"(...) La fiesta del “milagro económico” de Aznar
Una de las grandes ideas del amigo de Bush y Blair que hipotecaría
las vidas de millones de familias españolas surgió en 1998. Quizá
tomando el vermú después de una partida de padel, Aznar decidió sacar
adelante la Ley del Suelo. Una ley que seguía a pies juntillas la lógica
económica neoliberal, con un claro objetivo: privatizar el mercado del
suelo. Sobre el papel, el mecanismo es bien sencillo. En primer lugar,
se aumenta el terreno urbanizable, con el fin de que el mercado del
suelo se convierta en un negocio rentable. En segundo lugar, empresas
privadas, al ver que el mercado ofrece grandes beneficios, invertirán en
él y construirán muchas viviendas. Finalmente, y al haber una mayor
oferta de viviendas, se conseguirá que los precios del mercado
inmobiliario se reduzcan. ¿Objetivo? Que las personas jóvenes pudieran,
por fin, acceder a una vivienda. O eso decían, al menos.
Sin embargo, nada más lejos de la realidad. La privatización del mercado
del suelo no facilitó el acceso a la vivienda para la población joven,
sino que los precios, a diferencia de los salarios, no dejaron de subir.
En 1998, año de aprobación de la Ley del Suelo, el precio medio de la
vivienda nueva en España era de 1.089€/m2, mientras que en 2002 ya había ascendido hasta los 1.667€/m2. En 2005, se situó en 2.516€/m2 y en 2007 en 2.905€/m2. El precio medio de la vivienda se incrementó un 167% en solo una década.
Fueron años de desregulaciones, de bajadas de impuestos y de bajadas de
intereses que permitieron una gran expansión del crédito para un mercado
inmobiliario que crecía sin parar. ¿Seguro que además de comprarte una
segunda vivienda en la costa mediterránea no te apetece cambiar ese
coche que ya tiene diez años? Tú no te preocupes, que como soy tu gestor
bancario desde hace más de una década hay confianza y puedo darte un
préstamo. Ya lo devolverás tranquilamente con un pequeño interés del 5%. Y las anfetas consiguieron que la fiesta se mantuviera por todo lo alto.
La vivienda pasó de tener un valor puramente de uso a ser la forma en la
que las familias invertían sus ahorros para, finalmente, acabar
convirtiéndose en un bien sobre el que especular. Porque, como decía el
exministro socialista José Luis Ábalos, “la vivienda es un derecho, pero
también es un bien de mercado que genera actividad económica”. España
construía en 2005 más viviendas que Francia, Alemania e Italia juntas. Y
así, en medio de un desenfreno de ladrillo, Marina d’Or e hipotecas subprime, llegaron los felices años veinte españoles. La fiesta se pagaba sola.
La resaca del domingo
Pero llega el domingo y la resaca. Muchas familias se vieron
obligadas a incumplir los pagos de sus hipotecas, y generaron pérdidas
millonarias a bancos que habían basado la mayor parte de su negocio en
este tipo de préstamos. Estalla la burbuja y caen abruptamente los
precios de las vivienda, dando pie a una crisis íntimamente relacionada
con lo que desde el ascenso del neoliberalismo se denomina proceso de
financiarización de la economía. Es decir, a raíz de la imposición del
sector financiero como segmento de clase capitalista, se aplica su
lógica de rentabilidad por encima de las actividades productivas.
Las consecuencias las conocemos perfectamente: incremento exorbitado
de la tasa de desempleo, precarización del trabajo amparada por las
reformas laborales, y creciente desigualdad en la distribución de la
renta. Unos años en los que se normalizaron cifras de cinco millones de
personas paradas con un desempleo juvenil que llegó hasta el 53,2%,
precariedad laboral que todavía mantenemos y salarios que no se han
recuperado para la mayor parte de la clase trabajadora. Una fractura en
la sociedad que todavía hoy podemos apreciar y una factura que seguimos
pagando.
En 2011, Mariano Rajoy, aseguraba que no pensaba “dar un solo euro de
dinero público a la banca”. Un año más tarde, su ministro de Economía,
Luis de Guindos, afirmaba que el rescate bancario no tendría “un coste
para los contribuyentes españoles”. Sin embargo, diez años más tarde,
todavía quedan por recuperar 88.520 millones de euros del rescate
(teniendo en cuenta la Sareb). ¿En todos los países ha sido así? Ni
mucho menos. ING devolvió, en 2014, a Países Bajos los 10.000 millones
de euros de rescate, más 3.500 millones de euros que ganó el Estado
mediante primas e intereses. En 2017, el contribuyente británico
recuperaba los 20.300 millones de libras que el gobierno laborista gastó
nueve años antes en rescatar a Lloyds y el Commerzbank alemán también
devolvía gran parte de los 18.000 millones de euros que había recibido
(el 15% de las acciones del Commerzbank pertenecen a la República
Federal de Alemania). Pero esto es España y ya se dan por perdidos los
miles de millones de euros que no se han conseguido recuperar en los
últimos diez años.
De aquellos barros, estos lodos
Y de aquellos barros, estos lodos. El mercado de la vivienda español
es una consecuencia directa de las políticas económicas y de vivienda
implantadas entre finales del siglo pasado y principios del actual. O la
falta de ellas, mejor dicho.
Como explicábamos antes, el precio de la vivienda no ha parado de
aumentar durante las últimas décadas. Hasta el punto de que,
actualmente, la vivienda es, junto al mercado laboral, el mayor problema
de gran parte de la población y especialmente de las personas jóvenes.
Según el Consejo de la Juventud de España, una persona joven, que quiera
acceder a una vivienda en alquiler en solitario, debería destinar de
media más del 90% de su salario. En 2008 era el 55%, que ya estaba por
encima de lo recomendado (35% de tus ingresos). Por eso, emanciparse
sitúa a los jóvenes en una situación económica más precaria y con mayor
riesgo de estar en situación de pobreza.
La dispar evolución de los ingresos de las familias y los precios de
las viviendas la observamos también cuando analizamos los años de renta
que necesita una familia media para comprarse una vivienda. Mientras en
1988 hacían falta 2,8 años, actualmente se requieren más de 7.
Hoy en día no existe un entorno favorable para que las personas
jóvenes nos emancipemos. Ni el alquiler ni la compra de una vivienda son
opciones viables para la gran mayoría de la juventud. España es uno de
los países de la OCDE con menor porcentaje de viviendas destinadas al
alquiler social, tan solo el 1,1% del total, mientras que en Países
Bajos asciende hasta el 37,7%, en Austria al 23,6%, en Dinamarca al
21,2% y la media de la OCDE se sitúa en el 6%. La falta de políticas
sociales y de vivienda tiene como resultado que España sea el sexto país
con la edad de emancipación más tardía de Europa. La edad media de
emancipación en la Unión Europea es de 26,2 años, mientras que en España
es de 29,8 años y, en los países con políticas fuertes dirigidas a las
personas jóvenes, como pueden ser Suecia, Finlandia o Dinamarca, entre
los 19 y los 21 años.
Nos encontramos inmersos en un bucle perverso. El alquiler se come
una gran parte del salario de las personas jóvenes, lo que les impide
ahorrar para pagar la entrada de un piso, que se suele situarse en torno
al 20% de su valor. Es decir, solamente la entrada de un piso asciende
de media a 58.600 euros en Gipuzkoa, 52.400 en Madrid o 47.700 en
Barcelona.
La solución es sencilla: salarios decentes y viviendas con precios
asequibles. Lo que no necesitan es un bono de 250 euros para pagar el
alquiler, porque va directamente al bolsillo de los propietarios. ¡Ah! Y
que el Estado intervenga, como hace en los países de nuestro entorno. A
veces se preguntan el porqué de la baja natalidad. ¿Quieren respuestas?
Empecemos por ofrecer viviendas dignas y salarios dignos para que las
personas podamos emprender nuestro camino en la vida y, quién sabe, a lo
mejor formar una familia.
En definitiva, el gran problema de la vivienda tiene su origen en una
operación especulativa, fraguada a finales de los noventa e inicios de
los dos mil, cuyas graves consecuencias siguen sufriendo la gran mayoría
de la sociedad española. Se nos anuncia constantemente un futuro
incierto, catastrófico y casi apocalíptico. Si el progresismo no es
capaz de plantear soluciones sociales a ese horizonte incierto, el
riesgo del crecimiento de la extrema derecha seguirá presente. Y,
realmente, es un problema que sea la extrema derecha quien ofrezca
certezas (por populistas que sean) a una generación que ha crecido con
los ecos de la crisis de 2008 y que ha salido al mercado laboral en
medio de una pandemia, una guerra y sus derivadas socioeconómicas. Hay
un futuro que construir, pero hay que ser capaces de diseñarlo.
Especialmente cuando se está en el gobierno." (Julen Bollain , CTXT, 21/10/2022)