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17.3.25

Attac España: El COVID-19, fue una prueba múltiple de estrés no superada. Señaló que tenemos una Sanidad Pública colonizada, descapitalizada, adelgazada y desasistida con enorme peligro para trabajadores, ciudadanos y víctimas... la sanidad privada que utiliza la pública para nutrir sus beneficios obscenos, segue trabajando para engordar más sus cuentas de resultados y se prepara mejor para la siguiente pandemia, aunque en aquélla no hicieron nada... hay que superar el modelo autonómico de reinos de taifas y virar a un federalismo solidario en el que Ministerios y Gobierno lideren para poner en el foco la igualdad y asistencia del pueblo soberano, su salud... El modelo neoliberal, ante todas las evidencias, es indecente y criminal. La pandemia gritó que el neoliberalismo mata; no es eslogan de campaña... la pandemia fue una oportunidad perdida por gobiernos incapaces para poner la Salud como eje transversal. Dijo que el modelo financiarista destruye la vida y nos lleva directamente a las tinieblas

 "(...) En este 2025, cinco años después, las reflexiones que dejaron crisis financiera y pandémica son transparentes. El «coronavirus», COVID-19, fue una prueba múltiple de estrés no superada. Señaló que tenemos una Sanidad Pública colonizada a costa del patrimonio común y democrático; descapitalizada, adelgazada y desasistida con enorme peligro para trabajadores, ciudadanos y víctimas. Dijo que requiere su blindaje inmediato.   

Declaró que la sanidad privada que utiliza la pública para nutrir sus beneficios obscenos, seguía trabajando para engordar más sus cuentas de resultados y se preparaba mejor para la siguiente pandemia aunque en aquélla no hicieron nada. Apuntó como fundamental intervenir la Constitución Española, cuyo cambio del art.135 venía dando resultados nefastos; también el articulado de garantías sociales sepultado por años de lucha por dominio y no por democracia. 

Dijo: hay que superar el modelo autonómico de reinos de taifas y virar a un federalismo solidario en el que Ministerios y Gobierno lideren para poner en el foco la igualdad y asistencia del pueblo soberano, su salud. Señaló a políticos que se han vendido a efluvios del poder desatendiendo funciones del cargo, bajo adaptación ideológica mercantilista, dejación de objetivos democráticos o carencia de identificación con los derechos humanos. 

A los que hicieron de las víctimas su publicidad; de los muertos, su dardo envenenado. El modelo neoliberal, ante todas las evidencias, es indecente y criminal; aunque publiciten su eficaz fortaleza material, nunca logrará sujetarse salvo manchando más aún su larga lista de usurpaciones graves a lo largo de su recorrido.

La pandemia gritó que el neoliberalismo mata; no es eslogan de campaña. Las cacareadas reconstrucciones de todos los gobiernos fueron un timo sin precedentes para la ciudadanía; su pretensión de mezcla público-privada insiste en la malversación. No podrán salvarnos de otras pandemias, pero han salvado el peor virus, el neoliberal. En resumen, la pandemia fue una oportunidad perdida por gobiernos incapaces para poner la Salud como eje transversal. Dijo que el modelo financiarista destruye la vida y nos lleva directamente a las tinieblas."

(Carmen Esbrí. Attac España, 09/03/25, Publicado originalmente en Mundo Obrero )

23.2.25

Maite Rodríguez quiere medir sus palabras para no caer en el juego endiablado de Miguel Ángel Rodríguez. “No podemos darle a la opinión pública argumentos para que piensen que somos como ellos”... Miguel Ángel Rodríguez aseguró que no tuvo a su madre en ninguna residencia de la Comunidad de Madrid... "lo que hizo es calumniar, y de paso desviar el foco para que no se hable de la responsabilidad de su Gobierno”. MÁR ni siquiera ha borrado el tuit falso... "yo a nivel personal no creo que lo denuncie... Prefiero centrarme en la guerra. Que es esta"... "Esto no es una tragedia, como morir atropellado por un coche. Estos son hechos que se producen como consecuencia de una decisión política. Privaron de asistencia sanitaria a los mayores y no les dieron solución”... A pesar de que los ánimos están bajos tras cinco años de batalla judicial inerte, ella no ha perdido la esperanza de que se haga cierta forma de justicia (Fernando Peinado, El País)

 "Maite Rodríguez empieza aclarando que se toma muy en serio esta entrevista. De su bolso de tela decorado con una ilustración de la filósofa griega Hipatia saca unos apuntes con letra impresa en los que ha hecho anotaciones con boli naranja. Explica que quiere medir sus palabras para no caer en el juego endiablado de Miguel Ángel Rodríguez. “No podemos darle a la opinión pública argumentos para que piensen que somos como ellos”, se justifica. El encuentro tiene lugar el jueves por la tarde en una cafetería de la zona de oficinas donde trabaja. Han pasado cuatro días de un ataque que ella tacha de “cobarde”, “cruel”, “gratuito” e “impropio de un cargo público”. Se refiere a los tuits que escribió el estratega de la presidenta madrileña durante la emisión el domingo anterior de un episodio en el programa Lo de Évole con ocasión del quinto aniversario de la pandemia. El espacio contenía la breve intervención de Maite y otros cuatro hijos de personas mayores fallecidas en residencias de Madrid sin la oportunidad de acceder a una cama de hospital.

La noche del programa se había preparado para vivirla como algo especial. A diferencia de los otros cuatro entrevistados, Maite, de 53 años, nunca había hablado con medios de comunicación sobre la muerte de su madre, Petra Gadea. Días antes, en el chat de Verdad y Justicia habían pedido voluntarios. Ella era relativamente nueva en esta asociación que busca una reparación para los mayores que murieron descartados por hospitales madrileños durante la vigencia de los protocolos autonómicos para residencias. Pensó que después de un año participando en reuniones, le tocaba dar la cara. Tras consultarlo con su familia, escribió un mensaje ofreciéndose para salir al aire.

El domingo, se sentó frente al televisor en casa con su pareja, su hijo y la novia de este. “Fue como una pequeña despedida”, rememora. “Sentíamos mucha pena porque al final estábamos reviviendo un momento muy duro. Seguíamos la tele con atención, con ese peso íntimo que te obliga a estar callado”.

El móvil lo tenía en silencio y solo lo miró cuando acabó el programa. Como era previsible, había recibido un aluvión de mensajes. Le habían escrito amigos, familia y otros conocidos que la reconocieron. Pero saltaba a la vista uno con letras mayúsculas: “IMPORTANTE. MIRA ESTO”.

En la pantalla vio dos tuits de MÁR, el acrónimo que usa el jefe de gabinete de Isabel Díaz Ayuso. Uno cuestionaba que esos cinco familiares hicieran visitas a sus padres, y otro, dedicado solo a ella. Aseguraba que había comprobado que “la primera señora” no tenía a su madre en ninguna residencia de la Comunidad de Madrid. “Lo primero que pensé fue ‘qué cobarde’ porque el programa también los invitó a ellos”, dice. “Luego me pregunté cómo había podido mirar este señor eso, porque los datos del libro de visitas son tan confidenciales que un día pregunté a la chica de recepción si mi hijo había llegado y me respondió que no podía decírmelo”. Esa noche se acostó a la una y media, y apenas pegó ojo.

El lunes fue un día largo. Tenía que trabajar, pero su teléfono no dejaba de sonar. Todo el mundo le mostraba su apoyo, incluidos números que no tenía registrados. Incluso un par de ministros contactaron a la asociación para transmitir su solidaridad. En redes y ante la prensa se sucedían las condenas al comportamiento de MÁR, pedidos de dimisión y expresiones de respeto a los familiares ninguneados.

A las 10.11, MÁR escribió un tuit en el que dijo que había confirmado que el primer testimonio del programa era de una fallecida. “Pido disculpas por el error”, añadió. Envió el mensaje casi una hora después de conocerse un comunicado de las asociaciones Marea de Residencias y Verdad y Justicia en el que le desmentían. Aseguraban que Maite tenía a su madre en una residencia de Getafe, donde falleció en abril de 2020.

Nadie del PP o la Comunidad ha llamado a Maite. Dice que la “disculpa” de MÁR no es sincera. “Un error sería que me hubiera llamado Manuela. Pero lo que hizo es calumniar, y de paso desviar el foco para que no se hable de la responsabilidad de su Gobierno”. MÁR ni siquiera ha borrado el tuit falso.

Vídeo:  https://twitter.com/LoDeEvole/status/1891228558435262925?ref_src=twsrc%5Etfw%7Ctwcamp%5Etweetembed%7Ctwterm%5E1891229650363232434%7Ctwgr%5E22b0efa22d130b116f65f20a48ba9665036d677c%7Ctwcon%5Es3_&ref_url=https%3A%2F%2Felpais.com%2Fespana%2Fmadrid%2F2025-02-23%2Fla-mujer-despreciada-por-hablar-sobre-su-madre-fallecida-en-una-residencia-en-madrid-no-somos-como-ellos.html

 Salió de la oficina agotada. Como siempre, tomó el cercanías hacia Getafe y en casa vio que en las teles hablaban de ella. Sintió pudor. Su pareja le preguntaba a cada rato cómo estaba. “Creo que me mantuve bastante bien a pesar de la sobreexposición a la que me había sometido ese señor”.

El martes decidió que iba a hablar. Con cautela, pero hablaría.

―¿Va a denunciar a Miguel Ángel Rodríguez?

―La asociación lo está valorando, pero yo a nivel personal no creo que lo haga.

―¿Por qué?

― (Resopla) Me parece que eso no va a servir de nada, la verdad. Me causaría un desgaste emocional que no merece la pena. Prefiero centrarme en la guerra. Que es esta, dice, y palmea dos veces los folios que tiene sobre la mesa.

Maite se declara activista por naturaleza. Desde adolescente ha estado involucrada en movimientos sociales. Su madre le decía: “Te metes en todos los líos”. Sin embargo, cuando falleció Petra, ella no se unió a la causa de las demás familias de residencias. Fue tal el shock que necesitó ayuda psicológica durante cuatro meses, porque se autoinculpaba por no haberla salvado. Luego vino una etapa de rabia, que soportó en privado. No se acercó a las asociaciones hasta abril del año pasado, tras un acto en Getafe. “Pensé que ya estaba fuerte. Me di cuenta de que esto es algo colectivo. Esto no es una tragedia, como morir atropellado por un coche. Estos son hechos que se producen como consecuencia de una decisión política. Privaron de asistencia sanitaria a los mayores y no les dieron solución”.

A pesar de que los ánimos están bajos tras cinco años de batalla judicial inerte, ella no ha perdido la esperanza de que se haga cierta forma de justicia. Las querellas por homicidio que interpusieron en 2020 cientos de familiares no están prosperando, pero las asociaciones presentaron nuevas denuncias en octubre, esta vez por un delito distinto, la denegación de asistencia sanitaria.

Petra murió con 88 años. “Era una mujer muy humilde, que sufrió el hambre y la miseria de la posguerra”, cuenta su hija. A los ocho años dejó el colegio y la enviaron a cuidar a otros niños como interna en una casa. De mayor trabajó como empleada doméstica. Ninguna empleadora cotizó por ella, así que la única pensión que le quedó era por viudedad y no llegaba ni a 700 euros. Cuando la artrosis la dejó postrada en un piso sin ascensor, ingresó en una residencia. La última era Los Ángeles, en Getafe. Caminando, Maite y su hijo Pablo tardaban apenas diez minutos. La visitaban a la hora del café, que era sagrada para Petra.

La última vez que la vieron fue el sábado 7 de marzo, antes del cierre de las residencias. Luego se comunicaron por teléfono. Estalló un brote de covid y a los mayores los encerraron en sus habitaciones. Se desorientó. En una de las últimas llamadas le reprochó a Maite que ya no la visitaban. El 5 de abril a Maite le llamó una médica y le dijo que su madre estaba enferma y que no había manera de mandarla al hospital. Falleció el 12 de abril. 64 personas murieron en la primera ola en ese centro de 180 plazas. De ellos, 60 lo hicieron en su cama de la residencia.

“Fue una generación que vivió tiempos muy duros y por eso me parece especialmente doloroso que se haya visto abocada a una muerte tan cruel”, dice Maite. Petra hubiera cumplido 93 años este domingo."                (Fernando Peinado , El País, 23/02/25)

30.10.24

Héroes olvidados... Cómo el mundo vuelve a dejar de cuidar a sus cuidadores... mientras el mundo se enfrentaba a una pandemia única en el siglo, los profesionales sanitarios se situaron en primera línea, arriesgando su salud y a menudo sus vidas para cuidar de los demás. Las escenas están grabadas en nuestra memoria colectiva... En aquellos oscuros días, estos trabajadores fueron aclamados como héroes... Pero hoy, ¿qué ha sido de las promesas hechas a estos trabajadores? Estas promesas incluían mejores condiciones de trabajo, salarios justos, niveles seguros de dotación de personal y el compromiso de eliminar la violencia y el acoso, especialmente el acoso y la violencia de género. Pero a medida que la amenaza inmediata de la pandemia se alejaba, también lo hacía la urgencia de cumplir estos compromisos... Hoy en día, los cuidadores vuelven a ser invisibles... La formalización de todo el trabajo asistencial es esencial para garantizar que estos trabajadores dejen de ser tratados como desechables, sin prestaciones ni seguridad. Deben establecerse niveles seguros de dotación de personal para proteger tanto a los cuidadores como a los pacientes... En Pensilvania, el sindicato SEIU Healthcare consiguió que se establecieran normas obligatorias sobre dotación de personal seguro en los centros de atención a la tercera edad... El heroísmo que presenciamos durante la pandemia no fue un momento fugaz; fue la realidad de cómo es el trabajo asistencial cada día. Nuestra sociedad sigue dependiendo de estos trabajadores para mantener unidas a las comunidades, cuidar de nuestros seres queridos y garantizar que todos podamos vivir con dignidad. Cumplir las promesas hechas en los días más oscuros de la pandemia no es sólo mantener nuestra palabra: es construir los sistemas sanitarios y las comunidades resistentes que necesitamos para el futuro (Christy Hoffman)

 "Hace casi cinco años, mientras el mundo se enfrentaba a una pandemia única en el siglo, los profesionales sanitarios se situaron en primera línea, arriesgando su salud y a menudo sus vidas para cuidar de los demás. Las escenas están grabadas en nuestra memoria colectiva: enfermeras exhaustas que se desploman en los pasillos, trabajadores sanitarios comunitarios que prestan ayuda a los más vulnerables, cuidadores a domicilio que sostienen las manos de pacientes cuyos seres queridos no pueden estar a su lado. En aquellos oscuros días, estos trabajadores fueron aclamados como héroes, aplaudidos desde los balcones, elogiados por los políticos y salpicados en las portadas de los periódicos. Pero hoy, cuando celebramos el Día Internacional de los Cuidados de la ONU, debemos preguntarnos: ¿qué ha sido de las promesas hechas a estos trabajadores?

Durante el apogeo de la pandemia de Covid-19, se reconoció de forma contundente y casi universal que nuestros sistemas sanitarios y asistenciales no funcionaban. Gobiernos de todo el mundo hablaron de la necesidad de «cuidar a los cuidadores», comprometiéndose a abordar los problemas crónicos que desde hacía tiempo aquejaban al sector. Estas promesas incluían mejores condiciones de trabajo, salarios justos, niveles seguros de dotación de personal y el compromiso de eliminar la violencia y el acoso, especialmente el acoso y la violencia de género. Pero a medida que la amenaza inmediata de la pandemia se alejaba, también lo hacía la urgencia de cumplir estos compromisos. Lo que comenzó como un grito de guerra en favor del cambio ha terminado, para muchos trabajadores sanitarios, en desilusión.

 El coste de la inacción

Hoy en día, los cuidadores vuelven a ser invisibles, sus luchas ahogadas por otros titulares. Muchos permanecen en entornos peligrosos con escasez de personal, trabajando largas horas sin apoyo. En Estados Unidos, la mayoría de los cuidadores a domicilio, que ayudan a ancianos y discapacitados a vivir con dignidad, siguen cobrando salarios de miseria, sin prestaciones ni horarios garantizados. En Europa, los auxiliares de enfermería están sobrecargados e infravalorados, y más de la mitad afirman haber considerado la posibilidad de abandonar la profesión debido a las condiciones insostenibles, según una encuesta reciente de UNI. En países como Filipinas, Nepal e India, los trabajadores sanitarios de la comunidad, que prestan servicios esenciales a poblaciones desatendidas, siguen siendo tratados como trabajadores informales, sin las protecciones que conlleva el empleo formal.

El coste de la inacción es devastador tanto para los cuidadores como para quienes los atienden. Cuando ignoramos las necesidades de los cuidadores, socavamos todo el sistema sanitario y de atención a las personas mayores. El agotamiento de los trabajadores conduce a una disminución de la calidad de la atención, y la persistente escasez de personal amenaza la propia sostenibilidad de los servicios esenciales de salud y de atención a las personas mayores. Todas las familias con un ser querido necesitado de cuidados sienten el impacto de esta negligencia. Gobiernos y empleadores deben actuar, no con más aplausos, sino con las reformas significativas que necesitan los cuidadores.

Transformar el sector sanitario

 La formalización de todo el trabajo asistencial es esencial para garantizar que estos trabajadores dejen de ser tratados como desechables, sin prestaciones ni seguridad. Deben establecerse niveles seguros de dotación de personal para proteger tanto a los cuidadores como a los pacientes. La lucha contra el acoso y la violencia de género requiere sistemas reales de aplicación y apoyo. Y lo que es más importante, los cuidadores deben tener derecho a sindicarse y a defender sus derechos sin temor a represalias. Cuando los cuidadores están sindicados, tienen poder para luchar tanto por ellos mismos como por las personas a las que cuidan.

Estamos empezando a ver cómo, a pesar de las dificultades existentes en todo el mundo, los sindicatos de trabajadores asistenciales están logrando verdaderos avances en la transformación del sector. En Pensilvania, el sindicato SEIU Healthcare consiguió que se establecieran normas obligatorias sobre dotación de personal seguro en los centros de atención a la tercera edad, un paso monumental para proteger tanto a los trabajadores como a los residentes. En Chile, el sindicato FENASSAP consiguió la ley de «derecho al descanso», que concede a los cuidadores 14 días de descanso tras soportar la tensión de la pandemia. En Japón, una encuesta del sindicato UA Zensen reveló que el 74,2% de los cuidadores sufrían acoso, lo que llevó al Ministerio de Sanidad japonés a introducir un manual de contramedidas contra el acoso en las residencias de ancianos y a establecer oficinas de consulta en cada prefectura para abordar estos problemas generalizados.

Cuidar de quienes nos cuidan no es una opción, sino un imperativo ético.

 Estos ejemplos muestran la importancia del derecho a formar un sindicato y a negociar colectivamente. Los sindicatos son cruciales para mejorar el trabajo asistencial y garantizar que se cumplan las promesas hechas a los trabajadores asistenciales durante la pandemia.

Necesitamos una llamada de atención mundial. El heroísmo que presenciamos durante la pandemia no fue un momento fugaz; fue la realidad de cómo es el trabajo asistencial cada día. Nuestra sociedad sigue dependiendo de estos trabajadores para mantener unidas a las comunidades, cuidar de nuestros seres queridos y garantizar que todos podamos vivir con dignidad. Cumplir las promesas hechas en los días más oscuros de la pandemia no es sólo mantener nuestra palabra: es construir los sistemas sanitarios y las comunidades resistentes que necesitamos para el futuro. Cuidar de quienes cuidan de nosotros no es una opción; es un imperativo ético.

Es hora de que los gobiernos, los empleadores y la sociedad en general actúen, no con más aplausos, sino con los cambios significativos por los que los cuidadores han estado luchando: empleo formal, niveles seguros de dotación de personal, formación profesional, representación sindical y ausencia de violencia y acoso. Los cuidadores no pueden esperar porque sabemos que nuestras comunidades son tan fuertes como quienes las cuidan.

(Christy Hoffman, IPS, 29/10/24, traducción DEEPL)

1.4.24

En los días del covid, si algo sobraba en este país era gente anónima dando todo cuanto tenían y más para tratar de salvar a la mayor cantidad de amigos, vecinos y desconocidos... Puede que muchos hayan olvidado los aplausos de las ocho. Pero yo me niego. Lo mismo que me niego a aceptar que daba igual porque no había nada que hacer y los que tenían que morir se iban a morir igual; la ciencia nos dice y demuestra exactamente lo contrario... no sé ustedes, pero yo recuerdo a los señoritos protestando porque no les dejaban tomar sus gintonics y porque no permitían a sus empleados domésticos acudir a trabajar a sus casas en metros y buses abarrotados... Sobran ejemplos de esas mismas élites reclamando libertad para que los demás se expusieran a riesgos de cuyo alcance se sabían a salvo. En la próxima pandemia que no se confine ni al servicio doméstico, ni a los camareros; ellos merecen ser libres y nosotros necesitamos que alguien nos pille la comanda... y los valientes magistrados conservadores de anterior Tribunal Constitucional, que corrieron a sus casas a confinarse al día siguiente de la declaración de la alarma, y tardaron más de tres meses en volver a dictar una sentencia; pero, al año siguiente, nos explicaron que el estado de alarma había sido inconstitucional, un acto de control político que había supuesto una violación de nuestros derechos. Y después se fueron a tomar una caña, vivos y en libertad (Antón Losada)

 "La alineación planetaria de las aventuras de Koldo y sus alegres comisionistas, el aniversario de la declaración del Estado de alarma pandémico y los imputados delitos fiscales del particular Alberto González Amador, el presunto defraudador antes conocido como “el novio de Isabel Díaz Ayuso” y -en la mejor tradición del neoliberalismo hispánico- como esforzado emprendedor con el esfuerzo ajeno, ha creado las circunstancias perfectas para devolver a la vida el monstruo del negacionismo que había florecido tan esplendorosamente durante la pandemia. 

De nuevo la pandemia es una ilusión. Todo fue un gran engaño colectivo para nutrir los balances de las malvadas farmacéuticas y, de paso, una oportunidad para rellenar las cuentas en paraísos fiscales de desalmados y codiciosos comisionistas de tres al cuarto; una conspiración de las élites extractivas para depredar con mayor comodidad y sin tener que dar explicaciones a una sufrida clase trabajadora privada de sus derechos constitucionales más básicos para que los ricos disfrutaran en sus piscinas mientras los pobres se morían en sus pisos de dos o tres habitaciones. 

Eso en la versión más intelectual. En la castiza vuelve a ser una cosa de los chinos, que eran lo que tenían que haberse jodido, no nosotros, y de Pedro Sánchez, que ya sabemos que tiene un pacto con Satán para seguir en la Moncloa a cambio de nuestras almas y la de España. (...)

Tal vez no compense el esfuerzo de ponerse otra vez a rebatir a todos los profetas del pasado que hoy ya sabían que no había que desinfectar superficies, o desinfectar la compra, o compartir coche. Los virólogos y epidemiólogos del mundo tardaron meses en saberlo. Pero ellos ya lo sabían porque lo han visto en Youtube. Dicen que la ignorancia es la felicidad así que ¿por qué arruinársela? 

Tampoco vamos a volver a enredarnos otra vez en las cifras y cómo manejarlas. La estadística conforma una ciencia compleja y la sanitaria aún más. En cuanto a los efectos de las vacunas o su eficacia, en mitad de una pandemia ya parecía mal momento para ponerse a explicar la diferencia entre correlación y causalidad; pero ahora ya es que no tiene uno ni ganas de perder el tiempo con gente convencida de que fue el paso del tiempo aquello que doblegó al virus.

Sí merece la pena, en cambio, no permitir que se imponga este relato de una España llena de Lazarillos-de-Tormes-pero-sin-gracia intentando llenarse los bolsillos. Si algo sobraba en este país aquellos días era gente anónima dando todo cuanto tenían y más para tratar de salvar a la mayor cantidad de amigos, vecinos y desconocidos. Puede que muchos hayan olvidado los aplausos de las ocho. Pero yo me niego. Lo mismo que me niego a aceptar que daba igual porque no había nada que hacer y los que tenían que morir se iban a morir igual; la ciencia nos dice y demuestra exactamente lo contrario.

 En cuanto a este populismo pardirrojo en defensa de las clases populares y nuestros derechos civiles, no sé ustedes, pero yo recuerdo a los señoritos protestando porque no les dejaban tomar sus gintonics y porque no permitían a sus empleados domésticos acudir a trabajar a sus casas en metros y buses abarrotados. Falta constancia de movilizaciones masivas de la clase trabajadora reclamando su derecho a trabajar y que el virus decidiese libremente a quién le tocaba. Sobran ejemplos de esas mismas élites reclamando libertad para que los demás se expusieran a riesgos de cuyo alcance se sabían a salvo. En la próxima pandemia que no se confine ni al servicio doméstico, ni a los camareros; ellos merecen ser libres y nosotros necesitamos que alguien nos pille la comanda.

 Este negacionismo pardirrojo, de apariencia radical pero corazón profundamente reaccionario, se parece demasiado al negacionismo jurídico de los valientes magistrados conservadores de anterior Tribunal Constitucional, que corrieron a sus casas a confinarse al día siguiente de la declaración de la alarma, suspendieron sus plenos y toda la actividad menos la virtual y tardaron más de tres meses en volver a dictar una sentencia; pero, al año siguiente, nos explicaron que el estado de alarma había sido inconstitucional, un acto de control político que había supuesto una violación de nuestros derechos. Y después se fueron a tomar una caña, vivos y en libertad."                (Antón Losada, eldiario.es, 24/03/24)

15.3.24

Durante la epidemia hubo empresarios y profesionales que de manera desinteresada pusieron en contacto a las administraciones con proveedores extranjeros que podian suministrar mascarillas y otro material médico. No cobraron comisión. Lo hicieron para servir a su país. Los hubo... Y médicos jubilados que a riesgo de contagiarse, cogieron la bata y se presentaron en sus antiguos puestos para ayudar... "En España lo mejor es el pueblo. Siempre ha sido lo mismo. En los trances duros, los señoritos invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva"

Enric Juliana Ricart @EnricJuliana

Durante la epidemia hubo empresarios y profesionales que de manera desinteresada pusieron en contacto a las administraciones con proveedores extranjeros que podian suministrar mascarillas y otro material médico. No cobraron comisión. Lo hicieron para servir a su país. Los hubo.

4:54 p. m. · 14 mar. 2024 52 mil Reproducciones

 luis MB @luisMB97962562

Y médicos jubilados que a riesgo de contagiarse, cogieron la bata y se presentaron en sus antiguos puestos para ayudar. Estos los conozco, pero no tengo ninguna duda de otros sanitarios

5:47 p. m. · 14 mar. 2024 1.060 Reproducciones


Movil Enda @MovilEnda

"En España lo mejor es el pueblo. Siempre ha sido lo mismo. En los trances duros, los señoritos invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva", Machado

5:25 p. m. · 14 mar. 2024 1.877 Reproducciones

10.2.22

La pandemia nos ha deparado muchas sorpresas. Una de estas es que se vendieron más Rolls Royce que nunca... Ferrari también reporta que en el 2021 tuvo ganancias sin precedentes

 "El Rolls Royce es uno de los coches más costosos del mundo. Eso lo sabemos. Lo que no es tan sabido es que el año pasado se vendieron más unidades que nunca. Concretamente, 49 % más Rolls Royce que el año anterior, rompiendo así los récords de ventas de la compañía fundada en 1906. Pero esta empresa automotriz no es la única que tuvo un año extraordinario. Ferrari también reporta que en el 2021 tuvo ganancias sin precedentes.

¿Qué pasó? Pues que la pandemia hizo que muchos ricos cayeran en cuenta de que la vida es corta. Esa, al menos, es la explicación que le dió al diario británico Financial Times, Torsten Müller-Otvös, el jefe de Rolls Royce: “Mucha gente vio a personas conocidas morir a causa de la Covid y esto los llevó a pensar que la vida es corta y que es mejor vivirla bien ahora y no dejarlo para más adelante.”

Obviamente, los “muchos ricos” que tomaron conciencia de su mortalidad no son tantos. El muy lucrativo año que tuvo Rolls Royce fue el resultado de la venta de tan solo 5.586 vehículos en todo el mundo. (...)"             (Moisés Naim, El País, 06/02/22)

4.2.22

Uno de cada siete profesionales sanitarios estaba en riesgo alto de desarrollar una enfermedad mental tras la primera ola... Nadie los había entrenado para todo lo que vivieron, explica Tarín. Estaban “en guerra”, las emociones se relativizaban y cada uno hacía lo que podía. Hasta que no podían más... la depresión, el trastorno de ansiedad, el estrés postraumático y el abuso de sustancias son los problemas de salud mental más comunes y la sintomatología persiste ola tras ola... Yo exploté, pero no por la carga de trabajo, sino por el miedo. Fue un cúmulo de cosas, un encargado me gritó porque había gastado una mascarilla FFP2 para entrar a casa de una paciente sospechosa de covid, pero como no era un caso confirmado no podía usar la FFP2. Me sentía un virus andante. Mi miedo era llevar la mierda esa a casa... con las olas estamos en un modelo de indefensión aprendida, donde hagamos lo que hagamos, sentimos que irá mal y se parece a una sintomatología depresiva... estas cicatrices que marcaron especialmente a algunos sanitarios, amenazan con aflorar cada tanto

 "Un domingo del verano de 2020, el doctor Marc Tarín tocó fondo. Claudicó, dice él. Justo cuando la primera ola menguaba y el coronavirus daba un respiro al mundo, una “bronca doméstica sin importancia” colmó el vaso de su salud mental, recuerda. 

Y brotaron de repente los problemas de verdad, los demonios y las rumiaciones que había ido acumulando en esos meses aciagos de pandemia: “Mi cerebro estaba bloqueado. No era capaz de pensar nítidamente. Tenía rumiaciones intensas, pensamientos que no son capaces de salir de la cabeza”, relata este médico de familia de 35 años. 

Rumiaciones como la imagen de aquella mujer con covid a la que, enfundado en un equipo de protección individual, fue a atender a su casa y se la encontró “azul”, sin apenas respiración y con pocos visos de salir adelante: “Eso era un misil en mi cerebro. Pensar que fui la última persona a la que vio: a mí, vestido como un astronauta”.

Tres meses de baja laboral con medicación ansiolítica por ansiedad fueron el resultado de aquella primera ola de la crisis sanitaria para este médico barcelonés con consulta en Martorell. A toro pasado, Tarín asume que se le juntaron varias cosas. Nunca hay un solo motivo. El descontrol generalizado en la atención sanitaria, los pacientes del cupo que se le morían, “el móvil con cientos de mensajes” de familiares y conocidos cada día preguntándole qué estaba pasando, la mudanza temporal de su mujer y su hijo a otra casa para minimizar el riesgo de contagiarlos, la covid que pasó su padre al borde del ingreso hospitalario.

 Todo suma. “Yo era consciente de que, con la inercia que llevaba, tarde o temprano, claudicaría. Y lo hice en verano, cuando estábamos muy tranquilos”, relata. Nadie los había entrenado para todo lo que vivieron, explica Tarín. Estaban “en guerra”, las emociones se relativizaban y cada uno hacía lo que podía. Hasta que no podían más.

Y como Tarín, tantos otros. La pandemia también enfermó —y no solo de covid— a los que curan y cuidan. La crisis sanitaria ha puesto en jaque la salud mental de los profesionales sanitarios y las consecuencias de dos años en las trincheras pesan en el sector. Un estudio coordinado por el investigador Jordi Alonso y su equipo del Instituto Hospital del Mar de Investigaciones Médicas reveló, tras encuestar a más de 9.000 sanitarios españoles, que uno de cada siete profesionales del sector presentaron un probable trastorno mental discapacitante durante la primera ola de la pandemia. Víctor Pérez, jefe de Psiquiatría de Hospital de Mar y coautor del estudio, explica que la depresión, el trastorno de ansiedad, el estrés postraumático y el abuso de sustancias son los problemas de salud mental más comunes y la sintomatología persiste ola tras ola: “Hay factores que elevan el riesgo. Por ejemplo, los profesionales que tuvieron trastornos mentales previos tienen el doble de posibilidades de desarrollar otro. También ser mujer, joven, enfermera, estar en formación, personas con pérdidas familiares por covid o aquellos que están en primera línea, como en urgencias o cuidados intensivos, tienen más riesgo”.

En el caso de Salvador Espinosa, de 60 años, a la carga de trabajo como médico de emergencias en las ambulancias de Madrid se le sumó la propia enfermedad. Cayó en los primeros días de la pandemia y salió del hospital mes y medio después —tras 15 días en UCI— con daño neurológico y alteraciones respiratorias, enganchado a una máquina de oxígeno y lejos de volver a ejercer de médico en una ambulancia: “Si a ti te dicen que tu profesión, la que amas, no la puedes volver a hacer, ¿qué harías? Lo que te pide el cuerpo es buscar un culpable y yo me pasé un año odiando a todo el mundo. Y no sabes lo que duele odiar”, explica ahora.

Cayó en “un pozo”, apunta. Sin salida. Solo “un odio irracional” a todos. “He gastado miles de pañuelos en soledad. Solo lloraba y lloraba”, recuerda. Hasta que un día pidió ayuda, comenzó con una psicóloga y le diagnosticaron estrés postraumático. “Me ayudó verme a mí mismo, mirarme al espejo. Y volver a esa calle donde atendí a la paciente que yo creo que fue con la que me contagié. Me costó mucho, pero me dijo la psicóloga que volviese a ese portal, me hiciese un selfi y dijese ‘estoy aquí, estoy vivo y ahora, a tirar para adelante”, explica esta facultativo que, aunque no ha vuelto a atender pacientes a pie de calle, ha retomado su trabajo en el área de formación continuada, preparando cursos para los profesionales de emergencias.

El Colegio de Médicos de Madrid ha advertido de que su Programa de Atención Integral al Médico Enfermo ha atendido en 2021 a un 75% más de médicos por patología psiquiátrica que el año anterior: el impacto de la pandemia ha sido mayor, según el órgano colegial, entre neumólogos, geriatras, médicos de urgencias del SUMMA 112 y facultativos de atención primaria.

 Las experiencias vividas en los últimos dos años son un lastre para los profesionales. Paqui Gutiérrez, técnica en emergencias sanitarias en las ambulancias de Tarragona, todavía se emociona recordando aquellos primeros días de pandemia. Las caras — “por suerte”, dice— son difusas, pero vuelve a verse agarrando una mano de un paciente moribundo o subiendo a una ambulancia a una persona que no volverá a casa. “Era una locura. La mayoría era gente mayor y veías en sus ojos el miedo y que su familia no podía venir y tú sabías que eso iba a acabar mal y que ese paciente no se iba a poder despedir de ellos. No les pongo cara, pero tengo muchas imágenes así”, admite la sanitaria, que a finales de abril de 2020 cogió una baja por ansiedad y la tuvo alejada de las ambulancias hasta febrero del año siguiente.

 No podía parar de llorar. “Yo exploté, pero no por la carga de trabajo, sino por el miedo. Fue un cúmulo de cosas: me cambiaban cada día de conductor y eso afectaba a mi trabajado porque un 90% es la convivencia y conocer a tu compañero y yo me sentía insegura. Otro día, un encargado me gritó porque había gastado una mascarilla FFP2 para entrar a casa de una paciente sospechosa de covid, pero como no era un caso confirmado no podía usar la FFP2″, explica esta sanitaria de 44 años. No era tanto el temor a infectarse ella como contagiar a los demás: “Me sentía un virus andante. Mi miedo era llevar la mierda esa a casa”.

Cuando cogió la baja, Gutiérrez se encerró en su casa: dejó de salir, de relacionarse y el remordimiento “de no haber sido capaz de aguantar el trabajo” se la comía por dentro. Tenía pánico a la calle.

Factores de buen pronóstico

Según el psiquiatra Víctor Pérez, la mayoría de los profesionales salen adelante y se recuperan de la enfermedad con abordaje psicoterapéutico y medicación, si es necesario. “Suelen volver a trabajar sin problema, aunque en el estrés postraumático, el acontecimiento vital estresante tiene mucho peso y lo que se aconseja es que vuelvan a otra línea de trabajo, no a primera fila”, apunta. Hay, además, factores de buen pronóstico, como evitar que se cronifique la situación, tener una familia de apoyo, no tener problemas económicos y que las cosas alrededor mejoren.

A Gutiérrez la ayudaron su hermana, su cuñada y otra amiga con un grupo en que hacían vídeos tutoriales y juegos en la red social TikTok. “La consigna era que, estuviésemos como estuviésemos, todos los días teníamos que hacer un vídeo. Yo un día estaba muy mal y lloraba porque pensaba que, con lo que me gustan a mí los conciertos, nunca podría volver a ver una actuación en directo y mis amigos se vistieron de Freddy Mercury y Montserrat Caballé y me enviaron un vídeo cantando la canción de Barcelona. Esas cosas me salvaron la vida”, explica riendo. Esos vídeos y la inmunización: “A raíz de que me pusieron la primera vacuna, empecé a sentirme más segura, con menos miedo. Mi cabeza dio un giro: ya estaba protegida”.

 Tras su paso por la Fundación Galatea, que atiende en Barcelona a profesionales sanitarios con problemas de salud mental, también Marc Tarín volvió pronto a su puesto de trabajo, recuperado y “muy bien”, más fuerte. Pero ahora ve el reflejo del Marc del verano de 2020 en las caras de sus compañeros: “Los veo que están en la fase en la que yo estaba. Yo no creo que vuelva a claudicar porque he aprendido a relativizar mucho y mi salud está por encima de mi vocación”. Según un informe de la Organización Médica Colegial, seis de cada 10 médicos sufre burnout —una forma de estrés que se cronifica y genera hartazgo y agotamiento personal, profesional o en la relación con los pacientes— y también un tercio de los facultativos se ha planteado dejar la profesión tras la pandemia.

 Las secuelas de la pandemia persisten en el tiempo. Máxime, si la crisis sanitaria no da tregua, apunta Víctor Pérez. “En la primera ola estábamos en un modelo de crisis aguda, como el de las grandes catástrofes, donde primero hay una fase de pánico, como el momento de compra masiva del papel higiénico; luego, la fase del altruismo, la entrega y, por último, una etapa de tristeza y desesperanza que se pasa a los meses y puede volver a empeorar al año. Pero el problema es que con las olas este modelo de curvas no está siendo útil y estamos en un modelo de indefensión aprendida, donde hagamos lo que hagamos, sentimos que irá mal y se parece a una sintomatología depresiva”, reflexiona.

 Y estas cicatrices que marcaron especialmente a algunos sanitarios amenazan con aflorar cada tanto. Espinosa, por ejemplo, ha vuelto a contactar con su psicóloga después de varios meses: “No me encuentro bien, estoy un poquito desbordado otra vez y noto que me cuesta dormir y me falta concentración. Hace un rato le he mandado un mensaje a mi psicóloga y le he dicho: ‘Te necesito”.                         (Jessica Mouzo, El País, 31/01/22)

29.12.21

La variante ómicron se ceba con los trabajadores británicos e impone un confinamiento ‘de facto’... La ómicron diezma la tripulación de varias aerolíneas en EE UU y se cancelan cientos de vuelos

 "Cientos de vuelos cancelados por las principales compañías aéreas complican el desplazamiento masivo de los estadounidenses en Navidad, que siguen adelante con sus planes festivos pese al impacto de la variante ómicron, responsable del 70% de los nuevos casos

Con kilómetros de colas ante las unidades móviles de detección del virus, los estadounidenses se disponen a pasar las segundas Navidades pandémicas, con algunas restricciones de última hora para frenar la transmisión comunitaria. (...)

De los cerca de 3.000 vuelos cancelados en todo el mundo por el avance de la nueva variante, según el cómputo de la web Flight Aware, más de 500 tenían como destino o punto de partida EE UU. Las principales compañías aéreas, como Delta y United Airlines, acusan una oleada de contagios en sus plantillas, lo que les ha obligado a suspender 100 y 150 vuelos, respectivamente, en 24 horas. Solo American Airlines mantiene de momento sus operaciones prácticamente intactas.

Este sábado se cancelarán 269 vuelos, entre trayectos internos e internacionales con origen o destino en EE UU, según la citada web. Delta ha explicado en un comunicado que “ha agotado todas las opciones y los recursos” para mantener los planes de vuelo, sin resultado. United Airlines se escuda en el “impacto directo de la variante ómicron” en sus “tripulaciones y el personal que dirige las operaciones”. (...)"       (María a. Sánchez, El País, 24/12/21)

 

"La variante ómicron se ha ensañado con el Reino Unido. Mientras el Gobierno de Boris Johnson debate si se deben imponer nuevas restricciones después del día de Navidad, como han anunciado ya los ejecutivos de Escocia, Gales e Irlanda del Norte, la fatídica senda de contagios ha dejado un panorama desolador de bajas de trabajadores. 

Las ausencias forzadas de personal en todos los sectores, desde hospitales a museos, teatros y servicios de transporte, están paralizando la vida al norte del canal de la Mancha, hasta derivar en un confinamiento de facto. No ha sido decretado oficialmente, pero tiene casi peores efectos: aboca al limbo a decenas de industrias sin la contrapartida de las ayudas públicas.

Hasta nuevo aviso, los restaurantes pueden abrir en su horario y capacidad habitual, los carteles de neón del West End londinense continúan encendidos y es posible viajar sin límites por todo el país, visitando a tantas personas como se desee. Pero esa es la teoría. La expansión del coronavirus ha supuesto un zarpazo en las plantillas de trabajadores y ha extendido el miedo en la ciudadanía.

El epicentro del caos aparece en la sanidad. Al Servicio Nacional de Salud (NHS, en sus siglas en inglés) se le viene encima una situación complicada. A la habitual campaña de invierno se le une que las plantillas de sanitarios han quedado diezmadas por el tsunami de la variante ómicron.

Aunque la Agencia de Seguridad de la Salud de Reino Unido revelaba el jueves en su esperado primer estudio sobre ómicron que quien contrae esta variante tiene entre un 50% y un 70% menos de posibilidades de hospitalización que la delta, su elevado índice de transmisibilidad la convierte en letal para los servicios sanitarios. La explicación es meramente matemática: incluso si el porcentaje de los que tienen que ser ingresados es sensiblemente menor que con otras variantes, cuando las cifras diarias están en cientos de miles de casos, el enrome incremento en hospitalizados puede amenazar al sistema sanitario. El organismo científico que asesora al Gobierno (SAGE, en sus siglas en inglés) lo dejaba claro esta semana, según las actas publicadas: la ómicron debería ser un 90% menos severa que la variante delta para evitar una oleada de hospitalizaciones similar a la que se ha vivido en los repuntes de casos vividos desde el inicio de la pandemia. (...)"                     (Eva Millán, El País, 25/12/21)

23.12.21

Los madrileños se autogestionan frente a la ola de contagios: sin test, aulas semivacías, menos tráfico y más cancelaciones... Los ciudadanos bajan el pistón ante la inacción política para contener la sexta oleada de la pandemia... La responsabilidad del ciudadano, frente a la del político. Ante la falta de iniciativas, autogestión

 "Los madrileños se autogestionan ante la inacción política de su Administración. Madrid ha notificado este martes 11.221 contagios, la cifra registrada más alta desde que comenzó la pandemia.

 El anterior récord de casos se registró el 19 de enero de este año, con 7.879. Mientras las infecciones aumentan y las Navidades en familia corren peligro, los ciudadanos han bajado el pistón, pese a que nadie en el Gobierno de la Comunidad de Madrid haya dado todavía el paso para contener la dispersión de la nueva variante del coronavirus en plena sexta ola. 

Los padres que pueden han decidido por su cuenta no llevar a sus hijos al colegio. Cada vez más directores de centros educativos han aconsejado a las familias que se queden en casa, o incluso que se lleven todos los materiales, por lo que pueda pasar en enero. La hostelería ha visto cómo se han cancelado entre el 30% y el 40% de las reservas en la última semana. El tráfico en la almendra central ha descendido un 6,8%.

 Los test de antígenos se han agotado en casi todas las farmacias. Y hasta una pareja de novios que se casaba el lunes pasado decidió a última hora celebrarlo sin invitados. La responsabilidad del ciudadano, frente a la del político. Ante la falta de iniciativas, autogestión:

(...)  Educación. Caos y medidas contradictorias

El viernes pasado comenzó la cuenta atrás. Los contagios aumentaban de manera vertiginosa en los colegios y el peligro de acabar confinados crecía a la misma velocidad. La Consejería de Educación anunció que la semana pasada había 365 aulas confinadas, lo que suponía 10.119 alumnos en cuarentena. Una semana después, las clases clausuradas han aumentado hasta 1.502 y los alumnos afectados a 39.446, según datos de Educación. Por eso mismo padres como Carlos García, el presidente de la asociación de familias del colegio público Palacio Valdés, decidió con antelación que el lunes pasado empezaban ya las vacaciones para su hijo de cinco años. No era un capricho, de 250 alumnos ya estaban confinados el 30% y en el chat de padres las bajas voluntarias iban en aumento. “Es injusto, porque al final solo lo hacemos los que podemos teletrabajar o los que tienen servicio doméstico”, explica.

Los centros también empezaron a actuar por su cuenta. En el Plácido Domingo, por ejemplo, esta semana ya había cuatro aulas confinadas (100 alumnos) y de los 825 estudiantes no acudieron a clase el lunes 175. Por eso mismo la dirección no se cortó en mandar una circular a los padres en la que pedían que se llevaran, además, todos los materiales que acumulaban en las aulas, porque en enero no sabían lo que iba a pasar. El Ramiro de Maeztu, lo mismo. Es más, el propio centro explicó en un escrito que ante la expansión del virus (tenían siete aulas confinadas) habían pedido a la Consejería de Educación cerrar el centro, pero no se lo habian permitido. Así que animaron a los padres a hacer lo que consideraran oportuno. El lunes apenas hubo niños en el colegio. Nada que ver con el instituto Gabriela Mistral, de Arroyomolinos, donde una profesora amenazó a los alumnos de segundo de Secundaria: si no iban, les pondría un parte.

“Es un caos”, dice Carmen Morillas, presidenta de la FAPA Giner de los Ríos, que aglutina a más de 900 asociaciones de padres. “Hemos llamado a la Consejería para preguntarles si no van a hacer un comunicado y a explicar qué van a hacer y nos han dicho que no”, lamenta. Efectivamente, un portavoz de la Consejería de Educación ha respondido a EL PAÍS que “por el momento no se ha planteado un cambio de escenario”. De hecho, ha asegurado que “cualquier decisión que se tome en ese sentido se hará conforme a los criterios que marquen las autoridades sanitarias”.

Así que todo sigue igual. Y el caos se extiende. (...)

Transporte. Menos movilidad

Una forma de medir y tomar el pulso a la ciudad es a través de sus calles y sus autovías. Madrid últimamente había aumentado su tráfico en la mayoría de las arterias principales. Una de las primeras razones que argumentaron los expertos tras la vuelta del verano era el auge del coche en los meses de septiembre, octubre y noviembre. La causa principal: el rechazo de gran parte de los madrileños a subirse al transporte público.

Sin embargo, en estos últimos días, tal y como apuntan los datos de área de Medio Ambiente del Ayuntamiento de Madrid, la situación ha cambiado drásticamente. Si se miran los datos de tráfico de este lunes con respecto al anterior, se produjo un descenso en la M-30, la principal arteria que rodea a la ciudad, del 3,9%. En el interior de la M-30, lo que se conoce como la almendra central madrileña, del 6,8%, y del exterior del 6,1%. Veinticuatro horas después, la situación había variado el doble con respecto al martes pasado. En la M-30 el descenso llegaba ya al 10,8%, y tanto dentro como fuera de la M-30, era del 11%.

En el Metro la situación tampoco es muy diferente. Según los propios datos de la Consejería de Transportes de la región, este martes, hasta las ocho de la mañana, se habían subido a los vagones del suburbano madrileño 173.419 viajeros, un 34% más que hace un año. Sin embargo, la cifra es un 17% menor que la semana pasada. Es decir, uno de cada cinco usuarios que se subió entonces al Metro para ir a trabajar optó este martes por no cogerlo. Además, al cierre de este lunes, la caída con respecto al viernes pasado, el último día laborable de la semana, fue del 16%.

Hostelería y ocio. Caen las reservas

Tirar una caña en Madrid es una cuestión política desde el inicio de la pandemia. En la capital son cerca de 270.000 familias las que viven gracias a este negocio, que aporta el 4,6% del PIB a la ciudad. Los bares y restaurantes nunca se han cerrado en la región, salvo en la primera ola, durante el confinamiento generalizado en toda España. Estos últimos días, sobre todo el fin de semana, la mayoría de las terrazas del centro de Madrid sí que estaban prácticamente llenas, pero entre semana, las cancelaciones han aumentado cerca de un 30%, según datos de la Federación de Hosteleros de Madrid. “Nos ha afectado el incremento de contagios, sobre todo a partir del 15 de diciembre”, explica una portavoz. “Ahí la gente echó cuentas y vio que si se contagia se perdería Nochebuena por los 10 días de cuarentena. Creemos que la gente, con esto, se ha autogestionado en casa. Es indudable que la variante nueva es muy contagiosa”. Los hosteleros resaltan que este año les ha salvado la temporada el mes de noviembre. Estos días, recalcan, apenas quedan cenas de empresas, pero sí pequeños grupos de cuatro o cinco amigos, que todavía continúan reservando.

Grandes eventos. Si tienes una boda, tú decides

El lunes era el gran día para una pareja de novios que se casaba en el salón de plenos de la Junta de Chamartín. Preguntaron por las medidas y la respuesta les sorprendió: “Las restricciones de aforo fueron eliminadas, por tanto, pueden acudir invitados hasta completar aforo (178)”. Se reunieron, lo debatieron y primó la cordura. “Fuimos solo los testigos”, cuenta María, que acompañó a los novios. El resto de los invitados se quedó en casa.

Fuentes del Arzobispado de Madrid admiten que se están cancelando celebraciones de Navidad previstas para estos días, “como conciertos en parroquias y zambombas solidarias”. El culto y la celebración se mantienen, a la espera de lo que diga el Gobierno de Madrid.

Lo mismo pasa con las cabalgatas de Reyes y otros actos multitudinarios, como la carrera San Silvestre Vallecana o la celebración de las campanadas en la Puerta del Sol, pendientes de que las autoridades sanitarias de la región tomen finalmente alguna decisión al respecto."          (Berta FerreroManuel ViejoIsabel Valdés , El País, 22/12/21)

14.12.21

Somos un país impresionado por la gravedad de la crisis sanitaria, muy apegado a la sanidad pública, de ahí el éxito de la vacunación, menos polarizado por abajo que por arriba, y con ganas de seguir confiando en la utilidad de la política y que sigue creyendo en el bien común... Un 66% considera que lo mejor que puede hacer es ahorrar... Se acerca la Navidad y no hay ganas de tirar la casa por la ventana. He aquí una clave para entender por qué la economía española crece menos que en los otros países europeos. Hay miedo. Y hay ruido, mucho ruido de los medios de comunicación

 "En España se publican unas tres encuestas electorales a la semana, como mínimo. La mayoría de esos sondeos llevan la firma de empresas conocidas, pero algunos vete a saber de qué cajón habrán salido. Es una lluvia, no muy fina, que pretende asentar la idea de que a la legislatura le quedan cuatro días. No tiene otra explicación ese frenesí (...)

Es muy interesante seguir el Pulso de España que Metroscopia viene efectuando desde que empezó la epidemia, con periodicidad casi semanal y con preguntas muy precisas sobre el estado de ánimo de la ciudadanía y su opinión sobre el funcionamiento de los servicios públicos y la actuación de los gobernantes, desde la escala local al ático de la Unión Europea. 

De esos pulsos sale el retrato de un país impresionado por la gravedad de la crisis sanitaria, muy apegado a la sanidad pública –ahí tenemos el innegable éxito de la campaña de vacunación– , menos polarizado por abajo que por arriba, y con ganas de seguir creyendo en la utilidad de la política. Una política que le decepciona. Una sociedad asustada, sometida a la excitación de los medios y las cúpulas, que sigue creyendo en el bien común y que no ve claro el futuro.

El último Pulso de Metroscopia, de esta misma semana, nos dice que los españoles no se atreven a gastar pese a la evidente mejora de la situación sanitaria. El 92% se declara preocupado por la evolución de los precios. Un 81% no cree que el Gobierno tenga un plan claro al respecto. Un 66% considera que lo mejor que puede hacer ahora es ahorrar, aunque ello signifique vivir un poco peor. Los jóvenes tienen un plan: gastar menos. El 78% de las personas de entre 18 y 34 años milita en estos momentos en el Partido del Ahorro, tendencia que se reduce al 61% entre los mayores de 65 años. 

El ahorro tiene muchos adeptos, pero el 56% cree que conseguía ejercer mejor de cigarra hace medio año. Se acerca la Navidad y no hay ganas de tirar la casa por la ventana. He aquí una clave para entender por qué la economía española crece menos que en los otros países europeos. Hay miedo. Y hay ruido, mucho ruido.

La gente olfatea que el mundo aún se puede complicar más. Este invierno será largo y tenso. Pronto se manifestarán los policías y después habrá un paro de la patronal del transporte. Y se publicarán cinco encuestas cada semana."               (Enric Juliana, La Vanguardia, 17/11/21)

10.12.21

Esteban Hernández: las consecuencias políticas del descontento laboral: estamos entrando en la recuperación y aunque el paro sigue siendo muy elevado, comienza a llover menos... por otra parte, es en épocas de recuperación, en que la economía despega, cuando más reivindicaciones laborales existen... y además flota un humor diferente, como no puede ser de otra manera con una pandemia de por medio, que añade una carga de malestar adicional... En resumen, por más que el cuadro macro permita dibujar un buen gráfico, los números en muchos hogares no van a ser buenos, por lo que es natural que la conflictividad regrese... España necesita una opción económica sólida, precisa más trabajo y mejores salarios, y que empleados, autonómos y pymes tengan un futuro mucho más razonable. Con las soluciones actuales, seguiremos en la misma dinámica decadente. Necesitamos que la política encare el problema material de otra manera, que se vuelque en la economía productiva, y esta época se presta a hacerlo

 "La asignación de capital típica de nuestra economía provoca evidentes problemas en el ámbito del trabajo, un terreno esencial para la articulación de la vida social, pero que parece haber perdido peso político en los últimos tiempos. (...) 

Desde la izquierda, el trabajo se traduce en la reivindicación de aumentos salariales y en la mejora de las condiciones de realización de las tareas. Desde la derecha, se prefiere señalar que la manera de crear trabajo es flexibilizar el mercado, liberando de trabas a los empresarios para contratar y despedir. Ojalá fuera tan sencillo. 

En todo caso, esta manera de traducir las aspiraciones laborales suele favorecer, en lo conceptual, a la derecha, porque mientras unos señalan las mejoras necesarias para los trabajadores, otros hablan de la necesidad de crear empleo, y este es un momento en que el paro es elevado. Por así decir, el enfoque de la derecha aparece como más transversal.

Y los temas laborales benefician más a la derecha en la medida en que la izquierda, en particular la activista, parece incómoda con ellos. La última tendencia es lo que se ha llamado 'la gran dimisión', o 'la gran renuncia', un fenómeno principalmente anglosajón, que consiste en abandonar el puesto de trabajo a pesar de no tener otro, que ha sido muy celebrado. 

Es una visión algo torpe, en la medida que implica el tipo de blandenguería estructural a que la izquierda activista siempre ha sido tan aficionada. Marcharse del trabajo si las condiciones no son buenas puede ser una salida lógica, que no siempre acaba bien, pero se trata de una solución individual a un problema estructural.

 Quizá fuera más provechoso, si hay tantas personas quemadas, utilizar esa fuerza para cambiar las cosas; también la huelga implica renuncia a trabajar, pero con un propósito colectivo. Eso no significa que esa opción, individualmente considerada, sea mala, sino que es eso, individual. Y tomar la resignación como solución no parece el mejor camino.

Por más que el cuadro macro sea positivo, los números en muchos hogares no van a ser buenos: es natural que la conflictividad regrese.

(...) este momento va a ser socialmente complejo. Las cifras de empleo mejoran, estamos entrando en la recuperación y aunque el paro sigue siendo muy elevado, comienza a llover menos. Por otra parte, es en épocas de recuperación, en que la economía despega, cuando más reivindicaciones laborales existen. Y dado que los salarios suelen ser escasos, y hemos entrado en una dinámica inflacionaria, sea temporal o no, será lógico que la conflictividad aumente. 

Así lo han anunciado los sindicatos, y diferentes colectivos del transporte y del campo han mostrado ya su descontento. Y además flota un humor diferente, como no puede ser de otra manera con una pandemia de por medio, que añade una carga de malestar adicional. En resumen, por más que el cuadro macro permita dibujar un buen gráfico, los números en muchos hogares no van a ser buenos, por lo que es natural que la conflictividad regrese.

 Para que la recuperación sea realmente plena y alcance todos los estratos de la sociedad, tendríamos que poner mucho más foco en el trabajo, porque es la principal fuente de ingresos de una gran mayoría de españoles, porque nuclea nuestro tiempo de vida, por su presencia o por su ausencia, y porque, y suele olvidarse, es la base de la economía productiva, aquella en la que se apoyan todas las apuestas financieras que circulan por encima. Sin embargo, el trabajo es un espacio que resulta difícil de abordar.

1. La batalla entre pymes y trabajadores

Una primera contradicción que aparece en el examen del trabajo, con consecuencias políticas y económicas, es la capacidad para generar conflictos entre estratos que deberían entender que sus intereses son comunes. La huelga de Cádiz es un ejemplo. Recordemos que se trata de un conflicto entre los trabajadores de las empresas auxiliares y estas. Es decir, firmas que dependen de otras de mucho mayor tamaño, que son las que finalmente abonan las tareas. En esa cadena se ha producido una rebaja general de costes, de manera que la empresa mayor presiona a las subcontratadas a la baja, y estas desplazan la misma acción hacia sus empleados, lo que da lugar a peores condiciones y peores salarios, hasta que la situación se vuelve insoportable y estalla el conflicto.

 Se trata de una fórmula muy habitual: en sectores como el transporte o en el campo, muchos de los empresarios dependen de su inserción en cadenas que les presionan permanentemente para que afinen los costes. Muchos de ellos, más que propietarios, son proletarios que aportan los medios de producción. Transportistas endeudados por la compra de su vehículo (una preciosa narración al respecto aparece en ‘Sorry, we missed you’, de Ken Loach), agricultores o comerciantes endeudados, que cada vez tienen menos margen. No son ejemplos aislados: ocurre en sectores como la construcción, con elevada externalización, y se ha prolongado en muchos otros. E incluso en aquellas pequeñas empresas que no están insertas en cadenas, viven en la misma dinámica: el bar, el negocio español por excelencia, es un buen ejemplo. De esos modelos y de lo perniciosos que resultan ya hemos hablado aquí y aquí.

 Todas estas empresas, que son las que más trabajo dan en España, resultan especialmente sensibles a las subidas de costes fijos, y ahora es el momento en que esos incrementos se están produciendo, ya sea por el combustible, por las materias primas, por la electricidad o por el transporte. Dado que estas empresas se ven presionadas por arriba y por abajo, es probable que sean las que paguen el coste de la recuperación. De momento, y al contrario que a las grandes, la pandemia les ha dejado con más deuda, y en el mejor de los casos, con pérdida de ingresos. Los pequeños empresarios y los autónomos no lo van a pasar bien en los tiempos que vienen, salvo que las cosas cambien.

 La idea general desde la derecha, y la suscribe buena parte del Gobierno, es que resulta necesario un cambio de modelo, que las pequeñas empresas deben crecer o desaparecer, ya que son ineficientes; desde la izquierda, simplemente señalan que están obligadas a subir los salarios. Pero ninguna de ambas propuestas parece una solución, más bien se trata de una condena.

En ese escenario, aparece la presión desde la izquierda para que suban los salarios y aumenten las cotizaciones, y eso explica la tensión en estos sectores respecto del SMI. Es un problema muy difícil de solucionar si se enfoca el asunto desde las partes, porque los trabajadores exigen algo muy razonable y las pequeñas empresas insisten en que no tienen margen, y estructuralmente tienen razón, ya que en esta etapa del capitalismo, y una vez que el factor trabajo fue sofocado mediante deslocalizaciones y externalizaciones, les ha llegado el turno a las pymes, que son las que están siendo presionadas. Solo contemplando el mercado en su totalidad y operando sobre las condiciones estructurales ambas partes podrían encontrar una solución.(...)

Díaz Ayuso consiguió que la votasen los propietarios del bar, los clientes y los camareros, que necesitaban trabajar para llegar a fin de mes. (...)

2. Los profesionales y los excluidos

La segunda contradicción en el ámbito laboral prolonga la primera, en la medida en que se trata de un entorno muy fragmentado, con situaciones muy dispares, donde el hecho de ejercer una profesión determinada no otorga un lugar social ni un nivel económico: un arquitecto o un abogado pueden contar con ingresos muy precarios mientras que otros pertenecen a las clases más altas, y un cocinero cobrar el salario mínimo o uno muy elevado. (...)

Todo este panorama supone que, como efecto de la errónea asignación de capital y del dominio de lo financiero, exista un mercado laboral de dos direcciones, en el que la mayor parte de los empleados sale perdiendo. (...)

Esa divergencia opera también en el ámbito territorial, que es el otro gran efecto de la deslocalización y de la externalización. Las ciudades globales aspiran la gran mayoría de los recursos disponibles, mientras las pequeñas y las intermedias viven momentos de decadencia. En el caso español, nuestra ciudad global por excelencia, Madrid, concentra la mayoría de la actividad, Barcelona y el País Vasco consiguen captar parte de ella, mientras que el resto de las comunidades autónomas van hacia abajo. Salvo algunos focos, y ahora ocurre en Valencia y Málaga, el trabajo que se encuentra en los territorios olvidados está peor retribuido que el empleo similar en las grandes ciudades. (...)

¿Sirve una simple apelación a mejores salarios o a mejores condiciones laborales para que esas situaciones tan ancladas en elementos culturales, ya sea de clase o territoriales, puedan orientar su voto hacia fuerzas políticas concretas? Es poco probable. Y esto perjudica especialmente a la izquierda, ya que salvo en las comunidades donde el nacionalismo está más implantado, la posibilidad de unir identidad y clase es algo que no han sabido hacer, mientras que a la derecha le resulta mucho más sencillo. Quizá por ello han logrado reconstruir su opción política orientándola hacia la burguesía bohemia, lo que les hace ver el trabajo como secundario respecto a las opciones culturales que cultiva su clase, ya que aspiran a una sociedad más ecológica, inclusiva, diversa y con tiempo de ocio; es más importante este que el trabajo, que no genera identidad por sí mismo.

Todo este contexto haría difícil que la izquierda se centrase en el trabajo como opción política, que un partido laborista tuviese recorrido, porque podría perder por los dos lados. Los tiempos electorales que vienen serán muy distintos dependiendo de que la recuperación sea sólida o no; en el primer caso, los réditos irían a parar al PSOE, y en el segundo, si la derecha sabe aprovechar sus bazas, tanto el PP como Vox podrían obtener muchos votos. No porque tengan grandes recetas, porque el mismo PP sigue anclado en su programa de hace una década y media, sino porque pueden encontrar una receptividad mayor entre la población. En general, la economía suele ser un terreno favorable a la derecha, y siendo oposición en un momento de crisis, más todavía.

3. Una solución es necesaria

Puede ser que, en este escenario, la izquierda tenga la tentación de olvidarse de plantear la batalla en términos económicos, e insistir en otras variables. (...)

Pero es también una idea errónea que la derecha siga insistiendo en reformas del mercado laboral como solución mágica, o que crea que la digitalización es el camino de salida, cuando va a destruir empleos. El trabajo y los recursos van a ser muy importantes en los próximos tiempos, y esta relevancia se manifiesta de continuo en la conflictividad laboral, en las dificultades en las pequeñas empresas y en el malestar de la España Vaciada y de sus ciudades pequeñas e intermedias. En poblaciones que ven el futuro con incertidumbre y el presente con descontento, las soluciones materiales resultan imprescindibles.

Sería necesario que los partidos comenzasen a tomarse el problema en serio, a afrontarlo de verdad, y que lo hagan saliéndose de los lugares comunes en que se mueven. España necesita una opción económica sólida, precisa más trabajo y mejores salarios, y que empleados, autonómos y pymes tengan un futuro mucho más razonable. Con las soluciones actuales, seguiremos en la misma dinámica decadente. Necesitamos que la política encare el problema material de otra manera, que se vuelque en la economía productiva, y esta época se presta a hacerlo."                 (Esteban Hernández, El Confidencial, 03/12/21)

7.12.21

La pandemia aumenta la asistencia psicológica entre los sanitarios en un 30%... mientras, Las imágenes de una población que quiere pasar página y vivir sin limitaciones de ningún tipo cada vez son más frecuentes

"Si algún colectivo es conocedor de la magnitud de la tragedia sanitaria que llevamos viviendo los dos últimos años este es sin duda el de los profesionales de la salud. Prueba de ello es que entre los sanitarios ha aumentado la demanda de atención psicológica un 30% respecto a antes de la llegada de la pandemia de Covid-19. Son datos que ha hecho públicos la Televisión Catalana. Facilitados por Galatea, el centro de salud mental creado específicamente para atender a profesionales de la salud.

Estrés

La profesión sanitaria tuvo que enfrentarse a un reto sin precedentes con pocos medios y menos información. Las situaciones de estrés de un colectivo que veía como los hospitales y las UCI se llenaban de enfermos no paraban de aumentar. Pero a pesar de todo estuvieron ahí y contaron con el respaldo de una población que se quedaba en casa y que aplaudía cada tarde el arrojo y la profesionalidad de los sanitarios.

La sociedad se relaja

Pero a medida que ha ido pasando el tiempo la sociedad se ha ido relajando y cuestionando aspectos como el de las medidas de limitación de la movilidad o la vacunación. Las imágenes de una población que quiere pasar página y vivir sin limitaciones de ningún tipo cada vez son más frecuentes. Pero, con más de un centenar de médicos fallecidos por Covid-19 en España, los profesionales de la salud tienen que seguir estando ahí para luchar con un virus que está lejos de desaparecer.

Cuesta pedir ayuda

Pero un dato es la cantidad de personal sanitario que pide ayuda psicológica y otra el número de profesionales que necesitan este tipo de atención: “A las personas por lo general nos cuesta pedir ayuda, pero al profesional sanitario está estudiado que le cuesta mucho más aceptar que diferentes áreas de su vida se vayan rompiendo o deteriorando más de la cuenta.” explicaba en una entrevista a la Televisión Catalana Meritxell Heredia Estañol, psicóloga de la Clínica Galatea."                (David Álvarez, diario16, 06/12/21)

4.11.21

Covid en España: superados los efectos emocionales y psicológicos de la pandemia con nota

 "Los españoles somos ejemplo de resiliencia, pero no todos. En primavera, superado lo peor de la pandemia, más del 94 % de los encuestados por el Observatorio de Intangibles y Calidad de Vida reconocían sentirse muy afectados en sus condiciones vitales. Sin embargo, el efecto negativo final estimado fue solo del 2,6 %, y la variación en su felicidad respecto del año pasado se traducía en 1,3 puntos a la baja. A pesar de todo, el impacto apenas ha rozado nuestras vidas.

Parece que esta es la tónica mundial. Entre las primeras conclusiones del informe sobre la felicidad de Naciones Unidas, publicado a fines de marzo con datos de 2020, los países en lo más alto del ranking permanecen en similares posiciones, a pesar de la pandemia. Pero incluso en el caso de España subíamos 3 escalones hasta el puesto 24.

Los más vulnerables

Interesa conocer quiénes fueron más perjudicados, cuáles son sus características e incluso su concentración geográfica, si existe.

Son también muchos los informes que coinciden en destacar una mala calidad en salud mental tras la covid-19, con desigual reparto por edades. Pero lo curioso es observar que no solo nuestros mayores son los afectados, ni los que cuentan con mayor gravedad. De hecho, la “U” de la felicidad trazada por edades en nuestra vida se rompe en 2021 claramente en los más jóvenes.

 Son ellos los que se confiesan más afectados en su calidad de vida, los que cuentan con relaciones personales más dañadas, peores trabajos y rentas, es decir, un cóctel perfecto que los convierte en los más vulnerables socialmente.

Vemos en el gráfico cómo entre los resultados alcanzados en felicidad, los menores de 29 años presentan los valores más bajos, tradicionalmente tan elevados como sus abuelos.

 Entre las características de los peor parados sobresale la soledad en esta crisis sanitaria. Los solteros, incluso los divorciados, se han visto significativamente más afectados en su calidad de vida. El aislamiento y confinamientos sociales, unidos a vidas más independientes, en los que el entorno más próximo es más volátil, resultan de una menor satisfacción con la vida. Se trata, pues, de un efecto demoledor que provoca la pandemia frente a los que viven o han vivido en pareja.

La situación laboral activa, junto al reconocimiento de los compañeros por el trabajo desarrollado y la felicidad al ejecutarlo constituyen otra llave importante para alcanzar la felicidad en los ciudadanos. En este caso, el desempleo ha sido quizá la mayor barrera para superar la covid-19. Entre las soluciones aportadas, el teletrabajo no parece que sea una medida que haya venido para quedarse de una forma generalizada. Los trabajadores españoles añoran las relaciones sociales en su conjunto rechazándolo mayoritariamente, en especial, en sectores clave de servicios como la sanidad o la educación.

Por último, agregados geográficamente los resultados del casi millar de encuestas realizadas, esta vez han sido las comunidades autónomas del norte de la península las más afectadas negativamente. En el lado contrario están las del centro. Los pueblos de la España vaciada han perdido la ventaja inicial, quedando sin diferencias significativas en calidad de vida, tan solo mantienen mejores indicadores en variables de seguridad y sostenibilidad los municipios de 1 000 a 5 000 habitantes.

El modelo de la felicidad

Desde el Observatorio venimos trabajando en el modelo de la felicidad a partir de un conjunto de variables sociales e individuales, cuantificando las claves para lograr este estado (ver ilustración). 

 Así pues, todo individuo cuenta con dos grandes esferas para alcanzar un estado de felicidad gregario total. Estos ámbitos son: el personal o del individuo y el gregario o social.

Pues bien, a través de un modelo matemático identificamos los principales factores que contribuyen al estado de felicidad social, que además cuantificamos en un 59 % de la influencia en el estado de felicidad total (lo que supone el 41 % para el personal). Este valor social se distribuye en España para 2021, de acuerdo con las respuestas suministradas, entre los siguientes factores y pesos:

  1. Situación familiar del individuo (38,6 %).
  2. Cultura y Deporte: desarrollo y actividades (12,1 %).
  3. Felicidad: realización y reconocimiento por el individuo en el trabajo (11,9 %).
  4. Seguridad en el entorno de vida o lugar de residencia (8 %).
  5. Confianza en el vecindario (5,6 %).
  6. Situación económico-financiera del individuo (4,4 %).
  7. Contaminación, sostenibilidad del entorno (3,8 %).
  8. Efecto de la covid-19 en calidad de vida (-2,6 %).
  9. Otros efectos: políticas de bienestar (sanidad, educación, transporte, vivienda) e inercia de años anteriores (18,2 %).

Resiliencia ciudadana

Ciertamente, a pesar de las cifras devastadoras de la pandemia, dentro de los efectos significativos para optimización de la calidad de vida resulta que la enfermedad del coronavirus es la menos importante, en valor, dentro del estado gregario o social. Es decir, la sociedad española presenta un altísimo nivel de superación de esta crisis sanitaria, que nos conduce incluso a alcanzar a otros países en el ranking mundial por nuestro estado de felicidad ciudadana.

En general, superamos con nota esta pandemia, relativizando sus efectos ante las claves de nuestra calidad de vida, apenas un punto porcentual menos que en 2020.

No obstante, concluyendo, contamos con un porcentaje del estado individual estimado del 41 % en donde la salud mental es uno de los factores relevantes. En esta situación, son los jóvenes menores de 29 años, con empleos de baja calidad o en desempleo, el perfil más estigmatizado por la pandemia que, sin duda, habrá que tratar como sociedad por el beneficio o interés común en el largo plazo."             

( Catedrático de Universidad en Economía Aplicada (Econometría), Universidad de Castilla-La Mancha, Catedrático de Economía Financiera y Contabilidad, Universidad de Castilla-La Mancha, Catedrático de Universidad en Economía Aplicada (Estadística), Universidad de Castilla-La Mancha, Profesor Ayudante Doctor, Universidad de Castilla-La Mancha, The Conversation, 01/11/21)

31.8.21

La muerte sin duelo: cómo la pandemia ha transformado la percepción del fallecimiento... Las cifras de víctimas difundidas a diario, mezcladas con la falta de duelos públicos durante meses y con la casi total ausencia de imágenes de fallecidos han producido un efecto de anestesia...

 "Como ocurre durante una guerra, una pandemia obliga a aprender a convivir con la muerte. El primer fallecido oficial por coronavirus en España fue un viajero proveniente de Nepal, el 13 de febrero de 2020, aunque se descubrió bastante tiempo después.

 Para muchos la enfermedad era todavía un rumor lejano, que se iba extendiendo desde el otro lado del mundo, pero que no se había convertido aún en una espeluznante realidad que iba a paralizar las vidas. Sin embargo, a partir del 3 de marzo, empieza el conteo oficial y las cifras suben rápidamente: el número de hospitalizados, de ingresados en las UCI y de víctimas mortales irrumpen en la contidianidad y se convierten en una rutina siniestra, diaria, de números.

 Las peores jornadas se vivieron entre el 30 de marzo y el 4 de abril cuando, según los recuentos oficiales, se superaron los 900 decesos diarios. Eran cifras que llegaban cuando todavía no había mascarillas disponibles, ni gel hidroalcohólico, ni respiradores suficientes, ni se conocía bien la enfermedad y todos estábamos encerrados en nuestras casas, pendientes obsesivamente de unas noticias que parecían provenir de otro tiempo, incluso de otro país. Era como si la realidad le ocurriese a otras personas. 

El mundo había vivido guerras, desastres, cataclismos y atentados masivos, pero era la primera pandemia de esas dimensiones en un siglo. Según los datos oficiales, más 80.000 personas han muerto por la covid en España. Nadie duda de que los datos reales son muy superiores. (...)

Pese al goteo diario, se ha tratado de una muerte ausente y lejana, salvo para aquellos que la han sufrido directamente en sus familias, un 11,7% de los españoles, según una encuesta del CIS de febrero. “Las pandemias, y en general las catástrofes naturales, se viven de forma diferente a atentados como el 11-M o el 11-S”, explica Víctor Pérez, psiquiatra del Hospital del Mar de Barcelona y presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría Biológica, además de investigador principal de Cibersam. “Los primeros días nos atormentábamos por 100 fallecidos y, poco tiempo después, morían casi 1.000 personas al día y llegamos a acostumbrarnos. 

 Había jornadas que eran como si se hubiesen estrellado varios aviones y, de alguna manera, esos golpes no te crujían como al principio. Cuando las causas son naturales, la tolerancia es bastante mejor. Cuando es por la mano del hombre puedes generar odio, ver un culpable, pero en las catástrofes naturales es muy difícil”.

Rituales funerarios

La muerte, en todas las culturas del mundo, está codificada a través de rituales más o menos complejos, en los que la sociedad se reconoce y consuela. En algunos lugares, de forma muy radical, como entre los Toraja de Indonesia, que sacan a pasear a sus fallecidos y les dejan secarse al sol en sus ataúdes y se fotografían con ellos años después de su fallecimiento.

 En muchos países occidentales, ser acompañados en el duelo es un ritual esencial para los allegados en su despedida. La prohibición, por miedo al contagio, de los funerales y velatorios durante la primera ola fue, para Víctor Pérez, el error que lamenta más profundamente de aquellas primeras semanas de pandemia.

“Fue una línea roja que no debimos cruzar”, explica el psiquiatra del Hospital del Mar, sobre la prohibición de funerales y velatorios durante el estado de alarma. “Asustados por el contagio, por la falta de trajes de protección, el comité de crisis del hospital decidió que no se permitía algo que culturalmente es sagrado, como es el duelo y el hecho de que la familia pueda estar cerca. Es lo que más me ha quitado el sueño, a mí y a los que estábamos en ese comité.

 No murieron solos, porque el personal de enfermería hizo un trabajo espectacular, pero pagaba un precio enorme. Algo no estábamos haciendo bien cuando nos saltamos una de las cosas más sagradas que tenemos en la sociedad. Ahora estamos intentando evaluar qué repercusiones tuvo en el duelo poder despedirse o no”.

 Las cifras de víctimas difundidas a diario, mezcladas con la falta de duelos públicos durante meses y con la casi total ausencia de imágenes de fallecidos han producido un efecto de anestesia. Paradójicamente, la muerte ha estado más presente que nunca en los últimos tiempos y, a la vez, socialmente ausente salvo para aquellos que no la han sufrido en su primer círculo.

María Ángeles Durán, catedrática de Sociología y profesora de Investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) que ha publicado trabajos sobre la sociología de la muerte, señala: “Parte de la anestesia se ha producido porque se trata de cifras muy concentradas en gente mayor y con patologías. Mucha gente pensaba ‘yo no soy como los que se están muriendo, no corro tanto peligro’. Sí hubo algunos momentos de mucho miedo al principio, sobre todo en los primeros momentos cuando no había respiradores y se llenaron las UCI”.

 “La pandemia ha traído un cambio no tanto en nuestra relación con la muerte”, prosigue Durán, “como con la vulnerabilidad y la fragilidad: de nuestros empleos, en la capacidad de la ciencia, en nuestras organizaciones políticas y sociales. Aunque la fe casi religiosa en la ciencia se ha recuperado en parte con las vacunas, ha quedado la sensación de que la medicina no nos protege de todo”.

 “Una sociedad se puede acostumbrar a que muera tanta gente”, explica esta socióloga, que recuerda que el gran escritor portugués Miguel Torga relataba que, en su juventud, había dos tipos de toques a muerte: por una persona adulta, y se paraba el trabajo en el campo, y por un niño, y entonces se seguía laborando como si nada, porque la mortalidad infantil era muy elevada.

La pandemia ha roto una tendencia que, desde hace más de medio siglo, se había asentado en Occidente: el alejamiento de la muerte. Vivimos en una sociedad que, como escribió el historiador francés Philippe Ariès en su clásico Historia de la muerte en Occidente (Acantilado), ha intentado “domesticar” a la muerte y que prefiere no hablar de este tema. En inglés, es casi una grosería incluso nombrarla y se utiliza la expresión “pass away”, algo así como “pasar más allá”, para no recurrir a la palabra maldita.

“Es morboso, hacemos como si no existiese”, escribe Arriès. “Solo hay personas que desaparecen y de las que no hablamos. Hablaremos más tarde, cuando hayamos olvidado que están muertos”, prosigue. Por otro lado, la muerte también provoca una mezcla de miedo y fascinación: casi siempre se cuela en las listas de libros más vendidos y está presente en los cuentos y películas infantiles (de Bambi a El rey León). Pero se trata de fallecimientos individuales e identificados con accidentes, ataques o enfermedades que todavía siguen derrotando a la medicina. La pandemia, sin embargo, nos ha arrastrado a unos tiempos en los que la muerte formaba parte de la vida cotidiana: con el coronavirus irrumpió con una presencia desconocida en Occidente desde hace décadas.

Actitud ante la muerte

“Durante la anterior pandemia, la actitud ante la muerte era muy diferente”, sostiene la escritora y periodista Laura Spinney, autora de El jinete pálido, un libro sobre la mal llamada gripe española, que causó entre 50 y 100 millones de muertos entre 1918 y 1920, justo después de la Primera Guerra Mundial. “Se trataba de una época anterior a los antibióticos, cuando las infecciones mataban a muchísima gente. Las enfermedades mortales son ahora muy diferentes y la esperanza de vida es mucho más elevada. La gente estaba entonces muy acostumbrada a la muerte, incluso a la de sus hijos. No es que fuese menos trágica, pero ocurría mucho. Existía menos temor a la muerte, porque formaba parte de la vida”.

Todo esto no quiere decir que el miedo a la muerte no haya estado muy presente en la sociedad durante los largos meses de la covid-19. La citada encuesta del CIS sobre la salud mental de los españoles durante la pandemia revelaba que el 23,4% de la población había sentido mucho o bastante “miedo a morir debido al coronavirus”, un 18,4% entre los hombres y un 28,3% entre las mujeres. Por edad, los que más miedo han sentido a morir fueron las personas de 55 a 64 años (un 26,2%). En cambio, una encuesta del CIS de 2002 señalaba que la muerte no estaba entre los principales pensamientos de los españoles: solo el 14,1% de la población pensaba en ella de manera muy frecuente y el 18,6% nunca pensaban en ella.

 La pandemia ha roto no solo un tabú, sino una falsa sensación de seguridad, que alejaba cada vez más a la muerte de la mayor parte de nuestra vida. La escritora y ensayista francesa Simone de Beauvoir dedicó un libro al fallecimiento de su madre, Una muerte muy dulce, en el que reflexiona sobre cómo siempre había pensado que el fallecimiento de las personas mayores formaba parte de la vida y no entendía el dolor de amigos suyos cuando fallecían sus padres en la vejez. Sin embargo, explica Beauvoir, todas sus teorías se derrumbaron cuando fue su madre la que murió. 

La pandemia ha obligado a miles de familias a pasar por esa experiencia brutal. “No morimos de haber nacido, ni de haber vivido, ni de vejez. Morimos de algo”, escribe Beauvoir. “No hay una muerte natural: nada de lo que ocurre al hombre es natural porque su sola presencia pone la naturaleza en cuestión. Todos los hombres son mortales, pero para cada uno su muerte es un accidente e, incluso si la conoce y consiente, una violencia inusitada”. Pese al éxito de la campaña de vacunación, esa violencia no se ha detenido."                                 (Guillermo Altares, El País, 29/08/21)