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23.2.21

Cuando festejamos la nueva ley de la eutanasia, es de justicia recordar el acoso que sufrió la figura de Montes, quien agitó la bandera en favor de la muerte digna y soportó hasta 73 denuncias falsas elevadas hasta la Fiscalía por la administración Aguirre

"Los aplausos en el Congreso, los abrazos a la ex ministra de Sanidad, María Luisa Carcedo, y los vítores de los activistas a las puertas de la cámara alta tras la aprobación este jueves de la ley sobre la eutanasia. Todos estos reconocimientos eran, en muy buena parte, para Luis Montes, quien fuera el estandarte en la lucha por una muerte digna.

 El médico del hospital Severo Ochoa (Leganés) —Luis ó Montes, jamás doctor porque prefería un trato cercano— fiero defensor de la sanidad pública y presidente de la Asociación Derecho a Morir Dignamente (DMD), soporto las mentiras y las manipulaciones del PP, en los medios y en los juzgados en un intento de embarrar su lucha.

En 2004 una fuente anónima denunciaba 400 casos de eutanasia irregular en el Severo Ochoa y la administración Aguirre, con Manuel Lamela a la cabeza de la consejería de Sanidad, utilizaba este sospechoso chivatazo para llevar a Montes hasta los tribunales. Así, hasta la Fiscalía fueron remitidas 73 denuncias por sedaciones practicadas sobre pacientes terminales en el servicio de urgencias, coordinado por su figura. En 2008 la justicia daba carpetazo a la causa y la Audiencia Provincial consideró que deberían suprimirse del auto del archivo cualquier referencia “a la mala práctica médica”. 
 
Pero durante esos duros años, Montes sufrió una enorme presión mediática que la justicia no fue capaz de subsanar. Presión que iba más allá de los tribunales, pues Lamela, en su empeño por derribar a un defensor de lo público, creaba comisiones ad hoc para analizar las supuestas negligencias. Pero Luis nunca desistió en su empeño.

Había que defender la muerte digna, pero también la sanidad pública, que se enfrentaba a los planes privatizadores de Lamela, y contra los que Montes siempre mostró oposición. Lamela, ese ejemplo de ética y moralidad que fue finalmente imputado junto a su sucesor, Juan José Güemes, por malversación de caudales públicos durante la privatización de la sanidad madrileña. Lamela, fiero defensor de su bolsillo, que durante esta pandemia, hoy como abogado, se ofrecía a la sanidad privada para demandar indemnizaciones al Estado por “incautación de material”.

Mientras el ruido contra Montes era atronador, se construían ocho hospitales de gestión privada, se cedía terreno público a gestores privados y se ponía la sanidad en las manos de empresas como Acciona, Dragados y Sacyr. Mientras agitaban la bandera contra la eutanasia, Lamela diseñaba la cláusula del 1% para desviar fondos para su partido, tal y como consta en su imputación. El PP madrileño lograría así desviar cerca de tres millones de euros de la construcción de hospitales y centros de salud a su caja ‘B’ valiéndose de esta cláusula que hacía pagar a las entidades concesionarias, acusación que se inserta dentro de la trama Púnica. La campaña contra las sedaciones irregulares supo tapar muy bien el sonido de la caja registradora.
“El médico debe curar y aliviar”

Pero no, Luis Montes jamás practicó una eutanasia en el Severo Ochoa, tal y como demostró la justicia. Nunca actuó de manera irregular, porque las leyes caminaban muchísimo más lentas que su lucha. Luis defendía el derecho a morir dignamente y que este fin estuviera algún día contemplado en nuestra legislación; tal y como podemos festejar desde este jueves, hito que nos sitúa entre los cuatro primeros países europeos en aprobar la regulación de esta práctica.

“El médico debe curar cuando se pueda pero aliviar y confortar, siempre. Especialmente cuando la enfermedad no tiene solución y que nos llevará indefectiblemente a la muerte”. Con frases como estas, Luis hizo reflexionar a toda una generación de vecinas y vecinos de Leganés, quienes abríamos debate sobre la eutanasia en bares, parques, tertulias y charlas de manera recurrente. Especialmente durante los peores años de la represión aguirrista. Montes era nuestro doctor de referencia, pero también nuestro mayor profesor en el arte de morir dignamente.

Es por eso que el tejido social del pueblo se volcó con el Severo Ochoa durante esa extraña caza de brujas en la que llovían acusaciones y circulaban miles de bulos que intentaban poner contra las cuerdas la actuación del servicio de urgencias, mantra con el que se consiguió reunir a un lado de la población. Los compañeros y compañeros de Montes hicieron piña en torno a su figura y muchos secundaron sus enseñanzas, hoy impresas en cada esquina de la asociación DMD.

“El acoso y derribo al que fue sometido nuestro compañero Luis Montes y varias decenas de profesionales supuso un antes y un después en el devenir, no solo del Hospital Severo Ochoa, sino de la Sanidad Pública madrileña. Y a pesar de las sentencias a favor de los médicos de la urgencia del Severo Ochoa, nadie de la Consejería ni de la caverna mediática pidió perdón, dimitió ni subsanó el daño ocasionado”, contaba su compañera de hospital Mercedes Condés Obón en El Salto.

El 19 de abril de 2018 Luis Montes perdía la vida por un infarto repentino de camino a un acto en defensa de la muerte digna. Luis moría sin dolor y nos dejaba a todas y todos una tarea pendiente. Hoy parece que la tarea ya ha florecido y por eso, mientras escribo estas líneas, le imagino más vivo que nunca, agitando con dignidad la bandera que nos hará libres hasta el último de nuestros días."                                    (Sara Plaza Casares, El Salto, 19/12/20)

25.3.20

David Trueba: la crisis de recursos sanitarios española hay que situarla en su contexto histórico, el de la Esperanza Aguirre del 'tamayazo'... quíen tenía un plan de negocio para la salud pública madrileña... así que el doctor Montes y su equipo fueron acusado de asesinato por una denuncia anonima... la trama de acusaciones falsas encontró el apoyo de periodistas, altos cargos, jueces y empresas del sector... de ahí el destrozo de la sanidad pública... apesar de la lucha de las 'mareas blancas', un fenómeno sin equivalente en el mundo occidental

"Es importante, sobre todo para los jóvenes, situar la crisis de recursos sanitarios española en un contexto histórico. Hace tres décadas, después de unos años de ejecución de privatizaciones en todos los sectores fundamentales de la economía nacional, llegó el momento de encarar el escollo más duro del proceso. Para la liquidación del tejido sanitario común, debía invertirse la valoración ciudadana sobre sus servicios de salud. (...) 

Fue precisamente en esa lucha intelectual cuando estalló el escándalo de la unidad de paliativos del hospital Severo Ochoa.

Los doctores que dirigían el departamento se enfrentaron a una denuncia anónima que fue expandida por la consejería de sanidad de la Comunidad de Madrid. Corría el año 2005 y el Gobierno de Esperanza Aguirre tenía un plan de negocio para la salud pública madrileña capitaneado por su consejero Manuel Lamela. La presunta trama de acusaciones falsas encontró el apoyo imprescindible de periodistas, altos cargos, jueces y empresas del sector de matriz privada o religiosa. 

La alarma entre los ciudadanos fue notable y el doctor Luis Montes personificó la lucha tenaz por demostrar su inocencia y su trabajo honrado tras ser cesado por sus superiores políticos. Para cuando los tribunales desestimaron las acusaciones por asesinato en las sedaciones médicas, habían pasado tres años. 

Tres años que fueron un implacable destrozo en la salud pública con políticas a favor del negocio privado al que fueron pasando uno tras otro los responsables políticos tras hacer su labor de termita y destrozo desde el corazón de lo público.

Las mareas blancas fueron un fenómeno sin equivalente en el mundo occidental por el cual los médicos y personal sanitario se enfrentaron a cara descubierta contra sus responsables políticos con la única misión de tratar de lograr que los ciudadanos fueran conscientes del daño que se estaba causando a su sistema público hospitalario. Muchos de los ciudadanos prefirieron la ignorancia o el consuelo de pensar que detrás de esos actos había intereses partidistas, tan habituales.

 Hoy, los españoles salen emocionados a aplaudir a sus servicios de salud y emergencias, pero quizá deben aprender que a los sanitarios y a los educadores hay que defenderlos cuando no parecen imprescindibles. Tarde o temprano lo son, indefectiblemente. El doctor Luis Montes murió en plena lucha por alcanzar un protocolo de muerte digna para los pacientes terminales, esa fue su última batalla tras tantas otras. (...)

Pero cuando llegan las ocho de la tarde no nos olvidamos de él ni de las mareas blancas. Ahora sí entendemos aquello de lo que pretendían advertirnos en los años de la bonanza económica."         (David Trueba, El País, 24/03/20)

23.4.18

Descanse en paz, doctor Montes... lo escogieron para desacreditar un modelo, el de la sanidad pública, y golpeándolo desde dentro y desde fuera de las instituciones, sin tregua ni piedad, trataron de que la injuria calara en la ciudadanía y que en el usuario se asentara la idea de que no era seguro ponerse en manos de tipos sin escrúpulos que matan ancianitas moribundas

"Fue el desgraciado caso del doctor Montes, fallecido este jueves, el que probablemente despertó en mi conciencia una sensación que el tiempo iría haciendo más precisa: la furia y la mentira en Internet concederían más alegrías económicas a los dueños de las empresas que monopolizan este invento que la solidaridad.  (...)

El caso del doctor Montes fue paradigmático. Tanto, que serviría de ejemplo de cómo la derecha española comenzó a actuar a la manera de la alt right [derecha alternativa] estadounidense: escogieron a un tipo en concreto, Luis Montes, para desacreditar un modelo, el de la sanidad pública, y golpeándolo desde dentro y desde fuera de las instituciones, sin tregua ni piedad, trataron de que la injuria calara en la ciudadanía y que en el usuario se asentara la idea de que no era seguro ponerse en manos de tipos sin escrúpulos que matan ancianitas moribundas, para dejar camas libres o para barrer del mundo a las personas improductivas.

Así de bárbaros eran los cuentos que se narraban de este médico que desde entonces se convirtió para mí, e imagino que para mucha gente, en un héroe civil. Yo lo leía en blogs, en foros, y asistía estupefacta al linchamiento, porque reconocía a algunas de las personas que lo difamaban y estaba convencida, por tratarse de profesionales informados, de que mentían a caso hecho, sin escrúpulos, porque habían decidido alimentar la injuria contra un individuo con el objetivo de cargarse la estructura en la que trabajaba. 

Calcularon mal los acusadores su fuerza porque, aunque al doctor Montes y a sus compañeros les costó muchas horas ante los tribunales probar que su actuación en los servicios de urgencia del hospital Severo Ochoa había sido adecuada, si hay algo a lo que los españoles no quieren renunciar es a la sanidad pública, y de todos era sabido que uno de los planes del gobierno madrileño de entonces, que con tanto desparpajo capitaneaba Esperanza Aguirre, era socavar los recursos sanitarios públicos y ceder servicios a empresas privadas.

Sabíamos eso. Lo sabía el personal sanitario. También se dio la circunstancia, mala suerte para quienes lo difamaban, que el doctor Montes era querido por muchos de sus pacientes, que su historial como defensor de la sanidad para los necesitados era conocido, y que formaba parte de un movimiento progresista que pretendía humanizar el traumático paso de la vida a la muerte.

Ganó la razón, que tuvo que concedérsela la justicia, porque ni los políticos que protagonizaron tan sucia maniobra ni los periodistas que jalearon las denuncias anónimas pidieron jamás perdón. 

El político popular Miguel Ángel Rodriguez tuvo que apoquinar 30.000 euros por haberse paseado por radios y televisiones calificando a Montes de desarrapado, en el mejor de los casos, y en el peor, de nazi. Pero fue el único que pagó su cuenta en lo que constituyera una campaña en la que participaron muchos. Pintaban a Montes como un Verdoux de nuestro tiempo. 

Henchidos de pronto de piedad acusaban al doctor Muerte de quitarse de en medio a los más vulnerables. Tenían conocimiento, porque lo tenían, de que Luis Montes era ese tipo de médico que está, a la manera chejoviana, siempre al lado del desasistido, del desamparado. Eso es lo más sórdido de este asunto, que lo hicieron a conciencia para desprestigiar a quien representaba un modelo de ejercer la profesión.

De alguna manera, al extender en equipo el bulo y alimentar la mentira, hay que reconocerles el mérito maligno de haber sido pioneros en la propagación de información falsa. Aún esta semana,  cuando ya toda la injuria que pesó sobre él debería haber sido borrada, por haber sido eximido de cualquier mala práctica, ha habido titulares tendenciosos al informar de su fallecimiento, y se leen aquí y allá comentarios de ese tipo de gente propensa a priorizar siempre la conspiración a la verdad, porque la verdad resulta menos atractiva y demasiado simple.

¿Podría un partido político defender su ideario sin valerse de la mentira? Desde luego que sí, pero las redes han descubierto el camino más corto, y hay una parte de la clase política que está dispuesta a hacer uso de ese tipo de foros que enmierdan el ambiente. Aceptan su trabajo sucio."               (Elvira Lindo, El País, 21/04/18)


" El doctor Luis Montes, excoordinador de urgencias del Hospital Severo Ochoa y defensor de la muerte digna, ha muerto este jueves a los 69 años, tras sufrir un infarto cuando se dirigía en vehículo a Molina de Segura (Murcia).

El presidente de la Asociación Derecho a Morir Dignamente fue acusado en 2005 por el Gobierno del PP de Esperanza Aguirre en la Comunidad de Madrid, valiéndose de una denuncia anónima, de 400 presuntas "sedaciones terminales irregulares".

Tras ser relevado y después de tres años de linchamiento moral y laboral hacia él y muchos de sus compañeros en las Urgencias del Severo Ochoa en Leganés, la Audiencia Provincial de Madrid sobreseyó el caso en 2008 al señalar que Montes y el resto de su equipo no actuó mal.
Antes de ello, en 2007, un juez archivó el caso un mes después de las elecciones municipales y autonómicas de aquel año. Previamente, la Fiscalía ya había afirmado que no veía indicios de delito.

Sin embargo, el auto señalaba que varios pacientes habían fallecido “tras mala práctica médica a la hora de sedarles”. Montes quiso limpiar su nombre y recurrió a la Audiencia Provincial, que finalmente le dio la razón y ordenó eliminar las alusiones que ponían en duda su trabajo.

Sin embargo, la campaña de linchamiento moral y profesional hacia él por parte de la derecha política y mediática ya había caído con toda su fuerza durante muchos años. “Fue una campaña en nuestra contra orquestada por la autoridad sanitaria”, aseguró Montes hace dos años en una entrevista con Público

El excoordinador de urgencias del Severo Ochoa, que nunca recuperaría el puesto, creía que el caso fue una “cortina de humo” para tapar la privatización de la sanidad madrileña, que había comenzado en 2003 con Esperanza Aguirre al frente de la Comunidad de Madrid.

"Que la máxima autoridad regional sanitaria anuncie en rueda de prensa que en un hospital público ha habido más de 400 homicidios es un torpedo a la línea de flotación de la relación médico-paciente. Fue un escándalo de unas proporciones inmensas", denunció en otra entrevista con Público meses después."                  (Público, 19/04/18)

"Tuvo un gran impacto, todo el hospital se movilizó y hubo un gran apoyo vecinal y de toda la sociedad. Pero fue muy doloroso porque de todo el equipo de Urgencias, el único que se quedó fui yo porque tenía plaza en propiedad. El resto, unos 20 compañeros, tuvieron que buscar otro trabajo, muchos fuera de la Comunidad, fueron cesados siete jefes de servicio y supervisores por apoyo al conflicto… Fue muy doloroso", agregó.

"(...) Montes, cuya especialización era la de anestesista aunque en Leganés ejercía de jefe del servicio de urgencias, acabó siendo la cabeza visible de un grupo de facultativos del que también formaban parte el ginecólogo Javier Martínez Salmeán, el internista Frutos del Nogal y el otorrino Carlos Barra, entre otros.

 Todos ellos coparon cargos de responsabilidad en el Severo Ochoa y el Hospital de Móstoles tras una larga trayectoria en el sur de la Comunidad de Madrid, donde lucharon por imprimir a la práctica de la medicina un marcado carácter progresista y de servicio público. 

Un ejemplo es su firme oposición a intentos privatizadores de la sanidad de los Gobiernos del PP. Otro, que se remonta a los años 80, fue su apuesta porque fueran los hospitales públicos los que asumieran la realización de abortos, práctica entonces no siempre accesible para quien la necesitaba y siempre relegada a clínicas privadas. 

Desde los pasillos de urgencias de Leganés, Montes decidió en sus últimos años en ejercicio poner fin a lo que, en sus propias palabras, era una de “las grandes cuentas pendientes de la sanidad pública: la muerte digna”. “La gente sufría y agonizaba durante horas y días sin otra razón que los prejuicios y la ineptitud de muchos facultativos”, solía afirmar.

Esta actitud disgustó a algunos médicos del Severo Ochoa y a los sectores más conservadores del PP madrileño, lo que acabó provocando uno de los mayores escándalos ocurridos en la sanidad pública española durante las últimas décadas.

 Tras recibir una denuncia anónima, y sin contar con informe o prueba alguna que sustentara la gravedad de las acusaciones, el entonces consejero de Sanidad de Madrid, Manuel Lamela (PP), purgó a Montes y sus aliados en el Severo Ochoa y puso en marcha una auténtica cacería de brujas contra los facultativos, a los que llegó a acusar implícitamente de decenas de muertes por sedaciones ilegales.

Lamela, en todo momento apoyado por la presidenta regional Esperanza Aguirre, hizo todo lo posible para sustentar las acusaciones. Creó comisiones para que elaboraran informes ad hoc, juego al que se prestaron algunas de las más destacadas figuras médicas de la Comunidad de Madrid. Y adoptó cuanta decisión administrativa fue necesaria para lograr que ni Montes, ni su equipo ni quienes salieron en su defensa volvieran a ocupar cargo de responsabilidad alguno.

 Pero si Lamela logró en su embestida el apoyo de algunos de los sectores médicos más conservadores —y el silencio cómplice de la entonces presidenta del Colegio de Médicos, Juliana Fariña—, el consejero fracasó rotundamente cuando fue la justicia la que examinó el caso. En junio de 2007, el juez instructor archivó el caso con una decisión que tenía algo de salomónica. Por una parte, libraba a Montes y su equipo de toda responsabilidad penal, pero admitía que en cuatro sedaciones se habían producido irregularidades.

Esto dejó insatisfecho a Montes, que recurrió el caso hasta que el Tribunal Superior de Justicia de Madrid desmontó punto por punto las acusaciones de Lamela y eximió a Montes de cualquier mala práctica.

Empezó entonces otro largo proceso judicial, esta vez sin éxito para Montes y 39 de sus colaboradores, para exigir que fueran resarcidos por los daños morales y económicos sufridos. Pero para Montes, según sus palabras, lo peor que hizo Lamela fue hacer que "la gente muera peor".

Desde 2009 el doctor era presidente federal de DMD, desde donde defendía la despenalización de la eutanasia, el acceso universal a los cuidados paliativos y a la sedación. (...)"               (Oriol Güell, El País, 19/04/18)

13.2.08

A vueltas con el "caso Lamela"

“El caso Lamela ha sido catastrófico, a la injusta persecución de un grupo de profesionales, a los que aún hoy, presuntos periodistas y supuestos políticos siguen insultando, se unen dos efectos desgraciados descritos en estas páginas por Milagros Pérez Oliva: privar a muchos pacientes de los cuidados terminales y dejar un reguero de resquemor profesional con consecuencias morales devastadoras entre sanitarios. Por si faltaba algo, se hizo algo insólito, usar la autoridad institucional para perseguir a los profesionales por razones ideológicas. (..)

No sugiero que los profesionales se aparten de la colaboración con las instituciones, todo lo contrario, se trata de fomentar una participación más activa pero también más exigente comenzando por nosotros mismos.

Lo que se echó de menos entonces fue, eso, una participación mucho más activa de sociedades científicas y profesionales en unos sucesos que tenían graves repercusiones para la sanidad pública española” (Ildefonso Hernández Aguado: Algo que aprender del 'caso Lamela'. El País, ed. Galicia, Sociedad, 12-02-08, p. 41)

El resquemor profesional cada uno se lo rasca como quiere, pero ¡Con qué derecho se dejan morir aullando de dolor a unos enfermos terminales! ¿Por miedo a que Lamela te expediente? ¿De ahí proviene el “resquemor”, de abandonar a los pacientes?

Por el mismo motivo muchos médicos vascos dan el alta prematura a los enfermos empadronados en otras autonomías, porque, al parecer, los enfermos gallegos no nos merecemos el estar hospitalizados en Euskadi. No es resquemor, es puro miedo, al jefecillo.

31.1.08

¡Si nosotros decimos que es bueno el sufrimiento para ir al cielo, ningún medicucho va a cambiar esto!

“La justicia destruye el bulo del PP sobre sedaciones en Leganés. Los jueces afirman que ni siquiera hubo mala práctica médica… De esta manera, lo que empezó como denuncia de "eutanasia masiva" queda disuelto en nada…Todo empezó en marzo de 2005, por una denuncia anónima que incidía en una acusación presentada dos años antes contra el médico Luis Montes, coordinador del servicio de urgencias, denuncia que fue archivada por el Juzgado de Leganés. Lo que se sabe de la denuncia anónima es que hablaba de 400 casos de "eutanasia activa" en ese servicio, según el testimonio del entonces líder del PSOE madrileño, Rafael Simancas, en referencia a lo que personalmente le comunicó Lamela.” (EL PAÍS, 29-01-2008)

Les llamaron asesinos, fueron represaliados, la Comunidad de Madrid, que preside la popular Esperanza Aguirre, se escudó en un anónimo para denunciarles por matar a 400 pacientes terminales y la Cope y El Mundo los crucificaron. Nada. No queda nada. La Audiencia Provincial de Madrid ha archivado definitivamente el bulo de las sedaciones en Leganés y ordena restituir el nombre de Luis Montes, ex coordinador de Urgencias del Hospital Severo Ochoa de Leganés, y retirar cualquier alusión a mala práctica médica.”

Declaraciones de Luis Montes:

“P. ¿Y si le piden perdón?

R. A mí que no me pidan perdón, que no se lo voy a conceder. Que pidan perdón a los familiares de tantas personas que han muerto con dolor por su culpa. Porque después del caso Lamela, la gente ha muerto peor, sufriendo y con los familiares pasándolo mal. (…)

P. En 2002 hubo una denuncia anónima y la consejería la archivó tras una investigación interna. ¿Por qué en 2005 la consejería, también del PP, actúa de distinta forma?

R. En mi opinión, hay factores políticos, económicos e ideológicos. (…)

Las encuestas del CIS decían que la gente estaba a favor de la eutanasia, pero aun así el Gobierno socialista dijo que en esta legislatura no tocaba. Pero el PP decidió que claro que tocaba, y abrió un nuevo frente en su oposición total.” (EL PAÍS, 29-01-2008)

“Morir sin dolor aún es privilegio. El 'caso Lamela' ha desatado el miedo a aplicar sedaciones. Sólo un tercio de los enfermos que precisan cuidados paliativos los reciben.

“ (…) Podría decirse que el caso Lamela ha tenido dos efectos graves y un rebote. El primer efecto lo han pagado los pacientes. Todos los especialistas consultados coinciden en que, tras la denuncia, muchos médicos dejaron de aplicar la sedación terminal y otros cuidados paliativos a enfermos que los necesitan, especialmente en la comunidad de Madrid, por temor a ser cuestionados o incluso denunciados. (…)

"La sedación pasó a ser una práctica sospechosa y eso hizo mucho daño"… "La denuncia provocó un retraimiento en lo que ya estaba plenamente admitido como una práctica asistencial correcta. Muchos médicos se lo piensan ahora dos veces antes de indicar una sedación" (…)

Lo que ya se conoce como el efecto Lamela ha privado y sigue privando a muchos pacientes terminales de una herramienta que no sólo está indicada sino que constituye una buena práctica médica. (…)

El segundo efecto Lamela ha recaído en la propia profesión médica. La denuncia no sólo ha dejado a su paso un reguero de resquemor profesional que, como la pólvora, ha tenido efectos morales devastadores, sino que ha sentado un predecente que antes era impensable: Por primera vez, una autoridad sanitaria utiliza el poder institucional que le confieren los ciudadanos para perseguir a un equipo profesional, no por criterios médicos, sino por oscuras razones ideológicas. "Nunca hubiéramos pensado que se podía llegar a esos niveles de intromisión en la práctica asistencial por motivos ideológicos", reflexiona José Expósito. (…)

Muchos han interpretado la acción de Lamela como un ataque preventivo contra la posibilidad de que en España se regule la eutanasia (…)

Otros, entre ellos el propio Luis Montes, la interpretaron como como una operación de desprestigiado de la sanidad? pública, destinada a reforzar la estrategia de privatización de la gestión hospitalaria emprendida por la Comunidad de Madrid. (…)

Pero lo que más mella ha hecho en la moral profesional, lo más corrosivo ha sido ver la facilidad con que se podían montar comisiones de investigación y escrutinio de profesionales para juzgar a otros profesionales fuera del sistema judicial y por tanto, sin ninguna garantía profesional. (…)

"Es un precedente letal. Ningún servicio sanitario soportaría una evaluación tan sesgada como la que aplicó comité de expertos reunidos por Lamela para juzgar la práctica asistencial de los médicos de Leganés. Cualquiera de los miembros de esa misma comisión saldría mal parado de un escrutinio semejante", afirma Xavier Gómez-Batiste. (...)

Pero el caso Lamela ha tenido también un efecto rebote: la reacción que ha provocado ha permitido poner en evidencia las carencias del sistema sanitario en cuidados paliativos y ha dado lugar a una estrategia nacional que ahora aplican, con mayor o menor intensidad, las comunidades autónomas. El caso Lamela mostró que en España la mayoría de los enfermos morían mal, algunos muy mal. "La sociedad ha reaccionado y quienes veníamos luchando por extender los cuidados paliataivos hemos recibido un refuerzo muy importante. Se ha demostrado que es una de las intervenciones más coste-efectivas, es decir, que con menos recursos produce mayor beneficio, y ahora se está haciendo un esfuerzo muy importante", explica José Expósito.” (El País. Ed. Galicia, Cultura, 30-01-08, p. 36)