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14.6.24

Hay un fenómeno en estos comicios europea que se está analizando poco y que merece ser estudiado... Se trata del partido alemán Alianza Sahra Wagenknecht Por la Razón y la Justicia (BSW)... este nuevo partido reniega y se desmarca de la evolución dominante en los partidos de izquierda europeos. Según ellos, la izquierda europea actual ha adoptado lo que llaman unas posiciones alejadas de los sectores populares y trabajadores, se ha pasado a reivindicar luchas identitarias que fragmentan a la población en lugar de cohesionarla hacia reivindicaciones sociales universales... Sus críticas también se dirigen contra los discursos medioambientales mayoritarios que castigan a los sectores más humildes con tasas e impuestos ecológicos, mientras no afectan a las personas de mayor poder adquisitivo que pueden asumir todos esos gastos o incluso disfrutar de ayudas públicas ecológicas. Su discurso estaba calando cada vez más entre los sectores más humildes de Alemania y se han cumplido las previsiones de éxito, al menos comparada con la izquierda hasta ahora existente... Es por ello que grandes sectores populares se están incorporando a las filas de la ultraderecha ante la orfandad que sienten en las organizaciones de izquierda... se reivindican conservadores, pero no se trata de un conservadurismo político, sino de conservadurismo de los valores frente a lo que consideran una agresión del capitalismo globalizado. Son sencillamente gentes que no quieren ser profesionales móviles y flexibles, sino que prefieren quedarse en su tierra. Gente que desea vivir en un entorno social estable, cohesionado con una menor desigualdad, y con sus valores y tradiciones. Wagenknecht piensa que si seguimos despreciando a todas esas personas y, desde nuestra arrogancia y superioridad moral, llamandoles fascistas porque creen que esos valores solo se los ofrece la ultraderecha, solo lograremos más enfrentamiento con vecinos a los que no hemos sido capaces de presentarles unas propuestas sugerentes desde la izquierda. Porque quizá ha sido el supremacismo con el que les está mirando la izquierda universitaria y cosmopolita el que les está arrojando en los brazos de la ultraderecha... La realidad es que en las anteriores elecciones europeas el voto español de la izquierda más allá del PSOE fue del 18% y ahora se ha quedado en el 8%. Quizá va siendo hora de mirar a esos barrios obreros y regiones rurales que antes votaban izquierda y ahora se están yendo a la ultraderecha (Pascual Serrano)

"A estas alturas ya todos conocemos los resultados de las elecciones al Parlamento Europeo y hemos sacado las principales conclusiones: victoria de la derecha, salto de la ultraderecha, mantenimiento de la socialdemocracia y fracaso de la izquierda y los verdes. Con ligeras variaciones, este panorama es el más generalizado en los diferentes países europeos. Sin embargo, hay un fenómeno en estos comicios que se está analizando poco y que merece ser estudiado porque puede ser perfectamente viable para llevarse a cabo en muchos países. Se trata del partido alemán Alianza Sahra Wagenknecht Por la Razón y la Justicia (BSW), un partido que se fundó hace cinco meses como una escisión de la izquierda (Die Linke) y les ha superado en más del doble de votos.

Pero vayamos a su inicio. El partido BSW nació en el pasado enero a partir de una asociación creada en septiembre por la diputada Sahra Wagenknecht, tras abandonar la directiva de Die Linke (La Izquierda). Doctora en Ciencias Económicas, Wagenknecht fue miembro del Parlamento Europeo desde julio de 2004 hasta julio de 2009, y desde 2009 es miembro del Bundestag alemán.

Pues bien, este nuevo partido reniega y se desmarca de la evolución dominante en los partidos de izquierda europeos. Según ellos, la izquierda europea actual ha adoptado lo que llaman unas posiciones alejadas de los sectores populares y trabajadores, se ha pasado a reivindicar luchas identitarias que fragmentan a la población en lugar de cohesionarla hacia reivindicaciones sociales universales. Sus críticas también se dirigen contra los discursos medioambientales mayoritarios que castigan a los sectores más humildes con tasas e impuestos ecológicos, mientras no afectan a las personas de mayor poder adquisitivo que pueden asumir todos esos gastos o incluso disfrutar de ayudas públicas ecológicas.

Su discurso estaba calando cada vez más entre los sectores más humildes de Alemania y se han cumplido las previsiones de éxito, al menos comparada con la izquierda hasta ahora existente. Mientras Die Linke logró el 2,7 % de los votos y se conformaba con 3 escaños de los cinco que tenía, los de Wagenknecht llegaban al 6,2 % y seis escaños, incluso más de los que tenía la izquierda en la legislatura pasada. Y todo ello con un partido creado hace cinco meses.

Sahra Wagenknecht explicó en un libro, recién traducido en España, “Los engreídos. Mi contraprograma en favor del civismo y de la cohesión social” (Lolabooks), su ideario, en el que comprobamos que es toda una enmienda a la deriva por la que ha discurrido la actual izquierda europea y parte también de la latinoamericana.

A diferencia de las habituales revisiones de la izquierda, que casi siempre son para abandonar elementos históricos y tradicionales de sus doctrina en aras de una supuesta modernidad, lo que hace Wagenknecht es enfrentar la modernidad de la izquierda para recuperar, incluso con esa tan estigmatizada nostalgia, los principios de lucha, solidaridad y cohesión social que caracterizaba a los obreros industriales de los setenta.

La autora alemana denuncia lo que denomina el “liberalismo de izquierdas”, un relato de la clase media universitaria, que, aunque se considera de izquierda, es individualista y partidaria de una economía globalizada. Para ellos, hablar de derechos es defender colectivos identitarios para lograr cuotas de representación por diversidad étnica, religiosa, de género o de orientación sexual. Es decir, un tratamiento desigual de los diferentes grupos, lo que, desde la perspectiva de Wagenknecht y sus partidarios, supone una clara contradicción con la defensa de las mayorías que debería ser el ADN de la izquierda.

La línea dominante de la izquierda, llamada desde algunos sectores posmoderna o woke, desprecia a los sectores obreros o rurales, a los que observa con arrogancia porque usan coches diesel en lugar de eléctricos, compran carne industrial en Aldi y prefieren tener una familia y quedarse en su pueblo, en lugar de viajar por el mundo.

Es por ello que, según la tesis del partido BSW, grandes sectores populares se están incorporando a las filas de la ultraderecha ante la orfandad que sienten en las organizaciones de izquierda. La alianza BSW ha tenido una acogida especialmente positiva en el este de Alemania. Allí, el nuevo partido obtuvo más del 13 por ciento de los votos, lo que la sitúa en el tercer lugar en esa parte del país. Muchos encuentran la explicación en elementos que se echan de menos de la época soviética como la defensa del Estado Nación y la negativa a enfrentarse a Rusia mediante las sanciones y la entrega de armas a Ucrania que está haciendo la UE.

Aunque los expertos habían pronosticado que la BSW recibiría votos procedentes de la ultraderecha AfD, los análisis del instituto Infratest Dimap lo desmienten. De los antiguos votantes del AfD, sólo 160.000 votaron por el partido de Wagenknecht. En cambio, alrededor de 520.000 votos del socialdemócrata SPD fueron para el BSW. Y 410.000 votos también provinieron de La Izquierda, a la que anteriormente pertenecía Wagenknecht. Es decir, un amplio espectro de la sociedad alemana ha encontrado sintonías con el discurso de BSW.

Por supuesto no le han faltado los ataques desde la izquierda. La han llamado ultraderechista disfrazada de izquierda, xenófoba y hasta negacionista del Covid y del cambio climático. Es decir, el cóctel perfecto para poder presentarla como una especie de Trump, Bolsonaro o Le Pen, pero con piel de izquierda para seducir. Yo he buscado en las más de cuatrocientas páginas de su libro esa xenofobia y ese negacionismo y no lo he encontrado. Por el contrario, he descubierto importantes razonamientos y duras críticas a la izquierda posmoderna y urbana dominante, comprendo bien los ataques que recibe.

Wagenknecht y su BSW se reivindican conservadores, es verdad, pero no se trata de un conservadurismo político, sino de conservadurismo de los valores frente a lo que consideran una agresión del capitalismo globalizado. Son sencillamente gentes que no quieren ser profesionales móviles y flexibles, sino que prefieren quedarse en su tierra; que la familia (por supuesto, no necesariamente de un hombre y una mujer) es una situación deseable a la que no pueden llegar debido a su precariedad económica. Gente que desea vivir en un entorno social estable, cohesionado con una menor desigualdad, y con sus valores y tradiciones.

Wagenknecht piensa que si seguimos despreciando a todas esas personas y, desde nuestra arrogancia y superioridad moral, llamandoles fascistas porque creen que esos valores solo se los ofrece la ultraderecha, solo lograremos más enfrentamiento con vecinos a los que no hemos sido capaces de presentarles unas propuestas sugerentes desde la izquierda. Porque quizá ha sido el supremacismo con el que les está mirando la izquierda universitaria y cosmopolita el que les está arrojando en los brazos de la ultraderecha. Una ultraderecha que ya es mayoría en Francia, Italia y Bélgica.

La realidad es que en las anteriores elecciones europeas el voto español de la izquierda más allá del PSOE fue del 18% y ahora se ha quedado en el 8%. Quizá va siendo hora de mirar a esos barrios obreros y regiones rurales que antes votaban izquierda y ahora se están yendo a la ultraderecha.

Leyendo el análisis del libro “Los engreídos” uno percibe que no está viendo el debate político de Alemania, sino el dilema al que debe enfrentarse la izquierda de toda Europa, como hemos podido ver en estas elecciones. Una izquierda que debe pensar en algo más que en aplaudir las identidades sentidas y airear el espantajo de que viene la ultraderecha, como si fuese por arte de magia y no hubiera ninguna explicación."                          (Pascual Serrano, Globalter, 12/06/24)

18.12.23

Un fantasma recorre Europa, el fantasma de Sahra Wagenknecht... crea un nuevo partido, abandonando a la izquierda institucional actual, a la que acusa de “centrarse en los entornos urbanos, jóvenes y activistas” y alejarse de los “votantes tradicionales”, y por su apoyo al "rumbo militar del gobierno alemán”... el nuevo movimiento alemán propone una vuelta a los valores tradicionalmente de izquierdas, centrados en la defensa de los trabajadores y la redistribución de la riqueza, la clara oposición a la OTAN y al envío de armas a Ucrania, el fin de las sanciones a Rusia y una política migratoria mucho más restrictiva, porque entienden que no es la forma de mejorar el futuro de los países de los que proceden ni de los trabajadores alemanes... Hay que reconocer que a Wagenknecht se lo están poniendo fácil en Alemania. Su economía se encuentra en recesión desde mediados de 2023 y apenas ha recobrado su PIB prepandemia con motivo de las sanciones impuestas a Rusia, que le han dejado sin fuentes de energía al precio que tenía antes y, por tanto, han dejado tocada su competitividad industrial... A ello añadir las actuales guerras, donde Alemania es uno de los países más implicados y perjudicados, sin que los ciudadanos alemanes puedan comprender el motivo de su participación, más allá de un humillante seguidismo a Estados Unidos. Tan humillante como el sabotaje de los gasoductos Nord Stream, que proporcionaban energía barata rusa a la industria alemana y que a nadie se le escapa la mano del “amigo” estadounidense detrás con el silencio sumiso de los gobiernos alemanes... “Qué tipo de política perversa es esta, que está causando el abandono de los niños y el cáncer, pero la producción europea de armas mortales con miles de millones de euros sí es necesaria inmediatamente"... Cualquier europeo observará muchas similitudes entre este panorama alemán y el de su país. Quizá es solo cuestión de tiempo que vayan apareciendo Sahras Wagenknecht en otros países (Pascual Serrano)

 "Pasó muy desapercibida en España una noticia del pasado 23 de octubre que puede ser relevante para la izquierda europea. Nueve eurodiputados, liderados por la diputada alemana Sahra Wagenknecht, abandonaban el partido político Die Linke, lo que supone perder el grupo parlamentario en el Bundestag. Los diputados escindidos crean un nuevo partido, que se llamará Alianza Sahra Wagenknecht por la Razón y la Justicia (BSW en alemán), con el que se presentarán a las próximas elecciones europeas, el año que viene.

En el documento en el que anuncian su salida dan algunas razones:

Acusan a la izquierda institucional actual de “centrarse en los entornos urbanos, jóvenes y activistas” y alejarse de los “votantes tradicionales”. Es decir, obreros, sindicalistas y población rural. Lo que, en su opinión, ha dado “como resultado que el partido ha tenido cada vez menos éxito entre los votantes”

También denuncian “el rumbo militar del gobierno alemán”, apoyado por la izquierda institucional: “La política exterior alemana provee de munición a guerras en lugar de buscar soluciones pacíficas”.

Consideran que en la estructura actual de su partido de la izquierda institucional existe una clara “estrechez de los canales de opinión aceptados”. Y que este partido “ya no aparece como una oposición claramente reconocible, sino como un partido aguado de “sí, pero…””.

De ahí que dan un paso hacia la creación de “una nueva fuerza política, una voz democrática por la justicia social, la paz, la razón y la libertad”.

Aunque el debate y la noticia ya era un secreto a voces, el documento en el que anunciaban su salida y razones se publicaba en el diario Junge Welt, el histórico periódico de la juventud comunista de la antigua Alemania del Este, lo que mostraba la clara línea de izquierda del nuevo proyecto. No olvidemos que Wagenknecht se crio en la República Democrática Alemana y escribió su tesis sobre la interpretación de Hegel de un joven Karl Marx.

Que haya una escisión en la izquierda no es nada excepcional, lo novedoso de esta es que la salida se hace hacia la izquierda, la lideran políticos tan carismáticos como la diputada Sahra Wagenknecht (fue vicepresidenta del partido y es esposa del histórico líder de izquierda Oskar Lafontaine) y las encuestas le dan una intención de voto de hasta el 14%, lo que supondría el cuarto puesto, tan solo por detrás de los democristianos de la CDU, los ultras de AfD y pisándole los talones a los socialdemócratas del SPD. Dos de cada diez alemanes dicen que se pueden imaginar dándole su apoyo. Die Linke no llegó al 5% en las pasadas elecciones generales de 2021 y ahora acaba de perder todos sus diputados en las elecciones de Hesse y Baviera.

 Hay que reconocer que a Wagenknecht se lo están poniendo fácil en Alemania. Su economía se encuentra en recesión desde mediados de 2023 y apenas ha recobrado su PIB prepandemia con motivo de las sanciones impuestas a Rusia, que le han dejado sin fuentes de energía al precio que tenía antes y, por tanto, han dejado tocada su competitividad industrial. Solo en los últimos días han saltado las noticias de que Bosch despedirá a 1.500 trabajadores y Michelín otra cifra similar. La prensa española hasta ha recogido la grave situación de los hijos de los emigrantes españoles que llegaron a Alemania en los sesenta y setenta, y que ahora están siendo despedidos. A todo eso se añade que Alemania ha sido el país más abierto a la recepción de refugiados de las guerras provocadas por la OTAN y Occidente (Siria, Libia o Afganistán), algo que muchos obreros, caladero tradicional de la izquierda, han interpretado como una oferta de mano de obra que empujaba a la baja sus condiciones laborales.

 A ello añadir las actuales guerras, donde Alemania es uno de los países más implicados y perjudicados, sin que los ciudadanos alemanes puedan comprender el motivo de su participación, más allá de un humillante seguidismo a Estados Unidos. Tan humillante como el sabotaje de los gasoductos Nord Stream, que proporcionaban energía barata rusa a la industria alemana y que a nadie se le escapa la mano del “amigo” estadounidense detrás con el silencio sumiso de los gobiernos alemanes. Y para más inri, el liderazgo alemán en el envío de armamento a Ucrania, incluso ahora con más diligencia que Estados Unidos. Muy astutamente, Wagenknecht ha relacionado los problemas de fabricación y suministro de medicamentos en Alemania al desvío de los recursos industriales a armamento para Ucrania: “Qué tipo de política perversa es esta, que está causando el abandono de los niños y el cáncer, pero la producción europea de armas mortales con miles de millones de euros sí es necesaria inmediatamente. Creo que finalmente deberíamos cuidar de un sistema de salud que ponga el cuidado decente de los enfermos en el centro y que construya la producción de medicina doméstica, en lugar de prolongar una terrible guerra incumplidamente con el suministro de armas y municiones”.

 Algo similar ha sucedido con la guerra de Gaza, donde el gobierno alemán, en su obsesión de méritos proisrrealíes ha llegado a prohibir las manifestaciones pacíficas de solidaridad con los palestinos e incluso el land de Sajonia-Anhalt anunció que será obligatorio firmar un documento que reconozca expresamente “el derecho a existir de Israel” para lograr la residencia alemana. De nuevo políticas internacionales de seguidismo a otros países que solo consiguen despertar el sentimiento de humillación de los alemanes.

 Es lógico que con esos mimbres gubernamentales, el nuevo partido de Sahra Wagenknecht despierte adhesiones en una población que vive olas de refugiados tras intervenciones de la OTAN, se les implica en dos guerras que no les incumben y que solo les destrozan la economía y, todo ello, aceptado por su izquierda institucional, que limita sus campañas a guerras culturales e identitarias.

Cualquier europeo observará muchas similitudes entre este panorama alemán y el de su país. Quizá es solo cuestión de tiempo que vayan apareciendo Sahras Wagenknecht en otros países. Ya lo ha señalado un investigador del Real Instituto Elcano: “aunque su propuesta se dirige a inquietudes típicamente alemanas, también refleja problemas compartidos con el resto de la Unión Europea. Si BSW prospera, no tardará en desarrollar imitadores a lo ancho y largo de la UE”. Quizás sea ese el nuevo fantasma que recorra Europa, 175 años después del fantasma comunista que anunciaron también desde Alemania Marx y Engels. O eso, o será la ultraderecha la que coseche la indignación… y los votos."

( Pascual Serrano , El viejo topo, 18/12/23; Fuente: Globalter.)

15.3.23

Una parte de la progresía urbana, la más pendenciera, se resiste a salirse de sus privilegios de clase y se empeña en que los demás adopten su perspectiva (semana de cuatro días, ciudad de 15 minutos, teletrabajo, sostenibilidad... el caso de Rodríguez Pam negándose a aceptar que una mayoría de las mujeres prefieran la penetración a masturbarse)... no son malas ideas, pero a menudo se despliegan a costa de invisibilizar el problema de fondo, la desposesión que sufre la mayoría de la sociedad... En lugar de tejer proyectos que puedan ser atractivos para la mayoría de la gente, se revuelven cuando no se les concede la razón, lo que impide que la izquierda actual tenga recorrido... La política, hoy más que nunca, cuando estamos en un cambio de época, requiere pensar desde una perspectiva común los problemas que sufre la mayor parte de la sociedad. Con ese punto de partida es posible que los proyectos avancen (Esteban Hernández)

 "La izquierda no goza de buena salud en Europa. En Alemania, los socialdemócratas están flanqueados por el FDP en la vertiente económica y por los verdes en la geopolítica, lo que limita mucho su capacidad real de acción. En Francia, el papel central lo ejerce Macron, mientras que Mélenchon y su Nupes están cada vez más divididos. En Italia no parece haber fuerzas que puedan competir hoy con el bloque de las derechas. En España, además del PSOE, contamos con una izquierda menguante, la de Podemos, y otra que aún no ha salido a la arena política, la de Yolanda Díaz; y hay bastantes dudas de que, entre todas ellas, puedan conservar el gobierno.

Sin embargo, y más allá de los resultados electorales, lo que parece evidente es que la izquierda europea ha perdido la capacidad motora. La derecha populista está ejerciendo mucho más de fuerza de futuro, en distintos sentidos. Más allá del crecimiento en los países del sur, lo significativo es que gobiernos antes denostados, como el polaco, ahora se conviertan en el centro de Europa.

La falta de arraigo de las propuestas progresistas resulta paradójica, en la medida en que las condiciones estructurales de la época, las tensiones geopolíticas y las necesidades nacionales son muy favorables a programas tradicionales de la izquierda.

En esa pérdida de motor ideológico tiene mucho que ver la conversión de los partidos progresistas mayoritarios en partidos ESG, dedicados a impulsar la sostenibilidad y a cumplir con los criterios ambientales, sociales y de gobernanza. Pero también hay responsabilidad más allá de las formaciones tradicionales, porque los partidos más a la izquierda entraron en una deriva autorreferencial que les impedía proponer un futuro atractivo para el conjunto de la sociedad. Su escasa comprensión de la actual estructura de clases es una de las causas más evidentes de su declive, lo que se hace patente en sus propuestas estrella.

La ciudad de dos horas

La ciudad de 15 minutos es un buen ejemplo. Parte de una propuesta razonable, la de vivir en espacios donde todo esté a la mano: barrios en los que haya centros de salud, comercios, lugares de encuentro y servicios públicos a una distancia que pueda recorrerse a pie, o que, en su defecto, esté rápidamente conectada a través del transporte público. Es difícil oponerse a una visión de esta clase. El problema reside en que justo lo que hace imposible ese tipo de ciudad para buena parte de la población no está sujeto a la acción gubernamental o a la de consistorios locales: la gente trabaja allí donde puede, y eso supone muy a menudo desplazarse hasta lugares alejados de su hogar.

Esto tiene mucho que ver con la estructura de clase que determina tiempo y espacio en las ciudades más grandes. En la medida en que el coste de las viviendas, compradas o en alquiler, consume buena parte de las rentas, mucha gente, y en especial la que menos recursos tiene, se ve obligada a residir lejos si quiere mantener unas condiciones habitacionales dignas. Lo que no se paga en dinero, se paga en desplazamientos, es decir, en tiempo. Residir cerca del trabajo es posible para las personas que cuentan con recursos suficientes, o a las que sus demandadas titulaciones les permiten tener en cuenta la cercanía como elemento relevante a la hora de escoger entre diferentes ofertas. Pero esos estratos sociales no constituyen la mayoría de la población, más al contrario.

Si no se opera sobre este elemento, que constituye la mayor parte de los desplazamientos, la ciudad de 15 minutos no es más que rebranding: nos venden algo habitual mediante un término nuevo. Sin arreglar el problema de la distancia del centro de trabajo, la propuesta queda reducida a la necesidad de aumentar de todo tipo de dotaciones de los barrios. Y es buena idea, pero también es cierto que, en abstracto, es algo que la gran mayoría de las formaciones políticas proponen, unas con más voluntad real que otras.

A veces, estas propuestas encuentran aliados inesperados. Las conspiraciones alrededor de la ciudad de 15 minutos, de las que se ha llegado a afirmar que era una manera de encerrarnos en nuestros barrios, ayuda a la difusión de la idea. Sitúa a la izquierda en su marco preferido, el de seres infrapensantes que dan pábulo a todo tipo de noticias falsas y que se convierten en fuerzas de choque reaccionarias. A pesar de la polémica, que ha quedado encerrada en el circuito habitual, en especial el de Twitter, la ciudad de 15 minutos no es algo que haya penetrado en el imaginario colectivo como aspiración general. Por algo será.

Dimite quien puede

Esa misma falta de comprensión y de aceptación social se produjo con el debate sobre la gran dimisión, que fue celebrada por la izquierda como una contestación al sistema: la falta de satisfacción de la gente con sus trabajos, ya fuera por los salarios o por las condiciones laborales, llevaba al abandono en masa. Como era una tendencia de la que se estaba hablando en EEUU, los medios occidentales pecaron de provincianismo y se hicieron eco rápidamente de ella. No hubo gran dimisión: las pequeñas renuncias fueron limitadas y se terminaron cuando EEUU dejó de enviar los cheques pandémicos, pero se nos vendió como un fenómeno de grandes dimensiones.

La realidad es que normalmente abandona el trabajo quien puede, no quien quiere. La gente que opera en sectores demandados no tiene demasiado problema en marcharse, porque algo encontrará, mientras que los demás no pueden dejar de pagar las facturas. Cuando pasó la ola dimisionaria, se nos dijo que lo que estaba operativo era la dimisión silenciosa. Era una definición extraña, porque venía a decir que la gente iba a trabajar, pero sin ganas. Hubo quienes se sintieron reconocidos en esta expresión, ya que se percibían poco valorados en su trabajo o creían que merecían mucho más de lo que obtenían, y esa falta de entrega era una exteriorización rebelde de su malestar interior.

Sin embargo, el mero hecho de pensar de esa manera revelaba su posición social: trabajaban en puestos cualificados donde se suponía que la dedicación era relevante. La mayoría de la gente no vincula el empleo con las ganas: es complicado levantarte y sentirte pletórico porque vas a poner copas, o a sepultarte en un montón de papeles o a cargar en Mercamadrid.

Tras la desaparición de la dimisión silenciosa, nos han contado que la gran dimisión no había sido posible más que para ese grupo reducido de personas que contaban con recursos para dejar su empleo e irse de viaje por Asia o emplear el tiempo en hacer surf. Todo esto era evidente desde el principio, pero aun así, la expresión se convirtió en un tema habitual de debate. En determinadas clases sociales, claro, porque a la gente común este tipo de cosas les resultaban extemporáneas.

Trabajo o renta

La semana laboral de cuatro días se mueve en una contradicción similar. Mucha gente querría trabajar cinco días, ya que no tiene empleo o es contratada a tiempo parcial; mucha gente, también, querría trabajar cinco días, porque su semana es de seis, o porque su horario excede de las 8 horas diarias. Los cuatro días a la semana son posibles en sectores concretos, en empleos cualificados o en partes de la administración, pero el resto de la gente no lo ve como una opción, sino como alguno que le resulta completamente ajeno.

Y algo de esto hay también en el teletrabajo. Si bien es cierto que a muchas personas la posibilidad de realizar su tarea laboral en remoto le resulta una gran ventaja, y las medidas tomadas en ese sentido son muy útiles, también lo es que buena parte de los empleos no incluyen esa opción: ni al bombero, al camarero o al transportista, entre muchos otros sectores, les es posible teletrabajar. Podríamos continuar con otros ejemplos, como la renta básica, el rentismo para pobres. La mayoría de la gente prefiere tener un empleo, y mejor si está bien pagado, que depender de una ayuda. Hay quienes aspiran a otro tipo de vida, en la que el trabajo no determine su existencia: podrían ser cineastas o diseñadores, y dedicar su tiempo vital a aquello que les satisface interiormente. La renta básica ayudaría a realizar esos proyectos vitales: si alguien puede dejar el trabajo y marcharse a hacer surf o de viaje a Asia, por qué ellos no. Es una postura legítima, pero también hay que reconocer que hoy no es un proyecto social mayoritario.

El estado del autobienestar

El núcleo que recorre propuestas tan dispares, las que conforman el ideario de la izquierda más progresista, es que se trata de políticas pensadas en primer lugar para mejorar la vida de quienes las enuncian. Esto es llamativo, ya que cuando se preguntan acerca de cómo mejorar la vida de la gente, piensan que la mayoría de las personas tienen los mismos problemas que ellos. Un número elevado de fenómenos sociales son entendidos desde esta perspectiva, el último la fascinación con el ChatGPT, y la misma transición climática se ha desplegado mediante un discurso entroncado con esta mirada.

Por lo tanto, solo pueden conformar opciones políticas autocentradas, que son proyectos de una clase social, las de las capas urbanas, progresistas y formadas, que distan mucho de ser las mayoritarias en un país, y más aún en uno como el nuestro. Esa desconexión entre las visiones de la sociedad entre unas clases sociales y otros explica en buena medida por qué, en un instante en que la política es más necesaria que nunca existe un espacio vacío, que a veces es ocupado por las derechas populistas, otras por opciones regionalistas, y que en otras cae en la abstención.

Durante mucho tiempo, a la gente común le ha tocado perder: varias crisis han golpeado a poblaciones como la española de maneras muy distintas. La de 2008 supuso pérdida de empleo, después ha llegado la inflación y siempre la pérdida de recursos. El aumento del coste de los bienes esenciales, desde la vivienda hasta la energía, pasando por el transporte o por los alimentos, ha sido habitual, en unos sectores u otros, en los últimos 20 años, mientras que los salarios y las retribuciones no han crecido, ni mucho menos, en el mismo porcentaje. Se ha generado así un efecto de desposesión que continúa avanzando. Constatemos que la Sareb se formó con los activos inmobiliarios “malos” de los bancos, y ahora es el turno de las pymes quebradas. Es un paso más.

En ese escenario, la izquierda, más que en políticas del Estado del bienestar o en intentar crear prosperidad, se ha especializado, a menudo de manera autorreferente, en políticas del bienestar a secas: semana de cuatro días, ciudad de 15 minutos, teletrabajo, sostenibilidad. Y no son malas ideas, pero a menudo se despliegan a costa de invisibilizar el problema de fondo, la desposesión que sufre la mayoría de la sociedad.

En lugar de entender la sociedad de la que forman parte, se empeñan en que los demás adopten su perspectiva sin ofrecer nada a cambio

Dado que no son direcciones incompatibles, tampoco habría mucho problema en complementarlas. Pero hay parte de la progresía urbana, la más pendenciera, que se resiste a salirse de sus privilegios de clase, y en lugar de entender la sociedad de la que forman parte, se empeña en que los demás adopten su perspectiva sin ofrecer nada a cambio. Lo llamativo aquí es la agresividad que exhiben: quien pone el acento en la desposesión es necesariamente un reaccionario. A veces, esta defensa de preferencias privadas o grupales alcanza extremos satíricos, como en el caso de Rodríguez Pam negándose a aceptar que una mayoría de las mujeres prefieran la penetración a masturbarse. Muchos de los integrantes de la progresía actúan sistemáticamente con la misma soberbia y el mismo desprecio por las preferencias de los demás.

Todos estos elementos subrayan una mirada particular en las izquierdas europeas, y en las españolas como parte de ellas. Podemos representa una posición cada vez más melenchonista, pero está dedicado a combatir al estado profundo y al machismo, lo que le deja en un lugar muy secundario del espectro político, En su lugar, la ideología que está emergiendo es la ligada a una suerte de buena vida, a la propuesta de condiciones de bienestar, físico y emocional, que se sustentan en un cierto optimismo y en la confianza en el futuro. Es difícil que esto arraigue, y mucho más en esta época. No se trata sólo de que la buena vida, como la vida cara, no la tiene quien quiere, sino quien puede; se trata más bien del enredo mental de quienes, representando a una parte de la sociedad, en general bastante favorecida, creen que los problemas y las aspiraciones de los demás son los mismos que los suyos. Y que si no es así, deberían serlo.

Por tanto, lo que impide que la izquierda actual tenga recorrido es su génesis: sus ideas han surgido de una pequeña parte de lo sociedad que se percibe como la avanzadilla de la historia. En lugar de tejer proyectos que puedan ser atractivos para la mayoría de la gente, se revuelven cuando no se les concede la razón, ya que va de suyo que el resto de la sociedad debería respaldar sus posiciones de clase. Así es muy difícil ejercer de motor ideológico. La política, hoy más que nunca, cuando estamos en un cambio de época, requiere pensar desde una perspectiva común los problemas que sufre la mayor parte de la sociedad. Con ese punto de partida es posible que los proyectos avancen."             (Esteban Hernández , El Confidencial, 12/03/23)

22.9.22

Nupes presenta un proyecto de ley para gravar los superbeneficios e intentar obtener un referéndum para revalidarlo... Nupes prevé gravar los superbeneficios de las "grandes empresas, en su mayoría multinacionales", que facturen más de 750 millones de euros, de todos los sectores... porque "lo que no pagan las grandes empresas, lo pagan todos los demás"

 "(...) La Nueva Unión Popular Social y Ecológica (Nupes) presentó el miércoles 21 de septiembre un proyecto de ley en la Asamblea para gravar los superbeneficios de las grandes empresas e intentar obtener un referéndum de iniciativa compartida (RIP), un largo proceso que debe ser validado primero por el Consejo Constitucional. (...)

El proyecto de ley de la coalición de izquierdas (compuesta por La France insoumise, el PS, el Partido Comunista Francés y Europe Ecologie-Les Verts) debe, si el Consejo Constitucional lo aprueba en un mes, obtener cerca de cinco millones de firmas en nueve meses para provocar un referéndum.

"Esperamos que este procedimiento cree un equilibrio de fuerzas" con la mayoría presidencial, dijo Faure, mientras que el debate sobre la fiscalidad de los superbeneficios, en un momento de precios elevados de la energía y alto coste de la vida, puntuará las discusiones presupuestarias a lo largo del otoño en el Parlamento. "Lo que no pagan las grandes empresas, lo pagan todos los demás", añadió el primer secretario del PS.

Ante un hipotético referéndum dentro de varios meses, el diputado "insumiso" Eric Coquerel, jefe de la Comisión de Finanzas, espera "ganar esta batalla" en otoño, mediante enmiendas al proyecto de presupuesto 2023.

El texto de Nupes prevé gravar los superbeneficios de las "grandes empresas", "en su mayoría multinacionales", que facturen más de 750 millones de euros, incluidos todos los sectores.

Y la izquierda señala los objetivos: el grupo petrolero TotalEnergies, el grupo farmacéutico Sanofi y la naviera CMA CGM, en sectores en los que se han obtenido "beneficios excepcionales, no correlacionados con ninguna innovación, ganancia de productividad o decisión estratégica dentro de la empresa".

La "contribución", que se aplicaría hasta el 31 de diciembre de 2025, afectaría a las empresas cuya base imponible adicional sea al menos 1,25 veces superior a la media de los ingresos de los años 2017, 2018, 2019, con una escala de tributación progresiva del 20%, 25% o 33% de los superbeneficios.

Del lado de la mayoría presidencial, un impuesto no es "ni un tótem ni un tabú", dice el diputado David Amiel, pero los macronistas son partidarios de una "solución europea para evitar la distorsión de la competencia" entre países.

La Comisión Europea propone "una contribución" a los productores y distribuidores de gas, carbón y petróleo y quiere poner un tope a los ingresos de los productores de electricidad de origen nuclear y renovable, que obtienen beneficios excepcionales.
Leer también: Artículo reservado a nuestros suscriptores Superbeneficios, nichos fiscales: una parte de la mayoría quiere ponerse dura con las empresas

El procedimiento del PIR nunca ha llegado a materializarse desde su introducción en la Constitución en 2008, pero sólo ha sido posible aplicarlo desde 2015. Una propuesta anterior del PIR, contra la privatización finalmente abortada del Grupo ADP (antes Aeropuertos de París), había reunido 1,1 millones de apoyos, muy lejos del umbral necesario."            
        (Le Monde, 21/09/22)

13.9.22

El antecedente francés del Sumar de Yolanda Díaz... Las “primarias populares” en Francia: Se trataba de una plataforma para reunir en un mismo proceso de designación a una serie de candidatos presidenciales de izquierda preseleccionados por voto popular... Taubira ganó las primarias, que más parecían un sondeo a gran escala. Inmediatamente, llamó a la unión bajo su candidatura... el resto de los candidatos de izquierda se negaron... La situación actual es frustrante porque los partidos pierden la capacidad de movilizar y de entusiasmar a sus simpatizantes y la sociedad civil organizada carece, por el momento, de legitimidad orgánica

 "La arritmia entre el escenario francés y el español permite identificar fenómenos o prácticas comunes sobre el terreno político y, sobre todo, abre la posibilidad para tratar de deducir conclusiones. Uno de los hechos más notorios en ambos países es la necesidad para la izquierda de generar una dinámica común frente a la derecha y la extrema derecha, ambas con voluntad de gobernar juntas. En España, la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, desea ejercer el liderazgo del campo progresista desde Sumar, la plataforma que lanzó el pasado mes de julio. (...) 

En ese sentido, vamos a examinar la trayectoria de una candidatura que, finalmente, no consiguió cuajar porque tiene que ver con la iniciativa de Yolanda Díaz. Se trata de la candidatura que encarnó Christiane Taubira, una mujer que representa de todo, salvo ser una outsider. Exdiputada nacional, exdiputada europea, exministra de Justicia, excandidata presidencial en 2002, Taubira lleva casi 30 años en la primera línea de la política. Y, sin embargo, su designación para entrar a la carrera presidencial fue el resultado de un proceso inédito en Francia, organizado fuera y en contra de los partidos políticos de izquierdas. Veamos cómo se llevó a cabo y qué conclusiones podemos extraer de su fracaso. (...)

Más allá de las dificultades sobre el terreno teórico, sí parece claro que asistimos a una erosión progresiva del interés ciudadano por las instituciones y los procesos que permiten la existencia de una representación política. La participación en las elecciones, la tasa de sindicalización, el militantismo en los partidos políticos, la confianza en los cargos públicos han conocido, en España como en el extranjero, una notable degradación.

En Francia, este fenómeno, unido a la desesperada (y desesperante) situación de una izquierda fragmentada en siete candidatos (cinco de ellos con numerosas convergencias programáticas), condujo a la creación de un objeto político inédito a inicios de 2021. Se trataba de una plataforma para reunir en un mismo proceso de designación a una serie de candidatos presidenciales de izquierda preseleccionados por voto popular.

 La sociología de este movimiento quedó rápidamente muy clara. Se trataba, en su mayoría, de gente más bien diplomada y más bien urbana, tecnófila (todo el proceso se desarrolla online), adepta de la desintermediación política y relativamente internacionalizada, puesto que se inspiraba en la experiencia estadounidense (recordemos la campaña de Bernie Sanders y de Alexandria Ocasio-Cortez). El ejemplo engarza perfectamente con la tendencia descrita: un conjunto de ciudadanos que interfieren en el juego de los partidos porque sienten que tienen una legitimidad diferente y más potente que la de los partidos.

 No parece, por tanto, sorprendente que ninguno haya deseado que su candidato participase en estas “primarias”. Algunos pidieron incluso no ser sometidos al voto de los internautas. La única candidata en aceptar las reglas fue Christiane Taubira, ministra de Justicia entre 2012 a 2016 bajo la presidencia de François Hollande, y prácticamente desaparecida de la escena política desde entonces. El domingo 30 de enero se conoció la decisión de 392.000 votantes: Taubira ganó las primarias, que más parecían un sondeo a gran escala. Inmediatamente, llamó a la unión bajo su candidatura. La respuesta de los interlocutores principales (Yannick Jadot, el ecologista; Jean-Luc Mélenchon, el insumiso, y Anne Hidalgo, la socialista) fue, como no podría ser de otro modo, negativa.

 ¿Qué se puede concluir de esta secuencia? A primera vista, la organización de un proceso de selección sin debates, en el que participaron candidatos que no deseaban inscribirse, y algunos de los cuales incluso pidieron explícitamente que no se les tuviera en cuenta, difícilmente puede parecer generador de legitimidad. Finalmente, no solo no se consiguió crear una dinámica unitaria, sino que se agregó una candidatura más.  (...)

Atravesamos un momento bisagra, en el que instituciones y formas históricas de legitimación política (los partidos con sus procedimientos internos de designación de cuadros dirigentes) se enfrentan a la competencia de objetos políticos no identificados emergentes. Estos últimos pretenden renovar las prácticas democráticas, reivindicando para sí mismos el dinamismo, la voluntad de cambio y una forma de pureza como emanación vaporosa de la sociedad civil organizada. En cierta manera, el movimiento de Emmanuel Macron (En Marche!), Podemos o la Francia Insumisa de Mélenchon se presentaron en su momento como estructuras innovadoras y, sobre todo, no asimilables directamente a un partido político. Todos pretendían distinguirse de las estructuras partidarias tradicionales con nuevas formas para establecer procesos de legitimación política. 

Parece que la evolución ulterior les ha llevado a parecerse cada vez más a las organizaciones de las cuales pretendían desmarcarse, al no haber podido desarrollar una estructura auténticamente híbrida e innovadora. La situación actual es frustrante porque los partidos pierden la capacidad de movilizar y de entusiasmar a sus simpatizantes y la sociedad civil organizada carece, por el momento, de legitimidad orgánica.

 La tensión entre una democracia de partidos y una democracia de ciudadanos movilizados plantea, por lo tanto, nuevas incógnitas: ¿cuál es la composición sociológica de estas nuevas organizaciones?, ¿cuál es el ratio entre el militantismo de terreno y el militantismo del fav y del retuit? Y, sobre todo, ¿qué papel deben desempeñar los partidos políticos en estos dispositivos? Como muestra la experiencia de las “primarias populares”, estos últimos siguen siendo los actores principales de los procesos electorales. Lo deseable sería que los partidos políticos, sin desaparecer, sean capaces de regenerarse. La llamada de atención que suponen experimentos como las “primarias populares” en Francia debería servir de aliciente para que los partidos y los ciudadanos se vuelvan a reencontrar en España."           (Guillermo arenas, CTXT, 10/09/22)

7.8.22

Gustavo Petro puede ser el presidente que prometió ser como candidato

 "No es lo mismo ser candidato que ser presidente. Así parece entenderlo Gustavo Petro, quien ganó las elecciones presidenciales de Colombia el pasado 19 de junio, y quien ha tenido que ir aterrizando sus propuestas de campaña y los compromisos que adquirió con sus más de 11 millones de electores.

Colombia vive un momento de esperanza e ilusión por el cambio que ha ofrecido el primer presidente de izquierda de su historia. Desde su elección, el futuro presidente ha logrado construir mayorías holgadas en el Congreso y se ha podido deslindar de la ideología extrema de izquierda. Sin embargo, sus propuestas son tan radicales que, aun bajo esta situación, le será muy difícil cumplir lo prometido.

En su discurso del triunfo, el presidente electo declaró: “Vamos a desarrollar el capitalismo en Colombia. No porque lo adoremos". Esto encara plenamente al fantasma que siempre ha perseguido a Petro: el de su supuesta cercanía a las ideas castrochavistas. Y para que no quedaran dudas, nombró a un economista ortodoxo, el profesor de la Universidad de Columbia, José Antonio Ocampo, como ministro de Hacienda.

La paz, la justicia social y un manejo industrial y extractivo que tenga pleno respeto por el medio ambiente fueron los mantras de Petro durante la campaña electoral. En esos temas también ha dado algunos pasos. El primero fue el 28 de junio, cuando acudió a la ceremonia de entrega del informe final Hay futuro si hay verdad presentado por la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad. Esta investigación ha sido duramente criticada por la derecha, la cual asegura que no es equilibrada en la forma como plantea los hechos acontecidos durante 60 años de conflicto armado en Colombia. Pero tal parece que eso no le preocupa mucho al presidente electo, quien anunció durante la ceremonia que su gobierno acatará las recomendaciones sugeridas por el informe para garantizar la construcción de una paz estable y duradera.

Después, con el nombramiento de su ministro de Relaciones Exteriores, el gran adalid de la paz Álvaro Leyva Durán, rubricó esa voluntad. Además, le delegó al nuevo canciller planificar la reanudación inmediata de las relaciones diplomáticas y comerciales con Venezuela, rotas desde que el actual presidente Iván Duque reconoció a Juan Guaidó como presidente interino del país vecino.

Aunque estos han sido primeros pasos bastante sólidos, el mejor de sus avances ha sido mirar más allá de la violencia endémica o de los graves problemas de desigualdad social y económicos que vienen desde que, en los años 50 del siglo pasado, comenzó la verdadera industrialización del país. Sin embargo, será un reto adicional tratar de revertir la forma en que el presidente Duque y sus coequiperos del gobierno, que van de salida, han aprovechado hasta el último minuto para hacer contratos billonarios —comprometiendo vigencias futuras del presupuesto nacional— y dejar a sus cercanos en juntas directivas, notarías y cargos diplomáticos. Y lo que es más grave de todo, una estela de corrupción que ha causado gran indignación.

Todos estos problemas quedaron evidenciados en el informe del empalme entre el gobierno que sale y el que entra. Según los delegados de Petro, el gobierno de Duque raspó la olla del erario público y dejó desfinanciados programas sociales tan importantes como Ingreso Solidario, que actualmente beneficia a cuatro millones de ciudadanos en situación de pobreza extrema, que dejarán de recibir un subsidio cada dos meses equivalente a unos 90 dólares por hogar. Así, aunque las intenciones sean las mejores, será muy difícil tratar de trabajar con el cambio social prometido sin los recursos necesarios para desarrollar los programas.

Con su toma de posesión el próximo 7 de agosto, entrará en vigor un gran acuerdo nacional con la mayoría de las fuerzas políticas del país, que será la pista de arranque para cumplir lo prometido durante su campaña.

Simultáneamente, reactivará el proceso de paz con las extintas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), que Duque puso en el congelador durante cuatro años y presentará al Congreso un proyecto de reforma tributaria para poner en cintura a los más ricos del país, que disfrutan de exenciones millonarias de impuestos.

Y para tratar de aprovechar la gobernabilidad de la que goza, con una holgada mayoría tanto en Cámara como en Senado de 70%, deberá actuar rápido frente a otro tema polémico: el paso de la Policía —actualmente adscrita al Ministerio de Defensa— a una nueva cartera, la de Convivencia y Paz. Porque sabe que las alianzas son sólidas, pero no incondicionales, lo cual abre posibilidades de que afloren las primeras contradicciones políticas. Sin embargo, se da por descontado que el enfoque de sus primeras propuestas de cambio será respaldado por esas mayorías.

Otro tema que pondrá en juego a la coalición tiene que ver con las negociaciones con todos los actores de la guerra interna que vive Colombia, un entramado de procesos que ha bautizado como “Paz total”, y que incluye a la guerrilla de izquierda Ejército de Liberación Nacional, así como a paramilitares, narcotraficantes y a los dos grupos de disidencias de las FARC que se marginaron del acuerdo de 2016. Negociar, por ejemplo, con quienes han asesinado a 36 policías este año en un infame “Plan Pistola” está causando escozor, incluso entre algunos de quienes apoyan al nuevo gobierno. No será fácil convencerlos de apoyar esta iniciativa de pacificación.

Si Petro no logra avanzar con rapidez en el primer año de gobierno, se encontrará con tropiezos, pues la campaña para elecciones territoriales —alcaldías, gobernaciones, diputados regionales y concejales— coincidirá con su segundo año, y ya se sabe que la clase política no conoce de lealtades cuando de ganar el poder local se trata. Y son tantos los cambios sociales que ha prometido, que será riesgoso dejar para un mediano plazo temas como la reforma a la salud, la renegociación del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, la creación de entidades para manejar la compra de las cosechas y el manejo de semillas, y la creación de condiciones para atacar de raíz el problema de los cultivos ilícitos, que tanto ha afectado a los territorios. Si el nuevo presidente no logra mantener las mayorías a su favor pasada la luna de miel las calles podrían, de nuevo, convertirse en escenarios de confrontación social debido a la frustración popular ante la imposibilidad de ver cumplidas sus promesas.

Este domingo 7 de agosto, con una celebración multitudinaria que congregará a más de 200,000 personas en el centro de Bogotá, Gustavo Petro recibirá la anhelada banda presidencial y comenzará a dirigir las grandes reformas estructurales y éticas que ofreció al país. El centro y la izquierda gobernarán a Colombia por primera vez en más de 200 años de vida republicana y del éxito de Petro dependerá la posibilidad de encontrar un sendero de paz y progreso para esta atribulada nación."

(Olga Behar es periodista, politóloga y escritora colombiana. Por más de 30 años ha investigado el conflicto armado y político de Colombia. Revista de Prensa, 04/08/22; fuente: The Washington Post)

17.6.22

Sorprende mucho la poca atención que se presta en España a la experiencia de la izquierda francesa... Mélenchon ha demostrado que se puede derrotar a las fuerzas de la extrema derecha y ganar a una parte mayoritaria de unas clases trabajadoras que se creían pérdidas para la izquierda... Ha sido algo más que un sorpasso; se trata de la reconstrucción de una izquierda distinta con voluntad de mayoría y de gobierno desde un programa socialista... Mélenchon defiende sus ideas con tesón, asume riesgos y transmite credibilidad. La gente con él sabe a qué atenerse... y se atreve a ir contra lo “políticamente correcto”. La Francia Insumisa, la Unión Popular, no tiene miedo a la batalla de ideas, al debate político-cultural... No tiene miedo de hablar de nacionalizaciones, de reducción de la jornada laboral, de democracia económica y empresarial, de planificación ecológica y territorial... Melènchon sabe perfectamente que las políticas que defiende llevan a un conflicto con la UE, que encara sin miedo... y sobre la guerra de Ucrania, su posición también ha sido clara: rechazo a la intervención rusa y apuesta decidida por la salida de Francia de la estructura militar de la OTAN

 "Sorprende mucho la poca atención que se presta en España a la experiencia de la izquierda francesa en un momento, dicho sea de paso, en el que se habla de nuevos inicios y de operaciones más o menos fundadoras. En Francia, en un contexto muy negativo, con una fuerte polarización entre liberales y populistas de línea dura, se ha ido construyendo un tercer espacio nacional-popular, plebeyo, desde una plataforma programática alternativa al neoliberalismo dominante. 

Cuando comenzó el ciclo electoral nadie daba mucho por el viejo león de la izquierda francesa que, de nuevo, protagonizaba una iniciativa política fuerte y sin ningún apoyo mediático. Mélenchon ha demostrado –y sigue demostrando- que se puede derrotar a las fuerzas de la extrema derecha y, lo más importante, ganar a una parte mayoritaria de unas clases trabajadoras y asalariadas que se creían definitivamente pérdidas para la izquierda.

Existe un empate técnico entre el bloque liberal y las fuerzas unidas de las izquierdas. Eso significa disputarle directamente la hegemonía a los grandes poderes económicos y mediáticos y la posibilidad de una victoria. La táctica cuenta, la sabiduría cuenta. La habilidad de Mélenchon ha sido unir presidenciales y legislativas desde una propuesta fuertemente autónoma, unitaria y diferenciada.

 Ha sido algo más que un sorpasso; se trata de la reconstrucción de una izquierda distinta con voluntad de mayoría y de gobierno desde un programa socialista. Como he dicho antes, la experiencia ayuda mucho a (re)pensar la izquierda en una Europa que camina aceleradamente hacia la disolución de los proyectos transformadores y democrático-populares. Llama la atención, en primer lugar, que la propuesta no se deja corromper por las modas imperantes: Mélenchon es una persona mayor (70 años), con poderosos enemigos, polémico y al que no es fácil avasallar. Defiende sus ideas con tesón, asume riesgos y transmite credibilidad. La gente con él sabe a qué atenerse.

Una segunda enseñanza es atreverse a ir contra lo “políticamente correcto”. La Francia Insumisa, la Unión Popular, no tiene miedo a la batalla de ideas, al debate político-cultural. Lo ha hecho siempre en dos direcciones: frente a la extrema derecha, sus valores y sus propuestas y frente a las políticas neoliberales que impulsa Macron y que defienden las élites económicas, los grandes medios. En el centro de su propuesta, el mundo del trabajo, la mayoría social, las clases populares y una juventud que necesita futuro desde un presente cada vez más adverso. No tiene miedo de hablar de nacionalizaciones, de reducción de la jornada laboral, de democracia económica y empresarial, de planificación ecológica y territorial.

Un tercer aspecto es más significativo: la importancia del programa entendido como un contrato con la ciudadanía, asumible por las mayorías sociales, posible y, a la vez, transformador. Su eje vertebrador es iniciar un proceso constituyente que ponga fin a la “monarquía presidencial” y que sirva como proyecto-plan para una democratización sustancial de la democracia, de la economía y del poder.

La cuarta enseñanza tiene que ver con una cuestión cada vez más definitoria de los valores y de la cultura alternativa de la izquierda. Me refiero a Europa. La Nueva Unión Popular Ecologista y Social tampoco en esto tiene miedo a ir contracorriente. El tipo de integración que la Unión Europea asume y defiende es claramente neoliberal, beneficia descaradamente a los grandes poderes económicos y corporativos, restringe las libertades públicas y erosiona gravemente la soberanía popular. La estrategia está bien definida: un conjunto de políticas que cuestionan el neoliberalismo dominante y que se enfrentan a lo que se ha venido en llamar el “consenso de Bruselas”. Melènchon sabe perfectamente que las políticas que defiende llevan a un conflicto con la UE. Lo quiere convertir en un instrumento de agregación política, de movilización social en defensa de los intereses generales de Francia. En lo referente a la guerra en Ucrania, la posición también ha sido clara: rechazo a la intervención rusa y apuesta decidida por la salida de Francia de la estructura militar de la OTAN como paso previo a su abandono definitivo. En el espacio político en construcción no todos están de acuerdo con estas posiciones, pero asumen una política clara de paz, no alineamiento y democratización de las relaciones internacionales.

El momento de la izquierda en Europa no es bueno. En muchos sitios está literalmente desapareciendo, en otros pervive con grandes esfuerzos, con coraje y frecuentemente a la defensiva. Francia nos enseña que hay, al menos, dos caminos para la (re)construcción: uno lleva a convertirse en una izquierda atlantista, complementaria de la socialdemocracia dominante, parte de un sistema político en crisis y sin capacidad de renovación; el otro define una izquierda enfrentada a las políticas neoliberales, comprometida con las clases trabajadoras, defensora de la soberanía popular; sujeto activo de una Europa de base confederal y fuertemente autónoma. Una izquierda –como dice Mélenchon- rupturista y que hace de la confrontación con los poderes dominantes identidad y posición política."               (Manolo Monereo

NUPES (Mélenchon) tiene un programa estructurado como pocas veces se ha visto en la historia política francesa, o incluso más allá de Francia... parte de una constatación. Tanto en lo que respecta a la producción, a las condiciones de trabajo y de vida de los trabajadores, como al equilibrio ecológico y al futuro del planeta, la máquina neoliberal que funciona desde hace casi medio siglo nos lleva a una situación insostenible... Hoy en día existe un descontento y un peligro generalizados, pero todavía no una conciencia política de que un ciclo está llegando a su fin. Esto todavía tiene que construirse

 "(...) NUPES tiene un programa estructurado como pocas veces se ha visto en la historia política francesa, o incluso más allá de Francia, que refleja un gran trabajo. Creo que una reacción eficaz al rumbo neoliberal requiere ese trabajo, porque no se trata sólo de frenarlo o debilitarlo, sino de hacer concebible y posible otro camino.

"(...) Stathis Kouvelakis

Usted ha sugerido que el término "izquierda antineoliberal" no le satisface, que esta izquierda propone otra cosa que el neoliberalismo. Pero, ¿qué es ese "algo más"? ¿Y qué propone la fuerza dominante en la izquierda?

Stefano Palombarini

He dicho que France Insoumise y la Union Populaire no pueden ser descritas simplemente como una "izquierda antineoliberal". Tienen un programa estructurado como pocas veces se ha visto en la historia política francesa, o incluso más allá de Francia, que refleja un gran trabajo. Creo que una reacción eficaz al rumbo neoliberal requiere ese trabajo, porque no se trata sólo de frenarlo o debilitarlo, sino de hacer concebible y posible otro camino.

El programa de la Union Populaire parte de una constatación. Tanto en lo que respecta a la producción, a las condiciones de trabajo y de vida de los trabajadores, como al equilibrio ecológico y al futuro del planeta, la máquina neoliberal que funciona desde hace casi medio siglo nos lleva a una situación insostenible. Tomemos el ejemplo del ciclo del agua, que Mélenchon menciona a menudo. A algunos les resulta extraño, ya que el tema parece alejado de las preocupaciones inmediatas de los franceses. Pero la realidad es que, a partir de este verano, la mitad de Francia sufrirá una sequía. Hay muchos ejemplos de este tipo.

Hoy en día existe un descontento y un peligro generalizados, pero todavía no una conciencia política de que un ciclo está llegando a su fin. Esto todavía tiene que construirse y este proceso se basa en la comprensión del origen de problemas muy concretos. Así que sí, las cosas van hacia el muro, pero hay un camino diferente que nos permitirá evitarlo y no saldremos de él mediante adaptaciones del neoliberalismo.

Por eso hablo de "ruptura". Hace treinta o cuarenta años, podíamos pensar que era posible resolver la cuestión medioambiental conduciendo menos rápido, bajando un poco la calefacción, quizá incluso enviando menos correos electrónicos, como propone el nuevo ministro para la transición energética. Esas medidas no pueden cambiar el rumbo que llevamos. Los efectos del cambio climático son irreversibles si no se produce un cambio radical en la organización general de las relaciones de producción, en los modelos de consumo y en nuestra relación con la naturaleza. Creo que el gran mérito de Mélenchon y France Insoumise es haber propuesto una alternativa creíble a la trayectoria neoliberal. Una alternativa no sólo en el sentido de los intereses sociales que defiende, sino también, como diría Mélenchon, del interés humano general.

Stathis Kouvelakis

Sin duda, pero también hay poderosos intereses que se oponen a este cambio de rumbo, lo que plantea la cuestión de qué significa realmente esta ruptura. ¿Es una que nos lleva a algo cualitativamente diferente del capitalismo? En este caso, ¿podemos concebir el programa Avenir en commun como lo que cierta tradición llama un programa "de transición"?

Stefano Palombarini

Tal y como está hoy -y hablo de lo que existe, no de lo que desearía- no es un programa para dejar atrás el capitalismo. Es un programa que podría llevar a una salida del capitalismo, pero no necesariamente. (...)

La mejor etiqueta que podemos poner a este programa es, efectivamente, la de programa de transición. ¿Hacia qué? Eso depende de las personas que se comprometan a hacerlo realidad. (...)

Stathis Kouvelakis

Sea cual sea el resultado de las elecciones, está claro que se abre un nuevo periodo para la izquierda en Francia, y especialmente para lo que Pierre Bourdieu llamaba la "izquierda de la izquierda". ¿Cómo ve usted la cuestión de estructurar esta izquierda, de convertirla en una fuerza arraigada en la sociedad, capaz de construir una hegemonía a largo plazo?


Stefano Palombarini

Lo que es seguro es que la izquierda será una izquierda de ruptura o no lo será. Ya no es posible seguirle el juego al neoliberalismo. La izquierda que sí le siguió el juego aplicó las reformas neoliberales al tiempo que intentaba mitigar las consecuencias sociales negativas. Uno de los aspectos fue el calendario: las reformas que causarían directamente más sufrimiento se dejaron para el final. Por supuesto, la liberalización financiera o los tratados de libre comercio, que llegaron primero, formaban parte de una estrategia que tarde o temprano también implicaría un asalto a la relación laboral y a la protección social. Pero también es gracias a los socialistas que los trabajadores que empezaron a trabajar hace cuarenta años pudieron escapar en parte a las consecuencias de la flexibilización de las relaciones laborales. Esto dio sentido a la existencia de esa izquierda. Ahora estamos al final de ese camino; y para completar la transición al modelo neoliberal, hay que reformar la relación laboral y las protecciones sociales. Así que el espacio político para ese tipo de izquierda ya no existe.

El hecho de que el flanco izquierdo de la burguesía, que era el pilar social de ese tipo de izquierda, se decantara por Macron en 2017. Refleja la desaparición de ese espacio político. Durante su primer mandato, esta fracción de clase fue sometida a una verdadera prueba de su resistencia. No se salvó nada que pudiera suscitar una reacción: La represión de Macron contra los movimientos sociales, los ataques a las libertades civiles, el gobierno verticalista, el desprecio al parlamento, las decisiones tomadas por su consejo de defensa de forma totalmente antidemocrática. . . . No me refiero a las medidas sociales y económicas, sino a los temas a los que supuestamente se adhiere esta "izquierda burguesa". A pesar de todo esto, el 80 por ciento de ellos se mantuvo fiel a Macron. Esto demuestra una conciencia de clase bastante aguda: la burguesía antes "de izquierdas", que quería la reforma neoliberal pero en un compromiso con una fracción de las clases trabajadoras, sabe que esta posibilidad ha desaparecido. Los esfuerzos de gente como François Hollande y Anne Hidalgo por revivir esa izquierda fueron en vano.

Entonces, ¿cómo puede la izquierda de la ruptura ofrecer una alternativa viable y duradera? Esto plantea la cuestión de la forma del partido. Incluso si podemos ser muy críticos con la organización interna de France Insoumise, se trataba sin duda de una construcción inusual. Había una fuerte centralización en el grupo en torno a Mélenchon, pero también un grado de apertura que acompañaba a esta centralización de la toma de decisiones, que nunca he visto en otros lugares de la política.

Vemos esta apertura, por ejemplo, en los candidatos a las elecciones parlamentarias, que están lejos de limitarse a los cuadros de France Insoumise. También lo vemos en el desarrollo del programa L'avenir en commun. En un partido clásico, para contribuir al programa hay que implicarse en las secciones locales, entrar en los comités, tener delegados en el congreso, presentar mociones, etc. Pero el programa de France Insoumise, y luego de Union Populaire, es muy abierto: es el producto de una verdadera construcción colectiva; no ha venido de arriba abajo, aunque haya habido algunas decisiones impuestas, es cierto, por ejemplo sobre la cuestión europea.

Stathis Kouvelakis

Sin duda, pero no hay un espacio que permita a los militantes de a pie participar activamente en la discusión.

Stefano Palombarini

Puedo hablar de mi experiencia concreta durante la campaña presidencial, como diputado de la Unión Popular (PUP). No se trata de una estructura democrática clásica: Fui cooptado en ella, como todos los demás. La mitad del PUP está formada por personas que no participan en France Insoumise, como es mi caso. Hay sindicalistas, profesores, inspectores de trabajo, personalidades de las asociaciones, etc., mientras que un proceso electoral habría desembocado inevitablemente en una asamblea de militantes. Por lo tanto, hay ciertamente un grado de centralismo muy fuerte, antidemocrático si se quiere, pero que también permite un mayor grado de apertura que en las formaciones más tradicionales.

Siguiendo con mi experiencia, con unos pocos miembros del PUP, pudimos crear libremente un grupo de unos quince economistas cuyas aportaciones fueron ampliamente difundidas por France Insoumise y tuvieron un impacto en la campaña. No defiendo esta estructura en sí, simplemente digo que, comparado con un partido con un comité central y una pirámide de organización, se dan una serie de pasos más rápidos y, en cierto modo, más libres.

Stathis Kouvelakis

De acuerdo, pero estás hablando de un nivel muy alto de influencia de los expertos, que también existía, aunque en formas diferentes, en los partidos clásicos. Mi experiencia como simple miembro del grupo de acción France insoumise de mi barrio, junto con decenas de otros miembros, es que no teníamos la menor idea de esta evolución. ¿No es esto un problema?

Stefano Palombarini

Destacaría la existencia de dos aspectos en cierto modo contradictorios pero también conectados. Hay un núcleo duro, sin estructura democrática alrededor, y, como resultado de esta centralización, una posibilidad de apertura.

No quiero comparar mi experiencia como profesor universitario en el PUP con la del "miembro ordinario de un grupo de acción" del que hablas.

Pero mi caso personal es quizás de interés más general. Sólo he visto a Mélenchon una vez en mi vida, hace más de un año. Nunca he intercambiado un correo electrónico, una llamada telefónica, ni siquiera un mensaje de texto con él. Cuando nos vimos, charlamos sobre todo de América Latina, un poco de Italia, y poco de Francia. Pero leyó nuestro libro y, al final de nuestra reunión, dijo a su equipo: "Vamos a comprar veinticinco ejemplares, y todo el mundo debería leerlo".

Evidentemente, este tipo de poder puede ejercerse en diferentes direcciones: esa es tanto la ventaja como el peligro. Pero cuando vemos, por ejemplo, cómo Mélenchon y su movimiento avanzaron en la última década en su comprensión de la ecología, comprendemos que es el mismo mecanismo el que está en funcionamiento. Este tema se ha integrado profundamente en el programa a una velocidad que un partido tradicional nunca podría haber seguido.

Stathis Kouvelakis

¿Es una operación de este tipo sostenible a largo plazo?

Stefano Palombarini

No, al menos si razonamos en términos de la creciente fuerza de una izquierda que persigue la ruptura con el neoliberalismo. Me explico. En un contexto de crisis profunda, en el que las estructuras políticas son muy móviles porque hay bloques sociales que se derrumban y otros que se forman, la velocidad que he mencionado es un factor que tiene que ver con el hecho de que, en Francia, tengamos una izquierda de ruptura que marca el 22%, y que no existe en otros lugares. Por otra parte, creo que la forma organizativa particular de France Insoumise no se adapta a un movimiento que pretende tener una presencia institucional significativa, ya sea a nivel nacional o local. Este tipo de estructura, con sus defectos y ventajas, es una especie de barco pirata. Puede hacer rápidamente un análisis de la situación y también elegir rápidamente la trayectoria adecuada. Comparémoslo con el Partido Comunista, por ejemplo. Este último tiene la ventaja de ser mucho más democrático: celebra congresos, hay votaciones, etc. Pero tiene la desventaja de una enorme inercia, y ya vemos los resultados. Dicho esto, si las elecciones parlamentarias van como esperamos, este tipo de lógica centralizada tendrá dificultades para reflejar la riqueza y la diversidad de un movimiento que se está institucionalizando y que quizás elegirá a un centenar de diputados.

Entonces, ¿cómo debe organizarse? En primer lugar, hay que aumentar el grado de democracia en la toma de decisiones. Para cualquier persona que quiera participar en un movimiento, es claramente fundamental que se tengan en cuenta sus opiniones. Pero también tenemos que salvaguardar esta capacidad de reacción rápida, porque el contexto de crisis que estamos viviendo continuará en los próximos años, y probablemente incluso se intensifique.

¿Qué pasa con la antigua estructura del partido, a la que yo mismo estoy muy apegado? Hay aspectos de la forma de partido que debemos recuperar absolutamente, por ejemplo, tener una presencia local, territorial. Necesitamos secciones locales. Cuando miramos los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales, vemos que Mélenchon es mucho más fuerte en las zonas urbanas que en las rurales y en los pueblos pequeños. Podemos hacer política a través de las redes sociales, de Internet y de los canales de YouTube, pero si nos limitamos a esto, nos perdemos a toda una parte de la población que no está conectada a estos medios.

Así que necesitamos más democracia y más presencia territorial, pero también idear algo que nos permita adaptar rápidamente nuestra estrategia a nuestro análisis de la situación. La situación va a cambiar rápidamente en todos los frentes. Nos enfrentaremos a una serie de crisis, no sólo políticas en sentido estricto. Si tenemos que esperar al próximo congreso, previsto para dentro de tres años, presentar una moción y esperar que gane y luego integrar partes de las mociones perdedoras, eso no funcionará. Lo digo con plena conciencia de que tenemos que aumentar el grado de democracia. No tengo la fórmula adecuada, pero probablemente tendremos que ser inventivos."                    

(Entrevista a  Stefano Palombarini Stathis Kouvelakis , JACOBIN, 06/12/22)

13.5.22

Piketty: el acuerdo alcanzado por los partidos de izquierda franceses bajo la etiqueta de "Nueva Unión Popular" es una excelente noticia para la democracia francesa y europea... El programa adoptado marca el regreso de la justicia social y fiscal. En un momento en que la inflación ya ha empezado a recortar los ingresos y los ahorros de los más modestos, es urgente cambiar de rumbo... para financiar las inversiones en sanidad, educación y medio ambiente, será imprescindible pedir a los más ricos que contribuyan... Además de restablecer el ISF (Impot sur la Fortune) o impuesto sobre la riqueza, se propone transformar el impuesto sobre la propiedad en un impuesto progresivo sobre la riqueza neta, lo que permitiría grandes reducciones de impuestos para millones de franceses sobreendeudados de las clases trabajadoras y medias

 "Digámoslo ya: el acuerdo alcanzado por los partidos de izquierda franceses bajo la etiqueta de "Nueva Unión Popular" es una excelente noticia para la democracia francesa y europea. Quienes ven en él el triunfo del radicalismo y del extremismo es evidente que no han entendido nada de la evolución del capitalismo y de los retos sociales y medioambientales a los que nos enfrentamos desde hace varias décadas.

 En realidad, si miramos las cosas con calma, el programa de transformación propuesto en 2022 es bastante menos ambicioso que los de 1936 o 1981. En lugar de ceder al conservadurismo imperante, es mejor tomarlo como lo que es: un buen punto de partida sobre el que seguir construyendo.

El programa adoptado marca el regreso de la justicia social y fiscal. En un momento en que la inflación ya ha empezado a recortar los ingresos y los ahorros de los más modestos, es urgente cambiar de rumbo. Quienes afirman que las políticas del tipo "lo que sea" no las pagará nadie, mienten a los ciudadanos. Para compensar a los más vulnerables por los efectos de la inflación y financiar las inversiones en sanidad, educación y medio ambiente, será imprescindible pedir a los más ricos que contribuyan.

Entre 2010 y 2022, según la revista Challenges (que no puede ser sospechosa de izquierdismo), las 500 mayores fortunas francesas pasaron de 200.000 millones a casi un billón, es decir, del 10% del PIB a casi el 50% del PIB. El aumento es aún mayor si ampliamos el foco y nos fijamos en las 500.000 mayores fortunas (el 1% de la población adulta), que ahora superan los 3.000 billones de euros (6 millones de euros por persona según la Base de Datos Mundial de Desigualdad), frente a los apenas 500.000 millones de los 25 millones más pobres (el 50% de la población adulta, cada uno con 20.000 euros de media). 

Elegir, en medio de un período de prosperidad tan espectacular para los más ricos y de estancamiento para los menos prósperos, suprimir el exiguo impuesto sobre el patrimonio, cuando evidentemente debería haberse aumentado, muestra un curioso sentido de las prioridades. Los historiadores que estudien este periodo no serán amables con los gobiernos de Macron y sus partidarios.

La primera virtud de los partidos de izquierda es haber superado sus conflictos para unirse en su oposición a esta deriva. Además de restablecer el ISF (Impot sur la Fortune) o impuesto sobre la riqueza, se propone transformar el impuesto sobre la propiedad en un impuesto progresivo sobre la riqueza neta, lo que permitiría grandes reducciones de impuestos para millones de franceses sobreendeudados de las clases trabajadoras y medias. Para fomentar el acceso a la propiedad, el paquete podría completarse con un sistema de herencia mínima para todos.

El acuerdo alcanzado entre los "insoumis" (rebeldes) y los socialistas prevé también la extensión de los derechos salariales a los trabajadores por cuenta ajena y el refuerzo de la presencia de los asalariados en los consejos de administración. Este sistema existe desde la posguerra en Suecia y Alemania (con hasta el 50% de los puestos en las grandes empresas) y ha permitido una mejor participación de todos en las estrategias de inversión a largo plazo.

Desgraciadamente, sigue siendo embrionario en Francia: la derecha siempre le ha sido hiper-hostil (los gaullistas pretendían a veces favorecer la participación en los beneficios, en realidad unas migajas, pero sin cuestionar nunca el monopolio del poder de los accionistas), y la izquierda ha apostado durante mucho tiempo por las nacionalizaciones (como en 1981). El giro actual hacia un enfoque menos estatalista y más participativo recuerda a los convenios colectivos de 1936 y abre el camino a un nuevo paradigma. De nuevo, a largo plazo, habría que hacer mucho más, por ejemplo garantizando el 50% de los puestos a los trabajadores en todas las empresas (pequeñas y grandes) y limitando al 10% los derechos de voto de un accionista individual en las grandes empresas. (...)"     
   

 (Piketty, blog, 10/05/22; Traducción realizada con la versión gratuita del traductor www.DeepL.com/Translator)

12.5.22

La idea de desobediencia selectiva de Mélenchon promueve una Europa a la carta, definiendo los ámbitos en los que los intereses nacionales pueden superar a los de la UE... ya no se aboga por el Frexit, pero si se fomenta políticamente la desobediencia en el pacto de estabilidad y crecimiento, en la competencia y en las orientaciones neoliberales de la política agrícola común... y el Partido Socialista francés (PS) está dispuesto a “no respetar ciertas reglas” de la Unión Europea, según el programa conjunto... o sea, la voluntad popular de los franceses, expresada en las urnas, no puede ser anulada por las leyes de la UE... o sea, un Frexit, pero sigiloso... cousas veredes...

 "La desobediencia y la izquierda francesa.

Después de los Verdes, los comunistas se unieron a la nueva alianza de la izquierda bajo el liderazgo de Jean-Luc Mélenchon. En el aspecto programático, aceptaron la mayor parte del programa de Mélenchon y se limitaron a excluir el único punto en el que no están de acuerdo: el fin de la energía nuclear. 

Los Verdes optaron por una táctica diferente en sus puntos controvertidos, Europa en particular, buscando garantías para definir lo que la nueva alianza puede y no puede hacer en política europea. Ambos temas acabarán saliendo a la luz, y pondrán a prueba la coherencia de los partidos dentro de esta nueva alianza.

La idea de desobediencia selectiva de Mélenchon abre un nuevo cisma, promoviendo una Europa a la carta en la izquierda, definiendo los ámbitos en los que los intereses nacionales pueden superar a los de la UE.

El documento conjunto entre La France Insoumise (LFI) de Mélenchon, y los Verdes afirma que la alianza tendrá que estar dispuesta a desobedecer ciertas normas europeas para poder aplicar su programa, de acuerdo con el mandato que le han confiado los votantes. Esto está sujeto a una serie de condiciones establecidas en el texto: Como miembro fundador de la UE, Francia no puede adoptar una política que tenga como objetivo ni la salida de la Unión, ni su desintegración, ni el fin de la moneda única. 

El comunicado precisa a continuación que la desobediencia es concebible en determinados ámbitos políticos de la UE, como el pacto de estabilidad y crecimiento, la competencia y las orientaciones neoliberales de la política agrícola común. Esto sólo puede hacerse de acuerdo con el Estado de Derecho, asegura.

Entonces, ¿cómo es posible que esto funcione? ¿Cómo puede ser que desafiar el pacto de estabilidad y crecimiento sea conforme al Estado de Derecho? ¿Cómo puede la alianza ser desobediente y obediente? Lo que nos dice esta redacción es que ambas partes pueden irse a casa y argumentar que han salvado sus posiciones, mientras que las dos siguen siendo irreconciliables. Sí, LFI ya no aboga por el Frexit, pero si se fomenta políticamente la desobediencia en una Unión Europea construida sobre el Estado de Derecho, esto acaba por derribar la casa.

También sugiere que Europa volverá a ser un tema de división para la izquierda. El acuerdo concreto sobre cómo ser europeo y de izquierdas en Francia aún no ha surgido bajo esta nueva alianza.

Para la mayoría de Emmanuel Macron, será el punto de ataque durante esta campaña. Los socialistas están divididos internamente sobre si el futuro es demasiado rupturista. Si aceptaran unirse a la alianza bajo el liderazgo de LFI, esperen un éxodo de aquellos que no pueden reconciliarse con este nuevo rumbo."          
          (Wolfgang Münchau , Eurointelligence, 04/05/22)

 

 "El socialismo francés vive un terremoto al pactar con Mélenchon que no respetará “ciertas reglas” de la UE.

 El Partido Socialista francés (PS) está dispuesto a “no respetar ciertas reglas” de la Unión Europea, según el programa conjunto acordado el miércoles con La Francia Insumisa (LFI), el partido euroescéptico de Jean-Luc Mélenchon. El acuerdo para las elecciones legislativas de junio supone un terremoto para un partido europeísta como el PS, ya muy debilitado tras el hundimiento en las presidenciales de abril.

Si Mélenchon consiguiera la mayoría en las legislativas de junio, convirtiéndose en primer ministro con este programa y con el apoyo socialista, Francia se sumaría a la nómina de países que, como Hungría y Polonia, están poniendo en tensión el proyecto común europeo.

El acuerdo elude las diferencias sobre la OTAN: los socialistas son atlantistas, los insumisos quiere salirse. Y es lógico: aun en caso de un Gobierno encabezado por Mélenchon, la política internacional sería “terreno reservado” para el presidente, Emmanuel Macron, que es atlantista y europeísta.

Las diferencias, abismales hasta ahora, entre la política europea del PS y la de LFI, eran el principal escollo para el acuerdo, al que también se han sumado ecologistas y comunistas y que el jueves se someterá al voto del Consejo Nacional de los socialistas. Todo el debate se centraba en la palabra “desobediencia”, fundamental en el vocabulario de Mélenchon cuando se refiere a la UE.

En su programa para las presidenciales, Mélenchon planteaba un plan A y un plan B. El plan A: “Propondremos a los Estados y a los pueblos europeos la ruptura concertada con los tratados actuales”. El plan B entra en juego si los socios de la UE no aceptan esa ruptura: “Aplicaremos en todos los casos inmediatamente nuestro programa a nivel nacional, asumiendo la confrontación con las instituciones europeas (...). Desobedeceremos, cada vez que sea necesario, las reglas que representen un bloqueo”.

Los ecologistas y los comunistas, que cerraron sendos acuerdos con LFI a principios de la semana, aceptaron incluir la palabra “desobediencia” en el comunicado común. Los socialistas plantearon más problemas.

Es cierto que siempre ha habido una corriente soberanista en el Partido Socialista, que, por ejemplo, mantuvo un intenso debate interno durante el referéndum sobre el tratado constitucional de la UE en 2005. Pero también es el partido de François Mitterrand, impulsor con el canciller Helmut Kohl de la reconciliación franco-alemana y del mercado común. Y es el partido de Jacques Delors, patriarca de la Europa unida. La decisión de participar en un proyecto conjunto bajo la tutela de un dirigente euroescéptico como Mélenchon —y no en una posición hegemónica como en acuerdos precedentes, sino subordinada— no era menor.

La solución es una alambicada formulación que evita a los socialistas asumir el término “desobediencia”, pero que acaba diciendo algo similar. “Por nuestras historias”, se lee en el comunicado, “unos hablamos de desobedecer, otros de derogar de manera transitoria, pero apuntamos al mismo objetivo: ser capaces de aplicar plenamente el programa compartido de gobierno y respetar así el mandato que nos habrán dado los franceses”.

 Socialistas e insumisos continúan: “La puesta en marcha de nuestro programa compartido conducirá necesariamente a tensiones, a constatar contradicciones. Hará falta superar estos bloqueos y estar dispuestos a no respetar ciertas reglas mientras trabajemos para transformarlas”.

El documento se refiere, en concreto, a las reglas “económicas, sociales y presupuestarias”. Y cita el pacto de estabilidad y de crecimiento, que ya está en proceso de renegociación en la UE. También el derecho de competencia. Y lo que denomina “las orientaciones productivistas y neoliberales de la política agraria común”. Francia es el primer beneficiario en la UE de la Política Agraria Común (PAC).

El acuerdo entre socialistas y mélenchonistas insiste en que no es excepcional “desobedecer”, “derogar transitoriamente” o “no respetar” las reglas comunes. “No seremos ni los primeros ni los últimos en hacerlo, ni en Francia ni en Europa”, dice el texto. Cita, entre otros países, a “España con el precio de la energía”, un caso en el que las derogaciones se han negociado y pactado laboriosamente con Bruselas. Y añade: “Lo haremos en el respeto del Estado de derecho y combatiendo firmemente los ataques contra las libertades fundamentales de los Gobiernos de extrema derecha húngaro y polaco”.

Los firmantes quieren marcar distancias con países como Polonia o Hungría, que tienen encontronazos continuos con Bruselas y los socios de la UE por considerar que el derecho nacional prevalece sobre el comunitario. Este era, también, un argumento de Marine Le Pen, candidata de extrema derecha en las presidenciales de abril, para prometer no la salida directa de la UE, sino una reforma desde dentro que acabase convirtiendo el club en lo que llamaba una alianza de naciones europeas.

Un Frexit —salida de Francia de la UE— no inmediato, sino a medio plazo podría ser una consecuencia futura de aplicarse al pie de la letra el programa presidencial de Mélenchon (y el de Le Pen). El acuerdo disipa esta posibilidad.

“El Gobierno que formaremos no podrá tener como política la salida de la Unión, ni su desagregación, ni el fin de la moneda única”, afirman los partidos. “Nuestro objetivo será arrastrar a otros Estados con nosotros, con el fin de contribuir como gobierno a reorientar las políticas europeas y a modificar de manera duradera las reglas y los tratados europeos incompatibles con nuestra ambición social y ecológica legitimada por el pueblo”.

Hay un argumento soberanista detrás del acuerdo: la idea de que la voluntad popular de los franceses, expresada en las urnas, no puede ser anulada por las leyes de la UE. Y hay otro argumento que podría calificarse de progresista: algunas reglas europeas, “y no menores, no están adaptadas a los imperativos de la urgencia económica y social”. Toda la cuestión es cómo se cambian las reglas: si de forma unilateral —desobedeciéndolas, o ignorándolas— o por la negociación: el viejo y eficaz método europeo de toda la vida."         (Marc Bassets , El País, 05/05/22)

 

Para luchar contra las epidemias y como alternativa a la salida del euro de los países del Sur, o como salida de emergencia ante la (más probable) ruptura de la UE por parte de los países del Norte (o de la Francia de Mélenchon)... hay que conseguir la soberanía financiera... implantando una moneda digital paralela de circulación interna, en paridad 1:1 con el euro (¿europeseta electrónica?), en España: 

La propuesta de Garzón, basada en el Trabajo Garantizado:

Cómo aplicar el Trabajo Garantizado en ayuntamientos y autonomías... financiándolo con créditos fiscales municipales

Para Ecuador:

Hacia una "moneda electrónica paralela" para afrontar la crisis... en Ecuador (o en España) ¿Por qué y cómo hacerlo?

Para conseguir un monopolio financiero mundial, Facebook propone su propia moneda digital... LIBRA

Otras propuestas: 


Susana Martín Belmonte propone una 'coronamoneda' digital para potenciar la renta de cuarentena... una renta vehiculada a través de una moneda ciudadana digital descargable de una app y con respaldo del Banco de España.
Enlace: http://ojeandoelestadodelpais.blogspot.com/2020/04/coronamoneda-digital-para-potenciar-la.html 

El prometedor dinero fiscal

Emitir 'GREUROS'. Entre la salida del Euro, y la aceptación de la austeridad de la Troika, existe una tercera vía que se basa en la recuperación parcial de la soberanía monetaria

Existe una descripción con mucho humor, de economía-ficción, sobre los beneficiosos efectos que se producirían si en Italia, el gobierno impusiera una moneda digital (la sitúa en el 2020), para salir de la quiebra económica y política a la que la permanencia en el euro habría llevado al país. El objetivo se conseguiría rápidamente.


Los únicos perjudicados, los especuladores de la deuda. Ver: J. D. Alt: ‘Europa, 2020: una ucronía iluminadora’. http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=5467 )

Los artículos de Juan José R. Calaza, Juan José Santamaría y Juan Güell muestran con gran claridad las ventajas de una europeseta electrónica de circulación interna:

- Para entender la europeseta electrónica. Qué es y, sobre todo, qué no es. Enlace: http://www.farodevigo.es/opinion/2012/12/02/entender-europeseta-electronica/720458.html


- Para salir de la crisis sin salir del euro: España debe emitir europesetas (electrónicas). Enlace: http://www.farodevigo.es/opinion/2011/11/27/salir-crisis-salir-euro-espana-debe-emitir-europesetas-electronicas/601154.html

- Las europesetas electrónicas, complementarias al euro, estimularán el crédito sin efectos colaterales perversos. Enlace: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=165815

Juan Torres insiste en que es necesario emitir una moneda complementaria al euro. Sus artículos:

-Marear la perdiz. Enlace: http://ccaa.elpais.com/ccaa/2013/02/08/andalucia/1360327224_588117.html

- Hay alternativas, incluso dentro del euro. Enlace: http://juantorreslopez.com/publicaciones/hay-alternativas-incluso-dentro-del-euro/ mmmm

Más información en:
 
 
 
 'Si Grecia, España, o Andalucía emitiesen una moneda digital, respaldada por la energía solar instalada en sus tejados, alcanzarían la soberanía financiera. La de dar créditos a familias y empresas': http://comentariosdebombero.blogspot.com.es/2014/06/si-una-autonomia-o-una-gran-ciudad.html