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17.12.25

Thomas Piketty: El año 2025 estuvo marcado por el impacto Trump: una oleada sin precedentes de brutalidad extrema, nacionalismo desinhibido y extractivismo sin límites que sacudió al mundo como nunca desde 1945... Para comprender mejor qué hizo posible todo esto y cómo afrontarlo en el futuro, hay que empezar por volver a las fuentes, es decir, al Proyecto 2025 de la Heritage Foundation... el informe describe la estrategia a seguir tras la llegada al poder, llegando incluso a precisar el contenido y el calendario de las «órdenes ejecutivas»... la nueva doctrina de seguridad nacional publicada recientemente por la Casa Blanca parece un calco de este proyecto... busca afirmar el poder de Estados Unidos en el mundo, con grandes refuerzos de aranceles aduaneros y extractivismo en todos los ámbitos: incautaciones directas de activos (Ucrania, Panamá, Groenlandia), tributo militar impuesto a los europeos, huida hacia adelante hacia los combustibles fósiles... y rehabilitar el esfuerzo, los valores familiares y el respeto por las jerarquías naturales y culturales. La lacra de la «fatherlessness» (el hecho de crecer sin padre) se denuncia una y otra vez... Pero el Proyecto 2025 está especialmente preocupado por un enemigo que considera mucho más peligroso: los socialistas internacionalistas y sus proyectos de un superestado mundial... los autores del Proyecto 2025 parecen sinceramente traumatizados por los debates sobre la fiscalidad internacional o las reparaciones climáticas... Detestan la propuesta de Brasil de crear un impuesto mundial sobre los multimillonarios... sobre el comercio, defiende una avalancha de aranceles muy similares a los que Trump impuso... pero se teme que, al cuestionar tan abiertamente los principios del libre comercio, se acabe abriendo la puerta a la planificación socialista mundial, la pesadilla absoluta para los conservadores... de hecho, el verdadero enemigo de la derecha nacionalista y extractivista encarnada por los trumpistas es la izquierda socialdemócrata mundial. Esta última puede ganar, siempre que sepa organizarse y salir de los surcos liberales del pasado. La brutalidad trumpista es un signo de debilidad. Estados Unidos está perdiendo el control del mundo. Algunos al otro lado del Atlántico piensan que pueden escapar de ello sacando las armas y ordenando a los europeos que mantengan su pureza racial para preservar la alianza occidental. Lo único que conseguirán es empañar aún más la imagen de su país y convencer al resto del mundo de que el futuro deberá escribirse cada vez más a menudo sin ellos

 "El año 2025 estuvo marcado por el impacto Trump: una oleada sin precedentes de brutalidad extrema, nacionalismo desinhibido y extractivismo sin límites que sacudió al mundo como nunca desde 1945.  

Para comprender mejor qué hizo posible todo esto y cómo afrontarlo en el futuro, hay que empezar por volver a las fuentes, es decir, al Proyecto 2025, un informe de  920 páginas publicado en 2023 por la Heritage Foundation, el think tank conservador más influyente de Washington. Ministerio por ministerio (seguridad, inmigración, educación, energía, comercio, etc.), el informe describe la estrategia a seguir tras la llegada al poder prevista para enero de 2025, llegando incluso a precisar el contenido y el calendario de las «órdenes ejecutivas», esos decretos presidenciales firmados en público y en cascada por Donald Trump desde su investidura. El informe se basa en el trabajo de cientos de expertos conservadores —así es como se autodenominan— reunidos por esta fundación ricamente dotada (empresas y multimillonarios).

Lo que más llama la atención al leer este informe hoy en día es el grado de preparación técnica, política e ideológica que hay detrás de la administración Trump, que durante el último año ha seguido casi al pie de la letra los planes establecidos en el marco del Proyecto 2025. Del mismo modo, la nueva doctrina de seguridad nacional publicada recientemente por la Casa Blanca parece un calco de este proyecto.   

 De manera reveladora, el Proyecto 2025 distingue varios enemigos políticos e ideológicos. En primer lugar, están los liberales globalistas, partidarios del libre comercio absoluto y de la globalización feliz, que parecen ser los tontos útiles del trumpismo. Fáciles de derrotar y odiar, estas élites liberales se burlan de la desindustrialización, la pérdida de puestos de trabajo y la destrucción de las comunidades locales y los lazos familiares. Por el contrario, los orgullosos conservadores del Proyecto 2025 se encargan de proteger estas comunidades. En primer lugar, afirmando el poder de Estados Unidos en el mundo, con grandes refuerzos de aranceles aduaneros y extractivismo en todos los ámbitos: incautaciones directas de activos (Ucrania, Panamá, Groenlandia), tributo militar impuesto a los europeos, huida hacia adelante hacia los combustibles fósiles. A continuación, rehabilitando el esfuerzo, los valores familiares y el respeto por las jerarquías naturales y culturales. La lacra de la «fatherlessness» (el hecho de crecer sin padre, una situación que afecta especialmente a las minorías étnicas) se denuncia una y otra vez y se atribuye a los discursos liberales que niegan los roles y los géneros y pisotean la familia tradicional.  

Pero el Proyecto 2025 está especialmente preocupado por un enemigo que considera mucho más peligroso: los socialistas internacionalistas y sus proyectos de un superestado mundial. Este temor puede parecer ridículo: los trumpistas tienden a veces a confundir a los pacíficos socialdemócratas europeos con aterradores revolucionarios marxistas. Sin embargo, debe tomarse en serio. En primer lugar, porque los defensores del socialismo democrático —Bernie Sanders o Zohran Mamdani— se han vuelto muy populares entre la juventud estadounidense en los últimos diez años.

En segundo lugar, y sobre todo, porque los autores del Proyecto 2025 parecen sinceramente traumatizados por los debates sobre la fiscalidad internacional, las reparaciones climáticas o la reforma del sistema financiero que se han desarrollado desde la crisis de 2008 y los acuerdos de París de 2015. Detestan la propuesta de Brasil de crear un impuesto mundial sobre los multimillonarios, así como la importante emisión de moneda internacional (los derechos especiales de giro del FMI) que tuvo lugar tras las crisis de 2008 y 2020. Sobre todo porque Estados Unidos pronto perderá su derecho de veto sobre estas decisiones, a medida que disminuye su participación en el PIB mundial.   

 Un pasaje especialmente revelador se refiere al comercio, que en el Proyecto 2025 adopta la forma muy inusual de dos capítulos que presentan posiciones opuestas. El capítulo principal defiende una avalancha de aranceles muy similares a los que Trump impuso durante el año 2025. Al igual que Trump, el autor no parece hacerse ilusiones sobre la creación de empleo industrial que podría derivarse de ello. En general, el informe muestra una empatía limitada hacia los más pobres y se basa en un enfoque instrumental, paternalista y jerárquico del voto obrero. El objetivo principal de los aranceles parece ser proporcionar ingresos al Gobierno federal y continuar con la demolición del impuesto progresivo (un proyecto común de liberales y conservadores desde la década de 1980, pero en el que estos últimos siempre han llevado la delantera). 

 El segundo capítulo, dedicado al comercio, desaprueba esta estrategia. El autor conservador disidente teme que, al cuestionar tan abiertamente los principios del libre comercio, se acabe abriendo la puerta a la planificación socialista mundial. En el futuro, los enemigos del mercado se basarán en este precedente para regular los intercambios en función de criterios sociales y climáticos: la pesadilla absoluta para los conservadores. Los trumpistas finalmente optaron por el proteccionismo, por razones tanto electorales como financieras, pero el temor a una deriva socialista está claramente planteado.  

De hecho, el verdadero enemigo de la derecha nacionalista y extractivista encarnada por los trumpistas es la izquierda socialdemócrata mundial. Esta última puede ganar, siempre que sepa organizarse y salir de los surcos liberales del pasado. La brutalidad trumpista es un signo de debilidad. Estados Unidos está perdiendo el control del mundo. Algunos al otro lado del Atlántico piensan que pueden escapar de ello sacando las armas y ordenando a los europeos que mantengan su pureza racial para preservar la alianza occidental. Lo único que conseguirán es empañar aún más la imagen de su país y convencer al resto del mundo de que el futuro deberá escribirse cada vez más a menudo sin ellos."

(Thomas Piketty  , blog, 16/12/25, traducción DEEPL)

9.7.25

Reino Unido en crisis... Starmer parece más preocupado del apoyo militar a Ucrania, cueste lo que cueste al erario público, que de resolver los problemas más acuciantes del propio país... Sólo así se explica la fuerte caída de su Partido Laborista en las encuestas... sólo le apoya actualmente un 24 por ciento de los ciudadanos... Aún les va peor a los conservadores, su apoyo popular es el 18 por ciento... lo que aumenta las posibilidades electorales del populista Nigel Farage, el hombre del Brexit... En los comicios municipales del pasado mayo, su partido Reform consiguió más del 40 por ciento de los escaños. Y en las últimas encuestas de intención de voto, supera en seis puntos porcentuales a los laboristas y en doce, a los conservadores... Hace dos años, entraron en el Reino Unido 860.000 personas más que las que salieron, algo que habrán aprovechado sin duda muchas empresas necesitadas de mano de obra... Farage relaciona ese saldo migratorio con los problemas cotidianos del ciudadano de a pie: las tardanzas en conseguir una cita médica, el aumento de los alquileres, entre muchos otros

"EL DESASTRE DE LOS LABORISTAS OFRECE UNA OPORTUNIDAD A FARAGE, EL HOMBRE DEL BREXIT

El primer ministro británico, Keir Starmer, parece más preocupado del apoyo militar a Ucrania, cueste lo que cueste al erario público, que de resolver los problemas más acuciantes del propio país.

Sólo así se explica la fuerte caída de su Partido Laborista en las encuestas: sólo le apoya actualmente un 24 por ciento de los ciudadanos, 10 puntos menos que tras las últimas generales.

Aún les va peor, sin embargo, a los conservadores, quienes, en lugar de beneficiarse del rechazo popular al partido gobernante, han visto también caer su apoyo popular de un 25 a un 18 por ciento.

El Reino Unido no es, sin embargo, una excepción: también en otros países europeos, el afán militarista de los gobiernos con el espantajo de la “amenaza rusa” deja en segundo plano lo que deberían ser prioritario como la sanidad, la educación o la vivienda.

Por lo que se refiere a Gran Bretaña, el descalabro laborista, unido al hecho de que tampoco la oposición conservadora levanta cabeza, aumenta las posibilidades electorales del populista Nigel Farage, el hombre del Brexit.

Con hoy 61 años, Farage dedicó prácticamente la mitad de su vida política a conseguir la salida de su país de la por él detestada Unión Europea.

Logrado ese objetivo, Farage pareció renunciar de momento a otras ambiciones políticas: dejó su partido Reform UK en manos de un hombre de negocios y se dedicó a la nueva carrera de agitador televisivo.

También firmó un contrato con una plataforma de internet llamada Cameo que permite a los ciudadanos solicitar mensajes de vídeo personalizados de actores, atletas, artistas, entre otros. Por cien libras, Farage leía ante las cámaras lo que la gente le pedía.

Hasta que poco antes de las elecciones británicas de hace un año, anunció su regreso a la política al frente del partido por él fundado, y a juzgar por su popularidad en las encuestas, parece cada vez más cerca de llegar al número 10 de Downing Street.

En los comicios municipales del pasado mayo, su partido Reform consiguió más del 40 por ciento de los escaños. Y en las últimas encuestas de intención de voto, supera en seis puntos porcentuales a los laboristas y en doce, a los conservadores.

Y si el problema de Farage había sido antes siempre el sistema electoral mayoritario del país, que perjudica a los pequeños partidos, hoy ese mismo sistema le favorece.

El líder de Reform UK ya no habla del Brexit e incluso e rehuye toda responsabilidad por el desastre económico que el abandono de la UE ha supuesto en muchos sentidos para el Reino Unido.

Su actual tema favorito, como el de tantos políticos populistas del continente, es la inmigración, a la que se refiere como una “invasión” que va a causar enorme daño al país.

Hace dos años, entraron en el Reino Unido 860.000 personas más que las que salieron, algo que habrán aprovechado sin duda muchas empresas necesitadas de mano de obra, pero que no deja de preocupar a los votantes.

Como el buen demagogo que es, Farage relaciona ese saldo migratorio con los problemas cotidianos del ciudadano de a pie: las tardanzas en conseguir una cita médica, el aumento de los alquileres, entre muchos otros.

Sus críticos más benévolos le califican de “nacionalista”, otros van más lejos y le tachan sin más de “racista”. Hay quienes destacan sus tendencias autocráticas, su admiración por los hombres fuertes como el presidente Donald Trump o el ruso Vladimir Putin.

Mientras tanto, en el otro extremo del arco político, Jeremy Corbyn, el líder al que Starmer consiguió con métodos sucios expulsar de la dirección laborista, ha anunciado la creación de un nuevo partido de izquierdas que competirá con el de su desleal rival. Deseémosle suerte."

(Joaquín Rábago, El Viejo topo, 08/07/25, Fuente: La casa de mi tía)

5.7.24

La participación electoral en las elecciones generales del Reino Unido de 2024 podría ser la más baja desde 1945. Los laboristas ganan “por defecto” y no gracias a una enorme oleada de apoyo... "realmente no hay precedentes" de que un partido gane tal número de escaños con una cuota de voto tan pequeña... No hay nada en estos resultados que sugiera una ola popular de apoyo al nuevo Gobierno... Starmer ha obtenido su victoria gracias al daño que la reforma ha hecho a los conservadores... la victoria de Jeremy Corbyn como independiente en Islington Norte es un resultado que Starmer temerá (Katie Boyden)

 "El partido de Keir Starmer se ha alzado con la victoria, ya que cuenta con más que suficientes escaños para formar una mayoría parlamentaria, con algunos escaños aún por declarar.

Pero tras la paliza que han recibido los conservadores, el péndulo parece haberse inclinado hacia los laboristas "casi por defecto", en lugar de ver una oleada de apoyos.

Los laboristas han obtenido su mayoría con una cuota de voto de alrededor del 36% hasta ahora -mucho más baja que la épica victoria del partido en 1997- y "realmente no hay precedentes" de que un partido gane tal número de escaños con una cuota de voto tan pequeña, ha afirmado un profesor de política.

Stuart Wilks-Reed, catedrático de Política de la Universidad de Liverpool, afirma que el porcentaje de votos de los laboristas se asemeja más al del tercer mandato de Tony Blair como Primer Ministro que a su victoria de 1997.

A pesar de ello, se ha restablecido el llamado muro rojo del partido, con una racha casi continua de escaños laboristas desde el estrecho de Menai, en el norte de Gales, hasta Humber, pasando por el cinturón central de Escocia, y varios escaños en el sur y el este de Inglaterra que en algunos casos no habían sido rojos durante décadas.

Esta victoria aplastante se ha conseguido con un porcentaje de votos de alrededor del 36%, mucho más cercano al que obtuvo el partido en 2005, cuando Blair llegó cojeando a su tercer mandato, que cuando ganó su primer mandato en 1997", dijo el profesor Wilks-Reed a Metro.co.uk.

Realmente no hay precedentes en la política británica de que un partido gane tantos escaños con tan pocos votos.

'Una vez que estén todos los resultados, el nuevo mapa electoral se parecerá notablemente al de 1997.

'La participación ha bajado claramente respecto a 2019 y parece que será una de las más bajas en unas Elecciones Generales en el Reino Unido desde 1945.

'En circunscripción tras circunscripción, la participación ha caído y en algunos casos de forma dramática.

'No hay nada en estos resultados que sugiera una ola popular de apoyo al nuevo Gobierno. El péndulo se ha inclinado hacia los laboristas, pero casi por defecto.

Y el Gobierno laborista entrante tiene una herencia mucho más difícil que la de 1997".

Por su parte, John Curtice, catedrático de Política Práctica de la Universidad de Strathclyde, citó las encuestas que pronosticaban una enorme ventaja laborista en los primeros comicios y los altos niveles de desconfianza en la política como otras razones de la baja participación.

En su opinión, los votantes ven "poca diferencia" entre laboristas y conservadores, y ambos partidos tienen "líderes impopulares".
¿Cuál ha sido la participación electoral?

Aunque no tendremos una imagen completa hasta más tarde en el día, las estimaciones actuales calculan que la participación en las Elecciones de este año está por debajo del 60%, una caída significativa desde el 67% de participación en 2019.

Varios escaños en todo el Reino Unido han registrado una participación de alrededor del 50%, y algunos incluso alrededor del 40%, lo que es excepcionalmente bajo.

Hull East tuvo una participación del 42,3%, con Smethwick en el 48%, Tipton y Wednesbury en el 43%, y West Bromwich en el 49%.

El escaño de Starmer en Holborn y St Pancras tuvo una participación estimada del 54,6%, más de un 10% menos que en las últimas elecciones, y sólo el 53% del electorado acudió a votar a Richard Tice como diputado de Reform UK en Boston y Skegness.

El profesor Wilks-Reed considera ahora que Reform UK tendrá el mismo problema que los liberaldemócratas en años anteriores.

El voto reformista parece haber sido notablemente consistente en toda Inglaterra, pero a un nivel que hará ganar al partido muy pocos escaños", comentó, añadiendo que el resultado de las elecciones probablemente reavivará los debates sobre la reforma electoral.

Explicó: "La victoria de los laboristas no se ha basado en un aumento del apoyo al partido en comparación con las elecciones anteriores. Ha obtenido su victoria gracias al daño que la reforma ha hecho a los conservadores".

La victoria de los laboristas también viene acompañada de señales de problemas en su propio patio trasero. Los laboristas lograron desplazar a George Galloway, del independiente Partido de los Trabajadores de Gran Bretaña, en Rochdale, pero fue por poco.

Mientras tanto, la victoria de Jeremy Corbyn como independiente en Islington Norte es un resultado que Starmer habrá temido.

Corbyn no puede tener mucho impacto en el Parlamento como diputado independiente, pero esa no es la cuestión. Su elección le da una plataforma para crear problemas a los laboristas fuera del Parlamento y dentro del Partido Laborista en su conjunto.

El contingente reformista en la Cámara de los Comunes será pequeño, pero sin duda suficiente para que el partido se apoye en él.

Farage es exactamente lo que Reform necesitaba para llegar a sus partidarios potenciales y Farage utilizará su puesto en el Parlamento para reforzar su propio perfil y el de Reform".

(Katie Boyden, Brave New Europe, 05/07/24. Traducción realizada con la versión gratuita del traductor DeepL.com)

7.3.23

El alcalde conservador de A Coruña apoyó públicamente la huelga declarada por socialistas y anarquistas. Como persona de orden, entendía que la injusticia era el primer desorden. Fue destituido de forma fulminante... Cada vez es más difícil ser conservador y de derechas... De hecho, hace tiempo que no escucho a nadie de derechas decir que es conservadora... Un conservador defiende la seguridad y la propiedad... la propiedad más valiosa es lo que llamamos estado de bienestar: la sanidad, la educación, el tiempo libre, el aire sano, el amparo de una vivienda digna. La privatización de servicios públicos en beneficio de una facción política, la 'gente de bien', que pretende okupar el Estado es la mayor amenaza para la libertad, la seguridad y la propiedad... El desahogo identitario de Feijóo, el erigirse en portavoz de la “gente de bien”, revela una mentalidad clasista, propia de una sociedad excluyente, ni conservadora ni liberal... señorita. Una cosa es ser reaccionario, y otra, conservador... el Papa Ratzinger era un reaccionario y el Papa Francisco es un conservador

 "Manuel María Puga y Parga, alias ‘Picadillo’ para la historia de la gastronomía, era un contundente conservador. Llegó a pesar 275 kilos. De joven, fue compañero de redacción de Wenceslao Fernández Flórez en El Noroeste. Y a él está dedicada una de sus famosas recetas de La cocina práctica: “Se coge una hoja de bacalao muy delgada, tan delgada como Wenceslao Fernández Flórez, y se toman unos tomates muy gordos, tan gordos como yo. Se sala a Flórez y se me parte a mí en pedazos…”. Hay otro asunto, además del culinario, por el que debería ser recordado Picadillo

En julio de 1917, Eduardo Dato, presidente del Gobierno, lo designó alcalde de A Coruña. A los pocos días, el 13 de agosto, se convocó en España una huelga general que tuvo bastante seguimiento en la ciudad. Se pedían unas “condiciones decorosas de vida” y se protestaba contra la insoportable “carestía en los artículos de primera necesidad”. Puga y Parga consideró muy razonables lo uno y lo otro. Así que el alcalde conservador de A Coruña apoyó públicamente aquella huelga declarada por socialistas y anarquistas. Como persona de orden, entendía que la injusticia era el primer desorden. Fue destituido de forma fulminante. En octubre de 1917, se celebró una manifestación libertaria con este insólito llamamiento: “Los sindicatos obreros de resistencia de La Coruña rinden testimonio de gratitud y simpatía a don Manuel María Puga y Parga por su noble actitud desde la alcaldía”. No hubo banquete, pero para ‘Picadillo’, según declaró, fue el día más importante de su vida.

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Cada vez es más difícil ser conservador y de derechas. La gente conservadora, si de verdad lo es, no podría ser otra cosa que conservacionista. Por naturaleza y etimología: étymos (verdadera) y lógos (palabra). De hecho, hace tiempo que no escucho a nadie de derechas decir que es conservadora. En un currículum político lo que se destaca no son las ideas y proyectos, ni siquiera recetas de cocina, sino los másteres como trofeos de caza. Y hay másteres de todo tipo, desde el Máster de Marketing Político y Reputación “Alégrame el Día” hasta el preciado Executive Máster de la Escuela de Negocios “Resiliencia & Tax Haven”, pasando por el Máster en Gestión Sostenible “Greenwashing”. Lo que no existe, lo que es imposible de cursar, es un Máster del Buen Conservador. Ni en la FAES aceptarían semejante propuesta de formación. Ya estoy viendo la expresión de Aznar a quien llevase semejante propósito: “Tiene usted un brillante futuro a sus espaldas”.                 

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La primera preocupación de una persona conservadora sería proteger la comunidad y el hogar en el que vive. Y eso significa poner freno a la depredación de los recursos, al envenenamiento del planeta, a la excitación destructiva de las guerras, ese negocio eternamente sostenible. Un conservador se rebelará ante los ecocidios. Como se sentirá abrumado ante las matanzas innecesarias de animales como trofeos, perpetradas con el eufemismo de “caza deportiva”. Fraga Iribarne mató en 1971 uno de los últimos ejemplares del urogallo (Tetrao Urogallus) de los Ancares, esa comarca mágica de Galicia y León. Hubo una persona que trató de impedirlo, alertando al urogallo con sus gritos, pero esta ave está indefensa y localizable, no percibe el peligro justo cuando canta de celo, y ese es el momento que aprovecha el depredador al acecho.

 El héroe que trató de impedir la fechoría fue identificado por la Guardia Civil. Días después, recibió la notificación de una multa por “interferir en la caza”. Fraga, jerarca franquista en aquel tiempo, intentó pasar a la historia como un modelo de patrón conservador. Definía la caza del urogallo como “el tiro más prestigioso, que justifica todos los desplazamientos”. Pero, lo que ocurrió aquel día en Azevedo de Donís, cerca de la cumbre de Tres Bispos, podemos verlo hoy como una impugnación histórica. El urogallo está hoy extinguido en Galicia. ¿Quién era el auténtico conservador en aquel escenario? ¿Quién representaba el orden y el desorden?

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Un conservador defiende la seguridad y la propiedad. Hoy en día, la primera causa de inseguridad planetaria es la emergencia climática. Los negacionistas, o quienes la relativizan, nada tienen de conservadores: compiten alegremente por el mejor camarote en el Titanic. Por otra parte, la propiedad más valiosa es lo que llamamos estado de bienestar: la sanidad, la educación, el tiempo libre, el aire sano, el amparo de una vivienda digna. La privatización de servicios públicos en beneficio de una facción política, o de una banda de privilegiados que pretende okupar el Estado es, en el fondo, la mayor amenaza para la libertad, la seguridad y la propiedad. 

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El desahogo identitario de Feijóo, el erigirse en portavoz de la “gente de bien”, revela una mentalidad clasista. Más que virtuosa, es una expresión propia de una sociedad de círculo vicioso. Excluyente. Ni conservadora, ni liberal: señorita. En su diatriba contra Sánchez, podría haber dicho con más solemnidad “Deje de molestar a la gente que es como Dios manda”. Pero Dios se ha dado a la fuga del lenguaje, despavorido, entre otras cosas, ante el estado de abusos a menores perpetrado en la Iglesia por una “tropa de sotanas”. 

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Una cosa es ser reaccionario, y otra, conservador. Tenemos una derecha con una historia de excitación reaccionaria, pero muy poco conservadora. Durante siglos se consideró que la base fundacional de España estaba en la religión católica. “Una idea de España como sujeto nacido en la mente de Dios”, escribió Francisco Tomás y Valiente en A orillas del Estado. En ese libro se rememora a Pedro Inguanzo, el que sería cardenal de Toledo, quien bramó en las Cortes de Cádiz cuando se acordó abolir el Tribunal del Santo Oficio: “Lo español desde el III concilio de Toledo es, y será perpetuamente, la defensa de la fe católica por el poder político. Y quien no esté de acuerdo con esto no es español: Inguanzo dixit”. 

Tomo estas citas de un libro reciente, A historia de España baseouse en falacias (Edicións Xerais, 2023), del historiador Calo Lourido, quien anota con retranca un proverbio popular: “Los españoles estamos condenados a andar siempre con los curas. O delante de ellos con un cirio, o detrás con un palo”. En 1936, la jerarquía de la Iglesia católica bendijo como una “cruzada” la guerra fascista contra la República. ¿Qué ocurrió en la Transición? Cuando el cardenal Tarancón apoyó el proceso democrático, el trato que se le dispensó en el círculo vicioso de la “gente de bien” fue el de “traidor”. La identificación histórica no se daría, pues, entre España y la fe católica, sino en el sometimiento colectivo a una especie de “perpetua Inquisición”. 

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Es muy chocante la actual actitud de la derecha española hacia el papa Francisco. Cuando no reina el silencio, lo que asoma es una especie de desdén. Incluso algunos chusqueros ilustrados, en su reenganche con la “gente de bien”, vindicaron al papa Ratzinger frente al “papa peronista”. ¿Sorprendente? No. Ratzinger era un reaccionario y Francisco es un conservador.  

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¿Dónde meterse si uno quiere ser conservador? La derecha española es hoy un simple campo de aterrizaje del neoliberalismo. Una posibilidad es hacer lo que hizo el escritor brasileño Graciliano Ramos, autor de la maravillosa y tremenda Vidas secas.  Él era un demócrata, un amante de la libertad, y más bien conservador. En la dictadura, trabajando de periodista, lo detuvieron varias veces y lo apalizaron por “comunista”. Así que un día, después de la enésima paliza, decidió que lo lógico era entrar en el Partido Comunista. Es decir, en el partido conservador."             (Manuel Rivas  , CTXT, 3/03/2023)

26.10.22

Rishi Sunak ha sido elegido por sólo los 357 diputados actuales del Partido... cuando el Reino Unido ha llegado a la fase de paroxismo de la enfermedad endémica de la globalización tardía: los bienes primarios, desde el combustible hasta la energía, pasando por la vivienda, el transporte y la escolarización, siguen siendo totalmente inasequibles... A corto, medio y largo plazo, las élites británicas no han dado la impresión de poder ofrecer una salida al malestar de su país. El crédito, salvavidas en el que se ha apoyado la política británica durante una generación, será cada vez más escaso... los gobiernos, obstaculizados por el lento crecimiento y el creciente coste de los préstamos, están perdiendo la capacidad de implementar cualquier programa serio, ya sea de derecha o de izquierda... es probable que el rápido cambio de los líderes políticos se convierta en algo habitual... Mientras tanto, la gente de a pie morirá de hambre y frío, el gobierno (de cualquier partido) seguirá comprometido con su posición de halcón en un conflicto con potencial nuclear, y Gran Bretaña declarará con orgullo que sigue abierta a los negocios

 "(...) el próximo primer ministro sea declarado esta semana tras un proceso de nominación realizado entre los 357 diputados actuales del Partido. De aquí a finales de año, cabe esperar que el gabinete decida el asunto entre ellos cada dos semanas, para evitar a los sesenta y siete millones de británicos restantes las molestias. (...)

El hecho de que esta crisis se haya desarrollado entre un gobierno acusado de irresponsabilidad fiscal por los mercados, por un lado, y un banco central encargado de asumir el papel de cuidador racional del capitalismo, por otro, debería ser profundamente preocupante. (...)

El hecho de que esta crisis haya sido desencadenada por un presupuesto —mini o no— vinculará la cuestión del gasto gubernamental, sea cual sea su financiación, a impresiones de inestabilidad e irresponsabilidad durante los próximos años. Starmer, que ya está económicamente a la derecha de Sunak en lo que respecta a las promesas de gasto, no tiene reparos en marcar su territorio como disciplinador. (...)

Mientras tanto, el Partido Conservador ha aprendido que su plan de imitar las políticas económicas de Ronald Reagan utilizando recortes de impuestos sin financiación para impulsar el crecimiento económico tiene un defecto fatal, observado por el Financial Times a finales del mes pasado: el Reino Unido no emite la moneda de reserva del mundo y, por lo tanto, no hay una demanda ilimitada de su deuda soberana. (...)

En un hecho fundamental de la economía británica, Truss acabó teniendo razón. La productividad del país está entre las más bajas del G7 y el crecimiento apenas se ha recuperado desde el crack de 2008; como el resto del mundo desarrollado, no ha encontrado una salida al lento crecimiento causado por el exceso de capacidad global. Sin embargo, las soluciones de Truss a estos problemas estaban llenas de la idiotez del propietario común entre la clase política británica. En un momento de descuido en una reunión del partido, poco antes de ser elegida, se pudo escuchar a la futura primera ministra afirmar que los trabajadores británicos carecen del oficio de sus homólogos mundiales; ha descrito al Reino Unido como el hogar de los peores holgazanes del mundo. Citando al novelista Kingsley Amis, el Financial Times resumió sus planes de crecimiento como: «¡Más rápido, cabrones!».

Los diagnósticos de Truss y sus cómplices sobre el atraso de Gran Bretaña son cómodos, pero no llegan a las causas. La principal de ellas es la incapacidad del Reino Unido para competir a nivel mundial y la debilidad de la inversión pública en educación, infraestructuras o vivienda, que ha encarecido el coste de la supervivencia para muchos. Al mismo tiempo, esta falta de inversión está reduciendo la posibilidad de volver a crecer y, con ello, de mejorar el nivel de vida de la población británica. (...)

Las variaciones en las hipotecas a plazo fijo significarán que lo peor de la crisis golpeará a los británicos a cuentagotas y no como una avalancha: la diferencia estriba en desangrarse lentamente o morir en un choque frontal. El efecto puede ser que se diluya cualquier posibilidad de movilización popular masiva, ciertamente algo comparable a los gilets jaunes franceses que se unieron colectivamente ante una única subida de precios en el combustible a finales de 2018.

El Reino Unido ha llegado a la fase de paroxismo de la enfermedad endémica de la globalización tardía: los bienes primarios, desde el combustible hasta la energía, pasando por la vivienda, el transporte y la escolarización, siguen siendo totalmente inasequibles, mientras que los bienes de consumo triviales reciben actualizaciones mensuales. Los titulares de hipotecas en Gran Bretaña —desde hace décadas pregonados como los «grandes ganadores» de la vertiginosa burbuja de activos del mercado inmobiliario frente a los inquilinos inmisericordes— irán quebrando uno a uno. Como ya señaló Marx en 1851, la deuda atomiza en lugar de agregar, convirtiendo a todos en un «saco de papas».

A corto, medio y largo plazo, las élites británicas no han dado la impresión de poder ofrecer una salida al malestar de su país. El crédito, salvavidas en el que se ha apoyado la política británica durante una generación, será cada vez más escaso. Durante las pocas semanas en las que Truss estuvo en el poder, se habló mucho de la toma de posesión libertaria de los tories dirigida por los think tanks británicos promercado. Sin embargo, como agentes contratados, también eran secundarios para el viejo nexo entre el Tesoro, el Banco de Inglaterra y la City de Londres, que ahora el gobierno de Truss ha vuelto a unir inadvertidamente en oposición a sus efímeros planes.(...)

El resurgente movimiento sindical ha demostrado hasta ahora ser la única facción de la sociedad dispuesta a aumentar la cuota de ingresos de los trabajadores. (...)

Solo entre el movimiento obrero se ha visto algún signo de organización o liderazgo a la altura de la escala de la crisis a la que se enfrenta la población británica (por no hablar de su clase política). Y son las fracciones de la sociedad británica que conservan el sentido de la vida comunitaria a través del lugar de trabajo —sobre todo en el sector público— las que aún guardan el sentido de la acción colectiva.

Especulativamente, podríamos decir que el clima político es uno en el que los gobiernos, obstaculizados por el lento crecimiento y el creciente coste de los préstamos, están perdiendo la capacidad de implementar cualquier programa serio, ya sea de derecha o de izquierda (el plan de Corbyn de crear un banco nacional de inversiones, no lo olvidemos, dependía a su vez de los bajos tipos de interés, mientras que pocos en la izquierda parecen dispuestos a contemplar un mundo contrafactual en el que el gobierno de Corbyn sustituya a Truss). A nivel de la política parlamentaria, esto seguirá intensificando el vaciado del vacío que el politólogo Peter Mair diagnosticó de forma tan mordaz.

En tales condiciones, es probable que el rápido cambio de los líderes políticos se convierta en algo habitual, ya que uno a uno los parlamentarios de carrera demuestran no estar a la altura del colapso del sistema que heredan. Aquellos de los tories con un ojo en el juego a largo plazo (como la ideóloga comprometida Nadine Dorries) entienden la sabiduría recibida en tales circunstancias: dar un paso atrás y dejar que los laboristas se embarren por asociación con el desorden.

En todo el espectro político, las élites británicas cuentan con Starmer para «hacer un Blair» y estabilizar —con la mínima reforma posible— la economía del país para un renovado dominio tory dentro de un par de elecciones. Mientras tanto, la gente de a pie morirá de hambre y frío, el gobierno (de cualquier partido) seguirá comprometido con su posición de halcón en un conflicto con potencial nuclear, y Gran Bretaña declarará con orgullo que sigue abierta a los negocios."               ( , JACOBINLAT, 25/10/22)

15.9.22

Los desafíos a que la inflación y la energía someten a las naciones occidentales han dado lugar a una respuesta en términos pragmáticos... Las medidas económicas que están adoptando los gobiernos occidentales señalan nítidamente que estamos en una época de cambio... como telón de fondo de esa respuesta pragmática, están apareciendo transformaciones ideológicas, que son mucho más evidentes en la derecha que en la izquierda... la mayoría de los partidos de la derecha están apostando por un rearme ideológico económicamente muy liberal... les le “suena bien: bajar impuestos, reducir deuda, reducir el tamaño de las administraciones públicas, impulsar el PIB, controlar la inmigración”... frente al globalismo, nación; frente a las clases progres, defensa de las raíces; frente a disolución de los lazos, regreso a los vínculos sólidos, como la familia tradicional; frente a la inmigración, contundencia. Todo un programa de reivindicación nacional que se sustancia en un enemigo común, la UE, como ocurrió en el Brexit... los conservadores alemanes proponen un triunvirato francés, alemán y polaco, un directorio de tres miembros, con el que se promovería una Unión diferente... la derecha del norte europeo comienza a ver la UE como una mala idea, o al menos como una idea que ya no le resulta provechosa. Esa posición augura tensiones importantes...

 "Las medidas económicas que están adoptando los gobiernos occidentales señalan nítidamente que estamos en una época de cambio. La heterodoxia en las decisiones, impensable hasta hace muy poco tiempo (la última, la congelación de precios de la energía llevada a cabo por un Gobierno conservador, el británico), revela nuevas perspectivas sobre la acción pública y la intervención del Estado en tiempos de crisis.

Los desafíos a que la inflación y la energía someten a las naciones occidentales han dado lugar a una respuesta en términos pragmáticos. La ideología tiene poco que ver: el tipo de reacción estatal ha dependido de la capacidad de la que se disponía, no del color del Gobierno. El Ejecutivo germano puede meter mucho dinero directo en la economía porque lo tiene; Reino Unido o EEUU pueden brindar generosas ayudas a sus empresas o a sus nacionales porque cuentan con músculo para ello; España hace lo que puede, ya que depende del Banco Central Europeo y porque nuestra deuda es elevada. Por supuesto, un Gobierno español de otro color haría otras cosas, pero no serían muy diferentes.

Los cambios ideológicos

Sin embargo, como telón de fondo de esa respuesta pragmática, están apareciendo transformaciones ideológicas, que son mucho más evidentes en la derecha que en la izquierda. El progresismo está centrado en el cambio climático y en la importancia de las renovables en este entorno de tensión energética, así como la introducción de medidas paliativas más amplias. Por la derecha, sin embargo, hay mutaciones más profundas en sus ideas, que muestran una división no tanto entre las derechas populistas y las tradicionales, sino entre dos visiones diferentes que pueden ser acogidas por los partidos viejos o por los emergentes.

Meloni o Vox se han declarado decididamente proatlantistas, y si bien no abogan por la salida de la UE, son poco amistosos con ella

En el ámbito internacional, hay tres derechas interconectadas, la anglosajona (Trump y el partido conservador británico), las del este de Europa y las del sur. Cada una de ellas cuenta con peculiaridades que la diferencian del resto, pero sus programas tienden a ser comunes.

El programa marco

En primer lugar, son mucho más atlantistas que europeístas. El alineamiento con la OTAN es decidido, y en algunos casos, como el de Polonia, mucho más intenso que antes. La guerra de Ucrania ha reforzado a Europa del Este y a sus conexiones con Reino Unido y ha debilitado a Alemania, lo que favorece sus propósitos. En el sur, las posturas no son diferentes: Meloni o Vox se han declarado decididamente atlantistas, y si bien no abogan por la salida de la UE, son poco amistosos con ella. Salvo Francia, donde la posición de Le Pen es más ambigua respecto de la OTAN, el resto de las derechas son muy favorables. Los conservadores tradicionales tratan de conjugar el apoyo atlantista con el fortalecimiento de Europa, pero lo tienen más difícil

En la energía, las derechas abogan por el petróleo, el gas, el 'fracking' y las nucleares de manera decidida. Los objetivos marcados para combatir el cambio climático están claramente supeditados a las necesidades de la época, en el mejor de los casos, o son irrelevantes o ilusorios, desde su perspectiva.

En la economía, se abre una nueva forma de abordar los malos momentos. Una buena definición de las opciones ha aparecido en la pugna por el 10 de Downing Street entre Rishi Sunak y Liz Truss. El primero, exministro de Economía, apostaba por una posición ortodoxa; la segunda, por el regreso firme a las ideas de Thatcher, que entendía más necesarias que nunca en instantes de crisis. Truss ganó la pelea, lo que es significativo, y no solo para el Reino Unido.

En todo caso, y más allá del ejemplo británico, la pregunta está formulada: ¿se va a afrontar este instante de crisis occidental con una combinación de ayudas públicas puntuales y una apertura de fondo hacia una economía decididamente más liberal (o neoliberal), como proponen las derechas exitosas? ¿Resistirán los conservadores tradicionales en sus posturas más prudentes? Veremos lo que ocurre, pero lo que parece claro es que la mayoría de los partidos de la derecha están apostando por un rearme ideológico económicamente muy liberal. España, en ese sentido, como en otros, es un lugar aparte. Aquí, las posiciones del PP de Feijóo, propias de una derecha ortodoxa, son semejantes a las de Sunak, mientras que a Vox el programa de Truss le “suena bien: bajar impuestos, reducir deuda, reducir el tamaño de las administraciones públicas, impulsar el PIB, controlar la inmigración”.

El sentido del nacionalismo

El cuarto aspecto es muy relevante, porque tiene que ver con el auge del nacionalismo, pero con características peculiares. Es en ese regreso al territorio donde encajan los matices culturales: frente al globalismo, nación; frente a las clases progres, defensa de las raíces; frente a disolución de los lazos, regreso a los vínculos sólidos, como la familia tradicional; frente a la inmigración, contundencia. Todo un programa de reivindicación nacional que se sustancia en un enemigo común, la UE, como ocurrió en el Brexit.

 Los republicanos estadounidenses y los conservadores británicos han mostrado su hostilidad con Europa. Los países del este, que, por otra parte, son grandes beneficiados de las inversiones alemanas y europeas, no terminan de aceptar las cesiones de soberanía y la guerra de Ucrania los ha reforzado en sus posiciones. En el sur, las derechas populistas reivindican un claro alejamiento de la Unión, aun cuando no apuesten por la salida.

Lo significativo es que a estas brechas se suman las abiertas por el norte de Europa. El ascenso de la extrema derecha sueca en las recientes elecciones es una demostración clara. También algunas propuestas de los conservadores alemanes suenan muy sospechosas: el nefasto Schäuble acaba de proponer un triunvirato francés, alemán y polaco, un directorio de tres miembros, con el que se promovería una Unión diferente, que en Bruselas denominan intergubernamentalismo: a largo plazo, pretendería prescindir del 'establishment' europeo “en favor de una alianza estratégica multinacional liderada por tres estados-nación soberanos”, como señala Wolfgang Streeck

La propuesta es muy llamativa porque Schäuble fue el gran defensor de unidad de la UE durante el desafío griego y el artífice de la respuesta ortodoxa a la crisis de 2008; ahora, sin embargo, apuesta por subvertir la Unión de una manera que ni siquiera Meloni se ha atrevido a proponer. Es el síntoma claro de que también la derecha del norte europeo comienza a ver la UE como una mala idea, o al menos como una idea que ya no le resulta provechosa. Esa posición augura tensiones importantes.

La derecha española

De modo que más allá de los asuntos culturales, hay una comunión en el ideario de las derechas, ligadas al atlantismo y la defensa de los combustibles fósiles, al refuerzo del liberalismo económico y a la posición nacionalista hostil a la UE, que está desarrollándose sin pausa. Ese es el programa, que comparte en muchos sentidos la derecha tradicional, pero que posee poderosos matices que alejan a ambas. 

En España, el PP de Feijóo puede representar una posición moderada en algunos aspectos, en la medida en que no insiste en la inmigración o en que frente a los nacionalismos periféricos adopte una postura de diálogo y no de confrontación, pero los puntos de choque reales van a estar en los dos aspectos básicos: la economía, y el regreso a las recetas duras de Thatcher o la permanencia en la ortodoxia, y su vínculo con Europa: el PP ha apostado claramente por el europeísmo y el globalismo, y en ese marco va a seguir fijado. Vox irá en otra dirección e intensificará el discurso de seguridad, de inmigración y de centralismo, pero sobre todo propondrá medidas económicas muy liberales y se alejará cada vez más de Bruselas.

Ese combate no es español, es el dilema que las derechas europeas están solucionando. Y las menos ortodoxas van ganando ideológicamente."          (Esteban Hernández, El Confidencial, 13/09/22)         


Para luchar contra las epidemias y como alternativa a la salida del euro de los países del Sur, o como salida de emergencia ante la (más probable) ruptura de la UE por parte de los países del Norte... hay que conseguir la soberanía financiera... implantando una moneda digital paralela de circulación interna, en paridad 1:1 con el euro (¿europeseta electrónica?), en España: 

La propuesta de Garzón, basada en el Trabajo Garantizado:

Cómo aplicar el Trabajo Garantizado en ayuntamientos y autonomías... financiándolo con créditos fiscales municipales

Para Ecuador:

Hacia una "moneda electrónica paralela" para afrontar la crisis... en Ecuador (o en España) ¿Por qué y cómo hacerlo?

Para conseguir un monopolio financiero mundial, Facebook propone su propia moneda digital... LIBRA

Otras propuestas: 


Susana Martín Belmonte propone una 'coronamoneda' digital para potenciar la renta de cuarentena... una renta vehiculada a través de una moneda ciudadana digital descargable de una app y con respaldo del Banco de España.
Enlace: http://ojeandoelestadodelpais.blogspot.com/2020/04/coronamoneda-digital-para-potenciar-la.html 

El prometedor dinero fiscal

Emitir 'GREUROS'. Entre la salida del Euro, y la aceptación de la austeridad de la Troika, existe una tercera vía que se basa en la recuperación parcial de la soberanía monetaria

Existe una descripción con mucho humor, de economía-ficción, sobre los beneficiosos efectos que se producirían si en Italia, el gobierno impusiera una moneda digital (la sitúa en el 2020), para salir de la quiebra económica y política a la que la permanencia en el euro habría llevado al país. El objetivo se conseguiría rápidamente.


Los únicos perjudicados, los especuladores de la deuda. Ver: J. D. Alt: ‘Europa, 2020: una ucronía iluminadora’. http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=5467 )

Los artículos de Juan José R. Calaza, Juan José Santamaría y Juan Güell muestran con gran claridad las ventajas de una europeseta electrónica de circulación interna:

- Para entender la europeseta electrónica. Qué es y, sobre todo, qué no es. Enlace: http://www.farodevigo.es/opinion/2012/12/02/entender-europeseta-electronica/720458.html


- Para salir de la crisis sin salir del euro: España debe emitir europesetas (electrónicas). Enlace: http://www.farodevigo.es/opinion/2011/11/27/salir-crisis-salir-euro-espana-debe-emitir-europesetas-electronicas/601154.html

- Las europesetas electrónicas, complementarias al euro, estimularán el crédito sin efectos colaterales perversos. Enlace: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=165815

Juan Torres insiste en que es necesario emitir una moneda complementaria al euro. Sus artículos:

-Marear la perdiz. Enlace: http://ccaa.elpais.com/ccaa/2013/02/08/andalucia/1360327224_588117.html

- Hay alternativas, incluso dentro del euro. Enlace: http://juantorreslopez.com/publicaciones/hay-alternativas-incluso-dentro-del-euro/ mmmm

Más información en:
 
 
 
 'Si Grecia, España, o Andalucía emitiesen una moneda digital, respaldada por la energía solar instalada en sus tejados, alcanzarían la soberanía financiera. La de dar créditos a familias y empresas': http://comentariosdebombero.blogspot.com.es/2014/06/si-una-autonomia-o-una-gran-ciudad.html

14.7.22

¿Por qué la sociedad ha estado dispuesta a tolerar las mentiras y la inmoralidad personal de Boris Johnson? Porque el neoliberalismo ha conseguido destruir los valores sociales, hasta el punto de que el comportamiento antisocial e incluso sociopático ya no parece vulgar... A medida que el poder militar, económico y político del Reino Unido se ha derrumbado, también lo han hecho sus costumbres políticas, tanto para bien como para mal. Johnson no es más que un zurullo arrojado a la cima de la cloaca de la decadencia británica

 "(...) Se han escrito acres en los medios de comunicación sobre la mentira y la inmoralidad personal de Johnson, pero hay muy pocos esfuerzos serios para entender por qué tantos en la sociedad han estado dispuestos a tolerar esto. La respuesta es que el neoliberalismo ha conseguido destruir los valores sociales, hasta el punto de que el comportamiento antisocial e incluso sociopático ya no parece vulgar.

En una sociedad en la que la autoridad aprueba, y construye un sistema para permitir, fortunas personales de 200.000 millones de dólares o más mientras millones de niños en el mismo país están realmente hambrientos y mal alojados, ¿qué valores le dice la estructura sociopolítica a la gente? ¿Qué valor tiene la empatía? La ambición despiadada y el acaparamiento de recursos se aplauden, se fomentan y se presentan como el modelo a seguir.

Cada vez más, o eres parte de la élite o estás luchando.

En el Reino Unido, el sueño thatcheriano de la propiedad masiva se cancela abruptamente. La movilidad social y la meritocracia pasan de ser una oportunidad de ascenso social a gran escala para las multitudes, a convertirse en los Juegos del Hambre. Donde un número significativo de jóvenes ve su mejor oportunidad de bienestar financiero como la selección para Love Island, ¿cómo esperamos que les repugne que Johnson tuviera múltiples aventuras mientras su entonces esposa luchaba contra el cáncer?

Johnson es explícitamente un devoto de la teoría del gran hombre de la historia. Pero, de hecho, su sorprendente carrera política no es en sí misma más que un síntoma de la decadencia del Reino Unido, que pasó de ser una gran potencia imperial a la desintegración del Estado metropolitano (esto último, por supuesto, empezó a tener efecto formal en 1921).

El Brexit no fue más que una convulsión, ya que el Reino Unido pasó por el trauma psicológico de aceptar su cambio de estatus de gran potencia a estado europeo razonablemente superior. Hay un gran tratado por escribir sobre esto y la consecuente ola de nacionalismo populista inglés.

Se puede observar el uso constante por parte de los tories de la frase "líder mundial" en circunstancias risibles, el hecho de que incluso ayer Starmer sintiera la necesidad de comentar el colapso del gobierno mientras estaba plantado entre tres Union Jacks, el militarismo constante y la fetichización de las fuerzas armadas en la televisión, y el deseo de gloria reflejada luchando en una gran guerra hasta la sangre del último ucraniano.

La meticulosa recopilación de Peter Oborne sobre las mentiras de Johnson muestra lo peculiar que es que la crisis se produzca por una mentira comparativamente menor sobre el conocimiento de un mal comportamiento sexual, en la que Johnson por una vez no estuvo personalmente implicado. Pero es un error pensar que Johnson es único. El maravilloso libro de Oborne The Rise of Political Lying (El auge de la mentira política) relata el ataque masivo a las normas gubernamentales perpetrado por el charlatán Tony Blair.

Johnson es sólo una parte de un proceso. A medida que el poder de un Imperio se desintegra, también lo hacen sus costumbres. Desde la segunda guerra mundial, más de sesenta estados se han independizado del dominio británico. Los trozos rosas del mapa ("esta colonia es de donde viene tu tapioca") que me enseñaron con tanto orgullo en la escuela primaria se han ido reduciendo y encogiendo. Gracias a Dios, a los niños ya no se les enseña a cantar "Over the seas there are little brown children" que necesitan ser convertidos (a mí me lo enseñaron de verdad, no me estoy inventando nada).

A medida que el poder militar, económico y político del Reino Unido se ha derrumbado, también lo han hecho sus costumbres políticas, tanto para bien como para mal. Johnson no es más que un zurullo arrojado a la cima de la cloaca de la decadencia británica. (...)

El Reino Unido está sumido en la confusión sociopolítica desde 2016 y ahora está entrando en una profunda crisis económica. Estos mismos días son el fin de los tiempos del Reino Unido. ¡Alégrense! (...)"                       (Craig Murray es un ex diplomático británico, Brave new Europe, 07/07/22)

11.1.22

Los dos partidos que dominarán 2022 en Europa... hay dos líneas de acción. La primera, en la derecha, aboga por la contención del déficit, disminución del gasto público, las reformas y las normas laborales flexibles y las pensiones reducidas. La otra, de izquierdas, aboga por la regulación digital, el aumento del salario mínimo, la reforma de las reglas fiscales de la UE, el plan de recuperación pospandémico con los eurobonos de fondo, y por la autonomía estratégica europea (es la de Macron y Draghi). Ahí se va a jugar el futuro político... por una parte, tenemos la visión del norte de Europa, y, por otra, la del sur... fuera de esos dos partidos, solo quedarán la derecha populista y la extrema derecha... Un escenario de cambios geopolíticos notables, de importantes desafíos económicos y con las clases medias y las trabajadoras empobrecidas, supone un caldo de cultivo muy favorable a la izquierda. Sin embargo, la socialdemocracia europea está encerrada en el marco de acción que le ofrecen Draghi y Macron, y la izquierda más allá de ella carece de un proyecto de futuro que enganche con fuerzas sociales... El progresivo alejamiento de la izquierda de las clases que han perdido con la globalización provoca que no sea ni foco de referencia ideológico, ni un motor social. En ese escenario, las derechas populistas se están erigiendo como fuerzas rupturistas, las socialdemócratas se vinculan a la ortodoxia europea y el resto de la izquierda carece de fuerza... A la sensación de abandono que posee parte de su electorado tradicional, se unen el rechazo que suscitan los excesos en el lenguaje activista y la creencia en que los cambios verdes que se exigen los acabará pagando el ciudadano común... en toda Europa y en EEUU, las nuevas derechas están consiguiendo que muchos de sus postulados sean asumidos también por los socialdemócratas (como en el norte)... ¿Es posible que la izquierda de los próximos años vaya más allá y emerja nuevamente como fuerza de progreso?

 "Hay un Gobierno socialista en España y otro en Portugal; en Alemania, el principal país europeo, los socialdemócratas gobiernan con los verdes, otro partido de izquierda, y con los liberales; en el norte de Europa, por primera vez en 62 años, los cinco países nórdicos (Suecia, Dinamarca, Finlandia, Islandia y Noruega) están gobernados por el centro izquierda. Biden es el presidente de EEUU. Incluso Latinoamérica parece estar girando hacia los socialdemócratas, tras el triunfo de Boric. Parece un buen momento para una opción política que parecía en repliegue y que, sin embargo, está emergiendo con fuerza.

En estas circunstancias, hablar de crisis de la socialdemocracia suena bastante extraño. Quizá sería más apropiado señalar que son las fuerzas políticas situadas a su izquierda las que viven un mal momento, ya que están perdiendo peso electoral en toda Europa, y cada vez tienen menos influencia social. Y, cuando la poseen, es en sentido negativo: enervan lo suficiente a los votantes como para llevarlos hacia la derecha. Sin embargo, este reparto tampoco es del todo exacto, la pérdida de relevancia de la izquierda en general, también de la socialdemócrata, quizá sea más acuciante de lo que se aprecia a simple vista.

 Por una parte, el crecimiento de las derechas populistas europeas está impregnando el debate político en diferentes sentidos, y el primero como efecto desplazamiento: el centroderecha y las derechas europeas están girando hacia el extremo, y asumen ya de manera clara los postulados de los nuevos actores políticos para evitar la pérdida de simpatizantes y de votos. Pero también parte de la izquierda ha virado hacia estos mismos terrenos. 

Es el caso del norte europeo, donde los partidos de izquierda en el Gobierno han asumido los postulados sobre inmigración y seguridad que colocaron las derechas en el debate, así como sus ideas nacionalistas. Son ejemplares en ese aspecto las declaraciones de la primera ministra sueca en las que aseguraba que era la más frugal de los frugales, lo que equivale a afirmar que antes que socialdemócrata es neoliberal y sueca.

En segundo lugar, la batalla cultural, dada la insistencia de la izquierda en colocar el acento político en la igualdad de género, la revolución verde o la dignificación de las minorías, está generando una reacción hostil en la que las derechas no salen perjudicadas. A la sensación de abandono que posee parte de su electorado tradicional, se unen el rechazo que suscitan los excesos en el lenguaje activista y la creencia en que los cambios verdes que se exigen los acabará pagando el ciudadano común. Ese triple ‘backlash’ es una de las claves en las que se apoyan las derechas populistas y las extremas derechas para crecer.

Y, en tercer lugar, existe una sensación insistente de que, allí donde las socialdemocracias gobiernan, generan expectativas en su propio electorado que se ven defraudadas. Es el caso de Biden, cuya acción es mucho menos contundente de lo que había anunciado, lo que provoca que su aprecio social haya disminuido rápidamente, y su valoración como líder esté en mínimos. Pero no es únicamente Biden: muchas de las grandes medidas que la socialdemocracia había anunciado, como el impuesto a los más ricos, fracasan una y otra vez cuando llegan a la orilla

Se llega al Gobierno con un programa que después se rebaja permanentemente. Si fueran casos ocasionales, tendrían importancia solo para sus protagonistas, pero, al ser frecuentes, se convierten en una suerte de lluvia fina que termina calando. Y eso provoca cambios importantes. Recordemos la secuencia que nos ofrece la presidencia estadounidense: Bush, Clinton, Bush Jr., Obama, Trump, Biden. Cada presidente de derechas ha sido mucho más atrevido que el anterior, mientras que los progresistas han decepcionado a los suyos; será interesante adivinar lo que vendrá después de Biden si las cosas siguen por este camino.

Los tres factores señalan que, a pesar de que los partidos socialdemócratas regresan como fuerza de gobierno, su momento social no es el mejor. Son mucho más una fuerza de contención que una opción política con un plan claro. Paradójicamente, ocupar ese espacio de defensa y repliegue les aporta éxitos electorales.

La izquierda se vuelve conservadora

En este cambio, hay un punto central, obvio y apenas subrayado: las formaciones progresistas se han convertido en conservadoras. Sus dos grandes apuestas son la lucha contra el cambio climático y la oposición al ascenso de la extrema derecha; cualquier transformación económica (desde una mayor inversión estatal hasta el cambio de las reglas fiscales en la UE) la liga a la necesidad de hacer frente a la descarbonización; cualquier decisión política la vincula a la urgencia de frenar a nuevas derechas. Son, por tanto, fuerzas mucho más reactivas que propositivas. 

 Y la conservación está en su centro: hay que preservar el planeta del gran riesgo que supone el deterioro climático; hay que resguardar la democracia frente a quienes la están debilitando y, en el futuro cercano, acabarán con ella. Para ser sinceros, la izquierda lleva siendo conservadora mucho tiempo, porque su gran programa económico ha sido el de mantener el estado del bienestar y, conforme avanzaban los años, ya se trataba únicamente de conservar la sanidad y la educación públicas. 

No han tenido mucha suerte con eso, porque tanto una como otra están deterioradas, porque el estado del bienestar es cada vez más débil y porque las fórmulas de gestión que se han introducido y las reformas que se están realizando lo minan lenta e incesantemente, pero esa realidad tampoco parece perturbar mucho. Sin embargo, es raro perder ideológicamente con tanta frecuencia y seguir sin introducir cambios.

 El efecto central de esta conversión en fuerza conservadora es que otras han ocupado su espacio. Las ideas de izquierda ejercieron durante décadas, ya lejanas, un papel de vanguardia. Es decir, conformaban una avanzadilla que se adentraba en terrenos que el resto de la sociedad transitaba tiempo después. Eran el foco de influencia que, poco a poco, atraía a las prácticas políticas y culturales, de forma que sus planteamientos terminaban siendo asumidos (íntegramente o, más a menudo, en parte) por la mayoría social. 

Esos tiempos se han esfumado, la izquierda ha dejado de ser la vanguardia de Occidente y otras fuerzas han ocupado su lugar. Hace muchos años ya que, en lo económico, el liberalismo ocupó el espacio central y la vieja socialdemocracia se convirtió en irrelevante. En lo político, como estamos viendo en toda Europa y en EEUU, las nuevas derechas están consiguiendo que muchos de sus postulados sean asumidos, poco a poco, también por los socialdemócratas (como en el norte), mientras que el resto de la izquierda las combate, pero cada vez con menos apoyo social.

Un faro social

Para ser estrictos, hay un terreno en el que la izquierda sí ha ejercido de faro social en los últimos años, y tiene que ver con un giro más ligado con la necesidad que con su historia ideológica. Desde el triunfo de Thatcher y Reagan, el mundo occidental se hizo liberal y los programas socialdemócratas fueron recortándose.

 La Tercera Vía de Blair fue un hito en ese camino, ya que conformó un intento de congeniar neoliberalismo y protección social que obtuvo un notable éxito electoral, lo que supuso que muchos partidos de su entorno adoptasen su perspectiva. En la medida en que, con el paso del tiempo, viró más hacia el neoliberalismo que hacia la protección del estado del bienestar, también se diluyó como propuesta ganadora. Había que hacer otra cosa, y la opción se encontró en las costumbres culturales.

 La apuesta por una sociedad más feminista, más integradora con la inmigración, más favorable a los derechos LGTBI y más dialogante en lugar de impositiva ganó mucho peso. En España, el Gobierno de Zapatero representó claramente esa opción. En la década pasada, la izquierda apostó claramente por profundizar en ese camino, y no le fue mal del todo. Pero ese impulso se ha agotado ya. La reacción de la derecha contra esa visión de la sociedad es clara, y además con cierto apoyo. En todo caso, en ese terreno, la sociedad está lo suficientemente polarizada como constatar que las propuestas de la izquierda ya no son el centro de un sentido común compartido.

Llegados a este punto, hacían falta nuevas líneas ideológicas, y la izquierda las encontró en la transformación digital, la transición ecológica, la igualdad real entre hombres y mujeres y el aumento del salario mínimo. En ese momento estamos, pero eso no deja de ser una propuesta adaptativa, conservadora, que ya no ejerce de vanguardia.

 ¿Es posible que la izquierda de los próximos años vaya más allá y emerja nuevamente como fuerza de progreso? ¿Puede instigar cambios en la sociedad que vayan en la línea de la construcción del futuro? Quizá, pero de momento no es así.

Los dos grandes partidos europeos

En realidad, hay dos partidos europeos efectivos y dos líneas de acción. La primera, que podríamos situar en la derecha, aboga por regresar lo antes posible a la contención del déficit, a la disminución del gasto público, a la reconstrucción europea a partir del adelgazamiento presupuestario, las reformas y la adecuación de las normas laborales a una imprescindible flexibilidad y de las pensiones a una impostergable reducción.

La otra, que podría denominarse de izquierdas, aboga por la regulación digital, el aumento del salario mínimo, la inevitable reforma de las reglas fiscales de la UE, la reiteración del plan de recuperación pospandémico para hacer frente a los nuevos retos, con los eurobonos de fondo, y por dar más pasos hacia la autonomía estratégica europea. Ahí se va a jugar el futuro político, y estos son los dos grandes programas ideológicos: la socialdemocracia y la izquierda españolas están de parte de los segundos.

 Lo llamativo es que la segunda opción es la que defiende Macron, por la que apuesta Draghi, y la que cuenta con cierto respaldo de Lagarde. Por así decir, por una parte, tenemos la visión del norte de Europa, y, por otra, la del sur; por una parte, estaría la postura defendida por la Comisión y, por la otra, la que instigan personas salidas del BCE. En resumen, se trata de una pelea ideológica entre dos clases de tecnócratas, pero dista mucho de ser un programa realmente transformador. 

Cada uno de ellos señala cómo hacer frente a la crisis, también en términos territoriales, y cómo solucionar los problemas europeos, pero en términos únicamente posibilistas. No son cuestiones menores, ni mucho menos, y, dependiendo del camino que se tome, el futuro español será muy diferente, pero no dejan de ser enfoques limitados a la hora de solucionar grandes problemas. Por fuera de esos dos partidos, solo quedarán la derecha populista y la extrema derecha.

Un programa tecnócrata para el futuro

Un escenario de cambios geopolíticos notables, de importantes desafíos económicos y con las clases medias y las trabajadoras empobrecidas, supone un caldo de cultivo muy favorable a la izquierda, al menos desde la teoría. Sin embargo, la socialdemocracia europea está encerrada en el marco de acción que le ofrecen Draghi y Macron, y la izquierda más allá de ella carece de un proyecto de futuro que enganche con fuerzas sociales. 

En ese campo existen ideas, unas estrambóticas, otras muy interesantes, pero siempre minoritarias, porque no cuentan con el apoyo necesario entre la ciudadanía que las pueda convertir en efectivas, y tampoco poseen la legitimidad intelectual que permitiría que penetrasen en el 'establishment'. El progresivo alejamiento de la izquierda de las clases que han perdido con la globalización provoca que no sea ni foco de referencia ideológico, ni un motor social. En ese escenario, las derechas populistas se están erigiendo como fuerzas rupturistas, las socialdemócratas se vinculan a la ortodoxia europea y el resto de la izquierda carece de fuerza.

 Sin ese impulso, sin un proyecto claro de sociedad en lo económico, y sin constituirse en fuerza de vanguardia, la izquierda pierde peso, no porque los partidos de la socialdemocracia no puedan seguir gobernando, sino porque las políticas que siguen cuando llegan al poder son simplemente posibilistas. 

Se han convertido en partidos que se acercan más a unas opciones tecnocráticas u otras, pero que no pueden mover la historia hacia otro lugar. Se manejan en el terreno de la resistencia contra la gran amenaza, la llegada de la extrema derecha, y añaden algunos elementos, como la digitalización y la lucha contra el cambio climático, para dar la sensación de que están pensando en el futuro. Pero eso no es un programa, es hacer de la necesidad virtud. La izquierda, para volver a jugar un papel de progreso, necesita otro camino."                   (Esteban Hernández, El Confidencial, 23/12/21)

30.12.21

España está repolitizándose, no sólo porque la crisis y el descontento hayan hecho que las tertulias referidas a esos asuntos estén obteniendo un share insospechado en cadenas generalistas, sino porque regresan ideas políticas fuertes que hasta hace poco permanecían recluidas en la periferia comunicativa... El debate sobre cómo debe ser la democracia y cuáles deben ser los modelos económicos a seguir está resurgiendo con fuerza, lo que puede dar forma a una sociedad muy diferente

 "España está repolitizándose, no sólo porque la crisis y el descontento hayan hecho que las tertulias referidas a esos asuntos estén obteniendo un share insospechado en cadenas generalistas, o porque las conversaciones en los bares cada vez giren más en torno al mal funcionamiento institucional, sino porque regresan ideas políticas fuertes que hasta hace poco permanecían recluidas en la periferia comunicativa.

 Lo más llamativo de esta época, 40 años después de la muerte de Franco, es que aquellas posturas ideológicas que parecían solapadas con los consensos surgidos de la Transición reemergen con fuerza. La primera de ellas es la puesta en primer plano de un liberalismo que, si bien es la idea dominante en lo económico desde hace varias décadas, exige, según sus partidarios, una profundización en sus ideas y su ampliación a ámbitos que no sean estrictamente los de la economía. (...)

La otra es la surgida del 15 M y de sus asambleas, que aboga por una democracia deliberativa, pero que hunde sus análisis en una tradición marxista pasada por teóricos como David Harvey o Toni Negri, y que pretende revisitar todos los consensos de la tradición e iniciar un proceso constituyente.

Europa como engendro

El acierto del congreso "España sin (un) Franco", organizado por el CENDEAC, que se está celebrando en Murcia, y que reúne a pensadores de menos de cuarenta años, ha sido enfocar el asunto desde el atrevimiento, en tres sentidos: ha dado voz a jóvenes que participan socialmente de forma muy activa pero que apenas tienen presencia en medios de masas, ha invitado a ponentes que mantienen posiciones duras, y lo ha hecho desde una pluralidad osada que apuesta por el debate. Unir en su primera jornada a un liberal duro como es Juan Ramón Rallo, con el sociólogo Isidro López, del Observatorio Metropolitano, activista del 15-M y miembro de Movimiento para la democracia, suponía una incitación a una confrontación ideológica abierta, cuando no enconada. 

 En su intervención, Rallo insistió en que esta Europa no es liberal, y que “se parece más a lapuesta en práctica del socialismo por el creciente peso del estado. El engendro europeo además, ha subido la presión tributaria con el pretexto de ayudar a los más necesitados con la creación de un Estado del bienestar, y lo único que ha hecho ha sido conseguir que todo sea público (educación, sanidad, pensiones, etc.), lo cual es una opción ideológica que en lugar de servir a quienes dice defender, a quienes menos tienen, está acabando con las clases medias”. El resultado final es mantener a los consumidores cautivos del estado para beneficio de unos políticos, a los que señaló en unos términos similares a los de esa casta tan popular últimamente, “que sólo buscan sacar partido privado, minimizando su tiempo de trabajo y mejorando sus ingresos”. (...)

Isidro López dibujó el mapa europeo surgido a partir de la crisis de los setenta, analizando las bases conceptuales, políticas y económicas bajo las que se configuró la UE, de las que afirmó que “fueron el triunfo económico real del neoliberalismo”. Maastricht fue, en ese sentido, el hito de una intervención para conseguir que las rentas financieras no se devaluasen a través de la reducción del gasto público y del adelgazamiento del Estadode bienestar. Al mismo tiempo, “las políticas instigadas por la UE han provocado el aumento de la tasa de explotación y la flexibilización del mercado del trabajo con el fin de asegurar una tasa de beneficio decreciente del capital”. Señaló como Europa ha sido el mecanismo por el cual “las sociedades liberales implementaron un programa de gobernanza que asegurase el control de las turbulencias sociales provocadas por esas mismas medidas”. El resultado final también tuvo consecuencias espaciales, “ya que Alemania se convirtió en el polo de producción de alta cualificación continental, y países como España han sido el foco de consumo y el lugar de destino y de rentabilización de los capitales germanos”.

¿Estado sin Estado?

López negó la tesis del mayor peso del Estado en las últimas décadas propuesta por Rallo, señalando que esa presencia se ha circunscrito a determinados sectores, como el de la obra pública, mientras que está replegándose en otros como la sanidad o educación. “La intervención del Estado se ha concentrado en el ciclo inmobiliario y en el desarrollo de infraestructuras, lo cual nos ha supuesto unos costes altísimos. La deuda de la ciudad de Madrid, que es enorme, ha ido a parar a proyectos como el soterramiento de la M30, es decir, a nutrir las arcas de la oligarquía española, lo cual demuestra que el gasto público no ha ido a parar a servicios sociales, sino que ha funcionado como elemento de redistribución, pero a la inversa, de abajo arriba”.

Aclaró López que la profundización en la democracia es necesaria, pero de un modo distinto del que habíamos pensado hasta ahora. “No se trata de buscar más representación, porque lo que estamos viviendo es precisamente una crisis de la representación, sino de hablar en común de los problemas a los que nos enfrentamos y de decidir sobre ellos. No se trata de elegir simplemente a un presidente del gobierno, que eso funciona ya así y está obsoleto. De lo que hablamos es de la democracia deliberativa”. Para Rallo, este tipo de democracia es irreal y sólo puede funcionar en contextos restringidos y únicamente sobre cuestiones poco espinosas.

A pesar de las evidentes diferencias, hubo algunos puntos de conexión, en especial en lo referido a las alianzas de la casta con el estado para vivir de las rentas que éste le procura (“hay grandes empresas que viven únicamente de sus contratos con el estado y cuyos dirigentes no son más que funcionarios, aunque digan ser empresarios”, afirmó Rallo) y generó algunas discusiones interesantes y complejas, como la suscitada a partir de la propiedad intelectual.

 En todo caso, la jornada del miércoles, más allá de exponer dos modelos de sociedad, sirvió para generar un debate muy vivo, entre ellos y con el público asistente, y para demostrar cómo esta época está recuperando algo que creíamos olvidado, la política como conflicto entre posiciones diferentes centradas en cuestiones materiales. El debate sobre cómo debe ser la democracia y cuáles deben ser los modelos económicos a seguir está resurgiendo con fuerza, lo que puede dar forma a una sociedad muy diferente. El mérito añadido de las jornadas del CENDEAC, en este sentido, está siendo el de tomar el pulsoa nuestros tiempos y de poner sobre la mesa los debates latentes que probablemente configuren nuestro futuro."                    (Esteban Hernández, El Confidencial, 16/10/21)

27.11.20

El ideario de Trump, el de la nueva derecha... el del viejo fascismo

"(...) LAWFARE. Lawfare es un término recientísimo. (...) Es la aplicación de la ley, en un Estado de Derecho, a sectores, razas o ideologías, con criterios de enemigo. Esto es, desde un Estado de Derecho matizado. Tal vez, por tanto, terminal. Es la continuación de la política –trumpista– por otros medios. (...)

En USA, eso, que no es nuevo, ha ido a toda castaña en la época Trump. Al parecer, la Justicia será determinante para establecer, o no, la derrota de Trump. Lo que indica que el Lawfare continuará, incluso, sin Trump. Algo inquietante si se piensa que en Esp hay una guerra judicial del constitucionalismo contra el Ejecutivo, entre otros sujetos sometidos a Lawfare, como movimientos, posicionamientos y procesismo, ese trumpismo distinto y distante al del Deep State.

AUTONOMÍA POLICIAL. Quizás es consecuencia de lo anterior. Consiste en que los cuerpos de seguridad se atribuyen prerrogativas, en tanto defienden una idea política de la ley y de su propio oficio. (...)

Es perceptible en la gestión del orden público, en la que aparece, otra vez, el concepto enemigo. Y, por lo tanto, el de amigo. (...)

NACIONALISMO. La democracia, ese punto que sólo fue practicable en el Estado, ahora parece que se deslocaliza hacia otra casilla. La nación. (...)

El nacionalismo, como vivencia sentimental y cotidiana, puede desplazar a la vivencia democrática, esa tensión entre derechos, no sentimental y también cotidiana. (...)

ILEGITIMIDAD. Los gobiernos alejados del pack trumpista por aquí abajo son declarados ilegítimos, como lo es Biden. Son ilegítimos en tanto que extranjeros –la izquierda, incluso la más neoliberal, es un extranjerismo intolerable–. Haría reír si no hiciera llorar. (...)

EMPRENDEDURISMO. Emprendedor es un neologismo. Es decir, no tiene por qué ser un empresario. Comúnmente son oficios indefinibles, o algo parecido a empresarios en negocios con el Estado. (...)

FAMILIA. El núcleo de poder de Trump es la familia, ese colectivo que no acostumbra a escribir memorias contra su propia familia. La incorporación de la familia al staff gubernamental suele ser un indicio de opacidad. (...)

RACISMO E INMIGRACIÓN. Trump no es racista, sino que está en contra de todo aquello que atente contra la lengua y el modo de vida americanos. Lo que es una buena definición de racismo. Bajo esa lógica, son extranjeros los locales con otras lenguas y otras expectativas en la vida. Imagínate los inmigrantes. Los trumpismos esp y cat, así, están a favor de la inmigración, siempre que sea legal –Vox, PP–, o siempre que se integre en algo con muchas reglas –caso procesismo–. Es decir, no están a favor.(...) El racismo es el clasismo, en fin, otra palabra tabú, al que el trumpismo da sinónimos.

NEGACIONISMO COVID. El desastre de la gestión Trump de la pandemia es una buena noticia para las derechas esp/cat. La mala gestión no pasa factura si la bandera es grande. El negacionismo –en Europa, un solo Estado, Hungría, y grupúsculos no muy grandes en cada país– no es sólo negacionismo. Es desinterés social y sanitario. Ausencia de planificación en CAPs, hospitales y residencias. Austeridad, pero beneficios a través de proveedores, de subvención a la privada, de adquisición de materiales inútiles (...)

FAKE. Todo este mundo radical, con aspecto de democracia radical, programática, popular, horizontal, contradictoria, sería difícil de ser considerado sin el fake. El fake no es una mentira. Es una ficción basada en hechos reales, a los que se agrega sentimentalidad. Es una pieza imposible, con la que todo encaja en un orden inverosímil, nacionalista y conservador. Es el social-comunismo-bolivariano-Internacional que quiere dominar el mundo. (...)

EL LENGUAJE. (...) el nuevo lenguaje –afortunadamente, sin genios del lenguaje locales– vive repartido, a la espera de crecer, en frases como “no me resigno a la pandemia” o “no em resigno a la pandèmia”, emitidas por Trump, pero también por Ayuso y Torra. Vienen a sentimentalizar inoperancia o inactividad ante la pandemia. O en frases sentimentales como el “I’m a good person, I’m a good President” de Trump, o el “sóc una bona persona, sóc una bona persona”, de Junqueras. A través de los tuits de Puigde, de rasgos estilísticos del presi de Murcia, de la resistencia revolucionaria de Ayuso frente al Estado Soviético Esp, este lenguaje tendrá una segunda oportunidad.

La victoria, casi victoria, o derrota débil de Trump, como sucede en los USA, es una amnistía y un continuará a los grandes logros y dinámicas de las derechas esp."              (Guillem Martínez, CTXT, 05/11/20)

15.10.20

Hay un desplazamiento tectónico de la derecha, que quizá no estamos terminando de percibir. Las nuevas derechas se han convertido no en fuerzas antisistema, sino en contraculturales. Reivindican su papel de víctima, dicen ser atacadas, culpadas y perseguidas. Las derechas afirman ser un bastión sólido contra fuerzas que tratan de subvertir el orden vigente

 "Helen Pluckrose y James A. Lindsay publicaron a finales de agosto un interesante libro, ‘Cynical theories’, en el que critican la base intelectual de ese activismo erudito tan de moda en los últimos tiempos de la izquierda.  (...)

En el texto también subrayan, aunque sea de manera colateral, una consideración pertinente acerca de la naturaleza de las derechas actuales: los movimientos que están creciendo en el mundo afirman defender el liberalismo y la democracia contra una marea progresista y globalista, y se vuelven hacia hombres fuertes que pueden preservar esos valores en un mundo cada vez más débil y quebradizo.

 Parece obvio, pero no lo es tanto. Hay un desplazamiento tectónico de la derecha, que quizá no estamos terminando de percibir. La visión europea de las elecciones estadounidenses puede servir para clarificar este asunto. Normalmente, lo que nos llega describe la pugna entre un partido, el de Biden, cuyos líderes tratan de devolver EEUU a una cierta normalidad institucional frente a un dirigente autoritario que está pervirtiendo su sentido, ignorando las normas y convirtiendo su palabra en ley. Pero ese no es el relato que se cuenta en EEUU, y menos aún entre los republicanos. 

Desde su perspectiva, hay un combate ineludible entre los patriotas que tratan de defender y preservar la Constitución y la esencia de las leyes americanas, los de Trump, y ese conjunto de izquierdistas que se reúnen en torno a Biden, que quieren debilitar EEUU porque odian lo que significa y que buscan transformar radicalmente su país. 

Desde nuestra perspectiva, llamar a Biden marxista suena un tanto exagerado, pero la historia que se vende allí es otra: cuando se habla de ley y orden no es únicamente respecto de los disturbios callejeros, sino que es la misma continuidad de las leyes y las instituciones que los estadounidenses se dieron a sí mismos lo que está en peligro si los demócratas ganan las elecciones.

 Hasta ahora, cuando hablábamos de derechas populistas a lo Trump o de extremas derechas, visualizábamos a movimientos autoritarios que querían cambiar el statu quo. Johnson, Le Pen, Salvini, la AfD, y las derechas del norte de Europa eran un ejemplo de formaciones que abogaban por cambios sustanciales en la arquitectura política.

 Unas lo hacían buscando una ruptura del orden internacional, otras mediante una alianza con los perdedores de la globalización, otras con por el regreso a lo identitario y lo religioso, y muchas de ellas a través de la democracia iliberal. Por unos motivos u otros, eran fuerzas de oposición al sistema.

 La derecha populista actual es otra cosa. Los movimientos en Europa son significativos en este sentido, y el regreso a los partidos tradicionales, a las opciones que no son antisistema, que se está viviendo en la época del coronavirus es llamativo. A Salvini le ha surgido una competidora, Giorgia Meloni, que con sus Fratelli d’Italia, está creciendo en las encuestas, tomando un terreno que la Lega no ha sabido provechar. 

Mantiene una postura escéptica respecto de Europa, pero bastante más moderada que la hostilidad en la que se movía Salvini, y tiene un ideario de derecha dura clásica. En Francia, a Marine Le Pen le ha surgido la competencia de su sobrina, Marion, que de momento emerge como oposición larvada e interior, y que trata de construir un clima para el futuro cercano: si Marine no alcanza la presidencia francesa, lo cual es bastante probable, Marion estará ahí (por cierto, Marion Maréchal y Vox tienen muy buenas relaciones).

En el norte de Europa, las extremas derechas no son fuerzas que estén creciendo lo suficiente como para convertirse en opción de gobierno, en general distan de ello, pero sí están empujando a los partidos sistémicos de derecha hacia posiciones más fuertes. Su importancia no es menor: el UKIP es ya irrelevante en Gran Bretaña, pero empujó a los conservadores hacia el Brexit y Trump tomó al asalto el partido republicano. España ha sido precursora de ese giro, la foto de Colón fue el mejor ejemplo, y lo estamos viendo de nuevo en el asunto de la Comunidad de Madrid.

En este giro, hay tres elementos significativos:

1. Este viraje hacia posturas más fuertes no se produce como un momento de impugnación del sistema, como un intento de transformarlo o de una reivindicación expresa de grandes cambios. Más al contrario, se asienta como la defensa cerrada de las instituciones existentes, al igual que los seguidores de Trump son patriotas que defienden la constitución contra los radicales de izquierda. Las derechas afirman ser un bastión sólido contra fuerzas que tratan de subvertir el orden vigente y las instituciones comunes y, en última instancia, de acabar con ellas. El caso español es también significativo en este sentido.

 2. El segundo asunto es discursivo. Las nuevas derechas se han convertido no en fuerzas antisistema, sino en contraculturales. Reivindican su papel de víctima, dicen ser atacadas, culpadas y perseguidas, y por tanto la función que les es dado jugar no puede ser otra que la de la resistencia. Las izquierdas han impuesto una dictadura cultural, se han adueñado de las televisiones y las radios, dominan la prensa y están permanentemente señalando con el dedo a los luchadores por la libertad. Por lo tanto, estas derechas no son fuerzas propositivas, en el sentido de contar con una visión clara y diferente de lo que debe hacerse, sino resistentes y de combate frente a los radicales que quieren cambiar el orden. 

No hay contenido en sus discursos más allá de la oposición a la deriva de la izquierda. Defender las instituciones, o al menos su lectura de ellas, se convierte en revolucionario, en un movimiento contracorriente, en una defensa guerrillera de las libertades que están bajo ataque. Desde esta perspectiva, una afirmación como la de Díaz Ayuso (“La Justicia, Madrid y el Rey son los que impiden que Sánchez cambie el país por la puerta de atrás”) encuentra todo su sentido.

3. El tercer asunto es que son fuerzas que dicen defender un orden adquirido, pero que lo empujan constantemente un paso más allá. La evolución de la derecha en las últimas décadas es bastante precisa en este sentido, y basta una mirada rápida: Reagan, Bush, Bush Jr. y Trump marcan una línea evolutiva bastante clara. Este aspecto transformador, además, se percibe de modo claro en nuestro momento internacional. Las derechas que han emergido son atlantistas, pero con un ribete peligroso en estos instantes para la Unión Europea. 

Sus posiciones proestadounidenses fomentan la debilidad de la UE; no pretenden acabar con ella, pero sí debilitarla, de modo que, en lugar de construir una Europa fuerte, exista otra de ambiciones reducidas que se pliegue a los intereses de unos EEUU que demandan relaciones comerciales más favorecedoras, mayor gasto militar y mayor seguidismo respecto de sus decisiones en el plano internacional. Habrá que ver si ese giro eurodebilitador se produce también en España, pero ese es el signo de las derechas europeas.

Los dos riesgos

Estos son los tres elementos que conforman la nueva expresión de las derechas actuales, que son, por otra parte, la continuación de tendencias ya imperantes en las viejas derechas. Pero hay dos peligros en ellas que haríamos bien en tomar en consideración. El primero es la capacidad de captación de la derecha liberal por la dura. 

España es una buena muestra de esto, con un PP que coincide en gran medida en el discurso con Vox, lo que no es de extrañar: la actual línea de los populares y la de los de Abascal emana de la FAES; son dos vertientes del aznarismo discursivo e ideológico, por lo que resulta lógico que se emparenten. En Alemania, por ejemplo, un giro a la derecha del partido de Merkel tras la salida de esta podría tener consecuencias muy serias para Europa.

 El segundo es que las mismas instituciones que estos movimientos dicen defender permitan el abrazo del oso. Las instituciones de un Estado representan lo común, y ni deben ni pueden ser defendidas sólo por una parte, ni pueden mostrar simpatía por una posición política concreta. Este elemento lo está olvidando la derecha, muy dada a patrimonializar lo que no le pertenece en exclusiva, y por la izquierda, demasiado dada a pensar en algunos asuntos que sus deseos están a punto de materializarse. Pero, desde luego, son las mismas instituciones las primeras que no deben olvidarlo. Y menos todavía en circunstancias como las presentes, con una crisis sanitaria muy profunda y una económica que puede ser de enorme magnitud."                     (Esteban Hernández, El Confidencial, 13/10/20)