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14.4.26

De emigrantes a inmigrantes, cambio de nombres, la misma historia... “Mi hija me dijo un día: Mamá, te quiero mucho, pero no te perdonaré nunca que nos dejaras"... los 3,5 millones que salieron a Alemania, Francia y Suiza, los principales destinos, no quieren recordar aquellos barracones desangelados, las habitaciones atestadas de literas, la suciedad acumulada por falta de saneamiento, las nueve duchas para 900 personas, el hambre de algunos o el aliento de la policía cuando no tenían papeles. Porque la mitad de los que marcharon a esos tres países en ese periodo fueron de forma ilegal... ¿Con papeles? Y una mierda. Un año estuve trabajando ilegal. Eso que dicen ahora de que los españoles íbamos con papeles no es verdad. ¿Que cómo hacía? Pues calladito y en casa, con miedo por si me agarraban”... “Y ahora, cuando veo que critican a los que están aquí, que vienen en esos barquitos, me da asco que se hable así de ellos. Yo por lo menos no tuve que llegar en patera”... “Una colombiana hoy en España podría contar prácticamente lo mismo”, afirma Riera Ginestar... limpié aulas, en un supermercado de lunes a sábado. ¿Y el domingo? A limpiar apartamentos de turistas, eso ya en dinero B, era un riesgo, pero bueno... tampoco aquellos ruidosos españoles gozaban de la mejor fama en el extranjero, ni se libraron del sambenito de la delincuencia que la derecha cuelga ahora a miles de africanos en España... y los acusaban “de sucios y de portar enfermedades, manipulaban los datos obviando la realidad y les culpaban de las pésimas condiciones en las que vivían... De los siete hermanos de Adelina, solo uno quedó en Destriana, otro marchó a Bilbao en la emigración interior, y cinco cruzaron los Pirineos, uno de ellos para siempre... “Las francesas eran libres, nosotras estábamos atadas, ellas no dependían de nadie y a mí tampoco me gusta que me manden mucho, a ellas no les importaba lo que dijeran los demás, aprendí mucho”, se ríe. “Soy feminista desde entonces” (Carmen Morán Breña)

"En 1971, marchó la gallega Casilda Hervés Gómez de emigrante a Francia. Aunque tenía 25 aventureros años, el viaje lo hizo sin parar de llorar. Sola, sin teléfonos como hoy, sin saber ni palabra de francés. Tenía una niña de tres años y otra que no cumplía los dos. “Fue muy negro, muy negro dejar a mis hijas. Cuando llegó el taxista de Vigo a recogerme vi el demonio delante de mí, me las tuvieron que arrancar de los brazos, pero yo sabía que tenía que marchar. Fui llorando todo el camino”. Hasta que otros españoles en el mismo tren le preguntaron: ¿a quién dejas? “A mis hijas y a mis padres”, contestó. “Pues yo dejo tres hijas, mi mujer y mis padres y me voy solo, tú por lo menos vas a ver a tu marido”, le espetó el otro para que calmara el llanto. “Cogí vergüenza y sequé las lágrimas”. A lo largo de su relato para este reportaje, la voz le temblará de nuevo por teléfono desde su pueblo de A Estrada (Pontevedra), cuando rememore la herida de aquel tiempo: “Mi hija me dijo un día: ‘Mamá, te quiero mucho, pero no te perdonaré nunca que nos dejaras’. Eso duele, duele mucho”.

No todo fueron penurias para los españoles que partieron a la emigración europea huyendo de la miseria propia y, de paso, lavando la cara de la España franquista, que envió con gusto al extranjero a quienes le estorbaban en sus estadísticas de desempleo y de los que recibió hasta 9.000 millones de dólares mediante remesas en 15 años. Pero sí fue “la historia de un fracaso y la búsqueda de un éxito que, si se consiguió, dejó heridas en el camino”, dice Joaquín Riera Ginestar, que ha escrito Emigrantes. La historia olvidada de la emigración a Europa (1960-1975), editado por Arzalia, de donde se han extraído los datos de este reportaje.

Catedrático de Geografía e Historia, el autor valenciano apenas encuentra un par de diferencias entre aquella migración y la que hoy vive España, por más que el tiempo se haya empeñado en borrar los peores capítulos de aquel éxodo y muchos de los 3,5 millones que salieron a Alemania, Francia y Suiza, los principales destinos, no quieran recordar ya aquellos barracones desangelados, las habitaciones atestadas de literas, la suciedad acumulada por falta de saneamiento, las nueve duchas para 900 personas, el hambre de algunos o el aliento de la policía cuando no tenían papeles. Porque la mitad de los que marcharon a esos tres países en ese periodo fueron de forma ilegal, eludiendo el Instituto Español de Emigración (IEE) que tantos retrasos acumulaba en las peticiones y que les sometía a tortuosos exámenes médicos, por no hablar de las discriminaciones políticas, laborales y de género que se oponían a sus traslados. Franco no quería dejar escapar la mano de obra cualificada, ni que salieran las mujeres, porque tenerlas en casa garantizaba el envío de dinero cada mes, detalla el autor del ensayo.

Sin papeles y “calladito”

A principios de los sesenta estaba Pepe Vidales cuidando sus vacas en Destriana (León) cuando un paisano le dijo que se iba a Francia. Ahí mismo agarró el muchacho la bicicleta y se fue con él. Y ahí se quedaron las vacas y se quedó el campo y los dineros que no alcanzaban. Por esa vía, la de paisanos, parientes y amigos que hacían de enlace con los empresarios que necesitaban mano de obra en aquella Europa que despegaba sin obstáculos salieron la mitad de los emigrantes. Alemania reclamaba nominalmente a muchos de ellos y aunque a Franco no le gustaba ese método, que consideraba ilegal, tragó con él. Otros pasaron algunos meses en la clandestinidad mientras conseguían los papeles, buscando empleo o trabajando en negro. A Emilio Prieto lo llamó su primo desde Suiza, “que allí se ganaba bien”. “¿Con papeles? Y una mierda. Un año estuve trabajando ilegal. Eso que dicen ahora de que los españoles íbamos con papeles no es verdad. ¿Que cómo hacía? Pues calladito y en casa, con miedo por si me agarraban”.

Suiza, explica Riera Ginestar, era “uno de los países con las normas más racistas, con condiciones casi de libertad condicional, no podían cambiar de sector laboral ni de cantón”, y con fuertes amenazas de expulsión que rara vez se concretaban “porque los necesitaban y se aprovechaban de su vulnerabilidad”. "La reagrupación familiar allí era una odisea”, añade. Así que Emilio, también gallego, recibió en Davos a su mujer, Mari Carmen Fariñas, pero tuvieron que dejar a los chicos al cuidado de los abuelos. “Un día se montó una pelea en un bar y mi primo me dijo que me largara de allí corriendo, por si venía la policía”. Tampoco el empresario podía legalizarlo aunque quisiera, pero Emilio lo recuerda muy honrado: “Me pagó el año entero y hasta el dinero de los impuestos que se había ahorrado por no tener yo papeles”. Cuando su situación se regularizó cobraba menos porque entonces fue él quien tuvo que pagar los impuestos: “Pero no me importaba, no estoy en contra de pagar impuestos”, afirma convencido.

Emilio también estuvo en “una habitación ilegal”, dice. “Y ahora, cuando veo que critican a los que están aquí, que vienen en esos barquitos, me da asco que se hable así de ellos. Yo por lo menos no tuve que llegar en patera”. Tampoco sabía el idioma. “Pues claro que no, es que yo no fui a Suiza a aprender alemán”, dice con sorna. Le releva al teléfono su esposa: “Yo empecé de camarera de habitaciones en un hotel y al inicio estaba aturdida, era todo muy difícil. Muy bonito, eso sí, limpio, ordenado, me gustaba. Después limpié aulas, en un supermercado”. De lunes a sábado. ¿Y el domingo? “A limpiar apartamentos de turistas, eso ya en dinero B, era un riesgo, pero bueno”, se ríe, ya jubilada y disfrutando del futuro que se fueron labrando: una casa, un huertico y unas gallinas. Cuando regresó a España aún estuvo diez años limpiando y cuidando niños, ella, que apenas pudo dedicar el tiempo de vacaciones a los suyos. “Una colombiana hoy en España podría contar prácticamente lo mismo”, afirma Riera Ginestar.

El mismo sambenito

El arquitecto y escritor suizo Max Frisch describió con una frase lapidaria el drama humano inherente a la migración, antes y ahora: “Pedimos trabajadores y vinieron personas”. Con ella arranca otro de los capítulos del libro de Riera Ginestar en el que describe que tampoco aquellos ruidosos españoles gozaban de la mejor fama en el extranjero, ni se libraron del sambenito de la delincuencia que la derecha cuelga ahora a miles de africanos en España.

El ambiente era como mucho “de tensa multiculturalidad”, se lee en el libro. La integración, explica el autor, falló por ambas partes. Los españoles partían de una formación pobre y de ambientes rurales, limitaciones que hacían más cómoda una relación entre paisanos, mientras que los nacionales y los medios de comunicación, en un mundo donde lo políticamente correcto aún no había hecho acto de presencia, los acusaban “de sucios y de portar enfermedades, manipulaban los datos obviando la realidad y les culpaban de las pésimas condiciones en las que vivían”, escribe Riera Ginestar.

Los migrantes salían con la idea de hacer mucho dinero en poco tiempo, dos condiciones que resultaron erróneas. En no pocos casos los sueldos de un matrimonio se dividían, uno iba para España y el otro se quedaba pagando impuestos en Alemania, o en Francia. Pronto descubrieron que necesitaban más tiempo para conseguir el propósito que les aupó al tren con sus fardos. Pero los años iban pasando y un día las lágrimas cambiaron de bando: ahora se vertían por el regreso, cuando ya la adaptación les procuraba momentos felices. Las copas al aire, tras el último brindis con anís, tiraba Adelina López en Bellegarde (Francia), después de beberlas con sus amigas en la Nochebuena. No era para menos, tenía un buen trabajo en una empresa de botes de aluminio y dos niñas que habían nacido en Francia entre el festejo de decenas de paisanos; una casita con jardín, tortuga y lavadero. Si a algunos les arrebataban los embutidos en las aduanas, Adelina y su marido, Toribio Vidales, acabaron incluso haciendo la matanza del cerdo en Francia, donde pasaron 14 años, en barrios donde todos se conocían por el gentilicio: la portuguesa, el yugoslavo, los italianos o aquellos marroquíes que compartieron buhardilla con Adelina un tiempo. “Eran majísimos”, dice, mientras guisa un conejo en casa de su hija en Madrid.

Mujeres libres

Si un día Europa celebra los éxitos de su famoso acelerador de partículas, el LHC de Ginebra, tendrá que empezar por agradecer el trabajo de miles de emigrantes griegos, portugueses, italianos, turcos, y de muchos españoles, como Toribio, que se desempeñó abriendo aquellos túneles destinados a la ciencia puntera que hoy enorgullece al continente. En la frontera con Suiza, Toribio salía de mañana y volvía a Francia a dormir. Los fines de semana daba peonadas en el campo si le llamaban para sacar patatas. “Poco, pero ibas ahorrando”, dice. De los siete hermanos de Adelina, solo uno quedó en Destriana, otro marchó a Bilbao en la emigración interior, y cinco cruzaron los Pirineos, uno de ellos para siempre.

Normalmente eran los maridos los que querían volver, explica Riera Ginestar. Para las españolas, el mundo que se abrió al otro lado de la frontera no fue solo el del trabajo y más trabajo. Si alguien aprendió lo que era la libertad lejos de la dictadura, fueron ellas. “En la madrugada del 19 de marzo de 1960, 43 mujeres de la provincia de Salamanca, la mayoría bejaranas, emprendían un viaje en autocar de 2.000 kilómetros y casi tres días de duración hasta Remscheid-Lennep”. Así arranca el libro que escribió la profesora de Literatura Mercedes Riba Hernández. Cuenta en él la historia de aquellas pioneras que partieron antes incluso de que Alemania y España hubieran firmado los acuerdos de migración. En Alemania se necesitaban con urgencia trabajadoras del textil, una industria antaño floreciente en Béjar que había ido cayendo en picado.

En aquel país aprendieron a ser más libres y no fueron pocos los matrimonios mixtos que se formaron. Algunas, explica Riba Hernández, huían de maridos maltratadores de los que no podían divorciarse en España, “de presiones familiares y sociales, de la mediocridad provinciana y de las estrictas normas de la moralidad nacionalcatólica”. Por fin solas en los bares, fumando si querían y vistiendo lo que les daba la gana. Una exposición, que se inaugurará simultáneamente el 3 de junio en el Museo de la Industria Textil de Béjar y en la biblioteca de la Bergische Universität Wuppertal alemana, recuperará aquella memoria.

Cuando Casilda Hervés, hoy de 80 años, dejó de llorar en aquel tren y arribó a la estación de Lyon pasó las de Caín porque no daba con su marido. Pensó: “Yo aquí no me quedo”. Pero Francia le abrió un mundo nuevo. “Me acordaba de mis hijas día y noche, pero puedo decir que tuve buenas amigas francesas. Nos íbamos a las tiendas a probarnos ropa, no comprábamos ninguna, pero eso ya era mucho”. “Las francesas eran libres, nosotras estábamos atadas, ellas no dependían de nadie y a mí tampoco me gusta que me manden mucho, a ellas no les importaba lo que dijeran los demás, aprendí mucho”, se ríe. “Soy feminista desde entonces”, asegura.

Casilda miraba los niños de su amiga Nicole, de la misma edad que las suyas. “Me gustaba mirarlas”. Pero también sacó tiempo para revolucionar su empresa y fue “la culpable de que se montara un sindicato allí”. “A mi marido se le metió en la cabeza que había que regresar, decía que había ganado más dinero en España a la vuelta que en Francia, pero, si te digo la verdad, más me habría valido llevarme a mis hijas a Francia”, cuenta por teléfono. Empoderada, politizada y con conciencia de clase, Casilda siguió manifestándose en Galicia cuando tuvo la oportunidad. Se acordaba de cuando cuidaba vacas con su madre y una pareja de la Guardia Civil dio una paliza a un hombre en el campo. “Y no podías hablar”. Era muy niña entonces y Francia la cambiaría por completo.

Las Casas de España y los curas

La política nunca estuvo ausente del todo entre los emigrantes, a pesar de que ellos sabían bien a qué habían ido: trabajo y ahorro. Pero el franquismo no quería que esas influencias libertarias volvieran a casa con ellos y trató de amarrar la moral mediante el folklore en las Casas de España y el envío de decenas de capellanes que conservaban las tradiciones religiosas, pero que, a la postre, le salieron rana al régimen y colaboraron para paliar las carencias de los españoles en el extranjero, como los curas rojos de las periferias urbanas en el fin de la dictadura.

El dibujante Kim, autor de las famosas viñetas de Martínez el Facha y de varios libros, también se fue a Alemania en los sesenta. Él era distinto, tenía 19 años y estudios. Pensó en sacar algún dinerillo. Vio aquellos albergues donde se hacinaban los españoles y cómo un día llegaron unos falangistas a inocular moralina y fueron expulsados a tomatazos. “¡Vosotros me matasteis a un hermano!”, les gritó alguno. Recuerda las mafias que falsificaban los documentos de los emigrantes para borrar la palabra “turismo” y poner “trabajo”; recuerda también a los españoles frente a los pollos que daban vueltas en el asador mirando con cara de hambre; la megafonía que les pedía no orinar en el parque y hacer uso de los servicios públicos; los rememora tumbados sin nada qué hacer en sus pocos ratos libres escuchando emisoras españolas de canciones con dedicatorias para los emigrantes. Y cómo él les escribía y leía las cartas. De todo aquello salió un libro ilustrado, Nieve en los bolsillos. Alemania, 1963 (Norma Editorial). Las historias de los emigrantes podrían llenar una biblioteca entera.

“Lo que tenemos ahora en España no es una invasión, es un drama, una oportunidad y una necesidad”, concluye Riera Ginestar, a quien le gustaría que su libro, riguroso y lleno de curiosos detalles desconocidos para el común, sirviera para “tomar conciencia de que aquello fue, se está repitiendo y puede volver a repetirse, como la propia historia”. Si algo diferencia aquella migración de la que se vive hoy, reflexiona, son los niños que llegan solos a España ahora, dice el autor, “y quizá la solidaridad, que no se da como entonces, cuando vemos a algunos explotando a sus compatriotas”. Salvo eso, España fue un país de emigrantes, aunque ahora no quiera ya mirarse en aquel espejo." 

(Carmen Morán Breña , El País, 12/04/26) 

5.10.21

El Valle de Aridane, la zona afectada por la erupción volcánica de La Palma, es la tierra que floreció con los bolívares que enviaban los palmeros emigrados a Venezuela

 "La zona afectada por la erupción volcánica de La Palma y que comprende los municipios de El Paso, Los Llanos de Aridane y Tazacorte no se concibe sin el esfuerzo de generaciones que trabajaron una tierra que ya había sufrido los estragos de otros volcanes

“Ahora no tenemos Venezuela”. Es una frase que se repite en los últimos días en La Palma, cuya población compara la erupción actual con la vivida hace cinco décadas durante el volcán de Teneguía o con la de hace 72 años en el de San Juan, con el que aprecian aún más similitudes. Entonces, La Palma no tenía la misma población que alberga actualmente, ni era la segunda isla productora de plátano de Canarias. 

“Yo espero que a los bolívares los sustituyan los euros”, señala María Victoria Hernández, cronista oficial de Los Llanos de Aridane. Conoce de primera mano lo que significó para los isleños la oportunidad que brindó América Latina ya que su familia también ha sido migrante. A partir del año 1950 se ofrecieron los conocidos como “créditos blandos” por parte de la dictadura franquista para los afectados por el volcán. A ello, la cronista resalta que se le suman las remesas que enviaban los emigrados canarios. Así, los bolívares “que eran como el oro”  permitieron la compra de tierras. La zona afectada ahora por la erupción del pasado 19 de septiembre floreció gracias al esfuerzo de generaciones y el trabajo al otro lado del océano. 

El historiador y catedrático Manuel Hernández, autor de La emigración canaria a Venezuela, explica que la migración a ese país de forma clandestina es un fenómeno que había comenzado un año antes del volcán de San Juan, pero añade que sí que es cierto que en esa catástrofe natural hubo personas que perdieron sus tierras. La erupción no fue como tal el detonante de la migración, ya que se venía produciendo también por los habitantes de otras islas desde 1948, pero fue un factor añadido.

 La población de la isla era entonces bastante inferior y mucho más diseminada, pero la cronista de Los Llanos remarca que la lava sí que arrasó fundamentalmente con viviendas y viñas que había en la zona. El historiador remarca que esas migraciones en barcos clandestinos a Venezuela se prolongaron desde 1948 a 1952, en plena posguerra y dictadura franquista. Fueron más de 12.000 personas las que se embarcaron en busca de oportunidades sólo en esos años en múltiples barcos que viajaron hasta allí desde Canarias como el Telémaco, La Elvira o Saturnino.

 Por lo general, se trataba de barcos que se encontraban en muy malas condiciones y donde la tripulación “viajaba hacinada”, destaca el catedrático. Néstor Rodríguez Martín, en su artículo de investigación La emigración clandestina de Canarias a Venezuela en los años cuarenta y cincuenta del siglo XX donde apunta algunos casos excepcionales entre esos barcos, como el Juanita, que partió de Las Palmas de Gran Canaria el 2 de febrero de 1950 con 65 tripulantes y pasajeros y que era “el único que poseía casco de hierro, por lo que era conocido en los puertos insulares como Juanita de hierro”, pero también resalta el caso de una goleta que salió de La Palma. Se trata del “elegante” yate Benahoare (nombre aborigen de La Palma) “fabricado en una carpintería de ribera en Santa Cruz de La Palma y heredero de la tradición constructora naval palmera”, detalla en este artículo. El barco era propiedad de Armando Yanes Carrillo, también autor del libro Cosas viejas de la mar (1953). 

 El catedrático Manuel Hernández subraya el contexto histórico en el que se enmarca esa emigración clandestina. En 1948 gobernaba en Venezuela el escritor Rómulo Gallegos, que “de hecho, no tenía relaciones diplomáticas con Franco”. A los pocos meses de gobernar, se produjo un golpe de estado y después vino la dictadura de Pérez Jiménez. Entonces, “un montón de gente que era bien recibida, de pronto, eran ahora consideradas como comunistas”. A estos canarios los llevaban a lugares que hacían de campos de concentración, como la isla de Orchilla o la de Guasina, donde se les privaba de su libertad y pasaban miseria. El catedrático afirma que esta situación “presionó a Franco” para que en 1952 “se liberalizara la migración y no se pusieran obstáculos”, ya que hasta Venezuela no solo emigraban canarios, también personas procedentes de otros territorios del país como Galicia. Hubo algunos barcos con canarios que ya estaban viajando de forma clandestina y a quienes no les llegó la información de que se había liberado la migración hacia el continente. Fue el caso del Doramas, que salió de Las Palmas de Gran Canaria. 

Los palmeros, históricos defensores de la agricultura

María Victoria Hernández se emociona pensando en el amor que siente el pueblo palmero por su tierra. Los volcanes, las sequías, el trabajo duro o la emigración primero a Cuba y después a Venezuela han marcado el carácter de su gente. La cronista remarca que con esas remesas de los emigrados hubo que trabajar muy duro la tierra. “A pico y pala”, explica, se construyeron esos cultivos en forma de terrazas tan característicos de la isla. “Se traían camiones de tierra de la cumbre” para que esa tierra que fue arrasada por la lava fuera fértil. “A la piedra ya seca de los volcanes se le tiraba agua y se construían murallas. Yo creo que si pusiéramos todas las paredes que tenemos de piedra seca en línea recta, La Palma tendría una muralla más grande que la de China”, exclama la cronista. Manuel Hernández apunta que la emigración de los canarios a Venezuela se prolongó hasta los 80 y que en la compra de parcelas también tuvo que ver la estructura de la propiedad, que los grandes terratenientes vendieran sus tierras a los que regresaban con dinero de América y que decidieron invertir en la zona de Tazacorte, Los Llanos o El Paso. Pero los palmeros, explica, también realizaron grandes inversiones en El Hierro, tanto con el plátano como posteriormente con la piña tropical, así como en el sur de Tenerife.

 Fue especialmente a partir de los años 60 cuando se empezó a percibir ese despegue en el valle de Aridane. “Vino mucha gente de Gran Canaria y de Lanzarote a trabajar y que después se quedaron aquí”, remarca María Victoria Hernández. Después vino el Teneguía, que ella misma recuerda, pero se trató de una erupción en la que el miedo inicial dio paso a una gran expectación. “El 26 de octubre de este año se cumplen 50 años del Teneguía y mira todo lo que ha cambiado la vida”, resalta. El catedrático apunta que las causas del retorno de los canarios emigrados son múltiples y fue progresiva. Primero se vivió una crisis mundial en el año 1973 que originó el aumento del precio del petróleo. Posteriormente, se produjo la nacionalización de la industria petrolera en el país.  Antes del caracazo (una serie de protestas populares que tuvieron lugar en 1989 y que dejaron cientos de muertos en Venezuela), se había producido la primera devaluación de la moneda venezolana (1982), “que no tiene nada que ver con la actual”, recuerda el profesor de historia. La degradación de la economía venezolana hizo que canarios, así como descendientes de italianos, se instalaran en el Archipiélago como consecuencia del desarrollo del turismo, sobre todo en los territorios que “donde había posibilidad de trabajo” como el sur de las islas o Lanzarote y Fuerteventura. 

En La Palma, sin embargo, fue el sector agrícola el que despuntó hasta la actualidad y la población no experimentó un crecimiento tan elevado como el de otras islas como Lanzarote o Fuerteventura. Manuel Hernández recalca que los palmeros ya se habían reivindicado en Venezuela como defensores de la agricultura y narra el ejemplo de la que hoy día es una de las principales empresas ganaderas del país, El Tunal, fundada en la ciudad de Quíbor hace 51 años por Alejo Herández, palmero procedente de El Paso y conocido por el nombre de “tornillo”. Los lazos con venezuela son palpables en Canarias, especialmente en las islas occidentales donde “no hay más que ver la cantidad de areperías”, remarca el historiador, que pone el énfasis en el léxico, en la cultura, la música… 

La cronista de Los Llanos resalta la fortaleza de los palmeros para salir adelante, pero añade que es “muy duro” pensar en esas señas de identidad que han perdido como pueblo. Resalta el caso de la iglesia de Todoque, un lugar emblemático tanto para creyentes como para los que no. Un barrio que lleva en el corazón y del que comparte imágenes en su cuenta de Facebook. “Fotografías de lugares que ya no están” y que son fruto del trabajo de tantas generaciones. Pero “no solo es Todoque, es Paraíso, es la escuela de Los Campitos…” y otros tantos lugares que conforman la historia de La Palma y que la cronista rememora mientras aguarda a que la lava no se lleve el cementerio municipal, donde se encuentra enterrado su padre y los familiares de tantos vecinos. 

María Victoria Hernández espera que ahora el euro, la Unión Europea. las ayudas y los avances que su pueblo no tenía hace 50 años permitan salir adelante a los palmeros. Remarca que los volcanes de su isla dieron las primeras muestras de la literatura hecha en Canarias por los colonizadores en el siglo XV; las endechas de Guillén Peraza. (...)"                    (Jenifer Jiménez, eldiario.es, 03/10/21

30.6.21

Emigrantes de regreso a España: “La pandemia nos ha tocado la fibra. Vuelvo porque aquí está mi red de apoyo”

 "Juan Pedro Calderón enseña desde el otro lado de la pantalla una pequeña placa metálica del tamaño de una tarjeta de crédito. Es un microprocesador que se usa para construir robots. Los diseña y los vende a academias y universidades: “A nosotros nos compras esto y un par de motores y con tu impresora 3D imprimes el cuerpo de los robots”, cuenta por videollamada. 

Este ingeniero madrileño de 42 años habla desde Tenerife, pero sus creaciones se producen en Peñarroya-Pueblonuevo (Córdoba, 10.561 habitantes), la localidad de su padre. Allí ha instalado la nueva sede de su empresa dedicada a la robótica educativa que fundó en Escocia, donde vivió un decenio. Calderón ya se había cansado del frío y de la falta de luz de las tardes invernales. 

El nacimiento de su hijo y el lío burocrático provocado por el Brexit le convencieron para dar un paso que meditaba desde hacía tiempo: volver a su país. Lo hizo en junio de 2020 gracias al programa piloto temporal del Plan de Retorno a España que ha acabado este mes tras casi un año de implantación. (...)

Antes de emigrar a Edimburgo en 2012, a Calderón le costaba mantener con su socio otra empresa de ingeniería en Tenerife. “Entre la autonomía de los dos, el alquiler del local, los costes de la luz y los seguros pagamos 1.200 euros al mes”, recuerda. Una empresa de oceanografía le ofreció un trabajo en Escocia. Las facilidades fiscales de allí le permitieron después darse de alta como autónomo fácilmente y poner en marcha su nuevo negocio de robótica.(...)

 Desde el estallido de la Gran Recesión, miles de españoles salieron del país en busca de un empleo. No existen datos oficiales porque en muchos casos los emigrados no se dan de alta en los registros de los otros países. Sin embargo, desde 2009 el número de residentes en el exterior ha subido cada año, según el INE. En 2021, 2.654.723 de españoles viven en el extranjero, de acuerdo a los datos del organismo.

Jacobo Blasco tiene 39 años y regresó a Madrid el pasado abril. Desarrollador de software madrileño, vivió en Alemania casi un decenio. “Pensamos seriamente en volver a España cuando empezamos a tener hijos”, cuenta. La idea de tener a su familia cerca lo hizo tomar la decisión definitiva. Se puso en contacto con Volvemos y logró una asesoría laboral a cambio de 200 euros. “Fue muy útil porque después de años fuera no sabía cómo funcionaba el mercado laboral español”.  (...)

Volvemos ha sido un proyecto pionero en este ámbito. Su director, Diego Ruiz del Árbol, también es un retornado. Se fue en 2007 a Berlín, donde se quedó unos 10 años. “Cuando decidí volver me di cuenta de que no había mecanismos para que pudiéramos hacerlo. Lo que había estaba orientado a la emigración clásica, de los años sesenta o setenta. Eran personas que volvían después de la jubilación. Ahora es gente de entre 35 y 40 años que vuelve en medio de su vida profesional”, detalla. (...)

Castilla-La Mancha y Aragón mantienen, a juicio de Ruiz del Árbol, los programas de retorno más completos.

Rocío Moldes, profesora de la Universidad Europea de Madrid y experta en migraciones internacionales, considera que los planes de retorno son útiles, pero que han llegado tarde. Quien emigra ahora lo hace por motivos económicos como ya lo hicieron quienes salieron del país hace cincuenta o sesenta años. Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre ambas generaciones: “Aquellos migrantes no se planteaban volver a una España desindustrializada y dejar la fábrica por la agricultura. En cambio, en este mundo global, muchos jóvenes expresan el deseo de volver siempre y cuando encontrasen el trabajo que les interesase”.

 María de la Cruz Gutiérrez tiene 30 años y regresó en 2020 a su pueblo, Villanueva de los Infantes (Ciudad Real, 4.869 habitantes). Lo hizo con la ayuda del programa Retorno del Talento de Castilla-La Mancha. Desde que cursó su Erasmus en Francia en 2012 pensaba en vivir en el extranjero. Pasó seis años fuera: residió en Chile, Estados Unidos, Noruega y Holanda, donde vivió dos años con su esposo. Se planteó regresar a España con la pandemia. “Me di cuenta de que la vida es muy corta, que quería estar cerca de mi familia y que ya había estado lejos mucho tiempo. Necesitaba estar otra vez con mis raíces y mi marido se vino conmigo”.

 Con la ayuda del programa de retorno de Castilla-La Mancha, que otorga subvenciones de 6.000 euros para emprender, fundó su propia empresa en Villanueva, centrada en el diseño web y comunicación digital para negocios rurales. Empezó a funcionar en octubre del año pasado, 15 días después de haber aterrizado en España. “Volver ha sido enfrentarnos a un shock cultural”. Más de medio millar de personas han regresado a la región con ayuda de este programa de retorno de talento que comenzó en 2017.

En Aragón, Pablo Rodríguez, de 33 años, aprovechó otro plan, el de Retorno del Talento Joven Aragonés, para volver a su pueblo natal, Andorra (Teruel, 7.345 habitantes), tras pasar 11 años en Chile. “Mis abuelos vivían en Lota, un pueblo minero chileno, y fui allí para buscar mis orígenes”, cuenta en una videollamada desde casa de sus padres en Andorra. Para él, las protestas en el país latinoamericano en 2019 y la pandemia lo cambiaron todo. “Te preguntas qué va a pasar y te cuestionas estar lejos de casa. La covid nos ha tocado la fibra para decir: ‘yo vuelvo porque aquí está mi red de apoyo’”, explica. Rodríguez es escritor y en Chile se dedicó a desarrollar proyectos culturales.

 Se define un chico rural y siguió a más de 10.000 kilómetros el cierre de la estación térmica de Andorra, símbolo de la comarca, y su desmantelamiento: “Me apetece vivir este momento aquí”, comenta. Ahora sigue la asesoría laboral del plan de Retorno del Talento para crear un currículum ajustado al mercado español. Su objetivo es trabajar en el mundo de la cultura. “Me gustaría crear libros y materiales que pongan en valor estos territorios, su identidad. En la escuela leemos a Caperucita Roja, pero también podríamos leer historias y memorias de nuestras tierras”. (...)

A los retornados entrevistados les unen el apego a las raíces. Desde Tenerife, Juan Pedro Calderón recuerda que compartía con sus colegas españoles en el Reino Unido las ganas de regresar. “Todo el mundo tenía el runrún en la cabeza de que en algún momento quería volver. Los amigos los dejas aquí. Los padres se hacen mayores. Y prefiero tenerlos más cerca”.                    (Elisa TascaDiego Estebanez García , El País,  29/06/21)

7.10.20

'Entre dos tierras': un documental explora el duelo migratorio de los españoles que viven en Londres

 "Adriana Páramo (34 años) dejó su Vigo natal hace una década y se mudó a Londres "por la necesidad de mejorar". En todo este tiempo, ha cursado estudios sobre cine, ha trabajado en el sector audiovisual, ha hecho amistades, se ha enamorado... Pero Adriana todavía no se siente de allí. Tampoco siente que Galicia sea su sitio cuando regresa de visita. Su sensación es siempre la de estar "entre dos emociones, entre dos culturas, entre dos lenguas", y así lo explica en el documental Entre dos tierras. Los retos emocionales de vivir en el extranjero, que ella misma produce.

Junto a esta gallega, una veintena de emigrantes españoles, en su mayoría millennials (nacidos a partir de 1980), relatan su experiencia de vivir en Londres en esta película dirigida por Javier Moreno Caballero y que desde el 1 de octubre se puede ver online en la plataforma Vimeo On Demand.

Estrenado por primera vez en 2019 en Londres, el documental cuenta con la participación de psicólogos especializados en lo que se conoce como "duelo migratorio", sentimientos asociados a la experiencia de vivir fuera de tu país. Una de estas profesionales es Celia Arroyo, quien ya explicaba en este artículo para Verne los estadios emocionales que normalmente atraviesan los emigrantes españoles, a los que lleva atendiendo por videollamada desde 2015 con su clínica privada Augesis. Según el INE, 2.6 millones de españoles residen en el extranjero, de los que 150.000 se encuentran en el Reino Unido.

Fue precisamente este artículo de la psicóloga lo que motivó a Moreno a crear Entre dos tierras. "Lo leí y me sentí tan identificado que decidí que debíamos contarlo. No hay muchas publicaciones que cuenten la experiencia de vivir fuera tal y como es", cuenta a Verne por teléfono Moreno (Madrid, 38 años) desde Londres, donde reside desde 2010. Ya en 2014, el joven madrileño, que trabaja como realizador audiovisual, creó la webserie Spaniards in London, que contaba las aventuras y desventuras de cuatro emigrantes españoles en la capital inglesa.

La experiencia de vivir fuera se resume en "ganancias y pérdidas" porque, como explica Arroyo, "no todo es un cuento de hadas, pero tampoco está lleno de miserias". "Hay programas de televisión que han retratado esta experiencia en el extranjero con una visión meramente triunfalista, generando mucha frustración para los que se iban y pensaban que todo sería así cuando llegasen a ese nuevo país. También ha habido otras publicaciones que solo se han centrado en la parte negativa", dice. Y añade: "En cualquier caso, vivir en otro país que no sea el nuestro puede ser complicado, pero también supone un gran aprendizaje en muchos aspectos".

Entre dos tierras relata ese proceso emocional que supone dejar atrás a la familia y a los amigos, echarles de menos, darse cuenta de que la vida en España sigue sin ellos, adaptarse a un idioma, un clima y una cultura diferentes... Pero también cuentan las "ganancias" de esa experiencia: volverse más independiente y resolutivo, aprender un nuevo idioma, descubrir nuevas vocaciones, hacer nuevas amistades o incluso crear su propia familia fuera del país de origen.

Todos los protagonistas del documental coinciden en una cosa: la aventura en el extranjero siempre parece tener una "fecha de caducidad". "Pero no siempre es fácil tomar la decisión de volver, especialmente si has conseguido un buen trabajo en ese otro país. Dejar esa estabilidad económica para regresar a España, donde no va a ser tan fácil conseguir un empleo con la misma remuneración, es un dilema que muchos experimentamos", cuenta Moreno.

Para algunos esa fecha de caducidad ya llegó y cuentan en el documental cómo fue volver a España, "otra migración en sí misma". "En estos casos, puede darse lo que se conoce como el choque cultural inverso, en el que el joven retornado experimenta una dificultad de adaptación porque ya no es la misma persona que la que se fue y su entorno quizás tampoco", explica Arroyo.

Prisas por volver a España tras la pandemia

Arroyo también colabora con Volvemos, una plataforma que facilita el regreso de emigrantes españoles con asesoramiento en materia laboral y también emocional. "Hemos notado cómo la pandemia ha acelerado las ganas de volver de muchos emigrantes, la situación está siendo muy dura", dice la psicóloga. "La falta de información o el no poder coger un avión y volver a casa en cualquier momento, como antes, incrementa la ansiedad por sentirse atrapados. Por otro lado, la vida social es muy importante cuando vives en el extranjero, así que el aislamiento social, que también se está produciendo en otros países, les está afectando mucho; y sobre todo, el sentimiento de culpa por estar lejos de la familia, que ya se daba en condiciones normales, pero ahora se agudiza con la situación actual", añade.

Moreno había comenzado a replantearse su vuelta antes de que llegase la pandemia. "Pero ahora tal y como está la situación económica en España no creo que sea el momento", dice. También ha notado cómo las oportunidades laborales que ofrecía el Reino Unido han disminuido. "A diferencia de la de 2008, que afectó principalmente a algunos países, esta es una crisis global y por eso no creo que vayamos a ver una emigración de jóvenes españoles a otros países igual que aquella".

La victoria del Brexit (la decisión del Reino Unido de dejar de ser miembro en la Unión Europea) en 2016 hizo que los españoles que residen allí se sintieran "traicionados" o decepcionados", como cuentan los protagonistas del documental. No solo la incertidumbre sobre la salida acordada del Reino Unido –que todavía sigue inmerso en disputas con sus exsocios europeos–, sino también las conductas racistas hacia ciudadanos de otras nacionalidades que empezaron a escalar tras el referéndum, han despertado las dudas de muchos españoles sobre su permanencia en el país, como también se refleja en Entre dos tierras.

Arroyo añade que la crisis sanitaria actual y las noticias que trascienden internacionalmente sobre España están reforzando el estigma de "ser español", lo que afecta psicológicamente a los emigrantes españoles que están fuera. "Comentarios del tipo ¿qué pasa, que en vuestro país no os laváis las manos? o ¿no tenéis un buen sistema sanitario?", cuenta la psicóloga, pueden crear un malestar que aumente también las ganas de retornar

El director de Entre dos tierras confiesa que el documental ha sido una gran terapia para él y para los emigrantes españoles que han participado. "Puedes pensar que eso solo te pasa a ti, pero en cuanto lo compartes, te das cuenta de que esos sentimientos son parte del duelo migratorio y son normales", dice Moreno, que espera que este documental pueda ayudar a aquellos que viven o acaban de regresar del extranjero como el artículo de Arroyo le ayudó a él."                 (Marta Villena, Verne, El País, 04/10/20)

4.3.15

Las vidas de Marcheline: mujer, emigrante, discapacitada y víctima de los desahucios

“Soy mujer, emigrante, discapacitada y, por si fuera poco, afectada por las hipotecas”, se describe (...)

“Pese a todo ello, he conseguido la felicidad… y, si no existe, me la invento”. Durante dos horas, ha logrado contener las aguas subterráneas del llanto. Con los ojos secos, susurra: “Te he narrado mucho tiempo, pero evitando lo más profundo, porque terminaría llorando”. Éstas son las vidas de Marcheline

(...) la pequeña tiene polio y sus padres la dejan en un orfanato, del que no saldrá hasta los dieciocho, cuando los servicios sociales la entregan a su familia. Una infancia feliz rodeada de monjas y una entrada en la edad adulta accidentada. “A mí me cayó la enfermedad y lo normal era que hubiese dicho: Yo soy menos que la nada. Pero no, porque siempre fui una niña muy rebelde”.

De vuelta con los suyos, su madre le rogaba que no saliese de casa, no fueran a cuchichear los vecinos aquello de “qué habrá hecho para que esté así”, como buscando el pecado en una mocosa. “Me negué a clausurarme como un mueble”, rememora Marcheline, que se casó, “por seguir la ley de la vida”, con un campesino que se deslomaba para llevar un bocado a casa.(...)

 Diez años de ahorro después (¿cómo se ahorra cuando el dinero apenas llena el plato?), deja atrás a su marido pluriempleado y a dos críos que no conocían la escuela, rumbo a España, aquella España que contaba en pesetas y aún no se había inflado. No conocía a nadie: sólo tenía reservadas tres noches en un hotel madrileño, el teléfono de un compatriota que le dieron en la agencia de viajes y un capital, víctima de una moneda devaluada, que no valía nada. Apenas le alcanzó para cuatro meses (...)

“Casi todos vinimos a lo mismo: trabajar para comprar una casita en mi país, que entonces pasaba por lo que ahora vive España. Hubo un saqueo bancario, una crisis tremenda. Y yo era una persona del pueblo, no tenía amiguetes ni nada. Ni siquiera la esperanza de encontrar un trabajo”. (...)

Estuvo dos años y medio buscando trabajo. Dejaba el piso a primera hora y no regresaba hasta la noche, privándose de todo. En ese momento conoció a Enrique, el ciego de la plaza de Oporto, que le brindó su amistad y le presentó a un quiosquero y a su esposa. Ellos le dijeron que donde comen dos, comen tres: ya tenía un plato caliente.

 Poco después, un cura le prestó 150.000 pesetas, con las que pudo pagar la fianza y el alquiler de un piso, que fue llenándose hasta cubrir el coste. Quizás hasta la llamó otra Marcheline recién aterrizada con sólo una maleta y un número de teléfono. Finalmente, una vecina la recomendó para cuidar los fines de semana a una anciana y, poco después, pudo regularizar su situación. 

Qué extraño, porque a medida que tenía comida, vivienda, trabajo y papeles, se le iban muriendo Enrique, la anciana y así. A veces frena el relato, entorna la mirada y suspira: “Es que mi vida es muy complicada”.

Marcheline hizo varios cursos de formación en la ONCE y comenzó a encadenar un trabajo con otro. Pensó que desde ese momento siempre sería así: teleoperadora, administrativa, responsable de venta y reserva de billetes, secretaria de dirección… Nada que ver con sus estudios de Odontología en la Universidad Central del Ecuador, que no llegó a terminar, pero trabajos dignos que le permitieron traerse a sus dos hijos, ganar hasta 1.500 euros y pensar en la casita.

 El sueño había cambiado de ubicación y su hogar ya no iba a estar en Guayaquil, adonde se había mudado con su marido, sino en un barrio del sur de Madrid, con su nueva pareja, porque las cosas allí ya no iban bien.  (...)

El piso costaba 222.000 euros, una cifra redonda, tan diabólica como el 666. Una planta baja, a la que se puede acceder con relativa comodidad, sobre la que se alza el ladrillo visto que estampa las fachadas de cualquier barrio obrero construido en los sesenta o setenta. (...)

“El empleado de un banco me ofreció una hipoteca para comprar un piso. Yo no sabía qué era eso y, como no me quería meter en un lío, le contesté que si me quedaba sin trabajo no podría pagarlo. Me aseguró que eso no iba a pasar”.

El resto de la historia ya la conocen ustedes. La casera le iba a subir el alquiler de 800 a 1.000 euros y con ese dinero, pensó, podría pagar la letra y el apartamento sería suyo. Hasta la dueña le dio la razón, y le comentó que ella se iba a comprar una tercera propiedad para alquilarla.

 “Los pisos se pagan solos” era su mantra. Entonces se quedó sin trabajo, pero la financiera le recomendó que siguiera adelante, pues su pareja, “después de hacer de todo”, había encontrado la estabilidad laboral en un locutorio. Lo compró en 2006, tres años después volvió a darse de bruces con el paro y, aún así, pudo hacer frente a doce letras más. Quedaban 31 años de hipoteca.  (...)

Calculó que había pagado 87.000 euros, pero el banco le comunicó que debía 211.000, asegura Marcheline. “Según ellos, sólo había abonado los intereses. Me ofrecieron una rehipoteca para pagar menos letra, metiendo a mi hijo por medio; menos mal que no lo hice... 

Luego el banco se quedó con la pensión contributiva de 340 euros que recibo por mi discapacidad y llegó una carta que decía que mi piso iba a subasta. Busqué ayuda en servicios sociales y en iglesias, pero nadie podía hacer nada, mientras que en el banco llegaron a decirme que me iban a deportar. Estaba destrozada”. Fecha del inminente desahucio: 3 de marzo de 2011.

Entonces se hizo la PAH. Llamó, pero no era quién de explicar por teléfono lo que le había pasado. Al otro lado del hilo, alguien la tranquilizó. “No estaba sola”, dijo la voz. “Me eché a llorar, pero esa noche pude dormir, porque vi que había una esperanza”.  (...)

El piso se lo adjudicó la entidad bancaria en subasta. No hubo dación en pago porque el tasador que en su día había considerado que valía 211.000 euros lo tasó por 60.000, una cifra que ella no podía permitirse pero que habría pagado gustosamente. El desahucio no llegó a ejecutarse.

“El banco quería negociar conmigo, siempre y cuando dejase de salir en los medios, porque decían que estaba dañando su imagen. Me prometieron que condonarían la deuda y que pagaría un alquiler social, pero me engañaron, porque sigo debiendo el dinero y el alquiler no es tan social: pago 250 euros y sólo me quedan noventa de la pensión para vivir”, afirma Marcheline, quien subraya que el piso ya no es del banco sino de un fondo buitre.

 La Embajada de su país le ofreció los servicios de un abogado y le pagó un mes de fianza y otro de alquiler, cuyo contrato es de cinco años. Lleva tres, quedan dos: “Pronto me enfrentaré a un nuevo desahucio. La deuda hipotecaria es como una cadena perpetua”. La condena al desempleo va para cuatro años. (...)

“Me repugna que desahucien a la gente, esa falta de humanidad: ¿cómo pueden disfrutar de un dinero ajeno cuando hay ciudadanos que se suicidan?”, se pregunta Marcheline, capaz de relativizar la tormenta, de tender la mano.

 “Aquí las cosas están mal, pero esto no tiene dimensión respecto a lo que yo pasé allá. España me ha dado lo que nunca hubiera imaginado: el concepto de persona, me trató como tal”.

Marcheline, como cualquier gallego, italiano o irlandés, como cualquier emigrante, está aquí aunque sea de allá, o sigue allá aunque esté aquí. Es la enfermedad del ausente, que sólo entiende el que pone tierra por medio. “Tengo como una sombra en mi alma. Me haría ilusión volver a Ecuador, pero no sé si mi corazón soportaría el pum pum. 

Es una nostalgia profunda que no me quita nadie, algo que ni siquiera puedo soñar. Fue muy difícil emigrar, pero más difícil ha sido vivir. Retornar ya sería…”. Tal vez quiera decir imposible. Quizás los puntos suspensivos sean tres lágrimas en peligro de desbordamiento. “Te he narrado mucho tiempo, pero evitando lo más profundo”. Allí donde no se hace pie. (...)"               (Henrique Mariño, Público, 03/03/2015)

3.6.10

Racismo al estilo Arizona

"Hasta ahora, la policía no podía pedir la documentación a ninguna persona que no fuese sospechosa de haber cometido algún delito. A partir de ahora, sí. Cualquier latino es sospechoso. Aunque, como en el caso de José Rascón, lleve aquí 40 años y tenga ya todos los papeles en regla: "Nos sentimos vigilados. Todos. El miedo está a flor de piel.

Los inmigrantes, tengan documentación o no, intentan ahora no salir de sus casas para evitar ser parados por la policía, humillados delante de sus hijos. Tenga usted en cuenta que rara es la familia en la que todos tienen documentación. Hay hijos nacionalizados con padres ilegales. Y al revés. Hay miedo, mucho miedo, créame. La gobernadora Brewer ha sembrado la semilla del odio y esa semilla crece rápido, necesita poca agua". (...)

Aunque muchos, con el escritor Carlos Fuentes a la cabeza, van más allá. No se trata tanto de cazar al ilegal, sino de criminalizar al mestizo: "La nueva ley racista del Estado de Arizona", escribe Fuentes, "daña a individuos inocentes. Tal es el pecado de todo racismo.

Entrevistados en la televisión norteamericana, varios oficiales de la policía de Arizona se quedaron sin argumentos. ¿Por qué detener a una persona de aspecto latino? Para asegurarse de que sus papeles estén en orden, creando la obligación de que todo moreno (bigotudo o no) lleve siempre consigo documentos de identidad. Como todos los grupos perseguidos. Como los judíos de la Alemania nazi". (El País, Domingo, 09/05/2010, p. 5)

21.12.09

Messi, el emigrante...

"P. Dicen sus entrenadores en el fútbol base que nunca le vieron llorar.

R. Porque lloraba solo, para que no me viera ni mi papá. Lloraba solo en mi casa, me encerraba y trataba de que nadie se enterara. Lo pasamos mal, hubo etapas que estábamos mi padre y yo en Barcelona y el resto de la familia en Argentina. Sufríamos los dos. De lo básico no faltó nunca nada, pero en lo afectivo sí.

P. Visto ahora, con la perspectiva del tiempo, ¿compensa dar el paso que usted dio en su momento o cree que si hubiera seguido en Argentina...?

R. No lo sé, el caso es que se dio así porque vine. No me arrepiento de lo que hice y de lo que pasé, pero tampoco tenía dudas entonces. Era mi decisión, nadie me obligó a tomarla. Mis papás me dijeron: "¿Qué querés?" Quería estar donde estaba, quedarme en Barcelona porque sabía que ésa era mi oportunidad de ser futbolista. Lloré, porque añoré muchas cosas de Argentina, porque me sentí solo sin los hermanos y mi madre. Lo más jodido era eso. Sobre todo, echaba de menos a Matías, que era el más cercano a mí. Rodrigo es mayor, es un personaje. Tal vez porque no les tuve cerca les quiero con locura, a ellos, a mi hermanita..." (LEO MESSI: "Lo que yo hago no es complicado, lo difícil es lo que hacen Xavi e Iniesta". El País, ed. Galicia, 21/12/2009)

1.6.09

Integración de las costrumbres de los inmigrantes

"Un juez saudí rechazó recientemente y en dos ocasiones anular la boda de una niña de ocho años con un hombre de 50... Mientras el juez saudí se lo pensaba, un tribunal español condenaba a 17 años de cárcel a la madre de una adolescente mauritana residente en Cádiz por obligarla a casarse y mantener relaciones con un hombre de 40, sobre el que recayó una pena de 13 años.

Lo que la ley saudí ni se plantea (condenar al progenitor), no se discute entre los juristas españoles. Sin embargo, sí que hubo debate en el Tribunal Supremo al deliberar hace unas semanas sobre el caso de un ecuatoriano de 23 años que mantuvo relaciones consentidas durante un año con una niña de 11. El Supremo confirmó una condena de dos años de cárcel, pero con el voto particular de dos jueces que pidieron la absolución porque el procesado se había criado en la selva y, aunque llevaba siete años en España, no sabía que lo que estaba haciendo era delito.

Éstos y otros casos que han saltado a los medios en los últimos meses dejan una pregunta: ¿dónde hay que situar la frontera de la tolerancia del Estado ante determinadas tradiciones culturales o religiosas? (...)

Casos como el de la familia mauritana de Cádiz o el de niñas inmigrantes que son llevadas a su país para someterlas a una ablación de clítoris sobrepasan por mucho esa barrera del multiculturalismo, según Santolaya. Los compatriotas de la menor mauritana consideran, sin embargo, que ni la sociedad ni los jueces españoles deben inmiscuirse en sus costumbres. "No se están respetando nuestras tradiciones. En nuestro país es muy normal casarse con ocho o nueve años", lamenta Brahim Sall Oulddick, un mauritano que lleva una década en España y es amigo de los padres condenados. En su opinión, hay un malentendido: "Aquí se le llama violación y nosotros le llamamos casamiento".

Para Estrella Rodríguez, directora general de Integración de los Inmigrantes esa presunta colisión entre las costumbres de unos y otros es "un falso debate". "Una cosa es hablar de interculturalidad, de buscar espacios de encuentro, que siempre son positivos, y otra es hablar de costumbres que en nuestro país son delito. Ahí hay que ser firmes". Lo mismo opina Kaman Rahmouni, presidente de la asociación de trabajadores marroquíes Atime: "Las fronteras están claras: los principios constitucionales de España y las leyes en vigor. Dentro de esto puede caber cualquier costumbre. Fuera no cabe nada". (...)

El único pronunciamiento del Tribunal Constitucional, por lo que se considera la doctrina vigente, fue contrario a los intereses del trabajador, en este caso, una mujer que se había convertido a la Iglesia Adventista del Séptimo Día, entre cuyas creencias está el cese de toda actividad desde la puesta del Sol del viernes a la del sábado. La mujer pidió en su empresa un cambio de régimen de su descanso semanal y al no conseguirlo, dejó de ir a trabajar y fue despedida. La afectada solicitó en los tribunales que el despido fuera declarado nulo por entender que estuvo basado en motivos religiosos, pero el Constitucional no le dio la razón.

Los expertos consultados coinciden en que en España aún queda mucho camino por recorrer. Santolaya pone como ejemplo el caso de Estados Unidos, con mucha más tradición de diversidad religiosa. Allí se ha generado ya una amplia jurisprudencia que se conoce como Sabbation cases (en referencia al Sabbath judío) y que reconoce un derecho de los trabajadores y una obligación para los empresarios la búsqueda de un acomodo entre los intereses de ambos." (El País, ed. Galicia, 29/05/2009, p. 32/3)

11.12.08

Los nietos se ríen del esfuerzo de los abuelos, de los cuentos de la emigración

"El título del espléndido documental de Juan Vicente Córdoba, una de las películas más emocionantes, y la más triste que he visto últimamente, evoca las chabolas que florecían bajo la luna en el Pozo del Tío Raimundo, en las décadas de 1950 y 1960. Los inmigrantes andaluces y manchegos que llegaban a Madrid buscando un futuro con las manos vacías tenían que levantar cuatro paredes y un techo antes del amanecer. Lo lograban con la ayuda de los vecinos, que, si hacía falta, les prestaban sus muebles, y hasta a sus hijos, para que al día siguiente la policía encontrara una casa habitada y no la echara abajo.

Así, a base de voluntad, de constancia y de solidaridad, aquel lodazal de infraviviendas se convirtió en un barrio confortable y algo más, un símbolo de la superación personal y colectiva, célebre por sus exitosos experimentos sociales. Ahora, el Pozo destaca por su índice de fracaso escolar, el segundo de España. Siete de cada diez nietos de aquellos luchadores que se apuntaban a la escuela con 40 años, para aprender a leer y a escribir después del trabajo, la abandonan hoy antes de tiempo.

Ignorantes, arrogantes, pródigos en tintes y escarificaciones, miran a la cámara y dicen que el trabajo español es para los españoles, que los inmigrantes ecuatorianos huelen mal y que estudiar es de pringados. Ajenos a la cultura del esfuerzo y la recompensa, que identifican con la pobreza, se sienten cómodos en una sociedad desmemoriada, insolidaria y autocomplaciente, que desconfía de la enseñanza pública y fomenta la admiración por la riqueza privada. Han despreciado oportunidades que nadie de su familia ha tenido antes que ellos, pero no dan sólo rabia. También dan pena." (ALMUDENA GRANDES: 'Flores de luna'. El País, ed. Galicia, Última, 08/12/2008)

27.3.08

Las "mamás dinero"

“Hace pocos meses, la colombiana Luz Marina A., de 51 años, acudió a un locutorio para poder ver, por primer vez en siete años, a sus dos hijos en Bogotá, de 18 y 12 años, a través de una cámara conectada a Internet. "No pude decir una palabra. Lloraba. Yo no les reconocía físicamente, ni ellos a mí. Y lo peor de todo es que me preguntaban por el dinero". Luz Marina no puede viajar a su país porque, al estar irregularmente en España, si sale, no podrá entrar. (…)

"Son mujeres a las que se exige y que se exigen adaptarse a los tiempos, a los ritmos, a las demandas y a las necesidades de los otros", señala Gema de Cabo, jefa de proyectos del Centro de Estudios Económicos Tomillo (CEET). "Sus intereses, sus necesidades, sus sentimientos, como mujer o como persona quedan en segundo término", añade.

Muchas no encuentran sentido a su presencia en España, se arrepienten de haber venido, viven solas y tristes, y creen que su trabajo no les permitirá alcanzar sus sueños. "Son mujeres que se sienten cada día más lejos de los suyos, atrapadas y sin futuro: ni en su país, ni en España", resalta De Cabo.

La vulnerabilidad emocional y la sensación de desamparo son tan intensas, que Sandra, una inmigrante ecuatoriana, se dejó embarazar por un pelanas para tener un hijo y mitigar su soledad. A los tres meses, lo pensó mejor y abortó. (…)

La presidenta de la Asociación Hispano-Ecuatoriana Rumiñahui, Dora Aguirre, conoce bien el drama, causado por las fuertes presiones psicológicas y emocionales a las que están sometidas las mujeres de la inmigración. "Nuestras vidas, sociales, familiares, de pareja, están rotas, y nuestros códigos de asimilación de la nueva realidad que vivimos están sometidos a una constante evolución", subraya. "Y en estos casos, las circunstancias laborales en que nos encontramos inmersas son criminales. Hay casos de internas que se han suicidado, y mujeres que sufren profundas depresiones, ansiedad, bulimia y anorexia".

Hijos que ya no quieren vivir con sus padres, parejas rotas, y mujeres que han cambiado su personalidad en España: se han hecho más libres. El desarrollo de esa individualidad, sin embargo, entra en colisión con el secular machismo del esposo. (…)

"Yo quiero lo mejor para ellos, pero no dejan de pedir. El otro día tuve una gran bronca con mi hija adolescente porque no quiero mandarle dinero para un ordenador y un móvil. Hay otras necesidades más urgentes", señala la paraguaya Elvira, empleada en el servicio doméstico. (…)

"Se enfrentan a la paradoja de estar junto a unos niños extraños ganando dinero para sus propios hijos, que en el 70% de los casos vive todavía en los países de origen, y a los que no pueden ver muchas veces por años" (El País, ed. Galicia, Sociedad, 23-03-08, p. 30)