"Cuando el Banco Popular se desmoronó repentinamente en las primeras
horas del 7 de junio de 2017, la atención se centró, como es natural, en
los afectados por la que sería una de las mayores quiebras bancarias
jamás vistas en Europa. La televisión española retransmitió escenas de
clientes enfurecidos frente a sucursales cerradas de todo el país,
blandiendo pancartas y exigiendo respuestas y prisión para los
responsables. Los reporteros entrevistaron a pensionistas llorosos que
lo habían perdido todo en la quiebra: hombres y mujeres mayores que
habían confiado los ahorros de toda su vida a un banco en su día
considerado uno de los más sólidos y rentables del mundo. La prensa
financiera buscó otro ángulo, centrándose en inversores supuestamente
expertos como Pimco y Anchorage Capital, que habían perdido cientos de
millones de euros de la noche a la mañana. Todo el mundo se hacía la
misma pregunta: ¿Cómo pudo desaparecer de un día para otro un conocido
prestamista español, una institución con noventa años de imponente
historia, propietaria de otro banco en Estados Unidos y con oficinas en
lugares tan lejanos como Shanghái, Dubái y Río de Janeiro?
Pero los medios de comunicación no hicieron mención de la
mayor víctima de todas. Durante más de sesenta años, un tenebroso grupo
de hombres que habían jurado una vida de celibato y autoflagelación
controló en secreto el banco y se aprovechó de sus cargos para desviar
miles de millones de euros. Esta es la historia jamás contada de cómo
esos hombres secuestraron el Banco Popular y lo transformaron en un
cajero automático para el Opus Dei, la controvertida institución
religiosa a la que pertenecían, transformando ese movimiento religioso
minúsculo y secreto en una de las fuerzas más poderosas de la Iglesia
católica, financiando la creación de una amplia red de reclutamiento
dirigida a niños y adolescentes vulnerables y creando una cabeza de
puente en el mundo de la política estadounidense. El Opus Dei se
convertiría así en una organización secreta pero fundamental que se
ocultaba tras la erosión de los derechos reproductivos y otras
libertades civiles. En un mundo obsesionado con las teorías de la
conspiración –de QAnon y Bilderberg–, esta es una historia real de
abuso, manipulación y codicia envuelta en el manto de la santidad.
En un mundo obsesionado con las teorías de la conspiración, esta es una historia real de abuso, manipulación y codicia
Yo fui uno de los periodistas que cubrieron la quiebra del Banco
Popular y –como todo el mundo, según parece ahora– me perdí la parte más
importante de la historia. Me había pasado casi toda la década anterior
informando sobre las crisis bancarias que habían asolado Europa en los
años posteriores a la debacle económica mundial de 2008. Mi trabajo me
había llevado a Francia, Alemania, Grecia, Italia, Portugal, Rusia,
España, Suecia y Turquía para escribir sobre las distintas crisis,
entrevistando a las personas que dirigían los bancos e hilvanando la
historia a través de conversaciones con reguladores, banqueros
centrales, abogados, inversores y gente corriente. Al principio cubrí la
noticia del Popular de manera muy parecida. De entrada, la quiebra me
resultaba demasiado familiar: la típica historia de ambición desmedida,
mala toma de decisiones, la arrogante creencia de que los riesgos
estaban controlados y falta de voluntad para reconocer los errores hasta
que era demasiado tarde. Pero, cuanto más profundizaba en el relato,
menos sentido parecía tener. Muchos aspectos del ascenso y caída del
Banco Popular simplemente desafiaban cualquier explicación lógica,
incluso para un periodista financiero experimentado. Poco a poco, se
hizo evidente que faltaban piezas enormes del rompecabezas.
Me mudé a Madrid para seguir investigando. Había vivido allí como
corresponsal de Bloomberg una década antes, cuando informé sobre el
espectacular auge y caída del país. Diez años después, la ciudad estaba
tal y como la dejé, pero con una notable diferencia. El nombre del Banco
Popular, antaño un elemento habitual en todos los barrios, había
desaparecido. La entidad llegó a tener más de dos mil sucursales en todo
el país, trescientas de ellas en Madrid, por lo que era casi imposible
pasear por cualquier zona de la capital española sin ver su logotipo
morado, reconocible al instante por millones de españoles. Pero, aunque
el Popular había desaparecido de las calles, su nombre seguía vivo en
los periódicos. La quiebra del banco se había convertido en un
atolladero legal que dio lugar a más de un centenar de demandas
judiciales, la mayoría relacionadas con sus trescientos mil accionistas,
que habían visto cómo se esfumaban sus inversiones. Otras demandas
fueron interpuestas por los acreedores del banco, a quienes se adeudaban
miles de millones. Uno por uno, me reuní con los grupos descontentos.
Deseosos de que la prensa internacional se hiciera eco de su lucha,
todos parecían dispuestos a hablar.
O casi todos. En esas conversaciones estuvo ausente la parte más
afectada de todas: el mayor accionista del banco. Enigmáticamente
bautizado como la Sindicatura, el grupo se remontaba a un pacto entre
caballeros de los años cuarenta, y controlaba casi el 10% del banco
cuando este quebró, una participación valorada en más de dos mil
millones de euros en su punto álgido. Sin embargo, pocas semanas después
de la quiebra, la principal empresa de la Sindicatura notificó
discretamente a las autoridades su disolución. Mientras los demás
accionistas del banco libraban una batalla pública para recuperar su
dinero, el oscuro grupo que había controlado la entidad parecía decidido
a salir de escena. Aquello me despertó la curiosidad; empecé a
investigar más a fondo y pronto descubrí que la Sindicatura era mucho
más de lo que parecía a simple vista. En el epicentro del consorcio
había una empresa llamada vagamente Unión Europea de Inversores, que
resultó ser un nido de muñecas rusas apiladas de tal forma que ocultaban
al verdadero beneficiario de ese gigantesco holding. Cada una
de las muñecas tenía nombres que sonaban bastante inocentes: Fondo para
la Acción Social, Instituto de Educación e Investigación, Fundación para
el Desarrollo y la Cooperación Internacional o Fondo para la
Cooperación Social. Pero, a medida que estas se iban desapilando y
colocando unas junto a otras, empezaban a observarse similitudes
curiosas. Muchas de ellas compartían los mismos accionistas y las
dirigía el mismo grupo de hombres aparentemente intercambiables. Hasta
casi cien millones de euros anuales se desviaban del banco a través de
esa red. Empecé a darme cuenta de por qué la Sindicatura tenía tanto
interés en guardar silencio y de por qué la empresa que estaba detrás
había solicitado su disolución mientras otras luchaban de manera tan
pública por la justicia: tenía un secreto que ocultar.
Empecé a darme cuenta de por qué la Sindicatura tenía tanto interés en guardar silencio
Mi labor me llevó al pequeño y lujoso municipio suizo de
Crans-Montana, situado en los Alpes y famoso por sus pistas de esquí y
sus residentes ultrarricos. Me encontraba allí para entrevistar a Javier
Valls-Taberner, que llevaba más de cuarenta años en el banco, quince de
ellos como presidente junto a su hermano mayor, Luis. Si alguien podía
ayudarme a llegar al fondo del misterio del Banco Popular era él, pensé.
Javier me recibió en la puerta de su refugio alpino con una sonrisa
radiante y un cálido apretón de manos. Nos habíamos conocido meses antes
en Madrid y parecía realmente agradecido de que hubiera ido hasta allí
para verle. Había accedido a pasar los tres días siguientes
concediéndome entrevistas sobre su etapa en el banco.
Desde el principio quedó claro que adoraba a Luis, fallecido años
antes. Me contó historias de su juventud, de cómo se habían disfrazado
de campesinos para escapar de la Barcelona desgarrada por la guerra, de
su exilio en Italia y de la muerte de su padre, un político muy
respetado. A sus ochenta y nueve años, tenía la voz débil y su salud
estaba en claro declive tras el reciente diagnóstico de una enfermedad
rara de la sangre. Pero le brillaban los ojos cuando recordaba que él y
su hermano habían convertido el Popular –un banco regional aletargado
con apenas un puñado de oficinas– en un actor global. Los dos hermanos
eran muy diferentes: mientras que Luis era un miembro devoto del Opus
Dei, una organización católica conservadora, y había jurado una vida de
castidad, pobreza y obediencia, Javier era bien conocido en los círculos
bancarios de Madrid como un bon vivant al que le gustaba
viajar, la buena comida, el buen vino y las buenas fiestas. –Tenían
apodos para los dos –me dijo entre risas–. Nos llamaban Opus Dei y Opus
Night.
Volvimos a reunirnos la mañana siguiente a primera hora y nos pusimos
manos a la obra. Lo primero en mi lista de tareas era entender qué era
realmente la Sindicatura. Se lo pregunté sin rodeos. –Era una
sindicatura falsa. Hubo en su época una sindicatura pero nosotros
quitamos todo lo que era jurídico. La sindicatura consistía en… todos
los que tenían acciones y querían, lo único que se comprometía… es que
la sindicatura votara a favor del consejo. Y hubo mucha gente. Y jugaron
también porque se duplicaron un poco la sindicatura. Pues la
sindicatura eran las accionistas más importantes… pero a veces les
contaron como accionistas individuales y como sindicatura.
Lo que me explicó Javier equivaldría a una falacia a gran escala. Se
trataba de un grupo de inversores que se habían unido sistemáticamente
para influir en votaciones importantes de la entidad a fin de evitar
cualquier responsabilidad real sobre la gestión del Banco Popular. Pero,
¿por qué? Javier, ya anciano y con la salud muy mermada, no mostró
ningún reparo en admitir ese abuso de poder manifiesto. Además, tenía
una espina clavada. En 2006, pocos días después de la muerte de su
hermano mayor, había sido destituido sin contemplaciones. Tras cuatro
décadas al frente del Popular, Opus Night había dejado de ser útil para
los verdaderos agentes de poder que manejaban el banco.
Su destitución coincidió con la repentina aparición de la Unión
Europea de Inversores, la enigmática empresa que me había llamado la
atención por primera vez en Madrid.
–La Sindicatura perdió el carácter cuando se portaron mal conmigo y
con Luis, y muchos se salieron. Y estos crearon una sociedad que se
llamaba Unión Europea de Inversiones.
–Pero, espera, ¿quiénes son estos? –pregunté.
–Fue totalmente controlado por el Opus. Esto era Opus cien por cien.
Que es un poco lo que sustituyó a la sindicatura que ya no era
sindicatura.
Javier me habló entonces de los últimos días de su hermano.
–Cuando Luis estaba un poco más enfermo y estaba ingresado en un
hospital procuraba que yo no fuera a verlo. A mí procuraba apartarme, ya
en vida de Luis, porque yo creo que ya tenían hecho una especie de
complot en el Opus diciendo: el día que se muera Luis, el otro fuera.
–Pero ¿por qué no querían que lo visitaras?
–Porque estaba influenciado por el Opus. No querían que yo le pudiera
decir algo de algunas cosas (o que él me pudiera decir algo de otras).
Ya, en los dos años estos cuando Luis ya no estaba… yo notaba… ya estaba
sentenciado… ya había un complot dentro del Opus. Tenían todo
controlado más o menos. Yo creo que ya tenían trazada la idea de que el
día que este se muera, todo para el Opus. Vamos.
–¿Crees que Luis era consciente de lo que pasaba?
–Yo no sé si él fue consciente o no, o si fue consciente y no podía decir nada.
Era obvio que Javier se sentía dolido al recordar los últimos días de
su hermano y su despido del banco. Me contó que en aquel momento no
podía evitar pensar en Roberto Calvi, el banquero italiano que había
sido asesinado a principios de los años ochenta, según la leyenda, a
manos de gente cercana al Opus Dei. Temiendo por la seguridad de su
familia, decidió abandonar España, donde los tentáculos de la
organización eran profundos, y trasladarse a Suiza. Desde su casa de los
Alpes, había visto con una mezcla de tristeza y alegría por el mal
ajeno cómo el banco que él y su hermano habían hecho crecer se
derrumbaba, llevándose consigo la red de intereses del Opus Dei que lo
había apuñalado por la espalda años antes.
Aunque mi padre se había criado como católico romano –sus abuelos
eran irlandeses y pasó gran parte de su infancia al cuidado de monjas en
un sanatorio para niños enfermos–, poco a poco se fue desilusionando
con la implacable obsesión de la Iglesia con la culpa, y decidió criar a
sus hijos libres para que se formaran sus propios juicios morales sobre
el mundo. A consecuencia de ello, yo no sabía casi nada de la Iglesia
ni del Opus Dei cuando empecé a investigar la quiebra del Banco Popular,
pero pronto decidí ponerme al día. Leí con voracidad y hablé con
miembros actuales y antiguos para tratar de entender la organización.
Después de lo que me había contado Javier sobre ellos, los miembros del
Opus Dei que habían trabajado y vivido con Luis Valls Taberner, a los
que este había acusado de manipular la enfermedad y muerte de su hermano
para hacerse con el control del banco, resultaron ser amables y
comunicativos, y estaban encantados de que un periodista de Inglaterra
se interesara por el difunto banquero, al que claramente veneraban.
Empecé a preguntarme si a aquellos hombres les habían indicado lo que tenían que decir
Sin embargo, había algo que me pareció extraño. Casi todas las
conversaciones empezaban de la misma manera: con el miembro del Opus Dei
explicando que todos los que formaban parte de la organización actuaban
con total libertad y que cualquier cosa que hicieran –ya fuera en los
negocios, en la política o en general– era por iniciativa propia y no
tenía nada que ver con la Obra –el sobrenombre con que es conocido el
Opus–. Después de la cuarta o quinta versión de esta perorata, empecé a
preguntarme si a aquellos hombres –porque todos eran hombres– les habían
indicado lo que tenían que decir. Lo raro era que todos y cada uno
hicieran esa declaración sin que nadie se lo pidiese, antes incluso de
que hubiéramos empezado a hablar de lo que había hecho realmente Luis
Valls-Taberner. ¿Por qué sentían la necesidad de prologar nuestra
conversación con ese descargo de responsabilidad, antes incluso de que
yo hubiera preguntado nada? Poco podía imaginar que esa aclaración
previa se convertiría en una tornada casi constante en mis
conversaciones con miembros del Opus Dei durante los años siguientes.
Recién alertado por cualquier cosa que guardara relación con la Obra,
me llamó la atención un artículo de Associated Press sobre un grupo de 42 mujeres de Argentina que alegaban haber sido reclutadas por el Opus Dei cuando
eran niñas y obligadas a trabajar como esclavas, cocinando, limpiando y
fregando los baños durante décadas sin percibir un salario. Presentaron
una denuncia ante el Vaticano por supuesta explotación laboral, abuso
de poder y abuso de conciencia. Exigían una compensación económica, el
reconocimiento de su sufrimiento, medidas disciplinarias para los
responsables y una disculpa formal del Opus Dei. Aunque obviamente sentí
lástima por aquellas mujeres, la historia no parecía tener relación con
mis investigaciones. Pero todo cambió en una visita posterior a los
archivos del Banco Popular, que desde entonces habían caído en manos de
una entidad rival, la cual había comprado sus activos tras la quiebra.
Era mi tercera visita al archivo, situado en un parque empresarial junto
a una autopista costera del norte de España, desde que conseguí acceder
a él el año anterior. Mientras hurgaba entre montañas de cajas, me topé
con un fichero «no oficial» separado de la colección principal del
Popular. El archivo en cuestión había sido descubierto en una mansión en
las montañas de las afueras de Madrid que en su día era propiedad del
banco y en la cual había vivido Luis Valls-Taberner. Me enteré de que
habían enviado a uno de los archivistas a la mansión para recuperar esa
colección «extraviada» y organizar su traslado, pero este descubrió que
alguien había estado allí antes que él para purgar el misterioso
fichero. Sin embargo, lo había hecho apresuradamente, por lo que aún
podían quedar documentos de interés para mí enterrados en pilas de
papeles aparentemente desorganizados.
A lo largo de tres días rebusqué entre los montones. En mi último día
en el archivo –aquella noche debía tomar un vuelo de regreso a Londres–
descubrí un grueso documento con las palabras «Balance de cooperación
internacional» en la portada. El informe vinculaba al banco con más de
sesenta empresas aparentemente inocuas de todo el mundo, incluida una
relacionada con la supuesta esclavitud de las 42 mujeres de Argentina. A
finales de los años ochenta y principios de los noventa, se habían
enviado millones de dólares a todo el mundo, con registros de las
transacciones separados de los archivos oficiales del Banco Popular y
aparentemente obviados por quienes fueron enviados a purgar el fichero
oculto. Al comprobar la lista de receptores –en países como Australia,
Camerún, Irlanda, Nigeria y Filipinas– descubrí que muchas de esas
empresas dirigían «centros de formación profesional» similares a las
implicadas en el escándalo de Argentina. Dichas escuelas reclutaban
activamente a niñas que vivían en algunos de los países más pobres del
mundo para someterlas a una vida de servidumbre. Me había topado con una
gran operación para atraer a esas jóvenes para trabajar al servicio del
Opus Dei en todo el mundo. En visitas posteriores encontré otras piezas
del rompecabezas: registros de millones de dólares canalizados a través
de una de las filiales del banco en Suiza a cuentas en Panamá,
Liechtenstein y Curazao, paraísos fiscales para el secretismo y el
blanqueo de dinero, que estaban directamente controladas por figuras
destacadas del Opus Dei en Estados Unidos, México y otros lugares.
Pronto empecé a darme cuenta de que la historia iba mucho más allá de un
banco español. Se trataba de una red de regalos ocultos que se había
utilizado para catapultar al Opus Dei a la escena mundial. Con el
tiempo, los hilos se extenderían hasta el Vaticano, el mundo de la
política estadounidense y la repentina desaparición de un hombre
cincuenta años antes.
Me había topado con una gran operación para atraer a esas jóvenes para trabajar al servicio del Opus Dei en todo el mundo
La mañana del 20 de mayo de 2023, el padre Charles Trullols dirigió
con orgullo a la congregación del Centro de Información Católica por las
calles de Washington D. C., en la que, según preveía, sería una
tradición anual de procesión eucarística en el corazón de la capital de
Estados Unidos. Elegantemente ataviado con vestiduras que solían
reservarse para los días festivos, el sacerdote español no quitaba ojo
de la custodia dorada que llevaba ante sí mientras avanzaba por la calle
K sobre pétalos esparcidos por la acera, flanqueado por curas y
monaguillos que sostenían un dosel blanco sobre su cabeza. Trullols
había concebido la procesión como una muestra de fe y un recordatorio de
la presencia de Dios, incluso en aquella ciudad tan impía. «Tengo
absoluta fe en las muchas gracias que Dios concederá a nuestro país
cuando la presencia real de Cristo recorra las calles de Washington
–dijo–. La procesión expresará nuestra creencia en que Jesús está
pasando y otorgando su amor y ayuda a todos nosotros».
Muchos de los asiduos a la misa diaria de mediodía en el Centro de
Información Católica –políticos, abogados y miembros de grupos de
presión que iban a comulgar durante la pausa para comer– se habían
tomado muy en serio las palabras del padre Charles. Casi quinientas
personas habían dedicado parte de su fin de semana a aquel
acontecimiento especial. A medida que avanzaban por la calle 17ª en su
ruta de dos kilómetros rumbo a la avenida Connecticut y por delante de
la Casa Blanca, la multitud iba detrás guardando un respetuoso silencio y
deteniéndose para arrodillarse y rezar en dos paradas del trayecto. El
padre Charles dirigió sus oraciones y pidió a Dios que acudiera en ayuda
de Estados Unidos. Esa era la cara amable, pública y aceptable del Opus
Dei que el padre Charles, como capellán del Centro de Información
Católica, se había encargado de proyectar a los políticos, los abogados y
los miembros de grupos de presión que cruzaban sus puertas cada día.
Situada en el corazón de la ciudad –una virtud celebrada por una
placa azul que presumía de ser el tabernáculo más cercano a la Casa
Blanca–, la modesta capilla y librería era un escaparate para el Opus
Dei en la ciudad más poderosa de la tierra. Durante cuarenta años, el
Centro de Información Católica había difundido el mismo mensaje
incontrovertido que había atraído a innumerables washingtonianos a su
seno. Ese mensaje –que los católicos sirven mejor a Dios esforzándose
por alcanzar la santidad en todo lo que hacen, ofreciendo su trabajo
cotidiano y aspirando a la excelencia en su vida profesional– había
calado hondo entre los creyentes de la ciudad, muchos de los cuales
habían luchado durante largo tiempo con la cuestión de cómo vivir su fe
en aquella ciudad profundamente transaccional y amoral. Miembros del
Congreso, jueces del Tribunal Supremo y figuras destacadas del mundo de
las finanzas, el derecho y el periodismo se habían sentido atraídos por
ese sencillo mensaje a lo largo de los años. Su éxito había transformado
el área metropolitana de Washington en la mayor comunidad del Opus Dei
en Estados Unidos, formada por ochocientos miembros e innumerables
simpatizantes.
De Colombia a Japón y de Nigeria a Sri Lanka, ese es el rostro que el
Opus Dei proyecta al mundo: una aglomeración de católicos corrientes,
la inmensa mayoría casados y con hijos, que son médicos, abogados y
profesores inspirados a vivir su fe en la vida cotidiana. Apoyándose en
la legitimidad que le confiere la Iglesia –en los años ochenta, el Opus
Dei fue elevado al estatus único de prelatura personal por el papa Juan
Pablo II y su fundador, el sacerdote español Josemaría Escrivá, fue
canonizado y proclamado «santo de la vida ordinaria» dos décadas
después–, la organización se presenta a sí misma como nada más que una
guía espiritual para los miembros de la fe que buscan un modo de servir a
Dios en su vida diaria. A través de las páginas web que el Opus Dei
mantiene en los 66 países en los que opera y la literatura que se
distribuye en el Centro de Información Católica y en cientos de centros
similares de todo el mundo, los testimonios de los miembros subrayan
este mensaje: cómo la organización y las enseñanzas de Escrivá les han
inspirado a vivir su fe. «La Obra, como la llaman los fieles del Opus
Dei, es parte de la Iglesia y la Iglesia es familia y madre –relata un
alto miembro brasileño–. San Josemaría hablaba de la gran familia de la
Obra. A mí me gusta pensar en la Obra como una familia de familias». La
organización asegura que casi noventa mil personas –de muy diversos
orígenes, culturas e idiomas– se han sentido inspiradas a seguir los
caminos del Opus Dei, caminos que supuestamente fueron comunicados al
fundador directamente por Dios durante un retiro en Madrid en octubre de
1928. Algunos comparten sus testimonios de cómo, desde el cielo, san
Josemaría ha intercedido en su vida cotidiana para resolver problemas,
sanar enfermedades e inspirarlos a ser mejores católicos.
No obstante, tras esa fachada de fe e inspiración profundas hay un
trasfondo en la organización que pocos conocen, incluidos los miembros
más antiguos. Mientras que el 90% de sus miembros llevan una vida
cristiana respetable, en casa con sus familias y esforzándose por vivir
su fe más profundamente, en el corazón de la organización existe un
cuerpo de élite que tiene una vida muy controlada. Tras hacer votos de
castidad, pobreza y obediencia, ese grupo vive de acuerdo con un
conjunto distópico de normas y reglamentos, un proyecto orwelliano de
sociedad establecido por el fundador y oculto a las autoridades del
Vaticano. Los miembros normales tienen prohibido leer esos documentos,
que se guardan bajo llave en las residencias donde conviven los miembros
célibes para que solo los consulten sus superiores, que abusan de su
autoridad para controlar la vida de quienes están a su cargo. Nueve mil
miembros llevan esa existencia de oración y adoctrinamiento controlada
de cerca, donde casi todos los movimientos están meticulosamente
prescritos y vigilados, donde el contacto con amigos y familiares está
restringido y supervisado, y donde sus vidas personales y profesionales
están sujetas a los caprichos y necesidades del movimiento.
Los miembros de la élite son animados a seguir un manual de
estrategia común a muchas sectas religiosas para generar más seguidores
Viven en comunidades cerradas y segregadas, y actúan como células
clandestinas en casi todas las grandes ciudades del mundo, siguiendo un
detallado y subrepticio manual de reclutamiento elaborado por el
fundador y orientado a un único objetivo: extender la influencia de la
organización entre los ricos y los poderosos. Constantemente presionados
por sus superiores para que generen más y más «vocaciones», esos
miembros de la élite son animados a seguir un manual de estrategia común
a muchas sectas religiosas para generar más seguidores y acrecentar el
poder y alcance del Opus Dei. Los reclutas potenciales son seleccionados
cuando aún son niños, y se los incita a entablar amistad con los
miembros actuales a través del «bombardeo de amor» (se denominan así las
demostraciones de atención y afecto para tratar de influir en alguien).
Luego, los miembros recopilan e intercambian información sobre los
objetivos con el fin de provocarles una «crisis vocacional» diseñada
para empujarlos a unirse. Una vez dentro, se separa a los reclutas de
sus familias y se controla minuciosamente su vida hasta que se vuelven
dóciles y sumisos, momento en el cual se dedican a reclutar a más
miembros.
En su tarea, ese cuerpo de élite cuenta con la ayuda de una red
clandestina de fundaciones y empresas, en cuyo núcleo estuvo en su
momento el Banco Popular, que canalizan millones de dólares por todo el
mundo hacia iniciativas destinadas al reclutamiento y la expansión de la
influencia de la Obra en la sociedad. El Opus Dei niega que controle
parte alguna de esa red, pero se trata de una ficción legal diseñada
para proteger a la organización de cualquier escándalo y eximirla de
responsabilidad para con los miles de personas cuyas vidas controla y de
las que abusa. Esa red clandestina de dinero, gran parte de la cual
obedece a la estrecha relación de la organización con el dictador
español Francisco Franco, ha permitido al Opus Dei comprar poder e
influencia en seis continentes: de Santiago a Estocolmo, de Los Ángeles a
Lagos y de Ciudad de México a Manila. Públicamente, está afiliado de
manera oficial a diecinueve universidades, doce escuelas de negocios,
275 escuelas de primaria y secundaria, 160 escuelas técnicas y de
hostelería, 228 residencias universitarias e innumerables clubes
juveniles y campamentos de verano. De forma encubierta, sus tentáculos
se extienden mucho más allá, hasta el tejido mismo de nuestra sociedad
civil supuestamente laica.
El Opus Dei goza de privilegios especiales de los que ninguna otra
organización dentro de la Iglesia católica ha disfrutado y que durante
años le han permitido funcionar eficazmente al margen de la jerarquía
habitual, brindándole una libertad sin precedentes para operar donde le
plazca, sin tener que rendir cuentas ante nadie más que el papa. Esos
poderes especiales se le concedieron a principios de la década de 1980,
en un momento en que el Vaticano estaba sumido en graves problemas
económicos y en medio de rumores sobre el papel del Opus Dei en un
enorme rescate financiero a la Santa Sede. Dichos privilegios
catapultaron al grupo a las altas esferas de la Iglesia católica, lo
legitimaron entre los fieles, impulsaron sus esfuerzos de reclutamiento y
facilitaron la canonización de su fundador.
Desde la década de 1990, el Opus Dei ha explotado esa legitimidad
para aliarse con fuerzas conservadoras dentro de la Iglesia,
especialmente en Estados Unidos. Esto ha abierto la puerta a los
multimillonarios y al dinero negro, que en los últimos años –y
especialmente tras la quiebra del Banco Popular en 2017– se han
convertido en un medio fundamental para que el Opus Dei sostenga esa red
oculta. A pesar de todo lo que dice sobre su lealtad al Vaticano, la
Iglesia y las enseñanzas de Jesucristo, al Opus Dei no parece
preocuparle que muchas de las fuerzas conservadoras que ahora abraza en
Estados Unidos sean abiertamente hostiles al papa, llegando incluso a
socavar su autoridad y conspirar contra él. La fachada que se vende a la
gran mayoría de sus miembros, esto es, defender la doctrina de la
Iglesia y ofrecer orientación espiritual para que los católicos vivan su
fe, es falsa. Lo único que mueve al Opus Dei es el culto a su fundador y
su propia expansión. Sus métodos y prácticas han lavado el cerebro
incluso a sus propios dirigentes, que una y otra vez se han mostrado
reacios e incapaces de reformarse, incluso cuando se les han presentado
pruebas indiscutibles de abusos y coacciones en sus filas. La Obra es un
peligro para sí misma, para sus miembros, para la Iglesia y para el
mundo.
Durante décadas, la organización ha actuado con impunidad, pero hay
indicios de que el cerco empieza a cerrarse. En julio de 2022, el papa
Francisco intentó frenar por primera vez a la organización mediante un motu proprio,
un decreto personal que degradaba a la institución dentro de la
jerarquía eclesiástica, y le encargaba que «actualizara» sus estatutos.
Pocos se dieron cuenta en aquel momento, pero era una forma delicada de
decir al Opus Dei que pusiera orden en su casa. Al ver que la
organización hacía caso omiso, Francisco emitió un segundo motu proprio,
esta vez erradicando la autoridad de la Obra sobre sus miembros y
sentando las bases para la intervención directa del Vaticano si no se
reforma. Se avecina una lucha encarnizada entre el Opus Dei y las
fuerzas progresistas de la Iglesia católica.
Se avecina una lucha encarnizada entre el Opus Dei y las fuerzas progresistas de la Iglesia católica
Opus ahonda en los orígenes de esta institución religiosa
secreta, cuestionando su historia oficial y vinculando directamente su
ascenso al secuestro del Banco Popular. En el centro de esta historia se
encuentra Luis Valls-Taberner, un destacado financiero español a quien
se sigue considerando uno de los más grandes banqueros de su generación.
Como el hombre que dirigió el Popular durante casi cincuenta años antes
de su muerte en 2006, se le atribuye la transformación del banco, que
pasó de ser un pequeño actor con solo un puñado de sucursales a
convertirse en una potencia mundial que inspiraba el respeto de sus
homólogos. Pero también era un hombre con una doble vida. De día
cultivaba con esmero su imagen de magnate, celebrando audiencias en su
opulento ático, donde recibía a políticos y titanes de la industria. Por
la noche se retiraba a su austera habitación en los alojamientos del
Opus Dei a las afueras de Madrid, donde se cambiaba el traje por ropa
informal y se ceñía al muslo un cilicio –una pequeña cadena con pinchos–
para recordar el sufrimiento de Cristo. Allí planeaba cómo servirse de
su propio banco y de sus accionistas, a los que supuestamente se debía,
dirigiendo una red de empresas que aparentemente canalizaban miles de
millones desde España a cuentas en paraísos fiscales y operaciones del
Opus Dei en todo el mundo, tal y como quedará acreditado a lo largo del
manuscrito y de sus numerosas citas.
Este libro ofrece una panorámica del movimiento, sus técnicas
predatorias de reclutamiento, el maltrato psicológico infligido a sus
miembros y el control que ejercen sobre su vida cotidiana. Asimismo,
explora las prácticas medievales de mortificación corporal que se
imponen a los miembros, así como los ritos y rituales diarios –desde
duchas frías hasta dormir sobre tablones de madera– que siguen
observando en la actualidad. También arroja luz sobre la apresurada
canonización del fundador, a pesar de la enorme resistencia de muchos
miembros de la Iglesia. Sin embargo, esta no es solo una historia sobre
el pasado. El libro también explora el gran imperio que el Opus Dei
controla en la actualidad. En Nueva York, Murray Hill Place se eleva
diecisiete plantas desde la esquina de la avenida Lexington con la calle
34ª. El edificio carece de señalización, y solo tiene una entrada
discreta a cada una de las dos calles adyacentes: una para hombres y
otra para mujeres, que tienen prohibido mezclarse en el interior. Detrás
de las paredes de ese edificio anónimo funciona una máquina de lavado
de cerebro bien engrasada: aislados de sus familias y del mundo
exterior, docenas de jóvenes reclutas son sometidos a un riguroso
horario de oración, introspección y mortificación corporal. A los que
tienen estudios universitarios se los anima a buscar trabajos bien
remunerados en el mundo del derecho o las finanzas y a entregar todos
sus ingresos a la orden. Los hombres sin titulación universitaria no
suelen ser admitidos, aunque la organización recluta activamente a
mujeres con menos estudios –algunas de ellas adolescentes–, a las que se
empuja a una vida de servidumbre, con agotadoras jornadas de quince
horas limpiando y cocinando, y durmiendo por la noche sobre tablones de
madera. Es una escena que se repite en todo el mundo: Londres, Nairobi,
Sídney, Tokio y numerosas ciudades más. Esos centros residenciales se
nutren de una red de escuelas y universidades, donde los adolescentes
son educados utilizando solo los libros aprobados por los sacerdotes del
Opus Dei y donde se recortan los contenidos «inapropiados» de
periódicos y revistas. La televisión e Internet están censurados.
Mientras tanto, en Roma, los líderes del movimiento llevan una
existencia opulenta en la palaciega Villa Tevere, donde cada mañana se
conmemora la vida de san Josemaría en una solemne ceremonia a las doce.
Por último, el libro plantea preguntas importantes sobre las fuerzas
que conforman nuestra sociedad y arroja luz sobre algunos de los actores
ocultos que acechan bajo la superficie. Ahora que se aproxima el
centenario de la organización, se presenta la oportunidad de reevaluar
el Opus Dei y demostrar que la Obra es el epicentro de una conspiración
real."
(Gareth Gore, CTXT, 09/10/24)