"Durante las últimas semanas, el
pueblo de Nápoles ha estado protestando contra las mayores restricciones
de salud pública propuestas por el Gobierno regional para detener la
difusión del coronavirus. Tras meses de cifras de casos relativamente
bajas, el covid-19 está en aumento en Italia, y el Gobierno nacional
junto diversos ayuntamientos están reimponiendo cierres de negocios,
incluidos cafeterías, bares, cines, gimnasios, etc.
Mientras los cierres pasados fueron acompañados por pagos de prestaciones sociales ─a menudo miserables─
para compensar las enormes pérdidas de ingresos, ahora el Gobierno no
está ofreciendo casi nada. En regiones ya empobrecidas como Campania, de
la que Nápoles es la capital, esto es causa de gran descontento entre
la población. Tras un verano de cierre de los viajes que sembró el caos
en economías locales dependientes del turismo, la gente se está
levantando para demandar ayuda monetaria.
Las manifestaciones tienen un carácter militante e insurreccional, con
los manifestantes chocando contra las fuerzas de seguridad entre nubes
de gas lacrimógeno, palizas y otras formas de violencia. Como muchos
otros movimientos populares en Italia, y en toda Europa, en años
recientes, la composición ideológica de las manifestaciones ni es
singular ni fácil de identificar.
El siguiente informe de un activista de Nápoles analiza las revueltas
y protestas anti-lockdown del 23 de octubre. Esta traducción ha sido
aumentada y se le han añadido anotaciones para presentar la situación a
lectores y camaradas fuera de Europa. El informe lo firman Giulia Sbaffi y Andreas Petrossiants.
Informe desde las calles de Nápoles
(...) ¿Por qué hay disturbios?
Hay varias razones por las que
las protestas se volvieron violentas. En primer lugar, durante los
últimos meses, la gente ha acabado por completo sus ahorros, suponiendo
que tuvieran alguno. Están hambrientos y quemados. Al principio de la
crisis del covid-19, cuando los ataúdes se apilaban en Bérgamo, en el
norte de Italia, muchos en todo el país temían al virus. Pero ahora, los
números relativamente bajos durante los meses de verano han dado a una
parte de la gente la ilusión de que el covid-19 es “sólo una gripe”.
En
marzo, el Gobierno introdujo algunas medidas de seguridad social. Pero
ahora, el dinero se ha acabado o, más bien, está siendo canalizado desde
la gente trabajadora a los cofres de la industria y las finanzas. En
Nápoles, específicamente, la administración regional inundó la región
con dinero antes de las elecciones regionales de septiembre, pero ahora
no se ofrece nada al pueblo. (...)
También es importante apuntar que durante los últimos años en Nápoles,
grupos de trabajadores independientes han demostrado una capacidad de
enfrentamiento violento con las autoridades. Esto tiene que ver con
varios factores. Primero, la mayoría de trabajadores independientes
provienen de orígenes socioeconómicos desfavorecidos, conformando un
enorme undercommons; muchos de ellos ya habían perdido su limitada movilidad social durante la anterior crisis económica.
¿Es la mafia de la Camorra responsable de los choques con la
policía o son los napolitanos simplemente “gente atrasada”, como los
medios corporativos quieren que creamos?
Ninguna de las dos
cosas, por supuesto. Los medios de comunicación están actuando como los
peores teóricos de la conspiración, simplificando excesivamente una
dinámica social compleja y con diversas capas. Ciertamente, la Camorra
es parte del tejido social: está entrelazada con los sistemas de
servicios de salud privados que se están beneficiando de la actual
crisis así como con el sector de la construcción que obtuvo nuevos
contratos de la administración local y actúa como un prestamista
informal a medida que la gente se endeuda en mayor medida. (...)
Finalmente, hay una sólida dinámica de
intercambio y proximidad entre el lumpenproletariado (aquellos en los
márgenes, aquellos que viven en la alegalidad o ilegalidad) y la clase
media (aquellos que poseen los medios de producción, que tienen acceso a
algo de movilidad social). Es una dinámica fluida que preserva sus
raíces sociales y tiene una cierta proclividad hacia el conflicto. (...)
La mayor parte de estos grupos hacen bien en protestar. Durante los
últimos ocho meses, las administraciones local y nacional no han hecho
nada para prevenir los riesgos o proteger a la gente de esta prevista
segunda ola de casos de covid-19. Ahora quieren cerrar negocios de nuevo
sin ningún plan para proporcionar apoyo social. A los desempleados, los
trabajadores a tiempo parcial y los indocumentados no les quedan
opciones: o pasan hambre o se ponen a merced de la Camorra.
¿Qué pasa con la violencia? ¿Está justificada?
Hay
una lucha interna entre la gente en las calles. Aquellos que tienen
algo que perder, como grandes comerciantes o líderes políticos
compitiendo por favores, por supuesto se oponen a la violencia
insurreccional y están decididos a negociar, a alabar a la policía y a
denunciar la combatividad. Entonces, hay segmentos de clase trabajadora
que participan en el hooliganismo con una cierta inclinación hacia los
enfrentamientos violentos con la policía.
Esta mezcla de antagonismos mezclados explotó la noche del 23 de
octubre, cuando la manifestación ─ya dividida en dos campos opuestos─ se
fragmentó aún más.
Sin embargo, el asunto no es criminalizar la
violencia o identificar quien tiene razón y quién no. Necesitamos hacer
un mejor conjunto de preguntas: ¿cuál es el sentido de recurrir a la
violencia? ¿quién la coordinó? ¿contra quién estaba dirigida? Está claro
que lo que sucedió esa noche ha tomado la forma de una protesta que
sólo se puede entender por la gente que pertenece a ese mundo, una
protesta que es un grito de desesperación, y que ha producido efectos
contraproducentes ya que gente de otras clases populares ha expresado no
estar satisfecha con la “violencia” de los manifestantes.
¿No estaba participando la extrema derecha también?
Forza Nuova, un partido de extrema derecha, declaró que querían participar, pero yo no vi ningún fascista en las calles. Puede que se hayan unido
simpatizantes, pero su impacto en términos de presencia y contenido
político fue nulo. (...)
¿No es este otro ejemplo más del mismo debate de siempre entre la izquierda securitaria y la izquierda radical?
Los
viejos y gastados debates han surgido entre una izquierda “moderada”,
que estigmatiza la protesta y denuncia a sus participantes y una
izquierda más militante, que celebra los disturbios y glorifica a
aquellos que formaron parte de ellos. Estamos cansados de esta dualidad,
un análisis político uniformizador que no representa la realidad. (...)
Sólo parece que queden dos opciones: los disturbios o la negociación
con aquellos que tienen la hegemonía. Los comerciantes buscan la
negociación. La gente en la calle, por supuesto, no tiene interés en
negociar
Pero quizás haya otra opción que buscar, una que esta
pandemia y las respuestas a ella han abierto: movilizar a segmentos más
amplios de la población, que serán proletarizados pronto. Debemos unir
nuestras fuerzas, organizarnos autónomamente y protegernos los unos a
los otros con todos aquellos que tengan interés en rebelarse contra los
regímenes de austeridad, vigilancia y seguridad para construir un
movimiento popular.
Nápoles nos da una plataforma. El viernes por
la mañana, trabajadores de las fábricas de Whirlpool salieron a las
calles junto a trabajadores de la sanidad, familias y profesores ─todos
movilizándose atravesando las divisiones de clase y ocupación─. Ahora
tenemos una serie de manifestaciones por delante. Protestaremos contra
las multas injustas de la administración local a los vecinos y
trabajadores de entrega de comida, después contra Confindustria (la
federación industrial italiana) y después en solidaridad con los
trabajadores en las industrias de la logística y el entretenimiento.
Epílogo: sin espacio para fascistas
Tras los acontecimientos
en Nápoles el 23 de octubre, han surgido choques por todo el país, en
Florencia, Roma, Milán, Turín, Catania y otros lugares, con
manifestantes mostrando pancartas donde se lee “Somos trabajadores, no
criminales” y “Si nos cierras, pagas”. Las piazzas de toda Italia se han
convertido en campos de batalla para que diferentes grupos se movilicen
y compitan por visibilidad, entre ellos socialistas, comunistas,
anarquistas, así como fascistas, escépticos del covid-19, y quizás el
grupo más numeroso: trabajadores y personas desempleadas todavía no
radicalizadas o “politizadas”.
Esta diversidad ha permitido que
fascistas y políticos demanden legitimidad en los medios. Hace dos
semanas en Roma, dos piazzas fueron tomadas por fascistas antes de que
les disolviera la policía por romper el toque de queda. Después de que
los fascistas fueran expulsados, algunos radicales de izquierda tomaron
estas piazzas para permitir una composición de manifestantes más
diversas. Debe comprenderse que en Italia la piazza juega todavía un
importante papel en la vida cívica como el espacio urbano donde se
encuentran las esferas privada y pública.
No defendemos ninguna táctica específica ─la táctica, “pacífica” o no,
debe decidirse por los mismos manifestantes y en el momento. Sin
embargo, es crucial que no se dé a los fascistas ningún espacio ni
legitimidad mientras la recomposición y resubjetivización de los
trabajadores precarios está teniendo lugar en las calles. (...)"
(Salvatore Prinzi, El Salto, 01/12/20. Roar Magazine. Artículo y fotografía publicados originalmente en Roar Magazine: The complexity of Italy’s anti-lockdown protests.