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20.7.21

¿Por qué se han abandonado las políticas pseudoliberales en esta crisis de la Covid-19? Porque con las políticas neoliberales los costos en términos de mayor volatilidad económica y frecuencia de crisis parecen más evidentes. En lugar de generar crecimiento, algunas políticas neoliberales han aumentado la desigualdad

Carlos Cagigal @CcagigalNeira

 Por qué se han abandonado las políticas pseudoliberales en esta crisis de la Covid-19? 3 senior economist de, nada menos, el FMI publicaron en Jun2016 los resultados de un estudio en contra de las políticas neoliberales. Para que veáis el nivel en España.. https://imf.org/external/pubs/ft/fandd/2016/06/ostry.htm

2- "En lugar de generar crecimiento, algunas políticas neoliberales han aumentado la desigualdad""...Aunque los beneficios del crecimiento son inciertos, los costos en términos de mayor volatilidad económica y frecuencia de crisis parecen más evidentes".

3- "...el impacto de otros flujos, como la inversión de cartera y la banca y los flujos de deuda especialmente calientes o especulativos, no parecen impulsar el crecimiento ni permitir que el país comparta mejor los riesgos con sus socios comerciales...".

4- Los cambios que se han ido produciendo en instituciones pseudoliberales como el FMI vienen desde hace un tiempo, sólo que la "ciencia económica española" vive en universos paralelos y sigue defendiendo recetas que la evidencia muestra que son nocivas para la sociedad.

Tenemos la ciencia económica actual que está denostando tesis neoliberales y monetaristas, y tenemos en España a organismos, institutos de análisis económico y toda una corriente de economistas, que viven en universos paralelos. Este es el nivel...

Los autores son Jonathan D. Ostry, Director Adjunto, Prakash Loungani, Jefe de División, Davide Furceri Economista, del Departamento de Estudios del FMI.

La evidencia estadística expuesta en su estudio viene desde la expansión de las políticas neoliberales de los 80 y su correlación con el crecimiento pequeño o nulo, los ciclos de expansión y contraccion y la desigualdad generada. 

11:32 p. m. · 20 jun. 2021
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25.8.20

La Gran Recesión de 2008, una crisis cuya factura estamos pagando todavía. En España, la precarización laboral, la bajada de los salarios y el aumento del paro llevaron a unas políticas de austeridad y recortes palpables en la actualidad

"2008 fue el inicio de la gran crisis económica de este siglo, que se originó en Estados Unidos, pero tuvo un alcance mundial. En España, la precarización laboral, la bajada de los salarios y el aumento del paro llevaron a unas políticas de austeridad y recortes cuyas consecuencias aún son palpables en la actualidad.

¿Qué pasó?

En septiembre del año 2008 quebró el banco Lehman Brothers, la cuarta entidad financiera más importante de Estados Unidos. Era el comienzo de una crisis económica mundial que empezó al otro lado del Atlántico y se extendió por el planeta como la pólvora. La especulación con las denominadas hipotecas basura había llevado a los bancos a situaciones de verdadero riesgo y terminaron por colapsar cuando los beneficiarios de esos préstamos fueron incapaces de hacer frente a los pagos. Cada vez con menos solvencia, los bancos se mostraban recelosos de prestarse dinero entre sí o a otras empresas o particulares por miedo a que la situación se repitiera.

Explotó la burbuja inmobiliaria, creció la tasa del paro y aumentaron las hipotecas. El sistema económico global entró en recesión y se multiplicaron los rescates bancarios. En España se alcanzó un máximo histórico de más de cinco millones de parados en 2013, especialmente población migrante y jóvenes, y las arcas públicas aún tienen que hacer frente a una deuda europea de más de 42.000 millones de euros. Una situación que no se ha conseguir paliar del todo en los últimos 12 años y que la crisis sanitaria del coronavirus amenaza con convertir en una nueva catástrofe económica.

¿Cómo se desarrolló la crisis?

Economistas e historiadores se remontan a principios del actual siglo para encontrar los orígenes de la crisis económica. Los atentados del 11S en 2001, que activaron un periodo de terror y xenofobia en Estados Unidos, seguido del control fronterizo es uno de esos posibles puntos de origen. También afectó de forma notable la excesiva liquidez con que se encontraron los bancos en 2003, después de que una estrategia de deflación —bajada de precios— impulsada por Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal estadounidense hasta 2006, les permitiera darse a las hipotecas y préstamos subprime. La banca sentía tanta holgura y comodidad que se permitió conceder este tipo de préstamos a personas con historial de morosidad, empleos inestables o, simplemente, sin garantías de poder devolverlos.

Las hipotecas subprime o hipotecas basura se emitieron en unos años en que los intereses se encontraban en mínimos históricos, lo que permitía el optimismo generalizado. A las hipotecas se añadían otro tipo de productos, como coches o reformas, que permitía a los usuarios disfrutar de una cantidad de dinero que difícilmente podrían devolver cuando los intereses empezaron a subir. Esta práctica no era exclusiva de Estados Unidos, sino que se extendió por otras partes del mundo y, por supuesto, también por España.

Los bancos empezaron a especular con sus activos hipotecarios. Los vendieron en forma de bonos, lo que les permitió omitirlos de sus balances al tiempo que los utilizaban como aval para los préstamos que se concedían entre diferentes entidades. Además, entraron en los llamados hedge funds, es decir, fondos de inversión de alto riesgo que no cuentan apenas con regularización. Es decir, se dedicaban a la compraventa de bonos hipotecarios mientras utilizaban esos mismos bonos como garantía.

Esta especulación era especialmente peligrosa teniendo en cuenta que su red de salvamento eran las hipotecas basura concedidas a personas que, en cuanto aumentaron los tipos de interés, no pudieron pagar sus cuotas. Era 2006 y los efectos de estos arriesgados movimientos financieros empezaron a sufrir las consecuencias.

El 15 de septiembre de 2008 el banco Lehman Brothers se declaró en quiebra, con una deuda que superaba los 600.000 millones de dólares. Fue la primera señal de lo que se avecinaba. Lehman Brothers era la cuarta entidad financiera más importante de Estados Unidos y la incertidumbre sobre el futuro de sus competidores llevó a una espectacular caída en bolsa de otras entidades financieras (hasta un 46% en pocos días). Se estaba empezando a gestar un clima de desconfianza en el que los bancos se mostraban más recelosos que nunca a la hora de prestar dinero por si el beneficiario escondía problemas de solvencia. Donde antes no se atendía a riesgos, ahora se avanzaba con pies de plomo y, entre otras consecuencias, provocó una formidable subida de las hipotecas.

El día 1 de octubre, Bush recibió el visto bueno para llevar a cabo su plan anticrisis, que consistía, entre otras cosas, en una intervención única en su historia. Invirtió 700.000 millones de dólares en comprar activos hipotecarios a la banca. Este rescate financiero pretendía frenar la quiebra de las entidades bancarias por la incapacidad de pago de los beneficiarios de las hipotecas subprime, y fue todo un hito en el país, firme defensor de la libre regularización del mercado. No solo la intervención era inaudita, también la cantidad de dinero que se destinó a ello: el diario The New York Times comparó este presupuesto con el coste de la guerra de Irak; Bush defendió la medida: "Es una solución grande para un gran problema". España imitó la táctica estadounidense, aunque en menor proporción. Ese mismo mes de octubre, se creó un fondo de 30.000 millones de euros para comprar activos hipotecarios a los bancos.

Como consecuencia de todo ello, el 10 de octubre se produce la mayor caída histórica del Ibex 35. Dos días después, la Unión Europea anuncia un paquete de medidas para permitir la intervención estatal en los capitales bancarios y agilizar los préstamos entre entidades bancarias. Como consecuencia, al día siguiente el Ibex vuelve a fluctuar; esta vez, se ocasiona una subida histórica. Pero no frenó la crisis que estaba por llegar.

La situación de Lehman Brothers no tardó en repercutir a sus antecesoras en la lista de entidades financieras más importantes de Estados Unidos. La tercera, Merrill Lynch, se vendió al Banco de America por un precio irrisorio, mientras que las dos primeras, Goldman Sachs y Morgan Stanley, tuvieron que convertirse en bancos comerciales para hacer frente al embiste de la crisis. Las piezas del dominó se empujaban unas a otras en lo que parecía un derrumbe incesante e infinito que ponía en tela de juicio la fiabilidad del sistema económico global. "Es el fin de la ideología de que los mercados libres y desregulados funcionan siempre", decía en 2008 el Nobel de Economía Joseph Stiglitz.

¿Cómo se informó de ello?

Uno de los retos a los que se enfrentó el periodismo fue el desconocimiento generalizado de la población sobre tecnicismos propios de la economía. En la actualidad, está más extendido el uso de palabras como prima de riesgo, pero en 2008 había que preparar a los lectores para saber qué estaba ocurriendo exactamente, qué significaba que la burbuja inmobiliaria hubiera estallado y por qué los bancos ya no concedían préstamos.

Los medios de comunicación se lanzaron entonces a la tarea de la divulgación económica. Para ello, se adoptó una medida común basada en el acercamiento de los conocimientos técnicos a las vivencias cotidianas de los lectores. Así lo explica un estudio de 2014 de la Universidad del País Vasco que señala la necesidad de una "reelaboración y selección léxica que haga factible el uso de un vocabulario que permita anclajes cognitivos más amplios", es decir, una suerte de traducción que aproximara las nociones económicas al lenguaje popular. Como es obvio, no todos los términos —muchos de ellos neologismos y anglicismos— se adaptaron, también se explicaron y repitieron en la prensa hasta que se convirtieron en términos habituales: lobby, trust y low cost son algunos ejemplos.

Pero los medios tampoco se libraron de las consecuencias nefastas de la crisis económica, por lo que toda esta labor de divulgación se llevó a cabo, en muchos casos, en condiciones precarias de empleo. El 78% de los periodistas encuestados en una investigación de 2013 sobre este tema afirman que los cambios laborales introducidos entre 2008 y 2012 afectaron "a la calidad de la información y al bienestar laboral de una forma determinante".

¿Qué consecuencias tuvo?

El estallido de la burbuja inmobiliaria, los bancos al borde de la quiebra, la falta de liquidez de las empresas y la incapacidad de los usuarios de hacer frente a las deudas derivó en una crisis económica generalizada que afectó enormemente a España. Entre los datos más devastadores se encuentra la tasa del paro.

El número de desempleados comenzó a aumentar en el verano de 2008 y alcanzó un máximo histórico en 2013, con más de cinco millones de parados. Los números comenzaron a bajar desde entonces y solo se han vuelto a acercar con la actual crisis del coronavirus que ha obligado a muchas empresas a despedir o ir a los ERTE —según los datos de agosto, hay 3,7 millones de parados en España—. No obstante, la situación laboral no ha vuelto aún a estatus anterior a la hecatombe económica.

Si separamos estos datos en diferentes estratos demográficos, se observa un impacto mucho mayor en la población inmigrante, en las mujeres y en los jóvenes. Los menores de 30 años llegaron a sufrir una tasa del 53.2% de desempleo, mucho mayor a los datos que aportaba de media el resto de países europeos, más cercanos al 15% de destrucción de empleo juvenil. Sin poder acceder al mercado laboral, muchos jóvenes optaron por seguir estudiando, lo que elevó las solicitudes de acceso a la universidad al tiempo que los presupuestos designados a la educación bajaban. Se atrasaba su entrada al mercado laboral y se precarizaban los empleos disponibles; la bajada de salarios hizo que ser mileurista dejara de ser causa de mofa para convertirse en una aspiración.

En cuanto a los mayores de 50, si bien conservaron sus puestos de trabajo en mayor medida, fueron más vulnerables a permanecer en el paro por largos periodos de tiempo. Los empleadores eran recelosos a la hora de contratar a personas de esa edad o sobrecualificadas, como indican los estudios al respecto, por lo que muchos trabajadores con largas carreras profesionales se vieron abocados a jubilaciones tempranas o largas esperas hasta que se les agotaran las prestaciones por desempleo.

Uno de los sectores laborales más afectados fue el de la construcción, en el que se destruyó casi un 50% el empleo. El turismo y los pequeños comercios corrieron la misma suerte. Todo ello llevó a un desequilibrio de la economía nacional, fuertemente dependiente del sector servicios y de la construcción. Una vez más, se ponía de manifiesto la necesidad de una remodelación generalizada en este aspecto, como se demanda ahora con la crisis derivada del covid-19.

Las palabras "recortes" y "austeridad" fueron las protagonistas absolutas de la crisis económica. Las restricciones presupuestarias en sanidad que propiciaron el crecimiento de la salud privada —y que tanto han tenido que ver en el colapso sanitario de los meses pasados—, así como la precarización del trabajo de los docentes en las escuelas públicas —que se manifestaron durante años en una Marea Verde y que siguen exigiendo cambios en la actualidad— son dos de los factores que más se han acusado en los últimos diez años como consecuencia de la crisis iniciada en 2008.

Por otro lado, España tuvo que recurrir en 2012 al rescate bancario europeo para poder abordar la parte más aguda de la crisis. Un rescate que ha costado al país más de 42.000 millones de euros, según los cálculos del pasado mes de noviembre, y del que solo se han recuperado unos 10.000 millones. Además, en pleno mes de agosto de 2011 se aprobó una reforma constitucional en la que se introdujo el término “estabilidad presupuestaria” con la que se priorizaba el pago de la deuda sobre cualquier otro gasto en la elaboración de los presupuestos generales del Estado.

¿Qué aprendimos?

El índice del Ibex 35 no había sufrido una caída semejante a la de octubre de 2008 hasta la salida de Reino Unido de la Unión Europea, en el conocido Brexit. La incertidumbre sobre las consecuencias de este hecho histórico volvieron a pintar un panorama que apuntaba a la recesión económica. Anteriormente, el Fondo Monetario Internacional ya advertía de las posibles repercusiones del aumento de la deuda global, que estimaba en torno a los 157 billones de euros.

La crisis del coronavirus ha agravado la situación financiera en todos los aspectos y los meses de paralización económica derivados de la cuarentena sanitaria no han ayudado a que mejore la situación. 12 años después de la recesión que puso en jaque a la economía mundial, el futuro no se vislumbra mucho más halagüeño." (Ana Pastor Bermejo, eldiario.es, 25/08/20)

25.11.19

Raghuram G. Rajan: ¿Se viene el invierno económico? Cuesta creer que habrá problemas generalizados si las tasas de interés se mantienen bajas y continúa la abundancia de liquidez... pero... si el mundo tuviera menos aspirantes a déspota, la economía mundial se vería mucho más fortalecida...

"¿Qué podría desatar una recesión en Estados Unidos? En el pasado, la contracción del mercado de trabajo después de un período de expansión funcionaba como una señal de alerta temprana. 

Resultaba más difícil encontrar trabajadores, los salarios empezaban a escalar, los márgenes de beneficio corporativo tendían a reducirse y las empresas comenzaban a aumentar sus precios. Por temor a la inflación, el Banco Central subía entonces las tasas de interés que, a su vez, reducirían la inversión corporativa y fomentarían los despidos.

 En este punto, caía la demanda agregada cuando los consumidores, temiendo por sus empleos, reducían el gasto. Aumentaban entonces los inventarios corporativos y se recortaba aún más la producción. El crecimiento disminuía significativamente y esto señalaba el inicio de una recesión. A este ciclo le seguía una recuperación. 

Una vez que las empresas reducían sus inventarios, comenzaban a producir más bienes nuevamente y, cuando se aplacaba la inflación, el banco central recortaba las tasas de interés para impulsar la demanda.Pero esta descripción parece corresponder a otra era, ya pasada. Ahora la inflación está continuamente asordinada y ya no es un disparador confiable de los aumentos de la tasa de interés y las posteriores desaceleraciones. Las recesiones más recientes fueron, en cambio, precipitadas por excesos financieros acumulados durante la expansión. 

En 2001, el exceso estuvo en el crecimiento de los precios de las acciones durante el boom de las puntocoms; en 2007-2008, en el apalancamiento del sector financiero posterior al boom de las hipotecas de alto riesgo. Y aunque la Reserva Federal de EE. UU. aumentó las tasas antes de estas recesiones, no fue en respuesta a una inflación superior al objetivo, sino un intento por normalizar la política monetaria antes de que la inflación se disparara.La inflación sigue por debajo del objetivo de la Fed y un ajuste anticipatorio no está siquiera en discusión (por ). Cuando la Fed se embarcó en la suba de tasas el año pasado, la gestión del presidente Donald Trump redobló su

Cuando los mercados comenzaron a tambalearse a fines de 2018, la Fed se echó atrás. Sin un acuerdo integral a la vista para solucionar la guerra comercial y con una solicitud formal de juicio político en curso contra Trump, es improbable que la Fed contraiga pronto la política monetaria.Además, Trump ha dejado en claro que culpará a la Fed en caso de recesión. 

Después de calcular que los riesgos para su reputación por una inflación ligeramente más alta son menores que los asociados al empeoramiento de la situación económica posterior a una suba de las tasas, la Fed no estará predispuesta a subir las tasas por el momento. Por el contrario, ha recortado las tasas tres veces en 2019 para «asegurarse» contra una caída. Además, la Fed ha enfatizado que su meta inflacionaria es «simétrica», lo que significa que está dispuesta a tolerar un período de inflación por encima de la meta, dado que se mantuvo por debajo del objetivo en los últimos años, antes de intervenir. 

Si es improbable que el factor desencadenante de la próxima recesión sean las tasas más elevadas, ¿qué hay de los excesos financieros? Si miramos a nuestro alrededor, ciertamente podemos ver áreas donde los activos presentan precios elevados y mucho apalancamiento, como el capital inversión. El Fondo Monetario Internacional advirtió sobre dificultades financieras sustanciales para las corporaciones si el crecimiento se reduce significativamente. Es cierto, cuesta creer que habrá problemas generalizados si las tasas de interés se mantienen bajas y continúa la abundancia de liquidez. (...)

La pregunta, entonces, es qué puede deteriorar el consumo, que actualmente sostiene el crecimiento. Una respuesta son los despidos. ¿Qué podría precipitarlos? Una escalada de la guerra comercial —por ejemplo, si EE. UU. aplicara aranceles a los automóviles europeos y japoneses— podría llevar a ello. Como están las cosas, es improbable que se logre un acuerdo comercial integral chino-americano durante el tiempo que queda a esta gestión estadounidense. 

Hay poca confianza entre chinos y estadounidenses, y sería raro que China acceda al entrometimiento que implicarían los controles necesarios para verificar algunas de las acciones que EE. UU. desea que emprenda. Además, la posibilidad de que un acuerdo fortalezca las perspectivas de una reelección en 2020 debe pesar cada vez más en las negociaciones. ¿Quieren los chinos seguir negociando con Trump, o prefieren a un demócrata (que tal vez sea igual de proteccionista)? De cualquier forma, la incertidumbre sobre el comercio casi seguramente continuará limitando la inversión —y, con ella, el crecimiento— en el futuro inmediato.Un posible segundo factor detonante es el riesgo geopolítico. 

Vimos un ejemplo en septiembre, cuando las instalaciones petrolíferas de Arabia Saudita fueron con drones por la noche. La aparente vulnerabilidad de la producción petrolera saudita introduce un nuevo elemento de incertidumbre en la perspectiva global. Irán, cada vez más acorralado, parece estar dando un aviso claro: si cae, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos caerán con él. Los partidarios de la línea dura en el gobierno iraní se han visto fortalecidos por la retirada de la gestión de Trump del acuerdo nuclear de 2015 y envalentonados por los recientes actos de agresión sin respuesta.  

Y mientras los sauditas han indicado desde entonces su voluntad de negociar con Irán, los riesgos de una conflagración regional seguirán siendo elevados.Un salto en el precio del petróleo podría inclinar la economía mundial hacia la recesión. Ciertamente, restringiría el ingreso disponible de los consumidores y debilitaría el sentimiento del mercado, reduciendo aún más la inversión. Y las posibles consecuencias inflacionarias dejarían poco margen a los bancos centrales para políticas más acomodaticias.

 Aunque las recesiones son, por su propia naturaleza, impredecibles, la mayor amenaza para la economía en el corto plazo no son las subas de la tasa de interés ni los diversos excesos financieros, sino acciones imprevistas en áreas como el comercio y la geopolítica. Si el mundo tuviera menos aspirantes a déspota, la economía mundial se vería mucho más fortalecida. Desafortunadamente, la mayoría de los líderes autoritarios actuales ocupan sus puestos gracias a sus votantes. Pero esa es una discusión para otro día."                      (Raghuram G. Rajan , Project Syndicate, 12/11/19)

30.10.19

La deuda de las empresas podría ser el desencadenante financiero de una nueva recesión...

"La deuda de las corporaciones en las principales economías ha aumentado desde el final de la Gran Recesión en 2009. 

Con la desaceleración del crecimiento global y la posibilidad de una recesión global que se repita diez años después de la última, la deuda de las corporaciones pronto se convertirá tan oneroso para un número suficientemente grande de compañías que desencadena una ronda de bancarrotas corporativas. Luego, los bancos verán un fuerte aumento en los préstamos morosos. Eso podría conducir a una nueva crisis crediticia ya que los bancos se niegan a prestarse entre sí.

 Tal restricción crediticia estalló brevemente el mes pasado, cuando la Reserva Federal de EE. UU. Se vio obligada a inyectar más de $ 50 mil millones en el sistema bancario para revertir un aumento muy brusco de las tasas de interés interbancarias, ya que los bancos de liquidez rechazaron ayudar a los más débiles . 

La causa de esa restricción fue un aumento en la oferta de bonos del gobierno a medida que la administración Trump emitió más para cubrir su creciente déficit presupuestario. Algunos bancos no pudieron financiar las compras a las que se comprometieron sin pedir prestado. Entonces, a medida que las reservas bancarias mantenidas con bancos centrales en EE. UU., Europa y Japón han aumentado, el volumen del mercado monetario interbancario ha disminuido.

 Como resultado de esta conmoción en los mercados crediticios, la Fed ha regresado al mercado para comprar letras del Tesoro a corto plazo para restablecer la liquidez bancaria. Entonces, después de terminar la flexibilización cuantitativa (comprar bonos) y comenzar a subir su tasa de interés de política el año pasado, la Fed tuvo que retroceder, reducir las tasas y reintroducir QE nuevamente. 

Más de la mitad de los bancos centrales están ahora en modo de relajación, la mayor proporción desde las secuelas de la crisis financiera. Durante el tercer trimestre de 2019, el 58% de los bancos centrales redujeron las tasas de interés.

 Y en los mercados emergentes: “la deuda externa está aumentando entre las economías emergentes y fronterizas a medida que atraen los flujos de capital de las economías avanzadas, donde las tasas de interés son más bajas. La deuda externa mediana ha aumentado al 160 por ciento de las exportaciones del 100 por ciento en 2008 entre las economías de mercados emergentes. Un fuerte ajuste en las condiciones financieras y mayores costos de endeudamiento les dificultarían pagar sus deudas ".  (...)

He sugerido durante algún tiempo (años) que la deuda corporativa podría ser el desencadenante financiero de una nueva recesión. Fue deuda de vivienda (hipotecas de alto riesgo) en 2007-8; ahora podría ser deuda corporativa (a través de "préstamos apalancados", es decir, compañías de préstamos ya cargadas de deuda) (...)

Davies reconoce que: “El deterioro en el crecimiento de las ganancias ha sido acompañado por un comportamiento financiero corporativo más agresivo, mientras que la inversión de capital real para expandir la capacidad productiva se ha reducido. Según el informe de estabilidad del FMI, las recompras de acciones, los dividendos y las actividades de fusión y adquisición, financiadas por préstamos apalancados y bonos de alto rendimiento, han aumentado en 2019. 

Estas actividades se han extendido a las pequeñas y medianas empresas, que según el FMI son particularmente vulnerable en el frente de ganancias ". Exactamente. A medida que cae la rentabilidad (y ahora incluso la gran cantidad de ganancias), las compañías han tratado de contrarrestar esto con especulación financiera. Eso podría estar bien para grandes empresas con considerables reservas de efectivo, pero no para empresas más pequeñas que no son ricas en efectivo.

Entonces Davies ahora concluye exactamente lo que discutí hace algún tiempo. “Tomados en forma aislada de otros shocks económicos, es poco probable que tales debilidades financieras corporativas desencadenen una recesión, pero ciertamente podrían exacerbar los efectos de otros shocks contractivos. 

Esto es lo que sucedió en 2008, cuando un choque de tamaño medio en el mercado de hipotecas de alto riesgo causó una enorme caída en la actividad económica. El impacto de las disputas comerciales en la confianza empresarial, que se ha estado derrumbando en los últimos meses, es la amenaza actual más obvia ”.

Al mismo tiempo que Davies llegó a esta conclusión, el economista jefe de Estados Unidos para el banco Societe Generale, Stephen Gallagher, argumentó que las recesiones estadounidenses suelen ir precedidas de una erosión en los márgenes de ganancias corporativas o ganancias por dólar de ingresos.

 Gallagher señala que los márgenes de beneficio de los Estados Unidos se han reducido desde 2016. "La erosión en los márgenes es la clave para la dinámica del ciclo económico", dice Gallagher. “Si Estados Unidos entra en una recesión en 2020, es muy probable que la historia lo vea como una recesión de guerra comercial. 

Pero las tensiones comerciales son solo el catalizador, no la causa principal ”, dice. "Con un telón de fondo de expectativas de ganancias débiles, la incertidumbre comercial plantea serios desafíos para la planificación empresarial", argumenta Gallagher. "En un entorno de márgenes de beneficio mucho más fuertes, la misma incertidumbre comercial probablemente representaría un factor menos disuasorio".

Como historiador económico y autor de Crashed, Adam Tooze tuiteó: “¿Qué pasaría si orientamos nuestro análisis del ciclo económico hacia lo que presumiblemente es el impulsor básico de la actividad comercial, es decir, las ganancias corporativas, en lugar de factores intermedios que pueden o no afectar seriamente esas ganancias, p. aranceles? ”Exactamente. Un colapso financiero o una guerra comercial no conducen a una recesión económica a menos que ya existan problemas serios con la rentabilidad.  (...)

Haciéndose eco de mi propio punto de vista de lo que llamo The Long Depression, King dijo que la economía mundial estaba atrapada en una "trampa de bajo crecimiento" y que la recuperación de la depresión de 2008-09 fue más débil que eso después de la Gran Depresión. "Tras la Gran Inflación, la Gran Estabilidad y la Gran Recesión, hemos entrado en el Gran Estancamiento". King apoyó la opinión expresada regularmente por el ex secretario del Tesoro de Keynes, Larry Summers, sobre el concepto de estancamiento secular, un período permanente de bajo crecimiento en qué tasas de interés ultrabajas son ineficaces.  (...)

En todas partes, ya sea entre economistas convencionales o instituciones oficiales, el clamor ahora es por "estímulo fiscal". (...)

Tal como Keynes afirmó que sería necesario en la Gran Depresión de la década de 1930, ahora, cuando la Depresión Larga entra en su décimo año, la respuesta es para un mayor gasto gubernamental, recortes de impuestos y déficit presupuestarios (y no se preocupe por el aumento de la deuda del gobierno por más tiempo). ) Pero así como el estímulo fiscal no funcionó en la década de 1930 (en su lugar, se necesitó una guerra mundial y los gobiernos tomaron el control del ahorro y la inversión), tampoco funcionará esta vez. Y eso supone que los políticos lo intentarán incluso. (...)

El verdadero shock es que incluso algunos marxistas consideran que el estímulo fiscal y más gasto gubernamental es todo lo que necesitamos para evitar una nueva depresión. La cuestión de la caída de la rentabilidad y las ganancias destacadas por Gavyn Davies aparentemente no es relevante en absoluto. La rentabilidad del capital aparentemente no juega un papel clave en este sistema capitalista lucrativo. Ves que las ganancias provienen de la inversión, no viceversa. Entonces, todo lo que tenemos que hacer es impulsar la inversión. (...)

la inversión no genera ganancias, sino viceversa en una economía capitalista. No es la falta de demanda privada lo que causa una crisis; pero una crisis es solo eso: una falta de demanda efectiva. Pero esta crisis de "realización", para usar el término de Marx, es el resultado de la crisis de rentabilidad. Ahí es donde cualquier análisis adecuado debería comenzar sobre las causas de las crisis, como ahora sugieren Davies y Tooze.  (...)

Ya existe una recesión manufacturera global. La economía alemana en su conjunto está en recesión virtual, según su propio banco central, el Bundesbank. China está creciendo a su ritmo más lento en casi 30 años. Los sectores que pueden apretar el gatillo para desatar una depresión mundial se multiplican. Tenemos disturbios y protestas contra los recortes de austeridad en varias "economías emergentes" a medida que la desaceleración mundial afecta las exportaciones y los ingresos (...)

Incluso en los Estados Unidos, la principal economía capitalista avanzada de mejor desempeño, el crecimiento se está desacelerando, mientras que la inversión y las ganancias están cayendo. (...)

La política monetaria y fiscal será inútil para detener cualquier tsunami económico que se avecina."             (Michael Roberts, blog, 22/10/19)

24.10.19

La próxima recesión económica global asoma. Ya no se trata de las predicciones o análisis de voces expertas, sino de tendencias y estadísticas apuntaladas en el tiempo... Tras la crisis, esta vez, no habrá recuperación, únicamente estancamiento...

"La desaceleración económica no empieza cuando te cuentan. La versión oficial argumenta que las cosas empezaron a ir mal hace muy poco tiempo y que, inevitablemente, viviremos unos meses de malas noticias económicas en el futuro próximo. La verdad mucho más muy preocupante. Ese parón de la economía no es anecdótico como no lo fue hace una década.

(...) hablaron de ‘profecía auto cumplida’. De hecho, ahora, también utilizan este concepto para quitarse de encima la responsabilidad que puedan tener en la crisis que se nos cierne y que atribuirán a los que hace tiempo decimos que no nos hemos recuperado de nada, pues de nada había que recuperarse.


Y es que el primer gran error es de análisis histórico. Recuerdo lo que escribí hace mucho tiempo. Lo que explotó en 2008 no tenía un origen en sí mismo, ni tan siquiera era sólo motivado por una exposición excesiva a la deuda privada y bancaria. La caída del modelo económico dependiente de un capital ubicado en bienes inmobiliarios no era más que una consecuencia de algo más grave que se define bajo el concepto ‘deflación del capital’ y que surge casi siempre de cualquier revolución tecnológica. Esa no fue una excepción.


Y en eso mismo estamos. La diferencia es que ahora tenemos a unos y otros anunciando la que se acerca como si fuera inevitable. (...)

Si lo que viene es una ‘nueva’ crisis, sería interesante establecer un patrón de análisis que nos fije la foto actual y las más que probables instantáneas futuras. Es el único modo en el que se puede definir una hoja de ruta, urgente, para afrontarlo con ciertas garantías. La próxima recesión económica global asoma. Ya no se trata de las predicciones o análisis de voces expertas, sino de tendencias y estadísticas apuntaladas en el tiempo. (...)


Al igual que en la ‘otra crisis’, España vuelve a estar muy mal posicionada ante esta situación. Aunque es cierto que hemos mejorado mucho en la capacidad de nuestro comercio exterior, las exportaciones son muy dependientes del automóvil, y este tiene muy malas perspectivas. Estamos mal preparados porque venimos de una deflación de los salarios muy acusada. Si bien esa contención obligada ha supuesto la facilidad para contratar, ahora supondrá un verdadero quebradero contable. ¿Recuerdas cuándo un milieurista era un pobre de solemnidad? Ahora son millones los trabajadores que aspiran a ser eso como mínimo. (...)


No hay estímulos, ayudas, modelos de dinamización de la economía del conocimiento, industria 4.0 o de, en serio, generar un nuevo modelo de crecimiento. Llamaron crisis a una deflación del capital y ahora llaman recuperación a una deflación social.


Es hora de entender que el mundo, y España, van directos a una crisis menos rápida, menos profunda, menos intensa, pero algo más larga y sin herramientas para modificar la deriva. Tras la crisis, esta vez, no habrá recuperación, únicamente estancamiento. La vivienda ya no podrá ayudar a recomponer el rompecabezas.


 Ya no está de moda comprar. Hay países que invierten en modificar el modelo de crecimiento de manera robusta. Francia invierte 23 veces más que España en la estimulación de la Industria 4.0. Un modelo industrial que será el único que sobrevivirá en una década y que genera derivas en todos los sectores. Si no tienes industria no tienes nada. (...)

Pero a diferencia de una recesión, una crisis económica es un periodo de inestabilidad que desata consecuencias durante un largo periodo de tiempo. Sacude la estabilidad financiera en las inversiones y afecta a la estabilidad adquisitiva de las familias. Suele generar una depresión si no se actúa estratégicamente.


Y es en esa que nos encontraremos. No es tan complicado verlo. La diferencia con aquello que se le llamó ‘crisis financiera’, ‘crisis inmobiliaria’ o como quieras recordarla, es notable. Aquella fractura se evidenció de golpe, con un pinchazo de una burbuja. La actual quiebra no será por un reventón sino por un fallo técnico del modelo económico. 


Una paralización que tiene su origen, de nuevo, en la no adopción de medidas valientes, ineludibles y necesarias que adecúen un modelo económico digital, automático, robótico que llega sin avisar ni pedir permiso. Liderar esa fórmula económica es lo que podrá hacer más llevadera o no, la próxima década. Y es que esto no va de tener un plan político táctico y digital sino de entender que el mundo ha cambiado para siempre y que no hay parches que lo adecúen a tus intereses.

En un país en el que las pensiones dependen de las cotizaciones solidarias de los que trabajan, no parece una gran idea ir reduciendo el sueldo medio, incrementando la precariedad laboral y la estimulación de un tipo de empleo muy alejado de la eficiencia tecnológica, digital y automatizada. De ahí que no se comprenda la desidia política, retorciéndose en sus propio estiércol y sin indicativos de que han entendido la gravedad del momento.


No te dejes engañar por las cifras de creación de empleo. Son métricas trucadas. España requería crecer como mínimo al 2% para crear empleo, tras la reforma laboral es necesario solo un 0,7%, porque ahora se crea un empleo tremendamente precario. Es más fácil crearlo, pero no nos vale para lo que se nos viene. (...)


¿Quién está preparando nuestra economía para los cambios que llegan sin avisar (o sí)? La tecnología crea una segunda economía, cada vez más productiva y autónoma, más digital. Pero aquí seguimos con un modelo antiguo, esperando que alguien tome decisiones estratégicas, que imponga un plan integral en Inteligencia Artificial, que desarrolle un plan fiscal de estímulos para modificar la estructura de crecimiento y que, de una vez, ponga las luces largas para atender la Era de la Humanidad. " (Marc Vidal, 17/10/19)

16.5.19

Como ha dicho la economista jefe del FMI: el capitalismo está en un momento delicado. Si bien no estamos en una recesión global aún, es evidente que aún estamos en la Larga Depresión, que tiene características similares a la depresión de finales del siglo XIX y la Gran Depresión de la década de 1930... la actual tendrá una evolución más parecida a la del siglo XIX... crisis en cadena hasta que se recuperó la rentabilidad

"La reciente reunión del FMI y el Banco Mundial en Washington ha puesto de manifiesto una vez más que la economía mundial se está desacelerando y la perspectiva de una recesión es mucho más probable. (...)

Y ha ofrecido un perspicaz pronóstico: “Si los riesgos de una desaceleración no se materializan y la política de apoyo puesta en marcha es eficaz, el crecimiento global debería recuperarse. Sin embargo, si cualquiera de los principales riesgos se materializa, entonces las esperadas recuperaciones de las economías estresadas, de las economías dependientes de las exportaciones y de las economías altamente endeudadas pueden descarrilar”.

 Así que, por un lado o por el otro .... Junto a la perspectiva del FMI, la Brookings Institution, privada, hizo público también su análisis sobre la situación de la economía mundial, concluyendo de su índice de seguimiento de la actividad económica que el mundo ha entrado en una “desaceleración sincronizada” que puede ser difícil revertir. (...)

Brookings no cree que sea inminente una recesión, pero “todos los sectores de la economía mundial estaban perdiendo impulso”.  Si bien no estamos en una recesión global aún, es evidente a partir de los últimos datos de las principales economías que aún estamos en la Larga Depresión, como he definido este período desde el año 2009.  

Frances Coppola, la economista heterodoxa, también ha escrito que el capitalismo está bloqueado en una larga depresión y hace una serie de puntualizaciones similares a las mías sobre sus consecuencias. Pero en cuanto a las causas, Coppola, como otros keynesianos, se aferra a la idea de un  'estancamiento secular',a saber, que la depresión se debe a una falta crónica ”de demanda ''. 

Los lectores habituales de mis artículos saben que no considero que esta sea una explicación adecuada de las crisis y depresiones. En una economía con fines de lucro, es la rentabilidad del capital lo que importa.

Y el nuevo Informe de Estabilidad Global del FMI ofrece más apoyo a mi interpretación causal de la larga depresión. Confirmando lo que he demostrado empíricamente antes, el FMI considera que la rentabilidad empresarial (medida por las ganancias corporativas en relación con el balance de activos) en las principales economías no ha recuperado los niveles de 2008. De hecho, la rentabilidad del capital está muy por debajo de los niveles de finales de 1990. 

Esta larga depresión tiene características similares a la depresión de finales del siglo XIX  y la Gran Depresión de la década de 1930. La primera fue superada por una serie de crisis, que finalmente hicieron aumentar la rentabilidad y la segunda mediante una guerra mundial. Creo que la actual depresión tendrá una evolución más parecida a la del siglo XIX.

La baja rentabilidad explica sobre todo por qué la inversión empresarial ha sido tan débil desde 2009. Los beneficios obtenidos han sido destinados a la especulación financiera: para fusiones y adquisiciones, la recompra de acciones y el pago de dividendos. También ha habido acumulación de dinero en efectivo. Todo ello porque la rentabilidad de la inversión productiva sigue siendo históricamente baja. (...)

El otro factor clave en la larga depresión ha sido el aumento de la deuda, especialmente de la deuda empresarial. Ante la baja rentabilidad, las empresas han acumulado más deuda para financiar proyectos o especular.

 Las grandes empresas como Apple o Microsoft pueden hacerlo porque tienen reservas de efectivo en las que apoyarse si algo va mal; las empresas más pequeñas sólo pueden aguantar esta espiral de la deuda porque las tasas de interés se mantienen en mínimos históricos y, por lo tanto, el servicio de la deuda sigue siendo viable - siempre y cuando no haya una disminución de las ventas y ganancias.  (...)

Cada crisis tiene un disparador diferente o causa próxima. La recesión internacional de 1974-5 fue provocada por un fuerte aumento de los precios del petróleo y el abandono de los EE.UU. del patrón dólar-oro. 

La crisis de 1980-1982 fue provocada por una burbuja inmobiliaria en Europa y una crisis industrial en las principales economías. La recesión de 1990-2 fue provocada por los precios del petróleo y la guerra de Irak. La leve recesión de 2001 fue el resultado de la explosión de la burbuja dot.com. 

Y la Gran Recesión se inició con el colapso de la burbuja inmobiliaria en los EE.UU. y la consiguiente restricción del crédito provocada por la diversificación internacional de los derivados de crédito. 

Pero detrás de cada una de estas crisis se encuentra el movimiento a la baja en la rentabilidad del capital productivo y, finalmente, una desaceleración o disminución de la masa de ganancias. (El nexo de inversión y lucro).

Esta vez creo que el detonante será la deuda empresarial, ya que las empresas consiguen acumular un exceso de créditos baratos y cuando los beneficios caen y el coste de los interés sube, se convierten en insolvente.

 Como ha dicho la economista jefe del FMI: el capitalismo está en un momento delicado."            (Michael Roberts, blog, en Sin Permiso, 19/04/19)

31.10.18

La crisis… ¡fue por la gestión de los bancos! Lo más loco es que algunos banqueros empaquetaron las malas hipotecas con activos seguros y en vez de venderlos a los inversores, protegiéndose, los incluyeron en su hoja de balances...

"(...) el historiador económico Adam Tooze ha escrito (...) 'Crash, cómo una década de crisis financiera ha cambiado el mundo' (Crítica, 2018) es una obra monumental de 700 páginas que explica la crisis de 2008 y todas sus consecuencias políticas en Europa y en Estados Unidos

Tooze rechaza la tesis de que la crisis global fuera culpa exclusiva del sistema financiero de Estados Unidos y señala la irresponsabilidad de los bancos europeos. Además, se muestra muy crítico con las políticas de austeridad de los conservadores alemanes y la inacción del Banco Central Europeo. (...)


P. En el libro, dice que el 11 de septiembre fue una de las principales causas de la crisis financiera de 2008. ¿Por qué?

R. De varias maneras distintas. La primera es a través de la política monetaria. Tras el 9/11, Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal de la época, hundió la tasa de los tipos de interés. Provocó un gran impulso para la economía norteamericana, pero también una burbuja del mercado inmobiliario. Porque, al revés que en Europa, los americanos pueden financiar sus hipotecas cada vez que el tipo de interés cambia

El auge de la industria de las hipotecas es un efecto de ese 'shock', y Greenspan no entiende que así está ocasionando la crisis de las 'subprime'. 

El segundo elemento es político, por "La Guerra del Terror". Es desastroso. No solo en todo Estados Unidos, sino también dentro del partido republicano. 

La tercera es que el 9/11 cambia la percepción que tienen los países del resto del mundo hacia Estados Unidos. En 2003 una gran ola de indignación recorrió Europa por la invasión de Irak. Y esta indignación es indispensable para comprender la inocencia posterior de los europeos, que describieron la crisis como "culpa de Estados Unidos".

P. Los europeos suelen decir que la crisis de 2008 se originó en Estados Unidos. Dice que no es verdad.

R. Incluso hace un año, en el décimo aniversario de la crisis del banco francés Paribas, la Comisión Europea publicó un comunicado repitiendo su posición: "Europa se enfrentó a una crisis importada de los Estados Unidos. La Unión Europea respondió con vigor y prontitud, rescatando a Europa de su más severa crisis económica".

 Esto te haría reír, si no fuera porque es amargamente irónico. La crisis tuvo lugar en Europa y, por supuesto, las instituciones europeas respondieron muy mal. Hay una gran percepción de la inocencia europea, que no concuerda con la realidad de la situación: los bancos europeos tuvieron una profunda relación con la crisis norteamericana. De hecho, proporcionalmente hablando, la gran inflación del crédito de los bancos europeos fue mucho más grande que en Estados Unidos

 Las burbujas inmobiliarias española e irlandesa fueron proporcionalmente el doble de grandes que la que hubo en Estados Unidos. España es del tamaño de Texas. España no es un pequeño trozo de una ecuación económica. Todo lo contrario. Si Texas hubiese sufrido la crisis que sufrió España en la eurozona, la política de EEUU sería muy diferente de la que es hoy.

P. En España, cuando explotó la burbuja inmobiliaria, se dijo que la clase trabajadora había vivido por encima de sus posibilidades. ¿Usted qué opina?

R. Es interesante escuchar eso, no sabía que fuera un discurso específico en España. También ocurre en Estados Unidos, pero con elementos racistas: muchos se preguntan por qué africanoamericanos y latinos han tenido tanto acceso al crédito. La respuesta se encuentra en los subsidios de hipotecas públicos, realizados a través de Fanni Mae y Freddy Mae. 

No se puede negar que hay un elemento de verdad: hacen falta dos personas para bailar al tango. Los bancos no prestan a gente que no quiere préstamos. Sin embargo, sabemos que los bancos emitieron préstamos de forma agresiva a personas vulnerables ofreciendo malas hipotecas. Eso está probado. Es un hecho.

P. Apunta que muchas de esas hipotecas que provocaron la burbuja eran de clases medias o altas.

R. Si miras a EEUU en 2007, más del 30% de las hipotecas eran de segunda, tercera o cuarta hipoteca. Incluso había estados donde llegaba al 45%. Había una gran especulación. Mucha gente veía el capitalismo como una forma de hacerse rico, de construir su pequeño imperio de propiedades. Esto no tenía por qué ser la clase trabajadora. Si tienes varias hipotecas, por lo menos eres un especulador de clase media.

P. ¿Qué repercusión tuvo 'el boom inmobiliario' en la crisis global de 2008?

R. Por supuesto afectó a la crisis, ¡pero no la produjo! Provocó la burbuja inmobiliaria y su posterior estallido. La crisis… ¡fue por la gestión de los bancos! Una crisis de ese tamaño no se produce sin el sector financiero tan implicado. 

Lo más loco es que algunos banqueros empaquetaron las malas hipotecas con activos seguros y en vez de venderlos a los inversores, protegiéndose, los incluyeron en su hoja de balances. Estas las financiaban con acceso a dinero continuo del mercado interbancario. ¡Esto es lo que creó la crisis de 2008! (...)"                                          (Entrevista a Adam Tooze, Carlos Barragán, El Confidencial, 14/10/18)

4.10.18

Desde hace cincuenta años la economía mundial viene experimentando un descenso en su tasa de crecimiento y esa tendencia decreciente está estrechamente correlacionada con una caída en las inversiones y en la tasa de ganancia... es la razón por la cual el capitalismo contemporáneo se adentra en esta era de estancamiento secular

"(...) ¿en qué términos, teóricos o empíricos, puede hablarse de una caída de la tasa de ganancia en el derrumbe de la época dorada de crecimiento económico y el transcurso de la era neoliberal?

Unas de las explicaciones de corte marxista más interesantes sobre la crisis y el estancamiento secular están ligadas a los trabajos sobre la caída en la tasa de ganancia. Destacan aquí los trabajos de autores como Michael Roberts, Robert Brenner, Gérard Dumenil y Dominique Levy, Anwar Shaikh, Guglielmo Carchedi, Esteban Maito y Fred Moseley, para mencionar algunos.

 Lo interesante es que a pesar de las diferencias metodológicas, por ejemplo sobre el uso de nociones de costos corrientes o históricos para las mediciones del capital, o más allá de los diferentes enfoques analíticos (por ejemplo entre post-Keynesianos y marxistas), emerge un consenso revelador: desde hace cincuenta años la economía mundial viene experimentando un descenso en su tasa de crecimiento y esa tendencia decreciente está estrechamente correlacionada con una caída en las inversiones y en la tasa de ganancia.

 En muchos de estos estudios los resultados son consistentes con la perspectiva analítica de Marx en el sentido de que la tendencia decreciente en la tasa de ganancia coincide con el aumento en la composición orgánica del capital. 

Y el consenso también acepta que existen periodos en los cuales la tendencia se revierte por diversas causas que fueron anticipadas por Marx (intensificación de la tasa de explotación, por ejemplo).

Es curioso por demás observar que la economía neoclásica es particularmente tímida cuando se trata de analizar la tasa de rentabilidad del capital y prefiere todo tipo de subterfugios para evadir este tema que debería ser esencial. 

La sobre explotación de la fuerza de trabajo bajo el neoliberalismo ha permitido revertir durante algunas fases de este período, pero los datos indican que la tendencia se ha mantenido. Quizás ésta es la razón por la cual el capitalismo contemporáneo se adentra en esta era de estancamiento secular. (...)"                    (Alejandro Nadal  , Sin Permiso, 20/09/2018)

10.9.18

Hace 10 años de lo de Lehman Brothers. La imagen de este momento no es la de un banquero tirándose por la ventana, como en 1929, sino la del suicido de un pensionista griego abocado a la miseria, y el de los banqueros forrados con dinero público. Por lo demás, nada ha cambiado... "El sistema financiero actual es tan peligroso y frágil como el que llevó a la crisis", asegura Martin Hellwig, del Max Planck Institute...

"Se cumplen 10 años del peor momento de la Gran Recesión: en la única circunstancia en la que el sistema aplicó de veras su máxima, que cada palo aguante su vela, el Tesoro de Estados Unidos y la Reserva Federal dejaron caer a Lehman Brothers, el cuarto banco de inversión norteamericano. A partir de ese momento todo pareció posible. 

La destrucción tuvo muy poco de creativa cuando el miedo se convirtió en pánico y la capacidad autodestructiva de las finanzas sacudió el corazón del sistema, Wall Street, y amenazó con llevárselo todo, absolutamente todo, por delante. 

El 15-S de 2008 ha sido, poco más o menos, nuestra versión del crack de1929; sus consecuencias siguen con nosotros y, de muchas maneras, marcarán para siempre nuestras vidas. (...)

Cada calamidad económica deja una imagen impactante: en 1929 sí saltaron al vacío los ejecutivos desde sus despachos; en esta crisis, en cambio, los banqueros de las entidades quebradas se han llevado suculentas indemnizaciones y el suicidio más sonoro fue muy diferente: el de un pensionista griego abocado a la miseria.  (...)

La Gran Recesión puede leerse como un fracaso devastador del libre mercado, y aun así casi nada ha cambiado: Wall Street sigue siendo "densidad, inmensidad, complejidad", los mismos viejos vicios de la economía siguen vigentes y, en todo caso, la crisis ha sido un extraordinario catalizador para uno de las grandes preocupaciones de estos tiempos, el auge imparable del populismo. 

Quizá la quiebra, en fin, haya llegado en la aparentemente indestructible democracia liberal, que durante tantas décadas protagonizó un supuesto fin de la historia y pareció inseparable del capitalismo. (...)

No había en el mundo banqueros más arrogantes y despiadados que los de Lehman Brothers: de ahí la potencia visual de esas imágenes, esa cola de jóvenes financieros cabizbajos llevándose sus pertenencias en cajas de cartón.

 Ese 15-S se abrió la caja de Pandora: "Estuvimos extremadamente cerca de un colapso financiero global", ha escrito Ben Bernanke, expresidente de la Fed (el banco central estadounidense) y una de las personalidades fundamentales en la gestión de aquel caos. 

La respuesta fue, básicamente, no volver a dejar caer a nadie más: "Si no se afloja la pasta, todo podría irse al infierno", advirtió el 24 de septiembre, apenas nueve días después, un cariacontecido George W. Bush, supuesto apóstol del libre mercado y a la sazón presidente de los Estados Unidos.

(...)  el gigante asegurador American International Group (AIG) fue nacionalizado; Merrill Lynch, el corredor de Bolsa más famoso de EE UU, evitó el colapso vendiéndose a sí mismo a Bank of America (con montones de dinero público, cómo no, de por medio); Goldman Sachs y Morgan Stanley, los supuestos amos del universo, se convirtieron en bancos regulados por la Fed para poder acceder a las garantías públicas; el pánico alcanzó el mercado de fondos monetarios, con una fuga de capitales que precipitó la congelación del mercado interbancario internacional; la caja de ahorros más grande de Estados Unidos, Washington Mutual, y el cuarto banco más grande del país, Wachovia, se estrellaron envueltos en llamas y fueron adquiridos por una miseria por el Estado; el secretario del Tesoro, Hank Paulson se puso –literalmente— de rodillas ante el Congreso para activar un bazuka de 700.000 millones de dólares, al que le siguieron estímulos fiscales y fuertes inyecciones de dinero público en la banca en todo el mundo. Nadie había visto nada parecido. 

Aquel trimestre del diablo, el último de 2008, estuvo plagado de nacionalizaciones bancarias practicadas en EE UU por un Gobierno (el de Bush) plagado de políticos e ideólogos neocons, enemigos acérrimos de la regulación y de la presencia del sector público en la economía.

 Lo mismo hizo la Europa de Angela Merkel, que después de salvar a los bancos y tras un breve interludio de keynesianismo decretó recortes y austeridad a una Europa en la que estuvo a punto de reventar el euro tras una gestión de la crisis insuperablemente mediocre.

 A algunos rincones, como España, la crisis llegó con retraso: la burbuja inmobiliaria explotó a cámara lenta, pero se llevó por delante la mitad del sistema financiero, obligó a pedir un rescate y dejó a la economía española en medio de una crisis oceánica –no solo económica— de la que solo ahora saca la cabeza, y a duras penas. 

(...)  una superburbuja de casi 60 años hinchada a base de crédito, de deuda, en la que cada vez que el sistema financiero se metía en problemas aparecían los bancos centrales con nuevas fórmulas para estimular la economía. Esa superburbuja se le acabó escapando de las manos al sistema cuando las innovaciones financieras –subprime, derivados, CDO, CDS y demás jerga imposible— se complicaron tanto que las autoridades ya no parecían capaces de calcular los riesgos de los propios bancos.

"Que el señor bendiga este puto timo", decía un correo electrónico de un ejecutivo de Standard & Poor's destapado en una investigación del Congreso de EE UU para describir esas prácticas. Porque el timo fue colosal: como en una versión moderna de aquel cuento infantil, los grandes bancos se dedicaron a amasar enormes cantidades de paja (préstamos hipotecarios de alto riesgo suscritos por pobres, inmigrantes y desempleados), la tejían en una rueca algorítmica e industrial y acababan convirtiéndola en oro (títulos financieros con la máxima calificación de solvencia), según describe Matt Taibi en Cleptopía.

 Para ello empleaban una técnica supuestamente prodigiosa denominada titulización, que permitía –y permite: nada ha cambiado— hacerse con hipotecas basura y convertirlas por arte de magia en inversiones aparentemente tan seguras como la deuda de Microsoft o los bonos alemanes, pero más lucrativos que ambos.

Hasta que un día esa magia se esfumó. A partir de septiembre de 2008, todo lo que podía ir mal fue mal porque, al cabo, "el sistema financiero está plagado de dogmas falsos, malentendidos e ideas equivocadas: los mercados, dejados a su aire, no tienden al equilibrio sino a hinchar burbujas", ha dejado dicho George Soros, unos de los más grandes especuladores de los últimos siglos.

 "La relación incestuosa entre las autoridades y sus bancos acabó explotando", apunta Soros en La tormenta financiera. El resultado fue la crisis más grave desde la II Guerra Mundial. (...)

Y la música dejó de sonar de sopetón, por sorpresa, sin que prácticamente ningún economista viera venir el silencio (hasta el punto que se hizo célebre la pregunta de la Reina de Inglaterra a la flor y nata de la profesión: "¿Por qué nadie lo vio venir?").

 El despertador no sonó verdaderamente hasta el 9 de agosto de 2007, cuando BNP Paribas, un enorme banco francés, prohibió la retirada de capital de tres de sus fondos que habían invertido en subprime, las hoy día celebérrimas hipotecas basura estadounidenses.

 Una vez sembrada la duda, el mercado inmobiliario norteamericano inició un desplome a cámara lenta: empezó a bajar la marea, y con ella empezó a verse quién había estado nadando desnudo, según la feliz imagen del inversor Warren Buffett para describir ese lío.

Tras los fondos de BNP, ese rey desnudo resultó ser Bear Stearns, un banco de inversión de EE UU. Los mercados empezaron a oler sangre, a buscar al antílope más lento, y Bear Stearns, empezó a experimentar problemas de liquidez en marzo de aquel fatídico 2008. 

Lo siguiente fue pura profecía autocumplida: cuando los mercados creen que algo va a suceder, acaba sucediendo indefectiblemente. Bear hizo aguas en apenas unos días. La Reserva Federal buscó un comprador, J.P. Morgan, y accedió a hacerse cargo de casi 30.000 millones en activos tóxicos: un rescate en toda regla que despertó las iras de los ayatolás del riesgo moral. Ese rescate fue tildado de "socialismo" por los republicanos estadounidenses, que ni siquiera imaginaban lo que estaba a punto de llegar.

 Tras Bear Stearns, el Tesoro tuvo que gastar miles de millones en Fannie Mae y Freddie Mac: "Lo más importante era salvarles el culo", ha escrito Hank Paulson en sus poéticas memorias. Y, por fin, la siguiente víctima: Lehman. El apocalipsis casis siempre defrauda a sus profetas, pero la lluvia radiactiva provocada por la bancarrota de Lehman fue infinitamente peor de lo que se preveía: tras intentar vender la entidad a un banco coreano y a Bank of America, el Gobierno estadounidense y la cúpula de Lehman iniciaron un interminable romance con el grupo británico Barclays. 

Al final, esa boda se fue al traste porque el Tesoro estadounidense decidió no acudir al rescate con dinero público: en medio de una crisis, un banco solo suele comprar otro banco si el Gobierno de turno saca la chequera, como los españoles pudieron comprobar con el Popular. 

En el caso de Lehman, hubieran hecho falta apenas 50.000 o 60.000 millones para evitar la bancarrota, según los cálculos de por aquel entonces de un ejecutivo español de Lehman que después fue ministro y hasta banquero central europeo.

Pero no: no hubo rescate de Lehman. Por el dichoso riesgo moral. Porque se suponía que ese banco estaba menos interconectado al sistema financiero internacional que otras entidades. Y porque seis meses después de Bear también se suponía (el condicional es casi siempre una pulcra maniobra de distracción cuanto se trata de bancos) que los mercados "habían tenido tiempo suficiente para prepararse", según aseguró Bernanke ante el Congreso de EE UU.

El error de cálculo fue mayúsculo. El mercado se había hecho a la idea de que nadie iba a quebrar: los inversores creían que los Estados no iban a permitirlo. Ese relato se hizo añicos con Lehman Brothers. Pero el citado que cada palo aguante su vela duró apenas unas horas: los rescates volvieron prácticamente de inmediato. Dio igual; para entonces, la confianza ya se había deshecho como un azucarillo.

 El resto es historia: al margen de las consecuencias en EE UU, la crisis se hizo global con Lehman. El caos no se limitó a Estados Unidos. Al poco llegaron Fortis, Dexia, Hypo, los bancos irlandeses, Islandia entera: los Gobiernos, por necesidad, intervinieron de la única forma posible para minimizar los daños inmediatos garantizando de forma efectiva todo el riesgo. 

Los más débiles quebraron. En la eurozona, aún hoy mal equipada para las crisis, los socios del euro se vieron obligados a rescatar a media docena de Estados arrastrados por su sistema financiero (salvo en el caso griego, la única crisis fiscal de campeonato que no fue provocada por la banca sino por un déficit jupiterino maquillado durante lustros).

La tormenta perfecta duró hasta bien entrado octubre de 2008: hasta que los ministros de Finanzas del G7 y el G20 formularon un compromiso inequívoco para impedir la quiebra de las instituciones financieras sistémicas. No más Lehmans, fue la consigna: en última instancia, a pesar del triunfo de los apóstoles del libre mercado, solo la intervención decisiva y globalmente coordinada de los Gobiernos y los bancos centrales detuvo el pánico.

 A pesar de eso, los paradigmas han cambiado poco o nada en las procelosas aguas de la política económica: los sintagmas mágicas preferidos por las autoridades en Europa eran y son austeridad expansiva (sea lo que sea eso) y reformas estructurales. Los estadounidenses leyeron mejor a Keynes y política fiscal y fueron más audaces con la política monetaria. Europa sufrió mucho más: el BCE llegó tarde y Berlín impuso una camisa de fuerza fiscal que ha alargado mucho la crisis. (...)

Fue una crisis de mil caras: financiera, económica, social, de deuda, estadounidense, europea, de empleo, política, migratoria, de todo tipo. Para detenerla, los líderes mundiales prometieron poco menos que una refundación del capitalismo; la prioridad era embridar el sistema financiero. (...)

No hubo tal refundación: "El sistema financiero actual es tan peligroso y frágil como el que llevó a la crisis", asegura Martin Hellwig, del Max Planck Institute.

 Y nadie supo ponerle el cascabel al gato: el lobby financiero (con 2.000 expertos en Washington y casi 1.500 en Bruselas, nada menos) ha impedido reformar de veras las finanzas. Los rescates eran la estrategia correcta a corto plazo y la estrategia equivocada a largo plazo: Estados Unidos y Europa han intentado reforzar los colchones de liquidez y capital, y han tratado de que la banca pague por sus desmanes, pero el resultado final es limitado; desesperanzador. No ha habido auténtica reforma  (...)

"La banca internacional está insuficientemente capitalizada y excesivamente endeudada. Los banqueros siguen cobrando bonus enormes e injustificados. Los bancos centrales les siguen otorgando grandes sumas de dinero a bajos tipos de interés.

 El contribuyente sigue siendo el accionista de último recurso de los bancos", denuncia John Kay en El dinero de los demás, un libro imprescindible en el que justifica "la ira ciudadana contra los banqueros y los políticos que les han protegido" y vaticina "otra gran crisis financiera, porque nada ha cambiado".   (...)

El modelo de negocio de Lehman era exactamente igual que el de la gran banca actual: emplear tan pocos recursos propios como se pueda; invertir en activos de alto riesgo; prometer una alta rentabilidad sobre recursos propios no ajustada al riesgo; vincular los salarios a los beneficios a corto plazo; asegurarse de que el contribuyente pagará la cuenta en caso de catástrofe; enriquecerse rápidamente y todo lo que se pueda. Ese es el maravilloso negocio de los banqueros.

La solución parece clara: más capital y recursos propios, más liquidez, más control de riesgos, más supervisión, mejor regulación. Los economistas coinciden al respecto. Pero no hay forma de ponerle el dichoso cascabel al gato: "La capacidad del sistema financiero para generar complejidad y fragilidad sobrepasa cualquier extremo en cuanto a su alcance, escala y velocidad. 

Las explosiones y burbujas son formidables en los buenos tiempos (excesiva confianza, que termina en créditos y deudas abultadísimos junto a comportamientos turbios o abiertamente ilegales) e implosiones en los malos (pánicos, hundimientos del crédito, búsquedas de cabezas de turco). 

No creo que haya peligro inminente, pero me siento incómodo: la regulación financiera no se ha reforzado lo suficiente y la próxima crisis está esperando, inquietante, en algún lugar", advierte Paul De Grauwe, de la London School. (...)

Algunos de los grandes villanos de estas crisis fueron los máximos responsables de los bancos involucrados. James Cayne, de Bear Stearns, era "un ejecutivo indolente y fumador de marihuana que prestaba más atención al bridge que a su banco" (Y la música paró, genial libro de Alan Blinder, de Princeton). Y Dick Fuld, el máximo responsable de Lehman, era "un hombre intensamente competitivo y enjuto, con ojos hundidos y temperamento inestable" (El valor de actuar, de Bernanke).  (...)"                  (Claudi Pérez, El País, 09/09/18)