"Hay un Gobierno socialista en España y otro en Portugal; en Alemania, el principal país europeo, los socialdemócratas gobiernan con los verdes, otro partido de izquierda, y con los liberales; en el norte de Europa, por primera vez en 62 años, los cinco países nórdicos (Suecia, Dinamarca, Finlandia, Islandia y Noruega) están gobernados por el centro izquierda. Biden es el presidente de EEUU. Incluso Latinoamérica parece estar girando hacia los socialdemócratas, tras el triunfo de Boric. Parece un buen momento para una opción política que parecía en repliegue y que, sin embargo, está emergiendo con fuerza.
En
estas circunstancias, hablar de crisis de la socialdemocracia suena
bastante extraño. Quizá sería más apropiado señalar que son las fuerzas
políticas situadas a su izquierda las que viven un mal momento, ya que
están perdiendo peso electoral en toda Europa, y cada vez tienen menos
influencia social. Y, cuando la poseen, es en sentido negativo: enervan lo suficiente a los votantes como para llevarlos hacia la derecha.
Sin embargo, este reparto tampoco es del todo exacto, la pérdida de
relevancia de la izquierda en general, también de la socialdemócrata,
quizá sea más acuciante de lo que se aprecia a simple vista.
Por una parte, el crecimiento de las derechas populistas europeas está impregnando el debate político
en diferentes sentidos, y el primero como efecto desplazamiento: el
centroderecha y las derechas europeas están girando hacia el extremo, y asumen ya de manera clara los postulados de los nuevos actores políticos
para evitar la pérdida de simpatizantes y de votos. Pero también parte
de la izquierda ha virado hacia estos mismos terrenos.
Es el caso del
norte europeo, donde los partidos de izquierda en el Gobierno han
asumido los postulados sobre inmigración y seguridad que colocaron las
derechas en el debate, así como sus ideas nacionalistas. Son ejemplares
en ese aspecto las declaraciones de la primera ministra sueca en las que aseguraba que era la más frugal de los frugales, lo que equivale a afirmar que antes que socialdemócrata es neoliberal y sueca.
En
segundo lugar, la batalla cultural, dada la insistencia de la izquierda
en colocar el acento político en la igualdad de género, la revolución
verde o la dignificación de las minorías, está generando una reacción
hostil en la que las derechas no salen perjudicadas. A la sensación de
abandono que posee parte de su electorado tradicional, se unen el
rechazo que suscitan los excesos en el lenguaje activista y la creencia
en que los cambios verdes que se exigen los acabará pagando el ciudadano
común. Ese triple ‘backlash’ es una de las claves en las que se apoyan las derechas populistas y las extremas derechas para crecer.
Y, en tercer lugar, existe una sensación insistente de que, allí donde las socialdemocracias gobiernan, generan expectativas en su propio electorado que se ven defraudadas. Es el caso de Biden, cuya acción es mucho menos contundente de lo que había anunciado,
lo que provoca que su aprecio social haya disminuido rápidamente, y su
valoración como líder esté en mínimos. Pero no es únicamente Biden:
muchas de las grandes medidas que la socialdemocracia había anunciado,
como el impuesto a los más ricos, fracasan una y otra vez cuando llegan a la orilla.
Se llega al Gobierno con un programa que después se rebaja
permanentemente. Si fueran casos ocasionales, tendrían importancia solo
para sus protagonistas, pero, al ser frecuentes, se convierten en una suerte de lluvia fina que termina calando.
Y eso provoca cambios importantes. Recordemos la secuencia que nos
ofrece la presidencia estadounidense: Bush, Clinton, Bush Jr., Obama,
Trump, Biden. Cada presidente de derechas ha sido mucho más atrevido que
el anterior, mientras que los progresistas han decepcionado a los
suyos; será interesante adivinar lo que vendrá después de Biden si las
cosas siguen por este camino.
Los tres factores señalan que, a
pesar de que los partidos socialdemócratas regresan como fuerza de
gobierno, su momento social no es el mejor. Son mucho más una fuerza de contención
que una opción política con un plan claro. Paradójicamente, ocupar ese
espacio de defensa y repliegue les aporta éxitos electorales.
La izquierda se vuelve conservadora
En este cambio, hay un punto central, obvio y apenas subrayado: las formaciones progresistas se han convertido en conservadoras.
Sus dos grandes apuestas son la lucha contra el cambio climático y la
oposición al ascenso de la extrema derecha; cualquier transformación
económica (desde una mayor inversión estatal hasta el cambio de las
reglas fiscales en la UE) la liga a la necesidad de hacer frente a la descarbonización;
cualquier decisión política la vincula a la urgencia de frenar a nuevas
derechas. Son, por tanto, fuerzas mucho más reactivas que propositivas.
Y la conservación está en su centro: hay que preservar el planeta del gran riesgo que supone el deterioro climático; hay que resguardar la democracia frente a quienes la están debilitando y, en el futuro cercano, acabarán con ella. Para ser sinceros, la izquierda lleva siendo conservadora mucho tiempo,
porque su gran programa económico ha sido el de mantener el estado del
bienestar y, conforme avanzaban los años, ya se trataba únicamente de
conservar la sanidad y la educación públicas.
No han tenido mucha suerte
con eso, porque tanto una como otra están deterioradas, porque el estado del bienestar es cada vez más débil
y porque las fórmulas de gestión que se han introducido y las reformas
que se están realizando lo minan lenta e incesantemente, pero esa
realidad tampoco parece perturbar mucho. Sin embargo, es raro perder ideológicamente con tanta frecuencia y seguir sin introducir cambios.
El efecto central de esta conversión en fuerza conservadora es que
otras han ocupado su espacio. Las ideas de izquierda ejercieron durante
décadas, ya lejanas, un papel de vanguardia. Es decir, conformaban una avanzadilla que se adentraba en terrenos que el resto de la sociedad transitaba tiempo después.
Eran el foco de influencia que, poco a poco, atraía a las prácticas
políticas y culturales, de forma que sus planteamientos terminaban
siendo asumidos (íntegramente o, más a menudo, en parte) por la mayoría
social.
Esos tiempos se han esfumado, la izquierda ha dejado de ser la
vanguardia de Occidente y otras fuerzas han ocupado su lugar. Hace
muchos años ya que, en lo económico, el liberalismo ocupó el espacio central y la vieja socialdemocracia se convirtió en irrelevante. En lo político,
como estamos viendo en toda Europa y en EEUU, las nuevas derechas están
consiguiendo que muchos de sus postulados sean asumidos, poco a poco,
también por los socialdemócratas (como en el norte), mientras que el resto de la izquierda las combate, pero cada vez con menos apoyo social.
Un faro social
Para
ser estrictos, hay un terreno en el que la izquierda sí ha ejercido de
faro social en los últimos años, y tiene que ver con un giro más ligado
con la necesidad que con su historia ideológica. Desde el triunfo de Thatcher y Reagan, el mundo occidental se hizo liberal y los programas socialdemócratas fueron recortándose.
La Tercera Vía de Blair fue
un hito en ese camino, ya que conformó un intento de congeniar
neoliberalismo y protección social que obtuvo un notable éxito
electoral, lo que supuso que muchos partidos de su entorno adoptasen su perspectiva.
En la medida en que, con el paso del tiempo, viró más hacia el
neoliberalismo que hacia la protección del estado del bienestar, también
se diluyó como propuesta ganadora. Había que hacer otra cosa, y la
opción se encontró en las costumbres culturales.
La apuesta por una
sociedad más feminista, más integradora con la inmigración, más
favorable a los derechos LGTBI y más dialogante en lugar de impositiva
ganó mucho peso. En España, el Gobierno de Zapatero representó
claramente esa opción. En la década pasada, la izquierda apostó
claramente por profundizar en ese camino, y no le fue mal del todo. Pero
ese impulso se ha agotado ya. La reacción de la derecha contra esa
visión de la sociedad es clara, y además con cierto apoyo. En todo caso,
en ese terreno, la sociedad está lo suficientemente polarizada como
constatar que las propuestas de la izquierda ya no son el centro de un
sentido común compartido.
Llegados a este punto, hacían falta nuevas líneas ideológicas, y la izquierda las encontró en la transformación digital, la transición ecológica, la igualdad real entre hombres y mujeres y el aumento del salario mínimo.
En ese momento estamos, pero eso no deja de ser una propuesta
adaptativa, conservadora, que ya no ejerce de vanguardia.
¿Es posible
que la izquierda de los próximos años vaya más allá y emerja nuevamente como fuerza de progreso? ¿Puede instigar cambios en la sociedad que vayan en la línea de la construcción del futuro? Quizá, pero de momento no es así.
Los dos grandes partidos europeos
En
realidad, hay dos partidos europeos efectivos y dos líneas de acción.
La primera, que podríamos situar en la derecha, aboga por regresar lo
antes posible a la contención del déficit, a la disminución del gasto
público, a la reconstrucción europea a partir del adelgazamiento presupuestario,
las reformas y la adecuación de las normas laborales a una
imprescindible flexibilidad y de las pensiones a una impostergable
reducción.
La otra, que podría denominarse de izquierdas, aboga por la
regulación digital, el aumento del salario mínimo, la inevitable reforma
de las reglas fiscales de la UE, la reiteración del plan de
recuperación pospandémico para hacer frente a los nuevos retos, con los
eurobonos de fondo, y por dar más pasos hacia la autonomía estratégica
europea. Ahí se va a jugar el futuro político, y estos son los dos grandes programas ideológicos: la socialdemocracia y la izquierda españolas están de parte de los segundos.
Lo llamativo es que la segunda opción es la que defiende Macron, por la que apuesta Draghi, y la que cuenta con cierto respaldo de Lagarde.
Por así decir, por una parte, tenemos la visión del norte de Europa, y,
por otra, la del sur; por una parte, estaría la postura defendida por
la Comisión y, por la otra, la que instigan personas salidas del BCE. En
resumen, se trata de una pelea ideológica entre dos clases de tecnócratas,
pero dista mucho de ser un programa realmente transformador.
Cada uno
de ellos señala cómo hacer frente a la crisis, también en términos
territoriales, y cómo solucionar los problemas europeos, pero en
términos únicamente posibilistas. No son cuestiones menores, ni mucho
menos, y, dependiendo del camino que se tome, el futuro español será muy
diferente, pero no dejan de ser enfoques limitados a la hora de
solucionar grandes problemas. Por fuera de esos dos partidos, solo
quedarán la derecha populista y la extrema derecha.
Un programa tecnócrata para el futuro
Un
escenario de cambios geopolíticos notables, de importantes desafíos
económicos y con las clases medias y las trabajadoras empobrecidas,
supone un caldo de cultivo muy favorable a la izquierda, al menos desde
la teoría. Sin embargo, la socialdemocracia europea está encerrada en el marco de acción que le ofrecen Draghi y Macron,
y la izquierda más allá de ella carece de un proyecto de futuro que
enganche con fuerzas sociales.
En ese campo existen ideas, unas
estrambóticas, otras muy interesantes, pero siempre minoritarias, porque
no cuentan con el apoyo necesario entre la ciudadanía que las pueda
convertir en efectivas, y tampoco poseen la legitimidad intelectual que
permitiría que penetrasen en el 'establishment'. El progresivo
alejamiento de la izquierda de las clases que han perdido con la
globalización provoca que no sea ni foco de referencia ideológico, ni un
motor social. En ese escenario, las derechas populistas se están
erigiendo como fuerzas rupturistas, las socialdemócratas se vinculan a
la ortodoxia europea y el resto de la izquierda carece de fuerza.
Sin ese impulso, sin un proyecto claro de sociedad en lo económico, y
sin constituirse en fuerza de vanguardia, la izquierda pierde peso, no
porque los partidos de la socialdemocracia no puedan seguir gobernando,
sino porque las políticas que siguen cuando llegan al poder son
simplemente posibilistas.
Se han convertido en partidos que se acercan más a unas opciones tecnocráticas u otras,
pero que no pueden mover la historia hacia otro lugar. Se manejan en el
terreno de la resistencia contra la gran amenaza, la llegada de la
extrema derecha, y añaden algunos elementos, como la digitalización y la
lucha contra el cambio climático, para dar la sensación de que están
pensando en el futuro. Pero eso no es un programa, es hacer de la necesidad virtud. La izquierda, para volver a jugar un papel de progreso, necesita otro camino." (Esteban Hernández, El Confidencial, 23/12/21)