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26.3.25

Gaza: un territorio arrasado por Israel sostenido por mujeres... Doctoras, trabajadoras humanitarias o periodistas de la Franja de Gaza describen los retos que enfrentaron en 15 meses de guerra: lidiar con jornadas extenuantes de trabajo y la supervivencia de sus familias, la falta de agua y saneamiento, la proliferación de enfermedades o la amenaza constante de la muerte (Ana Garralda)

 "Doctoras, trabajadoras humanitarias o periodistas de la Franja de Gaza describen los retos que enfrentaron en 15 meses de guerra: lidiar con jornadas extenuantes de trabajo y la supervivencia de sus familias, la falta de agua y saneamiento, la proliferación de enfermedades o la amenaza constante de la muerte.

La voz grave, a veces rota, de Ruba Alkurd, una doctora de 34 años de la organización Médicos sin Fronteras (MSF), bien podría ser la de una mujer mucho mayor que ella. Su imagen muestra a una profesional joven, también madre, pero el sufrimiento que desprenden sus palabras, recogidas en audios enviados durante meses desde la Franja de Gaza, encajaría más con alguien que le dobla la edad, que ha visto demasiado y, con frecuencia, para mal. “Escucho esos audios y me devuelven al infierno”, relata desde el apartamento en las afueras de El Cairo donde hoy reside junto a sus tres hijos: Amín, de nueve años, Jannah, de siete, y Reem, de cuatro.

A la ciudad llegó de urgencia el pasado mayo desde el paso fronterizo de Rafah (entre Gaza y Egipto) donde, después de dos meses de alto el fuego, vuelven a verse tanques israelíes tras la ruptura en la madrugada del 11 de marzo de la última tregua acordada entre Israel y Hamás (en 72 horas de ofensiva israelí al menos 506 palestinos murieron en los bombardeos —más de 130 de ellos eran niños, según UNICEF— y otros 909 resultaron heridos).  

El ejército hebreo también había clausurado pocas horas antes el lado palestino del cruce al iniciar su ofensiva sobre el que entonces era el único rincón de la Franja donde sus tropas aún no habían entrado por tierra. Allí, entre 1,5 millones de personas desplazadas —más de la mitad de la población de Gaza—, hacinadas en condiciones infrahumanas en tiendas, refugios o edificios destruidos, los militares israelíes pensaban encontrar al centenar de rehenes que en ese momento seguían en la Franja (hoy son 59, 24 de los cuales se cree que siguen vivos). 

Como el resto, Ruba y su familia también malvivían, pero a ellos no les quedaba tiempo. Semanas antes, un colega oftalmólogo le dijo que si no operaban pronto el ojo izquierdo de Amín, el hijo mayor, afectado por una lesión anterior, perdería la visión por completo. “La última cirugía se complicó con un glaucoma, le aumentó la presión del ojo y con ocho años le salieron cataratas”, apunta. “Pasé días buscando unas gotas que debía echarle y a un cirujano que pudiera volver a intervenirle, pero no los encontré. El dolor aumentaba y yo no tenía nada que darle a mi hijo. A veces, ni agua”, prosigue la doctora.

Sin apenas comida, agua, ni productos de higiene

Según datos de enero de la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de Naciones Unidas (OCHA), casi la mitad de los gazatíes (y cerca de la totalidad en los 11 meses posteriores al 7 de octubre) disponen hoy de menos de 15 litros de agua diarios, la cantidad mínima recomendada por la ONU por persona y día para beber, cocinar y mantener la higiene personal. “Cuando olía a la gente me sentía devastada”, explica Alkurd. “Sabía que no era por voluntad propia, sino porque no había con qué lavarse, ni jabón, ni ropa limpia que ponerse”, añade. 

La falta de productos de higiene y la proliferación de piojos, sarna y otras infecciones bacterianas —propiciada por la destrucción total o parcial del 80% de la infraestructura de agua y saneamiento de Gaza, incluidas las seis principales plantas de tratamiento de aguas residuales— llevaron a la doctora y a muchas de sus colegas médicas a adoptar medidas para no enfermar. “Nos cortamos el pelo casi al cero. No había agua para mantenerlo limpio, ni hidratado. Se nos caía a diario, como a tanta gente desnutrida. La comida no era la adecuada y no había ni vitaminas, ni minerales”, explica. De acuerdo con los últimos datos de la OCHA, casi el 100% de las mujeres embarazadas y lactantes de Gaza no tienen satisfechas sus necesidades alimenticias y entre el 10% y el 20% están desnutridas. El 86% de la población (1,84 millones de personas) tampoco, incluidos los 4.646 niños (672 de ellos con desnutrición aguda grave) que fueron inscritos en programas de tratamiento de la desnutrición desde que entró en vigor el alto el fuego —el 19 de enero— hasta el 15 de marzo. 

En este contexto, Ruba y Mohamed, su marido, médico de 37 años y uno de los pocos cirujanos vasculares que quedan en Gaza, tomaron la decisión más difícil: cuando fuera posible, ella y sus hijos saldrían de Gaza para operar a Amín, aunque eso implicase que él no pudiera acompañarles. Comenzada la guerra, Israel no permitió salir a los hombres si no portaban otra nacionalidad. La única forma de intentarlo era por la frontera con Egipto, pagando a las mafias 5.000 dólares y lo peor, esperar un mes. “Imagínese la decisión”, afirma Ruba. “Como mujer sentía que abandonaba a mi marido, como médico, a mi gente, pero como madre debía pensar en mis hijos. No tuvimos otra opción”, alega. 

Hoy, desde El Cairo, donde Amín pudo ser finalmente operado (recuperó el 80% de la visión del ojo), Ruba reza para que termine la guerra, reabran el paso de Rafah y pueda reunirse con su marido. Al ser palestinos de Gaza tampoco pueden registrarse en Egipto, por lo que ni a ella se le permite trabajar, ni a sus dos hijos en edad escolar (Amín y Jannah) inscribirse en un colegio. “Les enseño yo desde casa”, comenta. “Nos conectamos a diario con una plataforma de clases online que lanzó el ministerio de Educación [de la Autoridad Nacional Palestina] para niños gazatíes. Al menos podrán tener sus certificados escolares”, indica. 

Por el momento, viven con lo justo. Desde que Ruba abandonase Gaza, la organización para la que trabaja, MSF, instó a los empleados locales que salieron de la Franja a coger un permiso retribuido de seis meses, seguido de otro no remunerado por la misma duración. “Ahora dependemos de lo que nos envía Mohamed. Si no vuelvo antes de julio, incluso aunque no abran la frontera, perderé mi contrato con la organización”, lamenta.

A pesar de todo, la gazatí es consciente de su suerte. Primero, porque en El Cairo disponen de agua, comida, electricidad “y hasta de una lavadora”, destaca. “Ahora sé que tener una es un lujo cuando durante meses y tras jornadas maratonianas de trabajo tenía que lavar a mano y con agua fría toda nuestra ropa. Me salieron ampollas muy dolorosas. Me daba alergia el único detergente que había”, añade.

Por otro lado, en su casa cairota ella y los suyos, por fin, duermen por la noche. Ya no están aterrorizados por el zumbido permanente de los drones israelíes o el estruendo de los constantes bombardeos. Tampoco escuchan a las ratas. “De madrugada, en la habitación donde vivíamos, se podía oír ese gras, gras que hacían cuando rondaban nuestras bolsas. No podía dejar nada fuera. A veces pensaba que si me dormía vendrían y nos comerían vivos. Pensará que suena a broma, pero no lo es”, cuenta. 

La palestina opina que la proliferación de estos roedores no solo se debe al descomunal volumen de basura acumulada en Gaza o a la destrucción de sus sistemas de saneamiento y depuración, sino también a los miles de cadáveres (más de 9.000, según la ONU) que aún permanecen bajo los 40 millones de toneladas de escombros que se amontonan en la Franja, según estimaciones de Naciones Unidas. Retirarlos, dicen sus expertos, llevará más de una década. 

Salir del trabajo y encontrarte sin casa

“En mis 25 años de servicio en Gaza y después de una Intifada y tres guerras (2008-2009, 2012 y 2014) nunca vi tanta muerte y destrucción”, afirma Maha Mahmoud Wafi, técnica de emergencias médicas, de 44 años, desde el Centro de Ambulancias que la Media Luna Roja Palestina (PRCS, por sus siglas en inglés) tiene en la ciudad de Jan Yunis, en el sur de Gaza. Tampoco antes, dice esta sanitaria y madre de seis hijos, había tenido que evacuar su casa, “el único remanso de tranquilidad que conocía”, ni verla totalmente destruida.

Ese fue “el primero de los dos peores días” de la vida de Wafi. Una mañana, mientras trasladaba heridos al Hospital Nasser (el más importante de Jan Yunis) uno de sus hijos la llamó para decirle que los israelíes acababan de avisarles que evacuaran de inmediato la vivienda familiar porque iban a bombardear la zona. “La impotencia fue horrible”, cuenta. “Yo en el trabajo y sin poder comunicarme en condiciones con mis hijos (por el bloqueo intermitente impuesto entonces por Israel) y sin saber si estaban bien”. El segundo peor día, continúa Maha, también la encontró trabajando en una de las ambulancias. Su hermano contactó con la central y pidió que le comunicaran que soldados israelíes acababan de llevarse detenido a su marido. “La angustia de no saber dónde estaba ni por cuántos días o si estaba bien o mal fue terrible”, asevera.

“Gracias a Dios hoy todos estamos bien”, continúa. Durante unos segundos, Maha esboza una tímida sonrisa en su rostro agotado. La realidad, sin embargo, no da tregua. Hoy, una vez termine su jornada laboral, ya no podrá descansar en su casa de Jan Yunis, su “pequeño paraíso” ahora en ruinas (como el 92% de las viviendas de Gaza, según datos de la OCHA). Esta vez, al salir, regresará al oeste de la ciudad, pero a una tienda de campaña en una zona gris y devastada, cubierta por enormes nubes de polvo y rodeada de lagos pestilentes de aguas residuales que no pueden ser tratadas porque ni funcionan las estaciones de bombeo, ni las plantas de tratamiento. 

La suspensión israelí de toda la ayuda humanitaria y comercial desde el 2 de marzo y el cierre de los cruces de mercancías ha empeorado aún más la grave crisis energética de Gaza, con un aumento de los precios del diésel de hasta un 105% y del gas de cocina de hasta un 200%, en comparación con febrero, lo que limita significativamente el acceso a combustible esencial en medio de un continuo apagón eléctrico. 

Hasta entonces, en el Centro de Ambulancias de Jan Yunis, Maha y el resto de paramédicos seguirán lidiando con sus otros frentes: la falta de medicamentos y suministros esenciales o la puesta a punto de las maltrechas ambulancias donde, en 15 meses de guerra, se dejaron la vida 19 de sus compañeros (según Naciones Unidas, 1.060 médicos y trabajadores sanitarios han fallecido en la Franja desde el 7 octubre de 2023).

A este respecto, y antes de finalizar la entrevista, la palestina subraya el valor “extraordinario” de sus compañeros de trabajo, en especial de sus colegas mujeres. “Todas, sin excepción, merecen el mayor de los respetos”, afirma. “A pesar de las enormes dificultades que enfrentan (el riesgo diario durante los traslados; jornadas extenuantes de trabajo o salir de casa sin saber si los hijos estarán a salvo) siguen luchando y con el compromiso que siempre nos guía: brindar ayuda humanitaria y servir a los demás”, alaba.

Informar, a pesar de todo

Guiadas por esa vocación de servicio, Maha Hussaini, de 33 años y Haula al-Jalidi, de 35, decidieron, a muy temprana edad, que querían ser periodistas. “Si creces en una Gaza bajo bloqueo —impuesto por Israel y Egipto en el año 2007— y sufres los estragos de tres guerras, informar ya no es solo una vocación. Para mí es un deber para con mi gente, sobre todo si no hay nadie más (desde octubre de 2023, Israel y Egipto prohíben la entrada de prensa extranjera a Gaza) que lo cuente”, dice taxativa Hussaini, colaboradora de los medios digitales Middle East Eye y The New Humanitarian o de plataformas como la Red Marie Colvin de Mujeres Periodistas. Un trabajo informativo enfocado en Derechos Humanos por el que el año pasado fue galardonada con el Premio al Coraje en Periodismo, otorgado por la Fundación Internacional para las Mujeres en los Medios (IWMF), con sede en Washington. 

“Mi caso, quizá, es más naíf”, cuenta Haula al-Jalidi. “Siendo pequeña ya soñaba con ser periodista para hablar de la belleza y la historia de Palestina, pero lamentablemente de lo único que hablo ahora es de su destrucción y muerte”, ironiza la reportera, que charla con elDiario.es desde El Cairo, donde trabaja como corresponsal para las cadenas de televisión Al Arabiya y Al Hadath.

Al igual que hiciera la doctora Ruba, ella y su marido, Baher, fiscal de carrera ahora desempleado, decidieron abandonar Gaza cuando Israel anunció el comienzo de su ofensiva sobre Rafah, la ciudad donde ellos también habían sido desplazados junto a sus cuatro hijos (el mayor, de 13 años y el menor, de seis) y donde pudieron ser acogidos por los abuelos paternos. 

Previamente Haula y Baher, huyendo de los bombardeos, se habían visto obligados a trasladarles dos veces más, la primera en la ciudad de Gaza y a la semana de empezar la guerra. “Yo hacía la última conexión telefónica del día cuando Baher, nervioso, me empezó a hacer señales”, cuenta. “Había recibido un mensaje diciendo que iban a atacar el barrio y que teníamos que evacuar”. Aturdida, despidió el directo y como pudieron reunieron “la vida que una familia puede empaquetar en 20 minutos”. Tras esa noche, ni ella ni su marido volvieron a ver más el hogar que durante una década construyeron con tanto mimo. “Lloré mucho un día y después otro, pero después pensé en cuánta gente estaba igual o peor y decidí seguir adelante”, relata.

Apoyada por Baher, su “columna vertebral”, Haula trabajó a destajo los meses posteriores. Mientras, sus hijos, que fueron trasladados un total de cuatro veces dependiendo de lo cerca que estaban del lugar donde caían las bombas, quedaron al cuidado de varios familiares. “No había otra opción. Yo podía hacer hasta 18 directos al día, entre las 8:00 y las 16:00 horas, y después continuar en casa con conexiones telefónicas hasta las 22:00”, cuenta la palestina.

Su base de operaciones o “segundo hogar”, al igual que para decenas de periodistas gazatíes, era el complejo del hospital Al-Aqsa, en Deir el Balah, uno de los pocos lugares de la Franja donde había electricidad, funcionaba Internet y reporteros como ella podían realizar conexiones o cargar teléfonos, portátiles y demás aparatos electrónicos. Allí, entre colegas, personas desplazadas y la llegada constante de heridos, Haula y Baher pasaban la mayor parte del tiempo.

También lo hacía Maha Hussaini, quien solía trasladarse hasta allí desde uno de los abarrotados refugios de Deir el Balah donde residía junto a su familia, a la vez varias veces desplazada, hasta el inicio de la efímera tregua. “A pesar de las enormes dificultades, todos hemos trabajado desde el primer día”, asegura la informadora. “Incluso cuando Israel cortó el suministro de electricidad y combustible o destruyó casi todas telecomunicaciones, los periodistas de Gaza nos las arreglamos para contar lo que las voces silenciadas de nuestros colegas no podían narrar”.

Vivir con la muerte cerca

Hussaini se refiere a los 166 periodistas y trabajadores de medios que, según el Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ, en sus siglas en inglés) han sido asesinados en Gaza desde el 7 de octubre de 2023. Desde entonces, el total de muertos palestinos supera los 49.600 (más de la mitad son mujeres y niños) y el de heridos se acerca a los 112.000; en Israel, los fallecidos son 1.200 (de los que alrededor 800 eran civiles) y los heridos son más de 14.900.

“Muchos de los reporteros asesinados eran buenos colegas con los que trabajé”, dice Maha. “Por eso su ausencia me motiva a seguir, para contar lo que ellos no pueden”, añade. Según Hussaini, los informadores han sido uno de los objetivos de Israel durante esta guerra. Hoy asegura despertarse cada mañana tratando de aceptar la idea de que “quizá este día pueda ser el último” o pueda ser “el siguiente blanco de Israel”.

Un temor con el que Maha, sin hijos a su cargo o compromisos familiares, estaba dispuesta a lidiar, pero que motivó la salida de Haula y su familia de la Franja. “La situación era extremadamente peligrosa para todos”, explica. “También conocía a muchos de los compañeros asesinados. De verdad sentías que la muerte estaba cerca, pero a mí lo que más miedo me daba era que alguno de mis hijos pudiera enfermar y no disponer de hospitales con medios donde poderle curar”, apunta. 

A la capital de Egipto llegaron ella y su familia el año pasado gracias a las gestiones y la cobertura económica del grupo Al Arabiya, para el que sigue trabajando como corresponsal, lo que le permite seguir sosteniendo a su familia. A Gaza, por ahora, no sabe si volverán, pero lo que sí tiene claro es la noticia que, en directo y llegado el momento, le gustaría dar: “Hoy, Palestina, ha dejado de estar ocupada. Todos aquellos que se marcharon ya pueden volver y reconstruir sus casas. Pueden regresar”.                (Ana Garralda , eldiario.es, 24/03/25)

10.3.25

Carta a una mujer de clase obrera... Nuestras madres no son nuestras madres, son el sostén de la vida de la clase obrera... Una de las mujeres que hacen posible que el capitalismo sea eficiente porque son las encargadas de que el mundo funcione con una masa ingente de trabajo no remunerado imprescindible para que el sistema tenga la más mínima oportunidad de ser efectivo. No se llama trabajo esclavo, pero se le parece... Nadie en mi familia podría haber sido lo que es sin el trabajo de mi madre, de cualquier mujer de clase obrera de cualquier familia española, de cualquier mujer de clase obrera que tuvo como apellido ser madre, pero que ha sido más que ese apellido, que son mucho más y cuya identidad es más valiosa que la que se les reconoce socialmente por haber parido y criado a unos hijos... Somos lo que somos, hemos estudiado lo que hemos estudiado, hemos trabajado lo que hemos trabajado, porque teníamos a una trabajadora a tiempo completo esperando en casa haciendo todo aquello que creíamos que no llevaba tiempo, que no era un trabajo, que era simplemente su obligación como madre, esposa y mujer... nunca nos paramos a reflexionar sobre el enorme esfuerzo que supone el trabajo doméstico... No nos hemos disculpado por no haber sabido ver, hasta que ha sido muy tarde, el enorme sacrificio que han hecho para hacernos a los demás la vida más fácil... El esfuerzo y carga mental que ha tenido que soportar durante toda su vida le ha provocado un desgaste en salud psicológica que nunca pudo aliviar con terapias porque ni había dinero, ni se consideraba que esa tristeza y pesadumbre de la monotonía, de la falta de motivación y de que nadie valorara el ingente trabajo que hacía era consustancial a su condición de madre... Esta es una carta de agradecimiento a mi madre por el trabajo de toda una vida. Pero también al trabajo de todas las mujeres de clase trabajadora, que, madres o no, han cuidado de cualquier persona a su cargo (o al de sus vecinas o al de sus compañeras de trabajo) y han posibilitado que si este sistema funciona un poco, por poco que sea, es gracias a haberlas explotado de manera inmisericorde (Antonio Maestre)

 "Mi madre no es mi madre, mi madre, y la tuya, son las mujeres sobre las que hemos levantado nuestro futuro, la economía y la prosperidad. Su identidad no se define por haber parido. Nuestras madres no son nuestras madres, son el sostén de la vida de la clase obrera

Mi madre tiene las palmas suaves con los pliegues ajados. Las huellas dactilares se le han borrado. Siempre he creído que se le han quedado lijadas por la abrasión de la lejía y el salfumán que usó toda su vida como trabajadora del hogar, a veces, pocas, remuneradas en casas ajenas, las más, casi todas, como cuidadora de sus hijos y de su marido en la casa propia. Ahora la cuida él a ella, con mucho cariño y abnegación, porque la abrasión que le ha dejado las palmas sin fricción le ha quemado también un pulmón y lleva dentro de sí una enfermedad laboral que jamás será reconocida. Ella no ha fumado en la vida, su nódulo le brotó de aspirar durante cincuenta años productos de limpieza y mierda ajena. Ha trabajado toda la vida sin siquiera tener derecho a una pensión no contributiva y encima ese trabajo no remunerado la ha enfermado con severa gravedad. La pensión es de mi padre, pero sin el trabajo de mi madre nunca hubiera tenido la posibilidad de ganar esa pensión. Mi madre, antes que mi madre, es una mujer de clase obrera, una mujer trabajadora. Una de las mujeres que hacen posible que el capitalismo sea eficiente porque son las encargadas de que el mundo funcione con una masa ingente de trabajo no remunerado imprescindible para que el sistema tenga la más mínima oportunidad de ser efectivo. No se llama trabajo esclavo, pero se le parece.

Nadie en mi familia podría haber sido lo que es sin el trabajo de mi madre, de cualquier mujer de clase obrera de cualquier familia española, de cualquier mujer de clase obrera que tuvo como apellido ser madre, pero que ha sido más que ese apellido, que son mucho más y cuya identidad es más valiosa que la que se les reconoce socialmente por haber parido y criado a unos hijos. El bienestar de la sociedad descansa sobre los hombros de millones de mujeres de clase obrera que habiendo sido madres o no han dedicado su existencia al cuidado del prójimo. Somos lo que somos, hemos estudiado lo que hemos estudiado, hemos trabajado lo que hemos trabajado, porque teníamos a una trabajadora a tiempo completo esperando en casa haciendo todo aquello que creíamos que no llevaba tiempo, que no era un trabajo, que era simplemente su obligación como madre, esposa y mujer. O un regalo, porque nos querían mucho. Puede que ahora no pienses así, algunos todavía lo hacen, pero todos hemos pasado por esos momentos en que nunca nos paramos a reflexionar sobre el enorme esfuerzo que supone el trabajo doméstico. Seguramente porque no lo hacemos nunca.

Las mujeres de clase obrera que han desempeñado su trabajo como cuidadoras no solo han tenido que soportar el desdén y la invisibilización, sino que se han visto sometidas a la violencia patriarcal, a la sexual y a la simbólica. Pregunten a sus madres, a sus hermanas, a sus abuelas, a sus parejas o a sus compañeras de trabajo o militancia, todas ellas tienen una historia de violencia que narrar de mayor o menor intensidad, todas han tenido que cuidar, ninguna ha tenido el reconocimiento social, personal o familiar que merecen. No nos hemos disculpado por no haber sabido ver, hasta que ha sido muy tarde, el enorme sacrificio que han hecho para hacernos a los demás la vida más fácil.

Mi madre es la mía, pero la tuya no es diferente. Las madres de clase obrera son el pilar fundamental de la clase trabajadora y el sistema de producción capitalista hasta el punto de sostener nuestro bienestar emocional y psicológico. Su vinculación con nuestro cuidado es de tal dimensión que he llegado a subrogar mis recuerdos de infancia a sus relatos, todo lo que creo recordar de cuando era niño está basado en lo que mi madre me contaba que hacía. Se sabe mejor mi vida que yo mismo, de manera literal. El esfuerzo y carga mental que ha tenido que soportar durante toda su vida le ha provocado un desgaste en salud psicológica que nunca pudo aliviar con terapias porque ni había dinero, ni se consideraba que esa tristeza y pesadumbre de la monotonía, de la falta de motivación y de que nadie valorara el ingente trabajo que hacía era consustancial a su condición de madre. Ese “indefinible malestar”, del que hablaba Martín Gaite en Desde la ventana recogiendo las palabras de Betty Friedan. Que ser ama de casa era una suerte, que estar siempre en el hogar era cómodo, que cuidar, limpiar y cocinar era su papel y desde luego no un trabajo digno de tal consideración. Ahora tampoco hay dinero para terapia para las mujeres trabajadoras que cuidan y trabajan en casa. Ahora tampoco hay dinero ni tiempo para las obreras que cuidan y trabajan fuera de casa y dentro de ella. La terapia se sustituye por ansiolíticos y antidepresivos cuando hay cita en el centro de salud. Es la manera de tener a ese ejército laboral anestesiado y callado.

Esta es una carta de agradecimiento a mi madre por el trabajo de toda una vida. Pero también al trabajo de todas las mujeres de clase trabajadora, que, madres o no, han cuidado de cualquier persona a su cargo (o al de sus vecinas o al de sus compañeras de trabajo) y han posibilitado que si este sistema funciona un poco, por poco que sea, es gracias a haberlas explotado de manera inmisericorde. Nunca jamás se podrá devolver todo lo que las mujeres de clase obrera que se han matado, a veces de manera literal, haciendo su trabajo no remunerado han hecho. Lo mínimo es el reconocimiento, pero eso no basta. El trabajo se paga. Mi madre no es mi madre, mi madre, y la tuya, son las mujeres sobre las que hemos levantado nuestro futuro, la economía y la prosperidad. Su identidad no se define por haber parido. Nuestras madres no son nuestras madres, son el sostén de la vida de la clase obrera."           (Antonio Maestre, eldiario.es, 09/03/25)

9.3.25

Cuando las mujeres iraníes quemaron sus hiyabs en señal de protesta, recibieron un amplio apoyo occidental. Cuando las mujeres ucranianas tomaron las armas, fueron aclamadas como símbolos de resistencia. Pero cuando las mujeres palestinas excavan entre los escombros para sacar los cuerpos de sus hijos de las ruinas de sus hogares, se encuentran con el silencio o, peor aún, con la sospecha... Una y otra vez, vemos el mismo patrón: la indignación feminista es condicional, el activismo es selectivo y la solidaridad se reserva para aquellos cuyas luchas no desafían el poder occidental... Esta misma narrativa de la mujer morena indefensa que necesita salvadores blancos se ha utilizado para justificar intervenciones militares occidentales aún más recientes, desde Afganistán hasta Irak. Hoy en día, vemos el mismo guion también en Palestina... Occidente presenta a las mujeres palestinas como víctimas, pero no de las bombas, el desplazamiento o el hambre. No, el verdadero problema, nos dicen, son los hombres palestinos... hay que salvar a las mujeres palestinas de su propia cultura, de su propio pueblo, mientras se ignora o se desestima su sufrimiento real bajo la ocupación. La matanza sistemática de mujeres y niños se trata como una desafortunada nota al pie del conflicto, en lugar de su atrocidad central. Vemos el mismo patrón una y otra vez... Esto no es solidaridad. Es complicidad envuelta en retórica feminista, ¿quién se beneficiará realmente del Día Internacional de la Mujer este año? ¿Serán las mujeres cuya opresión encaja perfectamente en las narrativas feministas occidentales, o serán las mujeres que han sido silenciadas, borradas y deshumanizadas, aquellas para quienes «acelerar la acción» ha significado 17 meses de genocidio y 76 años de violencia colonial? En cuanto a mí, me uno hoy a la marcha del movimiento feminista. Marcharé por todas las mujeres palestinas que no solo luchan por ser escuchadas, sino que han sido tan brutalmente deshumanizadas que su sufrimiento en medio de un genocidio se transmite en directo a ojos ciegos y oídos sordos (Maryam Aldossari)

 "Cada 8 de marzo, el mundo se inunda de campañas brillantes que nos instan a «acelerar la acción» e «inspirar la inclusión». El Día Internacional de la Mujer se ha convertido en un espectáculo pulido y amigable con las relaciones públicas en el que los patrocinadores corporativos predican el empoderamiento mientras que las mujeres que más necesitan solidaridad se quedan solas.

Solo puedo esperar que el llamamiento de este año a «acelerar la acción» signifique acción para todas las mujeres, no solo para aquellas que encajan perfectamente en el feminismo corporativo, el activismo mediático y las historias de éxito de la élite.

Pero si la historia sirve de guía, la única acción que se acelerará es la de calificar al feminismo como un producto comercializable, mientras que las mujeres que sufren la guerra, la ocupación y la violencia sistémica se enfrentan a la aniquilación.

Año tras año, el Día Internacional de la Mujer se celebra como un momento global de solidaridad, pero sus prioridades están cuidadosamente seleccionadas. El establishment feminista se moviliza en favor de causas que son aceptables, mediáticas y políticamente convenientes, en las que las luchas de las mujeres pueden enmarcarse como historias de éxito individual, no como injusticias sistémicas.

Cuando las mujeres iraníes quemaron sus hiyabs en señal de protesta, recibieron un amplio apoyo occidental. Cuando las mujeres ucranianas tomaron las armas, fueron aclamadas como símbolos de resistencia. Pero cuando las mujeres palestinas excavan entre los escombros para sacar los cuerpos de sus hijos de las ruinas de sus hogares, se encuentran con el silencio o, peor aún, con la sospecha. Las mismas instituciones feministas que se movilizan contra la «violencia contra las mujeres» luchan incluso por pronunciar las palabras «Gaza» o «genocidio».

En el Reino Unido, en el período previo al Día Internacional de la Mujer de este año, un diputado y organizaciones feministas han organizado un acto sobre «Dar voz a las mujeres silenciadas en Afganistán», en el que participaron feministas que llevaban meses pidiendo el boicot al equipo de críquet afgano. Porque, por supuesto, así es como se enfrenta a los talibanes: asegurándose de que no puedan jugar un partido de críquet.

Esto es lo que se considera solidaridad internacional: gestos simbólicos que no hacen nada por las mujeres que sufren bajo regímenes opresivos, pero que hacen que los políticos occidentales se sientan moralmente superiores.

Permítanme ser clara: las mujeres afganas merecen toda la solidaridad y el apoyo posibles. Su lucha contra un régimen opresivo es real, urgente y devastadora, y sí, lo que están soportando es un apartheid de género.

Pero reconocer su sufrimiento no excusa la hipocresía de quienes esgrimen el feminismo como herramienta política, mostrando su apoyo a las mujeres afganas mientras guardan silencio ante las mujeres palestinas que mueren de hambre, son bombardeadas y brutalizadas ante nuestros ojos.

El ascenso de los talibanes no fue un acto de la naturaleza, sino un producto directo de la intervención del Reino Unido y Estados Unidos. Después de 20 años de ocupación, después de devolver a las mujeres afganas a los mismos hombres a los que Occidente armó y habilitó en su día, estas mismas voces lloran ahora por su destino.

¿Dónde estaban estas mujeres diputadas, feministas destacadas y organizaciones feministas convencionales cuando las mujeres palestinas embarazadas daban a luz en las calles de Gaza porque los hospitales habían sido bombardeados? ¿Dónde estaba la protesta cuando los francotiradores israelíes atacaron a mujeres periodistas, como Shireen Abu Akleh? ¿Dónde estaban los boicots cuando las niñas palestinas eran sacadas de los escombros de sus casas, asesinadas por bombas fabricadas en Estados Unidos?

Una y otra vez, vemos el mismo patrón: la indignación feminista es condicional, el activismo es selectivo y la solidaridad se reserva para aquellos cuyas luchas no desafían el poder occidental. Las mujeres afganas merecen apoyo. Pero también las mujeres palestinas, sudanesas y yemeníes. En cambio, su sufrimiento se enfrenta al silencio, la sospecha o la eliminación total.

El Día Internacional de la Mujer, que en su día fue un llamamiento radical a la igualdad, se ha convertido en un espectáculo vacío, en el que las organizaciones feministas y los políticos eligen qué mujeres merecen justicia y qué mujeres pueden ser sacrificadas en aras de los intereses occidentales.

Durante mucho tiempo, el feminismo ha sido utilizado por los poderosos como una herramienta para justificar el imperio, la guerra y la ocupación, todo ello con el pretexto de «salvar a las mujeres». Durante la Guerra de Independencia de Argelia, los franceses lanzaron una campaña para «liberar» a las mujeres argelinas del velo, haciendo desfilar a mujeres sin velo en ceremonias de propaganda y, al mismo tiempo, maltratándolas y violándolas en centros de detención.

Los franceses, por supuesto, nunca se preocuparon por la igualdad de género en Argelia; restringieron fácilmente la educación y el empleo de las mujeres argelinas. Sus acciones, bajo el pretexto de ayudar a las mujeres, tenían que ver con la dominación.

Esta misma narrativa de la mujer morena indefensa que necesita salvadores blancos se ha utilizado para justificar intervenciones militares occidentales aún más recientes, desde Afganistán hasta Irak. Hoy en día, vemos el mismo guion también en Palestina.

Occidente presenta a las mujeres palestinas como víctimas, pero no de las bombas, el desplazamiento o el hambre. No, el verdadero problema, nos dicen, son los hombres palestinos. Los funcionarios israelíes y sus aliados occidentales repiten el mismo tropo orientalista: hay que salvar a las mujeres palestinas de su propia cultura, de su propio pueblo, mientras se ignora o se desestima su sufrimiento real bajo la ocupación.

La matanza sistemática de mujeres y niños se trata como una desafortunada nota al pie del conflicto, en lugar de su atrocidad central. Vemos el mismo patrón una y otra vez: preocupación por los derechos de las mujeres solo cuando sirve a una agenda política, silencio cuando esos derechos son aplastados bajo el peso de los ataques aéreos y la ocupación militar respaldados por Occidente. Esto no es solidaridad. Es complicidad envuelta en retórica feminista.

Entonces, ¿quién se beneficiará realmente del Día Internacional de la Mujer este año?¿Serán las mujeres cuya opresión encaja perfectamente en las narrativas feministas occidentales, permitiendo que los políticos, las organizaciones feministas y los principales grupos de defensa de la mujer se deleiten en su resplandor autocomplaciente? ¿O serán las mujeres que han sido silenciadas, borradas y deshumanizadas, aquellas para quienes «acelerar la acción» ha significado 17 meses de genocidio y 76 años de violencia colonial?

¿Es esto solo otro ejercicio de «sentirse bien», en el que puede afirmar que apoya a las mujeres de todo el mundo sin enfrentarse al hecho de que su feminismo tiene límites? Porque si realmente se trata de acelerar la acción, entonces, después de 17 meses de bombardeos, hambrunas y desplazamientos, deberíamos escuchar por fin cómo defiende a las mujeres palestinas.

Pero ya sabemos cómo va esto. Se pronunciarán los discursos, los hashtags serán tendencia, se celebrarán los paneles de debate, pero las mujeres de Gaza seguirán sepultadas bajo los escombros, su sufrimiento demasiado políticamente inconveniente para mencionarlo.

En cuanto a mí, me uno hoy a la marcha del movimiento feminista, pero seamos claros, nuestras agendas no son las mismas. Marcharé por todas las mujeres palestinas que no solo luchan por ser escuchadas, sino que han sido tan brutalmente deshumanizadas que su sufrimiento en medio de un genocidio se transmite en directo a ojos ciegos y oídos sordos.

Yo, junto con innumerables mujeres que se niegan a permanecer en silencio, pensaré en cada madre que acuna el cuerpo sin vida de su hijo, en cada hija obligada a convertirse en cuidadora de la noche a la mañana, en cada hermana que busca entre los escombros con sus propias manos. Y nosotras, mujeres que creemos en la solidaridad feminista real y rechazamos la indignación selectiva, no solo «esperaremos» que esta llamada a la acción signifique algo; nos aseguraremos de que lo haga.

Nos aseguraremos de que se escuchen las voces palestinas.Nos aseguraremos de boicotear a quienes se benefician de la opresión palestina. Nos aseguraremos de desafiar a todas las plataformas y a todas las feministas que normalizan el sufrimiento palestino, haciéndolas responsables de su complicidad.

A nuestras hermanas palestinas: Sentimos su dolor. Hemos llevado su lucha en nuestros corazones durante los últimos 17 meses, y sabemos que su lucha no comenzó ahí: han sido 76 años de desafío, de supervivencia, de negarse a desaparecer.

Y sepa esto: el próximo año, el 8 de marzo, no solo lloraremos su sufrimiento, sino que celebraremos su victoria. No su supuesta «liberación» de sus propios hombres, como les gusta decir a las feministas occidentales, sino su liberación de la ocupación colonial de los colonos. Las escuchamos. Las vemos. Y no descansaremos hasta que el mundo entero también lo haga."

( Maryam Aldossari , Investigadora de la desigualdad de género en Oriente Medio, Un. Londres, AlJazeera, 08/03/25, traducción DEEPL)

8.3.25

“Sin las mujeres, el barrio se pararía”... Komando G, colectivo feminista del Polígono Sur de Sevilla: Una de las cosas positivas que tiene el barrio es, que aunque movimiento ciudadano no está en sus mejores momentos, sí se mantiene un movimiento, que fundamentalmente lo mantienen mujeres, y es una de las fórmulas participando en asociaciones, grupos que que les van ayudan a relacionarse con otras personas, a tomar conciencia de la realidad... Son espacios que dan libertad, unión, compartir entre todas, son importantes, generan confianza, espacios de compartir y sobretodo reflexionar sin sentirse juzgada sobre temas como el de la violencia machista, los embarazos tempranos, los matrimonios que son tabú, son temas muy delicados de trabajar y de hablar abiertamente y de entonces aquí se puede... Hay mujeres que tienen el valor de entregar lo que son a los demás, que se implican y que viviendo en el barrio han sabido labrarse un futuro.

"El Polígono Sur es una de las zonas más marginalizadas por las instituciones sevillanas, compuesta por seis barriadas que anualmente encabezan los rankings de pobreza de todo el Estado. En 2024, el INE cifró la renta per cápita media de la zona en 5.816 euros.

Un espacio donde las políticas del Ayuntamiento enquistan el empobrecimiento a través de la falta de inversión en infraestructura y promesas por cumplir, como la de la aplicación de un plan integral para abordar las problemáticas que ahogan al barrio. A principios de 2025, el consistorio sevillano quitó las líneas de autobuses 30, 31 y 32, actualmente han vuelto con incidencias, una decisión que puede suponer un mayor aislamiento para la población.

En torno al Polígono Sur circulan en el imaginario colectivo una serie de ideas preconcebidas que vinculan al vecindario a la suciedad, la delincuencia y la violencia. Entre todas esas imágenes, además, sobresale en el día a día la de las mujeres que habitan el barrio, trabajan, cuidan a los suyos y a los de alrededor, se preocupan, resisten y comparten más allá del estereotipo.

Inma, Eli, Sole, María Luisa y Nuria son algunas de las mujeres que forman parte del Komando G, una red feminista del Polígono Sur en la que participan vecinas y mujeres representantes de entidades sociales que busca ser un espacio de cuidados y reivindicación para todas las mujeres del Polígono Sur bajo el lema “komandamos, konstruimos y kooperamos”.

¿Cómo surge Komando G y por qué?
Surge de la Mesa de Igualdad que coordinaba la Administración pública con las entidades sociales que había aquí en en el barrio, surge de la necesidad de incorporar la perspectiva y las miradas de las vecinas del barrio, cosa que desde la Mesa de Igualdad no nos permitía porque es personal técnico. Surge también de la necesidad de salir a la calle, de visibilizar la problemática de estas vecinas aquí en el barrio.

¿Por qué creéis que es esencial contar con la visión de las mujeres del barrio?

Las mujeres en el Polígono Sur está igual de marcada que en el resto de lugares por el machismo imperante en esta sociedad patriarcal, pero aquí hay una serie de circunstancias que agravan la situación, el tema de que las niñas abandonan la escuela a los 14 años, los embarazos tempranos, los matrimonios siendo aún una chiquilla.

El tema del acceso al trabajo por las condiciones de trabajo que se tienen son siempre muy precarias. También los roles que se llevan a cabo en la familia, pues son roles también marcadamente discriminatorios. La mujer es la que cuida de la casa,de la economía, cuidar a los ancianos, cuidar de los niños, etc. Entonces nos parece que son circunstancias sobre las que tenemos que ir trabajando y dando pasitos, empezando con el tema de la educación, de cómo conseguir que las niñas, las jóvenes sigan estudiando, se sigan formando para poder tener un futuro más en libertad. A esto se nos suma que las mujeres vamos a pedir trabajo y por decir que vienes del polígono sur no te lo dan.

¿Y qué qué herramientas utilizáis para enfrentar esta problemática?

Trabajamos sobre todo con campañas de concienciación y con distintas actividades para que las vecinas del barrio tomen conciencia. Por ejemplo hicimos una liguilla femenina para concienciar a través del deporte, o batucadas, marchas por el barrio. Llevamos un par de años trabajando en coordinación con la Coordinadora de Educación aquí del polígono para que podamos encaminar todo este trabajo en la misma línea, todos los centros educativos y el Komando G.

Hay una serie de ideas preconcebidas y de estereotipos en torno a los vecinos y las vecinas del Polígono Sur, y quería preguntaros: ¿cómo afecta especialmente todo estereotipo a las mujeres, a sus vidas y a sus posibilidades de futuro y a su día a día también dentro del barrio?
Nos afecta en todos los sentidos, porque si no te dan trabajo fuera y el único trabajo que hay aquí es limpiar casas por diez euros, mal remunerado. Es el círculo de la pobreza, el estigma hace que no puedas salir de este círculo de la pobreza porque ya no te da posibilidades. Hay proyectos de inserción laboral que lo intentan pero cuando acaban te vuelves al barrio y no hay otra salida. Además, la falta de infraestructuras complica las cosas.

¿Cómo creéis que se pueden romper esas ideas preconcebidas?

Una de las cosas positivas que tiene el barrio es, que aunque movimiento ciudadano no está en sus mejores momentos, sí se mantiene un movimiento, que fundamentalmente lo mantienen mujeres, y es una de las fórmulas participando en asociaciones, grupos que que les van ayudan a relacionarse con otras personas, a tomar conciencia de la realidad. Yo creo que la mejor fórmula para luchar contra esto es la organización.

Y las políticas de marginalización junto a la falta de infraestructuras, ¿qué impacto tienen?

Aquí en el barrio una cosa que se ha dicho desde hace ya 20 años que llevaba el comisionado es que hay una necesidad de un plan integral, es decir, que no se puede que cada administración vaya por su camino haciendo puntás, porque una puntá por aquí y otra por allí y el trapo sigue roto, no se termina de coser. Es muy importante el tema de la seguridad, hay que ir rompiendo con los cánones de delincuencia que hay. Hay personas trabajadoras que el único delito que han cometido es ser pobres.

También el empleo para los jóvenes, creo que se tendría que hacer más para que las jóvenes pudieran empezar a trabajar desde que terminan el instituto y se les pudiera abrir a otra vida.

¿Qué creéis que aportan los espacios de mujeres al barrio?

Son espacios que dan libertad, unión, compartir entre todas, son importantes, generan confianza, espacios de compartir y sobretodo reflexionar sin sentirse juzgada sobre temas como el de la violencia machista, los embarazos tempranos, los matrimonios que son tabú, son temas muy delicados de trabajar y de hablar abiertamente y de entonces aquí se puede.

¿Cuáles son las mujeres que os inspiran, vuestras referentes?

Muchas mujeres que han hecho por el barrio y que llevan muchos años aquí trabajando por el barrio, ya sea en entidades, con su trabajo fuera de casa o como vecinas o en alguna asociación de mujeres, como ama de casa o cuidadora. Hay mujeres que tienen el valor de entregar lo que son a los demás, que se implican y que viviendo en el barrio han sabido labrarse un futuro.

En muchas ocasiones creemos que el feminismo tiene que ser cuestión de grandes hitos, pero realmente en cualquier barrio las mujeres están realizando actos de resistencia frente al machismo y la desigualdad. ¿Cuáles son los que pasan día a día en el Polígono Sur?
Las mujeres han tomado las riendas del protagonismo social en el barrio, son las mujeres las que están implicadas en la asociación de vecinos, en las cuestiones de salud, de educación tú vas a los colegios y las que están son las madres con las niñas apoyando yendo a las excursiones. Están implicadas en todo, el problema es el rol y la carga de trabajos y cuidados que tienen.

Es una inspiración las mujeres mayores del barrio, cómo han ido descubriendo lo que ellas vivieron y que hoy en día expresan que no volverían a repetir y como ahora mismo son mucho más libres y disfrutan por ejemplo de su sexualidad y de su tiempo libre. Después de haber pasado por mucho ahora disfrutan, hablan, van a los talleres y comparten sus experiencias. Como dice la pancarta que hemos hecho sin mujeres el Polígono Sur se para."

31.12.24

2024, cuando la vergüenza cambió de bando: el año de Gisèle Pelicot, Nevenka Fernández y el ‘Me Too’ español

 "En este 2024 a punto de sellar su broche final, distinguidos hitos y hechos ya históricos se han hecho de notar en clave feminista. Con el lema 'que la vergüenza cambie de bando', Gisèle Pelicot se ha constituido como un nuevo horizonte de esperanza para las mujeres después de ganar un histórico juicio de violación en Francia; también otro de los casos más estremecedores de la historia reciente de nuestro país, el de Nevenka Fernández, que ha sido devuelto al foco con su adaptación cinematográfica. Asimismo, ha tenido lugar durante este año un escenario que se asemeja a aquel movimiento Me Too que despertó en Hollywood, el cine y teatro español se han visto manchados este año por numerosas denuncias de abusos y agresiones sexuales de parte de renombrados artistas. 

La violencia de género no sólo muestra su peor cara cuando trasciende un crimen machista –cuando este 2024 se han contabilizado 47 asesinadas por esta lacra-, sino también cuando las mujeres levantan la voz denunciando abusos y agresiones sexuales. Este grito contra el machismo estructural comprende un peso mayor cuando se da en el plano público y toca a una figura reconocida, bien sea desde el plano político, institucional o del espectáculo. Pero qué importan nombres o estatus cuando la dinámica es la misma: atentar contra la integridad sexual, física y emocional de una mujer por el mero hecho del mandato patriarcal. Por desgracia, ejemplos no faltan.

Cultura y política, manchadas por el patriarcado: del caso Errejón al Me too español

Dos ámbitos dispares se han colocado en el foco este año por un mismo patrón: la violencia machista. Quizás el que más ha encendido la opinión pública ha sido el que ha venido de la mano de un referente que, hasta la fecha, era considerado aliado feminista. Íñigo Errejón, exdirigente de Sumar, fue epicentro de sendas acusaciones por parte de más de una decena de mujeres que acudieron a la periodista Cristina Fallarás para relatar, en anónimo, sus alegatos de pesadilla.

El que fuera fundador de Más Madrid dejó la política ante los rumores de estas acusaciones que, nada más conocerse su renuncia, se confirmaron a cuentagotas. Un escenario que, durante semanas, y todavía candente, continúa siendo objeto de debate público y político, en el que se han venido dando reacciones tanto de estupor como de inquietud. ¿Queda así constatado que la violencia machista se esconde incluso, aunque no en todos los casos, en aquellos que abanderan la causa feminista? “Incluso en espacios que se presentan como progresistas, el machismo y la violencia no desaparecen. Este tipo de denuncias exigen algo más que gestos vacíos o posicionamientos políticos ambiguos: necesitan una respuesta contundente, justicia efectiva y el compromiso real de erradicar cualquier rastro de impunidad”, valoran desde Federación de Mujeres Jóvenes (FMJ) en conversaciones con ElPlural.com.

En paralelo, pero con el mismo patrón, este año se han dado, desafortunadamente, diversos ejemplos de actitudes y abusos machistas en el cine y teatro español, lo que ha hecho levantar la voz de la cultura nacional. Como si del Me Too que despertó en el seno de Hollywood se tratase, hasta tres artistas directivos en nuestro país se han visto salpicados por sendas denuncias de actrices y mujeres que trabajaron con ellos. Eduard Cortés, Ramón Paso y Carlos Vermut son los tres nombres que han salido a la palestra en estos meses. “El mundo del cine sigue siendo un terreno fértil para la perpetuación de la violencia de género. El abuso de poder, silencio cómplice y normalización del acoso han creado un sistema que protege a los agresores y silencia a las víctimas. (…) El cine es un reflejo para la sociedad, pero ahora mismo no es un reflejo digno”, subrayan sobre este aspecto desde FMJ.

A golpe de confesiones con relatos estremecedores en medios de comunicación y redes sociales, las víctimas de Vermut, Paso y Cortés han alzado la voz a lo largo de este 2024. Las que denunciaron al cineasta de Manticora allá por enero relataron haber sufrido relaciones sexuales no consentidas y de carácter violento: “Me inmovilizó, estranguló y forzó a tener sexo”, detalló una de ellas. En el caso del director teatral Ramón Paso, fue objeto de denuncias por presuntos delitos sexuales por hasta 14 mujeres, hechos comprendidos entre 2018 y 2023. Así, el más reciente, el que se cierne sobre el tercero de los mencionados, hasta 52 voces femeninas han dicho ‘basta’ con sus testimonios: “Estamos organizándonos para decidir juntas cuál es la mejor manera de denunciar esto”, dijo una de las denunciantes en redes sociales, la fotógrafa Silvia Grav."

Un atisbo de esperanza llamado Gisèle Pelicot

Pero restémosle peso a aquellos maltratadores, pongamos el acento en ellas, y en quién mejor que Gisèle Pelicot. Mujer coraje, valiente y que ha marcado un verdadero hito histórico con un juicio que ha traspasado fronteras, ha estremecido y ha unido, aún más si cabe, a todas las feministas. ‘Que la vergüenza cambie de bando’ se ha constituido como un nuevo lema para hacer ver que el miedo no lo debemos tener nosotras por hablar, sino ellos por haber cometido las atrocidades denunciadas.

Pelicot fue violada por 50 hombres durante una década, una operación orquestada por su propio marido que, a su vez, la drogó y grabó sin su consentimiento. La denunciante fue violada en casi un centenar de ocasiones y, hasta pasados los años, no descubrió la aterradora verdad. Llevando el caso a los tribunales franceses, y sin mostrar ni un ápice de miedo o arrepentimiento por su decisión, se ha alzado como un icono, un ejemplo a seguir y un símbolo que dice ‘basta’. “Nunca me he arrepentido de esta decisión, no me arrepiento de dar la cara. (…) A partir de hoy, se recordará a la señora Pelicot y cada vez menos al señor Pelicot”, expresó a su salida del juzgado de Aviñón, donde el tribunal dictó sentencia para su exmarido, Dominique Pelicot y el resto de violadores con penas de entre 5 a 20 años de cárcel.

“El sistema sigue sin comprender el impacto devastador que estas violencias tienen sobre las víctimas. (…) Gracias a Gisèle Pelicot, y a muchas otras que este año se han atrevido a visibilizar, la lucha sigue y se habla de estos casos”, insisten desde FMJ.

Nevenka y las mujeres que abrieron paso

Si bien es cierto que 2024 obliga a seguir trabajando de manera colectiva para que cese la violencia que ahoga y mata, también es cierto que ejemplos como el de Gisèle Pelicot han dibujado un año donde se han cambiado las tornas y la voz de la víctima ha pasado a ser la protagonista y dueña de la historia, un papel hasta ahora ostentado recurrentemente por el agresor.

El testimonio de la francesa no ha sido el único que este 2024 ha reflejado en primera persona y sin tapujos lo que tantísimas otras vienen sufriendo de años atrás. Sin necesidad de cruzar la frontera, en este mismo país, la historia de Nevenka Fernández, que el 27 de septiembre llegó a las salas de cine, ha traído nuevamente al presente lo que en su día sirvió para abrir caminos en la senda de la igualdad. El de la economista ponferradina fue el primer juicio que consiguió dictar condena a un político por acoso sexual y laboral en España, concretamente a Ismael Álvarez, concejal por el PP y alcalde de Ponferrada. Su caso, además de facilitar que otras mujeres fueran alzando la voz progresivamente, supuso también revisar los abusos que se cometen en los altos cargos de poder y también una demostración de hasta qué punto la justicia y la sociedad cuestionaba en ese momento el relato de la víctima. El fiscal de la causa, José Luis García Ancos, fue expulsado del caso por el interrogatorio hacia Nevenka en el que, no solo ponía en duda su testimonio, sino que reflejaba el claro machismo presente en las instituciones con declaraciones como: "Usted no es la empleada de Hipercor que le tocan el trasero y tiene que aguantarse porque es el pan de sus hijos”.

Pese a que las pruebas terminaron dando la razón a Nevenka y la justicia ordenó finalmente una condena de nueve meses de prisión para Álvarez, una multa de 6.480 euros y una indemnización a la víctima de 12.000 euros, los efectos de la resolución se tintaron de un color agridulce, no solo por resultar insuficientes para la defensa, sino por no contar apenas con el respaldo de la sociedad. Pese a demostrarse la verdad de los abusos, el apoyo hacia el exalcalde no cesaba, lo que provocó que Nevenka se viera obligada a trasladarse a Inglaterra para poder vivir alejada del ruido y de una sociedad que inmersa todavía en la cultura patriarcal, se le hacía difícil creer a la primera víctima de abusos por parte de un alto cargo en el país. 

Todo esto, y 22 años después de aquella condena, Icíar Bollaín quiso recuperar el testimonio de Nevenka y devolver su historia a las salas de cine. En septiembre, la misma ciudad que fue testigo de aquel mediático e histórico juicio, también lo fue de un estreno que contó con la presencia de la misma protagonista y que se rindió ante ella, ahora sí, reconociendo su historia y aplaudiendo su coraje

Con estas líneas deseamos a nuestros lectores un feliz año. Nuestro deseo personal, como periodistas, es que en 2025 os podamos contar noticias algo más amables, que reflejen cierta esperanza, contaros el avance próspero de una sociedad donde las mujeres van perdiendo progresivamente el miedo a andar solas por la calle, sea la hora que sea, donde sus derechos no se vean interrumpidos, y, por supuesto, una sociedad donde hombres y mujeres trabajen de manera coordinada para que ni una sola mujer más en el mundo muera asesinada por el mero hecho de haber nacido mujer. "

( MARTA ALBERCA / LIRIOS ARQUES , El Plural, 31/12/24)

29.10.24

Carolina Bescansa: A muchas, el estallido del escándalo Errejón nos ha abierto en canal. Hemos hecho demasiados duelos por la muerte del proceso de cambio político que construimos en 2014. Espero de verdad que este sea el último... Creo en la veracidad de las declaraciones de todas las mujeres que han denunciado y cuentan con todo mi apoyo... Creo que las denuncias formuladas contra Iñigo Errejón relatan hechos asquerosos e incompatibles con la representación política... Nunca oí ninguna denuncia de violencia sexual contra quien durante años fue mi compañero de militancia y de partido, ni siquiera rumores... A pesar de que sabemos que el único responsable del comportamiento sexual de un hombre es ese mismo hombre, desde el mismo momento en el que Errejón presentó su renuncia, algunos compañeros creyeron que podían sacar ventaja y, de paso, ajustar cuentas pendientes... Algunas de la profesión también se subieron al carro. A lo largo del jueves, algunos competían en los pasillos del Congreso y en los platós de TV para convencer a las periodistas de que habían sido ellos y no los del Frente Popular de Judea quienes habían lanzado la primera piedra contra Errejón: la primera y la más fuerte... tengo algunos calificativos: miserable, zafio, rastrero...

 "Durante años creí que si hubiera estado en octubre del 31, habría apoyado a Victoria Kent frente a Clara Campoamor. Hoy, ayer, uno de estos días, me he dado cuenta de que no habría sido capaz. Si lo piensas hasta el final, la posición de Victoria Kent es imposible: no se avanza en democracia retrasando ensanchar la democracia. 

A muchas, el estallido del escándalo Errejón nos ha abierto en canal. Hemos hecho demasiados duelos por la muerte del proceso de cambio político que construimos en 2014. Espero de verdad que este sea el último.

Un proyecto político no es un estilo de vida ni una marca de ropa ni un corte de pelo. Un proyecto político es un acuerdo de mucha gente sobre cómo organizar la sociedad en base a criterios económicos, culturales y éticos. Siempre que existan esos acuerdos, existirá quien los represente, y en el ejercicio de la representación habrá algún nivel de contradicción. Si alguien que ejerce la representación afirma que no está atravesada por ninguna contradicción es que miente o está ciega de narcisismo. No creo en la política que se concibe a sí misma como una identidad (de clase, religión, género, etnia o cultura). Es más, detesto esa forma de entender la política. Creo en el pueblo y siempre he hecho política para cambiar mi país y el mundo en el que vivo en una dirección clara y concreta. Dicho esto: todo tiene un límite y lo que estamos viendo lo traspasa ampliamente. 

En estos días no he dejado de darle vueltas a cuatro ideas: la primera es vieja, la segunda es pequeña, la tercera es difícil y la cuarta molesta. 

La primera: la vieja. 

El único responsable del comportamiento sexual de Íñigo Errejón es Iñigo Errejón. El único responsable del comportamiento sexual de un hombre es ese hombre. Esto nos lo enseñó el feminismo hace mucho tiempo.  

La segunda idea: la pequeña. 

A pesar de que sabemos que el único responsable del comportamiento sexual de un hombre es ese mismo hombre, desde el mismo momento en el que Errejón presentó su renuncia, algunos compañeros creyeron que podían sacar ventaja y, de paso, ajustar cuentas pendientes. En un ejercicio público de clamorosa miseria comenzaron las insinuaciones en los platós y los susurros en los oídos de las periodistas. Algunas de la profesión también se subieron al carro. A lo largo del jueves, algunos competían en los pasillos del Congreso y en los platós de TV para convencer a las periodistas de que habían sido ellos y no los del Frente Popular de Judea quienes habían lanzado la primera piedra contra Errejón: la primera y la más fuerte. Y lo hicieron con tanto ímpetu que no se dieron cuenta de que las razones que portaba la piedra, dimitido Errejón, les ponía a ellos mismos en una posición resbaladiza. No sé ponerle nombre a esto, pero tengo algunos calificativos: miserable, zafio, rastrero.

Cuando algo me desborda reviso a las que nos precedieron para ver si encuentro luz. He encontrado a Concepción Arenal: “Odia el delito, compadece al delincuente”. Después me acordé de Manuela Carmena. No he escuchado a ninguna portavoz tomar este camino. Sólo pedradas y navajazos. 

Tercera idea: la difícil. 

Creo todos los relatos que he leído en el muro de Cristina Fallarás. Me veo reflejada. La mayoría de las mujeres sabemos que son verdad porque al leerlos percibimos inmediatamente el olor de la intimidación, el desconcierto y el silencio autoimpuesto que viene después. 

Dicho esto: que miles de mujeres humilladas y agredidas por machistas babosos o violadores identifiquemos un muro de IG como el lugar más seguro para presentar nuestras denuncias, no me parece un éxito del feminismo sino un fracaso de la democracia y del Estado de derecho. Bien por el desbordamiento: lo necesitamos. Pero no deja de ser una desgracia que acarrea en sus entrañas acciones potencialmente tan repugnantes como los hechos que la han propiciado. 

Necesitamos abrir un espacio en la conversación pública para poder hablar de violencia sexual y otras formas de violencia machista igualmente insoportables, aunque menos escandalosas a ojos de los platós. Y ese espacio no pueden ser las redes. Las redes no son nuestras. No están diseñadas para reflexionar sino para odiar (en política, en deportes, en cultura, en todo). Ahora mismo, con tanta mentira de por medio, no se puede ni plantear esto. 

Cuarta idea: la molesta. 

Los partidos que están gestionando esta crisis han dejado claras dos cosas. La primera es que en su interior no existe ningún órgano encargado de investigar y resolver los conflictos internos. En el curso de un escándalo, la dirección puede expulsar en cuestión de minutos a cualquier dirigente o militante sin recabar pruebas o tomar declaración a las personas implicadas. La segunda es que en la gestión de una crisis que desde el primer momento confronta una tensión entre la consideración mediática del escándalo y la tipificación jurídica de las conductas escandalosas, las decisiones se han tomado atendiendo exclusivamente a lo mediático. Y a partir de ahí, se ha administrado el linchamiento público como sanción complementaria a la exigencia de responsabilidades políticas. No veo cómo esta forma de proceder puede ayudar a las víctimas, al feminismo o a la democracia.  

Por si no ha quedado claro: 1º Creo en la veracidad de las declaraciones de todas las mujeres que han denunciado y cuentan con todo mi apoyo. 2º Creo que las denuncias formuladas contra Iñigo Errejón relatan hechos asquerosos e incompatibles con la representación política. 3º Nunca oí ninguna denuncia de violencia sexual contra quien durante años fue mi compañero de militancia y de partido: ni siquiera rumores."

(Carolina Bescansa, CTXT, 29/10/24)

28.10.24

Antón Losada: No son muchos quienes preguntan en voz alta por qué la responsabilidad individual de Errejón por su tenebrosa conducta debe difuminarse en una suerte de responsabilidad colectiva que, por lo visto, corrompe y desacredita el trabajo, la lucha, el compromiso y el sacrificio de miles de personas durante décadas en este país... pues al parecer, como todo el mundo sabe, fueron los gobiernos de derechas quienes situaron en la agenda pública y los presupuestos generales el Estado el drama de la violencia de género o el horror del acoso sexual, quienes legalizaron el derecho al aborto, quienes aprobaron el matrimonio igualitario, o quienes han situado el consentimiento en el centro de los delitos sexuales... la izquierda en España tiene hechos y leyes para acreditar décadas de aprobar e impulsar políticas de igualdad que se encontraron siempre con otra constante igualmente histórica: la feroz oposición de los mismos que ahora quieren convertirnos a todos en hipócritas cómplices o encubridores de Errejón. No se trata de reclamar superioridad moral alguna. Es Historia. No doy lecciones, pero tampoco las recibo. Ni mi conducta ni mis creencias se reflejan en una especie de test Errejón impuesto por los mismos que niegan la violencia de género, y consideran la política de igualdad un un despilfarro en chiringuitos y cursos para que los niños aprendan a masturbarse... Resulta un lugar común sostener que ya no es tiempo de izquierdas y derechas. Disiento. Nunca pareció tan necesario

 "Dos días después de las revelaciones y denuncias sobre la agresiva voracidad sexual –y de la otra– de Íñigo Errejón, la izquierda española continúa en shock, mientras otros muchos van pasando de la simpatía hacia las víctimas al escrutinio implacable de su catadura moral pues, como es costumbre en España, los delitos sexuales de un hombre siempre tienen que acabar, de alguna manera, siendo responsabilidad de una mujer.

Una parte de esa izquierda parece concentrar sus esfuerzos en dejar muy claro que ellos lo hicieron todo bien y ahora –mejor habría sido antes– lo importante son las víctimas. Otra parte concentra sin complejos sus desvelos en darle la razón a la derecha política y confirmar que Errejón es la pistola humeante que andaban buscando; la demostración incontestable de que todo el resto de la izquierda solo son sepulcros blanqueados que “por fuera lucen hermosos, pero por dentro están llenos de podredumbre”. Ambas partes coinciden, en cambio, en dos cosas: dar ruedas de prensa para decir lo que ya sabemos y confirmar lo que nos temíamos, y anunciar cursos, cursillos y protocolos antiacoso por docenas.

No son muchos quienes preguntan en voz alta por qué la responsabilidad individual de Errejón por su tenebrosa conducta debe difuminarse en una suerte de responsabilidad colectiva que, por lo visto, corrompe y desacredita el trabajo, la lucha, el compromiso y el sacrificio de miles de personas durante décadas en este país. 

Según denuncia el dedo acusador de la derecha política, Errejón es la prueba viviente de que todo era mentira, de que se cae otra pancarta hipócritamente levantada, pues al parecer, como todo el mundo sabe, fueron los gobiernos de derechas quienes situaron en la agenda pública y los presupuestos generales el Estado el drama de la violencia de género o el horror del acoso sexual, quienes legalizaron el derecho al aborto, quienes aprobaron el matrimonio igualitario, quienes reconocieron los derechos de las personas trans o quienes han situado el consentimiento en el centro de los delitos sexuales. 

La izquierda no puede dar lecciones, es cierto. Hubo y hay mucha gente de derechas luchando por esas libertades y esos derechos, también es cierto. Pero también resulta igualmente cierto que la izquierda en España tiene hechos y leyes para acreditar décadas de aprobar e impulsar políticas de igualdad que se encontraron siempre con otra constante igualmente histórica: la feroz oposición de los mismos que ahora quieren convertirnos a todos en hipócritas cómplices o encubridores de Errejón. 

No se trata de reclamar superioridad moral alguna. Es Historia. No doy lecciones, pero tampoco las recibo. Ni mi conducta ni mis creencias se reflejan en una especie de test Errejón impuesto por los mismos que niegan la violencia de género y la llaman doméstica, que consideran los presupuestos para políticas de igualdad un despilfarro en chiringuitos y cursos para que los niños aprendan a masturbarse, que mienten al hablar de mujeres con denuncias falsas o frivolizan con las discriminaciones que padecen a diario en este país las personas LGTBIQ+. 

Resulta un lugar común sostener que ya no es tiempo de izquierdas y derechas. Disiento. Nunca pareció tan necesario, aunque solo sea por el bien del rigor histórico."

( Antón Losada ,eldiario.es, 27/10/24)

22.8.24

A un año del 'Se Acabó'... ¿Dónde estabas tú cuando España ganó el Mundial de fútbol de 2023? La victoria de las campeonas del Mundo tomó una nueva dimensión cuando Luis Rubiales, presidente de la Federación de Fútbol, decidió que él tenía los huevos y el poder suficiente para plantarle un beso en la boca a una de las futbolistas y hacerse el señor de la fiesta... la forma en que las jugadoras de la Selección Española, así, en mayúsculas, afrontaron lo que se les vino encima elevó su épica y llegó hasta los hogares donde nunca se escuchaba El Larguero... el “Se acabó” fueron dos gestas paralelas... la deportiva, la que demostró que el fútbol femenino tenía calidad, que brillaba a pesar de todas las piedras en el camino, de décadas y décadas de maltrato estructural y sistémico. Lo hicieron en colectivo, en una suerte de nuevo sindicalismo deportivo frente a una patronal implacable, la más poderosa de todas, y a sabiendas de que, como en 2021, caería sobre ellas la letra escarlata de “amotinadas” y de “rebeldes”, que bien podría costarles la salud, y la carrera... La segunda victoria fue, obviamente, la feminista. El “Se acabó” sobrevino en un momento de profundo cuestionamiento político de las conquistas políticas y culturales de los feminismos contemporáneos, simbolizado con crudeza en el feroz ataque de la derecha judicial y mediática a la ley del sólo sí es sí... cuando algunas se resignaban ya a replegarse al silencio, millones de mujeres en el mundo conectaron con Hermoso, se indignaron con ella, hicieron suya esa sensación de impotencia y de rabia que tantas hemos sentido. Ellas, Putellas, Hermoso, Paredes y cía, supieron explicar con una claridad pasmosa algo tan complejo como el consentimiento, y demostraron que todo aquello iba, sobre todo, de poder... El arrope del feminismo a las futbolistas, inesperado, torrencial, internacional, intergeneracional, fue una reparación no solo a la propia Hermoso, –a quien fue bellísimo ver dar las campanadas de fin de año en la Puerta de Sol-– sino a todo un movimiento social, popular, y político al que hasta entonces habían reprochado por activa y por pasiva el haber ido “demasiado lejos” (Irene Zugasti)

 "¿Dónde estabas tú cuando España ganó el Mundial de fútbol de 2023? Quizá viéndolo desde el sofá, la tumbona o el porche, porque ocurrió al mediodía. O trabajando, incluso aunque fuese un domingo de verano. Igual lo escuchaste conduciendo de vuelta del puente más español de todos los puentes, el de agosto. O lo mismo ni te enteraste, porque no te interesa el fútbol, pero probablemente, sí supiste de todo lo que vino después.

La victoria de las campeonas del Mundo tomó una nueva dimensión cuando Luis Rubiales, presidente de la Real Federación Española de Fútbol, decidió que él tenía los huevos y el poder suficiente para agarrar la cara de una de las futbolistas, plantarle un beso en la boca y hacerse el señor de la fiesta, de toda las fiestas, de hecho. Decían que aquello empañó su Copa del Mundo, pero lo cierto es que precisamente la forma en que las jugadoras de la Selección Española, así, en mayúsculas, afrontaron lo que se les vino encima elevó su épica y llegó hasta los hogares donde nunca se escuchaba El Larguero. El resto de la historia, en fin, ya la conocen. Yo tuve la suerte de poder contarla.

Cuando CTXT me propuso escribir #SeAcabó, dentro de su editorial Escritos Contextatarios, me pregunté si era correcto hacerlo. Había hecho bandera durante toda mi vida de mi repudio al fútbol, punto neurálgico de tantos males: clasismo, racismo, machismo, corrupción. Pero bueno, precisamente por eso, parecía interesante hacerlo. Al fin y al cabo, una llevaba toda la vida rodeada de señores que le explicaban su trabajo, así que tampoco era tan grave que, por una vez, se cambiasen las tornas. Fruto de esa idea nació un ensayito, un relato en forma de partido –con sus medios tiempos, sus penaltis, sus tarjetas rojas, sus expulsiones–  escrito pese al síndrome de la impostora, pese a sentirme, y con razón, una intrusa. Tal fue la inmersión que tuve que terminar reconociendo que el fútbol (no el sistema-fútbol del capitalismo salvaje, ni el nacionalmadridismo que tanto detesta Miguel Mora) podía ser apasionante y hasta revolucionario. Y así, página a página, parimos el librito aquel. Me gusta pensar que lo hicimos, por encima de todo, con la convicción de que el “Se acabó” necesitaba una narrativa feminista, una reivindicación desde el nosotras, para evitar que, otra vez, nos arrebatasen el relato.

El libro plantea que el “Se acabó” fue no una, sino en realidad, dos gestas paralelas: la primera, obviamente, la deportiva. La que demostró que el fútbol femenino tenía calidad, que brillaba a pesar de todas las piedras en el camino, de décadas y décadas de maltrato estructural y sistémico. Las deportistas, en su feroz emancipación, estaban disputando otro fútbol, con más derechos laborales, más justo, más solidario, más inclusivo, más real, por las que fueron y por las que vendrían tras ellas. Lo hicieron en colectivo, en una suerte, si queréis verlo así, de nuevo sindicalismo deportivo frente a una patronal implacable, la más poderosa de todas, y a sabiendas de que, como en 2021, caería sobre ellas la letra escarlata de “amotinadas” y de “rebeldes”, que bien podría costarles la salud, y la carrera.

La segunda victoria fue, obviamente, la feminista. El “Se acabó” sobrevino en un momento de profundo cuestionamiento político de las conquistas políticas y culturales de los feminismos contemporáneos, simbolizado con crudeza en el feroz ataque de la derecha judicial y mediática a la ley del sólo sí es sí. Pero entonces, en medio de una violencia política despiadada y disciplinante, cuando algunas se resignaban ya a replegarse al silencio, millones de mujeres en el mundo conectaron con Hermoso, se indignaron con ella, hicieron suya esa sensación de impotencia y de rabia que tantas hemos sentido. Ellas, Putellas, Hermoso, Paredes y cía, supieron explicar con una claridad pasmosa algo tan complejo como el consentimiento, y demostraron que todo aquello iba, sobre todo, de poder. De quienes tenían derecho a agarrarse los huevos y a besarnos en la cara y de quienes debían consentirlo sin rechistar. De quienes aplauden y legitiman los abusos y de a quién se castiga por denunciarlos. El arrope del feminismo a las futbolistas, inesperado, torrencial, internacional, intergeneracional, fue una reparación no solo a la propia Hermoso, –a quien fue bellísimo ver dar las campanadas de fin de año en la Puerta de Sol-– sino a todo un movimiento social, popular, y político al que hasta entonces habían reprochado por activa y por pasiva el haber ido “demasiado lejos” y el haber hecho “demasiado ruido”. Cómo se equivocaron.

 Gracias a ese librito, que se hizo carne a través del trabajo del equipo de CTXT, –porque esto va de eso, de jugar en equipo–, y gracias también a una prologuista y amiga muy valiente, Irene Montero, #SeAcabó ha viajado muchos kilómetros y ha permitido que a su sombra brotasen conversaciones de horas y horas con muchas personas que deseaban comentarlo, hablar sobre ello. Qué emocionante, qué aprendizaje, –qué hostia de humildad también, todo sea dicho–, ha sido poder debatir horas y horas sobre la doble victoria de las campeonas del mundo. Arrancamos una noche de invierno en Madrid, junto a Boti García, que convirtió la historia en un precioso ejercicio de memoria colectiva, y hasta hoy, hemos peregrinado cuando el tiempo lo permitía, de ciudad a ciudad, siendo a veces decenas, a veces unas pocas, y a veces nadie, todo hay que decirlo. Da igual. En sus andanzas, este ensayito ha conocido a personas fascinantes que bien valían el viaje: a las jugadoras de un equipo valenciano, Samarucs, que están rompiendo todas las convenciones con su manera de entender el fútbol, la comunidad, la vida. A las fascinantes vallekanas de más de treinta que juegan al rugby sin complejos y a las que aún debo un partido. A expertas de verdad en esto del deporte, no como yo: Marta, Lucía, Pato, Mar, Pilar, Carlos… que llenaron sus páginas de sentido. También a esos hombres, ya mayores, público cautivo quizá, que se atrevieron a hablar de feminismo por primera vez en aquellas charlitas. A los centros sociales, a los pequeños proyectos que se mantienen gracias al tiempo y las manos de unas pocas almas y que algunos tienen la indecencia de llamar chiringuitos. En gira por aquí y allá, pudimos también plantear el gran debate pendiente de la masculinidad y los machismos de vestuario y conocer a personas, como Bellerín, con el coraje suficiente para poner sobre la mesa esa revolución tan necesaria, tan inaplazable. Y por supuesto, claro, están ellas: esas pequeñas librerías de la resistencia, donde escuchar era mucho más interesante que escucharme. Una vez, hasta presentamos el libro en un polideportivo donde no vino ni una persona a oírme, y en el silencio rebotaban los balonazos de las chavalas, que, detrás de mí, chutaban a la portería. Me pareció bonito.

 Hace pocos días me preguntaban si el balance, a un año de todo aquello, es positivo. Y una, que es optimista de la voluntad y pesimista de la razón, cree que sí. Aunque no me corresponde ser yo quien lo afirme. Pero sí, claro que valió la pena. A pesar de los pesares.

Dejadme ir con los pesares primero. Y es que, aunque fueron muchos los tipos detestables que cayeron de la silla en aquellos días, los cambios estructurales, dentro y fuera de la Federación, no llegaron tan lejos como nos hubiera gustado a muchas. Se descabalgó a Rubiales, a Vilda, y a otros tantos que se sentían impunes y a los que gracias al “Se acabó” pusimos nombre, apellidos y responsabilidades y que hoy deberán rendir cuentas judiciales por ello. Ellas solas hicieron temblar a una estructura federativa y de clubes –y política, ojo– que durante años había liquidado sin piedad sus carreras, aspiraciones y derechos. Pero sí, Rubiales campaba a los pocos meses en Santo Domingo jugando a las casitas, Vilda obtuvo un retiro tranquilo entrenando a la selección marroquí, y algunos, como Carlos Santiso, que no debería acercarse a una deportista en kilómetros, siguen con el culo puesto en el banquillo de Vallekas. Los Florentinos continúan siendo, como dice Fonsi Loaiza, los señores de este país. También se depuró conveniente al feminismo rebelde de las instituciones, ministerios y partidos, para volver a una calma chicha, a una institucionalidad sin tacha que conviviría sin mayor problema con Rubiales y cía., de retorno a una política pública que ha perdido ya cualquier vínculo con la calle. Pero que nadie se olvide; antes que sus propios enemigos, fue el “Se acabó” quién hizo temblar a esos señores sin nombre. La primera vez que muchos tuvieron miedo de perder sus privilegios, sus corruptelas y su derecho de pernada fue cuando tuvieron delante a las feministas.

No obstante, hay mucho, muchísimo más, en el lado de lo bueno. Cualitativamente, como contaba hace poco Ricardo Uribarri, se han multiplicado las federaciones, los clubes femeninos, el deporte de base. También los protocolos, las medidas y los recursos ante la violencia sexual que ya no podrán ser simple papel mojado. “Referente” ya no será más una palabra que solo se aplique al masculino singular. Las crías pueden aspirar a ser y a admirar (porque claro que todas necesitamos admirar y querer ser) a mujeres valientes y coherentes, y no a tipos obsesionados consigo mismos, cubiertos de unos tatuajes horterísimas, que coleccionan supermodelos y lamborghinis. Los valores que ellas han puesto sobre la mesa son la evidencia de otra forma de hacer deporte, de hacer equipo, comunidad, salud, amigas, o carrera profesional. Para muestra, sirvan los Juegos Olímpicos, donde de nuevo el feminismo ha salido al rescate del escrutinio desalmado que se ha hecho sobre los cuerpos de las mujeres, de las deportistas. Ahí queda la imagen de Simone Biles y Raquel Andrade, rendidas la una a la otra en el podio, llamándose “reinas” mutuamente, celebrando sus medallas y no sus derrotas, sin la necesidad de golpear, como Alcaraz, la raqueta en el suelo hasta destrozarla. 

No es poco, ¿verdad? En realidad, es impresionante, si echamos la vista atrás…y hasta aquí puedo leerles, o contarles. Lo que queda por delante, serán ellas quienes lo escriban. Solo espero que estemos por aquí para acompañarlas y recordarles que gracias a ellas se acabó el cuento de nunca acabar."                       (Irene Zugasti , CTXT, 20/08/24)

5.7.24

Es evidente que la expansión de la extrema derecha en todo el mundo es posible gracias al apoyo financiero y mediático que le presta una buena parte de los grandes poderes que gobiernan el mundo... Sin embargo, me parece igualmente claro que esa expansión fue posible porque la extrema derecha se ganó el apoyo de las clases trabajadoras y, últimamente, de una proporción cada vez mayor del voto femenino. Algo que inevitablemente debe considerarse como resultado de la impotencia o la inoperancia (en cualquier caso, del fracaso) de los movimientos que supuestamente defienden sus intereses, la izquierda y el feminismo... El protagonismo de la izquierda y el feminismo como motores de los cambios sociales que han traído más progreso a la humanidad en los últimos 150 años me parece que está fuera de toda duda. Sin embargo, eso no puede ser razón para reconocer que ese impulso ha sido insuficiente o incapaz de frenar el auge contemporáneo de las políticas neoliberales y el actual, mucho más peligroso, de la extrema derecha... la izquierda no sólo no logra atraer a la inmensa mayoría de las clases trabajadoras, sino que no impide que estas se constituyan como la base social y electoral de la extrema derecha. Y lo mismo puede decirse del feminismo... Si la izquierdas y el feminismo no asumen los problemas que realmente preocupan a la gente común y a la gran mayoría de las mujeres y si, además, no se presentan ante la sociedad como referentes ejemplares que practican con coherencia lo que predican ¿a quién puede extrañar que las mujeres y hombres más vulnerables y desfavorecidos busquen cobijo allí donde se les presta apoyo y se les ofrece comprensión, aunque esto se haga a base de demagogia y de mentiras? (Juan Torres López)

 "Es evidente que la expansión de la extrema derecha en todo el mundo es posible gracias al apoyo financiero y mediático que le presta una buena parte de los grandes poderes que gobiernan el mundo. Está muy bien estudiado que eso pasó con el nazismo y el fascismo del siglo XX, y lo mismo sucede ahora.

Sin embargo, me parece igualmente claro que esa expansión fue posible en aquel momento y lo es ahora porque la extrema derecha se ganó  el apoyo de las clases trabajadoras y, últimamente, de una proporción cada vez mayor del voto femenino. Algo que inevitablemente debe considerarse como resultado de la impotencia o la inoperancia (en cualquier caso, del fracaso) de los movimientos que supuestamente defienden sus intereses, la izquierda y el feminismo.

Es cierto que, allí donde gobiernan, los distintos partidos de la izquierda (más o menos radicales) lo hacen con diferencias nítidas frente a lo que hace la derecha. Es algo que también está perfectamente documentado y es fácil comprobar que la sensibilidad hacia los intereses sociales es mucho mayor y que los resultados son también diferentes, incluso cuando los matices (como pueda ocurrir en Estados Unidos con el partido demócrata y el republicano, o con las socialdemocracias europeas respecto a las corrientes liberales) sean pequeños. Y también es evidente que los logros más avanzados en cuanto a disfrute de derechos sociales y políticos han venido históricamente de la mano de la izquierda, política y sindical, que ha estado detrás de las grandes movilizaciones populares para reclamarlos.

Lo mismo podría decirse del feminismo. Ni uno sólo de los indudables e incluso podríamos decir que gigantescos avances que se han producido en la lucha contra la discriminación, por la igualdad y por el reconocimiento de los derechos de las mujeres se hubieran podido dar sin el impulso del movimiento feminista.

El protagonismo de la izquierda y el feminismo como motores de los cambios sociales que han traído más progreso a la humanidad en los últimos 150 años me parece que está fuera de toda duda.

Sin embargo, eso no puede ser razón para reconocer que ese impulso ha sido insuficiente o incapaz de frenar el auge contemporáneo de las políticas neoliberales y el actual, mucho más peligroso, de la extrema derecha.

Aunque las izquierdas en todas sus variantes sigan siendo capaces de aplicar medidas o reformas progresistas y sin duda positivas, lo cierto es que no sólo no logran atraer a la inmensa mayoría de las clases trabajadoras, sino que no impiden que estas se constituyan como la base social y electoral de la extrema derecha. Y lo mismo puede decirse del feminismo: si bien ha sido capaz de luchar con gran éxito contra la discriminación de género, no creo que pueda decirse que eso haya ido de la mano de un avance parecido en la difusión de valores y comportamientos no patriarcales. Es más, resulta muy evidente que el tan deseable y justo mayor protagonismo de las mujeres en la vida pública reproduce con gran frecuencia las formas de ser y actuar que históricamente han sido propias de los hombres y del patriarcado. Se ha producido lo que Simone de Beauvoir temía y advirtió en sus escritos: la incorporación de las mujeres a la vida pública se hace casi siempre abrazando los códigos y valores masculinos.

La crítica de lo que ha podido suceder en las izquierdas para llegar a ser tan impotentes y fracasar, no sólo como motor de transformación, sino como dique de contención de la extrema derecha, se viene realizando desde hace años. Yo mismo lo he analizado en mi último libro Para que haya futuro y he hecho propuestas de solución, aunque es otra evidencia que se trata de un debate que no ha llegado al interior de las organizaciones y del que sus dirigentes apenas se hacen eco ni tratan de impulsar.

En el caso del feminismo, creo que se va por detrás. Curiosamente, en contra de lo que cabía esperar, y reproduciendo a su vez comportamientos típicos de la masculinidad más tóxica, lo que se percibe son luchas intestinas y ataques que tienen muy poco que ver con la sororidad que se pregona, o discusiones ideologizadas que responden a posiciones o intereses identitarios particulares y no al conocimiento científico o a evidencias sociales.

Mientras en el seno de las izquierdas y del feminismo no se abra un debate profundo, humilde, generoso y sincero sobre los errores que se vienen cometiendo, será imposible evitar lo que se está produciendo: el desapego creciente y el alejamiento y rechazo de sus postulados y propuestas por cada vez mayor parte de las clases trabajadoras y de un creciente número de mujeres. Si la izquierdas y el feminismo no asumen los problemas que realmente preocupan a la gente común y a la gran mayoría de las mujeres y si, además, no se presentan ante la sociedad como referentes ejemplares que practican con coherencia lo que predican ¿a quién puede extrañar que las mujeres y hombres más vulnerables y desfavorecidos busquen cobijo allí donde se les presta apoyo y se les ofrece comprensión, aunque esto se haga a base de demagogia y de mentiras?"    

(Juan Torres López, blog, 03/07/24)

22.2.24

Caso Alves: la justicia asume el consentimiento La Audiencia de Barcelona condena a cuatro años y seis meses de prisión al futbolista por violar a una joven en los baños de una discoteca. La sentencia reconoce el marco feminista del ‘solo sí es sí’... una mujer joven, que se hallaba feliz y voluntariamente de fiesta en el reservado de una discoteca en compañía de un futbolista millonario, famoso, con admiradores en todo el planeta, casado y además mucho mayor que ella, ha sido creída por la justicia al relatar que este la condujo hasta un baño donde la violó, la abofeteó y la insultó, pese a que no hubo testigos de la agresión... Algo está cambiando, al fin... muchas reacciones furibundas exigen más años de condena... se nos olvida que hace muy poquitos años la mujer agredida ni siquiera se hubiera atrevido a denunciar, que la discoteca no habría contando con ningún protocolo para atenderla (como de hecho sí ocurrió) y que la sociedad –los medios de comunicación, los tertulianos, los forofos futboleros– no la hubiera creído con casi total seguridad

 "El tribunal de la sección 21 de la Audiencia de Barcelona, compuesto por tres magistrados (una mujer y dos hombres), ha emitido esta mañana una sentencia –en la que la palabra ‘consentimiento’ aparece en 27 ocasiones–, por la que condena a cuatro años y seis meses de prisión al futbolista Dani Alves tras agredir sexualmente a una joven en los baños de una discoteca el pasado 30 de diciembre de 2022. La sentencia no es firme y Alves ya ha anunciado que recurrirá. 

Dicho de otra manera: una mujer joven, que se hallaba feliz y voluntariamente de fiesta en el reservado de una discoteca en compañía de un futbolista millonario, famoso, con admiradores en todo el planeta, casado y además mucho mayor que ella, ha sido creída por la justicia al relatar que este la condujo hasta un baño donde la violó, la abofeteó y la insultó, pese a que no hubo testigos de la agresión. 

La víctima, que en los últimos meses ha sido blanco de una lamentable campaña de acoso orquestada por la madre del futbolista, trató de renunciar inicialmente a la indemnización que le correspondía, probablemente asustada ante la posibilidad de que se creyera que su relato estaba motivado por intenciones espurias. Un tiempo después reconoció que la agresión le había producido secuelas psicológicas graves e iba a necesitar el dinero para poder acceder a un tratamiento reparador. Si hubiera sido atropellada en un paso de peatones nadie habría pensado que tenía que renunciar a la indemnización –que a menudo es además insuficiente para cubrir los costes del tratamiento de las secuelas– para ser creída en su relato. 

En cualquier caso, no ha sido necesario que la joven haya renunciado a sus derechos legítimos. Algo está cambiando, al fin. La justicia –habitualmente ideada e impartida por hombres y mujeres privilegiados, machistas, profundamente sesgados y anquilosados en ideas rancias– empieza a entender cómo funciona el consentimiento. Y este no es, en absoluto, un logro menor. 

Queda mucho camino por recorrer, pero todo apunta a que, gracias al feminismo, por fin estamos caminando en la dirección correcta

Venimos de un paradigma punitivista descaradamente tramposo que exige a las mujeres una conducta de víctimas perfectas y una capacidad probatoria rayana en lo imposible, puesto que hablamos de crímenes y delitos que suelen producirse en la intimidad. Ese mismo marco punitivista acusa después a las mujeres de hundirles la vida a los hombres a los que denuncian, responsabilizándolas a ella de las condenas draconianas que impone la justicia cuando no le queda más remedio. Frente a ese sinsentido, emerge un nuevo planteamiento basado en el consentimiento, en el que ni las víctimas son perfectas, ni los agresores monstruos irrecuperables, sino solo mujeres que piden ser respetadas cuando dicen ‘no’ y hombres que han de responder por sus actos. 

Todavía queda mucho camino por recorrer. En caliente, y con la sentencia recién salida del horno, muchas reacciones furibundas exigen más años de condena, o aseguran que el futbolista ha comprado parcialmente su libertad al disponer de dinero para indemnizar a su víctima. 

Aunque así fuera, se nos olvida que hace muy poquitos años la mujer agredida ni siquiera se hubiera atrevido a denunciar, que la discoteca no habría contando con ningún protocolo para atenderla (como de hecho sí ocurrió) y que la sociedad –los medios de comunicación, los tertulianos, los forofos futboleros– no la hubiera creído con casi total seguridad. Se nos olvida que en caso de haber acudido a la justicia se habría visto cuestionada hasta la náusea y obligada a demostrar heridas físicas y psicológicas de toda índole. Tal vez habría sufrido, como sufrió la víctima de La Manada, que un detective la espiara durante meses para decidir si su vida se estaba tambaleando lo suficiente. Tal vez el juez le habría preguntado, como ocurrió durante el juicio por el asesinato de Nagore Laffage, si era muy ligona y solía subir alegremente al piso de alguien que acababa de conocer. Su vida –sus parejas, su profesión, sus ligues anteriores, sus noches de fiesta– habrían sido expuesta con crueldad y usados como arma contra ella. Queda mucho camino por recorrer, sí, pero todo apunta a que, gracias al feminismo, por fin estamos caminando en la dirección correcta. "               (Adriana T.  , CTXT, 22/02/2024)

16.1.24

Estudio del CIS: la hegemonía feminista que ocultaron los titulares del 44%... El 83,9% cree que las mujeres aún sufren desigualdad... un 57,9%, considera que estas desigualdades son bastante grandes... según el 70% de los encuestados, ese problema de desigualdad ha mejorado algo en los últimos 10 años... el 60,3% se muestra en contra de que se discrimine a los hombres... el 61% cree que las mujeres tienen peores salarios... El 65,3% cree que las mujeres tienen que esforzarse más que los hombres para demostrar su valía en puestos de trabajo idénticos... El 80% aprueba que un hombre se defina como feminista... más allá de titulares envenenados, quienes aún se rebelan ante las reivindicaciones feministas son clara minoría frente a la conciencia igualitaria... El titular correcto hubiera sido que “con un 80% de los grandes medios en manos de la derecha, menos de la mitad de los hombres sienten como un problema la lucha por la igualdad” (Gerardo Tecé)

 "El Centro de Investigaciones Sociológicas publicó el lunes 15 de enero un informe sobre cómo la población española percibe la igualdad entre hombres y mujeres. Un estudio, cuyo titular más repetido en los medios de comunicación fue que “el 44% de los hombres creen que la igualdad ha llegado demasiado lejos”. Tanto que son ahora los hombres quienes sufren discriminación, según ese 44% de hombres. La elección del titular es tendenciosa, ya que la opción minoritaria es presentada como noticia. ¿No tendría más sentido haber titulado que el 56% de los hombres no se siente discriminado por las políticas de Igualdad? Además de tendencioso, el titular difundido es, en esencia, estúpido. 

Que la igualdad genere discriminación, los medios que se hicieron eco deberían saberlo, es tan probable como que la lluvia provoque sequía. Quizá, analizando el estudio completo y buscando una correlación entre las opiniones de la ciudadanía y la estructura mediática en España, el titular correcto hubiera sido algo así como que “Con un 80% de los grandes medios en manos de intereses económicos cercanos a la derecha, menos de la mitad de los hombres sienten como un problema la lucha de las mujeres por la igualdad”. Sea como sea, el titular del 44% difundido ayer esconde una serie de conclusiones abrumadoras a favor del feminismo en España. Conclusiones que no tuvieron recorrido alguno en unos grandes medios que decidieron que la elección del dato polémico y fragmentado generaría más clicks que la amplia realidad. Y la realidad es la siguiente.

Según el estudio del CIS, el 21,4% de la población siente antipatía por el movimiento feminista (valoraciones de 0,1,2 y 3 sobre 10) mientras que la mayoría de la población, el 52,8%, dice sentir mucha simpatía por el colectivo feminista (valoraciones de 7,8,9 y 10 sobre 10). En cómputo global, incluyendo críticos y partidarios del feminismo, la población española valora esta lucha con un 6,13 sobre 10. El estudio pregunta por la percepción de la desigualdad entre hombres y mujeres en España y el resultado es claro. El 83,9% cree que las mujeres aún sufren desigualdad respecto a los hombres. La mayoría de la población, un 57,9%, considera que estas desigualdades no son pequeñas, sino bastante grandes o muy grandes a pesar de que, según el 70% de los encuestados, ese problema de desigualdad ha mejorado algo en los últimos 10 años.

Llegamos a la pregunta favorita de los grandes medios de comunicación: ¿Se ha llegado tan lejos en la promoción de la igualdad de las mujeres que ahora se está discriminando a los hombres? Un 38% de las personas encuestadas –hombres y mujeres– están de acuerdo con esta afirmación, mientras que el 60,3% se muestra en contra. Ante la pregunta de si la situación actual de las mujeres en España es mejor, igual o peor que la de los hombres en el ámbito laboral, el 61% cree que las mujeres tienen peores salarios y el 58,9% cree que las mujeres se encuentran con más dificultades a la hora de ascender en su puesto de trabajo. El 65,8% cree que son las mujeres quienes mayores problemas tienen a la hora de conciliar vida familiar y laboral. El 65,3% cree que las mujeres tienen que esforzarse más que los hombres para demostrar su valía en puestos de trabajo idénticos. Fuera del ámbito laboral, el feminismo parece haber impuesto la conciencia igualitaria de manera abrumadora. El 80% aprueba que un hombre se defina como feminista. El 87,8% aprueba que un hombre recrimine a sus amigos en caso de que tengan comportamientos machistas.

Sólo un dato que hablase del 100% de los encuestados concienciados en favor de la igualdad y de la injusticia que supone que ésta no sea efectiva, sería tranquilizador. Teniendo esto en cuenta, la encuesta del CIS arroja resultados preocupantes. El estudio muestra la fotografía de una sociedad en la que algunos sectores aún se resisten a aceptar la igualdad entre hombres y mujeres como el estado natural y justo de las cosas. Pero venimos de donde venimos y, más allá de titulares envenenados, quienes aún se rebelan ante las reivindicaciones feministas son clara minoría frente a la conciencia igualitaria."

( Gerardo Tecé    , CTXT, 16/01/2024)

31.12.23

2023... el año que las togas jugaron a hacer política... el año que Abascal no fue vicepresidente del Gobierno... el año del SeAcabó y del doble mazazo a Irene Montero... El año en el que la extrema derecha dictó la política migratoria europea

 "2023, el año que las togas jugaron a hacer política. 

Un sector relevante de la Justicia se levanta al calor de la amnistía para combatir con todos los altavoces posibles las decisiones del Gobierno y la mayoría parlamentaria. (...)

La ley de amnistía —y los acuerdos de investidura que la acompañan— han encontrado un inédito movimiento impulsado por sectores conservadores de la judicatura y la fiscalía, determinados como nunca antes en democracia a combatir decisiones de los otros dos poderes, el Ejecutivo y del Legislativo, con todos los altavoces imposibles. Y obviando, de paso, su obligación de mantener la apariencia de imparcialidad en el debate partidista. 

 Ataviados con las togas que tienen la obligación de vestir durante los actos procesales, jueces y fiscales se han manifestado ante las sedes de juzgados y tribunales; sus salas de gobierno —dominadas por la conservadora Asociación Profesional de la Magistratura (APM)— han emitido contundentes comunicados contra una ley cuando ni siquiera se conocía, y los portavoces de las principales asociaciones del ámbito judicial, e incluso jueces y fiscales a nivel particular, se han prodigado en entrevistas, artículos o mensajes en redes sociales alertando sobre la supuesta “aniquilación de la separación de poderes”. 

En el centro de la respuesta está un órgano caducado, cuya renovación bloquea el Partido Popular desde hace un lustro. El Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), el órgano al que corresponde la organización de los juzgados y tribunales, hizo un pronunciamiento contrario a la ley de amnistía cuando no se conocía ni una sola palabra del texto. Antes de que hubiera trascendido borrador alguno, la mayoría de vocales elegidos en su día a propuesta del Partido Popular logró sacar adelante una resolución que advertía de que la futura norma iba a suponer “la abolición del Estado de Derecho”. 

De ese acuerdo se apearon los miembros del minoritario bloque progresista y el presidente interino del órgano, Vicente Guilarte, que sí se ha mostrado muy beligerante ante las alusiones a las comisiones parlamentarias de investigación que recoge el acuerdo de investidura suscrito entre el PSOE y Junts. El documento no contempla la inclusión automática en la ley de amnistía de los casos que el independentismo considera 'lawfare' —o persecución judicial por motivos políticos—, pero sí abre la puerta a que este tipo de asuntos se aborden en comisiones de investigación en el Congreso.(...)"         (Elena Herrera, eldiario.es, 30/12/23)


 "2023: el año que Abascal no fue vicepresidente del Gobierno.

 La hazaña de Pedro Sánchez en este 2023 que hoy termina fue impedir que España tuviera un vicepresidente del Gobierno de extrema derecha. El líder del Partido Popular Alberto Núñez Feijóo no dijo que nombraría vicepresidente a Santiago Abascal, pero tampoco dijo que no lo haría en caso de que ambos partidos sumaran los escaños suficientes. Serlo o no serlo estaba en manos de Abascal, que con toda seguridad no iba a repetir el error andaluz de 2018 de quedarse fuera del Gobierno, desde donde Juan Manuel Moreno y Elías Bendodo torearon durante casi cuatro años a un Vox que resultó ser mucho más mansurrón de lo que su bravía oratoria parecía prometer.

Difícilmente podría haberle negado Feijóo la entrada en el Gobierno a un Vox con 33 decisivos escaños. Truncar las aspiraciones ultras fue, claro está, obra de mucha más gente, no solo de Sánchez, pero la historia en el medio plazo y el periodismo en el corto suelen ser poco cuidadosos en la atribución de unos méritos que en realidad están mucho más repartidos de lo que historiadores y periodistas sancionan. (...)"  (Antonio Avendaño, El Plural, 31/12/23)


"2023, el año del SeAcabó y del doble mazazo a Irene Montero.

En 2023, la selección española de fútbol, la femenina, por si alguien aún necesita esa aclaración, ganó el Mundial. Y no solo eso sino que dio una lección de trabajo en equipo, resistencia y feminismo con la reacción ante el machismo insoportable en el fútbol.

El caso Rubiales y su respuesta colectiva, #SeAcabó, ha sido uno de los grandes temas de este año que, en el ámbito institucional, queda marcado por la reforma del PSOE a la leyde libertad sexual y por una convocatoria electoral que deja un panorama complejo para las políticas feministas. (...)

A mediados de noviembre de 2022 empiezan a conocerse los primeros casos de rebajas firmes de condenas por delitos contra la libertad sexual en aplicación de la reforma del Código Penal por la Ley Orgánica de Garantía Integral de la Libertad Sexual, que había entrado en vigor el 7 de octubre. Estas rebajas abrían la que ha sido la crisis más dolorosa para el Ministerio de Igualdad, por apuntar al corazón de sus políticas: la emblemática ley del solo sí es sí. (...)

Sin embargo, las diferencias internas no restan potencia a un feminismo que permea cada vez más profundo y que muestra su potencial transformador con el caso Rubiales, que empieza el 20 de agosto. Ese día, la noticia era esta: la selección española de fútbol había ganado el Mundial que se había disputado en Australia y Nueva Zelanda, imponiéndose en la final ante Inglaterra (1-0), con un gol de Olga Carmona.

Pero el presidente de la Real Federación Española de Fútbol, Luis Rubiales, hace que la atención se desvíe con un gesto en el que fuerza un beso a la jugadora Jenni Hermoso durante la ceremonia de entrega de medallas. La imagen, retransmitida en directo por RTVE, se extiende rápidamente por las redes sociales. La conciencia social sobre las dinámicas de la violencia sexual y el machismo hace el resto, y se genera una avalancha de críticas.

Después de eso, pasan muchas cosas: un vídeo vergonzoso de Rubiales, una asamblea vergonzosa de la Federación, unas falsas disculpas, una inhabilitación, una destitución. Pero lo que pasa, sobre todo, es #SeAcabó. “Se acabó. Contigo compañera, Jenni Hermoso”, escribía la futbolista Alexia Putellas en sus redes sociales. Muchas futbolistas hacen suyas las palabras de Putellas y apoyan a Hermoso. La consigna se extiende a todos los ámbitos y se convierte en bola de nieve feminista. Crece, llega a las calles. Y, poco después, se producen los cambios que han transformado para siempre el fútbol. (...)" (Patricia Reguero, El Salto, 30/12/23)


"2023: El año en el que la extrema derecha dictó la política migratoria europea.

Es cierto que el número de llegadas a territorio Schengen este año, es el más elevado desde 2016 —cuando 389,976 personas llegaron a Europa—tras la crisis de los refugiados. En los siete años transcurridos desde entonces, en lugar de centrar recursos y esfuerzos en humanizar el sistema de acogida, agilizar las solicitudes de asilo, o garantizar vías legales y seguras, los gobiernos europeos han profundizado en la securitización de la frontera, alimentando la industria de la vigilancia por un lado, y normalizando las tesis más restrictivas frente a la migración por el otro, con el liderazgo narrativo de la extrema derecha. (...)

Prueba del esfuerzo securitario es la inversión destinada a la polémica Frontex, la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas, creada en 2005 y dotada por aquel entonces con una financiación de seis millones de euros, en 2016 recibió 251 millones, y en 2023 845,5 millones, con un plan para el periodo 2021-2027 que prevé un gasto de unos 900 millones de euros al año, lo que la convierte en la agencia europea con más presupuesto. Desde 2016, 21.164 personas habrían perdido la vida solo en el Mediterráneo, 2.746 en 2023, el número más alto desde 2017. Las de la OIM son cifras conservadoras frente a otras organizaciones, además al número de personas cuyas vidas se perdieron en el Mediterráneo habría que añadir las que murieron intentando acceder a Europa por tierra, o las personas fallecidas o desaparecidas en la ruta Canaria, especialmente peligrosa. Solo en e el primer semestre de 2023 el colectivo Caminando Fronteras denunciaba la pérdida de 778 vidas en esta ruta. (...)
Legalizar la vulneración de derechos

Los penúltimos titulares sobre la ofensiva contra los derechos de las personas migrantes los ha protagonizado la Francia de Emmanuel Macron, que el pasado 19 de diciembre aprobaba una ley que se presenta como un punto de inflexión en la política migratoria del país vecino. Celebrada como un triunfo por la ultraderecha, cuyos votos han sido necesarios para aprobar la nueva legislación, Marine Le Pen, la líder de Agrupación Nacional ha hablado de “victoria ideológica”. Paralelamente, la ley ha generado una rebelión dentro del partido del propio Macron, Renacimiento, traducida en una división de votos, al mismo tiempo que ha sido contestada por numerosas movilizaciones en la calle. (...)

Un Pacto de Migraciones y Asilo que acaba con el derecho a asilo en Europa, así es como han descrito organizaciones de derechos humanos este documento, producto de las últimas negociaciones a tres bandas entre el Parlamento Europeo, la Comisión Europea y el Consejo de Europa. Pese a la alarma extendida entre las entidades, la Presidencia saludaba el Pacto como una “mejora”, y lo contaba entre los éxitos cosechados en estos seis meses: “La Presidencia Española cumple”, reivindicaba en la red social X.
El documento, tal y como ha sido aprobado, explicaba la Plataforma para la Cooperación Internacional para Inmigrantes Indocumentados(PICUM) “normalizará el uso arbitrario de la detención de migrantes, incluyendo a niños y sus familias, incrementará el perfilamiento racial, y usará los procedimientos de ‘crisis’ para permitir devoluciones en frontera y retornar a las personas a los llamados ‘terceros países seguros’ donde se exponen al riesgo de tortura, violencia y encarcelamiento arbitrario”. (...)"                   (Sarah Babiker, El Salto, 31/12/23)