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22.3.26

El presidente estadounidense, Donald Trump, está fracasando en su intento de fascismo... El problema de Trump no es con la idea del fascismo, que le sienta muy bien... El fascismo ensalza a un líder que trasciende la ley y pretende unir al pueblo con su destino. Niega la verdad en favor de grandes narrativas sobre la lucha contra un enemigo elegido. Postula una edad de oro imaginaria. Todo eso estaba en su discurso... En este caso, el enemigo elegido es el Partido Demócrata “loco”, que Trump asoció con la inmigración ilegal y la delincuencia... En cuanto a las víctimas elegidas, la Administración está llevando a cabo una represión generalizada contra los inmigrantes en Estados Unidos, sembrando el terror en ciudades de todo el país y creando un panorama de dominación con sus enormes campos de concentración... Todo esto es horrible. Pero también es estancamiento. Trump es impopular y la economía nacional es débil... Para pasar del autoritarismo competitivo al fascismo con todas las letras, Trump necesita otro tipo de conflicto: una guerra sangrienta, popular y victoriosa. Y eso está fuera de su alcance. El fascismo exige una guerra importante en el exterior para generar un acerbo de significado que pueda utilizarse para justificar un gobierno indefinido y una mayor represión... Estados Unidos invade Irán. Esa es la única escalada que podría funcionar para avanzar en la transición fascista. Pero la guerra es difícil y Trump es incompetente, como lo son todos sus asesores. Los estadounidenses no serán pacientes... se acercan las elecciones de mitad de mandato. Antes de que lleguen, Trump tiene dos opciones: ganar una guerra, lo que no puede hacer, o suprimir el voto, algo que casi con toda seguridad intentará hacer... Trump podría intentar combinar ambas cosas, alegando que no se pueden celebrar elecciones debido a las amenazas terroristas asociadas a la guerra que ha iniciado en Irán... pero los estadounidenses se han resistido al avance hacia el fascismo... Grupos de la sociedad civil elaboran planes y presentan demandas. Trump ha llevado al país a un umbral infranqueable. Pero no hay vuelta atrás a la normalidad. Lo que viene después no está claro... Los fascistas siguen ocupando puestos de autoridad y las instituciones federales continúan implementando políticas incompatibles con el estado de derecho. Habrá más malas noticias en los próximos seis meses, y más momentos de valentía y organización... Quienes se oponen al autoritarismo pueden ganar, sin duda, pero será una lucha ardua que implica construir grandes coaliciones e imaginar un futuro mejor (Timothy Snyder)

 "El presidente estadounidense, Donald Trump, está fracasando en su intento de fascismo. Esto quedó claro en su discurso sobre el estado de la Unión, que estuvo plagado de atmósferas fascistas, pero que en última instancia pintó la imagen de un fanfarrón exhausto.

El problema de Trump no es con la idea del fascismo, que le sienta muy bien. El fascismo ensalza a un líder que trasciende la ley y pretende unir al pueblo con su destino. Niega la verdad en favor de grandes narrativas sobre la lucha contra un enemigo elegido. Postula una edad de oro imaginaria. Todo eso estaba en su discurso.           

En este caso, el enemigo elegido es el Partido Demócrata “loco”, que Trump asoció con la inmigración ilegal y la delincuencia. En cuanto a las víctimas elegidas, la Administración está llevando a cabo una represión generalizada contra los inmigrantes en Estados Unidos, sembrando el terror en ciudades de todo el país y creando un panorama de dominación con sus enormes campos de concentración. El asesinato de civiles en Minnesota fue seguido de grandes mentiras sobre las víctimas.

Todo esto es horrible. Pero también es estancamiento. Trump es impopular y la economía nacional es débil. Cuando el gobierno asesinó a ciudadanos estadounidenses, los manifestantes apenas se desanimaron. Para pasar del autoritarismo competitivo al fascismo con todas las letras, Trump necesita otro tipo de conflicto: una guerra sangrienta, popular y victoriosa. Y eso está fuera de su alcance.

El fascismo exige una guerra importante en el exterior para generar un acerbo de significado que pueda utilizarse para justificar un gobierno indefinido y una mayor represión. Al presentar al mundo como una lucha sin fin, el fascismo utiliza la guerra para hacer que la sumisión a la jerarquía parezca la única opción.

Trump intuye que necesita una guerra de esas características, pero, como es habitual en él, busca un atajo. En el discurso sobre el estado de la Unión, Trump presentó al hockey olímpico como un gran conflicto internacional, con el extraño anuncio de que le otorgaría la Medalla Presidencial de la Libertad a Connor Hellebuyck, arquero del equipo de Estados Unidos. Después de que las fuerzas especiales estadounidenses sacaron a Nicolás Maduro de Venezuela, Trump comparó la acción, de manera absurda, con la Segunda Guerra Mundial.

Para completar la transición fascista, Trump debe darle a Estados Unidos una guerra que no quiere, y luego ganarla. Ha llevado a Estados Unidos al borde de una gran guerra con Irán, pero cuando habló de los preparativos en el discurso sobre el estado de la Unión, miró a su alrededor con desesperanza y agitó las manos.

Los norteamericanos no quieren esa guerra, aunque ese no es precisamente el problema de Trump. Los alemanes tampoco querían una guerra con Polonia en 1939. Pero Hitler la libró de todos modos y la ganó rápidamente. El problema de Trump es que no sabe cómo librar una guerra, lo que lo deja en una situación difícil. Su Administración ha abolido las instituciones y ha abandonado las herramientas necesarias para lanzar una campaña de presión paciente contra Irán, que combinaría sanciones y promesas con exigencias de libertad de expresión y apoyo a la sociedad civil.

Eso deja solo dos escenarios posibles. En el primero, no pasa gran cosa en Irán. Trump se olvida de las decenas de miles de manifestantes asesinados a los que dice defender. La Marina de Estados Unidos se retira. Quizá se lanzan algunos misiles antes de que zarpen los barcos. Como sea, Trump proclama una victoria increíble, que da lugar a una paz milagrosa. Pero esto no tendrá ningún efecto en la política interna.

En el otro escenario, Estados Unidos invade Irán. Esa es la única escalada que podría funcionar para avanzar en la transición fascista. Pero la guerra es difícil y Trump es incompetente, como lo son todos sus asesores. Los estadounidenses no serán pacientes. Quizá cambiarían de opinión si Trump pudiera explicar lo que está haciendo, pero no puede, o si hubiera una victoria rápida, cosa que no va a ocurrir. El impacto de una invasión de Irán en la política interna probablemente sería tan catastrófico que Trump no llegaría al final de su mandato, ni siquiera al final de este año, como presidente.

Trump quiere las dos cosas. Quiere ser el caudillo al que todos temen, pero también quiere ganar mucho dinero. La palabra “acuerdo”, que siempre utiliza en el contexto de Irán, significa “se nos puede sobornar”—el único hilo conductor de la política exterior estadounidense bajo el gobierno de Trump”—. Trump quiere que su corrupción se defina como una labor pacificadora digna de un premio.

Consideremos la trayectoria de vida de Trump. Un tipo de Queens intenta romper las reglas y ganar dinero en el sector inmobiliario para que ser aceptado y admirado en Manhattan. Al no lograr ese objetivo, pasa a un escenario más amplio, atacando con dureza las instituciones estadounidenses y enriqueciéndose a sí mismo, a su familia y a sus amigos. Pero aún busca el reconocimiento y la aceptación.

Por lo tanto, Trump está estancado. Puede destruir cosas, pero no crearlas. Puede fanfarronear, pero no triunfar. Está cansado, cada día es más difícil que el anterior, hay rivales al acecho y se acercan las elecciones de mitad de mandato. Antes de que lleguen, Trump tiene dos opciones: ganar una guerra, lo que no puede hacer, o suprimir el voto, algo que casi con toda seguridad intentará hacer. Pero ya fracasó en su intento de robar unas elecciones, y nada indica que no volverá a fracasar.

Trump podría intentar combinar ambas cosas, alegando que no se pueden celebrar elecciones debido a las amenazas terroristas asociadas a la guerra que ha iniciado en Irán o en otra parte. Pero si los periodistas, los jueces y otros están preparados para esta estratagema, no logrará su objetivo.

En cuanto al verdadero estado de la Unión, los estadounidenses se han resistido al avance hacia el fascismo: millones de personas protestan en todo el país, incluyendo miles o decenas de miles en ciudades invadidas por agentes federales. Las expresiones individuales de valentía y compromiso están por todas partes. Aunque muchos de los principales medios de comunicación se doblegan, otros hacen un buen trabajo y la información local mantiene al público informado. Grupos de la sociedad civil elaboran planes y presentan demandas. Trump ha llevado al país a un umbral infranqueable. Pero no hay vuelta atrás a la normalidad. Lo que viene después no está claro.

Los fascistas siguen ocupando puestos de autoridad y las instituciones federales continúan implementando políticas incompatibles con el estado de derecho. Habrá más malas noticias en los próximos seis meses, y más momentos de valentía y organización. Habrá elecciones en noviembre, pero es muy probable que sean más difíciles de lo habitual. Quienes se oponen al autoritarismo pueden ganar, sin duda, pero será una lucha ardua que implica construir grandes coaliciones e imaginar un futuro mejor. No podemos volver atrás, pero podemos hacerlo mucho mejor." 

(Timothy Snyder El País, 28/02/26)

15.3.26

A medida que los Estados de bienestar se erosionaron, el trabajo precario se expandió y las protecciones públicas desaparecieron, emergió una nueva atmósfera de inseguridad en la que la bronca, el miedo, el resentimiento, el orgullo herido y el anhelo de pertenencia se convirtieron en poderosas monedas políticas. Este terreno emocional no es teórico: está inscrito en la retórica de los líderes más influyentes de la actualidad... Sus vocabularios difieren, pero comparten la misma gramática afectiva: movilizar el miedo, el orgullo, la humillación y la angustia existencial en sociedades fracturadas por la reestructuración neoliberal.. La lealtad política duradera emerge cuando el afecto se fusiona con los «resultados tangibles»: ganancias económicas, victorias simbólicas o la sensación de que un líder llena un vacío. Cuando las emociones y las expectativas materiales convergen, el lazo político se vuelve duradero... El miedo y el resentimiento solo se vuelven políticamente poderosos cuando se conectan con experiencias vividas de inseguridad, desigualdad y expectativas incumplidas... Los líderes autoritarios explotan las emociones de manera agresiva, a menudo descartando por completo las normas retóricas o institucionales. Este estilo transgresor atrae la atención e intensifica la movilización. Pero las condiciones materiales importan. La manipulación emocional gana tracción porque la angustia económica crea un terreno fértil... Los líderes autoritarios explotan las emociones de manera agresiva, a menudo descartando por completo las normas retóricas o institucionales. Este estilo transgresor atrae la atención e intensifica la movilización... Las consignas vagas permiten que cada persona proyecte en ellas sus propios miedos y deseos. Esto ya era así en los años veinte y treinta: la propaganda autoritaria usaba la ambigüedad para encender la imaginación colectiva... Pero las condiciones materiales importan. La manipulación emocional gana tracción porque la angustia económica crea un terreno fértil. Las emociones se vuelven políticamente decisivas solo cuando están enraizadas en la erosión material, el colapso de la capacidad estatal y la fragmentación social producida por el neoliberalismo (Mabel Berezin)

 "Durante las últimas décadas, el neoliberalismo vació los fundamentos sociales y afectivos de la vida política. A medida que los Estados de bienestar se erosionaron, el trabajo precario se expandió y las protecciones públicas desaparecieron, emergió una nueva atmósfera de inseguridad en la que la bronca, el miedo, el resentimiento, el orgullo herido y el anhelo de pertenencia se convirtieron en poderosas monedas políticas.

Este terreno emocional no es teórico: está inscrito en la retórica de los líderes más influyentes de la actualidad. Donald Trump promete hablar en nombre de «los olvidados». Viktor Orbán advierte que Europa está «bajo asedio». Narendra Modi enmarca la transformación política como un «renacimiento nacional». Giorgia Meloni reivindica su identidad —«mujer, madre, italiana, cristiana»— como una fortaleza bajo amenaza. Javier Milei grita que «todo va a colapsar» si no hay una ruptura radical. Benjamin Netanyahu presenta cada crisis como una batalla por la supervivencia nacional.

Sus vocabularios difieren, pero comparten la misma gramática afectiva: movilizar el miedo, el orgullo, la humillación y la angustia existencial en sociedades fracturadas por la reestructuración neoliberal. El ascenso de las formaciones autoritario-populistas de hoy no puede entenderse solo a través del carisma; está enraizado en un paisaje más profundo de precariedad económica, fragmentación social y colapso de la confianza institucional.

Para entender esta convergencia entre emoción y poder conversamos con la socióloga Mabel Berezin, cuyo trabajo explora la relación entre el afecto, la identidad política y el desarrollo histórico de los movimientos de derecha. En esta entrevista, Berezin explica cómo las emociones se convierten en herramientas políticas, por qué las nuevas formaciones de derecha resuenan en distintos continentes y cómo el neoliberalismo preparó el terreno para estos nuevos modos de autoridad.

 DM: Antes de entrar en las fuerzas estructurales, quiero empezar por la materia prima en sí misma: las emociones. La política contemporánea parece estar impulsada no tanto por programas, como sí por el miedo, el orgullo y el resentimiento. ¿Cómo configuran las emociones la pertenencia política hoy y cómo convierten los líderes el lazo afectivo en lealtad duradera?

 MB: Las emociones siempre fueron centrales en la política. Cualquier líder eficaz, ya sea de izquierda o de derecha, sabe trabajar con ellas. Pero las emociones nunca operan solas. Las personas responden a lo que sienten y a lo que creen que pueden ganar materialmente.

La lealtad política duradera emerge cuando el afecto se fusiona con lo que yo llamo «resultados tangibles»: ganancias económicas, victorias simbólicas o la sensación de que un líder llena un vacío. Cuando las emociones y las expectativas materiales convergen, el lazo político se vuelve duradero.

 DM: Sostuviste que la política afectiva no puede explicar por sí sola la resistencia actual de la derecha. ¿Qué pesa más, las emociones o las condiciones materiales? ¿Y cómo combinan ambas cosas los líderes contemporáneos?

 MB: Son inseparables. La movilización emocional es importante, pero sin anclaje material pierde fuerza. En muchos países donde ascendió la derecha neoautoritaria, los líderes combinan narrativas emocionalmente cargadas con gestos simbólicos o concretos que abordan preocupaciones materiales.

El miedo y el resentimiento solo se vuelven políticamente poderosos cuando se conectan con experiencias vividas de inseguridad, desigualdad y expectativas incumplidas.

 DM: Quiero preguntar sobre una herramienta a la que recurren muchos de estos líderes: la división. ¿Por qué la polarización se volvió una estrategia política tan eficaz en la era neoliberal?

 MB:Porque la polarización simplifica un mundo que el neoliberalismo volvió estructuralmente inestable. A medida que las instituciones se debilitan y las personas pierden seguridad económica, las narrativas binarias ofrecen claridad y dirección.

En contextos autoritarios competitivos, la polarización también ayuda a consolidar el poder: presenta al líder como el protector indispensable frente a los «otros» hostiles.

 DM: Una vez que la polarización se instala, su lenguaje se moldea a través de consignas simples, ambiguas, emocionalmente cargadas. ¿Por qué las consignas políticas vagas son tan eficaces para movilizar a la gente hoy en día?

 MB: Su poder reside en su vacuidad. Las consignas vagas permiten que cada persona proyecte en ellas sus propios miedos y deseos. Esto ya era así en los años veinte y treinta: la propaganda autoritaria usaba la ambigüedad para encender la imaginación colectiva.

Bajo la precariedad neoliberal, las promesas vagas se vuelven aún más potentes porque pueden absorber las ansiedades de sociedades fragmentadas.

 DM: Hablemos de las figuras que encarnan esas consignas: líderes que se presentan casi como receptáculos de significado. Cuando un líder dice «yo soy como tú» o «hablo en tu nombre», ¿está construyendo una nueva identidad político-teológica?

 MB: En cierto sentido, sí. Esta retórica transforma a los líderes de actores ordinarios en figuras cuasi teológicas. Se convierten en símbolos antes que en individuos con proyectos políticos o programas de gobierno.

Esto funciona con mayor intensidad en sociedades que ya venían estando marcadas por la fragmentación, la tensión cultural o el deterioro institucional. Y, cuando resuena, genera una adhesión afectiva casi absoluta alrededor del líder.

 DM: Estas dinámicas emocionales se perciben como globales en parte porque las condiciones económicas que las sustentan también lo son. ¿Cómo alimentaron la reestructuración neoliberal y la erosión de los Estados del bienestar el ascenso de los movimientos autoritario-populistas contemporáneos?

 MB: A partir de los años noventa, la erosión de las protecciones del Estado de bienestar debilitó el vínculo entre los ciudadanos y el Estado. La estabilidad laboral se derrumbó, las garantías públicas se achicaron y la previsibilidad a largo plazo desapareció.

Lo que mostró mi investigación comparativa es que la reestructuración neoliberal produjo respuestas emocionales —miedo, frustración, desilusión— que los movimientos autoritario-populistas aprovecharon. En otras palabras: la crisis económica creó la base material; la crisis afectiva creó la oportunidad política.

 DM: Existe un debate de larga data sobre si la derecha actual está impulsada principalmente por la identidad cultural o por el declive económico. ¿La nueva derecha es ante todo identitaria, o la inseguridad económica sigue siendo la fuerza más profunda?

 MB: La identidad es importante, pero la inseguridad económica es el telón de fondo estructural. Sin ella, los llamados identitarios carecen de fuerza política. Cuando los problemas estructurales quedan sin resolverse, las personas se vuelven más receptivas a las promesas de los actores neoautoritarios o autoritarios competitivos.

 DM: Una emoción reaparece constantemente en distintas sociedades: la sensación de abandono. ¿Por qué el sentimiento de que «el Estado ya no nos protege» se volvió tan políticamente decisivo?

 MB: Porque capta la esencia de la era neoliberal. En Estados Unidos, en Europa y más allá, las personas se sienten abandonadas por las instituciones que antes garantizaban estabilidad.

Este sentimiento tiene raíces en condiciones reales: mercados laborales precarios, servicios públicos en declive, protecciones sociales debilitadas, instituciones desbordadas. Cuando las personas se sienten desprotegidas, la política del hombre fuerte se vuelve atractiva.

 DM: Dices que las emociones son necesarias pero no suficientes en política. ¿Qué distingue a los líderes autoritarios en su forma de movilizar las emociones?

 MB: Su disposición a cruzar límites. Los líderes autoritarios explotan las emociones de manera agresiva, a menudo descartando por completo las normas retóricas o institucionales. Este estilo transgresor atrae la atención e intensifica la movilización.

Pero las condiciones materiales importan. La manipulación emocional gana tracción porque la angustia económica crea un terreno fértil.

 DM: Por último, después de todas estas capas —emoción, economía, polarización, identidad, liderazgo—, ¿qué marco analítico nos ayuda a entender la política contemporánea?

 MB: Uno multidimensional. Para entender el panorama actual hay que examinar cómo se politizan las emociones, cómo las economías neoliberales generan inseguridad, cómo las formaciones autoritario-populistas llenan el vacío resultante y cómo las crisis estructurales reconfiguran las identidades políticas.

Las explicaciones puramente emocionales o puramente económicas no alcanzan. Las emociones se vuelven políticamente decisivas solo cuando están enraizadas en la erosión material, el colapso de la capacidad estatal y la fragmentación social producida por el neoliberalismo.

Notas:

1 Periodista, corresponsal de Deutsche Welle y colaboradora internacional en medios como Le Parisien Matin."

(Entrevista a  , Dora Mengüç, JACOBINLAT, 15/03/26)

25.2.26

En su discurso "Trump se centró en la comunidad somalí de Minnesota... dijo que el vicepresidente JD Vance lideraría una "guerra contra el fraude", al criticar el estado de Minnesota, por las estafas, muchas de ellas involucrando a migrantes somalíes... Vance dijo que crearía una nueva sección de fraude... El anuncio se produjo después de que el Departamento de Justicia disolviera unidades como el equipo nacional de aplicación de la ley de criptomonedas, contra el uso criminal de activos digitales, incluyendo el fraude y la extorsión"... El The New York Times informó que "Trump ha utilizado el cargo de presidente para ganar al menos 1.400 millones de dólares. Sabemos que esta cifra es una subestimación porque parte de sus ganancias permanece oculta a la vista pública. Y siguen creciendo"... Lo que tenemos aquí expuesto son dos técnicas fascistas clásicas. Uno es acusar a tu enemigo de lo que realmente estás haciendo. La segunda es de distracción directa. Ambos son conocidos desde hace mucho tiempo. Nadie debería caer en sus trampas (Richard Murphy)

 "Esto es del Financial Times de esta mañana, comentando el discurso sobre el Estado de la Unión, gran parte del cual se situó tan lejos en el reino de la fantasía que no vale la pena comentarlo:

"Donald Trump dijo que el vicepresidente JD Vance lideraría una "guerra contra el fraude", al criticar el estado de Minnesota, donde el gobernador Tim Walz abandonó el mes pasado su candidatura a la reelección debido a acusaciones de fraude estatal generalizado en el bienestar.

Los fiscales federales han afirmado que las estafas, muchas de ellas involucrando a migrantes somalíes, han ocurrido a una escala mayor de lo que se pensaba anteriormente. Trump se centró en la comunidad somalí de Minnesota durante su discurso.

Vance dijo el mes pasado que el Departamento de Justicia crearía una nueva sección de fraude.

El anuncio se produjo después de que el Departamento de Justicia disolviera unidades como el equipo nacional de aplicación de la ley de criptomonedas, que se creó bajo el expresidente Joe Biden para centrarse en el uso criminal de activos digitales, incluyendo el fraude y la extorsión."

Déjame poner eso en contexto. En enero de este año, The New York Times informó que:

"El consejo editorial es un grupo de periodistas de opinión cuyas opiniones se basan en la experiencia, la investigación, el debate y ciertos valores arraigados. Está separado de la redacción.

El presidente Trump nunca ha sido un hombre que pregunte qué puede hacer por su país. En su segundo mandato, como en el primero, está probando los límites de lo que su país puede hacer por él.

Ha volcado su energía y creatividad en la explotación de la presidencia, en averiguar cuánto dinero están dispuestos a poner en sus bolsillos personas, corporaciones y otras naciones con la esperanza de doblegar el poder del gobierno al servicio de sus intereses.

Una revisión del consejo editorial basada en análisis de organizaciones de noticias muestra que el Sr. Trump ha utilizado el cargo de presidente para ganar al menos 1.400 millones de dólares. Sabemos que esta cifra es una subestimación porque parte de sus ganancias permanece oculta a la vista pública. Y siguen creciendo."

Lo que tenemos aquí expuesto son dos técnicas fascistas clásicas.

Uno es acusar a tu enemigo de lo que realmente estás haciendo.

La segunda es de distracción directa.

Ambos son conocidos desde hace mucho tiempo. Nadie debería caer en sus trampas.

Nos estamos acostumbrando a la mala conducta en los cargos públicos en el Reino Unido en la actualidad. Parece estar sucediendo a nuestro alrededor, pero dudo que alguien lo haya hecho tan descaradamente como Trump en toda la historia de la humanidad.

Mi pregunta es, ¿serán despojados él y su familia de esta riqueza en un solo día? Y si no, ¿por qué no?."

(Richard Murphy, blog, 25/02/26, traducción Quillbot, enlaces en el original)

20.2.26

La ira está llevando a la gente hacia la extrema derecha. Lo que está ocurriendo actualmente en el Reino Unido está ocurriendo en la mayoría de los países occidentales... subinversión deliberada en vivienda social... esta es escasez fabricada... podríamos alojar a todos de forma segura en el Reino Unido. Elegimos no hacerlo... no se puede conseguir una cita en el médico... no se consigue atención para familiares mayores... el empleo seguro ha sido reemplazado por el trabajo precario... los salarios reales apenas han aumentado desde el 2008... la gente siente que ya no importa... hay un miedo recurrente al futuro... y hay un miedo fabricado... las redes sociales recompensan la indignación... los periódicos culpan a los migrantes... la gente ve riqueza por todas partes... y los políticos dicen: No hay dinero... Si la ira es real, la respuesta también debe ser real... si la política tradicional sigue negando las causas de esa ira, el extremismo crecerá... si abordamos los problemas reales –desigualdad, inseguridad, estancamiento y abandono– la ira puede convertirse en esperanza (Richard Murphy)

 "Hay una pregunta que atormenta la política británica, que es por qué tanta gente está lo suficientemente enfadada como para buscar soluciones en la extrema derecha.

Esta pregunta no implica que las personas sean irracionales.

Tampoco sugiere que todas las personas que lo hacen sean inherentemente odiosas.

En cambio, pregunta por qué tantos millones de personas sienten que el sistema político y económico en el que viven les está fallando, y por qué ningún partido político tradicional está dispuesto a abordar ese fracaso con algo que se parezca a una respuesta política adecuada.

Implícito en la pregunta que se está haciendo hay algo más. Ese es el entendimiento de que la ira, si se diagnostica o explica incorrectamente, se desvía y que la extrema derecha prospera con esa desviación.

Así que la necesidad es identificar las verdaderas causas de esa ira. Este es mi intento de resumir esas causas lo más brevemente posible.

1 – Estancamiento de los niveles de vida

Para la mayoría de los hogares, la vida no ha mejorado en más de una década. En algunos casos, puede ser mucho más largo. Las razones son obvias:

Los salarios reales para la mayoría de la gente apenas han aumentado desde la crisis financiera de 2008.

El costo de vida para muchas personas ha aumentado más que los salarios durante ese período.
Como resultado, el bienestar financiero general y la seguridad se han reducido.

El empleo seguro ha sido reemplazado cada vez más por el trabajo precario durante ese período.

El arrastre fiscal ha aumentado silenciosamente las cargas fiscales mientras que los servicios públicos han disminuido.

Los problemas fundamentales son fáciles de identificar:

La economía rentista está despojando a la gente de sus ingresos, y no ven ningún beneficio a cambio.
La riqueza fluye hacia los propietarios de activos mientras que los ingresos laborales se estancan.
La gente está trabajando más duro y sintiéndose más pobre.
La austeridad ha reducido las redes de seguridad social.
Los sucesivos gobiernos, obsesionados con sus propias finanzas y no con las de las personas a las que se supone que deben gobernar y cuidar, han empeorado mucho las cosas con políticas fiscales irresponsables que evidencian su falta de atención.

Cuando la gente siente que va hacia atrás, busca a alguien a quien culpar.

2 – Inseguridad de vivienda

La vivienda es ahora el mayor fracaso social de Gran Bretaña. Muchas personas mayores no sienten la magnitud de este problema, ni la plaga que está creando en la vida de tantas personas. Los jóvenes saben muy bien la exclusión que crea, ya que:

Los alquileres consumen grandes porciones de los ingresos.

La propiedad de vivienda se siente cada vez más fuera de alcance para las generaciones más jóvenes.

La vivienda social se ha vendido y no se ha repuesto, negando a la gente la opción de seguridad que proporcionaba este programa.

La gente es persuadida a culpar a los migrantes en reacción a esto. Pero las causas reales son:

especulación inmobiliaria,
riqueza inmobiliaria con privilegios fiscales, y
subinversión deliberada en vivienda social.

Esta es escasez fabricada. Podríamos alojar a todos de forma segura en el Reino Unido. Elegimos no hacerlo. La inseguridad de vivienda resultante genera ansiedad permanente, y esa ansiedad se convierte demasiado fácilmente en ira.

3 – El colapso de los servicios públicos

Cuando tú:

no puede conseguir una cita en el NHS,
encontrar un dentista del NHS,
obtener transporte fiable,
asegurar la atención para su hijo con necesidades educativas especiales,
conseguir atención para sus familiares mayores,
enfrentarse a un sistema de seguridad social penal, y
ver cómo la infraestructura de la nación se derrumba a su alrededor

Concluyes acertadamente que el sistema está roto.

Y luego los políticos dicen:

No hay dinero.

El país no puede permitirse la seguridad social.
Debemos vivir dentro de nuestras posibilidades.

Los impuestos deben subir antes que el gasto.

Estas afirmaciones son falsas. Un gobierno que emite moneda siempre puede financiar servicios esenciales. Los impuestos son para controlar la inflación y redistribuir los ingresos, no para financiar el gasto.

Cuando a la gente se le dice que el Estado no puede actuar utilizando argumentos falsos para justificar la austeridad y las dificultades que causa, pierde la fe en la propia democracia. Este es el vacío que llenan los extremistas.

4 – Declive regional y pérdida comunitaria

Grandes partes de Gran Bretaña se sienten abandonadas:

Las ciudades desindustrializadas han perdido empleos seguros.

Las calles principales están cerradas, o cerrando.

El transporte público ha desaparecido.
Y la esperanza se ha desvanecido para igualar la infraestructura en ruinas de la decadencia que ahora soportan demasiados lugares.

La gente interpreta esto como abandono por parte de élites distantes a las que no les importa.

No se equivocan sobre el abandono.

Se equivocan sobre la causa. El problema no son los migrantes. Es la negativa a invertir en las comunidades y reconstruir las economías locales.

Una política del cuidado comenzaría con el lugar. Reconstruiría pueblos, transporte, cultura y dignidad. Nunca puede haber esperanza a menos que la política importe donde está la gente.

5 – Desigualdad e injusticia visible

La gente ve riqueza por todas partes:

Los millonarios y multimillonarios parecen vivir en un mundo aparte.

Las empresas siguen evadiendo impuestos a través de jurisdicciones secretas.

Las torres de lujo se alzan mientras la vivienda social espera décadas.
En todas partes, la publicidad presenta imágenes de un mundo fuera del alcance de muchos.

No necesitas un título en economía para saber que algo está mal cuando esto sucede.

Mi trabajo sobre los paraísos fiscales demuestra que el sistema está amañado. La gente lo siente instintivamente. Pero la extrema derecha les dice que el problema son los extranjeros o los beneficiarios de la seguridad social, no la injusticia fiscal que podría abordarse, pero que siempre quieren exacerbar. Esa mentira funciona porque la política convencional se niega a abordar la desigualdad con honestidad.

6 – Pérdida de estatus e identidad

La inseguridad económica se ha convertido en inseguridad cultural porque:

Los empleos industriales que definían a las comunidades desaparecieron.

Las instituciones locales cerraron.

Especialmente, la gente siente que ya no importa.

Esto se relaciona con algo que es importante. La gente necesita sentir que pertenece y que importa. La necesidad es de ambos. Cuando no sienten ninguna de las dos, escucharán a cualquiera que prometa reconocimiento, incluso si ese reconocimiento viene a expensas de excluir a otros.

La extrema derecha ofrece una falsa sensación de orgullo. Reemplaza la solidaridad con el resentimiento, pero quienes se sienten marginados no se dan cuenta de eso.

7 – Fracaso político y desconfianza

La confianza en la política se ha derrumbado. Las razones son evidentes:

Las promesas del Brexit no se cumplieron porque nunca pudieron haberlo sido.

La austeridad se ha justificado con mitos sobre el "dinero de los contribuyentes" y la falta de capacidad para gastar, incluso cuando la impresión de riqueza mal dirigida está por todas partes.

El Partido Laborista ahora repite las reglas fiscales de los conservadores.
La percepción popular de que existe una desconexión entre lo que los políticos dicen que les importa y lo que hacen se ve reforzada por sus acciones.

Cuando todos los partidos principales comparten el mismo dogma económico, los votantes concluyen que la democracia no les ofrece ninguna opción real.

Por eso sostengo que gran parte de lo que la política tiene que decir es tan a menudo una MIERDA – una aproximación completamente basura a la verdad. Cuando el modelo que utilizan los políticos es incorrecto (como lo es), la política fracasa y la confianza se derrumba.

En ese vacío entran extremistas con respuestas sencillas.

8 – Los medios y el miedo fabricado

Vivimos en una economía donde hay múltiples demandas sobre nuestra atención, y donde quienes la quieren saben que el miedo es rentable. Como resultado:

Las redes sociales recompensan la indignación.

Los periódicos culpan a los migrantes.

La publicidad, como he argumentado a menudo, está deliberadamente diseñada para hacernos infelices con nuestras vidas.

Gran parte del deseo abrumador de nuestros medios es hacernos sentir insatisfechos, enojados y agentes cuyo papel es dirigir la culpa.

Las razones son obvias. Una población asustada es más fácil de manipular, y es más fácil temer lo que se puede ver que lo que no. Así que a la gente le dicen que el problema es su vecino. No se les habla del capitalismo rentista, la injusticia fiscal, la austeridad y la política deliberada de destrucción que persiguen la mayoría de los políticos.

La política de distracción reemplaza a la política de cuidado.

9 – Miedo al futuro

En el fondo, pero real no obstante, hay un miedo recurrente al futuro.

Ya sea el cambio climático, la IA, la guerra o la inestabilidad económica, la gente percibe incertidumbre. Tienen razón al hacerlo cuando la mayoría de los políticos parecen no tener la más mínima idea de qué hacer con ninguno de estos problemas ni el deseo de abordarlos.

Sin una visión creíble de esperanza, el miedo se convierte en ira. Y la ira busca objetivos.

10 – Lo que ofrece la extrema derecha

La extrema derecha prospera porque ofrece:

Explicaciones sencillas

Enemigos visibles

Certeza emocional

Migrantes, académicos, personas "despiertas" y beneficiarios de la seguridad social; todos ellos son convertidos en chivos expiatorios, pero ninguno de estos grupos causó salarios estancados, escasez de vivienda, servicios deficientes o injusticia fiscal.

La extrema derecha ofrece ira, no respuestas.

Lo que haría una política del cuidado

Si la ira es real, la respuesta también debe ser real. Una política del cuidado abordaría directamente las causas de la ira en este país. Lo haría:

Invertir en vivienda como bien público.

Restaurar los servicios públicos mediante una financiación adecuada.

Fortalecer la seguridad social para que nadie viva con miedo.

Gravar la riqueza, las rentas de la tierra y los ingresos no ganados de manera justa.

Poner fin a la evasión fiscal mediante la transparencia.

Reconstruir las economías regionales con una política industrial verde.

Reconocer el trabajo de cuidados, la educación y la salud como actividades económicas fundamentales.

Esto no es utópico. Es economía política práctica.

Una política del cuidado dice que cada persona importa, y la política debe demostrarlo.

Por qué esto es importante

La gente no se vuelve de extrema derecha porque sea malvada. Se vuelven así porque están enojados, asustados y no se sienten escuchados.

Si la política tradicional sigue negando las causas de esa ira, el extremismo crecerá.

Pero si abordamos los problemas reales –desigualdad, inseguridad, estancamiento y abandono– la ira puede convertirse en esperanza.

La elección no es entre ira y apatía.

Está entre la política del odio y la política del cuidado.

Solo uno de ellos puede construir una sociedad en la que todos importen.

Y el último punto es clave: necesitamos que todos hagan esto posible. Todos pertenecerían. Todos importarían. Y así es como superamos el odio, no con palabras bonitas, ni con leyes, sino entregando lo que la gente necesita:

Hogares seguros
Empleo estable
Una red de seguridad social sólida
Servicios públicos en los que puedan creer
Un sentido de justicia social, económica y política
Un sentido de pertenencia
La creencia de que importan

Esa es la política que quiero, y la política que este país necesita. Eso es lo que me motiva a escribir la economía que puedo, sé que puedo entregarla cuando la mayoría de la corriente principal económica no dice nada que tenga la más mínima posibilidad de hacerlo, precisamente porque es la base de todo el sentido de alienación que sufre este país. Por eso necesitamos una economía de la esperanza." 

(Richard Murphy, Un. Sheffield , blog, 18/02/26, traducción Quillbot, enlaces en el original) 

9.2.26

Un medievalista de origen español en los tiempos del ICE... extranjero en su propio país... El catedrático Roger Martínez-Dávila denuncia que tuvo que acreditar su ciudadanía ante una universidad de EE UU, algo que no fue requerido a sus compañeros sin ascendencia hispana... En Estados Unidos, una persona como yo —como millones de personas con ascendencia española— puede ser requerida, en cualquier momento, para demostrar su nacionalidad... La humillación pública se convierte en algo sin importancia, que te dicen que aguantes en silencio... En Minnesota, ahora mismo, la actuación del ICE se ha convertido en terror de Estado, pero esto también está ocurriendo en otros lugares, mediante procesos nuevos, silenciosos y públicamente invisibles... cuando las instituciones normalizan exigencias documentales —y cuando esas exigencias caen de manera desigual sobre ciertos apellidos y ciertos rostros— la historia lanza una advertencia. En Estados Unidos estamos “bien” por ahora… Hasta que dejemos de estarlo... así que inicié el proceso para obtener la ciudadanía española no solo por razones prácticas, sino también profundamente personales... Siento el tirón de España como hogar: mi hogar real. Pero ahora el amor no es la única razón. La necesidad lo es. Me pregunto si necesitaré esa ciudadanía no como símbolo sino como refugio, antes de que sea demasiado tarde (Roger Martínez-Dávila, catedrático de historia medieval española en la Universidad de Colorado)

 "Una terminología insidiosa se ha enraizado en Estados Unidos: distingue a los heritage Americans del resto de nosotros. Se trata de un eufemismo para definir a los protestantes anglosajones blancos y, cada vez más, también a los nacionalistas evangélicos. Este lenguaje se está desplegando de forma sistemática. En la práctica, la Corte Suprema de EE UU ha legalizado una maquinaria de control en la que la etnia —incluso cómo se habla, cómo se viste, a qué se dedica alguien— puede ser utilizada como justificación para que funcionarios federales, fuerzas cuasi militares como el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), detengan a alguien y le pidan “sus papeles, por favor”.

En Minnesota, ahora mismo, la actuación del ICE se ha convertido en terror de Estado —redadas, detenciones, miedo en barrios de inmigrantes y protestas públicas— y ha incluido la fuerza letal, con la muerte a manos de agentes federales de Renee Good y Alex Pretti. Pero esto también está ocurriendo en otros lugares, mediante procesos nuevos, silenciosos y públicamente invisibles.

El 5 de enero de 2026, después de trabajar durante 16 años en la Universidad de Colorado, el Departamento de Recursos Humanos me envió un correo diciendo que no había presentado documentos que demostraran que yo era residente legal o ciudadano/a de Estados Unidos. La universidad insistió en que yo no había aportado esa documentación cuando me contrataron. Y se me exigió presentar físicamente mi prueba de ciudadanía (mi pasaporte estadounidense) ante un funcionario de la universidad para su verificación. Soy un extranjero en mi propio país.

El correo utilizaba el lenguaje sereno de la administración. ¿Era, como decían, una “revisión interna rutinaria” que se aplicaba a todo el mundo? La frase importante era simple: “Este paso debe completarse presentando documentos originales y aceptables… No se aceptan copias”.

El personal de la universidad me dijo que no se me estaba señalando. Pero a ninguno de los heritage Americans de mi Departamento de Historia, con apellidos anglosajones y alemanes, se les pidió que acudieran y demostraran físicamente su ciudadanía. A mí sí: Martínez-Dávila. Y una compañera de mi departamento —empleada desde hace más de 25 años— también fue obligada a presentar sus papeles; sí, también tenía apellido español. ¿Qué probabilidades hay? El 100% en Estados Unidos.

Cuando compartí esto públicamente en una red profesional, un desconocido respondió con la clase de frase que normaliza todo: “A nadie le importa. Enseña los papeles y ya está”. La exigencia se vuelve banal, corriente. La humillación pública se convierte en algo sin importancia, que te dicen que aguantes en silencio.

Lo que resulta tan alarmante —y tan desorientador— es que soy descendiente de españoles con raíces indígenas mexicanas. Mi familia fundó el San Antonio español de Texas en 1718. Mis genes dicen la verdad: 33% ibérico, 16% judío sefardí y 25% indígena americano. ¿Quién es aquí el heritage American?

Mi relación familiar con Texas guarda su propio archivo de paradojas y se encarna en Juan Nepomuceno Seguín: mi antepasado. Nacido en 1806, fue un líder texano en la revolución por la independencia. Y estuvo en El Álamo. El 25 de febrero de 1836, durante el asedio de Santa Anna al Álamo, Juan Seguín fue enviado por el coronel William B. Travis para pedir refuerzos militares al general texano James Fannin. Juan fue el único superviviente de aquella desdichada demostración de resistencia y valentía.

El resto es historia y origen de nuestro grito de guerra: “¡Recordad El Álamo!”. Más tarde organizó la única compañía texana (hispanoestadounidense) que luchó en la decisiva batalla de San Jacinto. Después regresó a San Antonio y supervisó los enterramientos de los muertos del Álamo.

Y entonces la historia gira: tras servir en el Senado de la República de Texas, la creciente hostilidad anglosajona contra los texanos lo empujó a huir con su familia hacia su antiguo enemigo, México. En otras palabras: el mito fundacional estadounidense incluye a patriotas de habla española y, en mi caso, es literalmente sangre —como en el caso de millones de personas con ascendencia española—.

Volvamos al presente. En Estados Unidos, una persona como yo —como millones de personas con ascendencia española— puede ser requerida, en cualquier momento, para demostrar su nacionalidad. En Minnesota, la presión se ha hecho visible en las calles. En Colorado, viví la versión más silenciosa: no una redada, no un control, sino un correo institucional que termina en el mismo lugar: entregue sus documentos.

Los españoles saben —de un modo que los estadounidenses no— lo rápido que la identidad se endurece con el papeleo. Bajo el franquismo, el Estado activó la “obligatoriedad de su presentación” del DNI y puso en marcha la exigencia de probar la identidad para poder moverse por la vida ordinaria. No estoy diciendo que Estados Unidos sea la España franquista. Estoy diciendo esto: cuando las instituciones normalizan exigencias documentales —y cuando esas exigencias caen de manera desigual sobre ciertos apellidos y ciertos rostros— la historia lanza una advertencia.

En Estados Unidos estamos “bien” por ahora… Hasta que dejemos de estarlo. Esa es la mentira que nos contamos hasta el día en que ya no podemos.

El año pasado inicié el proceso para obtener la ciudadanía española no solo por razones prácticas, sino también profundamente personales. Como profesor de la España medieval y de la América colonial española, he dedicado mi vida a encontrar y recomponer esa comunión con España. Siento el tirón de España como hogar: mi hogar real. Pero ahora el amor no es la única razón. La necesidad lo es. Me pregunto si necesitaré esa ciudadanía no como símbolo sino como refugio, antes de que sea demasiado tarde." 

(Roger Martínez-Dávila  , catedrático de historia medieval española en la Universidad de Colorado,  El País, 07/02/26)  

31.1.26

Estados Unidos está bajo asedio, no por un enemigo extranjero, sino por la administración Trump, que ha transformado la gobernanza misma en una forma de terrorismo doméstico al servicio de un estado supremacista blanco, normalizando el miedo como un modo de gobierno... Agentes enmascarados en vehículos sin marcar, vestidos con equipo de batalla, acechan las calles, secuestrando, brutalizando y en algunos casos matando a personas. Ciudadanos y no ciudadanos por igual se vuelven desechables. La razón y el estado de derecho han colapsado, reemplazados por el ejercicio descarado de la violencia estatal en defensa de una política de apartheid... Trump y su ejército de ejecutores representan el momento en que un régimen de violencia de larga data se despoja de su disfraz democrático y gobierna abiertamente mediante el miedo. Los asesinatos de Good y Pretti, por repulsivos que sean moral y políticamente, marcan más que la trágica y escandalosa pérdida de dos vidas; señalan la muerte de la democracia... Estos asesinatos no son excesos fortuitos ni actos descontrolados. Son manifestaciones calculadas de poder, destinadas simultáneamente a paralizar a la población y a provocar una resistencia masiva que luego pueda utilizarse como justificación para intensificar la represión... La violencia sancionada por el Estado se presenta así como el único medio para restablecer el orden, a la vez que se convierte en el mecanismo mediante el cual se asfixia la vida democrática... estamos un intento de obligar al público a aceptar un universo moral invertido en el que el asesinato estatal se llama seguridad y la resistencia se califica de terrorismo... lo que ocurre en las calles de Minneapolis es un caso de prueba. La ciudad se ha convertido en un laboratorio político, donde la administración está poniendo a prueba los límites de su poder y midiendo la resiliencia de la resistencia democrática... Forman parte de un patrón más amplio: una ruptura del contrato social y del debido proceso... hubo 32 muertes bajo custodia del ICE el año pasado... Este patrón de horror tras los muros de las prisiones del ICE debería servir como una dura advertencia de que la violencia, la brutalidad y la crueldad definen ahora el ADN de una democracia en retroceso... las redadas del ICE desbaratan cualquier pretensión de que los niños están fuera de su alcance... el ICE han entrado en instalaciones escolares, seguido autobuses, rodeado patios de recreo y detenido a estudiantes, incluyendo a varios menores, dejando a una comunidad que antes consideraba las escuelas como santuarios con una sensación de seguridad profundamente destrozada... El terror de un niño se convierte en una advertencia para la nación: nadie está fuera de su alcance... el miedo ha reemplazado al cuidado como la lógica rectora del Estado... El fascismo opera no solo mediante la maquinaria de dominación, sino también mediante la colonización de la conciencia , educando a las personas para normalizar la crueldad, internalizar el miedo y confundir la obediencia con la virtud moral... Estados Unidos no está al borde del fascismo; vive en él (Henry Giroux)

 "Estados Unidos está bajo asedio, no por un enemigo extranjero, sino por la administración Trump, que ha transformado la gobernanza misma en una forma de terrorismo doméstico al servicio de un estado supremacista blanco. Por terrorismo doméstico , me refiero al uso de la intimidación, la desaparición y la violencia sancionadas por el estado contra las poblaciones civiles para disciplinar la disidencia, imponer la jerarquía racial y normalizar el miedo como un modo de gobierno. Agentes enmascarados en vehículos sin marcar, vestidos con equipo de batalla y operando más allá de cualquier autoridad legal reconocible, ahora acechan las calles, secuestrando, brutalizando y en algunos casos matando a personas. Ciudadanos y no ciudadanos por igual se vuelven desechables. La razón y el estado de derecho han colapsado, reemplazados por el ejercicio descarado de la violencia estatal en defensa de una política de apartheid.

Este es un régimen que se ha vuelto contra su propio pueblo. Gobierna a través de la desaparición, el terror y la rutinización de la crueldad . El daño, la miseria, la violencia y el asesinato ya no son desviaciones de las normas democráticas; son las normas. Solo en el área de Minneapolis, agentes federales han estado involucrados en múltiples tiroteos fatales en las últimas semanas, incluido el asesinato estatal el 7 de enero de Renée Nicole Good, una madre de 37 años , ciudadana estadounidense asesinada a tiros por un agente de ICE durante operaciones de cumplimiento federal. El asesinato ha provocado protestas generalizadas e indignación en las Ciudades Gemelas y la nación a medida que las comunidades exigían rendición de cuentas y justicia. La administración Trump intentó justificar el asesinato etiquetando a Good como "terrorista doméstico ", utilizando el término como arma para desviar la rendición de cuentas e invertir el significado de la violencia estatal.

  Poco después de la muerte de Good, agentes federales fueron capturados nuevamente en video en Minneapolis usando fuerza letal que equivalió a una ejecución a plena vista. Las imágenes muestran a un hombre abrumado por un enjambre de oficiales, empujado al suelo y disparado múltiples veces incluso mientras yacía inmóvil ante ellos. Los funcionarios locales confirman que el incidente resultó en la muerte de Alex Jeffrey Pretti, enfermero de UCI de 37 años, quien dedicó su vida al cuidado de veteranos . Esto marcó el tercer tiroteo por parte de agentes federales de inmigración en la ciudad en solo unas pocas semanas, lo que profundizó la indignación pública por lo que los críticos llaman violencia desenfrenada por parte de los agentes federales. Una vez más, a pesar de los múltiples videos que documentan el asesinato, incluido uno que muestra a un agente de la Patrulla Fronteriza tomando el arma de Pretti antes de que lo mataran, el régimen de Trump afirmó, sin embargo, que un agente le disparó en defensa propia, "una narrativa que el gobernador de Minnesota, Tim Walz, llamó 'tonterías' y 'mentiras'".

A los pocos minutos del asesinato, altos funcionarios de la administración Trump se movieron rápidamente para controlar la narrativa. El subjefe de gabinete de Trump, Stephen Miller , se unió a otros para aprovechar las afirmaciones no verificadas para etiquetar a Pretti como "terrorista doméstica " y "asesina en potencia", mientras acusaba a los demócratas de "avivar las llamas de la insurrección" para obtener groseros beneficios políticos. Estas afirmaciones no fueron simplemente imprudentes; fueron invenciones estratégicas diseñadas para invertir la identidad de víctima y perpetrador, deslegitimar la disidencia y justificar preventivamente la violencia estatal. También le salieron por la culata a la administración, ya que una avalancha de videos desmintió las mentiras oficiales y reveló a los verdaderos agresores, agentes federales que golpearon y mataron no como actores deshonestos, sino como ejecutores del terrorismo sancionado por el estado. Entender estos asesinatos como algo más que crímenes aislados es confrontar el sistema histórico más profundo de violencia del que emergen.

La violencia estatal debe recordarse y confrontarse no solo en sus manifestaciones más espectaculares, como el despliegue de fuerzas federales armadas en las ciudades estadounidenses, sino como una condición sistémica arraigada en una larga historia de conquista imperial, genocidio y dominación racial. Desde las guerras de exterminio contra los pueblos indígenas hasta la esclavitud, los linchamientos y el encarcelamiento masivo, la violencia nunca ha sido un elemento secundario del proyecto estadounidense; ha sido uno de sus principios rectores. Esta historia se materializa en la evolución del estado carcelario , una cultura política ligada al terror racista y un capitalismo gangsteril y punitivo que saquea la mano de obra, concentra la riqueza y prospera gracias a la desigualdad masiva, el empobrecimiento y la miseria social. La maquinaria de la muerte es, por lo tanto, histórica y existencial, sostenida por una cultura de ignorancia fabricada y una guerra permanente de clases y raza. Un sistema así no puede reformarse sin reproducir las propias relaciones de dominación de las que depende. Debe ser desmantelado. Trump y su ejército de ejecutores, tanto en las calles como en la Casa Blanca, no representan una ruptura con esta historia, sino su culminación, el momento en que un régimen de violencia de larga data se despoja de su disfraz democrático y gobierna abiertamente mediante el miedo. Los asesinatos de Good y Pretti, por repulsivos que sean moral y políticamente, marcan más que la trágica y escandalosa pérdida de dos vidas; señalan la muerte de la democracia estadounidense, el desmoronamiento de su cultura cívica, el colapso de sus instituciones legales y culturales, y el surgimiento de una forma mejorada de fascismo, una convergencia que cumple sombríamente la larga historia de violencia a través de la cual Estados Unidos debe ahora reconocerse.

Esa larga historia no permanece abstracta; se moviliza activamente en el presente a través del espectáculo, la coerción y el despliegue estratégico del poder estatal. Tales afirmaciones resuenan en las altas esferas de la administración Trump y funcionan como armas ideológicas. Santifican el terrorismo de Estado, borran la evidencia visual de la brutalidad e inundan la esfera pública con una política fascista del miedo en la que se criminaliza la disidencia, se descarta la verdad y se recodifica la violencia como necesaria y virtuosa. Su propósito es inequívoco: crear las condiciones para invocar la Ley de Insurrección normalizando el espectáculo de civiles desarmados asesinados a sangre fría.

Estos asesinatos no son excesos fortuitos ni actos descontrolados. Son manifestaciones calculadas de poder, destinadas simultáneamente a paralizar a la población y a provocar una resistencia masiva que luego pueda utilizarse como justificación para intensificar la represión. La lógica del régimen es brutalmente circular: la protesta se responde con violencia, la violencia genera indignación, la indignación se etiqueta como insurrección y la insurrección se convierte en el pretexto para extinguir la democracia a punta de pistola. La violencia sancionada por el Estado se presenta así como el único medio para restablecer el orden, a la vez que se convierte en el mecanismo mediante el cual se asfixia la vida democrática.

Aquí, la advertencia de Václav Havel en El poder de los impotentes cobra renovada urgencia. Havel argumentó que los sistemas autoritarios dependen no solo de la represión, sino también de la participación forzada de los ciudadanos en una mentira, una mentira sustentada por el miedo, la obediencia ritualizada y el consentimiento fabricado. Lo que presenciamos es precisamente un momento así: un intento de obligar al público a aceptar un universo moral invertido en el que el asesinato estatal se llama seguridad y la resistencia se califica de terrorismo. El verdadero peligro no reside solo en la violencia en sí misma, sino en si la sociedad se ve obligada a vivir dentro de su lógica. Havel también insistió en que el poder dominante nunca debe tener la última palabra, y que los oprimidos y oprimidos siempre llevan dentro de sí la capacidad de superar su propia impotencia . Es precisamente esta perspectiva la que atormenta al régimen de Trump y a su banda de verdugos, pues revela que su autoridad no es total ni segura. En sus demostraciones de fuerza se encuentran las semillas mismas de su ruina, arraigadas en la creciente valentía, solidaridad y resistencia de quienes se niegan a vivir dentro de la mentira.

Como bien ha observado Carole Cadwalladr , lo que ocurre en las calles de Minneapolis es un caso de prueba. La ciudad se ha convertido en un laboratorio político, una placa de Petri donde la administración está poniendo a prueba los límites de su poder y midiendo la resiliencia de la resistencia democrática. Como informó, basándose en una entrevista con el historiador conservador Robert Kagan , la estrategia es deliberada: provocar violencia callejera, generar caos y luego invocar la Ley de Insurrección como medio para consolidar un gobierno autoritario. Minneapolis no es una aberración. Es una advertencia; es un atisbo de un futuro sombrío.

Los brutales asesinatos de Good y Pretti, sancionados por el Estado y grabados en video con celulares, revelan una crueldad que desgarra la delgada membrana de la historia y nos devuelve a sus rituales más oscuros. Esta maligna anarquía evoca un terror anterior, cuando el linchamiento de cuerpos negros se presentaba como espectáculo público, cuando el asesinato se convertía en entretenimiento y la crueldad se grababa como un teatro político del miedo al servicio de la administración Trump. Estos asesinatos y la violencia incesante desatada por el ICE evocan el recuerdo de la Noche de los Cristales Rotos, ese momento en la Alemania nazi cuando la brutalidad sancionada se extendió como una plaga moral, destruyendo la razón, aniquilando la decencia y sofocando la posibilidad misma de la vida cívica. Lo que presenciamos no es una aberración, sino una advertencia: violencia desligada de la ley y la conciencia, que retoma las viejas lecciones del odio con nuevas herramientas y nuevas víctimas. El horror no solo es impensable, sino históricamente familiar, y esa familiaridad debería helarnos los huesos. La historia en este caso no debería ser un arma de terrorismo de Estado, sino un depósito de recuerdos peligrosos, un recurso para el cambio radical.

Esta historia de brutalidad sancionada no se limita a la memoria ni a la metáfora; se institucionaliza en las operaciones cotidianas del estado carcelario contemporáneo. Estas muertes, y la escalada del uso de fuerza letal federal en las ciudades estadounidenses, no son tragedias aisladas. Forman parte de un patrón más amplio: una ruptura del contrato social y del debido proceso. El ICE, al expandir su extenso sistema de fortalezas de detención, que los críticos han comparado con la creación de sus propios gulags, supervisó al menos 32 muertes bajo custodia el año pasado y otras muertes relacionadas con recientes medidas de cumplimiento de la ley, una red carcelaria donde la crueldad está integrada en la arquitectura misma del gobierno estatal, en lugar de ser tratada como una aberración. Este patrón de horror tras los muros de las prisiones del ICE debería servir como una dura advertencia de que la violencia, la brutalidad y la crueldad definen ahora el ADN de una democracia en retroceso.

La delirante aceptación de la violencia por parte de Trump ya no es una cuestión de retórica abstracta. Es evidente en su lenguaje racista y deshumanizante, la expansión de la llamada guerra contra el terrorismo y su apoyo incondicional al poder imperial, todo lo cual contribuye a hacer que la violencia sancionada por el Estado sea pensable, defendible y cada vez más legítima. Esta violencia no es diferida ni simbólica; se desarrolla en tiempo real, en espacios que deberían estar protegidos del poder estatal en lugar de ser violados por él. El régimen del terror ahora opera simultáneamente en el país y en el extranjero, este último visible en los bombardeos de Irán y Yemen y en la invasión de Venezuela . Lo que se desarrolla a nivel nacional refleja una violencia largamente ensayada más allá de las fronteras de Estados Unidos.

Como ha observado Chris Hedges , lo que presenciamos es el regreso a nuestras calles de la violencia, perfeccionada hace tiempo en el extranjero, el «bumerán imperial» en acción, donde las tácticas de ocupación y represión que antes se desplegaban en Faluya o la provincia de Helmand se reutilizan ahora contra la población civil de nuestro país. Antes de convertirnos en víctimas de este terrorismo de Estado, nos recuerda Hedges, a menudo éramos sus cómplices.

En Minnesota, los agentes del ICE han intensificado las redadas y detenciones selectivas en vecindarios y en las inmediaciones de las escuelas, desbaratando cualquier pretensión de que los niños están fuera de su alcance. Las autoridades escolares de un suburbio de Minneapolis informan que vehículos del ICE han entrado en instalaciones escolares, seguido autobuses, rodeado patios de recreo y detenido a estudiantes, incluyendo a varios menores atrapados en la ofensiva migratoria de la administración Trump. Como declaró públicamente la superintendente de las Escuelas Públicas de Columbia Heights, Zena Stenvik, los agentes del ICE han estado " recorriendo nuestros vecindarios, rodeando nuestras escuelas, siguiendo nuestros autobuses, entrando en nuestros estacionamientos y llevándose a nuestros niños", dejando a una comunidad que antes consideraba las escuelas como santuarios con una sensación de seguridad profundamente destrozada.

El secuestro de Liam Conejo Ramos, de cinco años, por parte del ICE marca un momento pedagógico escalofriante en el peor sentido de la palabra. La inocencia misma se convierte en un arma. El terror de un niño se convierte en una advertencia para la nación: nadie está fuera de su alcance, ni siquiera aquellos que deberían estar más protegidos. La infancia ya no es un santuario; se ha convertido en una línea de frente. Las escuelas, antes imaginadas como frágiles espacios democráticos de cuidado, aprendizaje y protección, ahora son tratadas como sitios legítimos de vigilancia y coerción. Cuando agentes armados acechan los terrenos escolares y detienen a niños, el mensaje es inequívoco: el miedo ha reemplazado al cuidado como la lógica rectora del Estado. El caso de Liam Conejo Ramos, uno de varios que involucran a niños detenidos cerca de escuelas o camino a clases, demuestra que los agentes encargados de hacer cumplir la "ley migratoria" ahora operan de maneras que fracturan las comunidades y transforman las escuelas de sitios de refugio en espacios de terror, violencia estatal y abandono terminal.

El ICE se ha transformado en un aparato de terror con un inconfundible parecido a las Camisas Pardas Nazis (SA). Se ha convertido en una institución tóxica y repugnante que ya no busca legitimidad mediante la persuasión, el espectáculo o incluso la propaganda. Tiene sangre en la boca, alimentándose abiertamente del espectáculo y la normalización de la violencia. El trabajo de deshumanización está completo. La represión ya no necesita una narrativa. La violencia ahora habla directa, eficiente y públicamente. La fotografía de Liam Conejo Ramos, un niño en edad preescolar de cinco años, temblando de miedo, no es casual; es prueba visual de una guerra contra los niños que ya está en marcha, una guerra que trata las vidas jóvenes como daños colaterales en la consolidación del poder autoritario.

Pero este momento no es solo de terror; también es un momento de profundas consecuencias pedagógicas. El régimen de Trump no se basa únicamente en la represión, la vigilancia y la fuerza bruta; depende de la producción continua de sujetos fascistas dispuestos a adoptar su régimen de terror como sentido común, seguridad y patriotismo. El fascismo opera no solo mediante la maquinaria de dominación, sino también mediante la colonización de la conciencia , educando a las personas para normalizar la crueldad, internalizar el miedo y confundir la obediencia con la virtud moral. Educa atacando la educación pública y superior, despojando la historia de recuerdos, ideas y conocimiento crítico peligrosos . También trabaja incansablemente para moldear deseos, lealtades y percepciones, haciendo que la violencia parezca necesaria y la disidencia peligrosa. Frente a esta pedagogía del miedo, la resistencia se convierte en una forma alternativa de educación, una que despierta la conciencia crítica y restaura la capacidad de imaginar la justicia. El ataque a la infancia, la juventud, los medios de comunicación independientes, la resistencia organizada y el propio futuro expone la bancarrota moral del régimen y aclara los riesgos de la lucha. Los jóvenes están aprendiendo, en tiempo real, cómo se ve el poder cuando está despojado de ética y responsabilidad, y también están aprendiendo que la democracia no puede sobrevivir sin coraje, solidaridad y acción colectiva.

Estados Unidos no está al borde del fascismo; vive en él. Sin embargo, la historia nos enseña que el autoritarismo nunca se vence con el silencio ni la sumisión. Se ve desafiado cuando las personas se niegan a desaprender su capacidad de indignación, cuando la educación se convierte en una práctica de libertad en lugar de dominación, y cuando la juventud transforma el miedo en conciencia política. La resistencia masiva que ahora se despliega en Minneapolis y se extiende por todo el país no es una protesta fugaz, sino una agitación gigantesca, una fuerza que cobra fuerza frente al terror. Lo que se requiere ahora es un despertar compartido, una negativa colectiva a normalizar el terror o aceptar el miedo como el horizonte de la vida política. Exige un compromiso renovado con una pedagogía de la resistencia , una que nombre la injusticia sin vacilación, conecte el sufrimiento privado con la responsabilidad pública y afirme, incluso en tiempos oscuros, que otro futuro no solo sigue siendo posible, sino que ya lucha por nacer.

Ese futuro, sin embargo, depende de la acción masiva organizada y no violenta liderada por trabajadores, artistas, intelectuales, trabajadores culturales, jóvenes, educadores, sindicatos, organizadores comunitarios y organizaciones democráticas de masas que entienden que la enseñanza, la producción cultural y la lucha política son prácticas inseparables. Las herramientas necesarias para enfrentar el autoritarismo no son nuevas; son parte de una herencia democrática forjada a través de movimientos abolicionistas, luchas laborales, resistencia anticolonial y la lucha por la libertad de los negros, la fuerza más duradera y transformadora de este país para la democracia. Una y otra vez, estas tradiciones han demostrado que los movimientos colectivos disciplinados y de masas pueden desmantelar regímenes de terror que alguna vez se consideraron invencibles. Bajo tales circunstancias, la educación debe volverse central para la política y la lucha por la identidad, la agencia y la subjetividad, funcionando como una fuerza fundamental en el cambio social . Recuperar la democracia hoy es recobrar este linaje histórico, abrazar la lucha por la agencia, reactivar sus lecciones en el presente y reconocer que la esperanza social no es un retiro abstracto sino una práctica colectiva, construida a través de la solidaridad, la memoria histórica, la resistencia sostenida y la negativa a entregar el futuro al miedo."

( Henry Giroux, Other News, 30/01/26, fuente CounterPunch) 

30.1.26

Lo que se está desarrollando bajo el gobierno de Trump es un fascismo mutado, adaptado a las condiciones del siglo XXI, la era de la financiarización, la guerra híbrida, la crisis climática y el declive relativo de la hegemonía estadounidense. No reproduce las formas clásicas del fascismo histórico, sino que reactiva sus funciones esenciales: el aplastamiento de la oposición social, la reorganización autoritaria del Estado y la movilización reaccionaria de las masas... En esta configuración, el Estado no suspende formalmente la democracia; la vacía de su sustancia, preservando su apariencia. Las instituciones subsisten, pero su uso se transforma. El poder ejecutivo se hipertrofia, el poder judicial se instrumentaliza, los pesos y contrapesos se deslegitiman, mientras que la violencia estatal se convierte en una forma común de gobierno para ciertos segmentos de la población... la normalización del racismo y la tolerancia hacia los grupos supremacistas no son desviaciones culturales, sino operaciones políticas precisas: producen un orden social jerárquico y naturalizado donde la desigualdad se presenta como un hecho moral o civilizatorio... Este fascismo del siglo XXI no requiere un partido único ni la movilización total de la sociedad. Se apoya en tecnologías de vigilancia, la fragmentación social, la ideología de seguridad y la constante espectacularización de la política. Gobierna mediante el miedo, el agotamiento y la división... Este modelo no se limita a Estados Unidos. Tiende a extenderse por todo el mundo occidental, y en particular por Europa... En Francia, el fascismo está adoptando una forma particularmente sofisticada, centrada en la islamofobia y un sentimiento antiargelino cada vez más descarado, que se han convertido en instrumentos centrales de la propaganda mediática y política... Al presentar a las poblaciones musulmanas y de origen argelino como una amenaza interna, estas corrientes desvían el conflicto social de las relaciones de clase y las responsabilidades del capital (Abdelatif Rebah

 "Llamar fascista a los Estados Unidos de Donald Trump no es un error analítico sino un punto de partida teórico que requiere una actualización histórica y material.

El fascismo no es un artefacto fijo de la década de 1930: es una forma política que el capitalismo adopta cuando sus contradicciones se vuelven inmanejables por los mecanismos ordinarios de la democracia burguesa liberal.  

Lo que se está desarrollando bajo el gobierno de Trump es, pues, un fascismo mutado , adaptado a las condiciones del siglo XXI, la era de la financiarización, la guerra híbrida, la crisis climática y el declive relativo de la hegemonía estadounidense. No reproduce las formas clásicas del fascismo histórico, sino que reactiva  sus funciones esenciales: el aplastamiento de la oposición social, la reorganización autoritaria del Estado y la movilización reaccionaria de las masas al servicio del capital.

En esta configuración, el Estado no suspende formalmente la democracia; la vacía de su sustancia, preservando su apariencia. Las instituciones subsisten, pero su uso se transforma. El  poder ejecutivo se hipertrofia, el poder judicial se instrumentaliza, los pesos y contrapesos se deslegitiman, mientras que la violencia estatal se convierte en una forma común de gobierno para ciertos segmentos de la población.  Los ataques contra las personas LGBTQ+, los desafíos a los derechos reproductivos, la estigmatización de los musulmanes, la normalización del racismo y la tolerancia hacia los grupos supremacistas no son desviaciones culturales, sino operaciones políticas precisas: producen un orden social jerárquico y naturalizado donde  la desigualdad se presenta como un hecho moral  o civilizatorio.

El fascismo también opera a través de la destrucción de los mecanismos de negociación colectiva en el mundo del trabajo. Los sindicatos son debilitados, criminalizados o eludidos; la legislación laboral es despojada de su poder protector; y  el empleo precario se convierte en una herramienta disciplinaria . Dentro de este marco, los trabajadores inmigrantes juegan un papel central. Su sobreexplotación es posibilitada por un aparato represivo específico, ICE, que funciona  de facto  como una milicia estatal. En Minneapolis, esta milicia federal continuó sus operaciones letales a pesar de la movilización popular masiva, ejemplificando la normalización de la violencia estatal contra los ciudadanos comunes. Esta violencia, llevada a cabo con la bendición política explícita de Trump, apunta no solo a los migrantes sino a toda la clase trabajadora. Sirve como un recordatorio de que  los derechos son revocables y condicionales a la obediencia.

Esta militarización de la represión interna va acompañada de una  creciente hostilidad hacia la investigación científica, el pensamiento crítico y cualquier producción de conocimiento  que contradiga los intereses del capital dominante. La negación del cambio climático, la marginación de los científicos y la brutal politización de la verdad no son resultado de la ignorancia, sino de una decisión estratégica: cuando la ciencia se convierte en un obstáculo para la acumulación o la legitimación ideológica del poder, debe ser neutralizada.

En el escenario internacional, el fascismo mutado de Trump se despliega en forma de imperialismo descarado.  Se pisotea el derecho internacional, se abandonan los acuerdos multilaterales y las sanciones económicas y la agresión militar contra Estados soberanos se utilizan como instrumentos habituales de dominación. Esta brutalidad externa es inseparable de la brutalidad interna: un solo Estado, ante la erosión de su poder económico y estratégico, endurece simultáneamente sus políticas internas y externas. La guerra se convierte en una extensión de la gestión de crisis del capital.

Este modelo no se limita a Estados Unidos.  Tiende a extenderse por todo el mundo occidental, y en particular por Europa,  donde observamos dinámicas convergentes de endurecimiento autoritario, represión social y fragmentación ideológica del mundo laboral.

En Francia, el fascismo está adoptando una forma particularmente sofisticada, centrada en la islamofobia y un sentimiento antiargelino cada vez más descarado, que se han convertido en instrumentos centrales de la propaganda mediática y política. Estos discursos no son un simple racismo cultural ni excesos retóricos aislados: constituyen un aparato ideológico al servicio de facciones de la burguesía vinculadas a grandes grupos industriales, financieros y mediáticos. Al presentar a las poblaciones musulmanas y de origen argelino como una amenaza interna, estas corrientes desvían el conflicto social de las relaciones de clase y las responsabilidades del capital.

Esta estrategia legitima simultáneamente el aumento de las medidas de seguridad, las restricciones a las libertades civiles y el ataque a lo que queda de las conquistas sociales y los derechos colectivos  alcanzados tras la guerra. Bajo el pretexto del laicismo, el orden republicano o la lucha contra el "separatismo",  el Estado refuerza su aparato represivo, normaliza la vigilancia masiva, criminaliza las movilizaciones populares y prepara a la opinión pública para una mayor regresión social.  La islamofobia estatal funciona aquí como una herramienta de gobernanza: debilita y divide a la clase trabajadora, enfrenta a los trabajadores nacionales y racializados entre sí e impide la formación de un frente social unificado capaz de resistir el desmantelamiento sistemático de las protecciones sociales.

Los grandes medios de comunicación, controlados en gran medida por oligarcas burgueses, desempeñan un papel decisivo en este proceso.  Al saturar la esfera pública con debates identitarios e históricos,  normalizan la violencia social, invisibilizan la lucha de clases y convierten a las víctimas del neoliberalismo en chivos expiatorios.  Esta ofensiva ideológica acompaña  una realidad material evidente: el desmantelamiento de las pensiones, la erosión de los servicios públicos, la precariedad laboral y la creciente represión  de los movimientos obreros y de base.

En Inglaterra , la represión autoritaria se ha manifestado en leyes que restringen severamente el derecho de huelga y manifestación, una política migratoria abiertamente punitiva y una mayor centralización del poder ejecutivo bajo el pretexto de la recuperación de la soberanía tras el Brexit.  La retórica nacionalista allí sirve como sustituto ideológico del colapso del compromiso social, enmascarando la precariedad laboral generalizada y la profundización de las desigualdades.

En Alemania , la situación es particularmente grave. El resurgimiento de organizaciones y discursos abiertamente neonazis, sus logros electorales y la creciente tolerancia del aparato estatal hacia ellas señalan una ruptura histórica significativa.  La criminalización de la izquierda radical, la represión de las movilizaciones propalestinas y el alineamiento geopolítico y militar con los intereses imperialistas occidentales  contribuyen a un clima en el que el autoritarismo se está normalizando, mientras que la memoria del fascismo histórico se relativiza o se explota.

Este fascismo del siglo XXI no requiere un partido único ni la movilización total de la sociedad.  Se apoya en  tecnologías de vigilancia, la fragmentación social, la ideología de seguridad y la constante espectacularización  de la política. Gobierna mediante  el miedo, el agotamiento y la división , mientras mantiene intacta la dominación de la burguesía.

En este sentido,  Trump no es una anomalía ni un mero paréntesis: encarna una forma avanzada de gestión autoritaria de un capitalismo en crisis , cuyas manifestaciones europeas confirman su carácter generalizado y profundidad histórica. Las condiciones para su derrocamiento dependen sobre todo de la capacidad del pueblo estadounidense para organizarse colectivamente y actuar con decisión.

Así,  ante el colapso agresivo del imperialismo, la convergencia internacional de las fuerzas populares revolucionarias, progresistas y ambientalistas es una  necesidad histórica. Esta unidad de acción debe forjar, contra la propaganda divisiva de la burguesía,  un frente clasista, antiimperialista, consciente y disciplinado.  Rechazar el compromiso y el oportunismo significa afirmar que solo la lucha organizada de las masas puede lograr la ruptura necesaria con el orden decadente. Transformar la crisis en revolución requiere reemplazar el caos imperialista por la construcción de un poder popular, donde la satisfacción de las necesidades humanas sustituya la lógica del lucro. La unidad en la acción es la condición para la victoria."

( ,  Investig'Action, 29/01/26. Fuente: El Blog del Libre Pensamiento )