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21.8.25

Lecciones de Bolivia: Evo Morales logró sacar a más de 3 millones de bolivianos de la pobreza en sus 13 años de gobierno. Más aún. La pobreza extrema, una de las condiciones sociales más difíciles de erradicar, bajó del 38 al 15 % y la desigualdad se redujo, según el coeficiente de Gini, de 0.60 a 0.47. Por ello, Bolivia fue clasificada en el Informe Mundial de Desarrollo Humano de 2018 como un país de “desarrollo alto”. Su bonanza estaba cimentada en cuatro ejes: la nacionalización de recursos estratégicos, el estímulo al mercado interno, la inversión pública en infraestructura y la industrialización del el gas y el litio... Bolivia era entonces ejemplo a seguir para las izquierdas en América latina. El golpe de Estado de 2019 provocó una grave crisis política, social, institucional y económica, que se vio profundizada por la pandemia. Pero, los sectores populares que sostuvieron el proceso de cambio lograron una proeza: recuperarse del golpe y regresar al poder en un año, por la vía democrática... Sin embargo, algo falló en el plan. La responsabilidad de mantener el proyecto político fue entregada a Luis Arce. Y Arce arrastró a Bolivia a un precipicio con decisiones equivocadas, el retroceso del Estado como actor económico central y la obsesión por quitar a Evo del camino. Arce hizo todo lo que pudo para destruir el liderazgo de Evo Morales, con la toma violenta de las organizaciones sociales, la inhabilitación de Evo Morales, el atentado contra su vida, la persecución y el encarcelamiento de más de cien personas que protestaron contra la proscripción y pagos a jueces y vocales el Tribunal Supremo Electoral para sacarlo del tablero electoral... Hacia el final de su gestión, la combinación de desabastecimiento, inflación y falta de dólares había provocado una crisis multidimensional... la lección que dejan los resultados electorales de Bolivia tiene que ver con las fracturas en los movimientos populares y la incapacidad de sus líderes de llegar a acuerdos ante un enemigo común... En medio de esa refriega entre los candidatos del movimiento popular, nadie vio venir el crecimiento de Rodrigo Paz, un centroderechista que se presenta como un outsider, ni el corrimiento del voto popular de jóvenes que, hartos de la situación económica y la crisis política, eligieron a la derecha (Diario Red)

 "Evo Morales logró sacar a más de 3 millones de bolivianos de la pobreza en sus 13 años de gobierno. Más aún. La pobreza extrema, una de las condiciones sociales más difíciles de erradicar, bajó del 38 al 15 % y la desigualdad se redujo, según el coeficiente de Gini, de 0.60 a 0.47. Por ello, Bolivia fue clasificada en el Informe Mundial de Desarrollo Humano de 2018 como un país de “desarrollo alto”.

Su bonanza estaba cimentada en cuatro ejes: la nacionalización de recursos estratégicos, el estímulo al mercado interno, la inversión pública en infraestructura y la industrialización del el gas y el litio. A ese crecimiento económico sostenido se agregaba una transformación política, con una nueva Constitución que debatió las bases del Estado Plurinacional. Bolivia era entonces ejemplo a seguir para las izquierdas en América latina.

El golpe de Estado de 2019 provocó una grave crisis política, social, institucional y económica, que se vio profundizada por la pandemia. Pero, los sectores populares que sostuvieron el proceso de cambio lograron una proeza: recuperarse del golpe y regresar al poder en un año, por la vía democrática. Sin embargo, algo falló en el plan. La responsabilidad de mantener el proyecto político fue entregada a Luis Arce, quien había sido Ministro de Economía del gobierno de Morales. Y Arce arrastró a Bolivia a un precipicio con decisiones equivocadas, el retroceso del Estado como actor económico central y la obsesión por quitar a Evo del camino. Hacia el final de su gestión, la combinación de desabastecimiento, inflación y falta de dólares había provocado una crisis multidimensional que debilitó la capacidad del Estado para cumplir funciones redistributivas, estabilizadoras y productivas

Bolivia vive hoy una crisis energética de magnitudes impensadas, contaba hace dos meses Adriana Salvatierra en Diario Red. «Desde fines de 2023, el país sufre constantes olas de escasez de combustibles. En los momentos más críticos, las personas pasan más de seis horas en fila para conseguir gasolina o diésel, afectando la producción y el transporte, mientras camiones, maquinarias y buses pueden esperar hasta tres días para abastecerse». Arce, quien fue electo en 2020 con 55% de los votos, terminó su mandato con apenas 1% de intención de voto, tuvo que renunciar a la candidatura presidencial y puso en la cuerda floja la existencia del MAS-IPSP, partido que ganó cinco elecciones consecutivas desde 2005.

Al desastre económico y social hay que agregarle otro elemento: Arce hizo todo lo que pudo para destruir el liderazgo de Evo Morales, como dice Sacha Llorenti en estas mismas páginas: ”el robo de la sigla del MAS-IPSP, la anulación de toda posibilidad de participación con otra sigla, la toma violenta de las organizaciones sociales, la inhabilitación de Evo Morales, el atentado contra su vida, la persecución y el encarcelamiento de más de cien personas que protestaron contra la proscripción y, como fue denunciado por Diario Red, pagos a jueces y vocales el Tribunal Supremo Electoral para sacarlo del tablero electoral”.

La primera lección que nos dejan los resultados electorales de Bolivia, entonces, obliga a pensar en la elección del sucesor de quienes encabezan los grandes proyectos transformadores. Lo mismo en Ecuador, con Lenin Moreno, que en Argentina, con Albero Fernández, y ahora en Bolivia, dejar la responsabilidad de mantener un proyecto político en las manos equivocadas puede llevar el país a un barranco.

Una segunda lección tiene que ver con las fracturas en los movimientos populares y la incapacidad de sus líderes de llegar a acuerdos ante un enemigo común. Así, Andrónico Rodríguez decidió postularse sin escuchar al bloque popular que pedía respaldar a Morales y el expresidente decidió acusar traición de Rodríguez, negando un respaldo que habría puesto la candidatura del joven político en el campo de batalla.

En medio de esa refriega entre los candidatos del movimiento popular, nadie vio venir el crecimiento de Rodrigo Paz, un centroderechista que se presenta como un outsider, y que, en esta primera vuelta, sorprendió a propios y extraños al ponerse a la cabeza del proceso. Nadie vio venir, tampoco, el corrimiento del voto popular de jóvenes que, hartos de la situación económica y la crisis política, eligieron a la derecha." 

( Editorial, Diario Red, 18/08/25)

17.8.25

En Bolivia la guerra política interna de, por un lado, un mediocre economista que está por casualidad como presidente, y que creyó que podía desplazar al líder carismático indígena (Evo) proscribiéndolo electoralmente. Por otro, el líder que, en su ocaso, ya no puede ganar elecciones, pero sin cuyo apoyo tampoco se gana, y que se venga ayudando a destruir la economía, sin comprender que en esta hecatombe también se está demoliendo su propia obra... El resultado final de este miserable fratricidio es la derrota temporal de un proyecto histórico y, como siempre, el sufrimiento de los humildes, que nunca fueron tomados en cuenta por los dos hermanos embriagados de estrategias personales... la gran fuerza y legitimidad histórica del progresismo fue implementar políticas redistributivas de riqueza, y ampliación de derechos. Los resultados fueron inmediatos. Más de 70 millones de latinoamericanos salieron de la pobreza en una década, las instituciones reservadas para rancias aristocracias se democratizaron y, en el caso de Bolivia, hubo una recomposición de las clases sociales en el Estado al convertir a los indígena-campesinos en clases con poder estatal directo... completada esa obra redistributiva inicial, ella comenzó a mostrarse insuficiente a la hora de garantizar la continuidad en el tiempo de los derechos alcanzados... los países habían cambiado precisamente por obra del progresismo y que, por tanto, había que proponer a esta nueva sociedad que enfrente unas reformas económicas de segunda generación... y construir una base productiva expansiva de pequeña, mediana y gran escala, tanto en la industria como en la agricultura y los servicios; tanto en el sector privado, campesino y popular como estatal; tanto en el mercado interno como en la exportación, que garantice un amplio soporte industrioso y duradero a la redistribución de la riqueza (Alberto García Linera, ex Vicepresidente de Bolivia)

 "Las izquierdas y progresismos en gobierno no pierden elecciones por los trolls de las redes sociales. Tampoco porque las derechas son más violentas ni mucho menos porque el pueblo que fue beneficiado por políticas sociales es ingrato.

Las batallas políticas en las redes no crean de la nada ambientes político-culturales expansivos en las clases populares mayoritarias. Los radicalizan y los conducen por caminos histéricos. Pero su influencia requiere previamente la existencia social de un malestar generalizado, de una disponibilidad colectiva al desapego y rechazo a posiciones progresistas.

Igualmente, las extremas derechas, autoritarias, fascistoides y racistas, siempre han existido. Vegetan en espacios marginales de enfurecida militancia enclaustrada. Pero su prédica se expande a raíz del deterioro de las condiciones de vida de la población trabajadora, de la frustración colectiva que dejan progresismos timoratos, o de la pérdida de estatus de sectores medios. Y en cuanto a los que argumentan que la derrota se debe al “desagradecimiento” de aquellos sectores anteriormente beneficiados, olvidan que los derechos sociales nunca fueron una obra de beneficencia gubernamental. Fueron conquistas sociales ganadas en las calles y el voto.

Por todo ello, sin excusa alguna, un gobierno progresista o de izquierdas pierde en las elecciones por sus errores políticos.

Y estos errores pueden ser múltiples. Pero hay una falla que unifica a los demás. El error en la gestión económica al tomar decisiones que golpean los bolsillos de la gran mayoría de sus seguidores. En Brasil, el golpe de Estado parlamentario de 2016 contra Dilma Rousseff, impulsado por las fracciones más antidemocráticas del espectro brasilero, se montó sobre el malestar económico que ya se arrastraba varios años y que tuvo en el ajuste fiscal del 2015 una nueva vuelta de tuerca a la contracción de los ingresos populares.

En Argentina, el peronismo perdió las elecciones del 2023 por el aumento de la inflación durante la gestión de Alberto Fernández. Si bien la tendencia inflacionaria es una constante de la economía argentina desde hace décadas, hay una frontera histórica que, tras ser sobrepasada, da lugar a una licuefacción de lealtades políticas populares que los lanza a aferrarse a cualquier propuesta, por muy aterradora que sea, que resuelva esta asfixiante volatilidad del dinero. La anomalía política Milei es la manera retorcida de canalizar la frustración hacia el odio y la sanción.

En Bolivia, el instrumento político de los sindicatos y organizaciones comunales campesinas (MAS) ha de perder las elecciones por la desastrosa gestión económica de Luis Arce.

Con una inflación de alimentos básicos que bordea el 100%, la falta de combustible que obliga a realizar filas de días para obtenerlo y un dólar real que ha duplicado su precio frente a la moneda boliviana, no es extraño que el proceso de transformación democrática más profundo del continente pierda dos tercios de su votación popular a manos de vetustos vendepatrias que ofrecen botar a patadas a los indígenas del poder, regalar empresas públicas a extranjeros y enquistar, con la Biblia en la mano, a las cipayas oligarquías de la tierra en la dirección del Estado.

Si a todo ello sumamos el resentimiento de clases medias tradicionales desplazadas de sus privilegios por el ascenso social y empoderamiento político de las mayorías indígenas, está clara la arenga abiertamente revanchista y racializada que envuelve los discursos de las derechas bolivianas.

En todos los casos, también hay otros componentes políticos que apuntalan estos errores centrales que conducen a la derrota. En el caso de Brasil, las denuncias de corrupción, luego políticamente manipuladas. En Argentina, el hartazgo con el extendido encierro ante el coronavirus, que destruyó parte del tejido económico popular, etc.

En Bolivia, la guerra política interna. Por un lado, un mediocre economista que está por casualidad como presidente y que creyó que podía desplazar al líder carismático indígena (Evo) proscribiéndolo electoralmente. Por otro, el líder que, en su ocaso, ya no puede ganar elecciones, pero sin cuyo apoyo tampoco se gana, y que se venga ayudando a destruir la economía sin comprender que en esta hecatombe también se está demoliendo su propia obra. 

El resultado final de este miserable fratricidio es la derrota temporal de un proyecto histórico y, como siempre, el sufrimiento de los humildes, que nunca fueron tomados en cuenta por los dos hermanos embriagados de estrategias personales.

En suma, derrotas políticas conducen a derrotas electorales.

Ahora, la pregunta que uno se hace es cómo es que gobiernos progresistas y de izquierda pudieron fallar económicamente cuando, en sus inicios, esa fue la fuerza de legitimidad que les permitió ganar una y otra vez las elecciones. En el caso de Bolivia, con el 55%, 64%, 61% y 47% en primeras vueltas. Ciertamente, el progresismo latinoamericano del siglo XXI emergió de un fracaso de las gestiones neoliberales imperantes desde los años 80.

La mayoría implementó políticas redistributivas de riqueza, y ampliación de derechos. Los resultados fueron inmediatos. Más de 70 millones de latinoamericanos salieron de la pobreza en una década, las instituciones reservadas para rancias aristocracias se democratizaron y, en el caso de Bolivia, hubo una recomposición de las clases sociales en el Estado al convertir a los indígena-campesinos en clases con poder estatal directo.

Ahí radicó la gran fuerza y legitimidad histórica del progresismo. Pero también el inicio de sus límites, pues completada esa obra redistributiva inicial, ella comenzó a mostrarse insuficiente a la hora de garantizar la continuidad en el tiempo de los derechos alcanzados. Se trata de un límite por cumplimiento de metas que obligaba a comprender que los países habían cambiado precisamente por obra del progresismo y que, por tanto, había que proponer a esta nueva sociedad que enfrente unas reformas económicas de segunda generación capaces de consolidar lo logrado y de dar nuevos saltos de igualdad.

Y es que el progresismo y las izquierdas están condenadas a avanzar si quieren permanecer. Quedarse quietos es perder. La nueva generación de reformas pasa necesariamente por construir una base productiva expansiva de pequeña, mediana y gran escala, tanto en la industria como en la agricultura y los servicios; tanto en el sector privado, campesino y popular como estatal; tanto en el mercado interno como en la exportación, que garantice un amplio soporte industrioso y duradero a la redistribución de la riqueza.

Pero, hasta hoy, los progresismos en los gobiernos, especialmente los que ya están en segunda o tercera gestión, o los que quieren volver a gobernar, están anclados en los logros pasados, en su defensa melancólica y, a diferencia de cuando comenzaron con su primera gestión, por ahora carecen de una nueva propuesta de transformación capaz de volver a levantar las esperanzas colectivas en torno a un mundo que conquistar. 

Que las derechas se hayan apropiado del paradigma del ímpetu por el cambio no es una casualidad. Es un resultado del conservadurismo del actual progresismo. Y de sus derrotas electorales también.

Sin embargo, el espíritu del tiempo histórico aún no se ha decantado. Ni el continente ni el mundo que andan de tumbo en tumbo entre neoliberalismos recargados, proteccionismos soberanistas o capitalismos de Estado productivistas han definido aún la nueva fase larga de acumulación económica y legitimación política. Por un tiempo más, seguimos en el portal liminal en el que las derrotas y las victorias son cortas. Pero ello no durará para siempre. Si el progresismo quiere seguir siendo protagonista de esta disputa del destino, está obligado a abalanzarse sobre un porvenir reinventado audazmente con más igualdad y democracia económica." 

( ALBERTO GARCIA LINERA, ex Vicepresidente de Bolivia, Observatorio de la crisis, 17/08/25)

21.9.21

¿Qué hizo Morales con las eléctricas insumisas? Expropió cuatro filiales de Iberdrola para garantizar la luz a precio equitativo... 'Hemos hablado con la empresa, hemos dialogado con la empresa, que se rebaje a todos, que asuma su responsabilidad social como empresa. Cuatro meses de negociación sin resultado'... decidió expropiar porque la Constitución señala que los servicios básicos 'son un derecho humano, y un derecho humano no puede ser negocio privado'

 "El presidente boliviano, Evo Morales, decretó este sábado la expropiación de cuatro filiales de Iberdrola en su país para garantizar el suministro de luz con unas tarifas equitativas, así como una calidad del servicio uniforme en las áreas rural y urbana.

El decreto expropia las acciones de la empresa española Iberdrola en dos distribuidoras de energía eléctrica en las regiones de La Paz y Oruro, una compañía de servicios y una gestora de inversiones.

'Nos hemos visto obligados a tomar esta medida para que las tarifas de servicio eléctrico sean equitativas en el departamento de La Paz y Oruro y la calidad de servicio eléctrico sea uniforme en el área rural y urbana', afirmó Morales.

Las firmas expropiadas son dos de las principales distribuidoras de electricidad en La Paz, 'Electropaz', y en Oruro, 'Elfeo', además de la empresa de servicios Edeser y la gestora de inversiones Compañía Administradora de Empresas.

El mandatario ya expropió en mayo pasado las acciones de Red Eléctrica Española (REE) en la Transportadora de Electricidad (TDE) sin que hasta el momento se haya llegado a un acuerdo de compensación económica.

Iberdrola, a través de su filial Iberbolivia, posee el 89,5 % de las acciones en la Empresa de Electricidad de La Paz (Electropaz) y el 92,8% en la Empresa de Luz y Fuerza de Oruro (Elfeo).

Según el decreto leído por Morales este sábado en una comparecencia no anunciada, la estatal Empresa Nacional de Electricidad (ENDE) asumirá el control de las cuatro empresas nacionalizadas en representación del Estado boliviano.

Al igual que en anteriores expropiaciones, se dispuso también que la compensación a Iberdrola provendrá de una tasación realizada por una 'empresa independiente (...) en el plazo de 180 días hábiles'.

'En resguardo del interés público, el gerente general de ENDE contará con el apoyo de la fuerza pública para garantizar la continuidad de la distribución eléctrica' en La Paz y Oruro, agrega el decreto.

Morales justificó que hay una brecha grande entre las tarifas urbanas y rurales en estos departamentos, por lo que se decidió la 'nacionalización' de las distribuidoras eléctricas.

'Esta medida garantizará el derecho igualitario de los ciudadanos que viven en el área rural, precautelando su economía con tarifas equitativas y un servicio de calidad uniforme. Lamentablemente nos han dejado unas diferencias enormes entre el área urbana y rural', aseveró el mandatario.

Citó el caso de La Paz, donde la tarifa eléctrica urbana en promedio es de 0,63 bolivianos (0,09 dólares) por kilovatios/hora, mientras que en el área rural es de 1,59 bolivianos (0,23 dólares).

Posteriormente, en un acto con productores de hoja de coca de la región central de Cochabamba en el Chapare, su feudo político y sindical, Morales insistió en que decidió expropiar las filiales distribuidoras de electricidad de Iberdrola porque la empresa española no quiso igualar las tarifas eléctricas en las áreas rurales y urbanas de las regiones de La Paz y Oruro. 

 'Hemos hablado con la empresa, hemos dialogado con la empresa, que se rebaje a todos, que asuma su responsabilidad social como empresa, son españoles. Cuatro meses de negociación sin resultado', dijo Morales 'Y como no han querido buscar esta equidad, igualdad en el consumo de energía eléctrica, obligados hemos tenido que nacionalizar estas dos empresas, Electropaz en La Paz y Elfeo en Oruro', agregó el gobernante.

Señaló que también se decidió expropiar las acciones de Iberdrola en las dos distribuidoras y en otras dos empresas de servicios porque la Constitución promulgada en 2009 señala que los servicios básicos 'son un derecho humano, y un derecho humano no puede ser negocio privado'. 'Esta nacionalización está orientada justamente para buscar la igualdad y acabar con la extrema pobreza', añadió. 

Morales ya expropió en 2010 las acciones de cuatro empresas generadoras de electricidad, incluidas dos filiales de la francesa GDF Suez y la británica Rurelec, que inició un arbitraje a Bolivia en la Corte de La Haya por esa medida.

Además de las eléctricas, el mandatario ha nacionalizado una quincena de empresas de hidrocarburos, cementos y minas, entre otras, desde que llegó al poder en 2006.

Después de la intervención de Evo Morales, su vicepresidente, Alvaro García Linera, prometió una 'justa remuneración' y un 'trato respetuoso' a la empresa española Iberdrola por la expropiación de cuatro de sus filiales en este país. 'Va a haber una justa remuneración de lo que les corresponde, no vamos a actuar de manera arbitraria', afirmó García Linera, al tomar posesión acompañado por la policía de una de las oficinas de Electropaz, la filial de Iberdrola en La Paz.

El vicepresidente sostuvo que es un 'derecho soberano' de Bolivia 'nacionalizar' los servicios básicos para su 'distribución equitativa', pero insistió en que 'habrá un trato respetuoso hacia el inversionista extranjero, en este caso, la empresa española Iberdrola, que es la dueña de las acciones'.

Reiteró que la estatal Empresa Nacional de Electricidad (ENDE) contratará a una empresa independiente que verá 'el patrimonio, las deudas, los activos' de las firmas expropiadas, y con esos datos se negociará la compensación.

'Confiamos en que en los siguientes meses, mediante el diálogo y mediante informes técnicos precisos y de carácter independiente, encontremos una salida negociada con la antigua empresa dueña de Electropaz y no tengamos ningún tipo de problema', agregó. (...)"           (Público, 29/012/2012)

9.2.21

García Linera: En Bolivia lo tercero que hicimos fue controlar el sector financiero: poniéndole impuestos muy elevados, de hasta el 50% de sus ganancias, y obligándolos por ley a que un 60% de los flujos financieros y créditos vayan a producción y vivienda, a una tasa regulada del 5%

 "(...)  APU: Para empezar, haciendo un balance de los 14 años del «Proceso de Cambio Boliviano» se ha destacado el éxito económico del modelo con respecto al resto de los gobiernos progresistas o nacional-populares. ¿Cuál diría que fue la clave o la fórmula para el gran desempeño económico articulado con una importante presencia estatal de carácter plebeyo?

Álvaro García Linera: Yo diría que hubo al menos unas 3 medidas concéntricas para ello. La primera: la nacionalización de las actividades económicas de alta rentabilidad, que le permitieron al Estado disponer casi instantáneamente de un excedente económico: hidrocarburos, telecomunicaciones y electricidad. No son áreas deficitarias, sino que generaban excedentes que se iban afuera. 

Cuando logras con esta medida retener el excedente económico, lo que haces es inyectarlo en el país para que eso dinamice la economía, vía distribución de recursos, inversiones públicas, mejora de la educación, etc. Esta retención del excedente fue clave.

Un segundo elemento fue dinamizar el mercado interno, porque éste está vinculado a pequeños productores que son la mayoría en mi país: agrícolas, urbanos, artesanales, pequeños comerciantes. ¿Y esta dinamización del mercado interno cómo la logras? Distribuyendo la riqueza: bonos, ayuda a la gente más necesitada, elevando el salario; y entonces en los sectores populares la gente gasta casi el 50% de su salario en comida, y luego también en servicios básicos, transporte, telecomunicaciones, educación.

Tuvimos un incremento sostenido del salario mínimo: pasamos de 52 a 306 dólares en una década, fue fundamentalmente dinero que regresaba otra vez a la economía. Alguna parte se ahorraba, pero para alquilarse un mejor cuarto, comprar o mejorar la casita, etc. 

Alguna gente evidentemente se compraba el smartphone o el televisor plano, y por supuesto ha habido una parte de dinero que se ha ido hacia el extranjero, pero cuando uno ve la estructura de gastos ello nunca rebasaba el 15% de los ingresos y exageradamente en sectores más acomodados hasta el 20%. El resto quedaba en dinámica de consumo interno. Y esto no significa aislarnos del mundo, claro está. Aprovechamos además las oportunidades de exportación, de hecho, se multiplicaron las exportaciones en esa década, casi por 4 veces en las áreas donde nos iba bien.

Hemos sacado así al 30% de la población de la pobreza extrema en una década. Es un récord continental en tan poco tiempo. Todos los países han avanzado en eso, pero Bolivia, no en número sino en porcentaje, ha sido el más acelerado en ello. Eso representó gente que consumía más, dinamizando el mercado interno, lo cual te permitía una expansión de la economía al margen o no tan dependiente de los precios internacionales. Se dice que crecimos porque era el boom de los commodities, sin embargo, desde el 2014 cuando caen los precios del petróleo, gas, soya, el crecimiento boliviano se sigue manteniendo en el 5%, por esta fuerza del mercado interno (con esos commodities elevados llegamos a tasas de crecimiento del 7%).

APU: ¿La tercer medida cuál fue?

Álvaro García Linera: Lo tercero que hicimos fue controlar el sector financiero. En dos sentidos: ponerle unos impuestos muy elevados, de hasta el 50% de sus ganancias, y luego obligarlos por ley a que un 60% de los flujos financieros y créditos vayan a producción y vivienda, a una tasa regulada del 5%. El restante 40% podían prestarlo para el comercio, para especulación financiera, no nos hacíamos problemas. Si querías préstamos para comprarte un automóvil podías hacerlo, pero las tasas iban al 12/14%. 

Eso dinamizó el consumo de insumos locales en la vivienda, contratación de fuerza laboral o para la producción agrícola o para la producción artesanal. Esto es muy importante, porque encima se dio un incremento en el ahorro interno boliviano en este periodo: llegamos en 2005 con un ahorro interno en los bancos de 2.700 millones, y al año pasado era de 27.000 millones de dólares. O sea, se multiplicó por 10. 

Si bien hay más elementos, yo creo que la combinación de esos tres factores fue lo que nos permitió que la economía creciera muy rápidamente, y tuvieron una sostenibilidad en el tiempo, aún a pesar de las variaciones de los precios internacionales. Una otra cuarta, que no deberíamos olvidar, es la bolivianización de los ahorros, porque eso también te permite políticas monetarias. En Bolivia, el dólar era casi como la moneda de uso corriente. Tú podías comprar electrodomésticos, una cantidad elevada de harina o de arroz, eso es muy grave, porque tu Banco Central no puede controlar el flujo de los dólares. 

En cambio, mediante incentivos logramos que la gente fuera ahorrando en bolivianos, que el Banco Central aparezca como el que regula los flujos monetarios del país. Pasamos de un 30% de ahorro en bolivianos y 70% en dólares en 2005, a un 95% de ahorro en bolivianos y un 5% de ahorro en dólares, porque premiabas al ahorro en bolivianos y lo castigabas en dólares. No fue fácil, pero se fue avanzando para que después de una década el peso boliviano fuera sólido, fuerte, y eso le permite al Estado intervenir, ya tienes una nueva herramienta de regulación de la economía.

APU: Y en relación con la nacionalización de los recursos estratégicos -o bienes comunes- en Bolivia y la apuesta por la industrialización, en una economía por demás primarizada, ¿qué alcances y limitaciones, dificultades, complejidades, se encontraron en esta apuesta por la industrialización, la diversificación y la complejización productiva?

Álvaro García Linera: Fue gradual. Cuando llegamos al gobierno teníamos que el 40% del PBI estaba en empresas extranjeras. Brasil tenía el 25%, era casi el dueño de la cuarta parte de Bolivia con Petrobras. Aparte de que eso significa que tus excedentes económicos se externalizan, se van afuera, los saberes productivos, los conocimientos técnicos, están en otras manos. 

Las propias universidades públicas no se encargaban de dar formación en hidrocarburos, ni minería ni agricultura, porque eran sectores devaluados. Debías tener tu maestría o doctorado en el extranjero, o ser contratado por una empresa extranjera o ser del extranjero. Entonces, la mayoría de las actividades productivas, no de la construcción sino de la gestión, de la administración, de la planificación, estaba en manos extranjeras.

Hubo un período de hueco cognitivo en la sociedad boliviana. Recuperarse de eso no fue rápido. Una primera labor que tuvimos, cuando se nacionalizaba una actividad, y luego de remover a los gerentes y accionistas, fue sostener al área administrativa y científica privada, con los mismos salarios durante un tiempo, ofreciéndoles que se quedaran en el Estado y formando rápidamente un grupo de personas en distintas áreas que fueran sustituyendo estos conocimientos.

En telecomunicaciones no nacionalizamos todo, porque es un sector muy dinámico, muy competitivo, y corres el riesgo de simplemente apoltronarte en el monopolio de las telecomunicaciones. Entonces, de ahí la idea de que haya habido empresas privadas con las cuales la empresa estatal competía. De hecho, nacionalizamos cuando ENTEL tenía el 45% de los clientes y al día de hoy tiene 45/47% de clientes. Eso significa que ha permitido mantener la fidelidad de sus clientes a pesar de que los privados, supuestamente más dinámicos, podrían ofrecerle mejores cosas (o no…). También el Estado fue dinámico y pudo volverse mucho más competitivo en áreas de rápida renovación tecnológica.

APU: ¿En qué medida se logró desarrollar capacidades nacionales, productivas, científico tecnológicas, estatales e institucionales para la transformación de la matriz productiva?

Álvaro García Linera: Al principio, los primeros años no hubo reacción del sector académico, y recién para la segunda gestión, al cuarto año, comenzaron nuevamente a reabrirse las carreras de ingeniería, en minerales, etc. No había una sola carrera de hidrocarburos en Bolivia y somos un país hidrocarburífero desde 1920… Se han abierto por todos lados carreras de hidrocarburos, petroquímica, etc.

Y luego, para los procesos de industrialización, por ejemplo, en hidrocarburos, hemos tenido que construir una planta de separación de líquidos, una planta de reconversión del gas en GNL para llevar el gas congelado a las comunidades más alejadas, la planta de urea, la planta de plásticos. Se ha tenido que contratar tecnología extranjera, con recursos del Estado. Se ha hecho una licitación pública para contratar empresas que tuvieran la tecnología, en medio de la observancia de los conocimientos del personal boliviano.

A la vez, en paralelo abrimos un concurso de becas en las áreas en las que creíamos que íbamos a trabajar mucho -minería, telecomunicaciones, hidrocarburos, litio-, de tal manera que el Estado pagaba maestrías y licenciaturas en áreas científicas a cualquier estudiante boliviano que quisiera estudiar en cualquier universidad del mundo. 

En ciertos casos, en negociaciones con empresas extranjeras -por ejemplo, con Samsung-, pactábamos que nos construían la planta de urea, pero como parte del contrato había 200 estudiantes bolivianos que se iban a Seúl por 3, 4 años a estudiar en la gestión de ese tipo de planta. Cuando los estudiantes daban los exámenes y lograban entrar en una universidad extranjera en estas áreas, nosotros corríamos con todos los gastos de ese joven: transporte, alimentación, estadía. La beca la daba el Estado para sacar la titulación, y el compromiso era trabajar luego para el Estado al menos por 5 años.

 APU: El desarrollo en el litio fue muy importante, no?

Álvaro García Linera: Tuvimos que comenzar casi de 0, porque allí tomamos una decisión en 2008 de que íbamos a tener el control de toda la cadena. Tuvimos que comenzar con baldes en galpones en Uyuni, al estilo de como uno se imagina los inventores del siglo XIX, y de ahí comenzó el proceso de la extracción una vez que se encontró el método boliviano (porque cada salmuera tiene distintos componentes de otros minerales en cada salar del mundo). Una vez que hicimos eso en el laboratorio con ingenieros bolivianos, que algo sabían del área evaporítica, luego hicimos la planta artesanal, luego piloto, luego industrial, y luego de ahí ya comenzamos otro tipo de derivaciones: carbonato de litio al 99% y de ahí a las baterías.

De manera que después de 10 años ya tuvimos todo el proceso de nuestro lado, y ahí ya a los procesos de industrialización, es decir, la conversión de litio a batería para los carros, nos lanzamos a hacerlo con empresas extranjeras: fundamentalmente por el mercado, porque tenías que lograr que las empresas de automóviles nos compraran, por ejemplo, 100.000 baterías. Entonces nos asociamos con los alemanes, pero ya en la parte final y sobre los derivados del litio. Porque también, por Constitución ninguna empresa extranjera puede entrar al salar. Una vez que se ha extraído la materia prima, por fuera del salar puedes tú procesarla. 

Tomamos esa decisión porque justamente con esto es lo que nos encontrábamos cuando queríamos industrializar el litio, las veces que fuimos a Corea, Alemania, Japón, EEUU, para buscar los apoyos, comprar tecnología, hacer acuerdos para la extracción del litio. Nos decían “nosotros hacemos todo, dividimos 50% ustedes, 50% nosotros, pero la planta es nuestra”. En Uyuni, aparte del litio hay otras cosas más, gran parte de las cuales no conocemos aún. Entonces dijimos: sacamos la salmuera, extraemos y se vuelve a reinyectar al salar, a la espera de tener tecnología para otras cosas. Lo que ellos querían es controlar ese proceso en el salar, nosotros dijimos no. En el salar nosotros, y para afuera asociados, con quien sea, especialmente en el ámbito de la producción y comercialización de las baterías.

Eso ha permitido de la nada ir creando toda una empresa nacional de evaporíticos que está a cargo ahora ya de 4 laboratorios, 2 industrias grandes -de cloruro de potasio y de carbonato de litio- y se estaba planificando un total de 42 industrias pymes alrededor del salar, de usos y procesamientos de derivados de litio. Ya hay 5 y tenían que irse construyendo gradualmente el resto, con personal propio, científicos propios. Tienes una estructura fuerte con muchos recursos (tenías… ahora está todo paralizado). Y alrededor de ello han comenzado a surgir las carreras universitarias. 

Pero como no había experiencia en evaporíticos, muchas de esas carreras universitarias están asociadas a otras partes del mundo: Holanda, China, etc. Se tiene que ir armando gradualmente, porque gente que pueda enseñar sobre eso hay los que han trabajado con nosotros, no hay una estructura académica paralela independiente que se hayan formado, porque es muy reciente, apenas de una década. Pero eso es un buen comienzo, ya hay 2 carreras de estos recursos evaporíticos en Bolivia vinculadas a otras universidades, para dar otros tipos de cursos. O sea, aquí tienes toda una gran veta. No ha sido algo fácil, es complejo y dependiendo cada área se ha tenido que actuar en función de las circunstancias.

APU: En torno a los márgenes de acción que tuvieron desde el Estado, ¿cuánto de lo planeado pudieron llevar a cabo y qué grado de limitaciones, obstáculos y resistencias se encontraron?

Álvaro García Linera: Es claro que desde el Estado no tienes todo el poder. Pero lo que sí tienes es capacidades de influir, selectivamente, en los demás núcleos de poderes (territoriales, políticos, económicos, etc.). El poder estatal tiene eso: es el monopolio de los monopolios. Ahora, según cómo utilizas ese monopolio va a depender cómo va a ir tu proceso. 

Te pongo el ejemplo de la nacionalización: quieres nacionalizar hidrocarburos, eso va a tener un efecto inmediato: va a hacer que todos los personajes se vayan, se paralice la actividad. Tienes que pensar cómo haces para funcionar luego. Luego, la más complicada: te hacen inmediatamente un juicio. Tú tienes tu derecho soberano para nacionalizar, pero ellos tienen su derecho a ampararse y a proteger sus inversiones demandándote. Puedes tardar un año, dos, pueden embargarte tus reservas internacionales guardadas en el extranjero.

¿Qué hicimos nosotros? Dijimos, revisemos antes los papeles. Toda empresa cometió algún error, siempre, por definición. Te agarras de ese error, lo judicializas, por los efectos del incumplimiento más sus multas son, ponte, 200 millones de dólares, frente a los 350 que pretenden ellos. Y sé que voy a encontrar más problemas que generarán más juicios. Y entonces negocias la indemnización. Eso hicimos con hidrocarburos, con ENTEL, con todo. (...)"                  (Entrevista a Álvaro García Linera, Julián Bilmes, APU, 21/01/21)

26.10.20

Los fracasos del neoliberalismo en los últimos años, tanto en el plano económico como en el político y social, a lo largo de todo el planeta son innegables. Y esto que se ha vivido con absoluta claridad en Bolivia tras el golpe de estado. Es el lado más oscuro del neoliberalismo al que Bolivia nuevamente ha plantado cara reabriendo una brecha de progresismo posible tanto en este país como en el resto del continente

 "Recuperar el proceso de cambio puede ser la idea que más se expresa en Bolivia en estos últimos días. Y esa idea, sin duda, va acompañada por significativas expresiones de alivio por los acontecimientos que no han ocurrido.  (...) 

Había una casi palpable tensión contenida por el convencimiento íntimo, silencioso pero evidente, de personas, organizaciones e instituciones que preveían que ese día podía acabar con un fuerte estallido de convulsiones sociales y políticas.  (...)

todo el mundo sabía que la lectura y los hechos respecto a los resultados de esa jornada, podían suponer un enfrentamiento social incontenible acompañado o provocado por una represión gubernamental sin freno.

La victoria del Movimiento Al Socialismo era pronóstico compartido por todas las encuestas que se publicaban. Y por esa misma razón, el imaginario colectivo entendía que podía producirse un fraude evidente para prostituir ese resultado. A partir de ahí, aunque los llamamientos a la calma, a no caer en las provocaciones de quienes no respetaran los resultados, eran consigna reiterada nadie aseguraba que el día acabara bien. Y nadie apostaba porque el país se levantara al día siguiente en un clima de tranquilidad. 

La sociedad se dividiría entre quienes agarrándose al fraude tratarían de dar continuidad al periodo que se abrió hace un año con el golpe de estado y la reimplantación del neoliberalismo más autoritario posible, y quienes defenderían el respeto a la voluntad expresada democráticamente en las urnas para que el paralizado proceso de cambio pudiera retomarse.

El golpe de estado desató una auténtica etapa de dura represión que hizo retroceder a Bolivia hasta los tiempos de las dictaduras militares o aquellos más recientes de aplicación ortodoxa de las políticas neoliberales, en los que las masacres, detenciones y criminalización de la protesta social eran un hecho cotidiano. 

En este último año de gobierno de facto, Bolivia, que había mantenido índices medios de crecimiento económico en torno al 4%, se hundió a velocidad de crucero en dígitos negativos y volvió a pedir préstamos al Fondo Monetario Internacional, haciendo así crecer su endeudamiento con estas instancias tan poco amigas de los intereses populares, pero tan cercanas a los de las élites económicas.

La ineptitud de aquellos que ahora gobernaban el país como si de su finca de ganado o de soja se tratara evidentemente es una de las razones determinantes de esta nueva realidad que el país no vivía desde hacía tres lustros. Un año que ha visto como los más de veinte puntos en que se había conseguido reducir la pobreza y la extrema pobreza, se hacían reversibles y éstas volvían a crecer. 

Doce meses en los que el desempleo volvía a niveles de hace dos décadas y donde la mayoría de la población perdía poder adquisitivo mientras veía como la inflación aumentaba nuevamente y como la pandemia se extendía sin medidas del gobierno de facto por tratar de frenarla. En definitiva, un año combinado de represión y pérdida de condiciones básicas para la vida de las grandes mayorías. 

Al mismo tiempo, la minoría de siempre, ahora nuevamente dominante en el estado plurinacional, volvía a los tiempos oscuros de la etapa neoliberal y reiniciaba los procesos de privatización de empresas públicas estratégicas y entrega de los recursos naturales a las empresas transnacionales. En paralelo con ello, la corrupción y el nepotismo (trato favorable a amigos y familiares) más burdo se generalizaban hasta el paroxismo, recordando los tiempos en los que estas formas de gobernar y ejercer el poder eran característica esencial de los regímenes militares.

Y a pesar de todo ello, la sorpresa salto el domingo 18 de octubre. La opción expresada por la mayoría absoluta de la población de Bolivia ha sido tan aplastante que ha sumido a las fuerzas oligárquicas, a algunas cancillerías y a determinadas instituciones internacionales en un estado de shock. Los resultados que arrojaban la noche rompieron la tensión contenida y dejaron a quienes pretendían el fraude sin posibilidades de ejecutarlo pues la diferencia entre la primera fuerza política y social del país era tan grande sobre las restantes que cualquier movimiento en esa dirección no tendría la más mínima credibilidad. 

La única posibilidad que restaba a esas fuerzas era el golpe de estado duro, pero éste posiblemente en estos tiempos no cuenta con demasiados adeptos que lo puedan entender como una estrategia adecuada para sujetar fuertemente a países y deseos sociales.

Ahora hay una segunda vuelta, no electoral sino hacia una necesaria recuperación del llamado proceso de cambio que profundice en los ejes centrales de inclusión social, redistribución de la riqueza y un modelo económico y político social comunitario centrado en el estado, en las demandas populares y en la realidad plurinacional del país, más que pivotar su devenir exclusivamente en los dictados de los mercados.

Este último año ha servido también para comprobar una vez más el agotamiento del modelo neoliberal y como éste se hace más autoritario, precisamente en la medida en que se agota. Sigue anclado en postulados como la privatización de todo, hasta de la vida misma, la libertad absoluta de los mercados, el estrechamiento de las capacidades del estado y la globalización, sin percibir que la hegemonía de la que disfrutó durante las últimas décadas ya no es tal. Los fracasos del neoliberalismo en los últimos años, tanto en el plano económico como en el político y social, a lo largo de todo el planeta son innegables.

Y su muestra de debilidad más evidente en estos tiempos, que se ha demostrado en este último año en Bolivia, es ese carácter autoritario que adquiere en la medida que pierde terreno ideológico. La democracia representativa, hace décadas bandera de la que se apropió el neoliberalismo, hoy se evidencia como un estorbo para el mismo en la medida que no sirva a sus intereses.

Y esto que se ha vivido con absoluta claridad en Bolivia tras el golpe de estado y sus intentos posteriores de no celebrar las nuevas elecciones por su temor a perderlas, para lo que se preveía el fraude, es una constante en gran parte de los países de América Latina, donde crece la cara más autoritaria del neoliberalismo. Países como Brasil, Ecuador, Colombia, Chile, Guatemala, Honduras o los mismos Estados Unidos donde el propio presidente hace declaraciones en la línea de quizás no hacer un limpio traspaso del poder si pierde las elecciones. 

Es el lado más oscuro del neoliberalismo al que Bolivia nuevamente ha plantado cara reabriendo una brecha de progresismo posible que, tanto en este país como en el resto del continente, demuestre que es posible construir sociedades democráticas y realmente justas para las grandes mayorías."                (Jesús González Pazos, El Salto, 25/10/20)

3.12.19

Bolivia después de Evo

"(...) El MAS es en este sentido un caso peculiar en Occidente: un partido de base campesina, incluso más que estrictamente indígena, que se expande hacia las ciudades y va irradiando una hegemonía nacional. 

Construido en primera instancia como un “instrumento político” de las organizaciones campesinas e indígenas, este nuevo partido sui generis atrajo a antiguos izquierdistas —que, tras la crisis de la izquierda de los años ochenta, se habían refugiado en ONG y habían centrado su trabajo en el campo—, y articuló un programa que combinaba el nacionalismo popular con un indigenismo a geometría variable adecuado para los nuevos tiempos de “reemergencia indígena”. 

El MAS conquistó alcaldías rurales y diputaciones y, desde 2002 se fue transformando en un partido clave en el ámbito político nacional bajo el liderazgo de Evo Morales, quien obtuvo de manera sorpresiva el segundo lugar en las elecciones presidenciales de 2002.

Nacía el evismo

La llegada de Evo Morales al Palacio Quemado hace 14 años tuvo un carácter épico: obtuvo el 54% de los votos (nadie desde la restauración democrática de 1982 había logrado pasar del 50%), juró su cargo como presidente constitucional en el Congreso y “presidente de los indígenas de América” en las ruinas precolombinas de Tiwanaku, y su poder tenía una doble fuente de legitimidad: los votos y la movilización popular en las calles. 

Este doble carácter, presidente “excepcional” y presidente constitucional, marcó toda su presidencia (Stefanoni, 2019). Por primera vez, las clases medias urbanas habían votado por un campesino (acompañado en el binomio por el intelectual y exguerrillero Álvaro García Linera) como producto de su propia crisis como élite. Pero este voto, aunque numeroso, siempre sería condicionado.

Desde el Palacio Quemado, Morales puso en marcha un sistema económico que combinó estatismo con prudencia macroeconómica. Desde que ganó las elecciones, el nuevo presidente buscó no terminar como el último gobierno de izquierda en Bolivia hasta entonces, el de Hernán Siles Zuazo, que acabó con una hiperinflación. Y este “trauma de la híper” explicó la prudencia macro- económica de Morales, quien mantuvo durante sus 14 años de gobierno al mismo ministro de Economía, Luis Arce Catacora, quien solo dejó el cargo temporalmente por problemas de salud.

Las primeras medidas de Morales plasmaron la agenda social construida en las calles desde 2000: convocatoria a una Asamblea Constituyente para “refundar” el país y nacionalización del gas y del petróleo. En el mes de la nacionalización (mayo de 2006) su popularidad superó, según las encuestas, el 80%. Entre 2006 y 2009 el proceso político estuvo marcado por los enfrentamientos con la “oligarquía” agroindustrial de Santa Cruz. La oposición de derecha actuó de forma territorializada y se concentró en el este y sur del país —el área no andina—, desde donde trató de resistir los cambios nacionalistas populares impulsados por el gobierno.

Pero el regionalismo se enfrentó a una serie de derrotas y aunque logró mantener el control político de varias regiones orientales, Evo Morales logró triunfos electorales aplastantes en todo el país. Así, en 2008 fue ratificado con el 67% de los votos en un referéndum revocatorio; en 2009 fue reelegido con el 64%. La nueva Constitución se aprobó con más del 50%. Entre 2009 y 2014 se asistió a un periodo marcado por la hegemonía del MAS —con dos tercios del Congreso—. En todo ese tiempo, el “evismo” logró también expandirse hacia el oriente. La estrategia de cooptar a los “eslabones débiles” de las derechas locales comenzó en 2006, pero se profundizó en ese periodo. Finalmente, la segunda reelección en 2014 marcó una etapa de “despolarización” al calor del éxito económico, en cuyo marco Morales triunfó incluso en la esquiva Santa Cruz.

El modelo económico consistió, en palabras del periodista y escritor Fernando Molina, en el control esta- tal de las riquezas estratégicas (sobre todo de hidrocarburos) y gran parte de los servicios públicos, un pacto de no agresión con la economía informal y relaciones de beneficio mutuo con la banca y la agroindustria (Molina, 2019). Pero, claramente, aunque se beneficiaron del crecimiento económico (alrededor del 5% anual durante la casi década y media evista), los sectores medios nunca se sintieron incluidos en un gobierno con fuerte tonalidad campesina.

 Eso no quita que, entre los sectores indígenas, a menudo se apelara a la figura del “entorno blancoide” para salvar a Morales de las críticas: de hecho, la mayoría de los ministros eran de clase media urbana, aunque de manera más amplia había un “control” campesino y plebeyo de varias dinámicas del proceso político y se apeló muy poco a una forma meritocrática de selección del personal estatal, con la excepción quizá del área económica, además del hecho de que la cabeza del Estado era un indígena (Stefanoni y Molina, 2019).

Sin duda, en este periodo, Bolivia también avanzó en la descolonización (debilitamiento de los mecanismos que mantuvieron a los indígenas en una situación de dominación de los criollos). Pero esto no se procesó en la clave que imaginaron algunos pensadores “radicales”, quienes conciben lo indígena como pura otredad, sino más bien como ruptura de techos de cristal en la política y en la economía. 

 La arquitectura andina de El Alto, con sus cholets (mezcla de las palabras chalet y cholo), podría ser un buen ejemplo visual. Otro ejemplo es el mayor acceso de los hijos de comerciantes aymaras a universidades privadas de prestigio, como la Católica de La Paz. Otro, la incorporación de comerciantes aymaras en redes globales que llegan hasta China. 

La compra a China del satélite Tupak Katari o el impresionante teleférico entre El Alto y La Paz son grandes obras que sintetizan el imaginario del “gran salto adelante” que anidaba en la visión de país de Morales y que sin duda tenía mucho de ilusión desarrollista. El énfasis en la macroeconomía y sus cifras, sin duda importantes, terminó por ocluir algunos debates más generales sobre el horizonte del país. Lo cierto es que, pese a la reducción de la pobreza, la salud siguió siendo una asignatura pendiente, la dinámica extractivista no permitió crear empleos de calidad y la vida siguió siendo precaria para muchos bolivianos.

2016: punto de inflexión

Con el paso del tiempo, la lógica antipluralista del MAS —que, gracias al voto popular, controlaba dos tercios del Congreso— comenzó a enfrentar mayor resistencia por parte de los sectores medios urbanos, al tiempo que comenzaron a tener más predicamento visiones que mostraban al gobierno como un conjunto de camarillas y a las organizaciones sociales como correas de transmisión del Estado, atadas por lazos clientelares y por dirigencias burocratizadas. 

Y varios ministros eran particularmente resistidos, como el de la Presidencia, Juan Ramón Quintana, visto como una suerte de monje negro del régimen. A su vez, muy pocos en el MAS, incluido Morales, parecían imaginar la posibilidad de una salida no catastrófica del poder, es decir, de entregar el mando a otra fuerza en virtud de una derrota electoral “normal”, aunque las comparaciones con Venezuela por parte de la oposición resultaban a todas luces exageradas.

En ese marco se produjo el referéndum del 21 de febrero de 2016, convocado por el gobierno con la finalidad de habilitar la reelección presidencial indefinida. Pese al triunfo de Morales a fines de 2014, con más del 60% de los votos, el “sí” fue derrotado por el 51,3% frente al 48,7% (y solo se impuso en tres de los nueve departamentos). Bolivia es un país tradicionalmente antireeleccionista, donde quienes intentaron quedarse en el Palacio Quemado terminaron mal, pero Morales había logrado debilitar esa “ley de hierro”... hasta 2016.  (...)

Pero para comprender la dinámica más amplia del declive del gobierno, es necesario prestar atención a los conflictos que atravesaron recientemente regiones y sectores sociológicamente cercanos a Evo Morales: Potosí, un bastión del MAS, se enfrentó al gobierno en los últimos años por considerar que sus demandas no habían sido atendidas, e incluso que el presidente se burlaba de ellas, o que el litio, el nuevo recurso estrella de Bolivia, no los beneficiaría suficientemente de acuerdo con los esquemas de explotación definidos desde La Paz; por estas razones desde hace varios años ha habido diversas movilizaciones, incluyendo fuertes bloqueos de rutas. 

También cabe mencionar el largo conflicto en la emblemática región aymara de Achacachi —por razones también locales— o el enfrentamiento del gobierno con una parte del movimiento de cultivadores de coca de los Yungas. En todos estos casos, se superponen dos elementos clave para entender Bolivia y su inestabilidad: el corporativismo y el regionalismo como fuente de conflictividad política y social. (...)

Y a estos conflictos se sumaron otros de carácter urbano, como el larguísimo enfrentamiento del gobierno con los médicos o con la Universidad Pública El Alto (UPEA) y la Universidad Mayor de San Andrés, en La Paz, cuyo rector, Waldo Albarracín, fue un activo militante por la salida de Evo Morales del poder.

Un segundo elemento es la erosión del capital político y moral del MAS. Sus militantes suelen ser considera- dos “buscapegas” —buscadores de cargos en el Estado— y sus gobiernos locales contrastaban en legitimidad con el nacional en manos de Mo- rales y García Linera (Stefanoni y Do Alto, 2010). Desde su fundación, el MAS no logró gestión exitosa alguna —“mostrable”— ni en el nivel municipal ni en el departamental. 

Esto explica, por ejemplo, que pese a que Morales tenía en la ciudad de El Alto, colindante a La Paz, un apoyo cercano al 80%, la alcaldía quedó en manos de Soledad Chapetón, una candidata de origen aymara que pertenece a una fuerza de centroderecha; o que en el departamento de La Paz, otro bastión de Morales, su candidata a gobernadora fuera derrotada a manos del también aymara y opositor Félix Patzi. (...)

El 27 de noviembre de 2017 es una fecha clave en esta historia. Ese día, el Tribunal Constitucional Plurinacional habilitó a Morales con el argumento de que el Pacto de San José de Costa Rica, que está por encima de la Constitución de Bolivia, garantiza el derecho a elegir y ser elegido como parte de los derechos políticos de los ciudadanos. 

El fallo volvió a crispar la política en Santa Cruz, donde la derrota de la dirigencia regionalista en 2008 había llevado a gran parte de la élite económica y política a pactar con el MAS. Ahora, de la mano de un nuevo liderazgo, el Comité Cívico pro Santa Cruz —una entidad que agrupa a las fuerzas vivas de la región con hegemonía empresarial—, con el empresario Luis Fernando Camacho a la cabeza (en ese entonces de 38 años), impulsó el movimiento antireeleccionista que contaba con una fuerte base juvenil. 

Más recientemente, los incendios de la Chiquitanía y la negativa de Morales a declarar el desastre, contribuyeron a erosionar la imagen presidencial, aunque también a reactivar una suerte de xenofobia local al acusar a los campesinos “collas” migrantes de ser los responsables. Camacho, con un estilo histriónico y un discurso conservador, se postuló como el artífice de la “liberación de Bolivia”, para lo cual blandía una biblia y decía que Dios volvería al Palacio de Gobierno.

Fue así que llegaron las elecciones del 20 de octubre de 2019, en las que Morales necesitaba el 50% o bien el 40% con 10 puntos de diferencia sobre el segundo lugar para evitar una riesgosa segunda vuelta. El expresidente Carlos Mesa se benefició de la decisión del cabildo cruceño (una instancia de participación local) que, en medio de multitudinarias movilizaciones, decidió promover el voto útil para forzar el balotaje. 

Esa noche, la suspensión de la transmisiónn de resultados electorales preliminares (TREP), con guarismos que anunciaban balotaje, puso en estado de movilización a la oposición, que ya tenía preparada la denuncia de fraude para cualquier escenario en el que Morales se impusiera en primera vuelta, algo que entonces adquirió dosis de verosimilitud. Las diferentes explicaciones oficiales sobre las razones de la interrupción junto con varias denuncias de integrantes de tribunales electorales, tanto del nacional como de los departamentales, no hizo más que alimentar una ola de protestas en demanda de una segunda vuelta, con Carlos Mesa a la cabeza. En el escrutinio final Evo Morales, superaba a Mesa por 10,5 puntos y obtenía algo más del 47%. (...)

Y es en ese momento que comenzó una serie de movilizaciones, bloqueos y paros cívicos que radicalizaron la situación, sacaron del centro del tablero a Mesa y ubicaron en su lugar a Camacho, quien no se había candidateado a nada el 20-O. El dirigente cruceño se animó incluso a viajar a La Paz con una “carta de renuncia” para que Morales la firmara.

En medio de un in crescendo en las protestas, entró en escena la Policía: un amotinamiento en Cochabamba no tardó en extenderse a los nueve departamentos, y ya eran evidentes los vínculos entre Camacho y los policías. En ese clima, Morales y García Linera decidieron trasladarse al Chapare, donde los campesinos cocaleros bloquearon los accesos al aeropuerto y las rutas para proteger a su principal dirigente. 

Pero esa decisión tenía un fuerte contenido simbólico: como en el cierre de un círculo, Morales volvía al punto de inicio, al sitio desde donde había nacido en la política y, en condiciones extremadamente difíciles debido a la represión militar contra los cultivadores de coca, había saltado al Parlamento y luego a la Presidencia. Mientras tanto, Camacho se aliaba con Marco Pumari, líder del Comité Cívico de Potosí, y lograba un triunfo simbólico: mientras que en 2008 —y después— la élite cruceña era denunciada como separatista, ahora el cruceño Camacho se presentaba, al abrazar a Pumari, como el campeón de la unidad nacional contra un Evo que “dividía a los bolivianos” solo para “quedarse en el poder”.

La decisión del gobierno de movilizar a sus bases en lugar de usar la fuerza pública alimentó los enfrentamientos entre civiles. Los primeros tres muertos fueron de la oposición y se transformaron en un estandarte. Luego se desató la violencia contra los oficialistas, incluyendo la quema de casas de ministros, que comenzaron a renunciar en cadena. El 10 de noviembre sectores mineros y la Central Obrera Boliviana (COB) pidieron la renuncia del presidente.

Finalmente, los militares le “sugirieron” lo mismo, lo que daba a la situación fuertes tonalidades de golpe de Estado. Fortaleciendo esa imagen, la noche de la renuncia de Morales Camacho recorrió La Paz subido a un carro policial vitoreado por los uniformados y por manifestantes opositores.

De este modo, lo que comenzó como un conjunto de movilizaciones multisectoriales por un conteo transparente de los votos concluyó en las renuncias del presidente, el vicepresidente, la presidenta del Senado y el presidente de la Cámara de Diputados, y, poco después, en un gobierno interino a cargo de la senadora opositora Jeanine Áñez, cuya banda presidencial se la colocaron los militares; todo ello al margen del Parlamento en el que el MAS tiene dos tercios de las curules

. El gobierno interino, con fuerte presencia de cruceños, fue rápidamente reconocido por el Tribunal Constitucional, el mismo que avaló una nueva postulación de Evo Morales, saltándose el referéndum de 2016 y la Constitución, y las nuevas autoridades no ocultaron sus ansias de destruir material y simbólicamente los pilares del “régimen” anterior.

Resulta más opaco el papel de los militares. Es claro que, si decidían sostener al presidente, debían reprimir el motín policial —como ocurrió en 2003, cuando policías y militares se enfrentaron a balazos en la Plaza Murillo de La Paz— y no parecían muy ansiosos por hacerlo. Pero también es posible pensar que el vínculo entre militares y gobierno era menos orgánico de lo que muchos pensaban, y que los militares quizá no pasaron de ser una organización corporativa más, con simpatía por algunas medidas nacionalistas y dispuestas a capitalizar su apoyo a Morales en términos de beneficios materiales (presupuestos y algunos cargos, por ejemplo embajadas), pero muy alejadas del cordón umbilical que en Venezuela une al madurismo con las Fuerzas Armadas. 

Sin duda, la crisis boliviana corrió nuevamente el péndulo hacia la derecha y los artífices de este cambio han sido los sectores medios urbanos. Hubo instancias para evitar un agravamiento de la crisis —antes de renunciar, por ejemplo, Morales propuso nuevas elecciones—, pero allí los moderados ya no tenían peso o no se animaron a jugar sus cartas y los radicales ya estaba decididos a ir “por todo”. 

Tras ocupar el poder, la presidenta interina junto con varios de sus ministros alentaron un discurso de diabolización del MAS que, con el apoyo de la mayor parte de los medios de comunicación, fue presentado como una horda de vándalos y terroristas. La decisión de la nueva ministra de Comunicación, la periodista Roxana Lizárraga —la misma que amenazó a los “periodistas sediciosos”— de mostrar el departamento presidencial a la prensa para que viera los “lujos de jeque árabe” del presidente derrocado, aunque estaba bastante lejos de ello, muestra una voluntad de construir un relato capaz de resignificar los 14 años de Morales —que incluyeron varios éxitos significativos, entre ellos la estabilidad económica y la inclusión social— como una tiranía corrupta que solo buscaba eternizarse en el poder. Mientras, no se dudó en utilizar a las Fuerzas Armadas —eximidas por decreto de responsabilidades penales futuras— para reprimir las protestas. La lucha que se avecina será por el relato, por la interpretación de esta década y media que pasó.

La situación iba mostrando que ni Morales, desde México, podía lograr un levantamiento popular masivo (los focos de resistencia eran limitados) ni el gobierno podía pasarse de la raya con su “contrarrevolución” (como se vio con la reacción de El Alto ante la quema de algunas banderas indígenas2). Un sector del MAS, articulado por la nueva presidenta del Senado Eva Copa y otras figuras del partido, se alejó entonces de Morales y de sus compañeros de exilio, partidarios de seguir las movilizaciones. Y el gobierno se avino, a su vez, a buscar una convocatoria a elecciones mediante el Congreso, mayoritariamente en manos del MAS, sellada finalmente en una foto en la que aparecen Copa y Áñez. Otra diferencia con Venezuela, señalada por Molina: el mayor pragmatismo político de los bolivianos.

Ahora se abre un nuevo proceso en el que las disputas se dirimirán en las urnas, en unas inéditas elecciones en las que ya no participarán Morales ni García Linera. Camacho y Pumari no descartaron presentarse y habrá que ver si logran traducir su convocatoria en las calles en capital electoral. A su vez, Mesa presumiblemente intentará presentarse como una figura moderada, cuya promesa será evitar que el péndulo gire demasiado a la derecha como reacción conservadora a la casi década y media de gobiernos del MAS.

Evo Morales, desde México, en sus numerosas entrevistas parece invadido por la melancolía y por una ponderación exagerada de la resistencia social. Esto posiblemente complique la principal tarea que enfrenta el MAS: reconstruir su prestigio, hoy erosionado tras las denuncias de fraude pero también por la efectividad de gran parte de la intelectualidad de clase media por presentar el proceso actual como una “revolución democrática”, ocultando las tendencia restauradoras y los riesgos que implican figuras radicales como la de Camacho, que parece aspirar a ser un Bolsonaro a la boliviana. 

En cualquier caso, hay que mirar hacia un joven campesino, formado por Morales como su sucesor como dirigente cocalero: Andrónico Rodríguez, de 30 años. ¿Será también un sucesor político? Ahí yace el dilema del MAS: poner a los más “leales” y atrincherarse en la Bolivia rural o tratar de recuperar su influencia urbana. En cualquier caso se abre una incierta transición post-Evo. Y las cosas no son más claras del lado del variopinto espacio hasta ahora opositor, que, en caso de llegar a la presidencia, podría enfrentarse a nuevos ciclos de inestabilidad política."                 (Pablo Stefanoni  , Sin Permiso, 30/11/2019)

15.11.19

El litio y la urgencia de un golpe. Bolivia no pudo llegar a acuerdos con empresas transnacionales occidentales para su explotación paritaria; entonces decidió asociarse con empresas chinas. Esto hizo vulnerable al gobierno de Morales. Había entrado en la nueva Guerra Fría entre Occidente y China. El golpe no se puede entender sin ese enfrentamiento...

"El presidente de Bolivia Evo Morales fue derrocado por un golpe militar el 10 de noviembre. Ahora está en México. Antes de ser obligado a dejar la presidencia estuvo dedicado a un amplio proyecto de llevar democracia económica y social a su largamente explotado país. 

Es importante recordar que Bolivia ha sufrido una serie de golpes de Estado, a menudo encabezados por los militares y la oligarquía en nombre de las empresas mineras transnacionales. Inicialmente, eran empresas de estaño, pero el estaño ya no es el objetivo principal en Bolivia. 

El objetivo principal son sus enormes depósitos de litio, cruciales para los automóviles eléctricos.Durante los últimos 13 años, Morales ha tratado de construir una relación diferente entre el país y sus recursos naturales. No quería que esos recursos beneficien a las transnacionales mineras, sino a su propia población. (...)

En el transcurso de los últimos años, Bolivia ha luchado por aumentar las inversiones para desarrollar sus reservas de litio de forma que devuelvan la riqueza del país a su gente. El vicepresidente de Morales, Álvaro García Linera, dijo que el litio será «el combustible que alimente al mundo». 

Bolivia no pudo llegar a acuerdos con empresas transnacionales occidentales; entonces decidió asociarse con empresas chinas. Esto hizo vulnerable al gobierno de Morales. Había entrado en la nueva Guerra Fría entre Occidente y China. El golpe contra Morales no se puede entender sin una mirada a este enfrentamiento. 

Cuando Evo Morales y el Movimiento al Socialismo asumieron el poder en 2006, el gobierno inmediatamente intentó deshacer décadas de robo por parte de las empresas mineras transnacionales. El gobierno de Morales se apoderó de varias de las operaciones mineras de las empresas más poderosas, como Glencore, Jindal Steel, Anglo-Argentinian Pan American Energy y South American Silver (ahora TriMetals Mining). Envió el mensaje de que las cosas no iban a continuar como antes.

Sin embargo, estas grandes empresas continuaron con sus operaciones –basadas en contratos antiguos– en algunas zonas del país. Por ejemplo, la transnacional canadiense South American Silver había creado una compañía en 2003 –antes de que Morales llegara al poder– para explotar en Malku Khota, en busca de plata e indio (un metal de tierras raras utilizado en televisores de pantalla plana). South American Silver comenzó entonces a extender el alcance de sus concesiones. La tierra que reclamaba está habitada por indígenas bolivianos, que argumentaban que la compañía estaba destruyendo sus espacios sagrados, así como promoviendo una atmósfera de violencia.

El 1 de agosto de 2012, el gobierno de Morales, mediante el Decreto Supremo No. 1308 anuló el contrato con la South American Silver (TriMetals Mining), que entonces buscó arbitraje internacional y compensaciones. El gobierno canadiense de Justin Trudeau –como parte de un movimiento más amplio a favor de las compañías mineras canadienses en Sudamérica– ejerció una presión inmensa sobre Bolivia. En agosto de 2019, TriMetals alcanzó un acuerdo con el gobierno boliviano por 25,8 millones de dólares, aproximadamente una décima parte de lo que había exigido anteriormente como compensación.

Jindal Steel, una corporación transnacional india tenía un viejo contrato para extraer mineral de hierro en Bolivia, en El Mutún, un contrato que el gobierno de Morales suspendió en 2007. En junio de 2012, Jindal Steel rescindió el contrato, buscó arbitraje internacional y una compensación por su inversión. En 2014 ganó 22,5 millones de dólares de la Cámara de Comercio Internacional con sede en Paris. En otro caso, Jindal Steel exigió una compensación de 100 millones de dólares.

El gobierno de Morales confiscó tres instalaciones de la empresa minera transnacional con sede en Suiza, Glencore, estas incluyen una mina de estaño y zinc, así como dos fundiciones. La expropiación de la mina tuvo lugar luego de que la subsidiaria de Glencore se enfrentara violentamente con los mineros.

De manera más agresiva, Pan American demandó al gobierno boliviano por 1.500 millones de dólares por la expropiación de su participación en la Petrolera Chaco hecha por la compañía estatal de energía. Bolivia llegó a un acuerdo por 357 millones de dólares en 2014.

La escala de estos pagos es enorme. En 2014 se estimó que los pagos privados y públicos hechos para la nacionalización de estos sectores clave ascendían por lo menos a 1.900 millones de dólares (El PIB de Bolivia era de 28.000 millones de dólares en ese momento).
En 2014, hasta el Financial Times, estuvo de acuerdo en que la estrategia de Morales no era del todo inadecuada. «La prueba del éxito del modelo económico de Morales es que desde que llegó al poder, ha triplicado el tamaño de la economía al tiempo que ha logrado un récord en reservas de divisas».

Litio

Las reservas clave de Bolivia son de litio, que es esencial para los automóviles eléctricos. Bolivia afirma tener el 70% de las reservas mundiales de litio, sobre todo en el Salar de Uyuni. La complejidad de esta minería y su procesamiento ha significado que Bolivia no haya sido capaz de desarrollar la industria del litio por sí misma. Se requiere de capital y experticia. (...)

Morales dejó claro que cualquier desarrollo del litio tenía que hacerse con su compañía minera nacional, la COMIBOL y con Yacimientos de Litio Bolivianos (YLB), su compañía nacional de litio como socias paritarias.

El año pasado la empresa alemana ACI Systems llegó a un acuerdo con Bolivia. Después de protestas de los residentes en la región del Salar de Uyuni, Morales canceló el acuerdo el 4 de noviembre de 2019.

Empresas chinas –como TBEA Group y China Machinery Engineering– llegaron a un acuerdo con YLB. Se dijo que Tianqui Lithium Group de China, que opera en Argentina, iba a llegar a un acuerdo con YLB. Tanto las inversiones chinas como la Compañía Boliviana de Litio estaban experimentando con nuevas formas de extraer el litio y de compartir las ganancias del litio. La idea de que hubiera un nuevo pacto social para el litio era inaceptable para las principales compañías mineras transnacionales. 

Tesla y Pure Energy Minerals (Canadá) mostraron ambas gran interés en tener una participación directa en el litio boliviano. Pero no pudieron llegar a un acuerdo que tuviera en cuenta los parámetros establecidos por el gobierno de Morales. El propio Evo fue un impedimento directo para que las empresas transnacionales no chinas se hicieran cargo de los campos de litio. Tuvo que irse.

Después del golpe, las acciones de Tesla aumentaron astronómicamente."                      (Vijay Prashad, Brasil de Fato, 12/11/19)

14.11.19

Trump pudo haber dicho- porque Bolivia tiene el 70% de las reservas de litio de la Amazonía- antes de decidir la bendición del golpe de los militares y los etnofascistas de Camacho: “Caramba, el litio es mio, mio, mio” y no de los chinos, como pensaba Evo, que estaba avanzando en un acuerdo con China para que la explotación de ese material sirviera para la etapa de industrialización de Bolivia

"Podemos hablar de que el de Evo Morales fue el mejor gobierno de la historia de Bolivia y no sólo porque, como dijo Alberto Fernández con justeza, “ese el primer presidente de Bolivia que se parece a los bolivianos”. 

Los datos socioeconómicos no dejan dudas sobre el antes y el después de sus 13 años de gobierno: redujo la pobreza, alfabetizó y recuperó los recursos naturales nacionalizados para su patria plurinacional, donde crecía el sueño de la integración de los pueblos originarios con los descendientes de los conquistadores

Se puede hablar, también, de la reiterada condición golpista del etnofascismo boliviano- la derecha que odia a los indios y a los negros, representada estos días por el empresario santacruceño Luis Fernando Camacho y los dirigentes políticos, como Carlos Mesa, alianza que define la esencia de los 188 golpes militares de la historia boliviana desde 1825. Y el golpe de estado contra Evo Morales es el 189.  

Ningún país de Latinoamérica tuvo tantas interrupciones de su vida política. Ninguno. Pocos se desangraron como Bolivia. Ninguno tuvo, como el de Evo, la persistencia popular de 13 años de gobierno, amado por las mayorías y odiado por las minorías supremacistas.  (...)

Se puede afirmar que el sentimiento supremacista blanco y golpista se explica muy bien en los intereses económicos que Camacho perdió de sus empresas de energía estatizadas por el “indio”, “el cholo”- como le dicen despectivamente los racistas criollos a Evo-, muy parecidos a los insultos a los “choriplaneros” o “cabecitas negras” con que se trata en estas tierras a los protagonistas de gobiernos distributivistas como el peronismo.  (...)

Trump pudo haber dicho- porque Bolivia tiene el 70% de las reservas de litio de la Amazonía- antes de decidir la bendición del golpe de los militares y los etnofascistas de Camacho: “Caramba, el litio es mio, mio, mio” y no de los chinos, como pensaba Evo, que estaba avanzando en un acuerdo con China para que la explotación de ese material sirviera para la etapa de industrialización de Bolivia.

 ¿Se puede hablar de que los Estados Unidos volvieron, para terror nuestro, a sus viejas doctrinas de seguridad nacional que regó de dolor y sangre nuestra patria latinoamericana en los años setenta? Se puede. También se puede hablar de que si eso ocurre es porque el Lawfare y las fake news para derrocar gobiernos se gastaron infinitamente en la inútil persecución a Lula, a Dilma, a Cristina Kirchner, a Rafael Correa… (...)"                  (María Seoane, Público, 12/11/19)

24.9.19

Claves del milagro económico boliviano: redistribución de ingresos (el aumento salarial siempre esté por encima de la inflación)... y a principios de cada año, el presidente del Banco Central de Bolivia y el Ministro de Economía firman un acuerdo soberano ante la población y hacen compromisos por los objetivos macroeconómicos del país, establecimos tasas de interés bajas para el acceso a vivienda, para pequeñas y medianas empresas... el aumento del Producto Bruto Interno es del 4,8 por ciento anual promedio, con la inflación más baja del continente

“El 40 por ciento de la economía la maneja el Estado”

Bolivia es hoy un ejemplo de economía pujante que transformó un país excluyente, formateado por las elites blancoides en la segregación de sus mayorías, en un país incluyente. Se lo conoce como el Modelo Económico Social Comunitario Productivo (MESCP) y tras 14 años de crecimiento constante, baja inflación y soberanía monetaria es elogiado hasta por organismos internacionales y economistas ortodoxos. 

(...) se ha planteado un nuevo modelo económico basado en cuatro elementos: economía estatal, privada, cooperativista y comunitaria”.

Uno de los hitos del éxito del MESCP fue la nacionalización de los hidrocarburos que permitió “redireccionar el desarrollo mediante la diversificación de la economía y la industrialización en áreas estratégicas”, subrayó Herbas al tiempo que destacó que “entre el 38 y 40 por ciento de la economía la maneja el Estado e implementamos, por ejemplo, la Ley de Servicios Financieros que le puso topes a la especulación y establecimos tasas de interés bajas para el acceso a vivienda, producción, para pequeñas y medianas empresas. También, los bonos sociales de seguro universal para la vejez, evitar deserción escolar y para las madres gestantes y niños hasta los dos años”.

El vicepresidente del BCB resume estas decisiones en una frase: “redistribución de ingreso”. Es decir, que “el aumento salarial siempre esté por encima de la inflación. Hoy el salario mínimo alcanza los 305 dólares y genera una compensación histórica para los trabajadores que se apodera de los excedentes del Estado”.

Y concluyó: “Estos elementos garantizan un modelo de crecimiento, desarrollo y mejoras para la población con un aumento del Producto Bruto Interno del 4,8 por ciento anual promedio con la inflación más baja del continente tras la de Ecuador”.  (...)

“Administrar el tipo de cambio para bajar la inflación”

 “Creemos que el Estado debe producir, debe intervenir, debe incidir en la redistribución de la riqueza y, por ende, en la reducción de la pobreza”. Y le lanza un dardo al Fondo Monetario Internacional: “La independencia del Banco Central es un problema, a diferencia de lo que dice el FMI. 

En Bolivia, a principios de cada año, el presidente del BCB y el Ministro de Economía (Héctor Arce Catacora) firman un acuerdo soberano ante la población y hacen compromisos por los objetivos macroeconómicos del país. Ambos son responsables de la estabilidad de precios y del crecimiento. En lugar de independencia, hay coordinación de políticas”. (...)

“No aceptamos ni concordamos con la flexibilidad cambiaria que recomienda el FMI, que dice que el mercado determina el tipo de cambio, para nosotros es el Banco Central el que determina el tipo de cambio para defender a la ama de casa, al empresario, al trabajador. Administramos el tipo de cambio para bajar la inflación. No creemos que el mercado vaya a responder adecuadamente cuando se lo deja librado al azar. Revisamos año a año lo que dice el FMI y nos molestan sus descuidos y falta de preocupación por desdolarizar la economía, y su preocupación por bajar salarios y gastos públicos”.

A su vez, el economista-jefe del BCB recordó que “antes de 2006 Bolivia era la economía más dolarizada del cono sur, el 99 por ciento de los créditos estaba en dólares y decidimos cambiar eso: depreciar al dólar permitió despreciar al dólar y somos la economía que más avanza en la desdolarización. Hoy decimos con orgullo que el 99 por ciento de los ahorros de la población están pesos, en nuestra moneda”.

La nueva etapa política también determinó una apertura para el BCB que, cuenta Mendoza, se enfocó en “la comunicación e interacción”. “Suelen ser organizaciones muy herméticas, y la gente desconoce lo que hace; por eso, desde 2006, nos comunicamos con actividades en las escuelas, universidades, con organizaciones sociales, trabajadores, economistas”.

“El Banco Central adquirió soberanía sobre la política monetaria”

 (...) el BCB “adquirió soberanía sobre las medidas monetarias, se invirtió en la economía (antes el Estado destinaba 300 millones de dólares para gasto social, mientras hoy invierte 5.000 millones para mantener el empleo y la producción); se redistribuyó la riqueza con aumentos sustanciales del salario mínimo, lo que hizo que Bolivia se convierta en un país con mejor nivel de vida, estabilidad de precios y soberanía monetaria”.

En 2005, la diferencia entre los bolivianos más ricos y los más pobres era de 129 veces. 14 años después, la cifra bajó a 39 veces. En el mismo sentido, la pobreza extrema se redujo de 38,2 por ciento a 15,2 y la moderada disminuyó de 60,6 a 34,6. El PBI nominal era de 9.574 millones de dólares en 2005, mientras que hoy es de 43.687 millones de dólares. (...)"           (Canal Abierto, 17/09/19)