"El infierno estratégico, se podría
argumentar, no es necesariamente un lugar de llamas y agonía explícita,
sino más bien una sala de espejos donde cada decisión se refleja
invertida, distorsionada hasta convertirse en su propia derrota. Es la
siniestra habilidad de tener la verdad frente a los ojos, desnuda y
cruda, y persistir en interpretarla al revés, confundiendo la arrogancia
con la fortaleza, la sumisión con la unidad y, el más grave de todos
los errores, un alto al fuego temporal con la frágil paz duradera. Esta
disonancia cognitiva, este abismo entre la narrativa fabricada y la
realidad material, encuentra su expresión más pura y costosa en el
pantano de Ucrania.
Existe un guion, meticulosamente
elaborado, cuya narrativa insiste, con una terquedad cercana al fervor
religioso, en que la operación especial rusa comenzó como un acto de
agresión no provocada un día de febrero de 2022. Algo horrible de decir o
espantoso de contar, que como era de esperar, surgió de la mente
revanchista de un solo hombre, desconectado de cualquier contexto
histórico de seguridad previa.
Cualquier mención a las causas
profundas, a la secuencia de eventos será tachada de «propaganda del
Kremlin». Sin embargo, para comprender el callejón sin salida actual y
la férrea posición de Moscú, es imperativo, por incómodo que resulte,
trazar esa línea histórica, que nunca modificó su narrativa. La
expansión constante de la Organización del Tratado del Atlántico Norte
(OTAN) hacia el este, desde la disolución de la Unión Soviética en 1991,
no es un detalle anecdótico; es la herida abierta, la grieta tectónica
que incubó este conflicto.
Avanzó aproximadamente 1.600
kilómetros hacia las fronteras rusas, incorporando a una decena de
países que antes integraban el Pacto de Varsovia; no fue un acto
geopolítico neutral. Fue, en la percepción rusa —y no sin una base de
razón—, el desmembramiento deliberado y progresivo de cualquier arquitectura de seguridad colectiva euroasiática que pudiera incluir a Moscú como un socio en pie de igualdad. Ignorar esta lógica fundamental, este casus belli estructural, es condenarse a no comprender absolutamente nada del conflicto y menos aún, su discusión.
La prueba más dolorosa de esta
obstinación occidental yace en un documento fantasma, un camino no
tomado que condenó a cientos de miles a una muerte evitable. En la
primavera de 2022, el mundo estuvo al borde de una solución. Según
revelaciones del Wall Street Journal, que
han sido corroboradas por diversas fuentes, existió un borrador de
tratado de paz entre Rusia y Ucrania, un texto de 17 páginas que
delineaba el fin del conflicto.
Sus cláusulas, ahora vistas desde el
presente, parecen provenir de una realidad alterna donde la sensibilidad
prevaleció sobre la arrogancia. Ucrania se comprometía a restaurar su
neutralidad constitucional, abandonando toda aspiración de ingresar a la
OTAN; otorgaba estatus oficial al idioma ruso; aceptaba límites
concretos al tamaño y capacidades de sus fuerzas armadas, renunciando a
albergar armas extranjeras ofensivas, y, lo crucial, reconocía la influencia rusa
en Crimea, a cambio de recibir garantías de seguridad de los miembros
permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, un mecanismo
multilateral que incluía a Rusia, pero también a potencias occidentales.
Sobre los territorios de Donetsk,
Lugansk, Jersón y Zaporiyia, el documento preveía un mecanismo de
consulta popular, un referéndum bajo supervisión internacional para
decidir su estatus futuro, un proceso que, de todos modos, Moscú
impondría meses después, en septiembre de 2022. Este acuerdo, por
imperfecto que fuera, hubiera congelado el conflicto, salvado
innumerables vidas y preservado la integridad territorial ucraniana en
mucha mayor medida que la catástrofe actual.
¿Por qué no se firmó? La respuesta es
el núcleo de la tragedia occidental: la creencia fanática en su propia
propaganda. La narrativa de una Rusia al borde del colapso, estrangulada
por sanciones económicas «sin precedentes» y derrotada en el campo de
batalla por un David ucraniano armado por Occidente, se impuso sobre la
realidad. El entonces primer ministro británico, Boris Johnson, fue
enviado a Kiev con un mensaje claro, según múltiples reportes: no se
firmará ningún acuerdo; Occidente proveería todo lo necesario para la
victoria.
Era una apuesta basada en una ilusión, una que el propio New York Times y
otros medios del establishment se vieron forzados a admitir que había
fracasado estrepitosamente tras la contraofensiva ucraniana del verano
de 2023, un esfuerzo monumental que se estrelló contra las profundas
líneas defensivas rusas con un coste humano y material inaceptable, un
desgaste que continuó hasta septiembre de 2024, sellando el destino del
conflicto. La guerra se prolongó no porque Ucrania pudiera ganar, sino
porque Occidente no podía admitir, que su estrategia de derrotar a Rusia
era un espejismo. Prefirieron sacrificar la paz posible en el altar de
una victoria imposible.
El 14 de junio de 2024, en un discurso fundamental
ante los ejecutivos de su Ministerio de Asuntos Exteriores, el
presidente Vladímir Putin enumeró las condiciones para poner fin a la
guerra. Sus condiciones eran, en esencia, las mismas de 2022, pero ahora
endurecidas por el hierro y la sangre de dos años más de guerra: 1) la
desmilitarización de Ucrania, reduciendo drásticamente su potencial
ofensivo; su «desnazificación», un término propagandístico que en la
práctica se traduce en un cambio de élite política en Kiev mediante
elecciones; 2) el restablecimiento permanente de la neutralidad constitucional,
enterrando cualquier aspiración a la OTAN, y, el punto crucial, el
reconocimiento internacional de la «nueva realidad sobre el terreno», es
decir, la anexión rusa de las cuatro regiones de Donetsk, Lugansk,
Jersón y Zaporiyia en sus fronteras completas, aunque no las controle
totalmente.
Solo una vez aceptados estos hechos
Moscú estaría dispuesto a sentarse a hablar de lo que Putin llama la
«reorganización de la arquitectura de seguridad euroasiática», es decir,
abordar la causa raíz que ellos identifican: la expansión de la OTAN.
¿Algo ha cambiado? En absoluto. La única diferencia es que ahora Rusia
no negocia desde una posición de buscar un compromiso, sino desde la
posición de una potencia victoriosa que busca la rendición de su
adversario y la formalización de sus ganancias. Occidente, que en 2022
despreció un acuerdo que hubiera salvado mucho de lo que ahora está
perdido, se encuentra ante unas exigencias mucho más severas.
La intrínseca y brutal relación entre
el avance en el campo de batalla y la mesa de negociaciones quedó
expuesta de manera obscena con la reciente intervención del presidente
Trump reduciendo los 50 días para alcanzar una tregua con Ucrania. Era
el reconocimiento tácito de un hecho incontrovertible para cualquier
analista militar serio: la línea del frente ucraniano se está
desintegrando. Los avances rusos están quebrando la resistencia enemiga,
que sufre de una escasez crítica de soldados, artillería, municiones y
defensas aéreas. La propuesta de Trump de una reunión en Alaska, por
surrealista que pareciera, era un síntoma de desesperación, un intento
de Washington de crear una rampa de salida gestionada antes de que el
colapso militar en el teatro europeo se volviera total e incontestable,
arrastrando consigo el prestigio y la credibilidad de Estados Unidos.
La cumbre de Alaska, en este sentido, fue una jugada maestra de Putin, una maniobra de soft power ejecutada con precisión quirúrgica. Le permitió presentarse ante el mundo no como un paria, sino como un actor global legítimo e indispensable,
recibido en suelo estadounidense para discutir los términos de la paz,
términos que él mismo dictaba. Le otorgó una legitimidad diplomática que
Occidente le había negado durante años y, lo que es más crucial, le
regaló un tiempo invaluable para continuar sus operaciones militares de
desgaste, consolidando sus ganancias territoriales mientras sus
oponentes se distraían con el teatro de la diplomacia. Alaska, como era
previsible, no produjo un avance concreto, pero su mera celebración fue
una victoria propagandística y estratégica para Moscú.
Demostró que, después de tres años de
conflicto y de una retórica belicista sin cuartel, era la OTAN —o más
precisamente— su líder, Estados Unidos, quien, reconociendo su derrota
indirecta, se veía forzada a mendigar una conversación. La pregunta
crucial que flota en el aire es: ¿por qué Rusia, desde su posición de
fuerza abrumadora, extendería este salvoconducto a Washington? ¿A cambio
de qué concedería a Estados Unidos una retirada medianamente digna de
este pantano?
La respuesta parece tejerse en una
compleja red de cálculos de largo plazo. Es posible que el Kremlin vea
en Trump a un interlocutor más pragmático, menos ideologizado y más
susceptible de entablar una relación transaccional basada en intereses
mutuos, lejos del moralismo de la administración Biden. Existe la
posibilidad de un gran quid pro quo que trascienda Ucrania: un
entendimiento tácito sobre esferas de influencia que podría abarcar
desde la gestión del Ártico y los recursos energéticos, hasta acuerdos
sobre la no proliferación de cierto tipo de armamentos o incluso una
relajación coordinada de sanciones.
La audaz teoría de un «Kissinger
inverso»—donde Estados Unidos intentaría separar a Rusia de su alianza
estratégica con China—es, aunque extremadamente difícil, un objetivo lo
suficientemente tentador para Washington como para ofrecer concesiones
sustanciales a Moscú. Para Rusia, incluso el simple hecho de flirtear
con esta posibilidad le otorga una ventaja en su relación con Beijing,
permitiéndole negociar desde una posición de mayor fuerza con su
poderoso socio oriental, evitando convertirse en un mero satélite de
China. Es un juego de equilibrios geopolíticos de alto riesgo donde
Rusia, astutamente, se posiciona como el pivote entre dos gigantes
enfrentados.
Sin embargo, la imagen más elocuente
de la derrota estratégica europea y su humillante subordinación no se
encontró en las estepas de Ucrania, sino en el Salón Oval de la Casa
Blanca. Como astutamente expuso el analista Alfredo Jalife-Rahme, dos
fotografías valen más que un millón de palabras para capturar el nuevo
orden mundial en ciernes. La primera muestra a Donald Trump junto a un
Volodymyr Zelensky visiblemente incomodo, posando frente a un mapa mural
de Ucrania que, por su ubicación, resulta profundamente sugerente, casi
como un presagio de la amputación territorial que se avecina (bit.ly/3V647wq).
La segunda es aún más devastadora: un grupo de líderes europeos: el
Canciller alemán, el presidente francés, el primer ministro británico,
la presidenta de la comisión auropea — sentados apretujados en sus
sillas, con semblantes ceñudos y cuerpos encogidos, como colegiales
regañados— frente a la imponente mesa de trabajo de Trump, flanqueada
por los bustos vigilantes de Abraham Lincoln y Theodore Roosevelt,
titanes de la unidad y el poder presidencial estadounidense (bit.ly/4oInf1d).
La imagen es perfecta: la vieja
Europa, arrogante y presumida de su poder, reducida a un coro de
suplicantes expectantes, aguardando mansamente la audiencia del nuevo
emperador para ser informada de su destino. Habían acudido allí con una
chispa de valentía. Creyeron que acompañar a Zelensky les daría peso
colectivo. Fue un error catastrófico de cálculo. El objetivo real de
convocarlos, según confesó un alto funcionario de la administración
Trump a Politico, era precisamente el opuesto: decirles: “Estamos al mando; aprueben todo lo que digamos».
Esta torpeza europea no nace solo de
la cobardía política; nace de una realidad material incontestable y
aterradora. La capacidad de Europa para librar esta guerra —o cualquier
guerra de alta intensidad contra una potencia como Rusia— sin el
paraguas nuclear, logístico, de inteligencia y militar de Estados Unidos
es simplemente inexistente. El proyecto de autonomía estratégica
europea ha sido, hasta ahora, poco más que un eslogan bonito para
discursos en conferencias. Una retirada abrupta de Estados Unidos, o
incluso una reducción sustancial de su compromiso, dejaría al continente
frente a un desastre estratégico de proporciones históricas. Carece de
una fuerza disuasoria creíble por sí sola: sus stocks de armamento están
agotados tras dos años de enviarlos a Ucrania, su industria militar es
lenta, fragmentada e incapaz de escalar en una producción a la velocidad
necesaria.
El movimiento de Trump al convocar a
los europeos fue de una jugada maquiavélica. Tenía un objetivo dual
perfecto. Por un lado, al forzar a los líderes europeos a presenciar y,
por su silencio implícito, avalar la negociación directa con Zelensky,
conviertiendolos en cómplices de cualquier acuerdo desfavorable que se
alcanzara. Sin ellos la idea de que Zelensky, presionado por Trump,
aceptar términos perjudiciales, y pudiera luego volver a Bruselas o
Berlín en busca de refugio entre sus «socios belicistas», quedaba
instantáneamente destruida.
Si Europa, representada por sus
máximos líderes, guardó una dócil obediencia en el Salón Oval, no puede
luego desvincularse del resultado. Por otro lado, proporciona a Estados
Unidos la coartada perfecta para una retirada gestionada. Si el acuerdo
finalmente se firma —aunque sea una capitulación encubierta— Washington
podrá presentarlo como un éxito de su diplomacia, caso en contrario se
atribuirá cualquier concesión dolorosa a la «debilidad» o
«intransigencia» de los europeos y de Zelensky.
La narrativa ya está siendo preparada:
«Hicimos lo posible, pero nuestros aliados no estuvieron a la altura»,
«Zelensky se aferró a un orgullo nacionalista irresponsable». Incluso se
especula con la posibilidad de orquestar una «revolución de colores» en
Kiev para derrocar a un Zelensky que, una vez firmada la paz, se
convertiría en un recordatorio viviente de la derrota y cuyo alto nivel
de corrupción —documentado por Transparencia International y otros— lo
hace extremadamente vulnerable a ser usado como chivo expiatorio. Su
principal motivación para mantenerse en el poder, más allá del
patriotismo, podría ser muy pragmática: la inmunidad judicial. Sin la
presidencia, podría enfrentar no solo el ostracismo político, sino la
prisión.
El momento más surrealista y revelador
de toda esta tragicomedia geopolítica ocurrió cuando, en medio de la
reunión con los europeos y Zelensky presentes, Trump llamó por teléfono a
Vladimir Putin y, en un alarde de teatro diplomático, le ofreció
organizar una cumbre inmediata con Zelensky y él estar presente. La
respuesta de Putin, transmitida a todos los presentes, fue una maestría
del desdén: No tienes que venir. Quiero verlo personalmente.
Fue la confirmación final de que la
guerra se terminará en los campos de batalla, mientras un presidente
estadounidense negocia directamente con el Kremlin el futuro de Europa,
con los líderes europeos reducidos a espectadores mudos y consentidos de
su propia irrelevancia. Es el compendio de la pérdida de soberanía, el
costo final de haber creído su propia propaganda y haber dilapidado, en
una sucesión interminable de errores, cualquier oportunidad de forjar un
destino estratégico propio.
El nuevo eje del mundo gira en torno a
Moscú y Washington, las causas principales del conflicto no se han
movido, por lo que la paz, parece bastante lejana."
(Alejandro Marcó del Pont, El tábano economista, 24/08/25)