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26.8.26

Una noticia aparentemente seria en The Guardian: "Se dirá a los ciudadanos británicos que abastezcan de comida enlatada y tomen medidas para asegurarse de estar preparados para emergencias nacionales... la Oficina del Gabinete establecerá formas en que las personas puedan prepararse para eventos climáticos extremos y posibles ataques de estados hostiles, incluido el abastecimiento de agua embotellada"... agosto es la temporada tonta para las noticias políticas, pero esto realmente toca fondo... Al mismo tiempo, quizás deberíamos tomarlo muy en serio... Sobrevivir al cambio climático solo requiere almacenar un poco más de agua, en botellas de plástico... y un stock de comida enlatada nos sacará adelante en cualquier emergencia nacional... La estupidez de esto es extraordinaria. El veinte por ciento de las personas en el Reino Unido viven en la pobreza. No tienen posibilidad de comprar estos artículos. Muchos más hogares están al límite de sus posibilidades; tampoco podrán reservar dinero para estos artículos... En lugar de describir cuáles son estas emergencias nacionales, lo que queda muy claro es que este gobierno está haciendo admitiendo que no puede, o más bien no quiere, gestionar estas crisis, y está externalizando la responsabilidad ante cualquier eventualidad hacia nosotros... Esto, por supuesto, es el pensamiento neoliberal llevado al extremo... sugerí que una señal segura de un gobierno neoliberal era que cada vez que identificaba un problema, negaba que hubiera algo que pudiera hacer al respecto, y luego trasladaba la carga de la responsabilidad a los mercados o a los individuos... Andy Burnham está demostrándolo ser día tras día. Entonces, ¿qué haría un gobierno valiente frente a las emergencias nacionales y la crisis climática? Una vez identificadas esas posibles emergencias nacionales, tomaría todas las medidas posibles para evitar que ocurran... ante la crisis climática, implementaría un Green New Deal y dejaría claro que este tema es tan importante que gestionar cualquier otra cosa pasaría a ser secundario para lograr este objetivo. Eso significaría que las reglas fiscales, los objetivos de inflación, las normas sobre la independencia del Banco de Inglaterra, y mucho más, quedarían en suspenso para implementar los programas necesarios (Richard Murphy)

"¿Qué haría un gobierno valiente?

Esta es una noticia aparentemente seria en The Guardian esta mañana (...):

"Se dirá a los ciudadanos británicos que abastezcan de comida enlatada y tomen medidas para asegurarse de estar preparados para emergencias nacionales como parte de una nueva campaña gubernamental para mejorar la resiliencia del país.

 La nueva campaña de la Oficina del Gabinete establecerá formas en que las personas puedan prepararse para eventos climáticos extremos y posibles ataques de estados hostiles, incluido el abastecimiento de agua embotellada, según informaron fuentes a The Guardian."

Para quienes tienen la edad suficiente para recordarlo, esto me recuerda mucho a las instrucciones emitidas (creo) en la década de 1970 que decían que si queríamos sobrevivir a un ataque nuclear, debíamos construir un refugio antinuclear en el armario debajo de las escaleras, suponiendo que tuviéramos uno, y mi familia lo tenía.

Soy muy consciente de que agosto es la temporada tonta para las noticias políticas, pero esto realmente toca fondo.

Al mismo tiempo, quizás deberíamos tomarlo muy en serio. Tal vez esta sea una indicación real del nivel de pensamiento estratégico y planificación que caracterizará al gobierno de Burnham.

Sobrevivir al cambio climático solo requiere almacenar un poco más de agua, en botellas de plástico (alerta de ironía). Y un stock de comida enlatada definitivamente nos sacará adelante en cualquier emergencia nacional.

La estupidez de esto como anuncio general, en lugar de como una elección doméstica específica, es extraordinaria.

El veinte por ciento de las personas en el Reino Unido viven en la pobreza. No tienen posibilidad de comprar estos artículos. Muchos más hogares están al límite de sus posibilidades; tampoco podrán reservar dinero para estos artículos durante una crisis del costo de vida. Se quedarán incrédulos ante esta sugerencia.

Y, en cualquier caso, ¿dónde se supone que deben almacenar estos artículos muchos hogares? Quienes emiten estas sugerencias quizás tengan el espacio disponible para apilar botellas de agua, pero los millones que viven en alojamientos pequeños y superpoblados, donde cualquier espacio es un lujo absoluto, se preguntarán con razón: "¿Qué idiota inventó esto?".

En términos políticos, esta sugerencia es, para ser muy cortés, grosera.

Sin embargo, hay un punto más profundo que hacer. En lugar de describir cuáles son estas emergencias nacionales y cómo las gestionará el gobierno, lo que queda muy claro es que este gobierno está haciendo dos cosas.

Primero, está admitiendo que no puede, o más bien no quiere, gestionar estas crisis. El mensaje se envía, aunque no muy claramente, de que no debemos esperar que el gobierno resuelva estos problemas.

Segundo, está externalizando por tanto la supuesta responsabilidad ante cualquier eventualidad hacia nosotros. Se supone que debemos asumir la responsabilidad de las consecuencias de crisis de las que el gobierno no aceptará un deber de cuidado.

Esto, por supuesto, es el pensamiento neoliberal llevado al extremo. En 2011, en mi libro The Courageous State, sugerí que una señal segura de un gobierno neoliberal era que cada vez que identificaba un problema, negaba que hubiera algo que pudiera hacer al respecto, y luego trasladaba la carga de la responsabilidad a los mercados o a los individuos.

El propósito fundamental del político neoliberal, que Andy Burnham está demostrando ser día tras día, es socavar la propia organización de la que han tomado el control únicamente por su propia gratificación y avance personal, y no en beneficio de las personas del país que se supone deben gobernar como consecuencia.

Entonces, ¿qué haría un gobierno valiente frente a las emergencias nacionales y la crisis climática?

Primero, definiría cuáles podrían ser esas emergencias y se aseguraría de que el gobierno tenga las reservas necesarias de alimentos, combustible y agua disponibles para suministrar en base racionada si fuera necesario.

Segundo, una vez identificadas esas posibles emergencias nacionales, tomaría todas las medidas posibles para evitar que ocurran, en lugar de pasearse por el país hablando de la capacidad de cancelar una suscripción de Netflix, que es todo lo que Burnham parece capaz de hacer.

Tercero, ante la crisis climática, implementaría un Green New Deal y dejaría claro que este tema es tan importante que gestionar cualquier otra cosa pasaría a ser secundario para lograr este objetivo. Eso significaría que las reglas fiscales, los objetivos de inflación, las normas sobre la independencia del Banco de Inglaterra, y mucho más, quedarían en suspenso para implementar los programas necesarios. Estos programas, al mismo tiempo, crearían un ejército de personas para llevar a cabo los procesos de cambio necesarios, de modo que los problemas de desempleo entre los jóvenes y otros en el Reino Unido se convertirían en un recuerdo lejano como consecuencia.

Eso es lo que haría un gobierno valiente.

Nuestro problema es que estamos muy lejos de tener uno."

 (Richard Murphy, blog, 26/08/26, traducción Deepseek)

8.7.26

Sucesivas masas de aire recalentado pasan por encima de nuestras cabezas, llevando el termómetro a valores inusuales en algunos puntos de la península ibérica pero, sobre todo, del centro de Europa. Los inéditos 46 grados que vivieron en Francia a finales de junio van a volver en apenas un instante... hemos tenido signos tempranos de alerta. Sabemos que estas bolsas de aire caliente que se colocan en nuestra vertical tienen su origen en los meandros de la corriente de chorro polar... El aire frío del Ártico puede llegar hasta el Sáhara a través de los valles. El aire tropical puede llegar hasta el Ártico a través de las crestas... al producirse más habitualmente, la cresta quedará bloqueada y el calor no se irá, y continuará secando ríos, agostando cultivos, esquilmando el ganado y, ay, matando gente... Esta configuración atmosférica devastadora se está volviendo más probable por la acción del cambio climático, punto. A medida que el planeta se calienta y el Ártico se calienta entre tres y cuatro veces más rápido, la corriente de chorro polar sube y baja unas decenas de kilómetros más... es desolador que seres que se hacen llamar sapiens sigan negando tan evidente realidad. Vendrán más y más olas de calor, en un tsunami incesante que nos azotará durante días, semanas incluso... esto no va a ir a mejor. Guárdense de los vendedores de esperanza embotellada que no unen los puntos, o porque no saben, o peor, porque no les conviene. Esto, con los datos en la mano, solo puede ir a peor... Necesitamos una red de refugios climáticos, protocolos de actuación y coordinación de efectivos más claros, necesitamos un plan de emergencia para nuestros cultivos y nuestros bosques –cada vez más expuestos a sequías y plagas–, necesitamos gestionar mejor los recursos hídricos tan valiosos y escasos, necesitamos acabar con un urbanismo sin sentido de la ecología ni de respeto al territorio o a la vida misma (Juan Bordera / Antonio Turiel / Fernando Valladares)

"Un tsunami nunca llega a la costa de repente. Antes de la primera ola catastrófica, el mar se retira centenares de metros, dejando al descubierto el paisaje hermoso y extraño, casi alienígena, del fondo marino. El mar se retira para acumular agua, para construir la ola gigante que viene a continuación, pero el turista inadvertido puede recrearse en el insólito espectáculo, incluso buscando imprudentemente verlo más de cerca.

Tsunami quiere decir “ola de puerto” en japonés. En medio del océano, la ola puede pasar desapercibida, porque su altura es de menos de un metro. Y aunque esa ola se propaga a velocidades de cientos de kilómetros por hora en mar abierto, al llegar a la plataforma continental se descompone en olas sucesivas, mucho más lentas pero también mucho más grandes. Si al primer signo de la llegada del tsunami, cuando el agua se retira, una persona se aprestase a correr en busca de un lugar en alto, aún podría salvarse.

También hay que entender la mecánica del tsunami. Un tsunami no es una sola ola gigante, son muchas. Durante el tsunami de Hawaii en 1960, varias decenas de personas perdieron la vida porque, tras la primera ola, bajaron a la playa a buscar víctimas. La segunda ola, que suele ser mayor que la primera, provocó una masacre. Siguieron llegando olas, con intervalos de unos 30 minutos, durante largas horas.

Hoy, gracias al conocimiento científico y a las amargas lecciones aprendidas, sabemos cómo debemos reaccionar ante un tsunami. Sin embargo, ese conocimiento no siempre está lo suficientemente compartido para evitar tragedias, como se demostró en Indonesia en 2004. El exceso de confianza y la voracidad constructora que arrasó los manglares, una barrera natural frente a los tsunamis, se aliaron para hacer posible una catástrofe que dejó 167.000 muertos y decenas de miles de desaparecidos solo en Indonesia.

Ahora estamos a las puertas de un nuevo tsunami, pero este va a ser de calor. Sucesivas masas de aire recalentado pasan por encima de nuestras cabezas, llevando el termómetro a valores inusuales en algunos puntos de la península ibérica pero, sobre todo, del centro de Europa. Los inéditos 46 grados que vivieron en Francia a finales de junio van a volver en apenas un instante.

Igual que con el tsunami, hemos tenido signos tempranos de alerta. Sabemos que estas bolsas de aire caliente que se colocan en nuestra vertical tienen su origen en los meandros de la corriente de chorro polar, una corriente de aire a unos 12 kilómetros de altura en nuestra latitud, en el límite de la troposfera y la estratosfera.

Y aquí viene lo importante: la fuerza del chorro polar depende de la diferencia de temperatura entre el Polo Norte y nuestras latitudes. Del gradiente de temperatura. Y el Ártico se está calentando ya entre tres y cuatro veces más rápido que el resto del planeta, porque el cada vez más escaso hielo está dejando al descubierto el agua del mar (azul oscuro casi negro) que absorbe toda la radiación y por tanto se calienta más en un bucle fundamental. La continua disminución del hielo ártico fue la primera señal de alarma que debimos tomar en cuenta.

Evolución temporal de la superficie del hielo marino en el Océano Ártico. EUMESAT OSI SAF.

A medida que el Ártico se calienta, el chorro polar se está volviendo más inestable. Sus meandros se vuelven más pronunciados. Llamamos valles a los que se internan hacia el sur y crestas a los que se internan hacia el norte. El aire frío del Ártico puede llegar hasta el Sáhara a través de los valles. El aire tropical puede llegar hasta el Ártico a través de las crestas, comprimido y recalentado por la acción anticiclónica de las mismas. La circulación atmosférica acumula el calor, dispuesto a golpearnos, como el tsunami en el mar.

Hace pocos días vino la primera ola, terrible, de calor. Tras unos pocos días de descanso, vamos a vivir otra.

En ocasiones, que cada vez harán menos honor a su nombre al producirse más habitualmente, la cresta quedará bloqueada y el calor no se irá, y continuará secando ríos, agostando cultivos, esquilmando el ganado y, ay, matando gente.

Esta configuración atmosférica devastadora se está volviendo más probable por la acción del cambio climático, punto. A medida que el planeta se calienta y el Ártico se calienta entre tres y cuatro veces más rápido, la corriente de chorro polar sube y baja unas decenas de kilómetros más.

Esto no es ni será ya jamás “el calor de toda la vida”. Y es desolador que seres que se hacen llamar sapiens sigan negando tan evidente realidad. Vendrán más y más olas de calor, en un tsunami incesante que nos azotará durante días, semanas incluso.

Pero a diferencia del tsunami, que se origina por un terremoto submarino sobre el cual los seres humanos no tienen ningún control, este tsunami de calor es el fruto perverso del sistema de producción y consumo que hemos construido, de las emisiones incontroladas de gases de efecto invernadero, y particularmente del CO2 producto de la quema de los combustibles fósiles, incluyendo ese petróleo que tanto anhelamos que por fin pase a través de Ormuz. Ésta no es una catástrofe natural impredecible: es un verdadero daño autoinfligido.

Y todo esto ya es así antes de que venga el histórico El Niño del 2026. Y aquí empieza lo serio.

Los modelos indican que será un Niño como no hay precedentes en la serie de datos instrumental, que tiene 140 años de longitud. El Niño llegará a su apogeo en las costas de Perú hacia el día de Navidad (de ahí su nombre) y su efecto comenzará a notarse en Europa hacia la primavera de 2027 y sobre todo durante el verano. Porque si este Niño hace como sus predecesores, y tiene pinta de que incluso puede superarlos a todos, la temperatura del planeta subirá otro escalón de alrededor de 0,15 ºC.

Más meandros y más profundos en el chorro polar. Y una de las cosas más preocupantes: más calor en el mar. Porque en el mar también hay olas de calor, que están arrasando la vida marina pero que no se ven hasta que los cadáveres de peces y otras especies llegan a la orilla – si es que llegan–.

En este momento, en el Mediterráneo occidental estamos registrando anomalías de +7ºC con respecto a los valores que medían los satélites en 1980. Es sabido que el mar es una fuente de energía y de humedad que alimenta las tempestades.

En el 2024 decíamos que el Mediterráneo estaba al rojo, con una anomalía de +3ºC en verano, y semanas después sufrimos la peor DANA que se recuerda en Valencia. Ahora estamos a +7ºC mientras el inefable gobierno valenciano está desprotegiendo miles de hectáreas y facilitando aún más la construcción en zonas inundables. Y el año que viene, cuando se comience a notar el efecto de El Niño sobre las temperaturas, no sabemos a dónde llegaremos.

Si las olas de calor son originadas por las crestas de la corriente de chorro polar, nos queda por comprender el papel de los valles. Los valles traen tiempo frío y húmedo, a veces a deshora, arruinando cultivos. Y de tanto en tanto alguno de esos valles se estrangula y se separa de la corriente principal, formando una lente de aire fría a kilómetros de altura y separada de la circulación general de la atmósfera. Una depresión aislada en niveles altos. Exacto: una DANA. DANAs que son cada vez más grandes y frecuentes por culpa de la creciente inestabilidad de la corriente de chorro polar, que no solo trae olas de calor en verano, también cada vez más tormentas catastróficas en otoño.

Éste es el inventario del desastre. El diagnóstico que hemos hecho ya cientos de veces, cada vez más actualizado, con nuevos y peores datos. Y ahora, ¿qué?

¿Qué hacemos delante de un tsunami de calor? Tal y como hacían los turistas alelados, nos estamos quedando en la orilla viendo cómo la naturaleza prepara el siguiente golpe. En vez de buscar refugio, en vez de apretar con fuerza, con furia incluso, los frenos de emergencia de esta sociedad demente y alocada que camina hacia su autodestrucción, esperamos inermes el siguiente golpe. Algunos incluso llegan a creer que estamos a un invento de la gran revolución. Ja.

Esto no va a ir a mejor. Guárdense de los vendedores de esperanza embotellada que no unen los puntos, o porque no saben, o peor, porque no les conviene. Esto, con los datos en la mano, solo puede ir a peor. Y en vez de normalizar una tragedia evitable o minimizar sus riesgos, lo que hace falta ahora es hablar claro y actuar en serio de una vez.

Necesitamos una red de refugios climáticos, protocolos de actuación y coordinación de efectivos más claros, necesitamos un plan de emergencia para nuestros cultivos y nuestros bosques –cada vez más expuestos a sequías y plagas–, necesitamos gestionar mejor los recursos hídricos tan valiosos y escasos, necesitamos acabar con un urbanismo sin sentido de la ecología ni de respeto al territorio o a la vida misma.

Necesitamos tantas cosas, que, quizá, para lograrlas, lo primero que necesitamos es comprender cuánto nos necesitamos los unos a los otros para cambiar la trayectoria a la cual nos dirigimos. Porque este Niño, del que pronto volveremos a hablar, nos va a hacer adultos de golpe." 

(Juan Bordera / Antonio Turiel / Fernando Valladares, CTXT, 06/07/26)

21.4.26

Pues para hacer un vaquero 100% de algodón, ecológico, hay que dar más vueltas que una peonza... es casi imposible (Karelia Vázquez)

 "L a prenda más usada del mundo es un auténtico ecodesastre. En el libro Unraveled. The Life and Death of a Garment (Portfolio, 2021) Maxine Bédat narra la vida de un par de vaqueros, desde la granja donde se cultiva el algodón, el proceso de hilado, lavado y teñido, la costura, la venta en tiendas, hasta su más que probable final en un vertedero. Es un viaje que recorre el mundo de América a Asia, para terminar en África.

Los pantalones, creados en 1873 como ropa de trabajo resistente para los mineros, son, según Bédat, fundadora del think tank New Standard Institute, la prenda de vestir más común en los armarios contemporáneos. Como promedio, y según Fashion United, las mujeres tienen siete pares, y los hombres, seis. La producción de un vaquero requiere casi 6.000 litros de agua. Esto equivale a 70 duchas de 10 minutos o a 937 descargas del retrete que se consumen en el cultivo del algodón y en los procesos de teñido y lavado que se repiten durante todo el proceso.

Varias marcas de moda llevan décadas intentando rehabilitar la reputación del denim, pero cambiar hábitos y procesos muy implantados en la industria ha resultado más difícil de lo que parecía. Javier Goyeneche, fundador y presidente de Ecoalf, que se ha lanzado a la aventura de hacer un vaquero sostenible, dice que varias compañías le habían propuesto crear una licencia de Ecoalf para denim. “Pero lo que solían proponernos no nos compensaba. No tenemos necesidad de abrir nuevas líneas si no suponen un paso adelante en la sostenibilidad”, cuenta desde sus oficinas ubicadas en el imponente número 1 de la Gran Vía de Madrid. Asegura Goyeneche que viendo que la filosofía de su marca no encajaba en ninguno de los proyectos de vaqueros limpios que estaban en marcha, en 2021 se propusieron imaginar cómo sería el vaquero según Ecoalf. Pensaron desde la materia prima hasta los acabados y patronajes. “Si al final del proceso hubiera tenido la sensación de que no estábamos aportando algo valioso a la industria, no hubiéramos lanzado el denim”, asegura. La línea, que se compone de un vaquero masculino, dos femeninos, y varias camisas, llega a sus tiendas y corners de El Corte Inglés en un momento en que la prenda vive un momento dorado. En 2024 el mercado global del denim tenía un valor de 86.700 millones de dólares, y se cree que para 2030 superará los 121.000 millones de dólares, beneficiándose del agotamiento del chándal y las prendas deportivas, que alcanzaron su popularidad máxima en la pandemia.

El denim ha recuperado su condición de zeitgeist y ha retornado a las alfombras rojas —Julia Roberts y Amanda Seyfried los llevaron en el festival de cine de Venecia—; ha vuelto a renacer en monumentales campañas publicitarias con nombres como el de Lady Gaga para Gap; y apareció en la portada de septiembre de Vogue, donde Emma Stone defendía un jean firmado por Louis Vuitton. No es mal momento para apostar por una línea de vaqueros.

El denim de Ecoalf estaba programado para salir casi medio año antes, pero el camino a la sostenibilidad, si se emprende en serio, está plagado de tropezones y malentendidos.

“En 2021 nos propusimos crear un producto que no existía en el mercado: un vaquero absolutamente reciclable: sin elastano, de algodón regenerativo, con un pigmento índigo natural con cero químicos, que consumiera una cantidad mínima de agua y con botones desmontables”, describe Julie Sohn, directora creativa y de producto. Sohn y su equipo montaron una red de detectives para buscar proveedores de confianza que fabricaran hilos de algodón resistentes (los vaqueros siempre se cosen con fibras de poliéster, este no), tejidos fiables y pigmentos índigo naturales. Sobre todo, buscaban cómplices, gente en la industria que estuviera alineada con sus principios y se implicara en el reto de fabricar el vaquero más limpio del mercado.

El primer problema llegó cuando un proveedor les coló una hebra de poliéster. Era 2023 y descubrieron una fibra T-400, sintética y con elastano en el tejido. “Paramos la producción porque queríamos hacerlo todo con fibras naturales y seguimos buscando”, recuerda Sohn. En la feria Pitti Uomo les presentaron a Gigi Caccia, fundador de Pure Denim. “Fue una bendición, nos dio confianza porque había desarrollado el denim más sostenible del mundo. Le encargamos otra vez nuestras telas”.

La meticulosidad de la firma española alcanza los bolsillos interiores de los vaqueros y todas las etiquetas y los hilos. Ángela Pérez Calleja, responsable de innovación y desarrollo de materiales, examinó el mercado hasta que encontró a Coats, una compañía experta en hilos de coser. “Habían desarrollado un proceso de circularidad de los hilos, y buscábamos uno de algodón resistente para usarlo en tejido denim y que garantizara la durabilidad de la prenda”, explica.

La monomaterialidad es el patrón oro para conseguir que una pieza pueda reciclarse por completo. “Era uno de nuestros objetivos. Si trabajábamos con tejidos y fibras de la misma composición o con mezclas como la del algodón regenerativo con el reciclado, facilitábamos el reciclado al final de la vida útil del vaquero”, razona Pérez Calleja.

Una vez elegido el tejido se probaron los colores, un proceso muy delicado. “No todos los colores funcionan bien en todos los tejidos”, apunta Pérez Calleja. Viajaron a las fábricas de Italia y a la de Marruecos donde se cosían los vaqueros. “Era importante estar allí y ver con nuestros propios ojos cómo se hacían las cosas”. Precisamente en una fábrica de Fez llegó el segundo contratiempo. “Estábamos esperando que pararan las lavadoras, una espera larga y tediosa, y nos dio por quemar con un mechero un hilo de los que se estaban usando. Se nos cayó el alma a los pies. El hilo de poliéster se hace una bolita cuando se quema y este era, sin dudas, poliéster. No era lo acordado”, cuenta Rocío Tinao, diseñadora y project manager. Ella misma había hecho muchas pruebas de resistencia hasta desarrollar el hilo adecuado y había percibido miedo en los responsables de confección. No sabían si el vaquero aguantaría o no. “Yo tampoco lo sabía”, confiesa Tinao.

La quema del hilo no dejaba dudas, no se estaba cosiendo con algodón. Goyeneche recuerda perfectamente ese día. “Era agosto de 2025, en septiembre teníamos contratada la campaña y preparado el lanzamiento, y acabábamos de descubrir que se estaba cosiendo con hilo de poliéster, había que parar toda la producción. Recuerdo tener en mi despacho al fabricante diciéndome: ‘¿De verdad me vas a echar para atrás los 8.000 vaqueros por un hilo? ¿Pero quién se va a dar cuenta?’. Ciertamente nadie, ni nosotros si no hubiéramos quemado un hilo, pero lo hicimos y el asunto no iba de que nos pillaran mintiendo o no, sino de hacer un vaquero sostenible según nuestra filosofía. Paramos la producción porque para ser coherente a veces hay que tomar decisiones drásticas”.

Así que empezamos de cero. “Encontramos otra fábrica en Marruecos y fue una bendición”, cuenta Sohn. “Están más metidos que nosotros”, indica Tinao.

Una de las fases más contaminantes de la producción de un vaquero es el acabado. Viajamos a Valencia a ver cómo Ecoalf lidia con el exceso de consumo de agua y los lavados consecutivos. Jeanologia, una compañía que desde 1999 desarrolla tecnologías para hacer las prendas más sostenibles, es su socio. En una gran nave y dentro de lavadoras enormes los vaqueros dan vueltas pero dentro no hay agua. “La prenda se confecciona con el tejido sin lavar y en el proceso convencional los efectos de desgaste (bigotes se llaman los de las piernas) se simulan a base de lavados continuos o con una lija que elimina el índigo superficial para dejar salir el blanco”, explica Amor Cardona Fortea, experta en textiles sostenibles de Jeanologia. Todos estos procesos, contaminantes y lesivos para los operarios y el medio ambiente (con el lijado el índigo desprende potasio permanganato), se sustituyen en Jeanologia por el láser, que consigue pasar el pigmento de sólido a gaseoso y eliminar el color. Con esta técnica se hacen además los rotos del vaquero, los efectos de camuflaje y animal print y las texturas. El lavado tradicional a la piedra consume 70 litros de agua por prenda, con la tecnología valenciana se queda en un litro por tejano, utilizan una lavadora de aire y se reducen los tonos de índigo con ozono en lugar de con agua. “Luego el ozono se descompone dentro de la lavadora y se devuelve a la atmósfera como oxígeno”, detalla Carmen Silla, directora global de marketing. El ahorro de agua es del 96%.

Sohn y Goyeneche coinciden en que producir un vaquero con esta meticulosa sostenibilidad puede ser hasta tres veces más caro que hacerlo con el modo convencional, pero el precio de su vaquero será de 129 euros. “Ecoalf nació con un margen bruto muy pequeño, si hubiéramos tenido que aplicar todos los costes, por ejemplo de sacar la basura del océano, recogerla, categorizarla y convertirla en polímero, todos los productos serían entre un 30% o un 35% más caros”, razona el fundador de la marca.

¿Estamos ante el vaquero más sostenible del mercado? Ante esta pregunta la respuesta es más conservadora. “No somos perfectos, pero entendemos que hay una mejora brutal respecto al denim tradicional”, argumenta Goyeneche. “Digamos que es el vaquero más sostenible que hemos sido capaces de hacer”, matiza Ángela Pérez Calleja. Es un vaquero que sienta bien, pensado para durar mucho tiempo, ha contaminado poco y apenas va a dejar huella de su paso por este mundo. Usted solo tendrá que usarlo mucho y desatornillar los botones a la hora de tirarlo. No es poco para la prenda más contaminante y que más nos pondremos a lo largo de la vida." 

(Karelia Vázquez , El País Semanal, 18/04/26)  

18.4.26

¿Qué quiso hacer Sánchez en China? Articular un eje sino-europeo de responsabilidad climática, que permita acelerar la transición energética ¿Cómo entender el proyecto de Sánchez de acercamiento en nombre de la ecología? La energía ha pasado a ocupar, una vez más en la historia, el centro del tablero... las alternativas tecnológicas son ya una realidad tangible, están disponibles en generación eléctrica, edificación y movilidad... sin embargo, esta misma coyuntura revela con crudeza hasta qué punto esa gran transición necesita un nuevo impulso geopolítico, pues, una alternativa tecnológica superior en términos costo-eficientes, ha desatado la furia en sus centros de poder político: Washington, Moscú y Riad... Se ha conformado, así, una nueva Santa Alianza que persigue prolongar el control sobre una de las bases materiales que han sostenido la arquitectura geopolítica de los siglos XX y XXI... la descarbonización supone una profunda reorganización de las bases materiales del poder. De llevarse a cabo con éxito, supondría el mayor proceso de descapitalización de la historia económica por los ingentes recursos fósiles que se quedarían varados... Quienes se benefician de las ingentes rentas y activos patrimoniales derivadas de los recursos fósiles se han conjurado para hacer fracasar por todos los medios la transición global de la energía. Y la Unión Europea, con sus políticas climáticas y de transición energética, se erige como un obstáculo prioritario a debilitar, cuando no a derribar... así pues, la relación de Europa con China adquiere un significado renovado que trasciende la lógica convencional de competencia entre potencias, para pasar a una cooperación de largo recorrido y orientación pragmática entre dos polos geopolíticos, económicos y tecnológicos que concentran capacidades decisivas para evitar el caos climático y reconfigurar el sistema energético global. Europa aporta un marco normativo avanzado, una experiencia pionera en políticas de descarbonización y un modelo social que integra cohesión y sostenibilidad. China, por su parte, dispone de la escala industrial, la capacidad de despliegue y el control de las cadenas de valor tecnológicas que hoy determinan el ritmo de la transición... El interés de ambas converge, además, en su vulnerabilidad compartida ante un orden fósil que no sólo no controlan, sino que se erige como grave amenaza a su seguridad... Se trata de esquivar los peores escenarios climáticos y contribuir al fortalecimiento del sistema multilateral y al papel central de las Naciones Unidas (Emilio Santiago Muíño)

 "Durante una gran ceremonia celebrada en el Gran Palacio del Pueblo, en Pekín, Xi Jinping declaró con cierta solemnidad que el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, se encontraba «en el lado correcto de la Historia».

De trasfondo una delicada reconfiguracion de las relaciones internacionales en las que España, actuando como avanzadilla consciente de las posiciones europeas, busca fortalecer de manera significativa la colaboración entre Europa y China, dejando atrás años de desconfianza y recelo.

¿Cómo entender el proyecto de Sánchez de acercamiento en nombre de la ecología? Este texto, cuyos análisis son fundamentales para definir la política española, revela un contexto general de la cuarta visita de Sánchez a China en cuatro años y cómo los retos globales necesitan más que nunca como condición imprescindible un gran acuerdo de largo recorrido entre ambas potencias.

El orden mundial vigente en las últimas décadas se encuentra en plena reconfiguración y el horizonte estratégico europeo precisa ser reformulado. El retorno de las lógicas imperiales —nostálgicas de un “gran ayer” glorioso—en las dos grandes potencias nucleares, Rusia y Estados Unidos, junto al ascenso de China y la regresión democrática global, están redibujando en profundidad los contornos de dicho orden.

La Unión Europea precisa leer acertadamente las nuevas tendencias globales y el poder inherente en la disposición específica de los elementos.

Hay sobrados motivos para creer que el proyecto político que representa la Unión Europea se encuentra sometido a un creciente cerco estratégico.
El incendio de Oriente Medio provocado por la guerra unilateral e ilegal de Estados Unidos e Israel contra Irán es el último episodio de dicha reconfiguración. Y la energía ha pasado a ocupar, una vez más en la historia, el centro del tablero.

El Estrecho de Ormuz se ha convertido en dramático símbolo del paso muy angosto no solo geográfico sino geopolítico, económico y de seguridad, que supone la dependencia energética de unos combustibles fósiles utilizados como vectores de poder. El contraataque iraní sobre las infraestructuras energéticas del Golfo y, sobre todo, el cierre del mencionado estrecho —por donde transita la mitad de las exportaciones mundiales de petróleo— han situado al sistema económico global al borde de un shock de grandes dimensiones. La disrupción del suministro ha sido descrita, de hecho, por la Agencia Internacional de la Energía como potencialmente más grave que la crisis de 1973.

Es probable, por tanto, que la guerra provoque un profundo punto de inflexión en el sistema energético mundial. Acelerará en el medio plazo el abandono de la dependencia del petróleo y el gas, en especial en países asiáticos que están viviendo una emergencia energética que afecta de lleno no sólo a su economía sino a su seguridad nacional. La razón es simple: las alternativas tecnológicas son ya una realidad tangible, están disponibles en generación eléctrica, edificación y movilidad. Y, sin embargo, esta misma coyuntura revela con crudeza hasta qué punto esa gran transición necesita un nuevo impulso geopolítico que permita quebrar la estructura de dependencia fósil que sigue atenazando a la mayoría de la humanidad.

Para Europa la lección es clara y contundente. Tras la crisis derivada de la invasión rusa de Ucrania y tras la agresión militar a Irán, la política energética ya no puede pensarse solo en términos de eficiencia y sostenibilidad climática, sino como el eje central de la seguridad y la soberanía estratégica.
Esta es, en última instancia, la cuestión de fondo del este ensayo: en un momento en que la transición energética empieza a perfilarse como una alternativa real al orden fósil global, los centros de poder que se benefician de él redoblan sus esfuerzos por prolongar su dominio económico y geopolítico. Urge, en consecuencia, una reformulación estratégica que sitúe la energía y el clima en el corazón del proyecto político europeo. Y es que ya no se trata sólo de preservar las bases naturales/ climáticas de la existencia, sino de garantizar la autonomía material de nuestras sociedades en un mundo peligrosamente inestable.

Hacia el caos climático

El importante informe científico publicado en febrero de 2026, The risk of a hothouse Earth trajectory, 1 ofrece una conclusión contundente a la vez que preocupante: tras doce meses consecutivos habiendo superado el incremento de la temperatura media de la atmósfera en 1,5 grados, el objetivo más ambicioso fijado en el Acuerdo de París ha sido ya superado o lo será en breve.

Lo que es aún más grave, dada la actual dinámica de las emisiones globales y el contexto geopolítico internacional, hay muchas posibilidades de que el umbral de seguridad de los 2 grados se supere hacia 2045. Y es que el incremento de la temperatura de la atmósfera se ha acelerado. Mientras que entre 1880 y 1970 el aumento por década fue de 0,05 grados y entre 1970 y 2010 de 0,19 grados, entre 2010 y 2025 ha sido ya de 0,31 grados, un salto significativo. De no mediar una reducción drástica de las emisiones globales en el horizonte temporal 2026-2035, algo relativamente poco probable a la vista de los débiles compromisos adoptados por los grandes emisores, el incremento de los 2 grados su superará en apenas veinte años.

Ese escenario supondría el fracaso de la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático (CMNUCC) aprobada en 1992 en la cumbre celebrada en Río de Janeiro. Dicha convención ha vertebrado la respuesta climática internacional, incluyendo el Protocolo de Kioto en 1997 y el Acuerdo de París en 2015.

Desde el primer informe de síntesis del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés), publicado en 1990, el umbral de los 2 grados ha sido la referencia que ha guiado a la comunidad científica. De hecho, cuando la CMNUCC formuló su objetivo central de “evitar una interferencia antropogénica grave sobre el clima de la Tierra”, ese nivel de aumento era el que definía la interferencia.

Respecto a la dinámica de las emisiones conviene destacar tres aspectos.

Primero, once años después del Acuerdo de París, éstas continúan aumentando, no se ha producido aún el punto de inflexión. Segundo, China principal emisor mundial, responsable de aproximadamente el 30 por ciento de las emisiones anuales, se ha fijado objetivos de mitigación poco ambiciosos en el horizonte 2035, del orden del 7-10 por ciento respecto al máximo que alcance a lo largo de esta década, por lo que su reducción será “neutralizada” por los incrementos esperados en otros países intensivos en el uso de carbón como India, Indonesia o Vietnam. Tercero, Estados Unidos, principal emisor en términos históricos y segundo emisor en la actualidad, no sólo se ha desentendido de sus responsabilidades adquiridas, sino que ha puesto en marcha una ofensiva contra los acuerdos climáticos y la transición energética y en defensa del poder fósil.

Como consecuencia de dichos factores, el escenario más realista entre 2026 y 2035 es una relativa meseta (plateau) de las emisiones globales, o quizás una pequeña disminución de las mismas, en lugar de la pronunciada curva de descenso que se precisaría para situar su trayectoria en una dirección compatible con los 2 grados.

La trayectoria de emisiones entre 1980 y 2025 que finaliza en dicho punto, sitúa como escenario más probable, dadas las actuales circunstancias, el denominado SSP2-4.5, línea de color amarillo ocre, que conduciría a un incremento de la temperatura media a finales del presente siglo de 2,7 grados.

Otro mensaje importante que se desprende de la mencionada figura es que, como consecuencia del Acuerdo de París y de la transición energética global, los dos peores escenarios climáticos, el SSP5-8.5 y el SSP3-7.0, contemplados por la comunidad de la ciencia del clima como posibles hace apenas una década, se puede decir, con bastante seguridad, que han quedado descartados. Asimismo, también se desprende que, dada la situación actual, acceder al escenario climático más optimista, la línea violeta SSP1-1.9, es ya virtualmente imposible.

Partiendo de los actuales compromisos adoptados por los diferentes países, las modelizaciones llevadas a cabo tanto por la Agencia Internacional de la Energía, como por el centro de investigación Climate Tracker Initiative prevén también un ascenso de la temperatura a finales de este siglo en torno a los 2,7 grados sobre la existente en la época preindustrial. Y ello sin tener en cuenta los posibles efectos de retroalimentación positiva que se pueden activar en el sistema climático global, una vez que los umbrales 1,5 y 2,0 grados queden desbordados, que es lo que proporciona el título al estudio arriba citado (The risk of a hothouse Earth trajectory). Por ello, no es exagerado afirmar que la actual trayectoria conduce hacia el caos climático.

Transición energética: una revolución retrasada

Una de las paradojas del siglo XXI es que el agravamiento de la crisis climática coincide con un avanzado nivel de madurez de las posibilidades tecnológicas para la descarbonización, prerrequisito fundamental —aunque no único— para estabilizar el clima planetario. La “revolución electrotécnica”, en términos del centro de investigación EMBER, está produciendo la transformación energética más disruptiva y prometedora desde la revolución industrial.

Sin embargo, dicha revolución está teniendo lugar con una generación de retraso para poder cumplir con el mandato de la CMNUCC. Además, se está viendo confrontada por poderosos intereses fósiles que han conformado un bloque histórico —en el sentido gramsciano— de alcance internacional que trabaja incansablemente para hacer descarrilar dicha transición.

En las últimas décadas la energía solar fotovoltaica, la energía eólica y, más recientemente, los sistemas de almacenamiento de baterías han conocido una de las curvas de abaratamiento de costes más impresionantes de la historia económica de la energía. En el 80 por ciento de las latitudes del mundo apuntar hoy con un panel al sol se ha convertido en la forma más económica de generar electricidad.

A ello se añade la notable ampliación de los procesos económicos electrificables en términos coste-eficientes. Mientras que a comienzos de este siglo XXI apenas un 25 por ciento de los consumos energéticos finales eran electrificables, hoy alcanzan el 70 por ciento, incluyendo edificación, movilidad y, de modo incipiente, algunos procesos industriales.

Dos son las razones clave que explican esa disrupción en los costes. En primer lugar, la morfología de las tecnologías es modular, lo que las hace muy sensibles a las economías de escala que se obtienen con políticas industriales decididas, una cualidad que hace de la descarbonización un cambio tecnológico más parecido al que supuso la informática que al de las transiciones energéticas del pasado. En segundo lugar, el hecho de  mover electrones es mucho más eficiente que quemar moléculas. La electricidad obtenida del proceso fotovoltaico supone una ganancia en captación de energía solar de un orden de magnitud respecto a la fotosíntesis.

No estamos, por tanto, ante un pequeño avance ambiental, sino ante un cambio disruptivo en la historia de la energía.

Las potencias centrales del imperio de los combustibles fósiles contraatacan

El que los intereses del complejo fósil se enfrenten no solo a un amplio cuestionamiento derivado de la crisis climática y la contaminación atmosférica de las ciudades, sino a una alternativa tecnológica superior en términos costo-eficientes, ha desatado la furia en sus centros de poder político: Washington, Moscú y Riad. Por casualidad (¿o no?), Rusia y Arabia Saudí están a la cola a nivel mundial en calidad democrática, según el último informe de 2026 del instituto de investigación Varieties of Democracy, de la Universidad de Gotemburgo (los puestos 162 y 167, respectivamente, de un total de 179 países). El proceso de autocratización que atraviesa Estados Unidos con Trump lo ha llevado a ocupar el puesto 51, cuando en 2017 estaba veinte puestos por encima. 2

Se ha conformado, así, una nueva Santa Alianza que persigue prolongar el control sobre una de las bases materiales que han sostenido la arquitectura geopolítica de los siglos XX y XXI. Y es que los combustibles fósiles han conformado, desde la revolución industrial, la columna vertebral energética que ha sostenido el desarrollo de la economía-mundo. La transformación en curso se percibe como una amenaza a ese dominio global.

Para comprender en toda su dimensión lo que está en juego es preciso tener presentes algunos datos. Estados Unidos, con 20 millones de barriles diarios, es el primer país productor de petróleo del mundo y el mayor productor de gas. Arabia Saudí, con 12 millones de barriles, el segundo, y Rusia, con 10 millones, el tercero, además de ser la segunda potencia gasística.

No se trata solo mantener intactas rentas económicas y activos patrimoniales de gran magnitud. El gas y el petróleo se utilizan como vectores de poder, es decir como instrumentos de coacción estratégica en un mundo en el que la mayoría de las naciones son dependientes de los combustibles fósiles. La actual crisis energética, derivada del ataque norteamericano-israelí a Irán, constituye el enésimo ejemplo de la gran vulnerabilidad de los países obligados a importar petróleo y gas.

La magnitud de los intereses en juego es difícil de exagerar. Según la organización experta en este ámbito Carbon Tracker Initiative, el tamaño del capital fósil mundial, incluyendo las reservas probadas comercialmente explotables, así como las infraestructuras de oferta y demanda y los activos financieros implicados, supera los 90 billones (europeos) de dólares, una cifra cercana PIB mundial.

A la vista de las magnitudes económicas y los reajustes geopolíticos implicados, se comprende que la descarbonización del sistema energético global sea mucho más que un cambio tecnológico. Supone una profunda reorganización de las bases materiales del poder. De llevarse a cabo con éxito, supondría el mayor proceso de descapitalización de la historia económica por los ingentes recursos fósiles que se quedarían varados.

En los últimos años el núcleo de la transición energética se ha desplazado a Asia, concretamente a China. Tecnologías diseñadas en su día en los Estados Unidos y que, posteriormente, alcanzaron su madurez coste-eficiente en la Unión Europea gracias a las políticas públicas desplegadas por la Erneuerbare-Energien-Gesetz del gobierno de coalición rojiverde alemán, han alcanzado en China su desarrollo industrial a gran escala. De hecho, el país asiático ejerce, no sólo el liderazgo en innovación, sino que domina entre el 60 y el 90 por ciento de la capacidad industrial global en tecnologías clave como paneles solares y baterías, así como el refinado de minerales críticos. Además, uno de cada dos coches vendidos en la actualidad en el mercado chino es ya eléctrico.

Mientras que el núcleo duro del sistema fósil se encuentra en Washington, Moscú y Riad, el 80 por ciento de la humanidad incluyendo Europa, China, India, Japón y Corea del Sur, precisa importar la mayor parte de sus necesidades de petróleo y gas. Quienes se benefician de las ingentes rentas y activos patrimoniales derivadas de los recursos fósiles se han conjurado para hacer fracasar por todos los medios la transición global de la energía. Y la Unión Europea, con sus políticas climáticas y de transición energética, se erige como un obstáculo prioritario a debilitar, cuando no a derribar. Todos los medios invertidos en tal fin son bienvenidos por parte los valedores geopolíticos de las energías fósiles, incluida la inestimable colaboración de formaciones populistas de derecha que han adquirido un peso específico incontestable en nuestro continente en el último cuarto de siglo.

La «fósil-nostalgia» del populismo europeo

Los países neurálgicos de las energías fósiles, con Estados Unidos, Rusia y Arabia Saudí a la cabeza, no cabalgan solos en su afán por truncar la transformación del modelo energético hacia modelos menos agresivos con el clima y con la salud de las personas. Cuentan con aliados relevantes en el propio seno de la Unión Europea, una suerte de quintacolumnistas del modelo fósil. Nos referimos, claro está, a las formaciones nacionalpopulistas que están protagonizando la regresión democrática en las sociedades liberales de nuestro entorno más inmediato.

Así, entre 2000 y 2024, partidos de ese espectro ideológico participaron en un total de 28 gabinetes de 15 países europeos. En el Parlamento Europeo los grupos Patriots for Europe (incluye a Fidesz, Rassemblement National, Vox o Chega), Europe of Sovereign Nations (con Alternativa para Alemania como partido más destacado) y European Conservatives and Reformists (con Fratelli d’Italia y los polacos de Ley y Justicia como mascarones de proa) representan a una cuarta parte del electorado.

Todos ellos comparten un hilo común: su rechazo frontal al proyecto postnacional europeo, a esa aspiración que se ha venido fraguando desde que, en 1951, con la pesadilla nazi y el Holocausto aún recientes, viese la luz la Comunidad Europea del Carbón y el Acero con el Tratado de París. Lo que nació como una comunidad económica desde intereses compartidos ha ido avanzando hacia una unidad política articulada en torno a unos principios y valores comunes, como la separación de poderes o el respeto del pluralismo.

Hoy día, los partidos populistas de derecha europeos, con el aval y la logística de la administración Trump y de no pocos tecno-oligarcas de su país, ponen palos en las ruedas de ese proyecto civilizatorio que representa la Unión Europea. Un ambicioso proyecto político que descansa normativamente en el reconocimiento y preservación de esa “ciudad entera” (por tomar prestada la expresión del primer filósofo de nuestra civilización que nos legó obra escrita, de Platón) de casi 450 millones de personas.

Las propuestas de los partidos de la derecha radical cuando están en la oposición, y sus políticas cuando gobiernan, vienen presididas por una profunda animadversión a todo aquello que signifique avanzar en la preservación de las bases naturales de existencia a partir de la evidencia científica disponible. El medio ambiente figura en sus programas y políticas incrustado en un marco nacionalista y, la gran mayoría de las veces, negacionista del cambio climático. Un marco nostálgico de la hegemonía del carbón y el petróleo como motores de la economía.

En Estados Unidos, Trump, el movimiento ultranacionalista MAGA y un Partido Republicano rendido a ambos, resultan elocuentes en ese sentido. El mismo día de su toma de posesión como presidente en su segundo mandato, el 20 de enero de 2025, Trump firmó un total de 26 órdenes ejecutivas, más que cualquier predecesor suyo en la historia del país. Nunca un presidente estadounidense se había acercado tanto a la caracterización hobbesiana del monarca como alguien que “por naturaleza, siempre está dispuesto y es capaz [in potentia proxima] de ejecutar actos de gobierno”. 3

Varias de dichas órdenes afectaban directamente a la agenda climática-ambiental, siempre en aras de un supuesto “interés nacional”. Así, una orden anunciaba la retirada de los Estados Unidos del Acuerdo de París de 2015, y posteriormente de la propia CMNUCC. Otra posibilitaba “maximizar de forma eficiente y efectiva el desarrollo y la producción de los recursos naturales ubicados en los territorios tanto federales como estatales de Alaska”, dando así vía libre al “drill, baby, drill”. Una tercera aspiraba a potenciar el aprovechamiento de los recursos energéticos y naturales disponibles en territorios y aguas federales, incluidas tierras raras. Contemplaba, asimismo, una “elección real del consumidor” eliminando las barreras regulatorias a los vehículos de combustión; o lo que es lo mismo, renunciando al impulso del vehículo eléctrico mediante “subsidios injustos y otras distorsiones del mercado impuestas por el gobierno”. 4

Los epígonos de Trump en Europa surcan la misma senda negacionista y nostálgica de los combustibles fósiles. El apartado dedicado a la política energética del programa de Alternativa para Alemania (AfD), de 2016, sostiene que el cambio climático “ocurre desde que existe la Tierra” y que “el dióxido de carbono no es un contaminante, sino un integrante indispensable de todas las formas de vida”. En abierta oposición al consenso científico, defiende que “la política climática descansa en modelos climáticos hipotéticos basados en simulaciones informáticas del IPCC”.

Los homólogos españoles de la AfD insisten en la misma línea. En su programa para las elecciones generales de 2023, Vox denunciaba a “los lobbies de la religión climática” y al “ecologismo radical” impuesto por las élites de la Unión Europea y de los organismos transnacionales. Entre las medidas que proponía figuran seguir explotando los combustibles fósiles y revertir la prohibición adoptada por la Unión Europea de vender coches de gasolina y diésel a partir de 2035, así como extender la vida útil de las centrales nucleares existentes, siempre con el horizonte de “alcanzar la soberanía energética”. 5

Estos partidos suelen hacer una encendida defensa de fuentes de energía derivadas de los combustibles fósiles en su calidad de materiales hundidos en las profundidades del territorio patrio. En cambio, según especula de forma sugerente (y provocadora) el investigador sueco Andreas Malm, las energías renovables (sol, viento, agua, olas) fluyen de un lugar a otro.

Con la salvedad parcial de la energía hidráulica, no hay equivalente renovable a nuestro carbón, nuestro petróleo, nuestro gas. Se trata “de una herencia material ultraprofunda que resulta fácil ligar a la mística del nacionalismo patrio”. Las reservas siempre estarán bajo el suelo nacional, mientras que el flujo del que se nutren las renovables guarda un vínculo débil con la patria; no pertenecen a ningún lugar particular, carecen de raíces. Para estos partidos nacionalpopulistas “la energía solar y la eólica son el judío y el musulmán de la energía”. 6

Los franceses de Agrupación Nacional (RN) se ajustan a ese imaginario. En el programa presidencial de su candidata Marine Le Pen de 2022, RN apuesta por “detener los proyectos eólicos y desmantelar progresivamente los parques existentes”. En Alemania la AfD entiende que la energía eólica presenta más inconvenientes que ventajas para humanos, animales y el paisaje. De ahí que proponga consultas ciudadanas sobre su construcción. En cambio, a modo de excepción que confirma la regla, para el Partido de la Libertad de Austria (FPÖ) “la transformación de nuestro sistema energético hacia energías locales y renovables constituye un elemento fundamental de una protección climática activa y es una exigencia de nuestro tiempo” que permitiría a Austria consolidar una economía descarbonizada en el horizonte de 2050. En cuanto a la energía eólica, el FPÖ admite la construcción de parques eólicos, aunque solo allí donde se minimice su impacto sobre los núcleos poblacionales y el medio ambiente. 7

El mundo de ayer no va a regresar

Las instituciones de la Unión Europea no supieron interpretar adecuadamente la situación internacional generada con la primera presidencia de Trump en 2017. Un abierto negacionista climático en la Casa Blanca suponía un disruptivo punto de inflexión. Si, tal y como afirmaban los tres últimos secretarios generales de las Naciones Unidas, la comunidad de la ciencia y el Parlamento Europeo, la emergencia climática era el problema llamado a definir el siglo XXI, lo correcto hubiese sido mantener una posición propia cuando, ese año 2017, Estados Unidos reseteó su política exterior haciendo de la contención hacia China el eje definidor de la misma (great power competition).

Europa se plegó a los nuevos vientos que llegaban del otro lado del Atlántico, en detrimento de una estrategia exterior centrada hasta entonces, en gran medida, en reconducir la crisis del clima e impulsar la transición de la energía, algo solamente viable mediante una colaboración constructiva con China. La Unión practicó un seguidismo acrítico hacia un giro geopolítico cuyo fin no era otro que preservar la hegemonía mundial estadounidense, obstaculizando, cuando no impidiendo, el despegue económico, tecnológico y militar del país asiático. No supo mantener una posición propia, autónoma, deslizándose hacia una definición confusa de sus relaciones con Pekín, en las que prevalecería la desconfianza derivada de lo que se calificaba como “rivalidad sistémica”.

Mientras que Estados Unidos protagonizaba el citado año 2017 el segundo default climático (el primero tuvo lugar con el Protocolo de Kioto) abandonando el Acuerdo de París, Pekín proyectaba estabilidad geopolítica y se atenía a los compromisos internacionales. La razón era prístina. China se había beneficiado como nadie de la globalización económica posterior a la finalización de la Guerra Fría, en especial a raíz de su incorporación a la Organización Mundial del Comercio en diciembre de 2001. El país asiático había sacado de la pobreza extrema a ochocientos millones de personas en cuatro décadas y había transitado desde los márgenes al centro del sistema económico, industrial y comercial mundial. Era una nación interesada, en consecuencia, en preservar la relevancia de la red de relaciones institucionales que vertebraban el sistema internacional. 8

La segunda presidencia de Trump ha agravado la desorientación europea.

La nueva doctrina definida por la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) dirige su hostilidad más afilada no ya hacia Pekín o Moscú, sino, sorpresa, hacia el proyecto político comunitario. Como resultado de ese asalto dialéctico de la ESN y la posterior amenaza de ocupar Groenlandia, la brújula europea se encuentra todavía en modo shock respecto a cómo perfilar su relación con Estados Unidos.

La desorientación es consecuencia de la dificultad para superar la dependencia hacia Estados Unidos que se percibe en algunas capitales, singularmente Berlín. Prevalece una fuerte nostalgia de los buenos viejos tiempos, en especial en las esferas conservadoras de Alemania.

Esa nostalgia es, sin embargo, mera ilusión. El mundo de ayer no va a regresar. Las placas tectónicas políticas del coloso norteamericano se han desplazado irreversiblemente. Europa ha de aceptar de manera realista los hechos, abandonar toda ingenuidad y mirar hacia el futuro.

No será fácil.

Existe, por un lado, una muy importante agenda de seguridad y defensa en relación con la guerra de agresión y desgaste de Rusia contra Ucrania, a la que Europa ha prestado acertadamente una gran atención. En buena parte de los países comunitarios del Este y de Centroeuropa la percepción de inseguridad respecto a la Rusia neoimperial de Vladimir Putin condiciona de manera decisiva su orientación estratégica.

Reaccionar al cerco estratégico fósil

La Unión Europea se ha situado desde hace más de tres décadas a la vanguardia mundial de la descarbonización.

Ha sido y es un actor fundamental en la diplomacia climática global. De hecho, ninguna otra región del globo ha llevado más lejos la posibilidad de combinar prosperidad económica y descarbonización.

Desde 1990 hasta 2025, el PIB real europeo ha crecido un 70 ciento en términos reales, mientras que sus emisiones de gases de efecto invernadero han disminuido un 37 por ciento. Un ejemplo empírico de desacoplamiento protagonizado por cientos de millones de personas a lo largo de 35 años. Pese a que China ha tomado el testigo de la innovación tecnológica y la capacidad industrial verde, ningún otro lugar como Europa presenta una proporción tan relativamente equilibrada entre desarrollo económico, desempeño ambiental, justicia social y compromiso climático.

En los nuevos centros imperiales, la actual Casa Blanca y Moscú, la Unión Europea se percibe como un proyecto político que precisan debilitar al objeto de que su agenda de refundación del orden mundial, basado en la completa dominación en sus respectivas esferas de influencia, pueda hacerse realidad.

En esta difícil encrucijada la dependencia energética constituye una seria vulnerabilidad estratégica.

Pese a las numerosas experiencias del pasado, y pese a haber abierto el camino a la competitividad de las renovables en la primera década de este siglo, la matriz energética de la Unión Europea sigue dependiendo todavía en un 70 por ciento de los combustibles fósiles, la inmensa mayoría de ellos importados. Una vulnerabilidad económica y de seguridad que ha regresado al primer plano a raíz de los efectos derivados de la guerra de Irán, cuando todavía estaba reciente el shock de oferta de gas provocado por la invasión de Rusia a Ucrania en 2022.

El proyecto político europeo se encuentra, así, sometido a un creciente cerco estratégico por parte de dos potencias agresivas, que buscan, en el marco más amplio de una reconfiguración del orden mundial, hacer descarrilar la transición de la energía y así preservar sus ingentes activos fósiles y el poder geopolítico que les proporciona.

Europa precisa, en consecuencia, reformular sus relaciones internacionales para sobrevivir y prosperar en un mundo post-atlantista. Tras el retorno de las lógicas imperiales encara el que posiblemente sea el mayor desafío existencial que ha conocido en las siete décadas transcurridas desde sus orígenes.

Ante este grave diagnóstico se impone una mirada realista.

Ideas contra los imperios

La descalificadora y agresiva visión sobre Europa articulada por la ESN de Estados Unidos y las pulsiones imperiales moscovitas, surgen de respectivas corrientes muy profundas de la historia. Es preciso responder. Las siguientes ideas-fuerza pueden servir de guía.

La primera, la Unión Europea ha de poner en marcha sin demora un salto cualitativo en su proceso de integración.

Es imprescindible sortear la capacidad de veto y bloqueo interno que poseen las naciones satélites del Kremlin dentro de Europa, con Hungría en un papel estelar; un país que, de la mano de un gobierno nacionalpopulista encabezado de forma ininterrumpida desde 2010 por Viktor Orbán, ha derivado en el país de la Unión Europea con la democracia más defectuosa, según informes solventes sobre calidad democrática en el mundo. Dada la dificultad para acordar por unanimidad la respuesta a los bloqueos sistemáticos ante crisis graves, la vía de la Cooperación Estructurada Permanente recogida en el acervo comunitario parece la opción más viable. En esa dirección, la reciente creación del E6 —Alemania, Francia, Italia, España, Polonia y Holanda— para acelerar la toma de decisiones, la competitividad económica y los avances en seguridad y defensa es una iniciativa muy prometedora que merece pleno apoyo.

La segunda, los informes Draghi y Letta deben reorientar el presente y futuro económico de Europa.

Se necesita un impulso expansivo sin precedentes financiado con la emisión de eurobonos, tal y como se ha hecho últimamente con la ayuda a Ucrania. Una inyección estructural de recursos que sirva para cubrir déficits críticos en materia de seguridad y defensa europea, salvar la actual brecha tecnológica con China y Estados Unidos y contribuir a reforzar el modelo social del continente, ingrediente clave de la cohesión social y expresión máxima de nuestros valores. Este enfoque económico habría de garantizar, asimismo, las inversiones requeridas por la Gran Adaptación Climática que tendrá que  desplegarse en los próximos años.

La tercera, tal y como ya hemos señalado, Europa habría de reformular sus relaciones internacionales.

En un contexto que se desplaza aceleradamente hacia lógicas de poder duro, no puede nadar sola asediada por depredadores imperiales y las relaciones con las denominadas potencias medias siendo necesarias, no son suficientes.

China es hoy día, tal y como se ha señalado, un factor de estabilidad geopolítica y epicentro de la gran transformación del sistema energético. A la Unión Europea le interesa una aproximación cooperativa de largo alcance estratégico con el país asiático, nucleada en torno a la transición energética, la acción climática responsable, relaciones comerciales en pie de igualdad y la defensa de un mundo basado en reglas, el multilateralismo y el sistema de Naciones Unidas.

Finalmente, una consideración desde la experiencia reciente de España. La economía española ha mostrado estos últimos años un desempeño notable con relación al resto de países de la OCDE. Existe consenso en que, parte del éxito, ha sido gracias a su apuesta decidida por la transición energética, en especial el formidable despliegue de energías renovables desde 2018. Ello ha favorecido precios de la electricidad más competitivos, lo que a su vez ha contribuido a atraer grandes inversiones.

Dicha apuesta no fue una improvisación. Se formuló dentro de un marco estratégico sobre clima y energía situado, desde el primer momento, en el centro del proyecto político del gobierno progresista de coalición.

Tras casi ocho años de recorrido, dicha experiencia contiene ingredientes muy aprovechables para una Europa social y climáticamente comprometida. Y ahora que los tambores de la guerra han regresado a Oriente Medio, también para una cultura de la paz.

El futuro acercamiento sino-europeo

El acercamiento de Europa a China que defendemos no supone compartir valores y modelos de sociedad. Supone compartir, de manera realista, intereses comunes derivados de la pertenencia a un mundo lleno de turbulencias, conflictos y guerras que, además, se desliza sonámbulo hacia el desastre climático.

Europa es hija de la Ilustración y de una Modernidad en la que los derechos individuales, las libertades políticas, la formación democrática de la voluntad popular, el Estado de derecho, la protección de las minorías, la propiedad privada, la cohesión social y el respeto escrupuloso a los derechos humanos forman parte de un acervo civilizatorio en el que nos reconocemos con orgullo y al que no podemos renunciar. Sin embargo, lo anterior no nos proporciona un pedestal para considerar desde una posición de superioridad filosófica o moral otros modelos de sociedad y otros valores.

Sin negar los numerosos tramos oscuros existentes en sus trayectorias históricas, Europa y China son depositarias de dos antiguas civilizaciones. Como tales han visto ascender y colapsar imperios, dinastías y regímenes políticos.

Les une el respeto hacia el conocimiento surgido de la observación empírica de la naturaleza y el aprecio por la verdad, es decir hacia la ciencia, lo que el gran reformador y estratega Deng Xiaoping llamaba “”buscar la verdad a partir de los hechos”. Sus tradiciones culturales son diferentes, pero complementarias.

La primera es heredera de la razón discursiva socrática, base de la orientación ilustrada por la deliberación democrática. La segunda es depositaria de un legado confuciano y taoísta basado en la armonía y el equilibrio entre la naturaleza y la sociedad, fuente de inspiración, por tanto, para afrontar la crisis ecológica planetaria. 9

Ambas civilizaciones han conocido en sus territorios numerosas invasiones, guerras, catástrofes, miseria y sufrimiento. Han aprendido por experiencia propia que nada hay más valioso que la paz, la prosperidad y la cohesión social de sus sociedades. Cuentan, por tanto, no sólo con los recursos económicos, industriales y tecnológicos, sino cosmovisivos y de valores para aunar esfuerzos de cara a evitar que el mundo se adentre en una espiral de autodestrucción.

En otras palabras, los liderazgos políticos, filosóficos y culturales de China y Europa atesoran la experiencia histórica necesaria para mantener las luces largas a la hora de comprender las amenazas que afronta la humanidad en este turbulento siglo XXI, entre las que la emergencia climática ocupa un lugar central.

La nueva soberanía estratégica europea

Recapitulando nuestro análisis, defendemos que Europa se encuentra ante una convergencia de riesgos sistémicos que no admiten dilación.

El riesgo climático y el energético no pueden pensarse como agendas separadas. Constituyen, en realidad, dos dimensiones complementarias de un mismo programa de emancipación de alcance civilizatorio: la transición hacia un nuevo sistema energético mundial cuya consecución permitirá tres logros históricos. Primero, estabilizar una muy peligrosa trayectoria climática planetaria; segundo, liberar inmensas posibilidades económicas de las que se beneficiarán las mayorías sociales; y, tercero, apaciguar un sistema internacional crecientemente conflictivo como consecuencia del carácter dominador con que se emplean los recursos fósiles. En otras palabras, pacificación geopolítica, estabilidad climática y fuerte impulso a la innovación y el desarrollo económico para beneficio de las mayorías sociales.

En ese sentido, la reciente crisis desencadenada en el Golfo Pérsico ha actuado como recordatorio de una verdad incómoda: mientras Europa dependa estructuralmente de flujos fósiles externos, su autonomía estratégica será siempre relativa. Sin soberanía energética Europa será vulnerable ante potencias imperiales que han situado el concepto de “dominación” en el centro de su doctrina energética.

La transición ha dejado de ser, en consecuencia, únicamente una política climática y económica. Se sitúa en el corazón mismo de la soberanía estratégica europea, al afectar al núcleo mismo de nuestra seguridad.

En este contexto, la relación de Europa con China adquiere un significado renovado que trasciende la lógica convencional de competencia entre potencias. Una cooperación de largo recorrido y orientación pragmática entre dos polos geopolíticos, económicos y tecnológicos que concentran capacidades decisivas para evitar el caos climático y reconfigurar el sistema energético global. Europa aporta un marco normativo avanzado, una experiencia pionera en políticas de descarbonización y un modelo social que integra cohesión y sostenibilidad. China, por su parte, dispone de la escala industrial, la capacidad de despliegue y el control de las cadenas de valor tecnológicas que hoy determinan el ritmo de la transición.

El interés de ambas converge, además, en su vulnerabilidad compartida ante un orden fósil que no sólo no controlan, sino que se erige como grave amenaza a su seguridad. Se trata, por tanto, de ir articulando un eje sino europeo de responsabilidad climática y cooperación energética, que permita acelerar la transición, esquivar los peores escenarios climáticos y contribuir al fortalecimiento del sistema multilateral y al papel central de las Naciones Unidas.

En última instancia, la cuestión es sencilla en su formulación y decisiva en sus consecuencias: o Europa sitúa la acción climática y la soberanía energética en el centro de su proyecto político y de su acción exterior —lo que pasa por replantear su relación con China—, o el creciente cerco estratégico fósil por parte de Rusia y Estados Unidos nos abocará no sólo al empobrecimiento relativo, sino a la continua dependencia y vulnerabilidad hacia un régimen energético desestabilizador. Lo que podría acabar provocando la involución del proyecto político europeo.

Actuar con la escala, la ambición y la inteligencia estratégica que exige este momento histórico es, probablemente, la tarea más importante a la que se ha enfrentado la Unión Europea desde su fundación.

Notas al pie
  1. William J. Ripple et al., «The risk of a hothouse Earth trajectory», One Earth, vol. 9 (2), 20 de febrero de 2026.
  2. «Unraveling The Democratic Era?», V-Dem Institute, 2026.
  3. Thomas Hobbes (1998 [1642]): On the Citizen. Cambridge: Cambridge University Press, p. 97.
  4. Executive Order 14162 of January 20, 2025: “Putting America First in International Environmental Agreements”, en: https://www.govinfo.gov/content/pkg/FR-2025-01-30/pdf/2025-02010.pdf; Executive Order 14153 of January 20, 2025: “Unleashing Alaska’s Extraordinary Resource Potential”, en: https://www.govinfo.gov/content/pkg/FR-2025-01-29/pdf/2025-01955.pdf; Executive Order 14154 of January 20, 2025: “Unleashing American Energy”, en: https://www.govinfo.gov/content/pkg/FR-2025-01-29/pdf/2025-01956.pdf.
  5. “Programm für Deutschland. Das Grundsatzprogramm der Alternative für Deutschland”, Stuttgart (2016), pp. 156, 170, en: https://www.afd.de/wp-content/uploads/2017/01/2016-06-27_afd-grundsatzprogramm_web-version.pdf; Vox. Un programa para lo que importa. Programa electoral para las Elecciones Generales del 23J de 2023, p. 117, en: https://www.voxespana.es/programa/programa-electoral-vox.
  6. Andreas Malm & Zetkin Collective (2024): Piel blanca, combustible negro. Los peligros del fascismo fósil. Madrid: Capitán Swing, pp. 333-334.
  7. “M la France. 22 mesures pour 2022”, medida nº 12. En: https://mlafrance.fr/pdfs/22-mesures-pour-2022.pdf; “Zusammen. Für unser Österreich. Regierungsprogramm 2017-2022”, p. 169 y 179. En: https://nfz.fpoe.at/fpo-ovp-regierungsprogramm-2017-2022/59887739 ; Handbuch freiheitlicher Politik (4ª ed., 2013), p. 59.
  8. Antxon Olabe Egaña, “China, la dinastía roja”, Política Exterior Vol. 32, nº 185, septiembre-octubre 2018.
  9. Antxon Olabe Egaña, “The EU-China Climate Agreement: Building Success at the Crucial Glasgow Summit”, Real Instituto Elcano. Documento de Trabajo 20, 2020. "
(Emilio Santiago Muíño, Jesus Casquete, Antxon Olabe , El Grand Continent, 16/04/26) 

23.2.26

Una renumeración justa para los agricultores es la condición esencial para la transición ecológica... es hora de volver a poner la noción de precio mínimo en el centro de la escena, sin desinformación... Permiten asegurar los ingresos, devolver el poder de negociación a los productores y responder concretamente a los objetivos planteados por las autoridades públicas: frenar el abandono agrícola [abandonar la actividad de cultivo o ganadería], preservar los territorios y hacer la profesión atractiva para las nuevas generaciones... Hacer que las exigencias medioambientales recaigan únicamente sobre los agricultores, sin garantizarles un precio que cubra estos esfuerzos, es un callejón sin salida económico y social. La imprevisibilidad de los ingresos y la volatilidad – a menudo especulativa – de los precios son enemigas de la inversión a largo plazo. Al contrario, un precio mínimo garantizado, que cubra los costos de producción y asegure una remuneración decente, permite a los agricultores invertir en la transformación de sus prácticas: gestión del agua, reducción de pesticidas, bienestar animal, adaptación al cambio climático (Blaise Desbordes)

 "El 3 de febrero, ante la comisión de investigación de la Asamblea Nacional sobre las prácticas de la gran distribución, las enseñas lo admitieron ellas mismas: «No tenemos visibilidad sobre la parte que corresponde a los productores.» Guerra de precios, negociaciones estructuralmente desequilibradas, etiquetas desconectadas de los costos reales de producción... ¿Y si la invisibilidad del ingreso agrícola fuera la verdadera fuente de la ira que sacude al mundo campesino?

Han pasado dos años desde el anuncio, en la Feria de la Agricultura, por parte del presidente de la República, Emmanuel Macron, de la implementación de precios mínimos para los agricultores franceses. Una promesa fuerte, acogida como una respuesta estructural a la crisis de los ingresos agrícolas. Incluso había desembocado, el 5 de abril de 2024, en la votación en primera lectura en la Asamblea Nacional de una propuesta de ley.

Esta secuencia política confirmaba una evidencia: una mayoría de franceses y sus representantes ya no comprenden la injusticia que golpea a quienes los alimentan. En un país donde se acepta difícilmente trabajar a pérdida, los agricultores constituyen, sin embargo, una de las raras categorías profesionales para las cuales el ingreso sigue siendo sistemáticamente la variable de ajuste. No hay contrato de trabajo, ni salario mínimo. Son trabajadores autónomos. Y el 16 % de ellos vive por debajo del umbral de pobreza, y con esta realidad absurda: no pagarse a sí mismos para poder seguir produciendo.

El contexto político, la disolución de la Asamblea Nacional, las caricaturas que salpican el debate público – «Los precios mínimos son Cuba sin el sol», se ha oído dentro de la oposición– han hecho olvidar esta luz de esperanza para los agricultores. En el momento en que su revuelta se ha intensificado debido a la firma de un tratado de libre comercio con el Mercosur, que no los protege frente a las importaciones de productos que no cumplen con las normas sociales y ambientales, es hora de volver a poner la noción de precio mínimo en el centro de la escena, sin desinformación.

Los precios mínimos son mal comprendidos. Un precio mínimo puede volverse consensuado si se construye de manera pragmática, a partir de los costos reales de producción, y se define en concertación con toda la cadena: agricultores, interprofesionales, transformadores y compradores. No se trata ni de un precio administrado fuera de la realidad, ni de un dogma ideológico, sino de una herramienta económica basada en la realidad del terreno.

Protegerse de las importaciones que no cumplen con nuestras normas es necesario. Pero eso no resolverá, en las negociaciones nacionales, la inequitable distribución del valor en detrimento de los productores. La fijación de un precio mínimo que, en ciertas cadenas estratégicas, cubra los costos de producción de los agricultores más vulnerables, sin estar desconectado de los precios de importación y exportación, no ha sido discutida seriamente hasta ahora.

Cuando se basan en un método compartido y objetivado, y se discuten también con la parte descendente – en particular, la gran distribución, que se apresura a mostrar su apoyo a los agricultores –, los precios mínimos se convierten en una palanca creíble. Permiten asegurar los ingresos, devolver el poder de negociación a los productores y responder concretamente a los objetivos planteados por las autoridades públicas: frenar el abandono agrícola [abandonar la actividad de cultivo o ganadería], preservar los territorios y hacer la profesión atractiva para las nuevas generaciones.

Sobre todo, el ingreso agrícola es la condición sine qua non de la transición ecológica. Hacer que las exigencias medioambientales recaigan únicamente sobre los agricultores, sin garantizarles un precio que cubra estos esfuerzos, es un callejón sin salida económico y social. La imprevisibilidad de los ingresos y la volatilidad – a menudo especulativa – de los precios son enemigas de la inversión a largo plazo. Al contrario, un precio mínimo garantizado, que cubra los costos de producción y asegure una remuneración decente, permite a los agricultores invertir en la transformación de sus prácticas: gestión del agua, reducción de pesticidas, bienestar animal, adaptación al cambio climático.

Ya sea en versión obligatoria o voluntaria, los precios mínimos no son "Cuba sin el sol": es Francia, con el sol, para los agricultores más frágiles. A la hora en que se abre el Salón de la Agricultura, queda una pregunta: ¿dónde han ido a parar los precios mínimos?. 

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18.2.26

Podemos ir más allá del modelo capitalista y salvar el clima... estos son los tres primeros pasos: una nueva arquitectura financiera que penalice las «inversiones» privadas destructivas y permita la financiación pública con fines públicos. En el centro de esta arquitectura necesitamos un nuevo banco de inversión público que, en asociación con los bancos centrales, convierta la liquidez disponible en tipos de inversión compatibles con una prosperidad común y sostenible. La segunda condición es el uso extensivo de la democracia deliberativa para decidir los objetivos sectoriales, regionales y nacionales (por ejemplo, en lo que respecta al crecimiento o incluso a la reducción de diferentes producciones) a los que se destinarán las nuevas herramientas de financiación pública. Y la tercera condición es una gran ley de reforma corporativa con el fin de democratizar las empresas, favoreciendo y promoviendo la formación de empresas que funcionen según el principio de un empleado, una acción, un voto (Jason Hickel, Yanis Varoufakis)

 "El capitalismo se preocupa por el futuro de nuestra especie tanto como un lobo se preocupa por el de un cordero. Pero si democratizamos nuestra economía, un mundo mejor estará a nuestro alcance.

Tenemos una responsabilidad urgente. Nuestro sistema económico actual es incapaz de abordar las crisis sociales y ecológicas a las que nos enfrentamos en el siglo XXI. Cuando miramos a nuestro alrededor, vemos una paradoja extraordinaria. Por un lado, tenemos acceso a nuevas tecnologías extraordinarias y a una capacidad colectiva para producir más alimentos y más cosas de las que necesitamos o de las que el planeta puede permitirse. Sin embargo, al mismo tiempo, millones de personas sufren condiciones de grave privación.

¿Cómo se explica esta paradoja? El capitalismo. Por capitalismo no nos referimos a los mercados, el comercio y el espíritu empresarial, que han existido durante miles de años antes del auge del capitalismo. Por capitalismo nos referimos a algo muy extraño y muy específico: un sistema económico que se reduce a una dictadura dirigida por una pequeña minoría que controla el capital: los grandes bancos, las grandes empresas y el 1 % que posee la mayoría de los activos invertibles. Aunque vivamos en una democracia y podamos elegir nuestro sistema político, nuestras elecciones nunca parecen cambiar el sistema económico. Son los capitalistas quienes determinan qué producir, cómo utilizar nuestra mano de obra y quién se beneficia de ella. El resto de nosotros, las personas que realmente realizamos la producción, no tenemos voz ni voto.

Y para el capital, el objetivo de la producción no es principalmente satisfacer las necesidades humanas o lograr el progreso social, y mucho menos cumplir con ningún objetivo ecológico. El objetivo es maximizar y acumular beneficios. Ese es el objetivo primordial. Esa es la ley capitalista del valor. Y para maximizar los beneficios, el capital requiere un crecimiento perpetuo, una producción agregada cada vez mayor, independientemente de si es necesaria o perjudicial.

Así que acabamos con formas irracionales de producción: tenemos una producción masiva de cosas como SUV, mansiones y moda rápida, porque estas cosas son muy rentables para el capital, pero una subproducción crónica de cosas obviamente necesarias como viviendas asequibles y transporte público, porque estas son mucho menos rentables para el capital, o no lo son en absoluto.

Lo mismo ocurre con la energía. Las energías renovables ya son mucho más baratas que los combustibles fósiles. Por desgracia, los combustibles fósiles son hasta tres veces más rentables. Por lo tanto, el capital obliga a los gobiernos a vincular los precios de la electricidad al precio del más caro gas natural licuado, y no a la energía solar barata. Del mismo modo, la construcción y el mantenimiento de autopistas es mucho más lucrativo para los contratistas privados, los fabricantes de automóviles y las compañías petroleras que una red moderna de ferrocarriles públicos ultrarrápidos y seguros. Así que los capitalistas siguen presionando a nuestros gobiernos para que subvencionen los combustibles fósiles y la construcción de carreteras, incluso mientras el mundo se quema.

Desde la elección de Donald Trump, muchas grandes empresas de inversión han abandonado con entusiasmo sus compromisos climáticos, que, en favor del bien común, habían restringido su rentabilidad. Esto debería ser un momento esclarecedor para todos nosotros: al capitalismo le importan las perspectivas de nuestra especie tanto como a un lobo le importa un cordero.

Así que aquí estamos: atrapados en el conjunto de prioridades del capitalismo, que son enemigas de las de la humanidad. El ingenio humano nos ha legado tecnologías y capacidades espléndidas. Pero, como una divinidad cruel, el capital no solo nos impide utilizarlas para nuestro bien colectivo, sino que, de hecho, nos obliga a emplearlas para nuestra ruina colectiva.

El sistema también nos encierra en ciclos interminables de violencia imperialista. La acumulación de capital en las economías avanzadas se basa en la aportación masiva de mano de obra barata y recursos naturales del sur global.

Para mantener este orden, el capital utiliza todas las herramientas a su alcance: deuda, sanciones, golpes de Estado e incluso invasiones militares directas para mantener subordinadas a las economías del sur.

La solución está ante nuestros ojos. Necesitamos urgentemente superar la ley capitalista del valor y democratizar nuestra economía, para poder organizar la producción en torno a prioridades sociales y ecológicas urgentes. Al fin y al cabo, nosotros somos los productores de los bienes, los servicios y las tecnologías. Es nuestro trabajo y los recursos de nuestro planeta los que están en juego. Por lo tanto, nosotros debemos reclamar el derecho a decidir qué se produce, cómo y con qué fin.

¿Cómo se puede hacer esto? Hay tres condiciones necesarias para la transformación de nuestra economía de una dictadura sin salida a una democracia funcional y ecológicamente sólida.

La primera condición es una nueva arquitectura financiera que penalice las «inversiones» privadas destructivas y permita la financiación pública con fines públicos. En el centro de esta arquitectura necesitamos un nuevo banco de inversión público que, en asociación con los bancos centrales, convierta la liquidez disponible en tipos de inversión compatibles con una prosperidad común y sostenible.

La segunda condición es el uso extensivo de la democracia deliberativa para decidir los objetivos sectoriales, regionales y nacionales (por ejemplo, en lo que respecta al crecimiento o incluso a la reducción de diferentes producciones) a los que se destinarán las nuevas herramientas de financiación pública.

Y la tercera condición es una gran ley de reforma corporativa con el fin de democratizar las empresas, favoreciendo y promoviendo la formación de empresas que funcionen según el principio de un empleado, una acción, un voto.

Vivimos a la sombra del mundo que podríamos crear. Un mundo en el que podríamos evitar un colapso ecológico casi seguro, en lugar de esperar a que el capitalismo nos empuje más allá del punto de no retorno. Un mundo en el que sea posible abolir la inseguridad económica, la precariedad, la pobreza, el desempleo y la indignidad, mientras llevamos una vida significativa dentro de los límites planetarios. No se trata de un sueño lejano. Es una perspectiva tangible."

Jason Hickel, Yanis Varoufakis  , Rebelión, 18/02/26,  fuente https://www.theguardian.com/environment/commentisfree/2026/feb/12/capitalist-model-climate-growth-capitalism-species-humanity  )

4.12.25

El 82 por ciento de los ingleses (y de los norteamericanos), están de acuerdo en: reducir la producción y el consumo perjudiciales e innecesarios... reducir el poder adquisitivo de los ricos... establecer servicios públicos universales y una garantía de empleo público para reorganizar la producción en función de las necesidades... democratizar el control sobre las finanzas y los medios de producción... poner fin a la apropiación imperialista del Sur global a través del intercambio desigual (Jason Hickel)

Jason Hickel @jasonhickel

Me complace anunciar este nuevo estudio, publicado en The Lancet Planetary Health, que explora el apoyo público al decrecimiento y la transformación ecosocialista. Los hallazgos son bastante sorprendentes. 

Encuestamos a más de 5000 personas en el Reino Unido y Estados Unidos, utilizando muestras demográficamente representativas y dos diseños de estudio distintos. 

Aquí presentaré los resultados del Reino Unido, pero los de Estados Unidos son similares.

 Primero, presentamos a la gente una propuesta completa para la transformación ecosocialista decrecentista, pero sin usar ninguna etiqueta. 

Esta incluía: 

-reducir la producción y el consumo perjudiciales e innecesarios 

-reducir el poder adquisitivo de los ricos 

-establecer servicios públicos universales y una garantía de empleo público para reorganizar la producción en función de las necesidades 

-democratizar el control sobre las finanzas y los medios de producción 

-poner fin a la apropiación imperialista del Sur global a través del intercambio desigual

 Descubrimos que el 82% de la gente lo apoyaba. A continuación, presentamos a la gente diversas etiquetas, entre ellas “decrecimiento”, “ecosocialismo” y “economía del bienestar”, sin ninguna descripción. 

Descubrimos que el "decrecimiento" contaba con el apoyo del 20-26%, dependiendo del estudio, pero también atraía mucha oposición (16-34 %) . El "ecosocialismo" tuvo un mayor apoyo, entre un 36 y un 58 por ciento, y una oposición mucho menor (11-16 %). La "economía del bienestar" tuvo un apoyo aún mayor (51-81 %) y una oposición mínima (hablaremos más sobre esto más adelante). 

A continuación, presentamos la propuesta completa, pero esta vez con diferentes etiquetas. Observamos que el apoyo fue alto, independientemente de la etiqueta, con mayorías muy sólidas. 

¿Qué podemos concluir de todo esto? Para mí, estas son las principales conclusiones: 

En primer lugar, la visión y las políticas transformadoras propuestas por los defensores del decrecimiento-ecosocialismo son extremadamente populares y pueden formar la base de una campaña política ganadora. 

En segundo lugar, la palabra "decrecimiento" es un término analítico y científico crucial, pero -dependiendo del contexto- quizá menos útil como eslogan político público, ya que es fácil malinterpretarlo. ... A MENOS QUE tengas la capacidad de educar a la gente sobre lo que significa el término y lo que implicaría tal transformación. 

En tercer lugar, el término ecosocialismo es sustancialmente más popular y creo que puede crear un apoyo político más amplio (no probamos términos relacionados, como socialismo, socialismo democrático o comunismo... ¡pero esto sería interesante!). 

¿Qué hay de la "economía del bienestar"? Es popular y muy útil en ciertos contextos, pero también es apolítica y puede ser fácilmente cooptada por los capitalistas. Para mí, es importante tener claro el antagonismo político en juego: se trata de una guerra de clases. 

El ecosocialismo cumple esta función (aunque otros términos podrían funcionar igual o mejor). Pero en última instancia, lo que demuestra este estudio es que no necesitamos necesariamente un único mandato: lo que importa es la sustancia política y las políticas concretas. 

Y debemos recordar que la lucha no consiste en decidir la terminología y el marco adecuados. Consiste en construir poder. Esto debe ser prioritario. El artículo es de acceso abierto y pondré un enlace en la respuesta.

 The Lancet: "Assessing public support for degrowth: survey-based experimental and predictive studies" Ver AQUÍ

 ( I'm excited to announce this new study, published in The Lancet Planetary Health, which explores public support for degrowth and ecosocialist transformation. The findings are quite surprising. We surveyed more than 5,000 people in the UK and US, using demographically representative samples and two separate study designs. Here I'll report results for the UK, but the US is similar. First, we presented people with a full proposal for degrowth-ecosocialist transformation, but without using any label. This included: -scaling down damaging and unnecessary production/consumption -cutting the purchasing power of the rich -establishing universal public services and a public job guarantee to reorganize production around needs -democratizing control over finance and the means of production -ending imperialist appropriation from the global South through unequal exchange We found that 82% of people supported it. Next, we presented people with various labels - including "degrowth", "ecosocialism", and "well-being economy" - without any description. We found that "degrowth" was supported by 20-26%, depending on the study, but also attracted a lot of opposition (16-34%). "Ecosocialism" had higher support, at 36-58%, and much lower opposition (11-16%). "Well-being economy" had even higher support (51-81%) and very minimal opposition (more on this later). Next, we gave people the full proposal but this time together with various different labels. We found that support was high regardless of the label, with very strong majorities. So what can we make of all this? For me, here are the main takeaways: First, the transformative vision and policies advanced by advocates of degrowth-ecosocialism are extremely popular and can form the basis of a winning political campaign. Second, the word "degrowth" is a crucial analytical and scientific term, but - depending on the context - perhaps less useful as a public-facing political slogan, as it is easily misunderstood.... ...UNLESS you have the capacity to educate people about what the term means and what such a transformation would entail. Third, the term ecosocialism is substantially more popular and I think can create broader political support (we didn't test related terms, like socialism or democratic socialism or communism... but this would be interesting!). What about "well-being economy"? It's popular and very useful in certain contexts, but it is also apolitical and can easily be co-opted by capitalists. To me it's important to be clear about the political antagonism that is at stake: this is a class war. Ecosocialism does this job (but other terms may work just as well or better). But ultimately, what this study shows is that we don't necessarily need a single term; it's the political substance and the concrete policies that matter. And we must remember that the struggle does not consist in deciding on the right terminology and framing. It consists in building power. This must remain front and centre. The paper is open-access, and I'll put a link in the reply.)

9:32 a. m. · 2 dic. 2025 38,1 mil Visualizaciones