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2.6.24

Brexitland: la sombría vida en el Reino Unido fuera de la Unión Europea... Cuando cuento en España que el Reino Unido se cae a trozos, la reacción de mi interlocutor suele oscilar entre la sorpresa y el escepticismo. Es algo que cuesta creer en referencia una de las mayores economías del mundo... Lo de que se cae a trozos es literal, porque techos y paredes de escuelas, hospitales y otros edificios públicos y privados están en riesgo de derrumbe... Para que el interlocutor empiece a entender el estado de las cosas suelo contar que me llevo servilletas de España en la maleta... tampoco sorprende que la estantería de los huevos esté vacía... También pasa con los tomates, las pocas variedades que llegan... La mayoría de los problemas actuales del país, son una mezcla de 14 años de recortes del gasto público y los efectos del Brexit, del tipo de Brexit que eligieron Boris Johnson y sus aliados... es decir, la ruptura casi total del Reino Unido con la UE y la promesa de otros acuerdos con el resto del mundo que siguen sin llegar o llegan a cuentagotas... La gran mayoría de la pulpa de papel con la que se hacen las servilletas (o el papel higiénico o las cajas para embalar) se produce en la UE. También vienen de ahí (o venían) los tomates y otros productos frescos... Pero la escasez incluso de productos locales también tiene que ver con la falta de trabajadores. Se estima que han dejado de llegar de la UE más de 400.000, lo que se nota sobre todo en el transporte, la agricultura, la hostelería y la salud. Esto significa que es difícil que te atienda la médica en persona o incluso por teléfono en el centro de salud y que hay menos personas para cuidar de las gallinas o distribuir sus preciados huevos... Cada vez hay menos granjeros británicos, pero también menos temporeros extranjeros, que, además, están más desprotegidos frente a la explotación laboral desde el Brexit... El maltrato en la frontera incluso a europeos que tienen derecho a residir y trabajar en el Reino Unido es habitual. Decenas de miles de personas de la UE siguen atrapadas en el limbo del papeleo... Entretanto, los carteles de “se busca” chef, camarero, dependiente o mensajero se quedan congelados en los escaparates durante meses. Algunas tiendas optan por reducir el horario o sus servicios... Los ciudadanos están acostumbrados a vivir con menos y las empresas a ingresar menos, contratar menos y cobrar más... el Brexit le ha costado al Reino Unido 164.000 millones euros. Solo en Londres, se han perdido casi 300.000 puestos de trabajo... nunca antes los niños británicos habían sido tan bajitos y mucho más que la media de la Unión Europea, siete centímetros, y es un asunto muy serio porque tiene que ver con los años de austeridad y con la malnutrición. En España no somos conscientes del nivel de declive que atraviesa el Reino Unido

 "Cuando cuento en España que el Reino Unido se cae a trozos, la reacción de mi interlocutor suele oscilar entre la sorpresa y el escepticismo. Es algo que cuesta creer en referencia una de las mayores economías del mundo, el país donde nació el parlamentarismo moderno, donde se corona al jefe de Estado con oro y diamantes, y donde se sigue disfrutando de admiración ciega a costa del acento más respetado del idioma global.

Lo de que se cae a trozos es literal, porque techos y paredes de escuelas, hospitales y otros edificios públicos y privados están en riesgo de derrumbe por haber sido construidos con un tipo de hormigón que se utilizó en la segunda mitad del siglo XX más allá de sus posibilidades. Se llama hormigón celular curado en autoclave (RAAC, en sus siglas en inglés) y es el causante de que este curso escolar haya empezado tarde en parte del país mientras las autoridades revisaban cientos de edificios tras varios desprendimientos. La diputada laborista Meg Hillier describió en el diario The Times su shock al descubrir durante una visita a un hospital que pacientes con sobrepeso debían ser tratados en la planta baja porque su peso combinado con el del equipo médico era “demasiado alto para estar a salvo”. El personal temía que el suelo se hundiera.

Para que el interlocutor empiece a entender el estado de las cosas suelo contar que me llevo servilletas de España en la maleta. Escasean en mi supermercado local en Oxford. En mi barrio de esta ciudad de más de 160.000 habitantes, tampoco sorprende que la estantería de los huevos esté vacía y solo quede el precio –3,45 libras, más de cuatro euros– y un cartelito titulado “disponibilidad de huevos” cuando en realidad quiere decir lo contrario, según aclara el mensaje en letra más pequeña: “Ahora mismo estamos experimentando problemas de oferta en nuestros huevos frescos, estamos trabajando duro para resolverlos y pedimos perdón por cualquier inconveniente”. También nos pasa con los tomates, las pocas variedades que llegan.

Recortes y Brexit

La mayoría de los problemas actuales del país, que se ha recuperado peor de la pandemia que los de su entorno, son una mezcla de 14 años de recortes del gasto público y los efectos del Brexit. En particular, del tipo de Brexit que eligieron Boris Johnson y sus aliados más a la derecha en el Partido Conservador, es decir, la ruptura casi total del Reino Unido con la UE y la promesa de otros acuerdos con el resto del mundo que siguen sin llegar o llegan a cuentagotas. 

No siempre es fácil desentrañar la causa del obstáculo del día, pero cuesta poco toparse con el Brexit en la escasez en los supermercados. La gran mayoría de la pulpa de papel con la que se hacen las servilletas (o el papel higiénico o las cajas para embalar) se produce en la UE. También vienen de ahí (o venían) los tomates y otros productos frescos.

Los trámites extra para evitar aranceles, según el acuerdo comercial firmado tras el Brexit entre el Reino Unido y la UE, se traducen en costes y retrasos. Algunos importadores prefieren pagar aranceles y comprar tomates en Marruecos –un mercado más volátil que el español– antes que hacer el papeleo para comprarlos en España. La cosa está todavía peor desde abril, cuando han entrado en vigor nuevos chequeos para frutas, verduras y plantas también para los importadores británicos (hasta ahora solo eran para los exportadores a la UE). El Reino Unido ha vuelto a retrasar la obligación de tener un certificado hasta el 31 de octubre.

Pero la escasez incluso de productos locales también tiene que ver con la falta de trabajadores. Se estima que han dejado de llegar de la UE más de 400.000, lo que se nota sobre todo en el transporte, la agricultura, la hostelería y la salud. Esto significa que es difícil que te atienda la médica en persona o incluso por teléfono en el centro de salud y que hay menos personas para cuidar de las gallinas o distribuir sus preciados huevos. 

Cada vez hay menos granjeros británicos, pero también menos temporeros extranjeros, que, además, están más desprotegidos frente a la explotación laboral desde el Brexit, según una investigación publicada en marzo por la profesora Inga Thiemann, académica experta en derechos laborales de la Universidad de Leicester. La escasez de mano de obra europea, me cuenta, ha empeorado la situación para todos porque los visados express de los que dependen en particular agricultores y empleados del sector de salud crean “hiper-precariedad” y “vulnerabilidad a la explotación laboral”. Cualquier denuncia supone arriesgarse a perder el visado o el estatus provisional que antes los ciudadanos de la UE que cubrían estos puestos no necesitaban. 

El limbo del papeleo

El maltrato en la frontera incluso a europeos que tienen derecho a residir y trabajar en el Reino Unido es habitual. Decenas de miles de personas de la UE siguen atrapadas en el limbo del papeleo por los retrasos en procesar las solicitudes de quienes estaban en el país antes de la entrada en vigor de las reglas del Brexit o por algún fallo en su documentación. 

A principios de este año, más de 140.000 ciudadanos de la UE, entre ellos unos 5.700 españoles, seguían pendientes de que se resolviera su estatus y estaban en riesgo de expulsión. Como le pasó a finales de diciembre a una aprendiz de veterinaria de 34 años, residente con su familia británica en el país y que fue expulsada de vuelta a España al tratar de volver a Londres tras unos días de visita en Málaga. 

Entretanto, los carteles de “se busca” chef, camarero, dependiente o mensajero se quedan congelados en los escaparates durante meses. Algunas tiendas optan por reducir el horario o sus servicios. En Oxford, llegar a un restaurante y que te adviertan de que aunque apenas hay mesas ocupadas no te pueden atender en la próxima hora por falta de personal en la cocina ya no suena raro. Algunos ya han cerrado mientras se multiplican los locales vacíos en el centro de la ciudad universitaria. Los ciudadanos están acostumbrados a vivir con menos y las empresas a ingresar menos, contratar menos y cobrar más.

El tren del canal

El año pasado, durante meses, el Eurostar, el tren que une el Reino Unido con Francia, Bélgica y Países Bajos por el canal de la Mancha, tuvo que limitar el número de billetes que vendía en los primeros trayectos de la mañana porque no había suficiente personal ni tecnología en la estación de Londres para cumplir con los controles dobles de pasaportes –de la policía británica y la francesa– y con el horario de salida. El resultado es que el Eurostar, el símbolo de la modernidad y la conexión con Europa que acaba de cumplir 30 años, viajó durante meses con más de 300 asientos vacíos cada día mientras el resto de las líneas de alta velocidad europeas estaban ya a rebosar con el impulso de la competencia y el entusiasmo post-pandemia. Este otoño, cuando entren en vigor las nuevas reglas de pasaportes para países de fuera de la UE, los trenes pueden volver a restringir la venta de asientos.

“Va a ser peor cuando la UE obligue a la toma de huellas dactilares o lo que sea. Va a empeorar antes de mejorar. Espero que lo puedan automatizar lo máximo posible”, me dice Mark Smith, el creador de la web sobre el ferrocarril The Man in Seat Sixty-One, acostumbrado a viajar por toda Europa en tren y que ve a menudo la diferencia entre Eurostar y el resto: llegar a París desde Londres suele costar entre 100 y 200 euros, pero una vez que estás allí puedes llegar a Milán por 29, dice Smith, que no tiene duda del culpable: “La mayoría de la población en el Reino Unido ahora se da cuenta de que el Brexit fue un error. Solo son los políticos y la burbuja de Westminster los que todavía creen que tienen que insistir en algo tan impopular y sin sentido”. 

De hecho, la mayoría de los británicos considera que fue un error salirse de la UE y dice que votaría a favor de volver a entrar si hubiera un referéndum, según las encuestas recurrentes sobre el asunto. Una parte del 52% de los votantes que apoyaron el Brexit en la consulta de 2016 ahora dicen que se arrepienten. 

El declive

El descontento con la aplicación práctica de la salida es todavía mayor que con casi cualquier decisión del Gobierno en medio de la recesión. La sensación de declive es visible alrededor. El coche que se ha chocado contra una farola y yace al borde de la calle a media mañana con el capó abierto humeante y una simple pegatina de que la policía ya sabe que está ahí. El parche de asfalto para rellenar solo un bache sin tocar nada más alrededor. Los remeros de Oxford enfermos por una bacteria en el Támesis, donde siguen las descargas de aguas fecales sin regulación europea ya que las castigue

Hay múltiples cálculos sobre el agujero económico mientras ni siquiera se han desplegado todas las nuevas reglas por estar fuera del mercado común. Una de las estimaciones más recientes, de la consultora Cambridge Econometrics, muestra que el Brexit le ha costado al Reino Unido 140.000 millones de libras, es decir más de 164.000 millones euros. Solo en Londres, se han perdido casi 300.000 puestos de trabajo. 

“Levantarse en Reino Unido y poner la radio por la mañana es un ejercicio de resiliencia, porque todos los días hay un récord negativo”, me decía hace unas semanas Ana Carbajosa, periodista de El País que ahora vive en Londres y es autora del libro publicado en febrero Una isla a la deriva (Península). “Cuando no son los ríos contaminados, son las escuelas que están a punto de caerse, los nuevos récords en listas de espera de la sanidad pública o que nunca antes los niños británicos habían sido tan bajitos y mucho más que la media de la Unión Europea, siete centímetros, y es un asunto muy serio porque tiene que ver con los años de austeridad y con la malnutrición. En España no somos conscientes del nivel de declive que atraviesa el Reino Unido”.

Allá por 2005

Ana y yo nos conocimos cuando las dos éramos corresponsales en Bruselas –ella para El País; yo, para El Mundo– y el Reino Unido estaba dentro de la Unión Europea. Yo llegué en 2005, justo cuando Tony Blair, entonces primer ministro, estaba al frente de la presidencia de turno semestral de la Unión Europea. Blair había perdido su aura de joven innovador, estaba marcado por la invasión de Irak, y su país ya no era la Cool Britannia que vendió tan bien a finales de los años 90, pero su tercera vía económica todavía tenía prestigio y él conservaba el carisma de un líder que se hacía escuchar. La insatisfacción nacional le perseguía.

Una madrugada de diciembre de 2005, anunció in extremis, como siempre en Bruselas, el acuerdo para los presupuestos comunitarios de siete años. En aquella rueda de prensa de hora poco civilizada, Blair estaba a la defensiva. Los periodistas no británicos observábamos con sorpresa cómo los nacionales preguntaban y repreguntaban sobre lo que había perdido el Reino Unido en fondos europeos. Al final, Blair acabó refugiándose en que, por ejemplo, España había perdido más que el Reino Unido, un 85% de las ayudas, decía. Era el efecto de la riqueza de los viejos del lugar en comparación con los nuevos países miembros de la UE tras la ampliación hacia el centro y este de Europa, esa que apoyaban los británicos, en teoría. 

Estar a la defensiva sobre la UE era ya entonces la posición habitual de cualquier primer ministro británico entre la presión constante de la prensa conservadora, que a menudo forzaba e incluso inventaba titulares, sobre las reglas de “Bruselas” impuestas a la forma de los pepinos –la huerta británica no da mucho más de sí– y otras caricaturas de la burocracia y el dispendio. El Reino Unido ya era un caso aparte, aunque nadie en aquellos años podía imaginar que la isla se fuera a salir del club de sus principales aliados y sus principales clientes y vendedores. En aquellas fiestas de periodistas británicos a las que íbamos Ana y yo el euroescepticismo parecía un rasgo más de su personalidad sin consecuencias.

Falso amanecer

Pero, una vez tomada la decisión de someter la pertenencia de la UE a consulta, como hizo el primer ministro David Cameron, el resultado del referéndum no me sorprendió tanto aquel 23 de junio de 2016. Las encuestas estaban muy justas y el desinterés por la votación se percibía en las calles, en las de Londres o en las de Coventry que recorrí aquellos días. El tiro en el pie se hizo oficial con el anuncio de la victoria del Brexit al temprano amanecer del 24 de junio del presentador de la BBC David Dimbleby, el mismo que había informado del resultado positivo del referéndum de entrada de su país en la Comunidad Europea en 1975.

Aquella mañana salió el sol en Londres después de muchas horas de lluvia y empezó uno de los periodos más turbulentos para la política y la sociedad del país. Ha pasado a cámara lenta, con negociaciones durante años sobre los detalles de la salida y mientras varios gobiernos británicos conservadores descubrían uno tras otro que romper con sus vecinos era más difícil de lo que pensaban y tenía efectos indeseados, desde para la paz en Irlanda del Norte hasta los derechos laborales y los huevos del súper. 

Justo antes de la votación, el Daily Mail, el tabloide conservador y uno de los medios más leídos del mundo en inglés, publicó una viñeta que ahora parece todavía más surrealista. El chiste –tal vez era eso– mostraba a una pareja con dos niños en una celda. En la pared había un cartel que ponía “Reglas y reglamentos de la UE”. La puerta estaba abierta, con las llaves colgando de la cerradura, y se veía al fondo un campo con árboles, un sol radiante y pájaros volando en el cielo despejado."               (María Ramírez , eldiario.es, 31/05/24)

19.7.23

El Brexit ha dejado perplejas a nuestras élites zombis... Todos los partidos han fracasado en el desafío de la soberanía nacional... la UE no era, como la presentaban muchos partidarios del Leave, un superestado extranjero que gobernaba sobre Gran Bretaña; era la forma en que las élites políticas, empresariales y profesionales británicas gobernaban sobre Gran Bretaña. Eran los ministros y funcionarios británicos quienes hacían la ley y la política en la UE, en colaboración con los políticos y burócratas de otros Estados miembros... no hay vuelta atrás a la soberanía nacional. Los viejos partidos y sus tradiciones son zombis, dando tumbos sin saber que la vida política se les ha agotado... el Brexit ha puesto de manifiesto su agotamiento. Ha sido el primer paso en el camino hacia la soberanía nacional, una limpieza del terreno para un nuevo proyecto: el proyecto de construcción nacional... Sin una nueva política y un nuevo sistema electoral, nuestros partidos políticos aplaudidos seguirán encontrando sus políticas en los foros de las élites cosmopolitas: migración masiva, políticas de identidad, control de la información, guerra por poderes, más austeridad verde, más guerras culturales, más censura... tras el Brexit, el Estado británico se encuentra en la extraña condición de no ser ni Estado miembro ni Estado-nación... La mayoría de los votantes exigían que también ellos estuvieran representados en la fiesta. Al hacerlo, sentaron las bases de un nuevo proyecto de soberanía nacional. Es, por naturaleza, un proyecto muy estimulante, si estamos dispuestos a abrazarlo

"(...) La UE es una forma de gobierno profundamente antidemocrática, por eso había votado a favor de abandonarla. Al ver el resultado por primera vez, supe que el principio mismo de la igualdad política británica estaría ahora en juego, porque nunca antes se había celebrado un referéndum contra la UE. También sabía que muy pocos de mi casta profesional (académicos) se sumarían a la opinión mayoritaria y ayudarían a que el Brexit se llevara a cabo, o incluso a que se entendiera correctamente. (...)

Peor aún, había leído la obra magistral de Christopher Bickerton European Integration: From Nation States to Member States de Christopher Bickerton. Como resultado, supe que los euroescépticos, que acababan de ganar el referéndum, no entendían la UE en absoluto. La institución no era, como la presentaban muchos partidarios del Leave, un superestado extranjero que gobernaba sobre Gran Bretaña; era la forma en que las élites políticas, empresariales y profesionales británicas gobernaban sobre Gran Bretaña. Eran los ministros y funcionarios británicos quienes hacían la ley y la política en la UE, en colaboración con los políticos y burócratas de otros Estados miembros.

El no reconocer esto significaba que los euroescépticos no entendían el proceso que habían puesto en marcha, y que era poco probable que el Brexit saliera bien - un hecho confirmado por la infame conferencia de prensa de Boris Johnson y Michael Gove ese mismo día. Los euroescépticos habían fingido que su principal enemigo estaba en Bruselas cuando en realidad estaba en casa, como todos estábamos a punto de descubrir.

Otro problema mayor para mí era que, aunque sabía contra qué había votado el día anterior, estaba mucho menos seguro de lo que había votado. Por supuesto, podría haber dicho que había votado a favor de una democracia más fuerte. De hecho, lo dije. Pero eso no respondía realmente a la pregunta.

Es cierto que en la UE los políticos y funcionarios de los Estados miembros colaboran a puerta cerrada en la diplomacia internacional, elaborando leyes que se adoptan sin consultar a los parlamentos nacionales. Todo el sistema está respaldado por tratados que permiten que el capital y la mano de obra se desplacen a voluntad, fuera del control de naciones concretas o de sus molestos electorados. Si una consecuencia concreta de esto fuera impopular -como, por ejemplo, la migración masiva- se podría culpar a "Europa".

 La esencia de la UE es esta evasión de la responsabilidad política dentro de sus Estados miembros, que explica por qué el sistema político británico se ha vuelto tan esclerótico y disfuncional. Es una evasión que depende de un oligopolio centrista de partidos políticos dominantes, capaces de dar por sentadas sus circunscripciones nacionales. Pero en 2016, la pregunta seguía siendo: al votar en contra de este sistema y a favor de la soberanía nacional, ¿cómo se fortalecería nuestra democracia? ¿Qué significaba la soberanía nacional?

Para los euroescépticos, la soberanía nacional significaba escapar de las garras de la burocracia de Bruselas y devolver el poder legislativo último a nuestro parlamento soberano. Pero, si el verdadero núcleo de la condición de Estado miembro es la evasión de la responsabilidad política en casa, entonces el problema subyacente iba a seguir estando con nosotros, dentro o fuera de la UE. Ese problema es una clase política que se siente mucho más cómoda codeándose con las élites cosmopolitas de otros Estados en foros intergubernamentales, y encontrando allí sus claves políticas, que con el proceso menos glamuroso de representar realmente a sus ciudadanos. ¿Cómo iba a resolver este problema la soberanía nacional?

Así que hice algunos estudios. Escribí artículos. Me uní a una red. El propio Brexit ha sido un excelente maestro, tanto en sus éxitos como en sus fracasos.

Durante los últimos siete años, los partidarios de la permanencia han seguido exigiendo saber cuáles son las ventajas del Brexit. Naturalmente, están ciegos ante su principal ventaja: que la demanda de una mayoría del electorado de soberanía nacional ha revelado el vacío político en el corazón del Estado británico. Con el Brexit, el electorado lanzó bolas que ninguno de los principales actores de la clase política ha sido capaz de jugar. Todos han sido derrotados, humillados.

En primer lugar, el Partido Laborista pagó el precio de su falta de voluntad para respetar la igualdad política de sus votantes más pobres. Después de 2019, los centenarios estados de partido único del laborismo en el "Muro Rojo" han desaparecido. Puede que recuperen la mayoría de estos escaños en las próximas elecciones, pero nunca volverán a estar seguros. La complacencia ya no es una opción.

 Los tories eran los siguientes. Tenían un mandato claro para subir de nivel e invertir en las regiones desfavorecidas. No hicieron ni lo uno ni lo otro.  (...)Desprovistos de nuevas ideas, desperdiciaron una enorme mayoría parlamentaria, consiguiendo alienar tanto a los laboristas del norte, que habían ganado en 2019, como a su núcleo más rico y eurófilo del sur.

El SNP ha seguido los pasos de los conservadores, y su falso proyecto de "independencia" se ha desbaratado una vez que se le ha retirado el manto de seguridad que suponía la pertenencia del Reino Unido al mercado único. Con el Reino Unido fuera de la UE, la independencia de Escocia es una perspectiva demasiado exigente para los guerreros culturales de Holyrood que han sobrevivido a su caos de corrupción.

A primera vista, tanto el SNP como los tories han caído en desgracia por escándalos menores y opciones políticas mal gestionadas, más que por el Brexit. Pero lo que hace que los escándalos menores sean tan perjudiciales -no sólo para los líderes individuales implicados, sino para los propios partidos- es la incapacidad fundamental de esos partidos para cumplir las políticas que constituyen el núcleo de sus mandatos tras el Brexit.

En esto podemos ver la primera lección de 2016: no hay vuelta atrás a la soberanía nacional. Los viejos partidos y sus tradiciones son zombis, dando tumbos sin saber que la vida política se les ha agotado. Son incapaces de hacer nada con la soberanía legal restaurada del parlamento. De hecho, la razón por la que murieron es que dejaron de hacer cualquier afirmación plausible de representar a la nación (británica o escocesa). Mientras estuviéramos en la UE, podían seguir fingiendo y nosotros también, pero el Brexit ha puesto de manifiesto su agotamiento. Ha sido el primer paso en el camino hacia la soberanía nacional, una limpieza del terreno para un nuevo proyecto: el proyecto de construcción nacional.

El Brexit ha ilustrado cómo la verdadera soberanía siempre ha requerido algo más que el llamamiento de los euroescépticos a la supremacía legal de un parlamento soberano dentro del territorio que gobierna. Como Martin Loughlin, el principal teórico constitucional británico, ha sostenido durante mucho tiempo, la supremacía legal del parlamento vale de poco si no se sustenta en una relación de autoridad política entre gobernantes y gobernados. Para que la política funcione, en otras palabras, los votantes deben creer que el parlamento, y el gobierno que responde ante él, nos representan realmente, de modo que reconozcamos sus leyes como nuestras leyes. Y esto es lo que genera el poder real del gobierno para conseguir hacer algo útil. Sin embargo, hoy en día, los que tienen ojos para ver -y eso es ahora la mayoría de nosotros- saben que nuestros principales partidos ya no pueden sostener este tipo de autoridad.

Si el Brexit ha hecho ineludiblemente evidente el vacío de autoridad política, la mera salida de la UE no ha hecho mucho por llenarlo. Sin una nueva política y un nuevo sistema electoral, nuestros partidos políticos aplaudidos seguirán encontrando sus políticas en los foros de las élites cosmopolitas: Net Zero, migración masiva, políticas de identidad, control de la información, guerra por poderes. Seguirán cojeando sin ofrecer nada demasiado innovador: más austeridad verde, más guerras culturales, más censura. Se mantendrán cerca del Mercado Único, confiando en las restricciones del Protocolo de Irlanda del Norte, en lugar de intentar inventar algo nuevo.

Durante un tiempo, nuestro sistema de mayoría simple mantendrá este destartalado espectáculo en la carretera, pero no será fuerte. Es probable que los laboristas lleguen al poder el año que viene con una participación reducida y que en pocos meses sean odiados por todos. Puede que se hable del interés nacional, pero adoptará la forma de una nueva presentación del elemento de des-riesgo de la nueva guerra fría global de Joe Biden. Desde luego, no será una reivindicación basada en la representación de las necesidades de los votantes concebidos como ciudadanos de un Estado-nación, comprometidos juntos en la tarea del autogobierno.

Y así, tras el Brexit, el Estado británico se encuentra en la extraña condición de no ser ni Estado miembro ni Estado-nación. Es un nuevo tipo de entidad contradictoria: un Estado post-miembro. En Taking Control, mis coautores y yo argumentamos que el Brexit ha planteado la necesidad de una nueva política de soberanía nacional entendida en el sentido político de Loughlin; como una cuestión de desarrollar las relaciones de confianza y autoridad que se derivan de una representación política efectiva. Una vez que adoptemos esta perspectiva de construcción nacional, seguramente surgirán soluciones novedosas a los problemas familiares de nuestra época.

Porque, en el fondo, esa construcción nacional es un proceso de inversión en la población de la nación y en la infraestructura, tanto económica como política, que necesitamos para gobernarnos a nosotros mismos. Nos permite identificar los obstáculos reales en nuestra constitución nacional para la reactivación de nuestra vida pública colectiva, haciendo hincapié en la igualdad de la ciudadanía por encima de la identidad narcisista y las divisiones étnicas o religiosas. Y, sobre todo, la construcción nacional es intrínsecamente internacionalista, por oposición a cosmopolita e intergubernamental. Al fin y al cabo, el respeto de la soberanía nacional propia incluye, e incluso depende, de la de los demás. Lejos de ser aislacionista, por tanto, el Brexit sigue siendo una gran oportunidad para liberarse de las estructuras decadentes del globalismo y el atlantismo y, en su lugar, entablar amistad no sólo con los pueblos intranquilos de Europa, sino también con las potencias emergentes del Sur Global.

En el séptimo aniversario de aquella gran rebelión de las urnas, la corriente dominante de la política británica presenta un espectáculo terminantemente triste: obsesionarse con las tontas fechorías de líderes fracasados, mientras el gobierno de turno confirma su voluntad de simplemente volver a seguir las normas de la UE, sólo que ahora sin voz ni voto en su elaboración. Lo que pocos parecen capaces de imaginar es lo que aún me resultaba oscuro cuando aquella mañana de 2016 me arrepentí momentáneamente de haber estado en el bando ganador. La mayoría de los votantes exigían que también ellos estuvieran representados en la fiesta. Al hacerlo, sentaron las bases de un nuevo proyecto de soberanía nacional. Es, por naturaleza, un proyecto muy estimulante, si estamos dispuestos a abrazarlo."                   

(Peter Ramsay es catedrático de Derecho en la London School of Economics y coautor de Taking Control: Sovereignty and Democracy After Brexit. UnHerd, 22/06/23; traducción DEEPL)

20.1.23

Los conservadores en doce años de gobierno en el Reino Unido han destrozado el Servicio Nacional de Salud, han destrozado el sistema de educación y los universitarios. Aquí vas al HUCA y es totalmente excelente. El equivalente en Londres o en Birmingham es horrible... Mi cuñada, que vive en Birmingham, cayó en su escalera en Inglaterra a las 3 de la madrugada y se rompió la cadera. Estuvo 24 horas antes de que llegase la ambulancia. Estuvo 24 horas en el suelo de su casa con la cadera rota esperando que se la llevasen. La razón que le dieron es que, como finalmente pudo llegar a su teléfono y llamar un vecino, que fue el que avisó, entonces le explicaron que si había alguien allí no era urgente. Y entonces no enviamos la ambulancia hasta un día después. Aquí, en España, eso es impensable... me parece que el Gobierno británico está tratando de hacer más pequeño el Estado. No quieren los servicios públicos, quieren un Estado muy pequeño y que la gente pobre sobreviva si puede... así que decidimos que la vida era mejor en España que en Inglaterra... y nos vinimos aquí (Roger Smith, jubilado británico y vecino de Santolaya de Cabranes, Asturias)

 "Roger Smith, jubilado británico y vecino de Santolaya. Roger Smith, que llegó hace ya 17 años a Cabranes, fue uno de los primeros ingleses en descubrir los encantos de la Comarca de la Sidra y Piloña, donde hay una importante colonia británica. Llegó a Santolaya de Cabranes para disfrutar de la jubilación junto a su esposa, Sheela. Y desde España asistió, entre sorprendido y enfadado, al brexit, la salida de su país natal de la Unión Europea, una operación que, dice, ha dejado un rastro de mentiras, división y serio deterioro de los servicios públicos.

 "Yo ahora soy español. Es que prefería no ser parte de lo que ocurrió en Gran Bretaña con el brexit. Por eso me hice español. El brexit fue una barbaridad, fue un golpe de Estado de la ultraderecha que no quiere regulaciones, no quiere inmigrantes, no le interesan los intereses de la gente. Me pareció que si me ponían en situación de elegir entre Gran Bretaña y Europa, yo elegía Europa. Fue una reacción a todo aquello".

"Soy Roger Smith, tengo 77 años y llegué aquí, a Santolaya de Cabranes, con 60. Antes de venir a vivir a Cabranes ya había venido muchas veces a España. La primera vez, a la Universidad de Navarra, con 18 años, para aprender un poco de español. Después vine con un grupo de espeleólogos, conduciendo el autobús en el que viajaban. Fue el mismo año que se descubrió la cueva de Tito Bustillo en Asturias".

"La primera vez que vine a España aún había gente viajando en burro. España ha cambiado mucho. Este país se ha modernizado increíblemente, es parte de Europa, es un país civilizado e inteligente".

"Estudié Ciencias Políticas y, hasta que me jubilé, trabajé como experto en desarrollo comunitario. Es algo que apenas hay en España. Digamos que consiste en trabajar en barrios conflictivos para ayudar a la gente de estas zonas. Hay dos tipos de problemas. Problemas de la gente que no entiende cómo funcionan las maquinarias políticas, que no saben cómo representarse, cómo hablar con las autoridades sobre qué necesitan. Y luego también hay problemas con las autoridades, que no saben cómo se trabaja en esas zonas. Se trata de enseñar a ambas partes. Yo tenía mi propia agencia, participábamos en redes europeas y en España colaborábamos con la Federación de Universidades".

"Sheela, mi mujer, y yo habíamos venido muchas veces a España. Normalmente íbamos hacia el Sur o a las islas Canarias. Entonces llegó el momento en que pude jubilarme y mi mujer, que era economista, también se jubiló. Decidimos irnos a vivir a España. Decidimos que la vida era mejor en España que en Inglaterra. Habíamos encontrado una casa en Tuy, en Galicia, estábamos interesados en ella, fuimos a verla, y al volver decidimos regresar por la costa del norte de España y aquí nos que­damos".

"Fuimos a ver muchas aldeas. Pero nosotros estábamos buscando una aldea con bar-tienda. Mucha gente viene y busca una casa espléndida, nosotros estábamos buscando una casa en un pueblo con una tienda y un bar cerca para ir a poder a tomar café y hablar. Queríamos un pueblo social, no estar en una casa en la montaña hablando con las abejas. Yo hubiera elegido Avilés, me gusta, pero a Sheela le gustó más esto".

"Nosotros vimos en muchas aldeas que la gente estaba muy envejecida y triste y no había dónde poder socializar y hablar. Aquí también estaba la cosa un poco así. Pero ahora en Cabranes es muy diferente. Ahora ha venido mucha gente. Aquí, al lado nuestro, viven una argentina y un brasileño con un pequeño asturiano. Al lado, también dos españoles que vivieron mucho tiempo en Chequia. Arriba viven un colombiano y dos argentinos, hay dos familias inglesas más como nosotros y otra que vive en Bospolín. Hay mucha gente de muchos sitios diferentes. Estos jóvenes empezaron a venir, han puesto el mercadillo (El Tenderete, el segundo domingo de cada mes) y ahora hay otro ambiente. Cuando vinimos yo creo que la escuela estaba casi vacía y ahora están hablando de ampliar".

 (...)  –¿Y ya ha logrado explicarse cómo fue posible que los británicos votasen por el brexit de 2016?

–Porque han mentido. Han contado muchas mentiras. Dijeron, por ejemplo, que si ejecutábamos el brexit podíamos poner más dinero en el Servicio Nacional de Salud. Pero eso no es lo que querían realmente. Lo que querían ellos era privatizar el Servicio Nacional de Salud y vender las partes a la sanidad privada. Jeremy Hunt, que ahora es el número dos en el Gobierno británico (ministro de Hacienda), cuando estaba él de ministro de Salud era el que tenía la política de empeorar y dañar al Servicio Nacional de Salud hasta el punto de que se podría vender. Se decía: degradar para poder privatizar.

"La gente no sabía qué estaba votando cuando el brexit. No entendían que esta gente quería cerrar los servicios públicos, pensaban que quería reparar, reenfocar, remozar. Han mentido y también han tenido mucho éxito al convertir todo esto en un asunto emocional. Las familias están divididas, los amigos se han separado. A mí me ha pasado, he tenido relaciones dañadas con amigos. Afortunadamente, no muchos; porque mis amigos no son tan estúpidos. Pero con algunos me ha pasado".

"Me parece que el Gobierno británico está tratando de hacer más pequeño el Estado. No quieren los servicios públicos, quieren un Estado muy pequeño y que la gente pobre sobreviva si puede. Hay un grupo de derechas que quiere destrozar el país. Pero creo que los conservadores ya han hecho demasiado. En inglés decimos que se han fusilado en un pie. No creo que vayan a ganar las elecciones, creo que ahora vamos a tener un periodo de socialismo".

"Los conservadores en doce años de gobierno en el Reino Unido han destrozado el Servicio Nacional de Salud, han destrozado el sistema de educación y los universitarios. Aquí vas al HUCA y es totalmente excelente. El equivalente en Londres o en Birmingham es horrible. Hay gente esperando en los corredores, colas... Gente que aguanta un montón de tiempo. Mi cuñada, que vive en Birmingham, cayó en su escalera en Inglaterra a las 3 de la madrugada y se rompió la cadera. Estuvo 24 horas antes de que llegase la ambulancia. Estuvo 24 horas en el suelo de su casa con la cadera rota esperando que se la llevasen. La razón que le dieron es que, como finalmente pudo llegar a su teléfono y llamar un vecino, que fue el que avisó, entonces le explicaron que si había alguien allí no era urgente. Y entonces no enviamos la ambulancia hasta un día después. Aquí, en España, eso es impensable y debería de ser impensable también allí"."                 (Eduardo Lagar, La Nueva España, 04/01/23)

17.6.22

Wolfgang Streeck: La Unión Europea antes de la guerra de Ucrania... Discrepancias cruciales, fracaso previsible... En el flanco occidental de la UE, el Brexit fue el primer caso de un Estado miembro que abandona una Unión que ideológicamente se considera permanente... en el sur, las prescripciones de la UEM llevaron a Italia por un camino de declive económico prolongado... en la periferia oriental de la Unión, los esfuerzos por imponer las costumbres y los gustos europeos occidentales en estas sociedades, acompañados de amenazas de sanciones económicas, provocaron una oposición “populista” y resentimiento... en el norte, los esfuerzos de la Unión Europea encuentran la resistencia de los Estados miembros escandinavos, que insisten en su tradición de regular el mercado laboral por medio de la negociación colectiva y no por la ley estatal... En el centro del imperio, los dos países líderes, Alemania y Francia, ninguno de los cuales puede dominar por sí solo la Unión, no son capaces de ponerse de acuerdo sobre las estructuras centrales, los intereses y las políticas de una Europa integrada

"(...) La Unión Europea de las últimas tres décadas ha servido de microcosmos regional de lo que llegó a denominarse hiperglobalización[1], concepto acuñado por Dani Rodrik. De hecho, en gran medida, fue un modelo continental de menor tamaño para el capitalismo mundial integrado, que era el objetivo último de quienes suscribían en aquel momento el Consenso de Washington. 
 
La UE ofrecía un mercado interior sin fronteras para los bienes, los servicios, la mano de obra y el capital; la gobernanza económica basada en normas la ratificaba un todopoderoso tribunal internacional, el Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas (TJCE); y un banco central igualmente todopoderoso, el BCE, gestionaba una moneda común, el euro. Este acuerdo se ajustaba perfectamente a la idea hayekiana de una federación internacional diseñada para limitar la política económica discrecional, una aproximación casi perfecta a lo que Hayek llamaba isonomía: leyes liberales de mercado idénticas en todos los Estados incluidos en el sistema[2]. 
Esta economía despolitizada estaba gobernada por una combinación de tecnocracia políticamente esterilizada –el BCE y el poder pseudoejecutivo de la UE, la Comisión Europea–, y lo que podría llamarse nomocracia –el TJCE– al amparo de una constitución de facto inmutable en la práctica. Esta última consistía en dos tratados[3], indescifrables para el ciudadano normal, acordados entre veintiocho países, cada uno de los cuales tenía derecho a vetar cualquier cambio[4]. Al anclar todo el proyecto dentro del sistema financiero mundial dominado por Estados Unidos, los tratados estipulaban una movilidad de capitales ilimitada, prohibiendo cualquier tipo de control de capitales no sólo dentro de la Unión, sino también más allá de sus fronteras[5].

No pasó desapercibido que esta estructura adolecía de lo que eufemísticamente llegó a llamarse “déficit democrático”. De hecho, en Bruselas, entre los iniciados, se oye a menudo el chiste de que, con su constitución actual, la Unión Europea nunca podría unirse a sí misma. En los últimos años, la Comisión Europea, y en particular el llamado Parlamento Europeo, se han esforzado por llenar el vacío democrático con una política de “valores” que la UE debe imponer a sus Estados miembros. Los derechos humanos, según las interpretaciones occidentales contemporáneas, servirían como sustituto de los debates sobre economía política que habían quedado excluidos del sistema político de la Unión. Sobre todo, esto implicaba intervenciones educativas en los países del antiguo imperio soviético para convertir a los gobiernos, los partidos y los pueblos al liberalismo europeo occidental, económico pero también social, si fuera necesario, reteniendo parte de las ayudas fiscales destinadas a apoyar la transformación de estos países en auténticas economías de mercado además de en democracias capitalistas. Este tipo de programas educativos cada vez más verticalistas, cuyo mandato deriva de interpretaciones cada vez más amplias e incluso intrusivas de las secciones declarativas de los tratados de la UE, culminó en una cruzada contra los llamados antieuropeos, identificados por los especialistas en ciencias sociales y los asesores políticos como “populistas”[6].


Con el tiempo, la centralización y despolitización de facto de la economía política de la Unión ha insertado en ella una dimensión jerárquica centroperiférica. El “Estado de derecho” instituido como norma de un tribunal todopoderoso; la política económica formalmente basada en normas pero en la práctica cada vez más discrecional del Banco Central Europeo, políticamente independiente; y la reeducación en los “valores” europeos apoyada por las sanciones han llevado a la UE a parecerse cada vez más a un imperio liberal, tanto en el sentido económico como en el cultural, este último como legitimación del primero.

Antes de Ucrania:

Discrepancias cruciales, fracaso previsible

Los imperios corren un riesgo congénito de sobre-expansión en los ámbitos territorial, económico, político, cultural y en otros. Cuanto más crecen, más cuesta mantenerlos unidos, ya que las fuerzas centrífugas crecen y el centro necesita movilizar cada vez más recursos para contenerlos. Tras la crisis financiera mundial de 2008 y su propagación a Europa después de 2009, la UE y la UEM empezaron a fracturarse en varios aspectos, y su capacidad económica, ideológica y coercitiva de integración se vieron cada vez más sobrecargadas.

En el flanco occidental de la UE, el Brexit fue el primer caso de un Estado miembro que abandona una Unión que ideológicamente se considera permanente. Fueron muchos los factores que contribuyeron al resultado del referéndum del Brexit, ampliamente debatido desde hace casi una década. Una de las principales razones (menos espectacular, pero sin duda más fundamental que muchas otras) por las que la pertenencia británica a la UE resultó insostenible fue la acentuada incompatibilidad de la constitución británica de facto, y su absolutismo parlamentario, con el gobierno de jueces y tecnócratas al estilo de Bruselas. Otra razón, por supuesto, fue la incapacidad y, de hecho, la falta de voluntad de Bruselas para hacer algo respecto a la prolongada negligencia de los gobiernos británicos en la desintegración del tejido social del país.

Volviendo al sur, los arraigados métodos nacionales de hacer capitalismo resultaron incompatibles con     y, según todos los indicios, irreversible. Los intentos de invertir la tendencia, ya sea mediante “reformas estructurales”, de acuerdo con las prescripciones neoliberales, o a través del BCE y la Comisión Europea, eludiendo las normas antiintervencionistas que rigen la Unión Monetaria toleradas en silencio por los gobiernos francés y alemán, fracasaron estrepitosamente. A estas alturas, ha quedado claro que ni siquiera el Mecanismo de Recuperación y Resiliencia (MRR) de la Unión Europea y las subvenciones que proporcionará a Italia, detendrán el declive italiano[7]. Entre otras cosas, el caso italiano demuestra que una política regional eficaz cuyo objetivo sea la convergencia económica es aún menos factible entre los Estados-nación que dentro de ellos.

Además, en la periferia oriental de la Unión, los países arrastran un legado histórico de tradicionalismo cultural, autoritarismo político y resistencia nacionalista contra la intervención internacional en sus asuntos internos, esta última reforzada por su experiencia bajo el imperio soviético. Los esfuerzos por imponer las costumbres y los gustos europeos occidentales en estas sociedades, especialmente cuando van acompañados de amenazas de sanciones económicas (como en el caso de las políticas de la Unión denominadas “Estado de derecho”), provocaron una oposición “populista” y un resentimiento contra lo que muchos percibieron como un intento de privarles de su recién recuperada soberanía nacional[8]. Los conflictos en el Consejo Europeo sobre cuestiones culturales llegaron a que los jefes de gobierno occidentales instaran de forma más o menos explícita a sus colegas del este, en particular a los de Hungría y Polonia, a salir de la Unión si no estaban dispuestos a compartir sus “valores”[9]. Combinado con la amenaza de sanciones económicas, esto supuso nada menos que un intento de provocar un cambio de régimen en otros Estados miembros.

Por último, en el norte, los esfuerzos de la Unión Europea por preservar un recuerdo de su antigua ambición de desarrollar una “dimensión social”, regularmente encuentran la resistencia de, entre todos los países, los Estados miembros escandinavos, que insisten en su tradición de regular el mercado laboral, incluida la regulación salarial, por medio de la negociación colectiva y no por la ley estatal. Recientemente, algunos sindicatos escandinavos han amenazado con abandonar la Confederación Europea de Sindicatos, de la que se quejan porque no se han respetado suficientemente sus prácticas nacionales establecidas.

En el centro del imperio liberal existen otras discrepancias, tanto antiguas como nuevas, debido a que la Unión Europea no tiene un Estado miembro lo suficientemente poderoso como para ser su único hegemón. En su lugar, hay dos países líderes, Alemania y Francia, ninguno de los cuales puede dominar por sí solo la Unión. A pesar de que se necesitan mutuamente, no son capaces de ponerse de acuerdo sobre las estructuras centrales, los intereses y las políticas de una Europa integrada.

Tradicionalmente se considera que las diferencias franco-alemanas derivan de las diferencias entre sus variedades nacionales de capitalismo, donde Francia cultiva una tradición de dirigismo controlado por el Estado y Alemania insiste en su invención de posguerra de una “economía social de mercado”. En consecuencia, Francia y Alemania tienden a estar en desacuerdo en las políticas de la Unión Europea y de la Unión Monetaria Europea, donde Francia, entre otras cosas, favorece una política fiscal y monetaria más expansiva y políticamente discrecional.

Más recientemente, sobre todo después del Brexit, las diferencias en política exterior y de seguridad también han pasado a un primer plano. Aunque ya existían en la década de 1960, se agudizaron, primero por el fin de la bipolaridad mundial después de 1989 y posteriormente por el hecho de que, desde el Brexit, Francia es el único Estado miembro de la Unión Europea con armas nucleares y un puesto permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Como Francia no está dispuesta a compartir ninguna de las dos cosas, la dependencia nuclear alemana de Estados Unidos, que mantiene unos cuarenta mil soldados en suelo alemán junto con un incontable número de cabezas nucleares, se interpone efectivamente en el camino de la “soberanía estratégica europea”, como la llaman los franceses, una transferencia de soberanía estratégica a “Europa” que es aceptable para la doctrina de seguridad nacional francesa únicamente bajo el liderazgo de Francia. 
 
Es más, mientras Francia tiene fuertes intereses en África y Oriente Medio, los intereses nacionales alemanes, en lo que respecta a Europa, se centran en Europa del Este y los Balcanes. En consecuencia, el desacuerdo, aunque cuidadosamente disimulado, es endémico entre los dos aspirantes a propulsores de lo que eufemísticamente a veces se denomina el tándem europeo franco-alemán.

¿Menos unidad para alcanzar más unidad?

Antes de la guerra de Ucrania había dos proyectos radicalmente diferentes en el aire, o al menos imaginables, sobre cómo evitar la inminente desintegración de la Unión Europea a causa de la sobreexpansión y la sobreintegración. Uno de ellos puede resumirse como una estrategia de menos unidad para alcanzar más unidad o de limitación –si no territorial, sí funcional–, retrotrayendo algunos elementos importantes de la “unión cada vez más estrecha de los pueblos de Europa” de la UE. Fue el sociólogo estadounidense Amitai Etzioni, entre otros, quien durante algún tiempo defendió la limitación como forma de desbloquear la integración europea[10]. 
 
En muchos sentidos, su propuesta recordaba a los antiguos conceptos de un sistema estatal europeo occidental integrado como una Europa a la carta, o incluso como la “Europa de las patrias” de De Gaulle[11]. Lo que estas nociones tenían en común era una visión del sistema estatal regional basada más bien en el modelo de una cooperativa que en el de un imperio, como ha esbozado recientemente Hans Joas en un importante libro sobre “Europa como proyecto de paz”[12].

En él, Joas menciona un debate entre Carl Schmitt y el historiador alemán Otto Hintze sobre las posibilidades de alcanzar la paz internacional en las décadas de 1920 y 1930. Schmitt creía que la paz en una región del mundo únicamente la podía asegurar una potencia imperial principal y libre para imponer el orden en su periferia, sus Estados dependientes, esencialmente a su antojo. Su modelo real de orden internacional viable, por cierto, era el hemisferio americano bajo la doctrina Monroe. 
 
Argumentando en su contra, Hintze, que había estudiado la tradición alemana de las asociaciones cooperativas (Genossenschaften), insistía en la posibilidad de un orden social basado en la cooperación voluntaria dentro de un marco que obligara a los países participantes a reconocer la independencia, o soberanía, de los demás. En varios aspectos, este modelo se acercaba al de la Paz de Westfalia de 1648, tras la Guerra de los Treinta Años, con la creación de lo que más tarde se denominó “Estado de Westfalia”. 
 
¿Cómo habría sido una Unión Europea a la carta, si se hubiera hecho realidad?

En términos generales, habría previsto una mayor autonomía local, en el sentido de nacional, en lugar de insistir en la uniformidad político-económica entre los Estados miembros, con instituciones menos centralizadas y jerarquizadas y más espacio para la soberanía nacional[13]. La Comisión Europea se habría convertido en algo así como una plataforma de cooperación voluntaria entre los Estados miembros y habría abandonado su aspiración de convertirse en un poder ejecutivo paneuropeo; lo mismo, mutatis mutandis, se habría aplicado al Parlamento de la UE. El papel del Tribunal de Justicia Europeo también tendría que reducirse significativamente: ya no sería un legislador constitucional disfrazado, encargado de todo lo que quiera encargarse y que interviene a su antojo en los Estados nacionales, la legislación nacional y la política nacional.

En cierto modo, una Unión Europea de este tipo se habría parecido al Consejo Nórdico formado por los Estados escandinavos en la década de 1950. Sus miembros son Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega, Suecia, las Islas Feroe, Groenlandia y Åland. El bloque no conoce ningún equivalente al Tribunal Europeo, el Parlamento de la UE o la Comisión Europea. Aunque los Estados miembros mantienen las fronteras abiertas entre ellos, siguen teniendo sus propias políticas económicas y sociales[14].

En muchos sentidos, retrotraer la integración para preservarla fue desde el principio un proyecto poco realista, si es que puede llamarse proyecto. Lo más probable es que, para tener alguna posibilidad, hubiera tenido que ir precedido de una desintegración masiva de la Unión Europea, debido a la intensificación de sus discrepancias y, muy probablemente, de una bancarrota estatal de Italia. 
 
Nada de esto podría haberse descartado, y menos unidad para alcanzar más unidad podría haber sido realista como proyecto de reconstrucción después de un hundimiento institucional, más que como política de reforma para evitar dicho hundimiento. Según las normas vigentes, habría requerido una amplia revisión de los tratados acordada por los veintisiete Estados miembros posteriores al Brexit, algunos de los cuales necesitarían aprobación por votación popular. La imposibilidad práctica de una revisión significativa de los tratados que rigen puede considerarse una característica esencial de un proyecto de integración europea que pretende ser irreversible (lo que involuntariamente le resta legitimidad democrática).

¿Lograr la integración mediante la militarización?

Un grupo de políticos alemanes retirados, de los dos principales partidos, dirigidos e inspirados por el filósofo Jürgen Habermas, sugirió otra posible salida al malestar por la sobre-expansión. Entre sus miembros se encontraba Friedrich Merz, entonces presidente del consejo de administración de BlackRock Alemania, un viejo rival de Angela Merkel. (Sorprendentemente, Merz resucitó recientemente para convertirse en el sucesor de Merkel como líder del que ahora es el principal partido de la oposición alemana, CDU/CSU). En octubre de 2018, el grupo emitió un llamamiento público titulado “Por una Europa basada en la solidaridad: Tomémonos en serio la voluntad de nuestra Constitución, ¡ya!”[15]. Entre otras cosas, el grupo instaba a la creación de un ejército europeo (“Exigimos un ejército europeo”), puesto que “Trump, Rusia y China” estaban “poniendo a prueba cada vez con más dureza... la unidad de Europa, nuestra voluntad de defender juntos nuestros valores, de defender nuestro modo de vida”. A esto podía haber “una única respuesta: la solidaridad y la lucha contra el nacionalismo y el egoísmo internamente, y la unidad y la soberanía común externamente”. La creación de un ejército europeo debía ser el primer paso hacia una “integración más profunda de la política exterior y de seguridad basada en decisiones mayoritarias” por parte del Consejo Europeo.
 
 El grupo argumentaba que un ejército europeo no requería “más dinero” puesto que “los miembros europeos de la OTAN en conjunto gastan unas tres veces más en defensa que Rusia”[16]; todo lo que se necesitaba era acabar con la fragmentación nacional, lo que permitiría tener “mucho más poder defensivo sin dinero adicional”. (No se dio ninguna razón de por qué esto era necesario, puesto que los países en cuestión ya gastaban tres veces más en su ejército que su enemigo señalado). Además, “puesto que las defensas de Europa no se dirigen contra nadie, la creación de un ejército europeo debería estar vinculada a las iniciativas de control de armas y desarme”, un esfuerzo en el que Alemania y Francia, “los Estados fundadores de Europa”, deberían tomar la iniciativa.

Al igual que menos unidad para alcanzar más unidad, la construcción del Estado europeo a través de la militarización, que recuerda en cierto modo al modelo prusiano[17], nunca tuvo posibilidades. Y ello a pesar de que, en apariencia, cuando sus defensores abogaban por una “soberanía común” para Europa, evidentemente atendían al gusto francés, tal y como expresó el Discurso de la Sorbona que pronunció Macron en 2017 un día después de la última reelección de Angela Merkel[18].
 
 Además, al no aclarar quién era el enemigo contra el que había que defender a Europa, no se excluía algo así como la equidistancia europea con Rusia y China, por un lado, y con “Trump” por otro, lo que en principio sería bien recibido en Francia. Además, nunca se mencionó a la OTAN, y menos aún su doctrina revisada, adoptada en 1992, que amplía su misión en todo el mundo para incluir operaciones “exteriores” como, presumiblemente, intervenciones humanitarias en cumplimiento de un supuesto “deber de protección”.
 
Asimismo, al argumentar que el nuevo ejército europeo no necesitaría un mayor gasto en defensa, el llamamiento rechazaba implícitamente la exigencia estadounidense de que los miembros europeos de la OTAN, especialmente Alemania, aumentaran sus gastos militares hasta el 2% del PIB, lo que para Alemania, en 2018, habría supuesto un aumento de nada menos que el 50%[19]. Nótese que la primera vez que la OTAN, tras la presión estadounidense, discutió el objetivo del 2% fue en una cumbre celebrada en Praga en 2002. Fue la misma reunión en la que la alianza inició las conversaciones de adhesión con Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumanía, Eslovaquia y Eslovenia, y confirmó una política de puertas abiertas para Europa del Este, que incluía a Georgia y Ucrania, en contra de las fuertes objeciones públicas del gobierno ruso.

Y lo que es más importante, el documento no abordó la cuestión de las armas nucleares, lo cual, cuando menos, induce a pensar que fue para que los Verdes alemanes se unieran a la causa. Sin embargo, si el proyecto se hubiera hecho realidad, para Alemania –que se comprometió a no tener armas nucleares, e incluso se le prohibió tenerlas en virtud del Tratado de No Proliferación Nuclear de 1968– un ejército europeo implicaba el riesgo de tener que sustituir la protección nuclear estadounidense por la francesa. Ese riesgo habría parecido tan inaceptable en Alemania como la idea de que Francia compartiera su fuerza nuclear con “Europa”, es decir, que Alemania navegara bajo bandera europea.

En el fondo estaba la cuestión fundamental de hasta qué punto un ejército europeo estaría, o tendría que estar integrado en la estructura de mando de la OTAN, es decir, su “interoperabilidad” con el ejército de Estados Unidos. Desde el rearme de Alemania en la década de 1950, la Bundeswehr ha estado plenamente integrada en la OTAN y probablemente Estados Unidos habría insistido en que cualquier ejército europeo, en particular su contingente alemán, estuviera también integrado en la OTAN.

Si el llamamiento de Habermas hubiera tocado la cuestión nuclear, habría quedado claro que, a pesar de las similitudes superficiales, era incompatible con los elementos centrales del proyecto de seguridad europeo francés. Al igual que Estados Unidos, Francia quería (y quiere) que Alemania gaste más en defensa. Sin embargo, en lugar de reforzar el poder estadounidense al otro lado del Atlántico, el gasto adicional de Alemania pretendía cubrir el tradicional vacío del ejército francés causado por los elevados costes de su fuerza nuclear para permitir que “Europa” atendiera mejor las ambiciones francesas en África y Oriente Medio. Para lograr una “soberanía estratégica europea” de este tipo sería útil alguna forma de distensión con Rusia.

Sin embargo, un acuerdo euroasiático estaría reñido con la expansión estadounidense en la periferia rusa a través de la OTAN. Para Estados Unidos el objetivo era integrar a los antiguos países comunistas de Europa del Este en un “Occidente” dirigido por Estados Unidos. Hacer que Europa, a través de la OTAN, adoptara una posición de confrontación frente a Rusia garantizaría la dependencia europea de una alianza con Estados Unidos en el mundo dividido en dos polos que surgió del “Nuevo Orden Mundial” de George H. W. Bush. A Francia, por el contrario, le interesaba un ejército europeo precisamente en la medida en que sacaría a Europa de la tenaza a la que le sometía Estados Unidos, entre otras cosas al mantener a la Alemania no nuclear dependiente de la protección nuclear estadounidense. (...)"

(, American Affairs Volume VI, Number 2 (Summer 2022): 107–24. ), CTXT,  , 12/06/22, )

22.2.22

Los conservadores culminaron la salida del Reino Unido de la Unión Europea, pero no fueron capaces de concretar una estrategia para después... Podría haber empezado por liberar al Reino Unido de las normativas comunitarias con el objetivo específico de promover un modelo económico determinado... uno que favorezca a las pequeñas empresas de alta tecnología... podría gastar más dinero en sus excelentes universidades, y en investigación y desarrollo. Podría modernizar su antediluviano sistema educativo... Podría llevar a cabo una reforma de la agricultura, un proyecto que la Unión Europea va a ir postergando eternamente... Se conformaron con lo simbólico, con los pasaportes azules y las medidas imperiales, y cerraron acuerdos comerciales con países lejanos con lo que apenas comercian... si Boris se va, se acabó el Brexit... Hay múltiples relaciones posibles. Se puede ser miembro del mercado único y no de la unión aduanera, como Noruega. O al revés, como Turquía... Podría haber un acuerdo de asociación que abarcara las cuatro libertades: de comercio, de servicios, de capital y de mano de obra. También se extendería a una relación mucho más estrecha en materia de política exterior... Un acuerdo de asociación duradero tendría que incluir derechos de codecisión en los ámbitos en los que participa el Reino Unido, y cláusulas de exclusión en los que no participa... España podría ir examinando todas estas posibilidades, para evitar que Alemania nos destroce 'a la griega' tan pronto la deuda pública nos ahogue

 "La tragedia del Brexit es cada vez más evidente: los que más lo querían no han sabido qué hacer con él. Boris Johnson veía en la salida de la Unión Europea su principal legado, pero se le olvidó hacerse la pregunta más importante: y luego, ¿qué?

Consideremos primero qué podría haber hecho el primer ministro. Podría haber empezado por liberar al Reino Unido de las normativas comunitarias con el objetivo específico de promover un modelo económico determinado. El thatcherismo no es un modelo económico. Ahora todos somos más o menos thatcheristas. Por modelo económico entiendo algo diferente. Por ejemplo, uno que favorezca a las pequeñas empresas de alta tecnología. Eso requeriría cambios en el impuesto de Sociedades, la privacidad de los datos y las libertades digitales. Sería lo contrario de la política industrial de la UE, orientada a la protección.

El Reino Unido podría gastar más dinero en sus excelentes universidades, y en investigación y desarrollo. Podría modernizar su antediluviano sistema educativo y enseñar a los niños aptitudes para el siglo XXI. Podría llevar a cabo una reforma de la agricultura, un proyecto que la Unión Europea va a ir postergando eternamente. Después de la energía, el sector agrícola será la siguiente etapa de la revolución verde. Se podrían diseñar estrategias diferentes de la que yo he esbozado. La que yo propongo se basa en lo que Reino Unido ya tiene, y es básicamente no ideológica.

Ya sé que la covid se ha entrometido. El mundo ha perdido un año. Pero esto no explica la persistente inacción. El verdadero fracaso de Downing Street no son las fiestas, sino no haber aportado un poco de pensamiento estratégico a lo que seguiría al Brexit. Se conformaron con lo simbólico, con los pasaportes azules y las medidas imperiales, y cerraron acuerdos comerciales con países lejanos con lo que apenas comerciamos.

Coincido con lord Adonis, presidente del Movimiento Europeo: si Boris se va, se acabó el Brexit. Esto no va a pasar dentro de poco, por supuesto. Y no ocurrirá de manera directa. Pero si ocurriera en un futuro lejano, la marcha de Boris Johnson se consideraría el primer paso, al igual que el Brexit empezó cuando Margaret Thatcher pronunció las palabras políticamente fatales sobre la integración europea en la década de 1990: No, no, y no.

Sir Keir Stramer no devolverá el Brexit a la agenda política, pero hay un gran paso que sí que dará si sale elegido: renegociar el tratado de comercio y cooperación entre la Unión Europea y el Reino Unido. Hay múltiples relaciones posibles. Se puede ser miembro del mercado único y no de la unión aduanera, como Noruega. O al revés, como Turquía. La UE, mortalmente ofendida por el Brexit, fue inflexible en las negociaciones, pero ahora también está empezando a contar los costes de la salida del Reino Unido en términos de pérdidas comerciales e influencia en el mundo. El mermado papel de la Unión a escala mundial está quedando dolorosamente claro en el actual conflicto con Rusia. Otra generación de líderes europeos podría tener una visión de la relación con el Reino Unido muy diferente de las de Michel Barnier y Ursula von der Leyen, por ejemplo.

Pertenecer al mercado único conlleva una pérdida de soberanía en materia de emigración. Ser miembro de una unión aduanera no la conllevaría. Esto haría suponer, a primera vista, que un Gobierno laborista podría negociar una unión aduanera con la UE. Podría hacer algo más. Espero que el debate sobre la emigración cambie en el momento en que haya un problema de inflación. Los envejecidos países del norte de Europa necesitan como el agua la llegada de emigrantes para evitar que los costes salariales colapsen. La generación mayor, con sus ingresos fijos, es la que más puede perder si los precios suben. Yo creo que el debate sobre la emigración dará un vuelco en algún momento. Empezaremos compitiendo por la mano de obra, y al final el Reino Unido necesitará un régimen de emigración mucho más liberal que el que tiene ahora. Además, será lo que querrá la gente. La emigración estará mejor vista, incluso en el norte.

La manera más fácil de conseguirlo sería entrar en el mercado único. Si no se tiene una estrategia normativa propia, sería la mejor opción. La nueva relación no puede resumirse en un único epígrafe, como en el caso de Noruega o Turquía. Podría haber un acuerdo de asociación que abarcara las cuatro libertades: de comercio, de servicios, de capital y de mano de obra. También se extendería a una relación mucho más estrecha en materia de política exterior. Sería un gran incentivo para la Unión Europea.

En el pasado, el argumento más contundente contra la pertenencia al mercado único tenía que ver con el derecho al voto: el Reino Unido estaba sujeto a las normas de la UE, pero no tenía voto. Un acuerdo de asociación duradero tendría que incluir derechos de codecisión en los ámbitos en los que participa el Reino Unido, y cláusulas de exclusión en los que no participa. Si el objetivo del acuerdo de asociación es llegar a formar parte del mercado único en el futuro, todo esto no tiene importancia. De todos modos, el nuevo miembro tendría que aceptar toda la normativa.

Otro referéndum sobre la adhesión podría quedar muy lejos todavía. Si consideramos la década de 1990 como el momento en que el euroescepticismo adquirió carta de naturaleza, hasta la consulta sobre el Brexit pasaron 25 años. Su revocación total podría tardar también su tiempo, pero a lo mejor no tanto. No hay que subestimar el poder de las perturbaciones previsibles como la inflación, el clima extremo y las pandemias. Y no subestimemos tampoco las necesidades de los sectores industriales y financieros más prósperos del Reino Unido. Si el Reino Unido no saca partido de sus libertades normativas, puede que le fuera mejor dentro de la Unión Europea.

Por eso lord Adonis tiene razón. Si los conservadores no lo gestionan bien, yo también imagino que el Brexit habrá llegado a su fin. La negligencia será la causa de su muerte."                (Wolfgang Münchau , El País, 21/02/22

 

   Para luchar contra las epidemias y como alternativa a la salida del euro de los países del Sur, o como salida de emergencia ante la (más probable) ruptura de la UE por parte de los países del Norte... hay que conseguir la soberanía financiera... implantando una moneda digital paralela de circulación interna, en paridad 1:1 con el euro (¿europeseta electrónica?), en España: 

La propuesta de Garzón, basada en el Trabajo Garantizado:

Cómo aplicar el Trabajo Garantizado en ayuntamientos y autonomías... financiándolo con créditos fiscales municipales

Para Ecuador:

Hacia una "moneda electrónica paralela" para afrontar la crisis... en Ecuador (o en España) ¿Por qué y cómo hacerlo?

Para conseguir un monopolio financiero mundial, Facebook propone su propia moneda digital... LIBRA

Otras propuestas: 


Susana Martín Belmonte propone una 'coronamoneda' digital para potenciar la renta de cuarentena... una renta vehiculada a través de una moneda ciudadana digital descargable de una app y con respaldo del Banco de España.
Enlace: http://ojeandoelestadodelpais.blogspot.com/2020/04/coronamoneda-digital-para-potenciar-la.html 

El prometedor dinero fiscal

Emitir 'GREUROS'. Entre la salida del Euro, y la aceptación de la austeridad de la Troika, existe una tercera vía que se basa en la recuperación parcial de la soberanía monetaria

Existe una descripción con mucho humor, de economía-ficción, sobre los beneficiosos efectos que se producirían si en Italia, el gobierno impusiera una moneda digital (la sitúa en el 2020), para salir de la quiebra económica y política a la que la permanencia en el euro habría llevado al país. El objetivo se conseguiría rápidamente.


Los únicos perjudicados, los especuladores de la deuda. Ver: J. D. Alt: ‘Europa, 2020: una ucronía iluminadora’. http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=5467 )

Los artículos de Juan José R. Calaza, Juan José Santamaría y Juan Güell muestran con gran claridad las ventajas de una europeseta electrónica de circulación interna:

- Para entender la europeseta electrónica. Qué es y, sobre todo, qué no es. Enlace: http://www.farodevigo.es/opinion/2012/12/02/entender-europeseta-electronica/720458.html


- Para salir de la crisis sin salir del euro: España debe emitir europesetas (electrónicas). Enlace: http://www.farodevigo.es/opinion/2011/11/27/salir-crisis-salir-euro-espana-debe-emitir-europesetas-electronicas/601154.html

- Las europesetas electrónicas, complementarias al euro, estimularán el crédito sin efectos colaterales perversos. Enlace: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=165815

Juan Torres insiste en que es necesario emitir una moneda complementaria al euro. Sus artículos:

-Marear la perdiz. Enlace: http://ccaa.elpais.com/ccaa/2013/02/08/andalucia/1360327224_588117.html

- Hay alternativas, incluso dentro del euro. Enlace: http://juantorreslopez.com/publicaciones/hay-alternativas-incluso-dentro-del-euro/ mmmm

Más información en:
 
 
 
 'Si Grecia, España, o Andalucía emitiesen una moneda digital, respaldada por la energía solar instalada en sus tejados, alcanzarían la soberanía financiera. La de dar créditos a familias y empresas': http://comentariosdebombero.blogspot.com.es/2014/06/si-una-autonomia-o-una-gran-ciudad.html

18.1.22

Varoufakis: Viendo la vacunación, el fiasco de la vacuna, la corrupción y la incompetencia de la Comisión [Europea], tengo que confesar que he cambiado de opinión. Creo que el Brexit, al final, cuando se sopesan las cosas, era probablemente el camino correcto para Gran Bretaña... tenemos a Ursula von der Leyen, que es una fracasada ministra de Defensa de Alemania, dirigiendo la Comisión Europea sólo porque Merkel y Macron tuvieron una reunión a puerta cerrada en una habitación, y decidieron que ella la dirigiera. Y ha sido el fracaso más espectacular en cuanto a la gestión de la adquisición de vacunas, y no podemos deshacernos de ella, aunque quisiéramos

 "La UE ha tenido una pandemia difícil. La lentitud en la adquisición de vacunas, seguida de un despliegue chapucero, y el reparto de culpas por parte de sus dirigentes han reunido a críticos de todas las tendencias políticas. Dos improbables compañeros de cama de tradiciones políticas muy diferentes, Douglas Murray y Yanis Varoufakis, se unieron a Freddie Sayers para debatir sobre el bloque en un acto de los miembros de UnHerd.

Los sentimientos de Murray sobre la UE son bien conocidos, ya que ha sido durante mucho tiempo un crítico del bloque y ha escrito un libro muy vendido sobre el tema. Varoufakis, por su parte, ha recorrido un camino más largo. El ex ministro de Finanzas griego, que en su día fue un firme defensor de la postura de "permanecer y reformar" la UE, fue un destacado defensor de la campaña por la permanencia en 2016. Pero cuatro años más tarde, la opinión de Yanis sobre la UE empezó a cambiar. 

En una entrevista con UnHerd durante el primer cierre del Reino Unido, dijo que estaba tan consternado por los esfuerzos para deshacer el resultado que cambió de opinión sobre el Brexit. Esta semana, ha hecho su declaración más inequívoca hasta ahora, confirmando que el pobre despliegue de vacunas de la UE le ha convencido de las virtudes del Brexit:

Los últimos trece meses desde que comenzó la pandemia han sido un fiasco interminable. Viendo la vacunación, el fiasco de la vacuna, la corrupción y la incompetencia de la Comisión [Europea], tengo que confesar que he cambiado de opinión. Creo que el Brexit, al final, cuando se sopesan las cosas, era probablemente el camino correcto para Gran Bretaña.

- Yanis Varoufakis, UnHerd

Explica por qué apoyó el Remain en su momento, y rápidamente vio que la negativa de los Remainers a aceptar el resultado sería contraproducente:

El Reino Unido tuvo la suerte de no estar en la eurozona. Yo era ambivalente en cuanto a mi apoyo a la permanencia. Pero, sopesando los pros y los contras, pensé que Gran Bretaña estaba mejor, [y] los más débiles de la población británica estarían mejor a largo plazo. El día después del referéndum, pude ver que el problema eran los Remainers, porque eran simplemente antidemocráticos, trataron a los que votaron con una escasa mayoría -pero con una mayoría, sin embargo- con desprecio. Y se adentraron en un largo camino de cuatro años hacia un segundo referéndum al que me opuse. Y, ya sabes, mi punto de vista fue que luchamos por la permanencia y perdimos. El Brexit tenía que producirse.

- Yanis Varoufakis, UnHerd

Varoufakis y Murray coinciden en los problemas del déficit democrático de la UE:
Se pueden decir muchas cosas sobre Jean-Claude Juncker, el antiguo jefe de la Comisión Europea. Pero, ¿cómo es posible que durante la presidencia de alguien, se pierda a uno de los mayores contribuyentes al presupuesto de la UE, se pierda al Reino Unido de la UE, y él siga navegando? No hay autocuestionamiento. No hay auto-interrogación. Esto me parece -incluso más que las cuestiones de las crisis de la eurozona y las crisis migratorias y muchas más crisis que estarán por venir- que es la cuestión central con la que hay que lidiar. ¿Por qué esta entidad es tan increíblemente incapaz de responder y adaptarse y, lo que es más importante, de escuchar?

 (...) Pero en la cuestión del déficit democrático de la UE ambos coincidieron violentamente:
Hemos tenido problemas en Europa en los últimos años porque un cierto tipo de burócratas ha decidido que pueden saltar con pértiga sobre la inconveniencia de los plebiscitos públicos y sobre la molesta costumbre de tener que acudir al público para obtener la aprobación electoral. Creo que esa cuestión de la legitimidad y la responsabilidad democrática es lo que la gente -de izquierda y de derecha- podría acordar.

 Douglas Murray, UnHerd

No hay déficit democrático en Bruselas. Es como decir que hay un déficit de oxígeno en la luna: no hay oxígeno en la luna. No hay democracia en Bruselas. Se ha excluido de los tribunales por diseño. Es una característica de diseño no tener democracia en Bruselas

- Yanis Varoufakis, UnHerd

Cuando tenía los debates en Gran Bretaña en 2016, antes del referéndum, me encontraba a menudo en la BBC, ITV y demás, con los Brexiteers, con los que me llevaba bastante bien, a diferencia de [algunos] Remainers, les decía: Miren, amigos, tienen un buen punto, no lo desperdicien. Dejad de hablar de las grandes ganancias que obtendréis al salir de la UE y de los miles de millones que podréis gastar en el NHS. Todo esto es basura, de la misma manera que las estimaciones del Tesoro sobre la pérdida del PIB eran igualmente basura. 

Es una cuestión de quién nos gobierna, y de qué legitimidad tienen y qué podemos conseguir. ¿Cómo podemos deshacernos de ellos? Porque tienes toda la razón. Quiero decir, tenemos a Ursula von der Leyen, que es una fracasada ministra de Defensa de Alemania, dirigiendo la Comisión Europea sólo porque Merkel y Macron tuvieron una reunión a puerta cerrada en una habitación, y decidieron que ella la dirigiera. Y ha sido el fracaso más espectacular en cuanto a la gestión de la adquisición de vacunas, y no podemos deshacernos de ella, aunque quisiéramos."

Nuestro agradecimiento a Yanis Varoufakis y a Douglas Murray por este fascinante debate. Puedes inscribirte AQUÍ para asegurarte de asistir al próximo evento para miembros."     
     (Entrevista a Yanis Varoufakis, UNHERD, 14/005/22)

  
  Para luchar contra las epidemias y como alternativa a la salida del euro de los países del Sur, o como salida de emergencia ante la (más probable) ruptura de la UE por parte de los países del Norte... hay que conseguir la soberanía financiera... implantando una moneda digital paralela de circulación interna, en paridad 1:1 con el euro (¿europeseta electrónica?), en España: 
 
La propuesta de Garzón, basada en el Trabajo Garantizado:

Cómo aplicar el Trabajo Garantizado en ayuntamientos y autonomías... financiándolo con créditos fiscales municipales

Para Ecuador:

Hacia una "moneda electrónica paralela" para afrontar la crisis... en Ecuador (o en España) ¿Por qué y cómo hacerlo?

Para conseguir un monopolio financiero mundial, Facebook propone su propia moneda digital... LIBRA

Otras propuestas: 


Susana Martín Belmonte propone una 'coronamoneda' digital para potenciar la renta de cuarentena... una renta vehiculada a través de una moneda ciudadana digital descargable de una app y con respaldo del Banco de España.
Enlace: http://ojeandoelestadodelpais.blogspot.com/2020/04/coronamoneda-digital-para-potenciar-la.html 

El prometedor dinero fiscal

Emitir 'GREUROS'. Entre la salida del Euro, y la aceptación de la austeridad de la Troika, existe una tercera vía que se basa en la recuperación parcial de la soberanía monetaria

Existe una descripción con mucho humor, de economía-ficción, sobre los beneficiosos efectos que se producirían si en Italia, el gobierno impusiera una moneda digital (la sitúa en el 2020), para salir de la quiebra económica y política a la que la permanencia en el euro habría llevado al país. El objetivo se conseguiría rápidamente.


Los únicos perjudicados, los especuladores de la deuda. Ver: J. D. Alt: ‘Europa, 2020: una ucronía iluminadora’. http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=5467 )

Los artículos de Juan José R. Calaza, Juan José Santamaría y Juan Güell muestran con gran claridad las ventajas de una europeseta electrónica de circulación interna:

- Para entender la europeseta electrónica. Qué es y, sobre todo, qué no es. Enlace: http://www.farodevigo.es/opinion/2012/12/02/entender-europeseta-electronica/720458.html


- Para salir de la crisis sin salir del euro: España debe emitir europesetas (electrónicas). Enlace: http://www.farodevigo.es/opinion/2011/11/27/salir-crisis-salir-euro-espana-debe-emitir-europesetas-electronicas/601154.html

- Las europesetas electrónicas, complementarias al euro, estimularán el crédito sin efectos colaterales perversos. Enlace: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=165815

Juan Torres insiste en que es necesario emitir una moneda complementaria al euro. Sus artículos:

-Marear la perdiz. Enlace: http://ccaa.elpais.com/ccaa/2013/02/08/andalucia/1360327224_588117.html

- Hay alternativas, incluso dentro del euro. Enlace: http://juantorreslopez.com/publicaciones/hay-alternativas-incluso-dentro-del-euro/ mmmm

Más información en:
 
 
 
 'Si Grecia, España, o Andalucía emitiesen una moneda digital, respaldada por la energía solar instalada en sus tejados, alcanzarían la soberanía financiera. La de dar créditos a familias y empresas': http://comentariosdebombero.blogspot.com.es/2014/06/si-una-autonomia-o-una-gran-ciudad.html