17.6.22

Wolfgang Streeck: La Unión Europea antes de la guerra de Ucrania... Discrepancias cruciales, fracaso previsible... En el flanco occidental de la UE, el Brexit fue el primer caso de un Estado miembro que abandona una Unión que ideológicamente se considera permanente... en el sur, las prescripciones de la UEM llevaron a Italia por un camino de declive económico prolongado... en la periferia oriental de la Unión, los esfuerzos por imponer las costumbres y los gustos europeos occidentales en estas sociedades, acompañados de amenazas de sanciones económicas, provocaron una oposición “populista” y resentimiento... en el norte, los esfuerzos de la Unión Europea encuentran la resistencia de los Estados miembros escandinavos, que insisten en su tradición de regular el mercado laboral por medio de la negociación colectiva y no por la ley estatal... En el centro del imperio, los dos países líderes, Alemania y Francia, ninguno de los cuales puede dominar por sí solo la Unión, no son capaces de ponerse de acuerdo sobre las estructuras centrales, los intereses y las políticas de una Europa integrada

"(...) La Unión Europea de las últimas tres décadas ha servido de microcosmos regional de lo que llegó a denominarse hiperglobalización[1], concepto acuñado por Dani Rodrik. De hecho, en gran medida, fue un modelo continental de menor tamaño para el capitalismo mundial integrado, que era el objetivo último de quienes suscribían en aquel momento el Consenso de Washington. 
 
La UE ofrecía un mercado interior sin fronteras para los bienes, los servicios, la mano de obra y el capital; la gobernanza económica basada en normas la ratificaba un todopoderoso tribunal internacional, el Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas (TJCE); y un banco central igualmente todopoderoso, el BCE, gestionaba una moneda común, el euro. Este acuerdo se ajustaba perfectamente a la idea hayekiana de una federación internacional diseñada para limitar la política económica discrecional, una aproximación casi perfecta a lo que Hayek llamaba isonomía: leyes liberales de mercado idénticas en todos los Estados incluidos en el sistema[2]. 
Esta economía despolitizada estaba gobernada por una combinación de tecnocracia políticamente esterilizada –el BCE y el poder pseudoejecutivo de la UE, la Comisión Europea–, y lo que podría llamarse nomocracia –el TJCE– al amparo de una constitución de facto inmutable en la práctica. Esta última consistía en dos tratados[3], indescifrables para el ciudadano normal, acordados entre veintiocho países, cada uno de los cuales tenía derecho a vetar cualquier cambio[4]. Al anclar todo el proyecto dentro del sistema financiero mundial dominado por Estados Unidos, los tratados estipulaban una movilidad de capitales ilimitada, prohibiendo cualquier tipo de control de capitales no sólo dentro de la Unión, sino también más allá de sus fronteras[5].

No pasó desapercibido que esta estructura adolecía de lo que eufemísticamente llegó a llamarse “déficit democrático”. De hecho, en Bruselas, entre los iniciados, se oye a menudo el chiste de que, con su constitución actual, la Unión Europea nunca podría unirse a sí misma. En los últimos años, la Comisión Europea, y en particular el llamado Parlamento Europeo, se han esforzado por llenar el vacío democrático con una política de “valores” que la UE debe imponer a sus Estados miembros. Los derechos humanos, según las interpretaciones occidentales contemporáneas, servirían como sustituto de los debates sobre economía política que habían quedado excluidos del sistema político de la Unión. Sobre todo, esto implicaba intervenciones educativas en los países del antiguo imperio soviético para convertir a los gobiernos, los partidos y los pueblos al liberalismo europeo occidental, económico pero también social, si fuera necesario, reteniendo parte de las ayudas fiscales destinadas a apoyar la transformación de estos países en auténticas economías de mercado además de en democracias capitalistas. Este tipo de programas educativos cada vez más verticalistas, cuyo mandato deriva de interpretaciones cada vez más amplias e incluso intrusivas de las secciones declarativas de los tratados de la UE, culminó en una cruzada contra los llamados antieuropeos, identificados por los especialistas en ciencias sociales y los asesores políticos como “populistas”[6].


Con el tiempo, la centralización y despolitización de facto de la economía política de la Unión ha insertado en ella una dimensión jerárquica centroperiférica. El “Estado de derecho” instituido como norma de un tribunal todopoderoso; la política económica formalmente basada en normas pero en la práctica cada vez más discrecional del Banco Central Europeo, políticamente independiente; y la reeducación en los “valores” europeos apoyada por las sanciones han llevado a la UE a parecerse cada vez más a un imperio liberal, tanto en el sentido económico como en el cultural, este último como legitimación del primero.

Antes de Ucrania:

Discrepancias cruciales, fracaso previsible

Los imperios corren un riesgo congénito de sobre-expansión en los ámbitos territorial, económico, político, cultural y en otros. Cuanto más crecen, más cuesta mantenerlos unidos, ya que las fuerzas centrífugas crecen y el centro necesita movilizar cada vez más recursos para contenerlos. Tras la crisis financiera mundial de 2008 y su propagación a Europa después de 2009, la UE y la UEM empezaron a fracturarse en varios aspectos, y su capacidad económica, ideológica y coercitiva de integración se vieron cada vez más sobrecargadas.

En el flanco occidental de la UE, el Brexit fue el primer caso de un Estado miembro que abandona una Unión que ideológicamente se considera permanente. Fueron muchos los factores que contribuyeron al resultado del referéndum del Brexit, ampliamente debatido desde hace casi una década. Una de las principales razones (menos espectacular, pero sin duda más fundamental que muchas otras) por las que la pertenencia británica a la UE resultó insostenible fue la acentuada incompatibilidad de la constitución británica de facto, y su absolutismo parlamentario, con el gobierno de jueces y tecnócratas al estilo de Bruselas. Otra razón, por supuesto, fue la incapacidad y, de hecho, la falta de voluntad de Bruselas para hacer algo respecto a la prolongada negligencia de los gobiernos británicos en la desintegración del tejido social del país.

Volviendo al sur, los arraigados métodos nacionales de hacer capitalismo resultaron incompatibles con     y, según todos los indicios, irreversible. Los intentos de invertir la tendencia, ya sea mediante “reformas estructurales”, de acuerdo con las prescripciones neoliberales, o a través del BCE y la Comisión Europea, eludiendo las normas antiintervencionistas que rigen la Unión Monetaria toleradas en silencio por los gobiernos francés y alemán, fracasaron estrepitosamente. A estas alturas, ha quedado claro que ni siquiera el Mecanismo de Recuperación y Resiliencia (MRR) de la Unión Europea y las subvenciones que proporcionará a Italia, detendrán el declive italiano[7]. Entre otras cosas, el caso italiano demuestra que una política regional eficaz cuyo objetivo sea la convergencia económica es aún menos factible entre los Estados-nación que dentro de ellos.

Además, en la periferia oriental de la Unión, los países arrastran un legado histórico de tradicionalismo cultural, autoritarismo político y resistencia nacionalista contra la intervención internacional en sus asuntos internos, esta última reforzada por su experiencia bajo el imperio soviético. Los esfuerzos por imponer las costumbres y los gustos europeos occidentales en estas sociedades, especialmente cuando van acompañados de amenazas de sanciones económicas (como en el caso de las políticas de la Unión denominadas “Estado de derecho”), provocaron una oposición “populista” y un resentimiento contra lo que muchos percibieron como un intento de privarles de su recién recuperada soberanía nacional[8]. Los conflictos en el Consejo Europeo sobre cuestiones culturales llegaron a que los jefes de gobierno occidentales instaran de forma más o menos explícita a sus colegas del este, en particular a los de Hungría y Polonia, a salir de la Unión si no estaban dispuestos a compartir sus “valores”[9]. Combinado con la amenaza de sanciones económicas, esto supuso nada menos que un intento de provocar un cambio de régimen en otros Estados miembros.

Por último, en el norte, los esfuerzos de la Unión Europea por preservar un recuerdo de su antigua ambición de desarrollar una “dimensión social”, regularmente encuentran la resistencia de, entre todos los países, los Estados miembros escandinavos, que insisten en su tradición de regular el mercado laboral, incluida la regulación salarial, por medio de la negociación colectiva y no por la ley estatal. Recientemente, algunos sindicatos escandinavos han amenazado con abandonar la Confederación Europea de Sindicatos, de la que se quejan porque no se han respetado suficientemente sus prácticas nacionales establecidas.

En el centro del imperio liberal existen otras discrepancias, tanto antiguas como nuevas, debido a que la Unión Europea no tiene un Estado miembro lo suficientemente poderoso como para ser su único hegemón. En su lugar, hay dos países líderes, Alemania y Francia, ninguno de los cuales puede dominar por sí solo la Unión. A pesar de que se necesitan mutuamente, no son capaces de ponerse de acuerdo sobre las estructuras centrales, los intereses y las políticas de una Europa integrada.

Tradicionalmente se considera que las diferencias franco-alemanas derivan de las diferencias entre sus variedades nacionales de capitalismo, donde Francia cultiva una tradición de dirigismo controlado por el Estado y Alemania insiste en su invención de posguerra de una “economía social de mercado”. En consecuencia, Francia y Alemania tienden a estar en desacuerdo en las políticas de la Unión Europea y de la Unión Monetaria Europea, donde Francia, entre otras cosas, favorece una política fiscal y monetaria más expansiva y políticamente discrecional.

Más recientemente, sobre todo después del Brexit, las diferencias en política exterior y de seguridad también han pasado a un primer plano. Aunque ya existían en la década de 1960, se agudizaron, primero por el fin de la bipolaridad mundial después de 1989 y posteriormente por el hecho de que, desde el Brexit, Francia es el único Estado miembro de la Unión Europea con armas nucleares y un puesto permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Como Francia no está dispuesta a compartir ninguna de las dos cosas, la dependencia nuclear alemana de Estados Unidos, que mantiene unos cuarenta mil soldados en suelo alemán junto con un incontable número de cabezas nucleares, se interpone efectivamente en el camino de la “soberanía estratégica europea”, como la llaman los franceses, una transferencia de soberanía estratégica a “Europa” que es aceptable para la doctrina de seguridad nacional francesa únicamente bajo el liderazgo de Francia. 
 
Es más, mientras Francia tiene fuertes intereses en África y Oriente Medio, los intereses nacionales alemanes, en lo que respecta a Europa, se centran en Europa del Este y los Balcanes. En consecuencia, el desacuerdo, aunque cuidadosamente disimulado, es endémico entre los dos aspirantes a propulsores de lo que eufemísticamente a veces se denomina el tándem europeo franco-alemán.

¿Menos unidad para alcanzar más unidad?

Antes de la guerra de Ucrania había dos proyectos radicalmente diferentes en el aire, o al menos imaginables, sobre cómo evitar la inminente desintegración de la Unión Europea a causa de la sobreexpansión y la sobreintegración. Uno de ellos puede resumirse como una estrategia de menos unidad para alcanzar más unidad o de limitación –si no territorial, sí funcional–, retrotrayendo algunos elementos importantes de la “unión cada vez más estrecha de los pueblos de Europa” de la UE. Fue el sociólogo estadounidense Amitai Etzioni, entre otros, quien durante algún tiempo defendió la limitación como forma de desbloquear la integración europea[10]. 
 
En muchos sentidos, su propuesta recordaba a los antiguos conceptos de un sistema estatal europeo occidental integrado como una Europa a la carta, o incluso como la “Europa de las patrias” de De Gaulle[11]. Lo que estas nociones tenían en común era una visión del sistema estatal regional basada más bien en el modelo de una cooperativa que en el de un imperio, como ha esbozado recientemente Hans Joas en un importante libro sobre “Europa como proyecto de paz”[12].

En él, Joas menciona un debate entre Carl Schmitt y el historiador alemán Otto Hintze sobre las posibilidades de alcanzar la paz internacional en las décadas de 1920 y 1930. Schmitt creía que la paz en una región del mundo únicamente la podía asegurar una potencia imperial principal y libre para imponer el orden en su periferia, sus Estados dependientes, esencialmente a su antojo. Su modelo real de orden internacional viable, por cierto, era el hemisferio americano bajo la doctrina Monroe. 
 
Argumentando en su contra, Hintze, que había estudiado la tradición alemana de las asociaciones cooperativas (Genossenschaften), insistía en la posibilidad de un orden social basado en la cooperación voluntaria dentro de un marco que obligara a los países participantes a reconocer la independencia, o soberanía, de los demás. En varios aspectos, este modelo se acercaba al de la Paz de Westfalia de 1648, tras la Guerra de los Treinta Años, con la creación de lo que más tarde se denominó “Estado de Westfalia”. 
 
¿Cómo habría sido una Unión Europea a la carta, si se hubiera hecho realidad?

En términos generales, habría previsto una mayor autonomía local, en el sentido de nacional, en lugar de insistir en la uniformidad político-económica entre los Estados miembros, con instituciones menos centralizadas y jerarquizadas y más espacio para la soberanía nacional[13]. La Comisión Europea se habría convertido en algo así como una plataforma de cooperación voluntaria entre los Estados miembros y habría abandonado su aspiración de convertirse en un poder ejecutivo paneuropeo; lo mismo, mutatis mutandis, se habría aplicado al Parlamento de la UE. El papel del Tribunal de Justicia Europeo también tendría que reducirse significativamente: ya no sería un legislador constitucional disfrazado, encargado de todo lo que quiera encargarse y que interviene a su antojo en los Estados nacionales, la legislación nacional y la política nacional.

En cierto modo, una Unión Europea de este tipo se habría parecido al Consejo Nórdico formado por los Estados escandinavos en la década de 1950. Sus miembros son Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega, Suecia, las Islas Feroe, Groenlandia y Åland. El bloque no conoce ningún equivalente al Tribunal Europeo, el Parlamento de la UE o la Comisión Europea. Aunque los Estados miembros mantienen las fronteras abiertas entre ellos, siguen teniendo sus propias políticas económicas y sociales[14].

En muchos sentidos, retrotraer la integración para preservarla fue desde el principio un proyecto poco realista, si es que puede llamarse proyecto. Lo más probable es que, para tener alguna posibilidad, hubiera tenido que ir precedido de una desintegración masiva de la Unión Europea, debido a la intensificación de sus discrepancias y, muy probablemente, de una bancarrota estatal de Italia. 
 
Nada de esto podría haberse descartado, y menos unidad para alcanzar más unidad podría haber sido realista como proyecto de reconstrucción después de un hundimiento institucional, más que como política de reforma para evitar dicho hundimiento. Según las normas vigentes, habría requerido una amplia revisión de los tratados acordada por los veintisiete Estados miembros posteriores al Brexit, algunos de los cuales necesitarían aprobación por votación popular. La imposibilidad práctica de una revisión significativa de los tratados que rigen puede considerarse una característica esencial de un proyecto de integración europea que pretende ser irreversible (lo que involuntariamente le resta legitimidad democrática).

¿Lograr la integración mediante la militarización?

Un grupo de políticos alemanes retirados, de los dos principales partidos, dirigidos e inspirados por el filósofo Jürgen Habermas, sugirió otra posible salida al malestar por la sobre-expansión. Entre sus miembros se encontraba Friedrich Merz, entonces presidente del consejo de administración de BlackRock Alemania, un viejo rival de Angela Merkel. (Sorprendentemente, Merz resucitó recientemente para convertirse en el sucesor de Merkel como líder del que ahora es el principal partido de la oposición alemana, CDU/CSU). En octubre de 2018, el grupo emitió un llamamiento público titulado “Por una Europa basada en la solidaridad: Tomémonos en serio la voluntad de nuestra Constitución, ¡ya!”[15]. Entre otras cosas, el grupo instaba a la creación de un ejército europeo (“Exigimos un ejército europeo”), puesto que “Trump, Rusia y China” estaban “poniendo a prueba cada vez con más dureza... la unidad de Europa, nuestra voluntad de defender juntos nuestros valores, de defender nuestro modo de vida”. A esto podía haber “una única respuesta: la solidaridad y la lucha contra el nacionalismo y el egoísmo internamente, y la unidad y la soberanía común externamente”. La creación de un ejército europeo debía ser el primer paso hacia una “integración más profunda de la política exterior y de seguridad basada en decisiones mayoritarias” por parte del Consejo Europeo.
 
 El grupo argumentaba que un ejército europeo no requería “más dinero” puesto que “los miembros europeos de la OTAN en conjunto gastan unas tres veces más en defensa que Rusia”[16]; todo lo que se necesitaba era acabar con la fragmentación nacional, lo que permitiría tener “mucho más poder defensivo sin dinero adicional”. (No se dio ninguna razón de por qué esto era necesario, puesto que los países en cuestión ya gastaban tres veces más en su ejército que su enemigo señalado). Además, “puesto que las defensas de Europa no se dirigen contra nadie, la creación de un ejército europeo debería estar vinculada a las iniciativas de control de armas y desarme”, un esfuerzo en el que Alemania y Francia, “los Estados fundadores de Europa”, deberían tomar la iniciativa.

Al igual que menos unidad para alcanzar más unidad, la construcción del Estado europeo a través de la militarización, que recuerda en cierto modo al modelo prusiano[17], nunca tuvo posibilidades. Y ello a pesar de que, en apariencia, cuando sus defensores abogaban por una “soberanía común” para Europa, evidentemente atendían al gusto francés, tal y como expresó el Discurso de la Sorbona que pronunció Macron en 2017 un día después de la última reelección de Angela Merkel[18].
 
 Además, al no aclarar quién era el enemigo contra el que había que defender a Europa, no se excluía algo así como la equidistancia europea con Rusia y China, por un lado, y con “Trump” por otro, lo que en principio sería bien recibido en Francia. Además, nunca se mencionó a la OTAN, y menos aún su doctrina revisada, adoptada en 1992, que amplía su misión en todo el mundo para incluir operaciones “exteriores” como, presumiblemente, intervenciones humanitarias en cumplimiento de un supuesto “deber de protección”.
 
Asimismo, al argumentar que el nuevo ejército europeo no necesitaría un mayor gasto en defensa, el llamamiento rechazaba implícitamente la exigencia estadounidense de que los miembros europeos de la OTAN, especialmente Alemania, aumentaran sus gastos militares hasta el 2% del PIB, lo que para Alemania, en 2018, habría supuesto un aumento de nada menos que el 50%[19]. Nótese que la primera vez que la OTAN, tras la presión estadounidense, discutió el objetivo del 2% fue en una cumbre celebrada en Praga en 2002. Fue la misma reunión en la que la alianza inició las conversaciones de adhesión con Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumanía, Eslovaquia y Eslovenia, y confirmó una política de puertas abiertas para Europa del Este, que incluía a Georgia y Ucrania, en contra de las fuertes objeciones públicas del gobierno ruso.

Y lo que es más importante, el documento no abordó la cuestión de las armas nucleares, lo cual, cuando menos, induce a pensar que fue para que los Verdes alemanes se unieran a la causa. Sin embargo, si el proyecto se hubiera hecho realidad, para Alemania –que se comprometió a no tener armas nucleares, e incluso se le prohibió tenerlas en virtud del Tratado de No Proliferación Nuclear de 1968– un ejército europeo implicaba el riesgo de tener que sustituir la protección nuclear estadounidense por la francesa. Ese riesgo habría parecido tan inaceptable en Alemania como la idea de que Francia compartiera su fuerza nuclear con “Europa”, es decir, que Alemania navegara bajo bandera europea.

En el fondo estaba la cuestión fundamental de hasta qué punto un ejército europeo estaría, o tendría que estar integrado en la estructura de mando de la OTAN, es decir, su “interoperabilidad” con el ejército de Estados Unidos. Desde el rearme de Alemania en la década de 1950, la Bundeswehr ha estado plenamente integrada en la OTAN y probablemente Estados Unidos habría insistido en que cualquier ejército europeo, en particular su contingente alemán, estuviera también integrado en la OTAN.

Si el llamamiento de Habermas hubiera tocado la cuestión nuclear, habría quedado claro que, a pesar de las similitudes superficiales, era incompatible con los elementos centrales del proyecto de seguridad europeo francés. Al igual que Estados Unidos, Francia quería (y quiere) que Alemania gaste más en defensa. Sin embargo, en lugar de reforzar el poder estadounidense al otro lado del Atlántico, el gasto adicional de Alemania pretendía cubrir el tradicional vacío del ejército francés causado por los elevados costes de su fuerza nuclear para permitir que “Europa” atendiera mejor las ambiciones francesas en África y Oriente Medio. Para lograr una “soberanía estratégica europea” de este tipo sería útil alguna forma de distensión con Rusia.

Sin embargo, un acuerdo euroasiático estaría reñido con la expansión estadounidense en la periferia rusa a través de la OTAN. Para Estados Unidos el objetivo era integrar a los antiguos países comunistas de Europa del Este en un “Occidente” dirigido por Estados Unidos. Hacer que Europa, a través de la OTAN, adoptara una posición de confrontación frente a Rusia garantizaría la dependencia europea de una alianza con Estados Unidos en el mundo dividido en dos polos que surgió del “Nuevo Orden Mundial” de George H. W. Bush. A Francia, por el contrario, le interesaba un ejército europeo precisamente en la medida en que sacaría a Europa de la tenaza a la que le sometía Estados Unidos, entre otras cosas al mantener a la Alemania no nuclear dependiente de la protección nuclear estadounidense. (...)"

(, American Affairs Volume VI, Number 2 (Summer 2022): 107–24. ), CTXT,  , 12/06/22, )

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