"La asignación de capital típica de nuestra economía provoca evidentes problemas en el ámbito del trabajo, un terreno esencial para la articulación de la vida social, pero que parece haber perdido peso político en los últimos tiempos. (...)
Desde la izquierda, el trabajo se traduce en la reivindicación
de aumentos salariales y en la mejora de las condiciones de realización
de las tareas. Desde la derecha, se prefiere señalar que la manera de
crear trabajo es flexibilizar el mercado, liberando de trabas a los
empresarios para contratar y despedir. Ojalá fuera tan sencillo.
En todo
caso, esta manera de traducir las aspiraciones laborales suele favorecer, en lo conceptual, a la derecha,
porque mientras unos señalan las mejoras necesarias para los
trabajadores, otros hablan de la necesidad de crear empleo, y este es un
momento en que el paro es elevado. Por así decir, el enfoque de la
derecha aparece como más transversal.
Y los temas laborales benefician más a la derecha en la medida en que la izquierda, en particular la activista, parece incómoda con ellos. La última tendencia es lo que se ha llamado 'la gran dimisión',
o 'la gran renuncia', un fenómeno principalmente anglosajón, que
consiste en abandonar el puesto de trabajo a pesar de no tener otro, que
ha sido muy celebrado.
Es una visión algo torpe, en la medida que implica el tipo de blandenguería estructural a que la izquierda activista siempre ha sido tan aficionada.
Marcharse del trabajo si las condiciones no son buenas puede ser una
salida lógica, que no siempre acaba bien, pero se trata de una solución
individual a un problema estructural.
Quizá fuera más provechoso, si hay
tantas personas quemadas, utilizar esa fuerza para cambiar las cosas;
también la huelga implica renuncia a trabajar, pero con un propósito
colectivo. Eso no significa que esa opción, individualmente considerada,
sea mala, sino que es eso, individual. Y tomar la resignación como
solución no parece el mejor camino.
Por más que el cuadro
macro sea positivo, los números en muchos hogares no van a ser buenos:
es natural que la conflictividad regrese.
(...) este momento va a ser socialmente complejo. Las cifras de empleo
mejoran, estamos entrando en la recuperación y aunque el paro sigue
siendo muy elevado, comienza a llover menos. Por otra parte, es en
épocas de recuperación, en que la economía despega, cuando más
reivindicaciones laborales existen. Y dado que los salarios suelen ser
escasos, y hemos entrado en una dinámica inflacionaria, sea temporal o
no, será lógico que la conflictividad aumente.
Así lo han anunciado los sindicatos, y diferentes colectivos del transporte y del campo han mostrado ya su descontento.
Y además flota un humor diferente, como no puede ser de otra manera con
una pandemia de por medio, que añade una carga de malestar adicional.
En resumen, por más que el cuadro macro permita dibujar un buen gráfico,
los números en muchos hogares no van a ser buenos, por lo que es natural que la conflictividad regrese.
Para que la recuperación sea realmente plena y alcance todos los estratos de la sociedad, tendríamos que poner mucho más foco en el trabajo, porque es la principal fuente de ingresos
de una gran mayoría de españoles, porque nuclea nuestro tiempo de vida,
por su presencia o por su ausencia, y porque, y suele olvidarse, es la
base de la economía productiva, aquella en la que se apoyan todas las
apuestas financieras que circulan por encima. Sin embargo, el trabajo es
un espacio que resulta difícil de abordar.
1. La batalla entre pymes y trabajadores
Una primera contradicción que aparece en el examen del trabajo, con
consecuencias políticas y económicas, es la capacidad para generar
conflictos entre estratos que deberían entender que sus intereses son
comunes. La huelga de Cádiz es un ejemplo.
Recordemos que se trata de un conflicto entre los trabajadores de las
empresas auxiliares y estas. Es decir, firmas que dependen de otras de
mucho mayor tamaño, que son las que finalmente abonan las tareas. En esa
cadena se ha producido una rebaja general de costes, de manera que la
empresa mayor presiona a las subcontratadas a la baja, y estas desplazan
la misma acción hacia sus empleados, lo que da lugar a peores
condiciones y peores salarios, hasta que la situación se vuelve insoportable y estalla el conflicto.
Se trata de una fórmula muy habitual: en sectores como el transporte o
en el campo, muchos de los empresarios dependen de su inserción en
cadenas que les presionan permanentemente para que afinen los costes.
Muchos de ellos, más que propietarios, son proletarios que aportan los
medios de producción. Transportistas endeudados por la compra de su
vehículo (una preciosa narración al respecto aparece en ‘Sorry, we missed you’, de Ken Loach),
agricultores o comerciantes endeudados, que cada vez tienen menos
margen. No son ejemplos aislados: ocurre en sectores como la
construcción, con elevada externalización, y se ha prolongado en muchos
otros. E incluso en aquellas pequeñas empresas que no están insertas en
cadenas, viven en la misma dinámica: el bar, el negocio español por
excelencia, es un buen ejemplo. De esos modelos y de lo perniciosos que
resultan ya hemos hablado aquí y aquí.
Todas estas empresas, que son las que más trabajo dan en España, resultan especialmente sensibles a las subidas de costes fijos,
y ahora es el momento en que esos incrementos se están produciendo, ya
sea por el combustible, por las materias primas, por la electricidad o
por el transporte. Dado que estas empresas se ven presionadas por arriba
y por abajo, es probable que sean las que paguen el coste de la
recuperación. De momento, y al contrario que a las grandes, la pandemia
les ha dejado con más deuda, y en el mejor de los casos, con pérdida de
ingresos. Los pequeños empresarios y los autónomos no lo van a pasar bien en los tiempos que vienen, salvo que las cosas cambien.
La idea general desde la derecha, y la suscribe buena parte del
Gobierno, es que resulta necesario un cambio de modelo, que las pequeñas
empresas deben crecer o desaparecer, ya que son ineficientes; desde la izquierda, simplemente señalan que están obligadas a subir los salarios. Pero ninguna de ambas propuestas parece una solución, más bien se trata de una condena.
En ese escenario, aparece la presión desde la izquierda para que suban
los salarios y aumenten las cotizaciones, y eso explica la tensión en
estos sectores respecto del SMI. Es un problema muy difícil de
solucionar si se enfoca el asunto desde las partes, porque los
trabajadores exigen algo muy razonable y las pequeñas empresas insisten
en que no tienen margen, y estructuralmente tienen razón,
ya que en esta etapa del capitalismo, y una vez que el factor trabajo
fue sofocado mediante deslocalizaciones y externalizaciones, les ha
llegado el turno a las pymes, que son las que están siendo presionadas.
Solo contemplando el mercado en su totalidad y operando sobre las
condiciones estructurales ambas partes podrían encontrar una solución.(...)
Díaz Ayuso consiguió que la votasen los propietarios del bar, los
clientes y los camareros, que necesitaban trabajar para llegar a fin de
mes. (...)
2. Los profesionales y los excluidos
La segunda
contradicción en el ámbito laboral prolonga la primera, en la medida en
que se trata de un entorno muy fragmentado, con situaciones muy
dispares, donde el hecho de ejercer una profesión determinada no otorga
un lugar social ni un nivel económico: un arquitecto o un abogado pueden
contar con ingresos muy precarios mientras que otros pertenecen a las
clases más altas, y un cocinero cobrar el salario mínimo o uno muy
elevado. (...)
Todo este panorama supone que, como efecto de la errónea asignación de
capital y del dominio de lo financiero, exista un mercado laboral de dos
direcciones, en el que la mayor parte de los empleados sale perdiendo. (...)
Esa divergencia opera también en el ámbito territorial, que es el otro gran efecto de la deslocalización y de la externalización. Las ciudades globales aspiran la gran mayoría de los recursos disponibles, mientras las pequeñas y las intermedias viven momentos de decadencia. En el caso español, nuestra ciudad global por excelencia, Madrid, concentra la mayoría de la actividad,
Barcelona y el País Vasco consiguen captar parte de ella, mientras que
el resto de las comunidades autónomas van hacia abajo. Salvo algunos
focos, y ahora ocurre en Valencia y Málaga, el trabajo que se encuentra
en los territorios olvidados está peor retribuido que el empleo similar
en las grandes ciudades. (...)
¿Sirve una simple apelación a mejores salarios o a mejores condiciones
laborales para que esas situaciones tan ancladas en elementos
culturales, ya sea de clase o territoriales, puedan orientar su voto
hacia fuerzas políticas concretas? Es poco probable. Y esto perjudica
especialmente a la izquierda, ya que salvo en las comunidades donde el nacionalismo está más implantado,
la posibilidad de unir identidad y clase es algo que no han sabido
hacer, mientras que a la derecha le resulta mucho más sencillo. Quizá
por ello han logrado reconstruir su opción política orientándola hacia
la burguesía bohemia,
lo que les hace ver el trabajo como secundario respecto a las opciones
culturales que cultiva su clase, ya que aspiran a una sociedad más
ecológica, inclusiva, diversa y con tiempo de ocio; es más importante
este que el trabajo, que no genera identidad por sí mismo.
Todo este contexto haría difícil que la izquierda se centrase en el
trabajo como opción política, que un partido laborista tuviese
recorrido, porque podría perder por los dos lados. Los tiempos
electorales que vienen serán muy distintos dependiendo de que la
recuperación sea sólida o no; en el primer caso, los réditos irían a
parar al PSOE, y en el segundo, si la derecha sabe aprovechar sus bazas,
tanto el PP como Vox podrían obtener muchos votos. No porque tengan grandes recetas, porque el mismo PP sigue anclado en su programa de hace una década y media,
sino porque pueden encontrar una receptividad mayor entre la población.
En general, la economía suele ser un terreno favorable a la derecha, y
siendo oposición en un momento de crisis, más todavía.
3. Una solución es necesaria
Puede ser que, en este escenario, la izquierda tenga la tentación de
olvidarse de plantear la batalla en términos económicos, e insistir en
otras variables. (...)
Pero es también una idea errónea que la derecha siga insistiendo en
reformas del mercado laboral como solución mágica, o que crea que la
digitalización es el camino de salida, cuando va a destruir empleos. El
trabajo y los recursos van a ser muy importantes en los próximos tiempos, y esta relevancia se manifiesta de continuo en la conflictividad laboral, en las dificultades en las pequeñas empresas y en el malestar de la España Vaciada y de sus ciudades pequeñas e intermedias. En poblaciones que ven el futuro con incertidumbre y el presente con descontento, las soluciones materiales resultan imprescindibles.
Sería necesario que los partidos comenzasen a tomarse el problema en serio, a afrontarlo de verdad, y que lo hagan saliéndose de los lugares comunes en que se mueven. España necesita una opción económica sólida, precisa más trabajo y mejores salarios, y que empleados, autonómos y pymes tengan un futuro mucho más razonable.
Con las soluciones actuales, seguiremos en la misma dinámica decadente.
Necesitamos que la política encare el problema material de otra manera,
que se vuelque en la economía productiva, y esta época se presta a
hacerlo." (Esteban Hernández, El Confidencial, 03/12/21)