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14.4.26

De emigrantes a inmigrantes, cambio de nombres, la misma historia... “Mi hija me dijo un día: Mamá, te quiero mucho, pero no te perdonaré nunca que nos dejaras"... los 3,5 millones que salieron a Alemania, Francia y Suiza, los principales destinos, no quieren recordar aquellos barracones desangelados, las habitaciones atestadas de literas, la suciedad acumulada por falta de saneamiento, las nueve duchas para 900 personas, el hambre de algunos o el aliento de la policía cuando no tenían papeles. Porque la mitad de los que marcharon a esos tres países en ese periodo fueron de forma ilegal... ¿Con papeles? Y una mierda. Un año estuve trabajando ilegal. Eso que dicen ahora de que los españoles íbamos con papeles no es verdad. ¿Que cómo hacía? Pues calladito y en casa, con miedo por si me agarraban”... “Y ahora, cuando veo que critican a los que están aquí, que vienen en esos barquitos, me da asco que se hable así de ellos. Yo por lo menos no tuve que llegar en patera”... “Una colombiana hoy en España podría contar prácticamente lo mismo”, afirma Riera Ginestar... limpié aulas, en un supermercado de lunes a sábado. ¿Y el domingo? A limpiar apartamentos de turistas, eso ya en dinero B, era un riesgo, pero bueno... tampoco aquellos ruidosos españoles gozaban de la mejor fama en el extranjero, ni se libraron del sambenito de la delincuencia que la derecha cuelga ahora a miles de africanos en España... y los acusaban “de sucios y de portar enfermedades, manipulaban los datos obviando la realidad y les culpaban de las pésimas condiciones en las que vivían... De los siete hermanos de Adelina, solo uno quedó en Destriana, otro marchó a Bilbao en la emigración interior, y cinco cruzaron los Pirineos, uno de ellos para siempre... “Las francesas eran libres, nosotras estábamos atadas, ellas no dependían de nadie y a mí tampoco me gusta que me manden mucho, a ellas no les importaba lo que dijeran los demás, aprendí mucho”, se ríe. “Soy feminista desde entonces” (Carmen Morán Breña)

"En 1971, marchó la gallega Casilda Hervés Gómez de emigrante a Francia. Aunque tenía 25 aventureros años, el viaje lo hizo sin parar de llorar. Sola, sin teléfonos como hoy, sin saber ni palabra de francés. Tenía una niña de tres años y otra que no cumplía los dos. “Fue muy negro, muy negro dejar a mis hijas. Cuando llegó el taxista de Vigo a recogerme vi el demonio delante de mí, me las tuvieron que arrancar de los brazos, pero yo sabía que tenía que marchar. Fui llorando todo el camino”. Hasta que otros españoles en el mismo tren le preguntaron: ¿a quién dejas? “A mis hijas y a mis padres”, contestó. “Pues yo dejo tres hijas, mi mujer y mis padres y me voy solo, tú por lo menos vas a ver a tu marido”, le espetó el otro para que calmara el llanto. “Cogí vergüenza y sequé las lágrimas”. A lo largo de su relato para este reportaje, la voz le temblará de nuevo por teléfono desde su pueblo de A Estrada (Pontevedra), cuando rememore la herida de aquel tiempo: “Mi hija me dijo un día: ‘Mamá, te quiero mucho, pero no te perdonaré nunca que nos dejaras’. Eso duele, duele mucho”.

No todo fueron penurias para los españoles que partieron a la emigración europea huyendo de la miseria propia y, de paso, lavando la cara de la España franquista, que envió con gusto al extranjero a quienes le estorbaban en sus estadísticas de desempleo y de los que recibió hasta 9.000 millones de dólares mediante remesas en 15 años. Pero sí fue “la historia de un fracaso y la búsqueda de un éxito que, si se consiguió, dejó heridas en el camino”, dice Joaquín Riera Ginestar, que ha escrito Emigrantes. La historia olvidada de la emigración a Europa (1960-1975), editado por Arzalia, de donde se han extraído los datos de este reportaje.

Catedrático de Geografía e Historia, el autor valenciano apenas encuentra un par de diferencias entre aquella migración y la que hoy vive España, por más que el tiempo se haya empeñado en borrar los peores capítulos de aquel éxodo y muchos de los 3,5 millones que salieron a Alemania, Francia y Suiza, los principales destinos, no quieran recordar ya aquellos barracones desangelados, las habitaciones atestadas de literas, la suciedad acumulada por falta de saneamiento, las nueve duchas para 900 personas, el hambre de algunos o el aliento de la policía cuando no tenían papeles. Porque la mitad de los que marcharon a esos tres países en ese periodo fueron de forma ilegal, eludiendo el Instituto Español de Emigración (IEE) que tantos retrasos acumulaba en las peticiones y que les sometía a tortuosos exámenes médicos, por no hablar de las discriminaciones políticas, laborales y de género que se oponían a sus traslados. Franco no quería dejar escapar la mano de obra cualificada, ni que salieran las mujeres, porque tenerlas en casa garantizaba el envío de dinero cada mes, detalla el autor del ensayo.

Sin papeles y “calladito”

A principios de los sesenta estaba Pepe Vidales cuidando sus vacas en Destriana (León) cuando un paisano le dijo que se iba a Francia. Ahí mismo agarró el muchacho la bicicleta y se fue con él. Y ahí se quedaron las vacas y se quedó el campo y los dineros que no alcanzaban. Por esa vía, la de paisanos, parientes y amigos que hacían de enlace con los empresarios que necesitaban mano de obra en aquella Europa que despegaba sin obstáculos salieron la mitad de los emigrantes. Alemania reclamaba nominalmente a muchos de ellos y aunque a Franco no le gustaba ese método, que consideraba ilegal, tragó con él. Otros pasaron algunos meses en la clandestinidad mientras conseguían los papeles, buscando empleo o trabajando en negro. A Emilio Prieto lo llamó su primo desde Suiza, “que allí se ganaba bien”. “¿Con papeles? Y una mierda. Un año estuve trabajando ilegal. Eso que dicen ahora de que los españoles íbamos con papeles no es verdad. ¿Que cómo hacía? Pues calladito y en casa, con miedo por si me agarraban”.

Suiza, explica Riera Ginestar, era “uno de los países con las normas más racistas, con condiciones casi de libertad condicional, no podían cambiar de sector laboral ni de cantón”, y con fuertes amenazas de expulsión que rara vez se concretaban “porque los necesitaban y se aprovechaban de su vulnerabilidad”. "La reagrupación familiar allí era una odisea”, añade. Así que Emilio, también gallego, recibió en Davos a su mujer, Mari Carmen Fariñas, pero tuvieron que dejar a los chicos al cuidado de los abuelos. “Un día se montó una pelea en un bar y mi primo me dijo que me largara de allí corriendo, por si venía la policía”. Tampoco el empresario podía legalizarlo aunque quisiera, pero Emilio lo recuerda muy honrado: “Me pagó el año entero y hasta el dinero de los impuestos que se había ahorrado por no tener yo papeles”. Cuando su situación se regularizó cobraba menos porque entonces fue él quien tuvo que pagar los impuestos: “Pero no me importaba, no estoy en contra de pagar impuestos”, afirma convencido.

Emilio también estuvo en “una habitación ilegal”, dice. “Y ahora, cuando veo que critican a los que están aquí, que vienen en esos barquitos, me da asco que se hable así de ellos. Yo por lo menos no tuve que llegar en patera”. Tampoco sabía el idioma. “Pues claro que no, es que yo no fui a Suiza a aprender alemán”, dice con sorna. Le releva al teléfono su esposa: “Yo empecé de camarera de habitaciones en un hotel y al inicio estaba aturdida, era todo muy difícil. Muy bonito, eso sí, limpio, ordenado, me gustaba. Después limpié aulas, en un supermercado”. De lunes a sábado. ¿Y el domingo? “A limpiar apartamentos de turistas, eso ya en dinero B, era un riesgo, pero bueno”, se ríe, ya jubilada y disfrutando del futuro que se fueron labrando: una casa, un huertico y unas gallinas. Cuando regresó a España aún estuvo diez años limpiando y cuidando niños, ella, que apenas pudo dedicar el tiempo de vacaciones a los suyos. “Una colombiana hoy en España podría contar prácticamente lo mismo”, afirma Riera Ginestar.

El mismo sambenito

El arquitecto y escritor suizo Max Frisch describió con una frase lapidaria el drama humano inherente a la migración, antes y ahora: “Pedimos trabajadores y vinieron personas”. Con ella arranca otro de los capítulos del libro de Riera Ginestar en el que describe que tampoco aquellos ruidosos españoles gozaban de la mejor fama en el extranjero, ni se libraron del sambenito de la delincuencia que la derecha cuelga ahora a miles de africanos en España.

El ambiente era como mucho “de tensa multiculturalidad”, se lee en el libro. La integración, explica el autor, falló por ambas partes. Los españoles partían de una formación pobre y de ambientes rurales, limitaciones que hacían más cómoda una relación entre paisanos, mientras que los nacionales y los medios de comunicación, en un mundo donde lo políticamente correcto aún no había hecho acto de presencia, los acusaban “de sucios y de portar enfermedades, manipulaban los datos obviando la realidad y les culpaban de las pésimas condiciones en las que vivían”, escribe Riera Ginestar.

Los migrantes salían con la idea de hacer mucho dinero en poco tiempo, dos condiciones que resultaron erróneas. En no pocos casos los sueldos de un matrimonio se dividían, uno iba para España y el otro se quedaba pagando impuestos en Alemania, o en Francia. Pronto descubrieron que necesitaban más tiempo para conseguir el propósito que les aupó al tren con sus fardos. Pero los años iban pasando y un día las lágrimas cambiaron de bando: ahora se vertían por el regreso, cuando ya la adaptación les procuraba momentos felices. Las copas al aire, tras el último brindis con anís, tiraba Adelina López en Bellegarde (Francia), después de beberlas con sus amigas en la Nochebuena. No era para menos, tenía un buen trabajo en una empresa de botes de aluminio y dos niñas que habían nacido en Francia entre el festejo de decenas de paisanos; una casita con jardín, tortuga y lavadero. Si a algunos les arrebataban los embutidos en las aduanas, Adelina y su marido, Toribio Vidales, acabaron incluso haciendo la matanza del cerdo en Francia, donde pasaron 14 años, en barrios donde todos se conocían por el gentilicio: la portuguesa, el yugoslavo, los italianos o aquellos marroquíes que compartieron buhardilla con Adelina un tiempo. “Eran majísimos”, dice, mientras guisa un conejo en casa de su hija en Madrid.

Mujeres libres

Si un día Europa celebra los éxitos de su famoso acelerador de partículas, el LHC de Ginebra, tendrá que empezar por agradecer el trabajo de miles de emigrantes griegos, portugueses, italianos, turcos, y de muchos españoles, como Toribio, que se desempeñó abriendo aquellos túneles destinados a la ciencia puntera que hoy enorgullece al continente. En la frontera con Suiza, Toribio salía de mañana y volvía a Francia a dormir. Los fines de semana daba peonadas en el campo si le llamaban para sacar patatas. “Poco, pero ibas ahorrando”, dice. De los siete hermanos de Adelina, solo uno quedó en Destriana, otro marchó a Bilbao en la emigración interior, y cinco cruzaron los Pirineos, uno de ellos para siempre.

Normalmente eran los maridos los que querían volver, explica Riera Ginestar. Para las españolas, el mundo que se abrió al otro lado de la frontera no fue solo el del trabajo y más trabajo. Si alguien aprendió lo que era la libertad lejos de la dictadura, fueron ellas. “En la madrugada del 19 de marzo de 1960, 43 mujeres de la provincia de Salamanca, la mayoría bejaranas, emprendían un viaje en autocar de 2.000 kilómetros y casi tres días de duración hasta Remscheid-Lennep”. Así arranca el libro que escribió la profesora de Literatura Mercedes Riba Hernández. Cuenta en él la historia de aquellas pioneras que partieron antes incluso de que Alemania y España hubieran firmado los acuerdos de migración. En Alemania se necesitaban con urgencia trabajadoras del textil, una industria antaño floreciente en Béjar que había ido cayendo en picado.

En aquel país aprendieron a ser más libres y no fueron pocos los matrimonios mixtos que se formaron. Algunas, explica Riba Hernández, huían de maridos maltratadores de los que no podían divorciarse en España, “de presiones familiares y sociales, de la mediocridad provinciana y de las estrictas normas de la moralidad nacionalcatólica”. Por fin solas en los bares, fumando si querían y vistiendo lo que les daba la gana. Una exposición, que se inaugurará simultáneamente el 3 de junio en el Museo de la Industria Textil de Béjar y en la biblioteca de la Bergische Universität Wuppertal alemana, recuperará aquella memoria.

Cuando Casilda Hervés, hoy de 80 años, dejó de llorar en aquel tren y arribó a la estación de Lyon pasó las de Caín porque no daba con su marido. Pensó: “Yo aquí no me quedo”. Pero Francia le abrió un mundo nuevo. “Me acordaba de mis hijas día y noche, pero puedo decir que tuve buenas amigas francesas. Nos íbamos a las tiendas a probarnos ropa, no comprábamos ninguna, pero eso ya era mucho”. “Las francesas eran libres, nosotras estábamos atadas, ellas no dependían de nadie y a mí tampoco me gusta que me manden mucho, a ellas no les importaba lo que dijeran los demás, aprendí mucho”, se ríe. “Soy feminista desde entonces”, asegura.

Casilda miraba los niños de su amiga Nicole, de la misma edad que las suyas. “Me gustaba mirarlas”. Pero también sacó tiempo para revolucionar su empresa y fue “la culpable de que se montara un sindicato allí”. “A mi marido se le metió en la cabeza que había que regresar, decía que había ganado más dinero en España a la vuelta que en Francia, pero, si te digo la verdad, más me habría valido llevarme a mis hijas a Francia”, cuenta por teléfono. Empoderada, politizada y con conciencia de clase, Casilda siguió manifestándose en Galicia cuando tuvo la oportunidad. Se acordaba de cuando cuidaba vacas con su madre y una pareja de la Guardia Civil dio una paliza a un hombre en el campo. “Y no podías hablar”. Era muy niña entonces y Francia la cambiaría por completo.

Las Casas de España y los curas

La política nunca estuvo ausente del todo entre los emigrantes, a pesar de que ellos sabían bien a qué habían ido: trabajo y ahorro. Pero el franquismo no quería que esas influencias libertarias volvieran a casa con ellos y trató de amarrar la moral mediante el folklore en las Casas de España y el envío de decenas de capellanes que conservaban las tradiciones religiosas, pero que, a la postre, le salieron rana al régimen y colaboraron para paliar las carencias de los españoles en el extranjero, como los curas rojos de las periferias urbanas en el fin de la dictadura.

El dibujante Kim, autor de las famosas viñetas de Martínez el Facha y de varios libros, también se fue a Alemania en los sesenta. Él era distinto, tenía 19 años y estudios. Pensó en sacar algún dinerillo. Vio aquellos albergues donde se hacinaban los españoles y cómo un día llegaron unos falangistas a inocular moralina y fueron expulsados a tomatazos. “¡Vosotros me matasteis a un hermano!”, les gritó alguno. Recuerda las mafias que falsificaban los documentos de los emigrantes para borrar la palabra “turismo” y poner “trabajo”; recuerda también a los españoles frente a los pollos que daban vueltas en el asador mirando con cara de hambre; la megafonía que les pedía no orinar en el parque y hacer uso de los servicios públicos; los rememora tumbados sin nada qué hacer en sus pocos ratos libres escuchando emisoras españolas de canciones con dedicatorias para los emigrantes. Y cómo él les escribía y leía las cartas. De todo aquello salió un libro ilustrado, Nieve en los bolsillos. Alemania, 1963 (Norma Editorial). Las historias de los emigrantes podrían llenar una biblioteca entera.

“Lo que tenemos ahora en España no es una invasión, es un drama, una oportunidad y una necesidad”, concluye Riera Ginestar, a quien le gustaría que su libro, riguroso y lleno de curiosos detalles desconocidos para el común, sirviera para “tomar conciencia de que aquello fue, se está repitiendo y puede volver a repetirse, como la propia historia”. Si algo diferencia aquella migración de la que se vive hoy, reflexiona, son los niños que llegan solos a España ahora, dice el autor, “y quizá la solidaridad, que no se da como entonces, cuando vemos a algunos explotando a sus compatriotas”. Salvo eso, España fue un país de emigrantes, aunque ahora no quiera ya mirarse en aquel espejo." 

(Carmen Morán Breña , El País, 12/04/26) 

24.1.24

Cuando Paco se fue a Alemania lo hizo sin papeles. Le acompañaba Mari Carmen, en este periplo que ya habían realizado varios de sus vecinos del pueblo... la gente que migra lo hace para trabajar... «¿Para qué te vas a ir a otro sitio que no es tu hogar si no es para trabajar?», me comenta Mari Carmen... los chavales menores, los MENA, que están en nuestro país sin papeles, lo que quieren es regularizar su situación para poder trabajar, y volver a su casa a ver a su familia... no nos estamos enfrentando a un hecho histórico sin precedentes en el que hordas de migrantes malos nos atacan... tampoco aquellos alemanes... lo que es realmente histórico de nuestra época es ese caos que invierte miles millones en sistemas militares de contención y destrucción aplicados a una población civil que de llegar sana y salva a nuestro países, básicamente solo trabajaría, como lo hicieron nuestros antepasados en Alemania (Lucila Rodríguez-Alarcón)

 "Cuando Paco se fue a Alemania lo hizo sin papeles. Le acompañaba Mari Carmen, en este periplo que ya habían realizado varios de sus vecinos del pueblo. Eran los años 60 y el tema de los permisos de trabajo tampoco representaba un gran problema. Fueron a este pueblecito al que iban todas las personas que ellos conocían, a trabajar honradamente en una de las múltiples fábricas textiles de la zona.

Trabajaron muy duro y ganaron mucho dinero. Nunca tanto como la gente de allí que trabaja en otras cosas, pero lo suficiente para tener una casita propia con muchas cosas que en España todavía ni existían. No se mezclaron la población local, porque todas las personas extranjeras vivían en el mismo barrio, y en la fábrica solo había un par de alemanes en los puestos de dirección. Nunca aprendieron alemán porque se volvieron para Galicia,                después de 15 años dejándose la vida en las fábricas alemanas.

Echaban de menos su tierra, sus raíces. Su hijo mayor murió cuando volvieron. Se puso enfermo y no llegaron a tiempo al hospital que, por otro lado, no tenía las capacidades técnicas necesarias. Si se hubieran quedado en Alemania, el niño habría sobrevivido. Pero no se puede pensar en lo que una hizo que no se puede cambiar, me dice Mari Carmen. Ahora son parte del núcleo de las fuerzas vivas de un pueblo sin juventud de la ría de Arousa. La droga, las mareas rojas y la escasez de pesca están convirtiendo el pueblo en un «resort» de veraneo.

Si alguien se molestara en hacer una encuesta entre personas migrantes sobre cómo ven su futuro es muy probable que saliera que la gran mayoría se ve de vuelta en su lugar de origen. Es muy difícil migrar, y los comienzos en otro país son complicados y llenos de tristeza y morriña. Hace falta una fuerza física y emocional enorme. Por eso, la gran mayoría de la gente que migra, es joven. Por eso, la mayoría de la gente civil que se ha quedado en Ucrania, tiene más de 70 años.

Otra de las cosas que caracteriza a la gente que migra es que, por lo general, suelen querer trabajar, como Mari Carmen y Paco. «¿Para qué te vas a ir a otro sitio que no es tu hogar si no es para trabajar?», me comenta Mari Carmen, sonriendo. Si alguien se tomara la molestia de hacer una encuesta entre los chavales menores, mal llamados MENA, que están en nuestro país sin papeles, sin duda le saldría que lo que quieren es regularizar su situación para poder trabajar y volver a su casa a ver a su familia.

Muchos de esos chavales conseguirán su objetivo pero otros muchos se quedarán por el camino tras sufrir abusos y vejaciones en los centros de acogida para menores. Esos centros son destructivos para todos los chavales, sean extranjeros o españoles, solo que a los de fuera los atan más a las camas que a los autóctonos, porque al fin de al cabo, son la parte más baja de la pirámide.

Nos intentan hacer creer que nos estamos enfrentando a un hecho histórico sin precedentes en el que hordas de migrantes malos atacan nuestros espacios vitales. Los migrantes buenos fueron nuestros abuelos. Algunos migrantes, siempre abuelos de otras, no fueron tan buenos. Los italianos que crearon la mafia en Estados Unidos fueron sin duda la excepción, de ellos nadie se acuerda en Italia cuya opinión pública pide a gritos que alguien ponga orden. Todo esto mientras las zonas rurales cada vez más despobladas sufren de una escasez de mano de obra sin precedentes.

Ese es el orden que queremos: militares en las fronteras y países con pirámide poblacional con forma de bomba nuclear. No nos damos cuenta de que lo que es realmente histórico de nuestra época es ese lobo con piel de cordero, ese caos que invierte miles millones en sistemas militares de contención y destrucción aplicados a una población civil que de llegar sana y salva a nuestro países básicamente solo trabajaría como lo hicieron nuestros antepasados en Alemania."

( Lucila Rodríguez-Alarcón,  Fundación porCausa  , Other News, 23/01/24)

28.3.23

“Nos han engañado”: científicos atraídos a España por unas ayudas públicas renuncian por la falta de perspectivas

 "Tras casi diez años en el extranjero, Beatriz de Diego vio una oportunidad de retorno en la convocatoria de las ayudas Margarita Salas y María Zambrano, unas ayudas creadas por el Ministerio de Universidades en plena pandemia para recualificar a los científicos españoles y atraer talento investigador, tanto nacional como extranjero. Dada su experiencia, De Diego obtuvo una Zambrano, una ayuda que prometía un salario de 4.000 euros brutos al mes. Pero había letra pequeña, y ante la poca perspectiva de estabilización a futuro –los contratos duran tres años y por el momento no hay perspectiva de renovarlos– o que la universidad descuente de su salario los costes empresariales de la Seguridad Social —unos mil euros menos cada mes—, renunció a su plaza tras apenas medio año. 

 “Aunque ganase menos que en Estados Unidos, la Zambrano parecía un buen puente para volverme a España”, explica la científica de desarrollo del lenguaje en niños en la Universitat Autónoma de Barcelona. Pero no contaba con que iba a ganar tanto menos. “Cuando firmé el contrato mi nómina era de 1.000 euros menos de lo prometido en el BOE. Acepté porque tenía que quedarme. Lo que no imaginaba era la incertidumbre en la que te ves en España con estas ayudas; desvalorizan nuestra experiencia”. Ahora esta científica segoviana trabaja con una plaza pública de profesora ayudante doctor en la Universidad de Valladolid, un puesto “muy por debajo” de la experiencia que ella tiene, asegura. Aunque cobra “más o menos” como con la Zambrano, recibe en su cuenta hasta cinco veces menos de lo que ingresaba en Arizona.

 De Diego lo dejó, pero muchos beneficiarios de una ayuda María Zambrano o Margarita Salas se han quedado. Y están en pie de guerra. Aprovechando que el ministerio redactó una convocatoria ambigua, que daba libertad a las universidades para establecer la relación laboral que quisieran con sus investigadores, la mayoría de los centros les hicieron contratos por los que pagan las cuotas empresariales a la Seguridad Social, el dinero que habitualmente pone el empleador, con los fondos de la convocatoria. Con el dinero que Manuel Castells, el ministro que puso en marcha los programas, anunció como parte de las nóminas. Los científicos creen que es ilegal y el caso está en los juzgados. Con un resultado desigual por el momento.

La Justicia de Castilla y León y la Inspección de Trabajo en Valencia han decretado que es ilegal extraer del salario de los trabajadores los costes de la cuota patronal. Según este razonamiento, solo cuatro universidades lo hacen bien y están pagando la totalidad de las ayudas que prometió el Ministerio de Universidades. Pero los rectorados también tienen una sentencia estimatoria: el TSJ de Murcia falló en su favor. El caso apunta al Supremo, que tendrá que unificar doctrina. La CRUE, que aglutina a las universidades públicas, emitió un comunicado este jueves en el que recuerda que el ministerio permitía a las universidades detraer la cuota patronal de los fondos de los investigadores y defiende esta práctica a la vez que dice que las universidades “apuestan por el desarrollo de la carrera del personal investigador en las mejores condiciones”.

 Estos contratos para investigadores posdoctorales contaban con una inversión de la UE de 387,15 millones de euros para el período 2021-2023. Según indica el Ministerio, se repartieron en las universidades públicas españolas un total de 3.914 plazas: 1.218 de María Zambrano —las más prestigiosas, exigen más experiencia— y 2.696 plazas de Margarita Salas.

“Es un parche sin planificación de futuro”

Como Beatriz de Diego, Miguel Moreno llevaba un tiempo fuera y quería volver. Este paleontólogo acumulaba seis años en la Universidade Nova de Lisboa, en Portugal, cuando consiguió una María Zambrano en la Universidad de Zaragoza. Duró poco: en cuanto llegó una oferta con mayor proyección de futuro canceló la ayuda del ministerio. Aunque ahora cobra menos, recibe la ayuda Ramón y Cajal en el mismo centro y esta ayuda “tiene más garantías de consolidación y facilidades para obtener una plaza de profesor. Cobro unos 300 euros menos al mes, que se compensa con tener 14 pagas en vez de 12, aunque en el cómputo total sigo perdiendo dinero”.

 Con más perspectiva, este investigador, opina que “son unas ayudas parche, sin planificación de futuro”. Además de retraer de su salario los costes empresariales de la Seguridad Social, “tampoco se paga la antigüedad, no se pueden solicitar doctorandos o liderar proyectos”. Aún así, los investigadores beneficiarios de las Zambrano consultados coinciden en que los Margarita Salas, que cobran entre 1.200 y 500 euros menos según la modalidad, son los que están teniendo más problemas económicos, sobre todo en el extranjero.

Los extranjeros que vienen a España

Las ayudas María Zambrano también se usaron con el argumento de atraer talento internacional, no solo de las personas españolas emigradas en el pasado. La brasileña Amalia Pérez era catedrática e investigadora en la Universidad de Brasilia, pero tiene raíces españolas y ya había hecho una estancia internacional en Valencia. Estas ayudas le parecieron una oportunidad para trasladarse a España junto a su familia. Obtuvo una plaza en la Universidad de Zaragoza. Sin embargo, asegura que se sintió engañada cuando vio la primera nómina: “Sabía que la oferta hablaba de euros en bruto, pero no es lo mismo esperar recibir más de 3.000 euros netos que 2.300, más aún cuando vienes con hijos”. “Vine cobrando menos que en Brasil y allí ya teníamos una casa en propiedad. Que te traten así, sumado a toda la burocracia que hay, hasta duele”, lamenta la investigadora en psicología de entornos laborales.

 “Se me va casi todo el sueldo en el alquiler. De no ser porque mi marido trabaja no sé que sería de nosotros”, señala Pérez y espera que con la última sentencia judicial, favorable, “esto se arregle pronto”. En su opinión, lo peor “es que parece que no interesa que nos quedemos, solo ocurre si lo ofrecen desde el departamento”. “Me encanta lo que hago y soy consciente de la falta de financiación de las universidades, pero las instituciones deberían arreglarlo”, demanda. “Te planteas mucho si esto merece la pena. Haces un esfuerzo y mueves a tu familia y tu vida para estar con el agua al cuello en otro país. Cambias todo para no tener ninguna certeza. Tiene un coste humano y psicológico muy duro”.

Al peruano Renzo Espinosa, investigador de energías renovables en simulaciones con departamentos eléctricos, también le pareció una buena oportunidad trabajar en España con una de estas ayudas. “El proyecto de la Universidad Politécnica de Catalunya me interesaba mucho. Dejé mi trabajo y me mudé”, detalla Espinosa que, igual que Amalia Pérez, se marchó con su familia desde Brasil. Él se enteró de que iba a cobrar menos poco antes de venir a España: “Ya tenía los billetes comprados y habíamos vendido el coche. Cuando te enteras piensas: 'Podré con esto'”.

Preguntado por la convocatoria, dice no sentirse engañado, pero que “cuando uno es de fuera y planea las cosas no conoce los pormenores de la ley como para que te avisen a un mes de venir”. “En Brasil cobraba más y tenía un trabajo fijo. Duele apostar todo por venirte y acabar haciendo malabares con el dinero”, reflexiona e insiste en destacar que le encanta su trabajo y el departamento, pero que al darse cuenta de que “las convocatorias tenían negligencias y que te pagan menos uno no puede ser completamente feliz”.

 Otros científicos han encontrado diferentes ayudas para quedarse en España. Le ha sucedido al italiano Neri Marsili, investigador de filosofía de la comunicación. Explica que una vez vio estas ayudas le pareció una buena idea trasladarse a España. Él, relata, se enteró de que le descontarían la cuota patronal poco antes de llegar, por lo que decidió buscar alternativas. “Cuando me lo dijeron no me lo creía y pensé que era ridículo y que nos engañaban”, señala el investigador, que también ha trabajado en Inglaterra. 

 Marsili comenzó el contrato en la UB, pero a los pocos meses lo dejó por otra de un plan de atracción de talento de la Comunidad de Madrid en la UNED, donde cobra más y tiene una duración de cinco años. “Quitando los gastos empresariales de la Seguridad Social del salario, si se compara con con otras ayudas de otros países no es competitiva. Me parece muy hipócrita que pongan estas letras pequeñas”, lamenta.

¿Calidad o cantidad?

Una crítica generalizada de las fuentes consultadas es la falta de estabilización de estas ayudas para el científico que viene del extranjero. “Han apostado más por la cantidad de oferta de plazas y no tanto por las buenas condiciones económicas, laborales y con perspectivas de futuro”, opina Beatriz de Diego, para quien la responsabilidad “es tanto del Ministerio por no ser claro como de las universidades por no ejecutar correctamente sus pagos”.

“Las María Zambrano cobran menos de lo que se les prometió, pero más que casi todos los contratos equivalentes”, subraya por su parte Miguel Moreno. Este científico opina sobre el Ministerio que como es una inyección de dinero puntual, “probablemente no se repita y no quieren ser el Gobierno que subió los salarios un año para bajarlos al año siguiente”. “Si la idea atraer a gente que tuviese un recorrido en la investigación no lo han hecho bien. Desilusiona estar así”, añade por su parte Amalia Pérez."                         (Raúl Novoa , eldiario.es, 23/03/23)

18.10.22

Pero qué cosas... no hay médicos en España porque emigran... menudo misterio... y es que se van a dónde puedan tener condiciones de trabajo dignas... 18.000 doctores pidieron en la última década un certificado para ejercer fuera

 "En los últimos 10 años miles de médicos formados en España se han ido a probar suerte fuera del país, tentados por unos sueldos mucho mayores y unas condiciones de trabajo con las que es complicado competir: estabilidad (en España un tercio no tiene plaza fija), malabarismos para suplir las bajas y atender agendas cada vez más saturadas o jornadas laborales extenuantes. 

Un éxodo que pasa factura en especial a la atención primaria: faltan 6.000 médicos de familia, sobre todo en zonas rurales, según el Foro de Atención Primaria. Un déficit que amenaza con extenderse a otras especialidades si no se reemplazan los 80.000 profesionales que se jubilarán en la próxima década, calcula un informe del Centro de Estudios del Sindicato Médico de Granada. En este contexto, los Presupuestos Generales del Estado 2023 prevén un desembolso de 50 millones de euros para abrir 1.000 plazas en el grado de Medicina. Para decanos y estudiantes no es la solución.

En un reciente encuentro del sector sanitario, el secretario general de Universidades, José Manuel Pingarrón, reconoció un secreto a voces: “La movilidad internacional de nuestros egresados es muy alta. Eso demuestra que la formación que les damos en las universidades públicas y privadas es buena y que les permite trabajar sin problemas allá donde quieran”. Una de cal ―se prepara bien a los médicos― y una de arena: con una población cada vez más envejecida, España no puede permitirse perder a unos doctores necesarios y cuyos estudios son muy costosos. Se invierten de media 90.000 euros en la formación de un alumno, aunque en algunas facultades la cifra es mucho más alta. El problema no está en el número de egresados, sino en cuántos se quedan. La sangría, alimentada por las malas condiciones laborales, no se detiene.

En los últimos 10 años miles de médicos formados en España se han ido a probar suerte fuera del país, tentados por unos sueldos mucho mayores y unas condiciones de trabajo con las que es complicado competir: estabilidad (en España un tercio no tiene plaza fija), malabarismos para suplir las bajas y atender agendas cada vez más saturadas o jornadas laborales extenuantes. Un éxodo que pasa factura en especial a la atención primaria: faltan 6.000 médicos de familia, sobre todo en zonas rurales, según el Foro de Atención Primaria. Un déficit que amenaza con extenderse a otras especialidades si no se reemplazan los 80.000 profesionales que se jubilarán en la próxima década, calcula un informe del Centro de Estudios del Sindicato Médico de Granada. En este contexto, los Presupuestos Generales del Estado 2023 prevén un desembolso de 50 millones de euros para abrir 1.000 plazas en el grado de Medicina. Para decanos y estudiantes no es la solución.

En un reciente encuentro del sector sanitario, el secretario general de Universidades, José Manuel Pingarrón, reconoció un secreto a voces: “La movilidad internacional de nuestros egresados es muy alta. Eso demuestra que la formación que les damos en las universidades públicas y privadas es buena y que les permite trabajar sin problemas allá donde quieran”. Una de cal ―se prepara bien a los médicos― y una de arena: con una población cada vez más envejecida, España no puede permitirse perder a unos doctores necesarios y cuyos estudios son muy costosos. Se invierten de media 90.000 euros en la formación de un alumno, aunque en algunas facultades la cifra es mucho más alta. El problema no está en el número de egresados, sino en cuántos se quedan. La sangría, alimentada por las malas condiciones laborales, no se detiene.

No es posible dar una cifra exacta del éxodo de doctores. En la última década (2011-2021), el Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos (CGCOM) ha expedido certificados de idoneidad para que 18.000 facultativos españoles puedan ejercer fuera. En total, ha emitido visados para 24.763 profesionales ―se tramitan también para otras tareas fuera de España―, pero de ellos aproximadamente tres de cada cuatro (un 73% el año pasado) lo han reclamado para emigrar, calcula CGCOM. El consejo aclara que no todos los doctores que solicitan el certificado se van. Pero a esta cifra de 18.000 ―equivalente a casi tres promociones de graduados: en 2021 terminaron la carrera 6.718 alumnos― hay que añadir el número creciente de cientos de facultativos que cada año cursan la carrera en España y se van fuera a hacer la especialidad. Estos recién graduados no están contabilizados en esos 18.000 porque no necesitan el certificado.

Las cifras del CGCOM no coinciden con los de una encuesta de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que se basa en los datos de colegiación de médicos españoles ―un requisito obligatorio para ejercer como facultativo― en el mundo. La OCDE estima que en los últimos 11 años (de 2010 a 2021) se han colegiado fuera de España 4.927 doctores de esa procencia para trabajar en el extranjero.

Deborah Repullo Jennen, de 32 años, terminó la carrera en Madrid hace nueve años, en plena ola privatizadora de los hospitales de la capital y con la temporalidad disparada (un tercio de los médicos en España no tiene puesto fijo). Eso, unido a su interés en volver a vivir fuera ―su madre es holandesa― la llevaron a instalarse un año en Francia. Poco después empezó el MIR (Médico Interno Residente) en Bélgica ―concurso de méritos, currículum, motivación y entrevista, y en algunos casos examen propio― en cirugía, y de allí no se ha movido. “La formación de MIR en España es también excelente”, deja claro. Trabaja un 70% de la jornada, se mueve en bici entre las tres sedes de los Hospitales Iris Sud (Bruselas), público, en el que trabaja, y más que el sueldo ―un 50% más neto del que tendría en Madrid, calcula― valora la “seguridad laboral, eso no tiene precio”. Ahora se plantea si abre una

Alberto Diosdado, de 30 años, a veces opera con Deborah Repullo en el quirófano. Ella de cirujana y él de anestesista. En el hospital hay también, que sepan, una hematóloga, una internista, un neurólogo, además de enfermeras. Sus trayectorias son muy diferentes. Él sí hizo la residencia en España, en el Hospital del Mar de Barcelona, del que cuenta maravillas, pero al terminar decidió “vivir la aventura” en otro lugar. Hizo otra formación de seis meses en un hospital belga y lleva ocho en el Iris Sud. Para él ha supuesto un “supercambio de idioma, costumbres, formas de trabajar...”, pero ahora recoge los frutos. Gana el triple que en España, pero sabe que en algún momento le tentará volver ―”por ahora me quedo un año más”―. Sabe que en Barcelona no tardaría en encontrar trabajo porque el paro no existe para los anestesistas.

El año pasado el CGCOM expidió visados para 1.827 médicos que querían trabajar en el extranjero tras el parón de 2020 por la pandemia. Los destinos más demandados fueron Francia, el Reino Unido, Irlanda, Suiza y Alemania, dentro de Europa, y Argentina y Emiratos Árabes Unidos, fuera.

 “El 80% de los médicos a los que ayudamos vienen a hacer el MIR”, explica Alejandro Barros, presidente de la Asociación de Médicos Españoles en Europa, creada el pasado marzo. La organización tiene apenas 150 socios porque se acaba de dar a conocer, pero en Instagram les siguen 4.300 personas, la mayoría sanitarios interesados en cuestiones de burocracia e integración. Barros no lleva la cuenta ―empezó su ayuda desinteresada en 2020 desde una página de Facebook―, pero los nueve médicos implicados, entre ellos Deborah Repullo, han echado una mano a “cientos” de profesionales. Empezaron aconsejando a quien emigra a Alemania y Bélgica, aunque cada vez están presentes en más países ―Francia, Reino Unido o Italia― y aportan también su experiencia a enfermeros u odontólogos.

 “En Colonia hay operaciones en las que solo se habla español. El urólogo y el residente son españoles, por ejemplo, y los enfermeros colombianos”, prosigue Barros, que ejerce allí. En esta ciudad sobre el Rin hay una gran comunidad de médicos de Latinoamérica, el Golfo Pérsico y Europa, “sobre todo de griegos y españoles”, relata el neurólogo. En el Reino Unido se dan escenas parecidas a las de Colonia, porque en su sistema de salud los españoles son multitud: en 2021 trabajaban (contando doctores y enfermeras) 7.199 profesionales españoles, según estadísticas internas. Es la quinta colonia sanitaria tras la India (17.823), Filipinas, Irlanda y Polonia. (...)"                             (Elisa Silió, El País, 17/10/22)

10.2.22

Los desterrados del metal de Cádiz: multitud de trabajadores se van a otros países para huir de la precariedad... tenía contratos por meses, por semanas, incluso por días. "Así es como está el 60% del metal en la Bahía de Cádiz", afirma. Eran jornadas de 12 horas, "a piñón", para reparar un barco en el plazo exigido. La última contratación que tuvo en su tierra estuvo un mes entero sin descansar ni un solo día... Y ese ritmo de trabajo le ha podido costar muy caro a este soldador hasta en dos ocasiones... Todo lo contrario de lo que le ocurre en la fábrica de montaje de autobuses de República Checa donde trabaja, donde les llaman la atención simplemente por no llevar puestos los tapones para proteger los oídos... Allí gana un poco más que en una empresa de Cádiz, tiene un horario de ocho horas de lunes a viernes, le pagan la casa, el coche, la gasolina y un viaje de ida y vuelta a España cada dos meses. Y todo eso le compensa, aunque le resulte "muy duro" estar tan lejos de los suyos, de un hijo que apenas tiene cinco meses de vida

 "La elevada precariedad de los contratos y el incumplimiento del convenio fueron parte de los acicates de la huelga que los trabajadores del metal de Cádiz mantuvieron durante nueve días consecutivos en noviembre. Y son igualmente las razones que han llevado a cientos de ellos a buscar en otras partes de España y del mundo mejores condiciones laborales y salariales. 

 También hay quienes han tenido que hacer las maletas porque no les contratan tras haber encabezado protestas contra la situación del sector. Son los desterrados, los exiliados del antaño poderoso metal gaditano. Y el miedo a que no les vuelvan a dar trabajo en su tierra motiva que una buena parte de quienes hablan para este reportaje hayan preferido ocultar su identidad.

La industria del metal que se dedica, fundamentalmente, a la construcción y reparación de barcos y a la aeronáutica constituye el sector económico más importante de la provincia de Cádiz, después de los servicios, y uno de los mayores enclaves industriales de toda Andalucía. Esa actividad da empleo a más de 30.000 personas, la mayoría en las empresas auxiliares que trabajan para las cuatro grandes compañías tractoras en ese territorio, Navantia, Airbus, Alestis y Dragados Offshore. 

Sin embargo, desde la reconversión naval de los años 80, el trabajo se ha ido desplazando progresivamente de las grandes factorías a las cientos de pequeñas empresas subcontratadas, lo cual ha conllevado un notable empeoramiento de las condiciones laborales y salariales de su mano de obra, hasta alcanzar unos índices de temporalidad y precariedad desorbitados en el entorno de una provincia con una tasa de paro que se acerca a veces al 30%.

De eso han escapado muchos trabajadores a los que no les salían las cuentas, bien porque el salario que se fijaba en el convenio se incumplía en la nómina, bien porque sencillamente no había trabajo o les ofrecían mejores condiciones en otras provincias de España o en otros países. Son operarios con una gran experiencia laboral, integrantes de una escuela de varias generaciones de soldadores, tuberos y caldereros reconocida mucho más allá de los límites de la Bahía de Cádiz. Pero no hay datos oficiales: entre ellos hay quienes dicen que son 2.000 y otros que más de 5.000 los miembros de esa escuela que han emigrado en algún momento.

David Serrano es uno de ellos. Tiene 39 años y lleva 20 trabajando en el metal, como hizo su padre, calderero de Cádiz, a quien la reconversión naval hizo añicos su cooperativa. Ahora, vive en la República Checa, en un pueblo situado a unas dos horas de Praga, donde le han contratado como soldador en una cadena de fabricación de autobuses en la que trabajan otros 27 gaditanos. Durante la conversación por teléfono con Público, ve nevar por la ventana antes de salir de casa para empezar una nueva jornada en el turno de noche.

David Serrano sabe muy bien lo que es la temporalidad. Durante diez años estuvo trabajando en una empresa en Cádiz encadenando contratos por meses, por semanas, incluso por días. "Así es como está el 60% del metal en la Bahía de Cádiz", afirma. Eran jornadas de 12 horas, "a piñón", para reparar un barco en el plazo exigido. La última contratación que tuvo en su tierra, el pasado septiembre, estuvo un mes entero sin descansar ni un solo día, trabajando en la reparación de un crucero en el astillero de Navantia en Puerto Real. Y lo pudo hacer a pesar de que la tarjeta para acceder al recinto deja de ser válida, por razones de seguridad laboral, después de haber estado picando 15 días seguidos, un método automático de control de las jornadas que a él, al menos, no se le aplicó. "En Cádiz no hay control de las horas extraordinarias nunca", asegura. Precisamente, el exceso de las horas extra que deben hacer los trabajadores del metal fue otra de las principales denuncias de la huelga que paralizó el sector durante cerca de dos semanas.

Y ese ritmo de trabajo le ha podido costar muy caro a este soldador hasta en dos ocasiones en las que asegura que su vida ha corrido serio peligro. En una de ellas, cuando estaba soldando en el fondo de un barco, hubo una fuga de CO2 y al incorporarse vio que no tenía aire para respirar. A duras penas logró llegar a una escalera para salir al exterior. "De esa manera se murió hace poco un compañero en San Fernando", dice David, quien se queja de la gran falta de control de la seguridad en los tajos del metal gaditano donde se trabaja en la reparación de embarcaciones. Todo lo contrario de lo que le ocurre en la fábrica de montaje de autobuses de República Checa, donde les llaman la atención simplemente por no llevar puestos los tapones para proteger los oídos.

"Hace veinte años el esfuerzo sí estaba pagado, porque entonces ganábamos más dinero que ahora. Los sueldos no han subido y, además, con la crisis económica de 2008 nos quitaron pluses por toxicidad, de altura, y aún no se han recuperado. Y se sabe que hay muchos trabajadores que se mueren al poco de jubilarse por enfermedades pulmonares, cáncer...", afirma David Serrano.

A República Checa se fue David después de un mal trago con el último contrato en su tierra. Cuando su mujer iba a dar a luz a su segundo hijo, la empresa se negó a darle un nuevo trabajo que le hubiese permitido disfrutar de un permiso de paternidad, a pesar de que tenía posibilidades. No le renovó el que tenía y le dejaron en la calle. Así que se tuvo que buscar la vida a cerca de 3.000 kilómetros de su casa para ayudar a sacar adelante a la familia. Allí gana un poco más que en una empresa de Cádiz, tiene un horario de ocho horas de lunes a viernes, le pagan la casa, el coche, la gasolina y un viaje de ida y vuelta a España cada dos meses. Y todo eso le compensa, aunque le resulte "muy duro" estar tan lejos de los suyos, de un hijo que apenas tiene cinco meses de vida. Le compensa aunque tenga que andar todo el día con el traductor de Google para entenderse con la gente del pueblo donde ahora vive y con compañeros polacos, croatas y de otros cuantos países que han encontrado, como él, un trabajo digno en una cadena de montaje del corazón de la República Checa.

Pero este país es sólo una parada más en el camino. El año pasado, este soldador estuvo trabajando también en Ferrol y en Sevilla. Desde ya hace años está siempre con las "maletas preparadas" para irse al sitio donde le ofrezcan unas mejores condiciones. "Me considero ya un sicario del metal, voy a donde más me paguen", dice. Así andan, según él, unos 2.000 trabajadores de la provincia de Cádiz que se van a otras partes de España y del mundo a hacer lo que antes hacían al lado de su casa, allí donde un astillero como el de Puerto Real, uno de los mejores de Europa, lleva más de un año sin carga de trabajo. "Lo único que buscamos es trabajar, no hacernos ricos. Y a los que no nos gusta estar lejos de casa, lo pasamos muy malamente", se lamenta David.

De las barricadas contra la reconversión a Escocia

En Escocia está una parte de esos 2.000 trabajadores del metal que se han ido a buscarse las papas fuera de Cádiz. Por ahí arriba hay trabajo. En Aberdeen, por ejemplo, una filial de ACS ha puesto en servicio la primera instalación comercial de una planta eólica offshore con tecnología flotante. Manuel Martínez, casado y con dos hijos, a punto de cumplir 60 años, es uno de los que se ha ido allá buscando lo que no encontraba en su tierra. Él estuvo en las barricadas contra la reconversión naval en los 80, tuvo contrato fijo en una subcontrata de la empresa Delphi cuyo cierre en 2007 provocó un gran fiasco en el sector del metal gaditano con cerca de 3.000 despedidos, y ha estado trabajando en Francia, Bélgica, Países Bajos, Irlanda, Polonia, Suráfrica y Chile, además de en un montón de provincias de España.

Ya en 2015, este veterano tubero decidió que había llegado el momento de asentarse en Cádiz y dejar de hacer las maletas. Pero se topó de bruces con la realidad del sector en su provincia. Al cobrar la primera nómina, comprobó que había 300 euros menos de lo que se estipulaba en el convenio. Aguantó unos meses y, como la empresa no hizo nada para resolverlo, decidió marcharse de nuevo. "Dicen que tenemos el segundo mejor convenio del metal, pero el problema es que no se respeta", denuncia Manuel. El reiterado incumplimiento de anteriores convenios fue otra de las banderas de la huelga del metal de noviembre, tanto que en el acuerdo que firmaron sindicatos y patronal para poner fin al conflicto se incluyó la creación de una comisión de seguimiento para vigilar el respeto al nuevo convenio.

El problema, según este tubero, es que hay empresarios que para competir con el resto se dedican a quitarle a los trabajadores una parte del dinero que les corresponde. Y eso, dice, es lo que, a su vez, permite a los astilleros de Cádiz competir con los de otros países que tienen un menor coste salarial, como los de Corea. Optan por eso, en vez de apostar por una producción con un mayor valor añadido, de mayor calidad, como están haciendo otros Estados de la Unión Europea. "Así que o tragas o haces la maleta y te vas", concluye.

Y eso es lo que ha tenido que volver a hacer Manuel Martínez, que esta semana, con todo el dolor de su corazón, se ha vuelto a Aberdeen, dejando atrás el sol y su familia en Cádiz, haciendo cuentas cada día para ver cuándo se puede jubilar y acabar con una vida errante que cada vez le cuesta más soportar. Y eso que en Escocia, donde trabaja en el montaje de una moderna incineradora de basura, gana el doble de lo que podría ganar en su tierra, hasta 5.000 euros al mes, con casa y transporte pagados, aunque a cambio, también, de echar jornadas de diez horas. "Me voy este miércoles y ya tengo el cuerpo malo. Es duro esto", confiesa antes de la partida.

Construcción de 'jackets' para aerogeneradores en Francia

Manuel no quiere que aparezcan sus dos apellidos en este reportaje porque el segundo es muy conocido y teme que eso le repercuta laboralmente justo cuando se augura una "punta de trabajo" en Cádiz que le podría permitir volver a trabajar en casa y dejar la fría y lejana Escocia. Eso es lo que les sucede también a tres trabajadores de Puerto Real y El Puerto de Santa María que comparten casa en Brest, en la Bretaña francesa, donde trabajan en la construcción de jackets, las estructuras que sostienen los aerogeneradores offshore de energía renovable que se instalan en el mar. Tampoco ellos quieren que figuren sus nombres por temor a las represalias, o sea, a que no les vuelvan a contratar en la Bahía gaditana.

"Da pena lo que está pasando en Cádiz", dicen casi al alimón estos soldadores. Pena es una palabra que repiten a lo largo de la conversación por teléfono con Público desde su casa en Brest, al igual que "insostenible": insostenible es la situación en la que, a su entender, se encuentra el sector del metal en esa provincia española. Según ellos, en las empresas de la Bahía incumplen el convenio en el pago de los salarios, en las horas extra, en la temporalidad, en las vacaciones, en todo lo que dice. "Y si tú exiges, te dicen que hay sesenta en la puerta esperando que te vayas", asegura uno de ellos.

En Brest, situado en el departamento de Finisterre de la Bretaña, sus condiciones de vida no son livianas, en primer lugar porque se encuentran a muchos kilómetros de distancia de su gente, de su entorno social, de sus parejas y sus hijos. "Estamos muchas veces en la cama y nos preguntamos qué coño hacemos aquí, perdiendo el tiempo de estar con nuestra familia, de ver crecer a nuestros hijos", dice uno de los soldadores. Y lo segundo, porque en el trabajo, aunque ganan más que en Cádiz, también tienen que andar lidiando con problemas. En diciembre tuvieron que ponerse un día de huelga porque les estaban pagando menos debido a una errónea aplicación del porcentaje del IRPF. Se lo comunicaron a un sindicato francés y rápidamente se arregló el asunto. "Aquí –explican- los sindicatos tienen mucha fuerza".

Eso es lo que desean estos soldadores que haya en su tierra: unos sindicatos fuertes como los franceses, que exijan a las empresas y hagan cumplir la ley. Porque eso, a su juicio, aún no existe en la Bahía de Cádiz, porque los sindicatos mayoritarios, CCOO y UGT, "están comprados y están a favor de los empresarios", afirman ellos.

Vetados para trabajar en Cádiz 

Hay otros trabajadores del metal que no han tenido que emigrar de Cádiz por la falta de faena, sino, sencillamente, porque no les contratan, porque aseguran que los empresarios del metal les han puesto el cartel de conflictivos después de haberse colocado al frente de las protestas para exigir mejoras salariales y laborales en el sector. Es el caso de Jesús Galván y Manuel Balber, dos de los pioneros de la ahora denominada Coordinadora de Trabajadores del Metal (CTM), dos soldadores que se califican como "cadáveres laborales en Cádiz" y que encuentran en Escocia, Bélgica, Portugal, Almería o Tarragona lo que ya no les ofrecen en su tierra.

Todo empezó más o menos a raíz de las fuertes protestas que se desataron por la muerte de dos trabajadores aplastados por una plataforma de aluminio de cuatro toneladas en una empresa auxiliar de Puerto Real, en mayo de 2018. Jesús Galván y Manuel Balber fueron dos de los que cogieron los megáfonos, de los que se hicieron más visibles detrás de las pancartas y en la huelga general que cerró durante un día los tres astilleros de la Bahía. Y eso no pasó desapercibido. Desde entonces, aseguran, apenas han vuelto a tener contratos en Cádiz.

Y cuando han tenido alguna oportunidad de trabajar en la Bahía, tampoco les ha ido muy bien. Jesús cuenta lo que le sucedió en la puerta de los astilleros de Navantia en Puerto Real, donde no le dejaban entrar pese a que tenía contrato con la empresa Nervión para la reparación de un barco. Según él, intervinieron hasta la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, como responsable del SEPI del que depende Navantia, el alcalde de Cádiz, José María González, Kichi, y grupos del Parlamento andaluz para que se solucionase el tema. "Estuve un mes moviéndome hasta que por fin me dejaron entrar. No cobraba el paro y estaba ya en números rojos", recuerda.

Después, en 2020, viendo que la carga de trabajo de los astilleros era cada vez menor, estos dos soldadores y otros integrantes de la CTM empezaron a convocar asambleas en Navantia para advertir a los compañeros del negro futuro que se les venía encima. "Eso es algo que no se había visto nunca, que gente sin respaldo sindical, sin ser fijos, hiciese esas asambleas", afirma Manuel Balber. "Pero veíamos que se iba la faena –añade- y que nadie movía un dedo, y pedíamos a los sindicatos que cogiesen la lucha, que el comité de empresa se pusiese al frente, para que nosotros no fuéramos represaliados".

En agosto de ese año, tras haber convocado CTM una gran movilización, que incluyó el corte del puente de Carranza, Jesús y Manuel recibieron la carta de despido. Entonces, hubo asambleas, se paró la producción de los astilleros de Puerto Real y San Fernando durante siete días, y ellos montaron una acampada de protesta, pero desde entonces ya no han vuelto a trabajar en ninguna empresa del metal de la provincia de Cádiz. "Aquí somos cadáveres laborales", repiten estos soldadores.

No lo son, en cambio, en otras partes de España y del mundo, a las que se han ido a trabajar juntos como pareja de soldadores que cuentan con una alta consideración profesional. Ahora, Manuel se marcha de nuevo a Escocia, a Aberdeen, a donde ya no le puede acompañar Jesús porque tiene problemas familiares que le impiden dejar su casa. Los dos están hartos de hacer las maletas para ganarse la vida y mantener a su familia, pero, de momento, no tienen otra alternativa.

"Para nosotros es muy duro esto. Yo tengo tres hijos, uno de 10, otro de 13 y otro de 16 años, y tengo que estar siempre por ahí sin ver a mi familia", se lamenta Manuel. Y de lo mismo se queja Jesús, quien asegura haberlo pasado muy mal, haber vivido momentos muy duros en su lucha por conseguir unas mejores condiciones laborales para él y para los miles de trabajadores del sector del metal de la Bahía de Cádiz.

En los últimos cinco años, trabajadores y sindicatos han presentado cientos de demandas ante la Inspección Provincial de Trabajo por incumplimientos del convenio laboral del metal de Cádiz. Jornadas de 11 horas, a veces de lunes a domingo sin descanso semanal, vulneración de los límites de los contratos temporales o represalias por haberse negado a hacer más horas extra de la cuenta, entre ellas la amenaza de no volver a ser contratado, son algunos de los motivos de esas demandas.

La estadística de 2019 de la Inspección de Trabajo y Seguridad Social reflejaba que Cádiz ya era en ese año, junto a Sevilla, la provincia de Andalucía con mayor número de actuaciones en materia de relaciones laborales: 4.786, que concluyeron con 1.247 requerimientos y 378 infracciones. La memoria anual revela que, a nivel estatal, las infracciones relacionadas con el tiempo de trabajo son las mayoritarias (33%), seguidas de la transgresión de la normativa sobre contratos (26,6%), salarios, recibos y finiquitos (9,69%), convenios colectivos (5,58%), condiciones inferiores de trabajo (4,35%), horas extraordinarias (3,78%) y cesión de trabajadores (3,29%).

Una organización del empleo marcada por una carga de trabajo muy variable a lo largo del año, dependiente, en su mayoría, de cuándo entran las embarcaciones para su reparación y los apremios para su finalización, es la que ha propiciado la alta precariedad del sector del metal en Cádiz, hasta haberlo convertido en "una ley de la selva", como señaló el secretario provincial de Industria de CCOO, Juan Linares, durante el conflicto del mes de noviembre."                      (Santiago F. Reviejo, Público, 06/02/22)

7.2.22

La invención del concepto “España Vaciada” lo facilita la renuncia al pasado real... fue un proceso que nació con la migración y que se refiere a nombres y familias que no tuvieron otra oportunidad para sobrevivir a la miseria que abandonar los lugares donde nacieron... Se les llamó “maquetos” en el País Vasco, “charnegos” en Cataluña. Hoy resulta políticamente incorrecto mencionarlos, tanto para los hijos de los que se aprovecharon de aquellas olas humanas como por los nietos empoderados de la emigración que ahora se jactan de nacionalistas locales... Retirados los servicios sólo les quedó convertirse en robinsones forzados. Y ahora resulta que existen y dicen electoralmente ¡adelante! Enhorabuena, aunque sea una impostura de corto recorrido. Los cadáveres no se resucitan todo lo más hay quien experimenta con galvanizarlos. Nuestra cultura aldeana está muerta... Al final siempre hay un recurso socorrido que ha puesto a nuestro alcance la civilización occidental: la declaración de Parque Temático a todo nuestro mundo rural... Un parque temático del abandono al que lo sometió el Estado durante un siglo, por quedarnos cortos. La sociedad lo aceptó como un mal necesario... Comer y salir corriendo a pasear. Pobre destino

 "La campaña electoral en Castilla y León ha impuesto como tema recurrente la “España Vaciada”, una de las ideas posmodernas más inocuas de los últimos años. Como si se tratara de alfalfa campestre se han aprestado todos los partidos a hincar la mandíbula y disimular el sabor acre con sonrisas de candidato

Durará poco pero sus efectos se mantendrán en la credulidad ciudadana, favorecidos por una mala conciencia que remite a nuestros ancestros. Casi todos tenemos en nuestro ADN un aldeano que llevamos con disimulo, sólo algunos consiguen darle la vuelta y convertirlo en postureo.

 La invención del concepto “España Vaciada” lo facilita la renuncia al pasado real. Una España huérfana de historia donde sólo habita el presente y sus apelaciones fraternales. (...)

Ningún partido político en liza se abstiene de alimentar el concepto; todos aspiran a sacar algo de ese vacío. Voluntariosos vendedores de crecepelo rural se animan a invertir su tiempo en una empresa política para aficionados que sólo puede traerles beneficios y ningún riesgo. Todo lo más habrán dilapidado los esfuerzos, pero crecerán sus menguadas posibilidades como intermediarios.

Dejémonos de disimular. Lo que ahora se da en llamar “España vaciada” es un proceso que nació con la migración y que se refiere a nombres y familias que no tuvieron otra oportunidad para sobrevivir a la miseria que abandonar los lugares donde nacieron. Otros lo hicieron porque jamás tendrían horizonte alguno que alcanzar si no venían a las ciudades donde existían instituciones tan insólitas en el medio rural como escuelas donde aprender, oficios en los que hacerse un hueco y hospitales donde no morirse. Nadie volvía de buena gana que no fuera de la mano del fracaso o de la Guardia Civil.

 Pero la vida provinciana no se vaciaba como las tormentas o las sequías si no porque las instituciones carecían de alicientes para que la gente se mantuviera en las aldeas. Había que alimentar el desarrollo, la industria, y así se curtieron generaciones enteras de hombres, primero solos, luego trayendo a los parientes, que surtieron de mano de obra a ese gran negocio selectivo que fue el franquismo. Hoy se han perdido hasta en la memoria de los historiadores, inmunes blanqueadores de presentes, los nombres que como una casta desposeída convivió con nuestra infancia urbanita.

Se les llamó “coreanos” en Asturias -la guerra de Corea terminó en el 53-, “maquetos” en el País Vasco, “charnegos” en Cataluña. Hoy resulta políticamente incorrecto mencionarlos, tanto para los hijos de los que se aprovecharon de aquellas olas humanas como por los nietos empoderados de la emigración que ahora se jactan de nacionalistas locales.

Pero la puntilla final a la despoblación rural es democrática y posfranquista. No es que les forzaran a irse, es que les abandonaron a su mala suerte. ¿Ya nadie se acuerda del ministro Solchaga cuando clausuró trenes y eliminó estaciones que ahora han quedado como las casetas de “peón caminero” de antaño? El que quiera moverse de un pueblo a otro que se compre un coche -así favorecerá la industria automovilística- y si no le alcanza, que migre; siempre le quedará algún autobús de línea que hará de diligencia antigua.

Yo hice el Camino de Santiago en los años 80 -un ateo en el Camino- y pasé por muchos pueblos abandonados del mundo, no de sus habitantes que sobrevivían gracias a una furgoneta y una farmacéutica que aparecían una vez por semana. Tenían Burgos, Palencia o León, a tiro de piedra pero no lo suficiente como para llegar caminando un día sí y otro también.

 El mundo rural no murió, lo mataron. No se vació; vieron cómo se vaciaba y lo único que se les ocurría era publicitar a voluntariosos y efímeros neorrurales a que se instalaran en lo que la retórica decía “Ancha es Castilla”. Andalucía o Extremadura no eran menos anchas, pero tampoco estaban para vivir ni para volver más allá de los veranos de las evocaciones familiares.

Retirados los servicios sólo les quedó convertirse en robinsones forzados. Y ahora resulta que existen y dicen electoralmente ¡adelante! Enhorabuena, aunque sea una impostura de corto recorrido. Los cadáveres no se resucitan todo lo más hay quien experimenta con galvanizarlos. Nuestra cultura aldeana está muerta; hasta la palabra tiene un significado peyorativo. Destripaterrones es un calificativo tan en desuso que ya nadie se daría por enterado; habría que empezar describiendo qué es un terrón y no de azúcar.

 Al final siempre hay un recurso socorrido que ha puesto a nuestro alcance la civilización occidental. La declaración de Parque Temático a todo nuestro mundo rural. Franco lo hizo con una localidad salmantina obligando a sus habitantes a vestir como si fueran extras en una chabacana película medieval; desconozco si se mantiene, quiero creer que no porque ahora votan en las elecciones y eso impide algunos desmanes, o al menos los atenúa.

Un parque temático del abandono al que sometió el Estado durante un siglo, por quedarnos cortos. La sociedad lo aceptó como un mal necesario; lo de romper huevos si se quiere hacer una tortilla, pero lo llamativo, ahora que las comparaciones se han convertido en armas de argumentación, es que la Europa que nos sirve de referente no sufre una situación como la nuestra. Viajar fuera sin necesidad de ir a ganarse el condumio permite contemplar pueblos hermosos y ciudadanos sin resignación.

Como todo hay que decirlo en estos días de elogios engolados no se puede dejar de reseñar la funesta consecuencia de esa miseria recién superada y ese mal gusto robado a unas clases supuestamente superiores. El abandono y el desdén hacia las aldeas españolas se agravó con la fealdad de sus viviendas. Desterraron las esclavitudes de la pobreza y el atraso y consideraron la modernidad como una copia zarzuelera de las mansiones de los ricos. Resultó algo jamás denunciado por incorrecto, pero letal. La mayoría de nuestros pueblos, incluso los núcleos urbanos, se exhiben como escaparates contra el gusto y la modestia. Colgajos, como los partidos políticos que participan en este festival electoral del domingo y 13. Acabar en abandonados y feos resultan un mal binomio para la recuperación, por más que los salve en ocasiones la naturaleza que los rodea. Comer y salir corriendo a pasear. Pobre destino."                    (Gregorio Morán, Vox Populi, 05/02/22)

1.12.21

Así es ahora la vida (fuera de España) de la científica que puso rostro a la precariedad

Irene Vázquez Domínguez, científica doctorada en Biociencias Moleculares en la Universidad Autónoma de Madrid

 "Irene Vázquez Domínguez es licenciada en Biología por la Universidad Complutense de Madrid y se especializó en genética y biología sanitaria. Su rostro se hizo popular en las redes sociales en 2018, cuando denunció las precarias condiciones de los investigadores en España. Ahora, tres años después, sigue trabajando de lo suyo. Eso sí: en el extranjero.

Tras licenciarse en Biología, Irene realizó un máster interuniveresitario en la Universidad Complutense, la Universidad Autónoma y la Universidad de Alcalá de Henares en Genética y Biología Celular. Más adelante decidió comenzar sus estudios doctorales en Biociencias Moleculares en la Universidad Autónoma de Madrid y dedicarse plenamente a la investigación; sin embargo, su tiempo y esfuerzo no fueron debidamente considerados como un trabajo pleno.

 Esta investigadora colaboró junto con otros tres compañeros en un artículo publicado en El Mundo en 2018, donde trataban de denunciar la situación de los estudiantes de doctorado y reclamar unas condiciones de trabajo dignas tanto en salario como en recursos y consideración. Su vida ha cambiado mucho desde entonces y ahora se encuentra en una situación completamente diferente.

 Irene pudo optar a un contrato FPI MINECO, una ayuda para Formación de Personal Investigador ofrecida por el Ministerio de Economía y Competitividad con la que recibía 985 euros netos al mes en 14 pagas, pero no todos pueden acceder a este tipo de salarios con contratos predoctorales.

Dedicarse a una rama de investigación supone tiempo, esfuerzo y gastos que muchos estudiantes se ven obligados a afrontar de su propio bolsillo y esos años de formación no son tan valorados en España como en otros países por lo que muchos optan finalmente por buscar oportunidades en el extranjero.

A pesar de todo, Irene actualmente sigue dedicándose a la investigación, pero ahora lo hace fuera del país. En marzo de 2019 decidió mudarse a Nijmegen en los Países Bajos y trabajar allí como investigadora postdoctoral en el departamento de Genética Humana en el Radboud University Medical Center (RadboudUMC). La diferencia con España es abismal.

“Me encuentro trabajando en un grupo competitivo y en un centro con recursos económicos para desarrollar ciencia de calidad, estando involucrada en distintas investigaciones. Ahora comienzo a independizarme como investigadora, y realmente eso es muy satisfactorio”, explica Irene.

La joven investigadora ha avanzado mucho en su carrera profesional y decidió cambiar la temática de su investigación de linfoma linfoblástico de células T a distrofias hereditarias de la retina. “Es cierto que continúo en genética y especialmente en terapias del ARN, cambiar de enfermedad me ha implicado formarme en otros enfoques o técnicas, así como ampliar mi conocimiento en algunas áreas”, expone.

En su nuevo entorno de trabajo se encuentra mucho mejor tanto a nivel personal como laboral, siente que sigue avanzando como científica y sus actuales supervisores le apoyan para poder desarrollas unas líneas de investigación propias, lo cual es muy complicado en España.

Carrera y evolución

“A la Irene de 2018 le diría que no se ha equivocado y que no desista, que todo el esfuerzo que ha hecho y que va a hacer para conseguir el doctorado va a merecer la pena. Independientemente del lugar en el que realices tu etapa predoctoral, el último año es especialmente duro y exigente a nivel emocional, a veces piensas que no vas a llegar a la meta y dan ganas de mandarlo todo a paseo”, recuerda la científica.

“Yo dejé los miedos atrás, terminé el doctorado y, aún así, tuve energías para empezar a buscar puestos de trabajo como investigador postdoctoral casi de inmediato. Mi intención sigue siendo la misma: seguir creciendo como científica”, declara.

 Cuando Irene se fue de España se dio cuenta de lo diferente que reacciona la gente cuando dices que eres investigador en otros países. “En España generalmente te dicen algo como ‘anda qué bien, haces lo que te gusta’, pero fuera es algo como ‘haces un trabajo muy necesario para que todos estemos bien, y que todos podamos hacer algo que nos gusta’”, diferencia la científica.

En otros países se tiene más en consideración la labor de los investigadores y ese reconocimiento acaba reflejándose en los salarios y las condiciones laborales. “La vida es más cara, a pesar de que los precios de alquiler en Madrid capital no difieren tanto de los de aquí”, comenta entre risas. “Pero el salario es casi tres veces más elevado, sin contar con que la inversión en I+D+i es del 2,23% del PIB frente al 1,25% en España”, destaca.

Mejores sueldos, mejores condiciones laborales y una mejor estabilización ligada a un mayor reconocimiento académico son las grandes diferencias que separan a España de otros países. A día de hoy Irene consiguió entregar su tesis doctoral en cuatro años y se siente orgullosa de su etapa postdoctoral.

“Creo que he superado las inseguridades desarrolladas con la tesis, he ampliado notablemente mi nivel de inglés, y ahora estoy trabajando en desarrollar mi propia investigación, y debo decir que, tras mucho esfuerzo, esta semana he recibido, junto a una compañera de otra universidad, un premio en un congreso que nos va a permitir iniciar el desarrollo de esa línea juntas”, explica Irene emocionada y orgullosa por sus logros.

El nacimiento de un meme

A raíz del artículo publicado en 2018, mucha gente comenzó a compartir la situación y el salario de Irene como forma de reivindicar las injustas condiciones en las que se encuentran muchos jóvenes en España. El apoyo y los comentarios a raíz de aquella publicación motivaron mucho a la investigadora y aquella entrevista llegó a muchísima gente.

Aquel artículo en conjunto con la presión que ejercían algunos colectivos predoctorales, permitió la aprobación del Estatuto Laboral del Personal Investigador en Formación (EPIF) en 2019. La gran difusión del caso de Irene y de sus compañeros fue extraña para la científica, que no se acostumbraba a ver su imagen en todas partes.

De esta manera nació un nuevo meme que utilizaba la imagen de Irene, su línea de investigación y su salario para compararlo con el de algunas celebridades, personajes famosos o de reality shows para recalcar la injusticia que supone el salario de ambos en vista a sus estudios y aportaciones.

 “Siendo honesta, a pesar de que era algo muy bueno para los fines que buscábamos, es cierto que también me sentí un poco marioneta de las redes sociales”, reconoce Irene. “Nadie me pidió permiso para usar mi imagen, de la noche a la mañana me convertí en la cara de la precariedad”, recuerda.

Algunas personas incluso comenzaron a comentar en esas publicaciones asegurando que aquellos datos no eran ciertos y que en realidad era una conocida actriz. “No recuerdo haberme dedicado a esa profesión, pero oye, soy conocida en ella”, asegura entre risas. “Era muy raro sentarme en el tren de regreso a casa y ver cómo algunas personas miraban su móvil y me miraban a mi sin decirme nada”, explica.

El meme ha vuelto a las redes con cierta recurrencia y de vez en cuando Irene se vuelve a convertir en “la cara de la precariedad”. “Por suerte en esas ocasiones ya me encontraba en el extranjero”, comenta. “Lo que de verdad me indignaba era que, a pesar del bombo que se le dio en redes, tuvo muy poca o nula repercusión social posterior”, reconoce la investigadora.

“No se hizo nada para que los sueldos se equiparasen a la responsabilidad social y/o nivel educativo que una persona tiene. Es más, ni el COVID-19 lo ha conseguido, y personal sanitario, investigadores hospitalarios e investigadores en centros de investigación/universidades siguen con bajos sueldos, condiciones precarias, pocas garantías de estabilización laboral y muy poco reconocimiento”, expone Irene indignada por la situación. (...)"               (Alba Carvajal, HuffPost, 17/11/21)

5.10.21

El Valle de Aridane, la zona afectada por la erupción volcánica de La Palma, es la tierra que floreció con los bolívares que enviaban los palmeros emigrados a Venezuela

 "La zona afectada por la erupción volcánica de La Palma y que comprende los municipios de El Paso, Los Llanos de Aridane y Tazacorte no se concibe sin el esfuerzo de generaciones que trabajaron una tierra que ya había sufrido los estragos de otros volcanes

“Ahora no tenemos Venezuela”. Es una frase que se repite en los últimos días en La Palma, cuya población compara la erupción actual con la vivida hace cinco décadas durante el volcán de Teneguía o con la de hace 72 años en el de San Juan, con el que aprecian aún más similitudes. Entonces, La Palma no tenía la misma población que alberga actualmente, ni era la segunda isla productora de plátano de Canarias. 

“Yo espero que a los bolívares los sustituyan los euros”, señala María Victoria Hernández, cronista oficial de Los Llanos de Aridane. Conoce de primera mano lo que significó para los isleños la oportunidad que brindó América Latina ya que su familia también ha sido migrante. A partir del año 1950 se ofrecieron los conocidos como “créditos blandos” por parte de la dictadura franquista para los afectados por el volcán. A ello, la cronista resalta que se le suman las remesas que enviaban los emigrados canarios. Así, los bolívares “que eran como el oro”  permitieron la compra de tierras. La zona afectada ahora por la erupción del pasado 19 de septiembre floreció gracias al esfuerzo de generaciones y el trabajo al otro lado del océano. 

El historiador y catedrático Manuel Hernández, autor de La emigración canaria a Venezuela, explica que la migración a ese país de forma clandestina es un fenómeno que había comenzado un año antes del volcán de San Juan, pero añade que sí que es cierto que en esa catástrofe natural hubo personas que perdieron sus tierras. La erupción no fue como tal el detonante de la migración, ya que se venía produciendo también por los habitantes de otras islas desde 1948, pero fue un factor añadido.

 La población de la isla era entonces bastante inferior y mucho más diseminada, pero la cronista de Los Llanos remarca que la lava sí que arrasó fundamentalmente con viviendas y viñas que había en la zona. El historiador remarca que esas migraciones en barcos clandestinos a Venezuela se prolongaron desde 1948 a 1952, en plena posguerra y dictadura franquista. Fueron más de 12.000 personas las que se embarcaron en busca de oportunidades sólo en esos años en múltiples barcos que viajaron hasta allí desde Canarias como el Telémaco, La Elvira o Saturnino.

 Por lo general, se trataba de barcos que se encontraban en muy malas condiciones y donde la tripulación “viajaba hacinada”, destaca el catedrático. Néstor Rodríguez Martín, en su artículo de investigación La emigración clandestina de Canarias a Venezuela en los años cuarenta y cincuenta del siglo XX donde apunta algunos casos excepcionales entre esos barcos, como el Juanita, que partió de Las Palmas de Gran Canaria el 2 de febrero de 1950 con 65 tripulantes y pasajeros y que era “el único que poseía casco de hierro, por lo que era conocido en los puertos insulares como Juanita de hierro”, pero también resalta el caso de una goleta que salió de La Palma. Se trata del “elegante” yate Benahoare (nombre aborigen de La Palma) “fabricado en una carpintería de ribera en Santa Cruz de La Palma y heredero de la tradición constructora naval palmera”, detalla en este artículo. El barco era propiedad de Armando Yanes Carrillo, también autor del libro Cosas viejas de la mar (1953). 

 El catedrático Manuel Hernández subraya el contexto histórico en el que se enmarca esa emigración clandestina. En 1948 gobernaba en Venezuela el escritor Rómulo Gallegos, que “de hecho, no tenía relaciones diplomáticas con Franco”. A los pocos meses de gobernar, se produjo un golpe de estado y después vino la dictadura de Pérez Jiménez. Entonces, “un montón de gente que era bien recibida, de pronto, eran ahora consideradas como comunistas”. A estos canarios los llevaban a lugares que hacían de campos de concentración, como la isla de Orchilla o la de Guasina, donde se les privaba de su libertad y pasaban miseria. El catedrático afirma que esta situación “presionó a Franco” para que en 1952 “se liberalizara la migración y no se pusieran obstáculos”, ya que hasta Venezuela no solo emigraban canarios, también personas procedentes de otros territorios del país como Galicia. Hubo algunos barcos con canarios que ya estaban viajando de forma clandestina y a quienes no les llegó la información de que se había liberado la migración hacia el continente. Fue el caso del Doramas, que salió de Las Palmas de Gran Canaria. 

Los palmeros, históricos defensores de la agricultura

María Victoria Hernández se emociona pensando en el amor que siente el pueblo palmero por su tierra. Los volcanes, las sequías, el trabajo duro o la emigración primero a Cuba y después a Venezuela han marcado el carácter de su gente. La cronista remarca que con esas remesas de los emigrados hubo que trabajar muy duro la tierra. “A pico y pala”, explica, se construyeron esos cultivos en forma de terrazas tan característicos de la isla. “Se traían camiones de tierra de la cumbre” para que esa tierra que fue arrasada por la lava fuera fértil. “A la piedra ya seca de los volcanes se le tiraba agua y se construían murallas. Yo creo que si pusiéramos todas las paredes que tenemos de piedra seca en línea recta, La Palma tendría una muralla más grande que la de China”, exclama la cronista. Manuel Hernández apunta que la emigración de los canarios a Venezuela se prolongó hasta los 80 y que en la compra de parcelas también tuvo que ver la estructura de la propiedad, que los grandes terratenientes vendieran sus tierras a los que regresaban con dinero de América y que decidieron invertir en la zona de Tazacorte, Los Llanos o El Paso. Pero los palmeros, explica, también realizaron grandes inversiones en El Hierro, tanto con el plátano como posteriormente con la piña tropical, así como en el sur de Tenerife.

 Fue especialmente a partir de los años 60 cuando se empezó a percibir ese despegue en el valle de Aridane. “Vino mucha gente de Gran Canaria y de Lanzarote a trabajar y que después se quedaron aquí”, remarca María Victoria Hernández. Después vino el Teneguía, que ella misma recuerda, pero se trató de una erupción en la que el miedo inicial dio paso a una gran expectación. “El 26 de octubre de este año se cumplen 50 años del Teneguía y mira todo lo que ha cambiado la vida”, resalta. El catedrático apunta que las causas del retorno de los canarios emigrados son múltiples y fue progresiva. Primero se vivió una crisis mundial en el año 1973 que originó el aumento del precio del petróleo. Posteriormente, se produjo la nacionalización de la industria petrolera en el país.  Antes del caracazo (una serie de protestas populares que tuvieron lugar en 1989 y que dejaron cientos de muertos en Venezuela), se había producido la primera devaluación de la moneda venezolana (1982), “que no tiene nada que ver con la actual”, recuerda el profesor de historia. La degradación de la economía venezolana hizo que canarios, así como descendientes de italianos, se instalaran en el Archipiélago como consecuencia del desarrollo del turismo, sobre todo en los territorios que “donde había posibilidad de trabajo” como el sur de las islas o Lanzarote y Fuerteventura. 

En La Palma, sin embargo, fue el sector agrícola el que despuntó hasta la actualidad y la población no experimentó un crecimiento tan elevado como el de otras islas como Lanzarote o Fuerteventura. Manuel Hernández recalca que los palmeros ya se habían reivindicado en Venezuela como defensores de la agricultura y narra el ejemplo de la que hoy día es una de las principales empresas ganaderas del país, El Tunal, fundada en la ciudad de Quíbor hace 51 años por Alejo Herández, palmero procedente de El Paso y conocido por el nombre de “tornillo”. Los lazos con venezuela son palpables en Canarias, especialmente en las islas occidentales donde “no hay más que ver la cantidad de areperías”, remarca el historiador, que pone el énfasis en el léxico, en la cultura, la música… 

La cronista de Los Llanos resalta la fortaleza de los palmeros para salir adelante, pero añade que es “muy duro” pensar en esas señas de identidad que han perdido como pueblo. Resalta el caso de la iglesia de Todoque, un lugar emblemático tanto para creyentes como para los que no. Un barrio que lleva en el corazón y del que comparte imágenes en su cuenta de Facebook. “Fotografías de lugares que ya no están” y que son fruto del trabajo de tantas generaciones. Pero “no solo es Todoque, es Paraíso, es la escuela de Los Campitos…” y otros tantos lugares que conforman la historia de La Palma y que la cronista rememora mientras aguarda a que la lava no se lleve el cementerio municipal, donde se encuentra enterrado su padre y los familiares de tantos vecinos. 

María Victoria Hernández espera que ahora el euro, la Unión Europea. las ayudas y los avances que su pueblo no tenía hace 50 años permitan salir adelante a los palmeros. Remarca que los volcanes de su isla dieron las primeras muestras de la literatura hecha en Canarias por los colonizadores en el siglo XV; las endechas de Guillén Peraza. (...)"                    (Jenifer Jiménez, eldiario.es, 03/10/21