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19.3.25

Desinformación y negacionismo, las otras lecciones de la pandemia... políticos que estaban entonces en el poder como Donald Trump, Boris Johnson, o Jair Bolsonaro defendieron que el Covid-19 era como una gripe más, “por lo que no deben tomarse precauciones especiales”... la pandemia agravó problemas que ya estaban aquí, principalmente tres: el primero, la desconfianza de una parte de la sociedad –por suerte minoritaria– hacia los medios; de ahí surge en todo el mundo una corriente negacionista de la propia pandemia y de las vacunas... y la politización de la pandemia por parte de algunos medios, que fueron mucho más allá de la crítica necesaria y legítima a las administraciones... Aquel inmenso dolor no quedó reflejado como se merecía desde el punto de vista periodístico, porque el periodismo, como la sociedad en su conjunto, se vio desbordado, superado por la magnitud de la crisis a la que nos enfrentábamos... la pandemia nos ha cambiado ¿Fue un trauma colectivo que nos hizo mejores? Aquí cada uno tiene su propia respuesta (Josep Carles Rius)

 "Desde el punto de vista de la comunicación, el impacto de la pandemia del coronavirus fue como el combate entre dos mundos. En palabras del sociólogo Michel Wieviorka, “el de la razón y el del oscurantismo. El primero apela al razonamiento, a la ciencia, al conocimiento, a la argumentación y a la demostración rigurosa. El segundo, a la fe, las convicciones, unas voluntades de carácter místico, la idea de la conspiración o de unas potencias maléficas”.

Este combate no nació con la pandemia, es también el combate por los derechos humanos y valores universales. Wieviorka recuerda que “aunque la razón ha conocido épocas favorables en Europa, con el Renacimiento y, después, con la Ilustración, y aunque hoy en todo el mundo la ciencia y la tecnología son fuerzas cruciales, el desenlace de este combate sigue siendo incierto”.

Estos dos mundos también tuvieron su expresión en el periodismo, entre los medios que optaron por alimentar emocionalmente un clima de incertidumbre, miedo, odio… y los que optaron por informar con responsabilidad ética y rigor. La Organización Mundial de la Salud (OMS) llegó a acuñar el término “infodemia”, es decir, una sobrecarga de información no fiable que se propaga rápidamente entre la población.

Pocos días después de decretarse el confinamiento, el filósofo Daniel Innerarity escribía en Twitter: “Esta crisis no es el fin del mundo, sino el fin de un mundo. Lo que se acaba (ha terminado hace tiempo y no acabamos de aceptar su muerte) es el mundo de las certezas absolutas, el de los seres invulnerables y el de la autosuficiencia”. Empezaban tiempos de incertidumbre extrema. En un primer momento, la humanidad necesitaba encontrar respuestas, pero sólo halló preguntas. No existían verdades científicas y era el terreno abonado para las noticias falsas, la pseudociencia o las teorías conspiranoicas.

“La información incorrecta trunca vidas”

Cristina Peñamarín, catedrática de Teoría de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, recordaba que “en los momentos de emergencia, la humanidad tuvo que aprender rápidamente qué era información fiable y qué, intoxicación o falsedades, por las consecuencias a las que llevaba cada una”. Era una lección dramática porque políticos que estaban entonces en el poder como Donald Trump, Boris Johnson, o Jair Bolsonaro defendieron que el Covid-19 era como una gripe más, “por lo que no deben tomarse precauciones especiales”, y llegaron a decir que “la mayoría se infectará levemente y así se inmunizará”.

En septiembre de 2020, y ante la proliferación de noticias falsas o imprecisas sobre la pandemia de covid-19, diferentes organismos de la ONU (OMS, Unicef, PNUD, Unesco…) y otras organizaciones humanitarias internacionales, como Cruz Roja y la Media Luna Roja, firmaron una declaración conjunta. Denunciaban una sobreabundancia de información y los intentos deliberados por difundir noticias erróneas para socavar la respuesta de la salud pública y promover otros intereses de determinados grupos o personas. “La información errónea y falsa –decían– puede perjudicar la salud física y mental de las personas, incrementar la estigmatización, amenazar los valiosos logros alcanzados en materia de salud y espolear el incumplimiento de las medidas de salud pública, lo que reduce su eficacia y pone en peligro la capacidad de los países de frenar la pandemia”.

La ONU también alertaba de que “la información incorrecta trunca vidas. Sin la confianza adecuada y la información correcta y pertinente, las pruebas diagnósticas se quedan sin utilizar, las campañas de inmunización (o de promoción de vacunas eficaces) no cumplirán las metas y el virus seguirá expandiéndose”. Además, la información falsa polarizaba el debate público y daba alas al discurso del odio. “Potencia –decían en el comunicado– el riesgo de conflicto, violencia y violaciones de los derechos humanos; y amenaza las perspectivas a largo plazo de impulsar la democracia y la cohesión social”.

Como consecuencia, la Organización de las Naciones Unidas lanzaba un llamamiento “a los medios de comunicación y a las plataformas de las redes sociales, a los investigadores y especialistas en tecnologías que pueden concebir y establecer estrategias y herramientas eficaces para responder a la infodemia, a los líderes de la sociedad civil y a las personalidades influyentes con sus objetivos. Información precisa y prevenir la difusión de información errónea y falsa”.

La “infodemia” nacía de comportamientos irresponsables como los que denunciaba la ONU, pero sobre todo del desconcierto que se apoderó del conjunto de la sociedad y de las administraciones. En medio del vacío, las redes difundieron mentiras, pero también alertas, mientras que el sistema institucional y mediático tardaba en reaccionar. La ciudadanía explicaba en las redes qué ocurría en su entorno, y, entre muchas informaciones distorsionadas y fábulas, emergía la realidad.

La humanidad se enfrentaba a una amenaza global y de consecuencias imprevisibles. Eran tiempos de desconcierto y de angustia por no saber qué pasaba en realidad. Los medios, por serios y responsables que fueran, no podían evitar la desinformación, porque sus fuentes, la comunidad científica y las administraciones, también ofrecían datos contradictorios o que, posteriormente, nunca fueron avalados por la ciencia.

Superados por la magnitud de la emergencia

Poco a poco, las aguas volvieron a su cauce y el periodismo con credibilidad recuperó su papel. En especial, las publicaciones científicas. Por ejemplo, contra las propuestas conspirativas, la revista Nature ofreció todo tipo de datos solventes, en marzo del 2020, para desmentir que el Covid-19 fuera “una construcción de laboratorio o un virus manipulado intencionadamente”.

Pese a los esfuerzos de los medios responsables por construir una información de calidad útil para la ciudadanía, la pandemia agravó problemas que ya estaban aquí, principalmente tres: el primero, la desconfianza de una parte de la sociedad –por suerte minoritaria– hacia los medios; de ahí surge en todo el mundo una corriente negacionista de la propia pandemia y de las vacunas. El segundo, la politización de la pandemia por parte de algunos medios, que fueron mucho más allá de la crítica necesaria y legítima a las administraciones. Y el tercer problema fue la saturación informativa respecto a la emergencia, hecho que dejaba fuera del foco informativo otros muchos aspectos de la realidad que también merecían atención.

La tragedia de aquellos primeros días se tradujo en miles y miles de muertos en las residencias de ancianos, UCI colapsadas, tanatorios llenos de féretros…, y todo ello sin familiares. Aquel inmenso dolor no quedó reflejado como se merecía desde el punto de vista periodístico. Los periodistas no lograron superar las barreras, por el cierre efectivo de los escenarios donde ocurría la tragedia, pero también porque el periodismo, como la sociedad en su conjunto, se vio desbordado, superado por la magnitud de la crisis a la que nos enfrentábamos.

El símbolo de las víctimas en las residencias

Cinco años después de la pandemia hay una cifra que simboliza la lucha por la veracidad: las personas fallecidas en las residencias geriátricas en Madrid. Los datos oficiales, avalados por las familias, las cifran en 7.291, mientras que la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, lo niega. La Comunidad de Madrid estableció un protocolo que vetaba el traslado a los hospitales de las personas contagiadas en las residencias. El argumento era que no se podían colapsar los hospitales, pero en la práctica era una gigantesca criba que condenaba a muerte a los ancianos enfermos con Covid-19. En toda España fallecieron treinta y cinco mil residentes en la primera ola.

El diario Infolibre demostró, con una extensa investigación periodística, que hubieran podido salvarse muchas vidas si no se hubiera vetado el traslado a los hospitales. O, en cualquier caso, se habría aliviado el sufrimiento de las horas finales. Jesús Maraña, director editorial del diario Infolibre, denunciaba en un artículo “la alfombra roja que buena parte de los medios de masas escritos, audiovisuales y digitales han extendido a los pies de Ayuso y a las falsedades de su discurso […]. Así le han permitido mentir con total soltura sobre asuntos tan sensibles como las muertes por Covid de miles de personas en las residencias durante la primera ola de la pandemia”. El jefe de investigación de Infolibre, Manuel Rico, recogió estas investigaciones en el libro ¡Vergüenza! El escándalo de las residencias (Planeta, 2021).

Madrid es la comunidad que registró mayor exceso de mortalidad en el 2020, con un incremento del 41,2% respecto al 2019. La media de España fue del 17,7%. Cataluña, por ejemplo, también quedó por encima, con una subida del 23,5% debido al impacto de la pandemia. Todos los resultados de la gestión de la pandemia de Ayuso fueron catastróficos, los peores del país. Empezando por el abandono que sufrieron las personas en las residencias geriátricas. Sin embargo, Ayuso ganó las elecciones del 2023 por mayoría absoluta.

¿La pandemia nos hizo mejores?

¿Cómo nos cambió la pandemia? La experiencia colectiva de sufrir una pandemia abrió múltiples reflexiones sobre cómo incidiría en nuestra vida. La antropóloga Lucía Muñoz Sueiro pensaba en ese momento que la pandemia “ha desatado emociones que, si las encaminamos adecuadamente, pueden conducirnos a reflexiones fructíferas que generen las condiciones necesarias para una transición sistémica, consciente y planificada. Disfrutemos de más bienestar, más tiempo libre, más cuidados, más introspección, más vínculos sociales. Ojalá plantemos las semillas de un cambio sistémico que nos haga, realmente, florecer como sociedades”.

Uno de los pronósticos que aportó una corriente de esperanza fue la de Jacques Attali, un reputado economista que había sido consejero especial del presidente francés François Mitterrand y fundador del Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo. Attali predijo en plena pandemia que “veremos nacer, después de un momento de cuestionamiento muy profundo de la autoridad, una fase de regresión para intentar mantener las estructuras de poder existentes y una fase de cobarde alivio, una nueva forma de legitimación de la autoridad; no estará basada ni en la fe, ni en la fuerza, ni en la razón, tampoco en el dinero, último avatar de la razón. El poder político estará en manos de quienes sepan mostrar el mayor grado de empatía hacia los demás”.

Attali auguraba que, después de la pandemia, “los sectores económicos dominantes serán también los de la empatía: la salud, la hospitalidad, la alimentación, la educación, la ecología”. La predicción de Attali, desgraciadamente, no se ha producido. Quizás todo lo contrario. Pero es un buen ejemplo de una corriente de pensamiento mundial que creyó, de forma tal vez ingenua, que “de la pandemia saldremos mejor como humanidad”.

Cinco años después, la perspectiva del tiempo nos dice que la pandemia nos ha cambiado. Que nos marca la noción del tiempo: hablamos de “antes de la pandemia”; “durante la pandemia o de “después de la pandemia”. Y a su vez intentamos olvidar, como si fuera un paréntesis en nuestra vida, un tabú que preferimos no recordar. Pero el dolor de quienes la sufrieron en primera persona, de quienes perdieron familia, sigue muy presente. También entre los sanitarios que se entregaron de forma heroica a salvar vidas poniendo en peligro las suyas. ¿Fue un trauma colectivo que nos hizo mejores? Aquí cada uno tiene su propia respuesta."              (Josep Carles Rius , La Marea, 15/03/25)

3.12.24

Recordando como fue realmente lo del COVID (ahora que se habla de que fue una maniobra preparatoria para la instauración de la dictadura mundial): Yo lo viví como sanitario en un centro de salud. No teníamos ni idea, ni idea, de lo que se nos venía encima. Ni la más remota idea. Recuerdo a algún compañero cubano, anticipándose, más acostumbrados que nosotros a epidemias naturales o provocadas, sugiriendo medidas básicas: lavado de manos... y… el director de mi centro riéndose por debajo del bigote de las medidas tercermundistas que proponía... me parece que no se pecó de exceso... las barbaridades vinieron de los libérrimos ayusistas y compañía, y de los criterios médicos y asistenciales que establecieron... Los que lo han criticado a posteriori se olvidan, o no quieren recordar, aquella situación que vivímos. Los que la criticaron entonces pecaron de ignorancia o fueron unos irresponsables... el poder público actuó correctamente al decretar el confinamiento como medida preventiva, conservadora. Me veo confirmado en esta apreciación cuando veo el paralelo con lo que acaba de suceder en Valencia. También un confinamiento a las 8.00 de la mañana, cuando la alerta era ya roja pero no había pasado aún nada, ni siquiera había llovido, hubiera sido una medida preventiva y conservadora (de vidas) correcta, aunque “el estado nos privase de libertad” (Manuel Monleón Pradas, Antonio Navas, José Luis Martín Ramos)

 "(...) Manuel Monleón Pradas:

  Veo en la miscelánea de CV-SLA que en “debats” habéis discutido (o leído un artículo) sobre el confinamiento durante la covid. Os digo mi opinión, discrepante quizá de la mayoría de cierta izquierda, que ve o vio en aquello una maniobra preparatoria para la instauración de la dictadura mundial. 

 Cuando se produjo aquello, el desconocimiento era total. Se movilizó en muy poco tiempo a todo el personal que podía saber o aportar algo. De eso soy testigo directo, porque inmediatamente se me llamó a participar en un comité (mi modesta ‘contribución’ fue una idea para producir mascarillas reutilizables, que no salió adelante quizá por absurda, por imposible a corto plazo, o porque era mejor vender muchas que pocas). En aquellas reuniones de los primeros días nos juntábamos gentes de todos los centros de investigación de España e incluso extranjeros (siempre telemáticamente), y aquellas empresas que conocíamos que tenían posibilidades y equipos. Hubo muchos comités y reuniones de ese género, con diferentes especialidades. Todo el mundo partía de cero, o de un infinitésimo. Lo que quiero decir es que, desde mi experiencia personal, yo afirmo que se sabía muy poco del origen, del peligro, y del riesgo, y se afrontaba una situación para todo el mundo nueva, en la que había que improvisar ideas que no tenían más filtro que… nuestra propia ignorancia y faliblidad. Porque, en efecto, no hubo dioses que nos soplaran al oído de qué iba la cosa, y ninguno de los actuantes tenía la cualidad de siquiera semidios. 

 En esas circunstancias, el poder público, en mi opinión, actuó correctamente al decretar el confinamiento como medida preventiva, conservadora. Me veo confirmado en esta apreciación cuando veo el paralelo con lo que acaba de suceder en Valencia. También un confinamiento a las 8.00 de la mañana, cuando la alerta era ya roja pero no había pasado aún nada, ni siquiera había llovido, hubiera sido una medida preventiva y conservadora (de vidas) correcta, aunque “el estado nos privase de libertad”.

Antonio Navas:

  Estoy total, completa y absolutamente de acuerdo con Manuel.
Yo lo viví como sanitario en un centro de salud. No teníamos ni idea, ni idea, de lo que se nos venía encima. Ni la más remota idea. 

 Recuerdo a algún compañero cubano, anticipándose, más acostumbrados que nosotros a epidemias naturales o provocadas, sugiriendo medidas básicas: lavado de manos improvisando con lo que tuviéramos: barreños con agua y lejía; mascarillas o protectores con lo que pudiéramos, y… el director de mi centro riéndose por debajo del bigote de las medidas tercermundistas que proponía mi compañero, más avezado que los demás y con experiencia sobre suelo cubano.

En todo lo que sucedió a continuación me parece que no se pecó de exceso, en todo caso al contrario en alguna ocasión; lo de las residencias de ancianos creo que es caso aparte y pone el foco justamente en lo privado; y las barbaridades vinieron de los libérrimos ayusistas y compañía, y de los criterios médicos y asistenciales que establecieron.
No me extiendo porque es asunto en el que ningún artículo ni texto me ha hecho dudar hasta ahora; tampoco ese artículo crítico que se ha pasado, aún cuando pueda tener algún argumento abstractamente razonable.

José Luis Martín Ramos:

   Gracias Manuel, estoy por completo de acuerdo contigo. Los que lo han criticado a posteriori se olvidan, o no quieren recordar, aquella situación que vivímos. Los que la criticaron entonces pecaron de ignorancia o fueron unos irresponsables. (...)"

(Salvador López Arnal, blog, 30/11/24)

15.10.24

Desde el día 15 de marzo el servicio de epidemiología estaba alertando al Gobierno Ayuso de un brote de infectados en la residencia de Monte Hermoso y el escenario terrible que se avecinaba en los centros de mayores si no se actuaba, un aviso que no se atendió desde la Comunidad de Madrid... desde febrero, el virus ya estaba circulando por muchas de las casi 500 residencias de la Comunidad, con más de 45.000 mayores viviendo dentro y encerrados, porque el Gobierno de Isabel Díaz Ayuso había decretado el día 8 de marzo que nadie podía ya salir o entrar. El Gobierno regional decidió que se bloqueara casi toda la derivación de mayores que vivían en residencias a hospitales... Los motivos que señala el informe de Defensa para el caos en las residencias fue “en muchos casos el miedo de las personas responsables que las atendían y en otras la falta de recursos hacían a este colectivo más vulnerable”... La crítica situación obligó también, según refleja el informe del Ejército, a detraer recursos de Castilla-La Mancha y Extremadura... El panorama que encontraron las Fuerzas Armadas fue plasmado meses más tarde por el Comité Europeo de las Regiones, que estimó que Madrid fue la región de Europa con más exceso de muertes en pandemia... desde el Ministerio de Defensa se informó de que, al llegar a algunas residencias, los miembros de las Fuerzas Armadas habían encontrado cadáveres compartiendo espacio con ancianos vivos... esos días la Comunidad de Madrid decidió iniciar un proyecto que consumió gran parte de los recursos de los militares españoles asignados a Madrid: el hospital de campaña en Ifema, acondicionado en 30 horas desde la nada, justo cuando los brotes de las residencias empezaban a conocerse... Ifema requirió de los mejores hombres y mujeres del Ejército (Raquel Ejerique)

 "El 15 de marzo de 2020, con España recién confinada tras confirmarse la terrible capacidad de contagio de la COVID-19, una instrucción firmada por la ministra de Defensa, Margarita Robles, determinó que las Fuerzas Armadas españolas y sus recursos sanitarios se pondrían al servicio de las autoridades civiles para ayudar en la gestión de la pandemia bajo un mando único, dirigido por el jefe del Estado Mayor de la Defensa, el general Miguel Ángel Villarroya, que acabó dimitiendo por haberse vacunado antes de tiempo.  

La bautizada como Operación Balmis –en recuerdo del médico que llevó a cabo la expedición de expansión de la vacuna de la viruela a América y Filipinas– tuvo como epílogo un amplio documento de 500 páginas con conclusiones y lecciones aprendidas de uso interno, al que ha tenido acceso elDiario.es a través de una pregunta al Portal de Transparencia y tras varios intentos por conseguir las actas de la pandemia, que no han sido aportadas, alegando Defensa que son documentación de trabajo “auxiliar y de apoyo”.

En el dossier se relata la ingente actividad militar de apoyo social, logístico y sanitario del Ejército en toda España (desde montar hospitales a trasladar material o desinfectar) y también cómo la letalidad en las residencias de mayores obligó a cambiar el rumbo de la operación en el caso de la Comunidad de Madrid.

“Los primeros días las solicitudes de desinfección y de apoyo en general se centraban, principalmente, en apoyos logísticos para el montaje de albergues, desinfección de infraestructuras críticas y apoyo en el control de las medidas decretadas en el Estado de Alarma en centros de comunicaciones neurálgicos de la ciudad”, relata el informe interno sobre las peticiones en la región.

Pero “el 21 de marzo, se produce un giro vertiginoso de la operación, teniendo que reorientar parte de los esfuerzos, por no decir la mayoría, al apoyo en desinfección de residencias de ancianos, ante la evolución de la situación de afección en dichos centros, donde la pandemia estaba golpeando duramente a los más desfavorecidos y creando condiciones que difícilmente harían sostenible el cuidado de nuestros mayores”.

Eso hizo cambiar los planes y la UME (Unidad Militar de Emergencias) pasó semanas desinfectando residencias, donde hizo más de 1.400 actuaciones por la avalancha de peticiones que le hicieron las autoridades civiles. En realidad, desde el día 15 de marzo el servicio de epidemiología estaba alertando al Gobierno Ayuso de un brote de infectados en la residencia de Monte Hermoso y el escenario terrible que se avecinaba en los centros de mayores si no se actuaba, un aviso que no se atendió desde la Comunidad de Madrid.

Al menos desde febrero, el virus ya estaba circulando por muchas de las casi 500 residencias de la Comunidad, con más de 45.000 mayores viviendo dentro y encerrados, porque el Gobierno de Isabel Díaz Ayuso había decretado el día 8 de marzo que nadie podía ya salir o entrar. El Gobierno regional decidió que se bloqueara casi toda la derivación de mayores que vivían en residencias a hospitales (se hicieron unos baremos que fueron llamados “los protocolos de la vergüenza”), lo cual ha motivado la presentación el pasado jueves de una denuncia colectiva a la Fiscalía de familiares de 115 ancianos, 111 de los cuales fallecieron.

Los motivos que señala el informe de Defensa para el caos en las residencias fue “en muchos casos el miedo de las personas responsables que las atendían y en otras la falta de recursos hacían a este colectivo más vulnerable”.

Efectivamente, la única iniciativa dedicada a los mayores de residencias en pandemia, que tenían también vetado acudir a los centros de salud, fue la llamada Operación Bicho, la contratación de algunos autónomos que contaron con la ayuda de una decena de médicos de nacionalidad venezolana, sin contrato, y a los que Sanidad nunca pagó. Tampoco se medicalizaron los centros, contra lo anunciado en una nota de prensa oficial y lo que aseguró Díaz Ayuso en una entrevista en Telecinco.

Menos recursos para Extremadura y Castilla-La Mancha

La crítica situación obligó también, según refleja el informe del Ejército, a detraer recursos para Castilla-La Mancha y Extremadura: “La evolución de la situación de las residencias de mayores en Madrid, llevó a adoptar la medida de no asignar o asignar cometidos mínimos al Batallón de la UME con base en Madrid en Extremadura y Castilla-La Mancha, zona de acción habitual de este Batallón”. El panorama que encontraron las Fuerzas Armadas fue plasmado meses más tarde por el Comité Europeo de las Regiones, que estimó que Madrid fue la región de Europa con más exceso de muertes en pandemia, con un 44% más de lo habitual. Por detrás se situaron la región italiana de Lombardía (39%) o Castilla-La Mancha (34%).

Esos mismos días, y mientras que muchas familias intentaban sacar a sus familiares –aunque les supuso seguir pagando para no perder la plaza–, la Comunidad de Madrid decidió iniciar un proyecto que consumió gran parte de los recursos de los militares españoles asignados a Madrid: el hospital de campaña en Ifema, acondicionado en 30 horas desde la nada.

El brutal proyecto de levantar Ifema

“El primer día de la operación [Balmis], el 16 de marzo, se recibe una petición de Samur Social Madrid para el establecimiento de un albergue provisional para personas sin techo en el Recinto Ferial de Madrid (...). Sin solución de continuidad, con el albergue de Ifema recién montado, el 20 de marzo se solicita por el Samur Social de Madrid el montaje de un segundo albergue”. Cuando estaban en ello, Isabel Díaz Ayuso hace virar de nuevo todo y emprende la construcción de un hospital en el propio Ifema, justo cuando los brotes de las residencias empezaban a conocerse.

El montaje de este hospital ha supuesto un reto nunca visto hasta ahora, montar un hospital de campaña con capacidad para atender aproximadamente a 5.000 enfermos en un pabellón diáfano donde no había absolutamente nada”, continúa el dossier, que destaca como positiva la enorme colaboración con las autoridades civiles para poner en marcha esta “obra faraónica”.

Ifema requirió de los mejores hombres y mujeres del Ejército: “Se designó al personal con mejores cualificaciones que pudieran aportar su experiencia y conocimientos para llevar a cabo esta colosal empresa”. Se enviaron médicos y sanitarios militares “montando y dando servicio a 6 puestos UCI para pacientes críticos. Desde este momento, el personal permanecerá en las instalaciones, cuidando, 24 horas al día, 7 días a la semana, a los enfermos de la UCI, hasta el momento del cierre del hospital el 1 de mayo de 2020”. Este hospital de campaña acabó tratando básicamente casos leves y se derivó allí a 23 mayores de residencias cuyo estado no revestía gravedad.

Con todo, la visión que tiene el Ejército de este proyecto es positiva, como refleja el informe: “El trabajo realizado en estos meses en este hospital muestra la importancia de las relaciones cívico-militares y el potenciar esta relación como una muestra más de la interrelación necesaria entre las Fuerzas Armadas y la sociedad a la que sirven”.

El otro punto que destaca el Ejército en Madrid fue “la gestión de cadáveres y el traslado de féretros desde diferentes hospitales de Madrid a los depósitos intermedios establecidos por la Comunidad ante la saturación de los servicios funerarios. Esta actividad es de las más difíciles que se han llevado a cabo durante la Operación Balmis, física, pero sobre todo psicológica y anímicamente”, admite. De hecho, desde el Ministerio de Defensa se informó de que, al llegar a algunas residencias, los miembros de las Fuerzas Armadas habían encontrado cadáveres compartiendo espacio con ancianos vivos, aunque esas fuentes no especificaron en qué centros sucedió o si era en Madrid.

Además de los datos madrileños, el informe de la Operación Balmis hace un pormenorizado recorrido por todas y cada una de las comunidades autónomas, y destaca que en 98 días se hicieron 20.000 actuaciones en más de 2.000 localidades y 5.300 intervenciones en residencias de todo el país, entre otras labores. El análisis final es positivo, detecta algunas mejoras posibles de coordinación en situaciones futuras y reflexiona a modo de conclusión que “debemos fortalecer nuestro sistema de gestión de crisis para poder actuar de forma más rápida en las etapas iniciales de la emergencia y garantizar esa protección a nuestros ciudadanos (...). Esta operación ha dejado otras singularidades, han sido numerosas, pero una destaca sobremanera: la voluntad de vencer de todo el colectivo que ha tenido el privilegio de participar en Balmis. La alineación de todos los niveles, del político al táctico, en el estricto cumplimiento de la misión principal, salvar vidas, ha sido del todo ejemplar, un modelo a seguir en el futuro”."                (Raquel Ejerique, eldiario.es, 13/10/24)

18.1.24

Después de contemplar cómo se ahogaba mi mujer por culpa de una neumonía bilateral, no he podido evitar pensar en los ancianos que murieron de covid en las residencias de la Comunidad de Madrid, abandonados por el gobierno de Ayuso... Sin atención hospitalaria, mi mujer podría haber muerto y su agonía habría sido horrible... Que Ayuso ganara las elecciones con mayoría absoluta después de un comportamiento tan miserable, solo revela que vivimos en una sociedad embrutecida y manipulada... Que un personaje así haya llegado a la cima del poder, sugiere que hay algo muy podrido en Madrid (Rafael Narbona)

Rafael_Narbona @Rafael_Narbona

Después de contemplar cómo se ahogaba mi mujer por culpa de una neumonía bilateral, no he podido evitar pensar en los ancianos que murieron de covid en las residencias de la Comunidad de Madrid, abandonados por el gobierno de Ayuso, que prohibió su traslado a hospitales mediante un infame protocolo.  

Sin atención hospitalaria, mi mujer podría haber muerto y su agonía habría sido horrible. Que Ayuso ganara las elecciones con mayoría absoluta después de un comportamiento tan miserable, solo revela que vivimos en una sociedad embrutecida y manipulada. 

Una población desinformada y con un bajo nivel cultural propicia el ascenso de demagogos sin escrúpulos. Ayuso solo es el monigote de Aznar y Florentino Pérez, una mujer hueca que apenas disimula su desprecio por los más vulnerables y que concibe la política como un servicio a las elites financieras.

Astuta y sin cortapisas morales, sedujo a los votantes con una banal exaltación de la libertad, abriendo los bares en plena epidemia. Que un personaje así haya llegado a la cima del poder, sugiere que hay algo muy podrido en Madrid, la ciudad de las cañitas y las macetas.

10:25 p. m. · 3 ene. 2024 459,2 mil Reproducciones

3.10.23

Revisión del PIB... No es una cuestión menor, se puede analizar más y mejor el impacto de las políticas expansivas para salir de la peor crisis de los últimos 80 años. La política importa...y mucho... La economía española no cayó tanto en 2020, creció mucho más en 2021 y un poco más en 2022. Hemos estado tres años con los datos mal estimados, y eso ha afectado a muchos indicadores económicos (y a muchos discursos políticos)... España nunca ha estado a la cola de Europa en la recuperación pospandemia... la deuda pública estaba artificialmente inflada... La presión fiscal real también es más baja de lo que nos contaban... baja es el gasto en pensiones... con esta tímida revisión el PIB de España ya se encontraría al nivel de sus países vecinos, y superará los de Alemania y Francia a final de este año acorde a la previsión de la Comisión Europea... Una de las cuestiones más sorprendentes de esta revisión es que se borra la recesión de finales del 20 y principios del 21 (covid+Filomena) y también la contracción del 22 por el inicio de la invasión de Ucrania... tuvimos una recuperación más constante y dinámica

 

Eduardo Garzón @edugaresp

Pues ya tenemos la revisión del PIB. La economía española no cayó tanto en 2020, creció mucho más en 2021 y un poco más en 2022. Hemos estado tres años con los datos mal estimados, y eso ha afectado a muchos indicadores económicos (y a muchos discursos políticos).

La economía española no recuperó su nivel prepandemia en 2023, como se creía hasta ahora, sino que lo hizo ya en 2022. España nunca ha estado a la cola de Europa en la recuperación pospandemia, pero quienes tenían interés en pintar una mala imagen no decían otra cosa.

Uno de los indicadores económicos que también se corrige es el de la deuda pública: en el primer trimestre de 2023 no se sitúa en el 112,8% como se creía, sino en el 110,9%. No es que haya bajado la deuda pública, es que antes estaba artificialmente inflada. (...)

La presión fiscal real (recaudación de impuestos sobre PIB) también es más baja de lo que nos contaban: en vez de situarse en el 38,7% en 2022 estuvo en el 38,05%. Nos han dado la matraca durante años con datos erróneos (... )

En cualquier caso, es una revisión que aumenta el PIB un 1,7%, lo cual es muy poco en comparación con lo que se esperaba (que era incluso más de un 3%) y también poco en comparación con la revisión del PIB británico. Lo expliqué aquí:

Aun con todo, con esta tímida revisión el PIB de España ya se encontraría al nivel de sus países vecinos, y superará los de Alemania y Francia a final de este año acorde a la previsión de la Comisión Europea.

Por cierto, otro indicador súper importante que baja es el gasto en pensiones. Resulta que no gastábamos tanto como decían algunos... ¿Harán alguna mención a esto o seguirán con la cantinela de que gastamos demasiado? (...)

11:22 a. m. · 18 sept. 2023 17,6 mil Reproducciones


Javier Jorrín @jgjorrin

La serie nueva del PIB que ha publicado el INE cambia el relato de la crisis por completo. España recuperó el PIB prepandemia en el verano de 2022. Actualmente la actividad está un 2% por encima de los niveles de 2019. https://elconfidencial.com/economia/2023-

Aquí la comparación de España con los principales países del euro. España va por delante de Alemania y Francia en la recuperación, pero por detrás de Portugal e Italia.

Una de las cuestiones más sorprendentes de esta revisión es que se borra la recesión de finales del 20 y principios del 21 (covid+Filomena) y también la contracción del 22 por el inicio de la invasión de Ucrania. El gráfico muestra una recuperación más constante y dinámica

Esta revisión de los datos del INE obligará a los expertos a cambiar sus previsiones de crecimiento. Es muy probable que España se vaya a un crecimiento en el conjunto del año del 2,4% o 2,5%.

9:12 a. m. · 22 sept. 2023 27,1 mil Reproducciones 

 Giuseppe Quaresima @PeppeQuare

No es una cuestión menor, se puede analizar más y mejor el impacto de las políticas expansivas para salir de la peor crisis de los últimos 80 años. La política importa...y mucho.

1:10 p. m. · 22 sept. 2023 198 Reproducciones

29.10.22

La prueba definitiva de la discriminación de los mayores en Madrid: en las cuatro semanas críticas de la pandemia, entre el 9 de marzo y el 5 de abril, no sólo no aumentaron de forma significativa las derivaciones hospitalarias como sería lógico al multiplicarse el número de enfermos, sino que se desplomaron un 36,8% respecto a las cuatro semanas previas. Y ese frenazo fue mucho más brusco precisamente en los geriátricos más azotados por el virus, hasta el extremo de que ni uno solo de los 82 centros con mayor número de fallecidos llegó a trasladar un paciente al día de media durante esas cuatro semanas... Vitalia Home Parla derivó a un paciente en esas cuatro semanas, la residencia pública Adolfo Suárez a tres, Ballesol Alcalá a cuatro. En esos tres centros murieron 219 personas en marzo y abril

 "La verdad es lo que le estoy diciendo: ha habido 9.200 traslados de mayores de residencias a hospitales”. Son palabras de Isabel Díaz Ayuso sobre lo ocurrido en los geriátricos de Madrid durante la pandemia, pronunciadas el 28 de mayo en la Asamblea autonómica, y lo de menos es que el dato sea falso (en realidad, entre el 1 de marzo y el 27 de mayo se había producido el traslado de 8.393 residentes). Lo realmente grave es que al ofrecer una cifra global descontextualizada, sin especificar en qué fecha y desde qué centro se produjeron esas derivaciones hospitalarias, queda difuminado el drama padecido en decenas de residencias de Madrid. La verdad queda escondida tras ese dato genérico. Y también cualquier posible responsabilidad.

infoLibre ha accedido a la información de los 18.895 traslados realizados en los seis primeros meses del año en la Comunidad de Madrid, incluyendo la residencia de origen y el hospital de destino. Son datos oficiales aportados por la Consejería de Sanidad en respuesta a una petición realizada por un periodista de este medio al amparo de la Ley de Transparencia. [Sanidad facilitó los datos de 19.779 derivaciones, al incluir también centros de discapacidad y no sólo de residencias de mayores, pero este artículo se centra en estas últimas].

El análisis de esos miles de datos permite llegar a una conclusión irrefutable: en las cuatro semanas críticas de la pandemia, entre el 9 de marzo y el 5 de abril, no sólo no aumentaron de forma significativa las derivaciones hospitalarias como sería lógico al multiplicarse el número de enfermos, sino que se desplomaron un 36,8% respecto a las cuatro semanas previas. Y ese frenazo fue mucho más brusco precisamente en los geriátricos más azotados por el virus, hasta el extremo de que ni uno solo de los 82 centros con mayor número de fallecidos llegó a trasladar un paciente al día de media durante esas cuatro semanas.

La cifra global de derivaciones ha sido utilizada en múltiples ocasiones tanto por la presidenta madrileña como por su consejero de Sanidad, Enrique Ruiz Escudero, para negar que hubieran fallecido en las residencias personas sin recibir la debida atención hospitalaria. Pero ese dato genérico, por sí solo, es engañoso al menos por tres motivos:

a. Las derivaciones no se impidieron de forma sistemática durante toda la pandemia. El análisis semanal de las cifras demuestra que la paralización se ejecutó entre el 9 de marzo y el 5 de abril. Y con especial intensidad entre el 16 y el 29 de marzo, cuando el Gobierno Ayuso aprobó un Protocolo que impedía el traslado al hospital de determinados residentes.

b. No todos los geriátricos sucumbieron al virus. De los 472 centros de mayores que estaban operativos en esas fechas, en 131 no se produjo ni un solo fallecimiento de personas contagiadas con covid-19 o con síntomas compatibles durante los meses de marzo y abril, y en otros 83 se registraron menos de cinco decesos por esa causa. El problema se concentró en buena parte de las 82 residencias que sufrieron 40 o más muertes cada una.

c. Al no establecer una comparación con lo que ocurría antes de la pandemia, no permite saber cómo evolucionó la situación durante la crisis sanitaria.

infoLibre publica hoy el primero de una serie de reportajes analizando los microdatos obtenidos de la Consejería de Sanidad, que arrojan sin duda luz sobre la mayor tragedia ocurrida en España durante la pandemia: la muerte de 9.470 mayores en los geriátricos de Madrid en los meses de marzo y abril, la inmensa mayoría sin recibir atención hospitalaria previa y al menos 5.795 de ellos con coronavirus o síntomas compatibles.

LOS DATOS ANTES Y DESPUÉS DEL PROTOCOLO

Para saber si ha ocurrido algo anormal en cualquier asunto, lo primero que se necesita es saber qué es la normalidad. En el caso de las derivaciones hospitalarias es preciso conocer, por tanto, cuántas se producían antes de la pandemia.

Pues bien, entre el 6 de enero (lunes en que dio comienzo la primera semana completa del año) y el 8 de marzo se produjeron 7.514 derivaciones hospitalarias. Como ese periodo abarca nueve semanas, la media semanal es de 835. Hay que destacar que las cifras son muy estables: el máximo fueron 926 traslados entre el 20 y el 26 de enero y el mínimo 742 entre el 2 y el 8 de marzo (ya con el virus llamando a las puertas de las residencias). Sólo hubo otra semana con menos de 800 derivaciones: entre el 24 de febrero y el 1 de marzo la cifra se quedó en 770.

El domingo 8 de marzo, la Comunidad de Madrid no prohibió aún las visitas a los residentes, pero sí las restringió a las “estrictamente necesarias” y siempre que la persona no presentase “sintomatología respiratoria”. El viernes 13 de marzo, el Gobierno de Ayuso ordenó cerrar los centros de día adyacentes a muchos geriátricos. Y el Gobierno central aprobó el estado de alarma el 14. Esa semana, del 9 al 15 de marzo, las derivaciones ya se redujeron hasta 552. Pero lo peor estaba por llegar.

“Los pacientes con sospecha de estar contagiados no son derivables a hospital por criterio de las autoridades sanitarias”, explicaba el 17 de marzo el médico de La Purísima Concepción a los familiares de los residentes, por medio de un escrito que reprodujo este periódico. Y al día siguiente, 18 de marzo, la Consejería de Sanidad aprobó el Protocolo que prohibía trasladar al hospital a mayores de los geriátricos que tuvieran un mayor nivel de dependencia o de deterioro cognitivo. Un documento que firmó digitalmente el entonces director de Coordinación Socio-sanitaria, Carlos Mur, y que ese mismo día se envió por correo a los gerentes y directores médicos de los hospitales de Madrid y a los altos cargos del Gobierno de Ayuso que debían garantizar su aplicación. En los días siguientes, se aprobaron otras tres versiones de ese Protocolo, todas ellas desveladas de forma íntegra por infoLibre. En todas se establecían, con mayor o menor crudeza en el lenguaje, criterios de exclusión para trasladar a determinados enfermos.

La aplicación de esas órdenes de las “autoridades sanitarias”, recogidas formalmente en el Protocolo pero que ya se empezaron a aplicar días antes como prueba la carta del médico de La Purísima Concepción, fue demoledora: en la semana del 16 al 22 de marzo sólo se realizaron 345 traslados de residentes. Una reducción del 58,6% respecto a la media semanal previa a la pandemia

Los tres días con menos traslados fueron el 20, 21 y 22 de marzo, justo después de la aprobación del Protocolo. Es más, el día 20 fue cuando se envió a los hospitales la segunda versión de dicho documento, que contenía la redacción más dura al hablar directamente de “criterios de exclusión de derivación hospitalaria” [puedes consultarlo aquí]. Esos tres días hubo 42, 40 y 35 traslados, respectivamente, en toda la Comunidad. En enero y febrero la media diaria fue de 120.

La cosa mejoró muy poco en la semana siguiente. Del 23 al 29 de marzo el número de derivaciones se quedó en 400, también menos de la mitad de lo que era normal antes de la crisis sanitaria. El 26 de marzo se realizaron 46 derivaciones, el 28 de marzo fueron 45 y el 29 de marzo se hicieron 50, tres de las cifras más bajas de toda la serie.

Hay que destacar que esta fortísima reducción de traslados se produjo al mismo tiempo que se multiplicaban los enfermos. Es decir, lo lógico es que se hubieran disparado los ingresos hospitalarios de mayores procedentes de residencias y no al revés.

La situación empezó a cambiar en la semana del 30 de marzo al 5 de abril, cuando se registraron 698 derivaciones. Aunque para ser realmente precisos hay que establecer el punto de inflexión el día 1 de abril, cuando hubo 101 traslados. Era la primera vez que se superaba la barrera del centenar desde el 6 de marzo. Y para darse cuenta de la anormalidad de unas cifras tan bajas quizá baste un dato: en 60 de los 66 días transcurridos entre el 1 de enero y el 6 de marzo hubo más de 100 derivaciones.

Superado el colapso hospitalario, muchos mayores recuperaron el derecho a recibir atención hospitalaria. Así, la semana del 6 al 12 de abril se produjeron 1.118 traslados; y la siguiente otros 1.003. En una comparecencia en la Asamblea, Ruiz Escudero explicó precisamente que el Gobierno madrileño situaba “el pico máximo de la pandemia” entre el 27 de marzo y el 1 de abril.

El problema es que para entonces ya habían muerto 4.470 residentes (datos del 5 de abril) y que varios miles más habían empeorado de forma grave que estaban a punto de fallecer en sus residencias, de forma que el 12 de abril ya eran 7.141 los que habían perdido la vida.

El análisis de las derivaciones durante los meses de mayo y junio deja testimonio de la masacre vivida. Fallecidos uno de cada cinco residentes, lógicamente hay muchos menos enfermos que necesiten atención hospitalaria (en ese periodo tampoco se produjeron nuevos ingresos). En ninguna semana de esos dos meses se alcanzaron las 700 derivaciones. Pero ya no fue por la negativa a tratar a los enfermos, sino por el menor número de pacientes.

En resumen: en las cuatro semanas críticas de la pandemia, entre el 9 de marzo y el 5 de abril, se produjeron 1.995 traslados. Y en las cuatro semanas previas, entre el 10 de febrero y el 8 de marzo, se registraron 3.158. Mientras los enfermos se multiplicaban en los geriátricos, las derivaciones a los hospitales se redujeron un 36,8%.

Las residencias MÁS AFECTADaS

El análisis semanal de los datos antes y después de la llegada del virus ayuda a enfocar la realidad: lo que ocurrió no fue normal. Pero es necesario seguir ajustando la lente. Y eso lleva a analizar los traslados centro a centro.

En la Comunidad de Madrid hubo 82 geriátricos con 40 o más fallecidos en los meses de marzo y abril, los más duros de la pandemia. Un ranking luctuoso que encabezan las residencias públicas Doctor González Bueno (113 fallecidos) y Reina Sofía (103) y las privadas Vitalia Home Leganés (92) y Ballesol Alcalá (90). En esas 82 residencias se registraron en total 4.693 decesos durante esos dos meses.

Resulta evidente que en esos 82 geriátricos se tenían que haber multiplicado los traslados al hospital, puesto que también se incrementaron de forma exponencial las personas que caían enfermas. Pero los datos del Gobierno Ayuso demuestran que ocurrió exactamente lo contrario.

En las cuatro semanas críticas, entre el 9 de marzo y el 5 de abril, se produjeron en total 746 derivaciones hospitalarias en dichos centros [los datos incluyen 81 de las 82 residencias porque en la información facilitada por la Consejería de Sanidad no figura la pública de Arganda del Rey]. Una cifra insignificante comparada con el número de mayores que terminaron perdiendo la vida. Y también con el número de traslados registrados en las cuatro semanas previas a la pandemia: 1.225. Por tanto, la reducción media fue del 39%. 

Ni una sola de las 81 residencias llegó a trasladar al hospital un paciente al día de media durante esas cuatro semanas. Las que más se acercaron fueron Reina Sofía y DomusVi Leganés, cada una con 24 traslados. Un dato que en todo caso palidece ante los 130 positivos y 103 fallecidos en el centro público de Las Rozas, y los 80 contagiados y y 58 decesos en las instalaciones de la multinacional en Leganés.

En 50 de esos geriátricos el número de derivaciones quedó por debajo de diez. Y la paralización de traslados fue prácticamente total en 17, que contabilizaron entre uno y cuatro; es decir, un máximo de un enfermo a la semana atendido en un hospital.

La comparación con lo ocurrido en las cuatro semanas previas a la pandemia tampoco deja duda alguna sobre lo que ocurrió. En 59 de esos 81 geriátricos se redujeron los traslados entre el 9 de marzo y el 5 de abril, en comparación con el periodo del 10 de febrero al 8 de marzo. Y en la mayoría lo hicieron de manera muy significativa: en 41 centros el desplome fue del 40% o superior, llegando en algún caso a superar el 90%.  

Algo completamente ilógico ante el avance de la pandemia. De hecho, en los hospitales se dispararon los ingresos de la población general, pero como demuestran los datos oficiales del Gobierno Ayuso en el caso de los residentes eso no fue así. En otras palabras: la población más afectada por la pandemia –el 70% de los fallecidos en Madrid con covid-19 vivían en geriátricos– fue la que dejó de recibir atención hospitalaria de manera significativa.

En dos geriátricos el número de traslados fue el mismo antes de la pandemia y en las cuatro semanas críticas, mientras que en 20 de los 81 se incrementó, aunque en ningún caso en cifras similares a los enfermos que tenían en sus instalaciones: las derivaciones aumentaron en total en 104, en unos centros donde en febrero y marzo fallecieron 1.031 mayores.

A continuación, infoLibre reproduce el listado con los 81 centros más azotados por la pandemia, indicando el número de traslados en los dos periodos mencionados, la diferencia en porcentaje entre ambas cifras y el número de fallecidos en marzo y abril. Posteriormente, se analizan de forma más detallada los datos residencia a residencia. 

 Los datos, centro a centro: ver enlace (...)"                 (Manuel Rico , InfoLibre, 18/08/20)

29.8.22

La ocupación de las UCI por covid baja al mínimo registrado desde que comenzó la pandemia... al menos, una buena noticia

 "Este viernes había en las Unidades de Cuidados Intensivos de los hospitales españoles 241 personas ingresadas con coronavirus. Desde que el Ministerio de Sanidad comenzó a publicar este registro, en agosto de 2020, esa cifra nunca había sido tan baja. La séptima ola de covid ha concluido sin prácticamente afección en las UCI, cuya capacidad asistencial lleva tiempo sin estar en riesgo por culpa de la pandemia.

Es muy probable que en junio y julio de 2020, después del duro confinamiento que vivió España, las UCI estuvieran aún más vacías de pacientes de covid que ahora. Pero el caos de recolección de datos que se vivió durante los primeros meses de la pandemia no permitió recoger esta estadística de forma rigurosa hasta el 1 de agosto de 2020, cuando había 250 pacientes en cuidados intensivos.

 Mucho ha cambiado la situación en estas unidades desde que comenzó la campaña de vacunación. Las tres primeras olas (especialmente la primera y la tercera) desbordaron su capacidad y fue necesario en muchos hospitales hacer triajes para atender solo a los pacientes con más posibilidades de sobrevivir. A partir de la primavera de 2021, cuando la mayoría de la población vulnerable estaba vacunada o en proceso, ya ninguna ola fue igual.

La cuarta, vista en perspectiva, casi no merece el nombre de ola por su escasa propagación; la quinta afectó sobre todo a población joven y aunque hubo ingresos en UCI, no llegaron a su límite. En la sexta, la de las pasadas Navidades, hubo más diagnósticos registrados que nunca, pero el porcentaje de críticos bajó drásticamente y el mayor número de ingresados en cuidados intensivos apenas superó los 2.200, una cantidad muy asumible. En la séptima, de la que no hay registros fiables de contagios, pero que probablemente tiene una magnitud igual o superior a la sexta en cuanto a transmisión, la máxima cifra alcanzada ha sido 547. (...)"                 (Pablo Linde, El País, 26/08/22)

25.3.22

Badiola: «¿’Gripalizar’ la Covid? Qué grave error»... Tenemos el caso de Dinamarca, donde tras un mes de eliminar todas las restricciones, la incidencia se disparó hasta más de 4.000. Está claro que bajar la guardia cuando no toca tiene graves consecuencias... Yo mantendría la mascarilla en interiores hasta los meses del verano

 "El epidemiólogo y veterinario Juan José Badiola adquirió una gran notoriedad, y un reconocido prestigio público, durante la recordada «crisis de las vacas locas» de 1996, pero también se ha convertido a lo largo de los dos últimos años en uno de los expertos de referencia en el seguimiento de la pandemia de Covid-19.

Al frente del Centro de Enfermedades Transmisibles de la Universidad de Zaragoza, y con su habla pedagógica y siempre cercana, este veterano investigador llama a no bajar la guardia aún contra este virus.

 Ahora mismo tenemos una IA de 430 casos 14 días/100.000 habitantes, es un nivel de «riesgo alto», y de hecho la incidencia parece que deja de bajar y se estabiliza en esta «meseta». Pero por otra parte tenemos a una variante ómicron dominante, predecible y menos virulenta, al 92,4% de la población diana con la pauta completa de la vacuna, y la situación en los hospitales está controlada en términos generales. Algunas voces ya señalan que -al menos en España- podemos dar la pandemia por finalizada, o casi. ¿Coincide o discrepa?

Yo no soy tan optimista. Con los datos que acabas de decir, hay que subrayar que la tendencia se ha empezado a revertir, incluso parece que la tendencia empieza levemente a incrementarse. Entonces hay que ver qué va a pasar, y no precipitarse.

El problema es que las administraciones están adelantando mensajes a la población que no son oportunos. Es un error de comunicación política. Si a la gente se le transmite la idea de que esto ya está superado, que la ómicron no es para tanto, ¿qué perciben los ciudadanos? Que la pandemia ya se ha acabado, que ya no hay que preocuparse. Y eso está reforzado porque ahora se ponen de primer plano cuestiones realmente muy preocupantes para la gente: la inflación, el precio de la electricidad, del combustible, la guerra en Ucrania… Todo eso no debe ocultar que la pandemia no se ha acabado.

Y es como la pescadilla que se muerde la cola, un círculo vicioso. Si la tendencia era a la baja, pero la gente interpreta -por los mensajes que se lanzan desde las administraciones- que esto está encarrilado, y que la tendencia irremisible es hacia abajo, pues te relajas. Es una reacción humana más que lógica, después de dos años de pandemia, pero eso favorece que suban otra vez los contagios. Y entonces se vuelve en contra del mensaje tranquilizador que se quiere dar. Una cosa es decir que con estas cifras no hay que decir cada día los casos que hay, que la monitorización no va a ser tan intensa, que vamos por el buen camino, que la situación en los hospitales está controlada, que estamos saliendo… pero otra es dar el mensaje de bajar la guardia.

 Afortunadamente en España hay mucha gente con sentido común y con prudencia, y que sigue aplicando los mecanismos básicos de prevención. Por ejemplo, en mi barrio de Zaragoza, San José, un barrio popular, la mayoría sigue llevando mascarilla por la calle, en exteriores, por si las moscas. En fin, no cocinemos la liebre antes de haberla cazado.

En todo caso, una pandemia es un fenómeno mundial. La alta incidencia en otras áreas del planeta, especialmente las más subdesarrolladas, hacen que puedan surgir en cualquier momento nuevas variantes que compliquen la situación. ¿Podemos dar por cerrada la pandemia en España mientras el virus sigue propagándose y mutando por el mundo?

Por supuesto que no. De aquí a mayo-junio, cuando mejore el tiempo, haya más horas al aire libre y bajen las posibilidades de contagio, faltan aún dos meses y medio. Nada garantiza que en ese lapso de tiempo no surja una nueva variante que cambie el panorama. En muchos países del mundo el virus sigue circulando sin cortapisas porque los porcentajes de vacunación son bajísimos. Hablo de países tan cercanos como los del Magreb. Mientras eso ocurra, la posibilidad de que surjan nuevas variantes es alta, y puede ocurrir que una de ellas cambie el escenario. Y por eso hay que intensificar la vacunación mundial, y mientras eso ocurra, ser cautos en países como el nuestro que tiene una situación relativamente benévola.

Ejecutivo y comunidades hicieron hace pocos días la «declaración de Zaragoza», que pone la primera piedra de la nueva estrategia sobre Vigilancia en Salud Pública. ¿En qué consiste esta nueva estrategia?

Pues consiste básicamente en «gripalizar» la pandemia, esa palabra tan fea que quiere decir tratar al coronavirus como al virus de la gripe. Y esto es un gran error. Otro grave error. Parece mentira que a estas alturas lo cometan gente que sabe de esto, directores de salud pública de comunidades autónomas.

 Me explico. Los virus de la gripe son muy conocidos. Sabemos que a lo largo de la historia han demostrado un enorme potencial para producir pandemias, como la tristemente conocida como «gripe española», la de Hong Kong, la aviar… Esos virus son poco fiables, mutan mucho, pero los conocemos y están muy vigilados. Hay un sistema de seguimiento mundial de los virus de la gripe, laboratorios que colaboran con la OMS, que están analizando permanentemente las cepas de la gripe que salen cada año, su genómica, y cómo se propagan, en qué dirección. ¿Ese sistema de monitoreo, de seguimiento mundial, existe para el coronavirus? No, ni en sueños. Hay un sistema de muestreo y alerta, pero no es lo mismo ni mucho menos.

Segundo: las vacunas de la gripe están muy desarrolladas y son muy eficaces, incluso para prevenir la infección. Las vacunas de la Covid se han desarrollado en tiempo récord, son eficaces para proteger de la enfermedad grave, salvan vidas, pero no están al mismo nivel de desarrollo que las de la gripe, no previenen del contagio ni cortan totalmente la transmisión. Tercero: este sistema de vigilancia que se propone está basado en el número de casos graves. Pero si hubiéramos monitoreado a la actual variante predominante por el número de casos graves, ¿qué habríamos pensado de ómicron? Pues como es una variante afortunadamente de menor patogenicidad, podríamos haber pensado que no tenía importancia, y ha sido la protagonista de la ola de contagios más intensa de toda la pandemia. Con la ómicron se ha contagiado hasta el apuntador.

 Y hay más. Los que nos hemos vacunado de la tercera dosis en diciembre, a los seis meses, en junio ya habrán bajado los anticuerpos neutralizantes en sangre. ¿Otra vez a las dosis de refuerzo, vamos a estar vacunándonos cada seis meses? ¿Con qué vacuna? ¿Con las mismas? Tendremos que desarrollar vacunas que aporten ventajas sobre las primeras, que sea multivariantes, o que consigan protegernos contra el contagio.

Muchos médicos, y organizaciones profesionales, sobre todo las de atención primaria y de médicos de familia, ya han manifestado su desacuerdo con este tratamiento de «gripalización» de la pandemia. Por eso yo creo que está habiendo una evidente precipitación por quemar etapas, y creo que no parte de las CCAA, que algunas son más cautas por la cuenta que les trae, sino del propio Ministerio.

Yo, personalmente, hoy por hoy, salvo que me demuestren lo contrario, discrepo de esta forma de enfocar «como si fuera una gripe» el tratamiento de la pandemia para la situación actual. Me parece prematuro. Es un virus poco previsible. Hay todavía demasiadas incógnitas, demasiados supuestos que están cogidos con alfileres, como para tomar ya la decisión de tratar al Covid como un virus respiratorio estacional. A ver si nos tenemos que echar marcha atrás, no sería la primera vez que ha pasado.

 Tenemos el caso de Dinamarca, donde tras un mes de eliminar todas las restricciones, la incidencia se disparó hasta más de 4.000. Está claro que bajar la guardia cuando no toca tiene graves consecuencias. ¿Qué condiciones se deben cumplir para que haya una relajación -con la debida prudencia- en las medidas clásicas como son las mascarillas en interiores, los aforos, etc…?

Que estuviéramos en una incidencia baja, o muy baja, de manera continuada y sostenida, durante varias semanas. Hablo de una IA de 30, de 40 casos. Yo no espero en el corto ni medio plazo la desaparición completa del virus, pero si la bajamos a ese nivel bajo, pues se pueden eliminar ciertas medidas básicas. Yo la de la mascarilla en interiores creo que debe acompañarnos un tiempo, creo que es la que más protege de la propagación del virus. En exteriores es irrelevante, pero en interiores es fundamental.

 Yo mantendría la mascarilla en interiores hasta los meses del verano, hasta la llegada del buen tiempo, mayo o junio mejor. Porque si quitas ahora la obligatoriedad de la mascarilla en interiores «menos en el transporte público», a mucha gente «se le va a olvidar» echársela al bolsillo, no sé si me entiendes. Si das ese mensaje con la medida más básica y eficaz de todas, estás dando el mensaje de la relajación. Y no hay que bajar la guardia antes de tiempo. Yo creo que hay que trabajar para que con la llegada del verano, del calor, con los meses del aire libre al sol, la incidencia sea muy baja y podamos estar en condiciones reales de relajar las medidas básicas."               

(Entrevista a Juan José Badiola, experto en Enfermedades Transmisibles de la Universidad de Zaragoza, Pablo M. Escanciano, De Verdad Digital, 21/03/22)

 

16.2.22

Cómo los movimientos ciudadanos supieron organizarse durante la pandemia... surgieron innumerables propuestas. Frena la Curva, la más visible de todas, fue una iniciativa de innovación capaz de canalizar la resiliencia cívica en tiempos de pandemia

 "La pandemia nos fragilizó sin fronteras, aunque quizá no sea justo llamarle pandemia, pues lo que nos pasa no trató a todos los humanos por igual. Una vez más las desigualdades, fueron decisivas.

Los imaginarios de la pandemia gravitaron alrededor de los PCR, los antígenos y las vacunas, pero no pudieron acallar del todo la relevancia que tiene el país, el barrio, la profesión y el origen social de los ciudadanos. La pandemia multiplicó los problemas de los más desprotegidos. Por eso necesitamos del vocablo sindemia para visualizar las muchas sinergias entre lo social y lo epidémico.

El resurgimiento del ciudadano

Además de los médicos, los economistas y los políticos también hubo espacio para otros actores. Y no hablamos sólo de las enfermeras, los reponedores o los transportistas. También aparecieron los ciudadanos. La gente quería ayudar y surgieron innumerables propuestas. Frena la Curva, la más visible de todas, fue una iniciativa de innovación capaz de canalizar la resiliencia cívica en tiempos de pandemia y de organizar eso que Rebeca Solnit llamó un paraíso en el infierno.

El 12 de marzo de 2020, el Laboratorio de Gobierno Abierto LAAAB (promovido por el Gobierno de Aragón) asumió la necesidad de lanzar una herramienta que maximizara la ola de solidaridad. Al día siguiente, Las Naves (Valencia), Colaborabora (Bilbao), TeamLab (Madrid), Impact HUB (Zaragoza), junto con La Coordinadora estatal de voluntariado, entre otras entidades, habían expresado su voluntad de incorporarse; y el 14 de marzo, con la ayuda de la empresa Kaleidos, la web de Frena la Curva estaba operativa.

Frena la Curva ha sido una experiencia de innovación abierta y cooperación anfibia que involucró a más de 2 000 activistas, entre voluntarios y voluntarias, empleados y empleadas públicos, personas emprendedoras y profesionales, de más de 300 organizaciones sociales, laboratorios de innovación, empresas y universidades, creando 18 nodos nacionales que replicaron algunas de las herramientas originales, como los repositorios abiertos de buenas prácticas y los Frena La Curva Maps, basados en Ushaidi.

Iniciativas ciudadanas en Europa

En Europa, como en el resto el mundo, mucha gente no se quedó en casa esperando las instrucciones del gobierno. Hay un admirable proyecto, Solivid, que está inventariando todas la iniciativas ciudadanas por el mundo y que ha contabilizado en 2020 más de 1 300 proyectos solidarios en Europa.

Frena la Curva, por su parte, mapeó más de 900 iniciativas de autoayuda y de acción local por todo el territorio español. Y, entre los muchos voluntarios, ningún colectivo fue más madrugador y generoso que la comunidad maker que desde el primer momento se propuso proporcionar mascarillas y respiradores en un momento donde todo escaseaba.

Los cuidados entonces no solo fueron asunto de enfermeras, comerciantes y transportistas. También se dio una oportunidad a otros colectivos menos (re)conocidos y que merecen nuestra admiración, como los hackers, que crearon la plataforma que todo lo articulaba, ayudados por diseñadores y periodistas.

Premiada y replicada

Frena la Curva acumuló 10 000 chinchetas en una mapa que geolocalizaba las necesidades concretas de la gente. Por ejemplo, solicitudes de compañía, medicinas, comida, paseo o higiene. En nuestro mundo hay mucha más gente dependiente de la que imaginamos y todas esas personas corrían riesgo de ser abandonadas.

Frena la Curva entonces creó el espacio que articulaba las demandas de ayuda con las ofertas de solidaridad, permitiendo que numerosas entidades (ONG, laboratorios de innovación, asociaciones civiles o bancos de alimentos) actuaran eficientemente. De esas 10 000 chinchetas, sabemos que 7 000 eran expresión de la acción voluntaria ofrecida por gente de a pie que supo, entre tanta zozobra, que era el momento de la empatía y de la ayuda mutua.

Frena la Curva se ha replicado en más de 22 países, facilitando una forma de colaboración capaz de cosechar talento y tiempo sin que importen las artificiales fronteras de género, raza, nación, lengua o formación que nos dividen. Fueron más de 800 las personas que hicieron posible esta iniciativa ejemplar. Recientemente ha sido premiada con el #PoliticsAwards21 entregado por The Innovation in Politics Institute.

Otros ejemplos

Hubo, por suerte, más ejemplos que mencionar. Vence al Virus, promovido por la Comunidad de Madrid, organizó un hackaton gigantesco durante el mes de marzo de 2020 entorno a estas preguntas: ¿cómo podemos ayudar a paliar los efectos negativos de covid-19?, ¿cómo podemos crear comunidad y cuidar a las personas ante epidemias? y ¿cómo podemos crear, mantener y mejorar el empleo y los negocios ante esta situación?

Y la respuesta también fue masiva e innovadora: 8 000 inscritos, 244 proyectos, 50 mentores y 49 países.

La lista de iniciativas es impresionante, pero sólo vamos a mencionar dos más: una de alcance latinoamericano y la otra pensada para desplegarse en Europa.

Cada día cuenta organizada por diversas redes de América Latina en marzo de 2020, con 877 propuestas y 3 600 inscritos.

Y, finalmente, EUvsVIRUS, un hackaton organizado por la Comisión Europea entre el 24 y el 26 de abril de 2020, que movilizó a 20 000 personas, 2 235 entidades promotoras, 1 500 reuniones de trabajo y 2 164 equipos multidisciplinares de 40 países que necesitaron de 2 235 acuerdos con 500 socios, públicos y privados, para dar acompañamiento a los 120 proyectos seleccionados.

Todas estas iniciativas memorables pertenecen al mundo de lo que algunos académicos llaman ingeniería humanitaria o tecnología cívica.

Todas, en definitiva, estaban orientadas a la creación de lazos de confianza, espacios de aprendizaje y, por supuesto, redes de colaboración distribuida, abierta y recursiva. Todas nos enseñan que la tecnología no sólo debe ser eficiente, sino que también puede cuidarnos (tech for good).

Lo insólito de la situación

No sólo estábamos confinados, sino que también nadie sabía cuáles eran las necesidades, pues intuirlas no es conocerlas. Tampoco se sabía quiénes serían las otras personas con las que coordinarse. Quienes quisieran colaborar tendrían que inventar el objetivo, la metodología, los equipos y el contexto.

Ayudar no implicaba transitar el camino conocido que, más o menos, consiste en apuntarse a una ONG que nos va diciendo lo que hay que hacer. Ayudar en tiempos de pandemia obligó a experimentar con lo desconocido.

El altruismo supo encontrar respuestas y, en consecuencia, transitar entre épocas, pues para la nueva situación creada por la covid 19 se requería el uso intensivo de las nuevas tecnologías, la implementación de nuevas formas de organización y la formación de comunidades menos identitarias (cosidas por creencias compartidas) que singulares (articuladas por un interés común).

Originalidad y horizontalidad

La originalidad de las formas adoptadas merece un reconocimiento entre quienes estamos atentos a las novedades en innovación social. De pronto aparecieron iniciativas, sabiamente vertebradas, que nacieron sin saber qué sería lo que habría que hacer, conscientes de que lo que fuera tendrían que realizarlo con premura y pulcritud.

La eficacia, rapidez y acierto eran un asunto de cuidados. El ecosistema improvisado funcionaba sin jefes y, en consecuencia, no había nadie ante quien quejarse. De nada valía lamentar la precariedad de recursos, lo que obligaba a improvisar y, antes que inventar problemas, era obligado encontrar soluciones.

Lo aprendimos de E. Hutchins y su inspirador Cognition in the wild: cuando el barco zozobra en medio de la tormenta, no hay manual de instrucciones, ni nadie que de órdenes. La tripulación echa mano de la experiencia y actúa para minimizar el impacto negativo que pudiera tener una “mala” decisión del colega más próximo.

Tal conducta requiere que los involucrados sepan que no siempre podemos elegir la mejor respuesta, sino la que tiene un coste menor. En la tormenta no hay decisiones acertadas sino convenientes. No hay saberes de primera, ni actores indiscutibles o roles decisivos, pues todo el mundo colabora y nadie exhibe galones. Se llama organización distribuida: un modo de organización sin despacho oval.

Una tormenta no es un examen, sino una prueba de convivencia, complementariedad y cooperación. Sólo hay una regla segura: como todos improvisamos, nuestra conducta tiene que servir para aminorar el efecto negativo que pudieran tener los (supuestos) errores percibidos. Si operamos de otra manera, el barco se hunde.

El procomún recuperado

Hay una relación de vecindad entre la palabra común y los términos ordinario y colaborativo. Nos intriga esa complicidad entre lo que está al alcance de todas las personas y lo que sólo se puede conseguir sumando esfuerzos. La pandemia nos había revelado la importancia del procomún, de todo eso que, según el diccionario de Nebrija, se hace en provecho de todos.

Un mundo común, entonces, es algo en construcción, que vamos haciendo y que está abierto a la colaboración. Un mundo común es algo que se compone, como en las jam sessions, sumando peras con manzanas. Cosas tan distintas como una flauta, un cajón y un violonchelo pueden producir algo único e inesperado, sin que ninguno renuncie a su propia singularidad. Lo prohíbe el álgebra, pero lo reclama el corazón; y, en fin, lo exige la convivialidad.

La diferencia como activo

Un bien común reclama el ensamblaje de heterogeneidades: exige formas de organización peculiares que conviertan la diferencia en un activo.

Pero no basta con encerrar a los músicos hasta que compongan algo hermoso. Con frecuencia los bienes comunes no pueden aislarse. De hecho, no es raro que el entorno sea hostil y hasta poderoso. En tales circunstancias, la sostenibilidad del bien reclama mucha inteligencia colectiva.

Nadie lo explicó mejor que E. Ostrom, primera mujer en ganar el premio Nobel de Economía, cuando rechazó las tesis (de G. Hardin) sobre el destino inevitablemente trágico de los bienes comunes. Para Ostron, la causa que arruina un bien común es su mala gestión.

Una tesis que llevada al extremo nos dice que un bien común sólo es una manera particular de gestionar los recursos y de articular las relaciones entre el bien que queremos preservar y la comunidad que sostiene dicho bien y es sostenida por él.

Qué significa gestionar el bien común

Y, sin duda, gestionar bien exige procesar gran cantidad de información, contrastar los distintos puntos de vista, crear las condiciones de validación del conocimiento fiable, difundir los hallazgos entre los concernidos para estar seguros de que la solución adoptada no vaya a crear más problemas de los que ya teníamos y, en fin, estar abiertos a rectificar cualquier medida en función de las circunstancias del momento. No basta con ser colaborativos, también tenemos que ser recursivos. Si queremos preservar los bienes comunes tendremos que ser sabios, abiertos y resilientes. O, en otros términos, hay que estar siempre en disposición de tomar decisiones acertadas, incluida la que implica modificar algo ya decidido.

Un bien común, entonces, tiene que ser un espacio experimental de producción de conocimiento. Y más les vale a sus promotores no conformarse con saberes ramplones, caprichosos o advenedizos, pues, si no funcionan, si no aciertan a interpretar adecuadamente los signos que reciben del entorno, acabarán siendo la causa que destruya el bien.

No es viable si la información que procesan es errónea, está incompleta o es obsoleta. No es viable, por mal gestionado. Asume pues un destino trágico cualquier comunidad que no funcione también como un laboratorio ciudadano."                    

(Antonio Lafuente y Marianna Martinez Alfaro , Contrainformación, 16/02/22)