prácticas afecta a todo su espectro ideológico, algo que se ha aprovechado incesantemente estos días desde el ámbito político contrario. Es un golpe serio para la izquierda en su conjunto, que se producen cuando ya estaba en un momento particularmente bajo y las encuestas señalaban el declive del espacio a la izquierda del PSOE.

Los perjudicados

La salida de Errejón provocará cambios en Sumar, pero también en el conjunto de la izquierda. Hay un elemento simbólico evidente, porque Errejón era la última gran figura surgida al calor del 15M que quedaba en la política activa. Hay algo en su adiós de fin de época, y cabe decir que afortunadamente. Ha sido una generación que ha aportado muchas cosas a su ámbito político, pero muy pocas buenas.

La marcha de Errejón parece hacer más fácil la reunificación de las izquierdas; sin embargo, es el escollo menor para lograr ese propósito

Un aspecto importante de su marcha es el momento en que se produce. La IU de Maíllo ha afirmado que este es el momento de abrir el espacio de izquierdas y reunificarlo contando con todos los participantes, incluido Podemos. El PSOE también es muy favorable a ese movimiento, ya que necesita una izquierda a su izquierda que no vaya dividida. Errejón parecía un obstáculo evidente, dada las animadversiones personales de larga data. Su adiós parece hacer más posible la reunión, a pesar de todas las dificultades.

Sin embargo, el portavoz parlamentario es el menor de los obstáculos que deben salvarse para llegar a ese punto. La hostilidad de Irene Montero, Belarra e Iglesias ha tenido un foco en los últimos tiempos, Yolanda Díaz, que fue quien presionó para que Podemos ocupase un lugar menor en las listas de la coalición el 23-J y quien vetó a Irene Montero. El otro obstáculo notable, o muy notable, es Más Madrid. Ha mantenido una postura inflexible, desde luego en la Comunidad, pero también en Sumar, acerca de la inconveniencia de ir de la mano con Podemos. Creen que es una opción política que les resta mucho más de lo que les aporta.

Son curiosamente Díaz y Más Madrid quienes más tocados quedan con la marcha de Errejón. La primera, porque le nombró portavoz parlamentario y porque en su círculo más cercano había situado a varios colaboradores de este; Errejón fue fundador de Más Madrid, la diputada que ejecutó las tareas de protección pertenecía a ese partido, y personas de confianza de Errejón están ahora en el gabinete de Mónica García.

El nuevo rumbo

La marejada alcanza de lleno a Sumar. En un instante de debilidad de Yolanda Díaz, con el proyecto Sumar parado, el liderazgo del espacio ha comenzado a estar en disputa. La necesidad de dar un impulso, de forzar una catarsis, ha sido puesta de manifiesto por Antonio Maíllo, y va a ser difícil que Díaz resista los embates. Urtasun, quien ya había sido señalado como el más probable sucesor de Yolanda, gana peso en la formación. Su agenda ideológica puede encajar bien con las necesidades del momento. Ha llevado a cabo una intensa agenda favorable a las cuestiones culturales típicas de la última izquierda: quiere descolonizar los museos, apuesta por el feminismo y por la reconversión verde. Y quienes provienen, como él, de ICV, son los que parecen menos afectados por el terremoto que ha provocado Errejón.

Urtasun, que ha salido indemne de esta, puede encarnar el espíritu progresista de Sumar mientras se van construyendo las nuevas alianzas

Ahora toca hacer acto de constricción y propósito de enmienda: la marcha del portavoz parlamentario revelaba la divergencia entre lo que se decía y lo que se hacía, por lo que es natural que las formaciones de izquierdas intenten con más energía que palabras y obras coincidan. En consecuencia, es lógico pensar en unas izquierdas más feministas y más firmes en su lucha contra el patriarcado. Urtasun, al que todo esto solo le ha rozado, puede encarnar bien ese espíritu dentro de Sumar mientras se van construyendo las nuevas alianzas, porque habrá que construirlas. La dimisión de Errejón ha asestado un golpe a Sumar del que será difícil que se levante. En ese contexto, Díaz no es considerada como la capitana que puede dirigir el nuevo rumbo.

Una 'muerte' conveniente

Al igual (sigue un spoiler) que en la película de Hitchcock Pero…¿quién mató a Harry?, el protagonista de esta historia no necesitó que nadie le matase políticamente: se murió él solo; se condenó con sus actos. Sin embargo, casi todos los que le rodeaban tenían motivos para querer que desapareciera. Era conveniente por diferentes motivos (venganzas personales, promoción de un libro, debilitar a Díaz o a Más Madrid, facilitar los cambios, posibilitar las alianzas), de manera que ayudaron por unos motivos o por otros a que se marchase de la política. La salida de Errejón no es el final de nada, sino el inicio de muchas cosas, y habrá que analizar los cambios que se produzcan en el grupo parlamentario, en la vicepresidencia segunda y en el Ministerio de Sanidad.

Sin embargo, habrá que ver quién quiere liderar un espacio cuyas cabezas visibles han ido saliendo, una tras otra, fruto de purgas, resentimientos, enfrentamientos, derrotas o malas prácticas: la cantidad de personajes que han circulado a toda velocidad por el entorno nacido de Podemos es elevada. Ahora Mónica García y Yolanda Díaz están bajo el foco y serán las mayores perjudicadas. El fin de Errejón puede ser el del liderazgo de Díaz, pero García tampoco saldrá con bien de esta.

El cambio de personas, no obstante, tampoco parece una solución en sí misma. La izquierda del PSOE está en crisis desde hace tiempo, y su situación no se resuelve mediante nuevas alianzas con fines electorales y con otros nombres que mantengan el mismo rumbo. Hay una dificultad ideológica para entroncar con los tiempos, que no es únicamente española, y que no se ha abordado precisamente porque todo el espacio está pendiente de las cuestiones internas. La marcha de Errejón podría servir como un detonante que activase su recomposición, pero es dudoso que sirva para algo más que ajustar cuentas y para dar más peso a unos en lugar de a otros."

(Esteban Hernández, El Confidencial, 28/10/24)

27.10.24

PP y Vox dan lecciones de igualdad con el caso Errejón pese a llevar a maltratadores en sus listas, y haber derogar la Ley contra la Violencia de Género, en vigor desde 2004, así como el Ministerio de Igualdad... por poner un ejemplo, ¿En qué quedó aquello denuncia de nueve miembros del PP de Madrid sobre prostitución, espionaje, maltrato y tráfico de drogas dentro del partido? Ni una lección del mundo conservador sobre derechos de la mujer

"Resulta vomitivo comprobar cómo las derechas están haciendo sangre con el caso Errejón.

 Los prebostes de PP y Vox se han apresurado a salir a la palestra para quedar como los nobles y dignos, los que avisaron contra los depredadores sexuales de la izquierda, los buenos de la película. Isabel Díaz Ayuso lanzó el primer dardo al asegurar eso de “otra pancarta que se les cae”, en clara alusión a la causa del feminismo, tradicionalmente defendida por la izquierda. Más tarde, fue el líder de Vox, Santiago Abascal, quien cargó contra los partidos del bloque de coalición a cuenta de la dimisión de Íñigo Errejón, acusado de violencia sexual por varias mujeres (entre ellas la actriz Elisa Mouliaá), y volcó toda su bilis al calificar a los líderes rojos como “un hatajo de miserables que quieren enseñar educación sexual” a los niños. Por su parte, Elías Bendodo y Miguel Tellado, salivando, decidieron ejercer su función de mamporreros siempre dispuestos a arañar unos votos con el odio –para la que fueron contratados–, y lanzaron las habituales declaraciones descarnadas tendentes a deshumanizar al adversario. “Lo de Errejón es el caso Ábalos de Sumar”, esa era la consigna deslizada desde Génova 13. Por supuesto, FAES, la fundación de Aznar, no iba a perder la oportunidad de hacer las veces de carroñera con el caso Errejón al señalar la “hipocresía” de la izquierda y las “vergüenzas” del Gobierno. “Esto se descompone”, añaden las fuentes de FAES en referencia al daño que el affaire hará a la izquierda a corto plazo.

Era evidente que las derechas iban a hacer leña del árbol caído y ya lo están haciendo. Pero resulta patético que formaciones políticas conservadoras y ultras que jamás se han preocupado por defender los derechos de la mujer, ni de legislar para avanzar en igualdad, traten de sacar pecho del nauseabundo asunto de agresión sexual que persigue al exdirigente de Sumar. La gran diferencia entre ambos mundos (izquierda y derecha) queda patente cuando se comprueba cómo el partido de Yolanda Díaz ha gestionado el asunto, cesando a Errejón en cuanto aparecieron las primeras denuncias públicas de Mouliáa, que destapaba el escándalo al calificar al diputado de “maltratador”, “psicópata” y “monstruo”. La dirección de la coalición sacó a la manzana podrida del cesto, se puso de lado de la víctima y de las mujeres maltratadas de este país y dio todas las explicaciones pertinentes en aras a la transparencia. Todo lo contrario que PP y Vox, que acostumbran a tapar casos semejantes en lugar de depurar responsabilidades. No hay más que tirar de hemeroteca para verificar la tesis de este artículo.

Así, en junio de 2023, el líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, puso en evidencia su propio machismo residual cuando, para justificar sus pactos con Vox, defendió al candidato de Vox, Carlos Flores, condenado por maltrato. En diciembre de 2022, este diputado nacional por Valencia fue elegido por el partido de Abascal como candidato a presidente en las elecciones a las Cortes Valencianas de 2023. El periódico Levante-EMV reveló que había sido condenado en 2002 por violencia psíquica habitual y faltas de coacciones, injurias y vejaciones a su exmujer, de quien se había separado en 1999. Feijóo no tuvo reparos en echarle flores a Flores. “Hace 20 años, es verdad. Es un catedrático de Derecho Constitucional, es verdad. Ha cumplido la sanción, es verdad. Se ha producido hace veinte años, es verdad. Tuvo un divorcio duro y conllevó un abuso verbal hacia su ex mujer”, dijo el dirigente conservador.

Vox siempre se ha caracterizado por ser un partido machista, un discurso que al PP nunca le ha importado lo más mínimo. No hay más que ver cómo los partidos democráticos cumplen con un minuto de silencio por el último asesinato machista mientras los políticos voxistas se sitúan fuera de la foto y de la pancarta institucional contra la violencia de género. Vox relativiza el terrorismo machista allí donde ocupa cuotas de poder, y la difumina o diluye llamándola violencia “intrafamiliar”. Es bien conocido que han prometido derogar la Ley contra la Violencia de Género, en vigor desde 2004, así como el Ministerio de Igualdad, cuando lleguen al Gobierno, si es que llegan algún día. Todo lo morado produce alergia y urticaria a las derechas españolas: critican y ridiculizan el 8M, Día de la Mujer, retiran la publicidad institucional pensada para concienciar a la sociedad ante el grave problema del machismo, suprimen programas de educación en las escuelas y liquidan los puntos seguros para la mujer en zonas peligrosas como grandes aglomeraciones y fiestas, donde suelen actuar los violadores y acosadores.

Por tanto, ni una lección del mundo conservador sobre derechos de la mujer. Deberían taparse un poco y no salir tan ufanos y arrogantes a descuartizar al presunto acosador Errejón, porque ellos no son precisamente un ejemplo de lucha contra el machismo. Al contrario, presumen de machos en público y en privado. Borja Sémper, portavoz del PP, ha tenido que hacer algún que otro malabarismo cuando se le ha preguntado por el escabroso affaire. “Quienes han dado tantas lecciones en el espacio público deben dar explicaciones ahora, aunque huyendo del ventajismo y el politiqueo fácil”. Hipocresía al poder."   (Marcos López, Diario16+, 26/10/24) 


"Nueve miembros del PP de Madrid denuncian prostitución, espionaje, maltrato y tráfico de drogas dentro del partido

Bullying, xenofobia, machismo, fiestas con alcohol y sustancias estupefacientes para captar militantes, e incluso la utilización de la prostitución como método para conseguir información y manipular a miembros del partido. Estas son solo algunas, que no todas, las confesiones que miembros que han militado en las Nuevas Generaciones (NNGG) y del Partido Popular de Madrid han querido realizar ante los micrófonos de ElPlural.com.

El ansia desmedida de poder, de control y de influencia en el que se movieran los referenciados en los testimonios, era un motor tan fuerte que les llevaban a despreciar, amenazar, vejar e incluso espiar a todo el que consideraran una amenaza para su propio beneficio personal y político. Así lo cuentan hasta nueve personas diferentes con las que ha hablado este medio. Todas ellas -algunas siguen incluso dentro de la formación y ocupan cargos relevantes-, coinciden en algo: en haber vivido un ambiente sumamente tóxico y desagradable, ya sea por haberlo sufrido en sus propias carnes o por haber sido testigos de ello en la cercanía. (...)"      (José María Garrido, El Plural, 02/05/24)

27.4.24

Errejón: Algo se ha terminado de romper estos días en los equilibrios de poder en España... desde la crisis de 2008, un acentuado proceso de concentración del poder y la riqueza ha terminado por consolidar una geografía en España por la cual los sectores reaccionarios siempre son hegemónicos, aunque no sean coyunturalmente mayoritarios... así que cuando hay un gobierno derechista, este se desempeña cómodamente... cuando hay un gobierno de centro-izquierda, este detenta una minoría del poder, la parte sometida a las urnas, rodeado de poderosas fuerzas reaccionarias de veto que hacen el clima social irrespirable. A esta segunda situación los opinadores le han dado en llamar “polarización”... El problema no es que el PP insulte. El problema es que cuenta con resortes de poder antidemocráticos. Y eso no se resuelve con llamados a la concordia sino con la democratización de esos aparatos... Para las derechas no se votan la estructura de la propiedad y el reparto de la riqueza. Por tímido que sea, cualquier intento de democratización social y económica es una subversión del orden

 "La carta de Pedro Sánchez comunicando que se tomaba cinco días para decidir si “le merece la pena” en términos de costes personales continuar como presidente del Gobierno de coalición en España ha originado un inmenso revuelo y montañas de especulaciones sobre sus motivaciones o cálculos, la decisión que tomará y los escenarios que se abrirán el próximo lunes. Este artículo no pretende contribuir a esas especulaciones, sino centrarse en la que es, a mi juicio, la cuestión central: la crisis abierta por la decisión de Sánchez ha colocado al sistema político español ante un límite estructural. Algo se ha terminado de romper estos días en los equilibrios de poder en España.

El régimen político de 1978, al tiempo que democratizaba el sistema político, consolidaba importantes núcleos de poder para la oligarquía y las élites franquistas, a buen resguardo de la soberanía popular. También, desde luego, definían un perímetro de lo discutible políticamente y de lo no discutible. Sin embargo, también comprendía una serie de compromisos, consensos y contrapesos que permitiesen el pluralismo y la alternancia en el poder, un cierto equilibrio con medidas compensatorias para las clases subalternas, un cierto equilibrio territorial y, de manera muy importante, la promesa de un horizonte progresivo de avance social, federalizante y democrático. Este equilibrio fue durante mucho tiempo garantía de estabilidad. 

Pero la evolución de los últimos años, al menos desde la crisis de 2008, no ha ido en ese sentido. Los sectores más privilegiados y más conservadores han experimentado una deriva reaccionaria que ha agudizado su concepción patrimonial del poder, de acuerdo con la cual solo son legítimos los gobiernos que coinciden -obedecen- plenamente a sus intereses, y cualquier otro es siempre sospechoso y sometido a un poder tutelar desde dentro y fuera del Estado. Un acentuado proceso de concentración del poder y la riqueza ha agrandado la desigualdad social y ha terminado por consolidar una geografía en el Estado por la cual los sectores reaccionarios siempre son hegemónicos, aunque no sean coyunturalmente mayoritarios. Cuando hay un gobierno derechista, este se desempeña cómodamente en el Estado, puesto que la práctica totalidad de los poderes públicos y privados se alinean con él.

El propio funcionamiento del mercado y su captura de la vida cotidiana normalizan sus valores. Mientras que cuando hay un gobierno de centro-izquierda, este detenta una minoría del poder, la parte sometida a las urnas, rodeado de poderosas fuerzas reaccionarias de veto que hacen el clima social irrespirable. A esta segunda situación los opinadores le han dado en llamar “polarización”. El problema no es que el PP insulte. El problema es que cuenta con resortes de poder antidemocráticos. Y eso no se resuelve con llamados a la concordia sino con la democratización de esos aparatos. Para las derechas hay dos cuestiones que no se votan, que no están sometidas a la soberanía popular. 

Por una parte, la nación no es la expresión de la voluntad popular, sino su límite. Así que cualquier avance hacia el reconocimiento de la plurinacionalidad o el fin de las medidas represivas es una traición que hace ilegítimo al Gobierno. 

(No estoy de acuerdo con este párrafo, y los que siguen, sobre la plurinacionalidad... no se puede igualar democracia con plurinacionalidad... la Cataluña de Pujol, el País Vasco del PNV repiten el mismo esquema de poder que el PP, puesto que la práctica totalidad de los poderes públicos y privados catalanes y vascos se alinean con el PNV o el clan Pujol... lo mismo que denuncia justamente Errejón... la plurinacionalidad resulta en pluri-oligarquías... no entiendo como se puede confundir la exigencia de democratizar sociedad y economía, con una plurinacionalidad que supone la misma amenaza que el PP)

Por otra parte, la estructura de la propiedad y el reparto de la riqueza constituyen también un “previo” al acuerdo político constitucional -en rigor, obtenido en origen en una guerra de conquista contra el propio pueblo español-, cuya alteración no se vota. Por tímido que sea, cualquier intento de democratización social y económica es una subversión del orden. Segunda traición.

La pregunta que se abre, por tanto, es la siguiente: ¿pueden las izquierdas gobernar en España? Y la experiencia histórica nos dice que sí, a condición de que no ejerzan demasiado. A condición de que asuman ser inquilinas en un Estado que tiene un dueño patrimonial, que les permite hacer cambios en la decoración, pero ninguna reforma que altere alguno de los tabiques del edificio. 

 Las luchas igualitaristas del ciclo político pasado, singularmente por la democratización del poder económico, por el derecho a decidir y por la igualdad entre mujeres y hombres, tuvieron un intocable impacto sobre el sistema político español. No fueron capaces de transformar radicalmente el status quo, pero sí han tenido un severo impacto –parlamentario, cultural, intelectual– que ha obligado a moverse a otros actores. Singularmente, el PSOE, para gobernar, ha tenido que moverse fuera de su perímetro ideológico tradicional. Ese es en gran medida el fenómeno Pedro Sánchez y la explicación de los odios que suscita. Contra el entendimiento con soberanistas catalanes y vascos, contra la coalición con Sumar, contra cualquier intento de alterar un reparto de poderes que hace a unos dueños y a otros inquilinos.

Es comprensible que mucha gente de la izquierda extraparlamentaria, de los movimientos sociales o del independentismo se indigne porque hoy muchos descubran cómo opera una maquinaria mediática y judicial destinada a hacer pagar muy caro el compromiso y a torpedear transformaciones de calado. Es un sentimiento humanamente comprensible por todos los que hemos sufrido operaciones de este tipo. La política siempre suele ser injusta e importan más los efectos que las intenciones. Sin embargo, la reflexión debería ser que el hecho de que estos poderes tengan que operar de manera abierta y descubierta nada más y nada menos que llegando hasta las mismas puertas de la Moncloa supone la profundización de una disputa por la democracia que hoy ya no se libra solo en las naciones sin Estado o en los márgenes del sistema político. No se trata de poner los agravios o dolores a competir, sino de federarlos en un momento decisivo para la democratización del Estado.

Álvaro García Linera llama punto de bifurcación a ese hecho político que resuelve una pugna en el seno del Estado. Ya sea en el sentido de consolidar los poderes hegemónicos o de generar nuevos equilibrios estables, un nuevo suelo de convivencia con cambios de larga duración en la correlación de fuerzas parlamentarias, en el espíritu de los servidores públicos, en el modelo económico y la distribución del excedente y en el sentido común de época: nuevas ideas fuerza de lo que es tolerable, lo que es posible, lo que es deseable. La tensión de este último tiempo, lo inesperado y abierto de la situación actual, muestra claramente que España ha llegado hoy a un punto de bifurcación. De esta crisis no se sale como si nada. El PSOE no tiene acuerdos del 78 a los que volver. Eso también supone una oportunidad histórica.

 Porque esto no va de una persona, ni de un partido. Ni siquiera del Gobierno de coalición. La pregunta cruda que se ha abierto es sobre la democracia en el Estado español. Para que este punto de bifurcación se resuelva en un sentido progresista, es necesario que el Gobierno aguante, sí. Pero que aguante saliendo de la interinidad, asumiendo el inmenso reto que tiene por delante. Hay que expandir el pueblo de la coalición dando buenos motivos para defender este gobierno, posibilitando experimentar una vida otra y, por tanto, la posibilidad de ir por más: reduciendo la jornada laboral y repartiendo los aumentos de productividad, expandiendo los permisos de cuidados remunerados, poniendo coto a los rentistas y bajando los precios de la vivienda, emprendiendo una transición ecológica con justicia social, democratizando las altas magistraturas del Estado para que su composición se parezca más al país real y tenga menos sesgos conservadores y elitistas. Pero hay que hacerlo no solo por “mejorar la vida de la gente”, sino también para construir poder para los que normalmente no lo tienen. Solo así es sostenible un ciclo de transformaciones encaminado a generar un nuevo equilibrio de fuerzas, más favorable a los de abajo y a las opciones políticas igualitaristas, que ya no tengan que pedir perdón por ser ni permiso para gobernar. Los compañeros de viaje más prudentes están comenzando a entender que hacen falta cambios de calado en el Estado español para que el más tibio reformismo pueda ser posible. Nosotros queremos ir más lejos, pero esta parte del camino solo se puede hacer juntas y juntos. Todo eso no se hace sin activación e impulso popular. No basta con maniobras de palacio, hace falta plaza.

Este fin de semana se producirán diferentes manifestaciones del pueblo de la coalición, aún por separado. Es una buena señal, que saca a la ciudadanía del rol de espectadora pasiva, que la desarma políticamente. A más activación popular, menos miedo y menos dudas de los que aún puedan añorar el retorno a la normalidad en la que te dejaban gobernar a cambio de la subalternidad. Es necesario recuperar el pulso y marcar horizonte. Sin ingenuidad ninguna, pero esta es una buena oportunidad. Defender, acompañar y llevar las posiciones más allá de lo previsto. Para resolver la crisis dando dos pasos adelante. Porque la alternativa sería dar diez atrás."             (Errejón, eldiario.es, 26/04/24)

21.6.23

Sumar apareció con un doble carácter, el de opción de futuro y el de barco de rescate, y eso ha generado posiciones muy diferentes dentro del espacio. De esa brecha nacen dos ritmos muy distintos de cara a las elecciones... Más Madrid puede refugiarse en la capital y los Comunes en Cataluña si las cosas no marchan... Por el contrario, a Yolanda Díaz y a su equipo sí les va todo en el 23-J... En el equipo de Díaz se cree que su espacio tiene mucho futuro, y que puede enganchar con un sector social amplio, y por eso tratan de buscar perfiles más amables y más significados socialmente que los de anteriores izquierdas. En buena medida, Sumar es la reunión de la posición ideológica de la vieja ICV (Iniciativa per Catalunya Verds), y de la visión electoralista del errejonismo... Esa es la razón de que quieran ensanchar su base electoral al máximo, y de que pretendan no ya competir con el PSOE, sino robarle todo el voto posible en aquellos territorios en los que Sumar está fuerte (Esteban Hernández)

 "(...) el equipo de Díaz sabe que necesita obtener un buen resultado para liderar el espacio posterior de manera real, por lo que tratará de ensanchar su base electoral lo máximo posible. Pero, sobre todo, está moviendo sus piezas en las listas para contar con apoyos propios una vez que los comicios se celebren.

En realidad, hay dos posiciones dentro de Sumar. La dominante es la de Yolanda Díaz, y la de algunas formaciones que la acompañan, que aspiran a dar un cambio significativo a la izquierda nacional. Poseen una orientación ideológica novedosa, porque aquí nunca ha sido mayoritaria en la izquierda. Sus líneas maestras, ecologismo, feminismo y laborismo verde, han aparecido dibujadas en los últimos tiempos de toda clase de izquierdas, pero no se trata tanto de las líneas programáticas como de la posición que desean ocupar. Buscan en España el espacio de la izquierda verde alemana.

 La otra gran novedad aparece en el perfil que desean ofrecer al electorado. Encargaron la realización del programa a un conjunto de expertos, entre los que predominaban los profesores universitarios, cuya intención era configurar una suerte de versión más avanzada de la España 2030 de la Oficina de Prospectiva, pero de la que se pudieran extraer algunas medidas claras para estas elecciones. Además, pretenden mostrar una imagen de solvencia, ligada a la imagen que su líder ha mostrado al frente del Ministerio de Trabajo, y alejada de ese amateurismo que sonaba fresco antes de tener responsabilidad de gobierno, pero que después les ha causado problemas serios.

Separarse del izquierdismo

La configuración de sus listas también pretende sugerir a los electores que son una izquierda evolucionada, que cuentan con personas representativas que ofrecen credibilidad profesional. Por eso, entre otras razones, se ha preferido como número 2 de la lista de Madrid a un diplomático antes que a un sindicalista, al que han relegado al número 6, ya que entendían que generaba más confianza social y les alejaba de viejos resabios izquierdistas. Por eso han elegido como número 3 (en los puestos de Más Madrid) a Tesh Sidi, una mujer joven, feminista, anticolonialista y experta en big data; o como número 7 a Alda Recas, enfermera y cabeza visible de la Marea Blanca. Esa intención de separarse del izquierdismo les ha llevado a no ofrecer puestos de salida por Madrid a IU; a Podemos lo han tenido que encajar a la fuerza.

En ese nuevo espacio sobran, ideológica y estéticamente, algunas de las fuerzas que ahora concurren con Sumar

Esta facción de Sumar cree que ha llegado el momento de hacer otras políticas que den una continuación diferente a las surgidas del 15-M. Toca acercarse a las izquierdas europeas contemporáneas: aspiran a una clara evolución del espacio político hacia una formación verde, feminista, atlantista, que dé cabida al reparto del trabajo y que impulse los empleos cualificados.

En ese nuevo espacio sobran, ideológica y estéticamente, algunas de las fuerzas que concurren con Sumar, y solamente la urgencia del momento y la debilidad de su estructura ha obligado a confluir con socios indeseados. La configuración de las listas lo ha dejado claro: hay partidos que no son bienvenidos y otros que van a ocupar un lugar muy secundario, en gran medida porque se les considera mucho más parte del pasado que del futuro. Baste señalar que Errejón no quiso ir con IU en la repetición electoral de 2016, y ahora los suyos tienen que aguantar a Podemos y a IU. Contentos no están, en especial porque piensan que Iglesias hará que el voto a Sumar sea menor.

Las dos posiciones electorales

 Sumar apareció con un doble carácter, el de opción de futuro y el de barco de rescate, y eso ha generado posiciones muy diferentes dentro del espacio. De esa brecha, de la que no se puede olvidar que cuenta con un marcado carácter ideológico, nacen dos ritmos muy distintos de cara a las elecciones.

A Yolanda Díaz y a su equipo les va todo en el 23-J: un mal resultado supondría un golpe significativo a su liderazgo

Cada partido tiene intereses obvios en obtener los mejores resultados allí donde concurre con puestos de salida, porque esa es la condición de posibilidad de lo que pueda venir, pero le importan poco las demás circunscripciones. Por el contrario, a Yolanda Díaz y a su equipo sí les va todo en el 23-J. Incluso Más Madrid puede refugiarse en la capital y los Comunes en Cataluña si las cosas no marchan, pero un mal resultado general supondría un golpe importante para la directora del espacio político.

Esa es la razón de que quieran ensanchar su base electoral al máximo, y de que pretendan no ya competir con el PSOE, sino robarle todo el voto posible en aquellos territorios en los que Sumar está fuerte. En el equipo de Díaz se cree que su espacio tiene mucho futuro, y que puede enganchar con un sector social amplio, y por eso tratan de buscar perfiles más amables y más significados socialmente que los de anteriores izquierdas. En buena medida, Sumar es la reunión de la posición ideológica de la vieja ICV (Iniciativa per Catalunya Verds), de donde proviene Urtasun, y de la visión electoralista del errejonismo. La confluencia de un partido verde europeo con las formas, mensajes y posiciones electorales que siempre defendió Errejón es lo que está intentando construir Díaz.

Sin embargo, para lograrlo, necesita más músculo propio. Los puestos que ella ha situado en las listas, de fieles a Díaz y no a otros partidos, son escasos. Por eso hay baile de nombres de última hora y Díaz está ampliando el número de afines, en especial de esos que militan en otros partidos, pero han mostrado su compromiso con la dirección de Sumar. Las fricciones por este motivo incluso han alcanzado a su relación con los Comunes.

La noche de las elecciones

Con este reparto de cartas, que marca posiciones políticas y niveles de movilización diferentes, es previsible que en Sumar haya tensiones futuras. Si los resultados acompañan, lo natural es que se reduzca el espacio que los de Díaz dejen a las formaciones no bienvenidas a la coalición. Si, por el contrario, no resultan suficientes, los reproches mutuos se multiplicarán desde la noche de las elecciones (hay que recordar lo vivido el 26 de junio de 2016, el día de la repetición de las generales que ganó Rajoy) y la vida en ese grupo parlamentario se convertirá en muy complicada. En Sumar son conscientes de la doble partida, la electoral y la posterior al 23-J, y están tratando de asentar una estructura real para el partido político Sumar y de consolidar un número relevante de diputados de verdad afines a Díaz dentro del grupo. Sumar todavía guarda muchas cajas que abrir en sus cuitas internas."              (Esteban Hernández, El Confidencial, 18/06/23)

16.4.23

"La decadencia del paradigma neoliberal permite imaginar y anticipar en la teoría y en la práctica uno nuevo, que habla del retorno de la política industrial, de la redistribución de la riqueza, de desmercantilización de derechos y de la planificación democrática para la transición ecológica... Las ideas nuevas que representen ese “después del neoliberalismo” no son sólo ni principalmente fórmulas electorales ni de campaña. Son el régimen afectivo, estético y de deseo que movilice la esperanza cierta de otra vida posible y mejor, de un futuro distinto, verde, libre y justo... España tiene condiciones para ser pionera del nuevo paradigma y liderarlo en la UE... Se trata de imaginar una espiral que lleva la democracia a todos los rincones de la vida, deshaciendo los poderes oligárquicos que hoy la asfixian"... O sea, tenemos un teórico, y sólo uno, Errejón... tenemos un líder político, y sólo uno, Yolanda Díaz... tenemos un leninista, al que se le ha pasado el arroz, Pablo Iglesias, y menos mal que sólo uno

 "Para un nuevo ciclo, a la ofensiva.

Se ha abierto un debate, sin duda saludable, sobre las posibilidades de transformación política de España, pero este no puede darse solo en términos de relaciones entre partidos o declaraciones de sus dirigentes.

 Desde que el pasado domingo día 2 de abril Yolanda Díaz anunciase su voluntad de ser candidata a la presidencia del Gobierno con la plataforma Sumar, se han sucedido los artículos, las declaraciones y la polémica. Conviene en todo caso no perder de vista que la primera cita electoral serán los comicios municipales y autonómicos en gran parte del Estado español, del próximo 28 de mayo, que contribuirán sin duda a clarificar los términos de la discusión y a contrastarlos con las preferencias de los españoles. En cualquier caso parece haberse abierto o desempolvado un debate sobre las posibilidades de transformación política en España, y eso es sin duda saludable.

Sin embargo, es de lamentar que esa discusión se está dando casi en exclusiva en términos estrechos y “domésticos”: sobre las relaciones entre partidos, las conversaciones entre dirigentes o las declaraciones cruzadas. Era esperable que el periodismo y la lógica espectacular de las noticias y la actualidad situasen la cuestión exclusivamente en esos términos. Pero es sorprendente lo ausente que está el debate político en ese ruido. Es sonrojante lo poco que se habla de política en los ámbitos de la política profesional.

Lo fundamental, lo único decisivo es el debate sobre qué tipo de herramienta y qué tipo de intervención política se pueden hacer cargo de la España del 2023, de la actual composición cultural e ideológica de nuestra sociedad, para articular una mayoría por el ensanchamiento y la profundización democrática.

Para ello, en mi opinión, hay que partir de tres constataciones. 

En primer lugar, que la nostalgia es un pésimo mapa. Los años 2014-2015 no volverán, porque nuestro país ya es otro, el resultado mezclado de las esperanzas frustradas de entonces y de la adaptación de los actores políticos al gran desafío democrático de aquellos años —que yo siempre sitúo en los tres vectores del ciclo de contestación de la década pasada: el 15-M y el primer Podemos, el octubre catalán y el feminismo—. En gran medida la ola reaccionaria fue un contraataque rencoroso que persiguió en su retirada a las fuerzas que protagonizaron el ciclo anterior, en cuanto empezaron a dar muestras de estancamiento o dificultad para convertir su empuje en hegemonía. El proyecto que necesitamos, entonces, es uno que se haga cargo de que somos nuestros avances y nuestros aprendizajes, pero que también somos nuestras derrotas y el efecto moral e ideológico que han tenido en el pueblo español. Cualquier intento de repetición sería farsa o tragedia, que dijese aquel. Esto seguramente nos conmina a una propuesta que hoy combine la misma voluntad de cambiarlo todo con una adaptación pragmática a un terreno más pavimentado de escepticismo.

Derivada de esta, la segunda constatación es que hay que poner todos los esfuerzos en construir una alternativa contemporánea. Por más que al reducido ecosistema político-mediático de la izquierda le seduzca mucho la idea, lo nuevo no puede ser sólo el reagrupamiento de lo disgregado en la etapa anterior. De hecho, el primer Podemos puso patas arriba el tablero político por tener una posición propia y acertada, no por ser una reunión de lo ya existente. Un nuevo todo nunca es una suma de las partes de antes. Eso no ilusiona a nadie: apenas a nadie dentro, pues se suele utilizar sólo como argumento-arma arrojadiza; desde luego a nadie fuera. Si el ciclo anterior pasó, las posibilidades de abrir uno nuevo no pasan por una extemporánea reunión de los trozos de 2017. La izquierda tiene que dejar de pensar que es mayoría social en España, que con juntarse ya se basta. Las mayorías se siguen construyendo con quienes no saben, con quienes no lo tienen claro, con quienes no se sienten interpelados, con quienes no cuentan en las cuentas oficiales. Con los que faltan, decíamos hace unos años. La transversalidad no es más que la voluntad de construir una mayoría política a partir de los dolores y expectativas que atraviesan y recorren el cuerpo de nuestro país, dándole una orientación emancipadora, que permita superar esos dolores y realizar esas expectativas. Una parte de esa mayoría posible conectó con propuestas políticas anteriores y hoy ha dejado de escuchar. De hecho, hoy ya es otra. La propuesta que pueda cambiar la vida en el 2023 tendrá que serle más fiel a las condiciones del 2023 que a ninguna herencia o nostalgia.

La tercera constatación es que, con todo, hay amplias capas de la ciudadanía con voluntad de creer, con la necesidad de poder volver a creer. Y hay condiciones para representar ese anhelo que hoy sobre todo se expresa en el deseo de que el PP y Vox no gobiernen y que el Gobierno progresista continúe “mejor”. Que este sea el ánimo principal del pueblo progresista español habla a las claras de una situación defensiva en lo ideológico y en lo moral. También de que el Gobierno actual se ha convertido, nos guste más o menos subjetivamente, en objetivamente “nuestro” Gobierno. Nuestras suertes correrán paralelas. Es, en ese sentido, quizás el mejor Gobierno que le cabe a la España actual, y eso dice mucho del momento que atravesamos. Pero si somos coherentes con nuestros análisis, entonces hay que trabajar para empujarlo hasta el límite de sus posibilidades para después revalidarlo con un mejor equilibrio interno que permita llevar hasta sus últimas consecuencias algunas de sus mejores potencialidades. 

A pesar de que haya sido bien entrada la legislatura y quizás agobiado por malos presagios electorales, algunas de las medidas económicas del Gobierno y el discurso que las dota de sentido han estado marcadas por una lógica “populista” —nada que ver con su uso periodístico— que no ha dividido el campo político entre una mitad y otra del arco parlamentario sino entre la mayoría social trabajadora y las élites insolidarias. Esto ha sido el tope al gas, medida victoriosa y ya paradigma en Europa, o el impuesto a los beneficios extraordinarios de la banca, o la subida del salario mínimo. Que sean fruto de la coyuntura o de una decisión ideológica firme es, para nosotros, secundario: son la demostración de que con las condiciones adecuadas el Gobierno puede desplazarse a posiciones que nunca se habría planteado adoptar. 

Es también la demostración de que el margen para la transformación del Estado en un sentido de democratización y justicia social es mucho más amplio que cuando el neoliberalismo era hegemónico. Hay camino por recorrer. Ese es el camino para salir de las posiciones defensivas de “que no ganen las derechas” y comenzar a alumbrar una propuesta de qué es ganar nosotros, de cuáles son las transformaciones que queremos producir para la próxima década. Es en esas batallas que se puede fraguar un bloque político no reactivo sino que recupere confianza en sus propias fuerzas para conducir el destino de su país.

Para que esto sea posible, me permito señalar de manera sumaria al menos cuatro tareas imprescindibles. En primer lugar, la de volver a conectar la política con la vida cotidiana. 

Es preciso que la política vuelva a ser “ingenua” y utópica, vuelva a ocuparse de lo que nos deja sin dormir, de lo que soñamos, de que la felicidad pueda ser un derecho y no un lujo. Del tiempo libre, de la salud mental, de los cuidados y la responsabilidad afectiva, del aire que respiramos y la comida que comemos, de la tierra que caminamos, de una existencia libre de la amenaza de la precariedad. A menudo esta práctica no se expresa con palabras muy connotadas ideológicamente y sin embargo sigue siendo la más radical: la que se empeña en que la gente no sufra y la que quiere, en las penurias del día a día, identificar y postular elementos comunes para una confianza renovada de los de abajo en sus propias fuerzas.

En segundo lugar, discutir ya sobre cuáles son las modificaciones económicas, jurídicas y culturales realizables en las que debemos concentrar nuestras fuerzas para abrir un ciclo virtuoso de “reformas no reformistas” en las que cada avance construya fuerzas, confianza y esperanza para el avance siguiente. A fin de cuentas, ¡para eso queremos el Gobierno! Se trata de imaginar una espiral que lleva la democracia a todos los rincones de la vida, deshaciendo los poderes oligárquicos que hoy la asfixian, y permite construir poder para los que hoy fundamentalmente sobreviven. La decadencia del paradigma neoliberal permite imaginar y anticipar en la teoría y en la práctica uno nuevo, que habla del retorno de la política industrial, de la redistribución de la riqueza, de desmercantilización de derechos y de la planificación democrática para la transición ecológica. España tiene condiciones para ser pionera del nuevo paradigma y liderarlo en la UE.

La intervención del mercado de la vivienda y la desarticulación del bloque inmobiliario-rentista, la democratización de la energía favoreciendo comunidades energéticas, políticas industriales verdes para luchar contra el cambio climático o incluso las transformaciones urbanísticas que favorezcan espacios y hábitos de vida en común son ejemplos de estos cambios que abren la puerta a cambios de mayor calado. El ecologismo y el feminismo son quienes hoy están ofreciendo más pistas sobre transformaciones de la vida cotidiana que democraticen la vida y que permitan imaginar un futuro mejor. Identificar esta agenda de transformaciones asequibles y decisivas —las dos o tres batallas clave de cada legislatura— va más allá de un trabajo programático y constituye el elemento decisivo de una propuesta política: su lectura de los límites y potencialidades de su tiempo.

En tercer lugar, producir de nuevo una apertura política para que la gente que no cuenta pueda irrumpir, para que regresen quienes se quedaron por el camino o los que ya no confían en nada o ni siquiera miran. Eso pasa por tomar la férrea decisión política de mirar más afuera que adentro (que a las redes o al carrusel de las vidas de partido) y también por fundar una cultura republicana del acuerdo y las diferencias que destierre el sectarismo, que es siempre la muerte de la inteligencia política.

En cuarto y último lugar, es imprescindible un rearme político e ideológico. Una comunidad política no es un pacto ni un acuerdo de reparto de posiciones. Es una comunidad humana que comparte un horizonte, un lenguaje, una propuesta, una pasión. Eso está por construirse y no lo va a sustituir la #compol (comunicación política). El discurso nunca ha sido una serie de trucos retóricos sino una intervención consistente, política y ética, sobre la realidad. Para este necesario regreso de la política nunca hay tiempo. Pero hoy es ya impostergable. Solo hay comunidad política, y no mera yuxtaposición, donde hay gramática compartida. Solo así, también, hay renovación intelectual y formación de nuevos cuadros. Las ideas nuevas que representen ese “después del neoliberalismo” no son sólo ni principalmente fórmulas electorales ni de campaña. Son el régimen afectivo, estético y de deseo que movilice la esperanza cierta de otra vida posible y mejor, de un futuro distinto, verde, libre y justo.

Aunque se habla mucho menos de ellas, es de la realización de estas tareas, y de muchas otras que aquí aún no se abordan o imaginan, de lo que dependerá que estemos en condiciones de construir el impulso popular necesario para abrir un nuevo ciclo político, en el que llevar lo posible siempre un paso más allá."                     

(Íñigo Errejón es portavoz de Más País en el Congreso de los Diputados. El País, 14/04/23)

7.10.22

Hubo una pandemia, nadie sabía nada de ella, estaba todo el mundo acojonado y señoras de limpieza con contratos precarios se pusieron bolsas de la basura encima y fueron a currar. Hoy tipos con patrimonios millonarios lloriquean porque les suben un poco los impuestos... La rebelión fiscal de los ricos: este guante hay que cogerlo... La batalla de la fiscalidad no es en absoluto una cuestión “técnica”. Es una contienda de valores que los demócratas y partidarios de la justicia social no podemos rehuir... esta batalla, la que el PP ha abierto en pos del derecho de los ricos al egoísmo, es una batalla que el Gobierno de España puede ganar perfectamente ganable... tratan de sustituir un vínculo ciudadano con los servicios -“tengo derecho a ellos en tanto que miembro de la comunidad, porque contribuyo en la medida de mis capacidades y recibo en la medida de mis necesidades”- por uno mercantil -“Tengo derecho a tanto como mi dinero pueda comprar”... Mientras el recorte de un tercio de los escaños que hay en el Congreso de los Diputados nos permitiría “ahorrar” apenas 40 millones de euros anuales, por la evasión fiscal que practican las grandes fortunas perdemos, cada año, 6.350 millones de euros... Somos además un país donde, aunque en ligero retroceso, las posiciones favorables a los impuestos a cambio de mejores servicios públicos son claramente mayoritarias... Este es un campo de batalla propicio para un gobierno que necesita con urgencia producir un rearme moral de la población progresista española: librar y ganar batallas que restauren su autoridad, que coloquen a los adversarios nítidamente del lado de la minoría privilegiada y que generen condiciones y confianza para ir por más en un ciclo virtuoso... Esta contienda puede y debe ser una piedra de toque para romper con la inercia defensiva y recuperar la iniciativa

Lordo @LordoLordor

Hola, hubo una pandemia, nadie sabía nada de ella, estaba todo el mundo acojonado y señoras de limpieza con contratos precarios se pusieron bolsas de la basura encima y fueron a currar. Hoy tipos con patrimonios millonarios lloriquean porque les suben un poco los impuestos

10:01 a. m. · 30 sept. 2022
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"La batalla de la fiscalidad no es en absoluto una cuestión “técnica” ni que puedan resolver expertos al margen de sus preferencias morales. 

Es una contienda de valores que los demócratas y partidarios de la justicia social no podemos rehuir.

 El pasado 19 de septiembre el presidente de la Junta de Andalucía, Moreno Bonilla, proponía eliminar en su comunidad autónoma el impuesto de patrimonio. Se unía así a una política emblemática de la derecha madrileña y arrastraba pronunciamientos similares de los gobiernos populares de Galicia y de la región de Murcia. 

Los conservadores españoles abrían así una ofensiva en materia fiscal, intentando forzar una competición a la baja entre administraciones autonómicas a ver quién le perdona más impuestos a los más ricos. La Comunidad Autónoma de Madrid ha aprovechado desde hace años las ventajas del efecto capitalidad para una agresiva política de dumping fiscal que le hace una competencia desleal al resto de nuestro país y en particular a la España interior. 

El Impuesto de Patrimonio es aquel que pagan los ciudadanos que poseen bienes y acciones por encima de 700.000 euros, descontados los de la primera residencia hasta los 300.000 euros. Es decir, aquellos que cuentan con un patrimonio superior al millón de euros. Estamos hablando de aproximadamente un 0,4% de la población española, pero el PP aspira a identificar los regalos a esta ínfima minoría privilegiada con el bienestar del conjunto de la sociedad y levanta orgulloso la bandera de la rebelión fiscal de los ricos también en las rebajas a grandes sociedades, a las tasas al capital financiero o en el impuesto de sucesiones. 

Es evidente que los regalos a ese escaso 1% que no necesita los servicios públicos los pagan las condiciones de vida de la inmensa mayoría quienes sí los necesitan. Los cientos de millones perdonados a los más ricos son después listas de espera más largas, menos plazas en escuelas infantiles, degradación de la escuela pública, cierre de ambulatorios por las tardes, menos bomberos forestales para combatir o prevenir los incendios, o peores condiciones en las residencias para mayores.

 Los reaccionarios, para saltar por encima de esta conexión evidente, han inventado un atajo narrativo: la solución sería, para hacerle regalos a los ricos sin recortar en los servicios públicos, eliminar “el gasto político superfluo”. 

Nunca ofrecen números que reflejen cómo van a cuadrar las cuentas, sencillamente porque los números no les favorecen. Mientras el recorte de un tercio de los escaños que hay en el Congreso de los Diputados nos permitiría “ahorrar” apenas 40 millones de euros anuales, por la evasión fiscal que practican las grandes fortunas perdemos, cada año, 6.350 millones de euros. 160 veces más. Pero es que además, cuando gobiernan, practican exactamente lo contrario a lo que dicen defender.

 Para muestra valen los ejemplos de la humorística Oficina del español que regentaba Toni Cantó en Madrid o la vicepresidencia sin competencias para Vox en Castilla y León. No obstante la eficacia de este artefacto ideológico no reside en su consistencia sino en su capacidad de ofrecer otro enemigo: sacar a la oligarquía de la discusión pública -y por tanto blindarla- y concentrar el resentimiento contra las instituciones, la política y, más en general, cualquier idea de lo colectivo. 

Sucede lo mismo con las supuestas teorías del “goteo”, todas desmentidas por abundante evidencia científica que demuestra que las rebajas fiscales a los ricos sólo producen aumento de la desigualdad. 

Es por eso que esta ofensiva fiscal no tiene sólo un propósito económico. Los conservadores siempre han intentado reducir la contribución de los más ricos a la sociedad en la que viven y, por encima de todo, hacerla voluntaria. Esto es, dependiente de su caridad o filantropía. Pero desde la revolución neoliberal en la década de los 80 del pasado siglo esta presión se convirtió en la punta de lanza de una guerra ideológica por transformar el modelo social. La rebelión fiscal de los ricos no es una política que la derecha practique a escondidas sino un verdadero estandarte ideológico que así tiene que ser entendido y confrontado. 

En primer lugar, al defender estas bajadas de impuestos a los privilegiados, los conservadores libran una batalla moral: buscan estimular un cierto “derecho al egoísmo” que conecte incluso con sectores empobrecidos que sueñen con ser lo suficientemente ricos y poderosos como para dejar atrás a la colectividad. La sociedad es para los perdedores, y los ricos que se escinden son un modelo de prestigio. (“Tú si pudieses también lo harías”). Esta moral corroe los vínculos sociales y los lazos comunitarios, la confianza interpersonal y cualquier idea de avance colectivo.

 La única mejora pensable es individual y no es con los otros sino a costa de los otros. Este es el terreno cultural que abona después la deshumanización de los sectores más golpeados de la sociedad y la posibilidad de abrazar propuestas de neoliberalismo autoritario como las vencedoras recientemente en Italia. Un discurso despiadado que te prometa que tú -no todos, pero tú sí- tendrás otros perdedores sobre los que alzarte. 

En segundo lugar, esta ofensiva fiscal libra una permanente, paciente y generalizada guerra de posiciones contra los valores igualitaristas. Contra la idea misma de que la mayor cantidad de igualdad posible sea un objetivo social deseable. Toda la tradición republicana y democrática descansa sobre la idea de que nadie es libre si es tan pobre que debe someterse a los arbitrios o caprichos de otro. Sin embargo, esta contraofensiva conservadora defiende que cualquier aumento de igualdad es una amenaza para la libertad y que la libertad es, en esencia, el derecho a poder hacer lo que tu dinero te permita. Esta es una idea socialmente insostenible, ecológicamente impracticable y políticamente incompatible con la democracia.

Por último, esta ofensiva apunta a transformar la subjetividad de las poblaciones sobre las que se aplica. Los recortes en los servicios públicos no son sólo la consecuencia de los regalos fiscales a los más ricos, algo así como una derivada no buscada. Son en sí mismo el objetivo de esta política.

Se trata de reducir el peso de los trabajadores públicos en la economía -con menor precariedad y mayor capacidad de presión- y, sobre todo, de cambiar el paradigma y sustituir un vínculo ciudadano con los servicios -“tengo derecho a ellos en tanto que miembro de la comunidad, porque contribuyo en la medida de mis capacidades y recibo en la medida de mis necesidades”- por uno mercantil -“Tengo derecho a tanto como mi dinero pueda comprar”- 

Este cambio de modelo genera un cambio de subjetividad y de expectativas, de la confianza en las instituciones compartidas a la desconfianza generalizada y la confianza sólo en la capacidad individual. Como demuestra el ejemplo madrileño, la expulsión de las capas medias y buena parte de las trabajadoras fuera de unos servicios públicos maltratados y dejados sólo para quienes no podrían contratar un seguro o una escuela privada genera un importante desplazamiento de conciencia e ideológico. sacar a las clases medias del contrato social y generarles incentivos para no querer pagar por unos servicios que no usan es desgajarlas de un posible bloque popular y ponerlas bajo el área de influencia cultural y moral de los privilegiados . 

En Italia la privatización de buena parte de las playas ha estigmatizado y empeorado las públicas, que acostumbran a estar más sucias y descuidadas, y ha construido las privadas como modelo aspiracional. La ordenación del espacio y de la satisfacción de las necesidades nunca es neutral. Y produce efectos. Aunque buena parte de la izquierda siga pensando que se basta, la hegemonía neoliberal no se construye en las campañas electorales -ni depende del número de candidaturas- sino que se reproduce a diario en una vida cotidiana que cada vez más reproduce los valores del sálvese quien pueda. Después sólo queda pedirle a los electores que voten tal y como viven, trabajan, se desplazan, se conocen, consumen. 

Por estas razones sostenemos que la batalla de la fiscalidad no es en absoluto una cuestión “técnica” ni que puedan resolver expertos al margen de sus preferencias morales. Es una contienda de valores que los demócratas y partidarios de la justicia social no podemos rehuir porque cada victoria del adversario va transformando nuestra sociedad en un sentido que le facilita las siguientes y las tiende a hacer relativamente irreversibles.  (...)

Sin embargo, sostenemos que esta batalla, la que el PP ha abierto en pos del derecho de los ricos al egoísmo, es una batalla que el Gobierno de España no puede ni debe rehuir. Porque, además de ser cultural e ideológicamente central, es perfectamente ganable. De hecho, el Gobierno encuentra condiciones idóneas para librarla de frente, para coger el guante, aceptar el reto y llevarlo hasta el final. 

La situación geopolítica ha originado unas coordenadas de gobernanza europea excepcionales, que permiten suspender las reglas de gasto fiscal, intervenir mercados energéticos y topar precios. Hoy hay un consenso impensable hace años en torno a políticas económicas de signo progresista, que debemos empujar en un sentido democrático e igualitarista. Nada menos que la Comisión Europea y el Banco Central Europeo desaconsejan los regalos fiscales a los más ricos y aconsejan exigirles una mayor contribución para con sus sociedades en momentos difíciles, y esto ha puesto en varios momentos en contradicciones al propio Partido Popular. 

En el plano doméstico, nuestra población ha experimentado la necesidad de tener un Estado fuerte con capacidad de intervenir y proteger a los más vulnerables. Somos además un país donde, aunque en ligero retroceso, las posiciones favorables a los impuestos a cambio de mejores servicios públicos son claramente mayoritarias. 

Además de estas condiciones internacionales y culturales, el Gobierno cuenta con recursos económicos y apoyos parlamentarios como para responder a esta ofensiva con firmeza, convirtiéndola en un boomerang: acercando el tipo efectivo al tipo nominal en el impuesto de sociedades, fijando un impuesto a la riqueza a nivel nacional y limitando al máximo las bonificaciones y deducciones para evitar el dumping fiscal de la carrera a ver qué comunidad autónoma le hace más regalos a quienes menos lo necesitan. 

Pero la reforma fiscal sólo puede ser un primer paso: la ciudadanía tiene que sentir y ver que lo recaudado efectivamente sirve a la mayoría: ayudas a los más vulnerables para afrontar el invierno, reforzar los servicios públicos, dedicando más recursos a la salud mental, y políticas industriales verdes que cambien el modelo productivo y creen decenas de miles de empleos.  

 Este es un campo de batalla propicio para un gobierno que necesita con urgencia producir un rearme moral de la población progresista española: librar y ganar batallas que restauren su autoridad, que coloquen a los adversarios nítidamente del lado de la minoría privilegiada y que generen condiciones y confianza para ir por más en un ciclo virtuoso. Nosotros hace tiempo que asumimos el reto de ofrecer horizonte, empujar cuando haya parálisis y acompañar y reforzar cuando haya avance. 

Desde el debate del Estado de la Nación antes del verano, el Gobierno muestra un cambio de rumbo que ha sido persistente en los meses pero que debe extenderse y profundizarse: esta crisis no puede cargarse sobre la espalda del pueblo español, es la cúspide de la pirámide, la primera en poner siempre la mano, la que debe arrimar ahora el hombro. Esa es la única senda posible para pensar en una reválida del Gobierno que coincida con una reconstrucción social económica de nuestro país. Esta contienda puede y debe ser una piedra de toque para romper con la inercia defensiva y recuperar la iniciativa."                              (Errejón, eldiario.es, 29/09/22)

4.8.22

Errejón: La crisis climática no es ciencia ficción; es el futuro que venía pronosticando la comunidad científica, que ya ha llegado, más rápido aún de lo que creíamos... ¿Qué llevaría a alguien, sudando y viendo cómo el país arde por los cuatro costados, acosado por los efectos de la crisis energética y malhumorado por no poder dormir bien por culpa del calor a librar un combate para sostener que la crisis climática es mentira? No es la falta de datos ni de evidencia empírica por lo que los negacionistas adoptan esta postura... ¿Y entonces, por qué lo niegan? En realidad, niegan el problema para poder rechazar así la solución, frente a la que no tienen alternativa... Lo niegan porque, de aceptarlo, tendrían que convenir entonces que la transición ecológica es urgente y requiere dedicarle ingentes recursos económicos y de movilización social para transformar nuestra forma de vivir en la Tierra, de producir y consumir, de alimentarnos y calentarnos, de transportarnos o divertirnos, porque se nos acaba el tiempo... Que, por tanto, hemos de recuperar nuestra capacidad de anticiparnos a lo que viene, construyendo las herramientas políticas y sociales para tomar decisiones como sociedades y no sólo como individuos, decidiendo qué cosas son prioritarias y cuáles no, a qué le dedicamos mayores esfuerzos e inversión de recursos y a qué menos. Lo que regresa es la idea de la planificación... No se trata simplemente del “regreso del Estado”... Se trata del regreso de la planificación para gobernar el futuro, fijar democráticamente metas colectivas, ponerle coto a los poderes oligárquicos, coordinar esfuerzos público-privados y movilizar los recursos necesarios para que la transición ecológica la gobernemos nosotros con planificación democrática y ecológica en lugar de que la gobiernen el miedo, la guerra por recursos cada vez más escasos y la desigualdad y violencia creciente entre los que sufren y los que pueden pagarse refugios cada vez más caros

 "En este verano del año 2022 asomarse a las noticias es un ejercicio que a no pocos les produce ansiedad: muertes por la ola de calor, que se concentran en los mayores y las personas de rentas más bajas; más de 30 incendios activos en toda España que se cobran vidas humanas e irreversibles daños naturales; infraestructuras que no funcionan correctamente debido al desgaste de los materiales por las altas temperaturas, y de fondo la crisis energética y su correlato económico como horizonte de época. 

Las series y películas distópicas que vemos en las plataformas parecen haber asaltado ya los informativos. La crisis climática no es ciencia ficción; es el futuro que venía pronosticando la comunidad científica, que ya ha llegado, más rápido aún de lo que creíamos. Pero más importante aún que los datos: si algo define nuestro ánimo colectivo es que no pensamos que esto sean casualidades o que los próximos veranos vayan a ser mejores.

No obstante, precisamente a medida que el consenso científico se consolida y se hace comprensión general de nuestro tiempo, extendiéndose como sabiduría popular acalorada y preocupada, más beligerantes son las reacciones de aquellos negacionistas empeñados en librar una batalla contra las percepciones sensibles más evidentes: todo es como siempre ha sido, no está pasando nada, todo es una inmensa maniobra de distracción —¿distracción de qué?— progre.

¿Qué llevaría a alguien, sudando y viendo cómo el país arde por los cuatro costados, acosado por los efectos de la crisis energética y malhumorado por no poder dormir bien por culpa del calor a librar un combate para sostener que la crisis climática es mentira? No es la falta de datos ni de evidencia empírica por lo que los negacionistas adoptan esta postura. Los propios negacionistas añoran paisajes que se han destruido de forma irreversible, respiran peor aire, comen peor alimentación y pagan más precio por la energía. También, seguramente, ven el futuro con más pesimismo. ¿Y entonces, por qué lo niegan? En realidad, niegan el problema para poder rechazar así la solución, frente a la que no tienen alternativa.

Hay seguramente una parte de resignación nihilista vestida de chulería, la del que se da golpes en el pecho por permanecer impasible mientras todo a su alrededor va a peor, como si se pudiese salvar solo. Pero hay una razón más profunda. Lo niegan porque, de aceptarlo, tendrían que convenir entonces que la transición ecológica es urgente y requiere dedicarle ingentes recursos económicos y de movilización social para transformar nuestra forma de vivir en la Tierra, de producir y consumir, de alimentarnos y calentarnos, de transportarnos o divertirnos, porque se nos acaba el tiempo y no podemos seguir comportándonos como si los recursos naturales y el planeta fuesen infinitos cuando están dando muestras espeluznantes de agotamiento.

Es más, en un segundo paso tendrían que reconocer que no vamos bien, que librado a su propia inercia este modelo depredador no ha demostrado posibilidad de autorreformarse y que la apelación al comportamiento responsable de cada individuo —o de cada empresa— considerado en forma aislada no puede producir cambios a la escala, la intensidad y la velocidad que necesitamos. Que, por tanto, hemos de recuperar nuestra capacidad de anticiparnos a lo que viene, construyendo las herramientas políticas y sociales para tomar decisiones como sociedades y no sólo como individuos, decidiendo qué cosas son prioritarias y cuáles no, a qué le dedicamos mayores esfuerzos e inversión de recursos y a qué menos. Lo que regresa es la idea de la planificación. La pandemia nos obligó a tomar medidas que establecían un bien colectivo —la salud— por encima de algunas apetencias individuales. También, en los momentos más duros, nos obligó a priorizar la producción de algunos bienes y servicios por encima de otros. Es bastante posible que aquello sólo haya sido el ensayo de las transformaciones que están por venir. Nuestras sociedades se nos revelaron de pronto muy frágiles y tuvimos que rescatar la idea de que existe un bien común que es más que la suma de los deseos individuales, que este se interpreta y establece por los procedimientos que concreta la soberanía popular y que ello requiere instituciones estatales y comunitarias con la fuerza como para poder salvaguardarlo o realizarlo.

No se trata simplemente del “regreso del Estado” porque este, en rigor, nunca se fue, ya fuera como gendarme, como creador de otro marco legal para la desregulación y la devaluación salarial o como asegurador de última instancia. Se trata del regreso de la planificación para gobernar el futuro, fijar democráticamente metas colectivas, ponerle coto a los poderes oligárquicos, coordinar esfuerzos público-privados y movilizar los recursos necesarios para que la transición ecológica la gobernemos nosotros con planificación democrática y ecológica en lugar de que la gobiernen el miedo, la guerra por recursos cada vez más escasos y la desigualdad y violencia creciente entre los que sufren y los que pueden pagarse refugios cada vez más caros. El neoliberalismo no tiene nada que decir sobre las dos amenazas más importantes que ha sufrido la humanidad en los últimos tiempos: la covid y la crisis climática. Simplemente no tiene respuestas, porque es un paradigma obsoleto, apenas una huida zombi hacia delante. Así, no es extraño que una parte de la furia de sus partidarios se haya dirigido… contra la propia existencia de esos desafíos. (...)

  Si se niegan a conceder la evidente crisis climática es porque temen, con razón, que detrás de la creciente conciencia verde bien pueda venir la de la imperiosa necesidad de una transición ecológica que sólo puede llevarse a cabo con comunidades densas y Estados fuertes y sometidos a la soberanía popular. Y aquí llegamos a la cuestión central: los negacionistas lo son en primer lugar de la transición y la planificación democrática —de una democracia fuerte, en última instancia—, y si para ello deben serlo también de la evidencia de la crisis climática, pues lo serán aún contra toda evidencia.

Las grandes transformaciones que necesitan del empuje popular no son nunca, no obstante, el resultado del miedo ni de una conciencia catastrofista, que suelen ser paralizantes. Son el resultado de la confianza en las propias fuerzas y la esperanza en un futuro mejor. La transición ecológica es inevitable; la cuestión es si la gobernaremos o será como anuncian las películas distópicas. Pero sólo se hará políticamente posible si además de ser científicamente necesaria es socialmente deseable: es la palanca para reorganizar la vida y hacerla mejor, más lenta, más cercana, más justa, más feliz. (...)

 Es la tarea —y la oportunidad— de quienes no queremos cerrar los ojos ni correr asustados en una huida hacia ninguna parte: Hacer de cada paso en la transición un ejemplo que dé certezas y un horizonte de una vida buena posible, porque la batalla es hoy si puede haber un futuro por el que merezca la pena cuidar de la Tierra y del prójimo o si todo es el entregarnos al suicida “sálvese quien pueda”. Porque una mayoría asustada y disgregada no es una mayoría, así que tenemos la tarea cultural de articular, a partir de las mayorías preocupadas por el final del mundo y por el final de mes, una nueva mayoría moral y política, una voluntad popular por una transición ecológica con justicia social. Y de hacerlo rápido."                        (Íñigo Errejón , El País, 03/08/22)

8.4.22

El proyecto de Yolanda Díaz sigue... embarcando a Errejón... los proyectos de ambos, sus discursos y afinidades, convergen necesariamente el uno en el otro... pero no es sólo cuestión de sintonía política, que existe, sino de esperanza política... Más Madrid es la fuerza que mejor ha articulado esa esperanza en Madrid; a nivel estatal, quien mejor la representa, es Yolanda... se habla de un acuerdo y no de una negociación. Políticos de distintas formaciones y personas de la cultura y profesionales de sus campos, evidencian el proceso de escucha y proyecto futuro de Yolanda Díaz... la unión es inevitable, cada uno lo sabe, y esto es para todos una alegría

 "Yolanda Diaz e Iñigo Errejón compartieron acto este jueves por primera vez desde que ella asumió el liderazgo de su espacio político; sentados lado a lado, en evidente complicidad, a más avanzaba la presentación más difícil era afirmar que aquello no tenía nada que ver con proyectos de futuro ni procesos de escucha. Para cualquiera que sepa leer entre líneas, es evidente que nadie en su equipo, tampoco ellos mismos, puede ignorar la dimensión simbólica del acto.

Hablar de la función de un acto así no implica desmerecer su motivo ni negar la importancia de la comisión que en él se presentaba. Es precisamente por los temas tocados por lo que los discursos de ambos podían hilvanarse y cada uno asumir el discurso del otro. (...)

Si el trabajo produce enfermos en nuestra sociedad contemporánea, como recordaba Yolanda Díaz, tampoco se puede obviar que todo trabajo conduce a una reflexión sobre la salud mental. 

(...) sus discursos y afinidades, convergen necesariamente el uno en el otro.

La inevitabilidad de la convergencia entre los proyectos de Díaz y Errejón no reposa sólo en que dicha unión sea necesaria para reducir las posibilidades de un futuro auge reaccionario, o en la conveniencia de su matrimonio.

También lo es, como exponía en el párrafo anterior, porque los proyectos de ambos, así como sus discursos y afinidades, convergen necesariamente el uno en el otro. No es la primera vez que desde Más País o Más Madrid exponen sus evidentes afinidades con la transversalidad que ha mencionado en ocasiones Díaz; no se le escapa a nadie que puede haber hoy más afinidades entre ciertos sectores cercanos a Trabajo y Más Madrid que con partes de Podemos.

 El acto hace evidente algunas cosas que marcarán el futuro de la unión de las fuerzas progresistas. La primera: no es sólo cuestión de sintonía política, que existe, como decía Errejón, sino de esperanza política, tal y como él acababa una de sus intervenciones; en este momento donde se vuelve necesario reconstruir certezas y ordenar las esperanzas, donde hace falta un mástil al cual atarse tras el naufragio de lo que ya ilusionó. Más Madrid es la fuerza que mejor ha articulado esa esperanza en Madrid; a nivel estatal, quien mejor la representa, es Yolanda. El entendimiento entre estas dos fuerzas se vuelve una necesidad, pero una necesidad alegre, gozosa, esperanzadora.

 La segunda: hará falta una enorme generosidad a la hora de articular esas alianzas. Podría implicar, por ejemplo, el reconocimiento de que Mónica García es la candidata evidente a la Comunidad de Madrid del proyecto amplio que se articule en un futuro; la asunción de que la representación madrileña habrá de venir en buena parte de Más Madrid. Pero también de que nadie entenderá que unas fuerzas en sintonía no se aúnen por una pelea interna por los puestos de una lista.

Las palabras mismas del acto evidenciaban, claro, esa sintonía; se hablaba de una comisión fruto de un acuerdo y no de una negociación; la estructura misma del acto, con políticos de distintas formaciones, personas de la cultura y profesionales de sus campos, evidenciaba la estructura del proceso de escucha y proyecto futuro de Yolanda Díaz. Y, por más que se nieguen esas imágenes y esas palabras, o se niegue su significado, el significado permanecerá evidente: la unión es inevitable, cada uno lo sabe, y esto es para todos una alegría."                  (Elizabeth Duval, Público, 07/04/22)

23.3.22

Errejón: Los ricos que no veían a los pobres... Según la ONG de la Iglesia Católica, un 22% de madrileños, un millón y medio de personas, se encuentran en situación de exclusión social... Preguntado por estos datos, el portavoz del Gobierno de Ayuso tuvo a bien bromear con sorna sobre estos datos: “¿Pues dónde estarán?”, dijo mientras miraba teatralmente a los lados y detrás suyo. He vuelto a ver el vídeo para escribir este artículo y la escena es moralmente repugnante. Refleja, por una parte, una soberbia y una desfachatez propia de una derecha envalentonada... Sin embargo, estas declaraciones contienen una parte de verdad, que es aún más preocupante... los más ricos se están independizando de sus sociedades, dan por amortizado el viejo contrato social y dedican inmensos esfuerzos a apartarse del resto de sus conciudadanos... buscan regirse siempre que sea posible por normas propias, hacer valer conexiones privadas al alcance de pocos. Los más ricos están en un proceso de segregación voluntaria, que tiene expresiones jurídicas, urbanísticas, geográficas, culturales y sociales... Así, no es extraño que no vean a los pobres. El modelo está hecho para que al final del día, no tengan que convivir con el reverso de sus privilegios... Esta secesión de los ricos es una huida hacia delante cada vez más agresiva, consecuencia de la ruptura de la sociedad. Ese proceso, que llamamos neoliberalismo, consiste en la demolición de los vínculos sociales y su sustitución por un individualismo solitario, asustado y en permanente frustración. Este modelo ha encontrado en la Comunidad de Madrid una gran fortaleza respaldada por toda una arquitectura institucional... Perdemos demasiado tiempo hablando sobre la polarización política cuando la verdadera amenaza para nuestras ya endebles democracias es la polarización social: la ruptura de la sociedad en fragmentos cada vez más incomunicados y desconfiados entre sí... los “tres tercios”, un tercio privilegiado conduce de acuerdo con sus intereses cada vez más segregados, otro tercio sobrevive con admiración a los primeros y miedo de descender en la escala, y el último está tan golpeado y tan desmoralizado que es cada vez más invisible... Para revertir esta situación, las fuerzas de izquierda tienen que fijarse como objetivo estratégico la reconstrucción de la sociedad. De nada sirve ganar elecciones si por debajo el terreno social se descompone más y más... Esa es la guerra de nuestro tiempo, por la reconstrucción social, para que la democracia sea posible

 "Este pasado miércoles el consejero y portavoz del Gobierno del PP en la Comunidad de Madrid, Enrique Ossorio, generó una ola de indignación moral por unas declaraciones burlonas en las que respondía a un informe de Cáritas sobre el incremento de la pobreza y la desigualdad. Según la ONG de la Iglesia Católica, un 22% de madrileños, un millón y medio de personas, se encuentran en situación de exclusión social. 

Son 370.000 más que antes de la pandemia, que ha agrandado la desigualdad en Madrid. Una de cada seis familias estaría en situación de pobreza severa tras pagar los gastos de la casa. Preguntado por estos datos, el portavoz del Gobierno de Ayuso tuvo a bien bromear con sorna sobre estos datos: “¿Pues dónde estarán?”, dijo mientras miraba teatralmente a los lados y detrás suyo.

He vuelto a ver el vídeo para escribir este artículo y la escena es moralmente repugnante. Refleja, por una parte, una soberbia y una desfachatez propia de una derecha envalentonada y a la ofensiva en una agresiva guerra de valores. No en vano, lejos de rectificar o pedir disculpas, el PP ha salido en tromba a criticar a la oposición y a matar al mensajero con la cantinela habitual: si la desigualdad la denuncia alguien que es pobre es resentimiento, si la denuncia cualquiera que no lo sea, es hipocresía. Así intentan bloquear cualquier denuncia.

Sin embargo, estas declaraciones contienen una parte de verdad, que es aún más preocupante. Es más que probable que el señor Ossorio crea de buena fe que los datos de Cáritas no son ciertos, que son una exageración porque él, efectivamente, no ve pobres. Y no los ve porque el modelo social está diseñado precisamente para que los privilegiados no vean a los empobrecidos. 

De hecho, para que no vean a casi nadie más que a sí mismos y de esta manera acaben confundiendo su forma de vida con la de todo el mundo y sus intereses con los del conjunto social. Ese modelo es cada vez más incompatible con la democracia, que exige poder tener miradas y sensibilidades compartidas.

En el año 2016 los catedráticos Antonio Ariño y Joan Romero publicaron un libro llamado La secesión de los ricos en el que continuaban una saga internacional de literatura científica y analizaban para el caso español un fenómeno global: los más ricos se están independizando de sus sociedades, dan por amortizado el viejo contrato social y dedican inmensos esfuerzos a apartarse del resto de sus conciudadanos. 

Se mudan a urbanizaciones cerradas o vecindarios segregados, llevan a sus hijos a colegios privados donde todos comparten el mismo estatus y tienen bajísimas posibilidades de mezclarse con gente distinta, frecuentan lugares y círculos fuertemente endogámicos, se desplazan siempre en vehículo privado, tienen seguros privados que les eviten siempre que sea posible los servicios públicos, buscan regirse siempre que sea posible por normas propias, hacer valer conexiones privadas al alcance de pocos.

 Los más ricos están en un proceso de segregación voluntaria, que tiene expresiones jurídicas, urbanísticas, geográficas, culturales y sociales. Así, no es extraño que no vean a los pobres. El modelo está hecho para que al final del día, después de toda la retórica sobre la igualdad de oportunidades, no tengan que convivir con el reverso de sus privilegios.

Esta secesión de los ricos es una huida hacia delante, cada vez más insuficiente y por ello cada vez más agresiva, de las consecuencias de la ruptura de la sociedad. Ese proceso, que llamamos neoliberalismo, consiste en la demolición de los vínculos sociales y los lazos comunitarios, en el urbanismo de la dispersión y el aislamiento, en la política de manos libres y plena deferencia con los de arriba al tiempo que máximo rigor y dureza con los de abajo, en la destrucción de todos los contrapesos sociales que mantenían un cierto equilibrio social (del derecho laboral a la fiscalidad redistributiva pasando por los servicios públicos), en la ridiculización de cualquier valor de trascendencia y solidaridad, y su sustitución por un individualismo solitario, asustado y en permanente frustración. 

Este modelo no solo funciona en la Comunidad de Madrid, pero aquí ha encontrado primero un laboratorio y después una fortaleza respaldada por toda una arquitectura institucional, entramado civil y sustento en la geografía política y económica del Estado español.

Perdemos demasiado tiempo hablando sobre la polarización política cuando la verdadera amenaza para nuestras ya endebles democracias es la polarización social: la ruptura de la sociedad en fragmentos cada vez más incomunicados y desconfiados entre sí. 

Algunos teóricos hablan de un escenario de los “tres tercios”, en los que un tercio privilegiado conduce de acuerdo con sus intereses cada vez más segregados, otro tercio sobrevive con admiración a los primeros y miedo constante de descender en la escala, y el último está tan cansado, tan agobiado, tan golpeado y tan desmoralizado que participa cada vez menos en política y, por tanto, es cada vez más invisible.

 Sea como fuere, es evidente que en nuestras sociedades se ha deshecho el pegamento social que permitía la mezcla, la empatía y la articulación de la voluntad general, sustituidos hoy por el recelo para con el otro y el cinismo. La democracia necesita, además de reglas del juego e instituciones, de un terreno común, afectivo y social, de valores e incluso físico, para que emerja el demos. Lugares, derechos, hábitos y expectativas compartidas. Sin eso, disuelto el pegamento social y fragmentadas las poblaciones por la brutal desigualdad, es normal que no se den las condiciones para un debate sosegado o para los grandes acuerdos.

Los periodistas y tertulianos que le dan vueltas y vueltas a la polarización política deberían prestarle menos atención a las formas de los políticos ―algunas ciertamente mejorables― y mirar más a las causas que han roto nuestras sociedades y nos han hecho cada vez más difícil imaginar juntos justo cuando más falta nos hace, cuando hemos comprobado que los grandes desafíos del futuro ―la pandemia, las guerras, la crisis energética y el cambio climático, la robotización o el envejecimiento de la población― nos exigen de comunidades más densas, sociedades más articuladas y estados más fuertes y eficaces para planificar juntos el futuro en lugar de limitarnos a padecerlo.

Para revertir esta situación, las fuerzas de izquierda tienen que ir más allá de sí mismas y fijarse como objetivo estratégico la reconstrucción de la sociedad. De nada sirve ganar elecciones si por debajo el terreno social se descompone más y más, haciéndose cada vez más árido para los valores igualitaristas y más fértil para los reaccionarios: sería ganar retrocediendo. 

El combate democrático debe, por tanto, fijarse un objetivo, que se puede concretar desde las más sencillas infraestructuras de barrio hasta las más complejas políticas económicas, del derecho laboral a la regulación energética, de los servicios públicos a la política cultural: que cada gobierno o fuerza política que pase, cada experiencia progresista y democrática, deje un poco más de lazos sociales, de libertades compartidas, de derechos desmercantilizados, de hábitos y lugares y prácticas de encuentro y de comunidad. Esa es la guerra de posiciones de nuestro tiempo, por la reconstrucción social, para que la democracia sea posible."                 (Errejón, El País, 18/03/22)