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27.10.24

Europa al borde del abismo industrial... A medida que los países asiáticos avanzan con velocidad en la innovación tecnológica, España y Europa observan, inmóviles, su propia decadencia... Pero no solo la automoción ha sido golpeada, la industria tecnológica europea también está en declive... Siemens, Alcatel-Lucent y Ericsson trasladan producciones a China... El sabotaje a manos de Ucrania del Nord Stream, fue un golpe fatal para una Europa ya mermada por sus propios errores, lo que ha hecho inviable competir con China y otras economías emergentes... Estos meses desde la UE, a petición de EE.UU, se está incrementando el creciente enfrentamiento comercial con China... Este error estratégico no solo complica las relaciones comerciales entre Europa y China, sino que podría acelerar el colapso de sectores industriales europeos que dependen de las exportaciones. España debe desvincularse de una política económica suicida y una postura política servil, ya que no le aporta beneficio alguno, sino todo lo contrario: pone en riesgo numerosas exportaciones clave hacia China que son fundamentales para nuestra economía... El error de Europa en la escalada de tensiones entre China y EEUU, que arrastra al continente como un mero seguidor, no debería afectar a España. Hay demasiado en juego (Rafael Pérez Gil)

 "Europa, antaño líder en innovación tecnológica y desarrollo industrial, se enfrenta a una crisis estructural que pone en jaque su supervivencia en el escenario global. La industria automovilística, pilar de la economía europea durante décadas, es uno de los sectores más afectados por esta decadencia, atrapada en una trampa de su propia creación.

Mientras Europa ha intentado liderar la transición hacia el coche eléctrico, la realidad es que ha quedado rezagada, siendo superada tanto por EEUU como por China, quienes ahora dictan el ritmo de la evolución tecnológica en el sector. Especialmente China, donde solamente con su comercio interno de coche eléctrico ya supera al de combustión.

Un ejemplo reciente y devastador en Europa es la situación de Northvolt, empresa clave en la producción de baterías eléctricas, cuya incapacidad para reducir su dependencia de la tecnología china ha resultado en una serie de despidos masivos. Esta dependencia expone las debilidades de Europa en un sector que una vez lideró con orgullo: la investigación y desarrollo (I+D).  Ahora, en lugar de ser la vanguardia, Europa va a la zaga de potencias como China y EE.UU., viendo cómo su otrora poderosa industria se desvanece.

A medida que los países asiáticos avanzan con velocidad en la innovación tecnológica, España y Europa observan, inmóviles, su propia decadencia. Un ejemplo es la planta de Nissan en Barcelona, que cerró definitivamente en 2021, dejando a miles de trabajadores desempleados, y ahora cuenta con una propuesta de reapertura por la empresa Omoda, de nacionalidad china. O el caso de Ford en España que ha enfrentado importantes desafíos en los últimos años en términos de empleo y viabilidad de sus operaciones. Ford ha reducido significativamente su plantilla, alrededor de 2.000 puestos de trabajo en menos de 5 años y la incertidumbre sobre el futuro de las instalaciones de Almussafes es real. Además, la situación es más sangrante ya que Ford ha recibido una importante cantidad de fondos públicos en forma de ayudas y subvenciones con el pretexto de mantener su actividad e inversión en España. Sin embargo, la compañía sigue despidiendo personal y anuncia que será necesario ajustar aún más la plantilla. Del mismo modo, en Europa vemos casos como el cierre de plantas de Volkswagen en Alemania, que supone un riesgo para la gran inversión de la marca en Sagunto.

Otro caso paradigmático es el de Bosch, que en 2022 anunció el cierre de su planta en Múnich para 2025, trasladando la producción a países con menores costes laborales. Esta deslocalización, impulsada por la búsqueda de competitividad en un mercado globalizado, refleja una tendencia cada vez más común entre las empresas europeas, que ven inviable mantener sus fábricas en el continente debido a los elevados costes de producción.

Pero no solo la automoción ha sido golpeada, la industria tecnológica europea también está en declive. Siemens, la icónica empresa alemana, ha reducido drásticamente su capacidad productiva en Europa, externalizando gran parte de su fabricación a China y el sudeste asiático. O el declive de Alcatel-Lucent, empresa francesa de telecomunicaciones que había sido un referente en la industria tecnológica, cuya competencia con China la obligó a reducir su actividad en Europa, contribuyendo a la desaparición de empleos altamente cualificados. Otro ejemplo es la empresa sueca Ericsson, pionera en telecomunicaciones, que ha reducido considerablemente su producción en Europa y ha trasladado gran parte de su cadena de suministro a China y otros países asiáticos. Este cambio refleja la incapacidad de Europa para mantener industrias competitivas en un contexto globalizado y dominado por potencias emergentes.

La situación de la industria se ve agravada por un error estratégico en cuanto a los costes energéticos entre otros temas, lo que ha hecho inviable competir con China y otras economías emergentes. En lugar de liderar el cambio hacia energías renovables con agilidad, Europa ha sido lenta y torpe en su transición energética. A ello se suma la decisión, influenciada por EEUU., de cortar lazos energéticos con Rusia en el contexto de la guerra de Ucrania o con América Latina. Esta acción, impulsada por intereses geopolíticos espurios y en beneficios económicos para los norteamericanos, ha resultado en un encarecimiento brutal del suministro energético europeo, dificultando aún más la competitividad de su industria. El sabotaje a manos de Ucrania del Nord Stream, fue un golpe fatal para una Europa ya mermada por sus propios errores. Lo que con un contexto de paz habría sido una oportunidad para fortalecer la cooperación con Rusia y otros países estratégicos como Venezuela, Brasil o países centro-africanos, se ha convertido en una herida abierta que drena los recursos y la capacidad de reacción de la industria y la economía europea.

Mientras tanto, Europa ha seguido perdiendo oportunidades diplomáticas con América Latina, África y otros países emergentes, donde un enfoque más pragmático, respetuoso con los derechos humanos y menos subordinado a los intereses de EE. UU podría haber generado alianzas estratégicas. En lugar de ello, la política exterior europea, por orden de Washington, ha apostado por embargos y conflictos innecesarios, alineándose con los intereses de la OTAN. Un ejemplo del desvío de prioridades es la reciente apuesta por la industria armamentística, una estrategia no solo negligente y contraproducente, sino que también refuerza la imagen de una Europa que fomenta la guerra en lugar de la paz. Esta estrategia, en lugar de fortalecer el continente, lo debilita al desviar recursos y esfuerzos de áreas clave como la innovación tecnológica, la transición energética y la producción industrial. Europa ha desperdiciado la oportunidad de ser ejemplo y valedor de la paz en el mundo y ahora forma parte del problema.

Estos meses desde la UE, a petición de EE.UU, se está incrementando el creciente enfrentamiento comercial con China que añade otra capa de complejidad a la crisis industrial europea. Los aranceles impuestos a productos chinos, mientras se presentan como una medida de protección, corren el riesgo de eliminar las ya de por sí reducidas oportunidades de exportación a uno de los mercados más dinámicos del mundo. Este error estratégico no solo complica las relaciones comerciales entre Europa y China, sino que podría acelerar el colapso de sectores industriales europeos que dependen de las exportaciones.

España debe desvincularse de una política económica suicida y una postura política servil, ya que no le aporta beneficio alguno, sino todo lo contrario: pone en riesgo numerosas exportaciones clave hacia China que son fundamentales para nuestra economía. El error de Europa en la escalada de tensiones entre China y EEUU, que arrastra al continente como un mero seguidor, no debería afectar a España. Hay demasiado en juego.

Por todo esto podemos afirmar que la industria europea ha sido, en muchos sentidos, víctima de su propia trampa. A medida que las potencias emergentes como China, India y Brasil avanzan rápidamente en la creación de nuevas tecnologías y mercados, Europa se enfrenta a una encrucijada. La deslocalización de empresas clave es solo la punta del iceberg, si Europa no reevalúa su papel en el escenario global, corrigiendo sus errores estratégicos en energía, derechos humanos, diplomacia y tecnología, no solo perderá su relevancia, sino que podría condenar a su industria a la desaparición total en el corto y medio plazo. El tiempo para una reacción efectiva se agota y las decisiones que se tomen en los próximos meses determinarán si Europa puede recuperarse o si se hundirá irremediablemente en la irrelevancia industrial, laboral y económica."

(Rafael Pérez Gil..Responsable federal de política municipal de Izquierda Unida, Público, 25/10/24)

10.7.24

Los motivos de Orbán: por qué para Hungría es crucial hacerse con Talgo... su aspiración es convertirse el gran hub que conecte Europa central con las mercancías que llegan de Asia y que distribuya las europeas... Hungría tiene el deseo, el mercado y el dinero para realizar ese desarrollo, y Talgo aportaría los ingenieros y la tecnología... En ese escenario, que Hungría se convierta en el eje conector mercantil de Centroeuropa y que amplíe su influencia hacia los Balcanes... lo que ofrece incentivos no menores al Gobierno de Sánchez para ir al choque. Oponerse a la operación mediante la ley antiopas es una tentación presente que incluso puede reforzar el papel de Sánchez como anti extrema derecha y anti-Putin... pero el capital español tiene otras prioridades, y el hecho de que el gobierno tenga que acudir prioritariamente a CaixaBank cuando es necesario proteger empresas estratégicas españolas, y que el resto de bancos no estén por la labor, es ya enormemente significativo... Talgo es una señal de debilidad que va mucho más allá de un gobierno concreto (Esteban Hernández)

 "La opa lanzada por el consorcio húngaro Ganz-MaVag Europe Zrt, formado por Magyar Wagon (55%) y el fondo estatal Corvinus (45%), para hacerse con Talgo es un resumen del momento internacional. No es una compra más, es un enredo atravesado por factores geopolíticos, ideológicos, económicos y de política institucional que solo puede entenderse a partir de la naturaleza del interés magiar por la firma española.

Hungría tiene una estrategia de desarrollo económico que opera en varios planos. Está aprovechando las deslocalizaciones de empresas europeas, fundamentalmente alemanas, gracias a su mano de obra más barata, pero también a su conexión con el gas ruso, que le permite ofrecer condiciones competitivas. Al mismo tiempo, se beneficia de una buena relación comercial con Pekín, que desea ampliar. En segundo lugar, tiene una posición geopolítica ambigua y mediadora que le permite disponer de conexiones con diferentes entornos geográficos y políticos. Su propósito es promover un entorno comercial abierto, que la globalización no se cierre de golpe, y que la política de bloques (EEUU contra China) no obligue a cortar relaciones con uno u otro. Como tercer elemento, pretende aprovechar la reindustrialización en su territorio para impulsar su propia industria.

En el vértice de esa estrategia figura su aspiración de convertirse el gran hub que conecte Europa central con las mercancías que llegan de Asia y que distribuya las europeas. Su posición geográfica es una ventaja, ya que le permite ejercer de núcleo distribuidor, como lo es su experiencia en el sector del ferrocarril, importante en el país, sobre todo en la construcción de infraestructuras. Para lograr su propósito necesita contar con algo más de lo que tiene, y ahí aparece Talgo, que aportaría tecnología, ingenieros y trenes. La oportunidad que surge con la firma española es importante, ya que se trata de una compañía con nombre y experiencia, con un precio relativamente barato —Hungría tiene 13.000 millones de euros en fondos de cohesión europeos para gastar—, cuyos dueños (fondos de private equity) quieren vender, y que puede aportar la curva de aprendizaje que los húngaros necesitan.

Hungría quiere sustituir paulatinamente el transporte de mercancías por carretera por el ferroviario, lo que serviría para cumplir con los objetivos de descarbonización ligados a los fondos europeos, pero sobre todo para convertirse en un actor dominante en ese ámbito en el eje centroeuropeo. Pretende entrar de lleno en una zona geográfica que no está bien conectada a través del ferrocarril, lo que le permitiría ganar un mercado de presente, el transporte de mercancías, y asentarse en otro de futuro, el transporte de pasajeros. Hungría tiene el deseo, el mercado y el dinero para realizar ese desarrollo, y Talgo aportaría los ingenieros y la tecnología. Y tampoco puede olvidarse que, gracias a las conexiones internacionales de Hungría hay otros mercados posibles, como el egipcio, donde hay 1.300 vehículos que construir, o el de algunos países asiáticos, donde espera tener penetración. Del mismo modo, hay que resaltar el papel que Hungría quiere jugar en ese sector a la hora de reconstruir Ucrania: el ancho de vía ucraniano es distinto al del resto de Europa, como le sucede al español, por lo que Talgo, que fabrica trenes para distintos anchos de vía, le aportaría una ventaja notable.

Pero Talgo es la empresa idónea para Hungría por una razón más, la ausencia de alternativas. Empresas como Alstom, Stadler o Siemens no están interesadas en el mercado al que se dirige Hungría porque no les resulta tan rentable como el americano o el australiano. Es un espacio residual para ellos. Y, de entrar, lo harían con producto acabado, vendiendo los trenes ya terminados, mientras que Magyar Wagon pretende fabricarlos. Hungría lleva varios años batallando con países cercanos para desarrollar su industria. La otra alternativa es China, pero Orbán prefiere una alianza con perfil europeo, de dentro de la UE, lo que facilitaría mucho las cosas. Eso no quiere decir que las relaciones con China no se desarrollen, porque pretenden, gracias a esa conexión, entrar en el mercado asiático.

Ese es el telón de fondo de la opa. Para Hungría es una operación muy importante, en la medida en que afecta a uno de los puntos clave de su estrategia de país. Será complicado que cese en su empeño por más barreras que coloque el Gobierno español.

Los factores en juego

La variable ideológica puede tener un peso en la decisión del gobierno español. Orbán está reuniendo a las nuevas derechas europeas en su grupo en el Parlamento, y está conformando un eje ideológico, emparentado con el partido republicano estadounidense, que aspira a impulsar el soberanismo en Europa y, por tanto, a restar peso a la Comisión y al papel que pueda jugar Bruselas. Sánchez es un líder socialdemócrata con notable peso, y encarna el tipo de visión europeísta que promueve una mayor integración en la UE. Junto con ella, aparece la variable geopolítica. Orbán está presionando para que exista un acuerdo de paz en Ucrania, tiene buenas relaciones con Putin, y pretende disponer de una conexión amplia con Moscú y sus recursos.

En ese escenario, que Hungría se convierta en el eje conector mercantil de Centroeuropa y que amplíe su influencia hacia los Balcanes, donde está construyendo ya una línea de alta velocidad que se conecta su país con Serbia, puede parecer inconveniente desde distintos puntos de vista, y ello al margen de las oportunidades de negocio a la hora de construir trenes que reste a otros países europeos. Ambos elementos ofrecen incentivos no menores al Gobierno de Sánchez para ir al choque. Oponerse a la operación mediante la ley antiopas es una tentación presente que incluso puede reforzar el papel de Sánchez como anti extrema derecha y anti-Putin.

Los húngaros, conocedores de esta lectura, han intentado mantener un perfil político bajo y se han centrado en los aspectos puramente económicos. En el folleto de la opa figura su oferta: mantener la marca y la empresa cotizada en España, así como el centro de innovación, y garantizar el empleo. Si se quieren tomar en cuenta otras consideraciones, al menos que resulte difícil hacerlo, parecen pensar. Además, no se oponen a que una empresa española entre en el accionariado, siempre y cuando el consorcio húngaro mantenga la mayoría.

La reacción española

El segundo factor que debe tomarse en consideración es la debilidad que ha mostrado el gobierno a la hora de articular una contraopa. El coste relativamente bajo de Talgo, alrededor de 600 millones de euros, podría facilitar que el dinero español pujase por la firma. Sin embargo, los intentos del gobierno con Escribano y con Caixa no han dado sus frutos, y tampoco CAF, que sería la compañía idónea, al reforzar el sector con una firma de mayores dimensiones, tampoco está dispuesta a entrar en la operación. El capital español tiene otras prioridades, y el hecho de que el gobierno tenga que acudir prioritariamente a CaixaBank cuando es necesario proteger empresas estratégicas españolas, y que el resto de bancos no estén por la labor, es ya enormemente significativo.

El tercer elemento importante son las consecuencias económicas de una negativa del gobierno a la adquisición de Talgo por parte del consorcio húngaro. Por una parte, los deseos de vender de los accionistas principales son evidentes y presionarán para que la operación se lleve a efecto. Por otra, están las tensiones alrededor de los puestos de trabajo que se pueden crear con los sindicatos. La oferta, que contempla la permanencia en España del empleo, así como la promesa de desarrollar la firma de cara al exterior, suena mucho mejor que llevar a Talgo a una situación complicada. El consorcio húngaro puede ser una salida para el futuro de la compañía y no se percibe otra opción en el horizonte.

Todos estos factores influirán en la decisión final del gobierno. El enredo legal que supondría la negativa sería notable, porque no se atisban motivos jurídicos que la respalden. El consorcio liderado por Magyar Wagon es europeo, y las compañías de la UE quedan exceptuadas de la ley antiopas. Podría argumentarse que la venta de Talgo afecta a la seguridad nacional, pero no hay elementos que lo justifiquen, o que afecta a la competencia, pero existe CAF en nuestro país.

Balázs Orbán, director político del primer ministro húngaro, aseguró a El Confidencial que "los empresarios húngaros tomaron la decisión de buscar un socio español en la industria ferroviaria. Desde nuestro punto de vista, no es una decisión política, sino empresarial: una compañía húngara y una española tienen una relación que es mutuamente beneficiosa. El gobierno húngaro no se opone, y tampoco sé por qué debería oponerse el español. Creo que ambos gobiernos deberían apoyarlo".

La suma de todos los factores lleva a pensar que es probable que la operación se autorice, quizá con la entrada minoritaria de alguna empresa española en el accionariado. Sería una opción que podría conciliar las necesidades húngaras con las aspiraciones españolas, y ese puede ser el final del camino. Pero son tiempos complicados, los factores geopolíticos e ideológicos están ahí, y queda por comprobar el peso que tienen.

No obstante, lo más interesante a la hora de analizar el caso Talgo aparece cuando se constata la evolución de la firma. Talgo, una exitosa empresa creada hace 80 años por dos vascos, ligada al capitalismo dominante y a la relación con el Estado, fue capaz de realizar innovaciones sustanciales en su sector, acabó saliendo a bolsa y fue adquirida por fondos de private equity, cuyo objetivo estaba centrado en la generación de beneficio más que en el desarrollo de la empresa. En el instante de la salida de los fondos, una empresa más pequeña que Talgo, de un país más pequeño que España, y participada por fondos estatales, pretende adquirirla. España no encuentra el capital nacional para impedir la adquisición y tampoco dispone de dinero estatal para tomar la compañía. Además, la adquisición que pretende Hungría entronca con una estrategia de conectividad y un plan de desarrollo para el país que exhibe una visión, buena o mala, pero clara. En España no tenemos nada de eso, más allá de la insistencia en la reconversión verde y en la digital. Talgo es una señal de debilidad que va mucho más allá de un gobierno concreto y de la decisión que tome respecto de la firma de ferrocarriles.·             (Esteban Hernández, El Confidencial, 08/07/24)

24.4.23

Roy Cobby, experto en política industrial: "En España hay incentivos 'premium' al rentismo"... la burbuja inmobiliaria nos hizo creer que no necesitábamos especialización. Además, no ha habido un marco ideológico propicio. La política industrial no encaja con ese discurso de que el Estado no debe distorsionar el mercado... España privatizó sectores clave sin un plan, algo que todavía pagamos. Luego la burbuja inmobiliaria disfrazó aquella renuncia... Para una política industrial necesitamos una banca pública, es imprescindible. La banca privada no tiene los incentivos correctos... El Estado está realizando un arrastre del sector privado, pero falta direccionalidad. Hay política industrial, pero no está claro dónde quiere llegar... La política industrial corre el riesgo de perderse en grandes objetivos poco realistas, cuando hay ventajas evidentes en la economía española. Y no negamos que algunas están cubiertas por los Perte. Por ejemplo, el vehículo eléctrico, que es un tren que no podemos perder. Pero, además, hay una necesidad de baterías, placas solares, turbinas eólicas... Fijémonos ahí... Corremos el riesgo de ir a una economía verde importándolo todo de fuera... ¿Un objetivo micro? Que en un sector baje la importación y suba el consumo de productos locales. O una subida porcentual equis de empleo en instalación de placas solares... La política industrial responde a muchos desafíos. Y también tiene implicaciones políticas. Las zonas postindustriales son las que más votaron por el Brexit y por Trump. La política industrial no es un milagro para todo, pero ofrece resistencia a las crisis y mejora competitividad, productividad y salarios, con efectos en la economía y la política

"Roy Cobby, experto en política industrial: "En España hay incentivos 'premium' al rentismo"

La industria es ese tema superinteresante que no parece interesar a nadie, tan importante que a veces uno se pregunta si importa a alguien. Es una exageración, sí. Pero no tanto. El think tank Future Policy Lab, en un intento de cambiar las tornas, ha publicado el informe El retorno de la política industrial, a cuya presentación asistieron la ministra de Turismo, Reyes Maroto (PSOE), y el secretario de Estado de Derechos Sociales, Nacho Álvarez (Unidas Podemos).

El trabajo es una propuesta para sacar la reindustrialización del cajón de los asuntos eternamente pendientes. Roy Cobby (Valencia, 1993), profesor en el King’s College London y en la Universidad Carlos III, especializado en industria y economía digital, coordinador del Grupo de Investigación en Geografía Digital de la Royal Geographical Society, es autor del informe junto a los profesores de Economía Clara García y Rafael Fernández.

¿Sigue vigente en España aquella frase del economista Gary Becker, que decía que "la mejor política industrial es la que no existe"?

A raíz de la crisis sanitaria y la derivada de la guerra esta frase se ha dejado de decir, porque los grandes bloques, Estados Unidos y China, aplican política industrial. En la política ha habido una aceleración, sobre todo con el anuncio de fondos europeos, como si sólo eso ya fuera política industrial. No lo es. Falta el contenido. La política industrial no ha permeado aún a fondo en círculos académicos, económicos y políticos. Lo importante de la frase es cómo ha calado. España ha perdido la práctica de hacer política industrial.

¿Por qué?

Hubo un incentivo económico, la burbuja inmobiliaria, que nos hizo creer que no necesitábamos especialización. Además, ha habido un marco ideológico propicio. La política industrial no encaja con ese discurso de que el Estado no debe distorsionar el mercado. A menudo se confunde política industrial con planificación. Se presenta como ineficiente. Se insiste en las experiencias fallidas. Hay toda una actitud negativa.

Antes de nada, ¿a qué llamamos "política industrial"?

No implica sólo medidas, también instituciones que trabajen para una transformación del modelo productivo. Por ejemplo, para una economía verde. El término se usa a veces sólo pensando en el sector secundario, sin la visión de una acción política y empresarial que se note en toda la economía, que aumente la productividad y la competitividad, suba los salarios, dé estabilidad al empleo. No es sólo intentar parar el declive de las manufacturas con alguna medida o ayuda, sino desplegar acciones en ámbitos de oferta y demanda de acuerdo con objetivos compartidos por los actores económicos. Por ejemplo, ofrecer formación para alguna ocupación concreta. Eso tiene un arrastre para todos los servicios adicionales: limpieza, transporte, marketing, diseño... Una política industrial arrastra a toda la economía, no sólo a la industria.

¿Cuándo se postergó la política industrial en España?

Los 90 fueron clave, con el abandono de las últimas participaciones estratégicas en Repsol, Telefónica... Y ojo, la política industrial no pasa obligatoriamente por la participación pública. Pero si se privatiza, tiene que haber una estrategia. Aquí no la hubo. España privatizó sectores clave sin un plan, algo que todavía pagamos. Luego la burbuja inmobiliaria disfrazó aquella renuncia. Además de los 90, hubo otro hito clave: el Plan Integral de Política Industrial, que se aprobó en 2010 con Miguel Sebastián. Al llegar la crisis financiera, ni se aplicó. Nadie consideró la posibilidad de afrontar la crisis incorporando nuevas capacidades productivas o especializaciones. Incluso cayó el presupuesto en I+D+i. Todo se centró en ajustar el déficit.

¿La desindustrialización fue un fenómeno deliberado? ¿Empujó la UE?

Ningún proceso estructural puede atribuirse a un solo factor, mucho menos a una conspiración. Se suele decir que fue un precio a pagar por la integración europea, que nos obligaron a quitar la industria. No lo creo. Lo que había era un entendimiento económico según el cual no importaba qué se producía o en qué nos especializábamos. Ante las primeras señales de alarma en los 80, no actuamos. Sí, nos acoplamos a un mercado único con leyes de competencia que prohíben las ayudas directas. Pero, a estas alturas, excusar nuestra desindustrialización en la UE ni es acertado ni sirve de nada. Hay gente que piensa en clave de solución mágica, tipo Brexit. Mira el resultado. Hay ejemplos a seguir dentro de la UE, como Finlandia o la República Checa. Estamos en Europa. Desde ahí, ¿qué podemos hacer? Ese es el planteamiento realista.

¿El Gobierno actual está haciendo política industrial?

Con el plan de recuperación y su traducción en fondos europeos hay una cierta recuperación de la política industrial, sí. Con los Perte [Proyectos Estratégicos para la Recuperación y Transformación Económica] no sólo se compensa a los que se han visto afectados, también se identifican sectores clave, como la automoción, y se apuesta por el vehículo eléctrico. Ahí está el Perte del microchip, que es un sector sin tradición por el que hay una apuesta. Así que hay un contraste con lo anterior. El anterior gobierno, en un informe de 2013, ni siquiera discriminaba por sectores. Toda la idea industrial era eliminar barreras. En poco tiempo relativamente ha habido cambio llamativo.

Pero, ¿se puede quedar sólo en el papel?

Aquí entra nuestra crítica. Sí, hay dos pasos adelante y uno atrás. Vemos convocatorias, que en el algún caso hay que reajustar porque no hay demanda, lo cual es más síntoma que problema. Y se habla de millones, fondos, planes... Pero falta dirección. Nosotros proponemos un esfuerzo en torno a las tres "C": coordinación, coherencia y criterio.

Coordinación.

En política de empleo tenemos diálogo social, ¿no? Pues en la industrial necesitamos la misma implicación, pero con instituciones productivas que logren coordinación permanente entre actores. Los foros adjuntos a los Perte son limitados y ad hoc, con eso no vale. Incluso dentro del Gobierno cada área tiene sus Perte, no hay suficiente comunicación. Tampoco hacia fuera. Falta promover desde el Estado la coordinación privada-privada. El Estado tiene un papel importantísimo en facilitar que las empresas, sobre todo las pymes, tengan acceso al crédito y otros recursos clave para su crecimiento. De derecha a izquierda, Nacho Álvarez, secretrario de Estado de Derechos Sociales (Unidas Podemos), Reyes Maroto, ministra de Industria (PSOE), y Roy Cobby, coautor del informe 'El retorno de la política industrial', durante su presentación en Madrid.

¿Es posible sin banca pública? ¿Se echan en falta las cajas de ahorro?

Las cajas se han asociado con lo público por su diseño original, pero lo cierto que acabaron por no desafiar las tendencias de mercado. Una banca pública sí lo hace. Como KfW, en Alemania, que entra donde el mercado no va. Es lo que necesitamos aquí, para financiar alta tecnología, transformación energética... Así se abre camino y el resto de la banca acaba acudiendo. Tenemos el ICO, la SEPI... Pero no es suficiente. No actúan en consonancia con los objetivos de cambio estructural que hay en los planes, ni toman iniciativas como ser venture capitalists en sectores pujantes. Para una política industrial necesitamos una banca pública, es imprescindible. La banca privada no tiene los incentivos correctos. Lo acabamos de ver otra vez con el Silicon Valley Bank. 
Coherencia.

España tiende al gobernismo. Cuando hay un problema, el que sea, sacamos una ley. La coherencia frena esta tendencia. Y no digo que no haga falta la Ley de Industria [aprobada como anteproyecto], pero no basta. Necesitamos medidas sostenidas y conectadas coherentemente. Hace falta tiempo y visión a largo plazo. Tememos que haya dos años de preocupación industrial y ya. Eso sería desaprovechar la oportunidad y no seguir el ejemplo de Corea del Sur, Finlandia o Alemania. Nos tememos que la política industrial y los Perte estén ligados a los fondos y no vayan más allá. Y que la financiación privada tampoco siga cuando se acabe la pública.

¿Hay indicios de será todo una lluvia de millones que no cambie el modelo?

Lo difícil en el tiempo de la austeridad era explicar que hacían falta fondos públicos. Ahora ya hemos llegado ahí. El siguiente paso es explicar no sólo el cuánto, sino el cómo. La política industrial no es sólo gastar y gastar. Hay que saber cómo y para qué. Pero el quid pro quo no está definido. Lo puedo entender, por las prisas de 2020. Pero es peligroso.

¿Quid pro quo?

No está bien definido a cambio de qué estamos dando todos esos fondos públicos. Si el dinero europeo es la zanahoria, necesitamos también el palo. No lo digo en sentido negativo. Me explico. Todos los actores tienen que ganar, pero también que ofrecer. El mejor ejemplo son los planes de Biden. Hay un chaparrón de millones, pero las empresas que participen en el desarrollo de microchips tienen prohibida la recompra especulativa de acciones, tendrán que compartir beneficios extraordinarios con el gobierno federal, estarán obligadas a ofrecer guarderías y transporte a los trabajadores... La financiación pública se usa como una palanca. Eso es política industrial. En los Perte no está definido.

¿El Estado puede estar dando mucho a cambio de poco?

El Estado está realizando un arrastre del sector privado, pero falta direccionalidad. Hay política industrial, pero no está claro dónde quiere llegar. El para qué. La gente piensa que la política industrial es regar con dinero a campeones nacionales para que no se vayan del país y así se se mantenga empleo, una especie de cesión al chantaje: soltamos los billetes y así no se van. No. La política industrial reacciona contra cualquier chantaje empresarial. Si vemos que las empresas extranjeras son reacias a compartir tecnología, permite analizar estratégicamente qué hacer. Por ejemplo, la financiación a la que quieran optar puede darse sólo a cambio de la colaboración en la formación de jóvenes en un parque tecnológico. Es sólo un ejemplo. Y pueden parecer cosas pequeñitas, pero todas juntas son las que marcan la diferencia.

La última de las tres "C": criterio.

Los criterios del Gobierno son muy loables: sostenibilidad, digitalizacion... Pero no tienen traducción para nuestro sistema productivo. Además, tenemos grandes objetivos, como que la industria tenga un 20% del PIB. Nosotros, aunque ambiciosos en las medidas, somos más modestos en los objetivos, que deben ser medibles. Por ejemplo, que el peso de nuestra industria manufacturera en el PIB crezca año a año por encima de la media europea. Eso es algo más fácil de medir y permite ver si las políticas funcionan. La política industrial corre el riesgo de perderse en grandes objetivos poco realistas.

Y en la repetición de conceptos genéricos como "sostenibilidad".

No vale con tener una economía verde, hay que industrializar la sostenibilidad. Otro miedo es que hagamos la transformación energética y toda la infraestructura verde o los parques eólicos sean con insumos de fuera... Corremos el riesgo de ir a una economía verde importándolo todo de fuera. El resultado neto sería positivo al final del camino, porque bajaríamos emisiones. Pero habríamos desaprovechado una oportunidad de oro para desarrollar nuevas capacidades. Fomentar este desarrollo no es proteccionismo, es saber que hay unas nuevas tecnologías en las que hay una competición global y aprovechar aquellas más interesantes en nuestro sistema productivo.

¿Cuáles?

Aquí no somos tan explícitos. No hemos querido decir cuáles, sólo indicar que lo interesante es acudir a los sectores y productos que generen mayor demanda, que tengan alguna exclusividad asociada a nuestro territorio. Hay que tener claro el porqué del producto elegido. No vamos a poder competir en la escala de China o Estados Unidos, lo que tenemos que hacer es elegir sabiamente. Y ahí tampoco vemos criterios explícitos.

¿Pero qué campos podríamos elegir "sabiamente"?

Hay ventajas evidentes en la economía española. Y no negamos que algunas están cubiertas por los Perte. Por ejemplo, el vehículo eléctrico, que es un tren que no podemos perder. Pero, además, hay una necesidad de baterías, placas solares, turbinas eólicas... Fijémonos ahí. Preferimos, como te digo, no afirmar tajantemente qué productos hacer. Si supiera en qué hay que invertir, me haría rico (se ríe). Nuestra propuesta se centra en el paso previo. El otro día, en la presentación del informe, me hablaron de unos proyectos de recuperación industrial en León que se topaban con un problema: no se podían cursar en la provincia cursos necesarios para los trabajadores. Eso es un problema de coordinación previo al producto.

¿Hay un problema de mentalidad en el empresariado español ante la industria?

Mmm. En España caemos mucho en estos enfoques culturales. Ese típico problema de autoestima: "No sabemos, somos unos paletos". Siempre terminamos ahí. Y es verdad que a veces sale un político y dice, muy tímidamente, que habría que incentivar tal actividad y ya saltan algunos: "¡Madre mía! Estado planificador!". Es un tabú, como el que rechaza como si fuera algo radical la participación de los trabajadores en los consejos de administración. Pero creo que hay muchas corrientes de pensamiento y tendencias en el empresariado, que no todos piensan igual.

Descartemos el enfoque cultural, pues. ¿Es la variedad capitalista española, con tanto peso del rentismo y los servicios, poco propicia para el desarrollo industrial?

Ahí ya has ido al grano... El modelo español da incentivos premium a la actitud rentista de proteger cuota de mercado sea donde sea. Y también a ofrecer servicios, que suelen crear precariedad, salarios bajos, poca formación. Pero aquí es donde la política industrial debe intervenir. La economista Alice Amsden decía que si hay unos precios en el mercado, la política industrial va de distorsionar esos precios. Cuando digo precios me refiero a esos incentivos premium al rentismo. A veces los empresarios acuden a esos sectores porque no hay alternativa. Nosotros defendemos que haya alternativa. El Estado debe direccionar los cambios. Y aquí hablo no sólo de legislación, también de tener participaciones. ¿Por qué no? Si el Estado aporta dinero, puede recibir beneficios. No puede dedicarse sólo a rescatar cuando las cosas van mal, sino también a recibir retorno cuando van bien. Estos son los llamados ecosistemas públicos de innovación o la estrategia de portfolio, con ejemplos en Italia o Francia. Hay zonas de nuestra economía con innovación y preocupación por estar al día y otras no. Con los sistemas de política industrial que sobreviven en Euskadi y Navarra se ve claro. Las empresas no compiten a la baja, sino en diseño de producto, y colaboran con la administración.

Reyes Maroto, ministra de Trabajo, acudió a la presentación. ¿La vio receptiva?

Mostró generosidad con nuestro informe. En su intervención utilizó las tres "C" para contar cómo el Gobierno había afrontando la crisis, mencionó las cifras de fondos, que impresionan... Pero también vimos complacencia, al considerar que nuestra propuesta ya se estaba aplicando. Un ejemplo: decía que en España ya existe financiación pública para política industrial. Y habló de cifras pero sin entrar en la ejecución o los criterios. Decir que en el Perte aeroespacial vamos a producir un satélite está bien, pero, ¿para qué? No, no estamos tan tranquilos como la ministra, a la que sí reconocemos que enarbola una bandera industrial que se había perdido. Nos preocupa además la permanencia de lo hecho. Nos preocupa que, si hay un cambio de gobierno –que no pasaría nada–, lo ya hecho se destruya por querer desmantelar todo lo anterior.

Ha afirmado la ministra Maroto que España "ha desarrollado por primera vez una política industrial de Estado". ¿Exagera?

Entiendo su necesidad de hacer balance de sus contribuciones, y lo que podría haber dicho más correctamente es que por primera vez en mucho tiempo se ha intentado elevar la política industrial a este nivel. Sin embargo, que sea una política de Estado es una cuestión de décadas, va más allá de una legislatura.

Decir que en el Perte aeroespacial vamos a producir un satélite está bien, pero, ¿para qué? No, no estamos tan tranquilos como la ministra Maroto, a la que sí reconocemos que enarbola una bandera industrial que se había perdido

¿No hay entonces una política industrial de Estado, sino una apuesta de gobierno?

No pensamos que sea de Estado. Incluso, no sé cómo decirlo, no es una política de gobierno, sino de subgobierno, es decir, de segunda categoría.

¿Está bien puesta la industria junto al comercio y el turismo en el ministerio?

El diseño de la gobernanza relega la industria a un papel secundario. Aunque en la ejecución de programas el Ministerio de Industria actúa como tal, está en segunda fila. Se crea un círculo vicioso. Si los políticos ven que el debate no cala más allá de la noticia del cierre o apertura de una fábrica, lo abandonan y los medios le prestan menos atención.

Usted sostiene que hace falta un nuevo lenguaje para hablar de economía.

Los conservadores hablan de impuestos bajos y salarios bajos y los progresistas de ayudas y del Estado del bienestar. No es suficiente. Los progresistas deben tener su propio discurso sobre la empresa. ¿O sólo vamos a hablar de renta mínima? Somos una economía de mercado donde la mayoría trabaja en empresas. Hay mucho debate atascado. Lo vimos con Ferrovial. Cuando se marchó volvimos a oír eso de que somos un país donde se limita el derecho de propiedad, cuando no es así. La política industrial permite superar debates atascados. A mí me sorprende, y a lo mejor peco de ingenuo, que haya una politización y se asocie con fuerzas progresistas. Hemos visto un cuestionamiento de los fondos europeos, echando barro no sólo al Gobierno sino al sector empresarial. No lo entiendo. Es normal que haya conflictos, pero no estáticos. Lo hemos visto con la acogida de nuestro informe. Es llamativo que una manera original de hablar de nuestro sector empresarial no la recojan los sectores conservadores.

A pesar de la apuesta industrial, en 2020 su peso relativo en la economía cayó.

Cuidado con los datos. Correlación no es causalidad, y a veces las correlaciones son espurias. A lo mejor es que los servicios y la agricultura se están portando bien. Debemos elegir bien cómo medir. La política industrial es un proceso de décadas. No tiene un efecto inmediato, como un rescate. Necesitamos capacidades estadísticas nuevas que midan efectos micro.

¿Para dar también incentivos al político, que tiene una trayectoria a menudo corta?

Sí, queremos dar incentivos a todos (se ríe). Por eso proponemos una mirada a corto plazo. Biden, nada más llegar, preguntó a sus departamentos: ¿Dónde queréis estar en cien días? Necesitamos algo así, no mirar sólo a cifras macro. Que sí, que son importantes, que las necesitamos cambiar, pero que nos pueden confundir a corto plazo.

¿Cuál podría ser un objetivo micro?

Que en un sector baje la importación y suba el consumo de productos locales. O una subida porcentual equis de empleo en instalación de placas solares.

Ustedes insisten en la necesidad de una Oficina del Dato Industrial.

Sí, en plan marketing nos gusta llamarlo "un McKinsey público" [es una consultora estadounidense que emite informes de gran influencia en el debate económico]. Las consultoras privadas tienen un papel sobredimensionado como fuente. Sin ir más lejos, el informe de 2013 del que te hablé antes estaba hecho por Boston Consulting Group. Necesitamos que el Estado recupere capacidades estadísticas y de publicación. Y para eso necesitamos no sólo más personal, sino con capacidades nuevas. Ahí hay otro problema: los Perte se han desarrollado con el mismo personal que había.

¿Qué es un "Estado emprendedor", que ustedes defienden?

Este término lo ha empleado [la economista] Mariana Mazzucato con mucho acierto para referirse al importante papel de las agencias públicas en el desarrollo de tecnologías y, posteriormente, la construcción de mercados tan importantes como los smartphones o las renovables. Existe la impresión equivocada de que el empresario es el que arriesga y apuesta por sectores de vanguardia, pero en la historia es más común que sea el Estado el que apuesta por la innovación y el mercado vaya detrás. Lo que logra una auténtica política industrial es que esa investigación y desarrollo tengan una traducción mayor en la inversión, empleo y demanda de otros sectores, que a su vez permita el avance continuo en nuevos bienes y servicios.

¿Ser un país relativamente pobre en materias primas lastra el empeño industrial?

Claro que nos lastra y he leído frases al respecto: "Ah, claro, Estados Unidos puede hacer grandes planes porque la energía no es un problema, tienen mucho territorio, acceso a minerales...". Vale. Pero es que en España nos tenemos que empezar a creer que somos parte del mercado común también para lo bueno. Tenemos acceso a minerales clave y piedras raras, otros países europeos tienen otras. Hay que aprovecharlo. No debe ser una barrera. Lo que hace falta es una política industrial consciente de las capacidades, que sepa a qué recurso tenemos o no acceso. Sin eso, la política industrial son castillos en el aire. Si lees los planes tras la crisis, se hablaba de que podíamos ser una potencia en casi cualquier cosa –renovables, digital–, sin tener en cuenta las herramientas.

¿Podemos pagar las pensiones del futuro con un 10% de empleo industrial?

Esto es esencial. Al hablar de pensiones, siempre pensamos en el modelo... ¿Por qué no hablamos de trabajo mejor remunerado? Con la vivienda, igual. O con el arraigo a las zonas que está de moda llamar "España vaciada". La política industrial responde a muchos desafíos. Y también tiene implicaciones políticas.

¿De qué tipo?

Las zonas postindustriales son las que más votaron por el Brexit y por Trump. La política industrial no es un milagro para todo, pero ofrece resistencia a las crisis y mejora competitividad, productividad y salarios, con efectos en la economía y la política. Un país con una industria fuerte tiene una sociedad más densa y con más áreas de intercambio, lo cual puede reducir la polarización."                ( Ángel Munárriz, infolibre.es, 21/ 03/2023)

26.10.22

El cierre planea sobre medio centenar de empresas metalúrgicas gallegas... La patronal Asime advierte de una «situación dramática» en el sector metalúrgico gallego al entender que la escalada de los precios de la energía «ahogan» a las empresas... algunas compañías están padeciendo un encarecimiento del 300% en el precio de la energía en el último año y una situación de «imprevisión» por no saber qué precios se pagarán en los próximos días, semanas o meses

 "SOS en la industria metalúrgica gallega. Más de medio centenar de empresas del sector se está planteando cerrar plantas o turnos de trabajo debido a la «situación dramática» por la escalada del precio de la luz.

Así lo ha trasladado este miércoles el secretario general de la Asociación de Industrias del Metal y Tecnologías Asociadas de Galicia (Asime). Enrique Mallón ha advertido de que algunas compañías están padeciendo un encarecimiento del 300% en el precio de la energía en el último año y una situación de «imprevisión» por no saber qué precios se pagarán en los próximos días, semanas o meses.

Tras un encuentro organizado por Asime para debatir sobre los costes energéticos que «ahogan» a las compañías, Mallón ha reconocido que la situación es «peor de la esperada», con decenas de empresas que se plantean parar parte o toda su producción e incluso cerrar debido a no poder soportar el incremento del coste de la luz, que en algunos casos alcanza el 300%.

«Seguramente más empresas estén valorando esta medida y todavía no nos lo hayan comunicado», ha augurado el representante de Asime, que ha indicado que ya en la actualidad unos 60.000 trabajadores del sector del metal se ven afectados ya que las empresas tratan de «sobrevivir», lo que quizá se traduzca en que no puedan subir salarios o en una reducción de los contratos.

Así impacta la escalada de la luz

Como casos prácticos, Mallón ha aludido a empresas que han recibido facturas con recargos por la medida del tope del precio del gas de más del 100% de la factura, con pymes que tuvieron que pagar entre 50.000 y 60.000 euros por este recargo. «Lo peor de todo es la imprevisión, la falta de conocimiento sobre lo que va a suceder mañana o dentro de un mes. Las empresas no conocemos cuáles van a ser nuestros costes energéticos y por lo tanto que alguien nos explique cómo se puede producir si no sabes cuál va a ser tu coste», ha criticado, explicando que al no tener esta previsión muchas compañías no pueden acceder a concursos.

Es por ello que Mallón ha reclamado tanto al Gobierno como a la Unión Europea que aborden una reforma profunda del mercado energético y den soluciones y apoyen a la industria gallega. De esta manera, ha pedido ayudas para que las compañías puedan hacer frente a los costes energéticos o medidas de asesoramiento para tratar de mostrar un camino para la reducción del coste energético. 

«Creemos que la UE debe adoptar ya un reglamento de funcionamiento del mercado de la energía de manera inmediata», ha reivindicado, pidiendo celeridad para que lleguen al mercado más comercializadoras y no solo las grandes compañías que copan el mercado actual.

Asimismo, Mallón ha puesto el foco en la energía renovable, como es la eólica marina, llamando a una apuesta por la misma sin poner trabas en su desarrollo ya que, como ha dicho, es compatible con la pesca. En paralelo, el secretario general de Asime, ha subrayado que las compañías también pueden llevar a cabo acciones para reducir su coste energético, como el autoconsumo a través de renovables. Sin embargo, ha indicado que esto solo solucionaría un 30% del problema, por lo que ha insistido en que las administraciones lleven a cabo reformas para que no sea la industria quien pague la situación actual.

A vueltas con los PERTE

Consultado por el PERTE del Vehículo Eléctrico y Conectado, Mallón ha indicado que los 15 millones que recibirá Stellantis Vigo «no son gran cosa», por lo que ha esperado que en la próxima convocatoria pueda acceder a más fondos, refiriéndose a que otras comunidades han obtenido muchas más ayudas.

Respecto al PERTE del Naval, por su parte, ha indicado que los plazos son «justos», pero ha subrayado que en Galicia se trabaja en varios proyectos para ser perceptores de fondos europeos. «Vamos a intentar coordinarnos bien para que Galicia esté en primera línea», ha destacado."               (Economía Digital de Galicia, 26/10/22)

2.12.21

Nos vamos acostumbrando a la muerte lenta de la clase obrera gaditana... en una Andalucía que progresivamente pierde el norte de la industrialización... Reivindicar la defensa de las industrias existentes y de una reindustrialización territorialmente arraigada tiene que ver con conservar modos de vida, tradiciones, relaciones laborales en un entorno habitable por seres humanos libres e iguales. La traición de las élites a Andalucía -y específicamente a Cádiz- tiene que ver con la sumisa aceptación de una división europea del trabajo que convierte al sur de España en un lugar para turistas y especuladores inmobiliarios... El “partido del trabajo”, más allá de siglas y experimentos organizativos, se construye en estas dramáticas luchas protagonizadas por hombres y mujeres de carne y hueso que producen país con sus sufrimientos de cada día... El conflicto de Cádiz puede ser la señal de un reencuentro entre el mundo del trabajo y la izquierda política

 "Nos vamos acostumbrando a la muerte lenta de la clase obrera gaditana. Periódicamente asistimos a huelgas especialmente duras, a escenas de violencia policial y de respuesta a la brava de trabajadores que cada vez tienen menos que perder. Se junta todo: desindustrialización, pérdida de derechos, precariedad generalizada, salarios a la baja y sobreexplotación. El contexto, una Andalucía que está cambiando de clase política y que progresivamente pierde el norte de la industrialización, de la transición energética-productiva y del nuevo paradigma tecnológico-territorial.

Se ha pasado quedamente de aspirar a ser la California de España a competir con solvencia con nuestro vecino Marruecos. El Partido Popular y su aliado Vox negociarán con los que mandan y aceptarán lo que se les dé. La única condición que ponen es que ellos gestionen el poder; mejor dicho, lo que quede de él. Eso sí, a cambio garantizarán el orden y la tranquilidad de las tanquetas; el PSOE enseñó y enseña el camino.

Cádiz siempre ha sido microcosmos. En primer lugar, del tipo de relaciones laborales que predominan en esta etapa posfordista. En su centro, las grandes empresas de construcción naval y aeronáutica (Navantia, Airbus, Dragados…) y en torno a ellas, una tupida red de pequeños y medianos establecimientos auxiliares y subcontratados.  

Este tipo de procesos productivos se ha construido redistribuyendo sistemáticamente los riesgos económicos y empresariales del capital hacia las clases trabajadoras. Se configuran dos tipos de relaciones laborales, la de las grandes fábricas en las que predomina el empleo estable, presencia sindical significativa y cumplimiento razonable de lo estipulado en los convenios; el otro, el de una pequeña y mediana empresa con un alto nivel de precariedad laboral, represión sindical y, lo que es más importante, sin una legislación laboral protectora; es decir, los convenios vigentes no se aplicaban y el poder empresarial devino en omnímodo.

Lo característico de esta huelga es que afecta en su mayoría a los trabajadores de pequeñas y medianas empresas que viven en condiciones de extrema debilidad contractual tanto en lo que tiene que ver con los salarios como como con el pago de horas extraordinarias, en los ritmos productivos, la jornada y, sobre todo, la inestabilidad laboral. Así se entiende muy bien las (contra)reformas laborales del PSOE -de la que no se habla hoy- y la del PP. El derecho laboral ya no protege al trabajador y lo encadena a procesos productivos y a formas de gestión de la fuerza de trabajo que lleva a un tipo específico de servidumbre, asalariados dependientes sin derechos.

 La dureza de la respuesta obrera expresa la rabia de una clase trabajadora que, día a día, ve perder conquistas, condiciones de trabajo y salario. Estamos hablando de poder. Las reformas laborales aprobadas por los distintos gobiernos han tenido siempre como objetivo debilitar el poder contractual de la clase trabajadora y someterla a la lógica de un modelo productivo basado en la precariedad y en los bajos salarios.

La otra gran cuestión tiene que ver con la empresa y el territorio. Más allá de las moderadas reivindicaciones salariales y laborales de los huelguistas en lucha, lo que existe es una reivindicación de un lugar de vida como espacio también de trabajo y como un futuro unido una identidad geográficamente identificada e identificable. 

Reivindicar la defensa de las industrias existentes y de una reindustrialización territorialmente arraigada tiene que ver con conservar modos de vida, tradiciones, relaciones laborales en un entorno habitable por seres humanos libres e iguales. La traición de las élites a Andalucía -y específicamente a Cádiz- tiene que ver con la sumisa aceptación de una división europea del trabajo que convierte al sur de España en un lugar para turistas, para especuladores inmobiliarios y refugio para capitales financieros opacos. Aquí modo de vida, trabajo y espacio se enlazan en una identidad abierta y portadora de futuro. En su centro, una clase trabajadora que se niega desaparecer sin lucha.

 El “partido del trabajo”, más allá de siglas y experimentos organizativos, se construye en estas dramáticas luchas protagonizadas por hombres y mujeres de carne y hueso que producen país con sus sufrimientos de cada día. La política, la de verdad, se organiza aquí. 

Sin una “Constitución del trabajo” efectiva no habrá democracia; sin derechos laborales y sindicales plenos no será posible un nuevo modelo productivo sostenible y territorialmente enraizado. Así se construye patria, ciudades habitables y seguras. Así se lucha contra una España desarticulada territorialmente, vaciada de tradición, de cultura; de espaldas a la historia vivida de las clases subalternas.

La centralidad de la clase trabajadora se construye social y políticamente. La huelga de Cádiz muestra que los asalariados necesitan la “ayuda” de la política para mejorar las condiciones de vida y de trabajo. La patronal enseña mucho: cuando desde el gobierno se imponen contrarreformas sin consenso, la apoyan decididamente. Cuando se trata de revertirlas, de recuperar derechos perdidos por los trabajadores, exigen consenso; es decir, su derecho a impedirlo. Se habla de que una parte sustancial de las clases trabajadoras votan a las fuerzas populistas de derechas. Es más, las encuestas anuncian que en Andalucía volvería a ganar el PP con el apoyo de Vox.

El conflicto de Cádiz puede ser la señal de un reencuentro entre el mundo del trabajo y la izquierda política. El gobierno no puede ser neutral. La democracia, la de verdad, se juega en estas cosas."                (Manolo Monereo, Nortes, 25/11/21)

29.11.21

La huelga del sector del metal en Cádiz es un reflejo de los problemas económicos, sociales y demográficos de fondo que se fueron tejiendo durante los años de nuestra frágil democracia... Se exigió a España una reconversión industrial y una liberalización y apertura de sus mercados de bienes y servicios, que unidos a la libre movilidad de capitales, acabó siendo absolutamente nefasta para nuestro devenir futuro... El papel que nos “asignaron” implicaba una desindustrialización masiva, una tercerización de la economía y una bancarización excesiva... lo que ha afectado a las relaciones de trabajo, y al factor trabajo en sí, y mucho. O son actividades de bajo valor añadido, o somos meros ensambladores, y en aquello que realmente somos muy competitivos, empieza el capital extranjero a controlarlo y las decisiones se fijan fuera, con la amenaza continua de deslocalización de la producción que ello implica... lo de Cádiz ha sido otro aviso más, un síntoma que solo puede atajarse deshilvanado las hechuras tejidas por nuestras redes de poder, y donde el Estado sin duda debe de optar por directamente ser el motor industrial de nuestro país. Todo lo demás, apaños...

 "La huelga del sector del metal en Cádiz es un reflejo de los problemas económicos, sociales y demográficos de fondo que se fueron tejiendo durante los años de nuestra frágil democracia. A lo largo de ellos se tomaron decisiones que han acabado siendo muy negativas para nuestro devenir. (...)

Para entender los efectos de la desindustrilización, desde estas líneas siempre me he apoyado en los estudios del economista coreano Ha-Joon Chang, posiblemente el mayor experto mundial en Economía del Desarrollo, y sin duda alguna uno de los economistas heterodoxos más relevantes en el panorama actual. 

Siguiendo el análisis del economista Ha-Joon Chang, España desde mediados de los 80, justo con la entrada en vigor del Tratado de Adhesión a la Comunidad Europea, es un ejemplo de por qué el libre mercado y la globalización, tal como se ha diseñado no funciona.

 Se exigió a España una reconversión industrial y una liberalización y apertura de sus mercados de bienes y servicios, que unidos a la libre movilidad de capitales, acabó siendo absolutamente nefasta para nuestro devenir futuro. El papel que nos “asignaron” implicaba una desindustrialización masiva, una tercerización de la economía y una bancarización excesiva.

Ausencia de una política industrial activa

Frente al caso español, Chang analiza el caso de su país de origen, y concluye que, a diferencia de España, Corea en las últimas décadas hizo crecer diversas industrias nacientes gracias a aranceles, subsidios y otras formas de apoyo hasta que fuesen lo suficientemente fuertes para soportar la competencia internacional. Todos los bancos estaban en poder del gobierno, por lo que podía dirigir el crédito a los distintos sectores productivos. 

Algunos grandes proyectos fueron ejecutados directamente por las empresas estatales, aunque el país tenía un enfoque pragmático, más que ideológico, en lo que respecta a la propiedad estatal de los medios de producción. Si las empresas privadas trabajaban bien, perfecto. Pero si no invertían en sectores importantes, el gobierno no tenía ningún reparo en crear empresas estatales. Y si las empresas estaban mal dirigidas, el Gobierno las adquiría, las reestructuraba, y por lo general luego las vendía.

 El Gobierno coreano también tenía el control absoluto sobre el comercio exterior. Vigilaban fuertemente la inversión extranjera, acogiendo con los brazos abiertos las inversiones en algunas áreas y cerrando completamente sus puertas a otras, de acuerdo con los imperativos del plan nacional de desarrollo.

 Como señala Chang, "el milagro coreano fue el resultado de una mezcla, inteligente, pragmática, entre el aguijón del mercado y el dirigismo económico”. Todas estas lecciones básicas fueron olvidadas por nuestros dirigentes.

 La desindustrialización masiva, la tercerización de la economía y una bancarización excesiva, que aceleró e infló la burbuja inmobiliaria, devino en un modelo productivo sustentado o en actividades intensivas en mano de obra o en otras rentistas –turismo, y burbujas diversas-. 

Ello no era óbice para que este modelo conviviera con un sector manufacturero patrio exportador extraordinario –nuestras exportaciones no dejan de crecer desde 1994- que, ante la inacción de nuestros gobiernos, fue paulatinamente asaltado por capital foráneo. Como consecuencia, las decisiones de inversión, de plantilla y de salarios de dichas joyas se empezaron a fijar allende nuestras fronteras.

El modelo productivo, clave para entender las relaciones de trabajo

El modelo por el que se optó en los 80, unido al asalto a nuestras joyas de la corona, ha afectado a las relaciones de trabajo, y al factor trabajo en sí, y mucho. O son actividades de bajo valor añadido, o somos meros ensambladores, y en aquello que realmente somos muy competitivos, empieza el capital extranjero a controlarlo y las decisiones se fijan fuera, con la amenaza continua de deslocalización de la producción que ello implica.

 Por eso la respuesta de las élites patrias siempre ha sido la misma, la búsqueda de mercados laborales flexibles con la disrupción de sindicatos y trabajadores, a través de las enésimas reformas laborales. El problema es que no ha supuesto ninguna mejora de competitividad sino simplemente una caída de la participación de los trabajadores en la renta nacional en beneficio del capital y de los más acaudalados. Para entender está idea recomiendo el último libro de Michael Pettis, el otrora economista jefe de Credit Swiss First Boston y en la actualidad profesor de finanzas en la Universidad de Pekin: “Trade Wars Are Class Wars: How Rising Inequality Distorts the Global Economy and Threatens International Peace.” (...)

El diseño económico, sectorial, y geográfico del modelo productivo patrio ha supuesto, en definitiva, y como corolario, que el sector privado sea incapaz de generar empleo suficiente, mientras las autoridades económicas abandonaban, a su vez, salvo en el País Vasco, el uso de la política industrial activa –es obvio que no se han leído el libro Mariana Mazzucato El estado emprendedor: Mitos del sector público frente al privado (“The Entrepreneural State Debunking Public Vs Public Sector Myths”-. 

Y todos estos frentes, desde la desindustrialización, hasta la España vaciada, pasando por la financiarización de casi todo, se reflejan en un descontento social cada día más evidente y creciente. Por eso, lo de Cádiz ha sido otro aviso más, un síntoma que solo puede atajarse deshilvanado las hechuras tejidas por nuestras redes de poder, y donde el Estado sin duda debe de optar por directamente ser el motor industrial de nuestro país. Todo lo demás, apaños."                    (Juan Laborda, El Salto, 28/11/21)

25.10.21

Era difícil imaginar que en los países más ricos del mundo, en el periodo más consumista del año (Navidades), será complicado comprar algunos productos (coches, materiales de construcción, tecnológicos, productos químicos, materias primas…)... La secuencia es la siguiente: primero, la pandemia y el confinamiento, con caída del comercio internacional; como consecuencia, las empresas reducen sus costes y mantienen sus inventarios al mínimo, por lo que se quedan sin productos para satisfacer la demanda; llega la recuperación, más fuerte de lo previsto, y pilla desprevenidas productoras y distribuidoras... y un cuarto paso, el “efecto látigo”: los proveedores se cargan de existencias. La paradoja será que tras el desabastecimiento habrá excedentes. Ejemplo: los rollos de papel higiénico o las mascarillas... hay que recuperar aspectos de la economía que han sido olvidados en beneficio de otras prioridades financieras o tecnológicas

 "Ikea, que es mucho más que una tienda, lo ha advertido: la escasez de algunos bienes no es momentánea, sino que va para largo y podría agravarse. Esta empresa y otras de gran consumo pueden tardar más tiempo del habitual en servir las mercancías, los componentes. En algunas plantas de ventas las etiquetas dicen “Disponible próximamente”, y cuando se pregunta al encargado cuánto significa “próximamente”, no se arriesga a apostar. En el momento en que se estaba aprendiendo a conjugar la “recuperación justa” llegan dos conceptos concatenados, aunque no sean exactamente iguales: la escasez y la subida de precios.

Era difícil imaginar que en los países más ricos del mundo, en el periodo más consumista del año (unas Navidades cada vez más extensas e, incrustadas en ellas, campañas de descuentos como el Black Friday), será complicado comprar algunos productos (coches, materiales de construcción, tecnológicos, productos químicos, materias primas…).

 El principal problema está en la logística, un elemento de la cadena de producción que habitualmente no es tan llamativo como otros. Hasta que lo es. Ahora se ven puertos abarrotados y empresas de transporte ferroviario, por carretera o aéreas que no dan abasto. Hay un desequilibrio entre la demanda, que se ha recuperado más rápidamente, y la oferta. Entre el 80% y el 90% de lo que se consume llega por barco; todos los días decenas de miles de buques atraviesan el mundo cargados de millones de contenedores repletos (que están multiplicando exponencialmente su precio en estas semanas). 

No hay suficientes contenedores para transportar todos los bienes que se demandan. Casi el 80% de los puertos tienen tiempos de espera superiores a la media. No es de extrañar que el presidente Biden haya anunciado que reforzará los puertos americanos para que puedan trabajar 24 horas al día los 7 días de la semana con el fin de eliminar el colapso marítimo.

 En medio de la recuperación pospandémica, el cuello de botella que estrangula la distribución tiene varios efectos al mismo tiempo: la inflación de las principales materias primas (industriales y agrícolas); los retrasos en la entrega de los productos a los consumidores finales debido a la citada congestión del transporte que, a su vez, lo ha encarecido; la subida de los costes de personal porque hay escasez de trabajadores especializados (camioneros, por ejemplo), y también mayores exigencias sindicales no solo en salarios, sino en mejores condiciones laborales.

 La secuencia es la siguiente: primero, la pandemia y el confinamiento, durante el cual cae el comercio internacional; como consecuencia, las empresas reducen sus costes y mantienen sus inventarios al mínimo, por lo que se quedan sin productos para satisfacer la demanda; llega la recuperación, quizá más fuerte de lo previsto, y pilla desprevenidas a muchas empresas productoras y distribuidoras. Los expertos indican la posibilidad de un cuarto paso que denominan “efecto látigo”: los proveedores compensan en exceso la escasez y se cargan de existencias. La paradoja consistiría entonces en que tras el desabastecimiento habrá excedentes. Ejemplo de ello serían los rollos de papel higiénico o las mascarillas.

El fenómeno del posible desabastecimiento conlleva recuperar aspectos de la economía que han sido olvidados en beneficio de otras prioridades (en general, financieras o tecnológicas). Ya daba indicios de su complejidad desde finales de 2020, cuando el comercio mundial trataba de recuperar su normalidad tras el parón sufrido por el confinamiento. Al alterar la pandemia el flujo del comercio, cuando la mayor parte de los países aumentan a la vez el consumo, los puertos, los trenes y los aviones echan el bofe. 

Estos cuellos de botella reabren dilemas que parecían superados, como el de la deslocalización de las fábricas en busca de género de bajo coste, o la hiperespecialización que logra que la fabricación de bienes sea cada vez más difícil de ubicar, ya que los componentes llegan de sitios muy lejanos (los botones, las cremalleras, la tela, el ensamblaje, etcétera).

La falta de suministros se extiende como una mancha de aceite y amenaza con lastrar la fase de recuperación."                    (Joaquín Estefanía, El País, 24/10/21)

13.10.21

Primeras víctimas industriales por la crisis energética... Sidenor, líder española en la fabricación de aceros especiales largos, para su producción por la factura eléctrica... La acería vasca, que estaba entre las candidatas para la compra de la planta de Alcoa en San Cibrao, obligada a parar al subirle un 300% el precio de la luz

Óscar Guardingo @oguardingo

La industria sufre una crisis sin precedentes en décadas un precio de la energía desorbitante y una crisis de suministros de chips. Poco se habla de tantas fábricas paradas como hay ahora en Europa. Algo nunca visto.

 2:41 p. m. · 11 oct. 2021·Twitter for Android
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 "Primeras víctimas industriales por la crisis energética. Y tienen mucho que ver con Alcoa. La acería Sidenor se ha visto obligada a parar la producción de su planta principal de Basauri (Bizkaia) de forma intermitente hasta Navidades ante el “desorbitado” precio que paga por la electricidad que necesita para llevar a cabo sus procesos de fabricación. 

En el último año se ha incrementado en más de un 300% su factura de la luz, al pasar de 60 euros el megavatio hora a 260 euros.

Así lo ha dado a conocer este lunes la metalúrgica, que es líder española en la fabricación de aceros especiales largos para distintos usos industriales, en un comunicado en el que señala que “ese incremento del coste eléctrico supone unos 200 euros más por tonelada, o sea, un aumento de los costes de fabricación de más del 25%”, que “provoca pérdidas y hace imposible mantener el ritmo actual de producción”. Sidenor se encontraba entre las candidatas para la compra de Alcoa en San Cibrao.

Descontrol en los precios 

Como primera medida ante este encarecimiento de la electricidad para usos industriales, la dirección de Sidenor ha decidido parar la producción de su planta matriz de Basauri (Bizkaia) 20 días, es decir, el 30% de los días productivos programados, desde ahora hasta el 31 de diciembre.

La acería precisa que “se trata de una primera medida para intentar limitar el tremendo impacto que los desorbitados y descontrolados costes eléctricos están causando a Sidenor”, pero advierte de que, por sí sola, “no soluciona el problema de fondo” por lo que considera que será necesario adoptar “otras medidas” de persistir “el actual panorama de descontrol en los precios eléctricos”. También precisa que aunque esta parada afecta directamente y de forma inmediata a la planta principal de Basauri, “lo hará también de forma progresiva al resto de plantas” con que cuenta en otros puntos del País Vasco y de Cantabria y Cataluña.  "                  (Economía Digital Galicia, 11/10/21)

8.10.21

“España ha perdido tal capacidad industrial que no tiene garantizado los suministros básicos”

 "(...) Los trabajadores de SEAT impulsan la fabricación de respiradores en su empresa. El gobierno aprueba un decreto para facilitar la contratación en el campo… ¿Cómo lo ve…?

Son señal de muchas cosas. Primero que España ha perdido tal capacidad industrial que no tiene una garantía de suministros básicos para hacer frente a las necesidades de una pandemia como esta. Esto merece una política estratégica en cuanto salgamos de esta, sobre cómo garantizar un tejido industrial exigible para contingencias sanitarias y de otro tipo. Europa no puede permanecer al margen de ese debate, porque se abre un cambio de paradigma después de décadas de deslocalización de las industrias. El colapso de las cadenas de valor requiere tomar medidas tras la crisis. 

Y por otro lado, en efecto, el hecho de que se restrinja la movilidad de trabajadores extranjeros nos ponía en dificultades para afrontar las campañas agrarias, lo que podía llevar a falta de suministro o encarecimiento de alimentos básicos en un momento tan delicado como este. Yo pensé que iba a haber filas de patriotas de la ultraderecha para trabajar voluntariamente en el campo y no tener que proceder a la renovación automática de permisos de trabajo de personas migradas, pero no…

 Es cierto, se han tenido que tomar medidas excepcionales para facilitar el trabajo de personas que están cobrando el desempleo en el campo. Hemos presionado para que estos salarios se abonen con transparencia y en una cuenta corriente para evitar que el empresariado se apropie por la vía de los hechos de una parte de esas cuantías. Exigimos el pago de los salarios de convenio y siempre por encima del SMI. Y hubiéramos añadido la regularización de situaciones de migrantes hoy en día irregulares, que se podía haber hecho con suma facilidad y evitaría que o se queden sin trabajar o lo hagan en la economía sumergida. No compartimos en absoluto las formas en que ha actuado aquí el Gobierno.  (...)

¿Considera que hay un consenso social sobre cuestiones como que no podrá haber recortes en sanidad como una de las principales enseñanzas de esta crisis?

Debiera haberlo pero no me engaño demasiado. Cuando pase este drama se va a producir una descarnada pugna ideológica y política. Las élites no van a dejar que cale fácilmente la idea de que necesitamos más Estado en la economía, más y mejor sector público, una revisión a modo de auditoría sobre cómo han funcionado los servicios de atención a las personas, tanto públicos como concertados y privatizados, para extraer conclusiones. Todo eso lleva necesariamente a un debate sobre la fiscalidad y la distribución de la renta. El neoliberalismo debiera ser enterrado definitivamente tras esto, pero no va a dar la batalla por perdida, ni mucho menos. Obsérvese el discurso económico de Vox, que es la derecha que no se molesta en disimular, en las convalidaciones de decretos en la sesión del Congreso, Tras su carroñerismo político habitual, si uno se queda en las cuestiones económicas, están en el día después. En salvar a las élites, en su caso además a las más parasitarias e improductivas.  (...)

Cuál es su posición respecto a los «pactos de reconstrucción» o “nuevos Pactos de la Moncloa”. ¿Deberían abordarse desde la redistribución de la riqueza frente a «socializar las pérdidas» a través del Estado?

Creo que es necesario un pacto de Estado para la reconstrucción social y económica de España. Tiene que ser político, social e interinstitucional. Con los pactos de la Moncloa no caben muchos paralelismos, más allá de la voluntad política de consenso. Pero en el contenido no tienen nada que ver. Aquello fue un pacto económico para facilitar una transición política, con hiperinflación y un estado sin capacidad fiscal y pésimos servicios públicos. Fue un acuerdo de ajuste interno (que finalmente fue básicamente de ajuste salarial) a cambio del germen de una fiscalidad más moderna y un embrión de los servicios públicos que se fueron abriendo paso en los 80.

 Hoy el riesgo es de deflación, con alto paro y necesidad de impulsar la demanda y estimular la economía ante un parón por causas ajenas a ella misma. Con un cuadro macroeconómico muy deteriorado y con una nueva visión -espero- sobre el valor de lo común, lo público y lo colectivo, que debiera generar el consenso en términos interesantes desde un punto de vista progresista. Esa es su fortaleza y debilidad. La debilidad me refiero, obviamente, porque no soy optimista respecto a la actitud de la derecha política. Nunca ha habido un pacto con la derecha en la oposición, y más difícil aún para afrontar medidas que distan mucho de su dogma económico.

Respecto al sector financiero, no me quedaría ahí (que obviamente hay que exigirles que se corresponsabilicen de la situación tras haber sido rescatados desde presupuestos públicos). Creo que no van a pasar muchas semanas hasta que se empiece a hablar del rescate y la nacionalización de empresas y sectores que no están en condiciones de abordar un parón largo de actividad, son estratégicos y bandera de varios países.  (...)"                       (Entrevista a Unai Sordo, secretario general de CCOO, De Verdad Digital, 1604/20)

25.5.21

Si las ciudades con mayor calidad de vida son las medianas, ¿dónde está el problema? En cuanto sales de Madrid, te das cuenta de que todo es mejor... las ciudades con mayor calidad de vida (Vigo, Zaragoza, Bilbao, Valladolid, Córdoba) son las ciudades de mediano tamaño. Logroño es todo lo que hemos terminado creyendo que era Madrid, solo que encontrándote a los ex. La gente está contenta, las calles limpias, el vino es excelente y la pandemia se está acabando... entonces, ¿dónde está el problema? “Se vive bien porque es un concepto muy vinculado a la sociabilidad en la calle, pero detrás de la estructura, ¿qué queda?”

 "1. El final del asombro

Son las 12 del mediodía en Logroño y la sirena no suena en el Espolón. El visitante casual no echará nada en falta si no ha leído previamente el periódico local, que recuerda que unas quejas vecinales han silenciado la alarma que durante los últimos 70 años recordaba el momento de salida de los trabajadores riojanos de las fábricas de la capital. Ahora no hay ni fábricas, ni sirena, y por no haber, cada vez hay menos sucursales de Ibercaja, el banco que alberga la polémica alarma.

Como diría Sergio Andrés Cabello, son señales de que bajo la superficie pulida de la ciudad donde vive hay mecanismos que están dejando de funcionar. Andrés acaba de publicar ‘La España en la que nunca pasa nada. Periferias, territorios intermedios y ciudades medias y pequeñas’ (Akal), un ensayo llamado a convertirse en referencia. 

Lo que el sociólogo de la Universidad de La Rioja propone es que, entre las grandes metrópolis (Madrid o Barcelona, pero también otros focos como Bilbao) y la España rural, “vaciada”, hay una tercera España de la que nadie se acuerda y que sirve de magnífico ejemplo para comprender algunos de los problemas a los que las sociedades occidentales deberán enfrentarse en las próximas décadas, paralelos al declive de las clases medias. 

 La desaparición de la sirena es uno de esos acontecimientos que tan bien definieron las ciudades intermedias durante décadas, solo que en sentido negativo. El acontecimiento, vinculado al asombro. “Por el crecimiento de la ciudad, por las nuevas edificaciones, por los turistas que vienen, por los centros comerciales y por las tiendas”, explica. “No tenías una estación de AVE, no tenías un aeropuerto, no tenías un palacio de congresos, no tenías un festival de música… Ahora lo tienes”. Pero hace tiempo que ya no ocurre nada. Ha pasado mucho desde los ochenta y los noventa. Es una nueva era en que las ciudades intermedias del interior de España se han quedado sin relato.

Ese asombro lo transmite a la perfección el director del Hotel Gran Vía, Carlos López Melón, con un simple gesto en el ‘hall’ de su hotel. “Hace 40 años estábamos aquí”, señala, apuntando al suelo, “y ahora estamos aquí”, mientras eleva su mano hacia las alturas. Y desde ahí arriba, ¿hacia dónde? No parece que se pueda ir a más. En todo caso, aspirar a mantenerse, a medida que la población envejece. Andrés recuerda que a Logroño, como a León, Salamanca, Toledo, Ciudad Real, Albacete, Santander, Vitoria, Soria, Jaén, Cuenca o Huesca, se les está quedando cara de ser las próximas víctimas de un efecto Mateo que ya es patente en Francia, como ha recordado Christophe Guilluy, citado con frecuencia por Andrés en su trabajo. 

 Es decir, regiones que concentran gran parte de la población española pero que quedan al margen de los flujos globales de inversión, capital humano y económico y atención mediática (“salimos en prensa solo cuando se produce un suceso luctuoso”): quien más tiene más recibe, y por no tener, la España intermedia, la tercera, no tiene ni quien le escriba, como sí ocurre con la España vaciada.

 El libro no es tanto una queja en plan 'qué hay de lo mío' como una reivindicación de la importancia de las ciudades intermedias, punto de paso entre el campo y la gran ciudad, y un aviso sobre las señales que no estamos atendiendo. No es destructivo: Andrés Cabello trata a sus ciudades, así como a la clase media, con cariño, porque ve en ellas el signo de que la movilidad social funcionó.

Sin embargo, cuesta encontrar en Logroño a alguien que diga que vive mal. A las 12 de la noche de un domingo con chirimiri, el centro está lleno de familias, parejas y grupos de veinteañeros poteando en la calle. Conviene aquí citar a la actriz Carmen Maura, como hace Andrés: “Tenía una idea de Logroño que no era. De repente, una marcha, unas calles tan limpias, la gente superagradable… Una tiene una idea poco atrayente de Logroño… Pues error. En cuanto sales de Madrid, te das cuenta de que todo es mejor. Hay mucha menos tensión”.

 2. Charla entre el camarero y el sociólogo

Vicente, dueño histórico del Lorca, antes pub, ahora cafetería, saca de un sobre unas fotos de principios de los años ochenta que muestran otra era fronteriza en el centro oeste de Logroño. Una época en la que 11 pubs y una discoteca se repartían la vida nocturna de la ciudad. Ahora quedan muchos menos: la movida se ha trasladado al centro después del saneamiento del casco viejo y el ‘boom’ de la calle Laurel. El Lorca fue el último bar donde el sociólogo trabajó en 2007, refugiándose de una mala experiencia laboral, lo que da una buena muestra de qué puede hacer un licenciado en las ciudades medianas cuando no tiene trabajo de lo suyo.

Fue en ese mismo bar donde Andrés le dijo a su madre que lo normal habría sido que estuviese al otro lado de la barra, y no trabajando en la universidad mientras publica libros. Que por su origen social, lo lógico habría sido que terminase sirviendo cafés. Le gusta contarlo porque también es el ejemplo de que la movilidad social encarnada en la clase media funcionó en España y en La Rioja, y que, como sospecha el sociólogo, ya no funcionará para sus propios hijos.

 “Aquí se vive muy bien porque la gente es muy abierta”, incide en la respuesta Vicente, que tiene en la cabeza la jubilación. “Lo único, que aquí llegaba todo más tarde que a Madrid. Aquí, la Movida llegaba, pero después y en pequeño”. Pero la época que todos recuerdan con mayor claridad son los años noventa, en que toda España, cada región a su manera, vivió su ‘boom’. En el caso de La Rioja, gracias al vino y a los beneficios de haber ganado la lotería de ser una comunidad uniprovincial, lo que le da una categoría de la que no pueden presumir las vecinas Soria, Vitoria o Burgos. De repente, Logroño se convirtió en lo más.

VICENTE: "En los pueblos, había mucho dinero de los viñedos, hubo un momento en que se llegaban a pagar 500 pesetas por un kilo de uvas [el precio es ahora al menos tres veces inferior]. Muchos tenían dos trabajos, en las industrias y en las viñas de su campo. En los ochenta y los noventa, había curro, y se ganaba bien si tenías viñas. Entonces se abrió la universidad y, claro, miles de personas en una ciudad como esta se notan mucho".

 S.A.C. "En el 95, 96, 97, ganaba 100.000 pelas de camarero. Cuando se abre la universidad en el 92, hay gente de la región que viene a estudiar, de Navarra, de País Vasco. A estas ciudades les pasa como a la clase media, la movilidad funciona, va bien, el vino vende y el nivel de vida se mantiene. Pero, claro, como se dice, luego llega el tío Paco con las rebajas. Los noventa y todavía los primeros dos mil son años con empleo a punta pala".

V. "¿Sabes que va a cerrar la sucursal de Ibercaja? En el Espolón, antes no veías un local vacío y ahora hay un montón. Ves muchos bancos cerrados. Y bares que han cerrado este último año y que ya no van a volver a abrir. Los que no tenemos terraza lo tenemos muy fastidiado. He tenido a mis hijos, que me echan una mano, en ERTE".

S.A.C. "Esa gente que trabajaba en banca también tomaba cafés aquí, en otras circunstancias tendrías esto lleno, ¿no, Vicente? La gente venía de Bilbao o de Vitoria a las tiendas. Era una ciudad muy pija, los años noventa, una ciudad a la que le gustaba vivir bien, había dinero y movimiento de gente que venía a comprar".

V. "¿Te acuerdas de La Muñeca de Trapo? Venía mucha gente de Navarra y País Vasco solo para comprar ahí".

 Como ocurre con otras ciudades intermedias, Logroño tenía un potente sector secundario que daba empleo a gran parte de la población a través de multinacionales. Como la tabacalera Altadis, que cerró en 2017, Zanussi (después Electrolux) durante los dos mil, Lear en 2011, además de la fugaz Schweppes, que apenas duró unos meses en los años noventa. Ahora está sobre la mesa el ERE de MASA (Mecanizaciones Aeronáuticas). Además del progresivo cierre de oficinas bancarias, unas 200 en los últimos años en toda la región. Más señales.

Cuando Vicente saca las fotos, lo hace sin nostalgia, al menos esa clase de melancolía que sí se nota en otras capitales de la región, como la desindustrializada León o la envejecida Palencia. Andrés lo denomina “ciclotimia” y cita a Joan Laporta y su "¡que no estamos tan mal!". Insiste en que hay incansables signos que señalan una insostensibilidad del modelo en el medio plazo, algo que ha revelado la crisis del covid. “Se vive bien porque es un concepto muy vinculado a la sociabilidad en la calle, algo muy identitario en La Rioja, pero detrás de la estructura, ¿qué queda?”, se pregunta. “Si lo fías todo al turismo, ¿qué haces si se te cae?”.

 Carlos López nos da la respuesta. Durante el último año, han cerrado la mitad de los cerca de 15 hoteles de la ciudad. El Gran Vía ha sobrevivido gracias a ello, aunque “lo hemos pasado mal no, lo siguiente”. El turismo riojano, del que el empresario ha formado primera línea desde los ochenta, se benefició de la “nebulosa del terrorismo” de los años ochenta y noventa, que convirtió La Rioja en un destino más solicitado que País Vasco y Navarra. Fueron los años de un ‘boom’ que se reflejó en pasar de una demanda de domingo a jueves a otra de jueves a domingo. La primera, más cultural; ahora, de comer y beber. “Raro es el que te pregunta por Valvanera o San Millán de la Cogolla”, bromea López. “La gente quiere divertirse”.

“El modelo es ese”, replica Cabello, pero el hostelero matiza. “Yo prefiero que haya 100 bodegas a que haya 10, porque eso nos ha salvado de la crisis de 1986, de la de 1993, de la de 2001. No hay que engañarse, somos el balneario de Europa para lo bueno y para lo malo. Ojalá no tuviésemos esa dependencia, pero las perspectivas en 2020 eran increíbles, teníamos reservas hasta octubre. Pero entonces llegó el 28 de febrero de 2020”. Los síntomas son buenos. En el último fin de semana, han pasado 140 clientes por el hotel, el mejor dato desde agosto del año pasado. La gran pregunta es si tras el turismo interior cultural, el turismo gastronómico y el 'impasse' del turismo de borrachera que llevó a los bares a prohibir la entrada a los establecimientos de las despedidas de soltero, hay margen para nuevos acontecimientos, nuevos asombros. 

 La situación se agudiza cuando eres joven. Isabel Abad es una ingeniera agrónoma de 25 años que acaba de terminar su máster. Cuando se le pregunta por los pros y contras de vivir en Logroño, los pros son comunes a los de sus mayores: “En comparación con otras ciudades como Madrid o Barcelona, la calidad de vida es mejor, he vivido en Madrid y la diferencia en precios o distancias es clara”, explica. Además, como ocurre con tantos riojanos, está orgullosa de serlo. “Es un punto estratégico, muy rico culturalmente y con instituciones importantes como la Universidad de La rioja. Es donde tengo mis raíces, donde he obtenido mi educación, y donde me gustaría quedarme”.

Ahora llegan los contras, precisamente la dificultad para lograr esto último. “Es una comunidad que vive ante todo del sector vitivinícola, y el sector secundario está muy centralizado en Madrid o Barcelona, aquí hay industrias de pequeño o mediano tamaño cuya sede está allí”, explica. En otras palabras, “pocas oportunidades para los jóvenes”. “Las ofertas de empleo son nulas o muy bajas, y las condiciones tanto en ofertas como en remuneración son bajas. Si quieres ascender todo lo que te gustaría, tienes que plantearte marcharte. Habría que intentar incentivar que ciertas empresas realizasen inversiones en nuestra región, aunque fuesen algunos servicios. Me planteo tener estabilidad a los 32 y lo veo impensable”.

 3. De zona de las 100 tiendas a zona de las 50

Mientras paseamos con Andrés por el Espolón y Portales, donde se rodó ‘Calle mayor’, no deja de apuntar señales del desastre. Grandes locales donde habían estado sucursales de banco, cerrados a cal y canto. A unos metros del Palacete del Gobierno de la Rioja, el Coté, una tienda de moda 'top' que llevaba abierta desde los años en que Juan Antonio Bardem rodó en la ciudad, cerrada desde el otoño. Algo muy llamativo en una ciudad que, como recuerda el sociólogo, siempre presumió de no tener Corte Inglés. A diferencia de otras, el comercio local era tan potente que no lo necesitaban. Hoy, como tantas otras ciudades, está rodeada por tres centros comerciales.

 En el libro, Andrés se detiene a describir la zona de las 100 tiendas, que es un poco como los pasajes de Walter Benjamin. Hoy son más bien 50 tiendas: casi la mitad ha cerrado. Es una de esas zonas peatonales, cerca de los centros urbanos, tan características de las ciudades intermedias y que tras el covid parecen haber sido heridas de muerte. “Situada en uno de los ensanches de la ciudad, era un área que se peatonalizó a mediados de los años noventa y que contaba con un tejido comercial reconocible y consolidado, con muchas tiendas que incluso llevaban décadas de funcionamiento”, cuenta. Hoy hay negocios que no superan los seis meses de vida.

En la introducción del libro, el periodista de El Confidencial Esteban Hernández recuerda que para comprender las ciudades intermedias no hay que ser turista, es decir, no hay que visitar sus centros urbanos en un fin de semana, sino sus periferias una mañana laboral de otoño. Ni siquiera hace falta irse tan lejos para comprobar que esos escenarios tan atractivos para el turista son resacosos restos de fiesta a la mañana siguiente. “Ya me dirás”, sugiere Andrés, situándose en mitad de una Calle Mayor vacía, medio abandonada, y donde una incansable furgoneta de Amazon Prime, el trasiego de mensajeros y algún ocasional anciano muestran el modelo al que nos dirigimos. Calles muertas, un país de ‘riders’.

 

En una de las esquinas de la Calle Mayor se encuentra el CCR, el Centro de Cultura de la Rioja, que Andrés utiliza de ejemplo en el libro como uno de esos símbolos de estatus (como los aeropuertos, los museos o los festivales musicales) que durante la bonanza empezaron a brotar como setas en las ciudades intermedias. Inaugurado en 2012, “permanece como una herida en la ciudad y también como una muestra de la banalización del uso de lo cultural, que cae en una especie de cajón de sastre donde cabe de todo. Seguro que muchas ciudades tienen su propio CCR. Bonito queda, utilidad… hasta la fecha, poca o ninguna. La competencia, el ‘yo también’ y el ‘yo más’ han llevado a este tipo de actuaciones”.

Hoy, en su fachada, conviven dos carteles que lo dicen todo: uno, anunciando su clausura; otro, que solicita que no se orine en la entrada. Su situación lo convierte en un lugar bastante socorrido ante incontinencias de fin de semana. El centro muestra algunos de los problemas más comunes a los que han tenido que enfrentarse las ciudades medianas, un mimetismo que ha derivado en inversiones en infraestructuras o servicios que no han sido particularmente rentables ni han servido para crear empleo. Más bien se trata de símbolos de estatus de otra era que han generado más enfrentamiento político que capital simbólico.

4. El castillo de naipes

Tras el ocio de domingo noche y la gris monotonía del lunes mañana, es hora de volver a Madrid. Uno de los personajes de ‘Calle mayor’ le espetaba al protagonista que “el Madrid donde vivimos es falso, las luces de neón, la Gran Vía, los cines y el Villa Rosa. La verdad está aquí”. Lo mismo podría decirse 65 años después. 'Aquí' es Logroño, pero también todas las ciudades del interior que han perdido capacidad de influencia, población y relato, el mejor resumen de una tendencia global en la que cada vez más territorios se sentirán de segunda, anhelando tal vez un bienestar perdido, lo que pondrá en marcha movimientos de resistencia y rebelión frente a los acaparadores beneficiarios del efecto Mateo. Una vez más, Guilluy y los chalecos amarillos, los perdedores frente a los ganadores de la globalización.

 Desde las ventanillas del coche de Andrés, se ven por igual símbolos de estatus y signos de alarma, el pasado y el futuro, lo que uno desea ser y en lo que uno puede convertirse. El fantasma de las navidades pasadas y futuras. Entre los primeros, se encuentra el edificio de la UNIR, que significativamente fue en su día Fernández Mueblistas, “una tienda expositor de muebles, uno de esos edificios donde subías a ver las exposiciones de muebles como Ikea”. Hoy, la UNIR es uno de los principales contratadores privados de la comunidad, aunque el principal es, claro está, el sector público. Entre los signos de alarma, infraviviendas y barrios que se caen a trozos, una decadencia a espaldas del centro urbano que muestra que la crisis no está tan lejos.

“Es como un castillo de naipes”, recuerda antes de marcharnos. “La gente vivía bien porque había mucha industria y el vino proporcionaba poder adquisitivo a la gente que vivía en los pueblos, y esa gente podía venir a la ciudad a gastarse su dinero los fines de semana o a estudiar”. Una de las anécdotas más recordadas es que algunos de los primeros estudiantes de la Universidad de La Rioja que llegaban a la ciudad en los noventa no necesitaban quedarse en residencias, porque “sus padres tenían dos o tres pisos vacíos en la capital que habían comprado a tocateja con el dinero del vino”. Mientras conduce, a Andrés no se le quita de la cabeza que el modelo no funciona. 

 “Lo que no se ven son las señales del desastre, y es lo mismo que le ha pasado a España. Hemos tenido la posibilidad de cambiar el modelo, y no lo hemos hecho. Estamos guapos, eso sí, yo también prefiero estar guapo a estar feo. Pero mira todo esto, poco a poco se ven señales que estamos infravalorando. Hay que tenerlas en cuenta: si tienes una desindustrialización tardía, un sector primario con el que ya no puedes contar, con síntomas de concentración en muy pocas manos y sin remplazo en el agricultor, y la pandemia te ha mostrado que tampoco puedes depender únicamente del turismo y el sector servicios, ¿qué camino tomas?”.

En el horizonte más oscuro, ejemplos como Asturias y su muerte dulce, con una de las pirámides demográficas más envejecidas de toda Europa. Aún queda mucho para eso, pero Andrés no lo ve claro. “Puede elegirse la vía simbólica, cortoplacista, bienintencionada y autocomplaciente, con una foto que transmite una imagen positiva pero vacía”, recuerda aludiendo a los ingenuos discursos voluntariosos sobre la repoblación rural. “O puede optarse por el camino complejo y difícil, por tomar decisiones que son estructurales y generales, por apostar por un equilibrio más general”.

 Llegamos a la estación de tren, frente a la cual se alza otro símbolo de estatus, una estación de autobuses que no abrirá hasta 2022, tras años de disputa. Será un acontecimiento, pero no muy asombroso. Está a punto de salir el último tren a Madrid a las tres y 10 de la tarde, como el de Yuma, una hora poco propicia para los viajes de negocios de un día. La pérdida de categoría que sugiere Andrés se puede identificar en el empeoramiento de la movilidad y las conexiones, en la dificultad para acceder a toda una capital de comunidad autónoma. “A lo mejor duermo un poco en el tren”, me despido. “No lo creo: es un tren regional. Que te sea leve”.

Me marcho con la incógnita de si la sirena de Espolón volverá a sonar mañana, o pasado, o algún día, o si ni siquiera le importa a nadie. Es anecdótico, me han dicho. Pero es una anécdota interesante para los forasteros. Como le ocurre a la clase media, el mayor acontecimiento puede ser perder su estatus, dejar de estar guapos, perder la partida. Que la única novedad sea que las sirenas dejen de sonar."                 (Héctor G. Barnés, El Confidencial, 21/05/21)