Mostrando entradas con la etiqueta b. Relacionnes China- EE UU. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta b. Relacionnes China- EE UU. Mostrar todas las entradas

15.11.25

Cómo se puede llegar a ser tan imbécil... El gobierno holandés casi provocó el colapso de la industria automovilística mundial con su guerra de los chips... el gobierno holandés, citando la seguridad nacional y aplicando una legislación de la Guerra Fría de 1950, emitió una orden para expulsar al presidente y director ejecutivo chino de Nexperia, empresa china, y tomar el control directo de la empresa... La empresa matriz de Nexperia, Wingtech Technology, está en la Lista de Entidades de EE. UU. de empresas que Washington considera una amenaza para los intereses nacionales... los funcionarios estadounidenses amenazaron con graves consecuencias si los holandeses no actuaban contra los propietarios chinos... Uno debería recordar la prohibición a Huawei y cómo Estados Unidos presionó a la fabricante de chips de Taiwán, TSMC, para que no vendiera chips de alta gama a China; este es solo el último movimiento en muchas de estas campañas de presión... Lo que sucedió después, sin embargo, fue un contraataque de proporciones épicas y con implicaciones globales... Wingtech Technology desacopló sus instalaciones de producción en Guangdong de la sede de Nexperia en Nimega (Países Bajos). Simultáneamente, el gobierno chino emitió un bloqueo de exportaciones que detuvo todas las futuras ventas de componentes por parte de la empresa, exigiendo que esos chips se vendieran exclusivamente en el mercado interno chino. Combinadas, estas dos medidas desataron una contagión de ataques de pánico entre los ejecutivos automotrices en Europa, América y Asia, pues los chips de Nexperia impulsan millones de coches... La industria automotriz depende de sistemas de entrega justo a tiempo... CNBC informó el 1 de noviembre: “Por ahora, la cadena de suministro de la industria automotriz está en la cuerda floja, amenazando la producción de vehículos en todo el mundo, ya que las empresas advierten sobre la inminente escasez de componentes del fabricante de chips”... así que de repente, el 7 de noviembre Reuters informó que "los Países Bajos están listos para renunciar al control de Nexperia si se reanuda el suministro de chips"... Fue una humillante retirada por parte del gobierno holandés, pero las implicaciones para la UE fueron enormes... Europa lucha contra la desindustrialización, y la debacle de Nexperia fue una clara demostración de la debilidad de Europa (Eugene Doyle)

 "La industria automotriz en Europa, y en partes de Asia y Estados Unidos, estuvo a punto de detenerse por completo este mes. Sólo se salvó gracias a una rápida retirada del mismo gobierno holandés que provocó la crisis en primer lugar. Acechando en la sombra cuando los holandeses atacaron por primera vez estaban los agentes estadounidenses que les hicieron una oferta que no podían rechazar. ¿Y quién dijo que las noticias de negocios no pueden ser emocionantes? Es el último capítulo de La Guerra de los Chips, una lucha épica que ayudará a determinar el mundo en el que pronto viviremos.

 En varios comunicados de prensa, el gobierno holandés fue tajante: no hubo participación de Estados Unidos en su decisión de incautar Nexperia, un importante proveedor de semiconductores para la industria automotriz con sede en los Países Bajos pero propiedad de una empresa china. La empresa matriz de Nexperia, Wingtech Technology, está en la Lista de Entidades de EE. UU. de empresas que Washington considera una amenaza para los intereses nacionales. Esto fue fundamental para lo que ocurrió después.

El 30 de septiembre, el gobierno holandés, citando la seguridad nacional y aplicando una legislación de la Guerra Fría de 1950, la Ley de Disponibilidad de Bienes, emitió una orden para expulsar al presidente y director ejecutivo chino de Nexperia y tomar el control directo de la empresa. El Departamento de Comercio de EE. UU. había emitido una nueva regla ese mismo día, ampliando la Lista de Entidades para incluir subsidiarias de cualquier empresa ya en la lista.

¿Coincidencia? El Ministerio de Asuntos Económicos de los Países Bajos emitió declaraciones diciendo que el momento fue "puramente coincidental". Pero he leído el documento resumen de la sentencia del Tribunal de Apelación de Ámsterdam que falló a favor de las acciones del gobierno; está en blanco y negro: los funcionarios estadounidenses amenazaron con graves consecuencias si los holandeses no actuaban contra los propietarios chinos.

El resumen del tribunal describe una reunión entre funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores de los Países Bajos y la Oficina de Seguridad Internacional y No Proliferación de EE. UU. en la que los estadounidenses dejaron claro que el CEO chino "tendrá que ser reemplazado para calificar para la exención de la Lista de Entidades." Los estadounidenses también expresaron frustración por la falta de progreso en lograr que los chinos se desinviertan.

Para ser justos, los holandeses tienen preocupaciones legítimas, como deja claro el documento resumen del tribunal: "Es importante señalar que el Estado argumentó que el negocio operado por Nexperia es esencial para la seguridad económica de los Países Bajos y de Europa, mientras que procesos comerciales cruciales, bienes y conocimientos estaban en riesgo de perderse en el muy corto plazo debido a la reubicación a lugares fuera de Europa."

Nexperia es propiedad de Wingtech Technology, con sede en Guangdong, que, en diciembre de 2024, fue incluida en la Lista de Entidades de EE. UU. La razón principal por la que Wingtech apareció en la lista fue... ¡porque compraron Nexperia a los holandeses! En otras palabras, Estados Unidos, como parte de su estrategia de contención coercitiva, le estaba haciendo a los holandeses una oferta que no podían rechazar: hacer que los chinos se deshagan de Nexperia o prohibiremos a Nexperia en los Estados Unidos y aplastaremos a la empresa con una serie de sanciones. Uno debería recordar la prohibición a Huawei y cómo Estados Unidos presionó a la fabricante de chips de Taiwán, TSMC, para que no vendiera chips de alta gama a China; este es solo el último movimiento en muchas de estas campañas de presión.

Un contraataque de proporciones épicas

Lo que sucedió después, sin embargo, fue un contraataque de proporciones épicas y con implicaciones globales.

De vuelta en China, Wingtech Technology desacopló sus instalaciones de producción en Guangdong de la sede de Nexperia en Nimega (Países Bajos). Simultáneamente, el gobierno chino emitió un bloqueo de exportaciones que detuvo todas las futuras ventas de componentes por parte de la empresa, exigiendo que esos chips se vendieran exclusivamente en el mercado interno chino. Combinadas, estas dos medidas desataron una contagión de ataques de pánico entre los ejecutivos automotrices en Europa, América y Asia.
Los chips de Nexperia impulsan millones de coches.

CNBC informó el 1 de noviembre: “Por ahora, la cadena de suministro de la industria automotriz está en la cuerda floja, amenazando la producción de vehículos en todo el mundo, ya que las empresas advierten sobre la inminente escasez de componentes del fabricante de chips.”

El CEO de Nissan, Ivan Espinosa, dijo a CNBC que la compañía está reservando una provisión de 25 mil millones de yenes para riesgos de suministro, para "absorber" el impacto de la crisis.

Nexperia fabrica millones de transistores, diodos y componentes de gestión de energía que son esenciales para los coches producidos por BMW, Honda, Hyundai, Mercedes-Benz, Nissan, Renault, Stellantis, Volkswagen, Volvo y muchos otros. Las ventanas de los coches se abren, los sensores detectan objetos, los sistemas de frenos responden, los airbags se despliegan y los sistemas de entretenimiento funcionan gracias a estos chips. Estos vehículos típicamente tienen docenas, a veces más de 100, piezas de Nexperia en ellos. Aproximadamente el 70% del valor final del chip se añade en China, el resto principalmente en los Países Bajos y el Reino Unido.

La industria automotriz depende de sistemas de entrega justo a tiempo donde los componentes fluyen de manera constante y cuidadosamente coreografiada a través de los continentes, lo cual es altamente eficiente pero depende de cadenas de suministro confiables. Los holandeses, trabajando con los estadounidenses, decidieron lanzar una granada al sistema. Los holandeses querían aumentar el control de una parte crítica de la cadena de suministro de semiconductores (comprensible, pero ejecutado de manera espantosa); los estadounidenses querían dañar a los chinos como parte de la guerra más amplia de los chips.
El valor holandés flaquea.

A principios de noviembre, el South China Morning Post informó que el ministerio de comercio de China había accedido a una solicitud de los Países Bajos para enviar un equipo para negociaciones.

Luego, de repente, el 7 de noviembre Reuters informó que "los Países Bajos están listos para renunciar al control de Nexperia si se reanuda el suministro de chips."

Fue una humillante retirada por parte del gobierno holandés, pero las implicaciones para la UE fueron enormes. Dependiendo de las lecciones que se hayan aprendido, la tregua puede ser solo temporal.
La Guerra de los Chips y la militarización de los pilares de la economía global

La industria europea está en un estado terrible, atrapada entre el yunque y el martillo. En el mismo momento en que Estados Unidos intenta perjudicar a la industria tecnológica de China, también está decidido a desmantelar tanto como sea posible la manufactura europea, a través de mecanismos como la Ley de Reducción de la Inflación (IRA), que otorga cientos de millones de dólares en subsidios y créditos fiscales a las empresas que trasladan la producción de Europa a Estados Unidos. Volkswagen, BMW, Northvolt y Freyr Battery son solo algunos de los que lo han hecho en detrimento de Europa.

Europa está luchando con costos de energía un 150% más altos que en los EE. UU., políticas desarticuladas en toda la UE y, según la Cámara de Comercio de Alemania, una crisis de desindustrialización aparentemente irreversible. No tiene un plan coherente para crear una industria tecnológica verticalmente integrada que pueda alcanzar un nivel de independencia de los dos gigantes. El debacle de Nexperia fue solo el último capítulo de la Guerra de los Chips y una clara demostración de la debilidad de Europa.

La Guerra de los Chips se intensifica.

Hemos vivido momentos asombrosos en la guerra de los chips. La prohibición de Huawei (2018-) tenía como objetivo debilitar a la estrella tecnológica en ascenso de China; en cambio, actuó como un tremendo estímulo para que China invirtiera cientos de miles de millones de dólares en alcanzar rápidamente a los Estados Unidos y prescindir de sus productos. Ejemplo de ello: la presencia anteriormente dominante del gigante estadounidense de semiconductores Nvidia en China ha colapsado hasta cero, en gran parte gracias a las sanciones estadounidenses a China que comenzaron en 2022 y culminaron con China prohibiendo la compra de chips de Nvidia por parte de empresas respaldadas por el estado en 2025.

En respuesta al desafío de China, Washington lanzó la Ley CHIPS y Ciencia (2022), un plan de 280 mil millones de dólares para trasladar la fabricación de semiconductores al país y fomentar la IA, la computación cuántica, la robótica y otras aplicaciones. La segunda administración Trump ha dado al sector impulsos financieros adicionales.

En 2023, como parte de una política estadounidense de "contención coercitiva", los holandeses fueron obligados por Estados Unidos a bloquear a su propia empresa más grande, ASML, de vender las máquinas de litografía más avanzadas del mundo a su mayor cliente: China. Costó a los holandeses cientos de millones de euros... pero todo sea por complacer al Tío Sam.

Podría seguir, pero lo que está claro es que la Guerra de los Chips ha expuesto cuán frágil es la cadena de suministro global de semiconductores cuando las superpotencias se enfrentan. Ahora que hemos vuelto completamente al capitalismo gangsteril y Estados Unidos está apretando a amigos y enemigos por igual, tenemos la complejidad añadida de que los chinos han alcanzado un momento económico y geopolítico crítico en el que pueden demostrar cuánto han aprendido sobre cómo hacer negocios de sus tutores estadounidenses.


(Eugene Doyle, Solidarity.co.nz, 14/11/25, traducción Quillbot, enlaces en el original)

21.2.25

¿Trump está intentando separar a Rusia de China? Rusia no se va a separar de China de nuevo, no hay ni una sola posibilidad, aprendió esa lección por las malas… ¿Y por qué lo haría? ¿Qué beneficio podría sacar Rusia de esto? El mundo ha cambiado... Rusia fue la economía de más rápido crecimiento de Europa, incluso cuando estaba completamente aislada de los mercados occidentales. Así que si la máxima presión de Occidente es tan poca, su máxima amistad no vale mucho más... Es una completa ilusión pensar que Rusia y China se separarán justo cuando el surgimiento del tan buscado orden multipolar finalmente se está haciendo realidad, todo a cambio de un retorno del comercio occidental que ahora saben que es prescindible, y el fin de las sanciones que ahora saben que no hacen mucho daño... los que ya están divididos, o más bien en proceso de división, son Estados Unidos y Europa... Como europeo, no puedo sino desesperarme ante la incompetencia e ingenuidad de nuestros líderes, que no vieron venir esto. Tontamente, prefirieron aferrarse a su papel de socio menor de Estados Unidos, incluso cuando esa asociación iba cada vez más en contra de sus propios intereses... ahora tendrán que aceptar las condiciones que se decidan para ellos (Arnaud Bertrand)

 "Veo a mucha gente comentando que EE. UU. está intentando hacer lo contrario que Kissinger, alejando a Rusia de China, y pasando por alto la verdad obvia que tienen ante sus ojos: si se está produciendo una división, es una división entre Europa y EE. UU.

Ese es un defecto común en la naturaleza humana, a menudo somos incapaces de concebir que el statu quo con el que hemos vivido toda nuestra vida ha cambiado fundamentalmente. Miramos a los patrones del pasado, buscamos volver a librar la guerra anterior; es mucho más fácil y reconfortante creer que todavía estás en la caja, incluso cuando la caja ha desaparecido.

Rusia no se va a separar de China de nuevo, no hay ni una sola posibilidad, aprendió esa lección por las malas… Putin, como famoso estudioso de la historia, entiende el daño que eso causó.

¿Y por qué lo haría? ¿Qué beneficio podría sacar Rusia de esto? El mundo ha cambiado: como hemos visto durante la guerra de Ucrania, Occidente desató todo su arsenal económico contra Rusia, solo para demostrar su propia impotencia. El año pasado, Rusia fue la economía de más rápido crecimiento de Europa, incluso cuando estaba completamente aislada de los mercados occidentales. Así que si la máxima presión de Occidente es tan poca, su máxima amistad no vale mucho más.

Es una completa ilusión pensar que los dos portadores de la antorcha del Sur Global se dividirían justo cuando el surgimiento del tan buscado orden multipolar finalmente se está haciendo realidad, todo a cambio de un retorno del comercio occidental que ahora saben que es prescindible, y el fin de las sanciones que ahora saben que no hacen mucho daño.

Además, les recuerdo amablemente que Kissinger no dividió realmente a Rusia y China: se aprovechó de una división ya existente. Geopolíticamente hablando, es increíblemente difícil dividir potencias, especialmente grandes potencias, pero es mucho más fácil aprovechar una división existente. Y mirando el panorama, los que ya están divididos, o más bien en proceso de división, no son Rusia y China, sino Estados Unidos y Europa.

Una división entre Europa y Estados Unidos estaba destinada a suceder tarde o temprano, ya que el coste de la alianza superaba cada vez más los beneficios para ambas partes. Especialmente con el auge del Sur Global, China en particular, que inició una profunda crisis de identidad: de repente, había países «no como nosotros» que tenían mucho más éxito, que tomaban una ventaja insuperable en la fabricación y cada vez más en la ciencia y la tecnología.

En algún momento, se presentan tres opciones: unirse a ellos, vencerlos o aislarse de ellos y decaer lentamente hasta la irrelevancia. Occidente ha estado probando el enfoque de «vencerlos» durante la mayor parte de los últimos 10 años y hemos visto los resultados: una serie cada vez más desesperada de estrategias fallidas que solo aceleraron el declive occidental al tiempo que fortalecieron los mismos poderes que pretendían debilitar.

También se probó el enfoque de «aislarse» con los diversos planes de «friend-shoring», «de-risking», «patio pequeño, valla alta», etc. Eso no tuvo mucho más éxito y Occidente, sin duda, ve la escritura en la pared: cuanto más te aíslas de una economía más dinámica, más te quedas atrás.

Esto nos deja con «unirse a ellos», y aquí el cálculo de Trump parece ser que si EE. UU. lo hace primero, sin duda puede negociar condiciones mucho mejores para EE. UU., al igual que hizo China con Kissinger a finales de la década de 1970 cuando se unió a lo que en ese momento todavía era el orden internacional liderado por EE. UU. A Europa, al igual que a la Unión Soviética en aquel entonces, no le quedó más remedio que aceptar las migajas que quedaran.

La situación, por supuesto, no es exactamente similar. Estamos fuera de la caja, recuerden… Por un lado, Estados Unidos no está ni remotamente en las mismas condiciones que las de China en aquel entonces y, a diferencia de la Unión Soviética, Europa carece tanto del poder militar para resistir este nuevo acuerdo como de la autonomía económica para trazar su propio rumbo. Lo que significa que, en muchos sentidos, geopolíticamente hablando, Estados Unidos está en mejores condiciones y con más influencia que China (y, por lo tanto, puede conseguir un mejor acuerdo), y la UE termina en peores condiciones que los soviéticos.

Aun así, la realidad fundamental sigue siendo que Trump, a pesar de todos sus defectos, parece haber entendido antes que los europeos que el mundo ha cambiado y que es mejor que sea el primero en adaptarse. Esto quedó claro en la primera gran entrevista de Rubio en su nuevo cargo como secretario de Estado, cuando declaró que ahora estamos en un mundo multipolar con «multigrandes potencias en diferentes partes del planeta» (https://state.gov/secretary-).

Como europeo, no puedo sino desesperarme ante la incompetencia e ingenuidad de nuestros líderes, que no vieron venir esto y no se adaptaron primero, a pesar de todas las oportunidades e incentivos para hacerlo. Tontamente, prefirieron aferrarse a su papel de socio menor de Estados Unidos, incluso cuando esa asociación iba cada vez más en contra de sus propios intereses, algo sobre lo que personalmente he advertido durante años.

Resulta extraño que, en realidad, los europeos fueran en muchos aspectos más arrogantes y estuvieran más atrapados en las ilusiones de la supremacía occidental que los estadounidenses. El precio de esta arrogancia será muy alto, porque en lugar de dar forma proactiva a su papel en el orden multipolar emergente, ahora tendrán que aceptar las condiciones que se decidan para ellos.


Arnaud Bertrand @RnaudBertrand

I see many people commenting that the US is trying to pull a reverse Kissinger, wooing Russia away from China, completely missing the obvious truth right before their eyes: if there's a split happening, it's a Euro-US split. That's a common flaw in human nature, we're often incapable to conceive that the status quo we've lived with our entire lives has fundamentally changed. We look to patterns from the past, seek to refight the previous war; it's far easier and more comforting to believe you're still in the box even when the box has disappeared. Russia isn't going to split again from China, there is not a single chance in hell, it learned that lesson the hard way... Putin, as a famously keen student of history, understands how much damage that did. And why would he? What benefit would Russia possibly derive from this? The world has changed: as we've seen during the Ukraine war the West unleashed its entire economic arsenal against Russia, only to demonstrate its own impotence. Russia last year was Europe's fastest-growing economy even when completely cut off from Western markets. So if the West's maximum pressure amounts to so little, its maximum friendship isn't worth much more. It's utterly delusional to think that the two torch bearers of the Global South would split just as the emergence of the long sought multipolar order is finally coming true, all in exchange for a return of Western trade which they now know is dispensable, and an end to sanctions which they now know don't hurt much. Also, kind reminder that Kissinger didn't actually split Russia and China: he took advantage of an already existing split. Geopolitically speaking, it's incredibly hard to split powers - especially great powers, but it's much easier to leverage an existing split. And looking at the landscape, those that are already split - or rather splitting - aren't Russia and China, but very much the U.S. and Europe. A Euro-US split was bound to happen sooner or later, as the cost of the alliance increasingly outweighed the benefits on both sides. Especially with the rise of the Global South, China in particular, which initiated a profound identity crisis: suddenly you had countries "not like us" being far more successful, taking over an unsurmountable lead in manufacturing, and increasingly science and technology. At some point there are three choices in front of you: join them, beat them, or isolate yourself from them and slowly decay into irrelevance. The West has been trying the "beat them" approach for the better part of the past 10 years and we've seen the results: an increasingly desperate series of failed strategies that only accelerated Western decline while strengthening the very powers they meant to weaken. It also tried the "isolate yourself" approach with the various plans of "friend-shoring", "de-risking", "small yard, high fence", etc. That wasn't much more successful and the West undoubtedly sees the writing on the wall: the more you isolate yourself from a more dynamic economy, the further behind you get. This leaves us with "join them", and here Trump's calculation seems to be that if the U.S. does so first, it undoubtedly can negotiate much better terms for the U.S., much like China did with Kissinger back in the late 1970s when it joined what was at the time still the U.S.-led international order. With Europe, like the Soviet Union back then, left with no choice but to accept whatever crumbs remain. The situation of course isn't exactly similar. We're outside the box, remember... For one the U.S. isn't remotely in the same conditions as those of China back then and, unlike the Soviet Union, Europe lacks both the military might to resist this new arrangement and the economic autonomy to chart its own course. Which means that in many ways, geopolitically speaking, the U.S. is in better conditions and with more leverage than China had (and therefore able to get itself a better deal), and the EU ends up in worse conditions than the Soviets. Still, the fundamental reality remains that Trump, for all his faults, seems to have understood earlier than Europeans that the world has changed and he'd better be the first to adapt. This was clear from Rubio's very first major interview in his new role as Secretary of State when he declared that we're now in a multipolar world with "multi-great powers in different parts of the planet" (https://state.gov/secretary-marco-rubio-with-megyn-kelly-of-the-megyn-kelly-show/
). As a European though, I can only despair at the incompetence and naivety of our leaders who didn't see this coming and didn't adapt first, despite all the opportunities and incentives to do so. They foolishly preferred to cling to their role as America's junior partner, even as that partnership was increasingly against their own interests, something which I've personally warned about for years. Turns out, strangely, that the Europeans were in fact in many ways more hubristic and more trapped in the delusions of Western supremacy than the Americans. The price for this hubris will be very steep, because instead of proactively shaping their role in the emerging multipolar order, they will now have to accept whatever terms are decided for them.

5:53 a. m. · 19 feb. 2025 548,3 mil Visualizacio

21.11.24

Yeltsin en Washington... Como Boris Yeltsin en la Rusia de los noventa, Donald Trump es un líder con gran instinto e intuición. No ganó las elecciones en su país por casualidad. Supo aunar el interés de los mega millonarios atraídos por las bajadas de impuestos, con el descontento popular por el deterioro del nivel de vida, y el hartazgo hacia la pijería de Biden... El olfato y el instinto le han venido bien a Trump para ganar, pero, como Yeltsin, es un perfecto inútil para gobernar... y puede crear un gran desastre en el país como el que Yeltsin creó en Rusia en los años noventa... puede que el Yeltsin de Washington dispuesto a arreglarlo todo en 48 horas acabe de romper los frágiles equilibrios que nos separan de una sucesión encadenada de desastres en Europa, Oriente Medio y Asia, contra Rusia, Irán y China. A los adversarios de Estados Unidos les basta con ser fuertes en uno solo de esos escenarios de conflicto para ganar, mientras que Washington tiene que imponerse en los tres simultáneamente... si le sumamos los efectos de la “guerra comercial contra todos” anunciada por Trump, la crisis financiera resultante podría abrir un boquete fatal en la línea de flotación del “Hacer de nuevo grande a América” (MAGA). Mientras en Moscú, Teherán y Pekín tenemos en el puente de mando a gente que parece saber jugar al ajedrez, en Washington está un Yeltsin americano. Un elefante en la cacharrería (Rafael Poch)

 "Mientras en Moscú, Teherán y Pekín tenemos en el puente de mando a gente que parece saber jugar al ajedrez, en Washington se dibuja un elefante en la cacharrería.

Como Boris Yeltsin en la Rusia de los noventa, Donald Trump es un líder con gran instinto e intuición. No ganó las elecciones en su país por casualidad. Supo aunar el interés de los mega millonarios atraídos por las bajadas de impuestos, con el descontento popular por el deterioro del nivel de vida regado con los bajos instintos xenófobos y anti woke del populacho y el hartazgo hacia la pijería de Biden, que Harris reivindicaba y prometía mantener con una irritante y hueca risita.

El olfato y el instinto le han venido bien a Trump para ganar, pero, como Yeltsin, es un perfecto inútil para gobernar. Está nombrando a gente tan dispar y contradictoria que el resultado seguramente decepcionará a todos y puede crear un gran desastre en el país como el que Yeltsin creó en Rusia en los años noventa. Mencionando todo eso, el cineasta ruso Karen Shajnazarov, un habitual de la tele rusa, concluía esta semana: “…y eso nos puede venir muy bien a nosotros”.

Muchos observadores occidentales se equivocan cuando dicen que en Moscú están encantados con la victoria de Trump. Hay demasiada imprevisibilidad en este Yeltsin americano carente de toda estrategia. Sus nombramientos auguran, ciertamente, más presión contra América Latina. También en Oriente Medio, donde, como dice David Hearst, el editor de Middle East Eye, “en su primer mandato Trump creó las condiciones para el ataque de Hamas del 7 de octubre, al trasladar su embajada a Jerusalén, bendecir la anexión de los Altos del Golán e inventar los acuerdos de Abraham y ahora en su segundo mandato, y con un gobierno compuesto por tipos que repiten como loros los planes de Israel para extender su guerra a Siria e Irán, es perfectamente capaz de desencadenar un conflicto regional que escape al control tanto de América como de Israel”. Pero lo de Ucrania, que sin duda es lo que más importa en Moscú, está mucho menos claro.

Alguien que pretende “solucionar el problema en 48 horas” “entendiéndose con Putin”, es que no comprende el asunto. Trump no entendía por qué los norcoreanos se hicieron con la bomba Corea, la actual crisis a la luz de la historia / Rafael Poch | Sociología crítica y lanzaban misiles de vez en cuando, y no logró nada pese a su insólita reunión con Kim Jong-un de junio de 2018. Que en julio de aquel mismo año se reuniera en Helsinki con Putin no impidió que poco después se retirara del acuerdo sobre fuerzas nucleares intermedias (INF), creando las condiciones técnicas para el despliegue de armas nucleares tácticas en Polonia y Rumanía, autorizara la entrega a Ucrania de armas pesadas en grandes cantidades, metiera a la OTAN en Ucrania -aunque Ucrania no estuviera en la OTAN- y aprobara una nueva estrategia de seguridad nacional con la que cambió la prioridad de “lucha contra el terrorismo” por la “competición entre grandes potencias” como foco principal. Seguramente, como Yeltsin cuando firmaba los decretos de reforma económica preparados en Harvard, Trump no entendía demasiado las consecuencias de todo aquello, pero eso cambia poco el asunto. Su escalada en Ucrania fue continuada por su sucesor en la Casa Blanca con maniobras militares sin precedentes de 32 países en el Mar Negro, la bendición de la “Plataforma de Crimea” del gobierno de Kiev, un programa para la recuperación de la península anexionada por Rusia en 2014, por cualquier medio incluido el militar, y la firma con Kíev de los Acuerdos Marco de Defensa Estratégica (agosto de 2021) y la Carta de Asociación Estratégica (US-Ukraine Strategic Defense Framework y Charter on Strategic Partnership, respectivamente). Es decir, la guinda del pastel de la seguridad europea primero sin Rusia y luego contra Rusia cocinado a lo largo de tres décadas y que acabaría provocando la invasión rusa de Ucrania de febrero de 2022.

Con todo eso en el alero, me parece que las esperanzas en Trump que hay en Moscú tienen más que ver con el follón, la trifulca y el desorden que el futuro presidente de Estados Unidos puede crear en su propio país – en especial la guerra comercial contra todos que creará más inflación y más descenso del nivel de vida para la mayoría – que con sus veleidades para poner fin a la guerra de Ucrania. Si Trump desordena los Estados Unidos y sumerge el país en un paralizador desbarajuste, bienvenido sea, deben pensar.

Mientras tanto en Rusia se barajan distintas interpretaciones sobre el “permiso a Ucrania” para atacar con misiles americanos y europeos la retaguardia rusa. Una es la de hacer ver a Moscú que el coste de prolongar la guerra será elevado, con miras a lograr unos términos menos desfavorables para Occidente en una futura negociación. En ese caso se trataría de una táctica consensuada por Biden y Trump en el marco del pacto de transición que rige el interregno de dos meses en Washington. Los rusos están ganando militarmente, avanzan lenta pero inexorablemente y creen que el tiempo está de su parte. De lo que se trata es de romper esa confianza, algo en lo que los dos presidentes estarían de acuerdo.

Otra interpretación del permiso de Biden a usar los misiles es la contenida en el tweet del hijo de Trump, Donald jr. , sugiriendo una conspiración del Deep State contra su padre: “El complejo militar-industrial parece querer garantizar el inicio de la Tercera Guerra Mundial antes de que mi padre tenga ocasión de lograr la paz y salvar vidas”, escribió el lunes. Es decir, se trataría de un golpe bajo de Biden contra Trump, poniéndole zancadillas y rompiendo el pacto de transición, según el cual ni el electo ni el saliente deben obstaculizarse. Al fin y al cabo,Trump le preparó en 2021 a Biden el “honor” de aquella retirada vergonzante de Afganistán. Ahora se trataría de lo mismo: complicarle las cosas al sucesor.

En cualquier caso, después de que Putin anunciara en septiembre (*) que la utilización de esos misiles (que solo pueden ser operados por militares técnicos y recursos de la OTAN) contra Rusia, significaría la “implicación directaen la guerra de Ucrania” de Estados Unidos, Francia e Inglaterra, y que eso determinaría una respuesta militar rusa contra ellos, está claro que esta vez no puede no haber una respuesta. Obviamente, mucho depende de la escala y nivel del ataque, porque la respuesta rusa deberá ajustarse al daño recibido…

Los rusos dicen que hace meses que retiraron sus bases aéreas y demás infraestructuras sensibles fuera del radio de acción de 300 kilómetros de los misiles de la OTAN (Atacsms, Scalp y Storm Shadow), por lo que esas armas no cambiarán nada. Si se quiere superar ese alcance lanzando los misiles desde aviones que se internen aún más en territorio ruso, la defensa antiaérea “mejor del mundo” dará buena cuenta de ellos, dicen. Puede que esto sea mera chulería, pero, sea como sea, se trata de un paso peligroso, sobre todo en el contexto internacional de tensión en aumento en tres frentes (Europa, Oriente Medio y Asia Oriental) que uno de los portavoces imperiales escritos de Estados Unidos, la revista Foreign Affairs The Return of Total War: Understanding—and Preparing for—a New Era of Comprehensive Conflict , glosa así en su último número:

«La era de la guerra limitada ha terminado; ha comenzado la era del conflicto total. De hecho, lo que el mundo está presenciando en la actualidad se asemeja a lo que los teóricos del pasado han denominado «guerra total», en la que los combatientes recurren a ingentes recursos, movilizan a sus sociedades, dan prioridad a la guerra sobre todas las demás actividades estatales, atacan una amplia variedad de objetivos y remodelan sus economías y las de otros países».

Esta espiral puede escapar fácilmente al control de sus autores y adquirir vida propia, pese a la voluntad de los dirigentes e imposibilitar toda negociación para acabar el conflicto. En una entrevista «Такое ощущение, что США восстанавливают монархию» — Россия в глобальной политике con el politólogo ruso Fiodor Lukianov, el lúcido embajador americano Chas Freeman, rara avis, se preguntaba “¿cómo resolverán ustedes, los rusos, la crisis ucraniana y qué destino aguarda a los territorios ucranianos ocupados? ¿Qué propuestas de paz presentareis?” Y él mismo se respondía: “Creo que no se discutirá la pertenencia de Crimea (a Rusia), pero tal vez exista la posibilidad de que las regiones de Zaporozhye y Jersón, las repúblicas de Donetsk y Lugansk, y, posiblemente, la región de Járkov, reciban el estatus de autonomías dentro de Rusia con la posibilidad de celebrar referendos dentro de 20-25 años. En tal caso, se votará sobre el futuro estatus de los territorios con la posibilidad de permanecer dentro de Rusia y convertirse en sus súbditos de pleno derecho, conservar el estatus de autonomías dentro de Rusia, reunificarse con Ucrania o independizarse. Si los habitantes expresan su deseo de independizarse, aparecerá una entidad-estatal-colchón en las fronteras rusas, lo que sin duda convendría a Rusia. Si estos territorios aceptan seguir formando parte de Rusia, entonces la guerra estaba justificada. Si prefieren el estatuto de autonomía, Rusia demostrará su magnanimidad a los ucranianos. Si las regiones quieren reunificarse con Ucrania, tendrán que exigir el cumplimiento de los acuerdos de Minsk (en materia de respeto a las minorías)… Hay muchas formas ingeniosas de tratar los territorios, pero sospecho que el daño emocional que dejará la guerra impedirá una resolución muy magnánima del conflicto”.

Con un tipo como Trump en la Casa Blanca es muy difícil imaginar que esta cristalería fina se abra paso. Parece más probable todo lo contrario: que el Yeltsin de Washington dispuesto a arreglarlo todo en 48 horas acabe de romper los frágiles equilibrios que nos separan de una sucesión encadenada de desastres en Europa, Oriente Medio y Asia, contra Rusia, Irán y China. A los adversarios de Estados Unidos les basta con ser fuertes en uno solo de esos escenarios de conflicto para ganar, mientras que Washington tiene que imponerse en los tres simultáneamente. En uno de sus últimos pronósticos la RAND Corporation, principal think tank del Pentágono, presenta un panorama bastante sombrío Commission on the National Defense Strategy | RAND de la capacidad de Washington de salir airoso de este embate. Los Estados Unidos «no están preparados» para una «competición» seria con sus principales adversarios, y es vulnerable e incluso inferior en todos los ámbitos de la guerra, advierte la RAND. Si eso es así y le sumamos los efectos de la “guerra comercial contra todos” anunciada por Trump, la crisis financiera resultante podría abrir un boquete fatal en la línea de flotación del “Hacer de nuevo grande a América” (MAGA). Mientras en Moscú, Teherán y Pekín tenemos en el puente de mando a gente que parece saber jugar al ajedrez, en Washington está un Yeltsin americano. Un elefante en la cacharrería.

(*) El 13 de septiembre Putin declaró lo siguiente desde San Peterburgo: “El hecho es», dijo, »que el ejército ucraniano no está en condiciones (…) y todos los expertos lo confirmarán tanto en nuestro país como en Occidente (…) de atacar con modernos sistemas de precisión de largo alcance de fabricación occidental. Esto sólo es posible con la ayuda del reconocimiento por satélite, del que Ucrania no dispone. Se trata exclusivamente de datos procedentes de satélites de la UE o de Estados Unidos, generalmente satélites de la OTAN. Este es el primer punto. El segundo y muy importante, quizá el decisivo, es que sólo los soldados de la OTAN pueden introducir las coordenadas de los objetivos en este sistema de misiles. (…) Así que no se trata de permitir o no al régimen ucraniano atacar a Rusia con estas armas. Se trata de decidir si los países de la OTAN participan directamente en un conflicto militar o no. Si se toma esta decisión, no significará otra cosa que la implicación directa de los países de la OTAN, Estados Unidos y los países europeos en la guerra de Ucrania”, por lo que Rusia tomaría “las decisiones correspondientes”."

(Rafael Poch de Feliu , blog, 19/11/24, Publicado en Ctxt)

29.3.22

Cinco cosas que ha dicho Xi Jinping a Biden (y una que hizo)

 "La reciente cumbre virtual entre los presidentes Joe Biden y Xi Jinping, que siguió al encuentro de Roma entre Jack Sullivan y Yang Jiechi, ha servido para poco más que, de nuevo, poner los puntos sobre las íes…

Xi dijo a Biden, en esencia, lo siguiente:

Primero, que la posición de China en relación a la guerra en Ucrania no es ambigua, sino clara y coherente: le disgusta lo ocurrido, no estaba al tanto previamente, seguirá prestando apoyo humanitario a Ucrania, su compromiso con la soberanía y la integridad de las fronteras es inalterable, su apuesta por una seguridad indivisible también. El papel que aspira a desempeñar China es constructivo, apoyando los esfuerzos de la comunidad internacional para lograr el cese de las hostilidades y una solución integral y duradera. China, apostilla, es responsable y EEUU debería serlo también a la hora de primar la búsqueda de la paz sobre cualquier otro interés.

Segundo, China llama a recuperar la calma y la moderación, evitar el desbordamiento y reconducir la crisis a una mesa de diálogo y negociación en la que no deben faltar ni los EEUU ni la OTAN como partes también involucradas en la crisis. Beijing se opone al apoyo militar que los EEUU y sus aliados prestan a Ucrania porque no contribuye a una pronta resolución de la crisis. Y recuerda a los EEUU y la OTAN su pasado largamente agresivo con una dilatada lista de países damnificados, en cuyo caso no hubo muestras del más mínimo alarde de la empatía que ahora, hipócritamente, manifiestan. De ello, en principio, debiera derivarse que China no proporcionará ayuda militar, económica o financiera excepcional a Rusia, más allá de lo que sugiera la protección de sus intereses inmediatos. La expansión de la OTAN, impulsada por los EEUU en demérito de los intereses de seguridad de Rusia es un asunto central en la comprensión de esta crisis.

Tercero, China  rechaza coacciones o presiones, no se amilana y por encima de todo  velará por preservar sus intereses al rechazar cualquier forma de acoso e intimidación. Esto implica que se cuidará de que las sanciones les afecten en primer plano pero también que el balance final de esta guerra no perjudique sus estrategias. Y también que velará porque nadie aproveche la crisis para barrer en su propio beneficio (especialmente Japón, y su nuevo militarismo).

Cuarto, China aboga por una solución integral capaz de establecer las bases de una arquitectura de seguridad global y regional equilibrada. Y en la misma línea, si alguien teme que China se incline abiertamente hacia Rusia y aboga por atraerla a su lado, carece de sentido que al mismo tiempo aliente una estrategia de cerco y acoso constante contra su emergencia para frenar el incremento de su presencia e influencia en todo el mundo.

Quinto, y China advierte que sus preocupaciones legítimas de seguridad, como las de Rusia, también deben ser tenidas en cuenta por Occidente. Esto atañe especialmente a Taiwán. De nada vale que EEUU reitere compromisos retórico-formales del gusto de China si, después, sus actos no son coherentes y envían “señales equivocadas”. Xi dijo “tomarse muy en serio” las declaraciones de Biden en este sentido para mantener bajo control las diferencias.

¿Y qué hizo? Unas horas antes de la cumbre virtual, el portaaviones Shandong navegó por el Estrecho de Taiwán. Es el portaaviones más nuevo de China, puesto en servicio en 2019. La estela que dejaba a su paso remarcaba una línea roja, bien visible para los destructores estadounidenses y los buques de guerra de Taipéi que le seguían muy de cerca. “Una misión de rutina”, aclararon desde Beijing…"         (Xulio Rios, Observatorio de la Política China, 22/03/22)

16.2.21

Rusia y China... la alianza entre los dos países, forjada por la estupidez de Washington, no tiene que ser la de “amigos para siempre”. Pero para romper su actual alianza sin confianza se necesita un mínimo de parte de Estados Unidos y de su impotente apéndice, la Unión Europea. Y de momento no lo hay...

 "La cooperación ruso-china es cada vez más estrecha y se extiende a ámbitos sensibles antes inimaginables. En octubre de 2019 el presidente Putin reveló, por ejemplo, que Rusia está ayudando a China a crear un sistema de alerta para ataques de misiles, lo que parece anticipar un modelo integrado y un rudimento de alianza militar defensiva. Esos son, ciertamente, avances mayores.  (...)

“Hasta ahora la entente ruso-china se concentraba exclusivamente en las relaciones bilaterales, pero progresivamente ha pasado a convertirse en una coordinación de la política exterior, al principio limitada pero que no cesa de intensificarse”, observa el siempre fino analista diplomático indio M.K. Bhadrakumar.

 El principal fundamento de esa cooperación general es el común maltrato que ambos países reciben de Estados Unidos. “Los estrategas americanos continúan ignorando la perspectiva de una alianza entre Rusia y China. Asumen alegremente que es posible contener y erosionar gradualmente a ambos países vía sanciones, restricciones comerciales, financieras, de inversiones y tecnología, y, simultáneamente, socavando su estabilidad interna financiando a la oposición interna a sus regímenes con adoctrinamiento de elementos prooccidentales de guerra informativa”, constata Bhadrakumar.

(...)  Li dijo entonces: “Estados Unidos está llevando a cabo un doble cerco de China y de Rusia e intenta sembrar la discordia, pero nosotros constatamos eso y no morderemos el anzuelo. La principal razón es que disponemos de una base muy sólida para una confianza política mutua”. La primera afirmación es correcta, la segunda no: entre Rusia y China no hay confianza.  (...)

En 1972, los chinos habían aceptado la entente ofrecida por Nixon y Kissinger con la que Washington incrementó su presión sobre la URSS, y para los militares soviéticos la pregunta de quién era el “enemigo principal” de la URSS no tenía una respuesta sencilla en los años setenta. ¿Cuánta mutua desconfianza genera hoy ese pasado? La respuesta a esa pregunta tiene, seguramente, muchos matices pero, desde luego, no arroja una “base muy sólida para una confianza política mutua”.

Los subterfugios de Rusia

El despecho hacia Occidente que domina hoy entre los dirigentes rusos, después de la incapacidad europea de asumir el proyecto gorbacheviano/gaullista de una “Europa de Lisboa a Vladivostok” –incapacidad instrumentalizada por la OTAN–, desemboca en el coqueteo intelectual con el llamado “eurasianismo”: el presidente Putin dice que Washington es “incapaz de llegar a acuerdos” y su ministro de Exteriores, Lavrov, afirma que “debemos cesar de preocuparnos por las afirmaciones de nuestros socios europeos”. La mentalidad declarada se podría resumir así: “¿Maltrato, sanciones y atosigamiento militar de Occidente?, pues nos orientamos a China, no os necesitamos”. Es más fácil decirlo que realizarlo.

Europa no es, ciertamente, el único mercado (energético) de Rusia, pero sí el más idóneo y en muchos aspectos el más conveniente. Asistí a las negociaciones chino-rusas sobre suministro del gas siberiano exportado a China, y doy fe de su definición, por un observador ruso, como “drama de dimensiones shakesperianas”: tardaron años en ponerse de acuerdo sobre los precios, y el ambiente en la delegación rusa era de una monumental irritación.

 En 1972, los chinos habían aceptado la entente ofrecida por Nixon y Kissinger con la que Washington incrementó su presión sobre la URSS, y para los militares soviéticos la pregunta de quién era el “enemigo principal” de la URSS no tenía una respuesta sencilla en los años setenta. ¿Cuánta mutua desconfianza genera hoy ese pasado? La respuesta a esa pregunta tiene, seguramente, muchos matices pero, desde luego, no arroja una “base muy sólida para una confianza política mutua”.

Los subterfugios de Rusia

El despecho hacia Occidente que domina hoy entre los dirigentes rusos, después de la incapacidad europea de asumir el proyecto gorbacheviano/gaullista de una “Europa de Lisboa a Vladivostok” –incapacidad instrumentalizada por la OTAN–, desemboca en el coqueteo intelectual con el llamado “eurasianismo”: el presidente Putin dice que Washington es “incapaz de llegar a acuerdos” y su ministro de Exteriores, Lavrov, afirma que “debemos cesar de preocuparnos por las afirmaciones de nuestros socios europeos”. La mentalidad declarada se podría resumir así: “¿Maltrato, sanciones y atosigamiento militar de Occidente?, pues nos orientamos a China, no os necesitamos”. Es más fácil decirlo que realizarlo.

Europa no es, ciertamente, el único mercado (energético) de Rusia, pero sí el más idóneo y en muchos aspectos el más conveniente. Asistí a las negociaciones chino-rusas sobre suministro del gas siberiano exportado a China, y doy fe de su definición, por un observador ruso, como “drama de dimensiones shakesperianas”: tardaron años en ponerse de acuerdo sobre los precios, y el ambiente en la delegación rusa era de una monumental irritación.

 Pragmatismo chino

Por parte de China, no hay el más mínimo deseo de entrar en una lógica de bloques, a la que Rusia está acostumbrada por la inercia de su largo pulso con Occidente durante la fase bipolar de la Guerra Fría. Las dudas y recelos de Pekín sobre el futuro y la sostenibilidad del actual despecho de Rusia hacia el resto de aquellos “demonios extranjeros” solo pueden ser enormes. Al mismo tiempo, esas dudas no impiden la actitud instrumental que las circunstancias imponen: “China y Rusia no tienen intención de formar una alianza militar porque no resolvería los desafíos integrales que ambos países encaran, (pero) mientras cooperen estratégicamente pueden generar una efectiva disuasión y un común esfuerzo para lidiar con problemas específicos, resistir los intentos de anular a ambos países y frenar la mala conducta internacional de Estados Unidos”, señala un comentario editorial del diario chino Global Times

“Una alianza militar solo sería una última opción para la peor de las situaciones: si Estados Unidos u otro país lanzara una guerra que obligara a China y Rusia a luchar juntas”, dice el experto del Instituto de Estudios de Rusia, Europa Oriental y Asia Central de la Academia de Ciencias Sociales china, Yang Jin.  (...)

¿Un 1972 a la inversa?

Tanto en Moscú como en Pekín se habría preferido mantener una política bilateral estable con Washington en lugar de establecer la actual alianza, pero el requisito de tal política es el reconocimiento de los intereses nacionales de Rusia y China por parte de Estados Unidos. Eso significa una administración diplomática, es decir pactada y negociada, de las diferencias. Hoy eso no es posible, pues Washington no reconoce sus propios límites y su política está secuestrada por un militarismo estructural que viene determinado por el enorme peso político de su complejo militar-industrial en las decisiones de política exterior, en las cámaras representativas y en la presidencia del país. Eso hace que las políticas de fuerza (sanciones guerra híbrida y presión militar) vayan claramente por delante del diálogo, la negociación y la búsqueda de acuerdos. Si eso cambiara, tendría consecuencias inmediatas en la actual ecuación y muy en particular en la actitud de Rusia. ¿Puede cambiar? De momento no hay el más mínimo atisbo de democratización del sistema político de Estados Unidos (y, en definitiva, cancelar ese militarismo estructural presupone precisamente eso), pero en el futuro no lo sabemos.

 La mentalidad del dominio europeo y norteamericano del mundo, grabada en la conciencia occidental desde la Revolución Industrial y el colonialismo, es la de que poderío mundial equivale a sometimiento del otro. Esta primitiva mentalidad, completamente inservible para los retos del siglo XXI, es la que convierte en aterradora para quien la suscribe cualquier perspectiva de ascenso de potencias emergentes que antes no contaban nada. Desde esa mentalidad es manifiesta la estupidez estratégica que supone el hecho de que Estados Unidos incentive con su doble hostilidad una alianza de China con Rusia perfectamente evitable. Paradójicamente, fue el candidato Donald Trump quien, en una declaración de 2015, enunció ese absurdo antes de convertirse en uno de los presidentes más nefastos e inquietantes de la historia de Estados Unidos: 

“Una de las peores cosas que le podrían ocurrir a nuestro país es que Rusia sea empujada hacia China. Nosotros la hemos incitado a aliarse con China, vean los grandes acuerdos petroleros que están ultimando. Nosotros les hemos unido y es una catástrofe para nuestro país. La incompetencia de nuestros gobernantes les ha hecho ser amigos”.  (...)

Pese a la recuperación nacional que Rusia ha experimentado con el presidente Putin, los indicadores generales de su potencia apuntan a la baja. Dejando de lado los problemas de su estructura económica (excesivamente centrada en la exportación de hidrocarburos) y de su sistema político, la tendencia de su potencia va claramente a menos. Su zona de influencia en Eurasia continúa reduciéndose: ha perdido Ucrania. Moldavia más bien se orienta a Occidente. En Asia central sanciona un condominio de influencias con China. Turquía comienza a intervenir militarmente en Transcaucasia, como se ha visto en la última guerra por el Alto Karabaj. Y el colmo es que hasta en la fiel y segura Bielorrusia, harta de su caudillo para el que Moscú no parece tener alternativa, se erosiona el antes sólido prestigio ruso. Bielorrusia ya es para Rusia zona en disputa con Polonia, un enemigo histórico de Moscú que antes era insignificante pero que ahora, integrado en la Unión Europea al igual que las pequeñas repúblicas bálticas, envenena el ambiente y causa problemas…

 Desde este punto de vista, unas relaciones normalizadas con Estados Unidos serían agua de mayo para Moscú. Al mismo tiempo contrarrestarían el poderío de un crecido vecino oriental con el que mantiene una larga frontera de 4.200 kilómetros y una enorme desproporción de potencia económica llamada a ir en aumento. 

Devolverle a China un 1972 de la mano de Estados Unidos es una posibilidad muy racional y llena de ventajas para Moscú. Rusia y China no tienen por qué ser “amigos para siempre”. Pero para romper su actual alianza sin confianza se necesita un mínimo de parte de Estados Unidos y de su impotente apéndice, la Unión Europea. Y de momento no lo hay. De esa ausencia resulta la principal consistencia de la actual cooperación entre Moscú y Pekín."                              ( Rafael Poch , CTXT, 5/02/2021)

8.6.20

Mucho se habla del “mundo después de la pandemia”. Habrá cambios, seremos otros, dicen. A mediados de mayo el panorama sigue lejos de estar claro, pero la sensación es la de que estamos entrando en la boca de un túnel... el vector de la guerra fría entre Estados Unidos y China que solíamos contemplar como posibilidad a medio y largo plazo, ya está declarado como realidad. La pandemia no ha unido al mundo, sino que al contrario ha incrementado gravemente el riesgo de conflictos mayores

"Mucho se habla del “mundo después de la pandemia”. Habrá cambios, seremos otros, dicen. Parece que el virus sea un agente transformador y no un mero factor de enfermedad, desempleo y pobreza. Desde luego, “otro mundo es posible”, pero ni el cambio está garantizado, ni tiene que ser ineludiblemente un cambio a mejor. (...)

“¿De verdad creen ustedes que cuando pase esta pandemia, cuando la segunda o decimosexta ola de coronavirus se haya olvidado, los medios de vigilancia  no se conservarán? ¿Qué las colecciones de datos recogidas no se habrán almacenado? Sea cual sea su uso, estamos en vías de construir la arquitectura de la opresión”, advierte Edward Snowden. Es solo un aspecto de cambio a peor. ¿La salud por delante de la economía?

El sistema que ha venido elevando los niveles permitidos de utilización de sustancias dañinas, que privatizó los sistemas de salud, que engaña con las emisiones de los automóviles y los identificadores de los alimentos, y que ha venido defendiendo como inocua la energía nuclear, e incluso el almacenamiento de sus residuos, ese mismo sistema ¿tiene credibilidad cuando nos dice ahora que hará todo lo posible por defender la salud de la población?

 No hay duda de que la coyuntura determina repartos de dinero, en primer lugar hacia las empresas, los bancos y sectores en crisis (el gigantesco rescate americano de la Cares Act se aprobó el 25 de marzo) y también alguna distribución de dinero social durante algunos meses, pero en cuanto pase la enfermedad, habrá un regreso inercial hacía lo suyo. Desde luego el capital no va a rendirse por un virus, no va a abdicar de las ventajosas parcelas de poder y gobierno que ha adquirido en las últimas décadas bajo la ideología de la globalización neoliberal.

 ¿Por qué iban a renunciar al trabajo precario, a seguir calentando el planeta, a gastar más en armas y en crear tensiones bélicas si todo eso genera beneficios? Para un nuevo orden mundial más viable y equitativo hace falta una fuerza social colosal que lo imponga. En marzo se constataba que entrábamos  en aguas desconocidas . A mediados de mayo el panorama sigue lejos de estar claro, pero la sensación es la de que estamos entrando en la boca de un túnel.

Más presión contra China

En el centro del Imperio el Presidente idiota sigue alimentando una guerra fría con China. Ese podría ser su gran recurso para ganar su reelección. Trump ha hecho tantos estropicios en el gobierno de la pandemia en su país que necesita una buena cortina de humo para lograr un nuevo mandato en un país con cuarenta millones de parados (22,5% de la población activa, a apenas tres puntos del 25% de la gran depresión en 1933). En China la pandemia ha dejado 4600 muertos, mientras que en Estados Unidos van por 90.000, así que no hay más remedio que afirmar que China es culpable de haber creado el virus y de falsificar sus cifras  (...)

Si después del 11-S neoyorkino se pudo dirigir el asunto contra Irak, inventándose lo de las armas de destrucción masiva de Sadam, ¿por qué no va a ser ahora posible arrastrar al público hacia la leyenda de la “culpabilidad” de China?
 
La patada en el tablero

El asunto viene de lejos. Las enmiendas a la globalización son claramente anteriores a la pandemia. Tienen que ver con el hecho central de que se hacía evidente que China iba ganando, adquiriendo mayor peso y potencia, jugando en un tablero americano, con normas e instituciones creadas y controladas por Estados Unidos y a la medida de sus intereses. La globalización era muchas cosas, pero entre ellas, un seudónimo del dominio mundial de Estados Unidos. Y resulta que China se crecía en ese tablero y que la próxima consecuencia de ese crecimiento es descabalgar el papel del dólar en la financiación del comercio global. Así que había que cambiar las cosas, realizar enmiendas, dar una patada al tablero para recolocar las fichas.

 Ellos que siempre soñaron con llegar un acuerdo bilateral con Estados Unidos que les dejara vivir (sueño que era compartido por el Kremlin), se dieron cuenta de que si “vivir” significaba ir a más, ser soberanos e independientes, desarrollarse, mejorar y aumentar su peso en el mundo, no solo no habría acuerdo de coexistencia sino conflicto, porque EstadosUnidos no lo acepta. El único acuerdo que acepta es la sumisión. Por eso ajustaron su sistema político, con la dirección más centralizada y firme de Xi Jinping y su fortalecimiento militar en el Mar de China Meridional. 

Este doble refuerzo -además de su dinámico desarrollo tecnológico y su estrategia de exportación de sobrecapacidad e integración comercial mundial, la Belt & Road Initiative-, se basa en la razonable y profunda convicción de que las relaciones con Estados Unidos van a ir a peor. Ese refuerzo no está enfocado a sustituir a Estados Unidos como superpotencia global, como suele decirse, sino a proseguir el ascenso de potencia emergente y a garantizar una no victoria militar de Estados Unidos en un conflicto regional en su entorno asiático inmediato (su mar Caribe), que a poder ser disuada a los generales del Pentágono de iniciarlo. En ese tablero, la pieza de Taiwan vuelve a ganar peso.

Mas incompetencia geopolítica y desintegración en la UE

Sea como fuere, el vector de la guerra fría entre Estados Unidos y China que solíamos contemplar como posibilidad a medio y largo plazo, ya está declarado como realidad. Para la Unión Europea, que gasta en armamento 300.000 millones de dólares al año (es decir más que la suma de China y Rusia) es una nueva ocasión de reiterar su incompetencia geopolítica y su demostrada condición de vasallo impotente. En Alemania el consenso mayoritario del establishment lo ha resumido el presidente del grupo editorial Springer, Matthias Döpfner diciendo, “cuando la crisis del coronavirus se supere, los europeos deberán decidir la cuestión de las alianzas: con América o con China”, cuestión que para él no tiene secreto. (...)

La apuesta de la Unión Europea “por América” y contra China sigue la estela de Washington. (...)

Mientras el director del Programa Mundial de Alimentos de la ONU, David Beasley, advierte que cientos de millones de personas pueden sufrir hambre en la “peor crisis humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial”, particularmente en África y Oriente Medio y en países que sufren crisis bélicas o sanciones, Estados Unidos (junto con Inglaterra, Ucrania, Canadá y Corea del Sur) ha abortado los proyectos de resolución para congelar las sanciones unilaterales contra los países en desarrollo afectados por la pandemia e incluso una simple propuesta de alto el fuego allí donde hay guerra.

La pandemia no ha unido al mundo, sino que al contrario ha incrementado gravemente el riesgo de conflictos mayores, “amplificando y acelerando” ese peligro, constata el viceministro de exteriores ruso, Sergey Ryabkov.  (...)

La lógica imperial, belicista y suicida, no solo no remitirá, sino que cobra nuevo vigor.

El actual sistema de capitalismo neoliberal, a diferencia del de los años treinta, cuarenta, cincuenta o sesenta del pasado siglo, ha castrado al sistema político convirtiéndolo en su subalterno. Como dice Serge Halimi, cuando se evoca como modelo y precedente el programa  económico y social del Consejo Nacional de la Resistencia en Francia, la conquista de los derechos sindicales en muchos países, o las grandes obras públicas del New Deal en Estados Unidos, se olvida el detalle de que los resistentes franceses aún tenían las armas en casa, que el establishment temía una revolución en países como Francia o Italia y que el capital estaba asustado. Lo político primaba mucho más que hoy sobre lo “económico”. 

Hoy el capital no tiene motivos, ni temores, para negociar nada. ¿Qué tenemos hoy después de treinta o cuarenta años de colonización capitalista de nuestras sociedades occidentales? “Poblaciones confinadas, tan miedosas como pasivas, infantilizadas por las cadenas de televisión (y las “redes sociales”), convertidas en espectadoras pasivas y neutralizadas”, dice Halimi.

No habrá ese mágico “día de la victoria” sobre el virus en el que la población saldrá entusiasmada a la calle y los gobiernos proclamarán una nueva forma de vida con lecciones para afrontar el calentamiento global y los demás retos del siglo. Solo el cambio en la correlación de fuerzas que resultara de una gran fuerza social y del miedo puro y simple del capital ante ello posibilitará reformas significativas. La simple realidad es que hoy los gobiernos pueden cambiar por la acción del voto, pero es muy improbable que el voto cambie el sistema y la lógica fundamental.

Un 15-M multiplicado por diez no alcanza para cambiar el sistema

Supongamos que un gobierno de izquierdas, por ejemplo en España, sale de la pandemia apoyado por un fuerte movimiento social, un 15-M multiplicado por diez que realiza la proeza de convertir en ciudadanos a una mayoría de los actuales consumidores-clientes e impulsa un programa de reformas: nueva política fiscal menos injusta, potenciación del sector público, nacionalización de los transportes, las telecomunicaciones y la banca, proteccionismo. Es decir, un programa de progreso de los años sesenta más la renta básica y la fuerte protección medioambiental que se precisa hoy. 

Como dice  Frédéric Lordon,  no hay duda sobre lo que se le vendría encima a un gobierno de ese tipo: el sector financiero internacional y los mercados. Le declararían la guerra. Desde Estados Unidos, desde los centros de poder e instituciones de la Unión Europea, desde los poderes fácticos del propio país y desde una oposición interna radicalizada y fuertemente respaldada desde el exterior. Los medios de comunicación, en su inmensa mayoría correas de trasmisión de ese conglomerado sistémico que domina lo político, le harían la vida imposible. 

La independencia de Cataluña, por ejemplo, sería bien vista por unos poderes globales enfocados a cortar por lo sano el ejemplo: mejor un país roto que un precedente transformador. Surgiría así el imperativo internacionalista, la conciencia de la enorme dificultad de acometer el cambio en un solo país y mientras tanto aparecería un Tsipras que, cediendo a la fuerza de las circunstancias, traicionaría todo lo prometido o emprendido…

Se dirá que todos los intentos de cambio se han enfrentado a ese tipo de cuadros, pero hoy, cuando lo político está atrapado por la red sistémica y su lógica fundamental, aún más. Claro, si esa hipótesis de gobierno transformador apoyado por una gran fuerza social se realizara en un país tan importante como Estados Unidos, o tan central en Europa e históricamente tan inspirador como Francia, con capacidad de irradiar impulsos fuera de sus fronteras y convertir una salida del capitalismo en asunto internacional, otro gallo cantaría. Pero, ¿dónde está esa enorme fuerza social necesaria para el cambio de la desmundialización ciudadana que soñamos?

El neoliberalismo de las últimas décadas consistió en la ruptura de los consensos sociales de posguerra. No está dispuesto a negociar al respecto y eso no tiene una solución electoral. Solo la imaginación, la audacia y el sueño permiten tantear y anticipar lo que por definición es siempre inesperado. Cuando nos adentramos en la boca del túnel es necesario reflexionar sobre todo ello sin hacerse ilusiones infantiles."                     (Rafael Poch, CTXT, 26/05/20)

24.4.20

‘Gracias China’... Es probable que en México llegue a haber hasta 700.000 casos potencialmente mortales de la COVID-19, y el país solo tiene 5500 respiradores... es Pekín, y no Washington, el que está acelerando el envío de cientos de respiradores para ayudar al país a mitigar su vulnerabilidad. La Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos provocó la ira de varias naciones caribeñas cuando bloqueó la exportación de equipos de protección personal y respiradores artificiales comprados a vendedores estadounidenses... ‘Gracias China’

"Gracias China!!!”, tuiteó Marcelo Ebrard, secretario de Relaciones Exteriores de México, el primero de abril. 

En el tuit aparecía una foto del avión que llevaba 100.000 cubrebocas, 50.000 kits de pruebas y cinco respiradores artificiales donados por China. Es probable que en México llegue a haber hasta 700.000 casos potencialmente mortales de la COVID-19, y el país solo tiene 5500 respiradores

 Aunque esta inminente catástrofe humanitaria sin duda afectará a Estados Unidos, que comparte con México una frontera de 3218 kilómetros y sólidos lazos comerciales, es Pekín, y no Washington, el que está acelerando el envío de cientos de respiradores para ayudar al país a mitigar su vulnerabilidad.


En otra época, Ebrard habría expresado gratitud a su vecino del norte y destacado la alianza duradera con Estados Unidos. Sin embargo, ahora China ha intervenido para llenar el vacío que dejó el presidente Donald Trump, quien ha alejado a sus antiguos socios y debilitado la posición de su país en América Latina y el Caribe.


Esta no es la primera vez que China le da la mano a la región. Tras la crisis económica de 2008, China, que financió un estímulo mundial que representó el siete por ciento del producto interno bruto del país, impulsó las economías latinoamericanas al adquirir productos básicos como petróleo, madera y minerales metálicos.


Actualmente, China es el segundo mayor socio comercial de la región, y ha superado a Estados Unidos al convertirse en el principal socio comercial de economías latinoamericanas importantes como Brasil, Chile, Perú y Uruguay. Desde 2017, diecinueve naciones de la región se han adherido a la Iniciativa del Cinturón y la Ruta de la Seda del gobierno chino, una red multimillonaria de proyectos de inversión e infraestructura. 

El influjo de financiamiento y asistencia para el desarrollo ha permitido el acceso a una financiación fundamental para gobiernos con escasez de efectivo y muy endeudados que han tenido que hacer frente a una creciente demanda pública de carreteras pavimentadas, transporte público moderno y mejores servicios.


Además, en la última década han surgido en toda América Latina unos 41 Institutos Confucio, lo que ha fomentado vínculos culturales transpacíficos entre estudiantes y profesores. Y desde 2016, Pekín ha financiado todos los años la capacitación de cientos de periodistas en intercambios profesionales y pasantías que llevan a latinoamericanos a China.


El giro de la nación hacia la diplomacia médica en medio de la pandemia de la COVID-19 es una consecuencia natural de esta relación en ciernes y una victoria para una región que durante demasiado tiempo ha invertido muy poco en su infraestructura sanitaria. Mientras los países del continente americano se enfrentan a la creciente crisis de salud pública, el relativo silencio de Estados Unidos resulta ensordecedor.

 La semana pasada, el gobierno de Trump detuvo la entrega de recursos a la Organización Mundial de la Salud (OMS) y cumplió con los recortes presupuestarios que había prometido hacer a la Organización Panamericana de la Salud, un organismo multilateral de salud pública diseñado para prevenir y contener los brotes de enfermedades transmisibles en este continente.

De igual forma, la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos provocó la ira de varias naciones caribeñas cuando bloqueó la exportación de equipos de protección personal y respiradores artificiales comprados a vendedores estadounidenses; Haití, por su parte, evitó por completo a los proveedores estadounidenses y prefirió negociar la venta de dieciocho millones de dólares en equipo médico de China.

 Entre tanto, el USNS Comfort, un buque hospital de la Marina de Estados Unidos y símbolo perdurable de solidaridad con América Latina y el Caribe, fue llamado para ayudar a los hospitales sobrepasados de la ciudad de Nueva York. Sin embargo, se encuentra prácticamente vacío en el muelle 90 de Manhattan, abrumado por trámites burocráticos en lugar de por un exceso de pacientes.


A medida que Estados Unidos se repliega para responder a su propia crisis del coronavirus, deja a naciones desesperadas y cada vez más inestables de nuestro continente luchando por conseguir asistencia médica y humanitaria de otros lugares.  (...)

El giro proteccionista de Estados Unidos también ha dado lugar a la imposición de aranceles a antiguos socios comerciales en el hemisferio. A lo largo de todo el continente, desde Santiago de Chile hasta Ciudad de México, se está poniendo en duda el liderazgo estadounidense y China se está posicionando como su relevo.



A pesar del mal manejo del brote inicial de la COVID-19, China ha buscado redimir su imagen y ganarse el favor de los gobiernos de todo el mundo ayudándolos a aplanar sus curvas de infección. En comparación con Estados Unidos, China tiene una ventaja provisional para inundar el mundo con asistencia contra esta enfermedad: la respuesta draconiana de China al brote inicial en Wuhan ha permitido que sus industrias y comercio internacional se reabran.


Los mensajes cuidadosamente elaborados de China han mejorado su ventaja estratégica. El 13 de abril, el ministro de Relaciones Exteriores de Argentina aplaudió a China al recibir un gran cargamento de muy necesarios cubrebocas, guantes y trajes protectores. Las cajas de entrega estaban adornadas con las banderas de China y Argentina y una cita en español sobre la hermandad del querido poema argentino “El gaucho Martín Fierro”, de José Hernández.  (...)

Durante su conferencia de prensa diaria sobre el coronavirus a principios de este mes, el presidente Trump hizo el anuncio disonante de que Estados Unidos está aumentando sus activos militares en el Caribe y el Pacífico oriental para apoyar la misión destinada a combatir el narcotráfico. Con el telón de fondo de la competencia entre grandes potencias y la crisis humanitaria que se avecina, en lugar de enviar destructores de la Marina y embarcaciones de la Guardia Costera, Estados Unidos debería incrementar la asistencia humanitaria al resto del continente.


De no ser así, la propagación de la COVID-19 promete exacerbar el sufrimiento humano y desencadenar una crisis migratoria aún mayor, así como dejar el hemisferio más abierto a la cooperación con China y cada vez más receloso de la asociación con Estados Unidos."               

(Paul Angelo y los autores son expertos en relaciones exteriores, The New York Times,

13.2.19

Venezuela: es el petróleo, ¡estúpido!... en vez de resolver una grave crisis humanitaria, todo indica que el golpe la agravará... el embargo forzará un descenso del 40% de las importaciones, muchas de ellas de alimentos básicos y medicamentos. Es algo que varios portavoces de la Naciones Unidas han advertido. No queda claro que el Parlamento europeo, al apoyar el reconocimiento de Guaidó y –por defecto– el embargo petrolero, haya tenido en cuenta estas consecuencias... Trump nunca se hubiera imaginado que sería tan fácil que la mayor parte de América Latina y Europa se apuntara tan dócilmente a su doctrina...

"(...) una semana después de la autoproclamación de Juan Guaidó como presidente paralelo de Venezuela en una operación diseñada en Washington, una tesis parece bastante creíble. Venezuela se ha convertido en el laboratorio de una nueva política exterior de Estados Unidos frente a sus rivales geopolíticos China y Rusia. Y, obviamente, en el país con más reservas de petróleo del mundo, el crudo es el meollo del asunto.  (...)

Lo cierto es que el sector petrolero en Venezuela se encuentra en una situación caótica, gestionado por el ejército con la intervención de grupos cuasidelincuentes. “Recuperar la producción será tan difícil como en Irak tras la invasión”, dijo Amy Myer Jaffe, experta del consejero de Relaciones Extranjeras en Washington. Fue en una comparación reveladora, dada la amenaza de John Bolton, el consejero de Seguridad, de “meter en Guantánamo” al presidente venezolano, Nicolás Maduro. (...)

Guaidó ha intentado en los últimos días convencer a China y Rusia de que ellos también se beneficiarían de un cambio de gobierno y de la apertura del sector petrolero; las dos potencias han mostrado un fuerte rechazo a la nueva política occidental de reconocer a Guaidó y anunciar un embargo petrolero. 

China teme que esté en peligro su estrategia de extender créditos por 50.000 millones de dólares a Venezuela a cambio de asegurar una fuente de suministro de crudo y participar en obras de infraestructura. Un joint venture entre la petrolera china CNPC y PDVSA fue clave para duplicar la producción petrolera venezolana el año pasado.

Asimismo Rusia, que ha ido haciéndose con activos petroleros a cambio de créditos al Gobierno de Maduro, teme un gobierno pro Washington que cumpla con sus promesas de revertir todos los contratos firmados por la Administración chavista. Decenas de directivos de la petrolera Rosneft llegaron la semana pasada al hotel Gran Meliá en Caracas.  (...)

Puede resultar cínico hablar de una agenda oculta en el plan supuestamente humanitario de cambio de régimen urdido en una operación meticulosamente planificada por Washington, según explica en un revelador artículo el Wall Street Journal el pasado día 24. A fin de cuentas, nadie duda de la gravedad de la crisis de desabastecimiento de bienes básicos, que ha convertido en un calvario la vida diaria de millones de venezolanos. 

Todo se importa menos el petróleo en Venezuela, de modo que el colapso de las exportaciones petroleras de 100.000 millones de dólares en el 2012 hasta 32.000 millones de dólares en el 2017 se traduce directamente en el desabastecimiento de alimentos y, aún más grave, de medicamentos.

Sin embargo, es lógico cuestionar los motivos de la Administración Trump por una sencilla razón. El resultado del embargo petrolero anunciado la semana pasada que reducirá a cero los 11.000 millones de barriles que Venezuela exporta a EE.UU. probablemente será el atrincheramiento en el poder de Nicolás Maduro.

 “Lo más probable es que Maduro se cave un búnker más profundo”, dijo Francisco Rodríguez, de Torino Capital, en Nueva York, que da el 55% de las probabilidades de que Maduro aún se mantenga en el poder en el 2020.

Asimismo, en vez de resolver una grave crisis humanitaria, todo indica que el golpe la agravará. Rodríguez calcula que el embargo provocará otra caída del 56% de la producción petrolera venezolana en el 2019 con una debacle de las exportaciones del 50%. Esto forzará un descenso del 40% de las importaciones, muchas de ellas de alimentos básicos y medicamentos. 

Puesto que se importan los productos incluso en el sistema de distribución de bienes esenciales en los llamados CLAP, que han protegido del hambre a cuatro millones de venezolanos, las consecuencias de estas nuevas sanciones serán una catástrofe humanitaria.

Es algo que varios portavoces de la Naciones Unidas han advertido en los últimos días. No quedaba claro que el Parlamento europeo, al apoyar el reconocimiento de Guaidó y –por defecto– el embargo petrolero, haya tenido en cuenta estas consecuencias. 

Rodríguez calcula que el PIB va a caer otro 26% en el 2019, lo cual supondrá la destrucción del 60% de la actividad económica desde el 2013.
El embargo tal vez sí servirá para cumplir con los objetivos geopolíticos de la nueva política exterior en América Latina: advertir a China y a Rusia de que América Latina vuelve a ser una esfera de influencia estadounidense. (...)

Maduro ha basado su desafío a EE.UU. en su convicción de que el mundo ya es multipolar y que sus aliados son China y Rusia. Pero es posible que haya infravalorado otra tendencia que se confirmó con la llegada de Trump a la Casa Blanca. El fin de la globalización parece estar dando lugar a la consolidación de los bloques regionales. Las fuertes tensiones comerciales entre EE.UU. y China están reforzando la integración regional asiática. Se reestablece el poder ruso en parte de Medio Oriente. Lo que queda es el hemisferio occidental.  (...)

Ni los viejos halcones del equipo de Trump podrían haberse imaginado que sería tan fácil que la mayor parte de América Latina y Europa se apuntara tan dócilmente a la nueva doctrina Monroe en versión de Donald Trump."                    ( , La Vanguardia, 03/02/19)

6.2.19

La política estadounidense de acoso y derribo de Nicolás Maduro tiene en lo geopolítico un segundo destinatario principal, China... En su gira del pasado octubre por América Latina, el secretario de Estado Mike Pompeo lo dijo alto y claro: todos tienen que “elegir campo”... Los préstamos concedidos a Caracas por China ascienden hoy día a unos 62.000 millones de dólares, representando el 53 por ciento del total de los concedidos a América Latina... En Venezuela, el golpe en la mesa de EEUU no es más que un escarmiento a China (como hizo en Libia) y tendrá consecuencias para toda la región...

"La política estadounidense de acoso y derribo de Nicolás Maduro tiene en lo geopolítico un segundo destinatario principal, China. (...)

En América Latina y el Caribe, Washington ha pasado de la observación atenta a la confrontación abierta con Beijing a la vista de su creciente presencia en la zona. En Venezuela, la Casa Blanca envía un contundente mensaje a Beijing y plantea una severa advertencia a los países de la región. 

Apoyándose en buena medida en los gobiernos progresistas de la zona, la relativa inhibición de la Administración norteamericana -con otras prioridades en su agenda-, las amplias necesidades de América Latina y su interés en diversificar los socios comerciales y las propias exigencias de la economía china, Beijing dio un salto espectacular en sus relaciones con los países latinoamericanos y caribeños.

El estallido de la crisis económica y financiera, el tránsito hacia un nuevo modelo de desarrollo en China y las dificultades de su economía y la sucesión de alternancias conservadoras en no pocos gobiernos de la región abrieron un periodo de incertidumbre. 

No obstante, Beijing dejó claro que su apuesta en América Latina es estratégica y pragmática proponiendo la extensión de la Iniciativa de la Franja y la Ruta a la región con una agenda de compromisos que daría un gran impulso a la relación no solo con comercio sino con inversiones en todo tipo de infraestructuras (puertos, carreteras, ferrocarril, centrales hidroeléctricas, etc.). 

En su mayoría, los gobiernos de la región aplaudieron esta actitud. En 2018, el comercio bilateral de China con América Latina alcanzó el récord de 307.400 millones de dólares, con un aumento del 18,9 por ciento, confirmándose como el segundo socio comercial de América Latina. Un total de 16 países de la región firmaron memorandos de entendimiento con China para construir conjuntamente la Franja y la Ruta. China es el mayor socio comercial de Chile, Argentina, Brasil y Perú.  (...)

Pero una vez más, lo que amenaza con desequilibrar esta marcha “triunfal” es la decidida intervención de EEUU con el objetivo de contener a sus rivales y preservar su hegemonía en la zona. Y la defenderá con todos los medios a su alcance. Nadie lo dude.

En su gira del pasado octubre por América Latina, el secretario de Estado Mike Pompeo lo dijo alto y claro: todos tienen que “elegir campo”. Lo mismo había dicho su antecesor Rex Tillerson en su visita a la región en 2017, advirtiendo a los países latinoamericanos contra la posibilidad de hacer negocios con China. 

La ruptura de relaciones con Taiwán de países como El Salvador, República Dominicana o Panamá, disparó las alarmas. En septiembre pasado, EEUU llamó a consultas a sus embajadores en los tres países. Como dice el vicepresidente Pence, es momento de “pasar a la acción”.    (...)

China y Venezuela

Hugo Chávez alentó el acercamiento a China a modo de contrapeso a EEUU. Para tranquilizar a la Casa Blanca, Beijing siempre quiso eludir ese juego evitando ideologizar su relación, remitiéndola a la gestión de los intereses económicos de ambas partes. Entre 2003 y 2012, los intercambios comerciales pasaron de 800 millones a 20.000 millones de dólares convirtiéndose Venezuela en el cuarto proveedor de petróleo de China. 

Los préstamos concedidos a Caracas por China ascienden hoy día a unos 62.000 millones de dólares, representando el 53 por ciento del total de los concedidos a América Latina. La deuda de Caracas con China asciende actualmente a 23.000 millones de dólares, el 16,4 por ciento del total de su deuda con el exterior.

En los últimos dos años, China ha moderado sus compromisos con Venezuela a la vista de las dificultades de todo tipo en las relaciones con su gobierno (...)

Venezuela cataliza hoy la feroz rivalidad estratégica entre EEUU y China pero no es el único caso relevante en la región. El siguiente asalto bien pudiera ser la estación espacial que China ha construido en la Patagonia argentina, en Nauquén, en funcionamiento desde el pasado abril y que desempeñó un papel clave en el reciente aterrizaje de una nave espacial en el lado oscuro de la Luna. 

A pesar de que Beijing y Buenos Aires se dieron garantías mutuas sobre la naturaleza civil y pacífica de la instalación, el ruido mediático a propósito de su supuesta finalidad militar va en incremento con diversas autoridades de EEUU alertando un día sí y otro también de los peligros de los “acuerdos chinos opacos y depredadores que socavan la soberanía de las naciones”…. La Agencia Espacial Europea firmó con Argentina un acuerdo similar en una provincia vecina… Washington quiere echar a China de la zona y difícilmente parará hasta conseguirlo.  

En Venezuela, el golpe en la mesa de EEUU no es más que un escarmiento a China (como hizo en Libia) y tendrá consecuencias para toda la región. Un serio trompazo en Venezuela quiere contrariar los planes de Beijing para toda la región en el marco de esa “extensión natural” de la Iniciativa de la Franja y la Ruta que tan nervioso pone a Washington. La relevancia creciente de China en su “patio trasero” lo lleva fatal. 

La doctrina Monroe vuelve por sus fueros y los países de la zona deben volver al redil. Beijing no se ha puesto de lado ni ha dejado esta vez que Putin expresara opiniones que prefiere callar. Mostró su apoyo a Maduro, apeló al diálogo y condenó la injerencia exterior pero está por ver que sea suficiente."                (Xulio Ríos es director del Observatorio de la Política China, Rebelión, 04/02/19)